Category Archives: Política Bancaria

Que todo cambie para que nada cambie

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 3177/17 en: https://alejandrotagliavini.com/2017/07/17/que-todo-cambie-para-que-nada-cambie/

 

 

Objetivamente el rumbo de la economía, más allá de discursos y matices, es el mismo que, desde hace décadas, sigue Argentina. Veamos algunos tips.

Hasta hoy, “Cambiemos” tomó créditos por casi US$ 100.000 millones. Un nivel de endeudamiento similar al del gobierno anterior. Dicen en la Rosada que el 70% fue para cancelar compromisos preexistentes. Pero ¿por qué no ahorraron bajando el gasto? Y responden que hubiera significado “un ajuste brutal”: el mismo discurso que el gobierno anterior.

En cuanto al consumo, el oficialismo se defiende argumentando que cambiaron los hábitos, antes se hacía mucho “shopping” y ahora se toman créditos hipotecarios y autos premium. Pero este cambio se debe a créditos, también, apalancados desde el Estado.

En los últimos 15 años, creció casi 80% el empleo público y hoy suman 3,6 millones de personas, según el Ministerio de Trabajo. Si bien entre 2003 y 2015, el empleo del sector público nacional (excluye provincias y municipios) creció más de 60%, a un ritmo anual promedio del 4%, en 2016 creció 1% lo que no es poco dada la crisis.

Entretanto la población aumentó 17,5% en ese período, mostrando que el crecimiento estatal es superior tanto que hoy el costo del empleo público, según FIEL, es de $1.452.000 millones anuales, es decir, 58,5% de la recaudación tributaria neta de Nación y provincias.

Con todo esto, resulta que, según los analistas, el déficit 2017 terminaría siendo el tercero más elevado de la historia, después de Rodrigazo y del “pico” de Alfonsín. Y, la meta anual del presupuesto nacional de déficit primario (4,2%) será incumplida en al menos el 1% del PIB; y el déficit financiero (que incluye intereses por 2,7% del PIB) terminaría superando el 8% del PIB en 2017.

Aunque ya no hay dólar oficial, la política monetaria del BCRA está fijando un cambio artificialmente barato. El viernes la rentabilidad de las Letras del BCRA a más corto plazo, 33 días, cerró a 26,5%, superando el 26,25% actual de la tasa de Política Monetaria, fijada de forma quincenal por la autoridad.

Lo que pasa es que este martes vencen Lebac por casi $ 530.000 millones, equivalente a mas del 60% de la base monetaria. Recordemos que, en la anterior licitación de estos papeles, el 19 de junio, caducó una cifra que marcó el récord histórico de $547.042 millones, y el BCRA pudo renovar solo $ 424.000 millones.

Por esto, no puede bajar las tasas y el mes pasado para el más corto plazo fue de 25,5%, unos 100 puntos básicos menos de lo que se operó el viernes en la plaza secundaria. En otras palabras, está obligado a mantener las tasas altas con lo que logra que la gente se desprenda de dólares, abaratándolo, para invertir en estos papeles. Por lo que en el mercado se barajaba con mucha fuerza que el BCRA convalidará esta semana estas nuevas referencias que rondarán el 27% anual para incentivar a los ahorristas y poder incrementar las colocaciones de Lebac.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Gracias al Estado, el bitcoin vuela

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 22/6/17 en: http://s21.gt/2017/06/22/gracias-al-estado-bitcoin-vuela/

 

En 2011, cuando se discutía globalmente cambiar el patrón dólar por una canasta de monedas, varios medios me publicaron una columna –“Crisis global, América Latina y bitcoins”- en donde sugería audazmente tener en cuenta al bitcoin. Luego, en 2013, en otra columna –“¿Invertir en bitcoins?”- decía que me había perdido una inversión cuyo rendimiento había sido de 4.000 % ya que, cuando escribí la primera, la moneda digital cotizaba a US$ 30 por unidad, pero no compré ninguna y, al publicarse la segunda, llegaba a 1.200. Hoy, supera los US$ 2400 de modo que todo el universo bitcoin, unas 17 millones de unidades, suponen más de US$ 40 mil millones.

¿Adiviné? No, no adivine, era lógico que sucedería, lo dice la ciencia. El racionalismo despreció a la metafísica que brillantemente habían expuesto ya los griegos, en particular Aristóteles. Esta ciencia es el estudio de por qué el cosmos -la física- se mueve del modo en que lo hace, es decir, de los principios que generan los movimientos físicos. Así, observando estos principios podemos adelantar el desarrollo de la física: por caso, si vemos una acción cualquiera, podremos esperar una reacción inversa semejante, es el principio de equilibrio del cosmos.

Uno de estos principios dice que la violencia siempre destruye y la define, precisamente, como aquella fuerza extrínseca -extraña al desarrollo natural del cosmos- que pretende desviar, degenerar, el desarrollo normal. Por eso es que cuando el Estado -en tanto monopolio de la violencia- interfiere en la sociedad, destruye, provoca caos. Así, es fácil saber si un país crecerá o no, según aumenten o disminuyan las acciones coactivas -violentas- sobre el mercado.

Por esto, las monedas “privadas” tienen futuro mientras que los monopolios estatales como el dólar, euro, etc. –coactivamente impuestos, de “curso forzoso”- van cayendo. Así, al contrario de lo que dicen sus detractores, el bitcoin es exitoso, vuela, porque no depende de ningún gobierno, de ninguna “autoridad” monetaria, y permite escapar de la coacción estatal: que el mercado se desarrolle naturalmente. Precisamente, hasta hace poco, el 90% de las transacciones con bitcoins se realizaban en China, pero desde que el gobierno aumentó las regulaciones, empezaron a irse a Japón y Corea del Sur.

Como señala Miguel Boggiano, las criptomonedas escapan a los acuerdos de intercambio de información fiscal, como el de la OCDE o los enmarcados en el FATCA (acuerdos IGA) que tiene EE.UU. Las transacciones con bitcoins pueden estructurarse de modo que su rastreo sea imposible, a través de “mixing services”. La OECD estima que para 2020, el 66% del trabajo será informal (hoy 50%), lo que implica un submundo potencial para el bitcoin estimado en US$ 13 billones, detrás de EE.UU. cuyo PIB suma US$ 19 billones.

Pero no todo es rosa. Históricamente la cotización del bitcoin ha sido inestable porque si bien sirve de escape a los gobiernos, aún no está lo suficientemente establecida como moneda que, como señala el profesor Lawrence White, es “otro servicio bancario” que permite, básicamente, el cálculo basado en una unidad conocida y la agilidad en las transacciones. Agilidad tiene muchísima, pero de momento transacciones pocas, el cálculo no es fácil dada su volatilidad, su origen y su emisión limitada a 21 millones no despejan todas las dudas y, además, en el futuro afrontará la competencia de otras monedas privadas “electrónicas” o no.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Los dos “gorilas” de Calomiris

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 13/6/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/los-dos-gorilas-calomiris/

 

Hemos asistido a un amplio abanico de nuevas medidas regulatorias con el objetivo de evitar una nueva crisis. Se han creado nuevas instituciones que vigilan la banca, y se busca la regulación macroprudencial para evitar el riesgo sistémico.

Charles W. Calomiris, catedrático de Instituciones Financieras en la Universidad de Columbia, rastrea el pasado en busca de los factores más determinantes de los colapsos bancarios. Y descubre dos, que llama “gorilas”. Dice: “Mi respuesta a esta cuestión es sorprendentemente sencilla y bastante diferente de la larga lista de potenciales contribuyentes al riesgo sistémico que aparecen en los documentos del FMI, el BPI, el Consejo de Vigilancia de Estabilidad Financiera, la Junta Europea de Riesgo Sistémico y el Consejo de Estabilidad Financiera, y en muchos artículos académicos. Hay dos amenazas sistémicas importantes para la estabilidad financiera: las políticas de los gobiernos que subsidian el riesgo hipotecario, y las políticas de los gobiernos que aseguran las deudas de los bancos (y en general, que subsidian el riesgo de impago de los bancos mediante diversos canales, incluyendo la protección a los que son ‘demasiado grandes para caer’)”.  Su trabajo, “Taming the Two 800 Pound Gorillas in the Room”, Columbia Business School Research Paper No. 17-20, está disponible en https://goo.gl/1IL0vA.

Esos dos gorilas no son independientes entre sí. El Estado avanzó sobre la banca, dio garantías a los depósitos, y animó los préstamos hipotecarios, fomentando un esquema delicado con pasivos exigibles a corto y activos a largo. Esto aumenta el riesgo sistémico, y jamás se habría producido si la banca funcionara con criterios de mercado. De hecho, no se permitía hasta que aparecieron los seguros de depósitos.

Con sus pasivos protegidos, disminuyen los incentivos de la banca a restringir la toma de riesgos crediticio. Esta expansión del riesgo sistémico deriva, pues, de una suerte de subsidio a la banca combinado con ayudas a determinados acreedores, en el pasado los agricultores y en tiempos modernos el sector inmobiliario.

El too big to fail funciona de manera similar, al impedir que las pérdidas recaigan totalmente sobre los accionistas de los bancos. Dice Calomiris: “Ambos subsidios relacionados aumentan los beneficios de la banca limitando la respuesta del coste financiero ante el riesgo, y estimulando así a los bancos a que aumenten la toma de riesgo como medio para incrementar sus subsidios”.

Se dice que faltó regulación prudencial, pero “puede ser parte de una estrategia regulatoria gubernamental que busca financiar el riesgo bancario desde fuera del proceso normal de apropiación del presupuesto estatal”, a través de subsidios no explícitos; “si los Estados quieren crean rentas a partir de la toma de riesgo subsidiada, no cabe esperar que van a crear un cuerpo regulatorio o que impida la existencia de dichas rentas”. Yo que usted no me perdería este rincón liberal el próximo lunes.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Gasto, préstamos y crisis

Por Gabriel Boragina Publicado  el 20/5/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/05/gasto-prestamos-y-crisis.html

 

Las tan famosas crisis económicas tienen -en un porcentaje muy alto- una causa común: un elevado gasto estatal. Ya hemos visto que los gobiernos poseen -casi de manera uniforme- una prolongada vocación a incrementar sus gastos, y también hemos estudiado los efectos perniciosos que, en el mediano o largo plazo, se originan por tal práctica. Pero, desde la aparición de los organismos de crédito internacionales, la propensión a subir el gasto estatal se ha visto potenciada, lo que ha dado lugar a diversos tipos de críticas a muchos de esos organismos. En particular a dos de ellos:

“Críticas al FMI y al BM .El rol de ambas instituciones se ha cuestionado seriamente. Algunos sostienen que deberían fusionarse mientras que otros se preguntan si deberían continuar existiendo. Los argumentos más importantes son que aumentan indirectamente el gasto público, que incrementan las tasas impositivas, que su sostenimiento es costoso, que el crédito es fungible y que por su mera existencia crean un problema de moral hazard muy importante. Por ejemplo, en el caso de México (1994-95), estas organizaciones habrían creado las condiciones de seguro implícito a la banca e inversores internacionales que incrementaron el moral hazard y ayudaron a detonar las crisis en el sudeste de Asia en 1997, y luego en Rusia en 1998”[1]

Estas manifestaciones han demostrado ser certeras en un porcentaje muy cercano al cien por ciento de los casos. Obviamente, la sola existencia de un ente (o de varios de ellos) que opera como “banco de bancos”, resulta un incentivo muy importante como para que se recurra al mismo a fin de lograr financiación. En el caso de los gobiernos, esos recursos demandados a tales organismos apuntan normalmente a incrementar el gasto público, y se apela a ellos cuando los gobiernos han agotado ya los mecanismos de costeo interno para sostener sus erogaciones. Como hemos señalado, la fuente ordinaria destinada a enjugar las salidas dinerarias del gobierno son los impuestos. Pero, la recaudación fiscal no es infinita, sino que está tasada. Su límite es el de la productividad total de la economía. No obstante, los recursos recaudados suelen encontrar su techo mucho antes de llegar a ese tope. Esto ha sido explicado por el economista americano Arthur Laffer mediante su famosa curva: cuando se supera el punto óptimo fiscal la recaudación tiende irremediablemente a decaer.

