Sobre el pionero de las instituciones liberales

Por Alberto Benegas Lynch (h): Publicado el 24/7/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/07/24/sobre-el-pionero-de-las-instituciones-liberales/

Leonard Read

Luego de la segunda guerra mundial y en gran medida como consecuencia de los avatares de ese conflicto armado resultado a su vez de haber abandonado los valores de la sociedad libre, la decadencia intelectual fue mayúscula -tal como entre otros describe Stefan Zweig en El mundo de ayer– hasta que irrumpieron dos instituciones que comenzaron lenta pero firmemente a cambiar el rumbo. En primer lugar, la Foundation for Economic Education como entidad pionera en el estudio y difusión de aquellos valores, establecida en 1946 y luego, al año siguiente, la Mont Pelerin Society que el premio Nobel en economía Friedrich Hayek denominaba “la academia internacional”.

Tuve la fortuna de vincularme a esas dos estructuras gigantes del intelecto, en el primer caso fui becado para trabajar en mi doctorado inicial, oportunidad en la que pude asistir a clases de Ludwig von Mises, Israel Kirzner, Murray Rothbard, Hans Sennholz y otros titanes del pensamiento. En el segundo caso, fui patrocinado por el propio Hayek para ingresar como miembro y luego fui dos veces integrante del Consejo Directivo de esa organización en la que participé muchas veces como orador en sus programas académicos en diferentes partes del mundo. Como queda dicho, esas dos instituciones beneméritas iniciaron el largo y difícil camino de la recuperación de la libertad.

En esta oportunidad centro mi atención en FEE -las conocidas siglas de la Foundation for Economic Education- y especialmente en la figura de su fundador, Leonard E. Read. En verdad, al decir de Read (Leonardo como le gustaba ser llamado por los latinos) destacaba la economía en el nombre de esa casa de estudios debido al especial desconocimiento de esa rama de la ciencia, lo cual no desconoce los fundamentos morales de la sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana).

Read intentó y logró con extraordinario éxito el establecimiento de una institución sustentada en los valores del liberalismo clásico al efecto de recordar los principios sobre los cuales se estableció la notable y tan fecunda experiencia de la Revolución Norteamericana sustentada en los sustanciosos conocimientos de los Padres Fundadores.

La idea original consistió en que la entidad otorgara grados académicos, lo cual se abandonó a poco andar debido a las regimentaciones y controles gubernamentales que se estimó restarían toda independencia a la novel institución. En lugar de eso, se impartieron seminarios y cursos para graduados universitarios: The FEE School of Political Economy.

En la exposición inicial con que se abrían los seminarios, Read la llevaba a cabo munido de una lamparita de fabricación casera: pedía que se apagaran las luces del aula y encendía su adminículo de modo muy tenue y comenzaba su disertación introductoria mostrando cómo ese escaso resplandor quebraba la oscuridad del mismo modo que lo hacen los conocimientos respecto de la ignorancia. Acto seguido, dibujaba en el pizarrón dos círculos de radios diferentes y apuntaba que si las dos superficies de las circunferencias fueran los conocimientos y el resto de la pizarra fuera la ignorancia debía notarse que cuanto más se sabe mayor es la conciencia de la propia ignorancia puesto que el contorno del redondel mayor está más expuesto a la ignorancia. Es decir, cuanto más se conoce mayor es la consciencia de lo que se desconoce. Luego procedía a un análisis muy popperiano del aprendizaje en el contexto de corroboraciones provisorias sujetas a posibles refutaciones.

Con el transcurso del tiempo fuimos consolidando una sólida amistad con Read con quien mantuve una nutrida vinculación epistolar. Cuando murió, Bettina B. Graves -una de las integrantes del staff de FEE- me envió de recuerdo el antes mencionado aparato eléctrico. Lo conservo como el objeto de mayor valor que poseo. Cuando lo examino me admiro que su usuario no se haya electrocutado debido a la notable precariedad del instrumento en cuestión.

Read llevó a cabo una obra ciclópea que llegó a todos los puntos del planeta editando libros, publicando revistas, invitando a los más destacado profesores a su tribuna, facilitando a estudiantes a que asistieran a sus cursos y seminarios en New York y dictando conferencias en muy diversos países. Presidió FEE durante 37 años. Fue un ejemplo de integridad moral, honestidad intelectual e intransigencia con los valores de la libertad en los que creía.

Cuando cumplió setenta años de edad, los amigos le organizaron un acto de gala en el Waldorf Astoria de New York al que asistieron e hicieron uso de la palabra personalidades como Milton Friedman, William Buckley, el antes mencionado Hayek, Henry Hazlitt, Benjamin Roggie, Perry Gresham, Trygve Hoff y quien actuó como maestro de ceremonia, el empresario Lawrence Fertig (que a su vez fue quien financió la cátedra de Ludwig von Mises en la Universidad de New York, junto a otro destacado empresario: Harold W. Luhnow a través del Volker Fund). A las exequias de Read, Ronald Reagan, entonces en ejercicio de la presidencia de Estados Unidos, envió un mensaje que decía “Nuestra nación y su gente se han enriquecido grandemente por su devoción a la causa de la libertad y las futuras generaciones mirarán a Leonard Read para inspirarse.”

Los oradores en aquel acto resumen muy bien la faena del gran Leonard Read y su parto institucional, discursos que fueron publicados en un folleto que lleva el sugestivo título de What´s Past is Prologue. En la intervención de Hazlitt expresó que “Si tuviera que hacer un balance en una palabra sobre FEE basada en mi propia experiencia, diría que la siento como mi hogar. Cuando estoy allí sé que estoy rodeado de amigos con ideales comunes, actitudes y sentimientos compartidos. Hay algo que es contagioso en el espíritu de FEE. Solamente pensemos en organizaciones similares que ha inspirado. Está el grupo de Anthony Fisher, el Institute for Economic Affairs en Londres, en Argentina está el grupo de Alberto Benegas Lynch [mi padre quien fundó en 1957 el Centro de Estudios sobre la Libertad], el grupo de Manuel Ayau en Guatemala, Gustavo Velazco y Agustín Navarro en México y Nicomédes Zuloaga en Venezuela.”

Otro que posteriormente sería premio Nobel en economía, Milton Friedman, dijo en esa ocasión: “Tuve la fortuna de ser el coautor del primera publicación de la Foundation for Economic Education. Era un trabajo corto que George Stigler [luego también premio Nobel en economía] y yo titulamos “Roofs and Ceilings”. Era un ataque al control de alquileres […] Algunos años más tarde, a mi regreso de una reunión de la Mont Pelerin, Leonard y yo quedamos varados en el aeropuerto de Orly en París. Hay algunas virtudes de estas demoras en los vuelos. Esta fue una ocasión de serenidad, allí empecé a profundizar los valores humanos de Leonard y mi respeto por él ha crecido desde entonces”.

Por último, para no tomar excesivo espacio en esta nota periodística, Hayek en su alocución apuntó que “La institución que Leonard Read creó a través de la cual ha adquirido una influencia enorme, lleva un nombre modesto y un tanto prosaico de Foundation for Economic Education […] quiero sugerir que este nombre describe en forma muy disminuida su labor puesto que apunta a metas mucho más amplias […] ya que se trata nada menos que de la defensa de nuestra civilización contra los errores intelectuales prevalentes[…] quiero enfatizar que nuestra tendencia política actual no se refiere solo a la prosperidad económica, no simplemente nuestro confort, o la tasa de crecimiento. Es mucho más que eso. Se trata de todo lo que significa nuestra civilización.”

FEE estaba organizada con el apoyo invalorable de la antes mencionada Bettina B. Graves, con Paul Poirot y William Curtiss en el nivel administrativo-académico más alto seguido de calificados profesionales para organizar eventos varios, la publicación de la revista mensual The Freeman, los antedichos seminarios, la edición de libros y el mantenimiento y uso de la muy nutrida biblioteca, todo en un campus muy bien dispuesto que agregaba confortables habitaciones para huéspedes, la propia vivienda de Read, amplias salas de reuniones y oficinas rodeadas de atractivos jardines que más de una vez hemos disfrutado en nuestras caminatas con él junto a su perro Rusty. Durante los meses de esa estadía en Irvington on Hudson de New York por mi beca, mi María se hizo muy amiga de Aggie la mujer de Read.

Mi querido Leonardo escribió que a pesar de su admiración y agradecimiento a los Padres Fundadores de la Revolución Norteamericana, sostenía que constituyó un error la utilización de la palabra “gobierno” pues insistía que remite a mandar y dirigir lo cual debe hacer cada una de las personas en una comunidad libre, mostraba que “hablar de gobierno para aludir al monopolio de la fuerza es tan desatinado como llamar gerente general al guardián de una empresa” por lo que proponía recurrir a Agencia de Seguridad, Agencia de Protección o equivalentes.

Una de las mayores lecciones aprendidas de Leonard Read es la falsedad de aquello que se suele mantener al decir que “hay que vender bien las ideas” y que “el fracaso principal de liberales es que no saben llevar a cabo esa venta”. Read ha explicado una y otra vez en sus libros que la actividad comercial de la venta no requiere la referencia en regresión respecto al proceso de producción que requiere el producto en cuestión, basta con exponer los resultados que producirá el bien a la venta, se trate de desodorantes, dentífricos o lo que fuera. Sería una pérdida de tiempo inútil que ahuyentaría al consumidor el detenerse en las múltiples y variadas etapas en el proceso de producción. Sin embargo, en el caso de las ideas, a menos que uno se tope con un fanático que incorpora todo lo que se le dice sin razonamiento alguno, a menos que se trate de esta cerrazón mental resulta indispensable explicar -por así decirlo- el proceso de producción de la idea que se trasmite al efecto de fundamentar la respectiva conclusión. Resulta indispensable argumentar sobre la genealogía de la idea con la que se intenta disuadir al contertulio. Desde luego que este proceso torna mucho más difícil el resultado en relación a una simple venta pero, como queda dicho, es inexorable. Los estatistas imitan las ventas con frases cortas y efectistas que pretenden saltearse etapas para conseguir incautos, ingenuos, ignorantes y desprevenidos que aceptan ese correlato con el mundo comercial. En cambio, las ideas basadas en el rigor y la seriedad son contraintuitivas y demandan elaboración, pensamiento y digestión adecuada.

