Monthly Archives: marzo 2017

La tecnología sí trae igualdad y progreso para todos

Por Iván Carrino. Publicado el 28/3/17 en: https://es.panampost.com/ivan-carrino/2017/03/28/la-tecnologia-si-trae-igualdad-y-progreso-para-todos/

 

La tecnología está tomando cada vez más protagonismo en el debate político y económico. Una de las preguntas a responder es si el avance tecnológico profundiza o disminuye la desigualdad entre las personas.

Entre los que creen que éste contribuye a profundizar las diferencias sociales, se argumenta que, a mayor tecnología, más rentabilidad tienen las empresas, pero menos empleo tienen los trabajadores no capacitados.

Así, los dueños de los medios de producción incrementan su riqueza, mientras que grandes masas de trabajadores van quedando al margen del crecimiento económico.

En una reciente charla TED, el economista argentino Eduardo Levy Yeyati se preguntaba: “¿De qué sirve el progreso tecnológico, si crea abundancia que se concentra en pocas manos a las que les sobra todo?”.

En este marco de análisis, mayor progreso tecnológico equivale a mayor desigualdad social.

Ahora cuando uno mira los resultados de ese avance tecnológico en los patrones de consumo, llega a una conclusión diametralmente opuesta. La tecnología, lejos de profundizar las desigualdades, es un neto igualador social.

Piénsese en lo siguiente: Bill Gates puede tener increíblemente más dinero que yo, pero a la hora de comparar nuestros teléfonos móviles, las funciones que el suyo y el mío prestan no son tan distintas. Whatsapp, Twitter, Instagram o Microsoft Office son todas aplicaciones que cualquier “Smartphone” puede tener. Además, el uso de Smatphones en el mundo es cada vez más generalizado.

De acuerdo al Pew Research Center, en Brasil el 41% de la población posee uno, mientras que en Argentina esa proporción alcanza al 48%. En Estados Unidos, hoy el 72% de la población posee un celular inteligente y en Corea del Sur casi todos lo hacen: los dueños de Smartphones son nada menos que 8,8 de cada 10 surcoreanos.

El hecho de que cada vez más personas tengan al alcance la tecnología se explica por la sistemática caída de su precio, lo que se verifica no sólo en el caso de los teléfonos móviles inteligentes, sino en muchos otros rubros, como las computadoras personales, o los servicios de internet.

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En el gráfico de arriba puede verificarse esta contundente realidad: la tecnología es cada vez más barata y está cada vez más al alcance de todos. En los últimos 20 años, las computadoras personales se abarataron en nada menos que 96,1%. O sea que comprar hoy una notebook cuesta solamente el 3,9% de lo que costaba en 1997.

Gracias a eso, los precios de la tecnología de la información en general se desplomaron 88,4%, mientras que los de los equipos de telefonía se derrumbaron 79,0%. Por su parte, el software cayó 67,1% y los servicios de internet lo hicieron en un 23,1%.

Uno podría pensar que esta es una tendencia generalizada en todos los productos de la economía, pero la considerable reducción de los precios de la tecnología se dio en un contexto de inflación baja pero persistente en Estados Unidos. Entre 1997 y 2017, el Índice de Precios al Consumidor creció un 50%. O sea, en términos reales, la caída de los precios de la tecnología es todavía mayor.

A la luz de estos datos, me pregunto cómo podemos seguir sosteniendo que el avance tecnológico beneficia solo a los ricos. La innovación tecnológica, posibilitada por la competencia empresarial, está bajando los precios de los bienes tecnológicos y mejorando las posibilidades de consumo de un cada vez mayor número de personas.

En este sentido, la innovación es un factor primordial en términos de inclusión e igualdad.

Ahora hay otro aspecto positivo de todo este cambio: es la mayor posibilidad que se abre para todos de progresar como empresarios.

El desplome de los precios de la tecnología funciona como la remoción de una barrera al establecimiento de nuevas empresas y emprendimientos. Hoy las computadoras son el insumo productivo número uno en cualquier establecimiento comercial o de servicios. Con un depósito, mercadería y una o varias computadoras, puede armarse un importante negocio de distribución y venta a través de internet. Cuanto más barata sea la computadora y los servicios de internet, más crecerá este rubro de la economía, más empresas habrá y más gente se incorporará al mercado de trabajo en estos sectores.

Más tecnología quiere decir menos trabas a la creatividad empresarial. Y esa es la clave del crecimiento económico y la mejor calidad de vida para todos.

El avance tecnológico no profundiza la desigualdad social, sino todo lo contrario. En términos de consumo iguala nuestros patrones al abaratar bienes como teléfonos móviles y computadoras. Esto, además, tiene otra consecuencia positiva: al reducir las barreras de entrada, iguala las oportunidades de todos aquellos que quieran emprender.

No le temamos al avance tecnológico. Agradezcámosle a él, y al sistema económico que lo permite, por la increíble mejora de la calidad de vida que nos trajo y la que seguirá trayéndonos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

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Brexit o no Brexit, esa no es la cuestión

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 30/3/17 en: https://www.elcato.org/brexit-o-no-brexit-esa-no-es-la-cuestion

 

El Reino Unido activó este 29 de marzo el artículo 50 del Tratado de Lisboa para iniciar las negociaciones del Brexit. El pasado 23 de junio los británicos votaron a favor de abandonar la Unión Europea (UE) —“British exit”— lo que llevó al entonces primer ministro, David Cameron, a renunciar dejando el lugar a Theresa May que asumió el 13 de julio que aseguró que “vamos a hacer que sea un éxito” lo que puede ser verdad, después de todo, el problema es el sistema no la forma.

¿Quién tiene razón? Casi la mitad de los británicos se oponen al Brexit, en tanto que el nacionalismo escocés dejó claro a Theresa May que no está dispuesto a ceder su desafío independentista y que quiere celebrar el nuevo referéndum de independencia antes de que, en la primavera de 2019, Reino Unido quede fuera de la UE. En cualquier caso, muchos creen que, si hay ganadores de la victoria del no británico a la UE, son los partidos de la extrema derecha europea como el Frente Nacional francés liderado por Marine Le Pen.

Supuestamente la líder francesa es “anti sistema”, como Trump. Ambos tienen el mismo mensaje contra las élites políticas y mediáticas, y la misma promesa de endurecer fronteras para “recuperar la soberanía”. Son hábiles para captar el humor de las masas, porque está claro que las sociedades occidentales están hartas del sistema, pero, dejando claro que el mundo —como todo en el cosmos— evoluciona por lenta maduración y nunca por revoluciones, en realidad están apoyando a quién desde “fuera del sistema” sostendrá al sistema.

Aunque “No hay puntos en común, en realidad” entre Trump y Le Pen, dice Jean-Yves Camus, de la Fundación Jean Jaurès, próxima al Partido Socialista francés. Trump, aunque no era político, fue el candidato de uno de los dos grandes partidos del sistema. El Frente Nacional, se dice fuera del sistema porque no tiene puntos de encuentro con los otros partidos, pero Le Pen es una política profesional.

Y ambos sintonizan con la Rusia de Vladímir Putin y el cuestionamiento al “orden internacional liberal”. Es la hora de los estados-nación, de líderes fuertes, dicen, del nacionalismo frente al globalismo… vamos, digámoslo claramente, de la demagogia, de otro modo no se explica que Putin siga teniendo 80% de aprobación aprovechando, por cierto, el aparato de propaganda que conlleva el ser oficialista.

Aunque Alexei Navalny, días atrás, convocó una gran marcha anti corrupción sin autorización en la que resultaron detenidos él junto a más de 800 personas en Moscú, consiguiendo romper el tabú de la necesidad de pedir permiso para protestar. 90 ciudades se movilizaron, desde Kaliningrado a Siberia, siendo zonas donde la vida transcurre despacio, y la gente depende más de ayudas estatales, y está controlada por dirigentes que pueden tomar represalias.

Pero el “respeto” que se tiene hacia Putin no es extensible al gobierno: “Es falso que en los pueblos se conformen, la gente está harta de la policía corrupta y el gobierno ineficaz”, explicaba un miembro de una familia de los Urales. He ahí la clave, el verdadero sistema del cual la gente está harta —y que los políticos sostienen incluidos los “anti sistema”— es el Estado actual que significa el monopolio de la violencia —la violencia— el poder de policía con el que los burócratas imponen sus leyes, sus caprichos y sus intereses y que, como toda violencia, es destructiva y, por tanto, ineficiente.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Presentación Programa Liderazgo y Coaching Profesional en ESEADE

En este video, su Director Académico, el Dr. Juan Carlos Lucas, describre brevemente el Programa Liderazgo y Coaching Profesional, que surge de un partnership entre ESEADE y Hacer Historia Consultores.

 

Las importaciones y el problema de los aranceles

Por Gabriel Boragina Publicado  el 27/3/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/03/las-importaciones-y-el-problema-de-los.html

 

“Todos los aranceles y tarifas aduaneras disminuyen el nivel de vida de la población receptora de los bienes que se deseaba ingresar puesto que, como queda dicho, la prohibición provoca un uso mayor de los siempre escasos recursos disponibles”[1]

Mayores bienes implican, consiguientemente, un más elevado nivel de vida. Aranceles altos involucran una virtual prohibición al ingreso de los bienes afectados al arancel, aunque también es posible que aunque los aranceles no sean tan onerosos en realidad, constituyan una verdadera “prohibición” en el sentido del impedimento que significa comerciar libremente, es decir -en este contexto- prohibición de un libre comercio. En tal caso, el arancel hace que la gente deba gastar más por el producto que desea adquirir y, lógicamente, un mayor gasto –a ingresos constantes- equivale a un menor nivel de vida, ya que las compras totales de los bienes que se podrán conseguir serán mucho menores.

“Respecto al tema laboral, se piensa equivocadamente que la completa eliminación de aranceles provocará desempleo. Muy por el contrario, la desaparición de las trabas al comercio exterior libera trabajo para desempeñarse en otras tareas inconcebibles hasta el momento puesto que estaba esterilizado en otras faenas. Esto es lo que ocurrió con el hombre de la barra de hielo cuando apareció el refrigerador o con el fogonero cuando se fabricó la locomotora diesel.”[2]

De la misma manera que el progreso tecnológico libera mano de obra para la satisfacción de necesidades de los consumidores que hasta ese momento estaban insatisfechas, la baja o directamente la supresión de los aranceles opera un efecto similar. La clave para entender este punto es internalizar que los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas, razón por la cual no hay una cuantía dada de trabajo para realizar. Eliminar aranceles hará que ingresen al mercado local nuevos productos que en muchos casos provocarán la misma reconversión laboral que la aparición de una nueva tecnología en el mercado local. Pero adicionalmente, a la par que se generarán nuevos puestos de trabajos en áreas que hasta ese momento no los requerían, el ingreso de nuevos productos tendrá como efecto una elevación de los ingresos de la ciudadanía, y un descenso en los precios.

“la abrogación de aranceles permite que los recursos humanos se empleen en otros campos que no era posible considerar mientras los aranceles congelaban la productividad”[3]

Como dejamos dicho, la eliminación del arancel libera mano de obra que antes estaba ocupada en actividades que -en rigor- eran antieconómicas debido a que por efecto del arancel debía destinarse a ellas una mayor erogación por unidad de producto. El arancel eleva los costos del artículo importado, obligando a que este se fabrique localmente (cuando ello es posible), demandado para tal fin mano de obra que -en caso contrario- estaría dedicada a otros rubros más necesarios que la sociedad demanda. Es decir, produce distorsiones en la distribución del empleo quedando necesidades insatisfechas. Suprimiendo el arancel la situación se reacomoda y vuelve a su cauce natural, en el que la demanda de empleo se ajustará a las reales necesidades de los consumidores.

Un efecto típico del arancel es el contrabando:

“El contrabando, en última instancia, subroga el librecambio. Sin aranceles no tendría lugar ni sentido alguno este comercio clandestino y no se trata de suscribir la peregrina idea de gradualmente liberar aranceles al efecto de “proteger la industria incipiente” que en las primeras etapas “puede no ser rentable”.”[4]

El contrabando aparece precisamente porque el gobierno impone trabas al libre comercio o directamente lo obstruye por completo contrariando los deseos de la gente que quiere comerciar e intercambiar al precio que el consumidor decide y no al que es del fruto del burócrata de turno. El mercado opera de cualquier modo, a pesar de los impedimentos que el gobierno de ordinario le pone en el camino, y si la gente se ve impedida de intercambiar por la vía legal lo haría de cualquier manera por otras vías alterativas, por mucho que el gobierno las declare ilegales. Es de esta manera que surge la figura denominada como contrabando. De no existir aranceles y los demás obstáculos que el gobierno crea, el contrabando dejaría de existir.

“Kenneth E. Boulding en su texto clásico sugiere que “para estudiar adecuadamente los aranceles debemos considerarlos como aumentos artificiales en el coste de transporte […] Lo mismo que los ferrocarriles son un dispositivo para disminuir el coste de transporte entre dos lugares, los aranceles son un dispositivo para aumentarlo. Así pues, un defensor razonable de los aranceles debe demostrar su lógica estando también dispuesto a defender el retorno a los tiempos del caballo y la diligencia” (Análisis económico, Madrid, Revista de Occidente, 1941/1947, p. 157).”[5]

El efecto del arancel es similar al de un impuesto al transporte, cuya consecuencia será la elevación del costo del mismo y, en definitiva, dicho costo se sumará al precio final del producto en cuestión, lo que encarecerá su adquisición, produciéndose los efectos señalados en la cita, más los que ya hemos enumerado antes. En suma, lo que se desea significar con todo el acierto que corresponde a la idea, es que lo que se ha ganado por el lado del desarrollo y crecimiento de los medios de transporte (lo que lleva implicada una notable disminución en los costos del mismo) se pierde -total o parcialmente- por efecto del arancel. Todo lo cual, implica retrotraerse a una situación muy anterior al del progreso tecnológico habido en los medios de transporte. Por lo que, el arancel representa retraso, además de un menor nivel de vida para el conjunto de la población que sufre el arancel.

[1] Alberto Benegas Lynch (h) “Homenaje a Juan Bautista Alberdi”. (Discurso pronunciado ante la Academia Nacional de Ciencias). Pág. 1

[2] Alberto Benegas Lynch (h) “Homenaje a Juan Bautista Alberdi “…Op. Cit. p. 2/3

[3] Alberto Benegas Lynch (h) “Homenaje a Juan Bautista Alberdi “…Op. Cit. p. 1

[4] Alberto Benegas Lynch (h) “Homenaje a Juan Bautista Alberdi “…Op. Cit. p. 1

[5] Alberto Benegas Lynch (h) “Homenaje a Juan Bautista Alberdi p. 2

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

EN TORNO A LA VIOLENCIA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No se necesita estar muy atento para comprobar el alto grado de violencia que existe en muchas comunidades. Pienso que hay varios factores que contribuyen a ello.

 

Los escabrosos juegos a que están acostumbrados los jóvenes desde su más tierna infancia, incluso los dibujitos animados que han cambiado respecto de antaño precisamente en cuanto a los actos de violencia y la constante aparición de monstruos que reiteradamente devoran a varios personajes. A esto se agregan los regalos que muchas veces les hacen los padres que incluyen armas de juguete y más videos cuyo cometido consiste en matar y, por más que parezca una chanza, juegos en los que se describe como deben realizarse los robos. Tampoco ayudan en toda ocasión los colegios donde se enseña la historia como un inventario de pertrechos de guerra y se cantan loas al “águila guerrera” e  incitaciones a las luchas armadas que son habitualmente apoyadas por clases “cívicas” que contienen invitaciones a demoler los pilares de la sociedad abierta de forma sutil y otras veces de manera explícita. Todo esto en no pocas ocasiones es acompañado por violencia verbal en sus hogares y el uso de expresiones soeces.

 

Por supuesto que afortunadamente no todo es así. Hay muchos padres que se ocupan y preocupan de la formación de sus hijos, pero aparecen oportunidades para presenciar producciones cinematográficas en donde reina la violencia descarnada con lo que la sensibilidad se va degradando, lo cual tiene lugar debido a las exigencias crecientes de mayor dosis de sadismo para satisfacer emociones y vivencias en aumento. Esto, a la larga o a la corta, se traduce en problemas de convivencia en muy distintos ámbitos y en un estado de permanente agresión y crispación.

 

Veamos este problema aun desde otra perspectiva. Hay una abultada bibliografía que con matices sostiene que una causa importante que explica la violencia en la sociedad reside en la enorme frustración, angustia y sensación de impotencia que provocan las promesas políticas no cumplidas e imposibles de cumplir debido a que se trata de concepciones absurdas que van a contracorriente del orden natural de las cosas. Los autores más destacados en estos escritos múltiples y suculentos son J. Dollard,  L. Doth, N. Miller, O. Mowner, R. Sears, B. Shaffer y  J. Berkowitz.

 

Por supuesto que esas frustraciones y engaños no justifican incendios, saqueos y manifestaciones callejeras violentas. El problema no se resuelva gritando y agrediendo al prójimo sino meditando calmamente acerca de las causas del malestar social. En otro términos recomponiendo las bases éticas de las relaciones sociales, es decir, el tener muy en cuenta el significado del derecho y rechazar de plano la facultad de usar y disponer por la fuerza del bolsillo del prójimo con el apoyo de los aparatos estatales. No son pocos los que caen en la trampa de que es posible que el gobierno haga magia y entregue riqueza de la nada. No son pocos los que creen a pie juntillas que es posible que los gobiernos entreguen bienes y servicios “gratis” sin percatarse que todo lo que hacen los aparatos estatales es porque le arrancaron el fruto del trabajo a los vecinos. En resumen, las frustraciones y los enojos por no poder concretar proyectos de vida no se resuelven a los palos y, mucho menos, reclamando más de lo mismo.

 

El orden no es el resultado de la ingeniería social, es decir, resultado del diseño de gobernantes sino que deriva del respeto recíproco. Este es el sentido de la Ley y el Orden que se contrapone a la Legislación y el Desorden que proviene del capricho de megalómanos en lugar de atender las características centrales del ser humano que requiere libertad lo cual se traduce en que cada uno pueda seguir su camino siempre y cuando no lesione iguales derechos de terceros.

 

Conviene a esta altura detenernos en un aspecto muy poco comprendido y que, a su vez, explica lo anterior. Se trata de algunas reflexiones sobre lo que pueda hacerse en la materia como una contribución  para revertir o mitigar los estados de violencia crónica, sobre lo que hemos escrito antes.

 

Todos los que somos liberales, es decir, los que mantenemos que deben respetarse de modo irrestricto los proyectos de vida de otros y que, por tanto, el uso de la fuerza debe estar reservado exclusivamente para fines defensivos, sabemos que, como la perfección no está al alcance de los mortales, los medios para lograr esos objetivos siempre estarán en constante evolución sin la posibilidad de llegar a una meta definitiva. Estamos en tránsito y en permanente estado de ebullición.

 

En las primeras líneas del primer tomo de Law, Legislation and Liberty del premio Nobel F.A. Hayek se lee que “ Montesquieu y los autores de la Constitución estadounidense articularon la concepción de una constitución limitativa  […] En todas partes los gobiernos han obtenido poderes por métodos constitucionales que aquellos hombres se propusieron denegar”.

 

En el tercer tomo de la obra mencionada Hayek realiza un nuevo intento de proteger las libertades de las personas a través de lo que denominó demarquía con la intención de proveer al sistema de límites y resguardos adicionales para evitar los desbordes de las mayorías ilimitadas. Si bien sus propuestas no carecen de interés, en última instancia, están imbuidas de los mismos riesgos de los sistemas tradicionales en cuanto a la posibilidad de levantar la mano en el recinto legislativo y hacer tabla rasa con las limitaciones y conculcar derechos.

 

Sin duda que puede afirmarse que si el sistema se mantiene dentro de lo previsto no hay problemas respecto a la expansión del poder, pero lo mismo puede afirmarse de la democracia tradicional en cuanto a que si se respetan las minorías se mantiene al gobierno en brete. Pero el problema es que si los temas sobre los que se vota están sujetos a la aprobación de mayorías compactas y centralizadas, los incentivos tienden a hacer que las coaliciones mayoritarias terminen expropiando a las minorías.

 

Cuando las votaciones se realizan de modo descentralizado los incentivos e intereses mueven los resultados por otros andariveles: como he apuntado en otra oportunidad, no se vota con el mismo cuidado, prudencia, esmero y grado de razonabilidad en un consorcio para cambiar la alfombra de la entrada que cuando se vota en la sede del gobierno central para toda la nación por subsidios que deban sufragar personas alejadas del poder central. El federalismo, aplicado hasta sus últimas consecuencias, dispersa y fracciona el poder y hace que las votaciones se lleven a cabo sobre asuntos que más directamente atañen a los votantes, pero, dadas las estructuras gubernamentales, por las mismas razones aludidas, hacen que los intereses, incentivos y las fuerzas centrípetas desatadas tiendan en dirección al unitarismo para lograr el propósito de la exacción para beneficio de las mayorías coaligadas.

 

Joseph Schumpeter en Capitalism, Socialism and Democracy se pregunta y se responde al abrir la segunda parte “¿Puede sobrevivir el capitalismo? No; no creo que pueda.” Y esto a pesar del éxito extraordinario que, como dice el autor, ha producido el capitalismo para las masas. Entre varios factores que se señalan en el libro, destacamos que es debido a los “impulsos subracionales” y, en este sentido, “el capitalismo plantea su litigio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en sus bolsillos” en base a que “la masa del pueblo no elabora nunca opiniones determinadas por su propia iniciativa. Todavía es menos capaz de articularlas y convertirlas en acciones coherentes. Lo único que puede hacer es seguir o negarse a seguir al caudillaje de un grupo que se ofrezca a conducirlo”, lo cual nos lleva al “concepto particular de la voluntad del pueblo […] ese concepto presupone la existencia de un bien común claramente determinado y discernible por todos” pero, en la más difundida obra de Gustave LeBon, se recuerda que “el comportamiento humano bajo la influencia de la aglomeración, especialmente la súbita desaparición -en un estado de excitación- de los frenos morales y de los modos civilizados de pensar y sentir; […y] la súbita erupción de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales”.

 

Subrayamos lo dicho al comienzo: ningún sistema humano es perfecto y, por el mismo motivo, ninguno es susceptible de llegar a un destino definitivo, por ende, debemos estar permanentemente alertas y realizar esfuerzos para mejorar la situación tal como se mejoró cuando se pasó del absolutismo monárquico a la democracia. Sin embargo, a esta altura de los acontecimientos, es hora de reconocer que “el emperador está desnudo”, que todos los gobiernos, unos más  y otros menos, se han apartado por completo del ideal democrático original y, en algunos casos, se ha establecido aquello que tanto temía Thomas Jefferson en cuanto al “despotismo electo”.

 

Para recurrir a una de las estadísticas que pretenden medir el tamaño del aparato gubernamental, apuntamos que con anterioridad a la primera guerra mundial la participación del estado en la renta nacional era entre el 3 y el 8 por ciento en países considerados civilizados, mientras que hoy ese guarismo oscila entre el 30 y el 70 por ciento.

 

Como se dice en “lateral thinking”, no siempre la solución consiste en empecinarse en hurgar más profundamente en el mismo hoyo, sino en sacarse las anteojeras, respirar nuevo oxígeno, mirar en otras direcciones y escarbar en otros lugares.

Tal como ha manifestado en su momento Edward R. Murrow: “una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”.

 

Como queda dicho, el objetivo central para las relaciones pacíficas entre los miembros de la comunidad es el respeto recíproco, todo lo demás debe quedar en manos de cada uno. Nada hay más peligroso que las cruzadas de “los purificadores de sociedades”, lo cual nos recuerda que lo primero que instauraron los talibanes y sus sicarios en el asalto al poder de 1996, fue el “Ministerio de la Reivindicación de la Virtud y la Erradicación del Vicio” (sic). Lo más peligroso son los talibanes modernos que se entrometen en la vida y la hacienda de la gente “para su bien”. Albert Camus transcribe lo dicho por Marat en plena contrarrevolución francesa: “¡Ah!, ¡que injusticia! ¿Es que hay alguien que no comprenda que lo que yo pretendo es cortar la cabeza de unos pocos para salvar las de muchos?”.

 

Por su parte, con vistas al futuro, Ernst Cassirer consigna que “Yo no dudo que las generaciones posteriores, mirando atrás hacia muchos de nuestros sistemas políticos, tendrán la misma impresión que un astrónomo moderno cuando estudia un libro de astrología o un químico moderno cuando estudia un tratado de alquimia”. El tema de nuestro tiempo estriba en poner nuevos y más efectivos límites al Leviatán sobre lo que he escrito en otras oportunidades. No podemos esperar con los brazos cruzados que lo que viene fracasando siga su curso sin modificaciones. La violencia está siempre presente en los abusos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿Puede una empresa reclamar como consumidora?

Por Demetrio A. Chamatropulos. Publicado el 26/3/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1998331-puede-una-empresa-reclamar-como-consumidora

 

En los últimos años se incrementó exponencialmente la cantidad de reclamos judiciales de compañías contra otras, invocando el carácter de “consumidoras”.

El incentivo para actuar de tal manera se debe a una serie de importantes ventajas que obtienen aquellos que pueden ser encuadrados dentro de esa categoría, por ejemplo, el beneficio de justicia gratuita (que en la interpretación de una buena parte de la jurisprudencia permite litigar sin gasto alguno -aun en caso de derrota-), la posibilidad de peticionar cuantiosas sumas de dinero adicionales a través de los llamados daños punitivos, facilidades relevantes en el régimen probatorio, entre otras.

La indefinición de los textos legales al respecto permite esta posibilidad, ya que tanto la ley de defensa del consumidor como el Código Civil y Comercial permiten considerar “consumidor o usuario” no sólo a las personas humanas, sino también a las jurídicas, en la medida que en cada caso se demuestre que son “destinatarias finales” de lo adquirido o utilizado, aun cuando lo hayan obtenido gratuitamente.

El problema se agudiza al tomar nota de que ni la jurisprudencia ni los especialistas en la materia se han puesto de acuerdo sobre cuándo existe ese “destino final” (activándose la protección normativa diferenciada) y cuándo no ocurre ello.

Así, para algunos, sólo se excluyen de la protección las situaciones en las que se adquieren e integran bienes o servicios a procesos productivos o comerciales de manera directa e inmediata (por ejemplo, adquisición de materia prima).

Para otros (más restrictivos), la tutela especial tampoco se debe otorgar cuando haya algún grado de integración solamente “indirecta” o “mediata” de lo adquirido a un proceso empresarial (contratación de cuentas bancarias, supongamos). Es decir, que la protección consumeril sólo entra en escena en aislados casos en los cuales queda demostrado que la empresa no se valió ni directa ni indirectamente de ese bien o servicio para cumplir su objeto social o finalidad económica.

Poniendo la mirada hacia afuera del país, se puede observar como tendencia que la normativa comunitaria europea, Alemania e Italia, por ejemplo, limita la protección consumeril exclusivamente a las personas humanas. En España se admite la protección de las personas jurídicas y Francia no define legislativamente la noción de consumidor.

En América latina, en cambio, la idea es la inversa y la regla (con diversos matices) es que las personas jurídicas puedan ser consideradas “consumidoras”. Es el caso de Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y México, entre otros.

Para muchos, la ambivalencia interpretativa que presenta la Argentina, sumado a las ventajas que antes se mencionaron, es una irresistible tentación para que las compañías intenten “disfrazarse” de consumidores con demasiada frecuencia, lo cual puede conllevar el riesgo de que las personas “de carne y hueso” queden desplazadas del centro de la escena protectoria por aquellas, dejando de ser el eje del sistema, haciéndolo fracasar en definitiva.

Permitirle a las empresas invocar las normas de defensa del consumidor debería ser sólo una excepción dentro del sistema para casos puntuales en donde efectivamente quede demostrado que no existe ninguna clase de integración comercial (directa ni indirecta) de bienes o servicios.

Y para los casos excluidos no debe olvidarse que el reciente Código Civil y Comercial otorga también poderosas herramientas de tutela a las empresas que están en conflicto con otras más poderosas. Así, por ejemplo, cuando adhieren a contratos con contenido preestablecido pueden incluso impugnar su contenido por abusivo, sin que la firma que hayan puesto en esos acuerdos resulte un impedimento.

Además de lo señalado, la normativa antitrust vigente (y el proyecto de nueva ley recientemente presentado en el Congreso) puede también cumplir un papel de utilidad en esas relaciones interempresariales asimétricas, sin echar mano a un uso forzado de las leyes de protección de los consumidores.

Sin perjuicio de lo dicho anteriormente, a futuro sería deseable reglar normativamente con más detalle las situaciones descriptas para otorgar más certidumbre a los casos grises y fomentar la seguridad jurídica que tantas veces se reclama.

 

Demetrio Alejandro Chamatropulos es abogado. Socio de Chamatropulos Abogados & Consultores y profesor de Eseade.

12 años de kirchnerismo fue el costo por no bajar el gasto público

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 27/3/17 en: http://economiaparatodos.net/12-anos-de-kirchnerismo-fue-el-costo-por-no-bajar-el-gasto-publico/

 

Como consecuencia de no tener en orden las cuentas fiscales en 2001 nos costó 12 años de kirchnerismo

Corría la década del 80 con Alfonsín presidente y el plan austral naufragando. Recuerdo que fui a un almuerzo en el que estaba invitado Trócolli como orador, el entonces ministro del Interior de Alfonsín, y en una parte de su exposición dijo: sabemos que el gasto público es alto, pero, ¿quién paga el costo político de bajarlo? Pasaron más de 30 años desde ese almuerzo y una y otra vez el argumento vuelve a repetirse. Es políticamente imposible bajar el gasto público.

Uno de los últimos ejemplos que vimos y terminó en una verdadera catástrofe fue el desplazamiento de Ricardo López Murphy del ministerios de Economía por querer bajar el gasto público. Los medios, los políticos y los sindicatos le saltaron a la yugular y tuvo que irse a los pocos días de asumir como ministro. Pero lo que iba a ser una catástrofe social y política si se bajaba el gasto público según la recomendación de Ricardo López Murphy, terminó en una crisis institucional, política y económica de una gravedad inusitada por no seguir las recomendaciones de RLM. De la Rúa tuvo que dejar el poder cuando se acabó el financiamiento externo para cubrir el bache fiscal, se declaró el default de la deuda pública, Duhalde hizo una devaluación salvaje bajando el gasto público en términos reales mediante una llamarada inflacionaria llevando la pobreza por encima del 50%, pesificó los depósitos en dólares y rompió algo tan particular como el respeto por los contratos, elemento fundamental para atraer inversiones.

Al margen de todo eso, como consecuencia de no tener en orden las cuentas fiscales nos costó 12 años de kirchnerismo, un gobierno que llegó al poder con el voto de la gente y luego se transformó en un gobierno autoritario, hizo terrorismo de estado utilizando los resortes del poder para perseguir a quienes pensábamos diferente, destruyó la economía del país con su populismo desenfrenado y no tuvo límites en la corrupción.

Pero volviendo al tema del gasto público, un primer argumento que suelen esgrimir quienes dicen que no se puede bajar es que los empleados públicos que perderían sus ingresos y los piqueteros no podrían aguantar. En rigor hay políticas que pueden aplicarse para que puedan aguantar hasta que lleguen las inversiones y tengan un nuevo puesto de trabajo. Pero de todas formas vale formular la siguiente pregunta: ¿acaso el asfixiado contribuyente puede aguantar esta presión impositiva? ¿Por qué el empleado público no puede aguantar y el contribuyente sí puede aguantar esta brutal carga impositiva?

Segunda cuestión. Si no baja la carga impositiva las inversiones no vendrán, no se crearán nuevos puestos de trabajo y nunca podrán pasar los empleados públicos y piqueteros a trabajos en el sector privado. La conclusión sería que Argentina no tiene solución económica y su destino es continuar en la decadencia.

Tercera cuestión, en 2001 el gasto público consolidado era el 35% del PBI y no pudo financiarse. No alcanzaban los impuestos ni el endeudamiento externo, ¿por qué ahora vamos a poder financiar un gasto público consolidado del 48% del PBI? Si no se pudo antes, no veo razones para pensar que ahora sí se pueda. Sí se puede mantener durante un tiempo el bache fiscal con endeudamiento externo, pero en el mediano o largo plazo esa política es insostenible. Nadie nos va a financiar cualquier nivel de gasto público ni de déficit fiscal, además de generar serios problemas en el tipo de cambio real.

La propuesta del gobierno se limita, por ahora, a intentar mantener el gasto público en niveles constantes, es decir, que el aumento nominal de gasto público no sea mayor que la tasa de inflación y, por otro lado, apostar a que el crecimiento de la economía genere más ingresos tributarios y con eso bajar el déficit fiscal y las necesidades de financiamiento.

Dos objeciones merece está estrategia fiscal. Por un lado, no sabemos por qué causa el PBI va a crecer al 3,5% anual como dice el gobierno. Aun asumiendo que bajara la carga tributaria, la legislación laboral, la burocracia y las regulaciones conspiran contra un flujo importante de inversiones, de manera que no se ve claramente por qué va a subir el PBI sin modificar la carga tributaria, ni remover las regulaciones, ni modificar la legislación laboral, etc. En otros países esta fórmula funcionó porque no tenían las regulaciones laborales y económicas que rigen en Argentina.

Por otro lado, aunque lograran congelar el gasto público en términos reales, eso no significa que se esté reformando el sector público. Que el empleado que pone un sello en un papel para aprobar un trámite inservible gane lo mismo en valores constantes no cambia la falta de competitividad que le transfiere el sector público al sector privado. El desafío es bajar el gasto público para reducir el déficit fiscal y el gasto pero reformando el sector público para que esté al servicio de la población y no de la dirigencia política.

En síntesis, cuando uno propone bajar el gasto público es porque no solo el estado asfixia al sector privado con su peso, sino que, además, se ha transformado en el negocio de los políticos y en el principal enemigo de los ciudadanos, gasto que nos lleva a la decadencia y a un país corrupto.

Desde el punto de vista económico, la pregunta no es ¿cómo hará el sufrido contribuyente para seguir soportando el peso de un estado que no lo deja producir? ¿Acaso el contribuyente tiene menos derechos que los empleados públicos y que los piqueteros? Para los políticos sí, pero para una sociedad libre y con una economía próspera, la respuesta es un categórico no.

Insisto, recordemos que por no haber tenido disciplina fiscal en 2001 y echar al que quería establecerla tuvo el terrible costo político de la larga noche k que estuvo a punto de llevarnos a una dictadura chavista.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

ESCASEZ: POR FIN ME LA SAQUÉ DE ENCIMA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 26/3/17 en:  http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/03/escasez-por-fin-me-la-saque-de-encima.html

 

En el tiempo de vida de un alumno, algunas o casi todas las materias son algo a través de lo cual hay que pasar. Un mal, algo espantoso, que no queda más remedio pero…………. Pasará. Finalmente no veremos más ese tema, nos olvidaremos de su insoportable profesor, dejaremos tirados los apuntes por los pasillos, venderemos los libros, en fin, como decía una gran pensadora argentina, te vas, te vas y te vas. Esto dice mucho de la falsedad del “aprendizaje” en el sistema educativo formal pero de eso HOY no voy a hablar.

Yendo del tiempo de vida de un alumno al tiempo de vida de la humanidad, la escasez corre igual destino. Grandes pensadores, como Karl Polanyi o Marx, han denunciado a la escasez como un estadio del capitalismo, pasado el cual, nos liberaremos de la alienación del trabajo y volveremos, cual paraíso resucitado, a poner nombres a los animalitos mientras Dios baja a conversar con nosotros al atardecer.

De manera comprensible, ambos autores citan a Aristóteles. El cual no se destacó precisamente por saber algo de economía, a pesar de que hablaba de ella o algo parecido (como casi todos hoy, entre paréntesis). El varón, terrateniente y ciudadano de una Atenas autárquica y esclavista, no tenía que preocuparse de cómo llegar a fin de mes. Y sí, así cualquiera.

La escasez siguió totalmente presente en la historia de la humanidad pero ignorada y negada como las bacterias hasta 1870. Curiosamente, en 1871 nace –NO sin antecedentes- la Escuela Austríaca y, oh malos capitalistas, recuerdan a todo el mundo que porque hay escasez hay precios, propiedad, y que el mercado es la compensación de la inevitable escasez mediante la mayor coordinación de conocimiento disperso en el mercado (Hayek 1936, Mises 1949, Kirzner 1973).

Por supuesto, hubo quienes no quisieron saber nada con esta “defensa ideológica de los intereses del capital”. Desde toooooooooooooooooodos los marxistas habidos y por haber –no, Gabriel, Marx no es eso, no entendés nada- pasando por los keynesianos, los corporativistas y hasta los neoclásicos que parten de un modelo donde no hay escasez, todos se encargaron de negarla de algún modo, de sacarla por la puerta, aunque siempre entra por la ventana como desocupación, crisis cíclicas, faltantes, hambrunas, pobreza, etc. Ah, pero qué tonto soy, cierto que todo eso es el capitalismo. Me olvidaba.

Pero últimamente la negación de la escasez ha tenido un curioso revival tecnológico. Comenzó con páginas webs de aficionados que mostraban al replicador de Viaje a las Estrellas como la superabundancia total y la solución de todos los problemas. Pero ahora muchos entusiasmados con la robótica, las neurociencias y al transhumanismo, nos dicen que en pocos años los robots trabajarán por nosotros y que, otra vez, la escasez será cosa del pasado, excepto que, por supuesto, los pérfidos capitalistas se apropien del paraíso, con lo cual el tema de la riqueza seguirá siendo, como en casi todos los paradigmas, una cuestión de distribución pero no de producción de riqueza.

Es impresionante la enorme esperanza depositada en los robots. Yo no soy tan optimista, será que no me anda el koynor J. Pero desde Cherry 2000, pasando por Inteligencia Artificial y llegando a Her, la cosa es que los robots serán capaces de amar. Los que no entendemos nada decimos que no, que ello implica la presencia de un yo espiritual irreductible a la materia –que ridículo neocartesianismo- y los que aún estamos en el oscurantismo medieval pensamos que uno de los grandes errores de Antony Kenny fue no haber endendido la demostración de Santo Tomás sobre la subsistencia de la forma sustancial humana después de la muerte.

Pero ahora hay algo más. Ahora, como decíamos antes, los robots nos salvarán de la escasez.

Los economistas austríacos (o sea, como diría Mises, los economistas) preguntan de dónde saldrá el capital y el trabajo necesarios para producir los robots, pero parece que también resulta que los robots se producirán a sí mismos.

Lo que se olvida habitualmente es que la escasez es un tema fenomenológico. Esto es, la cuestión es la naturaleza física ante el mundo de vida del cual nos enseñó Husserl. El mundo de la vida humano, esto es, la cultura y su historia, son lo que implica que la naturaleza física sea irremisiblemente insuficiente ante “lo humano”. Porque las necesidades humanas no son ni naturales ni artificiales. Son, sencillamente, manifestaciones de lo simbólico que nace de esa inteligencia humana irreductible a un plato de neuronas o de silicio. El arco, la flecha, la lanza, los adornos, son arte-factos del un mundo de la vida, igual que las naves espaciales y las computadoras son artefactos de otro mundo de la vida. Todo en ese sentido es “arti-ficial” en tanto simbólico de lo que una cultura considera necesario. En todo caso habrá virtudes morales –como la frugalidad, la austeridad- ante las cuales determinados consumos no se consideran éticamente adecuados, pero la comida, el vestido y la reproducción, en lo humano, están humanizados y para ello requieren de instrumentos culturales que re-significan a lo simbólico, mediante ritos y tradiciones para los cuales la naturaleza solamente física es totalmente insuficiente.

Por lo tanto la escasez, como la insuficiencia de lo físico ante las demandas inter-subjetivas de lo humano, no es una etapa de la historia, no es una defensa del capitalismo: es una condición de la humanidad, como lo histórico, lo artístico, lo político, lo sexual, etc. Creer que va a desaparecer porque haya robots es como pensar que la política va a desaparecer porque haya robots.

¿Y qué sucedería si los robots se hicieran a sí mismos –cosa dudosa, pero manejémosla como hipótesis de trabajo- y nos cayeran encima como rayos de sol en una fría mañana de invierno? ¿No serían bienes “libres” a nuestra disposición que nos librarían de “producir”? Bueno, esa era la Atenas con la que soñaba Aristóteles. Ahora la cosa es más humana porque no habría esclavos sino robots. Pero cuidado, porque si es verdad los que piensan que los robots tendrán autoconciencia, entonces ellos se rebelarán de su esclavitud –como ya sucede en algunos capítulos de Viaje a las Estrellas con los androides y los hologramas con autoconciencia-. Y, entonces, Skynet está cerca. Entonces claro que no habrá escasez, porque ya no habrá humanidad.

Pero los dinosaurios que no entendemos nada seguimos pensando que seguirá habiendo escasez y que los robots son sólo un cambio tecnológico más que, como todos, implicarán como mucho una re-ubicación friccional del factor trabajo no-específico.

Es curioso esto de los robots. De alguna manera, ante tanto post-modernismo, es como un revival del ideal iluminista de progreso ilimitado. La esperanza no está en lo trascendente, sino en un futuro inmanente a lo humano donde los robots serán el paraíso. No como Terminator, sino como Star Trek. Pero sea una o la otra, son todas inmanentistas: en una, todo mal, en otra, todo bien, pero el junco que piensa, de Pascal, ha desaparecido. Pero no. El yo de la interioridad agustinista, la forma sustancial subsistente de Santo Tomás, el yo pienso cartesiano, la intersubjetividad husserliana, el mundo 3 de Popper, no han sido refutados, ni por los filósofos ni por los robots. Y no es un tema empíricamente falsable, porque cuando en el siglo 25 la cosa siga igual, los entusiastas de los robots nos dirán que “ya veremos en el s. 30”. La pura verdad es que en el s. 30, si llegamos, todo lo humano será igual. Habrá escasez, habrá política, habrá neurosis, y las esperanzas inmanentes serán la misma ilusión que hoy. Lo que sí puede pasar es que no lleguemos. De lo cual ni siquiera Gort, otro robot, nos podrá salvar.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Somos nuestro peor enemigo

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 25/3/17 en: http://www.eldiariodeguayana.com.ve/somos-peor-enemigo/

 

Me decía un muy prestigioso profesional dedicado a la imagen, marketing y relaciones públicas de empresas algo que me sorprendió y que, sin dudas, es extensible a las sociedades en general: el peor enemigo de cualquier empresa -grande, pequeña e incluso individual- no es la competencia más cruda, sino uno mismo y se inicia en el miedo y la inseguridad provocando reacciones violentas y autodestructivas. Suena mal, pero es una buena noticia: saber que a quién debemos combatir no es alguien desconocido que no podemos controlar.

Según el Índice de Desarrollo Humano (IDH) 2016, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), los países de Latinoamérica tienen un índice de 0,751 -sobre un máximo de 1- por delante de Asia Oriental, las naciones árabes, el sur de Asia o el África Subsahariana y no demasiado lejos del de Europa y Asia Central que llegan a 0,756.

En la lista de naciones, que encabezan Noruega, Australia y Suiza, Chile está en el puesto 38 y Argentina en el 45, siendo los únicos países latinoamericanos con un desarrollo humano muy alto. Luego aparecen Uruguay (54), Panamá (60), Costa Rica (66), Cuba (68), Venezuela (71), México (77), Brasil (79), Perú (87), Ecuador (89), Colombia (95), República Dominicana (99), Paraguay (110), El Salvador (117), Bolivia (118), Nicaragua (124), Guatemala (125), Honduras (130) y Haití (163).

Ahora, llama poderosamente la atención el que Chile haya superado a la Argentina considerada durante décadas como un país casi europeo, fuera de la media latinoamericana, debido precisamente a su desarrollo humano, cultural y económico. Sucede que, mientras que en Chile disminuyó la interferencia del Estado en el mercado, tras los Andes ocurrió lo opuesto.

Efectivamente Argentina se convirtió en su peor enemigo: el miedo y la inseguridad llevaron a una creciente intervención del Estado -el monopolio de la violencia- que destruyó al país tanto que hoy hasta la “populista” Bolivia tiene una economía internacionalmente más respetada.

Mientras que Perú, Brasil y Chile -si vuelve a la presidencia Sebastián Piñera- van a profundizar su política pro mercado, en Argentina no hay grandes cambios más allá del discurso del nuevo presidente, Macri, que en parte ganó metiendo miedo al asegurar que el país terminaría “como Venezuela” si no resultaba electo, lo que no es cierto, entre otras cosas porque Chávez basaba buena parte de su poder en sus colegas de las FFAA lo que estaba muy lejos de ser cierto en el país del Plata.

Hoy, la imagen de Macri es más negativa (44,2 %) que positiva (40,2 %), de acuerdo a los datos recogidos por la consultora Management & Fit y difundidos por el diario Clarín. Los argentinos son, además, pesimistas respecto al futuro del país: el 48,3 % cree que la situación económica del país “estará peor” en los próximos meses y sólo el 27% considera que “estará mejor”. Y mientras que el Gobierno asegura que la economía dejó de caer hacia fines de 2016, lo más probable es que la recesión continúe en el futuro.

Y está claro por quién “votan” los ciudadanos después del miedo: con el fin de hacer compras, durante 2016 tres millones de argentinos -el 7% de la población total- cruzaron la cordillera de Los Andes, 50% más que en 2015, y se espera que en 2017 sean 3,7 millones los que lleguen a Chile. A lo que hay que sumarle los que cruzan hacia Bolivia, Paraguay, Brasil y Uruguay.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Economía dibujada

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/3/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/economia-dibujada-8/

 

Los grandes viñetistas, con sus aciertos y sus errores, nos ayudan a entender la economía.

El Roto en El País es excepcional en su capacidad de sintetizar el pensamiento único. Dibujó un edificio parecido al Congreso de los Diputados, con varias columnas, entre las cuales aparecían unos cañones. Y el texto era: “Divisas fuertes son las que tienen armas”. Una idea curiosa, considerando la fortaleza del franco suizo.

En otra viñeta se ve a un hombre que se sujeta la cabeza con una mano y dice: “En el mercado de las ideas ya sólo admiten ideas de mercado”. Esto es realmente asombroso, porque las ideas que predominan son justo las contrarias al mercado. Desde el Papa hasta el Partido Comunista, las ideas admitidas y aplaudidas de manera generalizada son las antiliberales, no las liberales.

Se ve, por ejemplo, en el tema de la desigualdad. El Roto dibuja a dos hombres con las narices rojas. Dice uno: “Si el 1 % de la población acumula el 99 % de la riqueza, algo habrá que hacer”. Y el otro responde: “¿Prohibir las matemáticas?”. Es la urgencia de “hacer algo” que equivale a subir impuestos ante un mal indudable. Los matices siempre están ausentes, como lo cuestionable que son las cifras, y también el hecho de que la gente es desigual en todo, y lo es más en talento o belleza, por poner dos cualidades, que en dinero.

En otra viñeta, El Roto dibuja a una mujer con un carrito de la compra frente a una góndola de un supermercado. La mujer exclama: “¡Qué maravilla! ¡Cuánta variedad de lo mismo!”. Esto es un clásico del pensamiento convencional, a saber, que la gente es fundamentalmente estúpida, porque solo un estúpido se maravillaría ante la variedad de lo mismo. Una vez enraizado este prejuicio, la conclusión es que las personas no pueden elegir libremente por sí mismas. Pero las personas no son bobas, y les gusta que haya variedad de los productos que compra en libertad, incluso aunque los sabios que nos ilustran desde El País crean que esa libertad no es merecida y que la gente no tiene derecho a estar encantada ante un escaparate con muchos zapatos.

Es verdad que los gustos, como analizaron hace muchos años Stigler y Becker en el American Economic Review, no son datos y sí tienen costes. Vi en el Wall Street Journal este delicioso dibujo en el que una pareja en un museo pregunta a uno de los bedeles: “¿Nos podría decir dónde está el arte que la gente sabe que le gusta?”.

Y Caín en La Razón capta un fenómeno sobre el que sospecho que no se reflexiona lo suficiente, y es el impacto degenerativo del Estado sobre la sociedad civil, y no al revés. Se ve a una mujer que reflexiona así: “Me he acostumbrado tanto a la mediocridad pública que ya no sé disfrutar de la mediocridad privada”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE