Category Archives: Historia

Estados Unidos ya no está solo en el centro del escenario internacional

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 14/11/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2087019-estados-unidos-ya-no-esta-solo-en-el-centro-del-escenario-internacional

 

El presidente norteamericano, Donald Trump, acaba de completar una extensa gira por Asia en busca del apoyo necesario para transformar a la península de Corea en una zona libre de armas nucleares. No obstante, las posibilidades inmediatas de alcanzar ese objetivo parecen remotas. ¿Por qué? Ocurre que la influencia norteamericana en el mundo ya no es lo que fuera. Estados Unidos no está solo en el centro del escenario, sino acompañado por China y Rusia.

Si Donald Trump no encuentra apoyo para su objetivo, la confrontación entre los Estados Unidos y Corea del Norte continuará y seguirá siendo una pulseada entre David y Goliat, en la que un Goliat que luce desconcertado no encuentra la forma de ganarla.

Los grandes objetivos de política exterior norteamericanos, más allá del caso de Corea del Norte, no están siendo acompañados por la comunidad internacional. El mejor ejemplo es quizás el de Siria donde, en tiempos del presidente Barack Obama,Estados Unidos definió que el régimen del Clan Assad debía dejar el poder si utilizaba armas químicas contra su pueblo. Lo hizo reiteradamente y, a pesar de ello continúa fortaleciéndose en función del intenso apoyo militar y diplomático que recibe de Irán y Rusia. A lo que cabe agregar que fue el propio Congreso de los Estados Unidos el que -en los hechos- negara al presidente Obama la posibilidad de actuar militarmente luego del horrible crimen cometido por las autoridades sirias.

Por muchos años Estados Unidos siguió el consejo del presidente Teodoro Roosevelt, esto es el de “hablar suavemente”, pero con un amenazante “palo grande” en la mano. Y lo hicieron funcionar. Hoy el presidente Trump habla con dureza, pero pocos creen en su capacidad real de poder presionar para imponer sus criterios.

A la evidente pérdida general de influencia en el escenario internacional, Estados Unidos agrega otra dura realidad: está empantanado en Irak y Afganistán. También, aunque en alguna menor medida, en la propia Siria. Esos conflictos, dos de los cuales se arrastran desde hace 15 años, han costado miles de vidas y trillones de dólares al pueblo norteamericano.

La presencia de Donald Trump en el mundo de hoy está lejos de ser la que en su momento tuvieran presidentes como Eisenhower, Reagan o los dos Bush. Esta es la nueva realidad, más allá de la retórica.

Mientras tanto, Rusia ha asumido una política desafiante y hasta belicosa, instalada -ella también- en el centro del escenario internacional.

China -por su parte- anuncia que ya está compartiendo el liderazgo internacional con los Estados Unidos y agrega que, en tres décadas más, seguirá haciéndolo, aunque sola.

Corea del Norte probablemente será, pronto, una potencia nuclear más, con todo lo que esto significa para un país con un liderazgo megalómano y poco confiable.

En paralelo, Occidente tampoco es lo que era. Europa está dividida y debilitada, mirando más bien a su propio ombligo, enfrascada en conflictos estériles, como el provocado desde Cataluña. Quizás por esto Turquía ya no ambiciona acercarse íntimamente a la Vieja Europa, como si de pronto el altivo espíritu otomano estuviera de regreso, apuntando a su propia región.

Frente a este panorama, Estados Unidos parece estar cada vez más alejados del complejo contexto que los rodea. Y éste no es ciertamente un cambio menor. Es una señal de que su influencia está debilitándose.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

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Stop fascismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 2/12/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/stop-fascismo/

 

Los mismos que procuran disfrazar los crímenes comunistas alegando que no fueron producto del comunismo sino del estalinismo se convierten en admiradores de Stalin a la hora de combatir el fascismo. Es un truco, porque el fascismo debe ser combatido, pero la izquierda emplea la lucha contra el fascismo para eludir sus responsabilidades y engañar.

Un engaño es no definir el fascismo con una mínima precisión, y calificar con esta etiqueta a todo lo que no sea de izquierdas. La trampa adopta su forma más ridícula cuando la izquierda identifica el fascismo con el liberalismo, cuando el fascismo es lo contrario del liberalismo. Uno de los argumentos fascistas, en efecto, junto con el corporativismo y el colectivismo, es la economía intervenida por el Estado, que de hecho se aplicó en todas las variantes políticas del fascismo. Esto explica algo que la izquierda jamás considera: sus puntos en común con el fascismo, puesto que ambos confluyen en su rechazo al liberalismo. De ahí que los progresistas de Izquierda Unida y Podemos, cuando votan en contra del libre comercio en el Parlamento Europeo, voten codo con codo con los fascistas de Marine Le Pen, y por las mismas razones antiliberales.

Otro engaño es la utilización de los crímenes fascistas para ocultar los comunistas. Esto se ha hecho con enorme éxito en el campo cultural, académico y periodístico. Basta con comparar la gran cantidad de películas que muestran la barbarie nazi con las pocas que muestran la barbarie comunista. A escala española lo hemos visto con la campaña permanente de la izquierda para intoxicar con la fantasía de que la Guerra Civil española fue una guerra de buenos muy buenos contra malos muy malos, en la que estos últimos ganaron. Nunca cejan en ese empeño mentiroso, y lo llevan adelante en todos los frentes, desde los medios de comunicación hasta en el cambio de nombres de las calles.

La unión de las mentiras en ambas escalas, nacional e internacional, se observa en una interesante reivindicación de Izquierda Unida: “la equiparación del régimen franquista con los de extrema derecha que se desarrollaron en Europa y que fueron derrotados tras la II Guerra Mundial”. Están todos los elementos de la intoxicación: el franquismo es malo al ser de extrema derecha, igual que los malos derrotados en 1945. Lógicamente, si los malos fueron los derrotados, entonces los buenos serán los vencedores. Recordemos que en la famosa foto de los vencedores están Churchill, Roosevelt y…Stalin. Para entonces los bondadosos comunistas rusos habían asesinado a unos veinte millones de trabajadores.

Así que cuando la izquierda se presente como valerosa defensora de la libertad con la consigna “Stop fascismo”, se le podría invitar a que recuerde la famosa frase de Horacio que Marx citó en El Capital: “de te fabula narratur”, contigo va el cuento.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¿Los votantes somos estúpidos o idiotas?

Por Martín Krause. Publicado el 16/10/17 en: https://www.cronista.com/columnistas/Los-votantes-somos-estupidos-o-idiotas-20171016-0041.html

 

Los mensajes de la política no apelan a la razón, sino a los sentimientos. Ningún político se para frente a una cámara o un micrófono y se pone a explicar su plataforma, en buena medida porque sabe que cambiamos de canal o de radio inmediatamente.

En épocas de campaña esto no mejora mucho, los candidatos evitan participar en debates, y no quieren decir mucho. Las consignas apelan a aspiraciones muy generales relacionadas, por ejemplo, con el cambio o con el futuro o a catástrofes más imprecisas aún, como la del terrible ajuste, cuando con sólo mirar superficialmente las cuentas fiscales cuesta encontrarlo. La racionalidad escasea.

Una de las propagandas (que el Estado nos hace escuchar aunque no nos interesen), presenta personas que van eligiendo entre distintas cosas para luego proponer la elección del candidato. Entre otras opciones tenemos: ¿más derechos o menos derechos?

Obvio, ¿quién estaría dispuesto a proponer menos? Y no hay ninguna referencia sobre qué estamos hablando. ¿Más derechos, pero cuáles? La apuesta es que muy pocos oyentes se harán esa pregunta. Pero hagámoslo por un momento. ¿Qué otros derechos quisiéramos tener?

Veamos el caso por el lado del absurdo. El artista pop Andy Warhol propuso una vez que todos deberíamos tener 15 minutos de fama. Tomemos esta propuesta como un derecho a la fama que, en mi caso, se cumpliría con menos minutos, pero con la posibilidad de cantar Gimme Shelter con los Rolling Stones en un concierto (por las dudas junto a Mike para no hacer papelones).

Pero un derecho, para ser tal, tiene que poder ser general, es decir, aplicarse a todos. Esto sería imposible en este caso ya que requeriría que estuviéramos los 40 millones de argentinos en el escenario (y no habría entonces nadie en la audiencia) o que los Stones nos invitaran de a uno en 40 millones de conciertos.

Las preferencias, sin embargo, son diferentes y algunos desearían jugar en la Bombonera, bailar con Tinelli, ganar el premio Nobel por unos minutos o hacer un gol con la Selección (y sólo Messi los hace). No hace falta explicar lo difícil o costoso que resulta cumplir estos derechos. Vivimos bajo la ilusión que este costo lo pagan otros y a veces es así, aunque tarde o temprano nos cae la cuenta de una forma u otra.

En otro de estos mensajes, el candidato propone un derecho específico, reducir la jornada laboral, pero manteniendo el mismo sueldo. No dice cuánto pero ya antes se ha propuesto que se reduzca de 8 a 6 horas. ¿Y por qué no a dos? El absurdo sería evidente, pero el principio es el mismo para seis o para dos. Es otra forma de aumentar el costo laboral. Una lección básica de economía muestra que si un precio aumenta se reduce la cantidad demandada. En este caso, si aumenta de esta forma se reduce la cantidad, más desempleo.

La propuesta, además, es que este mayor costo se cubra con las ganancias de las empresas. ¿Conocen acaso quienes proponen esto que las empresas no pueden hacer ajuste por inflación y que les cae una de las presiones impositivas más altas del planeta, más alta que la que se paga en Suecia? ¿Qué tasa de ganancias aceptarían quienes proponen esto? ¿Consideran alguna como razonable o, como parece, no aceptarían ninguna? En verdad, más que preocuparnos por las ganancias deberíamos hacerlo por las pérdidas, pero éstas nadie propone alentarlas ni tampoco castigarlas, suelen ser el resultado común de las políticas públicas que muchos candidatos proponen.

Otros desde la izquierda presentan sus propagandas con muñequitos de Playmobil, creados y fabricados por una empresa alemana que sería un ejemplo de lo que Marx llamaba capitalismo renano.

Todo se reduce a pares de opciones: ¿violentos o agresivos?, ¿corruptos o ladrones?, ¿inútiles o ineficientes? ¿soberbios o arrogantes? Nunca la tuvimos más fácil.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

¿Es cierto que ya se probó y fracasó el liberalismo en Argentina?

Por Iván Carrino. Publicado el 26/11/17 en: https://www.republicaeconomica.com/single-post/2017/12/03/%C2%BFEs-cierto-que-ya-se-prob%C3%B3-y-fracas%C3%B3-el-liberalismo-en-Argentina

 

Un lugar común en los debates es que las recetas liberales se probaron y fracasaron en nuestro país. En esta nota demostraré por qué es falso este planteo.

 

Estudié ciencias económicas porque, a mis 18 años, quería entender más acerca de cómo funcionaba el mundo y qué se podía hacer para cambiarlo.

Ya desde el colegio secundario me enganchaba en largos debates acerca del modelo de país, del tipo de cambio, y si nuestras crisis económicas eran culpa del estado o del mercado.

Más acá en el tiempo, todo sigue bastante similar. Argentina va de crisis en crisis, y yo sigo debatiendo sobre economía con todo aquél que esté listo para tener un intercambio respetuoso.

Mi punto de vista es bastante sencillo: dado que en el mundo los países con mayor libertad económica son los que más prosperan, y dado que Argentina ha hecho todo lo contrario en este sentido, propongo un país más libre con un gobierno mucho más limitado en sus funciones.

Libertad cambiaria, bajos impuestos y apertura comercial están en esta receta que podríamos llamar clásica o liberal.

Ahora siempre que propongo algo del estilo, no falta la persona que diga con autoridad supina:

“No, Iván. Eso ya se probó en Argentina y fracasó rotundamente”

No creo que haya habido reunión, medio de comunicación, o grupo de whatsapp donde no me hayan lanzado alguna vez esta frase.

Evidentemente, ya forma parte del “imaginario popular”.

Es por eso que en lo que queda de esta nota me dedicaré a contestar esta pregunta: ¿Es cierto que el liberalismo en Argentina se probó y fracasó?

Vamos por partes. Lo primero que hay que responder es si, alguna vez en la historia, existió algo cercano al liberalismo económico en el país.

La respuesta a esa pregunta es un rotundo SÍ.

Lo que queda por saber, entonces, es si durante la vigencia de ese sistema, el país obtuvo malos resultados.

La respuesta a esta segunda parte de la pregunta es un rotundo NO.

En un post que ya debería ser un clásico de la “blogosfera”, el economista sanjuanino Guillermo Sánchez ilustra con datos cómo evolucionó la economía argentina durante la “Era Relativamente Liberal”, que sitúa entre 1880 y 1913.

Durante esos años, el estado se mantuvo limitado (con un gasto promedio del 8,8% del PBI), cumpliendo con lo que el preámbulo de la constitución recomendaba: “asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

En la época relativamente liberal, el país estaba abierto al comercio internacional y a la inmigración, y salvo episodios puntuales (como la crisis de 1890-91), la inflación se mantuvo baja y estable. Entre 1880 y 1913, la inflación promedio fue un envidiable 1,6% anual.

Los resultados de este tipo de sistema económico son relatados por Sánchez. El PBI durante esa época se multiplicó casi por 8, mientras que en términos per cápita, con una inmigración que crecía a ritmos acelerados, se multiplicó por 2 y medio.

Otro dato relevante es que el país vivió una verdadera industrialización durante ese período. Guillermo Sánchez lo explica:

El sector industria manufacturera del PBI a precios del ‘93 aumentó como nunca jamás, un impresionante 1193% entre 1880 y 1913. El componente industrial del PBI real se multiplicó por casi 13 (…) dejando en un alejadísimo segundo lugar a la época intervencionista, con 202%. A pesar de la sustitución de importaciones, a pesar del proteccionismo, a pesar del apoyo estatal, etc…

Por último, también aumentó el salario real nada menos que 82% entre 1880 y 1913. Gracias a la baja inflación y al constante aumento de la productividad, los trabajadores argentinos estaban cada vez mejor.

A la luz de estos datos, la primera conclusión es sencilla: el liberalismo sí se probó en Argentina en el pasado y fue un éxito total. De hecho, comenzamos a caer cuando abandonamos ese camino.

Ahora bien, ¿Qué hay de los otros períodos supuestamente liberales como 1976-1983 y 1989-2001?

La primera aclaración que hay que hacer aquí es que una dictadura militar que niega derechos individuales básicos no debería ser asimilada al liberalismo. La libertad es algo integral y no se limita solo al ámbito de la empresa privada.

Yendo a lo económico, suele argumentarse que los militares de mediados de los ’70 fueron “aperturistas”.

Es posible que haya habido menos trabas a la importación. Sin embargo, en los datos no se verifica dicha apertura. En términos del PBI, las importaciones en 1976 representaban el 8,3%, mientras que en 1983 pasaron a representar el 7,0%. Esto está lejos de ser una “apertura indiscriminada” a las importaciones.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que durante el período de la dictadura, si bien el déficit fiscal se achicó dos años después del “Rodrigazo”, fue creciendo todos los años, con un gasto público que superaba el 30% del PBI. Como resultado, la deuda pasó del 28,7% del PBI en 1976 al 64,2% en 1983.

Si a estos números le sumamos que el gobierno militar seguía siendo dueño de todos los canales de televisión y numerosas empresas públicas, y que tenía un sistema de tipo de cambio controlado similar al de Kicillof, no podemos sostener que se trató de un gobierno liberal.

Durante la década del ‘90, la historia fue similar. Es cierto que se tomaron buenas decisiones como privatizar empresas públicas e imponer un sistema de caja de conversión que terminó con la inflación. Sin embargo, el déficit fiscal fue creciente y también el endeudamiento, lo que atrasó el tipo de cambio real y complicó la competitividad del país.

Esto no quiere decir que el liberalismo haya fracasado, sino simplemente que el déficit fiscal financiado con deuda es un arma peligrosa, algo que ningún liberal discutirá. El liberalismo propone un estado limitado, bajo gasto público y equilibrio fiscal. No déficit y endeudamiento.

Para terminar, vuelvo a la pregunta inicial: ¿Es cierto que el liberalismo se probó en Argentina? Sí. ¿Es cierto que fracasó? De ninguna manera.

Durante la era más liberal, el país creció y se convirtió en un faro de atracción para los inmigrantes del mundo. Con otros modelos, el país cayó en la decadencia y el atraso.

Por último, las experiencias históricas que muchos insisten en llamar “liberales”, no tuvieron nada que ver con el liberalismo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Los subsidios los pagan los pobres

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 29/11/17 en: https://www.cronista.com/columnistas/Los-subsidios-los-pagan-los-pobres-20171129-0017.html

 

Los subsidios los pagan los pobres

Este es un tema sumamente delicado y desafortunadamente poco comprendido. Cuando se afirma que el aparato estatal subsidia tal o cual actividad o sector debe entenderse que es el vecino el que financia ya que ningún gobernante pone de su peculio.

Ahora bien, miremos de cerca el asunto. El contribuyente de jure al hacerse cargo del impuesto naturalmente deja de invertir en el presente o de consumir (lo cual repercute en la inversión futura). En cualquier caso, este proceso incide directamente de modo negativo sobre los salarios e ingresos en términos reales. En otras palabras, son los relativamente más pobres quienes con mayor fuerza se hacen cargo del tributo, son contribuyentes de facto aunque nunca hayan visto una planilla fiscal.

Sería interesante que estas ocurrencias no tuvieran lugar pero en ese caso deberíamos creer en la magia al suponer que nadie paga y que esos pagos no tienen consecuencias. En este sentido los aparatos estatales constituyen una ficción por la que aparece que financian sin lastimar a nadie como si sacaran recursos de la galera.

Otra cosa bien distinta es la decisión política en cuanto a la transformación de una situación a la otra pero desde el llano es de suma importancia no presentar el asunto como si se tratara de una prestidigitación o de un milagro laico de proporciones superlativas. La misión de quienes desean ayudar a los gobiernos a transitar el camino de la sensatez no es el aplauso sino la crítica.

Por supuesto que para que el mencionado tránsito suceda con eficiencia hay que tener el coraje y la decisión de colocar el gasto público en niveles compatibles con un sistema republicano y, en nuestro caso, eliminar los ministerios creados por el actual gobierno y dejar sin efecto medidas obscenas como la financiación de equipos de polo y demás sandeces. También es indispensable contar con un mercado libre en materia laboral para que la transición evite el desempleo, lo cual implica desprenderse de la legislación fascista de asociaciones profesionales y convenios colectivos que Perón copió de la Carta del Lavoro de Mussolini y abandonar la inmoralidad de los así llamados agentes de retención que se traducen en la manipulación del fruto del trabajo ajeno.

Sería muy atractivo que pudieran resolverse los horribles problemas de la pobreza con un decreto en cuyo caso no habría que andarse con timideces y promulgar uno bien jugoso para hacernos a todos millonarios, pero las cosas no son así. Se requiere la captación de ahorro interno y externo para que se eleven los salarios. Esa es la diferencia entre países pobres y ricos: marcos institucionales civilizados donde se respete lo que es de cada cual sin interferencias de políticos megalómanos que crean miseria al proponer subsidios por doquier con recursos de otros, todo lo que tocan lo empobrecen: son el rey Midas al revés.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE MACRI

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 3/12/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/12/carta-abierta-al-presidente-macri.html

 

Al Sr. Presidente de la Nación,

Ing. Mauricio Macri:

Sé que en este momento tiene temas más urgentes que el que le voy a plantear. El submarino y el problema de los Mapuches son temas que demandan su atención ya, sin dilación, y no quisiera yo distraerlo de su concentración. Por eso, por suerte para usted, lo más probable es que esta carta, despachada a la nueva y aleatoria nube que nos rodea, nunca le llegue. Pero, si así sucediera, le aseguro que no es mi intención molestarlo.

Yo voté por usted sin mayores expectativas, sabiendo que iba a seguir la Argentina de siempre, excepto por la salida de los psicópatas del poder más peligrosos con los que se enfrentó la Argentina en toda su historia. Lo único que yo esperaba, usted lo hizo: sacarnos del camino a Venezuela. Por ende, gracias. No espero nada más.

Pero no esperar no es igual a no deber. Y debo decir ante usted y ante todos que, por favor, nos escuche.

Los liberales hemos recibido todo tipo de epítetos a lo largo de la historia argentina. Bueno, en realidad habría que ver quiénes son los liberales. Al menos yo, un liberal clásico, partidario de la democracia constitucional anglosajona y la economía de mercado fundada en la Escuela Austríaca (y, para colmo, católico) he recibido todo tipo de elogios. Fascista, demente, utópico, esquizofrénico, neoliberal y, el último que se ha puesto de moda, también: liberalote.

Usted, Señor Presidente, no confía en nosotros. Le asiste algo de razón: contrariamente a lo que piensan muchos, nunca hemos sido gobierno. La primera y última vez fue con la Constitución de 1853. Luego, hubo de todo, desde lo parecido hasta lo grotesco: conservadores, antiperonistas, autoritarios, menemistas, y se me acabaron los adjetivos. Así que tiene razón: ¿qué esperar de quienes nunca se embarraron las manos en la política concreta? La única respuesta a eso puede ser la esperanza de lo nuevo. Como dice un famoso título de un famoso autor: ¿por qué no probar la libertad?

Señor presidente, escúchenos. Sé que sus asesores más cercanos le dirán que no lo haga, pero, finalmente, uno de los dramas del poder es que usted, finalmente, está solo. Solo con su conciencia. Finalmente, es esta última la que tiene que escuchar.

Usted juega el papel, aunque no lo haya buscado, de ser una esperanza. Eso no es raro en una Argentina bipolar que siempre cae tan bajo. El autoritarismo de los conservadores. El golpe del 30, casi nazi. El ascenso del Mussolini argentino. El peronismo sin Perón del 56 en adelante. El golpe del 66, con toda su rudeza. Las guerrillas que ya se estaban preparando. La guerra de los 70, con la corrupción, bajeza y banalidad del gobierno de Isabelita. El golpe del 76. La guerra sucia. Su tristísimo final. Pero ahora, escuche más: el Alfonsín cuya economía no le deja terminar su mandato. El Menem que sigue con el gasto público, la deuda pública y la presión impositiva. Su enorme corrupción. Y de vuelta, la esperanza democrática. El gobierno de la Alianza. Que sigue, sin embargo, con lo mismo. La explosión de la deuda pública y la deuda externa. El default. Otra vez, el tristísimo final, y lo que sigue es tan sencillamente horroroso que no quiero, ni hace falta, que se lo recuerde.

Usted tiene ahora dos alternativas. O dentro de algunos años es uno más en esta lista de fracasos, o pasa a la historia como el estadista que quiere ser.

Yo, Señor Presidente, no soy nadie como para explicarle de política concreta. Yo jamás podría haber hecho lo que usted hizo: vencer al kirchnerismo en las elecciones. Jamás. Soy sólo un profesor de filosofía, pero me atrevo a seguir porque sé distinguir entre el corto y el largo plazo.

A corto plazo está haciendo lo que puede y lo que pudo. Pero permítame hablarle del largo. Si, sé que es un largo camino, pero es usted el presidente.

Usted sabe perfectamente que el gasto no puede seguir como está. Lo sabe en su conciencia, aunque mucho no lo pueda decir. Usted sabe que no puede emitir moneda para financiarlo. Usted sabe que no puede elevar más la presión impositiva. Y usted sabe que, según fuentes serias, la deuda pública llega en estos momentos a 293.789,3 (¿importa que sea 790) millones de dólares.

Usted no confía en nosotros porque lo han convencido de que somos unos locos e insensibles que en lo único que pensamos es en echar a todo el mundo a la calle. No. No es verdad, aunque injusto es que los argentinos en general miren bien a los que engañan sumando al estado la desocupación real de la economía en subdesarrollo. Pero no se trata de echar gente y que luego le incendien la Casa Rosada. Aunque, recuerde, a De la Rúa se le incendió. Nunca lo olvide.

Por favor le pido que piense en las funciones del estado. Usted tiene más o menos unos 35 organismos, entre ministerios y secretarías, sin contar las sub, sub y sub y etc. Tiene todo ello porque cree que todo ello es necesario. Ha sacado a los corruptos y ha puesto a gente honesta, pero cree que todo ello es necesario. No. Si usted sabe cómo funciona una economía de mercado y una sociedad libre, y creo que lo sabe, usted puede quedarse con una Secretaría de Hacienda y un Ministerio de Relaciones Exteriores. No mucho más.

Todo lo demás, usted lo puede eliminar. Y al mismo tiempo, eliminar todas las legislaciones y reglamentaciones que esos organismos se encargan de controlar. Piense en todo el gasto que se reduciría ipso facto. Piense en todos los impuestos que podría bajar y eliminar, comenzando con el de la renta. ¿Y qué sucedería? Que todos los emprendedores de los que usted siempre habla, quedarían libres para emprender todas esas funciones, que burócratas detrás de sus escritorios creen que pueden ejercer cuando, claro, no tienen nada que perder.

Al mismo tiempo, formalizaría ipso facto a todos esos sectores carenciados que no pueden pasar a la economía formal porque esas reglamentaciones y organismos se lo impiden.

Así sí, a mediano plazo, las cuentas públicas podrían comenzar a reordenarse. ¿Y los empleados públicos? Mantenga a todos los de planta, aunque no vayan a ejercer funciones. Déjelos si es necesario tres años cobrando sus sueldos, mientras amortiza las cuentas públicas con el ahorro que implica todo el conjunto de medidas anteriores. Las cuentas dan. Reúnase con los directores de la Fundación Libertad y Progreso (Agustín Etchebarne, Aldo Abram, Manuel Solanet) y haga las cuentas. Dan. Porque no es sólo cuestión de calculadora, sino de concepción del estado.

¿Y las provincias? Olvídese de la coparticipación. Prepare una reforma de mediano plazo. Las provincias no deben depender más de Nación. Pero no todas las provincias son económicamente auto-sustentables. Divida al país en 6, no muchas más, regiones administrativas autosustentables, que comiencen a financiarse solas, y suspenda toda relación económica entre Nación y Provincias. El estudio fue hecho por Roberto Dania y Constanza Mazzina en el 2008. Será la primera vez, además, que habrá un federalismo genuino, con gobernadores realmente autónomos del poder ejecutivo nacional.

Y el estado no tiene por qué dejarse de ocupar de salud, educación y seguridad social. Sencillamente, una vez hecha esta transformación, delegue todo ello en las seis regiones mencionadas. No tiene por qué ponerles un nombre, son sólo regiones administrativas. Y desregule totalmente al sector privado en materia de salud, educación y seguridad social. O sea, des-monopolice, quite las regulaciones nacionales, abra al país a la diversidad, tan nombrada, y tan poco practicada en un país monopólico y unitario.

Y hable con la CGT. Usted sabe cómo, yo no. Pero explique ante la opinión pública que nuestro sistema sindical es el de la Italia Fascista de Mussolini. La gente no lo sabe. Vaya, dígalo, explíquelo. Y elimine el sindicato único por actividad.

¿Le parece mucho? Creo que es poco, pero si no, usted sabe cuál es la alternativa. Usted puede seguir con todo como está, y puede ser que los organismos internacionales le sigan prestando. Como si la escasez no existiera. Pero usted sabe, en conciencia, en esa conciencia a la que estoy apelando –jamás podría apelar, por ejemplo, a la de una nueva senadora muy conocida- que ello no es posible. Si usted no hace estas reformas estructurales de fondo, va camino al default. Tal vez no ahora, pero sí dentro de unos años. Lo sabe, lo sabe perfectamente. No hay salida. Se le acabarán los dólares, terminará en el control de cambios, será como Kicillof pero le terminarán diciendo Macrillof. ¿Quiere usted eso? ¿No? ¿Y entonces?

Señor presidente, hay una diferencia entre un simple político y un estadista. El político sigue a la opinión pública, el estadista, en cambio, la cura. Le hace una especie de terapia social, y eso sólo se logra con auténtico liderazgo moral e intelectual. Mandela, Gandhi, educaron a su pueblo. No fueron demagogos, ni siguieron lo que todos pedían, ni engañaron: tenían un norte, sabían a donde iban, tenían un sólido fundamento moral y lo supieron decir. Su decir fue resultado de su ser, y no al revés, como le recomiendan algunos. Señor presidente, sea estadista. Mire para adelante, mire al largo plazo, y entonces sabrá AHORA qué hacer y cómo decirlo.

La verdad, no creo, en mi interior, que nada de esto suceda, pero sí creo que tenía que decirlo. Mientras tanto, no estoy desilusionado, porque yo no me ilusioné con usted. Seguiré con mi docencia, en la Argentina de siempre, con sus males de siempre, si es que un piquete no me mata antes o algún otro joven idealista no me pone otra bomba. Pero qué hermoso sería que me sorprendiera. No por mí: sorpresas, casi todas buenas, me dan mis alumnos. Pienso en la extrema pobreza, en las zonas más subdesarrolladas, en los niños desnutridos del Chaco y de 3 km a mi redonda. Contrariamente a la mayoría de los argentinos, sé que el mercado, para ellos, no es lo que sobra, sino lo que les falta. Vamos. En Venezuela ya no estamos. Gente honesta ya tenemos. Vamos. Sólo falta visión. La suya. La argentina sigue siendo presidencialista.

No hay otra salida.

Su liberalote amigo

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

La pobreza estructural y los nueve millones de planes sociales

Por Adrián Ravier: Publicado el 14/11/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/11/14/la-pobreza-estructural-y-los-nueve-millones-de-planes-sociales/

 

La pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos

Daniel Arroyo publicó recientemente un libro titulado Las cuatro Argentinas y la grieta social, que presenta, en su primer capítulo, un diagnóstico preocupante de nuestro país. Hoy la Argentina presenta un nivel de pobreza del 28% de la población, y es aún más preocupante si focalizamos la población de niños, donde llega al 43 por ciento. Este 28% de la población “está fuera del mercado de trabajo”, y estos niños “jamás vieron a sus padres trabajar”.

El diagnóstico se completa con otros datos duros. La mitad de los jóvenes no termina la secundaria. La desocupación es del 9%, pero alcanza al 20% cuando concentramos la atención en los jóvenes. Hay un millón y medio de jóvenes que no trabaja ni estudia. Y si focalizamos la atención en el mercado laboral, el 35% de quienes obtienen empleo sólo consiguen trabajo informal, con la lógica “precarización laboral”.

Para atender esta problemática social, la política económica ha ampliado sistemáticamente los planes sociales. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos ofrecer una síntesis cronológica. Tras el retorno a la democracia y a sólo seis meses de asumir, Raúl Alfonsín lanzó las cajas PAN. Carlos Saúl Menem agregó planes sociales, con políticas más focalizadas. Fernando de la Rúa buscó tercerizar la administración de los planes en determinadas organizaciones, pero también amplió el número. Eduardo Duhalde ofreció su plan para jefas y jefes de hogar desocupados, dejándonos con 2,2 millones de planes. Néstor Kirchner partió de esa base y ofreció créditos y microcréditos, mientras Cristina Kirchner agregó la asignación universal por hijo, entre otros muchos programas de ayuda. En estos 12 años de kirchnerismo explotó la oferta de planes sociales, y mientras muchos creían que Argentina crecía, pasamos de 2,2 a 8 millones de planes sociales. Mauricio Macri también los amplió, entre otras propuestas, con una asignación universal por hijo para los monotributistas, alcanzando hoy los nueve millones de planes.

Daniel Arroyo acepta que la lucha contra la pobreza estructural a través de planes sociales está agotada. Explica que el problema está en el funcionamiento de la economía. Plantea que no hay recetas escritas en ningún libro que nos vayan a ayudar a resolver este flagelo. “Necesitamos creatividad, nuevas propuestas”, exclama.

Mi observación a este planteo es que la pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos. Esto deja una sensación pesimista, como si el problema de la pobreza no tuviera solución o fuera muy difícil de resolver. Pero lo cierto es que la pobreza será “estructural” si los gobiernos siguen intentando atacar el problema con las mismas recetas. En su diagnóstico, Arroyo ofrece la clave del asunto, y es que la pobreza sólo se resuelve si recuperamos el funcionamiento de la economía. Aunque aclara, al mismo tiempo, que no existe el derrame, y que le vaya bien hoy a ciertos sectores de la economía, como al sector agro, la minería o el sector financiero, sí podrá generar divisas, pero no derramará riqueza al resto de la sociedad. Debemos “cuidar”, afirma, a ciertos sectores como la construcción y el área textil. Debemos ofrecer “créditos masivos a tasas de 1%” para que surjan microemprendimientos.

Expertos en el desarrollo, aún ignorados en la Argentina, como William Easterly o el premio Nobel Angus Deaton, nos enseñan que se plantean dos tipos de solución para la pobreza, desde arriba o desde abajo. Desde arriba, con una planificación centralizada del gobierno en atender a los necesitados mediante planes y créditos a tasas subsidiadas; o desde abajo, confiando en la planificación descentralizada de las personas que buscan salir de este flagelo. La pregunta es si seguimos tirando panes desde arriba, o si mejor arrojamos una escalera.

Si realmente queremos ascenso social de los más postergados, necesitamos liberar la energía creativa de los empresarios. Y los empresarios no son los ricos. Empresarios podemos ser todos. Basta estar alerta en el mercado para descubrir las oportunidades de inversión. Sólo desde abajo podemos advertir el conocimiento de tiempo y lugar necesario para dar una solución al flagelo de la pobreza. Descentralizar los recursos desde nación hacia provincias y municipios ayudaría, pero sería aún mejor que el aparato estatal devolviera los recursos de donde los extrae, de la gente.

A mi modo de ver, hoy estos emprendedores están atados. Atados por la presión tributaria excesiva que se requiere para mantener precisamente la estructura actual del Estado. Los planes sociales no sólo están agotados, sino que son el problema de esta Argentina. Cuando se ofrece un empleo a algunas de estas nueve millones de personas, muchas veces surge el problema de que prefieren negarse a aceptarlo, ya que de otro modo perderían el plan. Sostienen: “El plan es estable, el empleo privado no lo es”. Los planes son “derechos adquiridos”. Ya nadie puede quitarlos. El kirchnerismo nos metió en una jaula de “pobreza estructural” y tiró la llave. Los gobiernos que le siguen entran en esta jaula y no ven la solución. Peor aún, por momentos mantienen la misma dinámica. Estamos encarcelados con impuestos, inflación y deuda.

No necesitamos buscar recetas creativas. Necesitamos tomar un par de manuales básicos de economía y finanzas públicas a los que por décadas les dimos la espalda. Sólo el equilibrio fiscal nos sacará de la inflación y la deuda. Y sólo con estabilidad monetaria y menor presión tributaria los emprendedores encontrarán los proyectos que pueden dar empleo a estos jóvenes postergados. La solución está en la base de la pirámide, quizás en los mismos necesitados, no arriba, en los gobiernos. Como decía Juan Bautista Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

Arroyo nos muestra cuatro Argentinas. La primera es la de la pobreza estructural, que representa el 25% de la población; la segunda es la Argentina vulnerable, la del trabajo informal, que representa el 35% de la población; la tercera es la clase media, con empleo formal, que representa otro 35% de la población; y finalmente está la clase alta, con un 5% de la población. Esta desigualdad genera fragmentación, conflicto o, en definitiva, la grieta social.

¿Cómo integramos estas 4 Argentinas? El primer paso es dejar de expandir los planes. Macri ya creó un millón. Es un error. Quien adquiere un plan entra en una jaula de la que después no puede salir. Le tiramos un pan, pero no una escalera.

El segundo paso es flexibilizar la legislación laboral. Que los jóvenes puedan hacer pasantías en las empresas para aprender a trabajar, antes de exigir salarios mínimos elevados en relación con la productividad que pueden ofrecer. Esto no es precarización laboral, es el modo en que los jóvenes se insertan en el mercado laboral en todo el mundo. El Estado de bienestar europeo es aplicable a los países ricos de Europa, no a esta triste Argentina que arriba describimos. Tenemos que dejar de poner la carreta delante de los caballos. Pedirle a una empresa que tome jóvenes empleados para capacitarlos pagando el actual salario mínimo es no comprender el mundo empresarial. Las empresas simplemente no toman a estos jóvenes porque no suman suficiente valor a la empresa. Y no es una cuestión de falta de solidaridad. Simplemente no lo hacen, porque si lo hicieran, quebrarían.

El tercer paso es bajar los impuestos. Argentina tiene una estructura impositiva impagable. Esto inhibe la creación de emprendimientos, y a las pymes existentes las incentiva a evadir y mantenerse en la economía informal.

El cuarto paso es abrir la economía, porque, aislados del mundo, los productos en el mercado interno son extremadamente caros y elevan el costo de la canasta básica requerida para salir de la pobreza. Si queremos precios bajos, no necesitamos acuerdos con empresarios, necesitamos competencia. Claro que, sin una previa reducción de costo impositivo y laboral, abrir la economía sólo condenaría a las pymes a su destrucción.

El quinto paso es corregir el atraso cambiario. Insistir en que estamos ante un tipo de cambio libre, mientras la oferta de dólares proviene de la demanda del gobierno para evitar el ajuste del gasto, no parece muy sensato. Abrir la importación, con este atraso cambiario, es condenar a las empresas a la quiebra.

El sexto paso, que en la medida de lo posible debería ser el primero, es la reducción del gasto público. Así como dos millones de personas se sumaron al empleo público en la última década, el proceso debe revertirse gradualmente. Mientras el mercado se amplíe, con nuevos proyectos empresariales que generen empleo, podremos ir reduciendo el sobre-empleo estatal y prescindiendo del gasto social. Pero esto llevará tiempo. Argentina puede tomar deuda en la transición hacia un ordenamiento de su economía, pero esa pesada carga habrá que pagarla en el futuro.

Las cadenas productivas son las únicas que pueden corregir el flagelo de la pobreza, pero las cadenas impositivas y laborales evitan que las primeras puedan desarrollarse.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Las curiosas listas de los ricos

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 27/11/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/las-curiosas-listas-de-los-ricos/

 

Entre las noticias más leídas de la prensa están las listas de los ricos. Sirven para el cotilleo amable y el insulto ruin, para la admiración y la envidia. En el mundo de la política, la intelectualidad y los medios de comunicación, sirven también para elaborar estadísticas sobre la desigualdad, y para fomentar un amplio catálogo de ficciones, empezando por la consabida de que está muy bien que suban los impuestos si es sobre los asquerosos ricos, el indeseable 1 % de la población. Curiosamente, no suele observarse lo más notable de esas listas, y es que los ricos no son los mismos. Mientras los biempensantes se abren las carnes ante la exuberancia de los opulentos, dejan caer que los ricos no ganan su fortuna, sino que la heredan, perpetuando así unas inicuas dinastías. Y todo es un camelo.

En 1982, cuando empezó la famosa lista Forbes, la familia Rockefeller ocupaba 13 lugares. En 2014 sólo quedaba uno: David. En marzo pasado murió, y no hay nadie de ese apellido en la lista.

El segundo hombre más rico de Estados Unidos en 1918 era Henry Frick, que murió al año siguiente. En 1930 su familia estaba lejos de figurar entre las más ricas. Poco tiempo después desapareció el apellido de cualquier lista, y hoy nadie lo recuerda, salvo por el famoso museo neoyorquino alojado en la que fue su casa.

Los grandes millonarios americanos del siglo XIX fueron Stephen Girard, Stephen Van Rennselaer, John Jacob Astor, Cornelius Vanderbilt, Alexander Stewart, Jay Gould, Frederick Weyerheuser y Andrew Carnegie. Ninguno de sus descendientes ha sido incluido nunca en las listas de Forbes 400.

En suma, lo que les sucede a los ricos es que se enriquecen y también se empobrecen. Lo estudian Robert Arnott, William Bernstein y Lillian Wu en su artículo, “The Myth of Dynastic Wealth: The Rich Get Poorer”, Cato Journal, Vol. 35, Nº 3, otoño 2015, 447-485.

No hay tal cosa como las dinastías de ricos: “La mitad de la riqueza de la lista Forbes 400 de 2014 fue creada de la nada en una generación”. En últimas décadas sólo el 1,5 % de la riqueza total de las 400 familias ha sido heredada, y ella ha sido en su mayor parte disipada. “La acumulación de riqueza no es principalmente el producto de la herencia”, sino de la actividad empresarial. Y además este proceso no es reciente. En 1930 la tercera parte de los ricos eran nuevos ricos. En 2014, ninguna de las mayores treinta fortunas de EE. UU. correspondía a un descendiente de la lista de 1918, ni de 1930, ni de 1957”. Los ricos que heredan son una minoría, y “en ningún caso esa riqueza fue transmitida más allá de dos generaciones”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

La idea del comunismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 20/11/17 en: http://www.larazon.es/opinion/columnistas/la-idea-del-comunismo-JH16997853

 

Carlos Rodríguez Braun dice que si al socialismo se lo juzga por sus mejores objetivos y al capitalismo por sus peores resultados, el socialismo siempre saldrá ganando, pero que esta perspectiva es una trampa.

La joven empresaria Rebeca Minguela declaró en Papel, de El Mundo (España): “Una idea buena que no ha funcionado es el comunismo”.

Es curioso que personas talentosas caigan en esa trampa, que la extrema izquierda lleva pregonando desde que resultó evidente que el “socialismo real” no había dado los frutos prometidos de prosperidad, justicia, paz y libertad. La verdad es justo la contraria: el comunismo no es una idea buena que no ha funcionado, sino una idea mala que sí ha funcionado.

Su funcionamiento es evidente: el comunismo dejó de ser una teoría para convertirse en una realidad hace un siglo. Desde la Revolución de Octubre de 1917 hasta hoy ha tenido tanto éxito que un tercio de la humanidad llegó a vivir en países comunistas, de Rusia a China, de Cuba a Camboya, y de Albania a Corea del Norte. Claro que ha funcionado el comunismo.

Dirá usted: funcionar significa marchar bien, y como el comunismo ha esclavizado y asesinado a millones de trabajadores, entonces no ha marchado bien, y por tanto no ha funcionado. Esta objeción es importante, porque su falsedad no resulta diáfana. Para comprenderla hay que entender por qué el socialismo real se tradujo en dictaduras y en crímenes abominables en medio mundo.

Todos los países comunistas fueron dictaduras, y en todos ellos se extendió la miseria. El grado en que se concretaron ambas dimensiones es muy variable, por supuesto, pero que el comunismo equivale a tiranía política y pobreza económica está fuera de toda duda. Siendo esto así, lo que no cabe es afirmar que se debió a la casualidad o al clima.

Es obvio que no fue el azar lo que mató de hambre a decenas de millones de trabajadores en Rusia y en China. Pero si no fue el azar, ¿qué fue? Sólo hay una respuesta: fue el comunismo, fue la puesta en práctica de una idea, la idea de que la propiedad privada y el mercado deben ser limitados o suprimidos. Eso es el socialismo, que, obviamente, no puede ser una buena idea, cuando se ha concretado en innegables catástrofes. No vale el truco de alegar que el comunismo está bien, pero hay comunistas malos. Típicamente: Stalin era malo, pero Lenin era bueno. Falso de toda falsedad: el hambre y los campos de concentración en Rusia empezaron con Lenin.

Por tanto, comentarios como los de doña Rebeca sólo reflejan el éxito de la izquierda en la propaganda, al haber conseguido que siempre juzguemos al socialismo por sus mejores objetivos, y al capitalismo por sus peores resultados. Así, el socialismo siempre gana. Pero se trata de una trampa, mil veces repetida, pero siempre una trampa.

El comunismo es una mala idea que ha funcionado, y lo ha hecho como suelen funcionar las malas ideas. Mal.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Dos elefantes en un bazar

Por Eduardo Filgueira Lima: Publicado el 26/11/17 en http://cepoliticosysociales-efl.blogspot.com.ar/2017/11/dos-elefantes-en-un-bazar_18.html

 

El miércoles 22 ppdo. Fernando Iglesias publica un artículo[i] en cuyo parágrafo dice: “Los economistas para quienes ningún ajuste alcanza subestiman el problema social y las dificultades que enfrenta el Gobierno” y continúa haciendo un extenso epíteto en el que en un mismo combo incluye a todos los liberales (nos llama “liberalotes”) que dice: “…Nos votan porque sí, y nos insultan luego,… El liberalote como votó a Cambiemos, pretende que Cambiemos sea liberalote y se indigna cuando se da cuenta de que no,..” Iglesias incurre en el mismo error que critica, al no distinguir que entre los liberales existe un arco amplio de concepciones políticas y económicas y que solo a los fundamentalistas son aplicables –y en cierta medida– sus conceptos.

La nota de F. Iglesias tuvo importante repercusión. Los liberales clásicos nos sentimos mal interpretados por quien se supone debiera conocer “las diferencias”, de hecho es un Diputado electo de la Nación. Pero el rebote vino de aquellos que personalmente entiendo, han llevado algunas de las ideas liberales originarias a un extremo cuasi fundamentalista, y con ello se han alejado de la realidad.

Por ejemplo vemos en un video del Prof. J. Huerta de Soto[ii] “…El liberalismo clásico es una utopía imposible de cumplir,… y esto que digo es científicamente comprobable,.. El liberalismo clásico es como el ébola de la libertad individual porque considera necesaria la existencia de un estado y una vez que se acepta la existencia del estado,.. que no es necesario,.. porque es imposible organizar la sociedad mediante el estado,.. tanto como es imposible limitar al estado en su crecimiento,.. y esto es lo que hemos logrado demostrar los teóricos de la economía,..(…)… ¿Qué aún con el Estado estamos mejor?,.. Si claro estamos mejor pero a pesar del Estado,.. sin él estaríamos mucho mejor todavía,..” (y más adelante hace suya una interpretación que considero equivocada de F. Hayek)

Y me permitiría hacer solo algunas referencias (sin caer en la discusión de si los liberales clásicos somos o no como el virus del ébola).

En primer lugar J. Huerta de Soto, omite que el Estado es el resultado en un momento determinado de un largo proceso evolutivo social y por lo mismo que debemos aceptar, porque la misma sociedad si no le es útil un día terminará por eliminarlo y reemplazarlo o no, por otra institución, que haga mejor a sus fines.

En segundo lugar que de ninguna manera podría suponerse que una idea -surgida de “la academia”- puede ser impuesta o sugerirse mejor a un proceso evolutivo social, que solo y por su propia dinámica encontrará sus causes de organización, con Estado o sin Estado según responda mejor a sus necesidades.

Dice además que a sus conclusiones se ha arribado de “manera científica” (¿?) y es de preguntarse si el Prof. J. Huerta de Soto sabrá que la ciencia no tiene verdades absolutas  (mucho menos en las ciencias sociales en las que entran en juego un número infinito de variables), y que sus afirmaciones resultan contra-fácticas al sugerir que hubiéramos evolucionado a un mejor bienestar sin estado.

De hecho desconoce que es la misma evolución la que ha llevado a un proceso de organización social que se supone “condujo” al Estado! (Y de esto sí que existe una nutrida evidencia empírica). Probablemente el problema de los fundamentalistas es su urgencia por imponer ideas, antes que respetar el proceso de evolución social que nos ha conducido a una situación para ellos, reprochable y mejorable, según “sus conclusiones académicas basadas en argumentos científicos”.

Creo que tal como dice J. L. Romero: “…lo que opina la gente es más importante que lo que diga una casta de intelectuales,..”[iii]Porque el mundo de las ideas puede producir monstruos! (Goya, 1797) aunque se nos diga que se sustentan en “verdades científicas”.

Desde otra vertiente el mediático J. Milei, respondió a F. Iglesias, con una serie de epítetos descalificativos e insultos que creo no deben ni siquiera ser tomados en cuenta.[iv] Porque además su pensamiento se contradice al “no respetar las ideas de los demás” (en este caso de F. Iglesias), aunque puedan ser consideradas erróneas.

Lo que a mi entender es de considerar es que es tan malo meter a todos en un combo y considerar a todos los liberales de igual factura, en una sociedad afortunadamente diversa como se deduce del artículo de F. Iglesias. Tanto como pensar que los liberales que vemos matices y que desconfiamos de acabadas o definitivas ideas surgidas de la academia somos el ébola, que corroemos el pensamiento liberal desde adentro.

No es casual que estas posiciones fundamentalistas que además sus cultores defienden dogmáticamente, surjan de economistas, por lo que es válido traer a colación una frase de F. Hayek que nos recuerda A. Benegas Lynch (h)[v] “..recordemos para finalizar esta nota periodística que Friedrich A. Hayek ha estampado en su conferencia en el Social Science Research Building de la Universidad de Chicago -“The Dilemma of Specialization”- respecto a la profesión de economista en un sentido restringido que “nadie puede ser un buen economista si es solo un economista, y estoy tentado a decir que el economista que solo es economista será probablemente una molestia cuando no un peligro manifiesto”.

De hecho la sociedad argentina en las últimas elecciones del 22 de Octubre es obvio que no votó masivamente por estar mayoritariamente satisfecha con la situación económica, ya que los “brotes verdes” –aunque la economía sigue creciendo desde hace seis meses– no  han llegado a florecer.[vi] Y de hecho la economía –si bien importante– es solo una parte del problema que la sociedad considera y valora. Por encima están las verdaderas circunstancias políticas que no siempre es posible vislumbrar y mucho menos con los efectos enceguecedores del dogmatismo!

Los dogmáticos de cualquier extremo descreen de la democracia (de hecho así lo explicita J. Huerta de Soto) Tal como nos dice W. Wilkinson: “…quienes sostienen una teoría de los derechos fundamentales y los reclaman de manera absoluta y no permiten ninguna exacción por parte del Estado,.. con lo que tampoco permiten que este haga rutas u otros servicios públicos (o de interés común ¿?) y excluyen la política antes que esta pueda actuar,… niegan el desacuerdo y las posibilidades de resolución por la política, socavando las posibilidades del liberalismo al olvidar de antemano el problema inevitable de la convivencia e interacción social y estableciendo una discutible forma de solución.”[vii]

Muchos liberales (aún denostado y deformado por muchos años nuestro pensamiento) sabemos bien que el Estado es el resultado de un proceso de evolución social.

Que hoy en día su existencia es inevitable y probablemente necesaria y que solo muchos años de evolución determinará la forma de organización social que la “mayoría sabia y silenciosa” que –con avances y retrocesos– supone adecuada a sus tiempos.

Que si estamos al decir de Iglesias “Abrumados por 15 años de cargas fiscales crecientes, choreos monumentales y desquicios generales de la corporación política,..” pero que no se puede en una sociedad tan diversa no saber distinguir entre las múltiples y diferentes formas y matices de pensamiento, ya que el mercado de las ideas es sumamente prolífico y beneficioso para los acuerdos e intercambios necesarios que hacen a la evolución social.

Que sabemos que el gasto público es un problema central en cuanto a lo económico y que las imposiciones para sostenerlo deben ser corregidas, ya que es el núcleo de la permanencia de políticas populistas. Pero también pensamos que los tiempos y las recetas de la política son diferentes  a los algunas veces deseados, y que por algún motivo son los que se han elegido democráticamente. Porque lo importante es saber “encontrar el punto de equilibrio político”. Esto quiere decir que si bien el liberalismo político pretende mantener la autonomía del individuo frente a los atropellos del Estado, también sabemos que pertenecer a una sociedad que nos permite ser partícipes de sus beneficios y de sus formas de cooperación, nos exige determinadas concesiones –como si se tratara del pago de una cuota para “pertenecer al club”– y tal elasticidad que posibilite la vida en conjunto, manteniendo nuestra individualidad.

Que sabemos que la economía no tiene respuestas a todos los problemas de la política y/o peor aún, que para cada problema de la política tiene más de una respuesta y todas resultan verdades parciales y no siempre apropiadas a cada coyuntura (aunque todas se autoproclamen “científicas”).

Que no se puede despolitizar la política.

Que es necesaria cada vez más y mejor política, pero luchando contra el sistema corporativo que la convierte en dudosa, poco creíble y la desprestigia, y ello en particular en sociedades con baja calidad democrática.

Que ponemos una lupa en el quehacer del gobierno actual a sabiendas que muy probablemente muchos ponen sus mejores intenciones y esfuerzos,…pero que también forman parte de él muchos arribistas y oportunistas. La esperanza está puesta en avanzar aunque sea un paso por vez –y seguramente solo así podrá ser–para mejorar las condiciones de vida de los argentinos.

Que las más de las veces resulta más confiable la sabiduría de las multitudes, que la sapiencia de académicos cultores de dogmas.[viii]

Que la sociedad marcará su propio rumbo que debemos respetar, no solo porque ello es un principio democrático, sino también porque considero que aún con avances y retrocesos hemos avanzado y todos sabemos que de los errores se vuelve,… de los suicidios no.

Tanto la ignorante simplicidad de la generalización, como la elucubración e imposición dogmática de las ideas, resultan finalmente dos elefantes en un bazar, para una comprensión de la vida democrática.

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, Doctor en Ciencias Políticas y Profesor Universitario.