Milton & Rose Friedman sobre un tema de fundamental importancia: el papel de las ideas en la evolución de las sociedades

Por Martín Krause. Publicado el 11/1/19 en: http://bazar.ufm.edu/milton-rose-friedman-tema-fundamental-importancia-papel-las-ideas-la-evolucion-las-sociedades/

 

Con los alumnos de la materia Public Choice vemos un artículo breve y simple de Milton y Rose Friedman, pero sobre un tema de fundamental importancia, el papel que cumplen las ideas en la evolución de las sociedades, los ciclos que se generan, los procesos de cambio y las crisis como detonantes de muchos de esos cambios. Es de fundamental importancia en todas nuestras sociedades. Así presentan el tema:

”El objetivo de este ensayo es modesto: presentar una hipótesis que se ha tornado cada vez más razonable para nosotros a medida que pasan los años, ilustrarla con ejemplos de los últimos tres siglos y analizar algunas de sus implicancias. La hipótesis es la siguiente: un cambio importante en la política social y económica está precedido por un cambio en el clima de la opinión intelectual, generado, al menos en parte, por circunstancias sociales, políticas y económicas contemporáneas. Este cambio puede comenzar en un país pero, si es duradero, termina por difundirse en todo el mundo. Al principio tendrá poco efecto en la política social y económica. Después de un intervalo, a veces de décadas, una corriente intelectual “tomada en su punto culminante” se extenderá al principio gradualmente, luego con más rapidez, al público en general y a través de la presión pública sobre el gobierno afectará las medidas económicas, sociales y políticas. A medida que la corriente de acontecimientos alcanza su punto culminante, la corriente intelectual comienza a disminuir, compensada por lo que A. V. Dicey denomina las contracorrientes de opinión, que representan generalmente una reacción a las consecuencias prácticas atribuidas a la corriente intelectual anterior. Las promesas tienden a ser utópicas. Nunca se cumplen, y por lo tanto desilusionan. Los protagonistas iniciales de la corriente de pensamiento desaparecen y la calidad intelectual de sus seguidores y partidarios disminuye en forma inevitable. Hacen falta independencia y coraje intelectuales para iniciar una contracorriente que domine la opinión, y también, aunque en menor medida, para unirse a la causa. Los jóvenes emprendedores, independientes y valientes buscan nuevos territorios para conquistar y ello requiere explorar lo nuevo y lo no probado. Las contracorrientes que juntan sus fuerzas ponen en movimiento la próxima marejada, y el proceso se repite.

No es necesario mencionar que este esquema está demasiado simplificado y excesivamente formalizado. En particular, omite cualquier análisis de una interacción sutil mutua entre la opinión intelectual, la opinión pública y el curso de los acontecimientos. Siempre se dan cambios graduales en las políticas y en los acuerdos institucionales. Sin embargo, los cambios importantes rara vez ocurren, excepto en los tiempos de crisis, cuando, utilizando la frase evocadora de Richard Weaver,”las ideas tienen consecuencias”. La corriente de pensamiento llega al público por medio de intelectuales de diversas profesiones: maestros y predicadores, periodistas de la prensa escrita o de la televisión, eruditos y políticos. El público comienza a reaccionar a esta crisis de acuerdo con las opciones que los intelectuales han explorado, opciones que limitan en forma eficaz las alternativas abiertas a los poderes existentes. En casi toda corriente una crisis se identifica como el catalizador de un cambio importante en la dirección de la política.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

LA HERMENÉUTICA Y LA FALSA DIALÉCTICA ENTRE HUMANIDADES Y CIENCIAS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 20/1/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/01/la-hermeneutica-y-la-falsa-dialectica.html

 

(Punto 3 del Cap. 5 de “La hermenéutica como el humano conocimiento”, de próxima aparición).

Curiosamente, si hay algo que esencialmente humano, es la ciencia. Dios no la necesita ni los animales tampoco. Dios tiene la ciencia de visión y la ciencia de simple inteligencia, pero eso no es ciencia en el sentido que va desde Ptolomeo hasta Howking. Y los animales son extraordinarios y asombrosos. Un hormiguero parece un sistema de conocimiento en red, donde cada hormiga es una neuronita. Pero, que sepamos, no escriben, no teorizan, ni se equivocan[1].

