Category Archives: Ecología

Toro balear

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 15/8/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/toro-balear/

 

Los enemigos de la fiesta de los toros hablan de “maltrato animal” o incluso “tortura”. Curiosamente, quieren proteger los toros cuando, en realidad, el fin de la fiesta significaría la extinción del toro de lidia (cf. “La caza y los toros”, aquí: http://www.carlosrodriguezbraun.com/abc/textos-publicados-en-abc/).

Fernando Bautista publicó un irónico y certero artículo en El Mundo, titulado “La broma de la Ley Balear”, donde dice: “No es un ataque contra la tauromaquia, la cultura o la libertad como pueden pretender algunas mentes obtusas. Es, por el contrario, un bello ejercicio de ingeniería jurídica y social”.

La supuesta bondad de los ecologistas antitaurinos no estriba en elevar la categoría del animal sino en rebajar la humana: por eso los grandes totalitarios han sido a la vez cariñosos amigos de los animales. En este caso, los políticos progresistas baleares pretenden prohibir la muerte del animal, “evidenciando la sublime aspiración de que el toro sea sujeto de derechos y de obligaciones…No incluye sin embargo sanción alguna si el toro, incumpliendo la norma, decide contactar con sus cuernos con el profesional taurino, aunque a este se le caerá el pelo si permite que su cuerpo contacte con las astas”.

El ridículo perpetrado por los progresistas baleares no tiene límite, desde ordenar que no haya más de tres toros hasta limitar su participación a un máximo de diez minutos: “Así, en 30 minutos se liquidará la tarde, aunque por el momento nada impide que la banda de música pueda seguir tocando pasodobles, lo que tiene para los toreros un riesgo ligeramente menor, salvo que la banda sea muy mala”.

Una vieja regularidad del intervencionismo es que, una vez iniciado, tiende a expandirse en espirales cada vez más amplias. La ganadería del toro balear “lidiado” deberá estar “inscrita en el libro genealógico de la raza bovina de lidia…[y] será la más cercana, en términos de distancia, de la plaza donde se celebre el espectáculo [para que] la duración del viaje desde la ganadería a la plaza de toros sea el mínimo indispensable, [y se constatará el] bienestar físico y psíquico del animal”.

Por fin, se pregunta don Fernando Bautista qué piensan hacer las autoridades baleares con el toro: “Pues sencillo, no le matarán cínicamente y en la oscuridad de los corrales como en Portugal. Brillantemente el texto dispone que «los toros se devolverán a la empresa ganadera que los haya proporcionado». Si este texto, como debe ser, es copiado por todos los buenos pueblos de España, las ganaderías se convertirán en un asilo, pero no hay duda de que la labor social del ganadero será debidamente subvencionada con cargo a los presupuestos, porque a ver quién es el valiente que se atreve a enviar a un vulgar matadero al toro señorito que ha viajado a Baleares y ha pasado un test de bienestar psíquico”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

La bici comunista

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 11/8/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/la-bici-comunista/

 

Hace algún  tiempo, los medios hicieron unas risas a cuenta de Juan José Echevarría, concejal de Unión del Pueblo Navarro en el Ayuntamiento de Pamplona. Así empezaba un artículo de La Vanguardia: “¿Se puede acabar hablando de la Unión Soviética, los gulags y Corea del Norte en una intervención en el Ayuntamiento sobre el carril bici? La respuesta es sí”.

Resulta que el señor Echevarría discutía con el señor Armando Cuenca, concejal de Movilidad y miembro de Aranzadi, formación que confluye con Podemos. El señor Cuenca planteaba propuestas “para transformar la movilidad de la capital navarra”, y nada en el artículo de La Vanguardia sugería que esas propuestas no eran sensatas. Al contrario, el que aparece como un patente insensato es el señor Echevarría, porque “dio una sorprendente respuesta”.

Se hablaba del carril bici y el representante de UPN dijo: “Las utopías, esas que a usted le gustan tanto, han conducido a la Unión Soviética, a Siberia, a los campos de concentración, a 20 millones de muertos, sí, sí… sus utopías, sí, las suyas, a eso conduce la utopía…Luego llegan los talibanes y, esas utopías las convierten en férreas realidades. Y claro, construyen la URSS, construyen Corea del Norte…conduce a Cuba y conduce más recientemente a Venezuela. La utopía de la ultraizquierda suya, URSS, Corea, Cuba y Venezuela. Lugares a los que nadie quiere ir ni quiere estar. Lugares de los que se ha huido y que han provocado millones de muertos. Millones, sus utopías”.

En el diario barcelonés, y en muchos otros, quedó claro que el concejal de UPN había protagonizado la intervención “más surrealista de la legislatura”. Y todo parece a primera vista incuestionable: ¿a quién se le ocurre comparar el carril bici con las dictaduras comunistas? Es ridículo. ¿Verdad?

Veamos primero quién es el señor Cuenca, un radical como tantos en Podemos, destacado especialmente en la agitación callejera; esto dice él de sí mismo: “Si tengo que citar las dos experiencias políticas que más me han transformado, diría que son el 15M en y la PAH. Estoy tentado de incluir aquí un listado detallado de las transformaciones que me gustaría ver si Aranzadi entrara en el gobierno, pero creo que no sería totalmente sincero. Si os digo la verdad, lo que más me motiva es echarlos. Echarlos a todos y que tengan que buscar un curro como la gente corriente. Que tengan que dejar el coche oficial, dejar de enchufar a sus amigos y ponerse a echar curriculums en infojobs. Y, si por el camino somos capaces de que dejen de privatizar todo lo que tocan para pagar los intereses de la deuda a la banca, pues mejor que mejor. Y si además logramos que las ciudadanas y ciudadanos podamos decidirlo todo, pues aplaudo con las orejas. Pero que se vayan”.

Esto es absurdo, porque nadie quiere privatizar todo, y porque los radicales de Podemos y sus confluencias se han destacado precisamente por enchufar a sus amigos en ayuntamientos y autonomías de media España. Y, desde luego, que la izquierda realmente anhele que “podamos decidirlo todo” es más que dudoso.

Pero dejemos esto de momento y vayamos al centro de la cuestión. ¿Se puede hablar seriamente de la bici comunista, o el señor Echevarría se fue por los cerros de Úbeda e hizo un clamoroso ridículo, como aseguraron los medios?

La propuesta del señor Cuenca consistía en ampliar en un 50 % los 60 kilómetros de carril bici que ya posee la capital navarra, con un coste de cuatro millones de euros a cargo de los contribuyentes pamploneses. Además, quiere restringir el uso de los coches y limitar a 30 km/h la velocidad de los automóviles en toda Pamplona, “para evitar atropellos”, claro. Sólo excepcionalmente se podría circular a 50 km/h.

Dirá usted: ¿qué tienen que ver estas ideas, compartidas por otra parte por muchos otros políticos, en especial de la izquierda, con los campos de concentración comunistas? Pues, por asombroso que parezca, algo tienen que ver.

El socialismo en todas sus variantes propende siempre a cambiar la sociedad de arriba abajo, y en particular cambiar el sitio donde viven la mayoría de los trabajadores: siempre quieren cambiar las ciudades. Ese cambio se produce quebrantando los derechos de los ciudadanos, a los que se culpabiliza por impedir la convivencia. Así se entiende la persecución, entre otros, de los automovilistas, tratados como si fueran criminales.

No es un monopolio de la izquierda, porque hemos visto a ciudades gobernadas por la derecha, en España y en el exterior, cuyos ayuntamientos también se han esmerado en hostigar a los conductores y en pensar que lo mejor son las bicis, que deben ser privilegiadas frente a lo demás. Pero es verdad que la izquierda se destaca en su pasión antiliberal con la excusa de la ecología y la movilidad. La ingeniería social urbana es una característica habitual de las tiranías socialistas, comunistas y nazis.

Dirá usted que, incluso reconociendo esa propensión totalitaria, no resulta legítima la extensión que va desde ese intervencionismo en el inocente mundo de las bicicletas hasta las matanzas perpetradas por los comunistas en el último siglo.

Aporto, pues, como prueba de la legitimidad de dicha extensión una fuente autorizada, y no precisamente liberal. Se trata de la página web “Pamplonauta”. Allí escribió Ignazio Aiestaran un artículo titulado “La bici comunista”. Así criticó a Echevarría: “Dos cosas sobre este disparate. Una: esta derecha sufre de una incultura política y de una falta de coordinación y argumentación notables. Dos: es un caso típico de fobia vesánica y clasista ante cualquier cambio, por pequeño que sea. No obstante, puede que tanto despropósito escondiera una verdad. Quizá al introducir más bicicletas en nuestras ciudades un día empezaremos a cuestionarnos la dictadura del automóvil, su invasión acelerada, su lobby industrial, su publicidad veloz, su contaminación global, el espacio público usurpado, el tipo de urbanismo impuesto, la ausencia de un transporte colectivo eficaz y barato para quienes no pueden endeudarse con un coche y pierden millones de horas a diario porque sus vidas no importan mientras van a estudiar, a trabajar o a la consulta médica. Quizá por una bicicleta alguien empezará a pensar en utopías, en algo en común, en algo que nos han hurtado durante décadas. Y entonces quizá alguien se acordará de aquella frase de Iván Illich que decía que el socialismo no puede venir en coche, sino con la velocidad de una bicicleta”.

Lo primero es un clásico: el desprecio intelectual, de tal manera que si alguien es de derechas, debe padecer debilidades mentales. Lo segundo es clave para el tema que me ocupa. El autor del artículo se burla de los inmovilistas que no quieren ningún cambio “por pequeño que sea”, pero a continuación no habla de un cambio pequeño, sino de un cambio enorme que comienza con cambios pequeños.

Queda claro el espíritu antiliberal que cuestiona la convivencia pacífica en libertad, porque padecemos “la dictadura del automóvil”, dictadura, nada menos. E invita a luchar contra ella mediante la bicicleta, es la bicicleta la que llevará a “utopías…que nos han hurtado”. ¿Utopías que nos han hurtado? Esto sólo puede referirse al comunismo, es decir, el infierno que había detrás del Muro de Berlín, es decir, precisamente lo que denunció Juan José Echevarría.

Y el señor Aiestaran lo dice claramente, citando a Iván Illich, nada menos, y afirmando que sí, que la bicicleta marca la velocidad a la que vendrá, volverá, el socialismo.

En un bonito acto fallido, ilustraron el artículo con una imagen de una siniestra tiranía comunista que mató al pueblo de hambre con sus políticas anticapitalistas, y al mismo tiempo lo obligó a ir en bicicleta: China.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

No fumo, pero los que fuman tienen derecho a hacer con sus pulmones lo que les parezca. Sin externalidades, claro

Por Martín Krause. Publicada el 7/8/17 en: http://bazar.ufm.edu/no-fumo-los-fuman-tienen-derecho-pulmones-lo-les-parezca-sin-externalidades-claro/

 

La revista Regulation, del Cato Institute, cumple 40 años y trae algunos artículos que analizan la evolución de las regulaciones en ese período. Pero antes de verlos, es interesante este artículo de Pierre Lemieux, que se refiere a las regulaciones sobre las advertencias gráficas en los cigarrillos, pero que considera la cuestión de la economía del bienestar, el excedente del consumidor y el análisis de beneficios y costos. Van algunos párrafos: https://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/regulation/2017/3/regulation-v40n1-4.pdf

FUMAR Y 1776

Los gobiernos y sus asesores económicos han mirado muy duro por razones de ignorar el excedente del consumidor. No es sorprendente que los encontraran. Si parecían tan difíciles de entender por qué las políticas antitabáquicas reducen el excedente del consumidor y la utilidad en general, podrían encontrarlas también, así como otros problemas. Aquí hay algunas ideas para ellos.

¿Quién sabe qué envoltorio feo, impuesto por el gobierno puede hacer para el sentido de la estética de las personas a largo plazo? ¿Y quién sabe cómo se ha dañado la sociabilidad desterrando a los fumadores de lugares privados etiquetados como “lugares públicos”, y cuáles son las consecuencias a largo plazo de este apartheid de estilo de vida? (Tenga en cuenta que es ilegal abrir restaurantes o bares “sólo para fumadores y tolerantes al humo de segunda mano”).

Pero hay algo peor, incluso si eso nos lleva a tener ideas que no son muy utilizadas desde la Declaración de Independencia y la Declaración de Derechos. La intromisión oficial con el excedente del consumidor aumenta la probabilidad de tiranía y la expectativa matemática de su costo. Si la curva de demanda de un individuo no tiene un significado normativo, si un individuo no puede determinar lo que es bueno para sí mismo, ¿quién lo hará? Mayorías incoherentes, hombres políticos fuertes, burócratas sin rostro o reyes filósofos en sus torres de marfil académicas? ¿Cuántos otros bienes y servicios aparte del tabaco se declararán espejismos utilitarios sin beneficio real? ¿Dónde está el excedente del consumidor para vehículos utilitarios deportivos, caza, piscinas, libros D.H. Lawrence, vino, coches eléctricos o revistas académicas?

El costo de aplicar la guerra al excedente del consumidor también puede ser mayor de lo previsto por los prohibicionistas del tabaco, los reguladores y los nueve “economistas prominentes”. El asesinato de Eric Garner por policías de la ciudad de Nueva York mientras son arrestados por vender cigarrillos de contrabando debe recordarnos que La guerra contra el tabaquismo también destruye vidas.

“Fumar literalmente vuelve a conectar el cerebro”, afirman los “economistas prominentes”, citando un artículo en un diario neuropsiquiátrico. Pero la tiranía es sin duda una adicción peor que fumar. ¿Acaso el hábito de pedir soluciones autoritarias a los problemas percibidos también cambia el cerebro -incluyendo los cerebros de los expertos en salud pública que pasan toda su vida en medios donde son constantemente bombardeados con tales ideas? En el Estado (Liberty Fund, 1985, 1998), Anthony de Jasay escribe sobre la posibilidad de una adicción a largo plazo al gobierno.

¿Qué concluir de esta breve reseña de la guerra sobre el excedente del consumidor? La intromisión con el excedente del consumidor y la redefinición de la metodología del análisis costo-beneficio para ajustarse a las preferencias del analista o de sus amos políticos es peligrosa. Es un beneficio, no un costo, que las limitaciones constitucionales se opongan a esa ingeniería social.

En el caso del tabaquismo y otras actividades, podemos esperar que la Primera Enmienda sea más firmemente reconocida como dando protección a la expresión comercial como lo hace, por ejemplo, la libertad de expresión de los economistas prominentes en el Control del Tabaco. Con un poco de ilusión, también podríamos esperar que la Cuarta Enmienda proteja los derechos de propiedad de los productores en sus propios envases “.

LECTURAS

■ “A Theory of Rational Addiction,” by Gary S. Becker and Kevin M. Murphy. Journal of Political Economy 96:4 (1988), 675–700.

■ “An Evaluation of the FDA’s Analysis of the Costs  and Benefits of the Graphic Warning Label Regulation,”by Frank J. Chaloupka et al.TobaccoControl 24:2 (2015), 112–119.

■ Cost-Benefit Analysis: An Informal Introduction, by E.J. Mishan. Unwin-Hyman, 1988.

■ “Risk Beliefs and Preferences for E-cigarettes,” by W. Kip Viscusi. American Journal of Health Economics 2:2 (2016), 213–240.

■ “The Social Costs of Tobacco Smoking,” by A. Markandya and D.W. Pearce. British Journal of Addiction 84:10 (1989), 1139–1150.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

Más sobre la economía del bienestar, el superávit del consumidor, el tabaquismo y las advertencias publicitarias

Por Martín Krause. Publicada el 3/8/17 en: http://bazar.ufm.edu/mas-la-economia-del-bienestar-superavit-del-consumidor-tabaquismo-las-advertencias-publicitarias/

 

La revista Regulation, del Cato Institute, cumple 40 años y trae algunos artículos que analizan la evolución de las regulaciones en ese período. Pero antes de verlos, es interesante este artículo de Pierre Lemieux, que se refiere a las regulaciones sobre las advertencias gráficas en los cigarrillos, pero que considera la cuestión de la economía del bienestar, el excedente del consumidor y el análisis de beneficios y costos. Van algunos párrafos: https://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/regulation/2017/3/regulation-v40n1-4.pdf

“Durante décadas, la literatura de salud pública ignoró el método económico y consideró el tabaquismo como una enfermedad involuntaria que sólo tenía costos y ningún beneficio. Contrariamente a la economía del bienestar ya los análisis de costo-beneficio, la teoría y la promoción de la salud pública se basaron en las preferencias de quienes realizan la investigación y la promoción. En sus declaraciones de política pública, la investigación en salud pública era casi científica. Esto no es sorprendente porque la salud pública contemporánea es más un movimiento político que un campo científico de estudio. (Ver “Los peligros de la salud pública”, otoño de 2015.)

A partir de la década de 1980, varios economistas mostraron que la investigación en salud pública sobre los costos y beneficios del tabaquismo era metodológicamente errónea. Los investigadores en salud pública no tuvieron en cuenta los beneficios subjetivos de los fumadores. Confundían los costos privados y externos, suponiendo que la productividad de un fumador pertenece a la “sociedad”. Confundían costos reales y meros traslados. Cometían muchos otros errores elementales. En un artículo del British Journal of Addiction de 1989, los economistas A. Markandya y D.W. Pearce escribió: “La conclusión primordial sobre la literatura empírica debe ser que las diversas estimaciones producidas generalmente carecen de fundamento en una teoría adecuada del costo social”. Muchos otros economistas mostraron que, con una contabilidad adecuada de los costos, no había un costo externo neto de fumar. La demostración fue devastadora, o debería haber sido.

En la década de 1990, el Banco Mundial vino al rescate del movimiento antitabaco. Esta organización reunió a un grupo de economistas que comenzaron a hacer el análisis costo-beneficio en su cabeza. Afirmaron que los fumadores no tenían el excedente del consumidor que creían tener porque carecían de información completa sobre las consecuencias para la salud del tabaquismo y porque eran adictos al tabaco. Su argumento era irregular, pero se podría argumentar que fue una gran mejora sobre el desierto metodológico de la defensa de la salud pública. (Véase “La economía del tabaco del Banco Mundial”, otoño de 2001.)

Sin embargo, los economistas del Banco Mundial fueron prudentes. “Los fumadores claramente reciben beneficios del tabaquismo”, admitió un cuarteto de autores que incluía al conocido economista Frank Chaloupka en un libro de 2000 patrocinado por el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud, “de lo contrario no pagarían por hacerlo”. Kenneth Warner, profesor del Departamento de Gestión y Política de Salud de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Michigan y otro economista externo del Banco Mundial, escribió que “el tabaco produce utilidad para algunos miembros de la sociedad” y “esto La utilidad merece el reconocimiento (y tal vez algún respeto) en la planificación de una política de control óptima “.

Nueve “economistas prominentes”

Esta prudencia pronto fue rechazada. Una vez descubierto el truco del excedente de los cultivos, los economistas dirigistas y los activistas de salud pública se convirtieron rápidamente en adictos a esta nicotina metodológica. Ellos eran asistidos por el elitismo del campo en desarrollo de la economía conductual, que tiende a rechazar el valor normativo de las preferencias individuales.

Hoy, los economistas revisionistas y sus nuevos ventiladores de la salud pública abiertamente demandan que el análisis estándar del coste-beneficio no se aplica al tabaco. Los fumadores mal informados y adictos no pueden tomar decisiones racionales y prácticamente no tienen excedentes de consumo, afirman. Por ejemplo, nueve economistas, presentándose como “un grupo de economistas prominentes”, hicieron este argumento en un artículo de Control del Tabaco de 2014. Criticaron a la FDA por tomar el análisis de costo-beneficio demasiado en serio cuando evaluó los beneficios sociales y los costos de las advertencias gráficas (antes de que su mandato fuera anulado por un tribunal).

Los “economistas prominentes” rechazaron los “supuestos de la teoría económica tradicional” y declararon que “casi todo el” placer perdido “del uso del tabaco, tal como se representa por el excedente del consumidor medido convencionalmente, no debería ser incluido como costo en los análisis de la FDA Económico de sus reglamentos sobre el tabaco “. Es breve, escribieron,” nos parece inapropiado medir el área bajo una curva de demanda para definir el bienestar “.

El control del tabaco es una criatura interesante en sí mismo. A pesar de todas las campanas y silbidos de una revista revisada por pares, se parece más a un órgano activista del movimiento contra el tabaquismo. Kenneth Warner, uno de los economistas raros asociados con el control del tabaco y el presidente de su consejo editorial, fue uno de los firmantes del artículo. Tanto Warner como Chaloupka ejemplifican a los economistas que han descartado el excedente del consumidor al tratar con el tabaco.

Antes del artículo sobre el control del tabaco de 2014, la FDA no era un portaestandarte del análisis de costo-beneficio ni un brillante defensor del excedente del consumidor. Su análisis de costo-beneficio de 2011 -el criticado en el artículo de los nueve economistas- reconoció que “el concepto de excedente del consumidor es una herramienta básica de la economía del bienestar”. Esta herramienta no podía ser rechazada si se realizaba un “análisis completo y objetivo” A realizarse de acuerdo con las directrices federales. Sin embargo, sugirió recortar el 50% del excedente del consumidor de los fumadores, frente al 75% propugnado por el Banco Mundial y el artículo sobre el control del tabaco.

Las manipulaciones de la FDA y los nueve economistas son bastante complicadas y desordenadas. El “análisis de costo-beneficio” del gobierno australiano hizo todo más fácil simplemente rechazando el excedente del consumidor por completo. Invocando a los “economistas prominentes”, un resumen de dos páginas en el informe concluye que “la pérdida del excedente del consumidor no es una consideración apropiada con respecto a las intervenciones de control del tabaco” porque fumar no representa la “verdadera preferencia” de los fumadores.”

Esta modificación ad hoc a la metodología económica estándar viola las propias reglas del gobierno australiano para el análisis de costo-beneficio, que no mencionan ninguna posibilidad de incluso reducir el excedente del consumidor. Por el contrario, su Manual de Análisis de Costo-Beneficio claramente afirma: “Un principio básico es que los bienes valen lo que la gente está dispuesta a pagar por ellos”. Pero cuando usted quiere absolutamente probar algo, incluso los principios básicos no deben ser obstáculos.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA. 

