Ninguna causa justifica la tortura

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 23/7/07 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/ninguna-causa-justifica-la-tortura-nid928080

 

Se debate en diversos foros la posición de Estados Unidos sobre los llamados “interrogatorios coercitivos”, al tiempo que existe el agujero negro de Guantánamo y agentes gubernamentales subcontratan torturadores en terceros países, como quedó documentado en un meduloso libro de Stephen Grey. Asimismo, la lucha antiterrorista que ha tenido lugar en buena parte de América latina sigue dando lugar a discusiones.

César Beccaria, el precursor del derecho penal, escribe: “¿Qué derecho sino el de la fuerza será el que da potestad al juez para imponer pena a un ciudadano mientras se duda si es o no inocente? No es nuevo este dilema: o el delito es cierto o es incierto; si es cierto, no le conviene otra pena que la establecida por las leyes y son inútiles los tormentos, porque es inútil la confesión del reo; si es incierto, no se debe atormentar a un inocente”. Concluye Beccaria: “No vale la confesión dictada durante la tortura”.

No se justifica la tortura en ninguna circunstancia, incluso si se conjetura que determinada persona sabe quién hará detonar una bomba, y aunque se sospeche de que es cómplice del hecho. No resulta aceptable argumentar que hacer sufrir a una persona queda compensado por las muchas vidas salvadas. Cada persona tiene valor en sí misma. La vida de una persona no se debe a otros. No cabe la pretensión de hacer balances, como si se tratara de carne en la balanza de la carnicería. El fin es inescindible de los medios. Los pasos en dirección a la meta impregnan ese objetivo. La conducta civilizada no autoriza a abusar de una persona, independientemente de lo que ocurra con otras (llevados al extremo, estos “balances sociales” conducirían a justificar dislates como el sacrificio de jubilados para que los jóvenes puedan vivir mejor). La legitimación del abuso pone en riesgo la supervivencia de la sociedad abierta, puesto que ésta descansa en pilares éticos.

Además, el ejemplo de la bomba supone más de lo que es posible suponer. Parte de la base de que el torturado posee la información, de que la bomba existe y funciona, de que el sospechoso trasmitirá la información correcta, de que la tortura se limitará a ese hecho, etcétera.

A veces se formulan interrogantes de este tipo: ¿usted no autorizaría la tortura de un sospechoso si eso pudiera salvar la vida de su hijo secuestrado? En realidad, son preguntas tramposas, como las que aparecen en las life boat situations : en caso de encontrarse en un naufragio, ¿usted acataría la decisión del dueño del bote disponible o forzaría el abordaje de toda su familia en lugar de permitir el embarque de otras personas preferidas por el titular? No es posible el establecimiento de normas de conducta civilizada extrapolando situaciones de conmoción excepcional y ofuscamiento que en ciertas circunstancias abren compuertas a procedimientos reñidos con la moral, puesto que eso significaría el naufragio de la sociedad civilizada.

En el caso del debate sobre la tortura (y en infinidad de otros casos) es útil colocarse en la posición de la minoría. Si detienen injustamente a un hijo y lo torturan, no hay forma de probar la inocencia si no se admite el debido proceso. Antiguamente, los godos, vándalos, hunos y germanos (cimbros y teutones) condujeron las “invasiones bárbaras” sobre el Imperio Romano. Se practicaba todo tipo de suplicios y finalmente se degollaba a los adultos vencidos, se sacrificaban niños a los dioses, se construían cercos con los huesos de las víctimas y las mujeres profetizaban con las entrañas de los derrotados.

En un proceso evolutivo, los conquistadores tomaban después a los conquistados como esclavos (“herramientas parlantes”, según la horripilante denominación de entonces). En la guerra moderna, se establecieron normas para el trato de los vencidos. Pero en lugar de profundizar la senda civilizada y responsabilizar a quienes producen lo que livianamente se ha dado en llamar “daños colaterales”, en lugar de eliminar la bajeza de la embrutecedora y castrante “obediencia debida”, nos retrotraemos a la barbarie de la tortura.

Michael Ignatieff escribe: “La democracia liberal se opone a la tortura porque se opone a cualquier uso ilimitado de la autoridad pública contra seres humanos, y la tortura es la más ilimitada, la forma más desenfrenada de poder que una persona puede ejercer contra otra”.

