Archivos en la Categoría: Historia del Pensamiento

MIS LEMAS PEDAGÓGICOS. 1: NO HAY QUE SABER PARA OPINAR, HAY QUE OPINAR PARA SABER.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 18/3/18 en: http://gzanotti.blogspot.com/2018/03/mis-lemas-pedagogicos-1-no-hay-que.html

 

 

¿Cómo? ¿Dice usted que cualquiera puede decir el disparate que se le ocurra, de manera presuntuosa, y de ese modo aprenderá algo?

No. Estoy presuponiendo ciertas condiciones morales e intelectuales, de curiosidad, conciencia crítica, humildad. Que no son tan infrecuentes como se piensa. Muchas personas son así, pero trabadas por el imperativo “no preguntarás” debe callar sus sanas inquietudes, dudas y cuestionamientos.

Mi método consiste en reconocerles el derecho a interpelar. El derecho a que la verdad no les sea impuesta por la fuerza lingüística o el supuesto lugar de saber absoluto de la tarima del profesor. Que entonces se sientan libres de iniciar una conversación genuina con el profesor, que en realidad es alguien que está ofreciendo su posición sobre un tema, pero no diciendo, implícitamente, “dirás esto o serás fusilado”.

Entonces la libre opinión del alumno se convierte en el inicio del diálogo. Puede equivocarse, pero la labor del profesor es encontrar en ese error una oportunidad para reconducirlo a un nuevo cuestionamiento que lo vaya acercando socráticamente a la verdad. Y también encontrar en ese error la parte de verdad, situarlo en la historia de la filosofía, y además tratar de encontrar el horizonte desde el cual el alumno está diciendo lo que para él es tan importante.

Y lo más importante es que el profesor puede llevarse una buena sorpresa al escuchar un cuestionamiento que verdaderamente ponga en conflicto a su núcleo central.

Por supuesto que esto nos pone en riesgo de ser blanco de personalidades psicopáticas que van a aprovechar esa apertura para hacer un bulying intelectual y moral al profesor. Pero es una posibilidad casi nula en chicos jóvenes que responden inmediatamente a una mirada de afecto, que es fundamentalmente lo que están buscando. Con un psiquismo relativamente normal, la calma produce la calma, y el entusiasmo genera entusiasmo. Y el respeto sacrosanto a la libertad del alumno, de ser él mismo, es la única oportunidad para que alumno mejore desde sí mismo y no desde algo que no es él.

Por supuesto, todo esto es incompatible con el sistema educativo formal positivista que nos domina. Hay que hacerlo entrar de contrabando.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

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Bastiat y la competencia

Por Gabriel Boragina Publicado el 15/7/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/07/bastiat-y-la-competencia.html

 

Hay autores que -en el tiempo- nos producen admiración por su agudeza de observación intelectual y su perspicacia. Uno de esos extraordinarios ejemplos es el de Frederic Bastiat, cuya asombrosa pluma supo combinar una suspicacia brillante con una fina ironía y, de paso, nos revela la antigüedad de los debates que -aun hoy día en nuestra época- acaloraron los ánimos más exaltados. Uno de esos temas (que en nuestro tiempo seguimos discutiendo casi en los mismos términos en que Bastiat los plantea) es el de la competencia. Veamos:

“En todo el léxico de la economía política no hay otra palabra que haya provocado más la ira de los modernos reformadores del mundo que: la competencia, o como se la suele determinar con mayor precisión para hacerla más odiosa, la competencia anárquica. ¿Qué significa competencia anárquica? No lo sé. ¿Qué se quiere poner en su lugar? Lo sé menos aún. Oigo, es cierto, que me gritan: ¡Organización! ¡Asociación! ¿Pero qué quiere decir eso? Debemos entendernos de una vez por todas. ¡Debo saber perfectamente qué clase de autoridad estos escritores quieren ejercer sobre mí y sobre todo el mundo! Porque, en efecto, yo reconozco sólo una, la de la razón.”[1]

Hoy en día -y si bien aún se habla de la competencia “anárquica” como en tiempos de Bastiat- se ha popularizado otra que -al fin de cuentas- viene a ser equivalente: competencia “salvaje”. Respecto de ambas, podríamos formularnos los mismos interrogantes que se hacía Bastiat en su época.  No obstante, las preguntas que se plantea a si mismo Bastiat, son meramente retóricas. Él sabía muy bien a que se referían aquellos que acusaban a la competencia de “anárquica”. Hoy se sigue contendiendo a la “anarquía del mercado” como si este fuera una entelequia sin gobierno alguno ni control de ninguna índole. Conforme nos explica Bastiat, la misma idea era la que campeaba entre sus contemporáneos, lo que nos permite advertir los antecedentes remotos de las aspiraciones colectivistas y dirigistas. Bastiat lo expresa con su acostumbrado lenguaje vívido:

“¡Adelante! ¿quieren privarme de mi derecho a valerme de mi juicio cuando se trata de mi propia existencia? ¿Quieren impedirme evaluar por mí mismo la retribución que me corresponde por mis servicios? ¿Quieren obligarme a obrar como a ellos les agrade, y no como a mí me parezca? Si me dejan mi libertad, sigue en pie la competencia. Si me la quitan, no soy más que su esclavo.”[2]

Bastiat identifica la libertad con la competencia. Para él se tratan de sinónimos. A tal punto que nos dice que si se elimina la competencia se pierde la libertad y nos convertimos en esclavos. Esto es de suma actualidad en tiempos presentes donde -como gran novedad- se dictan profusas legislaciones con el título ostentoso de “defensa de la competencia”. Bastiat seguramente nos diría que defender la competencia es no otra cosa que defender la libertad. Pero ¿es que acaso existe la necesidad y alguna ley que defienda la libertad más allá de lo que la propia Constitución política de un país pueda reconocer? Paradójicamente, el análisis de los textos legales que dicen tener como objetivo la “defensa” de la competencia nos permiten ver que, de aplicarse obtendrán el resultado inverso: el ataque abierto a la competencia y la disminución paulatina de la misma.

“La asociación, dicen, será libre y voluntaria. ¡Magnífico! – pero entonces cada asociación guardará con las demás la misma relación que hoy guardan los individuos entre sí, y seguiremos teniendo la competencia. – La asociación será universal -. Eso ya pasa de broma. La competencia anárquica hunde en la miseria a la sociedad humana, y para remediar este mal, ¿hemos de esperar hasta que todos los seres humanos, franceses, ingleses, chinos, japoneses, cafres, hotentotes, lapones, patagones, se avengan en someterse a una de las formas de asociación inventadas por vosotros?”[3]

Plantea aquí Bastiat lo que se podría afirmar como una verdad de Perogrullo. Si las asociaciones que se proponen serán libres y voluntarias, entonces no hay nada que objetar, porque -por carácter transitivo- se regularán por si mismas, de análoga manera que los individuos espontáneamente se regulan por si mismos en sus relaciones con sus semejantes. Y, de idéntico modo que cada individuo compite con su semejante (lo quiera o no) cada asociación competirá con la otra. Será bueno recordar en este punto que la competencia -como ya lo sabía Bastiat- es un fenómeno inexorable de la naturaleza, que viene dado en razón de otro hecho innegable: el de la escasez de los recursos económicos en relación a las necesidades humanas. Nos vemos obligados a competir por dichos recursos, por la sencilla razón de que en la naturaleza no existe nada en cantidades suficientes para todo el mundo.

Bastiat ironiza en la cita con respecto a la contradicción entre la idea de una asociación universal que -a la vez- fuera “libre y voluntaria”. Resulta obvio que si se pretende que sea universal esto se opone a tal presumida libertad y voluntariedad de ingreso y de salida.

“Pero que andéis con ojo: con eso confesáis que la competencia no puede destruirse; ¿y querréis acaso afirmar que un fenómeno indestructible, es decir, que pertenece a la naturaleza misma de las cosas, pueda ser un mal?[4]

Tal vez en este párrafo Bastiat se refiera implícitamente a la cuestión de la escasez a la que hicimos alusión más arriba. Nosotros (en otra parte) hemos diferenciado la competencia como un hecho y como un derecho. Bastiat, no obstante, parece estar hablando de la primera. Brevemente, nuestra idea al hacer tal distinción es que la competencia -sin perjuicio de ser un hecho infalible de la naturaleza- cuando se circunscribe al campo humano se torna en un derecho, no creado por la ley, sino reconocido por ella. Como un hecho de la naturaleza, la competencia no puede ser tenida por un mal, ni tampoco como un bien, dado que con ello entraríamos en un plano ético o jus-valorativo, propios precisamente de la ética o bien del derecho, donde si caben esas valoraciones.

