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El Liberalismo Económico en 10 Principios

Por Iván Carrino. Publicado el 29/9/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/09/29/el-liberalismo-economico-en-10-principios/#.WdDQUOXSyYI.twitter

 

*Texto completo y original del ensayo premiado en el 12° Concurso de Ensayos organizado por Caminos de Libertad, del Grupo Salinas, México.

A menudo dejamos que la palabra liberalismo la definan quienes, en realidad, solo buscan denigrarlo. Así, se asocia liberalismo a “neoliberalismo” o a “teoría del derrame”, como si esta filosofía del ser humano fuera, o bien una teoría preocupada específicamente por que los números cierren, con una desatención total a las necesidades de los vulnerables, o bien una simple excusa para beneficiar a los ricos.

Agregarle el prefijo “neo” a la palabra liberalismo es un intento, bastante exitoso a juzgar por lo que sucede en la mayoría de los medios de comunicación, para desprestigiar a las ideas de la libertad. En el fondo, la libertad es deseada por todo ser humano para su vida personal, por lo que no quedaría bien atacarla con “los tapones de punta”. Es por ello que se la desfigura, buscando vaciarla de sentido y asociarla, básicamente, a cualquier barbarie social que el expositor pretenda en ese momento.

Obviamente, no hay muchos casos de intelectuales que se definan neoliberales, ni libros u obras que puedan explicar el neoliberalismo de manera sistemática. Cuando los detractores hablan de neoliberalismo, en realidad solo buscan atacar al liberalismo, pero sin hacerlo de manera directa, puesto que perderían a gran parte de la audiencia. La asociación inmediata de liberalismo con libertad ya le da ventaja a este ideario.

Por teoría del derrame se entiende un supuesto método de crecimiento económico en donde, gracias a que los ricos acumulan cada vez más riquezas, pueden destinar parte de ellas a atender a otros individuos en la sociedad. El derrame se daría porque los ricos entregan “sus migajas” a los más pobres.

Nuevamente, será difícil para el investigador encontrar alguna obra que defienda tal teoría. El liberalismo comprende que la riqueza se genera de manera mutua cuando ocurren los intercambios libres. La persona que ofrece un servicio se beneficia cuando le pagan por él, al tiempo que quien pagó se beneficia por recibir el servicio. No hay beneficencia ni migajas, sino el simple mejoramiento de la sociedad a través de los acuerdos mutuos.

A raíz de estas confusiones, y otras muchas que suelen circular en torno a lo que es el liberalismo como filosofía moral, teoría política y – tal vez su veta más reconocida- el aspecto económico, es que creo de vital importancia ofrecer una obra que explique claramente de qué hablamos cuando hablamos de liberalismo.

Seguramente quien mejor definición haya dado del liberalismo como un todo, como una filosofía global de la acción humana, sea Alberto Benegas Lynch (h), quien propuso que éste no es más que “el respeto irrestricto del proyecto de vida de los otros”.

Esta definición puede emplearse en todo los ámbitos. En la economía, respetarás a tu prójimo incluso cuando éste desee viajar en Uber y no en los taxis gubernamentalmente avalados. Respetarás a tu prójimo incluso cuando éste sea miembro de un partido político distinto al tuyo y sus ideas te parezcan abominables. Respetarás a tu prójimo incluso cuando no compartas sus preferencias amorosas. El liberalismo como respeto del proyecto de los demás tiene múltiples aplicaciones y es un punto de partida vital para comprender las ideas de la libertad.

En este breve ensayo, mi objetivo es más concreto. Intentaré definir al liberalismo solamente en su aspecto económico. Es decir, en aquellas relaciones mutuas que se dan en el ámbito del mercado, sea éste local o internacional. Comercio, producción, dinero, inflación, impuestos, gasto. Todos estos conceptos estarán incluidos en los que sigue a continuación, desde una perspectiva liberal.

El objetivo es definir al liberalismo económico en 10 principios ampliamente aceptados. De manera que cuando el lector quiera entender de qué se trata la teoría liberal aplicada a la economía, podrá encontrar aquí una pormenorizada y bien desarrollada definición.

Espero que esta guía de diez principios pueda echar luz sobre el debate acerca de qué y qué no es la libertad económica, así contribuimos a aclarar las cosas en el debate público, y nuestros detractores dejan de utilizar hombres de paja para desprestigiar el sistema que más progreso le ha traído a la humanidad.

Comencemos.

Primer principio: El valor es subjetivo

¿Por qué paga Paris Hilton por un vestido lo mismo que cualquier de nosotros paga por un auto? ¿Por qué algunos prefieren ir al cine mientras que otros, por el mismo dinero, eligen ir a comer comida oriental? ¿Por qué hay mercado para todas esas cosas tan distintas?

Una de las más importantes contribuciones de la teoría económica moderna es que el valor de las cosas no depende de las características físicas del bien, de la cantidad de trabajo incorporado o del enorme esfuerzo puesto en fabricarlo, sino de lo mucho que el comprador lo valora.

Las grandes estrellas de Hollywood suelen ir a la noche de los Oscars con elegantísimos trajes que cuestan miles de dólares. Sin embargo, a la vuelta de nuestra casa podemos encontrar vestimentas similares por una fracción de su precio. Las telas son las mismas, los diseños parecidos: ¿dónde está la diferencia?

La diferencia es el valor percibido por el cliente cuando  compra un vestido firmado por un diseñador mundialmente famoso. Las estrellas de Hollywood, asumiendo que pagan por el vestuario que utilizan, le dan una valoración al mismo que es muy superior al que nuestras tías pueden darle al vestido que utilizarán en nuestro casamiento. Además, obviamente, suelen contar con mayores recursos, por lo que pueden destinar más dinero a comprar dichos bienes.

Como se observa, el valor de las cosas no está en sus características físicas “objetivas”, sino en lo que subjetivamente percibe cada individuo comprador. Si otro fuera el caso, se pagaría lo mismo por una pelota de fútbol sin marca que por la réplica de la que se utilizó en el último mundial. El costo de producirla seguramente no sea muy distinto. Sin embargo, el valor percibido por los consumidores sí lo es. Son muchos más lo que desean la pelota de fútbol que se utilizó en la última competencia internacional, y son muchos más los recursos que estos consumidores están dispuestos a entregar por tenerla, en lugar de tener “una pelota más”.

La teoría subjetiva del valor es uno de los principales pilares del liberalismo económico. Es que si se admitiera que hay un parámetro objetivo, ahí habría un espacio para que un ente superior (digamos, el estado), lo encuentre y actúe en su nombre. Si objetivamente se determinara que un vestido de equis características valiera no más de USD 10, entonces todo intercambio que se alejara de esta relación sería cuestionable y sujeto de intervención.

A raíz de este punto suele surgir, al menos en el debate económico nacional, la polémica por lo mucho que los consumidores pagan por un bien, cuando este mismo bien puede conseguirse a una fracción de su precio en el lugar de producción. Un ejemplo concreto puede ser el precio del kilo de papas, que mientras en el campo puede conseguirse a USD 0,4, en el supermercado de la ciudad llega a pagarse USD 2. Cinco veces más.

Pero, de nuevo, el valor es subjetivo, y la cantidad que se paga está determinada por esa valoración. La gente en la ciudad tiene muchas ocupaciones. Debe ir a su trabajo, llevar a sus hijos al colegio, cocinar, cargarle nafta a su vehículo, ver un programa de TV, o bien hacer algún curso. En medio de todas esas tareas, poco tiempo puede dedicarle a trasladarse hacia las afueras de la ciudad, tal vez a 100 o 200 kilómetros de distancia, para conseguir más barato el kilo de papa.

Cuando el comprador paga esos USD 2, entonces está indicando que eso le facilita su vida diaria. Si otro fuera el caso, debería dejar de realizar tareas o actividades que valora más, solo para ir al campo a comprar el bien.

Reconocer que el valor es subjetivo permite la libertad en los intercambios y los pone en un lugar donde ninguna autoridad debe inmiscuirse.

Segundo principio: Los contratos voluntarios benefician a ambas partes

Una consecuencia directa de aceptar que el valor es subjetivo es que siempre que haya contratos voluntarios, las dos partes contratantes se estarán beneficiando. En tiempos de Aristóteles solía pensarse que en los intercambios se trocaban valores iguales. Sin embargo, el aporte de la economía moderna fue sostener que, para las partes individualmente consideradas, el valor era diferente.

Es decir, que cada parte recibe algo que percibe como de mayor valor a lo que entrega. Si bien nos puede parecer muy descabellado que una actriz pague miles de dólares por un vestido, lo cierto es que, si lo hace, es porque valora más el vestido que los miles de dólares que entregó a cambio. Del otro lado del mostrador, el diseñador valora más los dólares que el vestido que entregó a la actriz.

Es muy frecuente el caso que la actriz no pague un solo centavo por dicha prenda de vestir. Es decir, que el diseñador entregue de manera gratuita su mercadería, su trabajo. Pero de nuevo, si esto se da en el marco de una operación voluntaria, es porque ambos esperan beneficiarse. Probablemente el vendedor esté apostando a la publicidad que la actriz le dará a su marca y a las futuras ventas que esto generará.

Si la situación descripta aquí arriba no se diera en la práctica, entonces no habría realización del intercambio. Si un vendedor no cree que le convenga entregar su mercadería por una suma determinada de dinero, entonces no lo haría y no habría intercambio. Si el comprador de un auto no cree que el auto que está por comprar valga los USD 5.000 que el vendedor pide, entonces seguramente siga buscando otras alternativas.

Cuando se lleva adelante el intercambio,  es porque ambas partes creen que van a ganar con él. Luego pueden mirar para atrás y encontrar que se equivocaron, pero en el momento que el intercambio se realiza, es porque ambas perciben que se beneficiarán. De otra forma, el intercambio no sucedería.

Es preciso aclarar que la idea de que los intercambios mejoran el bienestar de ambas partes se da solamente si éstos son voluntarios. Si una persona me fuerza a entregarle mi dinero, claramente ambas partes estaremos realizando un intercambio, pero éste no será voluntario. En este escenario, mi contraparte recibirá un beneficio pero a cambio de mi padecimiento. En dicho caso, no hay ganancias derivadas del comercio, sino ganancias de un solo lado producto de un arrebato.

La realización de que los intercambios voluntarios generan ganancias para las partes echa por tierra cualquier teoría de la explotación o de la dominación de unos grupos contra otros. Tal vez la aplicación más extendida de la teoría de la explotación sea la que Marx llevó al campo de las relaciones laborales. De acuerdo con el economista alemán, los trabajadores se ven explotados por los capitalistas, quienes extraen de ellos la “plusvalía”, sin pagar lo que verdaderamente corresponde.

A la luz de la teoría liberal del intercambio voluntario, esta concepción se cae a pedazos. Es que es lo mismo una relación laboral que una relación de socios, de dos comerciantes o de un cliente y una empresa que produce bienes. Siempre que dos partes intercambien de manera voluntaria, ambas se estarán beneficiando. La economía no es un juego de suma cero.

Cuando un trabajador acepta trabajar 8 horas diarias por un salario determinado, valora más el salario que está recibiendo por su trabajo, que las 8 horas de trabajo que tiene que “entregar” al capitalista. Por el contrario, el capitalista valora más las 8 horas de trabajo que el monto de dinero que está destinando para contratar dichos servicios.

El mercado no es un lugar donde unos ganan a costa de otros, sino a donde todos voluntariamente acuden para recibir las ganancias derivadas del intercambio. Este es un principio fundamental de la economía liberal.

Tercer principio: Los precios son sagrados

En todo intercambio voluntario aparece una relación de intercambio que llamamos precio. Si entrego dos kilos de papa para obtener un litro de leche, entonces surge una relación de intercambio de dos kilos de papa por cada litro de leche. A esa relación la llamamos precio.