¿HASTA DÓNDE LLEGA EL PRINCIPIO DE SUBSIDIARIEDAD EN EL MERCADO?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 25/6/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/06/hasta-donde-llega-el-principio-de.html

 

Capítulo XI de

ECONOMÍA PARA SACERDOTES, de Gabriel Zanotti y Mario Silar

Como vimos en el capítulo anterior, habría tres cuestiones donde el mercado necesariamente no podría llegar: bienes públicos, externalidades y redistribución de ingresos.

En este capítulo nos concentraremos en los dos primeros elementos. El problema de la redistribución de ingresos, especialmente delicado, será analizado separadamente en los últimos capítulos. Antes de aclarar de qué tratan estas cuestiones, recordemos a un viejo amigo: el principio de subsidiariedad.

Como se sabe, el principio de subsidiariedad es general, esto es, no se aplica solo a la economía, sino a toda estructura social. Por ejemplo, el episcopado NO debe hacer lo que sí pueden hacer las parroquias (aunque a veces no se cumple del mejor modo… J), y ello demanda saber la naturaleza de cada estructura social en cuestión. En efecto, si yo no sé, por ejemplo, qué es un rectorado, lejos estaré de saber qué es lo que no le corresponde.

Por lo tanto, resulta obvio que el estado no debe hacer lo que los particulares pueden. Pero aquí comienzan los debates: ¿qué es lo que los particulares pueden hacer, qué es lo que el mercado puede hacer?

Nos parece bien que esta sea una cuestión abierta entre los católicos. Esto es, no podemos esperar, obviamente, una proclamación pontificia, cuasi-dogmática, sobre hasta dónde debe llegar el mercado. Para ello necesitamos la legítima autonomía de las ciencias sociales y sus legítimos debates, y está bien que haya católicos que afirmen una cosa y otros, otra, porque su teoría económica es diferente.

Pero esto lleva a una cuestión en la cual sí todos los católicos –y esto es importante para sacerdotes y religiosos– podrían estar de acuerdo: que las diversas teorías económicas no pueden probar necesariamente que el mercado nunca puede llegar o siempre puede llegar a las tres cuestiones arriba referidas.

Intentaré demostrar el punto, al mismo tiempo que trataré de mostrar que el mercado puede estar abierto a todo ello, aunque no necesariamente “siempre”.

Primero, qué es un bien público.

Cuando alguien compra una lata de sardinas, esa lata no puede ser comprada por otro. Ello implica que esa lata es rival en consumo. No puede ser comprada por dos compradores al mismo tiempo.

A su vez si alguien compra una casa, solo el dueño puede entrar en ella. El dueño puede invitar a otros a pasar, pero los otros no pueden reclamar el derecho a entrar. O sea que rige sobre la casa lo que se llama principio de exclusión.

Estas dos características, rival en consumo y principio de exclusión, son típicas de los bienes privados que habitualmente se intercambian en el mercado.

En los bienes públicos, en cambio, no existe “rivalidad en el consumo” (por ejemplo, una puesta de sol, o el aire) ni tampoco rige el principio de exclusión (por ejemplo, el alumbrado de una calle).

Entonces se concluye muchas veces que el gobiernonecesariamente los tiene que proveer.

¿Debe ser realmente así?

No necesariamente, y allí está el punto.

Primero recordemos que hay bienes libres –de los cuales quedan pocos ejemplos– como la luz del sol o el aire, que casi no serían escasos en ciertas condiciones. En ese caso el tema del mercado o no mercado ni se plantea. La luz del sol en una mañana soleada no es provista ni por el estado ni por el mercado. Por ende si por bienes públicos se entiende bienes libres, el debate no se plantea.

El caso es que la mayoría de los bienes públicos son escasos (lo que analizábamos en el capítulo sobre “bienes económicos”), y por ende necesitan recursos escasos para su producción, venta y distribución.

Entonces, ¿cuál es el modo más económico de proveerlos?

Pongamos, por ejemplo, el caso de un puente. Puede ser que el estado lo provea, pero en ese caso deben tenerse en cuenta los impuestos cobrados para ello. Que, en ese caso, son pagados por todos, incluso por quienes no van a utilizar el puente (posteriormente analizaremos los tipos de impuestos existentes).

Si, en cambio, pagamos un peaje por el puente, a una empresa privada que lo administre, a primera vista nos va a parecer más caro, pero no es así: de hecho, ese costo es menor que todo el conjunto de impuestos, más las deudas y la inflación en las que a veces recurren los estados para sostener ese tipo de bienes. Y menos injusto, además, porque pagan el peaje solo los que utilizan el puente. O sea, un bien público siempre se paga. Que el bien público sea estatal y aparentemente “gratis” es una ilusión óptica. Siempre se paga, de un modo (impuestos) u otro (peaje), el asunto es cuál es el modo menos costoso para todos. No hemos mencionado además los problemas vinculados al control de gestión, la presencia de incentivos perversos y la tendencia a situaciones de abuso y arbitrariedad que se potencian cuando hay opacidad respecto de la identificación de responsabilidades. Siguiendo a la literatura económica científica y sin ánimos de caer en un discurso ideologizado, se debe admitir que el sector público es más proclive a padecer estos problemas de gestión.

Los bienes públicos “libres”, por lo demás, si se da el caso de que se vuelven escasos entonces surgirá el tema de su precio. Por ejemplo, el aire es un bien semi-libre en la Tierra (porque ya se paga por el aire NO contaminado), pero en una colonia terrestre en Marte, el aire respirable sería muy escaso y por ende muy caro. Ahora bien, en ese caso, ¿qué sería preferible? ¿Que lo proveyera una sola empresa estatal, con tendencia a la ineficiencia y a los problemas señalados en el párrafo anterior, o varias empresas privadas compitiendo por la provisión de aire? Obviamente la segunda solución es la mejor, aunque lamentablemente la influencia de los sesgos cognitivos nos haga mirar con sospecha la libre competencia entre empresas privadas. En efecto, tendemos a quedarnos solo con los problemas potenciales que ello puede implicar, y tendemos a creer que estos problemas pueden ser más graves –incluso a nivel moral– que los problemas inherentes a la gestión en el sector público…

Otros bienes públicos son super-abundantes circunstancialmente, por ejemplo, la tierra en extensiones no habitadas por el hombre. De acuerdo, pero a medida que crece la población, si no se encuentra un modo de establecer las propiedades (por ejemplo así fue el caso del alambrado y vallado en la Argentina del siglo XIX) la situación terminará siendo un caos. Cuanta mayor la escasez, mayor el precio, y más se necesita el mercado para que los precios, como vimos, señalen la escasez relativa de ese bien, y, si no existe monopolio “legal”, el resultado a lo largo del tiempo será socialmente positivo. Por ejemplo, ¿qué sucederá cuando haya suficiente capital y trabajo para explotar la totalidad del lecho marino? Mejor que esas tierras marinas sean privadas o de lo contrario no se podrá establecer cuál es su real escasez…, los problemas de descoordinación, mayor escasez por sobreexplotación que ello generará amenazará con destruir el lecho marino. En un caso así, todos terminaríamos estando en una situación peor.

Por lo tanto, no necesariamente los bienes públicos tienen que ser estatales. Los bienes públicos pueden ser perfectamente privatizables y ello para beneficio de toda la población. Recordemos lo dicho respecto de que la propiedad privada no es simplemente individual, pueden existir acuerdos institucionales “comunales”, que conservando los elementos positivos de la propiedad privada –control de gestión y responsabilidad– articulen voluntariamente la toma de decisiones de un grupo de personas, que sean las que decidan las reglas de juego sobre el uso, gestión y cuidado de ese bien comunal.