Recientemente se ha sugerido la “regulación de la tortura”, como consecuencia de la antes mencionada subcontratación de torturadores en terceros países por parte del gobierno de Estados Unidos y debido a la existencia de Guantánamo. En este sentido, se mantiene que esta regulación sería para evitar la hipocresía de la política norteamericana, que, mientras declama el Estado de Derecho, abre las puertas al abismo. Se sigue diciendo que esta regulación “mitigaría y encauzaría la tortura por carriles adecuados a las circunstancias”. Pero esto significaría la legalización del crimen. El crimen regulado no es menos criminal. No tiene gollete que se considere una aberración la tortura a ciudadanos norteamericanos mientras se estima aceptable someter a suplicios a no estadounidenses. Este modo de ver las cosas, entre otros aspectos, quita toda autoridad moral a los que pelean contra el terrorismo, puesto que adoptar procedimientos de la canallada convierte en canallas a quienes se supone que están defendiendo el derecho.

No es admisible que algunos se escuden en afirmaciones cobardes como que la guerra es siempre terrible y otras de similar calaña para justificar procedimientos aberrantes y eludir el debate. El debido proceso, en su caso el juicio sumario con todas las garantías, no puede reemplazarse por la carta blanca para torturar y matar. De este modo, eventualmente, se podrán ganar batallas en el terreno militar, pero indefectiblemente se pierden en el campo moral.

Claro que la hipocresía no sólo se encuentra en algunos de los que combaten al terrorismo, sino, como repetidamente se ha visto en distintos lares, está incrustada en ciertos personajes que alardean de proteger derechos humanos (lo que, como hemos dicho en estas columnas, constituye un grosero pleonasmo, puesto que las rosas y las piedras no son sujetos de derecho), cuando en verdad es mera pirotecnia verbal que nada tiene que ver con la justicia, al desconocer los crímenes atroces y execrables cometidos por las bandas terroristas.

Por último, el controvertido tema de la suspensión de las libertades individuales con la supuesta idea de preservar el orden jurídico. Paradójico en verdad es dejar sin efecto el derecho para salvaguardar el derecho. Otorgar visos de juricidad a aquello que es por naturaleza extrajurídico se asemeja a una ficción. No es novedosa la idea de la interrupción del derecho: viene de Roma. Se ha escrito muchísimo sobre esta delicada cuestión, pero, en todo caso, esta concepción se ha traducido reiteradamente en abusos de poder, incluyendo la tortura.

En este sentido, Ira Glasser pasa detallada revista a algunos episodios ocurridos en Estados Unidos como consecuencia de estos llamados estados de excepción. Muestra cómo la legislación sobre sedición y sobre extranjeros de 1789, la de espionaje de 1917, otra vez la de sedición de 1918 y la orden ejecutiva de F. D. Roosevelt en 1942 condujeron a grandes injusticias y severas restricciones de las libertades individuales, sin que ofrecieran mayor seguridad.

Recuerda Glasser, por ejemplo, que Ronald Reagan llamó a esta última disposición “una histeria de guerra racista”, debido a que condenó a 112.000 personas de descendencia japonesa a campos de concentración en Estados Unidos, y “ni uno de los 112.000 fue imputado de un crimen ni acusado de espionaje o sabotaje. Ninguna evidencia fue jamás alegada y no hubo audiencias”.

Hannah Arendt escribió sobre las patrañas políticas en el fiasco de Vietnam y ahora hemos visto las graves violaciones a los derechos de las personas por la aplicación de la vergonzosa ley denominada “patriota” en Estados Unidos, a raíz de las agresiones criminales del 11 de septiembre de 2001 y la invasión a Irak. Benjamin Franklin advertía: “Aquel país que renuncia a algunas libertades en nombre de la seguridad no merece ni la libertad ni la seguridad”. Curiosa es, en verdad, la estrategia de liquidar anticipadamente las libertades como defensa contra el ataque terrorista que, precisamente, pretende aniquilar las libertades.

“Para novedades, los clásicos”, reza el conocido aforismo. En nuestro caso, es pertinente recordar un pensamiento de Dante: “Todo el que pretende el fin del derecho, procede conforme a derecho. (…) Es imposible buscar el derecho sin el derecho. Formalmente, nunca lo verdadero sigue a lo falso”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Renuncia vs. “golpe”

Por Gabriel Boragina. Publicado en: 

 

La renuncia de un presidente (como la de cualquier otro funcionario) no representa un quiebre o una ruptura del orden institucional, sino que forma parte de un mecanismo democrático, ya que ningún funcionario puede ser obligado a permanecer en un cargo por un determinado periodo.

Vale la pena recordar la definición jurídica de renuncia:

“Renuncia: Dimisión o dejación voluntaria de una cosa que se posee o de un derecho que se tiene. La renuncia puede también ofrecer un sentido negativo, que se manifiesta rechazando o no admitiendo una cosa o un derecho que son ofrecidos. Basta esta definición para advertir la amplísima aplicación que la renuncia presenta en el campo del Derecho, porque puede estar referida a toda clase de bienes, de derechos públicos o privados (salvo los que la ley declara irrenunciables) o de acciones procesales. | Caso frecuente de renuncia es la que se hace de los cargos públicos o de los empleos públicos o privados, y en ese sentido equivale a dimisión. En el Derecho Civil, las manifestaciones tal vez más características son las que se vinculan con el repudio de la herencia o de las donaciones. (V. REPUDIACIÓN.) Renuncia se llama también el documento en que consta esa actitud. | Desistimiento de un propósito.”.[1]

La renuncia nunca obedece a una imposición externa, sino que se ejerce siempre de manera voluntaria y se presenta no solamente dentro de un régimen democrático, ya que un dictador, un autócrata, un tirano, un rey, también pueden renunciar a sus puestos, aunque sea poco frecuente, pero han existido muchos ejemplos en la historia de tales tipos de dimisiones.

Claro que, siempre que alguien decide renunciar a algo hay una razón o una suerte de obligación interna que lo hace renunciar, pero ha de quedar en claro que dicha exigencia siempre es interna en tanto y en cuanto nace del propio individuo renunciante, es decir, es una decisión que le pertenece enteramente sin que nadie más que el mismo le constriña a tomar.

En Derecho Político, a la renuncia se le opone el derrocamiento, cuya definición jurídicamente transcribimos a continuación:

“Derrocar: Despeñar o lanzar desde una roca, antiguamente practicado como pena para eliminación de defectuosos. | Destronar a un rey. Derribar a un gobierno. Substituir a un régimen por la fuerza, por una revolución o golpe de Estado. (L. Alcalá-Zamora).”[2]

La renuncia siempre es un acto voluntario, nunca forzado. La “renuncia forzada” es un contrasentido. El desplazamiento impuesto del poder no es una “renuncia” del desalojado, es simple y llano derrocamiento, el cual implica un cierto grado de resistencia del derrocado (total o parcial) a ser eliminado del poder.

Las diferencias entre uno y otro son múltiples, ya que la renuncia se puede retractar por parte del renunciante, en cambio que el derrocamiento no depende de la voluntad del derrocado por lo que -obviamente- no puede desistirse por parte de este, ya que es un acto ajeno a su decisión.

Si -por caso- como se escucha a veces, un jefe de estado declara “renuncio al cargo para evitar un baño de sangre” es una declaración implícita de que está reconociendo que ha perdido el apoyo del pueblo, al menos en grado suficiente como para no asegurarse que las fuerzas “rebeldes” puedan ser vencidas por un pueblo que ya no lo sostiene. Digamos que estas son las razones para su renuncia, que no deja de ser tal porque podría adoptar la actitud contraria si sospechara que aún conserva sustento mayoritario que le permita persistir en la función. De no ser así, no hay ni “golpe de estado”, ni “revolución”, ni -por lo tanto- derrocamiento alguno.

La “renuncia bajo amenaza” sigue siendo -no obstante- un acto voluntario (no compelido) porque el ultimátum puede ser infundado, falso o de cumplimiento imposible. Y, nuevamente, si el amenazado se considera suficientemente fuerte y respaldado por sus partidarios haría caso omiso a la renuncia, se limitaría a ignorarla y continuaría ejerciendo su investidura confiado en el sostén de que sus fuerzas le serán leales.