“Los créditos de las instituciones multilaterales ablandan la restricción presupuestaria de los gobiernos Es decir aumentan indirectamente el gasto público. En buen español se diría que estos préstamos al verse como “baratos” y de fácil acceso, llevan a los países a gastar más (y no necesariamente mejor). Esto se debe a que la posibilidad de obtenerlos aumenta las presiones políticas de los distintos ministerios y secretarías y subsecretarías para gastar más.”[2]

Lógicamente, si el gobierno conoce de antemano que dispondrá de financiamiento internacional para emprender sus “proyectos”, se va diluyendo cualquier aliciente a mantener alguna disciplina fiscal y, por consiguiente, cualquiera limitación presupuestaria va cediendo al mismo compás. En los estados paternalistas, pueblos y gobiernos suelen compartir la visión mal llamada del “estado benefactor” por la cual los gobiernos deberían atender absolutamente todas las demandas de la población que hagan a servicios “sociales” en su más amplio espectro, abarcando educación, sanidad, seguridad social, previsión, etc. Si se entienden estas actividades como funciones “propias del estado”, fácil deviene comprender que los recursos necesarios para sostenerlas demandarán aumentos desmedidos del gasto publico. Entonces se acuden a los créditos internacionales:

“La conclusión del profesor Arnold Harberger, después de realizar un estudio sobre el BM, a principios de los ochenta, dejó muy deprimidos a los ejecutivos del Banco. Según Harberger la influencia más importante del BM ha sido la gran competencia que los funcionarios del Banco tenían y adquirían en la evaluación de proyectos de inversión. Los funcionarios del BM al regresar a sus países hacían una gran contribución al evaluar las propuestas de gasto público en sus gobiernos.”[3]

Hemos de suponer cierto tono irónico en la redacción del párrafo que acabamos de transcribir. Lo primero que corresponde aclarar en materia técnicamente económica es que, aun cuando a menudo se los utiliza como sinónimos, los términos gasto e inversión no son equivalentes, de donde “gasto público” no se equipara a “inversión pública”. En sana doctrina económica, la “inversión pública” no existe, por cuanto los fondos supuestamente “invertidos” no son propios del gobierno, sino que pertenecen a terceros, concretamente a los mal llamados “contribuyentes” (dado que el que esta forzado a pagar impuestos no “contribuye” a nada, excepto que se conceptúe como posible alguna presunta “contribución” forzada. De nuestro lado, consideramos el vocablo “contribución” como un acto voluntario y no obligado).

Ciertas manipulaciones cambiarias, a los que los políticos y “técnicos” improvisados son tan afectos, combinadas con alto gasto público coadyuvan a potenciar las crisis económicas:

“Así, por ejemplo Argentina en diciembre de 1979, dio a conocer una tabla con la cotización futura del dólar para los próximos meses, día por día. En ese momento, Argentina tenía un ritmo de inflación del orden de 140% anual y la tablita tenía implícito un porcentaje de devaluación anual en el orden de 70%. Naturalmente, desde el arranque, la tasa de inflación, aunque declinante, fue superior a la de devaluación, con lo que se generó una situación de gran distorsión conocida como “atraso cambiario”. Este atraso, y el excesivo gasto público financiado con deuda, terminó con la tablita y todo el programa a comienzos de 1981.”[4]

La crisis era fácilmente evitable si se hubieran querido adoptar las únicas medidas razonables que correspondía tomar en la coyuntura señalada. Estas eran muy simples : 1)dejar flotar el tipo de cambio de manera completamente libre sin ataduras políticas de ninguna índole y, 2) reducir o –al menos- no incrementar el gasto público, lo que habría hecho innecesario sufragarlo con empréstitos. No obstante, ninguna de estas sanas recetas fue apadrinada.

[1] Valeriano F. García. Para entender la economía política (y la política económica). Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos México, D. F. 2000. pág. 129

[2] Valeriano F. García. Para entender la economía política…ob. cit. pág. 129

[3] Valeriano F. García. Para entender la economía política…ob. cit. pág. 131

[4] Valeriano F. García. Para entender la economía política…ob. cit. pág. 167/8

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Inflación y gasto

Por Gabriel Boragina Publicado  el 7/5/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/05/inflacion-y-gasto.html

 

Existe la creencia, y en algunos casos la convicción, no sólo entre personas comunes sino también entre nombrados economistas que, en tanto la inflación constituye un problema económico, el gasto publico (en rigor, del gobierno) no lo es, o -al menos- no lo es tanto como la primera. No parece advertirse, en muchos casos, que existe una correlación entre esta y aquel. Políticos, periodistas -e incluso- economistas claman por reducir la inflación pero, casi al mismo tiempo, suelen afirmar que el gasto estatal es “inflexible a la baja”. Esta muletilla, que tiene mucho de dogma y poco de juicio racional, se ha popularizado a través de los tiempos, hasta convertirse en una especie de máxima económica.

“Quizás exista aún alguna esperanza de que los socialistas democráticos se den cuenta de aquello que sus antecesores, los Conservadores, no observaron, principalmente que la causa fundamental de la inflación es el excesivo gasto del gobierno y que todas las normas sobre precios y salarios en el mundo no acarrearán el bienestar económico hasta que el Gobierno ponga su propia casa en orden.”[1]

La concatenación es clara y debería ser sencilla de observar por parte de los que hablan a diario del tema. Cuando el gasto del gobierno supera un cierto límite (y siempre -o muy a menudo- lo excede) los métodos previstos para sufragarlo ya no son suficientes, y se hace necesario echar mano a otros recursos. Conforme hemos visto antes, la manera legal de costear el gasto gubernamental es a través de los impuestos. Y decimos “legal” en virtud de que así debe estar determinado previamente en la ley de presupuesto de la nación. Cuando los fondos fiscales son inferiores a los gastos, y la curva de Laffer hace sentir sus típicos efectos, los gobiernos recurren a la inflación.

“Tal vez la prioridad número uno sea una disminución, aunque gradual, del gasto público; el gasto del gobierno y su administración deben equipararse con los impuestos si se desea reestablecer el equilibrio monetario en la economía inflacionaria. En un grado mucho menor, los controles de salarios podrían cumplir una función breve y de importancia “cosmética” en la reducción de las expectativas relativas a los incrementos de precios, reduciendo la propensión marginal de los individuos a consumir, y preparando al país para reducciones en la prestación de servicios por parte del Gobierno.”[2]

En realidad, la solución final es reducir el gasto estatal al mínimo indispensable. Para lo cual, como es sabido y tantas veces hemos dicho, se hace necesario redefinir las funciones que debe cumplir un gobierno (a veces se expresa con la alocución “funciones del estado”. Es mas preciso hablar de “gobierno” porque el que gasta es este y no el estado-nación en su conjunto). Es importante para ello entender que, allí donde las funciones estatales se expanden implica en forma automática una congrua contracción de las actividades de los particulares (individuos y empresas). Como con meridiana sabiduría ha enseñado el profesor Ludwig von Mises, por cada peso que gasta el “estado” habrá un peso menos para que gasten los privados. Si con el objetivo de costear el gasto estatal el gobierno echa mano a la inflación (conforme lo hace con frecuencia), normalmente los problemas que se pretenden solucionar se agravan, como sucede con las políticas monetarias activas:

“La mayoría de las crisis financieras tienen su origen en causas macroeconómicas y el problema se propaga con base en el sistema de reservas fraccionarias y los seguros de depósito que no cumplen con los criterios de Sjaastad. Entre las causas detonantes de origen macroeconómico están las que surgen de políticas económicas que son inconsistentes en el tiempo. Por ejemplo, ha sido muy común que países con alta inflación hayan usado el tipo de cambio como ancla para estabilizar la economía. La mayoría de esos países fracasaron en estabilizar la economía por no usar una política fiscal congruente con la del tipo de cambio. No lograron la estabilización y terminaron en una crisis bancaria.”[3]

Mas que inconsistentes en el tiempo, cabria hablar de políticas económicas que son incompatibles entre sí. Entre ellas ocupan un lugar destacado los controles de todo tipo, inclusive los mas populares que son los controles de precios. Cabe considerar que fijar el tipo de cambio no es más que un control de precio como cualquier otro, la diferencia distintiva es que lo que se regula es la paridad a que debe estar una moneda respecto de otra, o de un conjunto de diferentes signos monetarios entre sí. En el caso que analiza el autor en comentario, la eclosión vino como consecuencia de no querer reducir la inflación (en verdad, no poder, saber o querer reconocer los orígenes de la misma), y -por las mismas razones- no bajar impuestos,  ni tampoco querer resignar la política expansiva del gasto estatal. Y así:

“Por ejemplo, Argentina y Chile durante los primeros años de la década del 1980. Argentina uso una tabla de devaluación prefijada y preanunciada desde diciembre de 1978 hasta febrero de 1981. Su política crediticia también tenía una tabla que era consistente con la tabla del tipo de cambio. Sin embargo, una política fiscal de aumento del gasto público generó un endeudamiento público creciente. También el sector privado se endeudó debido a que había gran liquidez internacional con tasas de interés muy bajas. Cuando fue obvio que la única manera en que el gobierno argentino podía pagar su deuda externa era no pagando la interna, el tipo de cambio fijado explotó. Esto causó un problema muy grande tanto en el portafolio de los bancos como a quienes tenían sus deudas bancarias en dólares, generando una crisis bancaria donde el fraude también encontró un clima propicio.”[4]

El anclaje del tipo de cambio y el sistema de devaluaciones programadas no solucionan -de ninguna manera- una política ampliatoria de gasto estatal que se pretende financiar con los mecanismos habituales: presión  fiscal, endeudamiento y –finalmente- inflación, a los que se apela cuando van fracasando los planes de ingeniería social y económica que se elaboran desde las esferas del poder.

[1] Robert L. Schuettinger – Eamonn F. Butler. 4000 Años de Control de Precios y Salarios. Cómo no combatir la inflación. Prólogo por David L. Meiselman. Primera Edición. The Heritage Foundation. Editorial Atlántida – Buenos Aires. Pág. 169

[2] Robert L. Schuettinger – Eamonn F. Butler. 4000 Años de Control…Ob. cit. Pág. 188

[3] Valeriano F. García. Para entender la economía política (y la política económica). Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos México, D. F. 2000. pág. 98

[4] Valeriano F. García. Para entender la economía política…ob. cit. pág. 98

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

The Rule of Law vs the Rule of Experts

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 8/5/17 en: http://soundmoneyproject.org/2017/05/the-rule-of-law-vs-the-rule-of-experts/

 

Our worldviews shape the ways in which we approach problems, challenges, and questions. Our “worldviews,” as I refer to them in this post, are so deeply embedded in our minds that we don’t usually realize our thoughts are driven by them. Monetary policy is not free from this “worldview” effect.

There is a big debate in monetary policy on whether central banks should follow a monetary rule or have the ability to decide how to perform monetary policy at the policymaker’s discretion. In a world of second bests, the question underlying this debate is how errors would be minimized: by following the right rule (in itself another issue) or by giving central bankers discretionary powers. In many cases, what one side sees as an argument on their side, the opposite side sees as an argument in favor of theirs. For instance, the lack of precise knowledge about the economic situation can be an argument for a rule-based monetary policy or for a discretionary approach. Proponents of a rule-based monetary policy would argue that because our knowledge is limited, we should follow a rule that will, say in average, minimize the errors. However, one could also argue that because our knowledge is limited, a rule will be biased and therefore discretionary policy (if an expert is in charge) is a better option than an imperfect rule.

Yet in monetary policy, there are broader splits than the rules vs. discretion argument. This broader separation is delineated by economists’ worldviews on how markets work. Both advocates for a rule-based monetary policy and a discretionary central banker have a rule of experts worldview. The expert can build an accurate enough model of the economy that would inform how to run an optimal (or second best) monetary rule. Both the rule follower and the discretionary policy makers are experts. But both positions rest on the unquestioned assumption, given by the expert’s worldview, that there is a certain amount of information and knowledge given to the expert. By information and knowledge I am not referring to economic information, such as macroeconomic aggregates, but to the same worldview knowledge assumed by the theorist. In other words, the economic agent in the economist model is assumed to know the model that he’s living in and therefore, the same assumption is applied to the policymaker in the real world. But, of course, the fact that we can create a model does not mean economic agents are given such information in the real world.

Another worldview, particularly emphasized by Austrian school thinkers, is that the information that is necessary for the expert to be a successful expert is actually not given. This means that the policymaker cannot perform as an expert and, therefore, there needs to be an alternative to the rule of the expert. This theory argues that this information cannot be given to the policymakers because of the complexity of the market process. The fact that we can understand how the market works once it exists does not mean we can be an expert and create it. This complex spontaneous order, however, does have rules. But the expert does not give those rules to the system (market process); these rules come from the market process itself. There is, as it were, a rule of law of monetary behavior that should govern what the policymaker can and cannot do, rather than the other way around. The challenge is that the presence itself of a central bank and, therefore, of policy makers, overshadows the rule of law embedded in the market process.

This second worldview is more concerned with what type of central bank should we have, if any. While the first worldview asks what should be done under a certain institutional arrangement, the second worldview asks what said institutional arrangement should be. This larger question is based on a more humble position, as it does not assume that the information needed by the expert is somehow given.

The possibilities of a sound monetary system are constrained by the institutional arrangement in which the policymaker should act. How to remove or relax these constraints is the problem of the second worldview.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Deuda, gasto e inflación

Por Gabriel Boragina Publicado  el 7/5/17 en: http://www.accionhumana.com/#!/2017/05/deuda-gasto-e-inflacion.HTML

 

Existe una estrecha correlación entre estos tres conceptos, al punto de poder afirmar una reciproca dependencia entre ellos. Un caso típico es el que se presenta en el de la llamada deuda pública, que no es otra cosa que deuda estatal. El gobierno puede –y de hecho lo hace- endeudarse con diferentes sujetos. Estos pueden ser privados o estatales, nacionales o extranjeros. En cada caso, se hablará de deuda externa o interna; pública o privada. En todos ellos, el común denominador es que el sujeto pasivo de la deuda será el gobierno. Pero lo habitual y corriente es que -en la práctica- este compromiso se contraiga con otros gobiernos, por lo que el volumen más grande de la deuda de todo país suele ser la externa pública (estatal) y en menor grado la externa privada. En tercer lugar, vendrían las deudas internas. Aunque en los países con altas tasas de inflación (y considerando a esta como una deuda del estado-nación con cada uno de sus ciudadanos, no obstante aquel no contabilice la inflación como obligación financiera) la deuda interna (así entendida) puede igualar en cuantía (y aun superar) la externa (pública y privada).

Las teorías económicas desarrollistas (y otras de índole política) pusieron en boga la práctica por parte de los así denominados países “desarrollados” a otorgar créditos a las naciones del llamado “Tercer Mundo”. Empero, rápidamente se encontraron con el hecho de que los débitos generados por aquellos no resultaban cancelados en tiempo y forma:

“Inicialmente, los países desarrollados respondieron a la posibilidad de que los países del Tercer Mundo no pudieran pagar su deuda como si se tratara de un problema de liquidez, de modo que otorgaron nuevos préstamos en forma directa y a través de agencias multilaterales. Como parte del trato, los bancos comerciales seguirían otorgando créditos. En su inicio, los préstamos del FMI no requerían necesariamente ajustes estructurales, ya que las autoridades creían que los países endeudados necesitaban tiempo para poner sus finanzas en orden. De acuerdo con los programas del FMI, los países aumentaron impuestos y aranceles, y redujeron el gasto público. Hacia 1985, cuando ya era obvio que problemas más profundos y enraizados en las economías de los países en vías de desarrollo les impedían salir de la deuda externa, el Secretario del Tesoro norteamericano, James A. Baker, anunció que se implementaría una nueva estrategia en la que los nuevos créditos otorgados por el FMI y por los bancos comerciales estarían condicionados por políticas de mercado. A cambio de estos nuevos aportes, los países deudores deberían liberalizar sus economías.”[1]

La preocupación obvia -tanto del FMI como de los bancos- consistía en recuperar los créditos otorgados juntamente con sus intereses. Veían en la cuestión un problema exclusivamente financiero en lugar de otro económico, es decir, más de base. Es como expresar que “el árbol les impedía ver el bosque”. Sin duda que la exigencia de implementar “políticas de mercado” era acertada. Lo que en modo alguno lo era consistía en continuar otorgándoles préstamos. La situación no podía ser más paradojalmente absurda: primero se les daba dinero para “ordenar sus finanzas”. Como la “estrategia” no daba resultado, se decidió como idea “brillante” continuar dándoles créditos, pero esta vez con otro objetivo: para que liberalicen sus economías. El menor sentido común (y no ya la sana doctrina económica) tendría que haberles indicado que, si no consiguieron el primer efecto menos aun iban a lograr el segundo utilizando la misma receta que había fracasado en primer término con el anterior.

“Hacia 1987 fue evidente que esta estrategia no estaba funcionando. Los países hacían muy poco por lograr las reformas económicas, aun cuando seguían recibiendo financiamiento para ello. Los bancos, aunque continuaron prestando, estaban reduciendo su exposición en la región. Paul Krugman calculó que desde 1982 hasta 1987 el volumen de créditos oficiales a los países que eran parte del Plan Baker, aumentó de US$ 50 mil millones a US$ 120 mil millones, mientras que los préstamos de la banca se mantuvieron fijos en US$ 250 mil millones durante este período y después disminuyeron a US$ 225 mil millones en 1988.8 Se estaba llevando a cabo una paulatina transferencia de una deuda privada a una deuda pública al no existir una resolución que pusiera fin al problema latente que causaba la crisis de la deuda.”[2]

Las consecuencias eran obvias ¿qué incentivos podían recibir los gobiernos recipiendarios de generosos créditos para reformar sus economías si los fondos necesarios para ello continuaban llegando sin cesar de los organismos de crédito internacionales? Esos países empleaban la misma lógica que utiliza cualquier subsidiado por el gobierno. Por ejemplo, el famoso subsidio al desempleo. Va de suyo que, si el desempleo se subsidia, ipso facto desaparece cualquier aliciente para buscar y conseguir empleo. En su lugar, el acicate se orienta a conservar el subsidio (que no exige esfuerzo alguno a cambio) y aun más, a obtener otros nuevos y/o mayores. La misma lógica han empleado los gobiernos favorecidos con créditos blandos con la “finalidad” (ilusa) de que “liberalicen” sus economías. Claramente el estímulo se situaría en el sentido opuesto: es decir a incrementar y mantener la línea crediticia, siempre con el pretexto (muy a mano) de que los caudales no eran suficientes para lograr la meta. ¡Nunca los eran!

Lo que ocurría era muy diferente: los gobiernos receptores de los créditos internacionales destinaban dichos dineros no a reformas estructurales, sino que el capital así recibido iba directo a engrosar el gasto público. A su turno, el crecimiento de este generaba un mayor déficit fiscal, lo que –a renglón seguido- motivaba a los gobiernos endeudarse mas y mas aun, solicitando nuevos préstamos para tratar de cerrar la brecha fiscal, repitiéndose el circulo vicioso -una y otra vez- en la medida que los créditos se renovaban, convirtiendo todo el proceso en una inmensa espiral inflacionaria.

[1] Ian Vásquez “Reparación de la relación acreedor-deudor en el mercado financiero internacional” Capítulo 10 en Daniel Artana y James A. Dorn. Compiladores. Crisis financieras internacionales: ¿qué rol le corresponde al gobierno? – 1ª. ed. – Buenos Aires: Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas, 2004. pág.125

[2] Ian Vásquez “Reparación de la relación acreedor-deudor….ob. cit. Pág. 125

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero

“El mal se hace todo junto, y el bien se administra de a poco”

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 27/4/17 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2017/04/el-mal-se-hace-todo-junto-y-el-bien-se-administra-de-a-poco.html

 

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Si se considera la teoría ortodoxa, el enfoque que matiza el modelo de gasto autónomo y política fiscal ―como determinante de la demanda agregada  y la renta de equilibrio― se complementa con los instrumentos que utiliza la política monetaria: cantidad de dinero y tipos de interés. Al utilizar dichos argumentos, el Banco Central y la política monetaria al menos reciben tanta atención como la política fiscal. Precisamente, el rol de la institución monetaria es lo que ha monopolizado el interés de los analistas económicos de Argentina, y su presidente, Federico Sturzenegger, se ha convertido en el principal foco de las críticas desde dentro y fuera de la alianza Cambiemos.

Lo que sucede es que con un tipo de cambio estancado y/o una leve tendencia hacia la baja producto del ingreso de divisas (debido al creciente endeudamiento destinado a financiar obras de infraestructura y de otra índole, en todos los niveles de gobierno), las principales objeciones se dirigen hacia al Banco Central y hacia sus políticas vinculadas con la tasa de interés de referencia fuertemente restrictiva.

Visto el escenario como un todo, la institución monetaria enfrenta una lucha desigual y perdida de antemano: el frente fiscal —el cual se encuentra fuera del ámbito de competencia del banquero central―. Tales expresiones pueden corroborarse en las propias palabras del titular del banco de bancos, Sturzenegger, durante la conferencia que brindó en Bloomberg Argentina Summit 2016, al momento de cumplir 100 días al frente de la entidad: “De cualquier manera, como ustedes saben, no hay posibilidad de un régimen monetario estable si no viene acompañado de una política fiscal que permita a la autoridad monetaria concentrarse en su trabajo de estabilización nominal. Esto no requiere de mucho análisis y es un prerrequisito básico para un país con baja inflación.” Sin embargo, como es natural, eventualmente, no sería la primera vez que el rol del funcionario político domeña a la labor profesional.

En este contexto, en el que se entremezclan intereses y egos (ocasionalmente exacerbados por defender una reputación personal), la prioridad absoluta de la autoridad monetaria es inducir a la baja sistemática y sostenida de la inflación a como dé lugar; objetivo al que habrá de llegarse manipulando el indicador a niveles similares a los que exhiben las economías que manejan su política monetaria bajo esquemas de metas de inflación. Pues, a pesar de las inconsistencia fiscal, se persiste en el logro de una moneda confiable y de poder de compra estable como el principal aporte que el Banco Central puede hacer para favorecer el cumplimiento de los otros objetivos que le manda su Carta Orgánica.

Con el claro objetivo de velar por la estabilidad monetaria, se trata de torcer la responsabilidad que ha sido deliberadamente desatendida por la administración anterior. Es decir, se pasó de un  Banco central que podía hacer casi de todo, menos su función específica, a un banco que se piensa que “no puede hacer casi nada” excepto bajar la inflación.

El riguroso esquema de control de la tasa de interés y fuerte contracción monetaria implementada por la actual gestión ha sido responsable de que el traslado a precios proveniente del movimiento cambiario (el denominado coeficiente de traslado o pass through) haya sido reducido y capaz de sojuzgar la evolución de la divisa norteamericana, frente a los precios domésticos, a lo largo de todo el presente mandato. Pero hay un corolario más fiero, la composición de la demanda agregada entre el gasto de consumo y el gasto de inversión se ha visto trastocada por el tipo de interés, y, como se ve cotidianamente en Argentina, sostener el gasto público se lleva a cabo a expensas de la inversión privada.

Por su parte Dujovne, Ministro de Hacienda, deposita su optimismo en una mirada que supone al problema fiscal como una diferencia lineal entre el déficit efectivo y el déficit estructural. La parte que falta para levantar las cargas del Estado y se conoce como déficit efectivo difiere del homónimo estructural en un componente cíclico, ya que refiere a aquella parte del déficit que se produce simplemente porque la economía no se encuentra en un alto nivel de empleo. Justo, lo que caracteriza al déficit estructural de pleno empleo, ajustado cíclicamente o de alto nivel de empleo.

Las diferencias se producen porque tanto los ingresos públicos como los gastos responden sistemáticamente a los ciclos económicos. Dados unos tipos impositivos que el ministro no está dispuesto a modificar, se espera que los aumentos del nivel de renta generen ingresos mayores y, como consecuencia de ello, disminuya el peso relativo de los gastos en el erario público. Todo un largo peregrinar de futuro incierto sesgado al único estímulo capaz de generar crecimiento genuino: las añoradas inversiones.

Aquí, resulta procedente el adagio de que para muestra basta un botón. La firma Amazon, el gigante del comercio electrónico, que planea instalar start-ups en la región consideró a Buenos Aires como una oportunidad de inversión. Sin embargo, cuando los ejecutivos de la empresa advirtieron que de cada 100 dólares invertidos el 40% se iban en impuestos y trámites burocráticos, se entrevistaron con la subsecretaria de Políticas y Gestión de la PyME, Carolina Castro, y corroboradas las medidas impositivas decidieron llevarse el proyecto de empresas emergentes a Chile.

Tal vez, sea este el momento de advertir a Dujovne para que lea la obra de Maquiavelo, El Príncipe, o, simplemente, contarle al ministro lo que dice el autor: “El mal se hace todo junto, y el bien se administra de a poco”.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

La economía argentina no crecerá

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 24/4/17 en: https://alejandrotagliavini.com/2017/04/24/la-economia-argentina-no-crecera-2/

 

Comencemos aclarando que es falso que la economía haya tenido que caer para poder, luego, levantarse. Nada en el cosmos se contrae para luego crecer. El PIB chino llegó a expandirse hasta 13.5% anual -y pudo haber sido más- apenas iniciadas las reformas pro mercado. Chile creció, lanzadas las reformas, hasta 7.8% anual.

Argentina cayó en 2016 solo debido a la continuidad de pésimas políticas que no se están redirigiendo hacia reformas pro mercado y, por tanto, no es serio decir que la economía crecerá. A ver, “pro mercado”, significa evitar la injerencia coactiva -en base al poder de policía, al monopolio estatal de la violencia- necesariamente destructiva como toda violencia, según ha demostrado la ciencia.

De hecho, todos vienen bajando las previsiones de crecimiento y la Cepal acaba de informar que el país crecerá 2% en 2017, si descontamos el aumento poblacional de entre 1.3 y 1.8%, la subida del PIB per cápita -que es el que importa- es casi nula y seguramente seguirán bajando las previsiones hasta tornarse negativas.

A pesar de pronósticos optimistas, como el de Ferreres que dice que la economía creció en marzo 1.2% comparado con igual período de 2016, si por alguna alquimia -o dibujo- el PIB muestra algún avance, será debido al aumento en el empleo o la obra pública que, lejos de favorecer, perjudican porque son fondos retirados del mercado, pasados por una burocracia voraz, cuyo resto se invierte en obras dudosas. Por cierto, como señala Martín Krause entre muchos, la fórmula del PIB no muestra los motores de la producción.

Como ejemplo, veamos la keynesiana “metas de inflación”. Según estudios anticipados, en abril el aumento del IPC superará el 2% y lo peor es que las mayores subas se dan en alimentos. Así, el BCRA probablemente suba otra vez su “tasa de política monetaria”, que quedó en 26.25% anual. Aunque, hay que descontarle Ingresos Brutos con lo que termina quedando en alrededor de 24% y por eso resultan más atractivas las Lebacs que rinden 24.25%. Complicando cada vez más a la producción ya que los capitales prefieren “la bicicleta financiera”.

Entretanto, el ritmo de la emisión viene aumentando hasta el 36% anual. El gobierno no entiende que la inflación es el exceso de oferta monetaria, por sobre la demanda del mercado, en tiempo real. Es decir, emitido el exceso, la inflación se produce y no se puede revertir la historia. Por tanto, el intento de absorber moneda, para “contrarrestar la inflación”, que realiza el BCRA, es contraproducente.

Insólitamente, más allá de que la base de esta expansión -de unos $80.000 millones en total en abril- está en el gasto, una parte se debió a que el BCRA ha vuelto a comprar dólares al Tesoro, el jueves pasado, unos US$ 1.000 millones. Es decir, que baja el precio del billete verde al ofrecer tasas excesivas para absorber pesos y luego emite pesos para levantar el precio del dólar (¡?). Con este nivel de irracionalidad el país no saldrá adelante.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

What the gold standard is and why government killed it

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 19/4/17 en: http://www.learnliberty.org/blog/what-the-gold-standard-is-and-why-government-killed-it/

 

The gold standard is both a strongly advocated and vehemently opposed monetary regime. Both positions, however, usually rely on misconceptions on what the gold standard actually is and why it failed. Below, I will discuss (1) what the gold standard is, (2) what is not, and (3) why it failed.

What the gold standard is

Under a gold standard, gold is money . This means that gold is (1) the most common means of exchange, (2) it is a good store of value, and (3) it is a unit of account. While we can picture gold coins being used for transactions in small amounts, larger amounts are done with a substitute of gold, usually a banknote with a promise that the bearer can exchange it for gold. These banknotes are issued by central banks, and are convertible to gold at par.
One feature of the gold standard is that the change in gold reserves signals to the central bank if it is issuing too many (or too few) convertible banknotes. If the central bank over-issues banknotes, meaning that banknotes increase more than the value individuals want to hold, then consumption at the aggregate or national level increases. Since individuals now see more banknotes than they want to hold in their pockets, they will spend the extra cash. This means that, unless production has increased, imports will also increase.

But in the exporting country the domestic banknotes do not circulate. Therefore the importer has to pay for the imports with gold. If imports increase more than exports, then the central bank sees their reserves decreasing. In modern days, where central banks issue fiat money (that is, banknotes not backed by gold or any other commodity), central banks need to find a substitute to figure out if they are issuing too many banknotes. That substitute is usually inflation; if inflation rises, central bankers reason that money supply might be too loose.
A common concern with the gold standard is that is prone to unexpected and random discoveries of gold that could produce inflation and monetary imbalances. Surely, no regime would be perfect. It would be unwise to criticize the real-world shortcoming of the gold standard in comparison to, for instance, an idealized but unreal central banking regime that issues fiat money. The useful, and fair, comparison would be to compare the real gold standard with a real modern central bank rather than an ideal central bank.

It is true that under gold standards of the past there were periods of inflation. But rather than assuming that these were problems with the gold standard itself, we can look closer at the events taking place at the time. When we do so, we find that either the many cases of inflation were not due to random gold discoveries or that the inflation rates were not actually very high.

Take, the case of the United States. The inflation “peaks” of less than 2% between 1812 and 1816 and again between 1861 and 1866 correspond with the War of 1812 and the Civil War respectively. In these cases, inflation is not explained by a shortcoming in the gold standard, but by an increase in government spending due to armed conflicts.
Another example is that of the Price Revolution that took place in Western Europe between the second half of the 15th century and the first half of the 17th century. During this time period of approximately 150 years the price level increased six times. That translates to an average yearly rate of inflation of just 1 to 1.5 percent.
I t seems that modern central banks, rather than the old gold standard, are the ones that have a poorer track record with respect to keeping a lid on inflation. Since 1971 (when the last remnant of the gold standard was abandoned), the inflation rate in the United States has had a yearly growth rate of 4%. This means that between 1971 and 2017, the price level has increased six times .

What the gold standard is not

There are two important clarifications to make in terms of that what the gold standard is not. The first one has to do with gold standard pegging the price of gold, and the second has to do with the gold standard as an international regime of fixed exchange rates.

The gold standard does not fix the price of gold.

As mentioned above, under a gold standard, gold is what functions as money, the convertible banknotes issued by central banks are money substitutes. Recall that ultimately what functions as the unit of account is gold. This means that the gold standard is not a policy that fixes the price of gold as if central bank banknotes were money and gold just a commodity of reference. This is not just semantics.

When you deposit your dollars (or Euros, British Pounds, etc.) into a bank account you receive a checkbook that you can use to write checks that are “convertible” to dollars. This check is similar to the convertible banknotes that central banks issues. And just as if you write too many checks your bank account balance goes down, if a central bank issues too many convertible banknotes their reserves go down as well. And just as we do not say that we fix the price of the dollar in terms of our checks, we cannot argue that under gold standard we are fixing the price of gold in terms of central bank convertible banknotes.

Today gold is no longer widely perceived or accepted as money. The observed volatility of its price against a currency such as the US dollar is seen as a concern if gold were to be the reference commodity under a gold standard. If, hypothetically speaking, a central bank were to go back to the gold standard, this means that gold would function as money, not that the price of gold would be fixed and the central bank would have to expand or contract the money supply to stabilize its price (i.e. buy and sell gold at the given fixed price.)

The gold standard is not a regime of international fixed exchange rates.

If gold is the commodity that functions as money, then this also means that the gold standard is an international monetary regime. Just as two individuals may write checks from different banks convertible into the same currency, under a gold standard different central banks issue convertible banknotes convertible into the same commodity: gold.

If this is the case, then the gold standard cannot fix exchange rates because there are no exchange rates to fix in the first place. An exchange rate is the price between two different currencies. In a gold standard we have one currency for many countries, similar to today how a group of European countries share the Euro as their currency (the Eurozone).

If we had two metals, gold and silver, then will see an exchange rate between gold and silver. But this would be a bi-metallic system, not just a gold standard.

To argue that there is an exchange rate between two convertible banknotes issued by different central banks is like arguing that there is an exchange rate between two checks denominated in dollars but issued at different banks. If one check is for $50 and the second one for $100, the relation is that we need two $50 checks to equal the value of on $100 check. This is a parity relationship, not an exchange rate. Once again, to argue that the gold standard is an international regime of fixed exchange rates is to confuse what is and what is not money under such a system. These checks, or convertible banknotes, have different denominations or measurements of the same good (pounds, ounces, etc.) the same way that miles and kilometers are different measures of the same thing. There is no price between miles and kilometers, there is a parity conversion.

Why the gold standard failed

A popular argument is that the gold standard failed due to flaws in its design. According to critics, the gold standard is in fact responsible for the Great Depression. According to this argument, when aggregate demand fell central banks had their hands tied by the gold standard and could not react by increasing the money supply. This made the Great Depression a worse crisis than it would otherwise have been. The institutional reforms that followed moved the US away from the gold standard into a more flexible and free system based on fiat money.
But something important happened before the Great Depression; World War I. Remember that the gold standard is an international monetary regime. This international characteristic was broken during WWI, where (1) international shipments of gold were suspended or reduced and (2) major countries suspended their banknotes’ convertibility in order to “print” money to pay for the expenses of war.
WWI meant a de facto end to the gold standard even if de jure no country “gave up” the gold standard. After WWI important decisions had to be made. One of those was the United Kingdom going back to the prewar convertibility of its own banknotes without removing from circulation the excess of banknotes.
This caused the British Pound to devalue against the US dollar. And the United States decided to also increase its money supply in order to contain the British Pound. This eventually fueled the financial bubble that burst in 1929, signifying the beginning of the Great Depression.

Once we take this sequence of events into account we can see that the gold standard broke down because of WWI and it never returned to its normal functionality. The gold standard cannot be responsible for the Great Depression for the simple fact that it stopped working more than a decade before.

Now, there is a more subtle argument made by some economists that the gold standard was responsible for the Great Depression, not because of the gold standard regime but because of the gold standard mentality that constrained the central bankers of the time.

However the behavior of UK and US policymakers of the time went against the gold standard mentality. Especially in the US, where the idea of increasing the money supply without a commensurate increase in gold reserves, all in an effort to help the British Pound, was not part of the gold standard mentality.
The gold standard did not fail due to its own internal problems, but because of government driven, calamitous events such as WWI and the post-WWI policy makers’ looser monetary policy, made possible due to the inconvertibility of the banknotes.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.