Que se haya separado a la ciencia de las humanidades es un típico resultado de una noción positivista de conocimiento donde no hay conciencia histórica. Una noción de conocimiento que cree que la ciencia es abrir los ojos, ver los hechos, anotarlos y que luego otros hagan lo mismo. Una noción de conocimiento donde se cree en los “datos”; en que conocer es conocer el “qué”, sin saber el “por qué”. Ya hemos visto que no es así. Pero no nos convencemos. Seguimos haciendo programas de estudio donde enseñamos “la” Física, “la” astronomía, e incluso, terriblemente, “la” filosofía, sin historia de la Física o de lo que fuere. Que no es un conjunto inconexo de fechas y nombres sino entender de qué problema y contexto anterior tal autor dijo tal cosa. Y lo terrible es cuando ello se lleva a ciencias sociales, donde por ejemplo se estudia “economía” sin historia del pensamiento económico.

Pero, me dirá el lector, necesitamos técnicos. El médico de emergencias no necesita historia de la medicina, ni el ingeniero, que está a cargo del simple puente,   necesita historia de la Física. Ok, pero entonces reconozcamos, de una vez, que eso no es universidad, sino la barbarie del especialismo, al decir de Ortega, justificada tal vez por la necesidad de cosas prácticas que deben hacerse aunque no comprenderse. Perfecto, los medievales eran más sabios, distinguían las escuelas de artes y oficios de las universidades. Ahora estas últimas son escuelas de artes y oficios, donde se enseñan de memoria técnicas prácticas. Pongámosle entonces el nombre correspondiente: tecnicaturas, y que deberían durar menos años para lo que realmente se pretende.

¿Pero qué decir de una carrera de Física, no una tecnicatura terciaria en ingeniería? Que sufre de lo mismo. Si es un estudio universitario de Física, con doctorado, tiene que saber de dónde han emergido los paradigmas diferentes (Ptolemaico, atomista, aristotélico, copernicano, Einstein, cuántica) para luego poder hacer investigación y hacer avanzar la ciencia. Me van a decir: no, según Kuhn la ciencia avanza con el humilde puzzle solving de la ciencia normal, esto es, con miles de repetidores que luego entran en crisis sin darse cuenta. Tiene razón Kuhn en que ello es habitualmente así, pero no por ello hay que desesperar y evitar todo intento de educar al científico en la creatividad del saber teórico. Por eso, lamentablemente, los físicos, no ya los ingenieros, no saben ni les interesa quiénes fueron Koyré, Duhem, Jaki, Kuhn, Lakatos o Feyerabend. Porque todos ellos hicieron historia de la física y en cambio ellos creen que saben “la física” cuando en realidad no saben más que un determinado período histórico, el actualque ellos ven como un eterno presente como si fueran dioses. Formar a Físicos es formarlos en la historia de la filosofía y de la ciencia que incluya la lectura directa de los clásicos. ¿Ah, no quieres? Entonces estudia una tecnicatura en ingeniería de 4 años. Llama a las cosas por su nombre y dales el tiempo que tienen. Pero no, el positivismo ha creado un mundo ilusorio donde llamamos doctores a un conjunto de técnicos entrenados para repetir y hacer muy bien el puzzle solving de la ciencia normal. Eso no ha matado a la creatividad humana, que se abre paso como la vida en medio de las piedras, pero si quieres vida, haz un buen terreno y no esperes que las florecillas crezcan  de casualidad entre los cascotes.

[1] Algún lector dirá: ¡pero equivocarse no es científico! Llamando a Popper, please, urgente………

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

 

 

Austrian Capital Theory: A Modern Survey of the Essentials

By Peter Lewin & Nicolas Cachanosky

 

This Element presents a new framework for Austrian capital theory, starting from the notion that capital is value. Capital is the value attributed by the valuer at any moment in time to the combination of production-goods and labor available for production. Capital is the result obtained by calculating the current value of a business-unit or business-project that employs resources over time. It is the result of a (subjective) entrepreneurial calculation process that relates the flow of consumptions goods to the value of the productive resources that will produce those consumptions goods. The entrepreneur is a ubiquitous calculating presence. In a review of the development of Austrian capital theory, by Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Ludwig Lachmann as well as recent contributions, the Element incorporates the seminal contributions into the new framework in order to provide a more accessible perspective on Austrian capital theory.

https://www.cambridge.org/core/elements/austrian-capital-theory/A9B2D5C16BCBFFC82A5669E6DF3E8FF5?fbclid=IwAR3EK1MNUpnohJTZC5zp85fJBas_2_qd4KPJOz0_Tzls3J7d27gYALNFI3Y#.XEHrK91jRW0

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

¿Quiénes fueron los Chicago Boys?

Por Iván Carrino. Publicado el 10/1/18 en: https://www.ivancarrino.com/quienes-fueron-los-chicago-boys/

 

El grupo que sacó a Chile de la decadencia económica y busca reproducir la experiencia en Brasil.

Brasil está cambiando.

Tras escándalos de corrupción, dos años de recesión económica y un descreimiento generalizado sobre la clase política, Jair Bolsonaro fue elegido presidente.

Uno podría criticar y diferenciarse en muchas cuestiones con las expresiones de este particular personaje de la política brasileña. Sin embargo, en lo que tiene que ver con la política económica, parecería que Bolsonaro está corriéndose del medio y dejando actuar a “los que saben”.

¿Y quiénes son los que saben? Para empezar, su Ministro de Economía, Paulo Guedes.

Hace pocos días, la agencia Reuters sostenía:

“El nuevo ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, trabajó en Chile hace 40 años tras obtener su doctorado en la Universidad de Chicago, lo que le procuró un asiento en primera fila en el tratamiento de choque económico que aplicó el dictador Augusto Pinochet.”

El economista Roberto Cachanosky también se refirió recientemente a los cambios en Brasil:

“La reducción del gasto público, la simplificación tributaria, la reforma previsional, la reforma laboral, un amplio plan de privatizaciones, etc. van a ser claves para darle competitividad a la economía brasileña. Pero una de las claves del plan económico que intenta implementar Bolsonaro es mucho más desafiante que los anteriores ya que busca imitar el modelo chileno y abrir la economía para incorporarse al mundo.”

¿De dónde vienen estas ideas? ¿Qué efectos podrían tener?

La revolución capitalista chilena

Por su pasado en la Universidad de Chicago, al nuevo mandamás de la política económica brasileña se lo asocia con el grupo de académicos chilenos que, en tiempos de Pinochet, asesoraron al gobierno sobre cómo conducir la política económica.

Pero la historia de los “Chicago Boys”, como se conoció a este nutrido grupo de economistas, se remonta, en realidad, a mucho antes del Golpe de Estado de Pinochet en 1973.

Es que durante el año 1956 se labró un acuerdo de cooperación entre la Universidad de Chicago, uno de los más prestigiosos centros de estudios de economía del mundo, y la Universidad Católica de Chile.

Dicho acuerdo implicaba que los egresados de “La Católica” podían ir becados a Chicago a obtener sus doctorados en economía.

El convenio fue aprovechado por una veintena de profesionales, entre quienes estaban Sergio de Castro, Rolf Lüders (ambos Ministros de Economía durante el gobierno de facto de Pinochet) o Ernesto Fontaine, todos los cuales volvieron a la Universidad Católica a dictar clases tras obtener sus PhD.

El golpe de estado de 1973 se dio en medio de una verdadera debacle económica,  con la economía en recesión y una inflación que promedió el 600%. En dicho contexto, y con elevada escasez producto de los controles de precios, el salario real descendió un 38%.

Cuadro 1. Principales variables económicas de Chile (1970-73)

1970 1971 1972 1973
Crecimiento del PBI 3,6% 8,0% -0,1% -4,3%
Inflación Anual 36,1% 22,1% 260,5% 605,1%
Tasa de Desempleo 5,7% 3,8% 3,1% 4,8%
Crecimiento anual del salario real 8,5% 22,8% -11,3% -38,6%

Fuente: Soto, Ángel – The Founding Fathers of Chile’s Capitalist Revolution.

Cuando los militares llegaron al poder se preguntaron qué iban a hacer con la economía.

De acuerdo con Ángel Soto, historiador chileno, “Pinochet optó por un modelo de desarrollo liberal defendido por un grupo de jóvenes economistas graduados de prominentes universidades de los Estados Unidos”.

Para Soto, no solo los graduados de Chicago, sino también José Piñera (Ministro de Trabajo) y Hernán Büchi (Ministro de Economía 1985-1989), egresados de Harvard y la Universidad de Columbia, fueron los “padres fundadores de la Revolución Capitalista” de Chile.

Reformas

Ahora bien, ¿en qué consistió dicha revolución?

Principalmente, en un conjunto de reformas económicas que podrían agruparse en cinco grandes áreas.

—> Para generar crecimiento económico: se redujo drásticamente el rol del estado en la economía, se eliminaron controles de precios, se redujeron el gasto fiscal y los impuestos, se liberaron mercados y se privatizaron muchas empresas estatales.

—> Para incrementar el comercio internacional: se eliminaron las barreras no arancelarias para las importaciones y los aranceles fueron reduciéndose unilateral y gradualmente desde 1975 en adelante.

—> Los mercados de capitales se liberaron y se dotó de independencia al Banco Central para reducir la inflación. La reducción de la inflación no fue inmediata. Solo después de 1990 se consiguió una inflación baja y estable.

—> Los mercados laborales también se liberaron, eliminando barreras a la entrada en la mayoría de los empleos, restricciones al despido y restringiendo la intervención del gobierno en las negociaciones entre patrones y empleados.

—> El sistema jubilatorio, previamente de reparto, se privatizó por completo en 1981, migrando hacia un esquema de capitalización individual que incrementó significativamente el ahorro del país.

Los resultados de estas reformas económicas, que se mantuvieron casi sin modificaciones durante el período democrático que inició en el año 1990, fueron impresionantes.

A partir del año 1984, Chile comenzó un período  de crecimiento casi ininterrumpido. De los últimos 34 años, solo en dos el PBI tuvo variaciones negativas (-0,4% en 1999 y -1,6% en 2009).

El desempleo ha ido bajando sistemáticamente. En 1983 alcanzó el 21%, pero fue reduciéndose hasta el 7,7% en 1990. Hoy está en 6,9%, una tasa envidiable para muchos países, incluidos Argentina y Brasil.

La inflación, como decíamos, tardó en bajar, pero a partir de la Ley 18.840 de 1989, que consagró la independencia del Banco Central y la prohibición de emitir para financiar déficits fiscales, la tasa de inflación se redujo de manera sostenida y permanente.

¿Puede replicarse el modelo?

Chile es hoy en día un modelo de reformas económicas pro-crecimiento con inclusión social. Al mismo tiempo que su PBI per cápita pasó de USD 7.000 a USD 23.000 (en paridad de poder de compra, entre 1984 y 2018), la pobreza cayó desde el 50% hasta los alrededores del 10%.

Gran parte de este éxito se lo debe Chile a las enseñanzas y propuestas de esos intelectuales, los “Chicos de Chicago”, quienes a pesar de haber formado parte de un gobierno militar, liberaron la economía chilena y su potencial de crecimiento.

Es una incógnita si dicho modelo podrá ser exactamente replicado en otras latitudes. También si los períodos presidenciales y las sanas restricciones de la democracia no son un obstáculo para avanzar en estos cambios.

Sin embargo, lo cierto por ahora es que un presidente democráticamente elegido parece querer tomar este camino.

Será interesante explorar qué pueda pasar. Pero en la medida que las reformas puedan abrirse paso, los resultados serán positivos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Elogio del liberalismo

 

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 4/1/19 en: https://elcultural.com/revista/letras/Elogio-del-liberalismo/41823

 

John Stuart Mill, inspirador de muchas de las tesis de Ruiz Soroa

 

Este es un libro valiente, porque hay que ser valiente para titular una obra Elogio del liberalismo, y escribir allí cosas como: “el capitalismo ha sido algo positivo y sus logros son impresionantes” o “la economía de libre mercado es el sistema más eficiente para crear riqueza que el mundo ha conocido”.

El liberalismo de José María Ruiz Soroa (Bilbao, 1947) trasciende la economía, como debe ser, y apunta a la salvaguardia de los individuos, porque la esencia del liberal es “no perder nunca de vista el reinado inapelable de los derechos de las personas individuales”, y tener presente que “el único agente moral que cuenta es la persona”. La gente ha de decidir su propio bien, no “el Gobierno o las comisiones de expertos, o el algoritmo… el sujeto que hay que proteger no es la nación, ni la grande ni la pequeña, sino las personas”. Como es lógico, critica a los radicales, populistas, nacionalistas, comunistas, etc.

Todo esto confluye en “la receta liberal por excelencia: miedo y desconfianza ante el poder, incluso ante el poder de los ciudadanos”. Es necesario “dividir el poder para neutralizar su amenaza”.

Dirá usted: ¡olé! Sin embargo, temo que el profesor Ruiz Soroa quiere conservar la tarta y a la vez comérsela, en la estela de su admirado John Stuart Mill, un autor mucho más confuso de lo que suele pensarse.

La confusión estriba en creer que la propiedad no es una condición de la libertad, y que la sociedad puede distribuir la producción como mejor le parezca: lo dijo Stuart Mill en sus Principios de 1848 y lo repite Ruiz Soroa, cuya defensa de la libertad individual se detiene ante los bienes de los ciudadanos. Poner énfasis en la defensa de dichos bienes es apoyar el liberalismo económico, “hijo bastardo del liberalismo político”, “darwinista social”, “manchesteriano y dogmático”, y propio de “ultraliberales” y “fundamentalistas del mercado”.

Insistirá usted: se puede ser individualista liberal pero sin subrayar la propiedad privada. Se puede, pero corremos el riesgo de proclamar al mismo tiempo una cosa y la contraria. Es el caso del libro que nos ocupa. El doctor Ruiz Soroa, como tantos en la apacible kermés del pensamiento único, propicia la intervención redistribuidora del Estado, y no cree que haya que frenarlo por principio sino por circunstancias y oportunidad: “Hay fallos del mercado y hay fallos de la política”, por lo que no cabe sostener que “uno debe maximizarse y otro jibarizarse”. En ningún caso el liberalismo debe defender un Estado pequeño en economía; la contraposición Estado-mercado es “plenamente equivocada”, porque se trata en ambos casos de construcciones artificiales. Así, el liberal recomienda que el Estado mantenga el mercado libre, pero no “dejar hacer”. Esta es la clave: “La alternativa no lo es entre más o menos intervención pública sino entre mejor y peor gobierno”. Es decir, si el gobierno es bueno: ¿por qué no va a ser grande?

Más aún, dice seriamente que ante la globalización “el Estado se ha quedado pequeño”. Usted igual desconfía, porque sus impuestos no se han empequeñecido, precisamente. Pero aquí, de precisión hay poco (y de impuestos, nada). Desde el entusiasmo por el contrato social como fuente del poder hasta la identificación entre poder político y poder económico, frente al cual también necesitaríamos protección, como si para su libertad, señora, representaran intimidaciones idénticas Amancio Ortega y la Agencia Tributaria.

Al final, para ser libres… no debemos serlo. Y en este lío el profesor Ruiz Soroa insiste en llamar liberales a hombres que propugnaron la expansión del Estado, como John Maynard Keynes, o que la llevaron a cabo sin pudor ni reparos, como Franklin D. Roosevelt, a quien Mussolini llamó “un verdadero fascista”. José María Ruiz Soroa, por tanto, reclama simultáneamente más libertad y menos.

En fin, he dicho que Elogio del liberalismo es un libro valiente, y lo mantengo. Exigirle coherencia ya sería demasiado.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Agresividad social, colectivismo y politización

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/12/agresividad-social-colectivismo-y.html

 

 

 

Parece asistirse a un incremento de la agresividad social, por un lado, y de irresponsabilidad por el otro. Presenciamos una verdadera crisis de racionalidad.

¿Debemos acostumbrarnos a la irracionalidad humana, la que impresiona ser la “moneda corriente” de nuestros días? Los comportamientos más inverosímiles e inesperados aparentan estar a la orden del día. Conductas incomprensibles de los demás deberían dejar de sorprendernos, ya que da la sensación que se extienden. No solo ocurren en nuestro entorno más inmediato, sino que las noticias nos dan cuenta de ellas casi asiduamente.

En el campo laboral la falta de profesionalismo, de respeto, la improvisación constante, la ausencia de esfuerzo, de compromiso, noto como las más importantes y acusadas falencias de nuestra sociedad. Pero esto no es más que una extensión de lo que ocurre en planos más cotidianos de la vida social. Se traslada a lo laboral porque se expande una forma de conducta, una manera de ser, de un ámbito hacia otro.

Esto nos obliga a redoblar la búsqueda con la esperanza de encontrar ese “cisne negro” que marque la diferencia en medio de la mediocridad reinante que nos rodea. La que es producto de un proceso de masificación que se intensifica y se acrecienta, propagándose a través de los medios masivos de comunicación, hogares y centros educativos.

Este declive cultural y social lo atribuimos a la filosofía estatista reinante que domina las mentes y las costumbres humanas, y que lejos de amortiguarse como aseguran algunos, mantiene -a nuestro juicio- su ritmo ascendente. Es fruto de un proceso largo, lento y continuo que hemos denominado de politización.

Es evidente que este relajamiento cultural y educativo tiene raíces muy profundas. Las tradiciones no cambian por arte de magia, ni por generación espontánea. Existe una relación de causalidad para todo, como la hay también para esta notable decadencia social. Vivimos en medio de una sociedad colectivista, cuya “filosofía” enseña que la responsabilidad individual es un mito que ningún beneficio reporta, porque es “el colectivo” el que debe proveer para nuestras necesidades. Pero ¿Quién o qué es “el colectivo”? El colectivo como tal no existe, es una entelequia, una construcción mental. Algunas veces es el “estado”, otras “la sociedad” u otras etiquetas, según convenga a quien eche mano al término.

Pero, desafortunadamente para esos fabuladores, las acciones y omisiones no recaen en entes imaginarios, sino en personas concretas. Por lo que -en definitiva- “el colectivo” se reduce simplemente “al otro”. Y si “el otro” es responsable, nosotros dejamos automáticamente de serlo. Esto es un mito, pero es el mito dominante, y es grave, porque estamos adiestrados desde pequeños para acomodarnos a uno o más de los mitos corrientes popularmente aceptados.

Los mitos socialmente admitidos no son fáciles de destruir, por nuestra natural resistencia al cambio cifrada en el temor al rechazo y lo desconocido.

El colectivismo es esencialmente primitivo. Es un claro signo de retraso social cuando se manifiesta en tiempos actuales. El colectivo remonta sus orígenes a la tribu prehistórica, y encuentra sus antecedentes más remotos en la manada animal. Es, en consecuencia, un signo y símbolo de bestialidad. Siempre ha estado presente en el transcurso de las eras y la evolución se traduce como la salida de la sociedad tribal hacia la sociedad liberal a lo largo de los siglos. Pareció que el punto culminante de este largo proceso evolutivo había llegado entre los siglos XVIII y XIX. Pero el surgimiento del marxismo y sus derivados (el comunismo, el fascismo y el nazismo) durante el siglo XX mostraron que ello no fue así.

¿Cómo pudo suceder este retroceso? En parte, por lo que se dio en llamar el marxismo cultural que logró imponer cierta tergiversación del lenguaje, y que encontró favorable acogida por muchos de sus “intelectuales” que se dedicaron entusiastamente a propagarla. Así, por ejemplo, la palabra colectivismo fue reemplazada por la de “progresismo”, lo que le daba cierto tinte más pasable y hasta respetable. “Progresista” sonaba menos primitivo que “colectivista”, e incluso, parecía ser su antónimo (que no lo era). Cualquier idea aberrante e irracional basta que se la tilde de “progresista” para que automáticamente adquiera cierto realce y merezca consideración.

“El colectivo” equivale a lo que en el marxismo es la “clase social”, y donde en el marxismo se plantea una supuesta “lucha de clases” en el colectivismo la misma “lucha” se reproduce, pero entre “colectivos”, en el cual “la clase” y “el colectivo” son sinónimos. Conforme la dialéctica marxista, la sociedad (dividida en “clases” o “colectivos”) es el escenario en el que estas “clases” luchan entre sí en una contienda en la que una explota a la otra y esta última sólo logra su liberación venciendo y explotando a la primera.

El colectivismo representa esta lucha de colectivos, en la cual todos tratan de explotarse mutuamente y salir triunfadores de la contienda. La humanidad entera (en esta visión) es un brutal campo de batalla donde la misión y el destino de unos colectivos es el de aniquilar a los restantes.

El enfoque liberal es -contrariamente- el de una atmósfera de cooperación social, único sistema idóneo para limar las diferencias entre individuos (no “colectivos”). Pero esta orientación no es la generalmente admitida.

Las consecuencias prácticas de la “filosofía” colectivista consisten en que cada individuo es enemigo potencial o real del siguiente, dependiendo del colectivo al que pertenezca. No interesan las características personales, sino cual es la adscripción del individuo a tal o cual colectivo.

Según las modas políticas, las etiquetas de estos colectivos van cambiando de tanto en tanto. Otrora estaba en boga el colectivo judío y el ario (según los nazis) el obrero y el burgués (según los socialistas) el estatista y el anti estatista (según los fascistas). En tanto, en la actualidad, los colectivos son otros: el feminista, el homosexual, el abortista, etc. y sus aparentes “opuestos”: el machista, heterosexual, antiabortista y varios otros. Es decir, se repite la dialéctica de la “lucha de clases” sin importar demasiado cual sea la etiqueta que se le adjudique a esa “clase”, que puede ser cualquiera de las mencionadas.

Esta es una clara regresión a la época en que las diferentes tribus luchaban entre si a mazazo limpio en la prehistoria, y con lanzas, arcos y fechas un poco más adelante.

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Derechos de propiedad y el legado que deja Harold Demsetz

Por Adrián Ravier.  Publicado el 14/1/19 en: https://www.cronista.com/columnistas/Derechos-de-propiedad-y-el-legado-que-deja-Harold-Demsetz-20190113-0023.html

 

Recibí la triste noticia del fallecimiento de Harold Demsetz, un economista nacido en Chicago, quien obtuvo su licenciatura en la Universidad de Illinois y un MBA y un doctorado en Economía en la Universidad Northwstern. Fue
profesor de las universidades de Michigan, de Chicago y en la UCLA, donde dirigió el Departamento de Economía entre 1978 y 1980.

Derechos de propiedad y el legado que deja Harold Demsetz

Sus contribuciones están centradas en el campo de la microeconomía, específicamente en el marco de la teoría de la firma, los derechos de propiedad, los problemas de monopolio y la competencia. Ha sido miembro de la Mont Pelerin Society, fundada por Friedrich Hayek en 1947, y recibió un Doctorado Honoris Causa de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, donde tengo la fortuna de ser profesor visitante desde 2007.
Para una nota de prensa como esta, profundizar en las ideas de Harold Demsetz puede parecer demasiado ambicioso. En su lugar, tan sólo tomaré el espacio para sintetizar uno de sus trabajos clásicos, pues pienso que
ofrece un mensaje significativo que muchos economistas aún no han incorporado a su forma de pensar el mundo.

El trabajo se titula “Hacia una teoría de los derechos de propiedad” y trata de la ausencia del tratamiento de los derechos de propiedad en la literatura económica.
Sostiene allí que los economistas estudian el “intercambio”, pero no siempre son conscientes que al intercambiar productos, lo que en realidad hacen, es intercambiar “paquetes” de derechos de propiedad.

Lo cierto es que para la mayoría de los economistas los derechos de propiedad son sólo un dato, algo que se asume, sin atender a que ciertos planteos debieran ser requisito para poder responder después a otras preguntas centrales del análisis económico.
Una primera consideración que hace el autor es plantear que en una economía autística de un sujeto aislado, como puede ser el caso de Robinson Crusoe en la isla, los derechos de propiedad carecen de interés. Los derechos de propiedad son un instrumento de la sociedad, y como tal, requieren un consentimiento de los pares sobre el uso de los bienes que poseemos.
De alguna manera, los derechos de propiedad permiten que las personas tengan expectativas acerca de las relaciones con otros. Dicho de otro modo, los derechos de propiedad especifican de qué modo las personas
pueden beneficiarse o perjudicarse mediante la interacción.
Demsetz lo ejemplifica comparando dos casos: una persona puede perjudicar a su competidor si ofrece un mejor producto o servicio, pero no puede perjudicarlo golpéandolo o pegándole un tiro.

La externalidad es así un concepto ambiguo que han creado los economistas para justificar la intervención del Estado. Claramente hay muchas acciones que las personas toman que afectan (positiva o negativamente) a otras
personas, pero no todas son generadoras de conflictos. De ahí la crítica de Ronald Coase a Arthur Pigou -todavía replicada en muchos manuales tradicionales de economía- por señalar que las externalidades negativas siempre requieren de la aplicación de un impuesto para reducir sus efectos.
De hecho, Ronald Coase explica que en el mundo real la mayor parte de las externalidades que producen ciertas acciones, son internalizadas por el mismo mercado, cuando las partes llegan a un acuerdo voluntario. La propiedad privada promueve entonces incentivos para internalizar las externalidades. La ausencia de propiedad privada es en muchos casos la responsable de la existencia de conflictos.
La pregunta que sigue es sobre el origen de los derechos de propiedad como institución social y tomar el caso de los aborígenes en el problema de propiedad privada de la tierra nos puede ayudar a encontrar algunas respuestas.
La información de la que disponemos es incompleta, pero se ha dicho que la caza y el comercio de pieles fue motivo de extensos conflictos.
Dicho en pocas palabras, la ausencia de derechos de propiedad implica incentivos para la caza desmedida de animales, lo que redunda en que nadie se preocupe en invertir para desarrollar o mantener el stock. La caza
exitosa de unos es un costo externo que se les impone a los cazadores siguientes, pues se reduce la cantidad de animales que éstos pueden cazar.
Al principio la caza tenía como objeto prioritario el alimento, mientras unas pocas pieles eran suficientes en cualquier familia. El costo externo de la caza de unos era bajo para otros.
Pero todo cambió con el surgimiento del comercio de pieles, lo que ocasionó dos consecuencias importantes: 1) el aumento acelerado de su valor; 2) el aumento de la caza de animales. Ambos aspectos redundaron en un incremento en el costo externo que unos cazadores ejercían sobre otros, lo que motivó un cambio en el sistema de derechos de propiedad. Apareció entonces la distribución de tierras y comenzaron a delimitarse los terrenos. En algunos lugares los derechos de propiedad fueron altamente desarrollados, al punto de asegurar la transmisión por herencia.
La conclusión a la que llega Demsetz es que los derechos de propiedad se desarrollan cuando se hacen económicos, para quienes se ven afectados por externalidades, internalizar los costos y los beneficios.
El autor también trabaja sobre las distintas formas de propiedad, distinguiendo la propiedad comunal, la propiedad privada y la propiedad estatal.
Entiende por propiedad comunal el derecho que puede ser ejercido por todos, como fue al principio del ejemplo anterior, el derecho a la caza o el aprovechamiento de la tierra, así como es hoy el caminar por una vereda. Ni el estado, ni ningún individuo puede impedir que otro ejercite su derecho de propiedad comunal.
En el caso de la propiedad privada, la comunidad reconoce el derecho del propietario a excluir a otros del ejercicio de tales derechos. En la propiedad estatal, el Estado puede excluir a cualquiera del ejercicio del derecho, pero el
autor no profundiza.
En el comparativo entre propiedad privada y propiedad comunal que históricamente inicia al menos en la Antigua Grecia, el ejemplo estudiado sintetiza que si alguien maximiza el valor de su derecho comunal, tenderá a cazar en exceso o trabajar de más la tierra porque comparte sus costos con otros.
El stock de animales, así como la riqueza del suelo, disminuirá con rapidez. Bajo la propiedad comunal el costo de transacción de alcanzar acuerdos es muy alto, ya que se requiere unanimidad.

Bajo propiedad privada, los costos de transacción para alcanzar un acuerdo se reducen notablemente, la internalización de costos externos se incrementa y surgen incentivos para invertir en el desarrollo y crecimiento del stock de animales y del cuidado de la tierra. ¡Cuán importante resulta Demsetz para la necesaria transformación de la microeconomía moderna!

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.