Tag Archives: déficit fiscal

Del resultado electoral dependerá si se cambia o no de modelo

Por Adrián Ravier: Publicado el 6/8/17 en: http://www.lagaceta.com.ar/nota/739729/economia/del-resultado-electoral-dependera-si-se-cambia-o-no-modelo.html

 

Hace apenas una semana, el Fondo Monetario Internacional (FMI) elevaba su previsión de crecimiento para Argentina de 2,2% a 2,4 %. Parece poco para un gobierno nacional que hizo campaña de “pobreza 0”, pero no es un dato despreciable si se compara con la caída de 2% de la actividad económica durante 2016. En definitiva, cuando uno compara las proyecciones de 2017 respecto de 2016, la mejora sería superior al 4%.

La tendencia se confirma en los datos de junio pasado respecto de igual mes de 2016. Destaca por supuesto el incremento de Agricultura y Ganadería (7%), producto de ciertas políticas que favorecieron al sector como la quita de retenciones. La construcción (11,3%) crece todavía más rápido impulsado por la obra pública.

En el otro extremo, los servicios públicos Electricidad, Gas y Agua, y Minas y Canteras, son los dos sectores que aun caen respecto de un año atrás. Las tarifas siguen atrasadas, y en tiempos electorales no parece ser un momento propicio para continuar la quita de retenciones.

El crecimiento de las industrias manufactureras, la intermediación financiera y el comercio al por mayor y menor completan el informe, los que se encontraron todos entre el 5,6% y el 5,9%.

La pregunta que se debe estar haciendo hoy el oficialismo es si se sentirá esta mejora en el bolsillo del electorado, antes de las elecciones de octubre. La respuesta es compleja, pero la noticia no deja de ser positiva.

Si se recupera la actividad económica, se recuperará la recaudación tributaria, y esto puede contribuir en reducir el déficit fiscal, el mayor desafío que enfrentará el gobierno en 2018. Si bien el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne confirmó recientemente que el gasto público sobre el PBI bajó de 43% a 41%, y prometió una baja de otros dos puntos antes de fin de año, el nivel de gasto público, y también de déficit fiscal siguen siendo preocupantes. El resultado de las elecciones pueden ser determinantes para acelerar o no el cambio de modelo.

> En el grupo de los “brotes verdes”

 La industria fue uno de los sectores más golpeado de la economía durante la recesión del 2016 y mientras que la caída fue abrupta y acelerada, la recuperación que está en marcha está siendo débil y lenta. Pero, de todos modos, no deja de ser una buena noticia que el sector esté dejando atrás los números rojos y se sume al grupo, cada vez más poblado, de los brotes verdes, indica un reporte de la consultora Invecq. En el primer semestre del año las mediciones de FIEL indican que, en términos agregados, la industria creció un 0,3% interanual. 

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Varias de cal y una de arena

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 19/7/17 en: https://www.cronista.com/columnistas/Varias-de-cal-y-una-de-arena-20170719-0014.html

 

Varias de cal y una de arena

Aunque como muchos dichos populares no hay consenso sobre su significado, en este caso una de cal y una de arena no queda claro cual es la buena y cual la mala. A pesar de que en la construcción, no se trata de contrarios sino de complementarios para la mezcla, en la jerga popular se quiere trasmitir lo malo y lo bueno lo cual se traduce en esa acepción generalizada que la cal que quema es lo negativo, mientras que la inocente arena sería lo positivo.

En esta línea interpretativa, comencemos por lo bueno. La de arena consiste en subrayar el acierto de las declaraciones del Presidente quien, al referirse a un conflicto laboral en el que se pretende bloquear el traslado de una empresa a otra localización para lo que debe despedir a los de la antigua sede.

En este contexto el mandatario señaló con toda razón que la violencia en la que se incurrió no es el modo de operar para evitar que se mude la empresa en cuestión, que ha dado cumplimiento a las leyes vigentes. Así ha dicho con énfasis que proceder a los golpes no es precisamente el modo de atraer inversiones tan necesarias para elevar salarios lo cual requiere movilidad, libre de obstáculos, puesto que si alguien invita a su casa pero luego no se puede salir jamás de ella, el dueño de casa con esa desafortunada idea no recibirá visita alguna, más bien nadie se arriesgará a esa aventura peligrosa y muy poco hospitalaria.

Pero henos aquí que, en simultáneo, el Gobierno está en proceso de acentuar medidas que vienen siendo contraproducentes y que significan varias de cal en el sentido terminológico antes apuntado. En este último sentido, se propone adoptar medidas de neto corte estatista al incrementar los gastos públicos ya de por si muy elevados vía el uso de los fondos del Anses, otros canalizados a través de bancos estatales y también los otorgados subsidios directos a piqueteros y similares, al tiempo que se persiste en la negativa a vender al sector privado las llamadas empresas estatales.

Recordemos que toda constitución de una empresa estatal significa necesariamente derroche de capital porque siempre reasigna compulsivamente los escasos factores productivos en dirección distinta a las que hubiera elegido la gente (de lo contrario no habría necesidad de recurrir a la fuerza).

La actividad empresarial no es un simulacro, se trata de arriesgar recursos propios en un mercado abierto.

El gasto público se ha incrementado, el déficit fiscal también lo hizo en esta gestión al computar intereses, en un contexto de una estructura impositiva alarmante y un endeudamiento creciente (que debe tomar en cuenta los préstamos intergubernamentales para tener un cuadro completo de la situación).

No es prudente ni conducente competir con el populismo para ganar elecciones, el tema se dijo era cambiar para bien, esto es, sacar al Leviatán que asfixia y reduce el nivel de vida especialmente de los más débiles. El tiempo corre.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿Se puede controlar a la bestia indomable del gasto público? Dos ideas, entre otras, límites al déficit fiscal y al gasto

Por Martín Krause. Publicada el 26/6/17 en: http://bazar.ufm.edu/se-puede-controlar-la-bestia-indomable-del-gasto-publico-dos-ideas-otras-limites-al-deficit-fiscal-al-gasto/

 

Con los alumnos de la materia Economía e Instituciones vemos algunas de las conclusiones normativas del Public Choice, en particular propuesta para limitar el oportunismo político. Aquí van solamente dos:

1.            Límites al déficit fiscal

Se impone una prohibición o límite al déficit fiscal. En el primer caso no puede gastarse más de lo que ingresa, pero el Estado, como cualquier empresa, se maneja con un presupuesto anual que se espera cumplirá. Si el dinero recaudado no alcanzara a cubrir el gasto presupuestado, el Estado terminaría sin cumplir algunos contratos y paralizando ciertos servicios. Para evitar esto, se impone la necesidad que el presupuesto presentado para su aprobación no tenga déficit, luego puede haber algún desvío si durante el transcurso del ejercicio fiscal los ingresos o los gastos difieren de lo presupuestado.  Para que la prohibición de déficit tenga alguna credibilidad ese límite al desvío debe ser pequeño y también considerarse un mecanismo para que sea compensado. Es decir, si el ejercicio termina con déficit podría pensarse en que ese exceso se cubrirá en el ejercicio siguiente, o que si termina con superávit, pasa a formar una reserva que sirva para cubrir desvíos negativos en el futuro.