1 Frédéric Bastiat “LIBERTAD COMO COMPETENCIA”. Este artículo pertenece a su libro “Armonías Económicas”, publicado en el año 1849.

[2] Bastiat, ibidem.

[3] Bastiat, ibidem.

[4] Bastiat, ibidem.

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿PORQUÉ OBEDECER A LA AUTORIDAD?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

De entrada me parece que resulta conveniente precisar que hay básicamente dos tipos de autoridad. En primer lugar, la  en un sentido amplio es decir la que es reconocida por la rectitud de conducta o por los conocimientos o por ambas cosas a la vez. Este tipo de autoridad no necesita de aparatos compulsivos de la fuerza para acatarse, se adopta por la virtud implícita en el  ejemplo. En este sentido no hay obligación propiamente dicha de seguir los lineamientos estipulados, si se siguen es  por el reconocimiento de la razón de lo que se pone de manifiesto.

 

Pero hay otro tipo de autoridad que se sustenta para su cumplimiento en la fuerza, sea esta de un gobierno respaldado siempre en las botas policiales, una autoridad escolar respaldada en reprimendas varias o equivalentes. En estas líneas vamos a centrar nuestra atención en el primer tipo, esto es, la de los aparatos estatales.

 

Como enseñan algunos de los pensadores en la larga tradición del iusnaturalismo: Grotius, Pufendorf, R. Hooker, Francisco de Vitoria, Sidney, Locke,  Leo Strauss, Francis Lieber, Eric Mack, H. B. Veatch, Lon Fuller, Roscoe Pound, John Finnis -a contracorriente de los Kelsen, Hart y Raz contemporáneos- las disposiciones legales deben basarse en puntos de referencia extramuros de la norma positiva para ser justas. Y esos mojones a su turno derivan de lo que hace posible el desenvolvimiento de los seres humanos que del mismo modo que las piedras y las rosas tienen propiedades inherentes a su naturaleza.

 

De allí el derecho natural, que aunque en ciertos ámbitos se ha utilizado de modo caprichoso y degradado, sigue manteniendo su sentido original. Por esto es que juristas de la talla de Bruno Leoni insisten en que la conformación del derecho positivo está inmerso en un proceso de descubrimiento y no uno de ingeniería social o de diseño.

 

La autoridad del tipo ahora estudiado se basa en la ley, a saber, las disposiciones que son afines a la naturaleza del hombre para poder desarrollarse en la vida. Incluso David Hume escribe que “No es impropio recurrir a la expresión ley natural si por natural entendemos lo que es común a la especie” (en A Treatise on Human Nature) . Esto es lo que confiere autoridad a los gobiernos en una sociedad abierta, a diferencia de megalómanos que pretenden controlar vidas y haciendas ajenas.

 

Ahora bien, ¿que hacer cuando los aparatos estatales se salen de cauce y en lugar de proteger derechos los conculcan? Es una cuestión prudencial, cuando los atropellos son tolerables es mejor absorberlos y tratar de revertir la situación por medio de la persuasión. Pero cuando la situación se hace insoportable, tal como reza la Declaración de la Independencia estadounidense (en la que se han inspirado las naciones libres), es deber de los ciudadanos el deponer al gobierno e instaurar otro. Este es el derecho a la resistencia a gobiernos opresivos. Es un contragolpe de Estado cuando el gobierno ha dado un golpe contra las instituciones libres…son los casos hoy, por ejemplo, de Venezuela, Nicaragua, Cuba y Corea del Norte. No hay que confundir al ciudadano con el súbdito ni un país con un Gulag.

 

Como queda dicho, de más está decir que la referida rebelión contra la opresión inaguantable debe hacerse con criterio prudencial para no caer en la misma situación (o peor) solo que con otros gobernantes como en la práctica han sido la mayor parte de las revoluciones, a diferencia de la norteamericana por la que se aplicó una política diametralmente opuesta a la autoritaria de Jorge III (de un tiempo a esta parte, Estados Unidos abandonó los principios de los Padres Fundadores para lo que recomiendo, entre la mucha literatura disponible, Dismantling America de Thomas Sowell). Hasta el momento en los otros ejemplos, en el mejor de los casos se produjo un alivio más o menos transitorio para luego, en mayor o menor medida, recaer en que los aparatos estatales atropellaran los derechos vitales a la libertad y a la propiedad.

Como he subrayado antes, incluso en otros casos, la situación después de la revolución fue muchísimo peor, como es el ejemplo de la revuelta de Castro contra las tropelías inaceptables de Batista. En otros casos, el alivio fue grande como es el ejemplo de Hitler. Salvando las distancias, la revolución popular contra Ferdinand Marcos también permitió un paréntesis en el totalitarismo.

Lo mismo va para el caso argentino de la tiranía rosista y, con independencia de los graves desbarranques posteriores, similar fenómeno ocurrió con la sublevación como consecuencia del sistema opresivo de Perón contra la libertad de prensa y las libertades básicas de las personas y también lo ocurrido con otros dictadores latinoamericanos de la misma época. Y mucho antes que eso los movimientos revolucionarios independentistas (por ejemplo, constituye una sandez oponerse a la Revolución de Mayo en lo que luego fue suelo argentino contra un déspota que había reemplazado a otro sátrapa en España). También los casos de Stroessner en Paraguay, de Somoza en Nicaragua, de Trujillo en la República Dominicana y similares. Las revueltas que desembocaron en el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín despertaron enormes esperanzas en los espíritus libres. Claro que hay cuestiones de grado que hacen diferencias por lo que no puede meterse todo en la misma bolsa.

El antes mencionado Sidney había escrito como burla a la monarquía absoluta que alegaba que su poder derivaba de Dios y otras sandeces que irónicamente “Dios ha causado que algunos nacieran con coronas en sus cabezas y todos los demás con monturas sobre sus espaldas”.

Especialmente en América latina ha sido costumbre el dirigirse a la autoridad gubernamental como su exceletísimo, su eminencia reverendísima y otros servilismos impropios de un sistema republicano y del recato, del pudor y la decencia más elemental. Incluso se hace alarde del título de “honorable” sin percatarse que el vocablo en gran medida proviene de la condición de ad honorem cosa que por el contrario es rechazada para en cambio percibir suculentas dietas (para no decir nada de los dineros mal habidos).

Benjamin Constant ha popularizado los conceptos de “libertad de los antiguos” y “libertad de los modernos” (noción rechazada por Fustel de Coulanges), entendiéndose lo primero como la mera participación de algunos gobernados en el gobierno, mientras que lo segundo alude a la preservación de las autonomías individuales. Del mismo modo, la tolerancia era concebida antes como una gracia del monarca o del sacerdote y, en cambio, modernamente es entendida no con tufillo inquisitorial de perdonar a los que se estimaba estaban equivocados sino que se ha transformado en la consideración por los derechos de todos.

No debe confundirse autoridad con autoritarismo, lo primero en el contexto de lo que estamos tratando alude al uso de la fuerza con carácter defensivo, nunca ofensivo en cuyo caso invariablemente irrumpe el autoritarismo.

Es por esto que en la actualidad resulta de gran  provecho recordar el célebre dictum del historiador decimonónico Acton en cuanto a que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente” al efecto de alertar frente a desvíos de la órbita política del momento.

Frente a todos los problemas siempre hay quienes proponen que intervengan los aparatos estatales, lo cual significa que se arrancará el fruto del trabajo ajeno para recurrir a la violencia. Muy paradójicamente esta maniobra se lleva a cabo en nombre del derecho cuando en verdad se trata de pseudoderechos ya que se echa mano al bolsillo del prójimo para imponer obligaciones injustas a terceros. Injustas porque violan la definición clásica de Justicia de “dar a cada uno lo suyo” puesto que “lo suyo” implica el respeto a la propiedad de cada cual, lo cual se ha violado al proceder en consecuencia.

Muy paradójicamente hoy en el denominado mundo libre la política más generalizada consiste en el fascismo, es decir, permitir el registro de la propiedad a nombre de particulares pero usa y dispone el gobierno. Es un modo más efectivo y encapuchado de debilitar la institución de la propiedad privada que los marxistas -más sinceros ellos- proponen abrogar de un plumazo. Pensemos en ejemplos cotidianos: los taxis en muchas de las grandes ciudades son manejados por los alcaldes en cuanto a la regulación de la tarifa, el color en que están pintados y el horario de trabajo. También los sistemas educativos, en general manipulados por ministerios de educación que establecen pautas curriculares y otras disposiciones para la mal llamada educación privada (en verdad privada de independencia). Todo esto sin contar las asfixiantes regulaciones en el comercio, la industria, el agro y la banca.

