La reconstrucción

Por Gabriel Boragina. Publicado el 29/11/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/11/la-reconstruccion.html

 

La Argentina emprende un nuevo camino que -se espera- sea una vía de renovación. Horrorosamente la llamada *herencia* que deja el gobierno que se va, será un lastre tremendo para el gobierno que viene, quien -a no dudarlo- deberá asumir los costos de una dilatada gestión fracasada, mediante la cual se procuró sistemáticamente, a lo largo de tres larguísimos gobiernos de dos personas (los Kirchner), saquear los recursos de la nación con el único propósito de llenar sus bolsillos a más no poder, y los de la banda de secuaces que instalados en prácticamente todos los sectores del estado nacional, los medios de comunicación y difusión, las universidades, escuelas, colegios, llegando inclusive a tratar de infiltrarse en las familias, provocando graves disensos, enfrentamientos y divisiones, marcaron una política caracterizada por el peculado y la rapacidad, de una manera que los registros históricos no reconocían desde hace decenios.
La tarea del presidente Macri será pues ingente y no exenta de dificultades. Máxime si se tiene en cuenta que las hordas del FpV, que soñaron seriamente con el poder eterno, y que durante muchísimo tiempo vivieron a costa de la ciudadanía, sobre todo la trabajadora, la realmente productora de bienes y servicios cuyo destino -las mas de las veces- no fue otro que el de las inagotables alforjas del gobierno, no se van a resignar fácilmente a verse forzados a vivir honestamente. La honestidad es, a esta altura, algo que visiblemente han perdido, fruto de tantos años usufructuando la maquinaria del poder en el sólo y exclusivo beneficio propio.
La sociedad argentina que votó por el cambio deberá estar no sólo consciente de estos desafíos, sino y por sobre todas las cosas, dispuesta a acompañar a su presidente en la difícil tarea de reconstrucción que tiene por delante. Pero, al mismo tiempo, ello implica resistir las fuerzas de la reacción de quienes apañados por el poder y la impunidad que creyeron el mismo les daba, se encuentran decididos a sabotear la labor de reedificación de un país que Macri recibe literalmente en ruinas. En algunas cosas, hay -sin duda- que comenzar desde cero, y en muchas otras, desde bajo cero.
Antes de la experiencia nefasta del gobierno del FpV, los diferentes gobiernos habidos desde el segundo gobierno de Perón hacia acá, debían concentrar sus esfuerzos en rectificar el rumbo económico, y aledañamente, corregir otros aspectos colaterales que, si bien eran importantes, no resultaban medianamente prioritarios. Todo ello, con mayores aciertos o errores, pero más o menos en ese orden de preferencia.
No se había vívido hasta ese entonces la devastadora demolición de todo lo que había en pie que provocaran los Kirchner y su banda, que arrasaron primero con las instituciones, para seguir con la moral, la ética, la educación, los valores republicanos y -por último- con la economía como un todo. El daño que infringieron fue enorme, y los costos, a esta altura, todavía resultan incalculables. Difícilmente pueda encontrarse en la historia reciente argentina una situación de decadencia similar a la que dejan los Kirchner. Ilustrativamente, un conocido ex fiscal de la nación que tuvo a su cargo la acusación a los jefes de la junta militar que gobernó de facto el país en la década del 70, dijo (parafraseándolo) que ni siquiera los militares se atrevieron a tanto como los Kirchner se atrevieron.
Por nuestra parte, desde el ascenso mismo al poder del FpV, hemos venido sosteniendo que, a partir de dicha fecha, se había instalado en el país un gobierno que devendría en totalitario más tarde o más temprano. Y lo decíamos en medio de una fenomenal incredulidad de nuestro entorno (cercano y no tanto) en nuestros vaticinios. Fuimos una de las pocas voces que advertimos lo que sucedería y que finalmente ocurrió. Sólo hacia el final del imperio del FpV muchos vieron lo que a nosotros (y otros pocos más) siempre nos pareció evidente. Y no es que estuviéramos dotados de facultades especiales, ni paranormales que nos permitieran presagiar lo que para los demás no era indudable. Simplemente que reparamos en rasgos, gestos, actitudes, palabras, silencios, etc. que más tarde se iban transformando en concretas medidas de gobierno que, lamentablemente, marchaban paulatinamente apuntando en la dirección que nos temíamos y que anunciábamos aquel momento en vano- como una voz que clama en el desierto. Pero éramos muy pocos los que veíamos venir el desastre o, al decir de un querido amigo, el Titanic dirigiéndose, lenta pero inexorablemente, hacia el iceberg.
Finalmente, el Titanic de la Argentina, al mando de los *capitanes* Kirchner, colapsó contra el iceberg, y aun cuando más del 75% u 80% del barco se halla sumergido, todavía hay esperanzas de reflotarlo, esta vez de la mano del nuevo *capitán* al mando de la nave, el Ingeniero Mauricio Macri. Tarea -como indicábamos al comenzar- para nada simple, pero tampoco para nada imposible.
La diferencia en este caso a cambio de gobiernos anteriores es, como expresábamos, que ningún otro gobierno anterior asoló el país como lo hizo este. Por lo que seriamos muy ingenuos si esperáramos la producción de milagros por parte del nuevo gobierno. En materia política y económica -parece redundante decirlo- no existen los milagros. Y hemos de ser conscientes que la Argentina necesita poco menos que de eso para poder salir a flote. Sin embargo es posible, si se dan dos condiciones que, a primera vista, nos parecen básicas: 1º Neutralizar las fuerzas destructivas del FpV. Hay que tener en claro que esta secta no será un simple partido de oposición, sino que será (en caso de subsistir) lo que ha sido desde su ascenso al poder: un torrente de destrucción. 2º Acompañar las medidas de cambio del nuevo gobierno siendo conscientes de que requerirán esfuerzo y sacrificios, en la exacta medida del esfuerzo y sacrificio que exige para una familia que encontró su casa tomada, saqueada y destruida por una banda de ladrones, restaurar todo lo perdido una vez que pudo recuperar su hogar. Este es, análogamente, el estado en que la ciudadanía descubre al país luego de esta amarguísima experiencia de más de una década de latrocinio K. Y por supuesto, nada de esto significa resignar la dirección hacia el cambio votado. El apoyo ha de comprometerse en la medida que se observe que el nuevo gobierno da pasos efectivos hacia el cambio prometido.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿En qué medida son las instituciones el fruto de la ‘evolución espontánea’? Y la mano del legislador?

Por Martín Krause. Publicado el 29/11/15 en: http://bazar.ufm.edu/en-que-medida-son-las-instituciones-el-fruto-de-la-evolucion-espontanea-y-la-mano-del-legislador-ii/

 

La recuperación de las teorías evolutivas  para las ciencias sociales, si bien estaba presente en Frederic Bastiat y Herbert Spencer, se produce con Carl Menger (1840-1921) el fundador de la Escuela Austriaca, reconocido como uno de los autores de la teoría subjetiva del valor basada en la utilidad marginal decreciente. Menger quería refutar al Historicismo alemán, el que negaba el individualismo metodológico y la existencia de leyes económicas asociadas a regularidades de conducta y las vinculara con entes agregados tales como la nación, buscando regularidades  inducidas a partir de eventos históricos.

Menger sostenía que las ciencias sociales debían explicar ciertos fenómenos evolutivos como el origen del dinero, los lenguajes, los mercados y la ley. En uno de sus trabajos mas interesantes (1985), descarta que el origen de las monedas sea una convención o un ley, ya que “presupone el origen pragmático del dinero y de la selección de esos metales, y esa presuposición no es histórica” (p. 212). Considera necesario tomar en cuenta el grado de “liquidez” de los bienes, es decir, la regularidad o facilidad con la que puede recurrirse a su venta. Y suelen elegirse aquellos productos que sean de fácil colocación, por un lado, y que mantengan el valor por el cual han sido comprados al momento de su venta, esto es, que no presenten diferencias entre un precio “comprador” y otro “vendedor”[1].

Una moneda será aceptada dependiendo:

  1. “Del número de personas que aún necesitan la mercancía en cuestión y de lamedida y la intensidad de esa necesidad, que no ha sido satisfecha o que es constante.
  2. Del poder adquisitivo de esas personas.
  3. De la cantidad de mercancía disponible en relación con la necesidad (total), no satisfecha todavía, que se tiene de ella.
  4. De la divisibilidad de la mercancía, y de cualquier otro modo por el cual se la pueda ajustar a las necesidades de cada uno de los clientes.
  5. Del desarrollo del mercado y, en especial, de la especulación; y por último,
  6. Del número y de la naturaleza de las limitaciones que, social y políticamente, se han impuesto al intercambio y al consumo con respecto a la mercancía en cuestión.”(p. 218)

Entonces, termina cumpliendo el papel de moneda aquél producto que permite a la gente pasar de un producto menos “líquido” hacia otro más “líquido”. Desde este punto de vista, el origen de la moneda tiene una clara característica de “espontáneo” u evolutivo, el resultado de la acción humana, no del designio humano[2].

[1] “El hombre que va al mercado con sus productos, en general intenta desprenderse de ellos pero de ningún modo a un precio cualquiera, sino a aquel que se corresponda con la situación económica general. Si hemos de indagar los diferentes grados de liquidez de los bienes de modo tal de demostrar el peso que tienen en la vida práctica, sólo podemos hacerlo estudiando la mayor o menor facilidad con la que resulta posible desprenderse de ellos a precios que se correspondan con la situación económica general, es decir, a precios económicos. Una mercancía es más o menos liquida si podemos, con mayor o menor perspectiva de éxito, desprendernos de ella a precios compatibles con la situación económica general, a precios económicos. (p. 217)

[2] “No es imposible que los medios de cambio, sirviendo como lo hacen al bien común, en el sentido más absoluto del término, sean instituidos a través de la legislación, tal como ocurre con otras instituciones sociales. Pero ésta no es la única ni la principal modalidad que ha dado origen al dinero. Su génesis deberá buscarse detenidamente en el proceso que hemos descripto, a pesar de que la naturaleza de ese proceso sólo sería explicada de manera incompleta si tuviéramos que denominarlo “orgánica’, o señalar al dinero como algo “primordial”, de “crecimiento primitivo”, y así sucesivamente. Dejando de lado premisas poco sólidas desde el punto de vista histórico, sólo podemos entender el origen del dinero si aprendemos a considerar el establecimiento del procedimiento social del cual nos estamos ocupando como un resultado espontáneo, como la consecuencia no prevista de los esfuerzos individuales y especiales de los miembros de una sociedad que poco a poco fue hallando su camino hacia una discriminación de los diferentes grados de liquidez de los productos.” (p. 223)

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

El cambio es una cuestión de días, el progreso no

Por Javier Cubillas.

 

Faltan muy pocos días para que el cambio se materialice. Las urnas ya dieron los resultados y en varios niveles estaduales y locales las muestras de alternancia se han sucedido de modo inequívoco, con datos impresionantes. Pero lo que en el fondo deseamos y todos queremos que ocurra, más allá del cambio de fuerzas de gobierno, es que de una vez por todas la Argentina se inserte en un camino de progreso y desarrollo institucional y social.

 

Es claro entonces que el cambio a partir del mecanismo electoral opera de modo irrefrenable pero la gran duda es si el camino del desarrollo también se encuentra nuevamente anclado a una mayoría social y cultural. Si es posible que las reglas de juego se instauren de modo claro y expeditivo, desde la batería de decisiones que vienen a tomar los actores de la nueva coalición política, le corresponde entonces a la sociedad civil la responsabilidad de saber reconocer y actuar que rol estratégico le toca en esta instancia más allá de la participación en el acto electoral.

 

El progreso entonces, hay que decirlo claramente, depende definitivamente de la sociedad civil y no de la clase política. Depende de su propia capacidad social, de no dejar que se pisoteen derechos individuales, que se respeten las reglas de juego, que se ejerza la libertad de expresión y la tolerancia, que no se continúe consagrando una democracia delegativa, que no se permita más la corrupción sistémica, que no se permita más la opacidad en la administración pública y la falta de escucha activa de la ciudadanía en los temas de agenda pública y que se instaure definitivamente la promoción de la innovación, la creatividad y el esfuerzo como valores claves de una sociedad abierta y plural.

 

Por todo esto, el camino que aún nos falta por recorrer no es corto en plazo y tiempo y nos impone a todos un esfuerzo todavía muy exigente y cotidiano. Lo ocurrido el 22 de noviembre es una instancia más y puede resultar anecdótico -en un proceso que recién se inicia y que por ello no debe ser sobrevalorado- si no es correctamente estimado y reflexionado. En este camino, tendiente al crecimiento institucional y social, la responsabilidad es hija de los más amplios sectores económicos y culturales si es que queremos que definitivamente no nos gobiernen más dictadores o representantes de tintes autoritarios bajo ropajes democráticos. Este es el verdadero cambio intrinsecamente relacionado al progreso, el que se escribe con letras y caracteres atribuidos al largo plazo y sostenido por la sociedad civil.

 

Necesitamos entonces templanza para festejar y pensar en el futuro, pero también fortaleza para soportar los impedimentos y resistencias que vendrán, prudencia para impulsar las mejores medidas institucionales en el sector público y en el sector privado y finalmente justicia para el ejercicio de las críticas en la opinión pública y para dirimir las diferencias y la grieta social.

 

 

Ergo, sólo teniendo en vistas la complejidad de la realidad y no esperando medidas mágicas ni recetas automáticas, resta a cada uno de nosotros hacer lo propio para cambiar la inconmensurable historia y realidad argentina.

 

Javier Cubillas fue coordinador del programa de Jóvenes Investigadores de Fundación Atlas 1853. Es alumno de la Maestría en Ciencias Políticas de ESEADE.

Populismo y ¡champán!

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado 25/11/15 en: http://hoybolivia.com/Blog.php?IdBlog=41381&tit=populismo_y_%A1champan

 

La elección de Macri para la presidencia es buena noticia para el desarrollo de Argentina, pero difícilmente -visto su historia como Alcalde de Buenos Aires y sus propuestas- produzca cambios importantes y, por cierto, no terminará con el populismo. Eso sí, el día de su triunfo, hubo fiesta y cuentan que sus colaboradores brindaron con vino espumante.

Los cambios propuestos hasta ahora-como la reorganización de los ministerios- son solo cosmética. Macri,cree que se trata de “gestionar bien” al Estado sin comprender que la esencia del gobierno actual es falsa desde que su autoridad se basa en el monopolio de la violencia -policial y militar- que desordena desde que contraría el orden natural, dice la metafísica aristotélico tomista.

“Vamos a derrotar al narcotráfico” dijo y me pregunto cómo superará a las fuerzas armadas de EE.UU. que no lo han logrado. Pero su frase más demagógica –sin argumentación racional- es la de que “vamos por un país con pobreza cero”. Debería saber que la miseria tiene su raíz en un Estado que cobra impuestos de manera coactiva –por tanto, desordena- ya que son derivados hacia abajo básicamente vía precios y baja de salarios.

Según Martín Simonetta en 2013, el gasto público representó 35,41% del PIB. Más de uno de cada tres pesos que producen los argentinos se destinan a pagar al Estado. Y en ningún momento el presidente electo habló de una drástica reducción de la presión impositiva, es más, en Buenos Aires la aumentó.

Lo más sintomático es que “decretará la emergencia en seguridad” aumentando el gasto en policía, en represión, dejando claro que no entiende el fallo esencial del Estado que mencionamos. El delitoes inducido por la marginalidad. Japón, por caso, con menos desocupación y miseria, tiene una tasa de 0,3 homicidios anuales por cada cien mil habitantes contra 5,5 de Argentina. Lo que debería hacer es derogar las leyes coactivas que desordenan y provocan marginalidad, como el salario mínimo que impide que trabajen quienes ganarían menos. Pero Macri ni lo pensó.

Esto me recuerda que, según la OCDE, uno de cada cuatro (25,8%) jóvenes de entre 19 y 25 años ni estudia ni trabaja en España, en Turquía el 31,6%, Grecia (28,3%) e Italia (27,6%). Qué se supone que hagan estos jóvenes.Algunos se alistan en el ISIS que les da una razón fanática para existir y que paga buenos sueldos. En España, por caso, casi la mitad de las personas detenidas sospechadas de actividades terroristas son nacidas allí.

A qué bombardea entonces Occidente las posiciones del ISIS en Siria, matando a civiles, si los terroristas están dentro. EE.UU. gasta 10 millones de dólares cada día en esta guerra. Cuantas personas podrían comer con ese dinero. Dicen algunos que es solo un reparto de poder entre Moscú y Washington, en cualquier caso, sí es cierto que hay muchos negocios de poder y dinero. Populismo… y ¡champán! para los fabricantes de armas.

Entretanto, el Papa sigue desafiando los peligros que ven los gobiernos y lleva “un mensaje de paz y esperanza” a Kenya y Uganda que son blanco privilegiado de los somalíes de Al-Shabaab aliados de Al-Qaeda, y a República Centro Africana. Calculan que unos 1,4 millones de personas asistirán a la misa de Nairobi mientras que, durante el último viaje de Obama a África, se solicitaba a las personas que, por seguridad, no salieran a las calles.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

No fue Magia: Mauricio Macri Presidente

Por Gabriela Pousa: Publicado el 24/11/15 en: http://www.perspectivaspoliticas.info/no-fue-magia-mauricio-macri-presidente/

 

Tantas y tan pocas palabras para un cambio tan crucial como decisivo. Aunque nada ha variado todavía, hoy nada es lo mismo. Se ha votado: Mauricio Macri es el próximo jefe de Estado. La apertura de urnas cierra una etapa que debería dejar tantas enseñanzas como amarguras.

El escenario político admite una lectura fáctica que habla de un estado crítico en lo sucesivo, y al unísono muestra un país decididamente distinto. El  hartazgo le ganó al hastío. Y es que el cambio no es político, el cambio es social: ese dato es lo que torna optimista el panorama y hace que la perspectiva se contraponga a lo que hay.

El verdadero fenómeno a considerar es la opción de la sociedad por el futuro aún en detrimento de lo coyuntural. Sumida en un cortoplacismo asfixiante, la gente eligió ir más allá. Ahora está en juego su tolerancia, ahora deberá demostrar, amén de comprar Cambiemos, que se entendió el por qué de la conjugación del verbo.

No será solo el Presidente electo ni su equipo de gobierno el artífice del cambio. El plural no es antojadizo ni casual: los individualismos nos trajeron hasta acá. A la Argentina grande se llega con unión y paciencia. Si alguien cree que el cambio es el resultado de la elección, perdió. No podemos ser como Ícaro desperdiciando la posibilidad de volar por querer hacerlo más alto. Las diferencias en un ballottage nunca fueron siderales.

El escrutinio es el primer paso de un camino largo, ondulante, impreciso. La decisión de comenzar a desandarlo y el final de la inacción es lo que se festeja hoy. Histórica no es la elección, histórico es el compromiso, el deseo de otra cosa, y la capacidad de asumir que no se quiere más de lo mismo. Se ha dejado de lado el miedo, el conformismo, el “más vale malo conocido que bueno por conocer”, y esa liberación de mitos y dogmas obsoletos nos sitúan frente a la posibilidad de construir un país serio. Es un proceso, una construcción. Nadie amaneció tras comprar el terreno, con el edificio hecho. 

Mauricio Macri es el Presidente electo es cierto, pero hoy se parece más a uno de los miembros del grupo Halcón entrando en la bóveda del Banco Río, sucursal San Isidro, el 13 de enero del 2006. Una vez abiertas las puertas del Banco Central apenas si hallará una nota similar a la que dejaron los boqueteros tras el fatídico ‘robo del siglo’: “En barrio de ricachones sin armas ni rencores. Es sólo plata, no amores“. 

Bien podría ser ese el texto que reciba a los funcionarios de Cambiemos cuando ingresen a la entidad bancaria o a la mismísima Casa Rosada. Esa es la única tristeza que subyace en medio de la algarabía por el final del kirchnerismo, la misma que se experimentó al hallar vivos a los rehenes cuando los delincuentes huyeron. La banda se desarma aunque falte todavía el final feliz de la película: que la impunidad no tenga garantía.

La sociedad ha optado por la mesura, por el riesgo vital de lo nuevo que implica dejar atrás la falsa paz de los cementerios. Es posible que, por vez primera, no haya sido el bolsillo el órgano más sensible de los argentinos. Esa sería una cabal señal de inteligencia y de moral. El número de fiscales voluntarios en el comicio es también un dato de singular trascendencia a la hora de analizar lo que se ha vivido en esta fecha.

El compromiso social es lo que ha de legitimar a Mauricio Macri de aquí  en más. Si bien la elección se ganaba con un voto más que el otro, la diferencia marca el límite de acción que tendrá en lo sucesivo el Presidente de los argentinos.  Macri empieza ‘empoderado’, con un buen cheque pero no en blanco. 

Tiene el poder de una mayoría, la sociedad dividida, y la audacia de haber convertido un partido que el kirchnerismo llamaba “vecinal” en una alianza nacional. Tendrá que sumar consenso en sectores relegados hace años. La ciudadanía tendrá que defender su voto más allá de las urnas para demostrar la continuidad democrática. De otro modo, el cambio habrá sido una mera ilusión óptica, la ficción de un tramo.

De ahora en más, Cambiemos se tiene que transformar en “Cambiando” para aseverar sin refutaciones luego, que cambiamos. Discernir entre lo urgente, lo importante, lo imprescindible y lo necesario es el próximo paso. Macri debe darlo. El titular del PRO experimentó en carne propia la advertencia de Oscar Wilde: “Hay que tener cuidado con lo que se desea. Uno puede llegar a conseguirlo”.  Ahora, a cambiar este incordio por normalidad.

Es el fin de un ciclo que duró demasiado. El kirchnerismo será lo que el menemismo es. Con el resultado alcanzado se le ha dicho basta a la barbarie, a las ínfulas de grandeza, a la mentira sistemática, a la crispación crónica, a la fractura social. Basta a las amenazas, a la prepotencia, a las siete plagas, al barrilete cósmico. 

Basta al llanto, a la lástima, a lo auto-referencial. Basta al “vamos por todo, a la corrupción, al robo, al fin que justifica los medios, a la guerra como concepción política, al abuso de poder, a tomarnos por tontos, y sobre todo a ser tontos porque nos conviene, porque es más cómodo. El falso confort tiene costo. 

Se está dando la bienvenida no a un predestinado capaz de transformar el barro en oro sino simplemente, a un administrador, un DT que conduzca este equipo y al cual se le dé continuidad según el resultado obtenido. Los “ismos” no han sido eficientes en Argentina, que no sea esta pues una apuesta al macrismo sino a los argentinos. 

“La pesada herencia” no es gratuita, recibirla corrobora hasta qué punto nos involucra su historia. El problema de acá en más no es de Macri, ni es del PRO, ni de Elisa Carrió o de Ernesto Sanz. El problema lamentablemente es un bien ganancial y solo lo redime la certera decisión de separarnos. El divorcio puede ser exprés pero la división de bienes recién está comenzando y va para largo.

Al final, Cristina solo se eterniza en el fracaso. Ha llevado al precipicio al peronismo y lo ha empujado. El hito es demasiado vasto  para analizarlo minutos después de cerrado el comicio. Queda un escenario de derrota y reestructuración para el peronismo, queda un Congreso sesionando hasta el último día de la dama en Olivos, queda una alianza que definirá  cargos, queda la transición, quedan los militantes rentados solapados. El teatro ya no tiene espacio para tanto show.

Mauricio Macri acaba de terminar su discurso tras la elección. Ni una agresión, eso explica tambié por qué es el Presidente electo de la Nación. El día se cierra, también estas líneas. Mientras, se escucha el ruido de rotas cadenas: ¡Oh juremos con gloria morir vivir!

 

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.

LA EMBESTIDA DE SARAMAGO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Es raro el caso de que no se aprenda nada de un pensador, no importa de que tradición de pensamiento provenga. Es la magia y el atractivo del indispensable alimento que provee la libertad de expresión, es la maravilla donde no hay libros prohibidos y donde no prima la cultura alambrada propia de las xenofobias.

 

José Saramago (1922-2010) era comunista y puede ubicarse en la línea de Godwin, Bakunin, Krotopkin, Prudhon y contemporáneamente de Herbert Read y Noam Chomsky: en un contexto de abolición de la propiedad privada, proponen sustituir el aparato estatal clásico por otros organismos burocráticos de mayor control en las vidas de la gente donde la antiutopía orwelliana queda chica. A raíz de la crisis del 2008 declaró en Lisboa que “Marx nunca tuvo más razón que ahora”, confundiendo un capitalismo prácticamente inexistente con sistemas altamente estatistas.

 

Por supuesto que fue un literato y no un cientista político de modo que la mencionada tradición de pensamiento no era suscripta ni conocida en su totalidad por Saramago. Fue eso sí un admirador del sistema totalitario cubano donde pronunció su célebre discurso que lleva el paradójico título de “Pensar, pensar y pensar” en el lugar en donde solo se permite el lavado de cerebro que algunos incautos denominan “educación”. Luego se desilusionó con ese sistema nefasto a raíz de uno de los sonados casos de fusilamientos de disidentes (escribió “hasta aquí he llegado”).

 

Como es de público conocimiento, Saramago escribe de modo espectacular si cabe el correlato con el buen teatro, su manejo de las letras está a la altura de los mejores escritores del planeta y, en el caso de la obra de la que nos ocuparemos, su traductora sin duda es magistral: Pilar del Río que fue su mujer a partir de 1988. Nos referimos a Ensayo sobre la lucidez, una novela extraordinaria que subraya un derecho que es habitualmente ocultado por energúmenos en el poder y sus asociados en la arena política: el voto en blanco. En última instancia no es una obra de ficción sino de realidad viviente.

 

La novela comienza en una ciudad capital donde hay elecciones municipales. Un día de lluvia torrencial por lo que los votantes se movieron “con la lentitud del caracol” pero finalmente al promediar la tarde aparecen y proceden con lo que se estima es un deber cívico. El resultado es sorprendente: el 70% vota en blanco. Las autoridades toman ese escrutinio como una ofensa grave para la democracia, una pantalla retórica que en realidad oculta sus fracasos.

 

Ante tanto desconcierto, el gobierno se ampara en la ley electoral que consigna que frente a “catástrofes naturales” en el día de la elección, ésta debe repetirse, lo cual se hizo. Hete aquí que el resultado de la segunda prueba de los comicios parió un resultado aun más sorprendente: el 83% de los habitantes de esa ciudad votó en blanco. En este último caso, los gobernantes comenzaron a declarar en público y en privado que se habían traicionado los valores de la patria y otras manifestaciones de indignación y desconcierto en los que sostenían era un atentado mortal a la nación misma.

 

En este contexto, se declara el estado de emergencia y luego el estado de sitio. Ninguno de los pobladores se pronunció antes, durante ni después del acto electoral, se produjo “un espeso muro de silencio” en torno a esta controvertida cuestión. Los burócratas enfatizaban que todo se debía a un complot inaceptable que seguramente contaba con apoyos del exterior. Incluso en una reunión del consejo de ministros se hablaba de un acto de “terrorismo puro y duro” y que, por tanto, se decidió “infiltrar” a la ciudadanía al efecto de develar la conjura y la “peste moral” del voto en blanco.

 

Más aun, la expresión “blanco” quedó relegada a la historia. Al papel blanco se le decía “hoja desprovista de color”, al mantel blanco se le decía “del color de la leche” y a los estudiantes que estaban en blanco se les decía sin subterfugios que desconocían los contenidos de la materia y así sucesivamente. Los gobernantes reconocían a regañadientes que votar en blanco es un derecho pero sostuvieron que consistía en un “uso legal abusivo” (como si un mismo acto, agregamos nosotros, pudiera ser simultáneamente conforme y contrario al derecho).

 

En un momento de desesperación el gobierno central decide en masa abandonar la ciudad con la idea de que todo se derrumbaría sin ellos y establecen sin más la capital en otro lugar del país. Pero después de algunas vacilaciones resulta que los habitantes de la ciudad se las arreglan para limpiar las calles y cuidar de la vigilancia para evitar desmanes, asaltos y violaciones.

 

También el pueblo de la capital sorprendió con marchas pacíficas llevando letreros en los que se leía “Yo voté en blanco” y consignas de tenor equivalente. El gobierno planeó contramarchas que produjeran disturbios de envergadura, acentuar los trabajos de inteligencia e incluso en un momento se sugirió implantar el estado de guerra y finalmente decide colocar una bomba con la idea de endosar la responsabilidad a los pobladores.

 

La explosión que produjo muertes y heridos, no dio el resultado esperado puesto que la gente se enteró de la verdad de lo sucedido. En el entierro, la multitud llevaba flores blancas y los hombres una cinta blanca en el brazo izquierdo.

 

Los debates, enojos, gritos y propuestas descabelladas de los funcionarios que se sucedían fueron dignas de una producción cinematográfica del ridículo. Como son estas cosas, la soberbia hace que los megalómanos pretendan rapidez en el resultado de sus órdenes muchas veces contradictorias pero los encargados de cumplirlas se chocan entre sí y generan los efectos contrarios a tan inauditos propósitos. En una de las trifulcas en el gabinete de ministros y en medio de la ofuscación,  a uno de ellos se le escapa la idea que los votos en blanco puede que sean una manifestación “de lucidez” (lo cual da el título al libro) a lo que el presidente no solo le pide la renuncia de inmediato al intrépido ministro sino que afirma categóricamente que ha visto “el rostro de la traición”.

 

El relato sigue con interrogatorios varios, los infaltables “secretos de estado” que se divulgan al instante, con estrategias, tácticas, micrófonos ocultos, con planes aquí y allá todos fallidos y al final más asesinatos de inocentes en medio de censuras a la libertad de expresión. Un triste final para una triste situación.

 

Como una nota al pie digo que la obra es de fácil y entretenida lectura, además de las lecciones que deja y de estimular el pensamiento del lector y despejar telarañas mentales. Es muy interesante la forma de construir diálogos que propone el autor y su muy sofisticado y efectivo manejo del narrador y de los tiempos. Llama la atención la admirable capacidad de escribir más de cuatrocientas páginas sin que haya un solo nombre propio (excepto el de un perro, un par de empresas y el de Humphrey Bogart pero como estilo de vestimenta). También es de notar sus valiosas disquisiciones y precisiones lingüísticas al margen del relato principal.

 

Si tuviera que instalar dos acápites a este artículo periodístico, tomaría dos frases del libro: “Es regla invariable del poder que resulta mejor cortar cabezas antes de que comiencen a pensar” y la visión optimista de que “más tarde o más pronto, y mejor más pronto que tarde, el destino siempre acaba abatiendo la soberbia”.

 

He escrito antes sobre el tema del voto en blanco que ahora parcialmente reitero, pero antes debo enfatizar que hay situaciones en las que se estima que el peligro de la alternativa es de tal magnitud que no parece haber más remedio que caer en la trampa del menos malo, siempre que no se termine idealizándolo y siempre que se tenga en cuenta que lo menos malo es de todos modos malo. Se trata de una medida desesperada al efecto de contar con más tiempo para revertir la situación con esfuerzos educativos.

 

De todos modos imagino que si hubiera una disposición que obligara a la gente a ser patrimonialmente responsable por la gestión de quien vota, se encaminaría a las urnas con más cuidado y responsabilidad y, ante discursos descabellados, rechazaría las ofertas electorales existentes votando en blanco, lo cual naturalmente forzaría a los políticos a reconsiderar sus plataformas y ser más cautelosos en la articulación de sus pronunciamientos.

 

En política no puede pretenderse nunca lo óptimo puesto que necesariamente la campaña significa un discurso compatible con la comprensión de las mayorías lo cual requiere vérselas con el común denominador y, en funciones, demanda conciliaciones y consensos para operar. Muy distinto es el cuadro de situación en el plano académico que se traduce en ideas que apuntan a lo que al momento se considera lo mejor sin componendas de ninguna naturaleza que desvirtuarían y pervertirían por completo la misión de un académico que se precie de tal ya que implica antes que nada honestidad intelectual.

 

En esta instancia del proceso de evolución cultural, el político está embretado en un plafón que le marca las posibilidades de un discurso de máxima y uno de mínima según sea capaz la opinión pública de digerir propuestas de diversa índole. El político no puede sugerir medidas que la opinión pública no entiende o no comparte. La función del intelectual es distinta: si ajusta su discurso a lo que estima requieren sus audiencias, con toda razón será considerado un impostor.

 

Ahora bien, en este contexto cuando un votante se encuentra frente a ofertas políticas que considera están fuera de mínimas condiciones morales debe ejercer su derecho a no votar o, si se encuentra en un país en el que no se reconoce ese derecho, debe votar en blanco, lo cual siempre significa que se rechazan todas las ofertas existentes al momento. Incluso, a veces el voto en blanco envía una señal más clara al rechazo que la abstención puesto que implica tomarse el trabajo de trasladarse al lugar de votación para dejar constancia del disgusto. En esta línea argumental, es como señala el título de la obra en colaboración de Leon y Hunter: None of the Above. The Lesser of Two Evils…is Evil. No cabe mirar para otro lado y eludir las responsabilidades por lo que se votó.

 

En el caso del voto en blanco, no se debe caer en el temor de ser arrastrado por el fraude estadístico allí donde se descuentan esos votos del universo y, por ende, se inflan las posiciones de los candidatos votados puesto que lo relevante es la conciencia de cada cual y votar como a uno le gustaría que votaran los demás, la suba en las posiciones relativas de los otros candidatos no modifica el hecho de rechazar las propuestos que se someten a sufragio en una situación límite de inmoralidad en la que todos los postulantes se asemejan en las políticas de fondo y solo los diferencian matices y nimiedades que son en última instancia puramente formales. En este contexto, el voto en blanco es sumamente positivo porque constituye una manera eficaz de ponerle límite a los atropellos del Leviatán.

 

Es muy fértil la embestida de Saramago contra políticos inescrupulosos y ciudadanos distraídos que intentan por todos los medios de minimizar el rol de personas que contribuyen a la mejora de las ofertas programáticas existentes.

 

El ejercicio a que nos invita Saramago en su libro hace que los políticos en cuestión no se sientan avalados y convalidados en sus fechorías y les trasmiten la vergüenza de verse rechazados e ignorados por el voto en blanco. Nada altera más a un politicastro que el voto en blanco.

 

En la situación indicada, el voto en blanco o “voto protesta” como se lo ha denominado, es fruto del hastío y hartazgo moral del ciudadano pero es un voto de confianza y esperanza en un futuro que se considera es posible cambiar, frente a los apáticos e indiferentes que votan a sabiendas a candidatos con propuestas malsanas. En este sentido, el voto en blanco es un voto optimista que contrasta con la desidia de quienes ejercen su derecho por candidatos que saben son perjudiciales.

 

No solo cabe abandonar el voto el blanco cuando se está en la situación de extremo peligro que mencionamos más arriba, sino cuando coincide con la expresa instrucción de proceder a votar en blanco por parte de alguna línea política con la que no se coincide  puesto, en ese caso, el resultado será muy pastoso.

 

Es indispensable que cada uno asuma su deber de contribuir a engrosar espacios de libertad puesto que se trata -nada más y nada menos- de la condición humana. El descuido de esa obligación moral personalísima nos recuerda (y alerta mientras estemos a tiempo) que Arnold Toynbee sostuvo que el epitafio del Imperio Romano diría “demasiado tarde”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.