Un anticipo del después, tras la reelección de Vladimir Putin

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 21/12/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2094372-un-anticipo-del-despues-tras-la-reeleccion-de-vladimir-putin

 

En marzo de 2018 la Federación Rusa tendrá previsiblemente sus próximas elecciones presidenciales. El actual presidente, Vladimir Putin, es sumamente popular. Por esto ha anunciado que será nuevamente candidato a la primera magistratura. Lo cierto es que hoy luce invencible y que pareciera tener la carrera que se avecina ganada de antemano.

Por esto los principales analistas se están concentrando no ya en 2018, sino en que pudiera ocurrir en el período presidencial siguiente: aquel que recién comenzaría en 2024. Parece insólito, pero es efectivamente así. Ocurre que Vladimir Putin no podría aspirar a obtener un tercer período presidencial consecutivo. Porque la actual Constitución rusa se lo prohíbe expresamente.

Por el momento entonces, Putin sólo podría aspirar a ser cuatro veces presidente de su país. No es poco. Como consecuencia de ello, muchos tratan de identificar a quién podría ser su sucesor, pese a que lo cierto sea que aún queda un largo camino por recorrer.

Los encontronazos políticos parecen haber comenzado y nadie sabe, a ciencia cierta, quién podría ser el candidato “in pectore” del propio Putin, quien se cuida enormemente de no hacer señales de ningún tipo en ese sentido.

Hoy Putin tiene 65 años y goza de una salud absolutamente privilegiada, de la que, además, hace gala. Sin embargo, al fin de su tercer mandato consecutivo tendría 71 años, edad en la que hoy mucha gente sigue en plenitud. Por esto no hay que descartar que, cuando llegue el momento, Vladimir Putin intente (como tantos) cambiar las reglas que hoy cierran su camino, a su favor naturalmente. De modo de eliminar los obstáculos que pudieran impedirle seguir en su larga carrera política.

Por esto quienes, ante el escenario descrito, aspiran (o sueñan) con suceder a Vladimir Putin están inmersos en la prudencia, en un comprensible juego de preservación de sus posibilidades. Con la mirada fija en el hombre que puede impulsarlos o también, de pronto, detenerlos.

Las intrigas cortesanas y hasta los codazos abiertos pueden caracterizar al ambiente político ruso en los próximos seis años. Con todas sus tensiones, dramas y batallas esperados. Con ganadores y perdedores, naturalmente. Y habrá que tratar de escudriñar a quienes avancen y a quienes, en cambio, por las razones que fueren, queden en el camino.

Como ya sucediera en Rusia en 1996, enseguida después de que el entonces presidente Boris Yeltsin obtuviera electoralmente su último mandato con la seguridad de que -como también sucede ahora- legalmente ya no podía aspirar a obtener uno más. Tras el, precisamente, llegó Vladimir Putin al poder ruso.

Algunos de esos episodios parecen haber comenzado. Con ruidos sordos. Por ejemplo, en torno al cierre de una joven universidad, dedicada a la investigación. Me refiero a los episodios sucedidos respecto de la Universidad Europea de San Petersburgo, que pareciera concentrar el odio y los rencores de algunos grupos nacionalistas. O con relación a algunas acusaciones de corrupción -como la que ahora tiene como blanco al ex ministro de economía Aleksei Ulyukayev- que han estallado, las que hasta no hace mucho se habrían presumiblemente resuelto en un marco de cierta cercanía y discreción.

Aparentemente, Vladimir Putin -que en 2012 ampliara el término del mandato presidencial ruso de cuatro a seis años- estaría decidido a dejar el poder en manos de quien le garantizara un mínimo de confianza. No sólo respecto del futuro de Rusia. También con relación al suyo propio. Algo que, por cierto, no es fácil de implementar.

Lo cierto es que en torno a Vladimir Putin el ambiente de desconfianzas y pulseadas dentro de su elite política podría crecer rápidamente. Y que, previsiblemente, habrá alianzas reservadas “entre bambalinas” y toda suerte de arreglos discretos entre los contendores, con el objeto de no quedar, de pronto, fuera de concurso.

Como es natural. Nadie querrá ser visto como una amenaza o como una preocupación respecto de los planes que apunten a generar una transición ordenada del poder. Como le está sucediendo al presidente de la petrolera Rosneft, Igor Sechin. Y al arbitrario y dictatorial presidente de Chechenya, Ramzan Kadyrov, un hombre sin compasión, que ha adoptado un andar cada vez más independiente pese a que pareciera tener bastante pocas posibilidades de aspirar a un liderazgo de su país, más allá del de su propia región de influencia.

Vladimir Putin sabe que ya es una figura histórica en su país, al que logró sacar de la desordenada decadencia en la que había entrado luego de la caída del Muro de Berlín. Por esto, el ex agente de inteligencia podría tratar de reservar -para sí y para su círculo inmediato- algún importante rincón de poder, especialmente en materia de seguridad. De modo de no aparecer nunca como un mero “pato rengo”. Ello seguramente beneficiaría a toda la elite del poder.

De alguna manera, esto es algo que Vladimir Putin ha hecho en el pasado reciente. Cuando en 2008 se transformara en primer ministro del ex presidente Dimitri Medvedev, pese a que lo cierto haya sido que, más allá de la engañosa imagen de estar presuntamente en segunda fila, Vladimir Putin mantuvo efectivamente el carácter real de líder indiscutido de su país.

Putin, por su parte, seguramente no quiere arriesgarse a terminar de pronto como le ocurriera a otro conocido longevo del poder: el depuesto y también autoritario presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe. Menos aún, obviamente, como la le aconteciera al duro líder rumano, Nicolae Ceausescu, muerto en 1989, en las inmediaciones de Bucarest, luego de haber sido depuesto.

El último ciclo de la larga era de Vladimir Putin comenzará pronto. A comienzos del año próximo. Concretamente, después de su esperada reelección presidencial, que podría ser la última. ¿O no?

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Naturaleza de la represión

Por Gabriel Boragina Publicado  el 25/12/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/12/naturaleza-de-la-represion.html

 

El diccionario de ciencias políticas y jurídicas[1] define el término de la siguiente manera:

Represión

Acción y efecto de reprimir (v.) o reprimirse, de contener o dominar, de sujetarse. | Acción y método de oponerse la fuerza pública a las alteraciones del orden general. | Aplicación de penas y correctivos por delitos y faltas.

Reprimir

Contener o refrenara otros. | Sujetar impulsos o pasiones. | Dominar los desórdenes públicos o cualquier otra transgresión de la paz social. |Imponer las sanciones pertinentes por una infracción.

Como se ve, el vocablo en sí mismo no posee las connotaciones negativas que habitualmente se le dan en la Argentina, y no tiene ninguna vinculación con los actos llevados a cabo por gobiernos autocráticos, ni con dictaduras o tiranías. Por cuanto la represión siempre es un acto legal, y los hechos perpetrados por gobiernos tiránicos nunca lo son.

Se trata de un acto normal, justificado y jurídico, destinado a reordenar y reestablecer la paz social. Por lo tanto, el uso bastardeado que le dan de continuo, periodistas de bajo nivel que se hacen pasar por “analistas políticos” o estos últimos cuyos conocimientos legales y políticos dejan bastante que desear, es del todo contrario al verdadero significado de los vocablos reprimir y represión que carecen de los alcances que habitualmente se le atribuyen.

El acto de reprimir supone una previa alteración de ese orden y de esa paz social. Si no la hay, no hay represión. Se reprime a quien inicia el uso de la fuerza, y no quien se defiende de ella. En este sentido, la represión es del todo necesaria cuando se viola el orden legal o -sin llegar a esto- se promueven desórdenes públicos, o se trasgrede la paz social como bien define el diccionario de locuciones políticas y jurídicas. Precisamente, la función de la ley es reprimir las infracciones contra ella.

Represión y violación al orden legal son expresiones que se oponen y se excluyen mutuamente. Uno es antónimo del otro.

Estas reflexiones vienen a cuento de los últimos y lamentables hechos acaecidos en la Argentina donde grupos de sediciosos alentados por legisladores de la oposición intentaron consumar un golpe de estado contra el gobierno legitima y democráticamente elegido por los argentinos.

Al respecto, el Código Penal Argentino establece:

ARTICULO 194.- El que, sin crear una situación de peligro común, impidiere, estorbare o entorpeciere el normal funcionamiento de los transportes por tierra, agua o aire o los servicios públicos de comunicaciones, de provisión de agua, de electricidad o de sustancias energéticas, será reprimido con prisión de tres meses a dos años.

Nota: texto conforme a la ley 17567, ratificado por la ley 20509, que recuperó su vigencia según la ley 23077.

Cap. III – Intimidación pública

ARTICULO 211.- Será reprimido con prisión de dos a seis años, el que, para infundir un temor público o suscitar tumultos o desórdenes, hiciere señales, diere voces de alarma, amenazare con la comisión de un delito de peligro común, o empleare otros medios materiales normalmente idóneos para producir tales efectos. Cuando para ello se empleare explosivos, agresivos químicos o materiales afines, siempre que el hecho no constituya delito contra la seguridad pública, la pena será de prisión de tres a diez años.

Nota: texto conforme a las leyes 15276 y 20509 con la modificación dispuesta por la ley 20642, que recuperó su vigencia según la ley 23077.

ARTICULO 212.- Será reprimido con prisión de tres a seis años el que públicamente incitare a la violencia colectiva contra grupos de personas o instituciones, por la sola incitación.

Nota: texto según la ley 20642, conforme a la ley 23077.

Todas estas normas y otras tantas que no enumeraré para no hacer demasiado extensa esta exposición, fueron quebrantadas sistemáticamente en los últimos días, tanto por quienes materializaron los hechos subversivos ocurridos como por el grupo de legisladores de la oposición que alentaron los actos de vandalismo y de violencia por parte de las hordas salvajes que pretendieron cometer el golpe tendiente a derrocar el gobierno.

Frente a ello, la represión es la única y adecuada respuesta que da la ley contra los delitos, y el merecido castigo que le impone a los delincuentes que los cometen o tratan de hacerlo. Reprimir es legal siempre. Represión y delito son antónimos, no sinónimos.

Evidentemente, ideólogos de un pasado que la Argentina trata arduamente de superar no se resignan -desde el peronismo y las demás fuerzas de izquierda que le son afines – a permanecer lejos del poder, al que procuran recuperar con el único objetivo de lucrar de sus arcas, es decir, vivir del fruto del trabajo de todos los argentinos de bien, que trabajan, cumplen con sus jornadas laborales, producen, y desean vivir tranquilamente en paz y armonía con los suyos.

Por eso, es hora de recobrar el significado correcto e impecable del vocablo reprimir, que alude a un acto que siempre es lícito, y que apunta a restablecer el orden legal y el respeto a las instituciones, respeto que todo aspirante a tirano -como lo son el peronismo y la izquierda socialista (“dura” o “blanda”, lo mismo da)- permanentemente trata de vulnerar para hacer prevalecer su vocación despótica, tal como ha sido demostrado en los últimos acontecimientos que tuvieron por objeto el derrocamiento del legitimo gobierno de “Cambiemos”, quien -hace apenas menos de dos meses- obtuvo un amplio triunfo y respaldo electoral en las elecciones que tuvieron lugar.

En tanto esas tentativas de transgredir el orden constitucional por parte del peronismo (K o no K), los ideólogos de la izquierda socialista en cualquiera de sus variantes, vertientes o denominaciones, y todo aquel que, diciendo “no adherir” a ninguno de ellos (como el peronismo encubierto que encabeza Sergio Massa) quiera subvertir el orden constitucional como se deseó en esos días, no cabe ninguna duda que la única respuesta que debe dar la República es aplicarles todo el peso de la ley, lo que significa -en letras claras sencillas y conforme a derecho-: reprimirlos.

[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial Heliasta-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553 pág. 842.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

On the Delusions of Price Level Stability

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 21/12/17 en:  https://www.aier.org/sound-money-project/delusions-price-level-stability

 

In a recent column, William White explains how “major central banks’ vigilant pursuit of positive but low inflation has become a dangerous delusion.” The idea that price level stability is both, necessary and sufficient to achieve macroeconomic stability and growth should have been put to rest by the 2008 financial crisis. But conflicting narratives have enabled it to live on.

Since the crisis, the focus of many central bankers has turned to macroprudential policy. The objective is to manage financial risk. Regulatory efforts have increased as a result. On the monetary policy front, price level stability still reigns supreme. New tools have been developed to execute monetary policy, to be sure. But the overall objective has been more-or-less left intact.

This is an odd development, to say the least. The financial sector is arguably the most regulated market—and was even before the crisis. It would be hard to blame the crisis on a lack of financial market regulation. And, yet, that seems to be the logic of those stressing the importance of macroprudential policy today.

An alternative view holds that the crisis was not the result of too little regulation, but rather a failure of the Fed to stabilize nominal spending. Focusing too narrowly on inflation, the Fed generated a bubble in the mid-2000s. Then, when the economy contracted, the Fed failed to offset the increase in money demand with a corresponding increase in the money supply because it feared it would push up inflation. The lesson to learn from this view is not that we need more regulation. Rather, it is that the Fed should rethink its vigilant pursuit of positive but low inflation.

If price level stability is not a good guide for policymakers, what should central bankers do? In brief, the central bank should commit to adjusting the money supply in order to offset changes in money demand. If individuals want to hold more money, the central bank should increase the money supply. If individuals want to hold less money, the central bank should decrease the money supply. And the central bank should only respond to real shocks to the extent that they affect money demand. Stabilizing nominal spending in this manner would not eliminate all macroeconomic fluctuation. But it would prevent major downturns like the Great Recession. And it would encourage long run economic growth as well. Simply put: it is the right thing to do.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

El ganador de este año:

Hay artículos que se destacan. Algunos están increíblemente bien escritos. Otros abordan temas muy importantes desde puntos de vista profundamente originales.

El ganador de este año, el que ha recibido más lecturas, vuelve a ser un artículo ya destacado en otros años, y el que más lecturas ha recibido en la historia de nuestro blog.

Por eso les recomendamos enfaticamene la lectura de este clásico del gran economista Cubano-Argentino Armando Ribas.

https://eseade.wordpress.com/2013/08/27/opinion-etica-moral-y-justicia/

Con 1.760 lecturas en o que va del año y con 4.526 lecturas desde que fue publicado, es el más leído desde que existe nuestro blog.

Compartanlo y que tengan muchas felicidades en el año que se inicia.

Atentamente.

Dr. Guillermo Luis Covernton.

Por qué no baja la tasa de inflación

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 26/12/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/12/26/por-que-no-baja-la-tasa-de-inflacion/

 

La batalla contra la inflación va a ser uno de los grandes desafíos de 2018. Si bien el Gobierno muestra que la inflación bajó del 45% anual en 2016 al 24% actual, lo cierto es que en ese punto hay un truco estadístico. Como dice Mancur Olson en su libro Auge y Decadencia de las Naciones: “Hoy en día los economistas disponemos de tal herramental matemático, estadístico y econométrico que podemos torturar los números hasta que confiesen lo que queremos”.

Si uno observa la evolución del IPC de los últimos cinco meses puede advertir que la inflación no está bajando, sino que se mantiene estancada en torno al 24% anual aproximadamente.

GRÁFICO 1

En 2016 el IPC se disparó por la devaluación y los ajustes de tarifas. En 2017 el tipo de cambio se contuvo quieto vía la tasa de interés y los ajustes de tarifas fueron menos intensos, con lo cual, la variación anual del IPC disminuyó, pero no está tan lejos de los niveles que dejó el kirchnerismo.

¿Por qué no baja la inflación si el BCRA sube la tasa de interés y toma deuda en LEBACs hasta niveles realmente peligrosos? Para explicarlo voy a utilizar el Cuadro 1.

CUADRO 1

¿Cómo se determina el poder adquisitivo de la moneda? El Cuadro 1 muestra diferentes columnas. La segunda muestra la cantidad de pesos en circulación. La tercera la cantidad de moneda que la gente quiere tener en el bolsillo por las dudas. Lo que se conoce como demanda por moneda o demanda de saldos monetarios no remunerados. Tengo dinero en el bolsillo pero no cobro interés por retenerlo. La cuarta es la diferencia entre la segunda y la tercera. Si hay 10.000 en circulación (caso 1) y 2.000 están inmovilizados, los pesos que efectivamente se utilizan para transacciones son 8.000, como muestra la cuarta columna. Si la oferta de bienes es de 800 unidades, el nivel general de precios va a ser de 10.

En el caso 2 supongo que aumenta la cantidad de pesos en circulación pero no crece la demanda por moneda. Esto significa que quedan 9.000 pesos en circulación, si la oferta de bienes no aumenta, el precio promedio de la economía estará en 11,25, en vez de en 10.

Tercer caso. Aumenta la cantidad de moneda pero también baja la demanda de moneda o solo baja la demanda de moneda respecto al ejemplo 2. Si la oferta de bienes es de 800, el precio promedio sube a 12,5. Este es un punto importante, porque puede no aumentar la cantidad de moneda, pero si disminuye la demanda de dinero y la oferta de bienes es contante, el nivel de precios tiende a subir.

El último ejemplo, caso 4, supongo que el stock de moneda en circulación se mantiene constante al igual que la demanda de moneda, pero baja la oferta de bienes. Nuevamente tenemos un nivel de precios más alto, en este caso, en 14,3.

De todo lo anterior se desprende que no es que si aumenta un 10% la cantidad de moneda, los precios suben inmediatamente un 10%. Todo va a depender del comportamiento de la demanda de moneda y de la oferta de bienes y servicios. Es decir, son tres los factores que determinan el poder adquisitivo de la moneda: la cantidad de moneda en circulación, la demanda de moneda y la oferta de bienes y servicios.

Por eso la tasa de interés no resulta un instrumento idóneo para frenar la inflación. Si sube la tasa de interés y frena el nivel de actividad y cae la demanda de moneda, cualquier aumento en el stock de pesos en circulación impacta en el nivel de precios por más que suban la tasa de interés.

Es difícil medir todos estos conceptos con datos de la economía, pero si tomamos elaumento del circulante que está en el 31% anual, la oferta de bienes y servicios crece al 4,3% (tomando aumento del PBI e importaciones) la diferencia es de 27 puntos, con lo cual se acerca bastante a la tasa de inflación que mide el IPC. Uno podría concluir que la demanda de moneda (cantidad de pesos inmovilizados que quiere tener la gente) no aumenta y, por lo tanto, todo sobrante de pesos que hay en el mercado se va a precios.

En la medida en que el BCRA tenga que seguir expandiendo moneda a estas tasas producto del déficit fiscal y la demanda de moneda no aumente, el escaso crecimiento de la oferta de bienes no logrará compensar el impacto en precios y vamos a seguir teniendo tasas de inflación como las actuales.

Si efectivamente la demanda de moneda está, en el mejor de los casos, constante, la tasa de interés no servirá para frenar la inflación con estos niveles de expansión del circulante y este crecimiento de la economía. Por lo tanto, para frenar la inflación se requiere algo más que subir la tasa de interés. Hace falta una política fiscal consistente con el objetivo de bajar la inflación. Coordinar política monetaria y fiscal es lo que está faltando y la tasa de interés no es sustituto de esa coordinación monetaria y fiscal.

Cualquiera que diga que puede estimar cuál es la demanda de moneda está vendiendo humo porque nadie puede saber cómo será el comportamiento de millones de personas. De manera que lo máximo que podría intentar el BCRA para frenar la inflación es emitir con base en la expansión de la oferta de bienes y servicios (crecimiento del PBI e importaciones) para que los precios suban, hipótesis de trabajo muy fuerte si tiene que seguir financiando al Tesoro.

En síntesis, la tasa de inflación no baja porque el BCRA emite por encima del crecimiento de la oferta de bienes y servicios y de la de la demanda de moneda. Seguir probando con la tasa de interés es perder el tiempo.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

UN COMENTARIO AL DISCURSO DE BENEDICTO XVI SOBRE EL VATICANO II (de un libro mío de próxima aparición)

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 10/12/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/12/un-comentario-al-discurso-de-benedicto.html

 

  1. a)El discurso del 22-5-2005
  2. 1. El discurso en sí mismo.

Benedicto XVI fue el pontífice de mayor importancia en toda la historia que estamos interpretando y reseñando. Habiendo sido perito del Vaticano II habiendo influído èl mismo en varios documentos, entre ellos Gauduim et spes, era el candidato ideal para poner orden en estos temas, y lo hizo. Porque sobre las denuncias al Vaticano II como contrario a la Iglesia pre-conciliar, había un peculiar silencio, que sólo fue cortado por Benedicto XVI. Y no fue casualidad. Era un eximio teólogo, uno de los mejores del s. XX, de orientación agustinista, y con un claro convencimiento de la recta relación entre razón y fe como clave de la re-orientación del Catolicismo a principios del s. XXI. Y lo hizo.

Su discurso del 22 de Diciembre del 2005, a la Curia, encara directamente el problema del Vaticano II y su supuesta dicotomía entre reforma “o” continuidad. Ese discurso conforma el trípode programático de su pontificado. Lo segundo es su discurso en Ratisbona y lo tercero es su conjunto de tres encíclicas, cada una dedicada a las tres virtudes teologales: la Caridad (Deus est caritas) la esperanza (Spes salvi) y la Fe (Lumen fidei, esta última firmada por Francisco).

El discurso no tiene un título oficial, pero se lo puede calificar como el discurso de la “reforma y continuidad” del Vaticano II. Es la posición superadora de la dicotomía de un Vatciano II como enfrentado totalmente al Magusterio anterior. O sea, el Vaticano II ha reformado en lo contingente y ha sido una continuidad en lo esencial.

Benedicto XVI va directamente al punto: “…el Concilio debía determinar de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna”[1].

Y, resumiendo de manera magnífica todo lo que hemos visto sobre Modernidad, Iluminismo y el magisterio del s. XIX, sigue:

“…Esta relación tuvo un inicio muy problemático con el proceso a Galileo. Luego se rompió totalmente cuando Kant definió la “religión dentro de la razón pura” y cuando, en la fase radical de la revolución francesa, se difundió una imagen del Estado y del hombre que prácticamente no quería conceder espacio alguno a la Iglesia y a la fe. El enfrentamiento de la fe de la Iglesia con un liberalismo radical y también con unas ciencias naturales que pretendían abarcar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus confines, proponiéndose tercamente hacer superflua la “hipótesis Dios”, había provocado en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte de la Iglesia, ásperas y radicales condenas de ese espíritu de la edad moderna. Así pues, aparentemente no había ningún ámbito abierto a un entendimiento positivo y fructuoso, y también eran drásticos los rechazos por parte de los que se sentían representantes de la edad moderna” (las itálicas son nuestras).

Pero entonces comienza a distinguir entre Iluminismo y Modernidad: “…Sin embargo, mientras tanto, incluso la edad moderna había evolucionado”. Y reseña dos cuestiones que tienen todo que ver con la sana laicidad de los EEUU, con una ciencia que no se ve como enemiga de la Fe, y con la reconstrucción europera de la post-guerra, animada por esa laicidad cristiana:

“…La gente se daba cuenta[2] de que la revolución americana había ofrecido un modelo de Estado moderno diverso del que fomentaban las tendencias radicales surgidas en la segunda fase de la revolución francesaLas ciencias naturales comenzaban a reflexionar, cada vez más claramente, sobre su propio límite[3], impuesto por su mismo método que, aunque realizaba cosas grandiosas, no era capaz de comprender la totalidad de la realidad. Así, ambas partes comenzaron a abrirse progresivamente la una a la otra. En el período entre las dos guerras mundiales, y más aún después de la segunda guerra mundialhombres de Estado católicos habían demostrado que puede existir un Estado moderno laico, que no es neutro con respecto a los valores, sino que vive tomando de las grandes fuentes éticas abiertas por el cristianismo”. (Las negritas son nuestras).

Más claro y más coherente con todo lo que hemos expresado, imposible.

Por ende, sigue BXVI, esto implicaba que en la década del 60 la Iglesia debía afrontar tres grandes preguntas[4]:

–          “…Ante todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre la fe y las ciencias modernas”;

–          “…En segundo lugar, había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno”;

–          “…En tercer lugar, con eso estaba relacionado de modo más general el problema de la tolerancia religiosa”[5]

El Vaticano II fue, por ende, una respuesta a estas preguntas; una respuesta que NO contradecía al magisterio anterior en lo esencial de la Fe pero que reformaba dentro de lo que NO la contradijera.

Esto surge del siguiente párrafo: “…Todos estos temas tienen un gran alcance —eran los grandes temas de la segunda parte del Concilio— y no nos es posible reflexionar más ampliamente sobre ellos en este contexto. Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema,podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios; este hecho fácilmente escapa a la primera percepción” (las itálicas son nuestras). O sea, se reconoce que hay cierta discontinuidad, pero “…hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias”, el resultado es que NO se abandona la continuidad con los principios esenciales e irrenunciables de la Fe incluso a nivel social.

Y entonces BXVI pasa a explicar cómo.

Ante todo aclara el principio hermenéutico fundamental: “…en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma”.

¿Qué son las “cosas contingentes”? Justamente las aplicaciones históricas de principios que “en sí mismos” son universales.

Veamos: “…En este proceso de novedad en la continuidad debíamos aprender a captar más concretamente que antes que las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes —por ejemplo, ciertas formas concretas de liberalismo o de interpretación liberal de la Biblia—necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable. Era necesario aprender a reconocer que, en esas decisionessólo los principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y motivando la decisión desde dentro.
En cambio, no son igualmente permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios. Así,las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar”. Muy interesante es que BXVI no se refiere sólo a los principios más universales sino a las decisiones, que están motivadas desde un fondo NO contingente, pero a la vez, en su aplicación a la circunstancia tienen su margen de contingencia.

Ya hemos visto que da un ejemplo que a efectos de este libro es esencial: el juicio del magisterio sobre “ciertas formas concretas de liberalismo”. Pero luego BXVI dedica un largo párrafo al ejemplo más significatuivo e importante de todo esto: la libertad religiosa. Veámoslo in totum. No tiene desperdicio.

“…Por ejemplosi la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad.
Por el contrario, algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia  humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino  que  el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción.
El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.” (las itálicas y las negritas son nuestras).

Esto es, si la libertad religiosa es indiferentismo, entonces es inaceptable siempre; si es consecuencia, en cambio, de la libertad del acto de fe, entonces el Vaticano II (aquí está lo audaz de BXVI) “recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia”. Y es interesante que diga “haciendo suyo un principio esencial del estado moderno”, porque esa modernidad se dio, por un lado, históricamente desde fuera de la Iglesia; pero por el otro, era un principio intrínseco del Judeo-cristianismo por el cual lucharon desde dentro los liberales católicos del s. XIX.

Pero entonces BXVI está diciendo que hay una tradición fundante, verdadera, más allá de la así llamada tradición por quienes sólo quieren condenar a todo el Vaticano II en nombre del Syllabus. Esa tradición es la de la Iglesia antigua:

…La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia” (las itálicas son nuestras).

a.2.  La enseñanza de todo esto en relación a lo opinable.

Pero alguien podría decir que no, que esto no aclara las cosas. ¿Cuál es, finalmente, el elemento “contingente” que el Magisterio pre-conciliar había afirmado y que por ende se puede reformar sin contradicción con la Fe?

Varias veces hemos dicho[6] –y volveremos a ello después- que hay elementos esencialmente opinables en relación a la Fe en los temas sociales. Esos elementos son, a) la aplicación prudencial de principios universales a la circunstancia histórica concreta, b) el estado de las ciencias sociales en determinado momento histórico; c) la evaluación de determinado momento histórico a la luz de las teorías anteriores.

Pues bien: estas distinciones están lejos de estar claras en los textos del Magisterio, y ello ha producido no sólo la devaluación de la autoridad del Magisterio pontificio[7], sino innumerables problemas de conciencia y divisiones dentro de los católicos que se podrían haber evitado.

Es por esto que en su momento puse cuidado en incorporar la categoría de “acompañamiento” magisterial a ciertas cuestiones temporales, para que ciertos tradicionalistas fueran justamente tratados en su libertad de opinión intra-eclesial con respecto a sistemas no democráticos de gobierno y-o no constitucionales o republicanos.

Ojalá alguno de ellos, alguna vez, hubiera hecho o hiciera lo mismo con nosotros[8].

Muchos han diferido con este diagnóstico, no porque no lo compartan, sino porque aún reconociendo el problema lo guardan en el cajoncito de “de esto no se habla”.

Pero hay que hablar, porque en este tema de la libertad religiosa, y en todo el problema del magisterio pre y post-conciliar sobre relaciones entre Iglesia y estado, tenemos un trágico ejemplo –que ya ha implicado un cisma– de lo que ha significado en el Magisterio la mezcla, sin distinguir, de lo esencial con lo prudencial.

El magisterio del s. XIX tenía todo el derecho, en materia no opinable, a rechazar al Iluminismo y a los regímenes napoleónicos y parecidos. De igual modo que el Magisterio del s. XX tenía y tuvo todo el derecho, en materia no opinable, de rechazar a los totalistarismos del s. XX.

Pero ello es máximamente tema no opinable: porque forma parte de la función negativa de la Fe: advertir de lo que va en contra de la Fe.

Las afirmaciones positivas, en cambio –igual que en filosofía- entran en un grado mayor de opinabilidad.

Si el Magisterio del s. XIX rechazó al iluminismo napoleónico, y bien hecho, las opciones “afirmativas” sobre las formas de gobierno y el régimen político eran, en cambio, más opinables.

¿Y no era lo que había establecido claramente León XIII?

Si, al afirmar la libertad de opción del católico sobre las tres formas clásicas de gobierno.
Pero los reinos pontificios se hallaban, sin embargo, en un régimen político que fue  heredado de Constantino, luego del Sacro Imperio, y luego de las monarquías absolutas europeas. Ese régimen consistía en la unión jurídica entre ciudadanía, como pertenencia al régimen, y religión profesada[9].

Los estados pontificios podían “tolerar” perfectamente, en nombre de la libertad del acto de Fe, que un visitante extranjero profesara privadamente su culto. Pero no podía ser ciudadano si no se bautizaba y obviamente no podía predicar libremente su Fe.

O sea, ser ciudadano y ser bautizado era lo mismo.

La pregunta clave es: ¿es ello un dogma de Fe, o, si no, un principio esencial de la ética social católica, de derecho natural primario, que deba ser afirmado con la certeza que la Veritatis splendor atribuye a los principios morales negativos, que no admiten excepción, en contra de una moral de situación[10]?

Obviamente, no. ¿De dónde podríamos inferir que esa herencia del Imperio Romano es esencial a la Fe Catòlica?

Pero tampoco es un dogma de fe, ni tampoco un principio esencial de derecho natural secundario, la democracia constitucional, en cuyo contexto, el derecho de libertad religiosa, como el Vaticano II lo define, encaja perfectamente.

En realidad, el principio fundamental, esencial, atemporal, es la libertad del acto de Fe. Esa libertad se convierte en el derecho a la libertad del acto de Fe y, en ese sentido, en un derecho a la libertad religiosa definido de manera atemporal.

Pero apenas entran las circunstancias históricas, la aplicación de ese princpio es analógica y entra en el ámbito de lo opinable[11].

En realidad, podríamos decir que la libertad del acto de Fe es la tesis, mientras que sus diversas aplicaciones histórias son en hipótesis y opinables.

En ese sentido, tan opinable era la fórmula de los estados pontificios como los sistemas democrático-constitionales actuales donde se corta con la igualdad entre bautismo y ciudadanía.

Lo que Gregorio XVI y Pío IX hicieron, sin darse cuenta, es imponer el régimen político de los estados pontificios como cuasi-dogma. Lo que deberían haber hecho era dejar a los laicos de los estados pontificios que propusieran las reformas que consideraran necesarias y NO condenar sin nombrarlos a los liberales católicos del s. XIX. Eso es pedirles mucho a su circunstancia personal e histórica, pero es una enseñanza para los debates sociales actuales donde laicos y jerarquía se hallan inmersos, y que retrospectivamente, quedarán igual.

Lo que siempre es inmoral es imponer la Fe por la fuerza. La praxis de la Iglesia nunca fue fiel a la libertad del acto de Fe, cuestión por la cual ha habido un pedido de perdón por parte de Juan Pablo II[12].

La Dignitatis humane, al afirmar el derecho a la libertad religiosa que toda persona tiene por su dignidad –y NO por la dignidad de ser bautizado, sino por estar creado a imagen y semejanza de Dios- corta con la necesidad dogmática de formas de régimen político donde bautismo sea igual a ciudadanía, pero al mismo tiempo se podría inferir que tampoco excluye una confesionalidad formal fuerte, dado que habla de “los límites debidos dentro de las circunstancias de lugares y tiempos”. Una mejor aclaración de esta cuestión, y no sólo la voluntarista afirmación de la no contradicción con el magisterio anterior, hubiera ayudado enormemente[13].

Si no fuera por todo esto, la aclaración de Benedicto XVI, sobre lo contingente y lo esencial en temas de Iglesia y estado y en temas de libertad religiosa no tendría sentido. Porque NO está en debate ni la libertad del acto de Fe NI la necesaria confesionalidad, ya formal, ya sustancial, del gobierno temporal, sino la relación necesaria entre bautismo y ciudadanía como cuasi-dogma, y el derecho a practicar libremente las exigencias de la conciencia en materia religiosa SIN la coacción del gobierno. Ello es “en sí” compatible (aunque muy difícil) con un régimen de cristiandad medieval que tolerara la libertad del acto de fe de los “extranjeros”, cosa que hubiera evolucionado hacia formas de gobierno más adaptables a repúblicas de inspiración cristiana donde los no cristianos hubieran comenzado a ser reconocidos como ciudadanos. Ese hubiera sido tal vez el universo paralelo que pedían Lacordaire y Montalembert y de lo cual parecía estar convencido el primer Pío IX. La libertad religiosa ya había fermendado en la Segunda Escolástica y, con una visión más amplia, hubiera salido del seno mismo de transformaciones intrínsecas de los estados pontificios. Por lo demás, es interesante que la transformación evolutiva del antiguo régimen al mundo moderno coincida con la mayor concierncia del derecho a la libertad religiosa, que no de casualidad los escolásticos españoles comenzaron a reclamar a su propia corona, y es muy interesante que la evolución del mercado conincidiera con esta mayor toma de conciencia de la libertad religiosa[14].

Sobre la base de lo anterior, se podría invitar a los actuales partidarios de Lefevbre a considerar al derecho a la libertad religiosa como el derecho a la libertad del acto de fe, en tesis, y que tanto la necesaria relación entre bautismo y ciudadaníacomo la necesaria relación entre democracia constitucional y la libertad del acto de Fe son ambas circunstancias históricas opinables que NO pueden ser presentadas como cuasi-dogmáticas. Y que corresponde a los laicos, y no a los pontífices, debatir libremente la conveniencia de una u otra cosa según las circunstancias históricas, como así también la extensión y límites de lo “público” en la libertad del acto de Fe. En este universo paralelo, ni la Mirari vos ni la Quanta curahubieran sido necesarias en sus propuestas positivas ni tampoco una Dignitatis humanae que dejara sin aclarar –más allá de una proposición voluntarista[15]– su no contradicciçon con el magisterio anterior.

Coherentemente con lo anterior, yo, en mi estado laical, opino que la relación entre Fe y autoridad temporal que ha atravesado durante casi 17 siglos a los católicos ha sido y será siempre una peligrosa tentación. El que mejor lo ha expresado, de modo conmovedor, es el Cardenal Ratzinger: “…“Celso [el gran enemigo de los cristianos en el siglo III] se burlaba de la pretendida salvación de los cristianos preguntándoles qué es lo que había logrado Cristo. El mismo contestaba que no había logrado nada, porque todo en el mundo seguía igual que antes. Si Cristo hubiera pretendido una verdadera liberación, habría tenido que fundar un Estado, habría tenido que realizar políticamente esa libertad. Esta objeción tenía suma incidencia en un tiempo en que el Imperio romano –gobernado por emperadores cada vez más despóticos– iba aumentando continuamente su poder opresivo. Fue Orígenes el que mejor expresó la respuesta de los cristianos a esta objeción. El se preguntaba qué habría sucedido realmente si Cristo hubiera fundado un Estado.Pues bien: este Estado habría tenido que aceptar sus límites, y entonces sus ventajas habrían alcanzado solamente a unos pocos; o habría tenido que intentar extenderse y habría tenido que recurrir a la violencia, y de este modo se habría hecho semejante a los otros Estados. Por otra parte, sus límites podían ser amenazados por enemigos envidiosos, y de nuevo habría tenido que recurrir a la violencia. Un Estado sería una solución para pocos, y una solución problemática. No, un Salvador tenía que hacer algo totalmente distinto. Tenía que fundar una sociedad que pudiese perdurar para siempre; tenía que establecer una forma de convivencia, un espacio de verdad y de libertad que no estuviese vinculado a ningún ordenamiento estatal determinado, pero que pudiera realizarse en cualquiera de ellos. En una palabra: tenía que fundar una Iglesia, y eso es precisamente lo que hizo…”[16]

Todo esto es una enseñanza, y una enseñanza grave y dolorosa, sobre el costo de NO respetar el ámbito de lo opinable. Estosigue sucediendo en otros temas. Volveremos más tarde a esta cuestión.

 

[1]https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2005/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20051222_roman-curia.html

[2] La verdad, no sabemos qué gente. EL, Benedicto XVI, sí se dio cuenta.

[3] Evidentemente Benedicto XVI está al tanto de los debates epistemológicos del s. XX posteriores al neopositivismo.

[4] Qué homenaje para un pontífice cuando un simple comentador, como es nuestro caso, no tiene que hacer magia hermenéutica para explicar “lo que quiso decir….”.

[5] Este es el contexto completo de las tres preguntas: “…Se podría decir que ahora, en la hora del Vaticano II, se habían formado tres círculos de preguntas, que esperaban una respuesta. Ante todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre la fe y las ciencias modernas; por lo demás, eso no sólo afectaba a las ciencias naturales, sino también a la ciencia histórica, porque, en cierta escuela, el método histórico-crítico reclamaba para sí la última palabra en la interpretación de la Biblia y, pretendiendo la plena exclusividad para su comprensión de las sagradas Escrituras, se oponía en puntos importantes a la interpretación que la fe de la Iglesia había elaborado.
En segundo lugar, había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno, que concedía espacio a ciudadanos de varias religiones e ideologías, comportándose con estas religiones de modo imparcial y asumiendo simplemente la responsabilidad de una convivencia ordenada y tolerante entre los ciudadanos y de su libertad de practicar su religión.
En tercer lugar, con eso estaba relacionado de modo más general el problema de la tolerancia religiosa, una cuestión que exigía una nueva definición de la relación entre la fe cristiana y las religiones del mundo. En particular, ante los recientes crímenes del régimen nacionalsocialista y, en general, con una mirada retrospectiva sobre una larga historia difícil, resultaba necesario valorar y definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la fe de Israel”.

[6] “La temporalización de la Fe”, en el libro Cristianismo, Sociedad Libre y Opción por los pobres, Centro de Estudios Públicos, Santiago de Chile, 1988; “Reflexiones sobre cuestiones obvias”, en El Derecho, del 29/1/93; “Jacques Maritain: su pensamiento político y su relevancia actual”, op.cit.;  SOBRE LO OPINABLE EN LA IGLESIA, UNA VEZ MÁS, en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2010/06/sobre-lo-opinable-en-la-iglesia-una-vez.html

[7] Lo hemos dicho en Zanotti, G.J: La devaluación del magisterio pontificio, enhttp://institutoacton.org/2016/04/12/la-devaluacion-del-magisterio-pontificio-gabriel-zanotti/

[8] Conozco sólo uno: Fernando Romero Moreno.

[9] Dice Rhonheimer: “La Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa, disuelve el nexo entre derecho a la libertad religiosa –libertad de conciencia, libertad de culto– y verdad. Se trata de una separación a nivel jurídico y político que no implica la no existencia de ninguna verdad religiosa o que todas las religiones sean equivalentes. Se trata de una postura de indiferencia política –del Estado– y no de una indiferencia total, ni de un “indiferentismo” teológico. Con su doctrina sobre el derecho a la libertad religiosa, la Iglesia reconoce, pues, la laicidad del Estado como separación institucional entre religión y política.” Rhonheimer, Martin, op.cit. Cristianismo y laicidad. Historia y actualidad de una relación compleja, Madrid, Rialp, 2009, p. 109. Agradecemos a Mario Silar esta referencia.

[10] Es interesante que, actualmente, muchos de los católicos que niegan implícitamente estas enseñanzas de la Veritaris splendor, mostrándose por ende MUY amplios en todos los temas, sin embargo descargan todo el peso de su dogmatismo en temas económico-sociales…

[11] Finalmente, esto es lo que ya decíamos en 1988 en nuestro art. Reflexiones sobre la encíclica “Libertas” de León XIII (op.cit): “…Pero alguien podría objetar: el problema no es la libertad del acto de Fe, sino que el Concilio dice que el derecho a la libertad religiosa implica actuar conforme con la conciencia en privado y en publico, y es este ultimo “…y en publico” lo negado por la Libertas y todo el Magistrado preconciliar. Pero esto es para nosotros una falsa dialéctica. En la manifestación de una fe religiosa, lo privado y lo público no es fácilmente escindible. La naturaleza humana tiene una dimensión social y publica del fenómeno religioso, inherente al mismo. Esa manifestación pública no puede ser violada so pena de coaccionar también sus manifestaciones privadas y atentar de ese modo, directa o indirectamente, contra la libertad del acto de fe. Ahora bien: reconocida una dimensión pública inherente a la libertad del acto de fe, la clave de la cuestión es que no se puede determinar de una vez y para siempre el grado, en la ley humana positiva, de esa dimensión pública. Par eso el Vaticano II dice “…dentro de los limites debidos”. Pero esos limites son cambiantes según diversas circunstancias, donde entra la prudencia política, y la tolerancia de la qua hablaba León XIII  -que también se aplica a la libertad del acto de fe- en la ley humana positiva, que por definición no prohíbe todo lo prohibido por la ley natural (12). Este es un terreno donde entran las diversas circunstancias históricas y lo que nosotros llamamos “los cuatro ámbitos de lo opinable”(13), donde el Magisterio no puede definir de una vez y para siempre. Dice Santo Tomás: “…no todos los principios comunes de la ley natural pueden aplicarse de igual manera a todos los hombres, por la gran variedad de circunstancias. Y de ahí provienen las diversas leyes positivas según los distintos pueblos” (14). Luego, es evidente que si el grado de “manifestación publica” otorgado por León XIII a la libertad del acto de fe es distinto -o sea, mas restrictivo- que el grado que se observa en el documento del Vaticano II, esa diferencia de grado se explica por las diversas circunstancias que influyen en ambos documentos, y la evolución del derecho natural a la luz de dichas circunstancias. Pero esos son elementos contingentes, que no afectan al depositum fidei ni a los principios morales fundamentales”

[12]http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_doc_20000307_memory-reconc-itc_sp.html

[13] A su vez, se podría decir que hubiera implicado todo otro universo paralelo que Pío XII, al terminar su documento sobre Comunidad internacional y tolerancia, de 1954 –al cual, como se ha visto, le hemos dedicado mucha atención- hubiera concluido diciendo “…Por lo tanto, el derecho a la libertad religiosa, tanto como está reconocido en las constituciones europeas de la post-guerra, y en la Primera Enmienda de la Constitución de los EEUU, en las presentes circunstancias históricas, no es contradictorio con la Fe”. Habría que ver si en ese caso la Dignitatis humanae hubiera tenido la necesidad de ser redactada…

[14] Un tema que se le ha escapado por completo a K. Polanyi en su clásico libroEl sustento del hombre, Autor-Editor, Madrid, 2009.

[15] “…Ahora bien, puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”. Esto elude el problema, porque el deber del que hablaban Gregorio XVI y Pío IX no era solamente moral, sino civil.

[16] Ratzinger, J., Iglesia, ecumenismo y política,  citado por Jorge Velarde Rosso en Límites de la democracia pluralista. Aproximación al pensamiento de Joseph Ratzinger – Benedicto XVIInstituto Acton, Buenos Aires, 2013, p. 161Las itálicas son nuestras.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

El verdadero problema de las jubilaciones en Argentina

Por Iván Carrino. Publicado el 21/12/17 en: http://www.ivancarrino.com/el-verdadero-problema-de-las-jubilaciones-en-argentina/

 

Estafar a la gente es prometer lo que no se puede cumplir.

El verdadero problema de las jubilaciones en Argentina es que son un gasto público.

Así de simple.

Si el ingreso de una persona que deja de trabajar dependiera del ahorro que generó durante toda su vida, entonces no habría ningún debate público acerca de la sostenibilidad de ningún sistema previsional.

Tampoco habría políticos demagogos hablando sobre el arrebato a los derechos.

Probablemente sí habría fascistas de izquierda exaltados y violentos por algún motivo. Pero, al menos éste, no sería uno de ellos.

Si la jubilación fuera totalmente privada, todo el tema sería una cuestión de cada individuo y, a lo sumo, debatiríamos si hay que ayudar desde el estado al que no pudo ahorrar por causas de fuerza mayor.

Del sistema de reparto…

Sin embargo, el sistema de reparto y propiedad estatal, que es el único que tenemos en Argentina, no funciona así.

Acá las jubilaciones de hoy se pagan con los impuestos que se les pueden cobrar a los trabajadores de hoy.

No hay ninguna correlación entre lo que una persona aportó al sistema y lo que ella recibe.

Lo que “aportó” fue, en realidad, un impuesto por trabajar. Lo que recibe es, en realidad, un pago estatal que depende de las necesidades de caja de quien paga.

Es decir, del estado.

Ahora el estado es el gobierno, y al gobierno lo manejan los políticos que quieren ganar las elecciones.

Así, prometen el Oro y el Moro, hasta que se acaba la plata y todo queda en la nada.

Eso fue lo que hicieron los gobiernos de Néstor y Cristina.

Abrieron generosas moratorias que incorporaron en el sistema previsional a nada menos que 3,2 millones de jubilados y pensionados, el doble de la cantidad que había en 2003.

2017.12.21a

En el mismo período en que se duplicaba la cantidad de haberes para pagar, quienes son capaces de producir la riqueza en el país para hacerlo (la población ocupada), creció solo 46%.

Estafar a la gente es prometer lo que no se puede cumplir.

… a la crisis previsional

Si vos tenés un carro tirado por un caballo, hay un límite a la cantidad de gente que se puede subir.

O sea, llega un punto en que:

———-> o bajás la carga,

———-> o aumentás los caballos,

———-> o te quedás parado en el medio del camino.

En ese caso, todos pierden.

Pero los políticos demagogos seguramente terminen echándole la culpa al que maneja el carro, o también al caballo, en lugar de a quien invitó a subir a los pasajeros  prometiéndoles que iban a llegar sin problemas a destino.

Lo mismo le pasa al sistema previsional. A las moratorias se suma una fórmula de ajuste de los haberes que hace que cada vez se gaste más en previsión social en términos del PBI.

Hoy en día, Argentina es de los países que más gasta en la OCDE en previsión social. Arriba nuestro están Portugal, Grecia e Italia, los tres con crisis fiscales.

2017.12.21

Nosotros estamos igual de mal. Con una inflación que está entre las 10 más altas del mundo, gracias a que el estado está quebrado y le pidió al Banco Central que emitiera a lo loco por una década y media.

El populismo un día se acaba y se acaba mal. Todas las promesas se esfuman, porque estaban basadas en sacarle plata al vecino, pero resulta que si se sigue por ese camino, el vecino se va del país y no tenés con qué pagar lo que prometiste.

Así es como está hoy el país.

Un estado en quiebra, porque gasta $ 600.000 millones más de lo que le ingresa. Y un sistema previsional igual de quebrado, porque gasta $ 364.000 millones más de lo que recauda por contribuciones patronales y aportes personales.

Mero cambio de fórmula

En medio de todo esto, el gobierno nacional intenta, al mismo tiempo que equilibrar las cuentas fiscales moderando el aumento del gasto público, evitar que los jubilados y pensionados de hoy pierdan poder de compra.

Así es que lo más importante que se discutió y se aprobó finalmente el martes en la cámara de Diputados fue el cambio de la fórmula de actualización de los haberes, lo que igualmente hará que los jubilados en el futuro tengan ingresos que superen a la inflación.

¿Es esta fórmula mejor que la que tenía el kirchnerismo? Depende para quién y en qué período de tiempo.

Si lo miramos a corto plazo, esta fórmula implica que los jubilados ingresarán menos de lo que habrían ingresado. Ahora desde el punto de vista de la sostenibilidad fiscal, la nueva fórmula ayuda a cumplir las metas.

A largo plazo la cuestión es distinta. La nueva fórmula da mayor previsibilidad a los ingresos y podría incluso ser mejor para los jubilados. Por otro lado, si sirve para mejorar la confianza en las metas fiscales del gobierno, podría evitar una  crisis.

Esto es particularmente importante.

Recordemos que en el año 2002, cuando la crisis fiscal del menemismo-delarruismo terminó en la devaluación del duhaldismo, la jubilación mínima cayó un 29% en términos reales y el haber medio se redujo un 33%.

O sea, cuidado. Porque por evitar un cambio a corto plazo (que ni siquiera es un ajuste), podemos comprarnos el pasaje a una nueva crisis terminal.

La ley se aprobó, pero falta demasiado todavía como para resolver el problema fiscal y de competitividad del país.

¿Está la sociedad argentina lista para enfrentar el desafío? La violencia en la plaza, los cacerolazos y la opinión de algunos periodistas frente a estos cambios modestos, me hacen dudarlo seriamente.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.