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Burocracia y corrupción

Por Gabriel Boragina Publicado el 13/10/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/10/burocracia-y-corrupcion.html

 

“es inherente a toda burocracia gubernamental ajustarse a un conjunto de reglas e imponerlas de manera uniforme y autoritaria. Si no fuera así, y el burócrata decidiera sobre los casos individuales ad hoc, se lo acusaría, con justo derecho, de no tratar a cada contribuyente y ciudadano de manera igual y uniforme. Sería acusado de discriminación y de brindar privilegios especiales. Además, desde el punto de vista administrativo es más conveniente para el burócrata establecer reglas uniformes en toda su jurisdicción. A diferencia de la empresa privada, cuya finalidad es obtener ganancias, a la burocracia gubernamental no le interesa ser eficiente ni servir a sus clientes lo mejor posible. Al no tener fines de lucro, y a salvo de la posibilidad de sufrir pérdidas, el burócrata puede descuidar, y de hecho lo hace, los deseos y demandas de sus consumidores-clientes. Su interés principal es “no hacer olas”, y esto lo logra aplicando equitativamente un conjunto de reglas uniforme, no importa lo inaplicable que pueda ser en cualquier caso puntual.” [1]

Sin embargo, a pesar de ser cierto lo anterior, también es verdad que los burócratas discriminan, y es precisamente esto último lo que se conoce con el nombre de corrupción, fenómeno cuya extensión -sobre todo en Argentina- ha llegado a niveles alarmantes batiendo todos los récords históricos hasta el presente. En realidad, como ha demostrado la Escuela de la Public Choice -con James Buchanan y Gordon Tullock a la cabeza- los burócratas si, tienen fines de lucro como cualquier ser humano normal.

Ahora bien, es cierto que, desde el punto de vista institucional la burocracia no tiene fines de lucro, porque -en tanto burocracia- fue creada para permanecer, con independencia de cualquier circunstancia económica. No obstante, lo anterior, en cambio, los burócratas no suelen ser los mismos, o no lo son por todo el tiempo. Esto hace que los burócratas, conscientes de la transitoriedad personal en sus cargos, tiendan, durante su paso por la burocracia, a tomar todo el dinero posible de ella, ya sea por vías legitimas o ilegítimas, dando lugar a la corrupción tan denostada por un lado y tan practicada por el otro. Pero la corrupción no está ínsita -por regla general- en la persona del burócrata, lo que si esta inherente en la institución es la potencialidad de promover o cobijar o -al menos- soportar actos de corrupción. Si el empleado público -además- ve con buenos ojos el cargo que ocupa como medio idóneo para lucrarse en y de él, la situación es, por supuesto, tanto peor.

La burocracia -como entidad – no tiene fines de lucro, pero el burócrata, contemplado desde la faz de un simple ser humano como todos, si los tiene. Claro que, su lucro no proviene -en primera instancia- del contribuyente, sino del organismo oficial que lo emplea. Sólo depende del peculio del contribuyente de manera indirecta. Pero si perdiera su cargo de burócrata (porque -por ejemplo- la repartición donde trabaja decidiera cesantearlo) esto lo afectaría económicamente a él en persona. De allí que, es natural que, desde su propio punto de vista, vea su puesto de burócrata como un medio para beneficiarse económicamente de él, ni más ni menos que como cualquier otro empleado privado ve su cargo en una empresa particular. Aunque naturalmente los incentivos -tanto externos como internos- sean por completo diferentes.

En la esfera política pasa algo bastante similar que en la administrativa respecto de los funcionarios elegidos popularmente mediante el voto. Su transitoriedad es mayor que la de los elencos estables burocráticos y, por consiguiente, su tendencia a acumular durante tan breve periodo también será más grande. De allí, la importancia de establecer controles de todo tipo y de gran efectividad para evitar el enriquecimiento de funcionarios y demás burócratas a costa del erario público.

Con todo, como apuntamos líneas más arriba, creemos que hay que deslindar varios aspectos y dividirlos en dos partes al menos: institucionales y personales.

La corrupción no sólo tiene que ver con las ansias de ganancia del burócrata o gobernantes, tiene que ver con el diseño institucional que, al hacer depender el funcionamiento de ciertos organismos estatales del poder económico (grande o pequeño) de los contribuyentes, convierte a los cuerpos gubernativos en sí mismos corruptos e inmorales, toda vez que para hacerse de tales fondos necesitan del imperio y la fuerza bruta que les otorga la ley respectiva que regula su creación y trabajo. Y de otra ley (superior o paralela) que determina que su marcha será solventada con fondos del erario público (en última instancia, impuestos vistos desde el lado del ciudadano).

No tiene tanto que ver en este punto la cantidad de reparticiones u organismos estatales que se creen, sino las cantidades efectivas de capital destinadas a su establecimiento y labor. Producirán mayor daño tres organismos “públicos” que tengan un presupuesto del cien por ciento del tesoro nacional (suponiendo por caso $ 1000) que diez de esos organismos a los cuales se les destine un cincuenta por ciento de lo presupuestado ($ 500) con independencia del total efectivamente recaudado. El daño al contribuyente en el primer supuesto será del cien por ciento y en el segundo de la mitad, pero en el primero sólo tenemos tres reparticiones públicas y en el segundo diez. Claro que el análisis no es completo si no se considera, no sólo la cuantía del gasto sino también su calidad, pero la cuantía luce como el dato más importante, porque la calidad del gasto siempre dependerá que se tenga algo para gastar, si esto falta es inútil entrar en un debate sobre “la calidad del gasto” cuando no hay siguiera nada para gastar. Si por $ 1000 puedo comprar un par de zapatos de la más alta calidad, vano es que me detenga a comparar calidades si ni siquiera tengo $ 1000. La calidad, pues, es una variable dependiente de la cantidad disponible para cada caso en cuestión.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904)Pág. 149-150

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Elecciones en Brasil: la democracia necesita recuperar confianza

Por Constanza Mazzina. Publicado el 9/10/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/10/09/elecciones-en-brasil-la-democracia-necesita-recuperar-confianza/

 

Con reglas electorales como las de nuestro país, hoy Jair Bolsonaro sería ya presidente electo de Brasil. El titular de algún diario diría: “Bolsonaro es el nuevo presidente” en lugar de “Bolsonaro a ballotage”. Sin embargo, en el país vecino, si ningún candidato se alza con la mitad más uno de los votos, se procede a la segunda vuelta. En cierto sentido, el sistema obliga a los candidatos a buscar mayorías, y si no las encuentran, a construirlas, por lo tanto, a formar coaliciones.

La sorpresa radica en la gran distancia que hay en esta primera vuelta entre el primero y el segundo candidato. Léase, que el segundo contendiente es el candidato del partido de Lula da Silva. ¿Son estos resultados realmente sorprendentes? América Latina muestra, desde hace algunos años, un deterioro de la democracia. El desencanto con la democracia se ha hecho presente y ha llegado para quedarse. ¿Son los lideres populistas hijos de los ciudadanos desinteresados y desencantados de y con la política? ¿Asistimos a una espiral ascendente entre apatía y populismo? ¿Perder la confianza en los políticos es sinónimo de perder la confianza en la democracia?

El informe de Latinobarómetro para el 2017 señalaba (sin referirse específicamente al caso que hoy comentamos, pero haciendo un déjà vu sobre los resultados que ahora conocemos): “Hoy la derecha y la izquierda compiten en una cancha más pareja que al inicio de la transición, poniendo a prueba el sistema de partidos (…) Da la impresión de que la izquierda también perdió el halo de superioridad moral que le daba ventaja al inicio de la transición, entrando como un competidor más a la cancha, y a veces siendo reemplazada también por independientes. El resultado de estos mayores grados de libertad de elección que se han tomado los latinoamericanos con una fuerte crítica al poder político”.

El mismo estudio mostraba que la percepción de la corrupción en Brasil para el 2017 se ubicaba en 7,4, donde 10 es mucha y 0 es ninguna. Para el mismo 2017, otra institución, Transparencia Internacional, señalaba que Brasil se encontraba en el puesto 94 del ranking —que encabeza Nueva Zelanda—, y comparte ese puesto con Zambia, Tailandia y Colombia, entre otros. El puesto 180, el final de la tabla, lo ocupa Somalia. Además, la media global de transparencia se ubica en 43,07 y Brasil medía en el índice de percepción de la corrupción (IPC) solo 37 puntos. Veámoslo así: un puntaje de 100 indica que la percepción es que no hay corrupción, un puntaje de 0 indica una percepción de la corrupción muy alta, Nueva Zelanda tiene 89 puntos, Somalia, 9.

Hace algunos años, Mainwaring y Pérez Liñán indicaban la importancia de lo que ellos llamaron la “preferencia normativa por la democracia”, esto es, el valor intrínseco de la democracia más allá de los resultados. El compromiso de los valores democráticos se expresa, por ejemplo, en el reconocimiento de la derrota electoral en lugar del cuestionamiento de sus resultados. Hoy, los resultados electorales de Brasil muestran que los ciudadanos están dispuestos a votar prospectivamente, es decir, por lo que el candidato promete que va a hacer, y que retrospectivamente ven lo que hizo el PT (nótese la mala elección de Dilma Rousseff) y por eso no lo votan (permítanme la simplificación). Pero, además, el desencanto democrático lleva a creer en soluciones providenciales.

El resultado muestra una crisis de confianza en los líderes y los partidos tradicionales, y a su vez, reflota la posibilidad de que alguien solucione mágicamente todos los problemas. Las sociedades que logran construir confianza son aquellas en las que sus líderes dan cátedra de ejemplaridad.

 

Constanza Mazzina es doctora en Ciencias Políticas (UCA), master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Fue investigadora de ESEADE, Fundación F. A. von Hayek y UADE. Fue docente de la Universidad del Salvador en grado y postgrado y en el postgrado en desarme y no proliferación de NPSGlobal. Es profesora de ciencia política en la Fundación UADE.

“10 ideas falsas que favorecen al despotismo”

Por Jose Benegas.

 

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

La política y sus traidores

Por Sergio Sinay: Publicado el 3/9/18 en: http://sergiosinay.blogspot.com/2018/09/la-politica-y-sus-traidores-por-sergio.html

 

 

Un general avanza peligrosamente mientras el gobierno empantana al país con sus dislates y furcios económicos y la oposición peronista (toda) protege a la jefa espiritual de los corruptos. El que avanza es el general descontento. Sus tropas incluyen el enojo, el malestar, la decepción y la desesperanza. Varios estudios y encuestas conocidos en los últimos días indican que la imagen de gobernantes, funcionarios, opositores, virtuales candidatos y demás ejemplares de la fauna política no cesa de caer. En algunos casos más, en otros menos pero, como el peso, cotizan a la baja. Diecisiete años después de 2001, el descontento de hoy no aparenta ser explosivo como el de entonces. Por una parte, la realidad demostró cómo “que se vayan todos” se traduce en que todos se quedan, envueltos en sus trajes de amianto y confiados en la dureza de sus caras. Se quedan, transmutan (muchos ni eso) y reinciden. Según una de esas encuestas (Grupo de Opinión Pública) un 45% de los consultados busca en vano una alternativa fuera de las caras conocidas. Según otra (Opinaia), un 70% cree que todos los políticos son corruptos y no confía en la política. “Allí donde los hombres conviven en un sentido histórico-civilizatorio, hay y ha habido siempre política”, afirma la ineludible Hannah Arendt (1906-1975), en La promesa de la política (Paidós). Desconfiar de la política sería, entonces, como abdicar de la posibilidad humana de convivir. Desde el momento en que la diversidad es característica esencial de la especie, naturalmente habrá siempre ideas, opiniones, prioridades, intereses, creencias y cosmovisiones distintas. La supervivencia dependerá de la posibilidad de articularlas. Eso es la política. Su misión y su fin “es asegurar la vida en el sentido más amplio”, dice Arendt. “Es ella quien permite al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines”. No puede haber libertad sin política y viceversa, señala la pensadora. La política es un ámbito que permite dar durabilidad a los asuntos humanos, continúa. Esto significa un ámbito que permita la trascendencia, ir más allá de lo inmediato, andar en dirección de una visión. La promesa de la política es la de aprender a vivir juntos en lo diverso, de organizar comunidades esenciales a partir del caos absoluto de las diferencias, Arendt dixit. Todo ámbito compartido (la pareja, la familia, un consorcio, el trabajo, un barrio, todo tipo de organización, independientemente de su fin) es un ámbito político en el que se toman decisiones políticas. Desentenderse de la política o no creer en ella es como autoexiliarse de lo humano o no creer en su posibilidad. Por esto es muy grave la traición a la promesa de la política. La corrupción es una traición imperdonable. La manipulación de los instrumentos políticos en función de intereses personales, corporativos o sectoriales también lo es. El sometimiento de la política a la economía (al totalitarismo de mercado) es una traición de alto grado. Del mismo modo que el desprecio por la política o el asumir funciones de gobierno (incluso las más altas) siendo políticamente ignorante y, más aún, exhibiendo esa ignorancia como un mérito. El general descontento avanza con sus tropas sobre el terreno previamente depredado por quienes traicionan y vienen traicionando a la política, desvirtuando su promesa, usando su nombre en vano. O peor, valiéndose de su nombre para empeorar y envilecer la vida de la comunidad. Quienes traicionan a la política no tienen pudor en usar palabras como “pueblo”, “felicidad”, “patria”, “gente”, “futuro”, “verdad”. Para ellos estas palabras son solo cebos, carnadas. Hay quienes pican porque, como dice Arendt, “sufrimos menos cuando quedamos atrapados en los movimientos totalitarios o en los ajustes de la psicología moderna”. O cuando compramos promesas de brotes verdes que nunca florecen. Pero, advertía la filósofa, con la facultad de sufrir se pierde también la virtud de resistir. Y perdida esa virtud, todo el campo es de los traidores a la política.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

 

EL CASO DE JUDAS EXTENDIDO

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Tal vez la traición más denostada, conocida y escandalosa sea el caso de la llevada a cabo contra Jesús. Mateo relata que “Entonces uno de los doce, llamado Judas Iscariote fue donde los sumos sacerdotes y les dijo ´Qué me quereís dar y yo os lo entregaré?´ Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle”. Como es bien sabido, Jesús anticipó el hecho según consigna el mismo Mateo: “Al atardecer, se puso a la mesa con los doce. Y mientras comían dijo: ´Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros´ ”.