Según Etienne de la Boétie “Son pues, los propios pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir romperían las cadenas” (en Discurso sobre la servidumbre voluntaria), que era la preocupación y ocupación de Henry David Thoreau respecto a la necesaria desobediencia civil para mantener en brete al Leviatán y para bloquear a los mandatarios con sed de transformarse en mandantes.

En lugar de estar permanentemente apuntando a lo menos malo en actitud timorata y rastrera, tengamos el coraje de subir la vara para encaminarnos al respeto recíproco. En el extremo miremos lo que se sugiere desde la vereda de enfrente al espíritu liberal, una postura que explica porqué las izquierdas marcan las agendas y habitualmente corren el eje del debate, lo cual está muy bien ilustrado en el título de una conferencia de Herbert Marcuse dirigida a estudiantes, en 1969, en Canadá: “Exijamos lo imposible”.

De todos modos y por último decimos que la secuencia siendo firme debe ser ordenada en una secuencia racional, por lo que la noción de autoridad centrada en el monopolio de la fuerza puede sin duda mutar en el futuro si es que quedaran resueltos los problemas esgrimidos básicamente en las teorías de los bienes públicos, la asimetría de la información, el dilema del prisionero, los free riders y la refutación del denominado equilibrio de Nash y el teorema de Kaldor-Hicks en el contexto de las inconsistencias de balances sociales explicados por Robert Nozick y la interpretación correcta de “la tragedia de los comunes” y el óptimo de Pareto. Estos temas no se han debatido aun con el suficiente detenimiento, aunque hay trabajos muy meritorios al respecto que no han  salido a la luz debido a que no se han resuelto temas mucho más básicos y, naturalmente, no puede construirse el techo de un edificio antes de que se encuentren listos los cimientos (lo que se traduce en otra metáfora más: no se puede colocar la carreta delante de los bueyes frente a la mediocridad de la mayor parte de los debates actuales que repiten las mismas falacias de antaño).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

”YO NO SOY MARXISTA PERO….” Y EL LOBBY LGTB NOS PASA POR ENCIMA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 15/7/18 en: http://gzanotti.blogspot.com/2018/07/yo-no-soy-marxista-pero-y-el-lobby-lgtb.html

 

Como hemos afirmado muchas veces, en los movimientos feministas radicales, en los LGTB, en el indigenismo, no está la defensa de derechos que en el liberalismo clásico ya tienen: a ser ellos mismos, a tener todos los derechos individuales que tiene cualquier persona y a hacer su propia vida según el derecho a la intimidad personal. No, ellos se sienten parte de “nuevos colectivos explotados” (las mujeres, los indígenas, los gay, los trans, las lesbians, etc.) por, a su  vez, “nuevos colectivos explotadores” como el patriarcado, los blancos, el patriarcado heterosexual, etc. O sea, es una re-edición perfecta de la teoría marxista de la explotación donde el explotador de siempre, el capitalismo, es ahora el capitalismo blanco patriarcal heterosexual, donde sus nuevos explotados son los grupos ya descriptos.

Por esto es totalmente coherente que estos grupos, tanto en Europa como en los EEUU, rompan el pacto político originario, esto es: individuos, personas, todos gozando de los mismos derechos individuales (libertad religiosa, de expresión, de enseñanza, de propiedad, de asociación) bajo una constitución limitante del poder político, donde cada uno, cada comunidad libremente organizada, pueda expresar libremente su concepción del mundo, hacer lo que quiera y decir lo que quiera sin que ello sea un delito para cualquier otra asociación libre. Pero no. Como ellos son los “explotados” inventan nuevos delitos (discurso de odio, discriminación, violar el derecho a ser tratado como lo que ellos dicen que son, violar el derecho a ser tratados según pronombres neutros, etc.) para finalmente llegar al poder (una excelente combinación de Gramsci, Hitler y Marx) para finalmente imponer absolutamente, como en toda revolución, su concepción del mundo por la fuerza y tirar al mar, si es necesario, a los pérfidos explotadores del capitalismo hetero-blanco-patriarcal (y si agregamos hetero-blanco-patriarcal-cristiano, ahí tienen la suma de todos los males).

Por eso el diálogo con ellos es imposible, porque el que no coincide es necesariamente un explotador, un agresor. Algunos, los más moderados, nos podrán tener lástima, nos mirarán como el pobre explotador que no sabe nada ni entiende nada, y nos concederán tal vez cinco minutos de paz. Pero no nos crucemos en una de sus marchas porque si pudieran nos quemarían vivos además del conjunto de golpes e insultos que nos van a propinar.

La noción filosófica que está detrás de esto es la de colectivismo metodológico, esto es, una metodología de análisis de lo social donde el que actúa no es la persona sino colectivos explotados u explotadores donde lo individual se subsume en esa dialéctica y por ende o estamos necesariamente de un lado o del otro y necesariamente pensamos como opresores o como oprimidos.

Para refutar esto se necesita ir al individualismo metodológico. Lo trágico es que la mayoría de los católicos, que no quieren saber nada con estas nuevas ideologías de género y etc., tampoco saben nada, en general, del individualismo metodológico, porque ha sido desarrollado por los “malos” liberales Mises, Hayek y Popper, que por ende son casi innombrables en sus universidades, con lo cual se pierden la única vacuna intelectual contra la teoría marxista de la explotación. Es más: repiten hasta el cansancio que no son marxistas pero que “en eso” Marx tenía razón… Y con esa débil armadura intelectual pretenden luego refutar las ideologías del género y etc.

Yo me he matado explicando que el individualismo metodológico es totalmente compatible con Santo Tomás de Aquino pero evidentemente soy sólo una gota no marxista en un océano marxista, océano compuesto por los que dicen “yo no soy marxista PERO…”.

 

PERO es así como estas nuevas ideologías nos están pasando por encima.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

TIBOR MACHAN, UN FILÓSOFO DE LA LIBERTAD

Por Alberto Benegas Lynch (h). 

 

Lo conocí a Tibor (1939-2016) en un seminario patrocinado por Liberty Fund en San Pablo, luego impartimos juntos clase en la Universidad de Aix-en-Provence propuestos por el hoy tan celebrado Jacques Garello y finalmente lo invité a pronunciar conferencias en Buenos Aires cuando me desempeñaba como rector de ESEADE.

 

Muy buen orador, fogoso polemista y gran conversador, provisto de un excelente sentido del humor. Sus libros y ensayos son innumerables pero en  esta nota periodística me referiré a lo que estimo son las mejores contribuciones de las múltiples que poseo en mi biblioteca, que no son ni remotamente todas sus producciones.

 

En primero lugar su libro titulado Generosity. Virtue in Civil Society que abre de este modo: “La generosidad es una virtud moral que no puede florecer en un Estado Benefactor ni en ninguna otra situación  de economía planificada porque ser generoso implica que voluntariamente se ayuda a otros de diferentes maneras. Solo puede florecer en una sociedad libre” y a continuación apunta que “Los actos generosos requieren el derecho de propiedad” puesto que debe entregarse lo suyo y no a la fuerza lo de los demás. Escribe Machan que “muchos son los que alardean de generosidad, compasión, bondad y caridad pero resisten el establecimiento del derecho de propiedad” y más bien pretenden solidaridad con el fruto del trabajo ajeno arrancado compulsivamente. Gran hipocresía por cierto, un latrocinio disfrazado de filantropía.

 

En otra parte de esta obra, el autor sostiene que hay una diferencia abismal entre generosidad y altruismo que según el diccionario es hacer el bien a otros a costa del propio bien, lo cual es un contrasentido puesto que cuando se hace el bien al prójimo es precisamente y exclusivamente porque está en interés del sujeto actuante en verdad una tautología puesto que si no está en interés de quien procede de ese modo ¿en interés de quien será? En este sentido, estaba en interés de la Madre Teresa de Calcuta el cuidado de los leprosos y así sucesivamente.

 

En este contexto Tibor aclara que a su juicio el interés personal tiene dos significados, uno amplio que abarca todas las acciones sean estas correctas o malvadas y otra acepción que se circunscribe a las primeras, es decir, a las que le hacen bien a quien las lleva a cabo. Consigna que “el autobeneficio proviene de ser una persona moralmente  buena”, esto es, como queda dicho, los actos buenos hacen bien a quines las llevan a cabo en el sentido que actualizan sus potencialidades en busca del bien.