Lo mismo sucede con la mayor parte de los problemas medioambientales relacionados con la ecología. La contaminación tiene que ver precisamente con ciertas cosas que, al no ser de nadie excepto de los políticos, nadie cuida como corresponde. En general, por ejemplo, es fácil acusar al mercado de la contaminación de un lago, porque tanto personas como industrias tiran allí sus desechos. Pero claro, ¿quién es el dueño del lago? Nadie, excepto una oficina estatal que raramente se preocupa. El tema de los incentivos aquí es crucial. El tema de la propiedad es básico. Si alguien tira cosas sobre la pila bautismal, inmediatamente el sacerdote o los laicos de la parroquia se encargarán de que ello no ocurra más, porque eso es su propiedad y les preocupa (sin perjuicio de que el sacerdote o religioso interprete que la pila está puesta bajo “su cuidado” y que en ese sentido es “su” propiedad, no en el sentido de que pretendiera llevársela cuando le trasladaran de parroquia o regalársela a familiares cuando dejara de prestar servicios en la parroquia). Pero cuando las cosas no son de nadie, excepto de un estado lejano, la cuestión es al revés. Por lo tanto, en un caso así, que haya propietarios del lago, como por ejemplo algo como una “Sociedad de Amigos del Lago Atitlán”, sería una óptima solución al problema de su contaminación, una solución en la línea de lo que analizamos sobre la noción de propiedad privada comunal.

Con otras cosas el tema puede ser menos visible, pero hay que estar abierto a nuevas soluciones. Las energías sucias tendrían muchos sustitutos potenciales en un mercado abierto. Los empresarios que puedan proveer energía solar y eólica como sustituto de las empresas tradicionales de electricidad, ya estatales, ya privadas, tendrían un proyecto muy rentable en caso de que pudieran competir libremente, como corresponde a un mercado sin monopolios legales o prebendas estatales. Si no prosperan, es porque el estado se protege a sí mismo o protege a los proveedores habituales de electricidad. Igual sucede con todas las energías sustitutas del petróleo. Al mismo tiempo, el problema puede ir en la otra dirección –como de hecho ha ocurrido recientemente en algunos países, como es el caso de España, por ejemplo–: que el sector público subsidie las energías verdes y, como consecuencia no intentada, genere una burbuja que distorsione el mercado de la energía solar o eólica. De nuevo, esto ha terminado por generar graves problemas de sobreinversiones, falsas rentabilidades, burbuja y pinchazo del sector –con las dramáticas consecuencias en términos de desempleo y recursos malgastados. Esto es una muestra de lo complejo que resulta para el sector público “acertar” a ver cuáles serán los proyectos empresarios rentables y sostenibles. Se pueden tener muy buenas intenciones respecto de lo positivo que serían, desde un punto de vista medioambiental, las energías renovables pero simples subsidios y privilegios no constituyen una solución a largo plazo.

Supongamos, por lo demás, que un recurso natural se está agotando. Si sigue habiendo demanda de él –por ejemplo, el referido petróleo– el precio subirá, lo cual incentivará la búsqueda y descubrimiento, como dijimos, de potenciales sustitutos cuya comercialización empezaría a ser elevadamente rentable en este nuevo escenario. Aquí se observa de nuevo la importancia de atender a las consecuencias no intentadas. En efecto, en muchas ocasiones los subsidios a un determinado sector, aunque se implementen con buenas intenciones y con el pretendido objetivo de atender al bien común, terminan impidiendo la transmisión de información fidedigna –no olvidar que el sistema de precios actúa como un sistema de comunicación y señalización–, haciendo que resulten artificialmente rentables industrias que, sin la presencia de subsidios y ayudas, no lo serían; con lo que se terminan desincentivando proyectos de inversión en sectores alternativos.

¿Y el caso del aire? ¿Alguien puede ser el dueño del aire? No, claro, en este planeta, pero si alguien genera humo que invade tu propiedad, legalmente esa persona puede ser demandada. Si el sistema jurídico fuera eficiente, los costos jurídicos de transacción serían muy bajos, y por ende el emisor del humo, ante la amenaza de una sentencia en contra altamente costosa, tendría un incentivo para compensar a la persona damnificada por el humo que él ha emitido. El mismo razonamiento se puede aplicar a otros ámbitos, como la contaminación visual o sonora.

Por supuesto, corresponde al estado proveer un sistema judicial rápido y eficiente, pero también permitir la existencia de mediadores privados que de manera mucho más rápida puedan ayudar a ese tipo de negociaciones, y hallar soluciones a los conflictos.

En economía eso se llama “internalizar una externalidad”. Una externalidad es una consecuencia de una transacción comercial que tiene efectos sobre un tercero independientemente de la voluntad de este último, por eso se llaman efectos “externos”. Por ejemplo, si la parroquia compra una cocina y el humo llega a los departamentos lindantes, los dueños de estos últimos tienen un efecto (en este caso negativo) externo, porque no correspondió a una transacción comercial en la que ellos tuvieran algo que ver.

Ahora bien, llamar a un gobierno para que dicte una legislación sobre las cocinas, el humo, la polución etc., y crear una oficina estatal llena de gente para que se ocupe de su cumplimiento, es muy costoso, y ya hemos visto que el derroche de recursos atenta sobre todo contra los que menos tienen. ¿Por qué no ver, conforme al principio de subsidiariedad, lo que las partes involucradas pueden hacer por sí mismas? Por supuesto, si los vecinos tuvieran todos buena voluntad y espíritu cristiano, evitarían perjudicarse mutuamente. Pero vivimos en reinos que son de este mundo, aunque sean una peregrinación temporal hacia los otros. Supongamos que un vecino se compra una cocina y echa humo sobre los demás. La solución judicial, como dijimos antes, puede ser más rápida y eficiente, y las sentencias acumuladas crearían un incentivo para evitar atentar contra la propiedad de los otros con ese tipo de acciones. Por supuesto, todo esto implica un cambio en la mentalidad existente y en las funciones que presuponemos del gobierno, pero, vuelvo a decir, lo que está en juego es precisamente no derrochar recursos escasos. Además, si bien es cierto que los hombres no son ángeles, tampoco son demonios. Es preciso encarnar el optimismo antropológico y ser capaces de descubrir la potencialidad de creación de orden que anida en la cooperación voluntaria en el seno de la sociedad civil. Además, si bien es cierto que los ciudadanos no son ángeles ni demonios, lo mismo debe predicarse de los agentes gubernamentales. Es obvio que ellos no son demonios, sin embargo a veces impera todavía una visión demasiado angelizada de los agentes públicos. Los agentes gubernamentales, aunque digan con sinceridad preocuparse y velar por el bien común, no son inmunes ante los sesgos, prejuicios, puntos ciegos, problemas cognoscitivos y morales que aquejan a todos los mortales… no hay “expertos” que puedan permanecer a salvo de esto.

Por ello, es preciso advertir y recordar que el cuidado estatal de los problemas ecológicos es altamente costoso, no da resultados y quita los incentivos al cuidado del medio ambiente y a los pactos comerciales que podrían cuidar de nuestro planeta mucho mejor y más rápido que las interminables e inútiles discusiones y disposiciones de la ONU y los diversos organismos gubernamentales a nivel estatal y supraestatal al respecto.

Por supuesto que todo esto podría no suceder y, en una situación extrema, un gobierno podría intervenir si la vida y la propiedad de todos estuvieran en peligro –un terremoto, un incendio forestal de gran magnitud, un Tsunami, etc.,– pero no es esa la situación habitual. El comercio crea incentivos positivos, y hemos visto que esos incentivos, que lo que hacen es minimizar la escasez, tienen TODO que ver con el bien común y el principio de subsidiariedad.

Por lo tanto, cuando se afirma que el estado no debe hacer lo que los privados pueden hacer, hay que tener en cuenta que muchas veces, guiados por un prejuicio negativo, suponemos que los privados pueden hacer muy pocas cosas. La economía nos enseña que las potencialidades del comercio son más positivas de lo que suponemos. Es preciso adoptar una actitud humilde y conservar un genuino asombro ante la multiforme capacidad de creación de órdenes cooperativos que anida en la sociedad civil. Ahora bien, la economía no forma parte de la Revelación, pero por eso mismo, en relación a esta última, es un tema opinable, y si como religiosa, religioso, seminarista, sacerdote u obispo alguien piensa diferente, que tenga en cuenta que un laico puede pensar otra cosa, con toda la legitimidad de su competencia en los ámbitos temporales. El principio de subsidiariedad tiene un sano ámbito de opinabilidad en ese sentido. Creemos que la economía nos enseña que el mercado puede hacer más de lo que se piensa, pero si alguien piensa diferente, que no convierta su pensamiento en un dogma, en un ámbito donde, por definición, no puede haber solución o Palabra Revelada.

Sumario

El problema de los bienes públicos y las externalidades negativas que afectan al medio ambiente, para ser rectamente abordadas, requieren una adecuada comprensión del principio de subsidiariedad. El principio de subsidiariedad, rectamente entendido, debe hacer énfasis en su parte positiva, es decir, que las instancias superiores de poder no hagan aquello que pueden –y deben– hacer las instancias inferiores. El principio de subsidiariedad permite entender en qué medida pueden existir soluciones de mercado para enfrentar los problemas que pueden surgir en el ámbito del cuidado de los bienes públicos y el medio ambiente.

 

En efecto, no es correcto pensar que los bienes públicos y el medio ambiente solo puedan ser protegidos a través de medidas coercitivas implementadas por la acción gubernamental. La sociedad civil tiene potencialmente una amplia batería de mecanismos creativos y cooperativos para enfrentar problemas que afloran en el caso de bienes públicos y en temas medioambientales. Estos temas ponen nuevamente de manifiesto una idea central: la necesidad de atender a las consecuencias no intentadas a la hora de analizar los escenarios de interacción humana. Al mismo tiempo, el análisis de las externalidades revela que la interacción humana no está exenta de dificultades. Sin embargo, apelar inmediatamente a la acción gubernamental no necesariamente constituye una solución sostenible a los problemas que pueden surgir en la interacción humana. No se debe olvidar, que la acción gubernamental tiende, por la propia lógica de su modo de ser, a generar una progresiva burocratización y formalización de los procesos involucrados en la cooperación social. Como consecuencia de ello, la acción gubernamental también genera problemas y distorsiones que es preciso tener en cuenta cuando se evalúe la necesidad de intervención gubernamental.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Es mejor la risa que el comunismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/6/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/mejor-la-risa-comunismo/

 

Con ese título, literal, Laughter is better than communism, el humorista norteamericano Andrew Heaton reúne textos y viñetas. En su crítica al comunismo, subraya temas fundamentales del liberalismo. En primer lugar: “usar el Estado para dañar a la gente está mal”. Se refiere a las leyes capturadas por los intereses particulares para fastidiar a los competidores, y robar legalmente a los ciudadanos. El segundo tema es “una aversión al tribalismo y al pensamiento de grupo”. Busca analizarlos con un grano de sal: “Mis amigos socialistas y yo coincidimos en que la tolerancia social es una virtud. Mis amigos conservadores y yo sabemos algo de economía. He ido a buenas fiestas organizadas por los dos grupos”.

El libro explica la lógica del mercado, asociando comercio con convivencia y paz, y critica tanto el proteccionismo como el maltusianismo en sus diversas variantes, como la boba consigna del agotamiento de los recursos naturales (recuerda la famosa apuesta Simon-Ehrlich). Se burla de los ecologistas con la hora de la tierra: el cambio climático es influido más por China que por el resto del mundo en su conjunto. “Si cada bombilla de luz del planeta se apaga durante una hora, el ahorro equivaldría a unos cuatro minutos de la huella de carbono de China”. No niega que el clima cambie, por supuesto, sino que recomienda más capitalismo y no menos para prevenir y paliar sus efectos nocivos.

Niega que el proteccionismo comercial favorezca el empleo. Hace un ejercicio con el iPad 2, que costaba 400 dólares: si todos sus componentes hubiesen sido fabricados en EE UU habría costado 1.140, con consecuencias negativas para todos; si se hiciera lo mismo con Nike, millones de trabajadores en el mundo no podrían comprar sus zapatillas.

También rechaza la fábula de que la tecnología destruye empleo, a la vez que argumenta que la regulación y el intervencionismo son malos para los más pequeños y débiles, como las pymes. Si usted cree que la Política Agraria Común es una locura, eche un vistazo a lo que hacen las autoridades norteamericanas en el capítulo Tobacco farmers are better than you. Es útil este libro porque muestra la gran cantidad de regulaciones y prohibiciones absurdas que padece el país considerado modelo de “liberalismo”.

Critica los impuestos de sucesiones y patrimonio, los subsidios a la cultura que nadie quiere ver, y la fascinación por los pronósticos lúgubres: “Cuando los expertos se regodean en predicciones deprimentes son presa de una gran falacia, a saber, proyectar problemas que tenemos hoy hacia el futuro sin la capacidad de prever sus soluciones”.

El libro recoge varias citas excelentes. Aquí mis dos favoritas: Thomas Sowell: “La primera lección de la economía es la escasez: nunca hay suficiente de cualquier cosa para satisfacer plenamente a todos los que la demandan. La primera lección de la política es ignorar la primera lección de la economía”. Oscar Wilde: “Si quiere usted decirle a la gente la verdad, hágala reír. En caso contrario, lo matarán”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Para proteger el planeta hay que cuidar la propiedad

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 12/6/17 en http://www.lanacion.com.ar/2032685-para-proteger-el-planeta-hay-que-cuidar-la-propiedad

 

 

Muchos no entienden que si cada uno cuida lo suyo, los recursos naturales también estarán protegidos, sin necesidad de que el Estado se entrometa demasiado

El objeto de esta nota no es debatir la posición del presidente de los Estados Unidos respecto del medio ambiente, basada en su contraproducente noción del mal llamado “proteccionismo”, que en verdad desprotege a los consumidores, y el consecuente control estatal del comercio exterior. Tampoco aludirá a las trifulcas internas entre dirigentes políticos estadounidenses respecto del tema en cuestión. En cambio, centra su atención en los lugares comunes a los que adhieren muchos ecologistas que no atienden el rol que cumple el derecho de propiedad para preservar del mejor modo posible los recursos naturales.

A todos nos interesa el futuro del planeta, puesto que en él vivimos y nos afectan las perspectivas para el bienestar de nuestros descendientes. Sin embargo, debemos estar atentos a lo que se ha dado en denominar “la tragedia de los comunes”, que puede resumirse en la siguiente idea: lo que es de todos no es de nadie. La asignación de los derechos de propiedad, en cambio, hace que cada uno cuide lo suyo. Quien no lo hace adecuadamente pierde patrimonio. Esto es importante, porque no pocos ambientalistas se basan en “el derecho difuso” y la “subjetividad plural” para intervenir en la propiedad del prójimo aunque no haya nexo causal con una lesión al derecho de quien demanda. Este canal comenzó a utilizarse después del derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín, como un modo de estatizar. Con el pretexto de cuidar la propiedad del planeta se destruye la institución de la propiedad.

Veamos el caso de la preocupación por la extinción de especies animales. Muchas especies marítimas están en vías de extinción. Esto hoy no sucede con las vacas, aunque no siempre fue así: en la época de la colonia, en buena parte de América latina el ganado vacuno se estaba extinguiendo debido a que cualquiera que encontrara un animal podía matarlo, engullirlo en parte y dejar el resto en el campo. Lo mismo ocurría con los búfalos en Estados Unidos. Esto cambió cuando comenzó a utilizarse el descubrimiento tecnológico de la época: la marca, primero, y el alambrado, luego, clarificaron los derechos de propiedad. Lo mismo ocurrió con los elefantes en Zimbabwe, donde, a partir de asignar derechos de propiedad de la manada se dejó de ametrallarlos en busca de marfil.

Respecto del agua, indispensable para la vida del hombre, el premio Nobel en Economía Vernon L. Smith escribe: “El agua se ha convertido en un bien cuya cantidad y calidad es demasiado importante como para dejarla en manos de las autoridades políticas”. El planeta está compuesto por agua en sus dos terceras partes, aunque la mayoría es salada o está bloqueada por los hielos. Sin embargo, hay una precipitación anual sobre tierra firme de 113.000 kilómetros cúbicos, de la que se evaporan 72.000. Eso deja un neto de 41.000, capaz de cubrir holgadamente las necesidades de toda la población mundial. Sin embargo, se producen millones de muertes por agua contaminada y escasez. Tal como ocurre en Camboya, Ruanda y Haití, eso se debe a la politización de la recolección, el procesamiento y la distribución del agua. En esos países, por ejemplo, la precipitación es varias veces superior a la de Australia, donde no tienen lugar esas políticas y en consecuencia no ocurren esas tragedias.

En cuanto a la polución, no se trata de eliminarla por completo: respirar supone la exhalación de monóxido de carbono. Se trata de proteger los derechos de propiedad que se infringen cuando se emiten gases tóxicos en cierta escala. En este caso deben preservarse los pulmones y castigar a los infractores, tal como se hace si se arroja basura al jardín del vecino o si altos decibeles molestan al vecindario. Ahora la tecnología permite a través de remote sensoring y de tracers detectar los emisores, sean automotores, fábricas o fuentes equivalentes.

Por su parte, la lluvia ácida se traduce en precipitaciones que incluyen ácido nítrico y ácido sulfúrico provenientes de algunas industrias. Especialmente, de plantas eléctricas que generan emisiones de dióxido de sulfuro y óxido de nitrógeno, que afectan los vegetales e incorporan acidez en los ríos y lagos, con consecuencias negativas para las especies que allí se desarrollan.

El efecto invernadero, al igual que los otros casos mencionados, es controvertido. La opinión dominante es refutada por academias y científicos de peso como Robert C. Balling, Donald R. Leal, Fredrik Segerfeldt, Julian Simon, Martin Wolf, Terry L. Anderson y Ronald Bailey. Según estas opiniones, en las últimas décadas hay zonas donde se ha engrosado la capa de ozono que envuelve el globo en la estratosfera. En otras se ha debilitado o perforado. En estos casos, los rayos ultravioletas, al tocar la superficie marina, producen una mayor evaporación y, consecuentemente, nubes de altura, que dificultan la entrada de rayos solares. Esto conduce a un enfriamiento del planeta, que se verifica con adecuadas mediciones tanto desde la tierra como desde el mar.

Se sostiene también que el fitoplancton consume diez veces más dióxido de carbono que todo el liberado por los combustibles fósiles. Y que las emisiones de dióxido de sulfuro a través de aerosoles compensa la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera que produce el mencionado enfriamiento. El Executive Committee of the World Meteorological Organization de Ginebra concluye: “El estado de conocimiento actual no permite realizar predicciones confiables acerca de la futura concentración de dióxido de carbono o su impacto sobre el clima”.

En cualquier caso, siempre debe tenerse muy presente el balance neto de cada medida que se adopta. Por ejemplo, al conjeturar que los clorofluorcarbonos destruyen las moléculas de la capa de ozono a causa del uso de refrigeradoras y aparatos de aire acondicionado, combustibles de automotores y ciertos solventes para limpiar circuitos de computadoras, hay que considerar las intoxicaciones que se producen debido a refrigeraciones y acondicionamientos deficientes de la alimentación, como también de los accidentes automovilísticos debido a la fabricación de automotores más livianos.

En resumen, no cabe repetir un lado de la argumentación por el hecho de que el poder de lobby sea mayor, como el que se pone de manifiesto en el Acuerdo de París. En cambio, debemos analizar con detenimiento las distintas posiciones, sobre todo cuando se trata de un tema tan delicado. A veces la arrogancia impide advertir que los cambios más radicales en el planeta tuvieron lugar antes de la Revolución Industrial, lo cual incluye las notables bajas en el mar (se podía cruzar a paso firme el estrecho de Bering y las especies y las temperaturas se modificaron grandemente).

En estos debates es necesario prestar atención a los diversos andamiajes analíticos y despejar telarañas mentales. Tampoco encerrarse en la creencia de que los aparatos estatales deben intervenir, apartándose de su misión específica en una sociedad libre en relación con la protección de los derechos de propiedad. En este contexto, cuando hay lesiones a los derechos, los responsables deben ser penados. Si el Estado se entromete en otras direcciones, habrá desajustes y arbitrariedades. Esperemos que no ocurra, como apunta Gustave Le Bon: “No es más fácil discutir con el poder de las muchedumbres que con los ciclones”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

PROHIBIDOS LOS DESACUERDOS CON EL ACUERDO DE PARÍS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 4/6/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/06/prohibidos-los-desacuerdos-con-el.html

 

 

Sobre llovido, mojado. Trump, el malo, ha blasfemado contra los dogmas de la fe del sacro imperio romano científico-estatista. Pero como ahora es un sistema de emperadores autónomos, los demás están tratando de ver cómo le hacen un auto de fe y lo queman verdaderamente en alguna hoguera.

Los titulares y artículos de miles de news media en todo el mundo están en la desesperación. “Una decisión que pone en riesgo el futuro de la humanidad”. “Una decisión que expone con brutalidad la visión trumpista sobre el mundo”.  Y así en casi todo el mundo. Si sumamos a esto los prejuicios negativos anti-norteamericanos y anti “capitalismo”, el combo no podría ser peor.

Por lo demás, como dije tantas veces, tampoco se trata de defender a Trump en tanto Trump, quien no se caracteriza por su liderazgo, sus buenas formas ni su capacidad comunicativa, ni tampoco por sus buenos argumentos. No es cuestión de los trabajos para los norteamericanos. Ese no debe ser el punto. El asunto es el Acuerdo de París. Dos cosas al respecto.

Una, yo creo que sí, que hay un problema ecológico, que hay calentamiento global. Pero inútil tratar de explicar que luego de Popper, Kuhn, Lakatos y Feyerabend la ciencia no consiste en “hechos”, no? ¿Que todo depende de la conjetura corroborada, del paradigma dominante, del núcleo central, etc? ¿Qué por ende en ciencias naturales todo se puede debatir? Ah no, Zanotti, andate con tu filosofía a la miércoles. Sobre todo cuando tus lindos autores colocan un manto de libertad de expresión en lo que yo, el que no piensa como vos, pérfido y liberal Zanotti, he decretado indiscutible. Genial. La libertad de expresión sirve para debatir el fútbol del Domingo. En lo que verdaderamente nos afecta, se acabó y el que piense lo contrario es un imbécil o una mala persona, vaya uno a saber uno pagada por qué oscuros y pérfidos intereses.

Pero, vuelvo a decir, yo creo que sí, que hay un problema de calentamiento global. Pero el Acuerdo de París, el Protocolo de Kyoto, etc., han optado por medidas estatistas para solucionarlo. Y ese es el problema. El mercado libre es el incentivo para generar nuevos derechos de propiedad que puedan solucionar el problema. Los problemas de medio ambiente son problemas de indefinición de derechos de propiedad. La privatización de bienes públicos y la internalización de externalidades negativas sólo se producen cuando hay incentivos suficientes, de mercado, como para generar la creación de nuevas alternativas tecnológicas que puedan producir energías limpias. Las regulaciones estatales no hacen más que impedirlo, llevadas al paroxismo, como España que prohíbe a sus ciudadanos la instalación de paneles solares.

Pero todos estos temas, toda esta bibliografía, es ignorada olímpicamente por todos quienes ahora se rasgan las vestiduras.  Su ignorancia supina de economía, de Law and Economics, de Escuela Austríaca, etc, es más infinita que el universo newtoniano pero, desde luego, en nombre de esa ignorancia echan al ostracismo del descrédito a todo aquel que ose decir lo contrario.

Ese tema también me preocupa. La libertad de expresión sobre esta cuestión parece estar prohibida, so pena de insultos y descréditos gravísimos. Mala persona o imbécil el que piensa diferente. Casi como si defendiéramos la acción de un violador de menores. Igual pasa con la ideología del género y nuevos dogmas similares. Y, vuelvo de decir, no me refiero a Trump. Un universo paralelo interesante sería aquel donde alguien con las formas y charming de Obama hubiera dicho que las medidas del Acuerdo de París son inconducentes. ¿Habría recibido tantos bombazos?

Creo que sí. El consenso actual sobre ciertos temas no tolera disidencias. No es en broma, Feyerabend tiene razón: luego del Sacro Imperio, estamos ahora en otro sacro imperio. Y lo dice en serio. Pero claro, Zanotti, andate con tu Feyerabend a la miércoles, con tu hermenéutica a la miércoles, con tu Mises a la miércoles, sobre todo cuando lo que dicen puede objetar algo de los sacrosantos dogmas del imperio estatista actual.

 

Si, la verdad, me gustaría volver a Marte, mi lugar de origen. Mientras tanto que Dios me proteja.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

DECÁLOGO DEL ANTI-LIBERAL MILITANTE.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 7/5/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/05/decalogo-del-anti-liberal-militante.html

 

  1. El liberal es una persona detestable que sólo defiende los intereses del capital. Por ende defiende al capitalismo despreocupándose totalmente de los pobres, los excluidos y los explotados por el sistema.
  1. Por ende al liberal no le interesa la ecología, la protección del medio ambiente, ni los derechos de los pueblos originarios ni los reclamos de las diversas minorías explotadas por el sistema.
  1. El liberal es un violento que defiende las dictaduras que imponen al capitalismo y violan los derechos humanos.
  1. Por lo tanto, un liberal que sea una buena persona es algo imposible. La única opción que queda es que sea un tonto, un pobre imbécil.
  1. El liberal es realmente aliado de los intereses corporativos que explotan a los pueblos. Por ende al liberal le conviene negar las reales conspiraciones del capitalismo internacional, que además son las que le pagan por su detestable existencia.
  1. Por ende toda honestidad intelectual es imposible en un liberal.
  1. Si el liberal dice que le interesa la ecología, el medio ambiente, la pobreza, miente.
  1. Al liberal no le interesa la real libertad de expresión. Sólo le preocupa que los medios concentrados alienen y confundan a los pueblos.
  1. Si un liberal gana las elecciones, es que ha engañado y alienado al pueblo. Si las pierde, es que el pueblo tuvo conciencia de clase y rechazó su detestable prédica materialista.

 

  1. No puede haber amistad con un liberal. Dados los nueve puntos anteriores, es imposible.

 

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Optimismo y noticias que no se comentan: el capitalismo derrotó el pesimismo Malthusiano y las hambrunas

Por Martín Krause. Publicada el 23/2/17 en: http://bazar.ufm.edu/optimismo-noticias-no-se-comentan-capitalismo-derroto-pesimismo-malthusiano-las-hambrunas/

 

Hay, creo, dos razones por las cuales predomina el pesimismo en la avalancha de noticias que recibimos a diario: la primera de ellas es que las buenas noticias no generan tantos lectores como las malas, la normalidad se asume como tal, mientras que el accidente o el crimen serían la excepción; la segunda es que todo el que quiera promover algún cambio ‘revolucionario’ (no evolutivo) en la sociedad, debe antes mostrar que todo anda mal, ya que por eso se necesita el cambio.

Al respecto, una serie de autores (Matt Ridley, Steven Pinker y ahora Johan Norberg) han escrito sendos libros presentando una visión contraria, esto es, optimista, del progreso de la sociedad y el ser humano, sobre todo a partir de la llegada de la sociedad liberal y el capitalismo. Las referencias y los números son contundentes. Aquí algunos del libro  Johan Norberg, Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future:

“Cosechas fracasadas no eran poco comunes en Suecia. Una sola hambruna, entre 1695 y 1697, causó la muerte de una en quince personas, y hay referencias a canibalismo en los relatos orales. Sin maquinarias, almacenaje frío, irrigación o fertilizante artificial, los fracasos de cosechas eran siempre una amenaza, y en ausencia de comunicaciones modernas y transporte, una cosecha fallida a menuda significaba hambruna”.

“Las hambrunas eran universales, un fenómeno regular, que sucedía tan regularmente en Europa que se había incorporado en el régimen biológico del ser humano y formaba parte de su vida diaria, según el historiador francés Fernand Braudel. Francia, uno de los países más ricos del mundo, sufrió 26 hambrunas nacionales en el siglo XI, dos en el XII, cuatro en el XIV, siete en el XV, trece en el XVI, once en el XVII y dieciséis en el XVIII. En cada siglo hubo también cientos de hambrunas locales”

Por eso Malthus decía:

“El poder de la población es tan superior al poder de la tierra para producir la subsistencia del hombre, que la muerte prematura debe de alguna forma visitar a la naturaleza humana. Los vicios de la humanidad [infanticidio, aborto, contracepción] son activos y eficientes instrumentos de la despoblación. Son los grandes precursores en el gran ejército de la destrucción, y a menudo completan el trabajo ellos mismos. Pero si fracasaran en esta guerra de exterminio, pestes, epidemias, pestilencias, y plagas, avanzas en terrífica amplitud, y barre de a miles o decenas de miles. Y si el éxito fuera aún incompleto la inevitable hambruna gigante aparece por detrás, y con un gran y poderoso golpe, nivela a la población con los alimentos del mundo”.

Malthus describía acertadamente la situación de la humanidad. Pero subestimó su capacidad para innovar, para resolver problemas y cambiar sus usos cuando las ideas del Iluminismo y las mayores libertades le dieron una oportunidad a la gente de hacerlo. A medida que los campesinos obtuvieron derechos de propiedad, tuvieron un incentivo para producir más. A medida que se abrieron las fronteras al comercio internacional, las regiones comenzaron a especializarse en el tipo de producción apropiado para aprovechar esas oportunidades. Aun cuando la población crecía rápidamente, la oferta de alimentos crecía más rápido. El consumo per cápita en Francia e Inglaterra aumentó de alrededor de 1700-2200 calorías a mediados del siglo XVIII a 2500-2800 en 1850. Las hambrunas comenzaron a desaparecer. Suecia fue declarada libre del hambre crónica a comienzos del siglo XX.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).