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El impacto colateral de la guerra EE.UU. con China

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 10/4/18 en: https://alejandrotagliavini.com/2018/04/10/el-impacto-colateral-de-la-guerra-ee-uu-con-china/

 

Los políticos suelen ser voluntaristas. Así, Macri dijo que espera que la visita de Rajoy “ayude a convencer a los españoles… de que… no van a encontrar… un país que los reciba con tanto afecto”. ¿Afecto? Los capitales no se mueven por afecto, sino por eficiencia, gracias a Dios, de otro modo se perderían, se perdería el trabajo de todas las personas que intervinieron para juntar esos fondos. Los afectos son para cosas más importantes que el dinero.

El año pasado Macri fue recibido en España, precisamente, con mucho afecto… pero los capitales nunca llegaron, por suerte, ya que hubieran sido malgastados dado que, más allá de algunos sectores apalancados por el gobierno como la construcción -a un costo exorbitante que en su momento habrá que pagar-, el resto no es atractivo debido al “costo argentino” empezando por la carga fiscal.

Por caso, según la fundación Pro Tejer, una remera por la que el consumidor paga $ 100, tiene un costo de fábrica de solo $ 8.50, un 50.3% son impuestos, 9% se va en logística y comercialización, 12.2% se lo llevan los bancos, 12.7% se destina a alquileres, 4.8% es la rentabilidad de la marca y el 2.5% se va en publicidad y diseño. Este costo fiscal exorbitante explica que, en los shoppings, el 70% de la ropa sea importada. Claramente no conviene producir localmente y, por tanto, tampoco invertir.

El gobierno dice que la presión fiscal baja. Pero eso no se condice con la recaudación que, por ejemplo, en marzo aumentó 37% -exceptuado el efecto del blanqueo de 2017- respecto del mismo mes del año anterior, superando a la inflación -en torno al 25%- sumada al crecimiento del 4% anualizado, en el primer trimestre, según desliza el oficialismo.

Al mismo tiempo, confundiendo a la opinión pública, el oficialismo argumenta que este aumento de la recaudación se debe a la reactivación. A ver, el aumento está justificado sobre todo por el IVA Impositivo que creció 57.3%, contra marzo del año pasado, gracias a los dibujos ya que, parte de la percepción de “combustibles” y otras alícuotas, se computaron como IVA con lo que se agregaron unos 7 puntos.

Por cierto, aumentar las barreras aduaneras para que entren menos productos importados sería contraproducente y, entre otras cosas, presionaría hacia un aumento de la “inflación”, el IPC, al sustituir importados por productos nacionales más caros. Y la cosa no está para bromas. La “inflación” núcleo se disparó en marzo y podría llegar al 2.8% en CABA por encima del nivel general del 2.35%, según FIEL.

Y en esto podría impactar la guerra comercial entre China y EE.UU., bajando los precios en Argentina a costa de aumentar las importaciones. Trump está asustado porque el déficit comercial con China creció el año pasado 8%, hasta los US$ 375.200 M. Aunque Beijing tiene otra versión: el superávit con EE.UU. es de US$ 275.810 M, un récord pero menor (en US$ 100.000 M) a lo calculado por Washington. El comercio con la primera potencia mundial generó el 65% del superávit comercial chino global.

 

Así, Trump ha empezado su guerra comercial contra China, pero sin toda la artillería. Según Standard & Poor´s, los aranceles que aplicaría EE.UU. afectarían al 12% de los productos chinos, con lo que suena más a una estrategia negociadora cuyo objetivo es reducir el déficit en US$ 100.000 M. Beijing contraataca donde puede hacer más daño. La agricultura generó más de 19.000 M en exportaciones hacia China en 2017. La segunda mayor partida son aviones comerciales, con 16.260 M, seguida por los automóviles, con 10.500 M. Estas tres categorías serían aranceladas por China en caso de que Trump acabe por oficializar esta nueva ronda de aranceles contra productos de alta tecnología chinos.

Así las cosas, el riesgo real de una guerra comercial es bajo y con poco impacto en Argentina, pero podría derivar hacia otro lado. Según Bloomberg, el gigante asiático no descartaría una futura devaluación del yuan lo que impulsaría la exportación, aunque también conllevaría otros riesgos. Entre ellos, estarían los relacionados con el pago de la deuda de las empresas locales y sus efectos devastadores en los mercados, como sucedió en el verano de 2015 y, además, alimentaría una respuesta más dura por parte de las autoridades estadounidenses.

Beijing, que había devaluado el yuan en varias ocasiones durante 2015 y 2016, se comprometió a no utilizar la guerra cambiaria. Pero desde la llegada de Trump a la presidencia de EE.UU., el yuan acumula una subida del 9% contra el dólar.

En fin, si resulta cierto, como informa Bloomberg, que las autoridades chinas estarían analizando el efecto del uso de la divisa como herramienta de negociación con EE.UU. y las implicaciones futuras de la devaluación de la moneda ante cualquier impacto comercial, lo cierto es que una devaluación del yuan contra un peso -ya sobrevaluado- provocaría una mayor inyección de productos chinos en Argentina.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

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Ese diabólico “neoliberalismo”

Por Gabriel Boragina Publicado el 1/4/18 en:   http://www.accionhumana.com/2018/03/ese-diabolico-neoliberalismo.html

 

 

Abordo nuevamente el examen de la voz “neoliberalismo” porque parece ser que otra vez se ha puesto de moda entre nosotros, y que persisten las confusiones en cuanto a su sentido correcto. Me veré obligado a citarme a mí mismo en algunos pasajes de esta exposición, para poder tener un mejor panorama del tema, ya que lo he explicado varias veces y, en este caso, es importante la reiteración.

Es de notar que, el término es empleado -mayoritariamente- por los enemigos declarados o no ostensibles del liberalismo. Los liberales tenemos en claro que el “neoliberalismo” no es liberalismo.

“Los antiliberales usan como sinónimos las palabras *liberalismo* y *neoliberalismo*. Pero en realidad, estas dos palabras no significan lo mismo. Esto se revela cuando se le pide al antiliberal que describa lo que según él es el *neoliberalismo*. Entonces citan como ejemplo países con monopolios, impuestos altos, salarios bajos, desempleo, elevado gasto público, inflación, etc. Sin embargo, todas estas cosas no son fruto del liberalismo sino de su contrario del antiliberalismo. Y es curiosamente al antiliberalismo al que se le llama *neoliberalismo*, con lo cual la confusión que tienen los antiliberales es mayor todavía, porque no se reconocen como culpables de las políticas que propician, ni de los resultados que ellas producen, que no son más que los nombrados antes en parte.”[1]

“Neoliberalismo” es pues -en definitiva- antiliberalismo.

En la cita que sigue tenemos un ejemplo de un desconocedor, tanto de liberalismo como del “neoliberalismo”. Veamos lo que dice:

“Si dejáramos a la sociedad a su suerte, sin nadie que planifique y dirija, tal vez llegáramos a la sociedad perfecta del neoliberalismo, pero creemos más bien que la entropía sería cada vez mayor.”[2]

El “neoliberalismo” no deja “a la sociedad a su suerte” sino todo lo contrario: interviene en la misma, la planifica y la dirige. Es decir, la cita llama “neoliberalismo” a las consecuencias prácticas del estatismo o dirigismo (contrarios al liberalismo). Demuestra ignorar mucho. Sobre todo, que, en el liberalismo, la sociedad -en rigor- no existe, sino que hay individuos que actúan en su nombre. Estos individuos (todos nosotros, incluyendo el autor criticado) son los que planifican y dirigen, no a la “sociedad” en sí misma, sino esas personas a cada una de sus propias vidas particulares, las que -en conjunto- simplemente denominamos “sociedad”. El liberalismo no aspira a una sociedad *perfecta*, toda vez que la perfección es ajena a lo humano. Desea una sociedad cada vez más justa, más abundante y rica en bienes y servicios para todos, gozando de liberad para producir lo que cada uno quiera, y para desempeñarse en lo que se encuentre más capacitado, enriqueciendo a sus semejantes para prosperar el mismo. Este es uno de los objetivos del liberalismo.

“A los partidarios del mercado libre nos acusan con asiduidad de defender al “neoliberalismo“. Vaya uno a saber “qué cosa” podría ser para nuestros detractores el famoso “neoliberalismo”, que -en rigor- no pasa de ser un término peyorativo que usan todos los que no saben nada del verdadero liberalismo, excepto que esta última palabra no les gusta.

Cuando se piden “ejemplos” de “neoliberalismo” se suelen citar países con altos impuestos; monopolios de diverso calibre pero, habitualmente, en manos privadas por decreto o por ley nacional; desempleo; estímulos a las exportaciones; endeudamiento público (en rigor, estatal) y privado y, muy en general, a las políticas económicas seguidas -con desemejantes variantes y grados- en EEUU y Gran Bretaña, y en otras naciones latinoamericanas, durante las décadas de los años 80 y 90 del siglo XX, según los casos. Pues bien, si es a esto lo que se considera “neoliberalismo” ha de saberse que -en lo personal- no soy defensor del “neoliberalismo”.[3]

El instrumento favorito del “neoliberalismo” es la suba de impuestos, con la excusa de ser el “único” medio disponible para reducir el déficit fiscal. A esto se le llama el “ajuste neoliberal”. En tanto, el liberalismo -en cambio- enseña que (por el contrario) los impuestos deben comprimirse, a la par de la baja del gasto público.

“En realidad, las políticas económicas mencionadas anteriormente y que se atribuyen al “neoliberalismo“ no son otra cosa que lo que Ludwig von Mises (y con él la Escuela Austriaca de Economía habitualmente) designó con el nombre de intervencionismo, también llamado otras veces sistema “mixto”, “hibrido”, “dual”, “intermedio”, etc. que -en definitiva- poco o nada tienen que ver ni con el verdadero liberalismo ni con el capitalismo que, como hemos señalado en otras oportunidades, constituye este último “el anverso” económico de “la moneda” del liberalismo. No han faltado tampoco quienes han rotulado aquellas políticas con el nombre de mercantilismo, que -en resumidas cuentas- no viene a ser, a nuestro modo de ver, más que una especie del intervencionismo.

Tal ya se ha explicado, como corriente filosófica, moral, política o económica el “neo-liberalismo” no existe. Y el empleo de dicho término a nada conduce, si lo que se pretende con el mismo es atacar al liberalismo, habida cuenta que este último nada tiene en común con aquel. En el mejor de los casos, el “neoliberalismo” podría entenderse como un periodo de transición de una economía socialista a otra economía de tipo liberal/capitalista. Pero en la medida que la transición se detenga y no se opere, el “neoliberalismo” no obtendrá resultados diferentes a los que consigue el intervencionismo. El llamado “neoliberalismo” sólo tendría razón de ser si su meta es llegar al liberalismo y no en ningún otro caso.”[4]

Es preferible -en doctrina correcta- continuar usando las frases estatismo, intervencionismo, dirigismo, colectivismo, socialdemocracia, populismo, etc. y no “neoliberalismo”, ya que aquellas expresiones reflejan mucho mejor que este último lo que se quiere representar con él (las tremendas consecuencias ineludibles de aquellos sistemas).

El vocablo “neoliberalismo” sirve también para estos otros propósitos:

  1. Busca desprestigiar al verdadero liberalismo, atribuyéndole los fracasos de las políticas estatistas.
  2. Enmascara los magros resultados de estas políticas, recubriéndolas con un nombre distinto (“neoliberalismo”). Cuando los gobiernos socialistas fracasan o colapsan (como irremediablemente -a la larga o a la corta- termina siempre sucediendo) inmediatamente culpan de ello al “neoliberalismo”. Cuando -según sus particulares parámetros- obtienen algún “logro” lo atribuyen al socialismo que practican. Pero ambas terminologías traducen el mismo significado: el gobierno interfiriendo en los asuntos particulares, económicos y no económicos.
  3. Es una palabra cómoda para los estatistas de todo signo (izquierda, centro o derecha) para eludir sus sentimientos de culpa por sus yerros.

[1] http://www.accionhumana.com/2015/04/liberalismo-mano-invisible-y-mercados.html

[2] Javier Bellina de los Heros – memoriasdeofeo.blogspot.com

[3] http://www.accionhumana.com/2015/02/economia-neoliberalismo-y-capitalismo.html

[4] Ibidem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Educación, gasto e incentivos

Por Gabriel Boragina Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/02/educacion-gasto-e-incentivos.html

 

“Como todos los años, el inicio del ciclo lectivo aparece condicionado por la amenaza de paros docentes. Si bien la situación es diversa según la provincia, es altamente probable que para la mayoría de los alumnos el comienzo de las clases no sea dentro de las fechas previstas. En el caso de la provincia de Buenos Aires, el distrito que por su tamaño tiene incidencia en el resto del país, la oferta del gobierno se integra por una recomposición salarial en línea con la meta de inflación del año 2018 más un adicional por presentismo.”[1]

El problema de fondo -como tantas veces hemos insistido- es la educación estatal (mal llamada “pública”, porque, en realidad, es restrictiva y coercitiva). Los artilugios salariales no han solucionado nunca el problema educativo estatal y, recurrentemente, desde hace décadas la situación que describe el informe se viene repitiendo, al tiempo que las recetas de su posible solución siguen siendo las que el mismo informe sugiere, las que ya se han ensayado, una y otra vez, a lo largo de una extensa experiencia histórica en materia educativa.  La educación estatal presenta un problema doble: tanto de incentivos como de desfinanciamiento. Por un lado, el hecho de estar amparado el maestro estatal por el régimen de la estabilidad del empleado público le asegura que su nivel de “eficiencia” en su desempeño será del todo irrelevante a los fines de continuar percibiendo su estipendio por brindar un servicio malo y de pobrísima “calidad”. Por otro lado, al no estar sujeto a la competencia del mercado, el maestro o profesor estatal carecen de estímulos para mejorar y desarrollar sus posibles “potencialidades” en la enseñanza.

“El presentismo es una herramienta rudimentaria y polémica. Se justifica cuando hay un uso abusivo de licencias por enfermedad debido a la permisividad de las normas y de los sistemas de control. Pero si las tasas de ausentismo docente fueran similares al resto de los trabajadores el pago por cumplir con la obligación de ir a trabajar no es necesario.”[2]

El “presentismo” no tiene ninguna razón de ser, excepto en un esquema de ineficiencia económica como es el estatal en todos los órdenes que se examinen. Se supone que, cuando se contrata un empleado se le paga lo que acordaron libremente las partes, y que cada una recibe lo pretendido. Pero, en el marco de un acuerdo privado es totalmente válido convenir algún adicional, bonificaciones o premios. Lo que no es tolerable es hacerlo en el ámbito del empleo público, porque con lo que se está “negociando” es con los recursos del contribuyente, es decir, el de todos aquellos padres que envían a sus hijos tanto a escuelas del estado como a las “privadas”. Por otro lado, es un despropósito otorgar premios por presentarse a trabajar. Esto tiene sentido cuando la recompensa es por aumento de productividad, lo que nunca puede producirse en la esfera del área estatal en ningún campo.

“Resulta muy sugerente que ninguna provincia publique información sobre presentismo en educación. De todas formas, con datos del Ministerio de Educación de la Nación se puede hacer una aproximación. Según esta fuente, tomando a todas las escuelas primarias del Estado del país entre el 2004 y el 2015 se observa que:

* La cantidad de alumnos matriculados bajó desde 3,66 a 3,31 millones de niños, es decir, hay 350 mil niños matriculados menos.

* La cantidad de cargos docentes frente a alumnos subió desde 244 mil a 285 mil cargos, es decir, hay 41 mil cargos docentes más.

*  Esto significa que la cantidad de alumnos por cargo docente bajó de 15,0 a 11,6.

“Estos datos muestran que las escuelas primarias del Estado tienen cada vez más docentes y menos alumnos. La reducción de la matrícula en las escuelas estatales no es fruto de la deserción escolar (que en primaria es baja), sino de la fuga de los padres hacia las escuelas privadas. Prueba de ello es que en el mismo período la matricula en escuelas privadas subió de 982 mil a 1,24 millones de niños. Estas tendencias sugieren que el ausentismo en las escuelas del Estado es alto y que esto es percibido por las familias que optan por migrar hacia las escuelas privadas. En tanto, se siguen creando cargos en el Estado hasta llegar a la irracionalidad de crearse un nuevo cargo docente por cada 8 niños que dejan las escuelas estatales.” [3]

Variaciones en la matrícula y cargos docentes en escuelas primarias del Estado

2004 – 2015

La circunstancia de que cada vez haya más “docentes” (es una forma benévola de llamarlos) estatales y menos alumnos está indicando a las claras que se están destinando mayores dosis de recursos al área estatal educativa. Esto significa (en términos lisos y llenos) que el sector privado educativo tiene -en esa misma o mayor proporción- menos fondos. Porque, lo que pocas veces se menciona en estos análisis, es que -como explicaba el profesor Ludwig von Mises- por cada centavo que el gobierno gasta significa que hay un centavo menos para gastar por parte del ciudadano de a pie. En otras palabras, se produce un proceso de desinversión en el área educativa privada, y muchos proyectos de padres orientados a financiar escuelas y centros educativos particulares se ven frustrados por la intromisión estatal en el área.

Este es el verdadero problema, que no se cita en el informe ni en muchos otros. El “presentismo” educativo es un incentivo a la vagancia, y a posteriores reclamos por los consabidos “derechos adquiridos” y las falsas “conquistas sociales” que siempre esgrimen los sindicalistas que, amparados por privilegios y prebendas como la legislación fascista de la “personería gremial”, se permiten extorsionar a los gobiernos para que succionen más recursos de los contribuyentes, vía impuestos y otras estratagemas y artilugios legales, con tal de ver sus ingresos y arcas sindicales y las de sus afiliados y seguidores cada vez más rebosantes, frente a las más lánguidas de los castigados contribuyentes.

No hay que premiar el “presentismo”, sino que hay que castigar el ausentismo de manera ejemplar, con inapelables descuentos de haberes por incumplimientos a las pautas contractuales.

[1] IDESA: “DISMINUYE LA MATRICULA, PERO AUMENTA EL PLANTEL DOCENTE” informe del 25 de febrero de 2018 – Número 745

[2] IDESA, ibidem.

[3] IDESA, ibidem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿Qué proponen los libertarios y por qué habría que escucharlos?

Por Adrián Ravier.  Publicado el 17/1/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/Que-proponen-los-libertarios-y-por-que-habria-que-escucharlos-20180116-0099.html

 

Libertarios en la Argentina ha habido siempre. En su historia habrá que retroceder al menos unas cuantas décadas para ver que en los años 1950 Alberto Benegas Lynch padre fundaba, junto a algunos empresarios, el Centro para la Difusión de la Economía Libre, luego llamado Centro de Estudios para la Libertad. En estos centros se ofrecieron conferencias y publicaciones de libros de variados autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Leonard Read, Henry Hazlitt, Israel Kirzner o Murray Rothbard. Quizás haya algún lector que recuerde las seis conferencias multitudinarias de Mises en la UBA en 1959. Desde ya que la diferencia entre un liberal como Hayek y un libertario como Rothbard, fue siempre motivo de disputas internas entre libertarios, pero hoy no nos vamos a detener en ello. Más bien, los tomaremos como compañeros de camino.

La posta la tomó su hijo Alberto Benegas Lynch (h), hoy Presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, quien fundó en 1978 la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE), creando los primeros posgrados en Argentina. En sus cuatro Maestrías en Economía y Ciencias Políticas, Economía y Administración de Empresas, Derecho Empresario y Activos Financieros, los alumnos recibían los fundamentos para defender la libertad individual, la propiedad privada, la economía de mercado y el gobierno limitado, además de los conocimientos específicos de cada programa.

Muchos de estos alumnos a su vez, formaron numerosas fundaciones e institutos pro mercado en distintas provincias, que como efecto cascada formaron a miles de jóvenes en las ideas de la libertad. Estos jóvenes hoy quizás no son docentes o académicos prestigiosos (aunque algunos lo son, como el Dr. Eduardo Stordeur o el Dr. Nicolás Cachanosky), pero lideran y gerencian distintos departamentos de las principales compañías del país.

Martín Krause lo sucedió a Alberto Benegas Lynch (h) como Rector de este Instituto Universitario, donde también pasaron excelentes docentes como Juan Carlos y Roberto Cachanosky, Gabriel Zanotti, Enrique Aguilar, Gustavo Matta y Trejo o Ricardo Manuel Rojas (sin ánimo de ser exhaustivo).

¿Qué proponen los libertarios para esta Argentina? En una Argentina donde ya no podemos pensar la educación, la salud, las jubilaciones y pensiones, el cuidado del medio ambiente o la administración de la moneda y los bancos sin el ente gubernamental como principal regulador, los libertarios proponen un debate necesario. Repensar una Argentina en la que podamos prescindir del Estado. Aspiran a que cada argentino pueda pagar su propia educación y la de sus hijos; que pueda cubrir sus costos sanitarios; que pueda elegir cómo y cuándo jubilarse y que su pensión dependa de los montos y años de aporte. Proponen, en definitiva, libertad y responsabilidad, para terminar con la “estatolatría” donde el Dios Estado es el que ofrece empleo y garantiza seguridad social porque, de hecho, jamás ha garantizado otra cosa que pobreza. Repensar una Argentina donde este flagelo sea gradualmente erradicado a través del mercado, como viene ocurriendo en gran parte del mundo, incluidas China y la India (ver El Gran Escape de Angus Deaton). Donde la libertad de empresa y la iniciativa privada sean el motor del empleo genuino, de la innovación, de la creatividad y de las oportunidades para alcanzar una vida mejor. Donde la igualdad que importa es “ante la ley”.

En una Argentina donde la policía respalda a las mafias, los libertarios piden, siguiendo a James M. Buchanan, desconfiar de la política, lo que en definitiva es fundamento para un gobierno limitado.

¿No es esto una utopía? Una sociedad sin estado es irrealizable en esta Argentina, sin dudas. El libertario desde luego está dialogando en un “plano ideal” que a muchos les parecerá lejano. Está debatiendo para una sociedad futura, donde posiblemente la cultura anti-capitalista sea abandonada por otras creencias pro-mercado. Le preocupa entonces definir cuánto estado haría falta en ese estado ideal, y llega a la conclusión de que no sería necesario ninguno, ni siquiera en justicia o seguridad.

Pero al margen de ese debate puro, también hay un mensaje que puede ser útil para nuestra Argentina y que deberíamos escuchar.

¿Cuál es este mensaje? Que la Argentina presenta un gasto público desbordado que aunque se pudiera financiar cubre necesidades de gente que no necesita la ayuda estatal. El primer paso entonces es desmantelar ese Estado que ayuda al que no lo necesita. Que aquellos que pueden pagar educación o salud para sí y para sus familias, lo hagan. Que aquel que puede tener su propia pensión la tenga. Que aquel que puede pagar servicios públicos que cubran los costos lo haga. Que aquel que puede pagar el precio real del combustible lo pague también. De ese modo reducimos la mochila de impuestos, deuda e inflación que recae sobre las empresas y que evita que sean competitivas en un mundo abierto y globalizado. De ese modo habría empleos y mejores salarios reales para todos.

¿Y qué ocurre con los que no pueden pagar estas cosas? Para la educación y la salud existe la propuesta de vouchers de Milton Friedman. El libertario lo aceptará en la transición, aunque insistirá que ese dinero de los cupones sale del bolsillo del contribuyente y que sólo será temporal.

Para las pensiones se deberá crear un sistema privado de aporte voluntario, que no tiene relación con lo que hubo durante el menemismo, y ni siquiera con el sistema que hoy rige en Chile. El sistema libertario de pensiones no necesita que el gobierno autorice a ciertas empresas a operar, ni que fije comisiones, sino que simplemente se haga a un lado y permita la competencia. El mercado operará bien en su ausencia, como de hecho ocurre con la gran mayoría de bienes y servicios. Desde luego que para cubrir a los actuales pensionados se necesitarán pagar impuestos, pero debemos distinguir entre la solución al problema actual donde el Estado se consumió los ahorros de los actuales jubilados respecto del sistema previsional para el futuro.

Comparar al oficialismo con el mensaje libertario muestra lo moderado del gobierno de Mauricio Macri, que si bien en anuncios y conferencias promueve cierto relativo liberalismo, en la práctica encuentra inacción, quizás por los obstáculos que el libertario muchas veces pasa por alto.

Y aquí viene la pregunta: ¿Propone el libertario desmantelar hoy al Estado por completo? Habrá quien lo proponga, pero no es lo más usual. El libertario entiende que el Estado está sobredimensionado y sabe que corregir esto sólo puede redundar en mayor calidad de vida para todos. Sabe que en el plano político, la prioridad del gobierno es mantener el orden público, y que eso sólo se consigue atendiendo a lo que es políticamente viable en cada momento. Es por eso que la regla general que el gobierno debe seguir es bajar el gasto todo lo posible, mientras pueda mantener el orden público.

Y allí encontramos el gran dilema, ya que cierta mentalidad anti-capitalista impide avanzar en reformas profundas como las que el libertario propone. En este sentido, mientras el libertario busca abrir el debate en un plano teórico, también acepta en la política pública una transición ordenada que no deje a nadie sin sustento. En la búsqueda de ese camino está claro que ambos roles, el académico y el político, se deben retroalimentar.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

 

Anuncios económicos: sigue un gradualismo inconsistente

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 2/1/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/01/02/martes-anuncios-economicos-sigue-un-gradualismo-inconsistente/

 

Sturzenegger, Peña, Dujovne y Caputo. (Adrián Escandar)
Sturzenegger, Peña, Dujovne y Caputo. (Adrián Escandar)

La conferencia de prensa del jueves pasado fue un fiasco desde el punto de vista de las expectativas que había generado. En rigor, los tres ministros y el presidente del BCRA se limitaron a decir una sola cosa clara: la inflación no va a ser del 10% en 2018 como inicialmente se había anunciado sino que será del 15%. El resto fue un discurso confuso que lejos estuvo de generar expectativas positivas en los agentes económicos.

A esta altura del partido, me parece que nunca terminan de transmitir en forma clara las medidas económicas y tienen tantas marchas y contramarchas por la sencilla razón que ni ellos tienen en claro qué quieren hacer con la economía. O, para ponerlo de otra forma, no tienen en claro cómo lograr ciertos objetivos como bajar la pobreza, la inflación, generar más inversiones, etcétera. Como se niegan a tener un plan económico, se mueven por impulsos y se presentan inconsistencias en la política económica que producen estas contradicciones. Ejemplo: tuvieron que cambiar de estimación de inflación porque ya la pifiaron en 2017 e iban a volver a pifiarla en 2018, pues no hay consistencia entre la política fiscal y la política monetaria.

Es claro que el presidente Macri no quiere tener un ministro de Economía que lleve adelante un plan económico completo. Prefiere ir tomando medidas aisladas y sin que un ministro tenga mucho poder como ocurrió con varios ministros de Economía en décadas pasadas. En ese sentido sigue la misma estrategia de Néstor Kirchner, que nunca quiso tener un ministro de Economía fuerte. Recordemos que tuvo un ministro de Economía, Fernández, que si mal no recuerdo, nunca llegó a hablar en público.

Sin embargo, Macri tiene un ministro fuerte, que es su jefe de Gabinete, a quien parece confiarle el manejo de la economía, pero no tenemos evidencias que esté preparado para esa tarea. En todo caso podrá lograr que el Gobierno aguante a fuerza de endeudamiento. Ahora, a la hora de dominar y corregir la “herencia K” y 70 años de decadencia, hay una gran distancia. Una cosa es tener habilidad para ganar elecciones y luego durar en el cargo y otra, muy distinta, es ganar elecciones para cambiar el rumbo de decadencia de décadas.

Lo cierto es que el Gobierno anunció algo más de inflación en 2018 con un tipo de cambio que seguramente va a subir. Todo parece indicar que están apuntando a incrementar las exportaciones para tratar de mover la economía, dado que las inversiones siguen demorando su llegada y el consumo no puede ser el motor de actividad artificial que fue durante la era K.

De los anuncios que formuló el Gobierno la semana pasada, quedan varias dudas. Si bien el presidente del BCRA dijo que esa institución iba a emitir solo lo que el mercado aceptara como demanda de moneda, lo cierto es que el Tesoro va a seguir endeudándose en el exterior para cubrir el déficit fiscal. Por lo tanto, esos dólares van a tener que ser transformados en pesos para pagar los sueldos y las jubilaciones.

Para transformar los dólares en pesos hay dos opciones: a) que el Tesoro los venda en el mercado a particulares a cambio de pesos, con lo cual bajará el tipo de cambio nominal generando más problemas en el sector externo o b) seguir como hasta ahora. Entregarle los dólares al BCRA, para que los ponga en las reservas y el Central le entregue pesos a cambio de esos dólares. Cuando el Tesoro pague con esos pesos que entrarán en circulación, habrá presiones inflacionarias y aquí viene el interrogante. ¿Cómo hará el Central para retirar la cantidad de pesos que no quiere la demanda? ¿Subirá los encajes bancarios o seguirá con la fiesta de LEBACs?

Pero si van a bajar la tasa de interés para que suba el tipo de cambio para impulsar algo más las exportaciones que hasta noviembre tuvieron un magro incremento de solo el 1,2% respecto a los primeros 11 meses de 2016, la estrategia luce muy complicada porque hay un stock de LEBACs de $ 1,1 billón. Esto quiere decir que si van a bajar la tasa, es posible que haya una toma de ganancias dando vuelta la posición de LEBACs a dólares si el mercado espera que el tipo de cambio va a subir.

El Central tiene USD 56.280 millones de reservas brutas, pero propias son USD 42.554 millones ya que USD 13.726 millones son encajes en dólares que los bancos constituyen en el BCRA. En otras palabras, esos USD 13.726 millones son propiedad de los depositantes en dólares en los bancos. Con esos USD 42.554 millones, el BCRA tiene que afrontar el pasivo que son la base monetaria: $1 billón y las LEBACs $1,1 billón. El poder de fuego del BCRA para controlar el mercado de cambios en caso que la baja de la tasa para reactivar la economía se traslade a mercado de cambios es de USD 42.554 millones para enfrentar $2,2 billones. En rigor, la cuenta es más complicada, pero desde el punto de vista del BCRA es responsable por la foto de esos dos pasivos. De manera que ojo con lo que van a hacer con la tasa.

Una vez que uno montó este tipo de arbitrajes, salir es complicado y, particularmente, cuando no hay un plan económico detrás que genere confianza en los agentes económicos.

El dato que no me cierra en la estrategia del Gobierno es que la reducción del déficit primario sigue al mismo ritmo, 1 punto del PBI por año, pero el costo financiero de financiar el gradualismo es de 2,3 puntos del PBI de acuerdo a los datos del Presupuesto y, suponiendo que bajen la tasa al 25% y logren retener un stock de LEBACs de $1 billón, el costo cuasifiscal será de 2 puntos del PBI. En el bote entran 4 baldes de agua mientras gradualmente achican 1 balde por vez. No me cierra. Y esta cuenta es sin considerar los intereses intrasector público, que, como dice Nicolás Cachanosky (mi sobrino), es como no computar la deuda que tengo con mi primo.

Veremos si esta estrategia es efectiva para domar la herencia K, porque a esta altura del partido ya no va a servir insistir con la herencia recibida si no logran domar la inflación y mostrar tasas de crecimiento más importantes que el magro 3,5% anual, una tasa más acorde a países desarrollados con alto PBI que a un país que viene del fondo del pozo y, por una sola cuestión estadística, debería estar mostrando tasas de crecimiento sustancialmente mayores a las que parece conformarse el Gobierno para cumplir con la meta que se puso el Presidente: bajar la pobreza.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

La pobreza estructural y los nueve millones de planes sociales

Por Adrián Ravier: Publicado el 14/11/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/11/14/la-pobreza-estructural-y-los-nueve-millones-de-planes-sociales/

 

La pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos

Daniel Arroyo publicó recientemente un libro titulado Las cuatro Argentinas y la grieta social, que presenta, en su primer capítulo, un diagnóstico preocupante de nuestro país. Hoy la Argentina presenta un nivel de pobreza del 28% de la población, y es aún más preocupante si focalizamos la población de niños, donde llega al 43 por ciento. Este 28% de la población “está fuera del mercado de trabajo”, y estos niños “jamás vieron a sus padres trabajar”.

El diagnóstico se completa con otros datos duros. La mitad de los jóvenes no termina la secundaria. La desocupación es del 9%, pero alcanza al 20% cuando concentramos la atención en los jóvenes. Hay un millón y medio de jóvenes que no trabaja ni estudia. Y si focalizamos la atención en el mercado laboral, el 35% de quienes obtienen empleo sólo consiguen trabajo informal, con la lógica “precarización laboral”.

Para atender esta problemática social, la política económica ha ampliado sistemáticamente los planes sociales. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos ofrecer una síntesis cronológica. Tras el retorno a la democracia y a sólo seis meses de asumir, Raúl Alfonsín lanzó las cajas PAN. Carlos Saúl Menem agregó planes sociales, con políticas más focalizadas. Fernando de la Rúa buscó tercerizar la administración de los planes en determinadas organizaciones, pero también amplió el número. Eduardo Duhalde ofreció su plan para jefas y jefes de hogar desocupados, dejándonos con 2,2 millones de planes. Néstor Kirchner partió de esa base y ofreció créditos y microcréditos, mientras Cristina Kirchner agregó la asignación universal por hijo, entre otros muchos programas de ayuda. En estos 12 años de kirchnerismo explotó la oferta de planes sociales, y mientras muchos creían que Argentina crecía, pasamos de 2,2 a 8 millones de planes sociales. Mauricio Macri también los amplió, entre otras propuestas, con una asignación universal por hijo para los monotributistas, alcanzando hoy los nueve millones de planes.

Daniel Arroyo acepta que la lucha contra la pobreza estructural a través de planes sociales está agotada. Explica que el problema está en el funcionamiento de la economía. Plantea que no hay recetas escritas en ningún libro que nos vayan a ayudar a resolver este flagelo. “Necesitamos creatividad, nuevas propuestas”, exclama.

Mi observación a este planteo es que la pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos. Esto deja una sensación pesimista, como si el problema de la pobreza no tuviera solución o fuera muy difícil de resolver. Pero lo cierto es que la pobreza será “estructural” si los gobiernos siguen intentando atacar el problema con las mismas recetas. En su diagnóstico, Arroyo ofrece la clave del asunto, y es que la pobreza sólo se resuelve si recuperamos el funcionamiento de la economía. Aunque aclara, al mismo tiempo, que no existe el derrame, y que le vaya bien hoy a ciertos sectores de la economía, como al sector agro, la minería o el sector financiero, sí podrá generar divisas, pero no derramará riqueza al resto de la sociedad. Debemos “cuidar”, afirma, a ciertos sectores como la construcción y el área textil. Debemos ofrecer “créditos masivos a tasas de 1%” para que surjan microemprendimientos.

Expertos en el desarrollo, aún ignorados en la Argentina, como William Easterly o el premio Nobel Angus Deaton, nos enseñan que se plantean dos tipos de solución para la pobreza, desde arriba o desde abajo. Desde arriba, con una planificación centralizada del gobierno en atender a los necesitados mediante planes y créditos a tasas subsidiadas; o desde abajo, confiando en la planificación descentralizada de las personas que buscan salir de este flagelo. La pregunta es si seguimos tirando panes desde arriba, o si mejor arrojamos una escalera.

Si realmente queremos ascenso social de los más postergados, necesitamos liberar la energía creativa de los empresarios. Y los empresarios no son los ricos. Empresarios podemos ser todos. Basta estar alerta en el mercado para descubrir las oportunidades de inversión. Sólo desde abajo podemos advertir el conocimiento de tiempo y lugar necesario para dar una solución al flagelo de la pobreza. Descentralizar los recursos desde nación hacia provincias y municipios ayudaría, pero sería aún mejor que el aparato estatal devolviera los recursos de donde los extrae, de la gente.

A mi modo de ver, hoy estos emprendedores están atados. Atados por la presión tributaria excesiva que se requiere para mantener precisamente la estructura actual del Estado. Los planes sociales no sólo están agotados, sino que son el problema de esta Argentina. Cuando se ofrece un empleo a algunas de estas nueve millones de personas, muchas veces surge el problema de que prefieren negarse a aceptarlo, ya que de otro modo perderían el plan. Sostienen: “El plan es estable, el empleo privado no lo es”. Los planes son “derechos adquiridos”. Ya nadie puede quitarlos. El kirchnerismo nos metió en una jaula de “pobreza estructural” y tiró la llave. Los gobiernos que le siguen entran en esta jaula y no ven la solución. Peor aún, por momentos mantienen la misma dinámica. Estamos encarcelados con impuestos, inflación y deuda.

No necesitamos buscar recetas creativas. Necesitamos tomar un par de manuales básicos de economía y finanzas públicas a los que por décadas les dimos la espalda. Sólo el equilibrio fiscal nos sacará de la inflación y la deuda. Y sólo con estabilidad monetaria y menor presión tributaria los emprendedores encontrarán los proyectos que pueden dar empleo a estos jóvenes postergados. La solución está en la base de la pirámide, quizás en los mismos necesitados, no arriba, en los gobiernos. Como decía Juan Bautista Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

Arroyo nos muestra cuatro Argentinas. La primera es la de la pobreza estructural, que representa el 25% de la población; la segunda es la Argentina vulnerable, la del trabajo informal, que representa el 35% de la población; la tercera es la clase media, con empleo formal, que representa otro 35% de la población; y finalmente está la clase alta, con un 5% de la población. Esta desigualdad genera fragmentación, conflicto o, en definitiva, la grieta social.

¿Cómo integramos estas 4 Argentinas? El primer paso es dejar de expandir los planes. Macri ya creó un millón. Es un error. Quien adquiere un plan entra en una jaula de la que después no puede salir. Le tiramos un pan, pero no una escalera.

El segundo paso es flexibilizar la legislación laboral. Que los jóvenes puedan hacer pasantías en las empresas para aprender a trabajar, antes de exigir salarios mínimos elevados en relación con la productividad que pueden ofrecer. Esto no es precarización laboral, es el modo en que los jóvenes se insertan en el mercado laboral en todo el mundo. El Estado de bienestar europeo es aplicable a los países ricos de Europa, no a esta triste Argentina que arriba describimos. Tenemos que dejar de poner la carreta delante de los caballos. Pedirle a una empresa que tome jóvenes empleados para capacitarlos pagando el actual salario mínimo es no comprender el mundo empresarial. Las empresas simplemente no toman a estos jóvenes porque no suman suficiente valor a la empresa. Y no es una cuestión de falta de solidaridad. Simplemente no lo hacen, porque si lo hicieran, quebrarían.

El tercer paso es bajar los impuestos. Argentina tiene una estructura impositiva impagable. Esto inhibe la creación de emprendimientos, y a las pymes existentes las incentiva a evadir y mantenerse en la economía informal.

El cuarto paso es abrir la economía, porque, aislados del mundo, los productos en el mercado interno son extremadamente caros y elevan el costo de la canasta básica requerida para salir de la pobreza. Si queremos precios bajos, no necesitamos acuerdos con empresarios, necesitamos competencia. Claro que, sin una previa reducción de costo impositivo y laboral, abrir la economía sólo condenaría a las pymes a su destrucción.

El quinto paso es corregir el atraso cambiario. Insistir en que estamos ante un tipo de cambio libre, mientras la oferta de dólares proviene de la demanda del gobierno para evitar el ajuste del gasto, no parece muy sensato. Abrir la importación, con este atraso cambiario, es condenar a las empresas a la quiebra.

El sexto paso, que en la medida de lo posible debería ser el primero, es la reducción del gasto público. Así como dos millones de personas se sumaron al empleo público en la última década, el proceso debe revertirse gradualmente. Mientras el mercado se amplíe, con nuevos proyectos empresariales que generen empleo, podremos ir reduciendo el sobre-empleo estatal y prescindiendo del gasto social. Pero esto llevará tiempo. Argentina puede tomar deuda en la transición hacia un ordenamiento de su economía, pero esa pesada carga habrá que pagarla en el futuro.

Las cadenas productivas son las únicas que pueden corregir el flagelo de la pobreza, pero las cadenas impositivas y laborales evitan que las primeras puedan desarrollarse.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

El Liberalismo Económico en 10 Principios

Por Iván Carrino. Publicado el 29/9/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/09/29/el-liberalismo-economico-en-10-principios/#.WdDQUOXSyYI.twitter

 

*Texto completo y original del ensayo premiado en el 12° Concurso de Ensayos organizado por Caminos de Libertad, del Grupo Salinas, México.

A menudo dejamos que la palabra liberalismo la definan quienes, en realidad, solo buscan denigrarlo. Así, se asocia liberalismo a “neoliberalismo” o a “teoría del derrame”, como si esta filosofía del ser humano fuera, o bien una teoría preocupada específicamente por que los números cierren, con una desatención total a las necesidades de los vulnerables, o bien una simple excusa para beneficiar a los ricos.

Agregarle el prefijo “neo” a la palabra liberalismo es un intento, bastante exitoso a juzgar por lo que sucede en la mayoría de los medios de comunicación, para desprestigiar a las ideas de la libertad. En el fondo, la libertad es deseada por todo ser humano para su vida personal, por lo que no quedaría bien atacarla con “los tapones de punta”. Es por ello que se la desfigura, buscando vaciarla de sentido y asociarla, básicamente, a cualquier barbarie social que el expositor pretenda en ese momento.

Obviamente, no hay muchos casos de intelectuales que se definan neoliberales, ni libros u obras que puedan explicar el neoliberalismo de manera sistemática. Cuando los detractores hablan de neoliberalismo, en realidad solo buscan atacar al liberalismo, pero sin hacerlo de manera directa, puesto que perderían a gran parte de la audiencia. La asociación inmediata de liberalismo con libertad ya le da ventaja a este ideario.

Por teoría del derrame se entiende un supuesto método de crecimiento económico en donde, gracias a que los ricos acumulan cada vez más riquezas, pueden destinar parte de ellas a atender a otros individuos en la sociedad. El derrame se daría porque los ricos entregan “sus migajas” a los más pobres.

Nuevamente, será difícil para el investigador encontrar alguna obra que defienda tal teoría. El liberalismo comprende que la riqueza se genera de manera mutua cuando ocurren los intercambios libres. La persona que ofrece un servicio se beneficia cuando le pagan por él, al tiempo que quien pagó se beneficia por recibir el servicio. No hay beneficencia ni migajas, sino el simple mejoramiento de la sociedad a través de los acuerdos mutuos.

A raíz de estas confusiones, y otras muchas que suelen circular en torno a lo que es el liberalismo como filosofía moral, teoría política y – tal vez su veta más reconocida- el aspecto económico, es que creo de vital importancia ofrecer una obra que explique claramente de qué hablamos cuando hablamos de liberalismo.

Seguramente quien mejor definición haya dado del liberalismo como un todo, como una filosofía global de la acción humana, sea Alberto Benegas Lynch (h), quien propuso que éste no es más que “el respeto irrestricto del proyecto de vida de los otros”.

Esta definición puede emplearse en todo los ámbitos. En la economía, respetarás a tu prójimo incluso cuando éste desee viajar en Uber y no en los taxis gubernamentalmente avalados. Respetarás a tu prójimo incluso cuando éste sea miembro de un partido político distinto al tuyo y sus ideas te parezcan abominables. Respetarás a tu prójimo incluso cuando no compartas sus preferencias amorosas. El liberalismo como respeto del proyecto de los demás tiene múltiples aplicaciones y es un punto de partida vital para comprender las ideas de la libertad.

En este breve ensayo, mi objetivo es más concreto. Intentaré definir al liberalismo solamente en su aspecto económico. Es decir, en aquellas relaciones mutuas que se dan en el ámbito del mercado, sea éste local o internacional. Comercio, producción, dinero, inflación, impuestos, gasto. Todos estos conceptos estarán incluidos en los que sigue a continuación, desde una perspectiva liberal.

El objetivo es definir al liberalismo económico en 10 principios ampliamente aceptados. De manera que cuando el lector quiera entender de qué se trata la teoría liberal aplicada a la economía, podrá encontrar aquí una pormenorizada y bien desarrollada definición.

Espero que esta guía de diez principios pueda echar luz sobre el debate acerca de qué y qué no es la libertad económica, así contribuimos a aclarar las cosas en el debate público, y nuestros detractores dejan de utilizar hombres de paja para desprestigiar el sistema que más progreso le ha traído a la humanidad.

Comencemos.

Primer principio: El valor es subjetivo

¿Por qué paga Paris Hilton por un vestido lo mismo que cualquier de nosotros paga por un auto? ¿Por qué algunos prefieren ir al cine mientras que otros, por el mismo dinero, eligen ir a comer comida oriental? ¿Por qué hay mercado para todas esas cosas tan distintas?

Una de las más importantes contribuciones de la teoría económica moderna es que el valor de las cosas no depende de las características físicas del bien, de la cantidad de trabajo incorporado o del enorme esfuerzo puesto en fabricarlo, sino de lo mucho que el comprador lo valora.

Las grandes estrellas de Hollywood suelen ir a la noche de los Oscars con elegantísimos trajes que cuestan miles de dólares. Sin embargo, a la vuelta de nuestra casa podemos encontrar vestimentas similares por una fracción de su precio. Las telas son las mismas, los diseños parecidos: ¿dónde está la diferencia?

La diferencia es el valor percibido por el cliente cuando  compra un vestido firmado por un diseñador mundialmente famoso. Las estrellas de Hollywood, asumiendo que pagan por el vestuario que utilizan, le dan una valoración al mismo que es muy superior al que nuestras tías pueden darle al vestido que utilizarán en nuestro casamiento. Además, obviamente, suelen contar con mayores recursos, por lo que pueden destinar más dinero a comprar dichos bienes.

Como se observa, el valor de las cosas no está en sus características físicas “objetivas”, sino en lo que subjetivamente percibe cada individuo comprador. Si otro fuera el caso, se pagaría lo mismo por una pelota de fútbol sin marca que por la réplica de la que se utilizó en el último mundial. El costo de producirla seguramente no sea muy distinto. Sin embargo, el valor percibido por los consumidores sí lo es. Son muchos más lo que desean la pelota de fútbol que se utilizó en la última competencia internacional, y son muchos más los recursos que estos consumidores están dispuestos a entregar por tenerla, en lugar de tener “una pelota más”.

La teoría subjetiva del valor es uno de los principales pilares del liberalismo económico. Es que si se admitiera que hay un parámetro objetivo, ahí habría un espacio para que un ente superior (digamos, el estado), lo encuentre y actúe en su nombre. Si objetivamente se determinara que un vestido de equis características valiera no más de USD 10, entonces todo intercambio que se alejara de esta relación sería cuestionable y sujeto de intervención.

A raíz de este punto suele surgir, al menos en el debate económico nacional, la polémica por lo mucho que los consumidores pagan por un bien, cuando este mismo bien puede conseguirse a una fracción de su precio en el lugar de producción. Un ejemplo concreto puede ser el precio del kilo de papas, que mientras en el campo puede conseguirse a USD 0,4, en el supermercado de la ciudad llega a pagarse USD 2. Cinco veces más.

Pero, de nuevo, el valor es subjetivo, y la cantidad que se paga está determinada por esa valoración. La gente en la ciudad tiene muchas ocupaciones. Debe ir a su trabajo, llevar a sus hijos al colegio, cocinar, cargarle nafta a su vehículo, ver un programa de TV, o bien hacer algún curso. En medio de todas esas tareas, poco tiempo puede dedicarle a trasladarse hacia las afueras de la ciudad, tal vez a 100 o 200 kilómetros de distancia, para conseguir más barato el kilo de papa.

Cuando el comprador paga esos USD 2, entonces está indicando que eso le facilita su vida diaria. Si otro fuera el caso, debería dejar de realizar tareas o actividades que valora más, solo para ir al campo a comprar el bien.

Reconocer que el valor es subjetivo permite la libertad en los intercambios y los pone en un lugar donde ninguna autoridad debe inmiscuirse.

Segundo principio: Los contratos voluntarios benefician a ambas partes

Una consecuencia directa de aceptar que el valor es subjetivo es que siempre que haya contratos voluntarios, las dos partes contratantes se estarán beneficiando. En tiempos de Aristóteles solía pensarse que en los intercambios se trocaban valores iguales. Sin embargo, el aporte de la economía moderna fue sostener que, para las partes individualmente consideradas, el valor era diferente.

Es decir, que cada parte recibe algo que percibe como de mayor valor a lo que entrega. Si bien nos puede parecer muy descabellado que una actriz pague miles de dólares por un vestido, lo cierto es que, si lo hace, es porque valora más el vestido que los miles de dólares que entregó a cambio. Del otro lado del mostrador, el diseñador valora más los dólares que el vestido que entregó a la actriz.

Es muy frecuente el caso que la actriz no pague un solo centavo por dicha prenda de vestir. Es decir, que el diseñador entregue de manera gratuita su mercadería, su trabajo. Pero de nuevo, si esto se da en el marco de una operación voluntaria, es porque ambos esperan beneficiarse. Probablemente el vendedor esté apostando a la publicidad que la actriz le dará a su marca y a las futuras ventas que esto generará.

Si la situación descripta aquí arriba no se diera en la práctica, entonces no habría realización del intercambio. Si un vendedor no cree que le convenga entregar su mercadería por una suma determinada de dinero, entonces no lo haría y no habría intercambio. Si el comprador de un auto no cree que el auto que está por comprar valga los USD 5.000 que el vendedor pide, entonces seguramente siga buscando otras alternativas.

Cuando se lleva adelante el intercambio,  es porque ambas partes creen que van a ganar con él. Luego pueden mirar para atrás y encontrar que se equivocaron, pero en el momento que el intercambio se realiza, es porque ambas perciben que se beneficiarán. De otra forma, el intercambio no sucedería.

Es preciso aclarar que la idea de que los intercambios mejoran el bienestar de ambas partes se da solamente si éstos son voluntarios. Si una persona me fuerza a entregarle mi dinero, claramente ambas partes estaremos realizando un intercambio, pero éste no será voluntario. En este escenario, mi contraparte recibirá un beneficio pero a cambio de mi padecimiento. En dicho caso, no hay ganancias derivadas del comercio, sino ganancias de un solo lado producto de un arrebato.

La realización de que los intercambios voluntarios generan ganancias para las partes echa por tierra cualquier teoría de la explotación o de la dominación de unos grupos contra otros. Tal vez la aplicación más extendida de la teoría de la explotación sea la que Marx llevó al campo de las relaciones laborales. De acuerdo con el economista alemán, los trabajadores se ven explotados por los capitalistas, quienes extraen de ellos la “plusvalía”, sin pagar lo que verdaderamente corresponde.

A la luz de la teoría liberal del intercambio voluntario, esta concepción se cae a pedazos. Es que es lo mismo una relación laboral que una relación de socios, de dos comerciantes o de un cliente y una empresa que produce bienes. Siempre que dos partes intercambien de manera voluntaria, ambas se estarán beneficiando. La economía no es un juego de suma cero.

Cuando un trabajador acepta trabajar 8 horas diarias por un salario determinado, valora más el salario que está recibiendo por su trabajo, que las 8 horas de trabajo que tiene que “entregar” al capitalista. Por el contrario, el capitalista valora más las 8 horas de trabajo que el monto de dinero que está destinando para contratar dichos servicios.

El mercado no es un lugar donde unos ganan a costa de otros, sino a donde todos voluntariamente acuden para recibir las ganancias derivadas del intercambio. Este es un principio fundamental de la economía liberal.

Tercer principio: Los precios son sagrados

En todo intercambio voluntario aparece una relación de intercambio que llamamos precio. Si entrego dos kilos de papa para obtener un litro de leche, entonces surge una relación de intercambio de dos kilos de papa por cada litro de leche. A esa relación la llamamos precio.

En las economías que utilizan el dinero, los precios están definidos en la moneda de cada país. Así, diremos que un litro de leche puede costar un dólar, dieciséis pesos argentinos, o seiscientos setenta pesos chilenos.

Si el mercado es libre, entonces, los precios no serán otra cosa que el reflejo de los acuerdos voluntarios a los que hacíamos referencia anteriormente. Es por eso que, si consideramos que este tipo de interacciones son un pilar de la libertad económica, tendremos que pensar lo mismo acerca de los precios cuando se establecen en un marco de libertad.

Ahora hay otra función que tienen los precios en una economía de mercado y que explicó con claridad Friedrich Hayek, premio Nobel de economía en 1974. En un famoso trabajo, Hayek planteó que incluso cuando un gobernante tuviera las mejores intenciones posibles para coordinar a toda la sociedad mediante mandatos y órdenes coactivas, no podría hacerlo puesto que no podría reunir el enorme caudal de información necesaria para hacerlo.

Es que la información, como cualquier otro bien de la economía, debe crearse y trasmitirse. Y la información acerca de los gustos de los consumidores y las mejores formas de producción no está en otro lugar que no sea el sistema de precios.

Al reflejar las decisiones voluntarias de consumidores y productores, los precios libres determinan qué bienes y servicios son los más deseados por la sociedad. Así, si el precio del petróleo es elevado, eso indica que la sociedad en su conjunto está necesitando mayores cantidades de petróleo. Este precio es la señal suficiente que reciben los empresarios, siempre ávidos de obtener ganancias, para incrementar su producción petrolera o bien lanzarse a descubrir nuevos yacimientos.

Por otro lado, si la demanda de cintas de reproducción musical (los famosos casetes), cae, entonces también lo hará su precio, indicándoles a los fabricantes que deben migrar hacia la producción de otro tipo de bienes si quieren seguir satisfaciendo las necesidades de los consumidores.

Los precios libres se transforman, así, en la mejor guía para el sistema de producción. Llevan a los empresarios a tomar decisiones de inversión y producción que estén en línea con las demanda de los consumidores. Esto promueve la eficiencia económica y el crecimiento, que genera prosperidad y derrumba la pobreza.

En conclusión, los precios de mercado son la manifestación de la libertad de los intercambios y asignan eficientemente la producción. Sin ellos, no hay libertad ni racionalidad económica.

Cuarto principio: La inflación es un fenómeno monetario

Siempre que hay inflación, los políticos, responsables por ella, nos hacen creer que ésta es culpa de la malicia empresaria, su codicia y su insaciable sed de ganancias. Al hacer esto, no solo confunden nivel de precios con variación, sino que abren la puerta a los siempre aplicados y fracasados controles de precios. Pero como veremos más adelante, estos controles no solo agregan un nuevo problema a la economía del país, sino que son una violación de la libertad individual.

Es por esto que otro principio fundamental del liberalismo económico es que la inflación es un fenómeno siempre monetario.

Lo primero que tenemos que hacer es dar una buena definición de inflación. A diferencia de la definición tan extendida, la inflación no es el aumento generalizado de los precios, sino la pérdida sistemática del poder de compra del dinero. Esta diferenciación, que puede parecer trivial, es fundamental, ya que, como vemos, quita del foco de la escena a los precios y pone allí al dinero.

Es que, en realidad, la inflación no es un problema de los precios, sino de la calidad del dinero. Es, por así decirlo, una enfermedad que sufre la moneda y por la cual los usuarios de ella cada vez pueden comprar menos. Cuando el poder de compra del dinero cae, la contrapartida es que los precios suben, pero esto es una mera consecuencia de la pérdida de valor del dinero que utilizamos.

Una vez que comprendemos que el problema de la inflación es el dinero y no los precios, podemos pasar a investigar a qué se debe que el medio de intercambio que utiliza el país en cuestión pierda sistemáticamente valor.

Es allí donde ingresa la famosa teoría cuantitativa del dinero. Esta teoría sostiene que, si se mantiene constante la demanda y también la producción, entonces un aumento en la cantidad de dinero terminará produciendo una suba de precios.

Este razonamiento, que puede lucir muy pomposo y articulado, no es más que una nueva aplicación de la ley de oferta y demanda. Es que el dinero es otro bien de la economía y, como tal, está sujeto a todas las leyes económicas que aplican a los bienes y servicios producidos e intercambiados en un mercado.

¿Y qué nos dice esta ley? Que cuando aumenta la cantidad de un bien, ceteris paribus, entonces su precio debe caer. O sea, que solo con una caída en el precio, podrán ubicarse en el mercado mayores cantidades de producto. Aplicando esto a la moneda, podemos decir lo mismo: si lo demás se mantiene constante, un aumento de su cantidad hará que su precio caiga. Y, como el precio es su poder adquisitivo, un aumento de la cantidad de dinero hará caer el poder adquisitivo, reflejándose en una suba de los precios.

La inflación es un fenómeno monetario y en las economías modernas el responsable de emitir moneda es el Banco Central. Comprender esto es clave para entender por qué suben los precios de manera sistemática y por qué la única forma de arreglarlo es limitando el poder del gobierno y de las instituciones monetarias, en lugar de incrementarlo a costa de nuestras libertades.

Quinto principio: Los controles de precios son remedios peores que la enfermedad

La inflación genera todo tipo de problemas. Distorsiona las señales de inversión, generando procesos insostenibles de crecimiento; hace que tengamos que destinar recursos a protegernos de la inflación, cuando podríamos dedicarlos a actividades productivas de la economía; genera una redistribución del ingreso hacia los primeros receptores del nuevo dinero (principalmente gobierno y bancos), desde los últimos (principalmente, los asalariados o los que reciben ingresos fijos); reducen el horizonte de planificación empresarial; debilitan la competitividad del sector privado; y, por último, si los salarios no acompañan, cosa que jamás hacen durante todo el período que dura la inflación, envían a los asalariados a la pobreza.

Ahora frente a todos los problemas que la inflación genera, los políticos pueden infligir todavía más daño. ¿Cómo? Decretando controles de precios. Los controles de precios son tan nefastos que uno podría organizar una breve lista de solo dos pasos sobre cómo destruir una economía. Esta lista estaría constituida por:

1)    Generar inflación, y

2)    Controlar precios.

El control de precios añade un nuevo problema a una economía inflacionaria: la escasez. Como explica cualquier texto introductorio, cuando se impone un precio máximo a un producto determinado, ocurren dos cosas. Por un lado, la cantidad demandada es automáticamente mayor a lo que sería en condiciones de mercado libre. Por el otro, la cantidad ofrecida es automáticamente menor. La consecuencia inevitable de este arreglo es una escasez del producto controlado.

El político, en su afán de cuidar “la mesa de los consumidores” o bajar el precio de la nafta, las tarifas energéticas o lo que al lector se le ocurra, terminó generando un perjuicio aún peor. Ahora el precio, dado que no se consigue en el mercado, tiene un precio que tiende a infinito.

El control de precios no es sólo perjudicial para los consumidores, a quienes originalmente se desea beneficiar, sino principalmente para los productores menos eficientes. Es que a medida que el precio de un bien sube, considerando todo lo demás constante, más productores pueden ingresar en el mercado porque pueden afrontar costos más altos. Ahora bien, cuando la mano interventora del gobierno decreta el control de precios, entonces comienza a complicarse la rentabilidad de estos nuevos ingresantes. Finalmente, si los costos siguen trepando producto de la inflación, pero los precios no se mueven a raíz del decreto gubernamental, entonces serán cada vez menos las empresas que puedan sobrevivir.

La consecuencia última de los controles es una crisis económica con caída de la producción y empobrecimiento generalizado.

Finalmente, los controles de precios son intervenciones que no solo afectan la actividad económica y el bienestar de consumidores y productores, sino que destruyen la libertad de las personas. Es más, es porque destruyen la libertad que terminan arruinado la economía.

Es que, como veíamos antes, si el valor es subjetivo y los intercambios voluntarios, una intervención estatal que impida realizar intercambios voluntarios es una violación de las libertades individuales. Imponer un precio máximo equivale a cercenar la libertad de expresión, ya que un precio no es otra cosa que la libre expresión de un acuerdo entre partes.

Los controles de precios son remedios peores que la enfermedad. Restringen la libertad de los individuos y destruyen la economía.

Sexto principio: El gasto y los impuestos deben ser bajos, el presupuesto equilibrado.

El liberalismo económico defiende un rol reducido para el estado, donde el sector privado pueda prosperar, elaborando cada vez mayor cantidad de bienes y servicios para satisfacer las infinitas necesidades de la sociedad.

En este marco, la cuestión fiscal es clave y tanto impuestos como gasto público deben ser bajos.

Los impuestos deben ser bajos porque funcionan como una mochila para la competitividad de empresas y familias. Los impuestos, en primer lugar, reducen el ingreso disponible. Cuando más le entregamos al estado, menos nos queda a nosotros para consumir y producir, por lo que la calidad de los bienes públicos debería ser tal que compense nuestra pérdida. Esto último, claro, no sucede casi nunca y además es casi imposible de medir, puesto que habría que ingresar en comparaciones interpersonales de utilidad.

Los altos impuestos deterioran la rentabilidad empresaria. Por este motivo, a igualdad de circunstancias, una empresa elegirá un país de impuestos más bajos a la hora de decidir a dónde llevar su producción. Si eso sucede y el país elegido no es el nuestro producto de la elevada carga tributaria, entonces tendremos menos producción, menos demanda de mano de obra, menor empleo y peores salarios. Es decir, una mayor carga tributaria genera una mayor pobreza. Este relato puramente económico puede encontrarse bien descripto en la famosa obra Robin Hood. De acuerdo con la leyenda, Nottingham no era pobre producto de la “riqueza de los ricos” que Robin Hood debía recuperar para dársela a los pobres, sino por el peso de los impuestos, que se cobraban para mantener la buena vida del rey.

Es cierto que existen países con altos niveles de tributación donde, sin embargo, la calidad de vida es espectacular en términos internacionales. Sin embargo, eso no quita que para llegar a esos niveles no haya que tener una fiscalidad atractiva. De hecho, de acuerdo a los estudios de Nima Sanandaji, los países nórdicos, paradigma de naciones con alta carga tributaria y buena calidad de vida, obtuvieron sus niveles de bienestar actuales gracias a un ecosistema de mercado atractivo para la inversión y con tasas impositivas que no eran especialmente elevadas. Posteriormente, cuando se entregaron de lleno al estado de bienestar, su tasa de crecimiento cayó e incluso algunos debieron enfrentar crisis severas con posteriores ajustes.

Por el lado del gasto, lo primero que tenemos que comprender es que el gasto público siempre termina pagándose con impuestos. El estado no puede gastar nada que no recaude. El estado no genera ingresos, por lo que debe tomarlos de la ciudadanía antes de gastar. Así, es fácil ver que la contrapartida del gasto son los impuestos.

Obviamente, el gobierno podría endeudarse y hacernos creer que gasta sin recaudar. Sin embargo, a la larga las deudas se pagan y un mayor endeudamiento no es otra cosa que más impuestos a futuro.

El gasto público debe ser bajo porque si éste es demasiado elevado la economía crece menos. Esto ha sido estudiado empíricamente y los resultados sugieren que hay una relación negativa entre gasto público y crecimiento. La explicación para esto radica en que, a la hora de gastar, el gobierno enfrenta dos problemas imposibles de resolver.

El primero es el problema de incentivos. Como explicaba Milton Friedman, existen cuatro formas de gastar el dinero. O sea gasta el dinero propio en uno mismo, o se gasta dinero propio en un tercero, o se gasta dinero ajeno en uno mismo, o se gasta dinero ajeno en un tercero.

La forma más eficiente de gastar es hacerlo con dinero propio en uno mismo. Así, uno se asegura que la calidad sea la máxima y el precio el más bajo. Este tipo de gasto alinea a consumidores con productores y genera una mayor eficiencia económica. Produciremos más de lo que se necesita y a precios bajos.

El gobierno, sin embargo, no gasta de esa forma. Es que, como decíamos, no cuenta con dinero propio. Además, suele usar el dinero en terceros (la ciudadanía), aunque los políticos también usan el dinero de los impuestos para gastar en sus propias campañas electorales y favores políticos. Gastar dinero ajeno en uno mismo o en terceros no es eficiente.

Este problema de incentivos hace que el gasto público sea siempre de inferior calidad, deteriorando la eficiencia de la economía y afectando negativamente el crecimiento.

El segundo problema que enfrenta el gobierno a la hora de gastar es el de la carencia de información. En el sector privado, es el sistema de precios el que dicta qué y cómo producir. Si un precio es elevado, eso refleja una alta demanda de los consumidores, lo que incentiva a emprendedores a incrementar el nivel de producción. El estado, sin embargo, no persigue “fin de lucro” y no se guía por las señales de precios. Así, puede terminar construyendo puentes que no llevan a ninguna parte y que encima cuestan mucho más de lo que podrían costar si los produjera íntegramente el sector privado. Más gasto es peor para el crecimiento de la economía.

Analizados los impuestos y el gasto, debemos ahora considerar lo que sucede cuando el segundo es más alto que el primero. Es decir, por qué necesitamos no tener déficit fiscal.

Recordemos que el estado es el único que ostenta, dentro de la sociedad, el monopolio de la fuerza, por lo que él puede decidir limitar y avanzar sobre la propiedad privada de los individuos casi sin consecuencias.

Así, si el gobierno, para financiar su déficit, acude a la emisión monetaria inflacionista, los ahorristas en moneda nacional se verán expropiados y se desatarán todos los problemas asociados a la inflación anteriormente mencionados.

Si el gobierno acude a la deuda, y su nivel llega a un punto de crisis, entonces deshonrará la misma, estafando a sus acreedores. Finalmente, si no puede pagar su deuda porque la recaudación no le alcanza, también puede optar por subir los impuestos, confiscando la riqueza de los ciudadanos.

Gasto público e impuestos reducen el crecimiento económico porque bajan la productividad e la economía. El déficit también contribuye a este deterioro, pero por generar una mayor incertidumbre respecto de los derechos de propiedad.

Para garantizar la libertad y los derechos, y a la vez propiciar un mayor crecimiento, el estado tiene que ser limitado, y esto se traduce en bajos impuestos, menor gasto público y presupuesto equilibrado.

Séptimo principio: El mercado produce y distribuye, no es necesaria la re-distribución.

A menudo, incluso quienes defienden a la economía de mercado, sostienen que el sistema es muy bueno para producir, pero suele “quedarse corto” a la hora de la distribución. Si bien el capitalismo es el mejor sistema jamás probado para generar riqueza, sostienen, la distribución de la misma es injusta y está concentrada en pocas manos. La consecuencia necesaria de este análisis es que debe dejarse al sector privado producir, pero el sector público luego debe intervenir, con impuestos y subsidios, para distribuir la riqueza generada.

El análisis es falso y, como se dijo, termina siendo un nuevo pretexto para que el estado intervenga en la esfera privada de las personas, dictaminando cómo debe distribuirse lo que éstas en libertad crean.

La realidad es diferente a la que se plantea. Es que el mercado no es solo un mecanismo de producción, sino también de distribución. Veámoslo con un ejemplo.

En la lejana ciudad de Sombrería, un ciudadano fabrica sombreros. Más al este, en la vecina ciudad de Viñeda, otro individuo se dedica a la producción de vinos. Dado que tanto los sombreros como los vinos son bienes de consumo que satisfacen necesidades de las personas y que éstas valoran por ello, podemos decir que son bienes que hacen a nuestra riqueza.

A medida que más necesidades podemos satisfacer, más ricos podemos considerarnos.

Ahora imaginemos que el señor de Sombrería decide ir a pasear una tarde por la ciudad de Viñeda. Sabiendo que allí se producen ricos vinos, va con algunos sombreros en su bolso, de manera de poder intercambiarlos por algunas botellas en su visita a la ciudad.

Luego de unas horas de dar vueltas, el fabricante de sombreros se encuentra con un vinatero que, precisamente, vendía vinos y andaba necesitando un sombrero. Lo que ocurre después del encuentro es fácilmente predecible. Ambos individuos intercambian sobreros por vino y ambos se benefician del intercambio voluntario.

Con este ejemplo no solo se refuerza otro de los principios de liberalismo económico (que el intercambio voluntario beneficia a las partes), sino que también podemos comprender cómo el mercado no solo produce sino que también distribuye la riqueza.

Es que nuestros productores, no solo generaron valor. También lo distribuyeron. La riqueza del fabricante de sombreros se distribuyó hacia el fabricante de vinos, que retribuyó este gesto entregando parte de su riqueza a cambio. Es mediante este proceso de producción e intercambio libre y voluntario que el mercado genera y distribuye la riqueza.

Este mecanismo se opone a la distribución estatal, que en esencia busca anular este proceso. Es que, en definitiva, lo que hace el gobierno es “re-distribuir” lo que el mercado voluntariamente ya distribuyó. Por consiguiente, está violentando decisiones previas tomadas en libertad y generando nuevos ganadores y perdedores.

Con la distribución del mercado, los que más ganan son quienes mejor satisfacen las necesidades de sus conciudadanos. Si el fabricante de sobreros se vuelve millonario, es porque muchas personas valoran la calidad y el servicio que éstos prestan.

Con la re-distribución del estado, se aborta este proceso y se pasa a castigar a los exitosos. Es decir, a quienes mejor sirvieron a los demás. Por supuesto, esto no solo atenta contra la libertad, sino que también deteriora los incentivos económicos generando, a la larga, un menor crecimiento y una mayor pobreza.

Comprender cómo el mercado crea valor y lo distribuye en un proceso que premia a los que mejor sirven a sus conciudadanos es otro principio de libertad económica y otro antídoto contra las inefectivas y dañinas recetas intervencionistas.

Octavo principio: El capitalismo es la mejor receta contra la pobreza

El octavo principio de liberalismo económico es que el mejor sistema para reducir la pobreza es el capitalista. En realidad, de la pobreza sale la gente y con su propio esfuerzo. No hay entes superiores, ni sistemas, ni eventos extraordinarios que logren que los hombres superen su estado natural. Es del esfuerzo de cada uno y de su voluntad de donde sale la mejora individual. En eso no hay atajos.

Sin embargo, hay sistemas que generan mejores incentivos para que el esfuerzo personal efectivamente se canalice en mejoras individuales y sociales.

El capitalismo sin dudas es el mejor de ellos. El capitalismo, o sistema de economía de mercado, está basado en la propiedad privada de los medios de producción. Esta definición tan clisé es de crucial importancia, ya que la propiedad privada funciona como un incentivo fundamental a la hora de incrementar y asignar correctamente la producción.

Pongámoslo con un ejemplo. Si una persona no es dueña, sino simple ocupante, de una vivienda probablemente no se ocupe mucho de mantenerla en buen estado ni piense en agrandarla. A la postre, si su derecho de propiedad no es sólido, nada impide que una mañana cualquiera, no la terminen echando de su morada.

Por el contrario, si el derecho de propiedad está sólidamente garantizado, entonces la persona ya no es solo un ocupante de la vivienda, sino su propietario. En este nuevo escenario, sí aparecen los incentivos para hacerle reformas que mejoren la calidad de vida dentro del hogar, o bien ampliaciones y demás decoraciones. El incentivo a generar dichas reformas aparece porque quien las haga podrá disfrutar de los beneficios que de las mismas se deriven.

En la economía de mercado sucede lo mismo. Si los derechos de propiedad están bien establecidos, entonces los empresarios están dispuestos a invertir en nuevas líneas de negocio, en investigación y desarrollo, en nuevos productos o nuevas tecnologías, todo lo cual redunda en una mayor producción y una mejor satisfacción de las necesidades de todos. Por este proceso se genera riqueza y se sale de la pobreza.

A menudo suele equipararse al sistema de mercado con la “teoría del derrame”, como si la mejora de los pobres en una sociedad dependiera de la beneficencia o las “migajas de los ricos”. Es claro que si una sociedad es más opulenta, o hay más multimillonarios, las limosnas serán mayores. Sin embargo, eso nada tiene que ver con el principio según el cual el capitalismo es la mejor receta contra la pobreza. Como decíamos antes, un bien asegurado derecho de propiedad estimula la producción y esa mayor producción enriquece a todos.

Si hay más empresas, hay más demanda de trabajo, y eso incrementa los salarios reales. En una economía de mercado, todo el que tenga derecho de propiedad (que lo tiene el empresario y también el empleado) y esté dispuesto a aportar valor para recibir valor, recibirá los beneficios del intercambio. Es ahí donde se genera riqueza y se reduce la pobreza.

Los datos empíricos avalan esta teoría. Según la información relevada por Bourguignon y Morrison (2002) y el Banco Mundial, a principios del siglo XIX, la pobreza alcanzaba nada menos que al 94% de las personas en el mundo. Sin embargo, tras décadas de avance del capitalismo (que hoy se extiende, a paso lento, por los gigantes India y China) éste número ha caído de manera drástica al 10% del total.

Es un hecho, teoría y datos avalan que si hay un antídoto contra la pobreza, ese es el sistema de la libre empresa.

Noveno principio: El bienestar individual “es amigo” del bienestar social.

Sin lugar a dudas, Adam Smith es uno de los exponentes más fundamentales y relevantes de toda la tradición del pensamiento económico liberal. Con la publicación de su “Riqueza de las Naciones”, en 1776, se consagró no solo como padre de la economía, sino también como principal exponente del liberalismo.

En dicho texto se encuentra una de las frases más citadas de toda su obra. Aquella en la cual describe cómo no debemos agradecerle nuestro pan, nuestra carne o nuestra cerveza a la solidaridad de quienes ello producen, sino a la atención que éstos prestan a su propio interés. Así, el carnicero no nos da carne porque sea amable con nosotros, sino porque hemos pagado por ello, incrementando sus ganancias empresariales. Es el egoísmo de ambos el que nos hace participar del intercambio y obtener una ganancia mutua.

Esta frase resume uno de los principios más fundamentales del liberalismo económico: que la persecución de los intereses individuales no es contraria a la obtención de un bienestar social. El ejemplo del carnicero es claro, él persigue su propio interés, pero otros se benefician porque ahora pueden comer carne. Sin carnicero, no habría carne en las ciudades, así que a él tenemos que agradecer por su trabajo.

Esto nos lleva a la siguiente conclusión: en una economía de mercado, nadie puede progresar si previamente no hizo algo que haya beneficiado de alguna manera a su prójimo. Yendo a lo concreto, ningún empresario puede ser exitoso sino fabricó un bien o un servicio que les haya servido a los demás. Ningún músico será exitoso si lo que compone no es valorado por el público. Ningún empleado será exitoso si su trabajo no sirve a la empresa donde trabaja.

Los ejemplos pueden seguir al infinito, pero el punto es que en una economía que se rige mediante propiedad privada y acuerdos voluntarios, no hay otra manera de progresar. La persecución de los fines individuales, necesariamente lleva a un bienestar social, ya que como no podemos utilizar la fuerza sobre los demás, tenemos que ganarnos el favor de nuestro cliente ofreciéndole algo que mejore su bienestar individual.

El liberalismo económico plantea las relaciones en términos de iguales. Todos somos iguales ante la ley y nadie puede forzar a un tercero a hacer aquello que no desea. En este marco, la única forma de prosperar es la seducción, en contraposición con la coacción.

Décimo principio: Las instituciones importan.

Como veíamos en el punto anterior, el egoísmo es una poderosa fuerza de coordinación social. Al buscar su propio interés, en una economía de mercado donde los individuos no pueden utilizar la fuerza para imponerse a los demás, a éstos solo les queda la persuasión, que en el comercio pasa por ofrecer un bien o servicio que sea de utilidad para los demás.

Ahora bien, en la descripción anterior aparece un factor institucional que es determinante. Es que esto solo sucederá si estamos en una economía de mercado sin posibilidad de que los individuos impongan su voluntad por la fuerza sobre los demás. La realidad, sin embargo, es que éste no siempre es el caso.

Es aquí donde aparece la importancia de las instituciones, estas reglas de juego a las que todos los “jugadores” deben respetar. Un famoso libro de hace unos años atrás convino en distinguir dos tipos de instituciones: las inclusivas y las extractivas. Las primeras eran aquellas que fomentaban el crecimiento económico, asegurando derechos de propiedad, haciendo cumplir los contratos y premiando la innovación. Las segundas, sin embargo, no respetan los derechos de propiedad ni premian la innovación.

Cuando las que imperan son las instituciones extractivas, entonces este círculo virtuoso de intereses individuales que redundan en el interés general se quiebra, y el bienestar de unos puede darse a costa del perjuicio de otros.

Un ejemplo claro de esta situación es el de las barreras proteccionistas. Cuando los gobiernos favorecen la intervención, empresarios interesados pueden hacer lobby con los funcionarios y conseguir que éstos impidan o restrinjan el ingreso de productos extranjeros al país.

Obviamente, los empresarios estarán actuando persiguiendo su propio interés. Los políticos, probablemente, también estén haciendo lo mismo, consiguiendo así un apoyo electoral. Sin embargo, todo esto se hace a costa de un tercer actor, los consumidores, quienes ahora deberán pagar más caro o comprar una calidad inferior producto de las restricciones.

Bajo este contexto institucional, el juego es de suma cero.

Las instituciones importan, y la economía de mercado, basada en derechos de propiedad, estado limitado y mínimos niveles de coacción, es una institución en sí misma que alinea incentivos individuales y sociales, promoviendo la mejora de todos.

Los arreglos socialistas o mercantilistas no funcionan igual. En ellos el estado decide ganadores y perdedores, por lo que el interés de los individuos está siempre en intentar cooptar al estado para que juegue a su favor, pero perjudicando al resto de la sociedad.

Los liberales solemos decir que la economía no es un juego de suma cero. Siempre y cuando las instituciones sean liberales, esto es estrictamente cierto. Sin embargo, tenemos que aclarar que si las instituciones que prevalecen no son éstas, entonces las situaciones de suma cero sí serán frecuentes.

Conclusión

A lo largo de este ensayo, hemos intentado dar una respuesta completa a la pregunta sobre qué es el liberalismo económico. Resumimos esta corriente de pensamiento en 10 principios que entendemos que cualquier partidario de las ideas de la libertad debería compartir.

La libertad económica se basa en que el valor es subjetivo, que los contratos voluntarios benefician a ambas partes, que los precios son sagrados; que la inflación es un fenómeno monetario; que los controles de precios son remedios peores que la enfermedad; que el gasto y los impuestos deben ser bajos y el presupuesto equilibrado; que el mercado produce y distribuye, por lo que no es necesaria la re-distribución; que el capitalismo es la mejor receta contra la pobreza; que el bienestar individual “es amigo” del bienestar social; y, por último, que las instituciones importan.

Esperemos que, de acá al futuro, este trabajo se convierta en una guía. Tanto para quienes tienen interés genuino en conocer el contenido de la idea económica liberal, como para quienes solo buscan desprestigiar a estas ideas que, insistimos, son las que más progreso han traído a la humanidad.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

La cultura del saqueo como fuente de nuestra decadencia económica

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 26/9/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/09/26/la-cultura-del-saqueo-como-fuente-de-nuestra-decadencia-economica-2/

 

Con este esquema el país no puede crecer a largo plazo, en base a inversiones, porque nadie invierte para ser saqueado.

La corrupción y el clientelismo generaron un sistema de destrucción de la riqueza en la Argentina.
La corrupción y el clientelismo generaron un sistema de destrucción de la riqueza en la Argentina.

Si se confirman los pronósticos que dan ganador al oficialismo, tanto en la provincia de Buenos Aires como en los distritos electorales con mayor peso electoral, el presidente Mauricio Macri no tendrá la mayoría en ambas cámaras pero habrá acumulado un capital político nada despreciable, que le otorgará un margen de maniobra más amplio, para llevar adelante reformas estructurales que nos permitan entrar en una senda de crecimiento de largo plazo.

Que hoy varios indicadores económicos estén dando bien no quiere decir que sean sostenibles en el tiempo. A modo de ejemplo, y salvando las distancias, Cristina Fernández logró mostrar durante un tiempo un fuerte aumento del consumo, pero basado en artificios económicos que hacían que ese aumento no fuera sustentable en el tiempo. Es la famosa herencia recibida.

Esperemos, entonces, que con ese mayor capital político, Macri comience a cambiar el discurso y, sobre todo, el rumbo económico. Lo que sirve para ganar las elecciones no necesariamente sirve para crecer en el largo plazo.

Mi visión es que la economía argentina tiene por delante dos grandes problemas. Uno, el de solucionar la cuestión estrictamente económica. Déficit fiscal, inflación, distorsión de precios relativos, tipo de cambio real, etcétera. El otro es la política económica de largo plazo. Cambiar por completo la política económica apuntando a crear las condiciones necesarias para atraer inversiones, incrementar la productividad de la economía, generar más demanda de trabajo y así comenzar un ciclo de crecimiento de largo plazo.

Pero claro, esas condiciones necesarias para atraer inversiones requieren de algo que vengo repitiendo hasta el hartazgo: calidad institucional. Me refiero a las reglas de juego, códigos, leyes, normas, costumbres que regulan las relaciones entre los particulares y de estos con el Estado.

Lo que hoy tenemos es un sistema de saqueo generalizado. El Estado es el gran saqueador que luego decide a quien le da parte del botín. Es el que a su antojo reparte el botín del saqueo. Pero ojo, esto no es nuevo en Argentina. Nuestra larga decadencia tiene como germen esta “cultura”por la cual todos pretenden vivir a costa del trabajo ajeno y usan el  monopolio de la fuerza del Estado para que saquee a otros y luego les transfiera a ellos parte del botín. El kirchnerismo ha llevado hasta niveles insospechados esta cultura del saqueo y, a mi entender, el gran desafío de Macri consiste en empezar a desandar ese nefasto camino que se ha traducido en un gigantesco gasto público con la correspondiente presión impositiva, que ya nadie puede negar que está destruyendo la economía argentina.

¿Qué quiero decir con cultura del saqueo? No me refiero solamente a la legión de gente que recibe los llamados planes sociales y se sienten con derecho a ser mantenidos por el resto de la sociedad o a la legión de ñoquis que permanecen en el estado, sino también a que buena parte de la dirigencia empresarial local (de capitales argentinos y extranjeros) pretenden parte del botín pidiendo proteccionismo, créditos subsidiados y otros privilegios que les evite competir. Quieren un mercado cautivo para vender productos de mala calidad y a precios que no podrían cobrar en condiciones de una economía abierta para obtener utilidades extraordinarias.

Además hay sectores profesionales que actúan como corporacionesdirigentes políticos, sindicales, etcétera, que pretenden también vivir de ese saqueo generalizado.

La política económica que impera en nuestro país se basa en esta regla por la cual diferentes sectores recurren al Estado para que este, utilizando el monopolio de la fuerza, le quite a otro para darles a ellos.

Es todos contra todos. Una sociedad que vive en permanente conflicto social porque el que es saqueado por el Estado pide algo a cambio y, entonces, el Estado saquea a un tercero para conformarlo y ese tercero protesta y el Estado saquea a un cuarto sector para conformar al tercero y así sucesivamente. Obviamente que los que menos poder de lobby tienen son los perdedores de este modelo de saqueo generalizado.

Con este esquema el país no puede crecer en base a inversiones porque nadie invierte para ser saqueado. En todo caso hace un simulacro de inversión para luego saquear a otro. Pero inversiones en serio, aquellas que tratan de conseguir el favor del consumidor son mínimas con estas reglas. Es más, casi tienden a cero.

En consecuencia, no tenemos un sistema de cooperación voluntaria y pacífica por el cual un sector solo puede progresar si hace progresar a sus semejantes produciendo algún bien que la gente necesite y vendiéndolo en el mercado a precio y calidad competitivos. Por el contrario, tenemos un sistema de destrucción de riqueza. De destrozo del sistema productivo. Y eso se traduce en menos bienes para ser saqueados y repartidos. Cuanto más saquee el Estado, menos se produce, menor es el botín a repartir y mayor la conflictividad social.

Las recurrentes crisis económicas argentinas son el fruto de esta cultura del saqueo. Cuando se acaba el botín viene la crisis y empezamos de nuevo, pero no cambiamos la cultura de fondo.

El mayor problema que tenemos que enfrentar es cambiar esta cultura del saqueo por la cultura del trabajo, de la competencia, de la innovación. No es cierto que el país no esté en condiciones de cambiar esta cultura decadente. Que sea imposible llevar a cabo un cambio de estas nefastas reglas de juego sin evitar una crisis social. Eso es lo que venden los políticos que prefieren seguir teniendo el poder de saquear porque saqueando pueden retener poder político. Saqueo a unos pocos y reparto entre muchos y así gano votos, es decir, kirchnerismo en estado químicamente puro.

Podremos discutir hasta el hartazgo si gradualismo fiscal o baja del gasto público. Si hacemos una reforma impositiva que atraiga inversiones o continuamos con la cantinela de que primero hay que recaudar más para luego bajar los impuestos y delirios de ese tipo.

Ahora, lo que seriamente tenemos que plantearnos es si vamos a seguir usando al Estado para robarnos unos a otros (el robo legalizado, como lo llamaba Bastiat) o le ponemos un límite en que el monopolio de la fuerza que le delegamos es para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas y no para que lo use para saquear en nombre de la solidaridad social. Verso también inventado por los políticos para decir que tienen el monopolio de la benevolencia y así seguir saqueando a los sectores productivos para repartir el fruto del saqueo y ganar votos.

En síntesis, terminar con esta competencia populista en que se ha transformado la democracia en Argentina y volver a una democracia republicana.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

PRÓLOGO A “REFLEXIONES SOBRE LA ECONOMÍA ARGENTINA” DE NICOLÁS CACHANOSKY.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 24/9/17 en https://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/09/prologo-reflexiones-sobre-la-economia.html

 

Es un completo honor para mí presentar este primer libro de Nicolás Cachanosky, que entra claramente en una las misiones fundamentales del Instituto Acton: la enseñanza de la economía para la toma de conciencia de cuáles son las condiciones bajo las cuales los pueblos pueden superar la pobreza.  
Nicolás Cachanosky es un modelo de cómo estar al frente de los más avanzados debates y aportes académicos y, al mismo tiempo, cómo difundir didácticamente la complejidad de la ciencia económica para los debates ciudadanos. Este libro tiene las dos características: es un libro técnico, con pluma amable pero que necesita atención por parte del lego, escrito especialmente para ayudar a la comprensión del drama y posibilidades de recuperación de la economía argentina. Cuantos más ciudadanos argentinos lean este libro, mayores serán nuestras posibilidades de recuperación. 
El papel de este prólogo no es volver a explicar lo que Nicolás explica, sino ubicarlo en un contexto filosófico más global que pueda sí mostrar la enorme importancia de esta obra. 
Lo primero que sorprenderá al lector, en un libro de economía, es la importancia que el autor le da a las instituciones. Pues bien, ello no debería sorprendernos. Cuando nos adentramos un poco más en la ciencia económica más sólida y profunda, en la “good economics” en la cual ha abrevado el autor, nos damos cuenta de que el desarrollo y la capitalización no son el resultado de un ministerio, de un plan, sino de instituciones sólidas que garanticen la propiedad y el libre comercio. La inversión es la utilización del ahorro para producir nuevos bienes de capital. Lo cual implica que debe haber ahorro en el mercado de capitales e inversionistas que puedan pensar en el largo plazo. O sea, ahorro e inversión, la clave del desarrollo, implican la posibilidad de tomar riesgos en el presente pensando en la rentabilidad a largo plazo. Ahora bien, si le damos a un estado la facultad para que de modo arbitrario e ilimitado suba la carga impositiva, produzca inflación, legisle todo tipo de regulaciones, controle las variables económicas y además se endeude, no habrá ahorro ni inversión, y el resultado será la pobreza y el subdesarrollo. Por lo tanto, un estado limitado, donde constitucionalmente estén prohibidas dichas prácticas, donde por consiguiente los grupos de presión no tengan incentivos para acercarse a los poderes ejecutivos y legislativos, donde haya un poder judicial realmente independiente, y donde haya un verdadero federalismo donde el presupuesto de las provincias no dependa de las prebendas del estado nacional, es, en conjunto, la condición institucional del desarrollo económico. De allí el magnífico capítulo del autor dedicado a la democracia y a los límites institucionales del estado. 
En el caso argentino, esto es particularmente revelador. La economía de mercado no es una política económica más que se pueda “planificar e instrumentar” desde las mismas instituciones mussolinianas dejadas por el peronismo y que no han sido reformadas por ningún gobierno. Porque ellas mismas implican, uno, imprevisibilidad a largo plazo (porque desde esos organismos gubernamentales se puede dar vuelta todo lo medianamente racional que se intente hacer), y, dos, un permanente estado de control, de permisos, de regulaciones, de corruptelas, de gasto público, de estado elefantiásico.  
Por eso la peculiar atención del autor al tema del capitalismo, al libre mercado y al famoso “neoliberalismo de los 90”. Los argentinos creen en general que los 90 fueron “el mercado”. Esto es grave. No es una sola cuestión de términos. El mercado implica precisamente eliminar ese estado ilimitado que en los 90 no fue eliminado, y que coherentemente termina elevando los impuestos, la deuda pública, el gasto público, para terminar por ello en la crisis del 2001. Cualquiera tiene derecho a estar en contra del comunismo, pero si identifica a George Washington con el comunismo, tendrá un leve problema de apreciación histórica. De igual modo cualquiera tiene derecho a estar intelectualmente contra el mercado, pero si cree que Menem era el mercado, tendrá el mismo problema. Cabe preguntarse, por lo demás: quienes están intelectualmente en contra del mercado, ¿qué “idea” tienen del mercado? Tal vez este libro les ayude a reflexionar sobre ello. Porque tal vez está pensando en lo que se llama “capitalismo real”, o sea lo que Ludwig von Mises llama “intervencionismo”, en la parte VI de su tratado de economía. Quizás sería bueno que concluyendo este libro el lector quisiera encarar esa apasionante lectura.  
Para el lector argentino, la explicación de “las cuatro etapas del populismo”, es fascinante porque no tiene más que aplicarlas a su propia experiencia, pero ahora con los elementos de la buena economía. No las voy a explicar yo pero sí facilitar su comprensión con una elemental analogía. Supongamos que soy un presidente que sube con grandes promesas de distribución del ingreso y la lucha contra el capitalismo salvaje. Supongamos que el banco central está ordenado y la economía más o menos funcionando. Entonces re-distribuyo todo lo que quiero y me convierto en el primer trabajador, en el qué grande sos, etc. Al principio todo parece ir bien (uno). Pero luego el banco del estado comienza a quedarse sin reservas. Tengo que subir impuestos, endeudarme, confiscar, emitir moneda, hay inflación, comienzan los problemas (dos) pero, claro, siempre está EEUU y su imperialismo para echarle la culpa. Finalmente se llega a la hiperinflación, al default, al casi quiebre de la cadena de producción y distribución, al caos (tres). Claro, entonces algo, alguien, deberá frenar la fiesta inolvidable, y será el culpable de toda la pobreza que esa fiesta ha producido (cuatro). ¿Les hacer acordar a algo? 
Por ello al argentino promedio le es tan difícil advertir los peligros del déficit fiscal, inflación, control de precios, etc. Fundamentalmente porque vive aún en la nostalgia de la primera etapa del populismo, donde pareciera que no hay escasez. Olvidar la escasez en economía es como olvidar la matemática en la Física, o el sonido en la música, o el agua en la vida. Pero sí, se la olvida. “El estado debería hacer….”. Si, ¿y de dónde? En primer lugar, de impuestos. Ah, que paguen los que más tienen. Sí, pero el impuesto progresivo a la renta frena las inversiones y por ende terminan pagando los que menos tienen.  
Cuando el tema impositivo no da para más, se entra en déficit fiscal, como cualquier familia que gasta más que sus ingresos. ¿Cómo financiar el déficit? Pues con emisión de moneda o con deuda pública. La emisión de moneda genera inflación: Nicolás “se mata” explicándolo, ante infinitas voces que aún creen que no es así (de vuelta, por la negación de la escasez, porque si el problema económico se solucionara emitiendo moneda, no habría problema económico). La inflación produce aumento de precios. El gobierno intenta entonces controlar los precios. Ello genera faltante de bienes y servicios. Como las tarifas congeladas de luz: no hay luz. No hay vuelta que darle. No hay, sencillamente.  
Pero queda, claro, la deuda pública. Hasta que ya no se puede pagar más y…. Oh, el default. Pero entonces, de vuelta, los malos son los acreedores. Es impresionante cómo los argentinos han llamado a quienes no aceptaron la quita de la deuda: los buitres. ¿Y por qué tenían que aceptarla? ¿Por caridad? Ah, eso es confundir las cosas. Uno puede “prestar” algún dinerillo a algún amigo en problemas, sabiendo que no lo puede devolver. Pero eso no es un préstamo, es una donación. Si es realmente un préstamo, hay un acreedor. Y la cuestión es: ¿por qué tuve que pedir un préstamo? En el caso del déficit fiscal, es claro: porque los gobernantes y sus votantes creyeron que el estado es como Jesús en las bodas de Caná. Incapaces luego de reconocer esa peculiar confusión teológico-económica, echan las culpas, furiosos, a un salvaje capitalismo financiero internacional, cuando todo se debe en realidad al real salvajismo de un estatismo nacional.  
Por último, el autor evalúa propuestas de reforma, de solución. Dejo al lector que las disfrute por sí mismo, con un margen de esperanza. Pero una esperanza fundada en que, si él ha comprendido las ideas del autor, será parte luego de una opinión pública transformadora de una realidad nacional de otro modo inamovible.  
Hay que agradecer a Nicolás Cachanosky, doctor, profesor, assistant professor en la Metropolitan State University of Denver, su compromiso, su jugada personal a favor de su país, su paciente aplicación de la más elevada macroeconomía a las circunstancias de este enloquecido lugar, tan soberbio, tan nacionalista, tan autoreferente, y tan irrelevante para el mundo. Nada obligaba al autor a este inmenso y difícil trabajo, excepto su delicada conciencia, su hombría de bien, su compromiso por la verdad, valores tan escasos en estos momentos. No sólo ha sido Nicolás uno de mis mejores alumnos, sino uno de los más generosos e intelectualmente honestos que he tenido y conocido. Hoy, su amistad me honra totalmente, al mismo tiempo que seguir adelante de forma permanente con la llama prendida de nuestros respectivos padres. Que Dios se lo tenga en cuenta. 

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Argentina se recupera de su propia tragedia chavista

Por Iván Carrino. Publicado el 11/8/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/08/11/argentina-se-recupera-de-su-propia-tragedia-chavista/

 

En el año 2013, Argentina y Venezuela transitaban caminos similares. Mientras la región crecía al 3 % anual con una inflación de 4,5 %, las naciones comandadas por Nicolás Maduro y Cristina Fernández mostraban números mucho peores.

En Venezuela, la economía creció 1,3 % ese año, pero con una inflación de 56,2 % según el FMI. En Argentina, el crecimiento fue un tanto superior (2,4 %), mientras que la inflación estuvo un escalón por debajo, en el 28,3 % anual según datos privados.

Otra característica que hermanaba las economías de Argentina y Venezuela era el control de cambios. En ambos países el gobierno decretaba un tipo de cambio oficial al cual solo podía acceder un puñado de autorizados. El resto debía operar con el dólar del mercado paralelo.

En Argentina, la brecha promedio entre ambos tipos de cambio fue de 60 % ese año. En Venezuela, ya se había disparado al 456 %.

El intervencionismo, el discurso anticapitalista, la inflación, los controles de precios y los avances sobre la prensa y la justicia independiente fueron también características propias de Argentina y Venezuela.

Hoy el país caribeño se hunde en el desastre. La economía sufre hiperinflación e hiper-recesión. Solo un dato ilustra la debacle: en 2016 se fabricaron no más de 3.000 vehículos, mientras en 2007 la cifra alcanzó los 170.000. Es una caída de 98 % en diez años. El sistema político, además, mutó de una democracia populista a una dictadura socialista al estilo cubano.

Argentina, por el contrario, vive una realidad diferente. A pesar de la caída de la economía en 2016, hoy está en pleno proceso de recuperación. Si todo sale como indican las estimaciones privadas, la inflación será la más baja en siete años, mientras que el crecimiento será el más elevado en cinco años. En el plano político, la prensa trabaja libremente, la justicia no se encuentra amenazada y el gobierno de Macri tiende relaciones diplomáticas con el mundo civilizado.

¿Qué pasó con Argentina? Para resumir la respuesta: en las elecciones de 2015, el pueblo le dijo NO al modelo chavista.

 

Reformas urgentes

Tras haberse impedido el proyecto re-reeleccionista de Cristina Fernández de Kirchner, los argentinos asistieron a las urnas en octubre de 2015. Los candidatos de ese entonces ya prometían cambiar de rumbo. El debate, entonces, era si el cambio debía ser gradual o de shock, pero ya no se discutía que había que cambiar.

Finalmente, en la segunda vuelta electoral se impuso Mauricio Macri, el más “antikirchnerista” de los candidatos.

Rápidamente se tomaron algunas medidas que modificaron el ecosistema económico:

1) Se eliminó el control de cambios.

2) Se eliminaron la mayoría de los impuestos a la exportación.

3) Se liberalizaron parcialmente los precios de los servicios públicos como agua, luz y gas.

4) Se normalizaron los procesos para importar, haciéndoselos menos discrecionales.

5) Se implantó en el BCRA un sistema de “metas de inflación” para cuidar el valor del peso.

6) Se implantó un plan de “metas fiscales”, con la propuesta de reducir el déficit paulatinamente.

Las reformas urgentes implementadas por Macri dejaron al descubierto el delicado equilibrio de la economía argentina. Familias y empresas, al tener que pagar más por las tarifas energéticas, restringieron otros consumos. Algunos negocios, incluso, debieron cerrar sus puertas.

Al mismo tiempo, el sinceramiento mostró la verdadera inflación que se ocultaba detrás de los controles y se disparó al 41 % anual.

No obstante, otros indicadores mejoraron. De acuerdo con la Fundación Heritage, el país mejoró su “Libertad Económica” en 6,6 puntos. En dicha mejora destacan los rubros “derechos de propiedad”, “libertad financiera” y “libertad para la inversión”.

Por otro lado, de acuerdo con la Fundación Libertad y Progreso, luego de caer 94 posiciones en su Índice de Calidad Institucional entre 1996 y 2015, el país recuperó cuatro posiciones en 2016.

Menos chavismo, más inversión

Abortar el camino del socialismo venezolano e imponer ciertas reformas liberalizadoras mejoraron el clima de inversión local.

Eso se verifica en los números. De acuerdo con el Banco Central, la inversión extranjera directa creció 92,8 % en 2016; mientras que en los primeros seis meses de este año sigue avanzando a un ritmo del 12,4 %. Por otro lado, de acuerdo con el centro de estudios de Orlando Ferreres y Asociados, en julio “la inversión volvió a mostrar un resultado positivo en el sexto mes del año y acumula cuatro meses consecutivos de expansión”. En el año acumula un avance de 6,4 %.

La consecuencia más palpable es la recuperación económica que mencionábamos. De 15 sectores que componen el PBI, 11 están creciendo en términos interanuales, destacándose el sector agrícola, la construcción, y el transporte y las comunicaciones.

Seguro que Macri no es todo lo liberal que uno desearía. Seguro que todavía queda mucho por hacer para que el país abrace el crecimiento sostenible y vuelva a formar parte del club de los países ricos.

Sin embargo, una conclusión se hace más que evidente: socialismo es sinónimo de pobreza, y abortar el camino hacia él por lo menos ofrece la posibilidad de salir de la misma.

Los primeros “brotes verdes” de la economía argentina así lo prueban.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.