 

Judas fue el traidor más famoso pero por cierto no el único y también debe destacarse la patraña más vergonzosa al imputar de traidor a Dreyfus por la tristemente célebre judeofobia denunciada por el gran Zola en ese caso y por tantos otros en muchas otras de esas infames y espantosas persecuciones.

 

Originalmente en la historia romana la traición se refería a conceptos militares de entrega al enemigo (perduellio) y en la historia inglesa y estadounidense también hay signos de lo mismo que en el primer caso aludía a la lealtad al rey. Así hubieron debates sobre el Treason Act de 1695 en Inglaterra y sobre la Sección 3 de la Constitución estadounidense junto a las reflexiones de Madison en el número 43 de los Papeles Federalistas y las medidas precautorias al efecto de evitar abusos contra las libertades individuales en nombre de la “traición a la patria”.

 

En cualquier caso, en este escrito apunto en otra dirección. Es común la traición, esto es la deslealtad a valores convenidos, la entrega al enemigo, el darle la espalda a lo acordado, pero hay otra forma de traición a la que me refiero en esta nota periodística, y es la traición a uno mismo que esta presente en toda traición pero ahora la circunscribo a lo interindividual, a no ser fiel a las propias convicciones. Igual que la traición en general, a veces se lleva a cabo de modo conciente como cuando se dice o hace algo que pretende desconocer lo que está bien y otras de modo inconciente. En el fuero interno ocurre lo mismo, muchas veces se procede de modo deliberado y conciente y otras sin detenerse a analizar lo que se piensa o lo que se hace.

 

Como queda dicho, en el caso de este escrito apunto a un aspecto clave de lo que hacemos con nosotros mismos independientemente de cómo procedemos con quienes nos rodean. Sabemos que para la convivencia civilizada es menester que exista el respeto recíproco, sin embargo hay quienes, por una parte, proceden de un modo que no conduce al referido respeto y, por otra, hay quienes sin participar activamente en esa dirección son pasivos frente a los desmanes. Actúan como observadores de hechos como si fueran ajenos a lo ocurrido y solo se quejan cuando directamente les faltan el respeto a ellos mismos, lo cual hace que resulte tarde para reaccionar puesto que se dejó que la falta de respeto a otros avanzara demasiado y se enquistara en las costumbres y se naturalizaran los atropellos.

 

La traición  a uno mismo es seguramente la peor de las traiciones pues es un abandono a la propia dignidad. La genealogía de lo digno proviene de merecer un trato lo cual aplicado al ser humano remite a su libre albedrío, a su libertad, consecuentemente a sus derechos. Entonces todas las actitudes tendientes a coartar o enmudecer las autonomías individuales son contrarias a la dignidad humana.

 

No pocos espíritus autoritarios la emprenden contra la dignidad en provecho propio y concientes de su atropello, pero otros reclaman medidas contra la dignidad sin saberlo pensando que están por el buen camino. Los primeros se traicionan  a sabiendas, los segundos lo hacen inconcientemente pero en todo caso se trata de traidores a la naturaleza humana, con lo que por añadidura se empobrecen no solo moralmente sino materialmente puesto que obstruyen y aplastan la energía creadora y destrozan los mecanismos de cooperación social al atacar el derecho de propiedad.

 

Pero en todo esto hay cortocircuitos que hay que tratar  de evitar. Por ejemplo, el tema del Fondo Monetario Internacional. Los liberales y las izquierdas coinciden en que es una institución nefasta. Los liberales se oponen a esa entidad, en primer lugar, porque se financia coactivamente con recursos detraídos de los contribuyentes de distintos países y, en segundo lugar, porque el FMI es para ofrecerles apoyos a gobiernos fallidos. En los momentos que están por renunciar o corregir sus desatinos en cuanto al estatismo rampante, resulta que llegan carradas de dólares con tasas de interés inferiores a las del mercado y con períodos de gracia extendidos.

 

Las izquierdas se oponen porque estiman que se trata de una organización capitalista, pero como han señalado innumerables autores es una entidad que nada tiene que ver con el capitalismo y que habría que liquidar cuanto antes. Una concepción bastante retorcida, purulenta y absurda del significado del capitalismo. En verdad, el FMI en última instancia hace de apoyo logístico para mantener y alimentar a los antedichos gobiernos fallidos que son tales precisamente por adherir al estatismo (además de haber pasado por alto tremendas corrupciones como lo atestiguan países africanos y casos como el de Rusia y Turquía).

 

Todas las personas de buena fe quieren el bienestar de sus semejantes pero lo relevante consiste en centrar la atención en los medios idóneos para lograr ese cometido. No da lo mismo proceder en cualquier dirección. Se trata en primer lugar de contar con marcos institucionales civilizados al efecto de permitir la mayor dosis posible de ahorro interno y externo para que los salarios e ingresos en términos reales resulten lo más altos posibles. El rol del empresario es clave en este proceso: en un mercado libre está obligado a atender los reclamos de sus congéneres si desea prosperar y si no atiende satisfactoriamente a su prójimo incurre en quebrantos. Esto debe ser claramente separado de los prebendarios que se alían con el poder político para explotar a la gente a través de mercados cautivos.

 

En realidad el Judas moderno es el que traiciona los valores y principios de la moral y la responsabilidad individual para entregarse a las fauces del Leviatán que termina por crucificar la libertad. Antes he citado un pasaje de Aldous Huxley de su libro Ends and Means que estimo es la mejor descripción de lo que nos ocurre en el mundo de hoy: “En mayor o menor medida, entonces, todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están constituidas por una cantidad reducida de gobernantes, corruptos por demasiado poder y por una cantidad grande de súbditos, corruptos por demasiada obediencia pasiva e irresponsable”.

 

Así es, por una parte la corrupción que significa el abuso del poder. A veces se circunscribe la corrupción al robo de dinero pero las corruptelas pueden ser de muy diversas maneras y tal vez la más ponzoñosa y generalizada sea precisamente el atropello a los derechos de otros de la entidad supuestamente encargada de proteger y garantizar esos derechos. En el otro caso a que apunta Huxley aparecen los timoratos que se dejan manosear de la manera más ofensiva.

 

En este sentido también lo he citado a Leonard Read que en su obra Government an Ideal Concept señala lo que a su juicio ha sido un error del comienzo al consignar que “nosotros en Estados Unidos nos equivocamos al recurrir a la expresión ´gobierno´ puesto que significa mandar y dirigir lo cual debemos hacer cada uno de nosotros con nosotros mismos pero no con el prójimo. Usar esta palabra es lo mismo que referirse al guardián de una fábrica como gerente general”. Exactamente eso, la idea original alude en verdad a una agencia de protección y no al gobernar, mandar o administrar las vidas y haciendas ajenas. Es en este contexto que Etienne de la Boétie ha escrito con razón que “Son, pues, los propios pueblos lo que se dejan, o mejor dicho, se hacen encadenar que con solo dejar de servir romperían sus cadenas”. Si nadie hace caso a los disparates gubernamentales el gobierno no se sostiene.