 

También el autor se refiere en este libro con algún detenimiento al precepto bíblico de “amar al prójimo como a ti mismo” donde concluye por otra vía lo que a continuación presento a título personal. El adverbio conjuntivo “como” puede traducirse en que sea mayor, menor o igual. Si fuera igual la persona sería indiferente lo cual paralizaría la acción (hasta que haya preferencia), si fuera mayor el beneficio del otro no tendría razón de ser el acto puesto quedaría amputado el motivo, la razón o la necesaria prioridad ya que solo opera si la satisfacción propia es más fuerte o mayor que la del prójimo puesto que constituye el punto de referencia: toda acción es en beneficio personal.

 

Decir que es mayor psicológicamente la ganancia que obtiene el otro al  amarlo carece de sentido ya que, como queda dicho, el punto de referencia o el mojón extramuros de la acción es el amor propio. Quien ama es porque le satisface ese amor (el que se odia a si mismo es incapaz de amar). Tal vez Santo Tomás aclare este punto al afirmar en la Suma Teológica que “amarás a tu prójimo como a ti mismo: por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo moldeado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a si mismo que al prójimo” (Sec. Sec., q. xxvi, art. iv). Entonces el amor a otro es inexorablemente menor en intensidad y preferencia al que se profesa a uno mismo que, por los motivos señalados, es prioritario y el motor de la acción.

 

Finalmente, por su parte, dice Machan que “aquellos que demandan generosidad, caridad, compasión o bondad en base a la coerción de los aparatos estatales – Estado Benefactor y socialismos varios- destrozan los fundamentos de las virtudes morales”.

 

Otro de sus libros lleva por título Human Rights and Human Liberties un título un tanto redundante por partida doble: primero porque los derechos y las libertades no pueden ser otra cosa que humanos y segundo porque hablar de derechos y libertades constituyen la cara y la contracara del mismo asunto. De todos modos, gran parte del contenido resulta sumamente esclarecedor (nunca hay acuerdo total con ningún escritor, incluso lo que uno mismo escribe visto a la distancia seguramente demandará modificaciones sea por la redacción, por el  contenido o por las dos cosas).

 

En todo caso es pertinente detenerse en uno de los epígrafes de lo obra que cita uno de los fallos de la Corte Suprema de Justicia estadounidense. La cita es consigna de modo incompleto en el libro al efecto de destacar lo más importante pero nosotros la transcribimos completa. Dice así: “El propósito de una Declaración de Derechos fue el de sustraer ciertos temas de las vicisitudes de las controversias y colocarlos más allá de las mayorías y de funcionarios y establecer principios legales aprobados por las Cortes. Los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, a la libertad de expresión, a la libertad de prensa, a la libertad en las transacciones y de asociación y otros derechos fundamentales no deben someterse al voto; ellos no dependen de los resultados de ninguna elección” (West Virgina Board of Education v. Barnette, 1943, 319 US, 624, 638).

 

Este fallo se dice redactado por el juez Robert Jackson es de una trascendencia difícil de traducir en palabras ya que del concepto allí vertido pone de manifiesto el aspecto medular de una República. Pone de relieve lo que grandes constitucionalistas de nuestro tiempo han considerado es el eje central de la democracia.

 

Una de las razones más relevantes del declive de regímenes democráticos de la actualidad descansa en la incomprensión de la filosofía inherente en el antedicho dictamen de la Corte Suprema de Estados Unidos. Hoy en día la democracia ha degenerado en cleptocracia, a saber, el gobierno de los ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida. Desde la Carta Magna en adelante, las constituciones han sido concebidas para establecer límites claros y precisos al poder político, en cambio en la actualidad las constituciones reformadas y la legislación que la acompaña son muestras de abuso de poder. Como se ha explicitado tantas veces, es imperioso introducir nuevas barreras al poder si no se quiere que el planeta termine en un inmenso Gulag en nombre de una supuesta democracia.

 

La obra de Tibor Machan es básicamente un análisis pormenorizado de los equívocos de Thomas Hobbes en cuanto a su aplicación desviada de la noción de derecho natural que desemboca en el establecimiento de una monarquía absoluta en un contexto de extremo positivismo legal en el que no hay puntos de referencia fuera de la legislación escrita, esto es, que no habría la noción de Justicia fuera de la norma positiva.

 

Asimismo, elabora una cuidadosa y contundente crítica a las teorías esbozadas por John Rawls en cuanto a su redistribución de ingresos basada en talentos naturales de modo desigual sin ver, entre otras cosas, que los talentos adquiridos son consecuencia de los naturales y que la susodicha redistribución altera la asignación de los siempre escasos recursos y, por tanto, empobrece de modo muy especial a los más necesitados. También el autor en gran medida se apoya en algunos aspectos del andamiaje conceptual de Robert Nozick en cuanto al establecimiento de un gobierno con poderes limitados a la protección de derechos, entendidos estos no como pseudoderechos que significan un asalto al bolsillo del prójimo.

 

Por su parte en otro de sus libros, Individual and their Rights se detiene a considerar al valor del individualismo como el respeto a las autonomías individuales en franca oposición al tratamiento de expresiones colectivistas que tratan a lo grupal como un antropomorfismo con lo que se deglute a los derechos de las personas, lo cual completa con un estudio riguroso de la historia de uno y otro concepto a través del tiempo. En una parte final, Machan analiza el fundamento de la institución de la propiedad privada desde la  perspectiva de muy diversos autores antiguos y contemporáneos.

 

Tibor ha editado y compilado muchos trabajos de gran valor. El ejemplo más sobresaliente es el muy citado The Libertarian Alternative. Como es sabido, la palabra “liberal” ha sido expropiada en Estados Unidos por los estatistas por lo que se ha inventado la expresión “libertarianismo” a disgusto por muchos que siguen definiéndose como liberales clásicos como Milton Friedman, Friedrich Hayek, Ludwig von Mises y muchos otros. En esta cuestión que puede aparecer como mero asunto semántico hay dos problemas de fondo que deben ser aclarados. En primer lugar, destacar que tras la batalla por las ideas hay una batalla del lenguaje. No se trata de simplemente mudar de palabra cuando esta es renegada por la mayoría o utilizada mal para seguir como si tal pues la nueva palabra será también expropiada o estigmatizada en el corto plazo. Por otra parte, quienes recurren a una nueva palabra para referirse a la libertad debido a que descubren otras facetas no parecen comprender que el liberalismo está siempre en ebullición y atento a nuevas contribuciones puesto que descansa en la ida de que el conocimiento tiene la característica de la provisonalidad abierto a refutaciones.

 

Por último menciono la extraordinaria obra titulada The Pseudo Science of B. F. Skinner donde Machan pone de relieve su mayor destreza al criticar el corazón de cuarenta trabajos de Skinner, muy especialmente el que lleva el sugestivo título de Beyond Freedom and Dignity. El objetivo de Machan consiste en la demolición de la tesis del materialismo filosófico (o determinismo físico para recurrir a terminología popperiana).

 

Así demuestra que los estados de conciencia, la psique o la mente con distintos de la materia, específicamente del cerebro y que sin esa cualidad no habría tal cosa como el libre alberdrío y, por ende, la propia libertad sería una mera ficción. Tampoco tendría sentido la responsabilidad individual ni la moral, ni las ideas autogeneradas,  ni las proposiciones verdaderas y las falsas. Los humanos seríamos como loros, más complejos pero loros al fin de cuentas. Skinner afirma que “la libertad del hombre quien es considerado responsable del comportamiento de su organismo biológico es solo una noción precientífica que sustituye a los tipos de causas que son descubiertas en el curso del análisis científico”. Lo mismo había dicho Sigmund Freud con anterioridad.

 

Desafortunadamente en nuestra época el materialismo o fatalismo descripto hacen estragos en la cultura, especialmente en el terreno de la psiquiatría, el derecho penal y en el campo económico el denominado neuroeconomics. Viene al caso subrayar que en la compilación antes referida uno de los autores centra su atención  en el asunto ahora considerado. Se trata de Nathaniel  Branden quien en un ensayo bajo el nombre de “Free Will, Moral Responsability and the Law” donde apunta que “El determinismo declara que aquello que el hombre hace, lo tenía que hacer, aquello en lo que cree, tenía que creerlo […] Pero si esto fuera cierto, ningún conocimiento conceptual resultaría posible para el hombre. Ninguna teoría podría reclamar mayor validez que otra, incluyendo la teoría del determinismo”.

 

En resumen, Tibor Machan ha contribuido a fortalecer las bases de una sociedad abierta con sus escritos y sus clases que recuerdan con tanto agradecimiento sus numerosos discípulos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

El gran criterio económico de Jaime Balmes

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 9/7/18 en: http://www.redfloridablanca.es/gran-criterio-economico-jaime-balmes-alejandro-chafuen/

 

Aquellos que aprendimos de las bondades de la economía de mercado, incluso en países de habla hispana, seguramente fuimos primero atraídos a la libertad económica por autores de habla inglesa o traducciones de los grandes economistas austríacos. Entre los primeros es obvio que Adam Smith ocupaba un lugar especial, pero también libros más populares como el de Henry Hazlitt, Economía en una Lección. Los libros de Ludwig von Mises y F.A. Hayek también han sido enormemente influyentes. Los más especializados también fueron influenciados por los trabajos de Eugene Böhm-Bawerk y Carl Menger. Los autores de la escuela de Chicago, especialmente Milton Friedman y su Capitalismo y Libertad son otros que ayudaron a formar escuela.

Pese a que todos estos autores tocan el tema del valor económico, ninguno mencionó el gran ensayo de Jaime Balmés “Verdadera idea del valor.” Los grandes historiadores del pensamiento económico, como Joseph Schumpeter y Henry Spiegel, tampoco mencionan a Balmes en sus obras más importantes. No debería ser, pero muchos consideran que cuanto más desconectados los autores de ciencias sociales son con nuestras culturas, menos relevantes son para nosotros. Por suerte y por justicia, profesores y escritores de hoy están ayudando a dar nueva vida a los escritos económicos de Balmes.

León Gómez Rivas, profesor de historia de las ideas en la Universidad Europea, en un artículo para el Instituto Juan de Mariana, resume bien como vieron y ven a Balmes otros españoles. Escribe Gómez Rivas:

“En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, «aunque sería exagerado llamar a Balmes economista», en su artículo «la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión». Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor «tomista» fue «capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger.»”

Billlete de 5 pesetas con el retrato de Jaime Balmes

Ubiratán Iorio, un profesor brasilero que influyó en miles de estudiantes, dedica un capítulo de su libro sobre orígenes de la economía austríaca a Jaime Balmes, y lo señala como uno de los grandes precursores de una correcta noción del valor económico.

Los párrafos esenciales de Balmés que sintetizan su análisis reconocen que el coste del trabajo contribuye “al aumento del valor de la cosa; pero es accidental siempre y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella.” “El valor económico depende de dos factores, la utilidad y la escasez”: “siendo el valor de una cosa su utilidad o aptitud para satisfacer nuestras necesidades, cuanto más precisa sea para la satisfacción de ellas, tanto más valor tendrá; débese considerar también que si el número de estos medios aumenta, se disminuye la necesidad de cualquiera de ellos en particular” por lo que “hay una dependencia necesaria, una proporción entre el aumento y disminución del valor, y la carestía y abundancia de una cosa.”

Pero no solamente de valor escribió Jaime Balmés. En otro artículo para la Red Floridablanca resumí sus críticas al socialismo que aparecieron en una serie de siete ensayos que con claridad describían lo peligroso y dañoso de estas doctrinas.

Otros temas de relevancia para la economía donde Balmés hizo contribuciones es en el tema de las innovaciones tecnológicas, a las que no temía; el rol de los empresarios como patronos y como miembros de la sociedad civil; y el tema fiscal. Dada la importancia para España acerca de este tema, solo resumiré sus ideas sobre este último punto.

Para este sacerdote catalán, “los nuevos tributos son con harta frecuencia origen de motines y trastornos; quizás no se encuentra otro motivo que los haya causado en mayor número.” Añadía que “de esta clase de resistencia no se eximen las monarquías más absolutas[1]. Señalaba tres causas principales por los problemas fiscales: la pérdida de las rentas que el Estado percibía de la lglesia; los excesivos gastos militares; y la multiplicación de empleados públicos. Este último factor es el más relevante para hoy, Balmes repetiría que “el ministro de Hacienda que no atienda al origen del mal, no hará más que agravarle: en materia de hacienda los paliativos son fatales, su resultado es la bancarrota”. “No ignoramos que eran necesarias reformas en distintos ramos de administración; pero de aquí a multiplicar indefinidamente las oficinas  . . . hay una distancia muy grande”. Para solucionar el problema recomendaba “por de pronto no nombrar otros” y no copiar el sistema burocrático francés.

En El Criterio, una de sus obras más famosas, Jaime Balmes trató de combinar la mejor teología con la mejor ciencia del momento. En economía fue un avanzado. Un verdadero progresista. Volvamos a aprender de su estupendo criterio económico.

[1] Jaime Balmes, Escritos Políticos, Edición 1847,

 

Alejandro A. Chafuen es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), fue miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Es Managing Director del Acton Institute, International y miembro del Consejo Asesor de Red Floridablanca. Fue profesor de ESEADE.

Limitaciones al poder. Algunos economistas también han hecho propuestas “constitucionales” o más bien “sistémicas”

Por Martín Krause. Publicado el 9/7/18 en: http://bazar.ufm.edu/limitaciones-al-poder-economistas-tambien-hecho-propuestas-constitucionales-mas-bien-sistemicas/

 

Con los alumnos de Economía e Instituciones vemos algunas propuestas para limitar el poder, y al final de ese capítulo, las limitaciones “constitucionales” o sistémicas que hicieron algunos economistas. Luego de ver algunas propuestas específicas.

No obstante, algunas de estas fundamentales contribuciones no fueron suficientes para prevenirse contra el crecimiento del Estado y el avasallamiento de las libertades individuales; otras no fueron ni siquiera aplicadas. Algunos economistas han desarrollado modelos más generales y completos —si se quiere “utopías”— sobre cómo organizar una sociedad. En este sentido, analizaremos solo algunas, entre las que destacaremos las contribuciones de Hayek, Buchanan, Frey, Rothbard y David Friedman.

Hayek

Para Hayek, la separación de poderes y las otras medidas mencionadas solamente serán efectivas cuando los valores y la cultura predominantes en una sociedad así lo demanden. Ningún tipo de diseño constitucional podrá reemplazar estos valores sobre el poder gubernamental. Argentina es un ejemplo de esto: con la misma Constitución —aprobada en 1853—[1], el país recorrió setenta años en una dirección y los siguientes setenta en la dirección opuesta.

La evolución cultural es lo que en última instancia determina las limitaciones existentes al poder. En Suiza, aunque también ha habido cambios en el último par de siglos y el Estado benefactor ha crecido como en todos los demás países, ciertos principios básicos de limitación del poder siguen siendo parte importante de los valores y la cultura de sus habitantes[2].

No obstante, no descarta Hayek todo tipo de diseño constitucional, aunque dando prioridad a los procesos evolutivos, y presenta un modelo de organización que permitiría un predominio de las normas que son el resultado de esos procesos, a diferencia de las que son el resultado de decisiones políticas formales. Como las reglas formales que favorecen los procesos evolutivos son normas de carácter “general” que se aplican a todos los ciudadanos por igual, imagina un proceso legislativo que pueda aislar la elaboración de ese tipo de normas de las presiones de los grupos de interés que buscan un beneficio particular. Esta preocupación proviene de entender que las legislaturas modernas están sujetas a estos intereses desde que se han ocupado del diseño de políticas específicas. Una legislatura que tenga a su cargo ambas tareas —diseño de políticas y reglas generales— terminará dominada por las primeras. Para ello imagina un poder legislativo constituido por dos asambleas, que se acomode a la diferencia entre “leyes” y “comandos”. La primera, —la Asamblea Legislativa— se ocupa de las reglas generales y de la extensión del poder gubernamental, mientras la segunda, —Asamblea Gubernamental— se ocupa de las políticas públicas, teniendo primacía la primera sobre la segunda.

La Asamblea Legislativa debería estar constituida de tal forma que garantice el cumplimiento de esa función. Para ello Hayek considera un mecanismo de elección que evite la llegada de políticos profesionales, por lo que aquellos electos a la Asamblea Gubernamental no podrían acceder a la Legislativa. Sugiere que los miembros de esta deberían ser elegidos a una cierta “edad madura” y por periodos relativamente largos, como de quince años, debido a lo cual no estarían preocupados por su reelección. En cierta forma, como sucede con los miembros de una Corte Suprema de Justicia. También sugiere que los votantes que los elegirían sean mayores en edad que los que participan en la elección de las demás posiciones en el Ejecutivo o en la Asamblea Gubernamental. La experiencia y la sabiduría adquiridas con los años, más su independencia respecto a una “carrera política”, tenderían a centrar su atención en las reglas generales y en los beneficios a largo plazo.

Es decir: la Asamblea Gubernamental estaría formada por políticos profesionales que buscarían su reelección y estarían interesados en atender a los intereses inmediatos o puntuales de los votantes o de distintos grupos de interés, mientras que los de la Asamblea Legislativa constituirían algo así como un grupo de sabios y prudentes, que se ocuparían de velar por las normas que protegen los derechos de todos.

Buchanan

James Buchanan, por el contrario, fundamenta su análisis en la filosofía política contractualista, por lo que es más escéptico respecto a las normas de origen evolutivo espontáneo y, con un enfoque más racionalista, concentra su análisis en la forma de modificar los incentivos vigentes en la política, con especial énfasis en los niveles de mayorías necesarias para distinto tipo de normas. Inspirado en el análisis del economista sueco Knut Wicksell (1851-1926), sostiene que el óptimo sería la unanimidad. Ya hemos visto esto en el capítulo 4, cuando analizamos los problemas para la agregación de preferencias expresadas a través del voto. La unanimidad garantizaría que nadie se vería perjudicado por la aprobación de una cierta norma; es decir, ninguna mayoría podría violar los derechos de una minoría, incluso ni la de una sola persona. También vimos allí que la unanimidad generaría el statu quo total; sería prácticamente modificar cualquier norma, dados los altos costos de alcanzar la unanimidad. La respuesta de Buchanan es diferenciar entre normas de rango constitucional, que protegen derechos individuales y limitan las potenciales acciones abusivas de un gobierno, de aquellas que se refieren a cuestiones más coyunturales o de contenido administrativo, relacionadas con la gestión de tal gobierno. Para modificar las primeras, se requerirían mayorías especiales, mientras que para modificar las segundas bastaría con mayorías simples. Qué asuntos requerirían, según Buchanan, mayorías especiales lo veremos más adelante.

Frey

Bruno Frey (2005) presenta una propuesta a la que llama FOCJ, por sus siglas en inglés: jurisdicciones funcionales, superpuestas, en competencia. Desde su perspectiva, el federalismo permite acercar la provisión de bienes públicos a las preferencias específicas de distintos grupos en la sociedad, pero para hacerlo deben cumplirse dos principios básicos: la equivalencia fiscal, es decir que los fondos para pagar el gasto público de una jurisdicción se obtengan de los ciudadanos de esa misma jurisdicción; y equivalencia política, o sea que los funcionarios sean electos nada más por los votantes de la misma jurisdicción.

Las jurisdicciones propuestas tendrían estas características:

Funcionales: se extenderían sobre áreas geográficas definidas por las tareas o funciones que cumplen.

Superpuestas: habría distintas jurisdicciones gubernamentales extendiéndose sobre distintas áreas.

En competencia: los gobiernos locales, y en algunos casos los ciudadanos, podrían elegir a qué jurisdicción pertenecer.

Jurisdicciones: serían jurisdicciones con poder gubernamental para cobrar impuestos.

El argumento básico es que las jurisdicciones geográficas no necesariamente coinciden con la extensión geográfica que propone la economía de escala de un cierto servicio. Por ejemplo: una red de electricidad puede abarcar una cierta zona, pero el servicio de defensa que brinda un regimiento puede abarcar otra, con lo cual cada una tendría un área geográfica diferente. Los servicios de un hospital podrían abarcar a ciudadanos de más de una jurisdicción política actual, creando problemas de usuarios gratuitos; la jurisdicción en este caso se extendería sobre la división política, para abarcar a todos los usuarios. Obviamente, distintas jurisdicciones se superpondrían, incluso brindando algunas de ellas el mismo tipo de servicios. Los ciudadanos podrían elegir entre las mismas, aunque “deberían” elegir, ya que se trata de jurisdicciones gubernamentales. La competencia sería fomentada por la acción de “salida”, aunque no tendría que ser geográfica: las personas o los gobiernos locales podrían cambiar de afiliación a esas diferentes jurisdicciones, sin tener que mudarse a otra jurisdicción geográfica para hacerlo.

El autor menciona como ejemplo a la Liga Hanseática, un grupo funcional que brindaba normas comerciales comunes, aunque no tenía ningún tipo de vinculación geográfica. Eran miembros de la liga ciudades como Lübeck, Bremen y Colonia (hoy Alemania), Stettin y Danzig (hoy Polonia), Kaliningrado (hoy Rusia), Riga (Letonia), Reval (hoy Tallinn, Estonia) y Dorpat (hoy Tartu, Estonia), Groningen y Deventer (hoy Holanda). Londres (Inglaterra), Brujas y Amberes (Bélgica) y Novgorod (Rusia) eran miembros asociados. En los Estados Unidos hay “distritos especiales”. En Suiza hay 26 cantones y unas 8,000 comunas de distinto tipo, de las cuales 2,940 definen la ciudadanía política (los ciudadanos lo son de las comunas, no de “Suiza”). Hay comunas educativas que ofrecen servicios a más de un gobierno local.

Esta profunda descentralización y división de poderes actuaría como un límite al abuso de poder y permitiría la participación ciudadana en la toma de decisiones, sobre todo asociado al uso de mecanismos de democracia directa.

Rothbard y Friedman

Finalmente, Murray Rothbard (2002) y David Friedman (1989) presentan un modelo también con jurisdicciones funcionales, en competencia y superpuestas, pero, a diferencia de Frey, se trata solamente de agencias privadas. Según esta visión “libertaria”, todos los bienes y servicios serían provistos por el mercado, ya que este puede hacerlo, si bien no en forma perfecta, superior a la provisión estatal. Así, ambos autores analizan cada uno de los servicios que actualmente proveen los Estados y cómo los podría proveer el mercado. Las propuestas de uno y otro son similares en cuanto a la provisión de todos los bienes y servicios por el mercado, con algunas diferencias, sobre todo relacionadas con los fundamentos filosóficos —una filosofía moral iusnaturalista, en el caso de Rothbard, y consecuencialista, en el de Friedman— y a una hipótesis sobre el posible nacimiento de una sociedad anarcocapitalista, como la que proponen —un contrato social, donde las partes consentirían un código legal, en el caso de Rothbard, y un enfoque incremental, en el caso de Friedman—.

En el caso tal vez más complejo de todos —la seguridad personal y la defensa—, critica la visión predominante de que el Estado debe proveer protección policial, como si fuera una entidad única y absoluta, consistente en una cantidad fija que se brinda a todos por igual. Ese tipo de bien general no existiría, de la misma forma que no existe un bien “comida” o “vivienda”[3]. Por lo tanto, el Estado debería asignar un recurso escaso, sujeto a las ineficiencias de la política y la burocracia. Para Rothbard, los individuos deberían contratar este servicio, como los demás, en el mercado, y lo harían según sus preferencias específicas: desde la patrulla de un policía cuando sea necesaria, hasta protección personal durante las veinticuatro horas. Se argumentará que, en tal caso, los consumidores deberían pagar algo que ahora reciben gratis, pero es necesario tener en cuenta que en el modelo libertario no habría impuestos, así que los recursos que la población destina, en un determinado momento, con ese fin, estarían disponibles directa o indirectamente para contratar ese tipo de servicios.

El modelo no considera que cada persona tendría que salir a contratar un agente privado, en caso de haber sido robada o atacada, sino que, como ocurre actualmente en muchos barrios abiertos o cerrados, contrataría una compañía que le brindaría ese servicio. Es bastante probable, además, que los servicios fueran ofrecidos por empresas de seguros, ya que, si se ha asegurado, por ejemplo, una casa contra robo, la protección podría ser parte del servicio del seguro[4]. La competencia se transformaría en eficiencia y control por parte de los consumidores, ya que podrían cambiar de agencia en caso de no estar contentos con el servicio que reciben, algo que no pueden hacer ahora por tratarse de un servicio monopólico, del cual se recibe simplemente lo que toque.

[1]. Dice Alberdi ([1854] 1993): “Al legislador, al hombre de Estado, al publicista, al escritor, sólo toca estudiar los principios económicos adoptados por la Constitución, para tomarlos por guía obligatoria y reglamentaria. Ellos no pueden seguir otros principios, ni otra doctrina económica que los adoptados ya en la Constitución, si han de poner en planta esa Constitución, y no otra que no existe. Ensayar nuevos sistemas, lanzarse en el terreno de las novedades, es desviarse de la Constitución en el punto en que debe ser mejor observada, falsear el sentido hermoso de sus disposiciones, y echar el país en desorden y en el atraso, entorpeciendo los intereses materiales, que son los llamados a sacarlos de la posición oscura y subalterna en que se encuentra” (p. 2).

 

[2]. Dice Willy Linder, editora económica del Neue Züricher Zeitung: “Los suizos siguen siendo suficientemente generosos y sensibles para votar a veces a favor de cuestiones que parecen ir en contra de su propio interés. Sin embargo, en el largo plazo, estas actitudes han contribuido a la estabilidad política y económica de Suiza. Durante los tres últimos años, por ejemplo, los suizos, por márgenes excediendo generalmente 3 a 1, han decidido en referéndums no cobrar impuestos especiales a los ricos y los que ganan altos sueldos, no otorgar a los trabajadores suizos participación en la administración de las empresas, no reducir la edad mínima para ingresar en el generoso sistema de pensiones, no permitir al gobierno central que recaude fondos para compensar tendencias locales recesivas, y finalmente no permitir al gobierno central que tenga déficit”. Fortune, diciembre 18 de 1978; citado en “President’s Essay”, Washington DC: The Heritage Foundation, 2011.

 

[3]. “A cualquier persona o negocio, la policía puede proveerle desde un oficial que haga una ronda una vez por noche, dos policías que patrullen constantemente cada cuadra, otros que lleven a cabo la vigilancia en un móvil, hasta uno o incluso varios guardaespaldas personales permanentes. Además, debe tomar muchas otras decisiones cuya complejidad se hace evidente tan pronto como levantamos el velo del mito de la “protección” absoluta. ¿Cómo podría la policía asignar adecuadamente sus fondos, que por supuesto son siempre limitados, como lo son los de todos los individuos, organizaciones y agencias? ¿Cuánto debería invertir en equipamiento electrónico? ¿En equipos para tomar huellas dactilares? ¿En detectives o en policías uniformados? ¿En patrulleros o en agentes que prestan servicio a pie, etcétera?”. (Rothbard 2002, p. 268).

 

[4]. “Esta debería ser la primera respuesta simple a la pregunta típica que expresa el temor de la gente a la que se le habla por primera vez de una policía totalmente privada: “Bueno, eso significa que si a uno lo atacan o le roban, tiene que apresurarse a encontrar un policía y comenzar a negociar acerca de cuánto le costará que lo defienda”. Bastaría un momento de reflexión para darse cuenta de que ningún servicio se suministra de esa manera en el libre mercado. Es obvio que la persona que quiere estar protegida por la Agencia A o la Compañía Aseguradora B pagará primas regulares en lugar de esperar a ser atacada antes de comprar la protección. “Pero supongamos que se produce una emergencia y el policía de la Compañía A ve que alguien es asaltado; ¿se detendría a preguntar si la víctima adquirió el seguro de la Compañía A?” En primer lugar, este tipo de asalto callejero estaría, como ya lo hemos señalado, dentro de la jurisdicción de la policía contratada por el dueño de la calle en cuestión. Pero ¿qué ocurriría en la situación, poco probable, de que un barrio no tuviera servicio policial, y que un policía de la Compañía A viera casualmente que alguien es atacado? ¿Saldría en defensa de la víctima? Eso, por supuesto, dependería de la Compañía A, pero es casi inconcebible que las compañías de policía privada no cultivaran la buena voluntad estableciendo, como política, la ayuda gratuita a las víctimas en situaciones de emergencia y, quizá, pidiendo luego a la persona rescatada un aporte voluntario. En el caso de un propietario que sufriera un asalto o un ataque, por supuesto recurriría a la compañía policial que hubiera contratado. Llamaría a la Compañía Policial A en lugar de a “la policía”, como lo hace ahora”. (Rothbard 2002, p. 270).

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

‘Repartir el crecimiento’

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 7/7/18 en: https://sotograndedigital.com/repartir-el-crecimiento-por-carlos-rodriguez-braun/

 

Los políticos insisten en que ahora que la economía española crece, es el momento de subir los salarios, para “repartir el crecimiento”. Así ha sido interpretado el acuerdo firmado recientemente por los sindicatos y la patronal, que contempla una subida de salarios del 2 %, más otro 1 % variable, e incluye también el aumento de los salarios más bajos hasta los 1.000 euros mensuales por catorce pagas.

Nadie en su sano juicio puede lamentar que mejoren las retribuciones de los trabajadores, pero creer que esa mejoría se debe a acuerdos corporativistas o a medidas políticas y legislativas es una fantasía. El crecimiento de los salarios se basa en la productividad del trabajo: si ésta no aumenta, los intentos de elevar los sueldos mediante negociaciones y leyes rara vez darán un buen resultado colectivo.

Carlos Rodríguez Braun.
Carlos Rodríguez Braun.

En consecuencia, conviene facilitar la acción de los trabajadores y los empresarios, bajando los impuestos y removiendo los obstáculos que la legislación impone a sus actividades y negocios. Desgraciadamente, no son esos los vientos que soplan, sino más bien los contrarios, puesto que el acuerdo firmado apunta a revertir la flexibilización laboral lograda en los últimos años.

Políticos, sindicalistas y dirigentes empresariales pretenderán colgarse medallas por el llamado “diálogo social”, pero no está nada claro que una mayor rigidez vaya a beneficiar al empleo. Es posible, en cambio, que las subidas salariales no tengan un coste alto en términos de contratación, primero, porque los salarios se han contenido en la crisis, y, segundo, porque el horizonte inflacionario es mayor que antes.

Lo de “repartir el crecimiento” es una antigua falacia que nos remonta al gran economista inglés John Stuart Mill, que la planteó por primera vez en sus Principios de 1848. En realidad, la economía no crea primero riqueza y después la distribuye, sino que la distribuye cuando la crea. Por eso las personas más productivas ganan más que las menos productivas, y los empresarios que satisfacen mejor las necesidades de sus clientes ganan más que los que no lo hacen.

Actuar como si la riqueza se creara y estuviera allí, lista para que los políticos y los grupos de presión la repartan, acarrea el grave peligro de conspirar contra su crecimiento y, por tanto, contra el bienestar de todos.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Menger y los bienes económicos

Por Gabriel Boragina Publicado el 8/7/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/07/menger-y-los-bienes-economicos.html

 

“Así pues, la economía humana y la propiedad tienen un mismo y común origen económico, ya que ambos se fundamentan, en definitiva, en el hecho de que la cantidad disponible de algunos bienes es inferior a la necesidad humana. Por consiguiente, la propiedad, al igual que la economía humana, no es una invención caprichosa, sino más bien la única solución práctica posible del problema con que nos enfrenta la naturaleza misma de las cosas, es decir, la antes mencionada defectuosa relación entre necesidad y masa de bienes disponibles en el ámbito de los bienes económicos.”[1]

En otras palabras, nos dice Menger que la economía y la propiedad nacen en forma simultánea de un único fenómeno causal: el de la escasez de bienes. Notemos que dice “algunos bienes”, dado que los bienes libres también satisfacen necesidades, pero estos últimos no interesan al estudio de la economía; solo los bienes escasos esto es los bienes económicos son relevantes a nuestra ciencia. En abierto desafío a las teorías socialistas que expresan lo contrario, el genial Menger nos explica que la economía y la propiedad que aparecen al unísono no son fruto de capricho humano. Por el contrario, economía y propiedad aparecen como la única y exclusiva solución viable para paliar la realidad de la escasez de bienes en relación a la necesidad que existe de ellos. Va de suyo que, si las necesidades fueran inferiores a la cantidad existente de bienes desatinadas a satisfacerlas, ni la economía ni la propiedad hubieran sido necesarias, ergo, ni siquiera hubieran aparecido.

“Por esto mismo, es también imposible eliminar la institución de la propiedad sin eliminar al mismo tiempo las causas que llevan forzosamente a ella, es decir, sin multiplicar al mismo tiempo las cantidades disponibles de todos los bienes económicos hasta tal punto que pueda quedar realmente cubierta la necesidad de todos los miembros de la sociedad o sin disminuir hasta tal extremo les necesidades de los hombres que los bienes de que de hecho disponen basten para cubrir aquellas necesidades.

Si no se consigue un equilibrio de este tipo entre necesidad y masa disponible, un nuevo orden social podrá conseguir, sin duda, que sean otras personas —en vez de las actuales— las que pueden utilizar las cantidades disponibles de bienes económicos para la satisfacción de sus necesidades, pero nada ni nadie podrá impedir que siga habiendo personas cuyas necesidades de bienes económicos no son cubiertas, o lo son incompletamente, y frente a cuyas siempre posibles acciones violentas tendrán que ser defendidos los nuevos propietarios. La propiedad, en el sentido mencionado, es, pues, inseparable de la economía en su forma social y todos los planes de reforma social sólo pueden tender, si quieren ser razonables, a una distribución adecuada de los bienes económicos, no a la supresión de la institución de la propiedad.”[2]

Reafirmando que la propiedad surge de la escasez de bienes suficientes para satisfacer las necesidades humanas, Menger contesta a quienes postulan la abolición de la propiedad explicándoles que la única manera de lograrlo es multiplicando la totalidad de los bienes existentes en tal extensión que permita cubrir perfectamente todas las necesidades humanas. Alude –recordemos- a bienes económicos como sinónimo de bienes escasos. La otra manera por la cual podría llegarse a la supresión de la propiedad sería operando en forma inversa, es decir reduciendo todas las necesidades de todas las personas hasta un punto tal que solamente queden las necesidades que puedan ser cubiertas con la cantidad total de los bienes existentes hasta ese momento. Exclusivamente en estos dos casos, o sea, logrando estos objetivos, la propiedad podría llegar a desaparecer. Va de suyo la imposibilidad fáctica de ambas hipótesis, pese a que no han faltado experimentos en la historia económica en los que se haya intentado tanto un extremo como el otro, y en donde los fracasos en dicho sentido no han dejado de ser recurrentes.

Seguidamente, apunta Menger que de no poderse obtener ninguno de los dos objetivos antes esbozados, lo único que le queda a quien aspira a suprimir la propiedad es a despojar a los actuales propietarios de sus bienes económicos para entregárselos a lo no propietarios, con lo cual quienes pasarán a satisfacer todas sus necesidades serán los nuevos propietarios, en tanto los anteriores expoliados propietarios pasarán a padecer de las mismas necesidades que antes sufrían los ahora nuevos “propietarios”. Como sabemos, esto es lo que en la práctica ha hecho siempre el socialismo: un simple pasaje de términos, en lo que Alberto Benegas Lynch (h) ha resumido en la acertadísima fórmula: “quitar a unos de lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece”, es decir, la fórmula en la que se sintetiza la llamada “justicia social”. Finalmente, en este párrafo, Menger llama la atención sobre la posible violencia que producirá tal tipo de despojo, lo que nuevamente hemos visto verificado en la práctica, en todos los regímenes socialistas habidos y existentes a hoy.

“En las dos secciones precedentes hemos considerado la naturaleza y el origen de la economía humana y hemos defendido la opinión de que la diferencia entre los bienes económicos y no económicos se fundamenta, en definitiva y en el más exacto sentido de la palabra, en la diferente relación existente entre la necesidad y la cantidad disponible de dichos bienes.”[3]

Menger remarca una y otra vez la característica de escasez que distingue a los bienes económicos de los no económicos, si bien lo hace –al decir de F. A. v. Hayek- sin emplear (entendemos que en el original en alemán) la palabra escasez (en la traducción española si, aparece a menudo esta palabra, seguramente por obra del traductor, como ya hemos apuntado más arriba). En la cita precedente se refiere a la escasez cuando alude a “la diferente relación existente entre la necesidad y la cantidad disponible de dichos bienes.”[4]. Los “bienes no económicos” –como recordaremos- también se designan como “bienes libres” en la jerga económica.

[1] Carl Menger. Principios de economía política. Introducción de F. A. v. Hayek. Ediciones Orbis. Hyspamerica. pág. 69

[2] Menger Carl. Principios…ob. cit. pág. 69

[3] Menger Carl. Principios…ob. cit. pág. 71

[4] Menger Carl. Principios…ob. cit. Pág. 71

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

EL PROBLEMA DE LOS “COLEGIOS CATÓLICOS”: DOS DIAGNÓSTICOS DE MI PADRE, TOTALMENTE CUMPLIDOS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 8/7/18 en: http://gzanotti.blogspot.com/2018/07/el-problema-de-los-colegios-catolicos.html

 

Luis J. Zanotti (www.luiszanotti.com.ar) nunca estuvo en contra de la educación formal en tanto tal. Porque la educación formal no es sino sistematizar, mediante métodos más específicos, lo que la educación no formal no puede hacer. Y la educación no formal es esencialmente la transmisión cultural, la absorción de un horizonte cultural, que se produce naturalmente, cono el aprendizaje del lenguaje y los juegos de lenguaje concomitantes a ese mundo cultural.

Que la educación formal haya derivado ahora en la educación formal positivista es un resultado de la Ilustración y la “escuela” como método de formación del ciudadano de los estados-nación. Ello fue comprensible en la época (s. XVIII-XIX) pero luego esa educación positivista quedó tan atrasada como el positivismo en sí mismo.

Sin embargo, allí sigue, con sus métodos repetitivos, memorísticos y destructores de la creatividad, cual diosa inapelable cuasi-imposible de eliminar (http://institutoacton.org/2016/11/02/por-que-son-casi-imposibles-las-reformas-educativas/).

Al lado de todo ello, mi padre diagnosticó que la “ciudad educativa” (esto es, la educación no formal en todas sus dimensiones) iba a ir supliendo cada vez más el rol educativo, sobre todo con las nuevas tecnologías de la información. Lo dijo antes de la aparición de internet.

O sea, el chico, el adolescente y el adulto se educan (educación como transmisión cultural) fuera de la escuela. NO es que la escuela formal los educa “y como complemento” viene lo no formal. La escuela formal positivista es un esencial fracaso de aprendizaje, mientras que el verdadero aprendizaje se produce fuera de la escuela.

Al mismo tiempo, por los años 60 y 70, mi padre fue el único que introdujo en Argentina las obras del pedagogo italiano Giovanni Gozzer, quien estaba afirmando lo mismo en una Italia que también escuchaba a Gozzer como si fuera extraterrestre (o sea, no lo escuchaba). Pero para colmo de la osadía en soledad, Gozzer publica un libro, Los católicos y la escuela, donde afirmaba algo obvio a los ojos de mi padre: los católicos en general, al haber adoptado a la escuela formal positivista como modelo de transmisión educativa, fracasaron totalmente en la transmisión de la fe, porque arrastraron los defectos del positivismo pedagógico a los intentos de enseñanza de la Fe.

Silencio total. Nadie, absolutamente nadie, ningún católico respondió, ni se interesó por la cuestión. Gozzer y Zanotti se quedaron hablando solos, sobre todo en una época donde la mayor parte de los católicos sí escuchaban a Marx y a sus epígonos.

AHORA, frente a las pañuelitos verdes en los “colegios católicos”, muchos se preguntan qué pasa, qué pasó.

Pues bien, esa era la explicación. La “escuela católica” era un proyecto llamado al fracaso. Los chicos no aprenden nada allí, y menos aún catolicismo. ¿Y qué aprenden? Lo que ven por las series, algo de cine, lo que ven por youtube, etc. ¿Dónde están los católicos allí? NO están. Y los chicos NO ven EWTN.

Y si algo les queda depositado en su memoria de modo inconexo,  son trozos de textos marxistas y LGBT con los cuales los adoctrinaron desde pequeños, que son obligatorios también para los colegios católicos. ¿Ah, y la libertad de la educación privada para tener sus propios planes de estudio? ¡No por Dios!!!! Esa fue una de las principales propuestas de Luis J. Zanotti, en 1981¿Respuesta en la Argentina, por parte de los católicos? No, Zanotti es muy liberal…. (Hablo de mi padre, que al menos usaba corbata, no como el hijo).

Y si todo esto era verdad, ¿ahora qué hacemos?

Muy poco se puede hacer ya. En todo caso, las familias verdaderamente católicas que queden, muy pocas, tendrán que asumir ellas, directamente, la educación religiosa de sus hijos, con su ejemplo cotidiano, pero incluso con la transmisión del Catecismo. En mi caso yo no tuve catequistas, fue mi padre quien me enseñó el Catecismo. Y además no escuchaba NADA de lo que me decían en la primaria.

 

Espero que el resultado no los desanime.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.