Profetas en su tierra:

Por Sergio Sinay: Publicado en http://www.sergiosinay.com/Reflexion.aspx?id=2507

 

Se dice que nadie es profeta en su tierra. Y se trata de algo más que una frase. Es una dolorosa comprobación. Para comprenderlo hay que comenzar por poner en claro qué es un profeta. Erróneamente se lo suele definir como un visionario, alguien que vislumbra el porvenir y no solo eso, sino que trae notas de esperanza y buenaventura. Se cree, además, que los profetas arriban desde algún misterioso y lejano lugar, con pasaporte divino, y que sólo hay que esperar que lleguen (o que vuelvan, según el caso o la religión) para que, mágicamente, todo cambie y se ilumine.

Estas erróneas creencias terminan por expulsar a los profetas. Porque los profetas no vienen de ningún lugar, nacen y viven allí en donde profetizan. Es decir, están entre nosotros desde siempre. Y profetizar es advertir sobre las zonas oscuras de las personas y las sociedades, es señalar sin pudor, sin mentiras piadosas, sin falsas promesas, las dolorosas secuelas de la avaricia, de la soberbia, del egoísmo, de la prepotencia, de la impiedad, de la ausencia de empatía y compasión. Los profetas son (han sido siempre) seres de carne y hueso, que hablan con el lenguaje de sus tierras y de sus tiempos para despertar las conciencias dormidas e indiferentes en esas tierras y en esos tiempos. La mayoría de las personas no quiere a los verdaderos profetas, detesta escucharlos, odia que vengan a denunciar lo que denuncian y a interrumpir el sueño de bulimia consumista, de aberrantes adoraciones, de corrupción y corruptela, de obsceno hedonismo, de narcisismo suicida.

Cada vez que los profetas han cumplido con su deber moral, fueron desoídos, descalificados, mancillados, expulsados de su tierra. Ha ocurrido a lo largo de la historia y ocurre hoy, cuando los oídos son más sordos que nunca a la voz de los profetas. Los profetas no usan túnicas blancas, ni largas barbas, no son necesariamente ancianos, no cabalgan en caballos alados, no sacan agua de las piedras ni convierten el barro en oro. Son algunos pocos intelectuales que aún no se prostituyeron, algún perdido político incorrupto, son empecinados sacerdotes, son madres del dolor, son artistas (¡tan pocos!) que no vendieron su arte (el que sea) al mejor postor, son aquellos maestros (ni todos ni tantos) que persisten empecinados en su misión, son médicos (pocos pero ciertos) que siguen fieles a su juramento hipocrático y no a la prebenda de los laboratorios, son algunos escritores, esos que no han mancillado ni pervertido la palabra. Nunca han sido muchos los profetas y a lo largo de los tiempos se han empecinado en regresar, aunque una y mil veces los expulsaran de su tierra través de la indiferencia, la persecución, la burla, la difamación o el escarnio.

Seguirán volviendo, sin duda. Seguirán estando. Seguirán profetizando. Los profetas perduran en el tiempo. Quienes los expulsan y los ignoran pasan sin dejar huellas, consumidos por el vacío de sus vidas sin sentido.

Ojalá 2015 traiga más profetas y ojalá que empiecen a serlo en su tierra.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE. 

 

Hay pueblos que no pueden progresar porque su cultura no permite superar la envidia.

Por Martín Krause. Publicado el 27/12/14 en: http://bazar.ufm.edu/hay-pueblos-que-no-pueden-progresar-porque-su-cultura-no-permite-superar-la-envidia/

 

En el libro “El Foro y el Bazar” se resalta la importancia de los valores y cultura predominantes para explicar la calidad institucional de los países y, luego, su mayor o menor progreso.

Unos meses atrás publiqué un post mostrando el espíritu emprendedor de la tribu de los Seminoles, en el sur de Florida, quienes son dueños del Hard Rock Café. http://bazar.ufm.edu/wp-admin/post.php?post=864&action=edit

Ahora la contraparte. Comenta Helmuth Schoeck en su interesante libro “Envy” (Liberty Fund, 1987), sobre la tribu de los Navajos:

“Los Navajos son la tribu más grande que todavía sobrevive en Estados Unidos. La existencia que llevan en su reservación es miserable. Los Navajos no tienen nada que se corresponda con nuestro concepto de ‘éxito personal’ o ‘logro personal’. Tampoco puede tener Buena o mala suerte. Cualquiera que prospere o, según sus conceptos, se enriquezca, lo habrá logrado solo a costa de algún otro. Por lo tanto, el Navajo que está mejor se siente bajo constante presión para ser pródigo en hospitalidad y generoso con los regalos. Sabe que si fracasa en esto ‘la voz de la envidia hablará en susurros de brujería’ que harán penosa su vida en sociedad…”

Comenta Schoeck:

“No es cierto, como muchos críticos sociales nos quieren hacer creer, que solo la gente más afortunada en este mundo, aquellos con propiedades heredadas o con oportunidades de riqueza, tienen un interés creado en una ideología que inhiba la envidia. Tal ideología es, en verdad, mucho más importante para la persona envidiosa, quien podrá comenzar a hacer algo sobre su vida solamente cuando haya construido alguna especie de teoría personal que desvíe su atención de la envidiable Buena fortuna de otros, y guíe sus energías hacia objetivos realistas a su alcance.”

El autor afirma que no es posible eliminar la envidia (ése sería el objetivo de las ideologías igualitaristas, que piensan que eliminando las diferencias la envidia desaparecería). La envidia se daría por otras cosas, íncluyendo envidia hacia quienes están en posición de redistribuir todo para que no haya envidia.