En las economías que utilizan el dinero, los precios están definidos en la moneda de cada país. Así, diremos que un litro de leche puede costar un dólar, dieciséis pesos argentinos, o seiscientos setenta pesos chilenos.

Si el mercado es libre, entonces, los precios no serán otra cosa que el reflejo de los acuerdos voluntarios a los que hacíamos referencia anteriormente. Es por eso que, si consideramos que este tipo de interacciones son un pilar de la libertad económica, tendremos que pensar lo mismo acerca de los precios cuando se establecen en un marco de libertad.

Ahora hay otra función que tienen los precios en una economía de mercado y que explicó con claridad Friedrich Hayek, premio Nobel de economía en 1974. En un famoso trabajo, Hayek planteó que incluso cuando un gobernante tuviera las mejores intenciones posibles para coordinar a toda la sociedad mediante mandatos y órdenes coactivas, no podría hacerlo puesto que no podría reunir el enorme caudal de información necesaria para hacerlo.

Es que la información, como cualquier otro bien de la economía, debe crearse y trasmitirse. Y la información acerca de los gustos de los consumidores y las mejores formas de producción no está en otro lugar que no sea el sistema de precios.

Al reflejar las decisiones voluntarias de consumidores y productores, los precios libres determinan qué bienes y servicios son los más deseados por la sociedad. Así, si el precio del petróleo es elevado, eso indica que la sociedad en su conjunto está necesitando mayores cantidades de petróleo. Este precio es la señal suficiente que reciben los empresarios, siempre ávidos de obtener ganancias, para incrementar su producción petrolera o bien lanzarse a descubrir nuevos yacimientos.

Por otro lado, si la demanda de cintas de reproducción musical (los famosos casetes), cae, entonces también lo hará su precio, indicándoles a los fabricantes que deben migrar hacia la producción de otro tipo de bienes si quieren seguir satisfaciendo las necesidades de los consumidores.

Los precios libres se transforman, así, en la mejor guía para el sistema de producción. Llevan a los empresarios a tomar decisiones de inversión y producción que estén en línea con las demanda de los consumidores. Esto promueve la eficiencia económica y el crecimiento, que genera prosperidad y derrumba la pobreza.

En conclusión, los precios de mercado son la manifestación de la libertad de los intercambios y asignan eficientemente la producción. Sin ellos, no hay libertad ni racionalidad económica.

Cuarto principio: La inflación es un fenómeno monetario

Siempre que hay inflación, los políticos, responsables por ella, nos hacen creer que ésta es culpa de la malicia empresaria, su codicia y su insaciable sed de ganancias. Al hacer esto, no solo confunden nivel de precios con variación, sino que abren la puerta a los siempre aplicados y fracasados controles de precios. Pero como veremos más adelante, estos controles no solo agregan un nuevo problema a la economía del país, sino que son una violación de la libertad individual.

Es por esto que otro principio fundamental del liberalismo económico es que la inflación es un fenómeno siempre monetario.

Lo primero que tenemos que hacer es dar una buena definición de inflación. A diferencia de la definición tan extendida, la inflación no es el aumento generalizado de los precios, sino la pérdida sistemática del poder de compra del dinero. Esta diferenciación, que puede parecer trivial, es fundamental, ya que, como vemos, quita del foco de la escena a los precios y pone allí al dinero.

Es que, en realidad, la inflación no es un problema de los precios, sino de la calidad del dinero. Es, por así decirlo, una enfermedad que sufre la moneda y por la cual los usuarios de ella cada vez pueden comprar menos. Cuando el poder de compra del dinero cae, la contrapartida es que los precios suben, pero esto es una mera consecuencia de la pérdida de valor del dinero que utilizamos.

Una vez que comprendemos que el problema de la inflación es el dinero y no los precios, podemos pasar a investigar a qué se debe que el medio de intercambio que utiliza el país en cuestión pierda sistemáticamente valor.

Es allí donde ingresa la famosa teoría cuantitativa del dinero. Esta teoría sostiene que, si se mantiene constante la demanda y también la producción, entonces un aumento en la cantidad de dinero terminará produciendo una suba de precios.

Este razonamiento, que puede lucir muy pomposo y articulado, no es más que una nueva aplicación de la ley de oferta y demanda. Es que el dinero es otro bien de la economía y, como tal, está sujeto a todas las leyes económicas que aplican a los bienes y servicios producidos e intercambiados en un mercado.

¿Y qué nos dice esta ley? Que cuando aumenta la cantidad de un bien, ceteris paribus, entonces su precio debe caer. O sea, que solo con una caída en el precio, podrán ubicarse en el mercado mayores cantidades de producto. Aplicando esto a la moneda, podemos decir lo mismo: si lo demás se mantiene constante, un aumento de su cantidad hará que su precio caiga. Y, como el precio es su poder adquisitivo, un aumento de la cantidad de dinero hará caer el poder adquisitivo, reflejándose en una suba de los precios.

La inflación es un fenómeno monetario y en las economías modernas el responsable de emitir moneda es el Banco Central. Comprender esto es clave para entender por qué suben los precios de manera sistemática y por qué la única forma de arreglarlo es limitando el poder del gobierno y de las instituciones monetarias, en lugar de incrementarlo a costa de nuestras libertades.

Quinto principio: Los controles de precios son remedios peores que la enfermedad

La inflación genera todo tipo de problemas. Distorsiona las señales de inversión, generando procesos insostenibles de crecimiento; hace que tengamos que destinar recursos a protegernos de la inflación, cuando podríamos dedicarlos a actividades productivas de la economía; genera una redistribución del ingreso hacia los primeros receptores del nuevo dinero (principalmente gobierno y bancos), desde los últimos (principalmente, los asalariados o los que reciben ingresos fijos); reducen el horizonte de planificación empresarial; debilitan la competitividad del sector privado; y, por último, si los salarios no acompañan, cosa que jamás hacen durante todo el período que dura la inflación, envían a los asalariados a la pobreza.

Ahora frente a todos los problemas que la inflación genera, los políticos pueden infligir todavía más daño. ¿Cómo? Decretando controles de precios. Los controles de precios son tan nefastos que uno podría organizar una breve lista de solo dos pasos sobre cómo destruir una economía. Esta lista estaría constituida por:

1)    Generar inflación, y

2)    Controlar precios.

El control de precios añade un nuevo problema a una economía inflacionaria: la escasez. Como explica cualquier texto introductorio, cuando se impone un precio máximo a un producto determinado, ocurren dos cosas. Por un lado, la cantidad demandada es automáticamente mayor a lo que sería en condiciones de mercado libre. Por el otro, la cantidad ofrecida es automáticamente menor. La consecuencia inevitable de este arreglo es una escasez del producto controlado.

El político, en su afán de cuidar “la mesa de los consumidores” o bajar el precio de la nafta, las tarifas energéticas o lo que al lector se le ocurra, terminó generando un perjuicio aún peor. Ahora el precio, dado que no se consigue en el mercado, tiene un precio que tiende a infinito.

El control de precios no es sólo perjudicial para los consumidores, a quienes originalmente se desea beneficiar, sino principalmente para los productores menos eficientes. Es que a medida que el precio de un bien sube, considerando todo lo demás constante, más productores pueden ingresar en el mercado porque pueden afrontar costos más altos. Ahora bien, cuando la mano interventora del gobierno decreta el control de precios, entonces comienza a complicarse la rentabilidad de estos nuevos ingresantes. Finalmente, si los costos siguen trepando producto de la inflación, pero los precios no se mueven a raíz del decreto gubernamental, entonces serán cada vez menos las empresas que puedan sobrevivir.

La consecuencia última de los controles es una crisis económica con caída de la producción y empobrecimiento generalizado.

Finalmente, los controles de precios son intervenciones que no solo afectan la actividad económica y el bienestar de consumidores y productores, sino que destruyen la libertad de las personas. Es más, es porque destruyen la libertad que terminan arruinado la economía.

Es que, como veíamos antes, si el valor es subjetivo y los intercambios voluntarios, una intervención estatal que impida realizar intercambios voluntarios es una violación de las libertades individuales. Imponer un precio máximo equivale a cercenar la libertad de expresión, ya que un precio no es otra cosa que la libre expresión de un acuerdo entre partes.

Los controles de precios son remedios peores que la enfermedad. Restringen la libertad de los individuos y destruyen la economía.

Sexto principio: El gasto y los impuestos deben ser bajos, el presupuesto equilibrado.

El liberalismo económico defiende un rol reducido para el estado, donde el sector privado pueda prosperar, elaborando cada vez mayor cantidad de bienes y servicios para satisfacer las infinitas necesidades de la sociedad.

En este marco, la cuestión fiscal es clave y tanto impuestos como gasto público deben ser bajos.

Los impuestos deben ser bajos porque funcionan como una mochila para la competitividad de empresas y familias. Los impuestos, en primer lugar, reducen el ingreso disponible. Cuando más le entregamos al estado, menos nos queda a nosotros para consumir y producir, por lo que la calidad de los bienes públicos debería ser tal que compense nuestra pérdida. Esto último, claro, no sucede casi nunca y además es casi imposible de medir, puesto que habría que ingresar en comparaciones interpersonales de utilidad.

Los altos impuestos deterioran la rentabilidad empresaria. Por este motivo, a igualdad de circunstancias, una empresa elegirá un país de impuestos más bajos a la hora de decidir a dónde llevar su producción. Si eso sucede y el país elegido no es el nuestro producto de la elevada carga tributaria, entonces tendremos menos producción, menos demanda de mano de obra, menor empleo y peores salarios. Es decir, una mayor carga tributaria genera una mayor pobreza. Este relato puramente económico puede encontrarse bien descripto en la famosa obra Robin Hood. De acuerdo con la leyenda, Nottingham no era pobre producto de la “riqueza de los ricos” que Robin Hood debía recuperar para dársela a los pobres, sino por el peso de los impuestos, que se cobraban para mantener la buena vida del rey.

Es cierto que existen países con altos niveles de tributación donde, sin embargo, la calidad de vida es espectacular en términos internacionales. Sin embargo, eso no quita que para llegar a esos niveles no haya que tener una fiscalidad atractiva. De hecho, de acuerdo a los estudios de Nima Sanandaji, los países nórdicos, paradigma de naciones con alta carga tributaria y buena calidad de vida, obtuvieron sus niveles de bienestar actuales gracias a un ecosistema de mercado atractivo para la inversión y con tasas impositivas que no eran especialmente elevadas. Posteriormente, cuando se entregaron de lleno al estado de bienestar, su tasa de crecimiento cayó e incluso algunos debieron enfrentar crisis severas con posteriores ajustes.

Por el lado del gasto, lo primero que tenemos que comprender es que el gasto público siempre termina pagándose con impuestos. El estado no puede gastar nada que no recaude. El estado no genera ingresos, por lo que debe tomarlos de la ciudadanía antes de gastar. Así, es fácil ver que la contrapartida del gasto son los impuestos.

Obviamente, el gobierno podría endeudarse y hacernos creer que gasta sin recaudar. Sin embargo, a la larga las deudas se pagan y un mayor endeudamiento no es otra cosa que más impuestos a futuro.

El gasto público debe ser bajo porque si éste es demasiado elevado la economía crece menos. Esto ha sido estudiado empíricamente y los resultados sugieren que hay una relación negativa entre gasto público y crecimiento. La explicación para esto radica en que, a la hora de gastar, el gobierno enfrenta dos problemas imposibles de resolver.

El primero es el problema de incentivos. Como explicaba Milton Friedman, existen cuatro formas de gastar el dinero. O sea gasta el dinero propio en uno mismo, o se gasta dinero propio en un tercero, o se gasta dinero ajeno en uno mismo, o se gasta dinero ajeno en un tercero.

La forma más eficiente de gastar es hacerlo con dinero propio en uno mismo. Así, uno se asegura que la calidad sea la máxima y el precio el más bajo. Este tipo de gasto alinea a consumidores con productores y genera una mayor eficiencia económica. Produciremos más de lo que se necesita y a precios bajos.

El gobierno, sin embargo, no gasta de esa forma. Es que, como decíamos, no cuenta con dinero propio. Además, suele usar el dinero en terceros (la ciudadanía), aunque los políticos también usan el dinero de los impuestos para gastar en sus propias campañas electorales y favores políticos. Gastar dinero ajeno en uno mismo o en terceros no es eficiente.

Este problema de incentivos hace que el gasto público sea siempre de inferior calidad, deteriorando la eficiencia de la economía y afectando negativamente el crecimiento.

El segundo problema que enfrenta el gobierno a la hora de gastar es el de la carencia de información. En el sector privado, es el sistema de precios el que dicta qué y cómo producir. Si un precio es elevado, eso refleja una alta demanda de los consumidores, lo que incentiva a emprendedores a incrementar el nivel de producción. El estado, sin embargo, no persigue “fin de lucro” y no se guía por las señales de precios. Así, puede terminar construyendo puentes que no llevan a ninguna parte y que encima cuestan mucho más de lo que podrían costar si los produjera íntegramente el sector privado. Más gasto es peor para el crecimiento de la economía.

Analizados los impuestos y el gasto, debemos ahora considerar lo que sucede cuando el segundo es más alto que el primero. Es decir, por qué necesitamos no tener déficit fiscal.

Recordemos que el estado es el único que ostenta, dentro de la sociedad, el monopolio de la fuerza, por lo que él puede decidir limitar y avanzar sobre la propiedad privada de los individuos casi sin consecuencias.

Así, si el gobierno, para financiar su déficit, acude a la emisión monetaria inflacionista, los ahorristas en moneda nacional se verán expropiados y se desatarán todos los problemas asociados a la inflación anteriormente mencionados.

Si el gobierno acude a la deuda, y su nivel llega a un punto de crisis, entonces deshonrará la misma, estafando a sus acreedores. Finalmente, si no puede pagar su deuda porque la recaudación no le alcanza, también puede optar por subir los impuestos, confiscando la riqueza de los ciudadanos.

Gasto público e impuestos reducen el crecimiento económico porque bajan la productividad e la economía. El déficit también contribuye a este deterioro, pero por generar una mayor incertidumbre respecto de los derechos de propiedad.

Para garantizar la libertad y los derechos, y a la vez propiciar un mayor crecimiento, el estado tiene que ser limitado, y esto se traduce en bajos impuestos, menor gasto público y presupuesto equilibrado.

Séptimo principio: El mercado produce y distribuye, no es necesaria la re-distribución.

A menudo, incluso quienes defienden a la economía de mercado, sostienen que el sistema es muy bueno para producir, pero suele “quedarse corto” a la hora de la distribución. Si bien el capitalismo es el mejor sistema jamás probado para generar riqueza, sostienen, la distribución de la misma es injusta y está concentrada en pocas manos. La consecuencia necesaria de este análisis es que debe dejarse al sector privado producir, pero el sector público luego debe intervenir, con impuestos y subsidios, para distribuir la riqueza generada.

El análisis es falso y, como se dijo, termina siendo un nuevo pretexto para que el estado intervenga en la esfera privada de las personas, dictaminando cómo debe distribuirse lo que éstas en libertad crean.

La realidad es diferente a la que se plantea. Es que el mercado no es solo un mecanismo de producción, sino también de distribución. Veámoslo con un ejemplo.

En la lejana ciudad de Sombrería, un ciudadano fabrica sombreros. Más al este, en la vecina ciudad de Viñeda, otro individuo se dedica a la producción de vinos. Dado que tanto los sombreros como los vinos son bienes de consumo que satisfacen necesidades de las personas y que éstas valoran por ello, podemos decir que son bienes que hacen a nuestra riqueza.

A medida que más necesidades podemos satisfacer, más ricos podemos considerarnos.

Ahora imaginemos que el señor de Sombrería decide ir a pasear una tarde por la ciudad de Viñeda. Sabiendo que allí se producen ricos vinos, va con algunos sombreros en su bolso, de manera de poder intercambiarlos por algunas botellas en su visita a la ciudad.

Luego de unas horas de dar vueltas, el fabricante de sombreros se encuentra con un vinatero que, precisamente, vendía vinos y andaba necesitando un sombrero. Lo que ocurre después del encuentro es fácilmente predecible. Ambos individuos intercambian sobreros por vino y ambos se benefician del intercambio voluntario.

Con este ejemplo no solo se refuerza otro de los principios de liberalismo económico (que el intercambio voluntario beneficia a las partes), sino que también podemos comprender cómo el mercado no solo produce sino que también distribuye la riqueza.

Es que nuestros productores, no solo generaron valor. También lo distribuyeron. La riqueza del fabricante de sombreros se distribuyó hacia el fabricante de vinos, que retribuyó este gesto entregando parte de su riqueza a cambio. Es mediante este proceso de producción e intercambio libre y voluntario que el mercado genera y distribuye la riqueza.

Este mecanismo se opone a la distribución estatal, que en esencia busca anular este proceso. Es que, en definitiva, lo que hace el gobierno es “re-distribuir” lo que el mercado voluntariamente ya distribuyó. Por consiguiente, está violentando decisiones previas tomadas en libertad y generando nuevos ganadores y perdedores.

Con la distribución del mercado, los que más ganan son quienes mejor satisfacen las necesidades de sus conciudadanos. Si el fabricante de sobreros se vuelve millonario, es porque muchas personas valoran la calidad y el servicio que éstos prestan.

Con la re-distribución del estado, se aborta este proceso y se pasa a castigar a los exitosos. Es decir, a quienes mejor sirvieron a los demás. Por supuesto, esto no solo atenta contra la libertad, sino que también deteriora los incentivos económicos generando, a la larga, un menor crecimiento y una mayor pobreza.

Comprender cómo el mercado crea valor y lo distribuye en un proceso que premia a los que mejor sirven a sus conciudadanos es otro principio de libertad económica y otro antídoto contra las inefectivas y dañinas recetas intervencionistas.

Octavo principio: El capitalismo es la mejor receta contra la pobreza

El octavo principio de liberalismo económico es que el mejor sistema para reducir la pobreza es el capitalista. En realidad, de la pobreza sale la gente y con su propio esfuerzo. No hay entes superiores, ni sistemas, ni eventos extraordinarios que logren que los hombres superen su estado natural. Es del esfuerzo de cada uno y de su voluntad de donde sale la mejora individual. En eso no hay atajos.

Sin embargo, hay sistemas que generan mejores incentivos para que el esfuerzo personal efectivamente se canalice en mejoras individuales y sociales.

El capitalismo sin dudas es el mejor de ellos. El capitalismo, o sistema de economía de mercado, está basado en la propiedad privada de los medios de producción. Esta definición tan clisé es de crucial importancia, ya que la propiedad privada funciona como un incentivo fundamental a la hora de incrementar y asignar correctamente la producción.

Pongámoslo con un ejemplo. Si una persona no es dueña, sino simple ocupante, de una vivienda probablemente no se ocupe mucho de mantenerla en buen estado ni piense en agrandarla. A la postre, si su derecho de propiedad no es sólido, nada impide que una mañana cualquiera, no la terminen echando de su morada.

Por el contrario, si el derecho de propiedad está sólidamente garantizado, entonces la persona ya no es solo un ocupante de la vivienda, sino su propietario. En este nuevo escenario, sí aparecen los incentivos para hacerle reformas que mejoren la calidad de vida dentro del hogar, o bien ampliaciones y demás decoraciones. El incentivo a generar dichas reformas aparece porque quien las haga podrá disfrutar de los beneficios que de las mismas se deriven.

En la economía de mercado sucede lo mismo. Si los derechos de propiedad están bien establecidos, entonces los empresarios están dispuestos a invertir en nuevas líneas de negocio, en investigación y desarrollo, en nuevos productos o nuevas tecnologías, todo lo cual redunda en una mayor producción y una mejor satisfacción de las necesidades de todos. Por este proceso se genera riqueza y se sale de la pobreza.

A menudo suele equipararse al sistema de mercado con la “teoría del derrame”, como si la mejora de los pobres en una sociedad dependiera de la beneficencia o las “migajas de los ricos”. Es claro que si una sociedad es más opulenta, o hay más multimillonarios, las limosnas serán mayores. Sin embargo, eso nada tiene que ver con el principio según el cual el capitalismo es la mejor receta contra la pobreza. Como decíamos antes, un bien asegurado derecho de propiedad estimula la producción y esa mayor producción enriquece a todos.

Si hay más empresas, hay más demanda de trabajo, y eso incrementa los salarios reales. En una economía de mercado, todo el que tenga derecho de propiedad (que lo tiene el empresario y también el empleado) y esté dispuesto a aportar valor para recibir valor, recibirá los beneficios del intercambio. Es ahí donde se genera riqueza y se reduce la pobreza.

Los datos empíricos avalan esta teoría. Según la información relevada por Bourguignon y Morrison (2002) y el Banco Mundial, a principios del siglo XIX, la pobreza alcanzaba nada menos que al 94% de las personas en el mundo. Sin embargo, tras décadas de avance del capitalismo (que hoy se extiende, a paso lento, por los gigantes India y China) éste número ha caído de manera drástica al 10% del total.

Es un hecho, teoría y datos avalan que si hay un antídoto contra la pobreza, ese es el sistema de la libre empresa.

Noveno principio: El bienestar individual “es amigo” del bienestar social.

Sin lugar a dudas, Adam Smith es uno de los exponentes más fundamentales y relevantes de toda la tradición del pensamiento económico liberal. Con la publicación de su “Riqueza de las Naciones”, en 1776, se consagró no solo como padre de la economía, sino también como principal exponente del liberalismo.

En dicho texto se encuentra una de las frases más citadas de toda su obra. Aquella en la cual describe cómo no debemos agradecerle nuestro pan, nuestra carne o nuestra cerveza a la solidaridad de quienes ello producen, sino a la atención que éstos prestan a su propio interés. Así, el carnicero no nos da carne porque sea amable con nosotros, sino porque hemos pagado por ello, incrementando sus ganancias empresariales. Es el egoísmo de ambos el que nos hace participar del intercambio y obtener una ganancia mutua.

Esta frase resume uno de los principios más fundamentales del liberalismo económico: que la persecución de los intereses individuales no es contraria a la obtención de un bienestar social. El ejemplo del carnicero es claro, él persigue su propio interés, pero otros se benefician porque ahora pueden comer carne. Sin carnicero, no habría carne en las ciudades, así que a él tenemos que agradecer por su trabajo.

Esto nos lleva a la siguiente conclusión: en una economía de mercado, nadie puede progresar si previamente no hizo algo que haya beneficiado de alguna manera a su prójimo. Yendo a lo concreto, ningún empresario puede ser exitoso sino fabricó un bien o un servicio que les haya servido a los demás. Ningún músico será exitoso si lo que compone no es valorado por el público. Ningún empleado será exitoso si su trabajo no sirve a la empresa donde trabaja.

Los ejemplos pueden seguir al infinito, pero el punto es que en una economía que se rige mediante propiedad privada y acuerdos voluntarios, no hay otra manera de progresar. La persecución de los fines individuales, necesariamente lleva a un bienestar social, ya que como no podemos utilizar la fuerza sobre los demás, tenemos que ganarnos el favor de nuestro cliente ofreciéndole algo que mejore su bienestar individual.

El liberalismo económico plantea las relaciones en términos de iguales. Todos somos iguales ante la ley y nadie puede forzar a un tercero a hacer aquello que no desea. En este marco, la única forma de prosperar es la seducción, en contraposición con la coacción.

Décimo principio: Las instituciones importan.

Como veíamos en el punto anterior, el egoísmo es una poderosa fuerza de coordinación social. Al buscar su propio interés, en una economía de mercado donde los individuos no pueden utilizar la fuerza para imponerse a los demás, a éstos solo les queda la persuasión, que en el comercio pasa por ofrecer un bien o servicio que sea de utilidad para los demás.

Ahora bien, en la descripción anterior aparece un factor institucional que es determinante. Es que esto solo sucederá si estamos en una economía de mercado sin posibilidad de que los individuos impongan su voluntad por la fuerza sobre los demás. La realidad, sin embargo, es que éste no siempre es el caso.

Es aquí donde aparece la importancia de las instituciones, estas reglas de juego a las que todos los “jugadores” deben respetar. Un famoso libro de hace unos años atrás convino en distinguir dos tipos de instituciones: las inclusivas y las extractivas. Las primeras eran aquellas que fomentaban el crecimiento económico, asegurando derechos de propiedad, haciendo cumplir los contratos y premiando la innovación. Las segundas, sin embargo, no respetan los derechos de propiedad ni premian la innovación.

Cuando las que imperan son las instituciones extractivas, entonces este círculo virtuoso de intereses individuales que redundan en el interés general se quiebra, y el bienestar de unos puede darse a costa del perjuicio de otros.

Un ejemplo claro de esta situación es el de las barreras proteccionistas. Cuando los gobiernos favorecen la intervención, empresarios interesados pueden hacer lobby con los funcionarios y conseguir que éstos impidan o restrinjan el ingreso de productos extranjeros al país.

Obviamente, los empresarios estarán actuando persiguiendo su propio interés. Los políticos, probablemente, también estén haciendo lo mismo, consiguiendo así un apoyo electoral. Sin embargo, todo esto se hace a costa de un tercer actor, los consumidores, quienes ahora deberán pagar más caro o comprar una calidad inferior producto de las restricciones.

Bajo este contexto institucional, el juego es de suma cero.

Las instituciones importan, y la economía de mercado, basada en derechos de propiedad, estado limitado y mínimos niveles de coacción, es una institución en sí misma que alinea incentivos individuales y sociales, promoviendo la mejora de todos.

Los arreglos socialistas o mercantilistas no funcionan igual. En ellos el estado decide ganadores y perdedores, por lo que el interés de los individuos está siempre en intentar cooptar al estado para que juegue a su favor, pero perjudicando al resto de la sociedad.

Los liberales solemos decir que la economía no es un juego de suma cero. Siempre y cuando las instituciones sean liberales, esto es estrictamente cierto. Sin embargo, tenemos que aclarar que si las instituciones que prevalecen no son éstas, entonces las situaciones de suma cero sí serán frecuentes.

Conclusión

A lo largo de este ensayo, hemos intentado dar una respuesta completa a la pregunta sobre qué es el liberalismo económico. Resumimos esta corriente de pensamiento en 10 principios que entendemos que cualquier partidario de las ideas de la libertad debería compartir.

La libertad económica se basa en que el valor es subjetivo, que los contratos voluntarios benefician a ambas partes, que los precios son sagrados; que la inflación es un fenómeno monetario; que los controles de precios son remedios peores que la enfermedad; que el gasto y los impuestos deben ser bajos y el presupuesto equilibrado; que el mercado produce y distribuye, por lo que no es necesaria la re-distribución; que el capitalismo es la mejor receta contra la pobreza; que el bienestar individual “es amigo” del bienestar social; y, por último, que las instituciones importan.

Esperemos que, de acá al futuro, este trabajo se convierta en una guía. Tanto para quienes tienen interés genuino en conocer el contenido de la idea económica liberal, como para quienes solo buscan desprestigiar a estas ideas que, insistimos, son las que más progreso han traído a la humanidad.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

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La cultura del saqueo como fuente de nuestra decadencia económica

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 26/9/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/09/26/la-cultura-del-saqueo-como-fuente-de-nuestra-decadencia-economica-2/

 

Con este esquema el país no puede crecer a largo plazo, en base a inversiones, porque nadie invierte para ser saqueado.

La corrupción y el clientelismo generaron un sistema de destrucción de la riqueza en la Argentina.
La corrupción y el clientelismo generaron un sistema de destrucción de la riqueza en la Argentina.

Si se confirman los pronósticos que dan ganador al oficialismo, tanto en la provincia de Buenos Aires como en los distritos electorales con mayor peso electoral, el presidente Mauricio Macri no tendrá la mayoría en ambas cámaras pero habrá acumulado un capital político nada despreciable, que le otorgará un margen de maniobra más amplio, para llevar adelante reformas estructurales que nos permitan entrar en una senda de crecimiento de largo plazo.

Que hoy varios indicadores económicos estén dando bien no quiere decir que sean sostenibles en el tiempo. A modo de ejemplo, y salvando las distancias, Cristina Fernández logró mostrar durante un tiempo un fuerte aumento del consumo, pero basado en artificios económicos que hacían que ese aumento no fuera sustentable en el tiempo. Es la famosa herencia recibida.

Esperemos, entonces, que con ese mayor capital político, Macri comience a cambiar el discurso y, sobre todo, el rumbo económico. Lo que sirve para ganar las elecciones no necesariamente sirve para crecer en el largo plazo.

Mi visión es que la economía argentina tiene por delante dos grandes problemas. Uno, el de solucionar la cuestión estrictamente económica. Déficit fiscal, inflación, distorsión de precios relativos, tipo de cambio real, etcétera. El otro es la política económica de largo plazo. Cambiar por completo la política económica apuntando a crear las condiciones necesarias para atraer inversiones, incrementar la productividad de la economía, generar más demanda de trabajo y así comenzar un ciclo de crecimiento de largo plazo.

Pero claro, esas condiciones necesarias para atraer inversiones requieren de algo que vengo repitiendo hasta el hartazgo: calidad institucional. Me refiero a las reglas de juego, códigos, leyes, normas, costumbres que regulan las relaciones entre los particulares y de estos con el Estado.

Lo que hoy tenemos es un sistema de saqueo generalizado. El Estado es el gran saqueador que luego decide a quien le da parte del botín. Es el que a su antojo reparte el botín del saqueo. Pero ojo, esto no es nuevo en Argentina. Nuestra larga decadencia tiene como germen esta “cultura”por la cual todos pretenden vivir a costa del trabajo ajeno y usan el  monopolio de la fuerza del Estado para que saquee a otros y luego les transfiera a ellos parte del botín. El kirchnerismo ha llevado hasta niveles insospechados esta cultura del saqueo y, a mi entender, el gran desafío de Macri consiste en empezar a desandar ese nefasto camino que se ha traducido en un gigantesco gasto público con la correspondiente presión impositiva, que ya nadie puede negar que está destruyendo la economía argentina.

¿Qué quiero decir con cultura del saqueo? No me refiero solamente a la legión de gente que recibe los llamados planes sociales y se sienten con derecho a ser mantenidos por el resto de la sociedad o a la legión de ñoquis que permanecen en el estado, sino también a que buena parte de la dirigencia empresarial local (de capitales argentinos y extranjeros) pretenden parte del botín pidiendo proteccionismo, créditos subsidiados y otros privilegios que les evite competir. Quieren un mercado cautivo para vender productos de mala calidad y a precios que no podrían cobrar en condiciones de una economía abierta para obtener utilidades extraordinarias.

Además hay sectores profesionales que actúan como corporacionesdirigentes políticos, sindicales, etcétera, que pretenden también vivir de ese saqueo generalizado.

La política económica que impera en nuestro país se basa en esta regla por la cual diferentes sectores recurren al Estado para que este, utilizando el monopolio de la fuerza, le quite a otro para darles a ellos.

Es todos contra todos. Una sociedad que vive en permanente conflicto social porque el que es saqueado por el Estado pide algo a cambio y, entonces, el Estado saquea a un tercero para conformarlo y ese tercero protesta y el Estado saquea a un cuarto sector para conformar al tercero y así sucesivamente. Obviamente que los que menos poder de lobby tienen son los perdedores de este modelo de saqueo generalizado.

Con este esquema el país no puede crecer en base a inversiones porque nadie invierte para ser saqueado. En todo caso hace un simulacro de inversión para luego saquear a otro. Pero inversiones en serio, aquellas que tratan de conseguir el favor del consumidor son mínimas con estas reglas. Es más, casi tienden a cero.

En consecuencia, no tenemos un sistema de cooperación voluntaria y pacífica por el cual un sector solo puede progresar si hace progresar a sus semejantes produciendo algún bien que la gente necesite y vendiéndolo en el mercado a precio y calidad competitivos. Por el contrario, tenemos un sistema de destrucción de riqueza. De destrozo del sistema productivo. Y eso se traduce en menos bienes para ser saqueados y repartidos. Cuanto más saquee el Estado, menos se produce, menor es el botín a repartir y mayor la conflictividad social.

Las recurrentes crisis económicas argentinas son el fruto de esta cultura del saqueo. Cuando se acaba el botín viene la crisis y empezamos de nuevo, pero no cambiamos la cultura de fondo.

El mayor problema que tenemos que enfrentar es cambiar esta cultura del saqueo por la cultura del trabajo, de la competencia, de la innovación. No es cierto que el país no esté en condiciones de cambiar esta cultura decadente. Que sea imposible llevar a cabo un cambio de estas nefastas reglas de juego sin evitar una crisis social. Eso es lo que venden los políticos que prefieren seguir teniendo el poder de saquear porque saqueando pueden retener poder político. Saqueo a unos pocos y reparto entre muchos y así gano votos, es decir, kirchnerismo en estado químicamente puro.

Podremos discutir hasta el hartazgo si gradualismo fiscal o baja del gasto público. Si hacemos una reforma impositiva que atraiga inversiones o continuamos con la cantinela de que primero hay que recaudar más para luego bajar los impuestos y delirios de ese tipo.

Ahora, lo que seriamente tenemos que plantearnos es si vamos a seguir usando al Estado para robarnos unos a otros (el robo legalizado, como lo llamaba Bastiat) o le ponemos un límite en que el monopolio de la fuerza que le delegamos es para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas y no para que lo use para saquear en nombre de la solidaridad social. Verso también inventado por los políticos para decir que tienen el monopolio de la benevolencia y así seguir saqueando a los sectores productivos para repartir el fruto del saqueo y ganar votos.

En síntesis, terminar con esta competencia populista en que se ha transformado la democracia en Argentina y volver a una democracia republicana.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

PRÓLOGO A “REFLEXIONES SOBRE LA ECONOMÍA ARGENTINA” DE NICOLÁS CACHANOSKY.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 24/9/17 en https://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/09/prologo-reflexiones-sobre-la-economia.html

 

Es un completo honor para mí presentar este primer libro de Nicolás Cachanosky, que entra claramente en una las misiones fundamentales del Instituto Acton: la enseñanza de la economía para la toma de conciencia de cuáles son las condiciones bajo las cuales los pueblos pueden superar la pobreza.  
Nicolás Cachanosky es un modelo de cómo estar al frente de los más avanzados debates y aportes académicos y, al mismo tiempo, cómo difundir didácticamente la complejidad de la ciencia económica para los debates ciudadanos. Este libro tiene las dos características: es un libro técnico, con pluma amable pero que necesita atención por parte del lego, escrito especialmente para ayudar a la comprensión del drama y posibilidades de recuperación de la economía argentina. Cuantos más ciudadanos argentinos lean este libro, mayores serán nuestras posibilidades de recuperación. 
El papel de este prólogo no es volver a explicar lo que Nicolás explica, sino ubicarlo en un contexto filosófico más global que pueda sí mostrar la enorme importancia de esta obra. 
Lo primero que sorprenderá al lector, en un libro de economía, es la importancia que el autor le da a las instituciones. Pues bien, ello no debería sorprendernos. Cuando nos adentramos un poco más en la ciencia económica más sólida y profunda, en la “good economics” en la cual ha abrevado el autor, nos damos cuenta de que el desarrollo y la capitalización no son el resultado de un ministerio, de un plan, sino de instituciones sólidas que garanticen la propiedad y el libre comercio. La inversión es la utilización del ahorro para producir nuevos bienes de capital. Lo cual implica que debe haber ahorro en el mercado de capitales e inversionistas que puedan pensar en el largo plazo. O sea, ahorro e inversión, la clave del desarrollo, implican la posibilidad de tomar riesgos en el presente pensando en la rentabilidad a largo plazo. Ahora bien, si le damos a un estado la facultad para que de modo arbitrario e ilimitado suba la carga impositiva, produzca inflación, legisle todo tipo de regulaciones, controle las variables económicas y además se endeude, no habrá ahorro ni inversión, y el resultado será la pobreza y el subdesarrollo. Por lo tanto, un estado limitado, donde constitucionalmente estén prohibidas dichas prácticas, donde por consiguiente los grupos de presión no tengan incentivos para acercarse a los poderes ejecutivos y legislativos, donde haya un poder judicial realmente independiente, y donde haya un verdadero federalismo donde el presupuesto de las provincias no dependa de las prebendas del estado nacional, es, en conjunto, la condición institucional del desarrollo económico. De allí el magnífico capítulo del autor dedicado a la democracia y a los límites institucionales del estado. 
En el caso argentino, esto es particularmente revelador. La economía de mercado no es una política económica más que se pueda “planificar e instrumentar” desde las mismas instituciones mussolinianas dejadas por el peronismo y que no han sido reformadas por ningún gobierno. Porque ellas mismas implican, uno, imprevisibilidad a largo plazo (porque desde esos organismos gubernamentales se puede dar vuelta todo lo medianamente racional que se intente hacer), y, dos, un permanente estado de control, de permisos, de regulaciones, de corruptelas, de gasto público, de estado elefantiásico.  
Por eso la peculiar atención del autor al tema del capitalismo, al libre mercado y al famoso “neoliberalismo de los 90”. Los argentinos creen en general que los 90 fueron “el mercado”. Esto es grave. No es una sola cuestión de términos. El mercado implica precisamente eliminar ese estado ilimitado que en los 90 no fue eliminado, y que coherentemente termina elevando los impuestos, la deuda pública, el gasto público, para terminar por ello en la crisis del 2001. Cualquiera tiene derecho a estar en contra del comunismo, pero si identifica a George Washington con el comunismo, tendrá un leve problema de apreciación histórica. De igual modo cualquiera tiene derecho a estar intelectualmente contra el mercado, pero si cree que Menem era el mercado, tendrá el mismo problema. Cabe preguntarse, por lo demás: quienes están intelectualmente en contra del mercado, ¿qué “idea” tienen del mercado? Tal vez este libro les ayude a reflexionar sobre ello. Porque tal vez está pensando en lo que se llama “capitalismo real”, o sea lo que Ludwig von Mises llama “intervencionismo”, en la parte VI de su tratado de economía. Quizás sería bueno que concluyendo este libro el lector quisiera encarar esa apasionante lectura.  
Para el lector argentino, la explicación de “las cuatro etapas del populismo”, es fascinante porque no tiene más que aplicarlas a su propia experiencia, pero ahora con los elementos de la buena economía. No las voy a explicar yo pero sí facilitar su comprensión con una elemental analogía. Supongamos que soy un presidente que sube con grandes promesas de distribución del ingreso y la lucha contra el capitalismo salvaje. Supongamos que el banco central está ordenado y la economía más o menos funcionando. Entonces re-distribuyo todo lo que quiero y me convierto en el primer trabajador, en el qué grande sos, etc. Al principio todo parece ir bien (uno). Pero luego el banco del estado comienza a quedarse sin reservas. Tengo que subir impuestos, endeudarme, confiscar, emitir moneda, hay inflación, comienzan los problemas (dos) pero, claro, siempre está EEUU y su imperialismo para echarle la culpa. Finalmente se llega a la hiperinflación, al default, al casi quiebre de la cadena de producción y distribución, al caos (tres). Claro, entonces algo, alguien, deberá frenar la fiesta inolvidable, y será el culpable de toda la pobreza que esa fiesta ha producido (cuatro). ¿Les hacer acordar a algo? 
Por ello al argentino promedio le es tan difícil advertir los peligros del déficit fiscal, inflación, control de precios, etc. Fundamentalmente porque vive aún en la nostalgia de la primera etapa del populismo, donde pareciera que no hay escasez. Olvidar la escasez en economía es como olvidar la matemática en la Física, o el sonido en la música, o el agua en la vida. Pero sí, se la olvida. “El estado debería hacer….”. Si, ¿y de dónde? En primer lugar, de impuestos. Ah, que paguen los que más tienen. Sí, pero el impuesto progresivo a la renta frena las inversiones y por ende terminan pagando los que menos tienen.  
Cuando el tema impositivo no da para más, se entra en déficit fiscal, como cualquier familia que gasta más que sus ingresos. ¿Cómo financiar el déficit? Pues con emisión de moneda o con deuda pública. La emisión de moneda genera inflación: Nicolás “se mata” explicándolo, ante infinitas voces que aún creen que no es así (de vuelta, por la negación de la escasez, porque si el problema económico se solucionara emitiendo moneda, no habría problema económico). La inflación produce aumento de precios. El gobierno intenta entonces controlar los precios. Ello genera faltante de bienes y servicios. Como las tarifas congeladas de luz: no hay luz. No hay vuelta que darle. No hay, sencillamente.  
Pero queda, claro, la deuda pública. Hasta que ya no se puede pagar más y…. Oh, el default. Pero entonces, de vuelta, los malos son los acreedores. Es impresionante cómo los argentinos han llamado a quienes no aceptaron la quita de la deuda: los buitres. ¿Y por qué tenían que aceptarla? ¿Por caridad? Ah, eso es confundir las cosas. Uno puede “prestar” algún dinerillo a algún amigo en problemas, sabiendo que no lo puede devolver. Pero eso no es un préstamo, es una donación. Si es realmente un préstamo, hay un acreedor. Y la cuestión es: ¿por qué tuve que pedir un préstamo? En el caso del déficit fiscal, es claro: porque los gobernantes y sus votantes creyeron que el estado es como Jesús en las bodas de Caná. Incapaces luego de reconocer esa peculiar confusión teológico-económica, echan las culpas, furiosos, a un salvaje capitalismo financiero internacional, cuando todo se debe en realidad al real salvajismo de un estatismo nacional.  
Por último, el autor evalúa propuestas de reforma, de solución. Dejo al lector que las disfrute por sí mismo, con un margen de esperanza. Pero una esperanza fundada en que, si él ha comprendido las ideas del autor, será parte luego de una opinión pública transformadora de una realidad nacional de otro modo inamovible.  
Hay que agradecer a Nicolás Cachanosky, doctor, profesor, assistant professor en la Metropolitan State University of Denver, su compromiso, su jugada personal a favor de su país, su paciente aplicación de la más elevada macroeconomía a las circunstancias de este enloquecido lugar, tan soberbio, tan nacionalista, tan autoreferente, y tan irrelevante para el mundo. Nada obligaba al autor a este inmenso y difícil trabajo, excepto su delicada conciencia, su hombría de bien, su compromiso por la verdad, valores tan escasos en estos momentos. No sólo ha sido Nicolás uno de mis mejores alumnos, sino uno de los más generosos e intelectualmente honestos que he tenido y conocido. Hoy, su amistad me honra totalmente, al mismo tiempo que seguir adelante de forma permanente con la llama prendida de nuestros respectivos padres. Que Dios se lo tenga en cuenta. 

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Argentina se recupera de su propia tragedia chavista

Por Iván Carrino. Publicado el 11/8/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/08/11/argentina-se-recupera-de-su-propia-tragedia-chavista/

 

En el año 2013, Argentina y Venezuela transitaban caminos similares. Mientras la región crecía al 3 % anual con una inflación de 4,5 %, las naciones comandadas por Nicolás Maduro y Cristina Fernández mostraban números mucho peores.

En Venezuela, la economía creció 1,3 % ese año, pero con una inflación de 56,2 % según el FMI. En Argentina, el crecimiento fue un tanto superior (2,4 %), mientras que la inflación estuvo un escalón por debajo, en el 28,3 % anual según datos privados.

Otra característica que hermanaba las economías de Argentina y Venezuela era el control de cambios. En ambos países el gobierno decretaba un tipo de cambio oficial al cual solo podía acceder un puñado de autorizados. El resto debía operar con el dólar del mercado paralelo.

En Argentina, la brecha promedio entre ambos tipos de cambio fue de 60 % ese año. En Venezuela, ya se había disparado al 456 %.

El intervencionismo, el discurso anticapitalista, la inflación, los controles de precios y los avances sobre la prensa y la justicia independiente fueron también características propias de Argentina y Venezuela.

Hoy el país caribeño se hunde en el desastre. La economía sufre hiperinflación e hiper-recesión. Solo un dato ilustra la debacle: en 2016 se fabricaron no más de 3.000 vehículos, mientras en 2007 la cifra alcanzó los 170.000. Es una caída de 98 % en diez años. El sistema político, además, mutó de una democracia populista a una dictadura socialista al estilo cubano.

Argentina, por el contrario, vive una realidad diferente. A pesar de la caída de la economía en 2016, hoy está en pleno proceso de recuperación. Si todo sale como indican las estimaciones privadas, la inflación será la más baja en siete años, mientras que el crecimiento será el más elevado en cinco años. En el plano político, la prensa trabaja libremente, la justicia no se encuentra amenazada y el gobierno de Macri tiende relaciones diplomáticas con el mundo civilizado.

¿Qué pasó con Argentina? Para resumir la respuesta: en las elecciones de 2015, el pueblo le dijo NO al modelo chavista.

 

Reformas urgentes

Tras haberse impedido el proyecto re-reeleccionista de Cristina Fernández de Kirchner, los argentinos asistieron a las urnas en octubre de 2015. Los candidatos de ese entonces ya prometían cambiar de rumbo. El debate, entonces, era si el cambio debía ser gradual o de shock, pero ya no se discutía que había que cambiar.

Finalmente, en la segunda vuelta electoral se impuso Mauricio Macri, el más “antikirchnerista” de los candidatos.

Rápidamente se tomaron algunas medidas que modificaron el ecosistema económico:

1) Se eliminó el control de cambios.

2) Se eliminaron la mayoría de los impuestos a la exportación.

3) Se liberalizaron parcialmente los precios de los servicios públicos como agua, luz y gas.

4) Se normalizaron los procesos para importar, haciéndoselos menos discrecionales.

5) Se implantó en el BCRA un sistema de “metas de inflación” para cuidar el valor del peso.

6) Se implantó un plan de “metas fiscales”, con la propuesta de reducir el déficit paulatinamente.

Las reformas urgentes implementadas por Macri dejaron al descubierto el delicado equilibrio de la economía argentina. Familias y empresas, al tener que pagar más por las tarifas energéticas, restringieron otros consumos. Algunos negocios, incluso, debieron cerrar sus puertas.

Al mismo tiempo, el sinceramiento mostró la verdadera inflación que se ocultaba detrás de los controles y se disparó al 41 % anual.

No obstante, otros indicadores mejoraron. De acuerdo con la Fundación Heritage, el país mejoró su “Libertad Económica” en 6,6 puntos. En dicha mejora destacan los rubros “derechos de propiedad”, “libertad financiera” y “libertad para la inversión”.

Por otro lado, de acuerdo con la Fundación Libertad y Progreso, luego de caer 94 posiciones en su Índice de Calidad Institucional entre 1996 y 2015, el país recuperó cuatro posiciones en 2016.

Menos chavismo, más inversión

Abortar el camino del socialismo venezolano e imponer ciertas reformas liberalizadoras mejoraron el clima de inversión local.

Eso se verifica en los números. De acuerdo con el Banco Central, la inversión extranjera directa creció 92,8 % en 2016; mientras que en los primeros seis meses de este año sigue avanzando a un ritmo del 12,4 %. Por otro lado, de acuerdo con el centro de estudios de Orlando Ferreres y Asociados, en julio “la inversión volvió a mostrar un resultado positivo en el sexto mes del año y acumula cuatro meses consecutivos de expansión”. En el año acumula un avance de 6,4 %.

La consecuencia más palpable es la recuperación económica que mencionábamos. De 15 sectores que componen el PBI, 11 están creciendo en términos interanuales, destacándose el sector agrícola, la construcción, y el transporte y las comunicaciones.

Seguro que Macri no es todo lo liberal que uno desearía. Seguro que todavía queda mucho por hacer para que el país abrace el crecimiento sostenible y vuelva a formar parte del club de los países ricos.

Sin embargo, una conclusión se hace más que evidente: socialismo es sinónimo de pobreza, y abortar el camino hacia él por lo menos ofrece la posibilidad de salir de la misma.

Los primeros “brotes verdes” de la economía argentina así lo prueban.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Venezuela: el verdadero socialismo

Por Iván Carrino. Publicado el 10/5/17 en: https://elliberal.igdigital.com/2017/05/10/venezuela-verdadero-socialismo/?platform=hootsuite

 

Iván Carrino dice que Venezuela está sumida en el caos porque se siguió al pie de la letra el proyecto socialista iniciado por Chávez.

Venezuela está sumida en el caos. Las imágenes que llegan desde el país caribeño son de una convulsión social inocultable. Al mismo tiempo, el gobierno radicaliza su postura, confirmando cada vez más su carácter de dictadura.

En términos económicos, la situación es verdaderamente delicada. La inflación superará el 700% anual este año, la brecha entre el dólar oficial y el del mercado paralelo es de 49.000%, las reservas internacionales cayeron USD 20.000 millones en los últimos 4 años, la escasez afecta a todas las clases sociales y la producción nacional se derrumba.

El resultado es el éxodo de los venezolanos que pueden ahorrar para comprar un pasaje de avión. En España y EE.UU., los venezolanos son la primera nacionalidad en pedir asilo, por encima de países que atraviesan guerras como Siria.

¿Qué pasó con Venezuela que terminó así? En realidad, por más que a algunos les cueste aceptarlo, lo que sucedió es que se llevó a cabo a pie juntillas el proyecto socialista. El “Socialismo del Siglo XXI”, que inauguró Chávez a principios de la década del 2000, terminó siendo exactamente igual al socialismo del siglo XX. Las consecuencias han sido idénticas: exilio, autoritarismo y pobreza.

Muchos intelectuales buscan permanentemente desligar al socialismo de lo que sucede en Venezuela. Profesores marxistas en Argentina han llegado a decir que Venezuela es una economía capitalista, que combina “capitalismo estatal y capitalismo privado”. ¿Qué querrá decir eso? Por ahora es un misterio.

Otros intelectuales suelen indicar que lo de Venezuela no es el verdadero socialismo, sino que éste debe encontrarse en los países nórdicos como DinamarcaSuecia o Noruega. Este argumento es falso, puesto que estas economías, si bien tienen altos gasto público y presión tributaria, están lejos del socialismo. Dinamarca y Suecia, por ejemplo, se ubican en los puestos 17 y 19 en el ránking de libertad económica de la Fundación Heritage, que analiza nada menos que 186 países. ¿De qué socialismo hablan?

Es allí donde la intervención del estado en la economía es omnipresente y nada puede hacerse sin consultar con la burocracia central planificadora. En la Venezuela socialista, la planificación estatal es tan extensiva, que el resultado inevitable es el caos y el autoritarismo.

Quien bien explicaba esta situación era el economista austriaco Ludwig von Mises. En el epílogo de su monumental obra Socialismo, Mises diferenciaba el socialismo de tipo soviético del socialismo de tipo alemán.

En el primer caso, la revolución armada tomaba el poder y el estado se hacía cargo completamente del aparato productivo. El “proletariado”, tal como quería Marx, se hacía dueño del estado y de los medios de producción, y toda decisión económica pasaba al área gubernamental.

El socialismo de tipo alemán, si bien en apariencia era distinto, en esencia era exactamente igual. Incluso cuando la propiedad de los medios de producción quedara en manos de los capitalistas, lo cierto es que el estado controlaba todas las decisiones económicas, por medio de decretos, regulaciones y gasto público.

La explicación de Mises sobre el socialismo alemán sorprende por su vigencia y aplicación a la realidad de la Venezuela actual. Desde su punto de vista, cuando los gobiernos generan inflación e imponen controles de precios, ingresan en un camino donde el intervencionismo crece inevitablemente.

Al controlar los precios de un bien, aparece la escasez de ese producto. Para “resolver” ese nuevo problema, el gobierno decide controlar los precios de los insumos, generando ahora un faltante en esa área de la economía. Finalmente, como no dan marcha atrás, el gobierno pasa a controlar cada vez más y más áreas.

Al llegar a este punto, el socialismo queda instalado. Según Mises:

Cuando se alcanza este estado de control completo de los negocios, la economía de mercado se ha visto reemplazada por un sistema de economía planificada, por socialismo. Por supuesto, no es el socialismo de gestión directa de toda fábrica por el estado, como en Rusia, sino el socialismo del patrón alemán o nazi.

Venezuela combina ambos casos. Las expropiaciones de Chávez y Maduro traspasaron gran cantidad de los medios de producción a manos estatales. Además, de acuerdo con el centro de estudios CEDICE, en 2015 se decretó el cierre de nada menos que 28.000 empresas, mientras que otras 13.900 fueron multadas por el gobierno. El resto de los establecimientos está acosado por la inflación y los controles. En los últimos 10 años, cerraron sus puertas 500.000 empresas.

El socialismo, tal como se verifica en Venezuela, invade todos los aspectos de la libertad económica. Cuando los afectados buscan defenderse, entonces el gobierno acude a la represión, conculcando nuevas libertades. En el camino, la sociedad toda se empobrece.

Venezuela es hija del socialismo. Los resultados nefastos de su implantación no deben adjudicarse a los delirios de Maduro. El problema es el sistema.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Clave: si Macri no reduce el gasto público, PBI no subirá

Por Armando Ribas. Publicado el 1/8/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/08/01/clave-si-macri-no-reduce-el-gasto-publico-pbi-no-subira/#.WYBp1Xj6qM0.facebook

 

En una reciente exposición el presidente del Banco Central, Federico Sturzeneger, expresó que en el primer trimestre del año el PBI creció un 1,1% y que se prevé que en el segundo suba un 0,99%, niveles que anualizados alcanzarían entre un 4,3 y un 4,0%. ¿De dónde surgen esos datos? Hasta ahora no están disponibles, por tanto los mismos entrañan una predicción sin explicación de cuáles son las políticas que se están siguiendo para lograr ese resultado.

Seguidamente expuso la teoría de que si sube la inflación baja el PBI y que cuando baja la inflación sube el PBI. Me voy a permitir disentir con esa tesis. Lo que determina en última instancia la caída en el PBI es el aumento del gasto público. Y si alguna duda cabe al respecto vale analizar el proceso económico de los principales países de la Unión Europea en los últimos cincuenta años (ver cuadro). Lo mismo ha ocurrido en Estados Unidos donde la tasa de crecimiento económico en los últimos años ha caído a menos del 2% anual incluida la crisis de 2008, en tanto que el gasto público se acerca en la actualidad al 40% del PBI. Y el problema económico argentino en la actualidad es el nivel del gasto público consolidado -Nación y provincias- que de acuerdo a nuestras estimaciones en el 2016 alcanzó a 56% del PBI.

La conclusión del Gobierno al respecto es que dado que espera que la inflación se reduzca en el año, habrá de producirse un incremento en la actividad económica. Como podemos ver igualmente en los países europeos no hay inflación y la economía europea como hemos visto no crece. No obstante el Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne prevé un crecimiento del 3% en el año y al respecto dice: “Van nueve meses de crecimiento robusto y fuerte”. No se sabe a qué nueve meses se refiere, pues todavía no hay datos referentes al segundo trimestre del año. Por tanto se estaría refiriendo a los últimos seis meses del 2016 y al primer trimestre del 2017. Pero he aquí que la economía argentina en el 2016 cayó un 2,3% respecto al año anterior y los datos disponibles correspondientes al primer trimestre del año muestran un incremento del 0,3% respecto a igual período del 2016. Por tanto un crecimiento este año de un 3% sólo determina un crecimiento del 0,67% respecto al nivel del PBI en 2015.

Respecto al tipo de cambio Sturzenegger se manifestó diciendo que el peso no estaba revaluado pues era el resultado del mercado libre. Sí, pero no se puede ignorar que el mercado está condicionado por la política monetaria interna. Como ya hemos explicado la tasa de interés interna es negativa en términos reales. Recientemente se aumentó la tasa de interés de las Lebac al 26% anual, que podría ser positiva en términos reales si se reduce la inflación. En la medida que el precio del dólar se retrasa la tasa de interés resultante en dólares alcanza niveles siderales, precisamente en un mundo occidental donde la tasa de interés fluctúa alrededor del 1% anual. Por esa razón es posible que aumenten las reservas del Banco Central debido a la entrada de capitales financieros que compensan el déficit comercial registrado en los primeros cinco meses del año de u$s1.863millones.

Ya debemos saber que la revaluación monetaria determina una caída en los precios de los productos importados y un incremento de los precios internacionales de los productos nacionales. Ello implica un incremento en la demanda internacional y una caída en las exportaciones de bienes nacionales. O sea como bien lo describe Andrew Moravcsik en su artículo del Foreign Affairs “Europe’s Ugly Future. Allí se refiere al euro que impide que ciertos países de la Unión Europea puedan devaluar su moneda y consecuentemente aumenta la demanda de los productos alemanes. Asimismo se refiere a que cuando en 1920 muchos países retornaron al patrón oro culminara la Gran Depresión de la década del treinta.

La sobrevaluación del peso ha sido un problema pertinaz de la política económica argentina, regida por el presupuesto de que el control cambiario es instrumental para controlar la inflación. Y por supuesto que la devaluación tiene un efecto inflacionario. La realidad es que la inflación es deterninada por la política monetaria y fiscal y la devaluación es su consecuencia no su causa. Tal como hemos mostrado en nuestro anterior informe el tipo de cambio de paridad del peso hasta mayo era de $21,97 por dólar. Consecuentemente con respecto al tipo de cambio actual que alcanza $17,39 por dólar, habría una revaluación del peso del 26,34%.

Volviendo a la problemática del gasto público, recordemos las palabras de Milton Friedman al respecto: “Lo que importa no es el déficit sino el nivel del gasto. El total del peso del impuesto es lo que el gobierno gasta, no esos recibos llamados impuestos. Si no se reduce el gasto, por tanto la disminución de los impuestos meramente disimulan más que reducen el peso” Y al respecto George Gilder añadió: “No es principalmente el déficit federal la causa de la inflación. Si el déficit fuera cerrado por impuestos más altos -y la oferta monetaria permaneciese constante- el nivel de precios subiría en la forma ortodoxa de la ley de costos”.

Ya debiéramos saber que la experiencia argentina más reciente respecto a la revaluación del peso fue durante el Gobierno de Menen. El mantenimiento del uno a uno y el desequilibrio causado por el mismo, fue denominado por la izquierda como el nuevo-liberalismo, para descalificarlo ética y económicamente. Y ese proceso de desequilibrio económico se produjo no obstante que el nivel del gasto público a la llegada de los Kirchner al poder no superaba el 23% del PBI.

El desequilibrio económico causado por el nivel del gasto público continúa siendo el impedimento de lograr el proceso de cambio favorable que pretende el Gobierno de Macri. Es decir la restauración de la seguridad jurídica, la apertura de la economía y la integración de la Argentina al mundo no ha logrado superar el desequilibrio económico heredado. Hasta la fecha la política seguida por el Gobierno es reducir el nivel de inflación vía la política monetaria, y como ya hemos explicado la inflación no es la causa del desequilibrio sino su consecuencia. Es más, Macri se manifestó al respecto diciendo que no bajaría el gasto sino que haría crecer el PBI.

El problema es que en la medida que no se baje el gasto público no crecerá el PBI.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.

Gasto, inflación y Keynes

Por Gabriel Boragina Publicado  el 28/5/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/05/gasto-inflacion-y-keynes.html

 

Cada uno de nosotros, cuando se ve enfrentado a la necesidad de incurrir en gastos, debemos observar -como primera medida- cuál es la cuantía de los recursos que disponemos. Es decir, es en función de nuestros ingresos previos que estaremos en condiciones de determinar qué cantidad de dinero podemos destinar al gasto. Sin embargo, los gobiernos no operan en este sentido, sino en el inverso: fijan primero su meta de gastos, y -en función de esta- deciden cuántos recursos deben recaudar de los mal llamados “contribuyentes” para poder cubrir los gastos decretados. La razón por la cual los gobiernos pueden actuar de este modo (y ninguno de nosotros puede hacer lo mismo) radica en que, mientras los particulares hemos de obtener nuestras entradas ofreciendo antes algo a cambio a otra persona que valorice lo que ofertamos, y sólo después, si la contraparte acepta el trato, podremos lograr el tan ansiado ingreso, los gobiernos se ven eximidos de seguir este proceso, por la sencilla razón de que todos ellos (al establecer el imperium de la ley) están facultados -mediante su concurso- a extraer las sumas que necesiten por medio de la fuerza a los inermes e indefensos ciudadanos.

“Pareciera que la economía política de los gobiernos es tal que el gasto público siempre aumenta cuando aumenta la recaudación impositiva y cuando se puede emitir más. Nunca se reduce el déficit fiscal aumentando la recaudación, pues esto supone que los gastos son constantes y la experiencia indica que esto no es así. Por ejemplo en estudios que el autor de este libro hizo para un país cuya recaudación fiscal dependía en 80% del precio del petróleo, se tomaron todos los años en que el precio del petróleo aumentaba y, por otro lado, todos los años en que esos precios bajaban. Observamos que la correlación entre gasto y recaudación impositiva era muy alta en los años de alza en la recaudación. También observamos que la correlación era muy baja (los gastos no bajaban) en los años de baja en la recaudación. Esa asimetría, no se evita con la existencia de la Caja pero se reduce substancialmente pues de otra manera esta conducta fiscal lleva a la larga a la devaluación (como sucedió en el país de referencia). La caja pone más disciplina pues en los años en que la recaudación baja no se puede emitir y no queda más remedio que aumentar el endeudamiento o bajar los gastos.”[1]

El autor citado, partidario de la caja de conversión (a ella alude cuando se refiere simplemente a “la caja”) explica con meridiana claridad cómo operan los gobiernos en materia de gasto público, el que no lo hacen depender -ni exclusiva ni enteramente- de la recaudación fiscal (como en sana política económica debería de ser) sino que lo manejan como una variable autónoma, y cuya “lógica” parecería ser la “necesidad” de ir siempre en aumento, sin importar el medio por el cual se financie ese gasto público. En otras palabras, nos explica que, cuanto mayor era la recaudación también así lo era el gasto, pero el alto nivel de este no se veía en absoluto afectado en los casos donde la recaudación disminuía. En este último supuesto, los gobiernos lo que hacen no es bajar el gasto (como deberían hacerlo) sino buscar otros medios para financiarlo. Y ya hemos visto que los mecanismos a los que echa mano para esto último son la emisión monetaria, más impuestos, o directamente inflación. Pero, sabemos de sobra que estas tres últimas medidas (en realidad podrían resumirse en dos, ya que la inflación no es más un impuesto solapado) no solucionan sino que agravan los efectos del alto gasto público, produciendo fuertes distorsiones en la economía toda.

“Los análisis empíricos se concentraron en poner a prueba la estabilidad de la demanda de dinero aun en situaciones de gran inestabilidad como las grandes inflaciones pues, recordemos que el gran desafío de Keynes era su hipótesis de que la demanda por dinero era inestable. Él proponía como una función más estable la función consumo, diciendo que existía una relación estable entre el consumo nominal y el ingreso nominal. También decía que la propensión marginal a consumir era, en circunstancias como las de Estados Unidos en los años treinta, muy pequeña y por lo tanto el estado tenía que gastar para aumentar la propensión al gasto de la economía en total. Luego de muchas controversias se ha llegado a una mezcla donde las teorías modernas toman en cuenta el dinero y su demanda, pero no ignoran la política fiscal ni la importancia del gasto público. Cuando hay inflación los países se acuerdan de Friedman y cuando hay recesión se acuerdan de Keynes y, cuando la situación es más o menos normal, los economistas juegan en el medio campo.”[2]

Como ya hubiéramos examinado en otra ocasión, Keynes suponía que las recesiones (como la de los años 30 que fue -en gran parte- la que inspiró su teoría) se “solucionaban” recién cuando el gobierno irrumpiera en la economía incrementando el gasto público, para lo cual cualquier medio que este utilizara era “válido”. Su negación de la “Ley de Salidas” de Jean B. Say, y la de los valiosos aportes de los demás economistas clásicos le impido ver su craso error. El aumento del gasto público importa tanto como un alza de la demanda y -a su turno- una consiguiente elevación de los precios, entre otros efectos. Para lograr eso, se combinaban perjudiciales medidas, como altos impuestos, emisión monetaria, endeudamiento, etc. generando una espiral inflacionaria que eclosionaría el sistema económico (como finalmente sucedió) al no encontrarse las manipulaciones artificiales del gobierno respaldadas por un genuino ahorro previo que permitiera un proceso de capitalización con bases en una economía real. Obviamente, que la demanda de dinero cae en picada en épocas inflacionarias, pero son pocos los que advierten la relación entre este último fenómeno y la demanda de moneda. No hay pues fórmulas “mágicas” para escapar a este dilema, excepto la austeridad fiscal y presupuestaria.

[1] Valeriano F. García. Para entender la economía política (y la política económica). Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos México, D. F. 2000. pág. 169

[2] Valeriano F. García. Para entender la economía política…ob. cit. pág. 185/186

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿El camino ‘capitalista’ al socialismo?

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 22/5/17 en: http://www.elterritorio.com.ar/nota4.aspx?c=0574253964826931

 

Mientras el escándalo en Brasil pega fuerte mostrando la fragilidad de la economía argentina, y lo inflada que está a partir de discursos y acciones del estado, Macri ya ha realizado una cantidad de viajes, todos con promesas de inversiones que no llegaron mostrando que estos periplos tienen poco sentido. Sobre todo hoy, cuando los operadores globales rastrean inversiones en los lares más recónditos, hasta con satélites, en tiempo real, es trivial que un funcionario viaje a explicar nada, basta con crear la oportunidad de negocios -bajos impuestos y mercado natural, desregulado- para que las inversiones se descuelguen solas.
A menos que quieran en aumentar el peso del Estado, profundizando el socialismo vigente en Argentina en términos de peso estatal e intervención en la vida de las personas.
Para lo que sí sirven estos traslados es para que una enorme burocracia viaje a costa de los contribuyentes, a comprar trajes de cien dólares al punto que, dicen las crónicas, el vocero presidencial recomendó vía WhatsApp “Vayan a Tony and Tony… y pregunten… de parte mía para conseguir descuentos.
Casi todo el viaje por Asia estuvo dedicado a obra estatal, aparentemente iniciada en la era K, como los 16 acuerdos por U$S 17 mil millones firmados en China. Lo “bueno” de la obra pública -que bien podría surgir del mercado natural- es que aumenta el PIB ya que conlleva consumo de materiales sin necesidad de ahorro previo sino financiado, en este caso, por el Estado chino.
Aun suponiendo que estos índices son reales, lo cierto es que el PIB no considera todas las transacciones sino sólo el consumo, como señalan Krause, Ravier y Cachanosky. Así, resulta falso el crecimiento basado en el PIB que solo muestra cómo se decide gastar el ingreso luego de haberlo producido, el destino de la producción, no su origen. Por esto, el Bureau of Economic Analysis ahora publica el Gross Output que considera las etapas del proceso y no sólo el consumo. Más acertado es el valor bruto de la producción (VBP) en el que el consumo privado y público representa el 50% contra el 86% de peso que le otorga el PIB.
Para remate la obra pública es ineficiente. Dice Steve Hanke que mediante la VA, el gobierno estadounidense opera el mayor sistema de servicios de salud… el costo de construcción por cama de la VA es 290% más que para hospicios privados… la administración
de construcción de la VA tiene 16 veces más empleados… y los proyectos de la VA requieren 3,5 veces más tiempo de construcción… el costo promedio de los hospitales de la VA es 70% superior para tratamiento agudo… 48% para cirugía, y 140% para tratamiento crónico. Así, creído capitalista por su pasado “empresario”, su discurso prooccidental y pro comercio libre, el gobierno está logrando agrandar el ineficiente y degradante sector estatal a costa de impuestos, inflación y endeudamiento que paga el privado cada vez más raquítico.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Inflación y gasto

Por Gabriel Boragina Publicado  el 7/5/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/05/inflacion-y-gasto.html

 

Existe la creencia, y en algunos casos la convicción, no sólo entre personas comunes sino también entre nombrados economistas que, en tanto la inflación constituye un problema económico, el gasto publico (en rigor, del gobierno) no lo es, o -al menos- no lo es tanto como la primera. No parece advertirse, en muchos casos, que existe una correlación entre esta y aquel. Políticos, periodistas -e incluso- economistas claman por reducir la inflación pero, casi al mismo tiempo, suelen afirmar que el gasto estatal es “inflexible a la baja”. Esta muletilla, que tiene mucho de dogma y poco de juicio racional, se ha popularizado a través de los tiempos, hasta convertirse en una especie de máxima económica.

“Quizás exista aún alguna esperanza de que los socialistas democráticos se den cuenta de aquello que sus antecesores, los Conservadores, no observaron, principalmente que la causa fundamental de la inflación es el excesivo gasto del gobierno y que todas las normas sobre precios y salarios en el mundo no acarrearán el bienestar económico hasta que el Gobierno ponga su propia casa en orden.”[1]

La concatenación es clara y debería ser sencilla de observar por parte de los que hablan a diario del tema. Cuando el gasto del gobierno supera un cierto límite (y siempre -o muy a menudo- lo excede) los métodos previstos para sufragarlo ya no son suficientes, y se hace necesario echar mano a otros recursos. Conforme hemos visto antes, la manera legal de costear el gasto gubernamental es a través de los impuestos. Y decimos “legal” en virtud de que así debe estar determinado previamente en la ley de presupuesto de la nación. Cuando los fondos fiscales son inferiores a los gastos, y la curva de Laffer hace sentir sus típicos efectos, los gobiernos recurren a la inflación.

“Tal vez la prioridad número uno sea una disminución, aunque gradual, del gasto público; el gasto del gobierno y su administración deben equipararse con los impuestos si se desea reestablecer el equilibrio monetario en la economía inflacionaria. En un grado mucho menor, los controles de salarios podrían cumplir una función breve y de importancia “cosmética” en la reducción de las expectativas relativas a los incrementos de precios, reduciendo la propensión marginal de los individuos a consumir, y preparando al país para reducciones en la prestación de servicios por parte del Gobierno.”[2]

En realidad, la solución final es reducir el gasto estatal al mínimo indispensable. Para lo cual, como es sabido y tantas veces hemos dicho, se hace necesario redefinir las funciones que debe cumplir un gobierno (a veces se expresa con la alocución “funciones del estado”. Es mas preciso hablar de “gobierno” porque el que gasta es este y no el estado-nación en su conjunto). Es importante para ello entender que, allí donde las funciones estatales se expanden implica en forma automática una congrua contracción de las actividades de los particulares (individuos y empresas). Como con meridiana sabiduría ha enseñado el profesor Ludwig von Mises, por cada peso que gasta el “estado” habrá un peso menos para que gasten los privados. Si con el objetivo de costear el gasto estatal el gobierno echa mano a la inflación (conforme lo hace con frecuencia), normalmente los problemas que se pretenden solucionar se agravan, como sucede con las políticas monetarias activas:

“La mayoría de las crisis financieras tienen su origen en causas macroeconómicas y el problema se propaga con base en el sistema de reservas fraccionarias y los seguros de depósito que no cumplen con los criterios de Sjaastad. Entre las causas detonantes de origen macroeconómico están las que surgen de políticas económicas que son inconsistentes en el tiempo. Por ejemplo, ha sido muy común que países con alta inflación hayan usado el tipo de cambio como ancla para estabilizar la economía. La mayoría de esos países fracasaron en estabilizar la economía por no usar una política fiscal congruente con la del tipo de cambio. No lograron la estabilización y terminaron en una crisis bancaria.”[3]

Mas que inconsistentes en el tiempo, cabria hablar de políticas económicas que son incompatibles entre sí. Entre ellas ocupan un lugar destacado los controles de todo tipo, inclusive los mas populares que son los controles de precios. Cabe considerar que fijar el tipo de cambio no es más que un control de precio como cualquier otro, la diferencia distintiva es que lo que se regula es la paridad a que debe estar una moneda respecto de otra, o de un conjunto de diferentes signos monetarios entre sí. En el caso que analiza el autor en comentario, la eclosión vino como consecuencia de no querer reducir la inflación (en verdad, no poder, saber o querer reconocer los orígenes de la misma), y -por las mismas razones- no bajar impuestos,  ni tampoco querer resignar la política expansiva del gasto estatal. Y así:

“Por ejemplo, Argentina y Chile durante los primeros años de la década del 1980. Argentina uso una tabla de devaluación prefijada y preanunciada desde diciembre de 1978 hasta febrero de 1981. Su política crediticia también tenía una tabla que era consistente con la tabla del tipo de cambio. Sin embargo, una política fiscal de aumento del gasto público generó un endeudamiento público creciente. También el sector privado se endeudó debido a que había gran liquidez internacional con tasas de interés muy bajas. Cuando fue obvio que la única manera en que el gobierno argentino podía pagar su deuda externa era no pagando la interna, el tipo de cambio fijado explotó. Esto causó un problema muy grande tanto en el portafolio de los bancos como a quienes tenían sus deudas bancarias en dólares, generando una crisis bancaria donde el fraude también encontró un clima propicio.”[4]

El anclaje del tipo de cambio y el sistema de devaluaciones programadas no solucionan -de ninguna manera- una política ampliatoria de gasto estatal que se pretende financiar con los mecanismos habituales: presión  fiscal, endeudamiento y –finalmente- inflación, a los que se apela cuando van fracasando los planes de ingeniería social y económica que se elaboran desde las esferas del poder.

[1] Robert L. Schuettinger – Eamonn F. Butler. 4000 Años de Control de Precios y Salarios. Cómo no combatir la inflación. Prólogo por David L. Meiselman. Primera Edición. The Heritage Foundation. Editorial Atlántida – Buenos Aires. Pág. 169

[2] Robert L. Schuettinger – Eamonn F. Butler. 4000 Años de Control…Ob. cit. Pág. 188

[3] Valeriano F. García. Para entender la economía política (y la política económica). Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos México, D. F. 2000. pág. 98

[4] Valeriano F. García. Para entender la economía política…ob. cit. pág. 98

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La marcha del #1A

Por Gabriel Boragina Publicado  el 7/4/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/04/la-marcha-del-1.html

 

Se han dado muchas lecturas a la marcha ocurrida el 1 de abril en la Argentina. En esta oportunidad desearía dar la mía. Yo no creo mucho ni soy amigo de las manifestaciones en la vía pública. Siempre entendí que no es el ámbito adecuado para expresarse (de la manera que fuere) pero dejando de lado mis preferencias personales, y dado que -al parecer- la tendencia se dirige por esa vía, será conveniente dar mi visión sobre los móviles de esta nueva marcha. Digo nueva porque ha habido anteriores de muy distinto signo en las semanas que precedieron a la del #1A, pero esas fueron todas opositoras al gobierno de Cambiemos.
Una de las cosas que me llamó la atención fue haber escuchado a varios periodistas decir que la marcha de #1A combinó elementos que, si bien apoyaban al gobierno al mismo tiempo le reclamaban un “cambio”. Dado que estuve en la marcha y hablé con mucha gente en el lugar, debo decir que mi impresión no fue exactamente esa. Tanto en los cánticos como en las conversaciones mantenidas con los asistentes percibí un claro clima de apoyo total y completo al presidente Macri. No escuché quejas ni reclamos. Y -menos aun- pedidos de “cambios de rumbo”.
Esto me permite reafirmar algo que vengo expresando desde que asumió el gobierno de Cambiemos, y es que, tanto el electorado del mismo como la gente que acudió en su apoyo el día indicado, no esperan un “cambio de rumbo” sino una continuidad en la política encarada por el presidente Macri y su equipo.
El partidario de Cambiemos entiende que el cambio se operó el día que aquel asumió la presidencia. Y la marcha -en mi percepción- es un claro aval a que se continúe en el camino llevado hasta el presente. Quizás, algunos prefieran otros cambios cosméticos menores. Pero -en lo principal- la gente avala (y así lo hizo saber el #1A) tanto el rumbo económico como el político del partido de Macri.
Hubo claras expresiones de apoyo, tanto hacia el sistema democrático, como respecto de las personas de Mauricio Macri y María Eugenia Vidal (gobernadora de la provincia de Buenos Aires). Cánticos contra dirigentes gremiales (por ejemplo Baradel, secretario general de un gremio docente contrario al gobierno y promotor de paros en su sector). Pero, lo que en ningún momento percibí ni nadie me lo dijo en el lugar fue disconformidad, reclamos o “cambios” de rumbo a lo que el gobierno ha venido haciendo hasta ese momento. No se pues de donde podría provenir ese comentario de que la gente que estaba allí reclamaba un “cambio” al gobierno.
He leído de amigos liberales que esperan que, después de la marcha, el gobierno de Macri dé un giro hacia una política económica más orientada a una economía de mercado y menos populista. Sigo pensando que se ilusionan con algo que no forma parte ni del gobierno ni de su base electoral. Ya he escrito que tanto Macri como la mayoría de su equipo no son proclives hacia el liberalismo ni el mercado libre, sino que su pensamiento económico se encuentra más cercano al desarrollismo (al estilo del ex presidente Arturo Frondizi) que al de un mercado libre de injerencias gubernamentales. Y –repito- el electorado de Cambiemos votó precisamente por este modelo económico, y no por un laissez faire que no dudo que sería lo ideal, pero insisto, no lo veo en los planes a corto y mediano plazo de este gobierno.
En las redes sociales, los macristas apoyan entusiastamente cada nuevo anuncio de obras públicas encaradas por el gobierno. Va de suyo que, un modelo desarrollista como el que ha emprendido el gobierno demanda la elevación del gasto público y -por consiguiente- su respectivo financiamiento a través de los únicos medios que el gobierno puede hacerlo: impuestos, inflación, deuda. Si el trayecto esperado por los macristas es este, vano es que los liberales nos esperancemos con bajas del gasto, impuestos y deuda pública. Por el contrario, podemos esperar iguales niveles de ellos a los actuales e inclusive aumentos significativos en los tres o algunos de los tres.
Algunos dicen que el gobierno no tiene un plan económico. Yo opino que lo tiene, sólo que no lo ha hecho explicito. Y, en todo caso, el plan está a la vista y en ejecución: obra pública, tanto estratégica como de infraestructura. Al menos hasta el momento, así se percibe.
Claro que coincido con mis amigos liberales que este no es el itinerario correcto. Pero no me convenzo con un giro del gobierno hacia el liberalismo, simplemente porque no juzgo que esté en las convicciones de sus dirigentes, y menos aun en la de su electorado.
Por definición, el modelo desarrollista (que puso en práctica el gobierno) ha de conllevar un grado importante de proteccionismo. También se puede decir que el desarrollismo no es más que una modalidad del proteccionismo. Por lo que es también esperable que las barreras aduaneras, aranceles y otras regulaciones contrarias al libre comercio se mantengan, quizás algo más atenuadas, porque también es de la esencia del desarrollismo la inversión extranjera y no excluyentemente la nacional. Claro que es difícil sino imposible lograr inversiones con alta presión fiscal, pero no es extraño imaginar que el gobierno combine y calibre ambos mecanismos. Lo cierto es que el electorado y la gente que fue a la convocatoria del #1A apoyan todo esto, pese a que como liberales sabemos que no es el camino acertado, y que -en largo plazo- este tipo de política economía no conduce a buenos resultados, sino que, por el contrario tiende a agravarlos.
Otros quisieron establecer comparaciones entre la marcha del 8N y esta. Conceptúo que no hay comparación posible, por muchos factores. Entre ellos, el más importante que la del 8N fue en contra del gobierno del FPV y la del #1A fue a favor de un gobierno y no en contra. En la del 8N si se le reclamaban cambios -y profundos- al FpV (los que finalmente no se llevaron a cabo nunca). Otro cantar fue el de la manifestación del #1A. Insisto, estuve presente y no escuché reclamos por “cambios”, sino apoyo explicito al derrotero encarado por Cambiemos.
Finalmente, me queda expresar porque fui. En mi caso, mi presencia fue en apoyo del sistema democrático y republicano de gobierno. Particularmente preocupado por la reivindicación que se hizo una semana antes por las Madres de Plaza de Mayo hacia el terrorismo guerrillero de los años 70. Esta fue mi mayor motivación para concurrir. Quienes me conocen saben que mi opción siempre será por un régimen democrático, republicano y liberal del gobierno.
Como dejé explicado, considero que el gobierno debería cambiar el recorrido  económico y dirigirse a una economía de libre mercado pleno. Pero -al mismo tiempo- soy consciente que, de los allí presentes, seriamos muy poquitos los que pensábamos lo mismo. El grueso de los manifestantes está conforme con la línea que lleva el gobierno, política y económicamente, mal que nos pese a los liberales.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero