ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE HISTORIA ECONÓMICA ARGENTINA

Por Guillermo L. Covernton 

El papel de la historia, en el análisis y diseño de medidas de política económica ha sido enfocado con muy diversos criterios, dependiendo de la formación intelectual de cada proponente: Así, por ejemplo para Mises, Las ciencias de la acción humana se dividen en Praxeología e Historia, siendo la Economía una rama de la primera. Para este autor, la Historia Económica no es más que Historia, y dado que para esta ciencia, el pasado constituye el objeto principal de su estudio, sus enseñanzas no pueden aplicarse a la totalidad de la actividad humana, concretamente no pueden aplicarse a la acción futura. No cabe construir esta ciencia en base a elaboraciones empíricas [1]. De todas formas, no encontramos enfoques que nieguen que el estudio de la historia económica nos permite ver y anticipar la comisión de errores que pueden ser de enorme trascendencia y ese es el objetivo de detenernos en el análisis de esquemas pasados de política económica. A pesar de ello, las conclusiones dependerán fuertemente del marco teórico en el que se haya formado el investigador, ya que este nunca alcanza a reflejar la totalidad de las circunstancias, sino solo aquellas que considera de interés, de acuerdo a los puntos de vista teóricos que sustente. Es por eso que tiene una importancia esencial la apoyatura técnica en la que se desarrollan [2].

Debe destacarse también que en lo referente a la historia económica de nuestro país, encontramos escollos similares a los que se le presentan al estudioso de otros aspectos generales de nuestra historia: El apasionamiento a veces no permite ver a las claras los indicios que los hechos nos brindan. Por ello es menester hacer gala de una actitud amplia y pluralista, que sin dejar de lado ciertas hipótesis, que siempre se apoyan en nuestro propio acervo teórico, permitan confeccionar algunas opiniones, que sin pretender ser absolutamente concluyentes, den lugar a la elaboración de explicaciones satisfactorias y útiles sobre los hechos del pasado, que nos ayuden a entenderlos y a construir a partir de ellos.

Pocos observadores disentirán en relación a uno de los rasgos más distintivos de la evolución de la actividad económica y de las finanzas de nuestro país, desde los albores de mayo, hasta fechas recientes: Nos referimos a uno de los más conspicuos protagonistas: Las Crisis. Como bien dijo Alberdi: “Si la crisis ha pasado, ¿para que sirve este escrito? Viniendo a deshora, en efecto, prueba que no ha sido hecho para conjurarla”. [3]

En este breve trabajo trataremos de presentar algunas de las características más frecuentes que han mostrado estas crisis, sus orígenes, causas, y efectos. El conocimiento de las causas y su naturaleza es útil, en tanto y en cuanto son hechos que acaecen en forma recurrente, a efectos de poder prevenirlas y evitarlas, o al menos, morigerar sus consecuencias y aplicar medidas que ayuden a superarlas rápidamente.

Estos procesos, a los cuales el padre de nuestra constitución adjudicó un origen relativamente reciente, (para los años en que escribía, siglo XIX), tenían su génesis, para su concepción, en la expansión del crédito y en el emisionismo de los “bancos de circulación” o bancos emisores. La prudencia en el manejo de las políticas crediticias es citada como uno de los medios para conjurarlas. Y el abuso en la utilización de tan excelente y fecundo instrumento, del mismo modo que ocurre con la libertad y el poder, es mencionado como nexo causal. Ya por aquellos tiempos, se escuchaban voces como las de Juglar, citado por Alberdi, quien en su libro: Las Crisis Comerciales aislaba ciertos indicadores, que en su opinión podían encontrarse en la información contable bancaria. Así por ejemplo mencionaba: La elevación del volumen de las operaciones de descuento, la caída de las reservas, (encajes), y la posterior reversión de la evolución de ambos índices, pasado el período de liquidación post-crisis, y recomendaba su monitoreo, a efectos de predecir la catarsis[4].

Queda claro en el planteo de Alberdi la visión del proceso de crisis con un gran paralelo al de la situación de insolvencia privada: En sistemas monetarios de paridad con activos externos, (para el caso moneda convertible en oro), el parangón era insoslayable por aquellos años [5]. Asimismo era también consciente de que la falta o disminución del crédito, por problemas políticos o fiscales, también actuaba como factor desencadenante, observándose ya en los períodos en que este autor analizó, un alto grado de correlación entre las dificultades crediticias y las tasas de interés que para obligaciones de riesgo soberano debían enfrentar los países vecinos o con estructuras de producción y grados de industrialización similares [6]. En su ilustrador análisis, también relacionó los niveles de ahorro, como formador de capital, y su contrapartida, el gasto, y no dudó de calificar al gasto del estado como “improductivo”. Aunque reconocía su carácter de necesario a ciertos niveles, advertía claramente los riesgos de la proliferación de una clase social empleada exclusivamente en esta función [7].

Autores posteriores han observado, asimismo, que la ineficiencia de las políticas tributarias y fiscales, en razón de su complejidad, inestabilidad en el tiempo y su contradicción con elementales principios de la tributación, así como el uso de esquemas mercantilistas, prebendarios y estructuras recaudatorias pesadas y onerosas provocaban fuerte inestabilidad política. Esta última, a su vez, al generar incertidumbre en la aplicación en el tiempo de las políticas proyectadas, actuaba retroalimentando el sistema y generando un crecimiento de ambos factores críticos [8].

La gestión de Rivadavia durante el gobierno de Martín Rodríguez, ( 1821-1824 ), es citada como un ejemplo de saneamiento de las arcas fiscales y de sus fuentes, merced al uso de herramientas como el presupuesto, el análisis de las fuentes de financiación y de la onerosidad de la gestión de cobros de algunos gravámenes, todas medidas que redundaron en una mejora en la recaudación, posibilitando la derogación de aquellos gravámenes perfilados como los más objetables desde el punto de vista de su base imponible, ( como por ejemplo la “contribución de comercio”, la “alcabala de venta” la “sisa” y la “media anata de oficios” [9].

Otro enfoque interesante de analizar es el efecto que sobre la totalidad de las relaciones económicas origina el ajuste sobreviniente con posterioridad a la inflación, así Burgin destaca que los desórdenes políticos, y la excesiva emisión monetaria produjeron, durante los años que van de 1826 hasta mediados de 1830, importantes cambios en la distribución de la renta, variaciones en la relación entre sueldos, artículos de consumo y ganancias, impactando de forma muy diversa en las distintas clases de mercaderías y precios de servicios. El ingreso real de los asalariados disminuía, y buena parte del ajuste era soportado por industriales, comerciantes, y quienes producían para el mercado interno [10]. El intento vano de compensar con aranceles estas traslaciones de recursos de un sector al otro, las presiones de los distintos grupos de poder involucrados y el altísimo grado de complejidad que estas estructuras tarifarias alcanzan, está documentado muy claramente desde los albores de la organización nacional [11].

Es sumamente interesante reparar en que este tipo de inconvenientes no solo no han sido privativos de los dirigentes de nuestro país, sino que, además, se han seguido repitiendo en el espacio y en el tiempo, como bien lo retratan algunos estudios referidos a la Europa de pos-primera guerra. Así von Mises, en una célebre conferencia pronunciada en Checoslovaquia, en Febrero de 1931, [12] destaca los riesgos de pretender, desde el sector oficial, impulsar ciertas y determinadas actividades económicas, en desmedro o a subsidio de otras consideradas menos importantes o con menor capacidad de impulsar la economía. De todas formas, ya en aquellos años, y de la mano del unitarismo, se escuchaban una gran cantidad de ideas de neto corte liberal, tendientes a abrir la economía a los mercados internacionales y a la obtención de capitales de los mercados financieros externos, alentando la colonización y la inmigración, que formaban parte de las ideas predominantes en el campo económico. Pero también, del mismo modo que sucede en la actualidad, las urgencias presupuestarias del gobierno, la ineficiencia en la administración fiscal, y la búsqueda de solucionar estos desequilibrios mediante la financiación a través de impuestos distorsivos y que impedían la integración internacional, actuaron conspirando contra el éxito de estos planes gubernativos [13].

Autores como Alemann mencionan también que las muy escasas decisiones que en el marco de la economía positiva se tomaban en aquellos años actuaban de manera claramente anti cíclica, ya que se expandía la moneda al solo efecto de financiar gastos corrientes y no inversiones reproductivas: El gobierno corría detrás de las circunstancias que le tocaba vivir, más que influir sobre ellas [14]. La expansión del crédito, el aumento desproporcionado del gasto público y las malas inversiones originadas en una poco estudiada inversión inmobiliaria para la especulación en tierras es mencionada nuevamente en otros estudios, a la hora de tratar de explicar los fenómenos que desembocaron en la recesión de los años 1875 a 1878. También se observaba en esos años la perjudicial práctica de financiar con endeudamiento externo las erogaciones corrientes no productivas, como el gasto militar [15].

En el análisis de los hechos que causaron la débacle de 1891, tanto autores locales, (Aristóbulo del Valle, José Terry), como del extranjero, (John Clapham), coinciden en señalar que el emisionismo generado a partir de la política de Bancos Garantidos, así como la corrupción administrativa, jugaron un rol fundamental. El proceso impactó indudablemente de modo mucho más marcado en la economía de los comerciantes e inversores financieros que en el de los productores de bienes exportables [16].

Esta ha sido una constante a lo largo de los años siguientes, que de tal modo dio origen esquemas tributarios y arancelarios fuertemente discriminatorios contra estos sectores, que por estas mismas razones mantenía una mayor capacidad económica. En una primera instancia, se dio un fuerte ingreso de capitales, (1886 – 1887), que no originó una fuerte caída de los activos externos y la consiguiente revaluación del peso, dada la fuerte presión de las importaciones y la expansión de la demanda de bienes de consumo. Ambas corrientes se financiaban, como en épocas bien recientes, con el ingreso de divisas, apoyado en la mayor confianza que el país generaba en las plazas financieras internacionales. La imposibilidad de continuar con el endeudamiento, muy agravada ya en 1890, gatilló el crack. La audacia de los emprendedores de financiar proyectos cuyo plazo de maduración exigía fondeos de largo plazo, con obligaciones que eran exigibles en plazos mucho más breves dejó sin capacidad de repago a buena parte de las inversiones encaradas, generando una situación de iliquidez que obligó a un muy oneroso proceso liquidativo.

La suma de otros factores, como la caída del precio de los productos exportables, que eran un número muy exiguo, (lo que acentuaba la vulnerabilidad del esquema), más el hecho de que los volúmenes de producción estaban fuertemente influidos por el riesgo climático acrecentó la gravedad de la caída. La encrucijada en la que se encontró el gobierno juarista fue la misma que muchos años después, y aún contemporáneamente ha enfrentado nuestra nación: Aplicar un fuerte ajuste recesivo, muy impopular, con incremento de la presión fiscal, o repudiar la deuda, (lo que modernamente los estados hacen mediante una devaluación de su moneda). También en aquellos años, las opiniones que más se hacían oír eran las de los sectores exportadores y las de quienes se beneficiaban con la devaluación ganando competitividad. El abandono de la ortodoxia económica, y la pérdida de valor de la moneda que siguieron a la política Juarista que termina con la revolución y el ascenso de Pellegrini, ya no son medidas que puedan causar sorpresa a los estudiosos contemporáneos de estos procesos [17].

El peso de la deuda externa tuvo también un papel protagónico, habida cuenta de que buena parte de ella había sido tomada no tanto para la realización de inversiones reproductivas, como decíamos, sino más bien para el pago de servicios de deudas anteriores y de obras públicas, (aguas corrientes, etc.). El incremento del gasto público corriente hizo que los rubros de sueldos y expensas corrientes alcanzaran el 30 % del presupuesto. La desproporción entre el gasto y los recursos, (95,3 millones contra 29.1 en 1890), así como el crecimiento de este, sin una contrapartida similar en las fuentes genuinas de financiamiento, (ya que en 1895 ambos rubros alcanzaron a 167,2 y 38,2 mill. respectivamente), evidencian que si no hubiera sido por la relativamente alta confianza de las plazas financieras internacionales, el proceso acumulativo se hubiera frenado mucho antes y con una recesión aún mucho más feroz.

Tal como se ha visto muchos años después, la confianza y el crédito internacional, pueden llegar a actuar como un verdadero salvavidas de plomo al no forzar al ajuste cuando la virtual bola de nieve es aún manejable y no exige tan costosos sacrificios [18]. El fenomenal endeudamiento en que se incurría, que llegó a cuadruplicarse en este período, no guardaba relación con el crecimiento de las exportaciones, apenas incrementadas en solo un 50 %. El destino poco atinado y generador de escasa o nula capacidad de repago, de los créditos así como el prolongado plazo de maduración de los proyectos y aún el fraude han sido nuevamente mencionados en algunos estudios muy documentados.

En el período de recuperación de la crisis es de destacar la visión y la diligencia de los gobernantes en atacar con plena ortodoxia otra de las causas más disimuladas de las dificultades de financiamiento del sector público: la licuación de sus recursos genuinos en virtud del proceso de pérdida acelerada del poder adquisitivo de la moneda. Esto fue atacado principalmente con la fijación del cobro de los derechos de importación inicialmente en un 50 % en oro y luego en su totalidad en esta divisa. Asimismo se mencionan la contención de la expansión del crédito y la reducción del gasto público corriente [19]. Otro elemento muy ilustrativo y que permite echar luz y reflexionar también en situaciones que se han visto con mucha posterioridad en la república es la relación directa que sobre la cantidad de moneda tiene las exportaciones, más precisamente el superávit comercial, como no puede ser de otra forma, en un marco de moneda convertible: Con la ley de convertibilidad de 1899, y al no ser nuestra patria un exportador neto de oro, el superávit comercial se monetizaba, provocando presiones inflacionarias, a la vez que una mayor confianza de las instituciones crediticias, que generaba un mayor flujo de divisas desde el exterior para su colocación en los mercados financieros. Esto producía una gran volatilidad del mercado financiero y de divisas, con base en la inestable oferta de nuestras producciones exportables, (como apuntábamos antes, por razones ecológico-climáticas). El sistema financiero operaba en forma muy endeble, y opiniones como la de Martínez destacaban la muy baja integración de capital con la que iniciaban y realizaban sus operaciones los bancos extranjeros que participaban en la plaza. El total de depósitos del sistema, en pesos papel, (507 millones), convertidos a pesos oro, (a la paridad de 2,2727), más el monto de depósitos en pesos oro, (6.6 millones), daba algo así como una relación de 5,76 a uno, (que surge de relacionar 229 mill. de pesos oro de depósitos totales con 39.7 mill. de capitales totales), lo cual implica un respaldo de algo más del 17 % de los depósitos, en patrimonios de las entidades receptoras [20]. Esta asimetría, así como la evidencia de que se contaban en el país con los capitales suficientes para el financiamiento de un sistema bancario genuino, hicieron que el banco de la Nación Argentina fundado en plena crisis acumulara, luego de la reforma de su carta orgánica en 1904, y gracias a su extensa red de sucursales en el interior el 50 % de los depósitos del sistema en 1917.

Algunos autores atribuyen a la acertada política de este banco, entre las que podemos mencionar: El hecho de no utilizar nunca su facultad de emitir billetes; Su escaza influencia en el mercado de redescuentos, en el que se abstuvo de expandir el crédito y los altos encajes que mantenía, buena parte de los fundamentos de la estabilidad monetaria y económica del período que llegó a sus finales en la crisis de 1929 [21]. En este sentido, también encontramos opiniones en apoyo a las políticas ortodoxas, que afirman que al no recurrirse a la emisión monetaria, si bien las crisis se profundizan, sus efectos son revertidos y superados en breves lapsos, y el crecimiento posterior se hace sobre bases mucho más genuinas y sostenibles [22].

Todas estas opiniones, muy fundamentadas y con una fuerte base en conocimientos de la teoría económica, por parte de sus autores son las que nos han llevado a pensar en lo que ha sido el eje central de este trabajo. Tal es que la observancia, el estudio y la reflexión profunda sobre los hechos, las medidas adoptadas, los efectos mediatos y su impacto político tanto en el contexto, como en las instituciones, son de enorme utilidad a la hora de tratar de prever los alcances que las diferentes medidas de economía positiva que se intentan podrán tener sobre las condiciones futuras.

 

Referencias:

[1] Mises, Ludwig von, La Acción Humana, Madrid, Unión Editorial, 1980, pp. 61 y 62.

[2] Mises, Ludwig von, La Acción Humana, Madrid, Unión Editorial, 1980, pp. 1252 y 1253.

[3] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I ,Estudios Económicos, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 33

[4] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I, Estudios Económicos, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 38.

[5] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I , Estudios Económico, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 42 y 43.

[6] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I, Estudios Económicos, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 48 a 55.

[7] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I , Estudios Económicos, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 70 a 74.

[8] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 75.

[9] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 77 y 78.

[10] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 103 a 105.

[11] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 105 a 107.

[12] Mises, Ludwig von, On The manipulation of Money and Credit, Free Market Books. Dobbs Ferry NY 1978. p.: 193 a 200.

[13] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 128 a 130.

[14] Alemann, Roberto T. Breve Historia de la Política Económica Argentina: 1500 – 1989, Editorial Claridad, Buenos Aires 1997. pp. 71 a 72.

[15] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 19 a 22.

[16] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 80 a 81.

[17] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 82 a 85.

[18] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 149 a 151.

[19] Alemann, Roberto T. Breve Historia de la Política Económica Argentina: 1500 – 1989, Editorial Claridad, Buenos Aires 1997. pp. 165 a 169.

[20] Vazquez Presedo, Estadísticas Históricas Argentinas, Ediciones Macchi SA. Buenos Aires 1971.

[21] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 156 a 161.

[22] Alemann, Roberto T. Breve Historia de la Política Económica Argentina: 1500 – 1989, Editorial Claridad, Buenos Aires 1997. pp. 129 a 131.

 

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es Profesor Titular de Finanzas Públicas, Macroeconomía, y Emprendimiento de Negocios en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Ha sido profesor de Microeconomía, y Economía Política en la misma universidad. Fue Profesor Titular de Proceso Económico en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, (UFM). Fue secretario de Confederaciones Rurales Argentinas, corredor de granos y miembro de la Cámara Arbitral de Cereales de la Bolsa de Comercio de Rosario. Fue asesor de la Comisión Nacional de Valores para el desarrollo de mercados de futuros y opciones. Fue director académico de la Fundación Bases. Es empresario y consultor.  Preside la asociación de Ex alumnos de ESEADE.

Peligroso crédito barato

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 14/3/19 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/peligroso-credito-barato/

 

El Banco Central Europeo retrasó la subida de tipos a diciembre de este año, y podría dilatarla hasta 2020, dado el menor crecimiento y la baja inflación.

En “El Despertar Liberal” de Más de Uno en Onda Cero advertí sobre el peligro de esta medida, y fui después abordado por mi compañero Javier Hernández, “El Borrascas”, que rechazó mi crítica. Una financiación de bajo coste, sostuvo, es una triple bendición para mí: 1) puedo pagar mi hipoteca, y me sobra algo de dinero para unas cañas; 2) las dificultades de unos créditos baratos pueden existir, pero atañen más a los ricos, a los grandes empresarios, y no a la gente corriente; y 3) con financiación asequible puedo ser propietario de un piso que el día de mañana será un patrimonio que podré emplear para completar mi jubilación.

Parece lógico que si baja el precio de algo que pagamos, ello nos beneficia. Pero el tipo de interés es un precio intervenido por las autoridades. Todo precio sometido a esa circunstancia genera consecuencias: si no hay comida en Caracas es porque la tiranía de Maduro ha establecido un control de precios.

En el caso de los créditos, si su precio no obedece a la oferta y la demanda de fondos prestables sino a una decisión política que lo abarata artificialmente, ello desanima el ahorro y anima la inversión excesivamente, lo que desencadena una dinámica insostenible que desemboca en una crisis. Ahí veremos que las cañas que podía tomarse Javier gracias a su hipoteca barata eran un bienestar simulado, al no ser fruto de un proceso genuino de ahorro e inversión.

Tampoco es acertado el segundo argumento, porque las crisis a que da lugar la sobreinversión fomentada por los intereses bajos no afectan solo a los ricos y las multinacionales, como saben bien los millones de ciudadanos corrientes que en la última recesión se quedaron sin empleo o los pequeños empresarios que quebraron, o las numerosas familias que ahorraron comprándose un piso que después no pudieron vender ni alquilar.

El tercer argumento, igual que los demás, parece convincente. Después de todo, si uno se compra una vivienda con una hipoteca, uno tiene algo. Una vivienda es un activo, que puede realizarse y servir para objetivos útiles, como el que me indicó El Borrascas: redondear nuestra jubilación.

Pero una cosa es un activo y otra cosa es la garantía de su valor y su liquidez. Como hemos apuntado, una multitud de españoles comprobó hace diez años que un activo inmobiliario puede perder mucho valor y ser notablemente ilíquido.

Y, por fin, la idea de que con una vivienda tenemos un complemento para la pensión, que es verdad, debe ser ponderada con una consideración a las alternativas de inversión, porque podemos ahorrar también en otros activos, cuya rentabilidad puede ser mayor.

Un crédito barato, en suma, puede tener el mismo dulzor que un caramelo envenenado.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Experiencias de marxistas a liberales

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 9/3/19 en https://www.cronista.com/columnistas/Experiencias-de-marxistas-a-liberales-20180309-0045.html

 

Experiencias de marxistas a liberales

 

Siempre hay que suponer la mejor de las intenciones, independientemente de las corrientes de pensamiento a las que se adhiere. Es la forma de dialogar e intercambiar ideas con provecho recíproco.

En lo personal tengo buenos amigos que han recorrido una larga y difícil trayectoria desde el marxismo al liberalismo. En primer lugar, el caso del peruano Eudocio Ravines quien fuera Premio Mao y Premio Lenin y muchos otros de muy diversos países.

En varios de los casos, para aprender y comprender, he indagado acerca de cuales han sido los autores que les han atraídos en sus épocas marxistas y cuales fueron los intelectuales que comenzaron a producir el cambio y, finalmente, quienes sobresalen al efecto de consolidar la postura liberal.

En la mayor parte de las situaciones que conozco, Antonio Gramsci ha sido un autor destacado del lado marxista. Según me han explicado, este pensador les ha atraído por su apartamiento de los métodos violentos puesto que, en cambio, concentra su atención en la educación dirigida a todos los niveles.

Este proceso es absolutamente cierto: todo comienza con cenáculos intelectuales y luego, como una piedra arrojada en un estanque, los círculos concéntricos van haciendo de efecto multiplicador hasta que se alcanza la opinión pública. Una vez en ese estadio, el político se ve forzado a adaptar su discurso a las demandas de la gente. Esto es desde luego válido para cualquier tradición de pensamiento.

Luego me han comentado estos amigos que en el proceso de transformación aparece Raymond Aron que les ha hecho ver que el marxismo es el opio de los intelectuales que no les permite reconocer las masacres físicas y morales que resultan de sus recetas.

También en esta instancia ha influido Bernard-Henri Lévy, él mismo un ex marxista, que insiste en que esa postura constituye un engaño superlativo puesto que es puro barbarismo. Y concluye que esto ocurre con todas las versiones que se escudan en muy diversos rótulos para atacar la institución de la propiedad. Recordemos que Marx y Engels han consignado que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”.

Mucho más adelante en la mencionada travesía vienen las lecturas de autores como el premio Nobel en economía Friedrich Hayek y su maestro Ludwig von Mises, con lo que el análisis se torna más riguroso y se detectan con mayor claridad las trampas que encierra el intervencionismo estatal, especialmente para los más necesitados.

Es en el contexto de esta aventura del pensamiento que los ex marxistas honestos intelectualmente a que me refiero han arribado a la postura liberal, la cual significa nada más y nada menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida del prójimo y rechazan todo tipo de privilegios, muy especialmente los otorgados a empresarios prebendarios que se alían con el poder para explotar a sus semejantes.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

Cristo y las riquezas (3° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2019/03/cristo-y-las-riquezas-3-parte.html

 

Nótese como la actitud de Zaqueo contrasta con la del joven rico, que invitado por Jesús a desprenderse de sus bienes y darlo a los pobres se puso “muy triste”:

Mat 19:22 Pero al oír el joven estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes.

Mar 10:22 Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes.

Luc 18:23 Pero al oír esto, se puso muy triste, pues era sumamente rico.

No obstante, ni se negó ni se comprometió a hacerlo. Fue su actitud lo que lo que el Señor evaluó. Cristo no rechazó a ninguno de ellos, sino que ambos adoptaron posturas diferentes ante sus riquezas. Zaqueo las puso por debajo de su fe cristiana, en tanto que el joven rico por encima. Y es bastante probable (aunque no se dice en la Biblia) que el joven rico también hubiera sido un publicano, ya que estos eran muy, pero muy ricos.

“El sentido de crisis estaba ahondándose; entró en una fase aguda después de que Judea fue anexionada directamente por el Estado romano y quedó sometida a los procedimientos fiscales romanos.

Éstos en definitiva fueron mucho menos populares que lo que había previsto el partido favorable a los romanos; se ha calculado que en la Palestina del siglo I, la suma de los impuestos romanos y judíos pudo haber alcanzado hasta el 25 por ciento (no progresivo) de los ingresos, en una economía que en algunos aspectos y en ciertas áreas no estaba muy lejos del nivel de la subsistencia.”[1]

En realidad, toda la economía “no estaba muy lejos del nivel de la subsistencia”. Para comerciar se necesitaba ser dueño, o de tierras cultivables (que escasean en Palestina) o de ganado, cuya adquisición y crianza era muy costosa, salvo que se dispusiera de esclavos, que había que comprarlos, vestirlos y alimentarlos. Pocos eran los que podían darse esos lujos. Y luego de todos estos costos, debían pagar altos impuestos, ya que, sobre una producción escasa, un 25% representaba grandes sumas. Si el precio de venta del producto era inferior a los costos de producción el productor ya estaba incurriendo en pérdidas, y si sobre ese precio de venta debía tributar un 25%, sus pérdidas no hacían más que verse agravadas. Lo mismo sucedía si la producción total no era vendida o solo lo era en parte. Aun suponiendo una venta exitosa el productor perdía después de la aplicación del impuesto. Supongamos esta situación de un agricultor cualquiera:

PRODUCCIÓN 10 kilos
COSTO POR KILO 10 denarios
COSTO TOTAL 100 denarios
PRECIO DE VENTA 12 denarios
CANTIDAD VENDIDA 10 kilos
GANANCIA ANTES DE IMPUESTOS 120 denarios
IMPUESTOS 25%
IMPUESTOS EN DINERO 30 denarios
GANANCIA NETA FINAL 90 denarios

En el ejemplo hipotético, el agricultor logró vender toda su producción, y antes de impuestos consiguió obtener una ganancia que, después de la aplicación del impuesto y en el balance final, se transformó en una pérdida. Y ello suponiendo que efectivamente -como dice el autor citado- el impuesto solo fuera del 25%. Existen muchas razones para inferir que el impuesto real era mucho mayor si tenemos en cuenta las numerosas referencias bíblicas a las estafas que los recaudadores de impuestos (los odiados publicanos) cometían contra el pueblo.

Súmese a ello que las cosechas están expuestas a los vaivenes del clima (inundaciones y sequias según fuere el caso) y la del ganado dependía enteramente de las anteriores y las condiciones del suelo. El cuadro de miseria era el dominante.

En estas desesperantes circunstancias económicas, y dado el sistema de producción primitivo propio de la época, a Cristo no le quedaba más remedio que apelar continuamente al llamado a la caridad para con los pobres, ya que, en vista del sistema económico imperante, no había otra manera de paliar su miserable situación.

Extrapolar aquella critica economía social de tiempos tan remotos y rudimentarios hasta nuestros días para sacar de ella conclusiones morales aplicables a la era actual es un grosero error, de momento que, en el siglo XVIII aparece el capitalismo que -desde entonces hasta hoy- ha venido reduciendo la pobreza mundial de manera espectacular. De donde, creo que el capitalismo ha sido una de las más maravillosas revelaciones divinas que se haya hecho al hombre, ya que hizo de lo que comenzó siendo algo posible solo a través de la caridad, un sistema de producción y distribución de riquezas de dimensiones mayúsculas y masivo, que ha reducido la caridad a algo muy puntual y poco frecuente. Vienen a cuento las siguientes reflexiones:

“Luego de la parábola de los talentos, que es sobre buenas y malas inversiones, viene la parte sobre solidaridad e insolidaridad, donde los versos 35 y 36 dicen: “tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” Las implicaciones son claras: la solidaridad ha de seguir a la productividad. Sin producción no hay riqueza, ¿de dónde va a salir el dinero para solidaridad?

´Por otra parte, la caridad no es la única forma de ser solidarios. Un capitalista que invierte produce muchos bienes y servicios para el mercado, y crea muchos empleos. ¿No es solidario? Después de todo, los fabricantes de ropa y calzado, ¿no visten y calzan a los desnudos? Y los productores y vendedores de alimentos ¿no dan de comer a los hambrientos? Las cadenas hoteleras, ¿no dan alojamiento a los viajeros?”[2]

Es decir: lo que permite la solidaridad es precisamente el capitalismo. De donde se deriva que sin capitalismo la solidaridad (ya sea particular o masiva) sería imposible.

Pero en tiempos de Cristo el capitalismo no existía, la explotación económica de los pobres por parte de los poderosos era moneda corriente. Ante ese cuadro de situación el Señor debió apelar insistentemente a exhortar a la caridad para los menesterosos, que eran mayorías enormes.

Los elementos de la economía en tiempo bíblicos y neotestamentarios pueden resumirse en estos puntos:

  1. El sistema económico mundial era de suma cero.
  2. Como derivación de la primera premisa toda economía era de subsistencia.
  3. La pobreza entonces era la regla y la riqueza la excepción.
  4. Los impuestos agravaban el cuadro anterior. Maxime se dice en muchas partes que era altamente excesivos.
  5. Las deudas se pagaban con la cárcel o a la esclavitud lo que naturalmente aumentaba la pobreza en lugar de reducirla.

[1] Paul Johnson, La historia de los judíos. Ediciones B, S. A., 2010 para el sello Zeta Bolsillo. Pág. 35

[2] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. Pág. 121

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

ESTADOS UNIDOS: UNA PENA PROFUNDA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 10/3/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/03/estados-unidos-una-pena-profunda.html

 

Alguien podría decir que lo que da pena o no corresponde al Mundo 2 de Popper: los sentimientos. Y que si no tengo alguna cosa que decir que corresponda al Mundo 3, o sea, las teorías en sí mismas –el aspecto enternecedoramente platónico de la filosofía de Popper-. La verdad no sé. Creo sencillamente que hay elementos del Mundo 3 que derivan en Mundo 2. Por ejemplo, matar está mal (Mundo 3) y por eso las últimas leyes abortistas del Estado de Nueva York nos horrorizan (Mundo 2).

En realidad, si vamos a hacer una pequeña lógica de los mundos 2 y 3, podríamos decir que todos los que NO son liberales coherentemente odian a EEUU, porque fueron un buen ejemplo de liberalismo clásico, y porque creen que aún lo siguen siendo. Y obviamente todo lo malo que les ocurra a los EEUU les da una profunda alegría.

En cambio para mí, un liberal clásico anglosajón, la declinación de los ideales liberales (clásicos) en los EEUU me da una profunda pena. Creo que hay una coherencia: mi teoría (Mundo 3) es que el liberalismo clásico entró en declive en los EEUU hace muuuuuuuuuuuuuuuucho tiempo, y mi mundo 2 es la pena profunda……………………..

Se podría decir que hay dos break-points fundamentales: la Guerra de Secesión, donde el poder centro de Washington se incrementa, y después de 1945, cuando se establece el New Deal, con el welfare state, y el poder de Washington se concentra en gran escala en casi omnipotentes órganos estatales como la CIA, la FED, y una obvia intervención de EEUU en todo el planeta, comprensible, claro, una vez que sólo por los EEUU nos libramos de que todo el planeta estuviera vitoreando a Hitler.

La CIA, especialmente, es un estado dentro de otro estado, una violación permanente del Estado de Derecho pero es MUY interesante cómo intentaron hacer la cuadratura del círculo jurídico, con una Patriot Act que legaliza lo inmoral…..

Pero nada de lo anterior obsta a que hasta el 2000, en principio, había una especie de aceptación tácita de ciertos principios básicos, por parte de ambos partidos. El ejemplo clave de ello es el famoso y único gran discurso de Al Gore luego de que la Suprema Corte diera como ganador a Bush (h): “no estoy de acuerdo, pero este es nuestro sistema”. Impresionante: “este es nuestro sistema”. And the story. No hubo protestas callejeras, no hubo golpes de puño a los que usaran gorras del partido republicano. La vida siguió. Vinieron las dos mediocres presidencias de Bush (h) y luego el triunfo de Obama. Y todo bien. Aparentemente a la Constitución, o algo de ella, la aceptaban todos.

Pero algo estaba hirviendo por debajo. Aún no tenemos buenas conjeturas para explicar el qué y el por qué. Pero, evidentemente, el pacto político fundamental de los EEUU se había quebrado hace tiempo (1).

Tal vez había finalmente un Deep State que no era solamente la CIA, sino una conjunción mucho más profunda y poderosa (2) que para imponer su agenda utiliza la absoluta falta de conciencia, por parte de las masas, de las libertades individuales. Sí, porque, finalmente, las masas son las masas. La Declaración de La Independencia, el Bill of Rights, la Primera Enmienda, no importan nada para ellas. Nunca importaron nada para Europa, para América Latina, para Asia, etc., pero creíamos que sí importaban para el norteamericano que bregaba por las protecciones del estado. No, tampoco. Importan sólo para un grupo de liberales clásicos extraterrestres llamados libertarios que somos tantos como los habitantes de la Luna en la Historia de los satélites.

Por supuesto, sobrevivía aún el arquetipo del patriota norteamericano que no estudió en Harvard: granjeros, comerciantes, con modales más rudos que los de Obama, seguro, y con las contradicciones típicas que todo nacionalismo tiene con “any” Bill of Rights. La izquierda los desprecia profundamente (3), pero tal vez porque fueron también el arquetipo de la revolución contra Jorge III, que era en ese momento igual que el ala izquierda del partido demócrata: más impuestos y menos libertad.

El asunto es que ellos votaron a su espejo, Donald Trump, hartos de los políticos tradicionales de izquierda y de derecha.

Trump simboliza todo lo que la izquierda intelectualizada odia,aunque Obama haya hecho las mismas cosas y peor. El asunto son los símbolos. Y entonces se pudo ver esa grieta que, en el discurso de Al Gore, no sospechábamos.

La pura verdad es que el partido demócrata de los EEUU, dejando de lado las silenciosas excepciones del caso, es un conjunto de kirchneristas hablando Inglés. Mejor definición, no creo que haya (perdón). Cómo pudo ESO surgir en los EEUU, mm, por un lado es una muestra de que las ideologías fuertes son inmunes a las tradiciones, para bien o para mal. Por el otro, estábamos muy distraídos bajo las exquisitas formas de Obama, que te invitaba a entrar en la barraca nazi de una forma tan bonita que hasta le decías gracias.

Pero esas formas se acabaron. Se habían acabado, mejor dicho. No, ya no es Nixon versus Kennedy (a quien no lo mató un loco suelto, cabe aclarar), ya no es Rawls versus Nozick. La izquierda marxista, la verdaderamente tal, la marxista leninista, no lo soporta. Muestra toda su furia y su odio total contra todo lo que EEUU simboliza para el liberal clásico. No, Trump no es nuestro presidente. No, hay que cambiar el colegio electoral. Hay que ir a buscar a los que apoyan a Trump y golpearlos donde se encuentren (no estoy inventando: Maxime Walters dixit). Hay que acusar y denunciar de cualquier cosa a sus partidarios. No importa el debido proceso. No importa la presunción de inocencia. Todo republicano es una mala persona. Es un racista, homofóbico, fascista. Pero condenar a los judíos está bien. Y ahora todos somos socialistas. Hay que suspender el uso de automóviles. Hay que elevar al 70 % el impuesto a la renta. Seguro social, college, housing, todo debe ser provisto “gratis”. Y si es necesario hay que emitir. Y de vuelta: el que no, es una mala persona, un nazi que merece ser escrachado, perseguido, golpeado. Nada de libertad de expresión, excepto para la izquierda. Se debe insultar todo el día al presidente y a la primera dama, pero si dices he en vez deshe, vas preso. ¿Libertad religiosa? Mm, cuidado con eso. Se acabó todo. No estoy exagerando, cualquier mínimamente enterado de las declaraciones de los dirigentes demócratas lo sabe. Y ni que hablar de los delitos de odio, discriminación, de lo criminales que son ahora todos los que osen no seguir la agenda de género. Y si tienes la mala suerte de vivir unos minutos después de que nazcas con una madre abortista, despídete. Ahora los demócratas son infanticidas.

Vuelvo a decir: si alguien cree que exagero, que siga con atención lo que está sucediendo ahora mismo en EEUU.

Trump intenta frenar todo esto, pero él no ayuda. Primero porque no tiene in mente las reformas profundas que necesitarían los EEUU (eliminación drástica de la CIA, de la FED, del Welfare State, hacer efectiva la Primera Enmienda, vuelta al Patrón Oro, etc.). Segundo porque él es el arquetipo que retro-alimenta los estereotipos demócratas. Es una lástima pero es así. Aunque sea reelecto, sólo podrá detener, pero no curar. Si la cosa no cambia, dentro de unos años Alexandria Ocasio-Cortes es electa presidente y allí tendremos a la Cristina Kirchner norteamericana. EEUU puede incurrir en hiperinflación como mínimo. No additional comments.

Una pena profunda. ¿Hay anticuerpos para esto en algunos dirigentes actuales de los EEUU? No lo sé. Hay algunas resistencias heroicas (4) pero son como gotas de agua que además no participan en política. El asunto es que cuando Europa, excepto Inglaterra, siguió firme su camino hacia la barbarie, EEUU fue el único que pudo salvarla. Ahora, ¿qué salva a los EEUU?

Mm, la pregunta es constructivista. No hay salvadores, no hay constructores. A veces hay estadistas pero necesitan un marco cultural detrás. Y sobre eso, so help us God.

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(1) Ver: https://gzanotti.blogspot.com/search?updated-max=2018-08-19T03:43:00-07:00&max-results=5&start=30&by-date=false

(2)  Ricardo Valenzuela la ha analizado muy bien:

https://gzanotti.blogspot.com/2018/05/lean-por-favor-estos-articulos-de.html Hannity también. Parece que algo está surgiendo a la luz: https://www.facebook.com/FoxNewsVideo/videos/323173635222629/

(3) Sobre ese desprecio, ver http://institutoacton.org/2016/11/23/sobre-el-triunfo-de-trump-gabriel-zanotti/

(4) Deneen Borelli, Allie Stuckey, Elizabeth Johnston, Ben Shapiro y algunos pocos más… Algunos comentaristas de Fox News… Y luego las fundaciones libertarias y conservadoras que todos conocemos pero que parece que no existieran………

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

UNA JUGOSA HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Muchas y copiosas son las historias escritas pero hay una de características peculiares por su profundidad, por el amplio período que abarca y, al mismo tiempo, por su extensión relativamente reducida. Se trata una de las obras de Louis Rougier publicada en francés en 1969 y traducida al inglés con el título de The Genius of the West en 1971 con prólogo del premio Nobel Friedrich Hayek quien detalla los libros y ensayos publicados por el autor y sus esfuerzos por reunir a intelectuales del liberalismo para hacer frente al espíritu socialista que comenzó a prevalecer especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial. Ahora se encuentra disponible una cuidadosa traducción al castellano por Unión Editorial de Madrid titulada El genio de Occidente.

En lo personal, llegué tarde para tener el privilegio de estar nuevamente con él (mucho antes lo había conocido fugazmente cuando mi padre lo recibió en  Buenos Aires en el Centro de Estudios sobre la Libertad), pues siendo rector de ESEADE lo invité a pronunciar conferencias pero a vuelta de correo llegó una amable carta manuscrita con una muy prolija caligrafía de su mujer en la que me informaba de la reciente muerte de su marido ocurrida en el mismo mes de mi invitación, en octubre de 1982.

En esta nota periodística intentaré un recorrido por los pasajes más sobresalientes de este libro que consta de 17 capítulos en los que este doctorado en la Sorbonne y profesor en diversas universidades francesas, italianas y estadounidenses resume una muy jugosa visión sobre lo que estima son los tramos más relevantes de la civilización en la que vivimos.

Rougier abre su trabajo con el mito de Prometeo quien desafió la voluntad de Zeus al robar fuego de los cielos y entregarlo a los mortales. Esto dice Rougier pone de manifiesto el espíritu de la rebelión frente a los dioses “lo cual simboliza los miedos de la gente primitiva en la presencia de las fuerzas naturales que los domina y aterroriza”. El autor subraya que este mito ilustra la necesaria curiosidad y el amor por la aventura del pensamiento. Esto ilustra la insistencia en mejorar las cosas y no considerarlas inamovibles. Apunta que la contribución de los griegos a la civilización occidental es el haberle dado un sentido claro y preciso a la razón, en contraste con oriente que en general se asimilaban a los dictados de los reyes puesto que “la ciencia no se satisface con las evidencias de los sentidos que describen el como de las cosas sino que busca la evidencia intelectual que explica el porqué de las cosas”, le atribuyeron preeminencia al logos como sentido, como razón, como estudio, como investigación de las causas útimas .

De esta postura frente al conocimiento, el autor deriva la idea de la democracia griega que sostiene era “el gobierno de las leyes y no el gobierno de los hombres” en el contexto de la igualdad ante la ley por lo que en este sistema se reservaba la expresión polis para aludir a la ciudad gobernada por la ley en cuyo ámbito señala la importancia que la civilización griega le atribuía a la moneda con sólido respaldo en plata como era el dracma y sus inclinaciones al comercio libre facilitada por contar con dinero confiable.

En el siguiente capítulo se subraya el orden jurídico de la Roma republicana en cuanto a “la protección contra el poder arbitrario” basado en el concepto de derecho natural en línea con lo expresado por Cicerón en cuanto a que “la verdadera ley consiste en la recta razón en concordancia con la naturaleza que es de aplicación universal, inmutable y eterna”, lo cual fue posteriormente elaborado y ampliado por autores como Hugo Grotius, Algernon Sidney y John Locke.

El cuarto capítulo se destina a describir y condenar la esclavitud, una de las  manchas negras más nefastas de la historia del hombre. Rougier se pregunta porqué los griegos no trasladaron sus contribuciones a una revolución industrial y se responde que esto se debió a la horripilante y entorpecedora institución de la esclavitud por lo que “en muchas ciudades la actividad de los habitantes  era considerada incompatible con el ejercicio de las tareas manuales”. Incluso, como es bien sabido, Aristóteles avalaba la esclavitud y concluyó que “el esclavo es una herramienta viviente” (parlantes decían otros).

El autor subraya que esta fue una de las razones centrales de la decadencia romana puesto que “al ser incapaces de sustentarse recurrieron al estado para alimentos, cobijo y diversión de lo cual derivó el panem et circenses […] el número de parásitos que el Imperio debía financiar creció cada vez más, mientras la productividad de la clase media se hizo cada vez más reducida […] y para atender la consecuente crisis el Imperio se volcó a la planificación totalitaria y a las asociaciones compulsivas […] con lo que  se transformó en un derroche general y en todos trabajaban para el estado burocrático” lo cual terminó en el derrumbe romano y sus satélites.

Señala que al cristianismo de la época no solo no se le ocurrió proponer la abolición de la esclavitud sino que aconsejaban obedecer a los dueños (Corintios 1, 7:20-22) pero también es muy cierto que con el cristianismo comenzó un revolución de fondo en la buena dirección al rehabilitar el trabajo manual y, sobre todo, al enseñar que todo ser humano tiene la misma dignidad independientemente de su condición, nacionalidad y etnia como en Gálatas 3:28 (incluso mostrar como un Papa proviene de la condición de esclavo como Calixto). Esto a pesar de los abusos de emperadores cristianos como Constantino con todos sus atropellos y persecuciones a los no cristianos.

En medio de las pestes recurrentes, a fines de la Edad Media comenzaron a aparecer comerciantes debido a las libertades que se otorgaban en los recientemente creados burgos (de allí el burgués) ya sea por hazañas militares u otras condiciones apreciadas circunstancialmente por los señores feudales. En esa época se produjo la invención de los caracteres móviles de Guttenberg lo cual permitió una notable difusión del conocimiento junto al desarrollo de transacciones comerciales y las incipientes faenas bancarias.

En esta línea de progreso se fue desarrollando lo que se conoce como el Renacimiento por la expansión de la libertad lo cual permitió retomar el ímpetu antes del oscurantismo. Rougier subraya las notables contribuciones artísticas, culturales, científicas y comerciales de ese tiempo, todo ello a contracorriente de las intolerancias religiosos, la quema de libros y manuscritos. “Los gigantes del Renacimiento fueron Leonardo da Vinci, Francis Bacon, Galileo y Descartes […] todo debido a la preservación del obsequio principal de la naturaleza: la libertad”, nuevamente en un ámbito donde asomaba la amenaza de la Iglesia contra la ciencia, lo cual ejemplifica el autor con el juicio a Galileo alimentado por el  Papa Urbano VIII y sentenciado por el Santo Oficio (“lo obligaron a Galileo Galilei a arrodillarse y abdicar de la física” escribe Ortega). Rougier se refiere detenidamente a los aportes científicos y evolutivos de Copérnico, Kepler, Galileo y Newton y luego a Pascal, Turgot y Condorcet y la consecuente idea de progreso como algo a lo que debía darse rienda suelta en un clima de respeto recíproco.

En el onceavo capítulo Louis Rougier se detiene a considerar los aportes notables de pensadores como Mercier de la Rivére y Adam Smith que dieron por tierra con las falacias de las doctrinas mercantilistas para mostrar las ventajas y los beneficios del librecambio, especialmente para los más necesitados y la célebre fórmula de laissez-faire de Gourany “que fue el arma para derribar los muros contra el comercio interior y con el exterior que separaban a las personas. Fue una apelación muy justificada a la providencia del orden natural” (dejar hacer a las actividades legítimas en oposición a los dictados caprichosos de los gobernantes).

Muestra como aquellos principios rectores en el contexto de marcos institucionales de respeto a la propiedad de cada uno condujo a la extraordinaria Revolución Industrial que permitió elevar salarios e ingresos en términos reales de una población que antes estaba mayormente destinada a las hambrunas y las muertes prematuras. En esos ámbitos, los incentivos para nuevos emprendimientos y nuevos descubrimientos se multiplicaron a pasos agigantados a diferencia del sistema anterior que solo privilegiaba a los nobles y sus cortesanos. Apunta Rougier la vertiginosa revolución no solo en las fábricas sino en la agricultura y en la medicina, en la tecnología en general, lo cual abrió paso a las humanidades y a la exploración más sistemática y difundida de las manifestaciones artísticas.

Los derechos divinos de los reyes y demás maniobras para ocultar el deseo irrefrenable de poder fueron desapareciendo lo cual el autor pone en evidencia en las primeras líneas con que abre el capítulo treceavo: “La revolución científica del Renacimiento, la revolución ética de la Reforma, el descubrimiento de las leyes de mercado y la Revolución Industrial del siglo dieciocho se combinó para generar una revolución política que completó la transformación de las sociedades occidentales […] El placer de los reyes fue sustituido por Constituciones, la organización jerárquica basada en los privilegios fue reemplazada por la igualdad ante la ley, las ocupaciones cerradas a las masas fue sustituida por el libre acceso a todos, la soberanía del príncipe fue reemplazada por la soberanía de la gente y la omnipotencia del estado fue eliminada y garantizados los derechos de todas las personas”.

Las ideas totalitarias de Hobbes y Rosseau fueron en gran medida desalojadas y ocupadas por estrictos límites al poder. La Revolución Inglesa de 1688, el comienzo de la Francesa antes de la contrarrevolución del terror (conviene puntualizar, ya que la idea de igualdad ha sido desfigurada, que en la Declaración de Derechos de 1789 la igualdad aludida es ante la ley y no mediante ella, tal como se aclara de entrada en su artículo primero) y la Revolución Norteamericana fueron tres puntales dirigidos en sus inicios hacia el antes mencionado respeto recíproco, en este último caso con la expresa mención del derecho a la resistencia a la opresión en su Declaración de la Independencia.

En este muy telegráfico pantallazo -más bien diría a vuelo de pájaro, al efecto de interesar al lector- respecto a un  libro de gran calado, destaco las advertencias de Rougier que denomina “los riesgos del progreso” que tal como subrayó Tocqueville en su momento que “los adelantos morales y materiales que se dan por sentados provocan un quiebre fatal” puesto que debe tenerse en debida cuenta lo tan reiterado por los Padres Fundadores en Estados Unidos: “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”.

El autor de la obra que venimos comentando la culmina con reflexiones sobre la necesidad de refutar los peligrosos enredos del marxismo y sobre todo los del mal llamado “Estado Benefactor” (lo cual es una contradicción en los términos ya que la beneficencia no puede llevarse a cabo por la fuerza) que penetra con más eficacia sobre las mentes desprevenidas. En el extremo los Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, Kim Jong-un y Castro  y demás tiranos han estrangulado, triturado y aniquilado las autonomías individuales de millones de seres indefensos.

Las Constituciones modernas en su mayoría seguían los lineamientos iniciados por la Carta Magna de 1215, es decir, el establecimiento de vallas más o menos infranqueables al abuso del poder, hasta que en pleno siglo veinte comenzaron a promulgarse las anticonstituciones, a saber, escritos en los que se le otorgaba un cheque en blanco a los gobiernos para aniquilar los derechos de los gobernados en lugar  de protegerlos. Comenzó así la era de los pseudoderechos.

Rougier finaliza este notable trabajo consignando que “la civilización no está circunscripta a ningún lugar geográfico” sino que se debe a valores que surgen de mentes que adhieren a esos principios que requiere que permanentemente se contrarresten los avances socialistas que bajo muy diversos rótulos han penetrado en las entrañas de la sociedad libre donde, entre otros, en la batalla por las ideas, los escritores juegan un rol decisivo. Su conclusión es que “en cualquier lugar en donde se respeten los derechos del hombre, donde exista la completa apertura a la investigación científica y la libertad de pensamiento y de prensa, allí está Occidente” (diría Jorge García Venturini: “es el espíritu de Occidente” y la tradición opuesta la describe Solzhenitsin al sostener que  “un gobierno autoritario no quiere escritores, solo quiere amanuenses”).

En todo caso, como en toda clase, conferencia o trabajo escrito Rougier estampa allí sus valores, tal como reza la Biblia “No elogies a nadie antes de oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres” (Eclesiástico, 27: 7).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

 

¿Deberían Estados Unidos o la ONU intervenir militarmente en Venezuela?

Por Adrián Ravier.  Publicado el 22/2/19 en: https://www.juandemariana.org/comment/7326#comment-7326

 

Alberto Benegas Lynch (h) escribió un libro que ya cumple su primera década en circulación titulado Estados Unidos contra Estados Unidos. El libro es una obra de arte que permite comparar la arquitectura institucional de un país que recibió bajo los principios de propiedad privada, libertad individual, economía de mercado y gobierno limitado millones de inmigrantes y que alcanzó el desarrollo frente a otro país que una vez desarrollado ignoró el legado de sus padres fundadores.

En la materia que aquí nos compete, sobre guerra, fuerzas armadas y política exterior, o más precisamente sobre la pregunta planteada en el título de esta nota, cabe señalar que Estados Unidos durante muchos años fue una nación que respetó el principio de no intervención.

Al respecto, George Washington decía en 1796, en ejercicio de la presidencia de la nación, que “[e]stablecimientos militares desmesurados constituyen malos auspicios para la libertad bajo cualquier forma de gobierno y deben ser considerados como particularmente hostiles a la libertad republicana”. En el mismo sentido, Madison anticipó que “[e]l ejército con un Ejecutivo sobredimensionado no será por mucho un compañero seguro para la libertad” (citados por Benegas Lynch, 2008, pág. 39).

Durante mucho tiempo el Gobierno de Estados Unidos fue reticente a involucrarse en las guerras a las que fue invitado. Robert Lefevre (1954/1972, pág. 17) escribe que entre 1804 y 1815 los franceses y los ingleses insistieron infructuosamente para que Estados Unidos se involucrara en las guerras napoleónicas; lo mismo ocurrió en 1821, cuando los griegos invitaron al Gobierno estadounidense a que enviara fuerzas en las guerras de independencia; en 1828 Estados Unidos se mantuvo fuera de las guerras turcas; lo mismo sucedió a raíz de las trifulcas austríacas de 1848, la guerra de Crimea en 1866, las escaramuzas de Prusia en 1870, la guerra chino-japonesa de 1894, la guerra de los bóeres en 1899, la invasión de Manchuria por parte de los rusos y el conflicto ruso-japonés de 1903, en todos los casos, a pesar de pedidos expresos para tomar cartas en las contiendas.

El abandono del legado de los padres fundadores comienza a darse con el inicio de la Primera Guerra Mundial. No solo comienza un abandono de la política exterior de no intervención, sino que también se observa un Estado creciente, más intervencionista y un paulatino abandono del patrón oro y del federalismo. El poder ejecutivo comenzó a ejercer poco a poco una creciente autonomía, y a pesar de las provisiones constitucionales en contrario opera con una clara preeminencia sobre el resto de los poderes, avasallando las facultades de los Estados miembros.

Lefevre escribe que desde la Primera Guerra Mundial en adelante “la propaganda ha conducido a aceptar que nuestra misión histórica [la estadounidense] en la vida no consiste en retener nuestra integridad y nuestra independencia y, en su lugar, intervenir en todos los conflictos potenciales, de modo que con nuestros dólares y nuestros hijos podemos alinear al mundo (…) La libertad individual sobre la que este país fue fundado y que constituye la parte medular del corazón de cada americano [estadounidense] está en completa oposición con cualquier concepción de un imperio mundial, conquista mundial o incluso intervención mundial (…) En América [del Norte] el individuo es el fundamento y el Gobierno un mero instrumento para preservar la libertad individual y las guerras son algo abominable. (…) ¿Nuestras relaciones con otras naciones serían mejores o peores si repentinamente decidiéramos ocuparnos de lo que nos concierne?” (Lefevre, 1954/1972, págs. 18-19).

A partir de las dos guerras mundiales y la gran depresión de los años treinta se nota un quiebre en la política internacional americana respecto de su política exterior. De ser el máximo opositor a la política imperialista, pasó a crear el imperio más grande del siglo XX. A partir de allí ya no hubo retorno.

Alberto Benegas Lynch (h) (2008) es muy gráfico al enumerar las intromisiones militares en el siglo XX en que Estados Unidos se vio envuelto, las que incluye a Nicaragua, Honduras, Guatemala, Colombia, Panamá, República Dominicana, Haití, Irán, Corea, Vietnam, Somalia Bosnia, Serbia-Kosovo, Iraq y Afganistán. Esto generó en todos los casos los efectos exactamente opuestos a los declamados, pero, como queda dicho, durante la administración del segundo Bush, la idea imperial parece haberse exacerbado en grados nunca vistos en ese país, aún tomando en cuenta el establecimiento anterior de bases militares en distintos puntos del planeta, ayuda militar como en los casos de Grecia y Turquía o intromisiones encubiertas a través de la CIA.

En otros términos, Estados Unidos fue copiando el modelo español. Copió su proteccionismo, luego su política imperialista, y ahora hacia comienzos del siglo XXI su Estado de bienestar, el que ya deja al Gobierno norteamericano con un Estado gigantesco, déficits públicos récord y una deuda que supera el 100% del PIB.

Un estudio de William Graham Sumner (1899/1951, págs. 139-173) nos es de suma utilidad al comparar el imperialismo español con el actual norteamericano, aun cuando sorpresivamente su escrito tiene ya varias décadas: “España fue el primero (…) de los imperialismos modernos. Los Estados Unidos, por su origen histórico, y por sus principios constituye el representante mayor de la rebelión y la reacción contra ese tipo de Estado. Intento mostrar que, por la línea de acción que ahora se nos propone, que denominamos de expansión y de imperialismo, estamos tirando por la borda algunos de los elementos más importantes del símbolo de América [del Norte] y estamos adoptando algunos de los elementos más importantes de los símbolos de España. Hemos derrotado a España en el conflicto militar, pero estamos rindiéndonos al conquistado en el terreno de las ideas y políticas. El expansionismo y el imperialismo no son más que la vieja filosofía nacional que ha conducido a España donde ahora se encuentra. Esas filosofías se dirigen a la vanidad nacional y a la codicia nacional. Resultan seductoras, especialmente a primera vista y al juicio más superficial y, por ende, no puede negarse que son muy fuertes en cuanto al efecto popular. Son ilusiones y nos conducirán a la ruina, a menos que tengamos la cabeza fría como para resistirlas”.

Y más adelante agrega (1899/1951, págs. 140-151): “Si creemos en la libertad como un principio americano [estadounidense] ¿por qué no lo adoptamos? ¿Por qué lo vamos a abandonar para aceptar la política española de dominación y regulación?”

Volviendo a la pregunta de esta nota, y debo decir -afortunadamente-, Estados Unidos ha evitado en este tiempo una intervención militar sobre Venezuela. Entiendo el llamado del presidente Trump a la comunidad internacional como una solicitud para reconocer a un nuevo presidente interino que llame a elecciones dado que Maduro no fue elegido legítimamente. Esto no es elegir al nuevo presidente de Venezuela. Esto es muy diferente a las intervenciones militares que ha desarrollado durante gran parte del siglo XX. Esperemos que Estados Unidos se mantenga en línea, esta vez, bajo el principio de no intervención.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.