En cuanto a establecer un límite al déficit fiscal, se lo suele hacer en relación al PIB. Así, por ejemplo, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, parte del  Tratado de Maastricht, establece un límite del 3% del PIB para los países miembros de la Unión Europea, un nivel superior impone la obligación de medidas correctivas. Argentina, promulgó una ley de “déficit cero” el 30 de Julio de 2001, pocos meses antes de que se desatara la peor crisis de su historia.

En este último caso la norma fue aprobada cuando ya era demasiado tarde. Pretendía ser más una señal que generara confianza en los mercados para que éstos siguieran financiado la renovación de la deuda argentina. En el primero, su incumplimiento por los países más importantes de Europa no generó suficiente credibilidad para las sanciones y no extraña que luego se desatara en la región una profunda crisis fiscal (2010-11) .

Una diferencia importante entre una y otra que analizaremos en mayor detalle adelante es el nivel constitucional de la norma. En el caso argentino era una ley aprobada por el Congreso, en el de la Unión Europea formaba parte de un tratado internacional. Algunos autores sostienen que cuanto más alto el nivel constitucional, mayor impedimento será para las conductas que se quieren evitar (mejor una ley a un decreto presidencial, mejor una cláusula constitucional a una ley, mejor un tratado internacional a una cláusula constitucional), pero la experiencia europea muestra que esto no es necesariamente así. Todo depende de dónde se encuentra el mayor poder de control sobre el cumplimiento de la norma. En el caso europeo, el tratado imponía un límite relativamente estricto pero con pocas posibilidades de control, generando un incentivo por parte de ciertos países a actuar como free riders de los esfuerzos de los demás. Ellos obtenían los beneficios de las garantías de estabilidad generadas por la UE, pero aplicaban políticas fiscales irresponsables con las que nunca podrían haber generado tal credibilidad por parte de los acreedores que financiaron esos déficits. El control más fuerte puede estar en manos de los votantes, como veremos en el punto 3.

La obligación de no incurrir en un déficit fiscal no necesariamente genera una restricción en el crecimiento del gasto público, ya que se lo puede aumentar al mismo tiempo que se aumenta la presión impositiva e igualmente se cumple con el requisito, y el Estado termina así llevándose una mayor parte de la riqueza producida por los ciudadanos. Para evitarlo se han propuesto límites al crecimiento del gasto y a la creación de nuevos impuestos o el aumento de las tasas de los existentes.

2.            Límites al crecimiento del gasto público

En este caso se establece un límite a su crecimiento, normalmente asociado a la evolución del PIB. Podría establecerse un límite algo por encima del crecimiento del PIB si se quiere que el gasto aumente en relación a ese indicador, igual para que se mantenga o menor para que se reduzca.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA. 

Las reformas que nunca llegan

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 16/6/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/06/16/las-reformas-que-nunca-llegan/

 

Cambiemos le tiene más miedo a un fuerte ministro de economía que a desatender un déficit fiscal mayor al de la crisis del 2001

Hace alrededor de 70 años que Argentina vive de crisis en crisis, tanto económicas como políticas. Ningún gobierno hasta el momento se ha abocado a llevar adelante las reformas estructurales necesarias para generar un punto de inflexión en la economía argentina. Por el contrario, cada gobierno se ha dedicado más a hacer equilibrio en los períodos entre crisis que a prestarle atención a las soluciones de fondo. Lamentablemente, hasta el momento Cambiemos no es la excepción.

El gobierno de Cambiemos asumió en una situación ideal para dar inicio a estos cambios. Altos niveles de pobreza, una de las inflaciones más altas del mundo, un déficit fiscal elevado acompañado de una presión fiscal récord. Se suele decir que una gran crisis es una gran oportunidad, pero una gran crisis también puede ser una gran oportunidad perdida. Por ejemplo, Cambiemos podría haber iniciado su gobierno con una conferencia de prensa o una cadena nacional inicial para dar a conocer la herencia recibida de 12 años de kirchnerismo. Podría haber organizado conferencias de prensa quincenales para ir aportando información de la situación recibida y responder preguntas de la prensa. Se podría haber hecho una auditoría y presentar lo encontrado a la Justicia. Cambiemos podría haber generado un shock en la opinión pública de modo tal que esta se alinease con la necesidad de cambio.

En cambio, Cambiemos prefirió el silencio y un gradualismo que, dada su lentitud, podríamos llamarle gradualismo tortuga. El gradualismo es de hecho tan lento que a veces la economía le pasa por encima y el resultado es gradualismo en el sentido contrario al necesario. La idea del gradualismo es caminar en el sentido correcto, no deambular de manera errática. En el 2016 el déficit fiscal aumentó un 47%, la inflación lo hizo un 39,6 por ciento. Abril del 2017 respecto a abril del 2016 muestra un aumento del déficit del 26%; en el mismo período la inflación lo hizo un 27,4 por ciento. Una diferencia mínima que habla más de empate que de genuina reducción del déficit. Sin embargo, este déficit incluye los ingresos por única vez por el blanqueo de capitales. De no haber sido por la presión internacional para blanquear capitales, los números contarían otra historia.

El ministro Nicolás Dujovne, no obstante, nos dice que el gasto y el déficit fiscal están bajando. ¿En qué se basa el gobierno para sostener que el gasto y el déficit fiscal están bajando? Principalmente en mirar el resultado fiscal primario. Pero el resultado fiscal primario no es el resultado fiscal final o financiero. La diferencia es que el resultado fiscal primario no incluye el pago de intereses. Dado que el gobierno ha optado por financiar el déficit con emisión de deuda, es curioso que las metas de déficit fiscal sean con base en un cálculo fiscal que no incluye el pago de intereses. Las curiosidades no terminan aquí. Los resultados fiscales tampoco incluyen el pago de intereses por deuda intra gobierno. Esta diferencia no es menor. Sin contar el pago de intereses intra gobierno, el déficit primario acumulado a abril de 60 mil millones de pesos pasa a ser un déficit financiero de 120 mil millones de pesos. El déficit total es el doble al primario en el cual se basa el gobierno para informar sus logros fiscales. La diferencia en el déficit primario acumulado de abril del 2017 respecto a abril del 2016 da un aumento del 5,6%, muy por debajo de la inflación. Pero si no descartamos el pago de intereses el aumento del déficit es del 26 por ciento. Una situación distinta a la que se plantea desde el Gobierno. Si el kirchnerismo escondía dentro de rentas de la propiedad ingresos fiscales no genuinos (la contabilidad creativa), Cambiemos excluye gastos genuinos. Algunos vicios fiscales no parecen ser parte del cambio.

Quienes defienden a Cambiemos de modo incondicional nos piden paciencia, dado que las reformas no pueden hacerse de manera súbita. Sin embargo, que las reformas no puedan iniciarse de la noche a la mañana no implica que no deban iniciarse nunca. Quienes temen a las políticas de shock deberían revisar el caso de los países de la ex Unión Soviética. Luego de la caída de la Unión Soviética (una experiencia aún más extrema que 12 años de kirchnerismo), aquellos países que hicieron reformas de shock lograron mejor desempeño económico sin mayores costos sociales. El gobierno podría haber consultado con quienes llevaron adelante dichas reformas para adaptarlas a Argentina. Cambiemos no sólo no tiene un plan económico integral, ha dividido las decisiones económicas entre tantos funcionarios públicos que, en los hechos, más allá de los títulos oficiales, no hay ministros de economía, sino un grupo de secretarios bajo una coordinación más política que económica. Cambiemos le tiene más miedo a un fuerte ministro de economía que a desatender un déficit fiscal mayor al de la crisis del 2001. El argumento de la paciencia resta en que sería necesario esperar a las elecciones legislativas para tener el poder político necesario para llevar adelante las reformas que en secreto Cambiemos supuestamente quiere llevar adelante.

Por un lado, no es claro que incluso con una gran victoria electoral Cambiemos obtenga las suficientes bancas en ambas cámaras que le dé el poder político necesario. Pero más allá de la aritmética política, hace ya varias semanas que Cambiemos viene sugiriendo que no hay que esperar grandes cambios luego de las elecciones. Esto no debería sorprender, el mismo Mauricio Macri avisó antes de las elecciones presidenciales que no había que esperar grandes cambios. Por ejemplo, la reforma fiscal tan necesaria no sólo debe esperar al 2018, sino que no incluiría una baja significativa de la presión fiscal. El plan consiste en congelar, en lugar de reducir, el gasto público asumiendo que la economía se va a recuperar. Sin embargo, los pagos de intereses que el gobierno no cuenta para sostener que baja el déficit fiscal vienen creciendo significativamente por encima de la inflación.

También genera dudas el supuesto de que la economía se va a recuperar del mismo modo que no se dio la esperada lluvia de dólares. El mismo gobierno que afirma no poder hacer prácticamente ninguna reforma dadas las restricciones políticas no duda en pedirles confianza a los empresarios y que inviertan hoy esperando una mejora económica en el futuro cercano. Curiosa asimetría. El mismo gobierno que abraza un lento gradualismo les pide shock a los empresarios con base en la confianza en un poder político que el mismo gobierno admite no tener. El sector privado, que enfrenta una presión fiscal récord sin contraprestación de servicios públicos, ya tiene puesto el país al hombro. Al elegir gradualismo, poca autoridad moral le queda al gobierno para recriminarle al sector privado no hacer más por la economía del país.

Si nos guiamos por el año y medio de gobierno y por sus dichos recientes, es poco probable que Cambiemos sea el cambio prometido. El gradualismo ya se ha consumido medio mandato del cual originalmente Macri dijo no estar interesado en una reelección. Las mejoras respecto al kirchnerismo son innegables y su regreso al gobierno sería un gran retroceso para el país, pero dichas mejoras no esconden el hecho de que las reformas necesarias siguen sin llegar. De hecho, ni siquiera son parte de la discusión política. Si la principal oposición es el kirchnerismo, ¿cómo es posible que Cambiemos, que se autocalifica con altas notas y dice tener el mejor gabinete de la historia, no pueda liderar una discusión política en torno a las reformas necesarias? ¿O acaso Cambiemos no quiere dichas reformas y prefiere también un Estado grande y presente? Argentina necesita cambiar de mentalidad. Al menos en Argentina, el gobierno es más problema que solución.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Gasto, inflación y Keynes

Por Gabriel Boragina Publicado  el 28/5/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/05/gasto-inflacion-y-keynes.html

 

Cada uno de nosotros, cuando se ve enfrentado a la necesidad de incurrir en gastos, debemos observar -como primera medida- cuál es la cuantía de los recursos que disponemos. Es decir, es en función de nuestros ingresos previos que estaremos en condiciones de determinar qué cantidad de dinero podemos destinar al gasto. Sin embargo, los gobiernos no operan en este sentido, sino en el inverso: fijan primero su meta de gastos, y -en función de esta- deciden cuántos recursos deben recaudar de los mal llamados “contribuyentes” para poder cubrir los gastos decretados. La razón por la cual los gobiernos pueden actuar de este modo (y ninguno de nosotros puede hacer lo mismo) radica en que, mientras los particulares hemos de obtener nuestras entradas ofreciendo antes algo a cambio a otra persona que valorice lo que ofertamos, y sólo después, si la contraparte acepta el trato, podremos lograr el tan ansiado ingreso, los gobiernos se ven eximidos de seguir este proceso, por la sencilla razón de que todos ellos (al establecer el imperium de la ley) están facultados -mediante su concurso- a extraer las sumas que necesiten por medio de la fuerza a los inermes e indefensos ciudadanos.

“Pareciera que la economía política de los gobiernos es tal que el gasto público siempre aumenta cuando aumenta la recaudación impositiva y cuando se puede emitir más. Nunca se reduce el déficit fiscal aumentando la recaudación, pues esto supone que los gastos son constantes y la experiencia indica que esto no es así. Por ejemplo en estudios que el autor de este libro hizo para un país cuya recaudación fiscal dependía en 80% del precio del petróleo, se tomaron todos los años en que el precio del petróleo aumentaba y, por otro lado, todos los años en que esos precios bajaban. Observamos que la correlación entre gasto y recaudación impositiva era muy alta en los años de alza en la recaudación. También observamos que la correlación era muy baja (los gastos no bajaban) en los años de baja en la recaudación. Esa asimetría, no se evita con la existencia de la Caja pero se reduce substancialmente pues de otra manera esta conducta fiscal lleva a la larga a la devaluación (como sucedió en el país de referencia). La caja pone más disciplina pues en los años en que la recaudación baja no se puede emitir y no queda más remedio que aumentar el endeudamiento o bajar los gastos.”[1]

El autor citado, partidario de la caja de conversión (a ella alude cuando se refiere simplemente a “la caja”) explica con meridiana claridad cómo operan los gobiernos en materia de gasto público, el que no lo hacen depender -ni exclusiva ni enteramente- de la recaudación fiscal (como en sana política económica debería de ser) sino que lo manejan como una variable autónoma, y cuya “lógica” parecería ser la “necesidad” de ir siempre en aumento, sin importar el medio por el cual se financie ese gasto público. En otras palabras, nos explica que, cuanto mayor era la recaudación también así lo era el gasto, pero el alto nivel de este no se veía en absoluto afectado en los casos donde la recaudación disminuía. En este último supuesto, los gobiernos lo que hacen no es bajar el gasto (como deberían hacerlo) sino buscar otros medios para financiarlo. Y ya hemos visto que los mecanismos a los que echa mano para esto último son la emisión monetaria, más impuestos, o directamente inflación. Pero, sabemos de sobra que estas tres últimas medidas (en realidad podrían resumirse en dos, ya que la inflación no es más un impuesto solapado) no solucionan sino que agravan los efectos del alto gasto público, produciendo fuertes distorsiones en la economía toda.

“Los análisis empíricos se concentraron en poner a prueba la estabilidad de la demanda de dinero aun en situaciones de gran inestabilidad como las grandes inflaciones pues, recordemos que el gran desafío de Keynes era su hipótesis de que la demanda por dinero era inestable. Él proponía como una función más estable la función consumo, diciendo que existía una relación estable entre el consumo nominal y el ingreso nominal. También decía que la propensión marginal a consumir era, en circunstancias como las de Estados Unidos en los años treinta, muy pequeña y por lo tanto el estado tenía que gastar para aumentar la propensión al gasto de la economía en total. Luego de muchas controversias se ha llegado a una mezcla donde las teorías modernas toman en cuenta el dinero y su demanda, pero no ignoran la política fiscal ni la importancia del gasto público. Cuando hay inflación los países se acuerdan de Friedman y cuando hay recesión se acuerdan de Keynes y, cuando la situación es más o menos normal, los economistas juegan en el medio campo.”[2]

Como ya hubiéramos examinado en otra ocasión, Keynes suponía que las recesiones (como la de los años 30 que fue -en gran parte- la que inspiró su teoría) se “solucionaban” recién cuando el gobierno irrumpiera en la economía incrementando el gasto público, para lo cual cualquier medio que este utilizara era “válido”. Su negación de la “Ley de Salidas” de Jean B. Say, y la de los valiosos aportes de los demás economistas clásicos le impido ver su craso error. El aumento del gasto público importa tanto como un alza de la demanda y -a su turno- una consiguiente elevación de los precios, entre otros efectos. Para lograr eso, se combinaban perjudiciales medidas, como altos impuestos, emisión monetaria, endeudamiento, etc. generando una espiral inflacionaria que eclosionaría el sistema económico (como finalmente sucedió) al no encontrarse las manipulaciones artificiales del gobierno respaldadas por un genuino ahorro previo que permitiera un proceso de capitalización con bases en una economía real. Obviamente, que la demanda de dinero cae en picada en épocas inflacionarias, pero son pocos los que advierten la relación entre este último fenómeno y la demanda de moneda. No hay pues fórmulas “mágicas” para escapar a este dilema, excepto la austeridad fiscal y presupuestaria.

[1] Valeriano F. García. Para entender la economía política (y la política económica). Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos México, D. F. 2000. pág. 169

[2] Valeriano F. García. Para entender la economía política…ob. cit. pág. 185/186

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Deuda, gasto e inflación

Por Gabriel Boragina Publicado  el 7/5/17 en: http://www.accionhumana.com/#!/2017/05/deuda-gasto-e-inflacion.HTML

 

Existe una estrecha correlación entre estos tres conceptos, al punto de poder afirmar una reciproca dependencia entre ellos. Un caso típico es el que se presenta en el de la llamada deuda pública, que no es otra cosa que deuda estatal. El gobierno puede –y de hecho lo hace- endeudarse con diferentes sujetos. Estos pueden ser privados o estatales, nacionales o extranjeros. En cada caso, se hablará de deuda externa o interna; pública o privada. En todos ellos, el común denominador es que el sujeto pasivo de la deuda será el gobierno. Pero lo habitual y corriente es que -en la práctica- este compromiso se contraiga con otros gobiernos, por lo que el volumen más grande de la deuda de todo país suele ser la externa pública (estatal) y en menor grado la externa privada. En tercer lugar, vendrían las deudas internas. Aunque en los países con altas tasas de inflación (y considerando a esta como una deuda del estado-nación con cada uno de sus ciudadanos, no obstante aquel no contabilice la inflación como obligación financiera) la deuda interna (así entendida) puede igualar en cuantía (y aun superar) la externa (pública y privada).

Las teorías económicas desarrollistas (y otras de índole política) pusieron en boga la práctica por parte de los así denominados países “desarrollados” a otorgar créditos a las naciones del llamado “Tercer Mundo”. Empero, rápidamente se encontraron con el hecho de que los débitos generados por aquellos no resultaban cancelados en tiempo y forma:

“Inicialmente, los países desarrollados respondieron a la posibilidad de que los países del Tercer Mundo no pudieran pagar su deuda como si se tratara de un problema de liquidez, de modo que otorgaron nuevos préstamos en forma directa y a través de agencias multilaterales. Como parte del trato, los bancos comerciales seguirían otorgando créditos. En su inicio, los préstamos del FMI no requerían necesariamente ajustes estructurales, ya que las autoridades creían que los países endeudados necesitaban tiempo para poner sus finanzas en orden. De acuerdo con los programas del FMI, los países aumentaron impuestos y aranceles, y redujeron el gasto público. Hacia 1985, cuando ya era obvio que problemas más profundos y enraizados en las economías de los países en vías de desarrollo les impedían salir de la deuda externa, el Secretario del Tesoro norteamericano, James A. Baker, anunció que se implementaría una nueva estrategia en la que los nuevos créditos otorgados por el FMI y por los bancos comerciales estarían condicionados por políticas de mercado. A cambio de estos nuevos aportes, los países deudores deberían liberalizar sus economías.”[1]

La preocupación obvia -tanto del FMI como de los bancos- consistía en recuperar los créditos otorgados juntamente con sus intereses. Veían en la cuestión un problema exclusivamente financiero en lugar de otro económico, es decir, más de base. Es como expresar que “el árbol les impedía ver el bosque”. Sin duda que la exigencia de implementar “políticas de mercado” era acertada. Lo que en modo alguno lo era consistía en continuar otorgándoles préstamos. La situación no podía ser más paradojalmente absurda: primero se les daba dinero para “ordenar sus finanzas”. Como la “estrategia” no daba resultado, se decidió como idea “brillante” continuar dándoles créditos, pero esta vez con otro objetivo: para que liberalicen sus economías. El menor sentido común (y no ya la sana doctrina económica) tendría que haberles indicado que, si no consiguieron el primer efecto menos aun iban a lograr el segundo utilizando la misma receta que había fracasado en primer término con el anterior.

“Hacia 1987 fue evidente que esta estrategia no estaba funcionando. Los países hacían muy poco por lograr las reformas económicas, aun cuando seguían recibiendo financiamiento para ello. Los bancos, aunque continuaron prestando, estaban reduciendo su exposición en la región. Paul Krugman calculó que desde 1982 hasta 1987 el volumen de créditos oficiales a los países que eran parte del Plan Baker, aumentó de US$ 50 mil millones a US$ 120 mil millones, mientras que los préstamos de la banca se mantuvieron fijos en US$ 250 mil millones durante este período y después disminuyeron a US$ 225 mil millones en 1988.8 Se estaba llevando a cabo una paulatina transferencia de una deuda privada a una deuda pública al no existir una resolución que pusiera fin al problema latente que causaba la crisis de la deuda.”[2]

Las consecuencias eran obvias ¿qué incentivos podían recibir los gobiernos recipiendarios de generosos créditos para reformar sus economías si los fondos necesarios para ello continuaban llegando sin cesar de los organismos de crédito internacionales? Esos países empleaban la misma lógica que utiliza cualquier subsidiado por el gobierno. Por ejemplo, el famoso subsidio al desempleo. Va de suyo que, si el desempleo se subsidia, ipso facto desaparece cualquier aliciente para buscar y conseguir empleo. En su lugar, el acicate se orienta a conservar el subsidio (que no exige esfuerzo alguno a cambio) y aun más, a obtener otros nuevos y/o mayores. La misma lógica han empleado los gobiernos favorecidos con créditos blandos con la “finalidad” (ilusa) de que “liberalicen” sus economías. Claramente el estímulo se situaría en el sentido opuesto: es decir a incrementar y mantener la línea crediticia, siempre con el pretexto (muy a mano) de que los caudales no eran suficientes para lograr la meta. ¡Nunca los eran!

Lo que ocurría era muy diferente: los gobiernos receptores de los créditos internacionales destinaban dichos dineros no a reformas estructurales, sino que el capital así recibido iba directo a engrosar el gasto público. A su turno, el crecimiento de este generaba un mayor déficit fiscal, lo que –a renglón seguido- motivaba a los gobiernos endeudarse mas y mas aun, solicitando nuevos préstamos para tratar de cerrar la brecha fiscal, repitiéndose el circulo vicioso -una y otra vez- en la medida que los créditos se renovaban, convirtiendo todo el proceso en una inmensa espiral inflacionaria.

[1] Ian Vásquez “Reparación de la relación acreedor-deudor en el mercado financiero internacional” Capítulo 10 en Daniel Artana y James A. Dorn. Compiladores. Crisis financieras internacionales: ¿qué rol le corresponde al gobierno? – 1ª. ed. – Buenos Aires: Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas, 2004. pág.125

[2] Ian Vásquez “Reparación de la relación acreedor-deudor….ob. cit. Pág. 125

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero

No son errores de decisiones, es la falta de un plan

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 1/2/17 en: http://economiaparatodos.net/no-son-errores-de-decisiones-es-la-falta-de-un-plan/

 

El error es la falta de un plan económico de corto y largo plazo que le permita ir tomando decisiones en forma ordenada y estableciendo prioridades

Muchas personas, creo que de buena fe, suelen afirmar que si bien el gobierno no está haciendo reformas estructurales, es porque hay que ir de a poco para que no vuelvan los k. Aclaro que esta afirmación no me la han formulado funcionarios del gobierno. Si bien conozco a varios de ellos desde hace muchos años, no mantengo contacto con ningún funcionario del gobierno. Dejo en claro este punto para que nadie piense que esa frase me la ha dicho algún funcionario del PRO. Esa gente es, en realidad, víctima del pánico que tienen a que vuelvan los k. El argumento sería algo así como una autoextorsión. Se extorsionan a ellos mismos y al resto diciendo que o nos bancamos lo que hace el gobierno lentamente o vuelve la noche k.

Salvando las distancias, recuerdo que producido el golpe de 1976, los militares no querían hacer grandes reformas estructurales en el sector público porque argumentaban que con el terrorismo acechando, hacer cambios estructurales como por ejemplo reformar el sector público podía generar conflictividad social que alimentara las filas terroristas. El resultado es que la política económica de esos años fue horrorosa, los capitostes terroristas se mantuvieron vivos y, con el tiempo, tuvieron el poder.

Hoy se considera que no hacer reformas estructurales es la mejor forma de evitar el regreso k, con lo cual mantenemos la larga decadencia económica argentina. Y, por favor, no me corran con que se avanzó mucho eliminando el cepo cambiario y los controles de precios. En todo caso en la época de De la Rúa tampoco había cepo cambiario, había total libertad para comprar divisas, no había derechos de exportación para los granos y se podían exportar libremente y no por eso vamos a decir que tenía en orden la economía. Por el contrario, el descontrol del gasto público con déficit fiscal llevó a un creciente endeudamiento externo que, cuando se cortó, condujo a la crisis de 2001/2002 y la llegada de los k en 2003. Así que no tener cepo cambiario, ni controles de precios, ni prohibiciones de exportaciones o derechos de exportación no garantiza nada sobre el futuro político argentino.

El gran error de De la Rúa fue poner a un equipo económico progre al frente del ministerio de Economía como eran Machinea, Bein y Gerchunoff que luego de aplicar un impuestazo a la clase media y tomar deuda externa dejaron la economía peor de lo que la habían recibido. Lamentablemente, ante una situación económica más grave como la que heredó Macri, también puso al frente de la economía a un progre como Prat Gay y otros intervencionistas en diferentes áreas del gobierno, algo que no cambió con Dujovne ni el resto de los integrantes del área económica.

El punto a considerar no es solamente si las no reformas estructurales y el gradualismo en el cambio de precios relativos llevarán a buen puerto económico, sino si son la mejor forma de evitar que vuelva el corrupto y autoritario kirchnerismo.

Francamente no estoy tan seguro que el kirchnerismo esté definitivamente muerto. Las constantes malas noticias que significan el gradualismo (hoy suben la luz, mañana los combustibles, pasado el agua potable, etc.) pueden desgastar al gobierno y, dado que no hay gran oposición política, revivir o quitar de la agonía al corrupto kirchnerimo, salvo que la gente opte por Massa. Tal vez me equivoque y el kirchnerismo termine siendo cosa del pasado a pesar el gradualismo de Cambiemos. En ese caso, sin reformas estructurales, pasará otro período más de esta larga historia de decadencia económica argentina. Cambiemos habrá sido una frase más de campaña pero en la realidad tendría que haber sido continuemos.

Combatir el populismo autoritario del kirchnerismo con un “populismo democrático” no va a conducir a buen puerto porque todo populismo requiere de dosis crecientes de autoritarismo para sostenerse.

El gobierno no tiene que ver el proceso de toma de decisiones como el error. El error es la falta de un plan económico de corto y largo plazo que le permita ir tomando decisiones en forma ordenada y estableciendo prioridades. Cuando trabajamos en dos oportunidades con un grupo de economistas para establecer los lineamientos de un plan económico, al analizar dónde bajar el gasto público nos quedaba claro que el único rubro que no podía tocarse era el de los jubilados. Y el gobierno fue y se metió justo con ese tema.

Tanta importancia que le dan a las señales y el marketing político que les ordena Durán Barba, debería haberles dejado en claro que si bien no era un problema económico grosero que cada jubilado en promedio cobrara $ 20 menos, lo importante son las señales, la forma de comunicar las cosas según el marketinero político. Hasta en el marketing político cometen errores por falta de un plan.

En definitiva, me parece que revisar este desorden de tener fragmentado el área económica, el rechazo a tener un plan económico claro y con buena comunicación, la explicitación de la terrible herencia recibida y la decisión de abandonar el largo camino de la decadencia y comunicar un plan de largo plazo para entrar en una senda de crecimiento son los elementos que siguen faltando y los que le dan de comer a peronismo y al peronismo kirchnerista para criticar a Cambiemos. Si esto fuera un partido de tenis, el gobierno comete demasiados errores no forzados y pierde el set por errores propios, no por winners del adversario.

La mejor forma de espantar el fantasma del kirchenerismo no es asustar a la gente con su vuelta, sino pulverizándolo mostrando lo que dejó y encarando una política económica de cambio en serio. Una política económica que le permita a la gente ver una luz al final del túnel que entusiasme. Que se vea que el esfuerzo de hoy será la recuperación y el bienestar de mañana.

Obvio que para lograr cambiar la Argentina va a ser necesario terminar con muchísimos negocios “sociales” como el empleo público y los que viven de planes “sociales”. Justamente de eso se trata cambiar.

La gente está harta de pagar impuestos para financiar planes sociales, ñoquis y un estado que no presta el más mínimo servicio. Que el gobierno capte este mensaje, haga un plan y lo comunique. Tendrá un gran apoyo de la población y Cambiemos será un gobierno de cambio en serio.

El gobierno debe recapacitar y aceptar que ese humo que alguien les vendió diciéndoles que porque Macri se sentaba en el sillón de Rivadavia iban a llover las inversiones, fue puro humo. Las inversiones van a llover con Macri sentado en el sillón de Rivadavia pero con otra política económica totalmente diferente y dejar de hacer política como si estuvieran vendiendo un detergente y empezar a comunicar con claridad el nuevo rumbo económico.

De manera que a no confundirse, aquí no hay un error en la toma de decisiones. Aquí hay un error en la concepción misma del plan del gobierno.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

¿DONDE ESTÁ EL PRIMER MUNDO?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No hace tanto tiempo que podía ponerse como ejemplo lo que se denominaba “primer mundo”, el cual esencialmente se basaba en el respeto recíproco. Sus marcos institucionales respetuosos del derecho de cada cual, su economía floreciente sustentada en reglas claras y permanentes, su cultura arraigada en valores y principios compatibles con una sociedad abierta eran un mojón de referencia para los desordenados y patéticos sistemas tercermundistas que, como los definió Cantinflas, eran “un mundo de tercera”. Lo siguen siendo ahora solo que en lugar de tomar como referencia a las naciones civilizadas, resulta que éstas dejaron de ser civilizadas para convertirse en sociedades que han renunciado a sus conductas tradicionales para imitar en una medida creciente a las tribales.

 

Recuerdo del desagrado de muchos cuando hace años escribí que Estados Unidos se estaba “latinoamericanizando” en el peor sentido de la expresión. Pues bien, vean hoy el patoterismo del primer mandatario y su xenofobia que se monta sobre un gasto público gigantesco que anuncia que incrementará exponencialmente, el tamaño del déficit fiscal que se inflará por las nuevas políticas, la deuda gubernamental astronómica que excede el cien por ciento del producto, el militarismo que el novel presidente pregona que intensificará, sus improperios contra la prensa y sus enfados contra la Justicia, su forma prepotente en el que piensa manejar el comercio internacional en el contexto de las trifulcas que provoca con otros países, al tiempo que promueve enfáticamente su buena relación con en régimen mafioso ruso.

 

En Europa aparecen partidos políticos que por el momento son electoralmente minoritarios pero preocupa en grado sumo su influencia en las ideas que prevalecen, cuyos exponentes de mayor significado son en Francia el Frente Nacional, en Inglaterra el Partido Independiente del Reino Unido (que ha influido en gran medida en la opinión nacionalista que condujo al Brexit), en Alemania el Partido Alternativa para Alemania, en Dinamarca el Partido del Pueblo Danés, en Suecia los Demócratas Suecos, en España Podemos, en Austria el Partido de la Libertad, en Grecia el Amanecer Dorado, en Italia la Liga del Norte y en Hungría el Movimiento por una Hungría Mejor. Por su parte, las burocracias y las consiguientes regulaciones de la Unión Europea van a contracorriente de lo inicialmente ideado.

 

A todo esto cabe agregar un Papa que con razón se preocupa por los inmigrantes, sin percatarse que se fugan de sus países en gran medida por las políticas que él mismo recomienda como la antítesis de marcos institucionales compatible con mercados abiertos y competitivos que sacan a las personas de la pobreza (de lo que va quedando poco en el llamado mundo libre, también debido a las recetas estatistas a las que este Papa adhiere).

 

Lejos ha quedado el clima de concordia en el que las personas se ubicaban donde lo consideraban mejor sin permisos, sin pasaportes y sin cargas tributarias espeluznantes que convierten a los ciudadanos en esclavos de gobiernos teóricamente encargados de protegerlos, en un contexto de persecuciones que arrasan con el secreto bancario y que tratan a las personas decentes como delincuentes.

 

Hay sin embargo otros lugares donde florecen aspectos que contrastan con lo dicho como Singapur y los países nórdicos que están abandonando precipitadamente el socialismo y, sobre todo, deben tenerse muy presentes todas las entidades en muy diversas partes del mundo, incluso en las decadentes, que llevan a cabo tareas colosales en defensa de la libertad y la dignidad humanas a través del estudio y la difusión de la corriente de pensamiento liberal. Nunca será suficiente el reconocimiento a estas instituciones donde profesionales se desviven en la antedichas faenas nobles que incluyen la publicación de libros, ensayos y artículos sumamente didácticos y esclarecedores. En esas personas están cifradas las esperanzas de una reacción potente frente a tanto desmán de un Leviatán desbocado que todo lo atropella a su paso.

 

Solo a través del debate abierto de ideas es que puede mejorarse la marca de una vara que por el momento está en el subsuelo. Levantar la vara es tarea de todos los que pretenden que se los respete, no importa a que se dediquen. Como hemos reiterado, no es admisible que las personas actúen como si estuvieran en una enorme platea mirando que sucede en el escenario, todos estamos en el escenario y debemos contribuir a lo que estimamos es mejor.

 

Muchas son las causas de la decadencia, no podemos hablar de todo al mismo tiempo pero tal vez podamos centrar la atención en un aspecto clave. Como ya hemos escrito mucho sobre las falacias grotescas del adefesio nacionalista, esta vez ponemos la mira en otro ángulo que puede aparecer como colateral a primera vista pero que subyace en el equipo de los gobernantes que venimos comentando como la raíz de otros malentendidos. Se trata de la manía de buscar “grandes hombres” o “héroes”.

 

La historia está plagada de actos vandálicos y, lamentablemente, se toma a los inspiradores de semejantes estropicios como benefactores de la humanidad. En las plazas de muchas de las grandes ciudades se fabrican estatuas de guerreros blandiendo sables como ejemplo malsano para las juventudes. No pocos himnos de países variopintos exaltan el tronar de cañones y pretenden convertir en loable al salvajismo mas cavernario, siempre en defensa de una mal entendida libertad, en la práctica, maltrecha, denostada y denigrada por los bufones del momento.

 

Hay obras que encierran el germen de la destrucción de las libertades individuales como el “superhombre” y “la voluntad de poder” de Nietzsche o “el héroe” de Thomas Carlyle. Este último, en su célebre conferencia en Londres del 22 de mayo de 1840 -si bien en conferencias anteriores aludía al mismo tema- estima que “puede reconocerse como el más importante entre los Grandes Hombres aquél a cuya voluntad o voluntades deben someterse los demás […] es resumen de todas las figuras del Heroísmo […] toda dignidad terrena y espiritual que se supone reside para mandar sobre nosotros, enseñarnos continua y prácticamente, indicarnos que tenemos que hacer día tras día, hora tras hora”.

 

Difícil resulta concebir una visión de más troglodita, de más baja estofa y de mayor renunciamiento a la condición humana y de mayor énfasis y vehemencia para que se aniquile y disuelva la propia personalidad en manos de forajidos, energúmenos y megalómanos que, azuzados por poderes omnímodos, se arrogan la facultad de manejar vidas y haciendas ajenas.

 

Este tipo de razonamientos y propuestas inauditas son los que dieron píe a los Hitler de nuestra época. De las ideas de Carlyle, eso dice Ernst Cassirer, el filósofo político, autor de numerosas obras, ex Rector de la Universidad de Hamburgo y profesor en Oxford, Yale y Columbia: “los primeros indicios del misticismo racial”, “una defensa abierta al militarismo prusiano” y “la divinización de los caudillos políticos y una identificación del poder con el derecho”. Por su parte c, consigna en su prólogo a la obra que reúne las seis conferencias de Thomas Carlyle sobre la heroicidad que “los contemporáneos no lo entendieron, pero ahora cabe una sola y muy divulgada palabra: nazismo […] escribió que la democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan […] abominó de la abolición de la esclavitud […] declaró que un judío torturado era preferible a un judío millonario”.

 

La manía del héroe y el líder indefectiblemente conducen a la prepotencia y al abuso de poder y, finalmente, al cadalso. Por eso resulta tan pernicioso que se les enseñe a estudiantes la historia como una narración bélica con elogios y salvas para la guerra y los guerreros, cuando no deben memorizar los pertrechos de cada bando sin entender el porqué de tanta trifulca. Lamentablemente, es cierto que la historia está colmada de hechos violentos pero enseñarla como algo glorioso, un hito y algo que debe ser venerado y objeto de admiración resulta sumamente destructivo y una buena receta para perpetuar y acentuar el mal.

 

Cada uno debe constituirse en líder de si mismo. Los caudillos y tiranuelos que son aclamados como líderes no hacen más que expropiar lo más preciado que posee el ser humano, cual es el uso de su libre albedrío para la administración de su propio destino al realizar sus potencialidades únicas e irrepetibles. Dice la primera acepción de héroe en el Diccionario de la Real Academia Española: “Entre los antiguos paganos, el que creían haber nacido de un dios o una diosa y de una persona humana, por lo cual le reputaban más que hombre y menos que dios”. Si bien es cierto que hay otras acepciones, la expresión de marras está teñida de un pesado tufillo a guerra, sangre, batalla, violencia y ferocidad.

 

Las inmundicias de los Stalin, Pol Pot, Mao, Hitler y Mussolini de este planeta son consecuencia de las alabanzas al “hombre fuerte” en el poder, para los que se tejen todo tipo de cánticos que rebalsan en referencias a lo heroico y grandioso a cuales les siguen personajes detestables apoyados en el voto popular tales como los Perón, Trujillo, Stroessner, Pérez Jiménez, Somoza y Rojas Pinilla que, si los dejan, se ponen a la altura o incluso superan en saña a sus maestros. En esta instancia del proceso de evolución cultural, solo hay la opción entre la democracia y la dictadura, no importa de que signo sea y, éstas últimas, están siempre paridas de libros, artículos y conferencias que ensalzan al héroe como el mandamás de las multitudes.

 

Paul Johnson en Commentary de abril de 1984 (pag.34) relata uno de los casos en que se trata como héroe a un canalla “en las Naciones Unidas en ocasión de la visita oficial de Idi Amin, presidente de Uganda, el primero de octubre de 1975. Para esa fecha ya era un notorio asesino serial de una crueldad indescriptible; no solo había liquidado personalmente algunas de sus víctimas sino que las desmembraba y preservaba partes de las anatomías para consumo futuro: el primer caníbal con refrigerador […] A pesar de ello fue electo presidente de la Organización para la Unidad Africana y, en esa capacidad, fue invitado a dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su discurso fue una denuncia a lo que denominó “la conspiración zionista-nortemericana” contra el mundo y demandó no solo la expulsión de Israel de las Naciones Unidas sino su ´extinción´ […] La Asamblea le brindó una ovación de pie cuando llegó, lo aplaudieron periódicamente en el transcurso de su discurso y, nuevamente, se pusieron de píe cuando dejó el recinto. Al día siguiente el Secretario General de la Asamblea [Kurt Waldheim] le ofreció una comida pública en su honor”.

 

¡Que lejos estamos del principio jeffersoniano en cuanto a que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” y que cerca de los megalómanos “constructores de naciones” si nos guiamos por lo que ocurre hoy en Estados Unidos y en Europa que cada vez se parecen más a caudillos latinoamericanos en cuyos discursos incendiarios siempre todo comienza cuando ellos llegan.

 

En resumen, al interrogante que planteamos en el título de esta nota sobre donde está el primer mundo, la respuesta es que no está, se esfumó debido al triunfo de las ideas estatistas, lo cual no significa para nada que esa desaparición resulte permanente, pueden surgir otros países con ideas liberales y/o pueden revertir sus políticas los que hoy se hunden en el marasmo del nacionalismo colectivista…todo depende de lo que seamos capaces de hacer cada uno de nosotros todos los días.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Macri y el modelo de Frondizi

Por Adrián Ravier. Publicado el 4/2/17 en: http://www.cronista.com/columnistas/Macri-y-el-modelo-de-Frondizi-20170204-0003.html

Macri y el modelo de Frondizi

En varias oportunidades, Mauricio Macri intentó identificar su modelo económico con aquel que Arturo Frondizi aplicó entre 1958 y 1961. A modo de contexto, tanto Macri como Frondizi recibieron una herencia delicada: elevado gasto estatal, sobredimensión de empleo público, déficit fiscal, monetización de estos déficits, inflación y escasez de divisas. Las pocas reservas en divisas del Banco Central (BCRA) complicaban sostener la moneda local, y a su vez, dificultaban la importación de materias primas, insumos intermedios y bienes de capital, fundamentales en la industria protegida. El “estrangulamiento” aparecía como un problema estructural generado por décadas de proteccionismo y un modelo agotado de sustitución de importaciones.

Con Rogelio Frigerio como responsable de la política económica, Frondizi decide avanzar en un modelo de apertura económica capaz de atraer inversiones especialmente en ciertas industrias estratégicas como producción de petróleo y gas, la industria química y petroquímica, siderurgia, depósitos de carbón y hierro, provisión de energía eléctrica, cemento, papel, maquinaria y equipos industriales, lo que a su turno complementaría y potenciaría la industria existente, favoreciendo por ejemplo la exportación de carne.

Las inversiones extranjeras, sin embargo, estaban condicionadas por las condiciones internas, caracterizadas –además de lo dicho- por tarifas congeladas, una legislación represiva y un proteccionismo extendido. Entre otras políticas Frondizi -al igual que Macri-, incrementó las tarifas de servicios públicos, quitó las restricciones al mercado cambiario y unificó el tipo de cambio y decidió abolir el sistema de controles y permisos.

Donde no pudo alcanzar resultados –como tampoco pudo Macri en su primer año- fue en el área fiscal, cerrando 1958 con un déficit que rozó el 9 % anual. Incluso en 1959 la caída del producto respecto del año anterior fue del 6,5 % del PIB, lo que tampoco ayudó en la cuestión fiscal.

Algunas diferencias con Frigerio, condujeron a Frondizi a nombrar a Alvaro Alsogaray al frente del ministerio de Economía y Trabajo, quien decidió priorizar el tema inflacionario poniendo foco en el déficit fiscal. Redujo el déficit con medidas antipopulares, suspendiendo obras públicas y terminando con el Estado empresario; tomó deuda interna y externa como transición para detener la monetización del déficit. Contenida la inflación, pensaba Alsogaray –y quizás también hoy Macri-, volverían las inversiones, lo que contribuiría al crecimiento económico, a mejorar la recaudación y a terminar con el déficit. La deuda entonces era transicional.

Las turbulencias macroeconómicas de mediados de 1959 fueron cediendo. El dólar, que había tenido un pico de 100 pesos moneda nacional en mayo, retrocedió hacia 83 en agosto, gracias a mayor confianza y a crecientes influjos de capital. Temiendo una mayor apreciación, el Banco Central estableció una paridad fija de facto en ese nuevo nivel. La inflación descendió al compás del tipo de cambio: los precios de las importaciones y los productos agrícolas se estabilizaron apenas el dólar alcanzó ese nuevo equilibrio, y los productos industriales se desarrollaron a apenas 1% mensual en el último cuarto de 1959.

En 1960 y 1961 la economía creció a un promedio de más del 8% anual. El factor dinamizador fue la inversión que aumentó en 1961 a un nivel 66% mayor que el de 1959, y 47% mayor que el de 1958, un año menos anormal. En petróleo, por ejemplo, que representaba un cuarto de las importaciones, Frondizi logró el autoabastecimiento, incrementando la producción de 5,6 a 16 millones de metros cúbicos anuales, lo que ayudó a despertar interés en otros inversores para explotar otras ramas industriales. A modo de efecto contagio, el capital internacional respondió a las masivas oportunidades que proveía una economía ahora más ordenada. El Financial Times declaró al peso argentino “moneda estrella” del año en 1960. El crecimiento se manifestó, poco después, en una mejora en el salario real, que aumentó 12% hacia fines de ese año.

Cuentan diversos historiadores, sin embargo, que Frigerio nunca dejó realmente de ofrecer su consejo a Frondizi. Algunas tensiones entre Alsogaray y Frigerio, por la construcción de una central eléctrica en Dock Sud y el costoso proyecto de El Chocón, llevaron al primero a dejar el cargo. Lo reemplazó Roberto Alemann en abril de 1961, quien continuó el modelo austero de Alsogaray.

¿Podemos esperar un mismo desenlace en Argentina con tasas de crecimiento del 8 % para 2017, 2018 y 2019? Es posible. Pero Alsogaray no fue gradual en su ataque contra el déficit fiscal, ni tampoco fijó metas inflacionarias a cuatro años. Además, contuvo la apreciación del tipo de cambio porque entendió que la normalización de la economía, como transición, requería de un tipo de cambio real alto como complemento. Seguramente lejos de los 26 pesos que recomendó el Diputado del PRO Eduardo Conesa, pero seguramente más alto de lo que está fijado hoy.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Una meta fiscal que no se cumplió, porque no había convicción para concretarla

Por Adrián Ravier. Publicado el 27/12/16 en: http://www.lagaceta.com.ar/nota/713018/economia/meta-fiscal-no-se-cumplio-porque-no-habia-conviccion-para-concretarla.html

 

Con Mauricio Macri nace una nueva forma de hacer política, parecida, quizás, al modo de administrar una empresa. Se fijan metas, se deja trabajar y luego se evalúa la performance. Ha llegado el momento de evaluar a los ministros y Alfonso Prat-Gay tenía una meta fiscal que no cumplió, porque jamás estuvo convencido de ella.

En este primer año se priorizó ordenar la economía, tras la pesada herencia representada en los tres grandes desequilibrios: fiscal, monetario y cambiario. Comenzando por este último, Prat-Gay y Federico Sturzenneger, titular del Banco Central, trabajaron en conjunto para levantar el cepo cambiario, para arreglar con los holdouts y para acceder al crédito externo que le ayude al Gobierno en su estrategia de gradualismo. Sturzenegger, además, logró convencer al mercado de que las metas de inflación son viables, pero Prat-Gay no sólo no logró sus objetivos del segundo semestre, sino que tampoco pudo alcanzar la meta fiscal de 4,8 % de déficit primario que se había planteado. Si el déficit no fue mayor al actual se debe a que el blanqueo ofreció recursos extraordinarios que resultaron en una rueda de auxilio.

El incumplimiento de esta meta fiscal puede recibir variadas lecturas y hasta justificarse por medidas que incluyeron aspectos que estaban fuera del alcance del ministro saliente. Pero las metas de 2017, necesariamente, deben ajustar las tuercas de la cartera de Hacienda y Prat-Gay no está convencido de ello. No sólo descree que sea oportuno ajustar el déficit por las elecciones próximas, sino que su modo de entender la economía desaconseja apuntar al déficit fiscal en un contexto recesivo.

Está fuera de mi alcance comprender si la decisión es política, por la forma individualista de hacer política económica de Prat-Gay y su poco entendimiento con el jefe de Gabinete (Marcos Peña), pero me gustaría creer que Macri comprendió que fomentar la demanda agregada mediante gasto público en 2017 bien puede ser de ayuda para ganar las elecciones y mostrar cierto crecimiento, pero esa tendencia peligrará en 2018 si se pierde otro año en materia de metas fiscales. Me gustaría creer que Macri comprendió que el problema madre que tiene la Argentina es fiscal, y que sólo mediante un ajuste su Gobierno puede terminar con una economía en auge sostenible.

Nicolás Dujovne ha sido la persona elegida para avanzar en el desafío fiscal, y tiene más perfil docente que experiencia en el sector público. El Frente Renovador emitió algún comentario que identifica a Dujovne como un economista ortodoxo que acelerará el ajuste fiscal. Mi lectura, sin embargo, es diferente. Dujovne continúa el gradualismo y el foco se coloca en la comunicación. Vale como ejemplo la siguiente referencia suya: “si el Gobierno lograra mantener el gasto congelado, por los próximos cinco años, y si la economía creciera 3% por año, el gasto en relación con el PBI bajaría de 45% a 39% en 2021. Y si esa estabilidad del gasto permaneciera por diez años, caería hasta 34% del PBI en 2026.”

Con Dujovne no habrá ajustes o recortes de gasto. Las críticas de Dujovne a Prat-Gay o a Sturzenegger no son de fondo sino de forma. Mi lectura de sus notas es que cuestiona la estrategia de comunicación, más que las propias metas fijadas. Da la sensación de que mantendrá el foco en las mismas metas de déficit primario de 3,3% para 2017 (aún cuando el Presupuesto lo estima en 4,2 %); del 1,8 % para 2018 y del 0,3 % para 2019, pero con alguien que está convenido de su importancia.

Además pondrá foco en dos temas centrales: la fuerte presión tributaria, que a Dujovne le parece injusta e inviable, y la enorme proporción de empleo informal, que daría lugar a cierta flexibilización. El mercado ha reaccionado con tranquilidad ante este cambio. El dólar y el Merval prácticamente operaron sin cambios. Pero es más un cambio de nombres que de fondo y sustancial en la política fiscal. Sería deseable que las metas fiscales se construyan sobre el déficit consolidado y no sobre el primario, especialmente en una serie de años donde la Argentina acumulará nueva deuda con su consecuente pago de intereses.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.