 

Ese es el sentido de la recomendación de Thomas Jefferson en su correspondencia a James Madison el 30 de enero de 1787 en el sentido de que “Sostengo que una pequeña rebelión aquí y allá es una buena cosa, tan necesario en el mundo político como lo son las tormentas en el físico” y agrega que un gobierno republicano “no debería desalentarlas demasiado. Es una medicina necesaria para la firme salud del gobierno” al efecto de mantenerlo en brete. Más aún, Jefferson, en la misma carta, afirma que una de las formas de la sociedad es “sin gobierno como entre los indios” lo cual dice que “no está claro en mi mente si esa condición no es la mejor”. Esto es para mostrar el espíritu presente en los Padres Fundadores, muy lejos de las bellaquerías del presente, un espíritu que hizo de los Estados Unidos la tierra de la libertad y el respeto recíproco. Lamentablemente de un tiempo a esta parte ese coloso del Norte ha terminado por copiar la adoración al aparato estatal y a subestimar el valor primordial de las autonomías individuales. Se han traicionado esos valores y, pero aun, muchos son los que piden con sus votos que los traicionen. Muchos se han convertido en animalitos que demandan un dueño.

 

El sentido de autoestima se ha perdido en gran medida. Y para los que miran la debacle pasivamente, hay que recordar lo apuntado por  José Ortega y Gasset  en La rebelión de las masas “Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostener la civilización, se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado”.

 

Es indispensable retomar en rumbo perdido y tener el coraje moral (en el hombre siempre es moral, pero dados los sucesos del momento vale el énfasis) y asumir la condición humana  y la propia responsabilidad y no traicionarse, humillarse y rebajarse al nivel de las bestias. No podemos convertirnos en Judas de nuestro propio ser por más cantos de sirenas gritadas por las mentes autoritarias para imponer sus nefastos designios.

 

En todos lados ha habido gente digna que da voces de alarma  e intenta contribuir a que se pongan las cosas en su lugar. En el caso argentino es del caso repasar con mucha atención los trabajos de Juan Bautista Alberdi, el autor intelectual de la Constitución liberal argentina de 1853, quien dicho sea al pasar siguió los consejos de autores dedicados a sentar las bases de la sociedad abierta como el filósofo moral y economista Adam Smith. Debemos cifrar las esperanzas en los que no aceptan ser dominados por los Judas de nuestra época que renuncian a los valores insustituibles del respeto recíproco.

 

Termino con un pasaje shakeaspeareano de Hamlet en su idioma original y que resulta de una contundencia didáctica notable: This above all, to thine own self be true.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Libertad, derechos y obligaciones

Por Gabriel Boragina Publicado el 16/9/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/09/libertad-derechos-y-obligaciones.html

 

¿Qué es la libertad? ¿Qué se puede decir de la libertad?
Comúnmente se confunde la libertad con la idea de que cada uno haga lo que le venga en gana, (sea bueno o sea malo, este bien o este mal) con su persona y con la de los demás.
La libertad es un concepto social. Tiene sentido en un marco social. Carece de significado en el mundo físico, donde la concepción de libertad es siempre relativa y limitada, ya que existen determinadas condiciones físicas que los seres humanos no pueden violar. Por ejemplo, no somos libres de vivir sin oxígeno, o de volar como los pájaros. De manera tal que, las supuestas refutaciones a la idea de libertad en base a ejemplos tomados del universo físico no son pertinentes, ya que es por todos sabidos que hay explícitas situaciones naturales y físicas que limitan o restringen el campo de la libertad humana y no humana también (los peces no son libres de vivir fuera del agua, y los humanos tampoco sumergidos en ella sin equipos de buceo adecuados, que nunca son utilizables por tiempo indeterminado). Las piedras, los árboles y los animales no son libres, y sólo en un alcance metafórico o poético puede decirse que lo sean.
Entonces, la libertad, su pensamiento, estudio y análisis tienen valor cuando se los circunscribe al ámbito humano y social, que es el único campo donde resultan útiles. La libertad no es una noción natural, sino eminentemente social.
La expresión libertad acompañada del adjetivo individual también supone (aunque a primera vista suene lo contrario) la inserción del individuo dentro de la sociedad, que es el campo en cual podrá ejercer esa libertad. Involucra que cada individuo es libre por sí mismo. Y en esta acepción es prácticamente una redundancia. En cambio, la locución libertad social carece de coherencia. La sociedad no es ni puede ser libre, sólo sus individuos pueden serlo. Pero es aceptable usar esta fórmula cuando se describen procesos políticos o económicos, siempre teniendo en cuenta que, desde el ángulo filosófico y liberal, la sociedad no puede ser libre o dejar de serlo, porque la sociedad no es más que una abstracción compuesta de individuos concretos. Es, por lo dicho, que creemos que el vocablo libertad sólo puede ser aplicado a estos últimos.
No obstante, aun dentro de este radio social, podemos advertir que la libertad tampoco es ilimitada, excepto que se le quiera reconocer libertad a un solo individuo, pero en este caso ya no es apropiado usar la palabra “libertad”. Donde un solo individuo tiene libertad frente a todos los demás no hay allí libertad alguna, sino tiranía. La libertad -en ese contexto- deja de ser un concepto social pasando a ser una utopía o un ideal. Si sólo uno es libre, expresa que todos los demás son esclavos, y entonces ese único individuo “libre” no es en realidad “libre”, sino que es un tirano y, por ende, también es esclavo, sólo que lo es de su condición tiránica. Si su libertad es el precio de la negación de la libertad ajena no hay allí libertad alguna, sino dependencia y opresión de y en su propia condición que conjetura “libre”. No es libre, desde el momento que esa “libertad” única que pretende detentar en su favor lo es al costo de controlar y someter diariamente a sus semejantes para que no puedan ser libres.
Por ello, la libertad tiene como característica esencial que la de uno de los miembros de la sociedad no puede involucrar la negación de la libertad de los demás miembros. En este único enfoque cabria hablar de la libertad como un bien público y así entenderla. La libertad, o es de todos o no es de nadie. Allí, donde uno somete a los demás, o donde los demás someten a uno no hay libertad. Esas no son las mal llamadas “sociedades libres”.
La libertad incluye contar con la posibilidad de optar por más de una alternativa. Y luego de efectuada la opción, tener la potencialidad de ejercerla, con el límite de que este ejercicio no viole análogos derechos ajenos.
Se ha criticado la dicción libertad absoluta, especialmente ella objetada por parte de juristas, periodistas, economistas, etc. Pero dicha critica presume, a menudo, un mal entendido, ya que dentro de la órbita de específicos individuos la libertad de cada uno de ellos es absoluta, entendiéndose por esta fórmula que, no puede ser invadida por terceros, y que todos absolutamente gozamos de los beneficios de la libertad. La confusión, a mi juicio, viene de la identificación que se hace comúnmente entre libertad y derecho, nociones que no son sinónimas si bien están estrechamente emparentadas. En tanto que, la libertad es absoluta en la interpretación de que todos han de gozar de ella y a nadie se le debe negar, lo que no son absolutos son los derechos. En esta última trascendencia la libertad siempre es ilimitada, los derechos no lo son porque están limitados por su contrapartida: las obligaciones. Por eso, no es estrictamente lo mismo decir “la libertad de uno termina donde comienza la del otro”, sino que lo correcto sería expresar “el derecho de uno termina donde empieza el del otro”.
Adentrándonos más en el tema descubrirnos que, en realidad, la libertad comprende un plexo de derechos y obligaciones. Y no solamente de derechos como se la entiende en forma habitual. La demanda constante de “nuevos derechos” sin el paralelo reconocimiento de similares derechos para con los demás es otra manera de negar la libertad. Y en la línea que estamos siguiendo, esto importa atentar contra el bien público.
Una obligación no es ninguna otra cosa que la relación que tiene una persona respecto del derecho de otra. Esta puede ser de dos tipos: activa o pasiva. Activa es cuando se trata de una obligación de hacer o de dar, y pasiva cuando prevé una abstención respecto del derecho ajeno. Por ejemplo, es una obligación pasiva respetar la propiedad del otro absteniéndome de turbarla. Siendo, del lado opuesto, la misma obligación que tiene un tercero de respetar mi propiedad. Del otro lado, el ejemplo de una obligación activa es cuando tengo el deber de pagar una deuda contraída con un acreedor. A su vez, la contrapartida de cada una de estas obligaciones es un derecho análogo desde el punto de vista de mi acreedor (en el último ejemplo) o del propietario de la cosa cuya propiedad debe ser respetada.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

The Cost of Populism in Argentina, 2003-2015

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 14/9/18 en: https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=3249775#.W5wV4dFsrXs.facebook

 

This paper studies the historical context, and economic and institutional impact of the Néstor Kirchner and Cristina Fernández de Kirchner presidencies (Kirchner-Kirchner administration) in Argentina. The effects of major economic policies during their presidency are explained as well as the fall in indices of institutional quality. The challenges of stepping out of populism are also mentioned.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Desocupación y explotación

Por Gabriel Boragina Publicado el 2/9/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/09/desocupacion-y-explotacion.html

 

La desocupación tecnológica es uno de los mitos económicos más populares que se mantiene vigentes a través del tiempo. En rigor, se quiere aludir a la supuesta desocupación que genera la introducción de nuevas tecnologías, y a sus efectos sobre el campo laboral. Sin embargo:

“Las innovaciones y nuevas tecnologías expanden el mercado y bajan los costos. Por ejemplo, la tonelada de acero tenía un precio de 106 dólares en 1870 y para 1989 había bajado a 17 dólares. Es fácil comprobar que lo mismo ha sucedido en otras industrias en las que la tecnología ha tenido adelantos. De hecho esas tecnologías son en mucho responsables de la elevación de los niveles de vida. Piénsese, por ejemplo, en los impactos de la electricidad, de la medicina y de muchas otras actividades. Uno de los impactos mencionados es la afectación que las innovaciones producen en el mercado laboral, pues son procesos que ahorran mano de obra.”[1]

La baja de costos en la elaboración de productos genera consecuentemente un aumento del salario real de cada trabajador, es decir, incrementa el poder de compra de los empleados, no sólo de los empleados en la industria donde se incorpora la nueva maquinaria, sino en la de todos los otros que, aunque no trabajen en el renglón, son consumidores actuales o potenciales del producto que la máquina fabrica o contribuye a elaborar. Como consecuencia de este proceso lo que antes de la incorporación de la tecnología no se podía comprar ahora si se puede. Si tenemos en cuenta que el fin del trabajo es tener poder adquisitivo para incrementar el consumo, el fenómeno descripto representa un aumento del salario real, con lo cual a menos horas de trabajo el operario o empleado podrá consumir más que antes de la innovación tecnológica.

“Las protestas de los trabajadores son parte de esta reacción, como las manifestaciones en Francia que pedían la destrucción de las máquinas de coser porque se pensaba que ellas quitarían el empleo de trabajadores. Ese temor, dice Skousen, siempre ha existido, pero la verdad es que nunca se ha materializado. Obvio que sí hubo efectos en trabajadores específicos, pero esos efectos fueron temporales. Para entender esto hay que ver el efecto real de las innovaciones: ellas reducen el costo de vida, es decir, ponen más dinero en el bolsillo del consumidor, quien puede comprar más artículos de esos mismos o de otros. Si la demanda del artículo producido con nueva tecnología es elástica, de hecho esa tecnología puede crear más empleos en la misma industria; como sucedió con el automóvil. Si la demanda es inelástica, los consumidores comprarán lo mismo o menos que antes, pero tienen más dinero disponible para comprar otras cosas. El efecto neto de la nueva tecnología es mayor empleo precisamente por el estímulo que las innovaciones de un sector dan al resto de las industrias. No son los mismos empleos, pero son empleos al fin los que se crean.”[2]

Aun en la posición de aquellos que afirman que el empleo vale por el empleo mismo (postura reñida con el hecho económico que el empleo no es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir otros fines, a saber: consumir más) la innovación tecnológica lejos de destruir empleo lo crea, ya sea en el mismo renglón donde se produce la mejora tecnológica ya lo sea en otros renglones que nada tienen que ver con el articulo generado por aquella. Los ejemplos abundan por doquier. La antigua máquina de escribir fue desplazada por las modernas computadoras, y en su momento se pensó que quedarían desempleados todos los trabajadores que se encontraban abocados a la fabricación, venta, mantenimiento y reparación de tales artefactos. Pero la realidad demostró que no solamente no sucedió así, sino que la industria de la máquina de escribir experimentó una rápida reconversión, tal como había ocurrido antes cuando de la máquina de escribir manual se pasó a la eléctrica, y de ella a la computadora. En poco tiempo apareció como fruto de tal innovación una floreciente y desbordante laboralmente industria de la informática y de hardware y software que cada vez es más y más impresionante. Lejos de desempleo, la tecnología engendra más y mejores empleos. La clave consiste en comprender que el mito marxista del trabajo por el trabajo mismo sólo origina pobreza, no riqueza.

La mayoría de las legislaciones laborales están inspiradas en este mito, o lo asumen implícitamente, y tratan de establecer normas que dificulten o directamente impidan que estas innovaciones tecnológicas causen despidos de personal que ya no es necesario para desempeñar tareas que ahora realizaría el robot o máquina. Ludwig von Mises incluye a esta reacción legislativa en su definición de destruccionismo:

“Para entender a Mises, primero es necesario definir el término destruccionismo. Esa palabra es la que él usa para calificar la intervención del gobierno en la economía. Coincide con lo que conocemos como política económica. Esa intervención, según Mises, lastima la vida económica. Dentro del destruccionismo, Mises incluye a la inflación, al sindicalismo, a las expropiaciones, al seguro de desempleo y a las mismas leyes laborales. De las páginas que Mises dedica a la ley laboral, pueden destilarse las siguientes premisas de los legisladores y de los sindicatos. Esas premisas explican por qué la ley laboral es parte del destruccionismo.”[3]

Hay que aclarar que el sindicalismo que L. v. Mises ataca es el sindicalismo estructurado corporativamente al estilo fascista, como se lo concibe hoy día en casi todas las legislaciones mundiales, incorporado en las leyes fascistas del duce Benito Mussolini y su Carta del Lavoro de 1922, en la que se han imbuido -solapada o explícitamente- la mayoría de los regímenes sindicales internacionales. Este instrumento legal funda lo que hoy en día se denomina “personería gremial” que, en los hechos, no se trata más que de la plasmación de un monopolio artificial en materia sindical, que deja al arbitrio del gobernante de turno la autorización exclusiva y excluyente a un determinado sindicato o a un grupo de ellos para “representar” coactivamente a los trabajadores, y determinar -de manera también compulsiva- cuales deberían ser las condiciones de trabajo a seguir por todos. Esta figura ha ido expandiendo sus alcances en el transcurso del tiempo, siendo la verdadera causa del desempleo y de los bajos salarios reales.

[1] Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura. Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007.  p. 36 comentando a Mark Skousen en su obra El capital, ¿qué es?

[2] García Gaspar, E. ibidem.

[3] García Gaspar E. ibidem. p. 76 comentando a Ludwig Von Mises en “Hay prejuicios detrás de la ley laboral”

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

JOSÉ INGENIEROS ACERCA DEL HOMBRE MEDIOCRE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Vuelvo sobre el tema de la mediocridad desde otros ángulos. Es como escribe Enrique Santos Dicépolo en Cambalache en donde resulta que al mediocre le da lo mismo “el burro que el gran profesor”. Un antídoto para la mediocridad es la buena lectura que puede resumirse en el subtítulo de uno de los libros de Fernando Savater: “Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar”.

Y aquí irrumpe en escena José Ingenieros (1877-1925) escritor, filósofo y médico egresado de la Universidad de Buenos Aires con estudios en Paris, Ginebra y Heidelberg. Premiado en 1903 por la Academia Nacional de Medicina por su libro Simulación de la locura. En 1908 trabajó en la cátedra de Neurología a cargo de José María Ramos Mejía en la Facultad de Medicina de la UBA y también se hizo cargo de la cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad donde diez años más tarde fue designado Vicedecano.

 

En 1909 fue electo presidente de la Sociedad Médica Argentina.  Colaboró en periódicos de inclinación anarquista y fue fundador y escritor asiduo en diversas revistas y medios periodísticos como La Vanguardia establecida por Juan B. Justo y Nicolás Repetto de donde tomó partes de un así denominado socialismo que luego derivó en el socialismo democrático al estilo de Américo Gholdi, posición intelectual de quienes se oponían a la banca central y sustentaban el libre comercio entre las naciones y el patrón oro, aunque en materia laboral suscribían varios aspectos de raigambre marxista, a pesar de contener en muchos de sus miembros características eminentemente respetuosas para con las autonomías individuales en un contexto de libertad.

 

En todo caso en esta nota periodística quiero centrar la atención en una obra de Ingenieros que ha concitado la atención de no pocas mentes inquietas. Se trata de El hombre mediocre que fueron originalmente sus clases en la antes mencionada cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras durante el ciclo lectivo de 1910, luego publicadas en forma de libro.

 

Cabe destacar la notable maestría con que el autor administra su prosa imbuida no solo  de una muy pulida gramática sino de un formidable ingenio y capacidad descriptiva.

 

Comienzo por algo que Ingenieros toca al pasar pero que constituye un hallazgo de grandes proporciones del que derivan consecuencias de  importancia para la comprensión del individualismo metodológico. Hay veces que uno da por sentado como verdad un error manifiesto y recién uno se percata de la equivocación cuando se desnuda el tema.

 

Bien, el asunto estriba en que José Ingenieros sostiene que es un error garrafal aludir al “sentido común” ya que se trata en verdad del “buen sentido” siempre personalísimo ya que no es comunitario el tan cacareado sentido común puesto que se trata de un antropomorfismo, es decir, se trata de un colectivo como si fuera una persona, lo cual conduce a confusiones varias. Es de la misma estirpe que cuando se parlotea que “el pueblo demanda”, “la nación piensa”  o “las instituciones dicen” y yerros equivalentes. No hay tal cosa, son metáforas peligrosas porque conducen a la liquidación de la persona en aras del grupo. Es en rigor la expropiación del hombre que es engullido por lo colectivo. En el mejor de los casos pueden ser abreviaciones que de tanto repetirlas se toman literalmente. Es cierto que puede haber una acepción más benévola del sentido común en cuanto a que apunta a lo que es común a muchas individualidades, pero de todos modos vale la advertencia para no caer en zonceras antropomórficas tipo “Estados Unidos reprobó la conducta de África” y tropelías similares.

 

Ingenieros define la mediocridad en varios pasajes de su obra como “el hábito de renunciar a pensar”, “llaman hereje a quienes buscan una verdad” (sin comprender que como señaló Shakespeare “El hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende”), “sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra”, “la originalidad les produce escalofríos”, “pronuncia palabras insubsanciales”, “el esclavo o el siervo siguen existiendo por temperamento o por falta de carácter. No son propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena”, “incapaces de elevarse de la condición de animales de rebaño”, “rechazan la aristocracia del mérito”, “creen que el buen humor compromete la respetuosidad” y “su pasión es la envidia”.

 

A título personal, analizaremos brevemente las dos últimas referencias en sendas por la que ya hemos transitado con anterioridad pero que se hace necesario reiterar en vista de lo apuntado por Ingenieros. En primer lugar, la importancia del humor. Debemos tener muy presente que nos encontramos ubicados en un universo en el que existen millones de galaxias con altísimas probabilidades de vida inteligente en otros mundos y concientes de nuestra inmensa ignorancia de casi todo. Estas son poderosas razones para no tomarnos demasiado en serio.

El sentido del humor no significa para nada frivolidad, es decir aquel que se toma todo con superficialidad y descarta y desestima los temas graves. Tampoco el sentido del humor alude a lo hiriente y agresivo, ni las referencias a temas que no son susceptibles de risa.

Platón sostenía en La República que “los guardianes del Estado” debían controlar que la gente no se ría puesto que eso derivaría en desorden (lo mismo sostuvo Calvino). De esta tradición proceden las prohibiciones de mofas a los gobernantes autoritarios en funciones. Nada más contundente para gobernantes que se burlen de ellos.

La seriedad cuando se está frente a temas serios es una cosa y la solemnidad pomposa es otra. Es curiosa la psicología junto a la fisiología: nadie explicó la razón de llorar cuando nos duele el alma y reír cuando estamos alegres ¿por qué no al revés? Del mismo modo Aristóteles se pregunta por qué no nos reímos cuando nos hacemos cosquillas a nosotros mismos. En realidad la risa es propiamente humana, lo de la hiena es un simulacro, igual que el amor (por eso aquello de “hacer el amor” para asimilarlo a las relaciones sexuales es limitar lo sublime del amor que va más allá de lo puramente físico y es característico de lo humano).

Debido a que nos equivocamos con frecuencia, es sano reírse de uno mismo. En reuniones sociales es de interés probar el sentido del humor contando errores garrafales que uno comete y se observará dos tipos de personas: los que siguen la gracia y agregan casos propios y los que les parece un desatino la patinada que uno cuenta. Hay que estar prevenido y alerta respecto a este último grupo de supuestos infalibles, un signo de mediocridad.

En segundo lugar, la envidia. La  manía de la guillotina horizontal básicamente procede de la envidia además de conceptos errados. De allí surge el inaudito dicho por el que “nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario”, como si nadie pudiera comer langosta antes que todo el planeta tuviera pan sin comprender que el lujo es el estímulo para que los eficientes expandan su producción haciendo que lo superfluo hoy resulte en un bien de consumo masivo mañana. Las tasas de capitalización que resultan de ganancias incrementadas es lo que hace posible salarios e ingresos mayores en términos reales. Que nadie pueda contar con una computadora antes que todos dispongan de papel y lápiz es tan descabellado como suponer que nadie pueda tocar la guitarra antes que todos tengan zapatos.

 

La envidia es en realidad un complejo de inferioridad y de gran inseguridad. La persona envidiosa sabe que carece de las cualidades que posee el envidiado y cuando más cerca se encuentra mayor es la dosis de envidia. No es frecuente que en nuestros días se envidie la capacidad oratoria de Cicerón, sin embargo es un lugar común que se envidie al vecino o al pariente.

 

Como bien ha consignado el célebre H. L. Menken en el contexto de los envidiosos: “la injusticia es relativamente más aceptada, lo difícil de absorber es la justicia”, es decir los talentos y dones del envidiado.

 

Por supuesto que debe distinguirse el espíritu de emulación a lo bueno y noble de lo que es la envidia. Aristóteles hacía esta importante distinción. Lo primero empuja la vara y apunta a la excelencia, mientras que lo segundo hunde en el pantano.

 

He contado antes la historia pero es pertinente reiterarla. Cuando el destacado empresario Goar Mestre se exilió de Cuba luego que todos sus bienes fueron confiscados por la tiranía castrista, en casa de mi padre una vez nos mostró un diario editado en Miami por cubanos en el exilio. En ese periódico se leía que un fulano declaraba que “la revolución arruinó mi vida y la de mi familia, pero por lo menos le sacaron todo al millonario Mestre”. Este es el espíritu maligno de la envidia, aunque el titular la pase mal se satisface con la destrucción de personas exitosas.

 

En lo que posiblemente sea el tratado sobre la envidia más suculento escrito por Helmult Shoeck, este autor concluye sobre lo que es en verdad un espíritu de demolición: “La mayoría de las conquistas científicas por la cuales el hombre de hoy se distingue de los primitivos por su desarrollo cultural y por sus sociedades diferenciadas, en una palabra, la historia de la civilización, es el resultado de innumerables derrotas de la envidia, es decir, de los envidiosos”.

 

Aparecen muchas formas de disfrazar la envidia. Tal vez la más común sea la necesidad de liberarse de responsabilidad y endosar la culpa de la situación desfavorable del envidioso sobre las espaldas del envidiado, sugiriendo aquí y allá que lo desventajoso del envidioso se debe a un mal comportamiento del envidiado o de circunstancias que lo colocan en ventaja de modo inaceptable al sentido de ecuanimidad. Sin duda que en este mismo contexto una errada aplicación de lo que en la teoría de los juegos se denomina la suma cero juega un rol importantísimo en la psicología de la envidia.

 

Así se sostiene en el terreno crematístico que lo que uno no posee es porque el otro lo tiene, como si la riqueza fuera una torta que hay que repartir sin percatarse que en procesos abiertos de lo que se trata es de multiplicar las tortas. Y en el campo de los talentos y las apariencias físicas siempre el envidioso encuentra excusas y subterfugios para victimizarse porque no puede competir con éxito. La competencia lo inhibe, se oculta en diversos disfraces para eludirla y pretende actuar en base a privilegios alegando “competencia limpia”.

 

Por último y volviendo directamente a Ingenieros, contrasta con énfasis el mediocre con el idealista el cual considera que muestra “un gesto del espíritu hacia alguna perfección” y en línea con la manía de emprenderla contra la teoría, afirma que “los ideales, por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano”, es “la anticipación de la imaginación a la experiencia”, es “el contraste entre el servilismo y la dignidad”, son los que “clavan las pupilas en las constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible”, son “los que no se dejan domesticar” y hablan claro y fuerte sin rebusques y poses alambicadas.

En resumen, nos dice el autor aludiendo a la mediocridad de quienes profesan especial fobia por el trabajo teórico de lo cual depende toda práctica que no proceda a los tumbos: “Sin ideales sería inconcebible el progreso. El culto del hombre práctico está limitado a las contingencias del presente”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Martín Krause, economista argentino: “Controlar el poder y limitarlo es clave para esclarecer los casos de corrupción en nuestros países”

Entrevista publicada el 11/8/18 en: https://www.ellibero.cl/actualidad/martin-krause-economista-argentino-controlar-el-poder-y-limitarlo-es-clave-para-esclarecer-los-casos-de-corrupcion-en-nuestros-paises/

 

El académico destaca la actuación de la justicia en Brasil y de la prensa argentina en los procesos Lava Jato y los “cuadernos de la corrupción”. Invitado a Chile por la Fundación para el Progreso, el defensor del liberalismo comenta, además, cómo la opción bolivariana debiera ir en retirada en la región.

Frases como “cuestionar incluso el monopolio del Estado y la existencia del mismo”, son las que sitúan a Martín Krause como uno de los referentes del liberalismo en la región. Esta semana estuvo en Chile para participar en el seminario “Liderazgos para el progreso en el siglo XXI”, organizado por la Fundación para el Progreso y que se llevó a cabo en Santa Cruz, VI Region.

En conversación con “El Líbero”, el economista argentino aborda los casos de corrupción destapados hace unos días en su país. Y profundiza, además, aspectos del liberalismo que considera que deberían tenerse en cuenta, como la no dependencia del Estado. “Hay muchos problemas que los soluciona la sociedad misma. Meter al Estado es como meter al elefante en el bazar, se generan más problemas de los que quieres solucionar”, plantea

-En Argentina, se destapó el caso “cuadernos de las coimas” que afecta a la ex Presidenta Cristina Fernández, y a parte de su entorno. Además, su vicepresidente se encuentra preso por otra acusación. En Brasil, Lula Da Silva tras las rejas por Lava Jato ¿Eso lo ve como algo positivo en el sentido que las instituciones funcionan? ¿O negativo al parecer que es destino de los países de la región?

-Claramente es algo bueno. Lo que están mostrando todos estos casos, no solo el de Argentina, es que hay algunos elementos que han funcionado, que podríamos llamar “la calidad institucional”. Es básicamente control al poder, lo cual está en las esencia de las ideas liberales. Controlar el poder y limitarlo. Eso es clave para esclarecer los casos de corrupción en nuestros países.

-¿A qué se refiere con la “calidad institucional”?

-La calidad institucional se ve a través de distintos mecanismos, muchos de los cuales conocemos hace tiempo como la división de poderes, la independencia de la justicia, de la prensa, etc. Y, de alguna forma, todo lo que está ocurriendo tiene que ver con alguno de estos elementos. Por ejemplo, en el caso de Brasil, el Lava Jato es el resultado de reformas en el sistema judicial brasileño que le dieron un poco más de independencia al Poder Judicial y como resultado tuviste a un juez que dijo “voy a seguir investigando esto” y hoy tienes a un ex Presidente preso. Y en Argentina, no hubo un “juez Moro” pero sí periodistas que hicieron un trabajo espectacular y notable. Años atrás con Lanata, luego otras  investigaciones y ahora esta, la de los cuadernos que es fruto de una larga tarea de un periodista que juntó material, fue a la justicia, le dio tiempo a ellos para que confirmaran los datos. Y  cuando la justicia va a lanzarse a meterlos presos, ahí pública en su medio.

Lo que están mostrando todos estos casos, no solo el de Argentina, es que hay algunos elementos que han funcionado, que podríamos llamar “la calidad institucional”. Es básicamente control al poder, lo cual está en las esencia de las ideas liberales”.

Lo que están mostrando todos estos casos, no solo el de Argentina, es que hay algunos elementos que han funcionado, que podríamos llamar “la calidad institucional”. Es básicamente control al poder, lo cual está en las esencia de las ideas liberales”.

-¿Esos serían los factores para frenar estos casos?

-Hay otro elemento que se ve en estos escándalos latinoamericanos, que es la “competencia entre jurisdicciones” que es una consecuencia de este mundo globalizado. Muchos negocios internacionales pueden elegir cuál es la sede donde hacen sus contratos. Entonces, en el comercio y las finanzas personales la justicia está en competencia tambiénLos inversores se van donde hay mejores servicios de justicia, y entra en competencia algo que se veía monopólica como la justicia de cada país. Y ahora empiezan a surgir casos que tienen alto impacto, pero que en realidad surgieron por las investigaciones en otros países. Por ejemplo, cae el Presidente de Perú o el vicepresidente de Ecuador, no por algo que haya hecho la justicia de esos países, sino por lo que ocurrió en Brasil. O caen en Argentina unos tipos porque se destapó el FIFA Gate en Estados Unidos y en Suiza. Y muchos caen en países donde tú no hubieras esperado que se hiciera esa investigación.  Ahora en Argentina vamos a ver qué nos trae el Lava Jato porque en estos días se han completado los acuerdos entre la justicia brasileña y argentina para compartir información.

-¿Por qué aún Cristina Fernández tiene apoyo en el electorado?

-En el caso de Argentina hay un 25% que apoya a Cristina Kirchner. A esa gente no es algo que le importe estos casos de corrupción. Normalmente son los militantes kirchneristas duros o son gente pobre que vive de recibir algún tipo de programa público. Ver los cuadernos o ver las valijas con dinero no les produce nada, no cambian de opinión. El resto de la población ve esto con repulsión y está esperando que de una vez por todas se haga algo. La típica opinión que encuentras en Argentina es “a ver si alguna vez van presos”. Hay varios ya presos del gobierno anterior, ministros, vicepresidente. Los tiros llegan cada vez más arriba y si esto sigue así, van a llegar. Va a ser histórico cuando se vaya Cristina presa.

Este mundo globalizado ahora da oportunidad a países como los nuestros, que de pronto no tienen buena justicia, a lograr algo con la justicia de otros países”.

“No se deben imponer políticas a todos por igual porque somos distintos”.

-Usted hablaba de la fortaleza de las instituciones. En Chile cada cierto tiempo se habla de la modernización del Estado. ¿Cómo cree que se puede avanzar en eso? ¿O primero hay que repensar el rol del Estado?

-Hay que discutir la función del Estado como tal. Después que definas si hace falta que haga algo, bueno ahí es mejor hacerlo de manera más eficiente. Esa es la visión que al principio tuvo el gobierno de Macri. “Venimos a hacer este Estado más eficiente y más moderno”. Perdón, pero lo que pasa es que acá hay muchas cosas que el Estado no debería estar haciendo. ¿Para qué vas a hacer más eficiente algo que no habría que hacer? Yo, personalmente, estoy dispuesto a llegar hasta el final.

-¿Qué significa hasta el final?

-A cuestionar incluso el monopolio mismo y la existencia del Estado. No creo que sea algo que vaya a ver en mi vida, pero no me asusta la idea.

¿Por qué debe haber una política nacional de Salud? Puede ser distintas por regiones, por ciudades, y veamos cuál funciona”.

-Cuándo usted señala que el Estado no debería existir, ¿qué ocurre por ejemplo, cuando cumple una función de ayudar a quienes no tienen ciertos beneficios?

-La primera actitud que le aconsejaría a la gente tener, es la de no hacer el salto inmediato de que, porque hay un problema, el Estado debe solucionarlo. No es así, hay muchos problemas que los soluciona la sociedad misma, nosotros mismos. Meter al Estado es como meter al elefante en el bazar, se generan más problemas de los que quieres solucionar. Las políticas públicas yo las usaría al final, otras pueden ser soluciones cooperativas, voluntarias, comunitarias. Primero, ver cómo se puede solucionar un problema y recién al final discutir algún tipo de política si no hay ninguna solución satisfactoria

Y profundiza:
“Si bien no me gusta imponer soluciones tal vez deberíamos avanzar en un camino de la descentralización. De que haya muchos experimentos posibles y que veamos cuál funciona. Por ejemplo, ¿por qué debe haber una política nacional de Salud? Puede ser distintas por regiones, por ciudades, y veamos cuál funciona. O en Educación, uno querrá escuelas públicas, otro todos privados. En otras si quieren que enseñen Marx solamente. Está bien, júntense ahí y exprópiense entre ustedes, y los demás querrán otra cosa. Y así se verá cuál se acomoda más. Pero que no se impongan políticas a todos por igual porque somos distintos.
“La opción bolivariana, como alternativa, está terminada. Falta cerrar el cajón”.

-Si por un lado es positivo lo que está pasando con el esclarecimiento de casos de corrupción, por otro lado hay gobiernos en Latinoamérica donde no se respetan los derechos, las libertades, como lo que está pasando en Venezuela, Nicaragua… ¿En qué etapa cree que se encuentra la región?

-Hay olas en América Latina en las que coinciden ciertos rumbos. Coincidieron en los 80 políticas de altas inflaciones, coincidieron después en los 90 las políticas de privatización y luego de esas olas, se abrieron dos caminos en América Latina. Uno fue el camino del Pacífico, con Chile, Perú, Colombia (y también Uruguay aunque no sea en el Pacífico) y, por otro lado, los bolivarianos. Y es interesante esta oportunidad de contrastar resultados. Parecería ser, claramente que el lado bolivariano está en retroceso. Está en retroceso en Argentina, en Ecuador, vamos a ver qué pasa en Nicaragua, debería retroceder si no hay frenos dictatoriales. Debería claramente en Venezuela.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).