Una de sus principales tesis: “cuanto más puedan, los individuos privados y los custodies del poder politico, actuar como si no existiera tal cosa como la envidia, mayor será la tasa de crecimiento económico y el número de innovaciones en general”.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

La tarea de velar por el respeto recíproco:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 222/12/14 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2014/12/22/la-tarea-de-velar-por-el-respeto-reciproco/

 

Nadie puede tirar la primera piedra, todos podemos hacer las cosas mejor, pero hay algo que se hace cada vez más imperioso analizar. Para este propósito sugiero comencemos con una cuidadosa reflexión sobre tres pensamientos de gran calado, uno de Thomas Jefferson, otro de John Stuart Mill y, por último, uno de José Ortega y Gasset.

Jefferson ha dicho que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”, y Mill ha consignado que “las malas personas requieren para lograr sus propósitos que las buenas no hagan nada” (lo cual ha sido también atribuido a Edmund Burke, en el sentido de que “todo lo necesario para el triunfo del mal es que las personas de bien no hagan nada”). En la misma dirección ha sentenciado Ortega y Gasset: “Si quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización pero no se preocupa por sostener la civilización, se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado”.

Como es sabido, la condición humana se caracteriza por el libre albedrío, por el propósito deliberado, por la capacidad de elección; en otros términos, por la libertad que diferencia al hombre de todas las especies conocidas. Ese espacio de libertad permite que cada cual se encamine hacia sus proyectos de vida personales sin la interferencia prepotente de otros. Esa es, por otra parte, la definición de libertad: ausencia de coacción por parte de otros hombres.

Hay infinidad de metáforas y extrapolaciones ilegítimas de otros campos a la esfera de las relaciones sociales. Se ha dicho que no se es libre de bajarse de un avión en pleno vuelo, que no se es libre de ingerir arsénico sin sufrir las consecuencias, que no se es libre de dejar el cigarrillo, pero estas consideraciones son aplicables a otras áreas, como la biología o la física.

Cuanto más se cercene la libertad, naturalmente menor será el espacio que el hombre pueda decidir y menor el radio en el que pueda administrar su vida, hasta llegar a solo ser libre en el territorio de su pensamiento si no se le inyectan sustancias que le hagan perder el conocimiento o disminuir su capacidad analítica. La pérdida de la libertad equivale a la pérdida de la vida humana, convierte al hombre en un artefacto sujeto a manipulaciones.

Pues bien, la imprescindible libertad no aparece por ósmosis, es la consecuencia del esfuerzo sistemático de seres humanos concretos que se preocupan y ocupan por que ella tenga vigencia a través de normas civilizadas. Cuando esto se descuida sobreviene el estrangulamiento de la libertad, es decir, el estrangulamiento de la vida propiamente humana.

Esta faena de cuidar la libertad equivale a la ardua tarea de vigilar y proteger el respeto recíproco que constituye el eje central de la sociedad abierta. Faena que es responsabilidad ineludible de cada uno, no importa a qué se dedique ni cual sea su profesión; todos estamos interesados en que se nos respete.

Por tanto, no es pertinente que estas tareas vitales se endosen a otros. Es inadmisible que se actúe como si se estuviera en la platea de un teatro, frente a un escenario en el que los actores son los que asumen la responsabilidad por lo actuado mientras que los de la platea son simples espectadores. En nuestro caso, ese comportamiento es inadmisible y de una irresponsabilidad manifiesta.

Todos y cada uno somos responsables de velar por nuestro entorno para que se nos respete, como decimos, cualquiera sea nuestra ocupación y cualquiera sea el lugar geográfico en que estemos ubicados. Resulta indignante escuchar a los que pontifican en reuniones sociales lanzando críticas a lo que ocurre, luego de lo cual se dedican a sus arbitrajes, cuestiones personales o simplemente a dormir la siesta de la vida. Los intereses de cada uno serán muy legítimos, pero son insuficientes si no se dedica algún tiempo a permitir que esos intereses personales puedan realizarse en lugar de delegar sobre los hombros de otros esa responsabilidad.

Los canales más fértiles para contribuir a que se acepten los valores y principios que permiten vivir en una sociedad abierta son la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo, pero hay infinidad de vías y procedimientos para ayudar a que se comprendan aquellos valores y principios. Uno de los caminos es el book club, esto es, la reunión periódica de cinco o seis personas para discutir un buen libro, en la que uno expone por vez y los otros discuten, y al año siguiente cada uno de los participantes forma un nuevo grupo y así sucesivamente. Sin duda que hay muchos otros métodos, pero en todo caso, no cabe la mala excusa de que hay personas capacitadas y preparadas sobre las que debe recaer este trabajo; como queda dicho, todos necesitamos el oxigeno vital del respeto recíproco.

Cuando se aproxima el período electoral, las discusiones sociales y mediáticas se concentran en torno de los candidatos que mejor miden en las encuestas. Ya es sabido que los ciudadanos votarán al que, a su criterio, es el menos malo. Pero el asunto no da para más y no permite una discusión de alto vuelo, está al nivel del zócalo y no es nada conmovedora, por cierto. El tema serio y medular estriba en indagar qué hace cada uno diariamente para revertir el cuadro de situación, influyendo en ideas que contrarresten lo que viene ocurriendo y muestren horizontes con mayor riqueza que la miseria del presente.

Principalmente, lo que se requiere es esfuerzo y constancia para estudiar, actualizarse y difundir los valores y principios del respeto recíproco en el campo de la ética, la historia, el derecho, la economía y la filosofía. Mirar para otro lado significa que los distraídos son cómplices directos de lo que sucede. No hay derecho al pataleo si no se procede en consecuencia.

Constituye una retribución sumamente gratificante cuando los estudiantes o lectores dicen que el alimento recibido les ha hecho ver otra dimensión y otra perspectiva completamente distinta respecto a los lugares comunes y archiaburridos que se vienen repitiendo con machacona insistencia a pesar de los reiterados fracasos que producen las visiones estatistas y retrógradas.

Por otro lado, si bien las incomprensiones se deben a la alarmante apatía e indiferencia de gran cantidad de personas que, como decimos, se ufanan en sostener que la actividad de preservar y sostener los pilares de la sociedad libre la deben llevar a cabo otros, también debemos hacernos la autocrítica por la calidad del mensaje que emitimos, al efecto de pulirlo y mejorarlo, para lo cual debe mejorar la gimnasia de la empatía, poniéndonos en los zapatos de los interlocutores para tocar el espíritu de personas de buena fe y honestas intelectualmente que simplemente no reciben bien lo que se desea trasmitir.

No hay tal cosa como un bloque de conocimientos que integran un sistema terminado; muy por el contrario, todo está en evolución en el contexto de asuntos que son siempre provisorios y sujetos a refutación. Pero, precisamente, para mantener abiertas de par en par puertas y ventanas e incorporar nuevos conocimientos y reducir nuestra colosal ignorancia, se hace indispensable la libertad como marco irremplazable, es el sine qua non de todo lo demás y, nuevamente repetimos, para contar con esto las personas tienen que sentirse responsables y actuar en consecuencia todos los días.

Y no se trata de dedicarse a la política, puesto que eso es poner la carreta delante de los caballos. Los políticos son megáfonos de la opinión pública. Se trata de influir sobre ésta para permitir que en la esfera política se articulen discursos compatibles con el espíritu liberal.

No tiene sentido sorprenderse de la decadencia de los valores: es una consecuencia inevitable de la cantidad de gente que se mantiene al margen y observa inerte hechos que se suceden sin solución de continuidad. Por eso la prueba definitiva para los que se quejan es preguntarles que hacen cotidianamente para frenar la avalancha. Si la respuesta es “nada”, la consecuencia natural es lo que vemos en las noticias.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

República Cromagnon, Responsabilidad Civil y la Tragedia de los Comunes:

A diez años de la tragedia que aún hoy enluta a muchísimas familias, y ante las manifestaciones públicas de algunos de los responsables políticos alcanzados, creemos que se mantiene vigente nuestra propuesta de medidas conducentes a terminar con este tipo de desastres. Y con las cobardes especulaciones políticas de muchos:

 

Por Guillermo Luis Covernton: Publicado el 11/3/2005 en la web de Fundación Atlas:

Una respuesta desde el ámbito del derecho privado, basada en la racionalidad económica.

La muerte de más de 190 personas atrapadas por el fuego, en un lugar repleto de materiales inflamables, sin suficientes salidas de emergencia, y donde se realizaba la presentación de un grupo musical, ha provocado un intenso debate en la sociedad.

El profundo dolor que tal circunstancia nos e infunde, así como la íntima solidaridad hacia los familiares y amigos de quienes fallecieron nos impulsa a manifestar aquí algunas opiniones e ideas, con la plena conciencia de que no podemos hacer demasiado por quienes sufren por este desgraciado hecho, pero sí que podemos hacer muchísimo para que este luctuoso suceso no se repita jamás.

La opinión pública, movilizada por opositores y familiares pidió, con fundamento, la renuncia del Jefe de Gobierno de la Ciudad, por la responsabilidad que sin duda le cabe, al no haber velado por el estricto cumplimiento de las normas de seguridad.

Hay ordenanzas que obligan a que el ejecutivo verifique el cumplimiento de estas normas, se recaudan tasas por ingentes sumas que debieran destinarse a financiar estos controles, y encima de todo esto, todos los días aparecen acusaciones de corrupción en este caso en particular.

Pero aún si todo esto provocara el cambio de quienes están a cargo del poder ejecutivo; si además de ello, el titular actual fuera sucedido por alguien profundamente responsable y enemigo de la corrupción; esto no bastaría para asegurarnos demasiado para el futuro.

Desde nuestro personal punto de vista estas tragedias ocurren por una cadena de negligencias, y esta sucesión de errores debería combatirse actuando sobre sus principales causas.

Y creemos que una de las principales causas es delegar las tareas de control y prevención en el aparato político del estado, incorporándole cada vez más funciones y responsabilidades, que concomitantemente harán preciso asignarles más recursos, que siguiendo la constante histórica serán ineficientemente aprovechados, parcialmente dilapidados y corruptamente utilizados.

Analicemos el problema desde otra óptica: Si estaciono mi auto en la puerta de mi vecino y el frente de su casa se desploma, cayendo sobre mi techo y provocando la muerte de mi familia, deberé iniciar una acción civil de daños y perjuicios, para obtener resarcimiento. La justicia, rápidamente trabará embargo sobre el inmueble de mi vecino y yo recibiré una adecuada compensación. ¿Es esto suficiente para mitigar mi dolor y compensar mi pérdida? No, por supuesto, no habrán bienes materiales suficientes que puedan  compensar la pérdida de los años dedicados a establecer el vínculo que tenía con mi esposa ni las horas dedicadas a convertir a mis hijos en personas de bien, sensibles y útiles a la sociedad.

Pero la magnitud del resarcimiento que deberá enfrentar mi vecino, más que perseguir una compensación, busca establecer una sanción ejemplar: Que todo el mundo sepa que es preferible gastar el 3 % del valor de un inmueble en evitar que ninguna de sus partes se derrumbe a caer en la ruina por tener que pagar los daños ocasionados.

En la esfera del derecho privado, las sanciones de responsabilidad civil bastan.

Pero: ¿Que ocurrirá si, en cambio, lo que se desploma sobre mi auto es el árbol de la vereda? Como la vereda es un área pública y el árbol pertenece al estado, para que mi demanda prospere, uno de los poderes del estado, el judicial, deberá fallar contra otro de sus poderes, el ejecutivo, condenándolo a pagar el daño. Para ello deberá quedar probado que el estado no se movió con la suficiente prudencia en la elección de las variedades que integran el arbolado, o que las podas realizadas no cumplieron con las reglas del arte, o que no se realizaron los controles sanitarios que evitaran que el ejemplar enfermara, o que hubo tiempo suficiente desde el fallecimiento del árbol hasta su caída, como para que los responsables lo talaran, o que algún vecino había denunciado el riesgo sin haber sido diligentemente atendido, o todos estos extremos o varios de ellos a la vez.

A su vez, en caso de sentencia condenatoria, el ejecutivo deberá extremar todas las instancias procesales o apelaciones posibles antes de pagar, so pena de incumplimiento de su deber de defensa del patrimonio común.

Finalmente un tribunal jurídico-político, ( corte suprema), evaluará no solo el daño y el derecho, sino las razones de oportunidad, mérito o conveniencia para condenar al estado, sentando un precedente que lo obligaría a extremar una serie de controles para los cuales quizás ni esté preparado, ni tenga asignados recursos suficientes.

También evaluará si las necesidades insatisfechas de los contribuyentes y los recursos del estado permiten poner a su cargo estas cuestiones.

En el ínterin, es posible que el ejecutivo, si observa que puede beneficiarse electoralmente con el hecho, alimente los argumentos del reclamante, ya que los fondos que se utilizarán para resarcir, lejos de venir de sus arcas particulares, provienen de la hacienda común, alimentada por impuestos que, en todo caso, convendrá elevar.

De cualquier manera que el caso se resuelva, o no se hará lugar a un resarcimiento suficiente, o aún en el caso de que lo sea, este no servirá de apercibimiento para evitar males mayores en el futuro, ya que el político de turno pagará con fondos provenientes de los impuestos al sector privado, y contará además con un nuevo argumento para incrementarlos, imponer más controles, colocar a más amigos políticos en puestos oficiales para controlar, y hacer crecer así su área de influencia.

En conclusión, y volviendo a “República Cromagnon”, consideramos que el drama mayor, luego de las muertes, es que no se tome suficiente conciencia que si los controles de seguridad son materia del estado, estos caen en la tragedia de los bienes comunes: Nadie se ocupa ni cuida de ellos.

Si los fundados reclamos por atención médica, gastos de todo tipo, y aún resarcimiento civil son asumidos por el fisco, ningún empresario pondrá demasiado énfasis en cuidar que estos hechos no se repitan para así preservar su patrimonio.

Si los artistas, músicos o como queramos llamar a quienes daban el espectáculo no se ven alcanzados patrimonialmente, difícilmente pongan demasiada atención en cuidar en que tipo de ámbitos se presentan.

Si las compañías grabadoras, representantes, managers, etc no deben responder con su patrimonio personal, no afectarán , la próxima vez, recursos suficientes, en la forma de abogados, peritos en temas de seguridad, controles sobre los elementos que ingresa el público, etc., para evitar accidentes.

Nuestra propuesta concreta es: Evitemos que esto se repita. Deroguemos todos los controles del estado. Ahorremos recursos al fisco, que serán mejor aprovechados en equipar hospitales, bibliotecas, pagar policías, maestros, jueces y médicos.

Legislemos adecuadamente de modo tal que quede claro que en caso de una tragedia de este tipo, no solo el propietario del inmueble deberá responder totalmente por los daños, sino también los artistas participantes, sus representantes, auspiciantes, compañías discográficas, titulares de derechos de autor y demás empresarios privados que lucran legítimamente con el show.

Del mismo modo que cuando muere una persona realizando un trabajo, la legislación laboral no se preocupa por averiguar si existía contrato de trabajo, si habían recibos de sueldos firmados, si el contratante era el titular del establecimiento o si  habían en el medio una cadena de subcontratistas, y si se había suscripto o no un seguro de accidentes personales o uno de riegos del trabajo, sino que todos pasan a ser solidaria e ilimitadamente responsables; de igual modo, se deberá asignar el mismo tipo de responsabilidad a quienes organizan y lucran con estos espectáculos.

El único control que debería realizarse sería el de asegurarse que se han contratado seguros de responsabilidad civil, en compañías solventes, que puedan cubrir un eventual siniestro, en caso en que el patrimonio personal de los organizadores no alcance para hacerlo.

Entonces, toda la eficiente maquinaria del sector privado se pondrá en marcha: una legión de abogados estará a disposición para estudiar las pólizas de seguros, un ejército de analistas de riesgos y seguridad estarán disponibles para opinar sobre las condiciones de habilitación de los locales. Expertos de todo tipo podrán desnudar falencias en la ventilación, los materiales usados, las salidas de emergencia, elementos de lucha contra incendios, etc.

Quienes pagan la entrada asumirán el costo de su seguridad, y no tendremos subsidios ocultos en la habilitación de trampas mortales para satisfacer las ambiciones de pseudo-empresarios, que no llegarán a ser nunca empresarios porque no operan en ámbitos competitivos, con reglas de juego iguales que las de sus competidores.

Lo que no puede aceptarse es que una joven deba dar a luz a su hijo en un decadente hospital público, con todo tipo de falencias, o que un niño deba perder días de clase porque sus maestros no cobran, mientras se dilapidan fondos públicos en tratar de paliar muy parcialmente los efectos de catástrofes evitables, causadas por gente que pretende lucrar evadiendo sus responsabilidades, mientras los funcionarios de turno intentan llevar agua para su molino y aprovechan para ampliar su poder político, aumentar impuestos y agrandar las funciones del estado para hacerlas más ineficientes.

La ciudad parece poder controlar la seguridad de quienes acuden a las funciones de gala del teatro Colón. Pero no parece poder manejar la seguridad de los más necesitados, a quienes el discurso político progresista dice proteger.

 

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es profesor de Macroeconomía, Microeconomía, Economía Política y de Finanzas Públicas en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Es director académico de la Fundación Bases. Es presidente de la asociación de Ex Alumnos de ESEADE.

Hay motivaciones económicas para destruir el ambiente, ¿no hay también para cuidarlo?

Por Martín Krause. Publicado el 30/12/14 en: http://bazar.ufm.edu/hay-motivaciones-economicas-para-destruir-el-ambiente-no-hay-tambien-para-cuidarlo/

 

Qué difícil resulta ver el papel que cumplen los incentivos económicos. Sobre todo los positivos.  La Nación presenta un largo reportaje a Osvaldo Canziani, comentando los resultados de la reciente reunion en Lima (Perú). Un eminente meteorólogo y profesor de Fïsica, tiene numerosos antecedentes y logros: “copresidente del Grupo de Trabajo II, que se focalizó en Vulnerabilidad, Impactos y Adaptación al Cambio Climático del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), organismo que recibió el Premio Nobel en 2007. A lo largo de su extensa carrera -tiene 92 años-, Canziani también desempeñó numerosas tareas de asistencia técnica, tanto a nivel local como internacional, presidió organismos, redactó numerosos artículos de investigación y se hizo tiempo, incluso, para la docencia, labor que continúa en la actualidad.”

Aquí está el reportaje completo, cuyo título “Tenemos que empezar a mirar a la naturaleza como sujeto de derecho”, supongo que ya generaría polémica entre los abogados: http://www.lanacion.com.ar/1755231-osvaldo-canziani-tenemos-que-empezar-a-mirar-a-la-naturaleza-como-sujeto-de-derecho

“-¿Y se puede pensar en un tipo de crecimiento amigable con el ambiente?

-Sí. Hay que ser austero. No hay que pensar cuántos hijos le voy a dejar al ambiente, sino cuántos hijos míos puede mantener el ambiente. Pero somos una raza que vive pensando en el dinero. Yo no reniego de eso, pero no hay que pasarse para el otro lado. Hoy en día existe el concepto de agua virtual. Un kilo de carne, acá son diez mil litros de agua. En Paraguay, quince mil, porque el animal come pasto, toma agua y demás. Amartya Sen dice una cosa muy simple: hay que empezar a incorporar las externalidades. Si yo produzco, debería considerar el agua que uso. En Lima se precisó que para el año 2050 habría que reducir las emisiones entre el 30 y el 70 por ciento porque si la cosa sigue así, se para el mundo.”

Drop in water

Si somos una raza que vive pensando en el dinero, entonces quiere decir que respondemos, y mucho, a los incentivos monetarios. Claro que parece que con ellos se obtuvieran resultados negativos. Dice el Dr. Canziani: “Si yo produzco, debería considerar el agua que uso”.

Pregunto: ¿No consideraría esa persona el agua que usa si tuviera que pagar por ella un precio de mercado que refleje su escasez? ¿No serviría en este caso el incentivo monetario para evitar el despilfarro del agua? Está bien apelar a la conciencia, pero en este caso (como en el conocido “billetera mata galán”) podría decirse que “billetera mata a quien derrocha agua”.

Continuemos:

“-¿Y en esas cumbres se habla lo suficiente de la necesidad de adaptación o de hacer a las ciudades más resilientes?

-No lo suficiente, pero ya se han organizado grupos para empezar a discutir. La clave pasa por educar a la gente. Uno lo ve todo el tiempo: el portero que barre con el chorro de agua cuando en ciertas localidades no hay agua. Pero sólo cuando uno está inmerso en el problema, empieza a pensar soluciones. Los argentinos hasta ahora hemos tenido relativa suerte, pero vaya usted al norte de Chile, donde hay que capturar la niebla para regar… En Machu Picchu se cosechaba el agua. El agua recolectada se lanzaba en épocas de sequía… Si lo hacían ellos, ¿por qué no nosotros?”

¿Será que para nosotros es prácticamente gratuita? En muchas de nuestras casas no existen medidores sobre el consumo de agua, pagamos lo mismo usemos un litro o cien mil.

“-¿Y qué explicación le encuentra? ¿Por qué, pese a toda la difusión de gobiernos y organismos, el portero sigue barriendo con el chorrito de agua?

-Porque nadie cobra multas. Porque nadie hace nada. Todo es cuestión de educación. ¿Por qué en un mundo en donde hasta los perros tienen celular circulan los taxis vacíos quemando combustible, contaminando el aire y complicando el tráfico? Todo se basa en una estructura falsamente construida, donde el interés está en otra parte. Cada uno quiere su ganancia. Tenemos que empezar a mirar a la naturaleza como sujeto de derecho porque nadie la respeta. Si uno ve a los chicos rompiendo los árboles… Es un problema básicamente de falta de educación.”

Claro, una multa es un incentivo económico porque hay que sacar la billetera para pagarla. Pero requiere inspecciones, controles, procesos, descargos, y finalmente resoluciones. ¿Qué tal si simplemente el portero tuviera que pagar por el agua que utiliza? ¿O qué le diría el consorcio del edificio cuando les llegara la cuenta?

En síntesis, la educación está bien pero, ¿qué tal un incentivo económico para ser educado?

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

 

2015: la falsa ilusión de una ilusión sin cambio de valores:

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 28/12/14 en: http://economiaparatodos.net/2015-la-falsa-ilusion-de-una-ilusion-sin-cambio-de-valores/

 

Dios quiera que 2015 sea el inicio de un cambio en serio en la Argentina, es decir, que sea el inicio de un cambio de valores y no un simple cambio de gobierno

Como todo año que se inicia, todos tendemos a imaginar un nuevo punto de inicio. Un cambio. Una mejora. Es como si fuera algo mágico, pasar de un año a otros nos trae ilusiones. Una de esas ilusiones es, creo yo, la ilusión de millones de argentinos que, a juzgar por las encuestas serias, esperan que este 2015 sea el último de una década nefasta para el país. Una década de atropellos, destrozo económico, destrucción institucional y un largo listado de temas.

Todo parece indicar que, probablemente, en 2015 tengamos un cambio de gobierno. Ahora bien, ¿cuán profundo puede ser el cambio de vida de los argentinos si el oficialismo pierde las elecciones de octubre? ¿No es una falsa ilusión tener la ilusión de un cambio sin cambiar los valores que rigen en amplios sectores de la sociedad? Para ponerlo de otra manera, creer que todo puede cambiar para mejor solo cambiando las personas pero no nuestros valores o nuestros comportamientos en la vida en sociedad, es una falsa ilusión.

El kirchnerismo no hizo todo este destrozo en estos 11 años solo por iniciativa propia. Sin el apoyo de amplios sectores de la sociedad nunca podría haber avanzado en esta pesadilla que hoy vivimos, aunque también es cierto que si la justicia hubiese puesto un límite en su momento, no hubiesen llegado tan lejos. El día que la justicia miró para otro lado ante el primer atropello que cometían, se sabía que quedaba abierto el camino a tanta injusticia.

La pregunta que uno puede formularse es si podía un juez ponerle un límite al atropello k con un fallo que claramente iba contra la opinión de un amplio sector de la sociedad que avalaba los  dislates k. Personalmente creo que sí. Que los jueces tienen que ignorar los deseos de las mayorías y hacer justicia. No es función de los jueces conseguir la simpatía del electorado, sino proteger los derechos de los habitantes del país y, particularmente,  el abuso de poder por parte de los gobernantes. Por más que una amplia mayoría vote en favor de violar el derecho de una minoría, es obligación del juez impedir, dentro de sus posibilidades, que esa violación sea consumada.

Todos sabemos que hoy nuestro país no tiene una democracia. Solo tiene un sistema de votación. Como se ha impuesto la idea que el que tiene la mayor cantidad de votos puede hacer lo que quiere, lo que se ha impuesto es la idea que mediante el voto estamos eligiendo a nuestros propios dictadores. Esos dictadores modernos buscan disfrazar de legalidad sus actos. Lo primero que hacen es usar el voto para llegar al poder. El acceso al poder les otorga el monopolio de la fuerza y una vez que obtienen ese monopolio de la fuerza entonces establecen la dictadura. Antes se hacía a los tiros, ahora vemos una competencia populista por ganar el favor de los votantes formulando promesas que solo pueden cumplirse si se violan los derechos de una minoría. Obviamente, no es que en las campañas electorales los populistas que devienen en gobierno autoritarios dicen lo que está en sus mentes de llegar al poder para luego usar el monopolio de la fuerza para violar, primero el derecho de las minorías y luego de las mayorías cuando el descontento popular llega a límites peligrosos. Solo con mirar lo que ocurre hoy en Venezuela uno puede advertir que el chavismo, primero fue por un sector de la sociedad venezolana y ahora, en que el descontento popular está mucho más extendido, el chavismo va por el sometimiento de toda la sociedad.

Pero volviendo a nuestros sueños del 2015, en que esperamos que se produzca un cambio sustancial en el uso ilegítimo del monopolio de la fuerza, me parece que es importante resaltar que sería una verdadera ilusión creer que la ilusión de un cambio es posible solo cambiando a las personas pero siguiendo con las mismas reglas de juego o parecidas.

En infinidad de oportunidades he insistido que la continua decadencia económica argentina tiene sus raíces en las instituciones que imperan en el país, entendiendo por instituciones las normas, códigos, leyes, costumbres, reglas que regulan las relaciones entre los particulares y de estos con el estado. En última instancia las leyes, códigos, reglas que imperen en una sociedad no serán otra cosa que los valores que dominen en la mayoría de las personas de ese país.

Es función de los profesionales que usamos los medios de comunicación para transmitir nuestras ideas, de los políticos honestos, de los jueces, periodistas, etc. tratar de transmitirle a la mayor cantidad de gente posible esos valores que luego se transforman en códigos, leyes, normas, reglas y costumbre que conformarán las instituciones que dominarán la sociedad.

Entiendo que es bastante difícil que la mayoría de la gente relacione calidad institucional con crecimiento económico y bienestar, sin embargo voy a dar un ejemplo. Días pasados veía en televisión como Margarita Barrientos, que ejerce la verdadera solidaridad en Los Piletones, afirmaba que no se debe vivir de los subsidios, sino del trabajo propio. Con esa frase, Margarita Barrientos demostró tener valores más sólidos que pseudo empresarios que viven a costa de proteccionismo, subsidios y demás negociados con el estado. No creo que Margarita Barrientos haya sido la única persona que entendió el sentido de la dignidad de ganarse el pan de todos los días con el fruto del trabajo propio. Entre la gente económicamente humilde hay muchas personas que tienen esos valores, en tanto que dentro del mundo empresarial suele haber valores que se basan en el lobby ante el estado para ganarse el favor de los corruptos funcionarios de turno. Pero, también reconozco que en la gente ha calado muy profundo el sentido de querer vivir a costa de trabajo ajeno, usando al estado para que le robe a los que producen el fruto de su trabajo y sea destinado a mantener a los vagos. En vez de robar directamente, le piden al estado que roben por ellos. Y los demagogos, con gusto hacen cometen ese delito bajo el argumento de la solidaridad social, la inclusión y versos de ese tipo que solo intentan disimular los actos corrupción económica y política.