Otra de sus enseñanzas clave en uno de sus libros (publicó veintidós) se refiere athe courage to stand alone, esto es la necesaria fuerza de voluntad para decir y escribir lo que uno estima es lo correcto sin tener en cuenta la opinión mayoritaria ni las presiones que se reciben a contracorriente de lo que uno piensa. Hablar siempre claro y alto sin ambigüedades ni subterfugios para quedar bien con otros. Al fin y al cabo como escribió John Stuart Mill, “las buenas ideas siempre pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Una vez adoptadas las ideas al principio revolucionarias, la gente las toma como obvias sin percatarse de los esfuerzos y contrariedades que deben soportar cuando se exponen por primera vez.

Uno de los ensayos más conocidos del fundador de FEE es “Yo, el lápiz” donde se detiene en mostrar las intrincadas y largas etapas en la fabricación de un lápiz desde las minas de carbón hasta la extracción de caucho para la goma, las maderas y los recubrimientos pasando por transportes, cartas de crédito, administración, finanzas y demás parafernalia. En este célebre texto, el autor pone de relieve la distribución y fraccionamiento del conocimiento en el contexto de la división del trabajo y la cooperación social, todo lo cual se derrumba cuando los megalómanos intentan controlar, regimentar y manejar vidas y haciendas ajenas con lo que se concentra ignorancia provocando los resultados lamentables sabidos por todos los observadores atentos.

Tengo enmarcada una fotografía de Read con una dedicatoria que me conmueve: “For Alberto, a great favorite of mine. Leonardo”. Sirvan estas líneas como modesto homenaje a mi distinguido amigo y maestro donde se presenta muy telegráficamente el coraje, la perseverancia y la generosidad de este personaje cautivante y ejemplar.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Algunas elaboraciones acerca de la maldad

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 17/7/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/07/17/algunas-elaboraciones-acerca-de-la-maldad/

El deseo deliberado de hacer mal a los otros sólo puede corregirse a través de la educación, con la trasmisión de valores conducentes al respeto recíproco

Dr. Marcelino Cereijido

No soy afecto al uso de improperios, pues si todos nos ponemos en eso convertimos la convivencia en una cloaca. Sin embargo, hago una excepción con el título de un libro que no puedo obviar en mi análisis de esta nota vinculada a la maldad.

Hace un tiempo escribí sobre la importancia de los buenos modales al efecto de mantener la vara alta, puesto que si recurrimos a groserías de diversa catadura transformaremos las relaciones sociales en algo pútrido. Es llamativo que los hay que se quejan de la decadencia cultural y, sin embargo, emplean palabrotas de grueso calibre en público como si una cosa no tuviera que ver con la otra.

Los que no estamos inclinados a esas costumbres vulgares no es que no tengamos imaginación, a mí por ejemplo más de una vez se me ocurren expresiones de alto voltaje que me abstengo de utilizar por las razones apuntadas. Además, no son necesarias para transmitir una idea o un concepto. Si damos rienda suelta a inclinaciones de ordinariez y patanería, todo se marchita. Me parece que cada cual debe contribuir a la excelencia para hacer más agradable la vida.

“El hábito no hace al monje”, reza un conocido proverbio, a lo que Jacques Perriaux agregaba “pero lo ayuda mucho”. Las formas no necesariamente definen a la persona, pero ayudan al buen comportamiento y hacen la vida más confortable a los demás. Hoy en día, en gran medida se ha perdido el sentido del buen hablar. En primer lugar, debido al uso reiterado de expresiones soeces. Las denominadas “malas palabras” remiten a lo grotesco, a lo íntimo, a lo repugnante y a lo escandaloso. Por su parte, los términos obscenos empobrecen el lenguaje y como este sirve para pensar y para la comunicación, ambos propósitos se ven encogidos y limitados a un radio estrecho.

Las normas morales aluden al autorrespeto y al respeto al prójimo en las respectivas preservaciones de las autonomías individuales basadas en la dignidad y la autoestima. ¿Qué puede hacerse para revertir espectáculos desagradables de la índole mencionada? Sólo trabajar con paciencia y perseverancia en la educación, es decir, en la trasmisión de principios y valores que dan sustento a todo aquello que puede en rigor denominarse un producto de la humanidad, alejándose de lo subhumano y lo puramente animal, en 1797, Edmund Burke sostenía que para la supervivencia de la sociedad civilizada “los modales son más importantes que las leyes”.

Hay quienes incluso se creen graciosos con estos bochornos, haciendo gala de un sentido del humor por cierto bastante descompuesto y poco creativo. Afortunadamente, este decir maleducado no se ha globalizado por el momento, al menos al nivel de la degradación de algunos lugares. Es de esperar que personas inteligentes y que también hacen aportes en diversos campos -algunos de ellos realmente notables- abandonen la grosería de sus expresiones al efecto de contribuir a la construcción una sociedad decente y se percaten de que la inmundicia verbal se encamina a la generalización de la inmundicia. Comprendo a buenos amigos que a veces los exaspera lo obtusas y disparatadas que resultan ciertas manifestaciones, pero el autocontrol es un buen consejo.

Habiendo dicho todo esto, como escribí al abrir esta nota me refiero a una manifestación del zócalo pues se trata de un libro que precisamente analiza con inigualable maestría lo que quiero transmitir acerca de la maldad. El libro en cuestión se titula Hacia una teoría general sobre los hijos de puta. Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad editado por Tusquets del doctor en fisiología por la Universidad de Buenos Aires Marcelino Cereijido quien completó sus estudios posdoctorales en la Universidad de Harvard y ha sido profesor en las universidades de Munich y New York. Discípulo de Bernardo Houssay.

El autor primero se pregunta con razón el porqué se supone en el insulto de marras que los hijos de prostitutas son malas personas y luego procede a analizar la maldad como el deseo deliberado de hacer daño a otros. Como todos los escritos no siempre se coincide con el autor (incluso uno mismo. muchas veces no coincidimos con lo que hemos escrito antes pues como ha señalado Borges “no hay tal cosa como un texto perfecto” por lo que siempre cabe el mejoramiento), pero en este caso hay observaciones agudas. Comienza por destacar que estamos en “una cultura donde la educación significa obediencia” ya que “una forma menos obvia pero no por ello menos indigna, es el adoctrinamiento de los niños en la creencia de dogmas que perjudican su capacidad de interpretar la realidad.”

El autor apunta la hipocresía común en estas esferas donde “el político recurre a cierto tipo de palabras, trajes y peinados, se fotografía con su familia y su perro en un lugar apacible de su casa. Y sonríe. Hasta el más truhán logra aparecer en las fotos como un candidato moralmente sano y responsable. En algunas de éstas, carga en sus brazos algún bebé desconocido en un acto público para que el retrato sugiera que es humano, sensible y protector”. Se refiere a “los grandes genocidios del siglo XX, la enumeración es encabezada por asesinos de la calaña de Hitler, Stalin, Franco, Salazar o Pavelic” y uno de sus capítulos está encabezado por un epígrafe de Lao Tsé: “Cuanto más grande es el número de leyes, mayor el número de bandidos y ladrones.”

Ahora bien, fuera del título de la antedicha obra y dejando de lado el importante tema de los modales, es de interés reiterar que la mayor parte de la gente es de buena voluntad, receptiva a nuevas ideas cuando estas son presentadas con argumentos de peso y es honesta. Pero pululan personas malas que principal aunque no exclusivamente se hacen del poder político para encumbrarse, enriquecerse y aplastar a sus congéneres. Con esta ponzoña no hay argumento que valga, el asunto estriba entonces en contar con un sistema que minimice las posibilidades de demostrar la maldad y cuando esta irrumpe castigarla con todos los rigores de la ley.

Para que lo anterior tenga vigencia es indispensable contar con una sociedad libre donde se aplique rigurosamente la igualdad de derechos ante la ley en el contexto de la Justicia que, recordamos, significa “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la propiedad privada con lo que como se ha destacado no hay posibilidad alguna de Justicia sin la vigencia de la propiedad. Pero observamos que en nuestro atribulado mundo en gran medida viene ocurriendo lo contrario lo cual, como queda dicho, instala no solo a la pobreza moral y material sino que abre las puertas de par en par para el florecimiento de la maldad en todos los órdenes de la vida.

Niall Ferguson en su célebre obra Civilization. The West and the Rest resalta los valores de la civilización engarzados a la democracia pero “algunas personas cometen el error de llamar la idea de democracia imaginando que cualquier país la puede adoptar con solo llamar a elecciones. En realidad, la democracia es la base de un edificio que se funda en el Estado de Derecho, en las libertades individuales y en la garantía a la propiedad privada asegurada por gobiernos representativos y constitucionales”.

En estas líneas argumentales que venimos considerando sobre la maldad, no estamos hablando de actitudes malas o equivocadas de las que “nadie puede tirar la primera piedra”, la perfección no está al alcance de los mortales y como ha titulado uno de sus libros mi amigo Carlos Sabino Todos nos equivocamos. De lo que se trata es de la perversión y la malicia. Hay otro libro del médico psiquiatra Stanton Samenow titulado Inside the Criminal Mind en el que explica detenidamente que la maldad es consecuencia directa del modo en que el malvado piensa y establece su escala de valores y comportamientos ya que “centrar la atención en otros asuntos como su medio ambiente, resulta inconducente”, otros factores pueden influir pero “lo decisivo está siempre dentro del criminal”. Samenow reconoce que al principio de su carrera médica adhería a las concepciones predominantes “más bien freudianas” que tienden a responsabilizar por la conducta del malvado a factores extraños a su persona pero nuevos estudios y la experiencia como facultativo lo condujeron a lo dicho. También otro médico psiquiatra, Thomas Szasz, desarrolla la misma tesis de la responsabilidad individual por la conducta de cada cual en su libro El mito de la enfermedad mental donde expone el error conceptual de aludir a quienes no compartimos su conducta y catalogarlos como “enfermos mentales” cuando la patología enseña que una enfermedad consiste en una lesión de células, órganos o tejidos pero las ideas nunca están enfermas, en todo caso pueden existir problemas en los neurotransmisores, sinapsis o en general químicos pero no “enfermedad mental”.

La forma de intentar la corrección de la maldad es a través de la educación, es decir, la trasmisión de valores conducentes al respeto recíproco, desde luego para aquellos que son receptivos y hospitalarios a esos valores. Dicho sea al pasar, en el libro del antes mencionado Cereijido no se muestra optimista respecto al sistema de cárceles moderno por lo que agregamos nosotros sería el momento de considerar las muchas propuestas de contar con cárceles privadas financiadas con el trabajo de los reclusos que también contribuirían a compensar a sus víctimas en lugar de separar la relación víctima-victimario cuando irrumpe el aparato estatal, y así también facilitar iniciativas para modificar las inclinaciones de los delincuentes. En este contexto es necesario repetir que una de las falacias más llamativas de nuestro tiempo es cuando se dice que la pobreza provoca delincuentes sin tomar en cuenta que todos provenimos de la miseria, del garrote y la cueva (cuando no del mono) y no por ello significa que todos descendemos de criminales. Por otra parte, no hay más que atender el comportamiento de multimillonarios barones de la droga o empresarios prebendarios que son verdaderos delincuentes aunque estén amparados por el poder político. El asunto no es patrimonial sino eminentemente moral.

Tampoco se diga que se necesitan más altruistas y menos el ocuparse de uno mismo para ser buenos y alejarnos del mal. El altruismo es una contradicción en los términos, según el diccionario es “hacer el bien a costa del propio bien” lo cual es un imposible ya que todo lo que se hace libre y voluntariamente es porque satisface al sujeto actuante, es una perogrullada sostener que está en nuestro interés actuar como actuamos. Esto lo aclara a las mil maravillas Tomás de Aquino en la Suma Teológica: “Amarás a tu prójimo como a tí mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo moldeado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a sí mismo que al prójimo”. Es que el que se odia a sí mismo es incapaz de amar puesto que el amor naturalmente satisface al sujeto que ama.

También la malicia procede de la envidia que no soporta el éxito de colegas y destila ácidos y escupe dardos venenosos que en definitiva perjudican grandemente al propio envidioso, no hay más que mirarles el rostro que se va desfigurando a medida que se acentúa el incontenible deseo de fracaso de sus congéneres. Son dignos de lástima pero apuntan a hacer el mal aunque no logran su cometido cuando los destinatarios son personas dignas y son indiferentes a tanta zoncera fabricada por necios.

Por último en este resumen telegráfico en torno a la malicia, es de interés hacer referencia a lo que en algunas ocasiones se ha dicho que habría una contradicción entre la maldad y la existencia de Dios o la Primera Causa, lo cual carece por completo de sentido pues de no ocurrir situaciones malas (privación de bien) no hubiera tenido lugar la creación ya que no pueden haber dos seres perfectos y la ausencia de mal -es decir de imperfecciones- conduciría a la perfección que, se hace necesario reiterar, no es condición propia de los mortales.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Preguntas a un hilo de Rodrigo Quiroga

Por Iván Carrino. Publicado el 20/5/21 en : https://www.ivancarrino.com/preguntas-a-un-hilo-de-rodrigo-quiroga/

“No te va a contestar”, le decía Maradona al Mono Navarro Montoya cuando, en el partido más caliente que recuerde, el arquero quería que el árbitro Castrilli le respondiera sus preguntas.

Algo similar me pasa a mí con Rodrigo Quiroga, bioquímico investigador del CONICET y militante feroz de las restricciones estatales.

Quiroga escribió un hilo en Twitter pidiendo una cuarentena total por 14 días. En varios de sus tuits agregué preguntas que no serán respondidas y, probablemente, tampoco leídas, porque el algoritmo de Twitter no se las mostrará, o porque probablemente haya silenciado mi cuenta.

Ahora bien, para que queden claros algunos de los agujeros de su teoría, copio aquí abajo su hilo (en cursiva) y mis comentarios en forma de pregunta (resaltados en negrita):

Sé que no hay plata (ni en el gobierno ni en los hogares), sé que no hay ánimos para una cuarentena estricta, pero permitanmé contarles, como un cuento, un escenario posible al que nos podrían llevar las restricciones “intermedias” que se rumorea se discuten en presidencia:

1- Supongamos que se concreta lo de restricciones absolutas los fines de semana (tipo fase 1) y durante la semana más o menos se sigue como hasta ahora, con restricciones nocturnas a partir de las 20, y prohibición de actividades puertas adentro (aunque se controla poco y nada).

2- Dependiendo del acatamiento, estas medidas tendrían un impacto modesto en la curva. Podrían ser insuficientes para generar un descenso rápido y contundente del número de casos. Supongamos que en dos semanas estamos en 32500 casos. Recordemos q medidas impactan 1 semana dps!

¿32.500 casos sobre cuántos testeos totales? Ayer la cantidad de tests fue récord, y la tasa de positividad fue 31,6%, manteniéndose en el mismo rango desde fines de marzo.

3- Se prolongarían las medidas 14 días. 14 días después estamos en 25000 casos diarios. Los fallecidos son 600 por día y 90000 totales. La falta de socialización empieza a afectarnos. El acatamiento comienza a disminuir por cansancio. Se empieza a volver a movilizar la población

4- Los casos empiezan a subir de nuevo. Una semana después estamos de nuevo en 30000 casos, 500 fallecidos por día y acercandonos a los 100000 fallecidos totales. Qué hacemos ahí? No queda absolutamente nada para hacer!

¿Cómo que no? Siempre queda poner la cuarentena estricta que cada dos semanas proponés. Porque según tu criterio si así llegamos a 100.000, ¿por qué no vamos a llegar a 200.000? ¿No es deseable entonces ponerla para evitar esas 100.000 muertes adicionales que planteás?

5- Por este escenario deprimente y de terror, me permito sugerir que es nuestra última oportunidad de implementar una cuarentena estricta que permita bajar los casos de la manera más veloz y contundente posible, aclarando que no se prolongará más allá de los 14 días.

¿Y si no bajan los casos / muertes tanto como vos creés que es deseable (¿cuál es el estándar que se debe alcanzar?), por qué la levantarías a los 14 días?

6- Pasados estos 14 días, podríamos empezar a ir levantando las restricciones, de a poco, permitiendo de arranque reuniones al aire libre de hasta 5 personas. Eso ya daría un aire importante al humor social, y permitiría encarar mejor lo que sigue.

¿Qué hacés con un grupo de 10 personas que, durante tus restricciones totales, salen a tomar mate en la plaza? ¿Cuál es tu enforcement ideal? ¿Cárcel, multas, pedidos gentiles?

7- Quizás sea nuestra última oportunidad para evitar un colapso total y prolongado del sistema de salud. Recordemos que hay al menos 10 provincias (más CABA) que ya están en una situación crítica de UTIs y aún no están entrando los q corresponden a los 40000 casos de hoy.

8- Si queremos evitar el desastre, quizás no quede otra que un cierre estricto. Tomar medidas “intermedias” podría llegar a funcionar, pero el riesgo de que no funcionen es muy alto. Creo que no podemos permitirnos correr ese riesgo.

¿El “quizás” que utilizás lo hacés porque admitís que hay otras soluciones posibles? ¿O es que todo lo que dijiste arriba solo es una probabilidad que tal vez no se cumple ni de cerca incluso sin las restricciones que pedís? NO ES UN TEMA MENOR, ¿NO TE PARECE?

9- Encima muchos en la oposición ponen palos en la rueda porque es todo ganancia para ellos. Defienden “la educación”, “el trabajo” y “la libertad” y después culpan al gobierno de las decenas de miles de fallecidos. Esto aplica a algunos gobernadores incluso.

¿Qué valor le das a educación, trabajo y libertad? ¿Por qué querés que todo el mundo tenga la misma valoración que vos?

Eso es todo. No creo que tenga buenas respuestas a ninguna de las preguntas. Motivo por el cual hay que tomar con pinzas sus proyecciones, su teoría y, por supuesto, descartar de plano su propuesta.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

Ciencia, política y después

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 19/5/21 en: https://www.perfil.com/noticias/opinion/mauricio-alejandro-vazquez-ciencia-politica-y-despues.phtml

La crisis producida por el Covid-19 ha generado pequeñas grietas en la imagen mental que la ciudadanía no especializada ha sostenido sobre la ciencia, que podrían, aún contra todo pronóstico, situarnos frente a otro período de oscurantismo generalizado.

Pandemia y crisis

Pandemia y crisis | ROTTONARA / PIXABAY

Podría decirse sin que medie un excesivo margen de error, de que uno de los ejes de la evolución del ser humano se encuentra en el denodado esfuerzo individual y colectivo por combatir la incertidumbre. Desde aquel momento en que decidimos asentarnos para formar pequeñas comunidades que ya no subsistirían en base a la sumamente aleatoria caza y recolección, sino a partir de una clase de rudimentaria ganadería y agricultura, hasta hoy, hemos intentado como especie disminuir lo desconocido y garantizarnos una protección creciente contra lo imponderable, siglo tras siglo.

De más está decir que la lucha, como reza el tango, ha sido cruel y mucha. Los períodos de oscuridad intelectual han resultado más bien la regla, que la excepción, y aun cuando por momentos hemos conquistado niveles técnicos y científicos fabulosos, como en la Babilonia antigua o la Roma algo más reciente, también hemos vivido luego recaídas profundas en las que la pérdida de conocimiento adquirido (o incluso su prohibición manifiesta), nos llevaron al patio de las sombras en donde mejor germina el más perverso dogmatismo oscurantista.

En este sentido, vale decir que el progreso científico e intelectual de la humanidad jamás ha tenido una senda unívoca, recta, ni garantida. Sin embargo, el gran desafío que se presenta, cuando se intenta señalar esta verdad histórica, es que las últimas dos o tres generaciones han vivenciado una evolución tecnológica masiva, que los invita a fortalecer un sesgo contrario; uno que sugiere falazmente, que el conocimiento progresa de forma lineal, del modo que han ido evolucionando los artilugios tecnológicos que han invadido nuestra vida en los últimos veinte o treinta años.

Sin embargo, considero que la crisis producida por el Covid-19 ha generado pequeñas grietas en la imagen mental que la ciudadanía no especializada ha sostenido sobre la ciencia, que podrían, aún contra todo pronóstico, situarnos frente a otro período de oscurantismo generalizado.

Mencionaba al comienzo la tendencia natural del ser humano a combatir la incertidumbre. En los últimos siglos, en tal sentido, las certezas que alguna vez provinieron de la Fe y de la verdad revelada, fueron sustituidas por el método de acumulación de conocimiento propio del iluminismo: la ciencia. Este proceso que puede ser poéticamente sintetizado a partir de la histórica frase “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado”, de Friedrich Nietzsche, ha sido en términos históricos, concomitante con el prodigioso desarrollo humano con el que convivimos hoy, fundando en gran medida en el éxito científico. Por tanto, que la población global asocie acríticamente a la ciencia, con la certeza y con la verdad, no es del todo caprichoso, aunque no sea, del mismo modo, del todo correcto.

La ciencia, como supo advertir Karl Popper, no avanza en base a aciertos sino a refutaciones. Desde el advenimiento de esta afirmación, sabemos que ninguna teoría representa una verdad absoluta, sino que, conforme avanza el tiempo, esta puede ir acumulando progresividad empírica (experimentos que sostienen su validez) o caer en desuso, conforme la evidencia creciente demuestra su falibilidad. Aún más lejos llegó Thomas Kuhn, a partir de la publicación en 1962 de La estructura de las revoluciones científicas, al afirmar que lejos de ese proceso dialógico, abierto y ordenado que muchas veces se le atribuye al mundo científico, el progreso en este campo se asemejaba a revoluciones en las cuales la acumulación de evidencia en contrario llevaba, más por presión general que por animada aceptación, a la ruptura de los paradigmas imperantes y al surgimiento de otros nuevos. Y si quisiéramos ir más lejos, podríamos incluso traer al presente a Paul Feyerabend, quizá el más destacado de los discípulos de Karl Popper, que se animó a desafiar la coherencia de un único método científico, llegando a postular un anarquismo metodológico, que generó profundos debates que se sostienen hasta hoy día.

Desde ya que todo esto no suele estar en las conversaciones cotidianas de la ciudadanía. Y quizá sea justamente por ello, que la enorme expectativa que suele pesar sobre la certeza científica, haya sufrido un vasto golpe de realidad en este último año y medio, desde la declaración de la pandemia.

A partir de entonces, y como no podía ser de otro modo frente a una enfermedad desconocida, el mundo orientó su atención a los dos fenómenos modernos que se erigen como principales antídotos contra ese factor, percibido generalmente como un mal perverso, que es la incertidumbre: la ciencia y los estados. Sin embargo, desde principios de 2020, ambos han mostrado su verdadera naturaleza falible. La atención sobre la primera, ha permitido a millones en el mundo observar que los científicos avanzan a tientas sobre lo desconocido, que no tienen siempre certezas para compartir y que su progreso está signado, inevitablemente, por debates, aciertos, refutaciones, groseros yerros, y todo ese heroísmo y miseria del que es capaz cualquier tipo de organización humana.

Del mismo modo, los estados han demostrado que, aun considerando los diferentes resultados obtenidos en cada país, también son presa de esa incertidumbre que siempre impera, aunque por momentos la hagamos retroceder tácticamente. Sin embargo, el verdadero problema surge cuando la inmediatez propia de la política y sus intereses, colisiona de lleno con el habitual proceso científico y, sobre todo, cuanto esto ocurre frente a la mirada desesperada de estos cientos de millones de personas hambrientas de decisiones y certezas. De este modo, la multiplicidad de papers científicos, con datos parciales y teorías en proceso de construcción, se vuelven armamento pesado que los políticos utilizan irresponsablemente para denostar a sus contrincantes y justificar sus propias decisiones de administración. El gran costo de este culebrón de dimes y diretes con visos de cientificidad, es la potencial pérdida del prestigio que la ciencia ha ido adquiriendo en el tiempo.

Así las cosas, por delante no debiera sorprender si muchos en el mundo comienzan a dudar de que la ciencia pueda satisfacer, como alguna vez lo hicieron los dogmas de fe, nuestra necesidad tan humana de certidumbre, lo cual puede tener, entre otras, dos consecuencias opuestas: una sana, en que el aprendizaje con respecto al verdadero proceso de conocimiento científico nos invite no solo a tolerar el constante desafío de lo incierto sino también a un sano ejercicio de la prudencia, aquella virtud política prodigada por la gran mayoría de los pensadores clásicos; y una sombría, en la que millones se vuelquen a alguna variante de pensamiento mágico, propiciando dogmas y mesianismos, como ha ocurrido en el pasado, más de una vez.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

¿Oportunidad o convicción?

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 11/5/21 en:  https://www.dataclave.com.ar/opinion/-oportunidad-o-conviccion-_a6099dae38365ed04891730ca

Más allá de la autonomía que le corresponde a la Ciudad, ¿qué es lo que motiva a la gestión porteña a avanzar con la presencialidad educativa ahora, y no en 2020? Si las decisiones se toman desde las encuestas, será poca la esperanza de encontrar un verdadero liderazgo con honestidad intelectual

Este pasado martes 4 de mayo, la Corte Suprema de Justicia de la Nación, con la abstención de la ministra Highton de Nolasco, y el acuerdo de sus pares Carlos Rosenkrantz, Ricardo Lorenzetti, Horacio Rosatti y Juan Carlos Maqueda, en un fallo histórico que sienta jurisprudencia más allá del debate coyuntural, ratificó la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires en materia de administración educativa, igualando así a esta jurisdicción con el resto de las Provincias de nuestro país.

De este modo, el máximo tribunal zanja, al menos en la vía judicial, la disputa que comenzó a gestarse a mediados de abril, entre el Presidente Alberto Fernández, y el actual Jefe de Gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta. Sin duda alguna hoy, al menos desde el aspecto jurídico, es este último el que tuvo, tiene y tendrá, la palabra definitiva sobre la apertura o cierre de las instituciones educativas porteñas.

El fallo fue contemplado por diversos analistas políticos y por la prensa en general, como un triunfo del Jefe de Gobierno, y, en tal sentido, como una conquista clara en las aspiraciones de éste para convertirse en el candidato obvio de parte de la oposición, para enfrentar a la fórmula que presente en 2023 el sector hoy contenido bajo la bandera política del Frente de Todos. Sin embargo, ciertos aspectos esenciales parecen haberse desatendido y es fundamental exponerlos de cara a ese crucial 2023, sobre todo en el marco de la enorme crisis por la que atraviesa nuestro país.

En tal sentido, cabe traer a colación las declaraciones del pasado 24 de abril, de la actual ministra de educación de la Ciudad, Soledad Acuña, para el programa que conduce el periodista Pablo Sirvén en LN+. En dicha entrevista, escoltada por la Co-Fundadora de la ONG “Padres Organizados”, María Victoria Baratta, la actual ministra señalaba: “Fuimos aprendiendo a medida que iban sucediendo las cosas y a tomar decisiones viendo las evidencias que iban surgiendo; a partir de agosto nosotros empezamos a decir que necesitábamos volver a la presencialidad al menos en algunos espacios de presencialidad (sic) que fue lo que empezamos a reclamar al gobierno nacional”, para luego rematar con: “Obviamente, con los números de hoy, con el conocimiento de hoy, podríamos haber sido más audaces […] pero nosotros en agosto ya veíamos que era posible, no solo necesario, que era posible […]”.

La pregunta que en este punto se vuelve obvia es: ¿si era posible y si era necesario hace casi diez meses atrás, por qué no se hizo? Y concomitante con este interrogante, también se sucede necesariamente este otro: ¿a qué “números de hoy” se refiere la ministra? ¿A los de las tasas de contagio, que por aquél entonces eran incluso menores a los de este presente? ¿O a los de las encuestas que señalan que el fastidio de los ciudadanos por las escuelas cerradas ya se ha vuelto prácticamente absoluto, justamente en un año electoral?

Desde ya que ni la ministra ni su conductor inmediato pueden aducir que desconocían la autonomía de la Ciudad en esta materia. El fallo de la Corte Suprema de las últimas horas, no hizo otra cosa más que darle la razón al planteo que la propia Ciudad hizo semanas atrás; planteo que su equipo jurídico pudo presentar también hace diez meses cuando, como también admite la ministra en dicha entrevista, la experiencia internacional ya demostraba que esta apertura era necesaria y posible.

Así como el gobierno de la Ciudad no puede, por tanto, aducir desconocimiento sobre su autonomía, tampoco puede hacerlo sobre el enorme impacto negativo que las escuelas cerradas tienen no solo para el presente de los niños y jóvenes, sino para su futuro. No puede hacerlo, básicamente, porque ese ha sido el argumento principal de la ministra Acuña, toda vez que, frente a distintas coyunturas conflictivas, los gremios docentes de esta jurisdicción han procedido a cerrar las escuelas de facto, al no presentarse al dictado de clases.

La falta de audacia que la ministra admite en la entrevista de Sirvén, no se explica entonces por el desconocimiento de la capacidad manifiesta de su gobierno para implementar dicha apertura, ni por la incapacidad para predecir el funesto efecto que las medidas de lockdown educativo tienen sobre la población que conducen, sino por otro factor que pensadores de la talla del alemán Jürgen Habermas o del italiano, Giovanni Sartori, entre muchos otros, han señalado durante casi toda la segunda mitad del siglo pasado: el drenaje conceptual de la política y su giro hacia una praxis vacía de convicciones.

Decíamos anteriormente que esta circunstancia bajo análisis resulta fundamental con miras hacia ese 2023 que tanto obsesiona a unos y otros, dentro del establishment político actual. En tal sentido, Argentina atraviesa, como también dijimos anteriormente, una crisis que en gran medida parece terminal. No solo en el aspecto económico (tal vez el único muchas veces percibido por la ciudadanía y los analistas), sino en otros considerandos que hacen a un país en verdaderas vías de desarrollo: seguridad, educación, salud, transparencia y fortaleza de las instituciones, etc.

Doblegar la triste tendencia al declive que nuestra nación sostiene hace décadas, implicará necesariamente no solo enormes cuotas de audacia, sino también la convicción íntima y profunda en paradigmas absolutamente alternativos a los sostenidos hasta el día de hoy, siendo como son éstos, inevitablemente, los vehículos que nos trajeron por este derrotero de fracaso y miseria.

Si quienes conducen, de un lado y otro del espectro político, siguen tomando decisiones solo a partir de los controvertidos números que marcan las encuestas, poca esperanza queda para un país sediento de verdadero liderazgo y honestidad intelectual. 

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

¿El fin de la educación tal como la conocemos?

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 30/3/21 en: https://www.ambito.com/opiniones/educacion/el-fin-la-tal-como-la-conocemos-n5180630

Comenzó a notarse desde hace ya algún tiempo, que el paso por el mundo universitario no significaba la adquisición de las competencias necesarias que luego los diferentes rubros de la economía demandaban.

¿El fin de la educación tal como la conocemos?

Entre tantos otros, uno de los principales cruces entre Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, refirió a como idear el sistema educativo.

A mediados del Siglo XIX, en las ya famosas “Cartas Quillotanas” y “Las Ciento y Una”, se refleja este debate rico en chicanas, dimes y diretes, pero profundamente vigente hasta el día de hoy. Si quisiéramos darle el gusto a la brevedad que anima a una nota de este tipo, deberíamos resumir aquél profundo intercambio epistolar en dos posiciones: una, la de Sarmiento, en la cual el objetivo del naciente sistema educativo debería estar orientado a la formación del ciudadano, en los parámetros que por tal se comprendía en las postrimerías de la ilustración, y la otra, la del autor de “Las Bases”, que no renegaba del objetivo sarmientino, pero que mayor hincapié hacía en la necesidad de que este sistema estuviese en íntima consonancia con el mundo del trabajo y el desarrollo productivo de la Nación.

Más de un siglo después, se vuelve evidente que la preocupación de Alberdi no resultó baladí. La escisión de nuestro sistema educativo y el ámbito de la producción es marcada. Y, sin embargo, lo que en Argentina ya podría decirse que constituye una tragedia que genera atraso tecnológico, casi nula movilidad social y desempleo estructural (aquél que no depende tanto de los ciclos económicos, sino de las competencias adquiridas por los recursos humanos disponibles), en el resto del mundo también parece haberse convertido en motivo de preocupación, cuando menos.

A lo largo y ancho del globo, comenzó a notarse desde hace ya algún tiempo, que el paso por el mundo universitario no significaba la adquisición de las competencias necesarias que luego los diferentes rubros de la economía demandaban. Se naturalizó así, por un lado, que tras casi 20 años de instrucción formal (incluyendo primaria y escuela media), un individuo terminaba sus estudios superiores sin tener garantía alguna de estar preparado para desarrollarse eficientemente en la competitiva economía actual y, por el otro, que este mismo educando debería luego compensar esas carencias invirtiendo más tiempo y dinero en actualizaciones, posgrados específicos y cursos, incluyendo aquellos que los propios oferentes de empleo se ven obligados a brindar.

Dicen los que se dedican al estudio del mismo, que “el Mercado”, este proceso masivo de coordinación de expectativas, se suele adelantar a los procesos sociales incluso más que los propios intelectuales o pensadores. En tal sentido, el pasado 11 de marzo, la multiplataforma Google lanzó un plan a escala global orientado a la certificación de competencias laborales. Este hecho que pasó para muchos desapercibido, se podría llegar a constituir en el mediano plazo, en un acontecimiento absolutamente amenazante para el sistema formal de educación en general y para el universitario en particular.

Asiento la razón de esta afirmación en varias consideraciones. Por un lado, las universidades han olvidado en muchos casos que una de las razones principales por las cuales los alumnos invierten tiempo y dinero en ellas, es para insertarse luego de mejor manera en el Mercado laboral. Pero si el propio Mercado ha comenzado a considerar que ese paso no solo no es suficiente, sino que siquiera es necesario, gran parte de la razón de ser de este nivel educativo podría desaparecer o modificarse radicalmente, como ha sucedido con infinidad de procesos y tecnologías en el pasado.

A su vez, esta segunda afirmación adquiere razonabilidad, si consideramos que justamente el programa lanzado por Google no contiene entre sus requisitos el haber alcanzado el nivel de estudio universitario para poder adquirir estas competencias. Si a lo anterior sumamos el enorme abaratamiento de costos que este tipo de iniciativas tienen para el alumno, en conjunto con su infinitamente mayor capacidad de adaptación a los cambios tecnológicos y culturales, bis a bis la burocrática naturaleza de los claustros universitarios y su tendencia de hierro al sostenimiento de programas que se vuelven vetustos cada día más rápido, la amenaza de esta iniciativa para el statu quo universitario es aún más claro. Sobre todo, considerando que cada día más, millones de personas intentan incorporarse al Mercado laboral sin tener a priori los recursos necesarios para adquirir ese aspiracional histórico que significaron los títulos de tercer nivel.

Así mismo, iniciativas como las que describía anteriormente, facilitan la incorporación de este sector desfavorecido de la economía, mediante su asimilación rápida y efectiva, incluso en rubros como el tecnológico en el cual los ingresos medios son bastante superiores a los que se podría esperar de un recién iniciado. Todo lo cual, naturalmente, facilitaría un fenómeno de movilidad social a escala global sin parangón.

Desde ya, para nuestra concepción latina, lo ocurrido este 11 de marzo puede no significar mucho. Nuestra idiosincrasia considera que el factor principal de validación de nuestros títulos no es el Mercado sino el Estado, en sus distintas instancias formales constituidas a tal efecto. Esta concepción, a su vez, ha facilitado la incorporación de múltiples rigidices que han redundado luego en carreras cada día más largas y distanciadas del mundo laboral, como tal vez previó Alberdi casi un siglo atrás.

No debiera sorprendernos entonces que esta ola de innovación nos tome desprevenidos como nos ha ocurrido tantas otras veces, producto de nuestros dogmatismos culturales y nuestra falta de visión sobre el derrotero inevitable que el mundo ha elegido.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

Una reflexión a propósito de los medios y los gustos de las audiencias

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 27/02/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/02/27/una-reflexion-a-proposito-de-los-medios-y-los-gustos-de-las-audiencias/

Por respeto a la gente a veces se hace necesario desconocer las encuestas y el rating para concentrase en la trasmisión de temas que hacen pensar en lugar de divertir

(Foto: Especial)

Entre tantos temas de interés se escurre uno que tiene mucho jugo vinculado a los medios periodísticos viejos y a los nuevos que asoman en el contexto de la medición de audiencias. Para algunos es un dilema que se presenta entre proceder de acuerdo a valores e inclinaciones de cada cual o ceder a lo que demandan terceros. Para otros en cambio no hay conflicto alguno: se debe proceder de acuerdo a lo que la gente reclama. Y para un tercer grupo tampoco hay motivo de congoja pues uno debe seguir la propia conciencia prestando debida atención a lo que otros dicen pero sin actuar como siervos de esas tendencias.

En torno a esto es lo que días pasados giraba una amena conversación en un conocido programa radial. Como suele suceder donde hay libertad de expresión se presentaron varias facetas interesantes que alimentaron el tema en cuestión. Sin duda que para dar rienda suelta a diversas perspectivas es indispensable la libertad de prensa no solo como un derecho fundamental de las personas sino para abrir las posibilidades de incorporar nuevos islotes de conocimiento en este mar de ignorancia en que nos desenvolvemos los humanos. En esta línea argumental recuerdo que el primer día de clase en el colegio al que atendía en Estados Unidos, de entrada el profesor dibujó dos círculos en el pizarrón de diámetros distintos. Acto seguido nos dijo que esas circunferencias representaban distintos grados de saber, y concluyó con su moraleja para apuntar con énfasis que el círculo mayor donde hay más conocimiento tiene una superficie más amplia expuesta a lo que se ignora representada por lo que entonces era la negrura del pizarrón, mientras que la circunferencia más reducida -el que cuenta con menores conocimientos- está menos expuesta por lo que el titular no se percata tanto de su ignorancia.

Lo que dejamos consignado es relevante para tener siempre presente la insistencia de Karl Popper en subrayar que el conocimiento conforma la característica de la provisionalidad sujeta a refutaciones, este enfoque permite el progreso de la ciencia en contraste con el dogmatismo que abunda en telarañas mentales que no permiten explorar otras avenidas y paradigmas. También en este mismo plano, es frecuente que se piense que para que algo se demuestre como verdad debe ser verificado empíricamente, que como bien escribe Morris Cohen esa misma aseveración no es verificable empíricamente y, por otro lado, nada en la ciencia es verificable solo corroborable provisoriamente como nos enseña el antes mencionado Popper.

Todo esto viene a cuento porque el intercambio del conductor radial y su equipo me remitió a lo que me sucedió una y otra vez cuando fui Rector de ESEADE durante veintitrés años, una casa de estudios que se constituyó como la primera argentina en ofrecer maestrías en el sector privado y la primera en introducir institucionalmente la tradición de pensamiento de la Escuela Austríaca junto a otras teorías complementarias y otras rivales para el debate. En todo caso, el tema alude a las difíciles elucubraciones a empresarios que financiaban la institución a través de becas y aportes para inversiones en el edificio, equipos, biblioteca, departamento de investigaciones, revista académica y similares. Estas elucubraciones se referían a la importancia de los procesos de mercado basados en derechos de propiedad, competencia y gobierno con poderes limitados a la protección de las autonomías individuales. Mercado que como es sabido no es un lugar ni una cosa sino un proceso que pone de manifiesto las preferencias de la gente que con sus compras y abstenciones de comprar van asignando los siempre escasos factores productivos a las áreas que reclaman los consumidores. De ese modo, en el supermercado y afines se establecen las diferencias de rentas y patrimonios según el mejor o peor servicio que presta el comerciante o el profesional del caso. Lo que en este contexto queda completamente de lado es el privilegio, los mercados cautivos, la dádiva y el subsidio a empresarios que así estrictamente dejan de serlo para convertirse en explotadores.

Habiendo dicho esto, retomo el hilo para trasmitir que el punto crítico con los empresarios de marras era presentarles una complicada situación paradojal: para defender y permitir que funcione el mercado es indispensable el respeto recíproco, es decir, la libertad pero lo que se observaba en nuestro medio con creces (y todavía ocurre) es que la gente pedía intervencionismo estatal, léase la aniquilación del mercado. En otros términos, para fortalecer la filosofía basada en principios éticos que permite la operación de mercado -o sea que la gente pueda decidir el destino del fruto de sus trabajos- había que ir contra las tendencias del momento del mismo mercado. En resumen evitar que el mercado se suicide.

El mercado remite a que la gente se exprese libremente pero si se produce un cortocircuito con la política que propone controles y bozales para la gente no hay manera de logar aquél objetivo. Si las mayorías votan para cercenar las libertades del vecino en la pueril esperanza de mantener las suyas se extingue el mercado que solo resucita si se lo respalda en el plano educativo, de ahí la indispensable contracorriente.

Como queda dicho, el referido suicidio colectivo naturalmente deriva de la ausencia de explicación y fundamentación del valor de las autonomías individuales. En lugar de anclarse en valores y principios de la sociedad libre se le oponen con el resultado del empobrecimiento moral y material de todos. Salvando las distancias, esto mismo ocurre en el mencionado debate sobre medios periodísticos modernos y antiguos respecto a la medición de audiencias. Por respeto a la gente a veces se hace necesario desconocer encuestas y mediciones que se dirigen a la pura frivolidad, no como un descanso y un recreo a las actividades diarias sino como un fin en sí mismo. De ahí es que afortunadamente algunos le dan la espalda a los ratings y optan por concentrase en la trasmisión de temas que hacen pensar en lugar de solo la diversión (di-vertir o separarse del camino principal).

En el caso de la aludida institución de posgrado de aquella época, la generosidad y la comprensión de los empresarios que financiaban el proyecto permitió trasmitir y debatir esas tradiciones de pensamiento entre jóvenes provenientes de distintas profesiones a nuevas búsquedas en una atmósfera de puertas y ventanas abiertas para que entrara el mayor oxígeno posible, en ese sentido no me cansaré de repetir el sabio lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, esto es, no hay palabras finales.

De más está decir que tanto en el caso de los medios tradicionales y no tradicionales vía la medición de audiencias como en el caso del mercado de las ideas a través de ensayos, libros y la cátedra, no es que no interesen las respuestas de la gente, muy por el contrario es muy relevante conocerlas y sopesarlas solo que desde la perspectiva de quienes mantienen ciertos principios -sea del lado que fuere- pueden (y deben) intentar la navegación a contracorriente si lo estiman necesario al efecto de correr el eje del debate y marcar agendas, sobre todo si el objetivo último es el respeto recíproco donde nunca es lícito recurrir al uso de la fuerza a menos que se lesionen derechos. En un caso los hay que se preocupan y ocupan de la farandulización de la vida y en otro de las embestidas del Leviatán.

Son dos planos de naturaleza distinta cada uno con sus bemoles y con opiniones muy disímiles que deben atenderse para extraer conclusiones acertadas, pero en todo caso se plantean temas que merecen ser atendidos y discutidos con un eje central que parece muy fértil para el pensamiento, especialmente cuando abunda tanta andanada brumosa.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Los intereses que esconde el supuesto “derecho a ofender”

Por Jose Benegas. Publicado el 9/2/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/02/09/los-intereses-que-esconde-el-supuesto-derecho-a-ofender/

Discriminación

Discriminación

Desde hace varios años la libertad de discutir en ámbitos académicos en Estados Unidos se ha visto restringida por una teoría de la sensibilidad hacia los “discursos de odio”. Cualquier cosa que pueda suponer que existe un prejuicio, es considerado odio y debe protegerse a los estudiantes de recibirlo. En este esquema termina cayendo todo lo que contraríe la ingenuidad de los estudiantes, en el peor de los casos es una manera de privar de espacio a todo discurso que no legitime la intervención “buenista” del poder en la vida de la gente.

La idea de safe space (espacio seguro), ese lugar donde no se escucharán los discursos de odio, es una forma establecida de censura previa, lo que además de afectar el campo de la libertad de la persona impide la discusión de ideas controvertidas, que tal vez sean las más importantes de conocer en el lugar donde las ideas son la materia prima. No se puede subir a un ring de box a cuidarse de no ser lastimado. Las ideas pueden afectar convicciones personales muy profundas pero contrariar a alguien no es dañarlo. Nadie tiene derecho a no verse impactado por ideas que lo puedan escandalizar. El escándalo no es un acto ilícito, no afecta derechos. Encima es completamente inútil ¿De qué serviría prohibir la enseñanza de qué cosa es el marxismo que sabemos el tipo de régimen que genera y a cuánta gente ha dañado? Conocerlo es poder discutirlo. Esto no quiere decir, siempre en el ámbito académico, que no haya formas establecidas de convivencia y modos de discutir.

A la vez que este fenómeno se reproduce aparece una visión conspirativa contra los estudios de género y de por qué las nuevas generaciones los han incorporado con mayores márgenes de tolerancia hacia gente distinta (no binaria). Los que sostienen que eso viene de un plan maléfico quieren llevar la victimización respecto de esta cosa de los safe space más allá del derecho a la libre expresión o de la libertad que debe haber en un ámbito de estudio. Así ha aparecido como un producto de la filosofía de redes sociales y en respuesta a lo otro algo llamado “derecho a ofender”, que termina siendo un polo opuesto a lo anterior pero que se le termina pareciendo. Veamos.

Ofender es agredir. No somos carne y hueso, por lo tanto circunscribir el problema del respeto a los derechos del otro a lo estrictamente físico es una manera de habilitar agresiones que en sí mismas pueden ser graves o incluso abrir la puerta a cosas peores una vez que el repudio se ha instalado de modo público.

De no ser así, cosas que no son ofensas sino que afectan a algo incluso externo al individuo, como el hurto, la estafa, o el incumplimiento de la palabra empeñada, no deberían tener consecuencias jurídicas. Bastaría con que la fuerza legítima -después está el problema de si estatal o no- fuera aplicada a detener o responder a un ataque al cuerpo.

La razón para sostener que la ofensa no es libre no es metafísica, es jurídica en un sentido práctico y concreto. El sistema político busca resolver y prevenir conflictos. El derecho penal está para ocuparse de los más graves, mientras que el civil apunta a los demás con consecuencias, procedimientos y garantías diferentes. La agresión verbal es tan potencialmente generadora de conflictos como cualquier ilícito y las personas reclaman su ámbito de respeto para renunciar al uso de la violencia, sobre todo como respuesta más allá del inmediato ejercicio del derecho de defensa. El sistema lógicamente le pide al sujeto que no reaccione por sí mismo sino que recurra a procedimientos legales que deben existir.

La expresión verbal o escrita es libre y debe estar exenta de censura previa. Pero la expresión genera responsabilidad. Incluso responsabilidad contractual. Si alguien da su consentimiento libremente expresado en un contrato, hasta en uno matrimonial, eso tiene consecuencias que se harán cumplir llegado el caso. Todo el derecho contractual existe por asignarle valor y consecuencias jurídicas a la expresión libre. Que haya responsabilidad por lo que se dice no obsta para nada a la existencia de la libertad de expresión.

Volviendo a la ofensa, no cualquier cosa debe ser considerada de ese modo. Las calumnias requieren unos presupuestos, como asignarle una conducta criminal a un sujeto, las injurias afectan directo al honor sin que impliquen la imputación de un acto delictivo hacia la otra persona. Ambos son delitos cometidos con la expresión y no afectan a la libertad de decir lo que se quiere, sino al uso de la expresión para causar un daño. Las circunstancias y el encuadre deben establecerse en un procedimiento legal y en la experiencia de resolver estos casos se van elaborando principios que ayudan a resolver las zonas grises, que siempre las habrá.

En los últimos años, hablando del periodismo como caso particular y de la actividad de los funcionarios que comprometen un interés público en la verdad y se sienten agraviados, se establece un obstáculo al progreso de una acción de este tipo que es la necesidad de probar la real malicia del periodista, es decir, que se le impone al que se queja demostrar que el artículo, o la manifestación verbal ofensiva, tenían la intención de ofender, de producir el daño al honor de la persona. Pero la ofensa claramente está sancionada como tal y eso responde a los principios del liberalismo más clásico. Además existe una acción civil de reparación en la que el ojo no está puesto en la intención sino en el daño causado por una expresión injusta.

La ofensa que tendrá consecuencias jurídicas no es cualquiera. Una crítica no puede ser considerada una ofensa con consecuencias jurídicas, incluso una crítica hecha de mala fe o completamente equivocada. Eso tiene un remedio que es la desmentida y si ésta no alcanza a mitigar los efectos hay que aguantarse las opiniones ajenas. Podría ser el caso de que la crítica sea acertada, con lo que no hay nada que objetar, o que fuera opinable, o que simplemente no tuviera entidad, teniendo en cuenta la circunstancia de que convivimos y tiene que haber un margen de tolerancia a lo que se nos dice en el que después me voy a detener, porque acá creo que está el problema.

Cuando hablamos de libertad de ofender ya no estamos diciendo que una persona expresa una visión de algún problema y que ésta pudiera herir los sentimientos de alguien, que sería una consecuencia no querida de la manifestación. Se lleva la regla al punto en que ofender no tiene consecuencias, con lo que se carga la muy buena evolución jurídica del concepto de honor y otras consecuencias por su afectación.

Los sistemas totalitarios llevan adelante prácticas que se han llamado de “asesinato de la reputación” de disidentes, que después de ocurridas colocan a la persona en un estado de virtual muerte civil. Y nadie las ha tocado, solo las han ofendido de manera pública y sistemática.

Lo central es que por querer reforzar el derecho a la libre expresión cuando se la pone en duda y se la ataca simplemente para imponer un punto de vista, esté acertado o no, no se caiga en el error de igual tamaño de sostenerla como un “derecho a ofender”, que se para en algo así como legitimar a la real malicia en cuanto tal. De hecho pareciera que esta inversión de las cosas de fundamentar una posición viene de grupos que quieren organizar políticamente a la real malicia, pero se declaran ellos mismos ofendidos porque no se los deja ofender o se les critica que lo quieran hacer. Parece haber un reclamo de un safe space para ofender, lo que hace más absurdo el planteo todavía.

La ofensa con consecuencias jurídicas está influida por este concepto complicado de “moral pública”. Pero no me refiero a cualquier cosa, sino a que no es lo mismo decirle a alguien que sale mucho de noche en una sociedad mormona del siglo XX que en un grupo de jóvenes de una gran ciudad en nuestra época. Para extremar un poco el ejemplo, no es lo mismo decirle a un señor que es cazador de leones hoy, que haberlo hecho hace cuarenta años. Es muy diferente afirmar que alguien tiene cucarachas en su casa, que en su restorán. La capacidad ofensiva de lo que se dice no es meramente subjetiva, está influía por circunstancias.

Por la misma razón no es lo mismo decirle a un alumno que está siempre despeinado, que decir algo para socavar la reputación de alguien que hace un proceso doloroso de identificarse a sí mismo de un modo disidente con lo que entendemos son las formas de una mujer o un hombre estereotipados, independientemente de su sexo. Justo lo que las teorías de género permiten resignificar como pura libertad humana.

No es lo mismo decirle incluso a alguien que no nos gusta su cara, que decirle que no nos gusta su raza, o el sexo al que se siente atraído en una sociedad donde hay “clósets” asumidos como la normalidad. No es igual tener prejuicios que convertirlos en ofensa o, peor, en método de repudio público colectivo.

Del mismo modo tampoco es igual ese tipo de agresión al planteo en ámbitos de discusión intelectual de este conflicto. Lugares como universidades donde el objetivo es hacer avanzar el conocimiento incluso de áreas donde se juegan sentimientos humanos complicados como la psicología o la antropología de género. Como tampoco es igual la actividad de un periodista que está expuesto ante el poder intentando hacer conocer al público verdades que debe conocer y el chimenterío al que se llama periodismo de espectáculos, o como se expresa una persona de otra en el ámbito privado.

No es la misma cosa hablar en general que hacerlo en particular, con la salvedad de que a veces se usa la generalización con un fin ofensivo, como por ejemplo, para no irnos demasiado del tema, hablar de los transexuales despectivamente en una clase donde hay uno.

Todo es un inevitable gris, porque hay individuos de ambos lados de estos conflictos. Cuando se habla de “derecho a ofender”, sin embargo, se está tratando de establecer un estándar general sólo en apariencia liberal, porque se parte de la base, inconscientemente tal vez de tan acostumbrados que estamos a un statu quo, de que determinadas personas deberían ser ofendidas por la sociedad misma, por el hecho de que se las entiende como perteneciendo a un estrato inferior de manera “naturalmente” inevitable. La salida de ese lugar parece “ofender” a los del derecho ofender porque contraría su creída superioridad. Por eso son tan iguales a los otros.

La ofensa hecha de un modo organizado hacia una minoría a la que un afectado pertenece no solo afecta a su honor, tiene efectos devastadores en su vida. Simplemente pensemos en la política de marcar a la gente como ocurrió en la Alemania Nazi con los judíos a los que se obligaba a portar la estrella de David.

Puede haber alguien que, tal vez por simpatizar con eso, considere que tal imposición afecta apenas al derecho de propiedad sobre la ropa a la que se obliga a marcar. Pero la cosa no está ahí, sino en el repudio público colectivista y en afectar a todos y cada uno de los individuos de una categoría reduciéndola simbólicamente respecto de la sociedad en sí. Este mismo artilugio horripilante había sido utilizado por los Reyes Católicos a medida que avanzaban en su aviesa intención de quedarse con los bienes de los judíos, previo a expulsarlos de España. Una vez que los miembros de esa categoría son puestos en el lugar del repudio público, cualquier cosa les puede pasar. Eso no es una violación al derecho de propiedad sino la apertura a una situación que puede ir desde el exterminio a la multiplicación diaria de agresiones de otro calibre ¿Acaso la política legítima, la de la defensa de los derecho individuales, no debiera ocuparse de eso? ¿Acaso la política de los liberales no debería atender a ese fenómeno con especial interés y espíritu de justicia?

Quiero ser más concreto en esto porque como dije antes el asunto de la ofensa está enmarcado en un contexto, es una idea que aparece en las circunstancias actuales. Hoy estamos en épocas de descubrimiento de ese mundo sumergido de gente que siempre hubiera querido vivir de una manera socialmente mal vista y se organiza todo tipo de reacciones para hacerlo posible, a veces pidiendo medidas incorrectas o discutibles (como cupos y cosas sobre las que no me detengo porque la mayoría de los que lean esto estaremos de acuerdo en que no corresponden). Pero el fin es sacar a esos grupos del señalamiento tradicional al que la cultura, si se quiere, los tenía sometidos. Ahí están las letras de la sigla LGBT+ que se han convertido en una grieta política. El fenómeno está facilitado por las teorías de género que tienen muchas décadas de desarrollo y que ponen la lupa en cómo constreñimos a los individuos desde la infancia a definir dos formas “correctas” de comportamiento, sea femenino o masculino, de acuerdo al sexo. Estas reglas muy firmemente seguidas y a las que las nuevas generaciones no parecen querer someterse, cubren desde una emocionalidad que tiene que ser distinta según los géneros, hasta los deportes que se deben practicar. Todo está informalmente reglado. Podríamos hablar antes de los avances de la psicología respecto de los daños que los padres pueden hacer a los hijos como algo parecido en descubrimiento sobre arbitrariedades que no vienen de otros por medio del aparato político, pero que igualmente son dañinas e igualmente nos tienen que interesar, por eso existe el derecho civil y penal. La subsistencia del repudio hacia minorías no adaptadas a las antiguas normas, hoy en proceso de abandono, nos lleva a pensar en problemas muy específicos como los derechos individuales de los menores, el prejuicio generalizado habilita la política familiar del aislamiento, la invisibilidad (el closet) o el intento de entrometerse en la sexualidad de ellos por las razones que sean. Todos temas de derechos individuales.

La sensibilidad de personas que han sido sometidas a la arbitrariedad y el maltrato legitimados socialmente, en momentos en que están rompiendo eso, no es para nada indiferente a este problema jurídico de la ofensa y a su potencial dañino. De nuevo, para extremar el ejemplo y ser claro, hablar contra los judíos es más deleznable después de que salen a la luz los campos de concentración o cuando el nazismo está llegando o queriendo llegar al poder o en pleno proceso de estigmatización pública en la España de los Reyes Católicos, que en cualquier otro momento. Del mismo modo, ofender respecto de una reivindicación concreta de la libertad personal, rodeada de dolor, dificultades y miradas, con una historia de repudio reciente y generalizada, lesiona especialmente.

Agrego a eso como política penal, que siempre debe estar atenta a los conflictos del momento, que a la vez que existe esta reivindicación del género y sus matices y que permite a muchas personas justamente expresarse como no lo han podido hacer antes, del otro lado surge una políticamente organizada tendencia a reivindicar el repudio para volver a colocar a las personas afectadas en lo que considera que es su lugar, abajo; a volver a marcarlas como indeseables en nombre de una religión o de simples prejuicios personales.

La circunstancia particular es la existencia de una amenaza visible contra minorías en la política, que produce su propia dinámica de intereses, convirtiéndose en un mecanismo social de construcción de víctimas propiciatorias. La agresión y disminución de status dentro de familias y grupos contra minorías requieren primero volver a marcar como indeseables a las víctimas. Acá la ofensa cumple un papel instrumental de una amenaza aún mayor. No es una simple amenaza hecha por personas, sino una tendencia política con potencial cierto de dirigir las acciones del estado. No es para nada una cuestión aparte, es central en el entendimiento de la intención que hay detrás de poner todo esto en términos de “derecho a ofender”. Para un liberal debería ser de un interés especial y sin embargo hay una simulación de liberalismo en ese “derecho a ofender” que esconde el interés de ponerse del lado de los atacantes.

Dilucidar todos estos matices requiere un estudio particular de caso por caso, pero el principio no es que existe el derecho a ofender. No hay tal cosa porque haya derecho a expresarse o una garantía inexpugnable que prohíbe la censura previa. Lo importante es aguantar las dificultades que presenta la cuestión y no inventar reglas generales que tienen la virtualidad de abrir el campo libre al ilícito, cuanto tenemos las herramientas teóricas para proteger contra abusos que efectivamente están ocurriendo desde la vereda de enfrente.

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE. Publica en @josebenegas

EL BARBIJO EN EL MENTÓN.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 28/2/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/02/el-barbijo-en-el-menton.html

Si. Cada vez más seguido. Va aumentando la cantidad de gente que anda de aquí para allá con el famoso adminículo en el mentón. Tal vez para algunos tenga algún sentido estético.

¿Algún beneficio médico?

Lo dudo, aunque no faltará algún “experto” del Conicet, de la CDC o de la OMS que afirme que la transpiración vía el mentón de la cara es harto peligrosa.

Pero no. Sencillamente la naturaleza de las cosas se impone, aunque no se piense.

Aunque no se piense porque tampoco son partidarios del libre comercio quienes lo practican. Gracias a Dios que el libre mercado sobrevive en los mercados negros, pero quienes lo practican creen que están haciendo algo malo. Luego votan a Cristina Kirchner, protestan contra la corrupción y cuando aún se podía viajar se traían compus de Miami sin declarar. Un combo cultural interesante.

Un combo cultural interesante que explica en gran parte (aunque cuál será el primer motor……) lo que sucede en gran parte del mundo con el barbijo pero especialmente en Argentina, donde lo que salva aún la situación es el incumplimiento de las normas. En EEUU o Alemania vas preso, de mal modo y con orden judicial. Aquí no, hemos descubierto un common law más sencillo: si viene alguien y me dice algo, lo subo de vuelta y luego me lo vuelvo a poner en el mentón. Pero culturalmente es complicado: tengo razón yo al llevarlo así, pero tiene razón el ministro de salud, que me dice lo contrario. Una teoría de la doble verdad. Averroes reivindicado. El ministro de salud no es malo por ser cómplice del barbijo que no llevo. Es malo porque su amigo se coló. Su amigo no es malo por ser un asesino confeso, libre, premiado y exonerado. Es malo porque se coló.

Mientras tanto, el barbijo en el mentón.

Un símbolo cultural apasionante, diría Spock. Un tipo ideal complicado, diría Weber.

Y sí. Che b, sacate el barbijo. Che b, ponete el barbijo. Che b, ponételo en el mentón. Y si no te das cuanta cuándo sos un b.

IM-PRE-SIO-NAN-TE.

Argentina, el país de las lógicas no clásicas. 

Que Dios me proteja y NO me proteja al mismo tiempo y en el mismo sentido. Por favor. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Sobre pobres, zapatillas e inflación

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 25/2/21 en: https://www.dataclave.com.ar/opinion/sobre-pobres–zapatillas-e-inflacion_a6035a78f0a4d5c043cff5be0

En Argentina solemos usar las palabras hasta que estas pierden sentido. Invitación a considerar cuánto ha influido la destrucción sistemática de nuestra moneda en las conductas cortoplacistas que muchas veces se observan entre quienes menos tienen.

“Lo que sucede es que no tienen puesta la camiseta de la empresa”

Todo consultor que se precie de tal, alguna vez escuchó esta frase proveniente de la boca de algún empresario frustrado por la performance de sus equipos. Quienes muchas veces han fundado prósperas empresas o incluso holdings enteros en base a su esfuerzo y de dedicación personal; en base a horas y horas de trabajo mentado, toma de riesgos y el sacrificio de gustos y placeres, suelen darse de bruces con el hecho de que sus empleados luego, aun cuando en su percepción reciben retribuciones más que justas, “no dejen todo” en la empresa.

El buen consultor, por lo general, permite que un tramo de esas primeras conversaciones de diagnóstico transcurra en este tipo de catarsis liberadora, y luego con sumo cuidado, comienza la penosa tarea de explicarle al empresario que el mundo no funciona así. Ahí es cuando surge la palabra “incentivos”. Vocablo de difícil definición dentro del ámbito de la consultoría, pero que abarca todo aquello que debe estar alineado para que, más allá del voluntarismo, “los viernes de medialunas”, las arengas y “las camisetas de la empresa”, el personal de los diferentes sectores aplique todo su conocimiento y esfuerzo al crecimiento de sí mismos (sí, de sí mismos) y, si todo está bien alineado, también entonces al de la empresa. 

Suele ser este un momento clave en la relación del consultor y su contratante: o este último logra convencerse de la necesidad de ver la gestión de sus recursos humanos desde otro ángulo menos idílico o, como sucede muchas veces, el consultor sale expulsado de la empresa con alguna excusa que oculta el hecho de que el empresario se sintió ofendido por la idea de que “su familia” de empleados (de esta visión surge muchas veces el problema), necesite incentivos para hacer crecer la empresa que no es otra cosa (al menos en su enfoque) que su “segundo hogar”.

La frase sobre los empleados y el “no ponerse la camiseta” es un cliché típico que suele escucharse en ese momento clave en el que las empresas (lo sepan o no) intentan atravesar la transición entre empresa familiar a institucional. Sin embargo, fuera del ámbito privado, también existen otros cliches que se esconden detrás de visiones desinformadas o idílicas y que poco hacen por favorecer la solución a los problemas. En este sentido, y ya en el ámbito de lo social o lo público, muchas veces escuchamos la expresión “los pobres van y se compran zapatillas antes de pensar en el techo que les llueve”. Con variantes, esta expresión se repite muchas veces entre quienes ven ciertos comportamientos como el resultado de una mera falta de voluntad o, incluso (y sobre esto regresaré al final), como una carencia de cultura o valores.

En Argentina solemos usar las palabras hasta que estas pierden sentido. Llevamos décadas y décadas absolutamente conscientes de que tenemos problemas graves a nivel institucional, pero en la práctica, poco hemos hecho para solucionarlos. Sí, hemos conquistado la permanencia de un sistema (casi) republicano desde 1983, pero dentro de éste aún hay mucho por fortalecer, transparentar y modernizar, para que realmente la cuestión institucional transite el mismo sendero que el de los países desarrollados o de los que realmente y más allá del marketing político, se encuentran en vías de desarrollo.

Las instituciones son, si quisiéramos plasmar en este instante una definición sencilla, una serie de normas y reglas conocidas por todos los participantes de ésta, que permiten regular nuestra conducta y hacerla previsible tanto para nosotros como para los demás. La previsibilidad luego, entre otras cosas, facilita la coordinación entre las partes, la resolución de conflictos y, por ende, la cooperación. 

Bien es cierto que esto que parece tan sencillo de decir y comprender, no suele ser tan fácil de conquistar y consolidar. Y menos sencillo es aún aceptar que las instituciones no son solo las políticas (lo primero que pensamos cuando viene la palabra a nuestra mente) sino también las económicas. Permítame el lector decir en este punto entonces, que pocas instituciones resultan más importantes para el desarrollo próspero y pacífico de una sociedad que su moneda. Sí, la moneda, justamente eso que los argentinos destruimos sistemáticamente desde hace casi ochenta años. 

La invitación de esta nota es a considerar cuánto ha influido la destrucción sistemática de nuestra moneda en las conductas cortoplacistas que muchas veces se observan entre quienes menos tienen, y también por qué no, incluso, entre otros segmentos de la pirámide social en la que vivimos. A una moneda que cada día pierde valor, y por tanto es carente de una de sus funciones principales (permitir el ahorro), sumemos un mercado de capitales ridículo en el que el acceso al crédito sano se ha vuelto prácticamente una quimera.

Agreguemos luego, las restricciones sistemáticas a la adquisición de moneda extranjera, refugio de valor alternativo que durante décadas los argentinos han utilizado para evadir, justamente, esa destrucción de la moneda, llevada adelante por los gobiernos. Completemos la ecuación, con la falta de educación financiera de la que adolece todo nuestro sistema educativo, la cínica propaganda que hace de quien compra dólares una especie de traidor a la patria y todo el condimento de cientos de regulaciones, privilegios y rentas que favorecen solo a un pequeño segmento de la sociedad; segmento que suele ser más cercano a la política, los sindicatos y los así llamados hoy “movimientos sociales”, que a la actividad privada, verdadera generadora de empleo genuino. 

¿Qué se obtiene con todo esto? Una matriz de incentivos tal en la que es mucho más sensato intentar satisfacer necesidades, gustos o placeres de corto plazo, como un buen par de zapatillas, que intentar inútilmente capitalizarse a futuro, adquirir un techo o “pensar como pensaban nuestros abuelos”, otro cliché nostálgico que oculta más de lo que explica.

Los incentivos favorecen las conductas, las conductas repetidas en el tiempo forman la cultura, la cultura determina el destino de los hombres y de las naciones. Quizá sea este un buen momento (a decir verdad, no se me ocurre otro mejor), para dejar de lado las explicaciones idílicas de por qué nos sucede lo que nos sucede y empezar a trabajar en la consolidación de instituciones que se encuentren realmente alineadas con un futuro sin pobreza, sin violencia y pleno de prosperidad. 

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad