Otra visión de la crisis

Por Gabriel Boragina. Publicado en: 

 

Una explicación más a la crisis argentina es la gran cantidad de personas incapacitadas que ocupan puestos de trabajo, tanto en la función pública como en la privada. Este análisis microeconómico rara vez se encuentra en los textos y notas que ocupan los comentarios periodísticos. Las redes sociales son -a veces- una buena fuente de los mismos, pero la experiencia cotidiana también lo demuestra. La mediocridad de este mercado laboral es cada vez mas notoria.

Son muchos los índices que lo manifiestan. Por ejemplo, las consultas que no son respondidas o lo son extemporáneamente, generalmente traen como respuestas por parte del funcionario o empleado particular cuestiones o materias que no fueron objeto de la consulta.

La falta de capacidad de empleados y funcionarios para contestar a temas simples no sólo es patente, sino que también contribuye al dispendio de tiempo y recursos, lo que obstruye la oportuna resolución de problemas y -al fin y al cabo- la productividad de la economía. En mi trabajo, lo veo y experimento a diario. Tengo experiencia de primera mano en lo que expongo.

Es manifiesto que los procesos de selección de personal o bien no existen o son hartos flexibles, o -quizás- empresas y reparticiones públicas no tienen más remedio que tomar gente que ya viene descalificada desde la escuela y la universidad.

La comunicación por escrito es -prácticamente- un problema mayor aun, por la verdadera ausencia de comprensión de textos por parte de empleados y funcionarios, en tanto el “intercambio” oral resulta un verdadero “diálogo de sordos”, que obliga a la redacción de la consulta, repitiéndose el ciclo, con lo que todo el circuito se convierte en un círculo vicioso.

No hace mucho, cuando un empleado llano no podía resolver una inquietud del cliente o del usuario de un servicio, la cuestión normalmente se solucionaba por medio de un jefe, supervisor, o del gerente del área. Hoy en día, ya ni siquiera en estos niveles se encuentran respuestas útiles, coherentes y mucho menos inteligentes. Uno se pregunta cómo es que personas como esas pueden estar ocupando cargos jerárquicos y de responsabilidad. Y ni imaginar que podría estar sucediendo en escalas superiores, ya sean directores regionales o presidentes de empresas. La chatura circundante es descomunal.

Deviene evidente que -en cada vez más ámbitos- los niveles de exigencia de selección y de posterior gestión han caído de manera estrepitosa, tanto en el campo laboral como educativo. Se vive una apariencia de “ilustración” cuando, en realidad, lo que se observa es deseducación. Los pocos esfuerzos por elevar el nivel son -en la mayoría de los casos- vanos a juzgar por las consecuencias.

Hace pocos años atrás, mis nuevos colaboradores en la oficina entendían la tarea a realizar con la primera explicación. Raramente hacía falta una segunda. Al día de hoy, los nuevos colaboradores contratados necesitan que exactamente la misma tarea les sea explicada hasta tres o más veces para “poder” -al fin y a duras penas- “comprenderla”. Y, aun así, después de que “parecieron” asimilarla, cometen y repiten los mismos errores más de tres o cuatro veces, lo cual revela severos defectos de atención y de retención. Y no hablamos, por cierto, de labores en absoluto complejas, sino de las más sencillas y elementales que se les asignan justamente por iniciarse en la actividad. Ni que decir cuando tengo que adjudicarles otra de alguna mayor o efectiva complejidad.

Esta es otra visión y explicación de la crisis que vivimos. Revela un descalabro educacional que deviene en otro laboral y, por último, desemboca en uno económico, ya que el sistema funciona como una cadena de transmisión, que produce un “efecto dominó” que va de lo micro a lo macro.

Por supuesto que, el origen de todo lo anterior es la educación, como tantas veces hemos insistido, pero no solamente aludimos a la educación formal, sino también a lainformal donde el entorno familiar tiene que ver mucho en este movimiento declinante. Hace mucho que, en el seno de la mayoría de las familias no se educa, sino que se deseduca. El rol de la familia en la educación puede decirse que, hoy por hoy, es nulo, pero -en cambio- inmenso en el mecanismo de deseducación. Basta la indiferencia en cuanto a los contenidos que los alumnos reciben en la escuela para que la corriente des-educativa se inicie y prosiga.

El pobre nivel de actividad general se debe -en buena parte- a la falta de preparación de la gente que trabaja, ya sea en el sector privado como en el estatal.  Una baja calificación educativa conlleva otra menor en el campo laboral, esto impide que las remuneraciones sean elevadas, y expulsa directamente del mercado laboral a los que menos habilidades pueden exhibir, lo que añade otro elemento perturbador al mercado del trabajo ya maltrecho por las numerosas leyes laborales que, en lugar de “proteger” al trabajador lo desamparan perjudicándole, ya que -entre otras negatividades- lo desmotivan para perfeccionarse.

Tiempo atrás solía hablarse de “talentos” para referirse al personal contratado. Hoy en día dicha palabra deviene casi vacía de contenido y obsoleta, porque si hay algo difícil de encontrar en el mercado laboral argentino son verdaderos “talentos”. Basta conformarse con que alguien pueda -a duras penas- desempeñar tareas básicas.

“Profesionales” egresados que carecen de las competencias mínimas para las cuales se supone que deberían estar calificados tornan inexplicable cómo los mismos pudieron haber recibido un título universitario, cuestión que se torna día a día más palpable en el campo en el cual me desempeño. Y en otros ajenos al mío también.

Si se instala una “cultura” por la cual el mérito no vale nada y se retribuye por igual la indolencia que el esfuerzo, el efecto natural de esta anomalía será un vuelco masivo de la sociedad hacia la apatía y su consiguiente rechazo a cualquier tipo de iniciativa por mínima que sea. Y esto se observa claramente en la sociedad argentina de nuestros días, lo que no es por cierto un fenómeno nuevo, sino que la explanación a la actual debacle que sufre tal sociedad.

