Category Archives: Historia del Pensamiento

DONACIÓN MUTUA NO ES IGUAL A COMPRA MUTUA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 21/5/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/05/donacion-mutua-no-es-igual-compra-mutua.html

 

Hace poco, en una clase, dije a mis alumnos, hablando del matrimonio: hay una diferencia esencial entre “compra mutua” y “donación mutua”. El matrimonio no es poseer al otro, es donarse al otro. Si eso es mutuo, puedo hablar, si, de “mi” cónyuge, pero no porque lo compré, sino porque se me donó.

La donación no es explicable con la relación costo-beneficio que se da en el mercado con bienes materiales. Obsérvese:  “…que se da en el mercado con bienes materiales”.  Subrayo eso porque en ambientes liberales se ha malinterpretado muchas veces el axioma central de la praxeología de Mises. Por supuesto que toda acción humana implica el paso de una situación menos satisfactoria a otra más satisfactoria. Cuando hice mi compatibilización entre dicho axioma y la antropología de Santo Tomás de Aquino, el contexto era mostrar a diversos ambientes católicos que la praxeología de Mises no es utilitarismo ni tampoco el neokantismo de Mises. Pero ingenuamente supuse que bastaba aclarar que la situación más satisfactoria era compatible con acciones altruistas y punto. No me daba cuenta que muchos interpretaban la acción beneficiosa para el otro como una acción focalizada en mí, no en el otro. Como cuando muy agudamente alguien me dijo en un debate: es perfectamente coherente que Gabriel piense que la praxeología es compatible con el Cristianismo, porque él va a obtener su beneficio en el cielo.

Detengámonos en esto. Hace mucho tiempo, en la sala de profesores de la Unsta, le ofrecí un café a un prestigioso y consumado escriturista. El me dijo “gracias” y lo le dije “no Padre, no lo hago por usted, sino por mis tesoros en el cielo”. El sacerdote en cuestión, conocedor de tooooooooooooodas las discusiones al respecto, se rió con ganas. Entendió perfectamente.

¿Qué entendió? Que si el objetivo de mi acción sigo siendo yo, no hay amor al otro en tanto otro, aunque yo “done” todos mis bienes y ofrezca mil cafés. El amor cristiano es un amor de donación, donde la mirada está concentrada en el otro… En tanto otro. Cuando hago algo por alguien, es por ese alguien, no es por mí. Ahora bien, ello redunda en mí, sí, porque la acción buena me perfecciona como persona. Pero no es ese el fin de la acción: el fin de la acción es el otro.

Razonar, por ende, con una lógica de costo-beneficio de mercado para toda acción humana es una mala interpretación de la praxeología de Mises y el error antropológico de todos los economistas que han querido llevar el análisis micro a dimensiones de la acción humana que tienen que ver con la donación.

¿Cuál es mi diferencia con muchos colegas católicos y cristianos, por ende? Que ellos creen que la donación es algo que pasa por el estado. Cómo han podido creer que el estado puede obligar a alguien a donar, es un misterio más grande que la mente de Dios.

 

Mientras tanto, el hereje soy yo.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Un análisis del estado benefactor en todo el mundo: los resultados no son bueno, pero es difícil cambiarlo

Por Martín Krause. Publicada el 22/5/17 en: http://bazar.ufm.edu/analisis-del-estado-benefactor-mundo-los-resultados-no-bueno-dificil-cambiarlo/

 

En el Cato Policy Report de Enero/Febrero de este año, se comenta un libro de James Bartholomew titulado “The Welfare of Nations”:

“En 2006 el periodista  James Bartholomew, que recientemente había publicado su libro más vendido, The Welfare State We’re In, fue presentado a Margaret Thatcher en un pequeño almuerzo en Inglaterra. Comenzó a contarle acerca de su libro, que argumentaba que el estado de bienestar moderno británico había hecho más daño que bien, y que Gran Bretaña habría estado mejor si nunca hubiera sido creado.

Lady Thatcher le preguntó qué, en ese caso, debería hacerse para arreglarlo. Bartholomew ofreció su respuesta estándar de libro-gira: que él no creía que ninguna democracia moderna aceptara los cambios realmente necesarios, y no le importaba recomendar algo de lo mejor. “¡No no no! ¡No puedes decir que hay un problema y no encontrar una solución! “, Replicó Lady Thatcher. “Si usted dice que el estado de bienestar no es bueno, debe sugerir una alternativa!” Bartholomew trató de protestar que llevar a cabo la investigación necesaria sería demasiado costoso, y la gente lo encontraría “aburrido.” Aquí de nuevo, la baronesa Thatcher no estaba impresionado: ¡Si no puedes pensar en una buena manera de comunicarlo, debes encontrar una forma de comunicarlo! ”

El nuevo libro de Bartholomew, El Bienestar de las Naciones, publicado por el Instituto Cato, es un intento de responder al reto de Thatcher. Para encontrar sus respuestas, Bartholomew despegó en una misión de trote mundial para examinar modelos de bienestar alrededor del mundo. Registra sus viajes a 11 países diferentes, donde busca la mejor atención de la salud, la mejor educación, los mejores servicios de apoyo, al mismo tiempo que expone a los países con el peor desempleo, el peor cuidado de la salud y la educación. También investiga otros países, incluso llegando de nuevo a la historia para discutir el bienestar en la antigua Grecia y Roma. Él hace preguntas como: ¿Por qué el desempleo es tan bajo en Suiza? ¿Por qué es tan alto en España? ¿Por qué la educación del gobierno es tan mala en tantas partes del mundo?

El trabajo de Bartolomé no es sólo una lista seca de hechos o estadísticas sino una historia, tejida con cuentos de sus viajes, que trae a la vida la crueldad y los fracasos del estado de bienestar, así como las historias de éxito en las que Bartolomé modela sus recomendaciones para la reforma. Bartholomew recuerda al lector que la mayoría de los países y sus estados de bienestar no encajan en los “clichés” que imaginamos a partir de estadísticas desnudas – él utiliza la información sobre el terreno y las ideas para compilar, capítulo por capítulo, recomendaciones para diferentes elementos del Estado de bienestar, en última instancia destilándolos en una lista de consejos para mejorar el estado de bienestar en su conjunto. Y en el camino, encuentra aún más pruebas de cómo la existencia de los estados de bienestar está cambiando realmente la civilización mundial.

Al final, Bartholomew sigue siendo escéptico sobre la voluntad de las sociedades de emprender los cambios radicales necesarios para lograr el ideal de un estado de bienestar absolutamente mínimo. Y advierte que, una vez que se ha impuesto un estado de bienestar, la libertad nunca puede ser tan grande como lo fue una vez -escribe, es el “precio inevitable” de imponer un estado de bienestar en primer lugar. Sin embargo, es al menos posible crear un mejor estado de bienestar, reducir el desempleo, mejorar la vivienda y fortalecer a las familias.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

El Futuro De Occidente

Por Armando Ribas. Publicado el 2/5/17 en: http://institutoacton.org/2017/05/02/el-futuro-de-occidente-armando-ribas/

 

Existe la teoría de que en la historia las civilizaciones nacen, se desarrollan y mueren en un ciclo de vida semejante al de los seres vivos. Si analizamos la historia universal no cabe la menor duda de que el proceso descripto es su carácter esencial. Desde ese punto de vista parecería que eso que llamamos Occidente y que yo, tal como me pregunté en mi libro ¿Quién es Occidente?, no sé muy bien qué es lo que es, estaría viviendo su Zenit. Más allá del acceso de Japón a la segunda potencia industrial después de la Segunda Guerra Mundial, ahora surge la amenaza de que la antorcha en algún momento del siglo XXI sería pasada al Celeste Imperio donde viven hoy casi un quinto de la población mundial.

En dos recientes artículos publicados en “Foreign Affairs”, Richard Bernstein y Ross Munro, de una parte, y Robert Ross, de la otra, trataron el tema. Los primeros sostienen que en la misma medida que la China se desprende de las cadenas ideológicas del maoísmo y aumenta su riqueza, será cada vez más amenazante y más peligrosa. La posición de Ross es distinta en el sentido de que la China es demasiado débil como para significar una verdadera amenaza para la hegemonía política de Estados Unidos. Creo que ambas evaluaciones se integran en la teoría anterior de la historia universal, y no toman en cuenta, ni la una ni la otra, la diferente realidad que enfrenta la humanidad a partir de la existencia de las armas nucleares y la revolución de las comunicaciones.

La guerra en el sentido escatológico que existió a través de la historia ha desaparecido como elemento determinante de alcanzar la supremacía mundial. Enfrentamiento y colisiones en el siglo XXI no significan, como hasta la primera mitad del siglo XX, guerra. Este solo fenómeno cambia de por sí la historia universal, donde las civilizaciones se sucedieron hasta conformar hoy una sola civilización en eso que se ha dado en llamar globalización. En ese sentido hoy están más vigentes las palabras de Kant en su “Paz Perpetua” que el predicado hegeliano, de que la guerra era la forma en que los estados hacían su irrupción en la historia. Hoy los estados están todos en la historia con más o menos poder de negociación, pero no con más poder de destrucción. No existe en la actualidad la capacidad de destruir sin ser destruido. Es decir, las aspiraciones de poder no van a desaparecer de la faz de la tierra pero los instrumentos para ejercerlos han sido y siguen siendo modificados.

Cualquier país europeo que hasta la mitad del siglo XX hubiera tenido el poder relativo de los Estados Unidos, habría intentado la conquista mundial. La guerra era “the name of the game” (el nombre del juego). Hoy hemos ido aprendiendo no a deponer los intereses nacionales en pro de una hermandad sublime, sino a expresarlo de otra manera. Ya bien decía Hume en sus escritos económicos: “…el incremento de la riqueza y del comercio en cualquier nación, en lugar de perjudicar, promueve la riqueza y el comercio de todos sus vecinos, y un estado puede difícilmente desarrollar su comercio e industria cuando todos los estados que le rodean están hundidos en la ignorancia, la pobreza y la barbarie”.

Es decir que la guerra no desaparecería de la faz de la tierra por la moral, sino por el interés y el egoísmo humano consciente del terror del holocausto y a través  de las comunicaciones. Demás está decir que la misma tecnología que hace a la riqueza de las naciones, las hace más vulnerables. De qué le sirve a los propios Estados Unidos hacer desaparecer de la faz de la tierra, ya fuera la Unión Soviética o a la China, cuando al menos la mitad de su población  se pierde en el empeño. Pero más aún, cada vez existen menos naciones cuya riqueza no dependa de su integración en la economía mundial. Eso quiere decir algo más. Si Japón hoy se hundiese en el Océano Pacífico, una gran parte de la riqueza de otros países y en particular de Estados Unidos desaparecería con el imperio del Sol Naciente.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que esta realidad no ha sido construida sólo a partir de hechos, sino que detrás de ella han estado las ideas que dieron paso a lo que Popper denominara sociedad abierta. Ha sido el reconocimiento de los intereses privados el que ha construido la riqueza que se sustenta en la propiedad y el comercio. Ese mal llamado “materialismo” ha sido la fuente de los mayores logros que han permitido satisfacer las necesidades de la gente común. No sé en virtud de qué espiritualidad la guerra pudo haberse considerado como un acto desinteresado y digno frente a la concupiscencia adscripta al comercio. No hay que ir a las castas hindúes para encontrar en toda la historia de la humanidad, la religión y la guerra como los paradigmas excelsos de la virtud, en tanto que el comercio, las finanzas y el trabajo eran descalificados por indignos. Fue sólo cuando se revirtieron estos principios, a partir del pensamiento liberal, que ha sido posible alcanzar el estadio de civilización que hoy disfruta una gran parte de la humanidad. Esto no quiere decir que en función de la globalización han de desaparecer ni las identidades nacionales ni las culturas. Pero sí que éstas habrán de adaptarse a los principios que podríamos llamar de la civilización, si es que los pueblos pueden aspirar a elevarse por sobre la pobreza. Y ése no es el modo de la generosidad, sino del interés, no del reparto, sino de la creación. Ninguna cultura que intente desconocer los principios de la civilización universal puede esperar alcanzar los estadios de libertad y bienestar que gozan hoy los países industrializados. Esos principios no son otros que el reconocimiento del derecho del hombre a la búsqueda de la propia felicidad, a la vida, a la libertad y a la propiedad. Y estos derechos individuales parten del reconocimiento de la naturaleza falible del ser humano tanto en el orden moral como en el del conocimiento. De ahí la necesidad de la limitación del poder político.

Mi preocupación, entonces no surge del que otros países orientales o africanos alcancen la riqueza que hoy parece patrimonio del Occidente industrializado y Japón. El problema de Occidente está dentro del mismo Occidente. Curiosamente el propio Bernstein, en su explicación de la nueva posición China, de hecho reconoce el problema. Así dice: “La ironía en las relaciones chino-americanas es que cuando China estaba bajo la féerula del maoísmo ideológico y proponía tal ferocidad ideológica que los americanos creían que eran peligrosos y amenazadores, era realmente un tigre de papel, débil virtualmente sin influencia global. Ahora que China se ha liberado de la trampa del maoísmo y se ha embarcado en un curso pragmático de desarrollo económico, y de comercio global, parece menos amenazadora, pero de hecho está adquiriendo la posibilidad de apoyar ambiciones globales y sus intereses con verdadero poder”.

Es evidente que el poder surge en las propias palabras de Bernstein del capitalismo que no es una faceta económica de la existencia, sino una concepción ética que se implementa políticamente y produce la riqueza. El estar bajo el umbral ideológico de Mao es precisamente la actitud opuesta que diluye las motivaciones para la creación de riqueza en función de un deber ser absoluto y fútil que significa la opresión y la inseguridad. El problema en Occidente es precisamente que sus intelectuales descreen de ese mal llamado sistema capitalista y en la medida que el estado se apodera de la economía se cae, casi sin darse cuenta, en la trampa ideológica del maoísmo. Ahí reside el peligro de que se cumpla el ciclo histórico y Occidente dé lugar a otra civilización no distinta sino precisamente porque aprendió lo que Occidente olvidara.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.

¿LA CIUDAD DEL FUTURO?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Lo primero que hay que resaltar es que nadie conoce el futuro puesto que no pueden anticiparse los millones de sucesos que ocurren en el presente y han ocurrido en el pasado que influirán en el más adelante, además de  procesos nuevos que se acoplan en el devenir de los acontecimientos. De todos modos pueden conjeturarse ciertos fenómenos con las reservas del caso, en realidad de modo cotidiano es lo que se hace con la idea de preveer las consecuencias de nuestros actos que en ausencia de esas conjeturas quedaríamos paralizados.

 

En este contexto es que pueden formularse hipótesis respecto a las ciudades del futuro en vista de algunas tendencias y preferencias que benefician  a la gente al internalizar costos y no hacerles pagar coactivamente a quienes no recurren a tal o cual servicio (por ejemplo, cuando pagan por rutas quienes no tienen automóvil…ni por espacios y rutas aéreas si el día de mañana esos vehículos volaran o, como ha sugerido Elon Musk, capas de plataformas subterráneas de alta velocidad).

 

Últimamente se han publicado infinidad de trabajos imaginando asignación  de derechos de propiedad a todo lo que hoy se da por sentado que debe ser estatal, obras en la que se ejemplifica con casos muy relevantes que operan en la actualidad. En este sentido, se destacan muy especialmente The Voluntary City. Choice, Community and Civil Society que contiene valiosos y voluminosos  escritos editados por David. T. Beito, Peter Gordon y Alexander Tabarrok con un ponderado prólogo de Paul Johnson, y también el magnífico Public Goods and Private Communities. The Market Provision of Social Servicies por Fred Foldvary.

 

En una nota periodística no pueden abarcarse todas las aristas que ofrecen los temas inherentes al tema planteado por lo que nos concentraremos solo en las calles, avenidas y carreteras al efecto de ilustrar un aspecto del asunto que implícitamente abarca otras facetas. De entrada resaltamos que la aludida asignación de derechos de propiedad a las vías de comunicación terrestres no significa para nada la incomunicación del mismo modo que a nadie en su sano juicio se le ocurriría a esta altura del partido afirmar que la telefonía privada bloquea la comunicación cuando, muy al revés, la intervención estatal en el rubro obligaba a la gente a gritar puesto que la incomunicación estaba a la orden del día y el contar con un teléfono constituía un privilegio enorme.

 

Entonces veamos lo que ocurre en un centro comercial (shopping): calles internas bien iluminadas, sin baldozas destrozadas y donde la inseguridad es inexistente puesto que los incentivos operan  en  esa  dirección para proteger y atraer a clientes efectivos o potenciales en un contexto donde no se cobra el tránsito puesto que los comerciantes desean contar con la mayor clientela posible.

 

Lo que sugieren las obras mencionadas es que las zonas urbanísticas del futuro se concreten en barrios residenciales donde van los dueños, sus inquilinos y sus invitados, los barrios industriales donde se ubican las fábricas y oficinas y los antes mencionados barrios comerciales donde se agregan a los negocios habituales, las atenciones a la salud, los lugares bailables, los estudios profesionales, los espacios verdes, teatros, restaurantes y demás emprendimientos dirigidos al público en general.

 

Esta situación urbanística requiere calles interiores y avenidas sin cargo en los barrios residenciales (hoy denominados barrios cerrados) y los referidos barrios comerciales y pagos las rutas y carreteras privadas donde el costo lo abonan quienes las utilizan (donde puede concebirse que en algunos casos sean también sin cargo o privadamente subsidiados cuando el negocio es inmobiliario  a los costados de la ruta o carretera que, según el tráfico pueden ser de más de un piso).

 

En esta línea argumental aparecen dos supuestos contra-argumentos: las comunicaciones terrestres que son inviables por ser antieconómicas y la supuesta “exclusión” que significan los barrios residenciales a la manera de los barrios cerrados. En primer lugar, si ciertas comunicaciones terrestres son antieconómicas (lo cual no se limita a las rutas, accesos y carreteras sino a los ferrocarriles, colectivos, líneas aéreas y de navegación marítima) es porque significan consumo de capital, situación que, a su turno, se traduce en contracción de salarios en términos reales puesto que éstos son consecuencia de las tasas de capitalización. A su vez, este derroche implica que inexorablemente se extiendan las zonas inviables ya que la pobreza es mayor. Si al comienzo de cada país, los contribuyentes se ven forzados a financiar elefantes blancos, nunca despega. Se sostiene que aquella financiación forzosa es un acto de “solidaridad” lo cual rechaza la misma idea de caridad que, por definición, trata de actos voluntarios con recursos propios. Un acto de solidaridad no es arrancar las billeteras y las carteras de unos y entregar el fruto del trabajo ajeno a otros (sin contar lo que se queda en al camino cuando intervienen los aparatos estatales). Como se ha dicho “la primera regla de la economía es que los bienes son escasos y la primera regla de la política es desconocer la primera regla de la economía”.

 

En segundo lugar, la “exclusión” que se atribuye despectivamente a los llamados barrios cerrados no solo no excluye en el sentido peyorativo sino que incluye puesto que refuerza los incentivos por la seguridad jurídica que implica. En otro sentido, la asignación de derechos de propiedad naturalmente excluye a los no son propietarios del bien en cuestión de la misma manera que siempre incluye a los que son dueños de ropa, alimentación y  vivienda. Lo contrario se degrada en “la tragedia de los comunes” (lo que es de todos no es de nadie con el consiguiente uso desaprensivo del bien). Entonces, si lo que se quiere decir por “excluidos” en el sentido de marginados y empobrecidos, debe comprenderse que la receta más contundente para aumentar la insatisfacción consiste en atacar  las garantías a la propiedad, es decir, cuando alguien produce algo bloquear el uso y disposición por parte del titular.

 

Como hemos consignado en otra oportunidad, el origen de este análisis debe verse en los canales navegables más importantes en Inglaterra y Estados Unidos financiados privadamente por peajes en el siglo xviii donde se abrieron las puertas al progreso tecnológico en esta materia a través de sistemas de dragados, túneles, exclusas y puentes. Asimismo, los caminos siguieron en muchos países europeos el mismo derrotero:  los de tierra se convertían en puro lodo en épocas de lluvias y en un terragal insoportable en épocas de seca. En la antigüedad la construcción de caminos eran sinónimo de esclavitud pero con el tiempo la faena fue responsabilidad de los pobladores y de las parroquias (en tiempos de las Cruzadas había obispos que otorgaban indulgencias para constructores de caminos y su respectiva manutención).

 

Contemporáneamente, los canales de Suez y Panamá fueron financiados por medio de la venta de acciones y la colocación de títulos en los mercados de capitales mundiales. Hoy el Eurotúnel une el continente con Gran Bretaña  a través del Canal de la Mancha en un emprendimiento que cuenta con 560.000 accionistas.

 

Cuando se comenzó a utilizar el hierro, la invención de John McAdam y el asfalto hizo que los caminos pasaran al primer nivel de atención. Se utilizó el sistema de los turnpikes (peajes) como sistema de financiación en Inglaterra, Irlanda, Bélgica y Estados Unidos. Tal como sucedió en otras áreas, los gobiernos comenzaron a entrometerse en los negocios privados, en este caso, primero regulando precios, luego a través de shadow prices que simulaban peaje pero entregando diferencias directamente a los propietarios como una medida “política” hacia los usuarios y en algunos casos haciendo aparecer directamente como si no hubiera peaje (como si los caminos fueran “gratis”). La reiteración de estas políticas que disminuían las entregas gubernamentales, junto con la irrupción del ferrocarril mandaron a no pocos operadores a la quiebra lo cual, en lugar de corregir la situación, hizo que los gobiernos tomaran lo que fue un negocio en una gestión estatizada.

 

Después de un largo tiempo volvió a aparecer el sector privado en el negocio pero bajo la figura de “la concesión” lo cual mantiene la politización del área. Esto fue primero en varios países europeos, Estados Unidos y Japón, en este último caso eliminando el eminent domain, a saber, la eliminación de la expropiación para “causa de utilidad pública”, es decir, el trazado de la construcción de caminos sin afectar el derecho de propiedad. La nueva aplicación del peaje primero se llevó a cabo con tolltags y luego el cobro electrónico sin barreras.

 

La figura de la concesión, entre otras cosas al mantener la propiedad en manos estatales, no permite al operador recurrir al camino como colateral para recurrir al crédito y, en general, le resta autonomía financiera. Al mantener la propiedad en la órbita estatal se facilitan intromisiones y politizaciones del negocio y problemas cuando se acerca el vencimiento del contrato (salvando las distancias, también la concesión afecta gravemente la libertad de prensa al no vender el espectro electromagnético).

 

En el caso que venimos comentando, la asignación de derechos de propiedad no solo permite la mayor flexibilización del negocio y el mejor rendimiento en competencia (también con otros medios de transporte) sino que se resuelve el tema de la optimización de las normas de tránsito, la pornografía, la prostitución, el uso de estupefacientes, las protestas sociales, al tiempo que las quejas eventuales de usuarios son debidamente atendidas para prosperar.

 

No es que la eliminación del uso desaprensivo de la politización haga desaparecer errores, la imperfección es la característica del ser humano, de lo que se trata es de minimizar problemas pasando al campo de lo voluntario y pacífico y, en esta etapa del proceso evolutivo, mantener al aparato de la fuerza que denominamos gobierno en el terreno de la protección de los derechos de todos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La teoría del derrame no existe

Por Iván Carrino. Publicado el 17/5/17 en:  http://www.ivancarrino.com/la-teoria-del-derrame-no-existe/

 

El domingo por la noche, el Ministro de Hacienda de la Nación,  Nicolás Dujovne, fue invitado al programa de Luis Novaresio, “Debo Decir”. Uno pensaría que, dada la importancia de la figura del ministro, éste fue quien se llevó toda la atención.

Algo de eso hubo. Sin embargo, otro de los invitados, el famoso actor Hugo Arana, terminó apropiándose de las cámaras.

En momentos en que el ministro explicaba en qué consiste el modelo económico del gobierno, Arana interrumpió y se explayó con su pensamiento acerca de lo que se ha dado en llamar “la teoría del derrame”.

A continuación, sus palabras:

La Teoría del Derrame me parece uno de los más graves insultos. Yo en mi casa le digo al nenito de la esquina que está en la calle que venga y que, cuando estoy comiendo, si se me cae alguna miga, la puede comer. Eso del derrame me parece una humillación.

Los dichos de Arana apuntan directamente a la economía de mercado, a la que suele equipararse con esta teoría del derrame que, en realidad, jamás ningún académico serio defendió ni planteó de manera ordenada.

Si duda de esto, puede hacer la prueba de ir a una librería o ingresar en MercadoLibre.com y pedir el libro “Introducción a la Teoría del Derrame”.

Le anticipo: volverá con las manos vacías.

UN ARGUMENTO BIEN EXTENDIDO

Ahora bien, podría decirse que lo que diga un actor no es representativo de lo que piensan los principales referentes de la sociedad o la academia especializada.

Este argumento, sin embargo, no es cierto. Recientemente, el mismísimo Papa Francisco se expresó en la misma línea que Hugo Arana.

En un documento divulgado en 2013, sostuvo:

Algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico.

Por último, el economista y profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires, Mario Rappoport, también critica al liberalismo utilizando el hombre de paja del derrame económico:

… plantean que así la economía tendría un crecimiento virtuoso que a la larga podría beneficiar a todos a través de la teoría del derrame. Pero en las economías periféricas (y ahora también en las centrales) el vaso nunca llega a estar lleno para que esto se produzca.

Como queda claro, la analogía que se hace entre la teoría liberal del crecimiento económico y la teoría del derrame no es solo una ocurrencia de un actor no experto en estos temas, sino algo extendido a los más conspicuos círculos de la sociedad.

MALA COMPARACIÓN

El problema con lo anterior es que la analogía es pésima.

Es que cuando se sostiene que la economía de mercado genera crecimiento económico que beneficia a todos, nadie está planteando que ese beneficio llegue en la forma de dar migajas a nadie o derramar ninguna copa. En concreto, en el mercado, la mejora económica individual no llega de la mano de la beneficencia de “los ricos”, sino de las ganancias que genera el intercambio.

Una persona demanda el “bien A” y tiene para ofrecer el “bien B”, mientras que otra que demanda el “bien B” tiene para ofrecer el “bien A”. Una vez que ambos individuos se encuentren, intercambiarán sus bienes y ambos habrán ganado utilidad. En el intercambio voluntario, todos mejoran su situación.

Este proceso, además, genera incentivos para producir. En la medida que cada individuo sabe que lo suyo es suyo, tendrá incentivos para producir bienes y servicios que luego pueda intercambiar en el mercado por otros que le sean de mayor utilidad. La existencia de dinero no cambia esta ecuación. Ofrecemos bienes o servicios, recibimos dinero a cambio, y ese dinero lo volvemos a intercambiar por otros bienes y servicios.

Todos los que participan en la economía de mercado, ofreciendo valor para llevarse valor, ganan en este proceso. No hay ningún derrame ni ganadores accidentales. Y tampoco hay explotadores. El cliente se beneficia con su compra, el empresario con su venta, el trabajador cuando recibe su sueldo, el capitalista cuando recibe los servicios laborales del empleado.

Nadie gana por derrame, sino por el intercambio.

NO HAY PODER CENTRAL

Todo este fantástico proceso de crecimiento y enriquecimiento mutuo no está digitado desde un poder central que todo lo controla, sino que es parte del orden espontáneo del mercado. Como decía Adam Smith, no es la benevolencia del carnicero lo que trae la carne a nuestra mesa, sino su propio interés. Paradójicamente, es el interés egoísta de los individuos lo que nos enriquece y nos empuja a mejorar.

Esto, claro, es inconcebible para los adoradores de la mano visible del estado. Para ellos, la única salida de la pobreza es con planes de subsidios estatales. El propio Rappoport, en el mismo artículo anteriormente citado, sostiene que durante los últimos años de intervencionismo económico en Argentina, “se intentó a través del Estado crear las condiciones para que el vaso pudiera llenarse y la distribución del agua no dependiera del derrame sino de políticas públicas”.

Lo que les cuesta aceptar los teóricos anti-derrame es que la salida de la pobreza pueda darse en ausencia de un plan deliberado del gobierno. Seguido de esto, tampoco podrán aceptar que cada vez que se intenta ir por el camino del redistribucionismo extremo, se llega a la miseria total, como demuestran los casos de Cuba, la Unión Soviética o, más recientemente, la Venezuela de Chávez y Maduro.

La teoría del derrame no existe. El crecimiento económico no descansa en que los ricos se enriquezcan y luego donen parte de lo que tienen. Por el contrario, se basa en permitir que haya libertad para intercambiar, y que en ese proceso voluntario, todos alcancen sus objetivos personales contribuyendo al bienestar social.

La mano visible del gobierno tiene un rol muy limitado que cumplir en ese proceso. Como decía Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra.”

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Tal vez no hay un “análisis económico de la política austriaco”, pero no quiere decir que no analizaran los temas

Por Martín Krause. Publicada el 17/5/17 en: http://bazar.ufm.edu/tal-vez-no-analisis-economico-la-politica-austriaco-no-quiere-decir-no-analizaran-los-temas/

 

Existe, por supuesto, una “teoría económica de la política”, que se suele llamar “Teoría de la Elección Pública” o “Public Choice”. Ahora bien, ¿existe una teoría económica ‘austriaca’ de la política? Esto lo trata Michael Wohlgemuth en el interesante artículo titulado “La democracia como un proceso de descubrimiento: hacia una “economía austriaca” del proceso político” (Libertas 34, 2001).

Comienza con dos citas”

“Es en sus aspectos dinámicos, mas que los estáticos, donde se prueba el valor de la democracia… El ideal de la democracia descansa en la creencia de que la visión que dirigirá al gobierno emerge de un proceso independiente y espontáneo”.

Friedrich A. Hayek (1960: 109)

“Las perspectivas que ofrecen algunos de los análisis sobre ordenes espontáneos que ocurren fuera de situaciones de equilibrio pueden resultar útiles en aplicaciones a la política como a la economía”.

Y comenta:

“No existe una Economía Austríaca de la democracia. Es cierto que economistas austríacos como Hayek, von Mises o Lachmann han estudiado a los sistemas e ideas políticas. El estado, su poder e instituciones, su papel en la protección o destrucción del orden espontáneo del mercado se encuentra en el centro de tratamientos clásicos como La Constitución de la Libertad (Hayek, 1960), Ley, Legislación y Libertad (Hayek, 1973; 1976; 1979), Socialismo (Mises 1936/76), Gobierno Omnipotente (Mises, 1944) o El legado de Max Weber (Lachmann, 1970). Y aun más notablemente, todo el proyecto de la teoría económica de la democracia es considerado a menudo como habiéndose iniciado con un “austríaco”: con la formulación de Schumpeter sobre Otra Teoría de la Democracia (1942: cap. 22)1.

Sin embargo, parece correcto decir que no existe una economía de la política específicamente austríaca. Lo que hoy se conoce como la economía de la política (esto es, el análisis positivo de la política aplicando las mismas herramientas y conceptos utilizados para el análisis positivo de los fenómenos económicos) no es economía austríaca sino neoclásica. La impresión común que brindan los economistas austríacos -aunque esto refleja una visión relativamente simplista y sesgada del asunto- es que los austríacos se interesan exclusivamente de conclusiones políticas normativas derivadas de su ideal sobre los procesos del mercado libre. Los austríacos no tienen renombre por analizar la política como es utilizando sus conceptos y herramientas austríacas específicas en una teoría del proceso político. Por lo tanto, parece haberse desarrollado una división del trabajo intelectual que ha producido dos áreas distintas de preocupación teórica: si quieres saber lo que los políticos no deberían hacer o poder hacer, pregúntale a los austríacos. Si quieres saber lo que los políticos hacen, cómo y porqué lo hacen, pregunta a los economistas de la Elección Pública (Public Choice).

Sin embargo, nuestra afirmación de que los austríacos no han estudiado sistemáticamente el funcionamiento de los procesos políticos con las mismas herramientas analíticas y conceptos básicos que utilizan para el estudio de los procesos de mercado debe ser afinada aun más. Hayek, Mises o Kirzner han estudiado los problemas de la planificación e intervención política utilizando los mismos conceptos derivados de las condiciones de la acción humana: la falta de conocimiento de los actores, la coordinación de planes individuales sujeta a las reglas del juego, y las posibilidades e incentivos para actuar bajo esas reglas. La inhabilidad de las agencias políticas (digamos, en un régimen de socialismo de mercado) para mimetizar los procesos reales del mercado o para dirigir exitosamente al orden espontáneo del mercado hacia fines políticos preconcebidos ha sido una aplicación muy destacada y exitosa de la economía austríaca al estudio de la política. En verdad, los argumentos políticos presentados en el debate sobre el cálculo produjeron resultados empíricamente valiosos que muchas evaluaciones neoclásicas de la política no parecen poder brindar.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

DESCARTES, EL FILÓSOFO DE LA MODERNIDAD CATÓLICA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 14/5/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/05/descartes-el-filosofo-de-la-modernidad.html

 

Descartes es aún otra figura más controvertida que Galileo. Ha sido y es aún atacado desde todos los frentes. Importantes tomistas lo consideran como el inicio de un idealismo que culmina en Hegel. La mayor parte de libros de historia de la filosofía lo presentan como idealista. Hayek lo considera el inicio del constructivismo, con lo cual lo deja como un iluminista más. Desde la Escuela de Frankfurt se lo considera parte esencial de la dialéctica del Iluminismo. Para los heideggerianos es el pecado mortal absoluto. Para los postmodernos es el inicio de la modernidad mala y racionalista. Para los anti-fundacionistas (Popper y los neopragmaticistas) es el iniciador de una filosofía que busca fundamentos, un inicio, que no existiría. Para los neo-aristotélicos como Ryle es el dualista malo por excelencia. Dualista, racionalista, idealista, proto-hegeliano: las tiene todas. Pero nosotros lo vamos a presentar como otro representante del humanismo y renacimiento católico.

El proyecto de la filosofía de Descartes fue precisamente rescatar a la metafísica de los jirones que habían quedado de ella luego de los debates sobre la escolástica decadente, los neoartistotelismos no católicos y la caída de toda certeza luego de la revolución copernicana. Coincidía con San Agustín, aunque no lo había leído, en que las cuestiones de Dios y del alma eran las que fundamentalmente importaban. Su famoso cogito ergo sumno es idealismo. Fue encontrar el ser en la interioridad, lo cual se ubica en la línea agustinista. Para pensar, es preciso ser, y no al revés. Descartes no intenta encontrar lo real a partir de un sostén dibujado en la pared, como un importante tomista lo ridiculizó. La inteligencia, de la cual no se puede dudar, es la inteligencia real, en la cual se encuentra el ser. Ese ser es limitado como en toda la tradición escolástica. A los tomistas en general les cayó muy mal que mezclara la contingencia con el argumento ontológico para demostrar la existencia de Dios, pero casi como un motivo de excomunión, cuando nadie puede decir que el argumento de San Anselmo está en contra de los Dogmas de la Fe: a lo sumo, será criticable filosóficamente, pero de ningún modo es algo contrario a la tradición católica. Que finalmente Descartes concluya, por el argumento ontológico, que Dios ha dejado su firma en nosotros, no es algo lejano a la tradición agustinista donde las verdades no contingentes en nosotros remiten a la verdad absoluta que es Dios. Cualquier católico puede no ser agustinista pero ningún católico puede decir que esa tradición agustinista está en contra de la Fe. En todo caso, cambia el contexto, la situación histórica: en Santo Tomás sus vías son un debate con San Anselmo –precisamente- mientras que Descartes parte de San Anselmo y la noción creacionista de finitud para demostrar apologéticamente a Dios en un s. XVII que se disponía a tirar a la metafísica cristiana a la basura.

El método en Descartes no es introducir el método matemático en la filosofía: es descubrir que la precisión deductiva puede ser el camino para el sano lenguaje filosófico, cosa que se encuentra también en Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Ellos no hablaban de lenguaje geométrico, claro, pero sí de lenguaje preciso, de lógica, de argumentación correcta: ese es el espíritu del método en Descartes. Entiendo que ello le pueda parecer un horror a algún post-moderno heideggeriano, como un olvido del ser, pero no sé qué tiene ello de contrario a toda la patrística y escolástica católica no decadente.

La demostración de que el mundo externo existe es a través de Dios. Sí, ello puede ser criticable desde una posición realista como la de Gilsón en la cual el mundo externo es evidente. Pero ello olvida que la evidencia del mundo externo sería imposible sin la evidencia del otro en tanto otro, paso fenomenológico que hereda el paso del sujeto que hace Descartes y que no pudo ser asumido ni por Gilsón, ni por Fabro ni por Maritain.

Por lo demás, es verdad que en Descartes hay que demostrar que la idea del mundo externo corresponde al mundo real. Los tomistas aristotélicos se consideran exentos de ese problema, y puede ser, siempre que se logre aclararperfectamente que la noción de signum quo de Santo Tomás corresponde inmediatamente a la de signum quod. Pero NO es ello tan fácil de aclarar. Santo Tomás, aunque un tomista aristotélico no lo quiera ver, no dejó nunca de serrealmente agustinista. Agrega la teoría de la abstracción de la esencia de Aristóteles, interpretada a su modo, para explicar mejor el concurso entre el conocimiento sensible e intelectual, pero ello NO lo desprende de la teoría de la iluminación agustinista donde la inteligencia humana es participación en el Intelecto Divino. Por lo tanto, en el Santo Tomás auténtico, y no en el convertido en un mero comentarista de Aristóteles, la certeza del conocimiento de la cosa real se basa también en la certeza de las ideas en Dios. Descartes no hace más que reiterarlo a su modo. Tal vez lo más que le faltó a Descartes no fue precisamente Aristóteles, sino la intersubjetividad husserliana, pero eso es como decir que a Copérnico le faltaba Newton.

El dualismo cartesiano, por lo demás, no fue una cuenta mal hecha por un pensador distraído. Fue la coherente conclusión del rechazo a la forma sustancial de Aristóteles. Pero ese rechazo tampoco fue un capricho emergente de la famosa estufa. En pleno s. XVII, el neoplatonismo y neopitagorismo cristiano habían re-incorporado al atomismo griego –que permite crear y distinguir a la química de la alquimia- que tan injustamente maltratado había sido por Aristóteles en el cap. 1 de su Filosofía Primera. Ningún tomista posterior al s. XIII supo encarar la unidad de la forma sustancial con la naciente química que luego derivaría en la famosa tabla periódica de elementos. Santo Tomás había dejado una semilla con su teoría de los elementos en potencia próxima al acto, pero nadie pudo, quiso y supo combinarla con la química hasta avanzado el s. XX, con tomistas como Hounen, Jolivet, Selvaggi y por supuesto Mariano Artigas. Por ende lo que hizo Descartes en su época, al rescatar la espiritualidad de la res cogitans, fue impedir que la espiritualidad del hombre fuera absorbida por las ciencias de la res extensa, o sea las ciencias naturales, como pasa hoy con las neurociencias, frente a las cuales hoylas posiciones fenomenológicas herederas de Descartes son el único frente de combate serio contra el positivismo antropológico. El tomismo también, sitiene el cuidado de no creer que combinar la unidad de la forma con la ciencia actual es una tontería, si tiene el cuidado, como Mariano Artigas, de dedicarle varios libros al tema, y si tiene el cuidado de no hacer demasiadas alianzas con el aristotelismo extremo de Ryale y Kenny, donde la noción de yo individual se encuentra casi en peligro, y donde no de casualidad Kenny no logra entender la demostración de Santo Tomás de la subsistencia de la forma sustancial racional luego de la desaparición de la materia prima.

Por lo tanto tenemos en Descartes uno de los principales filósofos católicos de todos los tiempos. Defendió al espíritu humano del naciente positivismo pre-iluminista, defendió a Dios como causa primera con lo mejor de la tradición anselmiana y agustinista, distinguió claramente entre el espíritu y la materia, siendo intocable el primero por las ciencias naturales, y terminó de brindar los elementos claves de una física matemática con su geometría analítica. Aquí tenemos un ejemplo clave de una modernidad católica no-iluminista. Por supuesto que no podemos seguir hoy literalmente su pensamiento: hay que seguirlo vía la fenomenología de Husserl, en combinación con un Santo Tomás teólogo, católico, cosa que ya comenzó a hacer Edith Stein en su momento y que sigue haciendo hoy Francisco Leocata.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

The Rule of Law vs the Rule of Experts

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 8/5/17 en: http://soundmoneyproject.org/2017/05/the-rule-of-law-vs-the-rule-of-experts/

 

Our worldviews shape the ways in which we approach problems, challenges, and questions. Our “worldviews,” as I refer to them in this post, are so deeply embedded in our minds that we don’t usually realize our thoughts are driven by them. Monetary policy is not free from this “worldview” effect.

There is a big debate in monetary policy on whether central banks should follow a monetary rule or have the ability to decide how to perform monetary policy at the policymaker’s discretion. In a world of second bests, the question underlying this debate is how errors would be minimized: by following the right rule (in itself another issue) or by giving central bankers discretionary powers. In many cases, what one side sees as an argument on their side, the opposite side sees as an argument in favor of theirs. For instance, the lack of precise knowledge about the economic situation can be an argument for a rule-based monetary policy or for a discretionary approach. Proponents of a rule-based monetary policy would argue that because our knowledge is limited, we should follow a rule that will, say in average, minimize the errors. However, one could also argue that because our knowledge is limited, a rule will be biased and therefore discretionary policy (if an expert is in charge) is a better option than an imperfect rule.

Yet in monetary policy, there are broader splits than the rules vs. discretion argument. This broader separation is delineated by economists’ worldviews on how markets work. Both advocates for a rule-based monetary policy and a discretionary central banker have a rule of experts worldview. The expert can build an accurate enough model of the economy that would inform how to run an optimal (or second best) monetary rule. Both the rule follower and the discretionary policy makers are experts. But both positions rest on the unquestioned assumption, given by the expert’s worldview, that there is a certain amount of information and knowledge given to the expert. By information and knowledge I am not referring to economic information, such as macroeconomic aggregates, but to the same worldview knowledge assumed by the theorist. In other words, the economic agent in the economist model is assumed to know the model that he’s living in and therefore, the same assumption is applied to the policymaker in the real world. But, of course, the fact that we can create a model does not mean economic agents are given such information in the real world.

Another worldview, particularly emphasized by Austrian school thinkers, is that the information that is necessary for the expert to be a successful expert is actually not given. This means that the policymaker cannot perform as an expert and, therefore, there needs to be an alternative to the rule of the expert. This theory argues that this information cannot be given to the policymakers because of the complexity of the market process. The fact that we can understand how the market works once it exists does not mean we can be an expert and create it. This complex spontaneous order, however, does have rules. But the expert does not give those rules to the system (market process); these rules come from the market process itself. There is, as it were, a rule of law of monetary behavior that should govern what the policymaker can and cannot do, rather than the other way around. The challenge is that the presence itself of a central bank and, therefore, of policy makers, overshadows the rule of law embedded in the market process.

This second worldview is more concerned with what type of central bank should we have, if any. While the first worldview asks what should be done under a certain institutional arrangement, the second worldview asks what said institutional arrangement should be. This larger question is based on a more humble position, as it does not assume that the information needed by the expert is somehow given.

The possibilities of a sound monetary system are constrained by the institutional arrangement in which the policymaker should act. How to remove or relax these constraints is the problem of the second worldview.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Un académico best-seller

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Es poco frecuente que un académico se convierta en un best-seller. Hay además casos extraordinarios como muchas de las obras de Paul Johnson de más de mil páginas sin subtítulos y que han logrado ventas masivas. Claro que no en todos los casos son leídas sino que queda bien exhibirlas en las bibliotecas.

Un caso notable de muy reciente data es el de Yuval Noah Harari, doctorado en historia en Jesus College de la Universidad de Oxford y que enseña en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Tiene 33 años y ha publicado dos libros traducidos en varios idiomas, entre ellos al castellano, titulados respectivamente De animales a dioses y Homo Deus, cuyas ventas en varios países están ubicadas en la lista de best-sellers y en varios medios se ha dicho sobre el autor expresiones equivalentes a “nace una estrella”.

Los libros contienen datos y reflexiones de mucho interés pero en esta nota periodística queremos puntualizar lo que estimamos son errores de cierta envergadura. De entrada decimos que los títulos de los libros conducen a conjeturar que los seres humanos se han transformado en dioses, supuesto que, precisamente, constituye una presunción fatal digna de los caudillos contemporáneos (La fatal arrogancia titularía su último libro el premio Nobel en economía F. A. Hayek). Desafortunadamente esta conjetura se confirma parcialmente en los trabajos que mencionamos de Harari, aunque finalmente los escritos de marras se traducen en prácticamente la extinción de los humanos debido a la tecnología tal como veremos más abajo en este apretado resumen (y no en el sentido esbozado por Huxley).

Conseguí el correo electrónico del profesor Harari merced a los buenos oficios de Gustavo Perednik, quien enseña en la misma universidad de Harari y con quien escribimos en coautoría un libro (Autopsia del socialismo). Le escribiré en inglés en una cápsula las críticas que siguen ni bien se publique esta columna, que adjuntaré por si también lee nuestro idioma.

Divido estos comentarios en cinco puntos que pienso que son centrales. Veamos unos pocos aspectos del primer libro mencionado. Harari reconoce algunos de los méritos del capitalismo, pero advierte y destaca (junto a otros economistas clásicos) que estos tienen lugar “siempre que no las malgasten [las riquezas] en actividades no productivas”.

Es de gran trascendencia percatarse de que en una sociedad abierta, en todos los casos, los exitosos desde el punto de vista crematístico son el resultado de atender las necesidades del prójimo. Los que aciertan en las demandas de los demás obtienen ganancias, los que yerran incurren en quebrantos. El cuadro de resultados es el termómetro de la eficiencia, por lo que los siempre escasos recursos se ubican en las manos que mejor los administran.

Independientemente de que el concepto de productividad es enteramente subjetivo, incluso cuando alguien invierte en dinero, porque, igual que en toda inversión, conjetura que el valor futuro será mayor que en el presente y, para seguir con el ejemplo que recoge Harari, el sujeto en cuestión coloca su dinero bajo el colchón, el resultado será que transfiere poder adquisitivo a terceros, ya que la cantidad de moneda en circulación será menor en relación con los bienes y los servicios disponibles y, por tanto, los precios bajarán.

En cualquier caso, si los consumidores consideran que no se está invirtiendo bien a sus criterios, provocan pérdidas en el patrimonio de quienes proceden de esa manera. Desde luego que este razonamiento no se aplica a los pseudoempresarios que se alían con el poder político de turno al efecto de saquear a la población, pero este cuadro de situación no es compatible con una sociedad abierta.

En segundo lugar, el autor adhiere al lugar común de emprenderla contra la revolución industrial al escribir: “La revolución industrial que se extendió por toda Europa enriqueció a banqueros y a propietarios de capital, pero condenó a millones de trabajadores a una vida de pobreza abyecta”. Los autores que esto dicen parece que se refirieren a una situación pre revolución industrial donde los campesinos estuvieran danzando en torno a ollas llenas de deliciosos y humeantes alimentos, con salud rebosante y salarios jugosos. Muy por el contrario, las pestes y las hambrunas eran lo común entre los siervos de señores feudales. La mortandad era por cierto muy temprana y la miseria, extendida a todos, salvo los pocos privilegiados por compartir las explotaciones que llevaban a cabo los nobles y sus bandas.

La revolución industrial fue consecuencia del inicio de un cambio de sistema hacia la propiedad privada y el consecuente respeto por al fruto del trabajo ajeno. Sin duda que las condiciones fueron duras al principio, incluyendo el trabajo de mujeres y niños, pero preferían eso a morir por las espantosas penurias a que estaban condenados por el régimen anterior. A partir de entonces, poco a poco, se pudo considerar como algo cierto los estudios de los jóvenes y las tareas de ama de casa de las mujeres como resultado de trabajos arduos pero que permitieron el incipiente ahorro y las mejoras en las condiciones de vida. Préstese atención que recién en esa época comenzó a escribirse sobre la cuestión social, ya que antes se daba por sentado que el destino de la gente era la muerte prematura en las calles. En verdad, si prestamos atención a nuestros ancestros (todos provenimos de las cuevas y la miseria, cuando no del mono) es esta la historia de todos nosotros. En la medida en que el sistema garantizaba derechos, el progreso era seguro, en la medida de la rapiña, el retroceso era el resultado imposible de evitar.

En tercer lugar en este apretado resumen y ahora en el segundo libro referido, Harari es más explícito al concluir: “Es peligroso confiar nuestro futuro a las fuerzas del mercado, porque estas fuerzas hacen lo que es bueno para el mercado y no lo que es bueno para la humanidad o para el mundo”. El autor trata al mercado como si fuera algo ajeno a la humanidad, cuando en realidad se refiere a un proceso administrado cotidianamente por la gente con sus votos y sus abstenciones de votar en el supermercado y afines. El propio Harari es parte del mercado al vender sus libros, al alimentarse, al tener su vivienda, su computadora, su refrigerador, su transporte, su vestimenta, etcétera. En otras palabras, lo bueno para el mercado es lo bueno para la población con sus millones de arreglos contractuales. Todo lo que nos rodea es consecuencia del proceso de mercado y cuando este se interfiere por el uso de la fuerza de los aparatos estatales, los resultados son los faltantes artificiales, los desajustes y, por ende, la pobreza, ya que el derroche de capital afecta directa y negativamente sobre los ingresos y los salarios en términos reales.

Cuarto, el autor que venimos comentando se pronuncia sobre asuntos laborales al sostener que la tecnología amenaza a los trabajadores con quedarse sin empleo, con lo que “los humanos corren el peligro de perder su valor”. En verdad los progresos tecnológicos liberan recursos humanos y materiales para encarar otros bienes y servicios que no podían atenderse debido, precisamente, a que estaban esterilizados en la producción de los bienes que ahora quedan liberados merced a la mayor productividad que hace posible el avance tecnológico.

Las necesidades son ilimitadas y los factores de producción son escasos. Mientras no estemos en Jauja, habrá necesidades insatisfechas (y si estuviéramos en Jauja, no habría que preocuparse por el trabajo de nadie). El empresario siempre atento para sacar partida del arbitraje que presenta la subestimación de costos en relación con los precios finales requiere capacitar para trabajos manuales e intelectuales al efecto de lograr su cometido. En este sentido, la vida es una transición de una posición a otra. Cada día todos los que trabajan pretenden proponer nuevas medidas, lo cual siempre implica reasignar recursos humanos y materiales. Como he dicho antes, el hombre de la barra de hielo fue desplazado y reubicado debido al refrigerador, igual ocurrió con el fogonero antes de las locomotoras Diesel y así sucesivamente con todo lo demás. El progreso implica cambio, no es posible progresar sin cambio. Si se destruyera toda la tecnología del planeta, no habría mayor empleo sino bajas abruptas en los salarios debido a la caída en los rendimientos.

Y quinto, Harari resulta ambiguo, falso y por momentos contradictorio respecto al libre albedrío: “Cuando aceptamos que no hay alma y que los humanos no tienen una esencia interna llamada ‘el yo’, ya no tiene sentido preguntar ¿cómo elige el yo sus deseos?”, “La ciencia no sólo socava la creencia liberal en el libre albedrío, sino también la creencia en el individualismo”.

El materialismo filosófico (o determinismo físico, según la terminología popperiana) da por tierra con la libertad, la responsabilidad individual, la posibilidad de ideas autogeneradas, las proposiciones verdaderas y falsas y la moral. Todo el andamiaje analítico de la tradición liberal cae si no hay libre albedrío, psique (alma) o mente (distinta del cerebro), si en última instancia los humanos somos como loros, más complejos pero loros al fin.

El premio Nobel en neurofisiología John Eccles declara: “Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuán complejo y sutil su condicionamiento […] digo enfáticamente que negar el libre albedrío no es un acto racional ni lógico […] el pensamiento modifica los patrones operativos de la actividad neuronal del cerebro […] Cuanto más descubrimos científicamente sobre el cerebro, más claramente distinguimos entre los eventos del cerebro y el fenómeno mental, y más admirable nos resultan los fenómenos mentales” (en Mind & Brain).

En este contexto, Harari repite la visión convencional de la “inteligencia artificial” de una máquina cuando, como entre muchos otros, explica Raymond Tallis, la inteligencia remite a inter-legum, esto es, leer adentro, captar esencias, naturalezas, conceptualización, abstracción y aspectos emotivos propios del ser humano y no de una máquina programada por humanos. Del mismo modo, nos dice el mismo autor que es impropio hablar de “la memoria de la máquina”, lo cual sería lo mismo que cuando nuestros antepasados le hacían un nudo al pañuelo para recordar tal o cual acontecimiento, en este caso tampoco es propio aludir a la memoria del pañuelo. Incluso no es riguroso siquiera referirse a que “computa la máquina” ni que “calculan las máquinas”, puesto que se trata de impulsos eléctricos sin conciencia de computar o calcular, lo mismo que es de uso metafórico sostener que el reloj “nos dice la hora” (en Why the Mind is Not a Computer).

Como hemos apuntado al abrir esta nota periodística, los dos libros de Harari con sus casi quinientas páginas cada uno contienen datos de suma importancia y observaciones muy atinadas pero a nuestro juicio los cinco puntos que dejamos consignados debilitan, cuando no demuelen, su presentación. Como el conocimiento es provisional y abierto a posibles refutaciones, naturalmente y como en todos los casos (es de Perogrullo) está presente la posibilidad de debatir y contradecir nuestras reflexiones.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

MADURO, EL FASCISTA EMPEDERNIDO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Aunque ya se sabía, acaba de confirmarse el fascismo superlativo del dictador Maduro al proponer el adefesio de una así denominada asamblea constituyente al mejor estilo de Mussolini con sus consabidas corporaciones en reemplazo del Parlamento republicano.

Debe reiterarse que el fascismo significa en su eje central que la propiedad puede estar registrada a nombre de particulares pero usa y dispone el gobierno. Por su parte,  el comunismo significa que directamente usa y dispone el aparato estatal. Este último régimen es más sincero, el primero es más solapado y por ello el de mayor éxito en el denominado mundo libre con la idea de engatusar a los distraídos (al fin y al cabo los fascistas son comunistas cobardes).

El fascismo aplica desde los sistemas educativos donde se habla de “educación privada” pero en gran medida es administrada por los ministerios de educación, hasta los taxis que son regenteados por las municipalidades en cuanto al color con que están pintados, las tarifas y los horarios de trabajo y así sucesivamente con comercios cuyo flujo de fondos son en última instancia dictados en parte importante por el Ejecutivo.

Es tan primitivo Maduro que la emprende contra supuestos fascistas porque no sabe de que se trata y no se miró en el espejo. No puede esperarse otra cosa de una persona que habla con los pajaritos y alude a “las millonas de personas” que piensa lo siguen, cuando, además, en el mejor de los casos se trata de alcahuetes que han dejado atrás la dignidad y esperan migajas del poder.

En momentos de escribir estas líneas han sido detenidos ochenta y cinco oficiales de las Fuerzas Armadas por mostrar su disconformidad con la tragedia que viene ocurriendo en Venezuela, a pesar de las purgas constantes y la suba de salarios a los oficiales por consejo de Cuba con la idea de mantener el control férreo en detrimento de las libertades y derechos de los venezolanos.

Aparentemente, junto con la esperada solidaridad de otros gobiernos al condenar el drama venezolano y no con la muy peligrosa ambigüedad del Vaticano y personajes como Rodriguez Zapatero, la única salida consistiría en ejercer el derecho a la resistencia a la flagrante opresión, primero la desobediencia civil y, luego, si fuera indispensable, el contragolpe de Estado a raíz del golpe manifiesto al Estado propinado por Maduro y su banda que han arrasado con todo vestigio de instituciones republicanas y democráticas que, entre otras muchas cosas, ha desconocido resultados electorales.

En esta nota voy a repetir parcialmente lo escrito en otra ocasión hace un tiempo, esta vez para centrar la atención en el caso venezolano de estos días donde la ciudadanía ha salido masiva y repetidamente a las calles a pesar de las muertes a manos de los sicarios de Maduro quien, como queda consignado, recibe instrucciones de los sátrapas cubanos.

Es de gran relevancia destacar que en la tradición liberal está presente la rebelión contra el abuso insoportable del poder. En la obra más conocida y citada de John Locke puede decirse que comenzó el tratamiento sistemático de esa tradición donde se subraya que “Aquél que ejerciendo autoridad sobrepasa el poder que le fue otorgado […] deja de ser juez y se le puede oponer resistencia, igual que a cualquier persona que atropella el derecho de otra por la fuerza”.

En este contexto, en Venezuela se trata de un contragolpe de Estado puesto que el golpe de Estado original lo dieron quienes avasallaron derechos atropellando instituciones clave de una República que, como es sabido, significa alternancia en el poder, transparencia en los actos de gobierno, responsabilidad de los gobernantes ante los gobernados, igualdad ante la ley anclada en el “dar a cada uno lo suyo” de la Justicia y división e independencia de poderes.

Por supuesto que pude suceder, y de hecho sucede, un golpe de Estado contra un sistema republicano, lo cual es condenable desde toda perspectiva moral, pero aquí nos referimos al contragolpe en el sentido explicado.

La tradición de la libertad se basa en el aspecto epistemológico del no sé socrático como razón para no entrometerse en las vidas y acciones legítimas de otros, además del aspecto ontológico del necesario respeto a las personas. El derecho romano y el common law constituyeron bases institucionales del espíritu liberal junto a las contribuciones de la Escolástica Tardía. Pero con Sidney y Locke, como queda expresado, comenzó la sistematización de los marcos institucionales que posteriormente Montesquieu fortaleció en esa primera etapa, especialmente resumida en su pensamiento en cuanto a que “una cosa no es justa por el hecho de ser ley, debe ser ley porque es justa”.

La revolución estadounidense -un espejo en el que se miraron muchas de las naciones libres del planeta- tomó la idea del derecho de resistencia en su Declaración de la Independencia donde consigna claramente que “cuando cualquier forma de gobierno se torna destructivo para estos fines [los derechos inalienables de los gobernados], es el derecho del pueblo de alterarlo o abolirlo y constituir un nuevo gobierno y establecer su fundación en base a aquellos principios”.

De más está decir que la referida rebelión contra la opresión inaguantable debe hacerse con criterio prudencial para no caer en la misma situación (o peor) solo que con otros gobernantes como en la práctica han sido la mayor parte de las revoluciones, a diferencia de la norteamericana por la que se aplicó una política diametralmente opuesta a la autoritaria de Jorge III. Hasta el momento en los otros ejemplos, en el mejor de los casos se produjo un alivio más o menos transitorio para luego, en mayor o menor medida, recaer en que los aparatos estatales atropellaran los derechos vitales a la libertad y a la propiedad. Es de esperar que esto no suceda en el caso venezolano una vez finiquitado el gobierno (desgobierno) de Maduro.

Incluso en otros casos, la situación después de la revolución fue muchísimo peor, como he señalado antes respecto al ejemplo de la revuelta de Castro contra las tropelías inaceptables de Batista. En otras situaciones, el alivio fue grande como es el ejemplo de Hitler. Salvando las distancias, la revolución popular contra Ferdinand Marcos también permitió un paréntesis en el totalitarismo. Lo mismo va para el caso de la tiranía rosista en Argentina y, con independencia de los graves desbarranques posteriores, similar fenómeno ocurrió con la sublevación como consecuencia del sistema opresivo de Perón contra la libertad de prensa y las libertades básicas de las personas y también de otros dictadores latinoamericanos. Mucho antes que eso los movimientos revolucionarios independentistas (por ejemplo, constituye una sandez oponerse a la Revolución de Mayo en lo que luego fue suelo argentino contra un déspota que había reemplazado a otro en España). Las revueltas que desembocaron en el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín despertaron enormes esperanzas en los espíritus libres. Claro que hay cuestiones de grado que hacen diferencias por lo que no puede meterse todo en la misma bolsa.

Pero lo más importante es comprender que las sublevaciones no producen milagros, en casos extremos permiten espacios de mayor respeto que resultan muy efímeros si no hay ideas suficientemente sólidas como para reemplazar lo que venía ocurriendo. Si no es así, en definitiva, se habrán consumido energías y recursos sin resultados que compensen los sacrificios, los desgastes y conflictos que así se convierten en infructuosos.

La educación es la clave para contar con sociedades libres. Un traspié que obligue a sustituir el gobierno y llamar a elecciones en el plazo más rápido posible no hará que nada cambie si previamente no se han entendido y aceptado los fundamentos y la ventajas de la sociedad abierta.

No hay iluminados que deban imponer sus ideas a otros. No hay la contraproducente fantasía del “filósofo rey” sino la necesidad de establecer instituciones que dificulten el abuso del poder. Se trata de fortalecer las democracias entendidas como el respeto a los derechos de todos. No dictaduras electas ni cleptocracias basadas en la tiranía del número como fue el caso del chavismo con su adefesio del socialismo del siglo xxi y hoy la imposición de una férrea oligarquía, sino en la entronización del derecho de cada cual sin que energúmenos instalados en el gobierno se arroguen la facultad de manejar a su arbitrio las vidas y haciendas de los demás.

En esta instancia del proceso de evolución cultural, solo hay dos posibilidades de formas de gobierno: la democracia y el gobierno de facto. Esta última forma constituye una irregularidad puesto que se sale de la elección de la gente para sustentarse solamente en la fuerza. Todos los gobiernos de cualquier color o formato son de fuerza (de eso se trata), pero el que asume de facto lo es en mayor medida por la razón apuntada, situación que debe modificarse cuanto antes para volver a la normalidad democrática, no entendida como otra ruleta rusa: como queda dicho, la mayoría ilimitada que generaron los Chávez ahora convertida en una exigua minoría que todo lo pretende atropellar.

Por lo dicho es que con urgencia debe trabajarse en la educación a los efectos de la defensa propia, es decir, la imperiosa necesidad de entender que significa vivir en libertad y no simplemente declamar acerca de una democracia falsificada que de contrabando se transforma en otra forma de absolutismo.

Como muchas veces se ha señalado, no es conducente poner el carro delante de los caballos y dedicarse a los políticos del momento ya que naturalmente no aceptarán otro discurso que el que es capaz de digerir la opinión pública y si no se hace nada para modificarla en la dirección de una sociedad libre no puede esperarse un discurso distinto que el que conduce al abuso del poder. Si no hay los suficientes esfuerzos educativos se estará en una encerrona imposible de sortear.

En general hay pereza para dedicarse a las faenas de explicar y difundir los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de vivir en libertad porque se piensa que es más rápido y eventualmente más lucido desempeñarse en la arena política. Esto no es cierto, si nos encontramos en un ámbito estatista es completamente inútil tratar de influir en los políticos del momento con ideas contrarias ya que inexorablemente serán rechazadas si es que los políticos pretenden seguir en ese oficio.

Se dice que es una tarea a largo plazo la educativa, pero si ese es el diagnóstico y la receta adecuada para revertir los problemas, cuanto antes se comience se acortarán los plazos. Es curioso pero en muchos casos desde hace décadas se viene recitando la misma cantinela sin percatarse que si se hubieran puesto manos a la obra ya estaríamos en el instante eureka, “el largo plazo”. No es mi autor favorito, pero Mao Tse Tung decía con razón que “la marcha más larga comienza con el primer paso”.

En resumen, la mejor manera de evitar los contragolpes de estado (generalmente fallidos en el sentido de la reincidencia o incluso el engrosamiento del estatismo) consiste en ocuparse de las tareas educativas mencionadas al efecto de despejar telarañas mentales, lo cual beneficia a toda la comunidad pero muy especialmente a los más necesitados.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.