Lo que estoy tratando de transmitir es que en este 2015 que comienza, muchos tienen la ilusión de quitarse de encima la plaga k, pero la realidad es que esa plaga aparecerá con otro nombre si no cambian los valores que dominan a amplios sectores de la sociedad.

Entiendo que la oposición, por una cuestión táctica, tal vez no pueda decir todo lo que hay que cambiar. Para ponerlo de otra forma, si un candidato populista con ambiciones totalitarias dijera en su campaña electoral que quiere llegar al poder para hacerse rico con los recursos del estado y luego lavarlos en hoteles para esconder su robo, dudo que alguien lo votara. O si dijera que quiere ganar las elecciones para silenciar a los que piensan diferente y asfixiar a la gente con impuestos, tampoco lograría gran cantidad de votos. Bien, de la misma forma, probablemente la oposición no pueda decir todo lo que va a tener que hacer cuando llegue al poder para desmontar la máquina de corrupción y destrucción montada en esta década. Pero sí es función de los economistas como yo y tantos otros que usamos los medios de comunicación, tratar de transmitir los nuevos valores que deben imperar en la sociedad. Porque esos valores son los que definirán las instituciones que imperarán y dependiendo de las instituciones que imperen podremos soñar con una economía próspera o en decadencia.

Para tener disciplina fiscal, habrá que bajar el gasto público y eso implica cambiar valores en la sociedad. También para bajar la presión impositiva y modificar este delirante sistema tributario habrá que cambiar los valores en la sociedad.

Si queremos exportar más, habrá que abrir la economía, y para eso tendremos que cambiar los valores en la sociedad.

Si deseamos bajar el gasto público, habrá  que cambiar los valores en la sociedad, haciéndole entender a la mayoría de la gente que hay empleados públicos que cobran por no producir, millones de personas que viven de subsidios y despilfarro en la obra pública, por citar algunos ejemplos.

En síntesis, Dios quiera que 2015 sea el inicio de un cambio en serio en la Argentina, es decir, que sea el inicio de un cambio de valores y no un simple cambio de gobierno para que otro que venga atrás haga las mismas burradas que hizo el kirchnerismo pero más educadamente. Dios quiera que los argentinos vayamos por más y no solo cambiemos de gobierno, sino, fundamentalmente, por un cambio de valores de valores. Esa es una ilusión que realmente vale la pena tener soñar.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

CARTA ABIERTA A EDUARDO GALEANO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Antes que nada e independientemente del contenido que Galeano estampa en su prosa, quiero subrayar su talento realmente formidable para administrar una pluma que produce resultados que encandilan de admiración al lector. Una especie de hechizo superlativo de un prestidigitador que juega con las formas del idioma y que exhibe una gimnasia gramatical que se asimila a estar escribiendo poemas permanentes con una cadencia notable, por más que se trate del género del ensayo.

 

Habiendo dicho esto, destaco lo que es evidente: su contribución a la demolición de la sociedad abierta, o mejor dicho, a lo que queda de ella puesto que durante las últimas largas décadas los gobiernos se han propuesto el estrangulamiento de las libertades de las personas que gobierna. Astronómicos incrementos en el gasto público, impuestos insoportables, regulaciones asfixiantes en el contexto de marcos institucionales degradados hacen que el Leviatán avance sobre los espacios privados de la gente dejando a su paso pobreza para todos, muy especialmente para los más necesitados. Aquellas medidas las propone Eduardo Galeano con entusiasmo. Flota en sus trabajos la presencia de la suma cero de la teoría de los juegos, es decir, lo que gana uno lo pierde el otro retrotrayéndonos a la época mercantilista. Nada original por cierto. En Las venas abiertas de América Latina concluye que “cuanto más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios”, con lo cual le da la espalda al hecho de que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes se benefician.

 

No distingue para nada el empresario que para mejorar su situación patrimonial debe servir a sus semejantes: si acierta gana y si yerra incurre en quebrantos. No distingue esta situación con el pseudoempresario que se enriquece debido al privilegio que le otorga su alianza con el poder político de turno, con lo que explota miserablemente a sus congéneres.

 

La emprende contra un capitalismo prácticamente inexistente, incluso en el otrora baluarte del mundo libre, Estados Unidos,  donde de un largo tiempo a esta parte los gobiernos han traicionado los sabios consejos de los Padres Fundadores para, en su lugar, abrazar la latinoamericanización en el peor sentido de la expresión, lo cual incluye “salvatajes” para negociantes irresponsables, ineptos e indecentes, claro está con los recursos de los que trabajan honestamente. Embiste contra el mercado como si no se percatara que se trata de millones de arreglos contractuales entre los que está el mismo Galeano, no solo para su vivienda, su vestido, su alimentación y su recreación sino de modo muy especial para vender su antedicho libro (y muchos otros, también de su autoría) que va por la edición sesenta y ocho con jugosos derechos de autor.

 

Sus recetas son anacrónicas, son las que aplicaron y aplican todos los países atrasados del planeta pero están vestidas con un ropaje nuevo y adornados con una prosa elegante, por más que ataque por las razones equivocadas a las nefastas instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial que sin duda habría que disolver por el daño mayúsculo que infringen con recursos coactivamente detraídos del fruto del trabajo ajeno, a manos de burócratas que reciben pagas suculentas y que viajan en primera con pasaportes que les permiten acarrear compras que no revisan las malditas aduanas que ellos mismos apoyan.

 

Hace algo más de veinte años, en la revista mexicana Perfiles, publiqué un artículo titulado “El mundo al revés de Eduardo Galeano” donde criticaba uno de los libros del mencionado autor (Patas arriba. La escuela del mundo al revés) donde intenté mostrar que lo que está al revés es en gran medida debido a la absorción de lo dicho por autores como Galeano y que, en consecuencia,  el mundo al revés estaba, entre otras, en la cabeza de este escritor. Abría aquella nota con una cita que hacía este autor en la que se leía lo siguiente: “Donde no se obedece la ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas”. ¿A quien pertenece esta cita?: a Al Capone en una entrevista publicada en Liberty el 17 de octubre de 1931. Esto mismo es dicho y repetido por los políticos estatistas con deslumbrante hipocresía luciendo unas sonrisas bastante estúpidas de un cinismo dignas de mejor causa. Pero henos aquí que Galeano no lo ve así, según él el problema radica en los privados que usan y disponen de lo adquirido lícitamente como consecuencia de lo intercambiado con otros. Es por eso que alaba enfáticamente el experimento oprobioso de la isla-cárcel cubana que constituye su modelo.

 

Pero ahora, según algunas de las declaraciones recientes de Galeano, parece que está disgustado con las recetas que había propuesto. Sin embargo, no se decide que sistema abrazar. En un escrito corto de su autoría consigna que se cayó del mundo y no sabe por que puerta entrar, al tiempo que se queja de la sociedad del descarte en la que a cada rato se cambia de celular, de televisor, de automóvil, de computadora y hasta de mujer o marido y de valores, en el contexto de vivir endeudados y otras observaciones atinadas.

 

Pero en estos comentarios con tono quejumbroso, deben diferenciarse dos planos bien nítidos. Por una parte, los descartes y rotaciones de bienes y servicios y, por otra, el abandono de valores y principios. Esto último hace que se pierda la brújula, los mojones o puntos de referencia, suponiendo que está aludiendo al respeto recíproco que implica las libertades individuales, la palabra empeñada en los contratos y la propiedad privada, en primer lugar del pensamiento y la integridad física de cada cual y, luego, del producto de su trabajo.

 

El otro plano es puramente axiológico y depende en gran medida de la educación formal e informal recibida y de elucubraciones personales. Por ejemplo y salvando las distancias, personalmente me disgusta la música, las canciones y los movimientos espasmódicos de Michael Jackson que por otra parte nunca supe a ciencia cierta si era negro o blanco, varón o mujer, pero nada se puede hacer como no sea dedicarse a la persuasión sobre la eventual superioridad de otras composiciones musicales, escenarios distintos y bailes diferentes. Lo mismo va para la tilinguería de mucho de lo que se trasmite por televisión y así sucesivamente, que incluye el afán de cambiar artefactos y demás actitudes y preferencias, para lo cual bajo ningún concepto es aceptable el recurrir a comisarios sino que se requiere respeto para que cada uno siga su camino siempre y cuando no se lesionen derechos de terceros.

 

En resumen, mi propuesta para Galeano es que retome el mundo después de su caída más o menos vertiginosa y entre raudamente por la puerta de la libertad y denuncie con el vigor que lo caracteriza todo lo que signifique el uso de la violencia para con personas que no se entrometen en los derechos de otros y, simultáneamente, insista en la docencia para mostrar los desperdicios humanos al destinar esfuerzos en pro de la zoncera sistemática que se aparta de los fines de excelencia que hace posible la condición humana, posibilidad que la diferencia de las otras especies conocidas.

 

El conocimiento es provisorio sujeto a refutaciones, para lo cual se requieren debates abiertos sin ningún tipo de censuras. Un sistema liberal (no el absurdo invento de “neoliberal”, etiqueta con la que ningún pensador de fuste se identifica) en el que marcos institucionales se circunscriban a proteger los derechos de todos, dejando por completo de lado a los megalómanos que pretenden manejar vidas y haciendas ajenas, sin comprender que el conocimiento es disperso y fraccionado y que, por ende, los así llamados planificadores concentran ignorancia con la petulante y morbosa inclinación de imponer lo que debe hacer cada uno.

 

Muy bienvenido sería Galeano a las filas liberales, lo cual significa el respeto irrestricto para los proyectos de vida de otros.  Filas donde no hay popes sino intercambios de ideas con plena conciencia que es una tradición de pensamiento que está y estará en permanente ebullición porque en la vida terrenal no hay un punto final que no sea susceptible de mejorar. Bienvenido por su antes referida pluma colosal y por su honestidad intelectual al exponer sus dudas existenciales por donde entrarle al mundo. Por otra parte, es de interés apuntar que la ansiedad y angustia que muestra la necesidad de rotaciones permanentes sin solución de continuidad, la caricatura de la existencia al exhibir públicamente lo privado en Facebook y la pretendida comunicación con un interlocutor presencial pero mirando todo el tiempo el celular, obedecen a la falsificación de guías, valores y principios que se dejan de lado para adoptar no se sabe qué al compás de cambios por el cambio mismo.

 

Por último, señalo que el clima de tensión y de violencia que muchas veces acompaña esa especie de angustia permanente, es consecuencia de imposiciones atrabiliarias de un Leviatán adiposo y creciente, tal como lo expone en detalle y muy documentadamente Butler S. Schaffer en su largo ensayo titulado “La violencia como producto del orden artificial” que, en definitiva, genera tensiones que aumentan sin cesar y demuelen el orden en el sentido que tradicionalmente lo ha entendido la civilización, claro está, basada en el respeto recíproco en consideración a lo sacro de las autonomías individuales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.