Revertir esto no es tarea de un gobierno, ni de muchos, sino que es algo más de fondo. No es un problema meramente coyuntural.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

VENEZUELA SOMOS TODOS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 30/4/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/04/venezuela-somos-todos.html

 

Una psicótica delirante escribe un libro y millones lo compran, se presenta a elecciones y millones la votan. De manual. En la Argentina y en todo el mundo.

De manual porque la gran utopía del iluminismo liberal fue suponer que las democracias se iban a sostener con la madurez del “hombre nuevo” que aparecería con el paso del Antiguo Régimen a la Revolución. No: lo que aparece es un nuevo tipo de alienación. Una alienación concomitante con las sociedades de masas. La Rebelión de la masas de Ortega, Psicología de las masas y análisis del yo de Freud, El Miedo a la libertad de Fromm, son todos textos que, aunque de autores diferentes, analizan el mismo fenómeno: la irracionalidad de las masas, su identificación con una nueva figura del Padre, su ausencia total de pensamiento crítico, carne de cañón ideal para personalidades psicopáticas que las seducen con utopías que son relatos de poder para instalarse en eso: un poder sin el cual no pueden vivir. La diferencia entre Hitler y sus votantes y Cristina Kirchner y sus votantes es sólo de espacio y tiempo. Responden al mismo fenómeno analizado por Ortega, Freud y Fromm.

El único proyecto político que pudo poner un momentáneo freno a la masificación fueron las instituciones de la Constitución norteamericana, escritas desde la fuerte convicción aristocrática de los límites constitucionales que necesitamos ante los locos con poder, y apoyada por una cultura no exenta de masificación, pero sí constituida por granjeros y comerciantes que querían sacarse de encima a Jorge III y vivían mientras tanto, sin saberlo, de los beneficios de un common law evolutivo que no se repitió nunca más.

Podríamos extender este análisis a lo que ahora está sucediendo en EEUU y Europa, pero Latinoamérica y sus instituciones débiles siempre fue un cruel caldo experimental de cultivo para todo tipo de proyectos autoritarios, donde el diagnóstico de Fromm sobre la psiquis humana, sadomasoquista, de dominante a dominados, su ve a la perfección. Las democracias no autoritarias son estrellitas fugaces a merced de las masificaciones más ridículas y violentas que surgen de las votaciones. Estamos todos a merced de leviatáns potenciales que surgen aparentemente de golpe pero cocinados en la intimidad de una psiquis humana que proyecta en un psicópata sus más inconscientes frustraciones y pulsiones de agresión.

Esto no quiere decir que debemos abandonar la terea de fomentar el pensamiento crítico y difundir por medio de la razón la importancia de las libertades individuales y la economía de mercado. Tampoco implica, obviamente, utopías autoritarias de sesgo aristocrático cuya intrínseca violencia es su intrínseco fin. Sabemos lo que no debemos hacer, pero no qué hacer ante estas malas noticias de psicología política. Las ciencias sociales han avanzado mucho en temas como Economía, Law and EconomicsPublic Choice, Instituciones, etc., pero para el cambio social, las conjeturas se enfrentan más con refutaciones que con corroboraciones. Porque la clave es algo muy difícil, que es el cambio cultural. Algunas sociedades evitaron lo peor con algún estadista, que puede generar cambios culturales positivos, pero la aparición de ese estadista es totalmente aleatoria. Alemania y Japón, desde 1945 en adelante, parecen haber cambiado, pero a un precio que obviamente no permite establecer ninguna conjetura general. La pura es verdad es que cualquier parte del mundo puede ser Venezuela, en cualquier momento, y si no, es al precio de ser dictaduras totalitarias, algunas de las cuales tienen la perversa inteligencia de permitir algo de mercado como un instrumento más de dominación.

Sí, Cristina puede volver porque la cultura que la sostuvo nunca se fue. Putin está firme donde está porque la cultura zarista nunca se fue. Alemania y Japón están donde están porque la cultura que casi los destruye fue expulsada a los bombazos, dos de ellos totalmente injustificables. Cómo cambiar una cultura pero en paz, culturas donde la rebelión es la de las masas y no la del Atlas, es la gran pregunta que yo, al menos, no puedo responder.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

OTRA PERSPECTVA DEL LLAMADO CONOCIMIENTO INÚTIL

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hay un ensayo pionero en estas lides cuya autoría es de Abraham Flexner titulado “The Usefulness of Useless Knowledge” (Harpers. No. 179, junio/noviembre 1939). Otros escritos han abordado el tema aunque desde distintos ángulos. En este caso pretendo enfatizar una de las tantas aristas del asunto que me parece de interés para el mundo actual.

Es natural que cada uno intente buscar el modo de mantenerse y mantener a su familia por lo que no es para nada reprochable que se busque en los estudios y capacitaciones el mejor modo de lograr el objetivo. Es el medio de vida, pero tengamos presente que es el medio, queda abierta la elección de los fines. Si uno se concentra solo en los medios se pierde la brújula como ser humano, de la razón por la cual estamos en esta Tierra, ya que de hecho, habremos convertido los medios en fines con lo que alteramos las prioridades.

No podemos seriamente sostener que nacimos para alimentarnos, copular y hacer nuestras necesidades en el contexto del mayor confort posible con un buen automóvil y una buena casa. Cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles en la historia de la humanidad y, por ende, tenemos nuestras particulares potencialidades para el bien que al explorarlas y realizarlas somos mejores personas. También tenemos otras eventuales potencialidades, por ejemplo, el gatear e imitar ladridos pero eso no apunta a afirmar nuestra condición humana.

Si retomamos el tema de los estudios se hace necesario  para completar la formación el escudriñar muchos otros andariveles fuera de lo estrictamente necesario para ganar el sustento y esto otro es lo que en no pocas oportunidades se considera “conocimiento inútil”. Pero por el contrario, no solo no es inútil por las razones apuntadas sino que habitualmente sirve para completar una buena formación en el desempeño laboral para no decir nada de lo absolutamente indispensable que resulta para la labor académica. Por eso es que, por ejemplo, el premio Nobel en economía Hayek ha insistido que si el economista se queda en la economía no solo será un estorbo sino un peligro público debido a la necesidad de internarse en campos de la historia, el derecho y la filosofía.

 

Viene ahora un tema clave sobre el que he explorado en otra oportunidad  y sobre el que debemos meditar al efecto de sacar la mejor partida posible del conocimiento. Es siempre infinitamente mayor el desconocimiento que el conocimiento que podamos tener. También es cierto que disponemos de un tiempo limitado en nuestro tránsito por esta tierra. Dada esta situación imposible de modificar, se nos presentan  varios interrogantes referidos al hecho de que lo que hay por conocer trasciende en mucho nuestras posibilidades de aprehenderlo y entonces aparece el problema de como establecer prioridades.

 

En este contexto, por una parte, no parece prudente picotear en muchos temas y, por otra, si nos dedicamos solo a un área dejamos atrás otros conocimientos valiosos. Además, en este último caso, debemos tener presente el peligro del que sabe cada vez más y más de menos y menos. Es la tragedia del ultraespecialista. Incluso éste necesita para el enriquecimiento de su propio campo de conocimientos de otras áreas. También es del caso apuntar que el que explora de todo un poco corre el riesgo de ser un diletante que en concreto no sabe nada en particular. Si tenemos que entrar al quirófano, requerimos un buen cirujano o demandamos que sepa de cultura general y que sea un buen conversador. ¿Cómo resolver este aparente dilema?

Desde el punto de vista puramente crematístico, la mayor especialización y consiguiente división del trabajo resulta más rentable, lo cual significa cierta distribución del conocimiento. Eso es a lo que incentivan los procesos de mercado para el mejor abastecimiento de las necesidades de la gente. La información dispersa se coordina a través de los precios y va mostrando qué grados de especialización se requiere para el progreso social. A su vez, ese progreso y el consecuente aumento en el nivel de ingresos y salarios en términos reales hace posible que las jornadas laborales se acorten, lo cual, a su turno, brinda mayor tiempo disponible.

Ahora bien, ese mayor tiempo disponible -dejando de lado los espacios para la recreación- debe aprovecharse para seguir profundizando la especialización o para ampliar el horizonte de conocimientos ajenos a la propia profesión, no solo para enriquecerla sino para saber más del mundo que nos rodea y del sentido de nuestras vidas.

La clave para estos interrogantes se encuentra en el equilibrio en la distribución del conocimiento que desde luego será en concordancia con los deseos de cada uno, pero es bueno prestar atención al mencionado equilibrio, si se quiere ajeno a lo meramente subjetivo. El prestar atención al valor de mirar al campo debe balacearse con la importancia de escarbar más en el hoyo de la propia especialidad. Esto es más humano para no ser un bruto que solo entiende de cierto tipo de tornillos y nunca se dio tiempo para siquiera meditar para que está vivo.

Sin duda que primará la decisión individual. En economía nos referimos a la utilidad marginal como el factor valorativo determinante para la asignación de esfuerzos. A medida que se va disponiendo de una mayor cantidad de un bien, la utilidad marginal, es decir, la de la última unidad, va decreciendo puesto que es marginal el uso que se le da y, por ende, simultáneamente se van apreciando más otros bienes. Es lo que ocurre con el antedicho tiempo libre, tienden a igualarse las utilidades marginales, pero reiteramos que es un buen consejo a tener en cuenta la valorización equilibrada del conocimiento.

Antaño, en la época de las cavernas de nuestros ancestros, las personas eran una especie de hombres orquesta que para sobrevivir no concebían la especialización, literalmente andaban a salto de mata.

En otras palabras, se suele considerar que las lecturas y estudios que apuntan  a lograr lo crematístico son útiles e inútiles los conocimientos que genéricamente se denominan “humanistas” pero esto no es así. Más aun, estos últimos estudios forman a la persona e incluso permiten alcanzar otros objetivos lo cual queda reflejando cuando, por ejemplo, se invita a doctores en historia o en filosofía a reuniones con banqueros al efecto de proporcionar perspectivas enriquecedoras y fuera de lo habitual y rutinario.

En otra oportunidad he subrayado el rol decisivo del trabajo teórico y lo absurdo de resaltar la tarea práctica como se ésta no fuera una consecuencia directa del andamiaje teórico ya que nada de lo que existe hubiera podido concretarse “y practicarse” si previamente no hubo teóricos que concibieron lo que está hoy entre manos desde la medicina, las computadoras, los transportes terrestres, aéreos y marítimos, las formas de producir alimentos, la vestimenta, los libros y las ideas que conciben principios que permiten que la energía aflore, junto a todo los que nos rodea.

Pienso que en la educación de la juventud esta perspectiva que exponemos resulta de gran importancia trasmitirla para lograr personas adecuadamente formadas cuyas potencialidades sean bien logradas, de lo contrario,  el desprecio por áreas aparentemente disociadas a sus vidas y la valorización solamente de lo que puede atraer mayores patrimonios, es una visión  muy opaca de la realidad que, en última instancia, le da la espalda a la vida y a la condición propiamente humana.

Como queda consignado, lo dicho para nada niega la necesidad de proveerse de los mejores niveles de vida posibles, de lo que se trata es de ubicar el tema en perspectiva y dar espacio a los fines y relegar los medios como medios. Es a lo que apunta Donald Andrews en su The Symphony of Life respecto al disfrute de la música, las pinturas y esculturas que subraya son parte de una formación  de excelencia.

En general, la forma de establecer criterios valorativos extendidos consiste en dejar que transcurra el suficiente tiempo al efecto de recabar la mayor cantidad de opiniones que se estiman competentes para poder escoger y concluir en la respectiva materia, según sean nuestros conocimientos o la confianza que depositamos en otros opinantes que consideramos de valía.

En la ciencia o para el caso en cualquier contribución nueva o aporte al acervo cultural, en un primero momento el público desconfía. En la primera etapa puede aparecer como una idea estrafalaria que con el tiempo y los suficientes debates queda claro si se trata de una sandez o de un avance científico. En el momento en que aparece en escena lo nuevo no resulta posible juzgarlo con la debida ponderación ni con el debido detenimiento y perspectiva. Lo que si puede sostenerse es que el arte, la ciencia o una manifestación cualquiera de cultura no radica en cualquier cosa en cualquier sentido y que las valoraciones subjetivas en cuanto a los gustos y preferencias deben distinguirse de la objetividad de la cosa sujeta a juicio.

En todo caso, del mismo modo que Umberto Eco aplica el método popperiano a la interpretación de textos para acercarse lo más posible al sentido de lo que se lee, puede aplicarse esa metodología de refutaciones y corroboraciones provisorias a las nuevas contribuciones. Los elementos subjetivos y las características objetivas suelen ilustrarse en diversos ensayos con la temperatura que existe en una habitación: objetivamente es susceptible de medirse en el termómetro y subjetivamente, cada uno, puede pronunciarse de diferente manera según sienta más o menos calor o frío en concordancia con el contraste de la temperatura ambiente de donde proviene el sujeto y según el funcionamiento del termostato individual.

El notable J. F. Revel ha publicado un libro titulado El conocimiento inútil donde, entre muchas reflexiones de gran calado, plantea algo bien distinto de lo que dejamos dicho en esta nota periodística. De todos modos es muy relevante mencionar la preocupación de Revel que subraya la paradoja de que en un mundo de eficaces comunicaciones y por ende de notables posibilidades de contar con información, en ese mismo mundo hay sistemas que emplean “todas las maniobras y contorciones mentales y morales” posibles para distorsionar y desfigurar la información transformándola en escombros de conocimientos no solo inútiles sino del todo contraproducentes.

Termino con un  conocimiento que se trata como si fuera innecesario o inútil pero que es indispensable y que debe repasarse y profundizarse para que tenga lugar el respeto recíproco: la importancia de los fundamentos del ideario liberal al efecto de remover la pesada bota de los aparatos estatales y sus cómplices los empresarios prebendarios que se alían al poder político para asfixiar y aplastar al  individuo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Decadencia y destino político

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/04/decadencia-y-destino-politico.html

 

Cuando se observa el decadente nivel de los competidores por cargos políticos que habiendo pasado por la función pública se presentan nuevamente como “alternativa” para “solucionar” los mismos males que ellos generaron o contribuyeron a formar, uno no puede evitar reflexionar pesimistamente sobre el futuro político del país. No es que la situación sea irreversible. nunca hemos creído en irreversibilidades de ningún tipo. Pero debemos recordar -junto al decimonónico Lord Acton- que “El poder tiende a corromper” y que “el poder absoluto corrompe absolutamente”. Y toda posición política equivale a una de poder, en una cuota que puede ser mayor o menor, pero que -en suma- será apreciada como cuota de poder, a la cual siempre habrá candidatos que la deseen.
La difícil pero importantísima cuestión de la idoneidad de quienes aspiran a cargos legislativos, ejecutivos o judiciales es un tema que debe ser objeto de profundo debate y meticulosa reglamentación. No se trata de abrir camino a la institución de una aristocracia, sino que se trata de elevar el paupérrimo nivel intelectual y cultural (menos que básico de nuestros políticos o pretendientes a tales) a estándares elementales, que los políticos argentinos lejos están de alcanzar, y -para peor de males- ningún esfuerzo hacen para ello ni van en esa dirección.
Y si bien el sistema político no debe tender a una aristocracia, si -por contraste- debe orientarse hacia una meritocracia, o lo más parecido a esta última. No es posible que individuos que han fracasado estrepitosamente en gestiones públicas anteriores pretendan volver a ellas -o similares- sin acreditar condiciones comprobables de capacidad y honestidad, a ocupar los mismos lugares o -peor aún- otros superiores no habiendo cosechado en el ínterin ningún mérito comprobable que lo justifique.
De la misma manera que existen exigencias de admisión y evaluaciones diversas en empleos privados, cursos y exámenes en escuelas y universidades, la carrera política debe -con mayor razón que en aquellos ámbitos- contar con un método de examen público y trasparente que acredite las virtudes suficientes como para continuar en carrera. El modo de implementar un procedimiento semejante será objeto de debate, pero la idea debe comenzar a considerarse públicamente antes que la debacle acaezca. Es una suerte de voto calificado invertido donde, en lugar de calificar al votante, se debe calificar al candidato al cargo para que pueda obtener la categoría de candidato o postulante y -a partir de allí- estar en circunstancias de competir con sus pares de otros partidos.
Pero, como nunca se puede ni se debe “poner el carro delante del caballo” tampoco es posible soslayar que la clase política es consecuencia y producto de la sociedad en cuyo seno nace. Si los estándares de la dirigencia política son bajos, es porque los de la sociedad civil de donde surge esa cúpula política también lo son y en proporción mayor aun, toda vez que los políticos no “aparecen por generación espontánea”, ni son el resultado de una repentina o gradual invasión extraterrestre. Son la secuela necesaria de la sociedad de la cual emergen y buscan representar. Si el nivel educativo y cultural de esta sociedad es pobre, la representación política que brote de ella será del mismo tenor.
Planteada de este modo la cuestión, pareciera que entraríamos en un círculo vicioso, en donde -como expresa el célebre dicho- no se sabe que es lo primero “si el huevo o la gallina”. Sin embargo, esto es solo aparente. La salida a este supuesto dilema creemos encontrarla en la estructuración de una conducción educativa con ideas claras y firmes, que siente las bases de un cambio cultural en materia de conductas y acciones morales y políticas elevando el nivel. Cuando hablamos de recuperar los valores que hicieron grandes a los países nos referimos enteramente a este aspecto.
En lo político-social es la transformación cultural la que determina la ulterior variación de todos los demás factores que dependen de aquella. Y esta -a su turno- estriba en los contenidos educativos que se impartan en las casas de estudios y sus derivados. Para ello, se necesita una dirigencia educativa bien capacitada, dispuesta y lista para la tarea.
Estas metamorfosis siempre comienzan con una minoría de personas que, ubicada en lugares claves y contando con la preparación necesaria para la labor, disemina las ideas entre una minoría más amplia, y de esta a otras, más y más numerosas, hasta que -con el proceso continuo- se convierten en las ideas dominantes de una mayoría. Todos los giros sociales duraderos -a grandes rasgos- han sucedido de la forma indicada y siguiendo el mismo patrón, aunque sus resultados suelen no ser visibles hasta que, finalmente, el vulgo termina atribuyéndoselos a los “actores” políticos, que no son más que los meros ejecutores de las ideas preponderantes previamente instaladas dentro de la sociedad por los intelectuales y sus seguidores, y a las cuales aquellos no han contribuido a formar -pese a que en el discurso electoral se autoasignan frecuentemente su autoría- sino que simplemente se constituyen en usufructuarios de las mismas, para su propio provecho y el de sus partidarios.
Los acontecimientos políticos de un país no son más que el reflejo de las ideas antes reinantes que campean entre la sociedad civil y política que conforma ese país en ese momento, y que no han sido aceptadas masivamente de un día para otro, sino a través de un mecanismo de mayor o menor duración, pero que nunca es breve.
Es posible que los personajes políticos cambien, que las elecciones las gane otro partido que afirme pertenecer a un signo ideológico diferente, pero a pesar de todo esto, las políticas que se ejecuten, ganen quien gane las elecciones, no podrán apartarse (sino hasta un cierto punto) del eje del debate de las ideas del instante de que se trate.
Este esquema, aplica incluso respecto de los llamados regímenes “revolucionarios” que se instalan por métodos violentos (no electorales). Para ello -no obstante- es necesario que el gobierno que los revolucionarios quieran derrocar haya ido perdiendo paulatinamente apoyo o -lo que es lo mismo- ganado indiferencia popular, de lo contrario la incipiente “revolución” en el corto, mediano o largo plazo fracasará. Al menos, la historia de las “revoluciones” políticas del mundo han demostrado estos componentes necesarios para que triunfen.
Es habitual que el ciudadano común tienda a culpar a los políticos de su suerte cuando es mala y a alabarlos cuando es buena, pero -en rigor- ese ciudadano que vota es el artífice de su propio destino político, y lo bien o lo mal que le vaya resultará -en última instancia- de como vote y a quien lo haga.
No menor, por cierto, es la responsabilidad del ciudadano que vive bajo una tiranía, ya que por muy reducida que sea su libertad y por muy grande que sea su opresión puede, no obstante, decidir si coopera con el régimen o si lo resiste con los medios que tiene a su alcance. En ningún caso puede eludir su responsabilidad final al respecto, viva en democracia o en dictadura. La calidad de sus instituciones estará en manos de sus propias decisiones y acciones públicas, las que sumadas al del resto de sus compatriotas fijará el destino de su patria y el suyo personal dentro de ella.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Formalidad y respeto

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/04/formalidad-y-respeto.html

 

Empecemos definiendo los términos a tratar, y para ello vayamos al diccionario de la Real Academia Española:

formalidad

De formal e -idad.

  1. f. Exactitud, puntualidad y consecuencia en las acciones.
  2. f. Cada uno de los requisitos para ejecutar algo. U. m. en pl.
  3. f. Modo de ejecutar con la exactitud debida un acto público.
  4. f. Seriedad, compostura en algún acto.

respeto

Del lat. respectus ‘atención, consideración’.

  1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.
  2. m. Miramiento, consideración, deferencia.
  3. m. Cosa que se tiene de prevención o repuesto. Coche de respeto.
  4. m. miedo (‖ recelo).
  5. m. desus. respecto.
  6. m. germ. espada (‖ arma blanca).
  7. m. germ. Persona que tiene relaciones amorosas con otra.
  8. m. pl. Manifestaciones de acatamiento que se hacen por cortesía.

(Real Academia Española © Todos los derechos reservados)

Como el mismo diccionario lo explica sin más análisis que el examen de cada una de las locuciones arriba transcriptas, la formalidad y el respeto -que casi todo el mundo confunde o asimila como si fueran la misma cosa- no guardan punto de contacto entre sí. Se tratan de dos cosas diferentes, que bien pueden ir juntas o separadas, pero que no se confunden ni identifican.

Yo siempre he privilegiado el respeto por sobre la formalidad, porque -para mí- la formalidad tiene que ver con el aspecto extrínseco en materia de relaciones sociales, en tanto que el respeto tiene que ver con el intrínseco.

De donde, se puede ser respetuoso e informal, como asimismo y -en sentido contrario- se puede ser formal e irrespetuoso. Una cosa no va con la otra, como mucha gente cree en contrario.

Siempre he sido enemigo de las fórmulas acartonadas y aparatosas, tan caras a mis colegas de profesión.

A veces, y con personas desconocidas, esto me ha obligado a hacer las aclaraciones respectivas. Con el objeto de lograr un acercamiento y un mejor entendimiento, sobre todo si el contacto es con el objeto de tener un trato más o menos frecuente, en el corto, mediano o largo plazo, cuando me presentan o conozco a alguien comienzo tuteándolo con la expectativa de la devolución de un trato similar por parte de mi interlocutor. En el 99% de las situaciones la devolución se produce y el trato sucesivo se entabla en esos términos, de cordialidad, y mutua confianza. Tengo probado en lo personal que allana el camino y -al menos a mí- me facilita mucho el futuro desempeño laboral -o de otro tipo- con la persona recién conocida.

En el escaso 1% restante, cuando esa devolución no se produce, procedo a aclarar este punto en los mismos términos que aquí lo hago ahora. Explico que con el tuteo no busco faltar el respeto del otro, sino que -en mi caso- es lisa y llanamente una demostración de acercamiento, cordialidad y simpatía hacia el otro. Y que lo interpreto de idéntica manera cuando soy yo el objeto del mismo trato verbal.

Salvo contextos muy puntuales, trato de “usted” a alguien cuando estoy muy irritado (lo que es rarísimo), o cuando específicamente esa persona me irrita o procura hacerlo. Esto es otra demostración de que formalidad y respeto no son sinónimos, porque si bien en estos escenarios suelo ser formal no lo soy con la intención de respetar a quien deliberadamente me está ofendiendo, ya sea con el trato verbal o con su conducta. Pero aun en estos supuestos lo hago como recurso de última instancia. Hasta donde me es posible, intento entablar o restablecer con mi agresor verbal un trato de familiaridad respetuosa. Si no lo logro, pese a mis esfuerzos, entonces cambio de actitud. Fuera de estas circunstancias, sólo dejo de tutear al otro cuando me lo pide, expresamente o por otros medios. Si yo continuara dispensándole un trato que explícitamente me ha pedido que no le dé, yo le estaría faltando el respeto a él (o ella). Y viceversa.

Cuando me veo obligado a tratar de “usted” a alguien (cosa que jamás hago espontáneamente) siento que estoy poniendo una distancia con mi interlocutor que en el hipotético contrario no existiría. En realidad, es quien me obliga a tratarlo de ese modo quien trata de imponer esa distancia de mí y no al revés. Hay personas para las cuales esa distancia es importante para sus vidas de relación. Algo así como una especie de “autodefensa”. Pero no es mi cuestión.

Es muy interesante constatar que el uso del “vos” -que alguna gente lo considera no sólo una “informalidad” sino también una “falta” de respeto- comenzó siendo todo lo contrario, es decir, un tratamiento verbal que representaba la forma más elevada de respeto. Así lo explica el siguiente lingüista:

“La lengua castellana, […], no escapa a la dialéctica de la inmutabilidad y la mutabilidad del signo lingüístico, padeciendo mutaciones tanto conscientes como inconscientes, replicando el ritmo en que deviene el mundo de la vida en su despliegue epocal. Nos puede servir también el caso del ‘voseo’ que nos caracteriza como hispanohablantes sudamericanos, a fin de reforzar esta idea que venimos desarrollando. Los españoles que llegaron a nuestro continente durante la Conquista todavía utilizaban el voseo en sus dos vertientes de forma reverencial y de signo de confianza. Este uso del ‘vos’ arraigó en América, en parte a través de la literatura incipiente y en parte porque los españoles mismos lo usaban reverencialmente entre ellos para diferenciarse de los nativos. El tiempo transcurrió y hoy millones de latinoamericanos lo usamos sin reverencialidad alguna. Sin embargo, el voseo comenzó a desprestigiarse en el siglo XVI en España, donde el castellano peninsular decantó unívocamente por el ‘tú’. Como se puede apreciar, estas metamorfosis lingüísticas dependen del devenir de los acontecimientos históricos, que siempre es circunstancial, contingente y orientado por la dinámica del mundo de la vida.”[1]

Pero el respeto -insistimos- pasa por otro lado, que trasciende el uso del “vos” o del “usted”. Pasa por una actitud integral hacia el otro, que tiene que ver -en parte- con el contenido del lenguaje y no con su forma. Por ejemplo, un insulto siempre será un insulto, sea que se diga en un contexto de “vos” o de “Ud.” No será menos insulto porque quien lo emita lo haga en un lenguaje formal, por muy “educado” que dicho sujeto se crea.

Que la formalidad nada tiene que ver con el respeto lo brindan también otros ejemplos por el estilo. La familia es una más de esas muestras típicas. ¿alguien puede imaginar un ámbito donde reine la informalidad más absoluta entre sus miembros que el seno de una familia característica? Y sin embargo ¿alguien puede, asimismo, afirmar que -por dicho motivo- tales miembros de la familia están continuamente faltándose el respeto por tal causa? Creo que nadie en su sano juicio podría aseverar una cosa semejante. Y ello, sin perjuicio que, en algún evento aislado, pudiera registrarse una que otra desavenencia familiar pasajera, pero lo que nos interesa aquí es la regla general, no la excepción, y según aquella, en y dentro de las familias conviven armónicamente tanto la más incondicional informalidad como el más puro respeto.

En un nivel algo más bajo, lo mismo podría decirse de los amigos, los compañeros de trabajo, de estudios, etc. Se tratan todas de relaciones informales, pero siempre (en la mayoría de las condiciones) de franco respeto reciproco al mismo tiempo.

Esto se puede trasladar perfectamente a otros planos de análisis que exceden las relaciones interpersonales de amistad, negocios, comerciales, laborales, educativas, profesionales, etc.

Un ejemplo son las leyes, que son el paradigma de la formalidad más escrupulosa. No obstante, la gran generalidad de las leyes (al menos las argentinas) constituyen una soberana falta de respeto hacia los legislados por parte de los legisladores. Ejemplo inconfundible son las leyes fiscales, pero no son las únicas. Las leyes que violan las libertades individuales, la propiedad privada y las transacciones comerciales son el modelo, tanto de la formalidad como de la falta de respeto más abyecta que pueda concebirse.

[1] “A propósito del lenguaje inclusivo”, por Claudio Marenghi -Pág. 6-Copyright © 2019 Instituto Acton, All rights reserved.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

LOS KLINGONS Y LA FÍSICA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 14/4/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/04/los-klingons-y-la-fisica.html

 

Para los fans de Star Trek, los Klingons forma una parte indispensable de su universo. Desde el principio fueron los honorables enemigos de la Federación, con una guerra siempre potencial que se evitaba siempre que ninguna de las dos potencias especiales violara precisamente su propio espacio. Eso fue así hasta que en Star Trek 6 el icónico, estoico, racional e inolvidable Spock logra un acuerdo según el cual se garantiza la paz y que incluso cualquier klingon podía ser miembro de la Federación, como el incorruptible, hierático y espartano Sr. Worf.

Los Klingon siempre fueron una curiosidad dentro de la concepción del mundo de la Federación. No eran el mal, el mal son los Borg, con los cuales el acuerdo es imposible. Pero eran una civilización que parecía un mix entre Esparta y los samurái japoneses. Una raza guerrera, con el honor, valentía y dignidad, pero que a pesar de haber alcanzado la velocidad warp, no quisieron al principio ser parte de la Federación. Porque en el enternecedor mundo iluminista y socrático de Gene Roddenberry, el creador de Star Trek, cuando los planetas alcanzan el conocimiento científico para la velocidad warp, alcanzan al mismo tiempo la madurez moral para ser parte de la Federación. Por eso la directiva primaria: no tomar contacto nunca con un planeta que no haya alcanzado esa madurez, tanto teorética como moral.

En la última saga de Star Trek, Discovery, los guionistas han refinado el papel y las características de los klingon. La serie está situada inmediatamente antes de la primera saga de Star Trek, y por eso el Cap. Pike tiene un papel importante. La federación tiene con los klingon una guerra terrible, que sólo vencen con la ayuda de una civilización terrestre de un mundo paralelo, los Terranos, totalmente autoritarios, contrarios a los ideales de paz y libertad de la Federación. Por eso la guerra queda en secreto excepto para los altos mandos y los miembros de la nave Discovery.

Los klingon aparecen aquí muy humanos, muy políticos: tienen clanes, se traicionan entre ellos, tienen la baja política de la lucha agonal por el poder, los humanos y los klingon se enamoran secretamente, y su aspecto es más duro y espartano que nunca. Pero siguen teniendo una superioridad terrible: son tecnológicamente muy avanzados, casi invencibles si no fuera por las malas artes de Georgiou, el lado malo de Filippa, frenado a tiempo por la siempre heroica y kantiana Michael Burnham.

Hasta aquí los guionistas han cometido dos enternecedores y simbólicos errores filosóficos. El primero es suponer que desarrollo tecnológico y moral iban de la mano. Pero el segundo es más invisible: que una civilización autoritaria como los klingon puedan tener lo que es hoy la ciencia occidental y a donde llegará en el s. XXIV.

¿Why not?, preguntarán muchos lectores atrapados en la matrix positivista. Finalmente la ciencia son los facts, y los facts los pueden “ver” todos los suficientemente inteligentes para verlos. Si, los klingon serán espartanos, pero sencillamente son muy capaces, abrieron los ojos y la Física les cayó como el maná del cielo. Yo de niño pensaba lo mismo. “¿Papá, ¿por qué los griegos no tenían Física como nosotros? ¿No eran muy inteligentes acaso?”

La pregunta no pudo ser respondida desde los 12 hasta los 25 o 26, cuando comencé a leer a Popper (y luego Koyré, Kuhn, Lakatos, Feyerabend, Husserl y Gadamer) y salí de mi sueño dogmático. Porque yo también pensaba que la ciencia era “ver los facts”. Si no los veías eras porque una cuña de torpeza no te dejaba ver, o porque no “tenías los instrumentos”.

Pero claro, Popper explica que la racionalidad es otra cosa. Que los supuestos facts, oh escándalo, se interpretan desde las teorías, y que las teorías progresan sólo por medio del debate y la crítica. Si alguien dice que los rayos se producen porque los pajaritos son verdes y a continuación se abre a la crítica, eso es racional, y su alguien dice que los rayos se producen por cargas diferentes en la tensión electrostática y el que diga lo contrario será fusilado, eso NO es racional.

Por eso la ciencia comenzó a avanzar en Occidente: porque todo se comenzó a discutir en lo que hoy llamamos filosofía griega. Y luego, con un inevitable efecto dominó, se siguió discutiendo ad infinitum, con viento a favor o en contra, y por eso surgió la ciencia: porque los atomistas no estaban de acuerdo con Parménides, porque Aristóteles no estaba de acuerdo con los atomistas, porque después de Aristóteles hubo que desgañitarse la cabeza para explicar la acción a distancia, porque a Copérnico no le convencían los cálculos de Ptolomeo, porque a Kepler no lo convencía del todo Galileo, porque Newton sistematizó a los atomistas, Copérnico, Galileo y Kepler; porque a Max Plank no lo convencía Newton para la radiación de los cuerpos negros, porque Einstein veía bien que Newton no había explicado la gravedad, etc. Pero si en Occidente no hubiera picado el bichito de la individualidad, el debate, la discusión y la contra-argumentación, nada de esto hubiera sucedido. Una civilización puede ser maravillosa pero sin individuo libre que piense y discuta, se estanca. Por eso las mitologías antiguas eran simbólicamente maravillosas y al mismo tiempo quedaban estancadas durante milenios, excepto la que tocó a las islas jónicas y se convirtió en filosofía por la discusión y el debate y NO por otra cosa.

Por eso los klingon no podrían haber tenido ciencia ni tecnología. Eran enternecedoramente espartanos y hobbesianos, sí, pero por eso hubieran estado ciegos al progreso de la Física. Si no lo estuvieron es porque los guionistas de Star Trek piensan que la Física es “facts”. No, no lo es, es conjeturas y refutaciones, el título de uno de los grandes libros de Karl Popper.

Que tal vez, como Einstein, era extraterrestre…

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

 

SEXUALIDAD: AÚN NO SE LA ENTIENDE.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 7/4/19 en:  http://gzanotti.blogspot.com/2019/04/sexualidad-aun-no-se-la-entiende.html

 

Algunos me dirán: ¿vos sí? Bueno, soy humano y estudio a Freud. Sobre lo primero me dirán que no, que soy marciano, y sobre lo segundo me dirán: ¡peor para vos !!!!!!!!!!!!!!! Bueno, veremos.

Ciertos acontecimientos recientes me siguen haciendo reflexionar sobre la época en la que vivimos.

Se suponía que entendíamos la sexualidad, que la aceptábamos, que no la rechazábamos como algo horrible y culpógeno como en épocas anteriores.

Pero cuando veo que Joe Biden es acusado de sexual harassment por una escena como esta, acusación que fue negada por la misma mujer de la foto, me pregunto si realmente es así.

La pregunta es si ese gesto, esas manos sobre los hombros, tiene intención sexual o no.

Yo comprendo que ahora debemos tener más cuidado en nuestras expresiones de afecto, NO por miedo a las de me too, sino porque SIEMPRE hay que ser caballero y tratar como una dama a una mujer. Es más, todo el judeo-cristianismo, tan denostado por el feminismo, impuso a los varones deberes muy estrictos en cuanto a no tener actos sexuales excepto que con la propia esposa, con todo el cuidado en nuestros usos y gestos externos que ello implica.

Pero ello NO implica que el ser humano sea un robotito que se aprieta un botón y entonces “esto es sexual” y luego se aprieta otro que dice “esto no es sexual” y pasa de una cosa a la otra como si fuera algo de todo o nada. Porque en la sociedad actual hay un mensaje implícito: si hay consentimiento, toca el botoncito de sexual y entonces “debes” ser el gran tigre o tigresa en la cama. Si NO, apaga el botoncito y entonces incluso el más mínimo pensamiento sexual es sexual harassment. Qué fácil. Parece que eso es el ser humano: un robotito. 100% en un caso, 0% en el otro. ¡Qué magnífica comprensión de lo humano!!!!

Pero esto sucede no sólo por la baja política de siempre (la acusación sale AHORA, por supuesto, de una colaboradora de Sanders), no sólo por el feminismo radicalizado e ideológico de la mayoría de las de me toosino porque verdaderamente aún no se ha comprendido a Freud.

Me van a decir: ¿y vos sí? Si ello implica que soy infalible, claro que tampoco, pero después de haberlo estudiado, sencillamente creo que sí lo entiendo, y si alguien piensa diferente me dirá sus razones.

Las pulsiones de Joe Biden y las de todos los seres humanos fueron indiferenciadas en su momento. Sobre todo, la pulsión de vida es, al principio, indiferenciada. Es una pulsión hacia el otro, con su componente narcisista, claro, no diferenciada en el bebé. Llamar a eso sexualidad como si fuera la sexualidad adulta es un grave error. Pero es libido. Yo la llamo pulsión de abrazo.

Esa libido, si el super yo funciona, tiene dos direcciones: una de amor de ternura, cortada a su fin sexual, dirigida al endogrupo (padres y hermanos) y otra, el amor hacia la pareja del exogrupo, NO cortada a su fin sexual, que va atravesando diversas etapas (sexualidad infantil, latencia, genitalidad). Si el super yo no funciona, sale un perverso y-o un psicótico.

Ahora bien, ¿qué hace ese ser humano socialmente adaptado con pulsiones sexuales que chocan con el criterio de realidad y-o el tabú del incesto? De modo inconsciente, las sublima. Es lo que hace un padre con la hija, un hermano con una hermana, o al revés, y es lo que hacemos todos con todo ser humano ante el cual adoptamos la función paterna o la de hermano. Esos afectos han sublimado la sexualidad sencillamente porque parten de la libido originaria pero la “cortan” a su fin sexual.

Pero ese “corte” NO es todo o nada, cero o uno. Es un corte que depende de la posición en la que el sujeto, con mayor o menos manejo de su inconsciente, logra colocarse. Con mayor o menos manejo, no es todo o nada. Por ende el abrazo o el beso NO sexuales socialmente y no sexuales en la edad adulta NO son no sexuales desde el punto de vista de la pulsión originaria. Perdón el trabalenguas pero es así. La pulsión está allí, pero sublimada. Si el sujeto está MUY bien evolucionado psíquicamente (pocos) no tiene ningún problema. Si hay un leve desequilibrio entre el super yo y el ello, el sujeto percibe la tensión, pero si es un neurótico normal (o sea TODOS…. Los que no son perversos o psicóticos) la maneja bien y la sublima de vuelta. Pero no aprieta ningún botónY a veces, aunque no lo diga, quiere ser hermano de su cónyuge y cónyuge de un no hermano que no es cónyuge. Y por eso la terapia debe ser permanente.

 

Exigir que Joe Biden, o sea todos nosotros, distinga perfectamente entre un gesto de afecto sexual “o no” desde el punto de vista de sus sentimientos más internos e inconscientes, es NO saber qué es el ser humano. Pedirle que tenga cuidado, que sublime, que re-direccione, debería ser obvio también, pero el primero que hizo ese pedido fue el Judeo-cristianismo, ahora tan denostado por todos. En fin, un tiempo raro. Una época histeroide.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.