Para este análisis debemos tener presente que, estamos convencidos que, tanto las fuerzas de seguridad como las fuerzas armadas forman parte del pueblo y no son cuerpos extraños al mismo como habitualmente se cree tanto en la prensa como a nivel popular. No existió absolutamente ningún “golpe de estado” que fuera perpetrado exclusivamente por un sector del pueblo sin soporte del resto, ya que sin este amparo mayoritario ningún gobierno -por muy de facto que sea- podría haberse mantenido en el poder durante mucho tiempo. La mayoría gobierna siempre, sea por acción o por omisión. Aunque suene paradójico, cuando “gobierna” por omisión implica tanto el permitir que cierta minoría la gobierne, de la misma manera que un esclavo (o conjunto de ellos) pudiendo rebelarse, por poseer mayor fuerza que su amo, prefiere obedecerle. Porque piensan que así les será más conveniente y más llevadera su actual o futura existencia.

De momento que, producido un golpe de estado una mayoría de la población continua pasivamente en el lugar donde se llevó a cabo, acatando a los golpistas, y no se rebela o huye en masa de allí, tal actitud inactiva implica una especie de “convalidación” de la situación ocurrida. Los padecimientos que sufra serán en una buena medida merecidos. Apresurémonos a aclarar que tal clase de confirmación no es sinónimo de total beneplácito con el dictador que surgiera del hipotético “golpe”.

Como ya expusimos muchas veces, solo hay tres medios por los cuales las dictaduras pueden mantenerse en el poder. Y esas vías son del control exclusivo del pueblo. Repasémoslos:

  1. Por aprobación.
  2. Por temor.
  3. Por resignación.

Estos tres pueden combinarse entre sí o darse por separado. El orden de los factores no altera el producto. Cuando cualquiera de estos tres elementos desaparece cualquier dictadura cae de forma inmediata, o más tarde o más temprano.

El poder siempre reside en el pueblo, como también la decisión de hacer uso o no de dicho poder.

También, desde luego, estos tres componentes son los que en una sociedad democrática determinan el voto del elector en un sentido o en su contrario. En última instancia -y, dicho de otra forma- tanto en las dictaduras como en las democracias el pueblo (al final del recorrido) siempre es soberano, por acción o por omisión.

[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial Heliasta-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553 pág. 837

[2] Ossorio, M. Ibidem, p. 314

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Evo Morales: el chico que dejó la escuela y llegó a liderar un país embanderado en la lucha contra la pobreza

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 21/11/19 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/evo-morales-nino-dejo-escuela-llego-liderar-nid2308306

 

Evo Morales

Evo Morales Fuente: Reuters - Crédito: Edgard Garrido

La figura del ahora expresidente de Bolivia Evo Morales -particularmente desde su reciente renuncia a la presidencia de Bolivia- es ampliamente conocida. Pero, en general, la gente sólo conoce su perfil de líder indígena dedicado intensamente a la política gremial de su país, primero y, luego, a la política nacional con mayúscula, culminando su meteórica carrera política con su llegada a la más alta magistratura de Bolivia. Lo que logró en su segunda tentativa para ser presidente, en 2005, cuando se impuso, en primera vuelta, con el 53,7% de los sufragios.

De aspecto impasible, con un rostro casi indescifrable, Morales tiene una voluntad de hierro y es realmente un personaje incansable cuando persigue un objetivo que personalmente ha definido como prioritario.

Nació en 1959, en un pueblito pequeño, cercano a Oruro, en el Altiplano. Dejó la escuela a edad temprana para ayudar a su familia a subsistir. Fue pastor, albañil, trompetista en una pequeña orquesta y panadero. Siempre en busca de crecer y mejorar progresivamente su nivel de vida.

Pese a ser aimara, Evo no habla el particular idioma de su etnia. Fue, en su niñez, testigo de la dura decisión de su padre de trasladarse a vivir en la Argentina, en busca de un futuro mejor.

Con cuatro hermanos, perdió dramáticamente a dos de ellos antes de que cumplieran dos años, esencialmente por falta de acceso a los medicamentos y por tener -como muchos- que padecer una alimentación deficitaria. Esto, lamentablemente, no es inusual entre la población indígena boliviana, que conforma el 62% de los algo más de 11,4 millones de personas que integran ese país.

En 2006 Evo Morales se transforma en el primer indígena de la historia en alcanzar la presidencia de Bolivia. Después de haber dejado atrás la montaña y trabajado en los llanos tropicales de Chapare en el cultivo del arroz, banano y de la coca, lo que en pocos años lo lleva a alcanzar altos niveles de dirigencia en el difícil mundo sindical de su país.

Fue, primero, el joven capitán del equipo de fútbol del sindicato de los cocaleros, luego, el secretario del mismo y, en 1988, el líder de una fuerte federación, compuesta por seis diferentes grupos de productores, en la zona de Cochabamba.

En 1997, Morales es elegido diputado nacional por el Movimiento al Socialismo, al que pertenecía. Allí demuestra su eficacia en manejar la red de “movimientos sociales” que construyó pacientemente y cuya verdadera representatividad y legitimidad han sido -como en algunas otras partes- siempre difíciles de precisar.

Una vez en el gobierno, trabaja intensamente para reducir la pobreza estructural de su país. Tiene éxito: el 36% de la población boliviana pobre se deduce al 17%. Este es, a mi modo de ver, uno de sus mayores logros, que no puede ignorarse. Morales -en los hechos- triplicó el PBI per cápita de Bolivia. Tampoco es un logro menor.

En un país como Bolivia, que conoció, entre 1825 y 1985, nada menos que 190 golpes de Estado, el período de algo más de una década, en el que Morales tuvo al país políticamente en sus manos es inusual.

Pero su ambicioso afán por mantenerse indefinidamente en el poder terminó siendo su perdición y generando el rechazo de la gente en un referendo convocado por el propio Evo Morales, que, no obstante, desoyó sus resultados por haber sido adversos respecto de su ambición de poder.

Luego de obtener un amañado fallo judicial a su favor, declarando las restricciones legales a su continuismo como una violación a los derechos humanos de Morales, insistió en permanecer todo el tiempo posible en lo más alto del poder boliviano, lo que fue finalmente su perdición. Ahora tuvo que asilarse en México, con García Linera a su lado, cual fiel escudero, lo que -según algunos- ha salvado su vida, que estaba en peligro.

Por el momento está fuera de su país, pero Morales afirma ante todos que pronto volverá a liderar a su pueblo, en su propia tierra.

El tiempo dirá si su ciclo tiene o no aún por delante una o más fases no transitadas. Mientras tanto, Bolivia es un polvorín que está en medio de un peligroso caos, dividida como pocas veces en la historia.

En ese ambiente, de gran inestabilidad, algunos partidarios de Evo Morales anuncian un próximo paso realmente radical: el de cercar La Paz. Como en 2002 y en 2005. El objetivo es obvio: que no entren alimentos, sumiendo a su población toda en un calvario. Calificar a esa medida (conocida como “el cerco de Tupac Ktari”) de infrahumana parece obvio. Además, ella bien podría -de pronto- ser un delito de lesa humanidad.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Fue profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y fue Vice Presidente de ESEADE.

La compleja encrucijada de Edward Snowden

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 14/11/19 en:  https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/la-compleja-encrucijada-de-edward-snowden-nid2306298

 

Como es sabido, Jefferson ha consignado: “Entre un gobierno sin libertad de expresión y libertad de prensa sin gobierno, prefiero esto último”. A esta altura es de conocimiento público que Edward Snowden trabajaba para los servicios de inteligencia estadounidenses, ámbito en el que se percató de que se estaba incurriendo en el grave delito de contradecir preceptos básicos de la Constitución de ese país al espiar sistemáticamente a ciudadanos inocentes y pacíficos.

En su libro Vigilancia permanente declara que, luego de batallar con su conciencia en el Ejército y en las oficinas de inteligencia en el contexto de una muy cómoda y remunerativa posición a la que había escalado en una notable carrera a lo largo de siete años en destinos como Japón, Suiza, Austria y en territorio estadounidense, que se extendió a Hawai como su último puesto, finalmente decidió romper con el sistema “de mentir, ocultar, encubrir y disimular” y denunciarlo: en palabras del autor, “una crasa violación no solo de la Constitución de Estados Unidos, sino también de los valores básicos de cualquier sociedad libre”.

Los contratos de confidencialidad son valederos siempre y cuando no impliquen lesionar derechos de terceros. Las primeras líneas de la obra mencionada son: “Me llamo Edward Joseph Snowden. Antes trabajaba para el gobierno, pero ahora trabajo para el pueblo” (escribo “gobierno” con minúscula como fue escrito significativamente en el original en inglés, lo cual mutó por mayúscula en la edición española). Dice el autor: “Recopilé documentos de la IC que demostraban la actividad ilegal del gobierno estadounidense y se los entregué a algunos periodistas”. Snowden explica que no solo se trataba de espionajes, sino que también se seguían procedimientos incompatibles con el debido proceso, se torturaba bajo diversas fachadas y se encaraban matanzas secretas con fines inconfesables.

En las últimas décadas se han agravado los procedimientos ilegítimos por parte de las agencias de inteligencia, pero en este mismo medio publiqué hace tiempo una columna donde destacaba que el expresidente Harry Truman, quince años después del establecimiento de la oficina más conocida en estos delicados asuntos, declaró: “Cuando establecí la CIA, nunca pensé que se entrometería en estas actividades de espionaje y operaciones de asesinato”.

Ron Paul, el dirigente político estadounidense más liberal en el sentido clásico del término y tres veces candidato a la presidencia, señaló en Fox Business: “Snowden es un héroe”, y el juez Andrew Napolitano, en el programa de TV Studio B, también de Fox, afirmó: “Edward Snowden es un héroe que pone al descubierto la trama infame de espionajes que vulneran nuestros valores y los principios de la Constitución”, y concluyó: “Los gobernantes que permiten semejantes políticas no merecen el cargo”.

La encrucijada en la que se encuentra Snowden es el resultado de la cobardía moral de gobiernos del llamado “mundo libre” a los que solicitó asilo desde su reducto en Hong Kong, requerimiento que fue denegado una y otra vez por temor a represalias de EE.UU. por haber denunciado la intromisión en las comunicaciones telefónicas privadas y en los correos electrónicos también privados sin la expresa orden del juez de la causa. Como última opción pidió asilo a Ecuador, muy paradójicamente al efecto de evitar el riesgo de ser detenido en otras naciones, pero en plena travesía el gobierno estadounidense le canceló el pasaporte, por lo que quedó anclado en Rusia.

En este contexto es de interés destacar que Snowden trabaja dando conferencias y dictando cursos a través de aulas virtuales y preside la Freedom of the Press Foundation; en su última entrevista televisada por Msnbc en el programa The 11 Hour Exclusive -al efecto de dejar sentada su independencia- dijo que el actual gobierno ruso es de raíz autoritaria.

Glenn Beck, en su programa de TV The Blaze, también sostuvo que Edward Snowden “es un héroe” al que hay que proteger contra las acciones criminales de energúmenos enquistados en Washington que traicionan los valores expuestos por los Padres Fundadores y que, por este camino, afirma el conductor, “ciertos megalómanos con rostros demócratas terminarán con las libertades individuales”.

En su libro Constitutional Chaos el juez Napolitano concluye que “es gravísimo lo que viene ocurriendo en Estados Unidos, donde el gobierno puede confiscar y encarcelar sin el debido proceso y espiar la correspondencia privada y escuchar conversaciones de inocentes sin intervención del debido proceso”. Es por eso que Osama ben Laden había manifestado que el triunfo de su ideología “inexorablemente tendrá lugar merced a la guerra antiterrorista por las restricciones a lo que en Occidente se denomina libertad” (citado por el politólogo Michael Tanner).

Mike Stein entrevistó en KWAM 900 al profesor Mark Thornston sobre el tema que nos ocupa, quien manifestó: “Snowden es un patriota que hizo lo correcto frente a la inmoralidad del espionaje”, y “esto es un balde de agua fría para la economía ya que la consiguiente inseguridad hará que muchas empresas, especialmente las tecnológicas, se muden a países más seguros”.

Nick Gillespie, de Reason TV, entrevistó vía teleconferencia a Snowden, quien resaltó su espíritu antiautoritario y subrayó que siempre estará “del lado de la libertad”, por lo que criticó a quienes consideran que “le deben lealtad al Estado” y aludió a la nula “dimensión moral” de sus circunstanciales contratantes gubernamentales.

La encrucijada que presento en esta nota es sobre un prófugo que difundió para bien de la humanidad más de doscientos documentos reservados que ponen al descubierto las tropelías de un Leviatán desbocado. Estamos advertidos, no vaya a ser que lo escrito en 1952 por Taylor Caldwell como ficción en su The Devil’s Advocate se convierta en realidad respecto a que el gobierno estadounidense mute en un Estado totalitario.

Tal como escribe Glenn Greenwald en su libro Snowden. Sin un lugar donde esconderse, se trata de “los peligros de los secretos gubernamentales y la vulneración de las libertades civiles en nombre de la guerra contra el terrorismo”, en cuyo contexto cita al propio Snowden: “Fue entonces cuando comencé a ver realmente lo fácil que es separar el poder de la rendición de cuentas, y que cuanto más altos son los niveles de poder, menor es la supervisión y la obligación de asumir responsabilidades”.

Como bien ha declarado Snowden en un célebre reportaje para The New York Magazine: “Mi vida cambió para bien puesto que puedo ahora decir no lo que voy a hacer en el futuro, sino lo que con orgullo hice en el pasado.”

El autor concluye su libro recordando: “En un Estado autoritario, los derechos emanan del Estado y se conceden al pueblo. En un Estado libre, los derechos emanan del pueblo y se conceden al Estado”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Mi nuevo hijo de papel

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 26/10/19 en:  https://www.elpais.com.uy/opinion/columnistas/alberto-benegas-lynch/mi-nuevo-hijo-papel.html

 

Tengo la satisfacción de que mi último libro titulado El poder corrompe será presentado en Montevideo por María Dolores Benavente, presidente de la Academia Nacional de Economía de Uruguay, Martín Aguirre, Director de este centenario periódico en el que ahora aparecen estas líneas y por Eduardo Palacios, mi colega en la Mont Pelerin Society. El libro es editado por el CED que preside Hernán Bonilla quien es el responsable de haber organizado la referida presentación.

 

El título de la obra deriva del célebre dictum de Lord Acton: “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente” que fue parte de una misiva que este historiador le envió el 5 de abril de 1887 al Obispo de la Iglesia de Inglaterra, Mandell Creighton, a raíz de su aseveración en el sentido de que gobernantes y miembros de la Iglesia debían ser tratados con benevolencia. Así, en el pasaje pertinente, responde Acton en la referida misiva: “No puedo aceptar su canon en cuanto a que debemos juzgar al Papa y al Rey de manera distinta a otros hombres con una presunción favorable que no han hecho mal. Si hay alguna presunción se ubica en lo opuesto en lo que atañe a quienes mantienen una posición de poder, mayor cuanto mayor sea el poder que ostentan.”

 

Mi libro en modo alguno descalifica a todos los que han pasado por el poder político en el sentido que no han sido todos los que se han dejado tentar por el mal uso de los dineros públicos ni se han adaptado a la nefasta idea de que el Leviatán debe ser más adiposo. Por el contrario, los ha habido de un cuidado especial respecto a lo que no les pertenece y, en cantidades mucho menores, los que incluso se esforzaron por mantener en brete al aparato estatal para que retorne a los límites de un sistema republicano y así revertir tendencias del empobrecedor estatismo.

 

Desafortunadamente estos últimos casos son muy minoritarios en el mundo que nos ha tocado vivir, especialmente si observamos la creciente xenofobia y los consiguientes nacionalismos y mal llamados “proteccionismos” en Europa y en Estados Unidos, para no decir nada de algunos sucesos lamentables en nuestro continente con gastos públicos crecientes que se traducen en deudas alarmantes, impuestos asfixiantes y manipulaciones monetarias descabelladas.

 

El problema radica en la batalla cultural que por el momento estamos perdiendo en la esfera política los partidarios de la sociedad abierta en detrimento de los derechos de las personas y sus respectivas autonomías a manos de megalómanos que apuntan a manejar a su antojo las vidas y las haciendas ajenas.

 

Es a esta batalla cultural a que apunta mi nuevo libro. Pretende una contribución a fundamentar los valores y principios de la libertad como medio no solo para el respeto recíproco sino para mejorar las condiciones morales y materiales de todos, muy especialmente de los más carenciados. Lamentablemente en el nombre de los pobres se adoptan una y otra vez medidas que los perjudican de modo muy especial, puesto que los derroches se traducen en consumo de las tasas de capitalización que, a su turno, constituyen la única causa de mayores salarios e ingresos en términos reales.

 

La tradición de pensamiento liberal se resume en el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. En otros términos se trata de recurrir a la fuerza solo y exclusivamente cuando hay lesiones de derechos, esto es siempre con carácter defensivo, nunca para imponer modos de vida privativos de cada cual. El establecimiento de límites al abuso del poder fue la idea del constitucionalismo moderno.

 

Hoy en día muchas constituciones parecen un catálogo de aspiraciones de deseos mezcladas con pseudoderechos, es decir, facultades que se otorgan para arrancar el fruto del trabajo ajeno. Así, para ilustrar el aserto recordamos que en la Asamblea Constituyente Ecuador, hace poco seriamente se sugirió –afortunadamente la moción no prosperó- incluir en  un artículo “el derecho al orgasmo de la mujer”.

 

Mi texto intenta mostrar que el liberalismo no se corta en tajos por lo que incluye la exploraciones de muy diversas avenidas que tratan temas éticos, filosóficos, jurídicos, históricos y económicos al efecto de poner en evidencia que abarca las más importantes manifestaciones humanas. Dada mi profesión de economista, es pertinente traer a colación un pensamiento del premio Nobel en economía Friedrich Hayek en cuanto a que “el economista que solo se queda en la economía será un estorbo, cuando no un peligro público”. Nuestra especialización exige completar la formación con los antedichos campos de estudio para poder pronunciarnos con solvencia sobre la ciencia económica.

 

Nadie mejor que el marxista Antonio Gramsci para resumir el eje central de nuestro problema medular, solo que lo proponía desde la visión opuesta a la nuestra: “tomen la cultura y la educación y el resto se da por añadidura”. Por eso es que resulta vital comprender que el proceso educativo libre demanda sistemas de puertas y ventanas abiertas de par en par en un contexto competitivo en el que la imposición de estructuras curriculares desde el poder político dan por tierra con la necesaria excelencia.

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿Cómo ayudar a los más necesitados?

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 10/10/19 en https://www.eleconomista.com.ar/2019-10-como-ayudar-a-los-mas-necesitados/

 

Hay dos maneras de contribuir a que mejore la situación de los más pobres. En primer lugar, la caridad que como es sabido trata del uso de recursos propios entregados de modo voluntario, si se recurre a la fuerza no estamos en presencia de un acto solidario sino de un atraco.

Ahora bien, en este contexto debe dejarse a un lado el uso irresponsable de la tercera persona del plural y recurrir a la primera del singular. Esto es, proceder cada uno en consecuencia y no alardear para echar mano al fruto del trabajo ajeno.

El sentimiento caritativo es muy noble pero debe resultar claro que no es sustentable vivir en base a la caridad que cada uno entrega al otro. Es menester producir, de lo contrario la misma caridad necesariamente desaparece por falta de recursos. Por eso bien se ha dicho que “es mejor enseñar a pescar en lugar de regalar un pez”.

Concretamente, en lugar de vociferar qué es lo que hay que hacer con el bolsillo ajeno, en esta línea argumental una de las tantas maneras posibles para concretar ayudas consiste en establecer un registro abierto en el que figuren las personas y los montos de lo que se entrega en ayuda a otros. Esto eliminaría los discursos fogosos y micrófonos de hipócritas que rugen para que se les obligue a otros (siempre a otros) a entregar sus pertenencias. Cuando se los invita a los antedichos desaforados a participar en las entregas dejan el micrófono y cambian de tema.

Por supuesto que no ayudan para nada las posiciones contradictorias que se esgrimen desde algunos púlpitos donde simultáneamente se alaba la pobreza y se la condena y menos aun si las recetas que se proclaman van a contracorriente de lo necesario para prosperar.

En segundo lugar y más importante puesto que alude a la antes referida necesidad de producir, es contar con un sistema de respeto recíproco, es decir, uno que garantice los derechos de todos a los efectos de incentivar la energía creadora para producir más y mejor.

En este sentido debe aclararse que a todo derecho corresponde como contrapartida una obligación: aquello que se obtiene libre y voluntariamente debe ser respetado a pie juntillas por terceros.

Si, en cambio, los aparatos estatales otorgan “derecho” a sustraer bienes que son fruto del trabajo ajeno, el sistema muta en pseudoderchos en el cual se engendra una lucha de todos contra todos. En otros términos, se introduce un régimen en el que la sociedad se convierte a un enorme círculo en el que cada uno tiene metidas las manos en los bolsillos del vecino, lo cual se torna insoportable.

Como no hay para todos durante todo el tiempo, se deben asignar derechos de propiedad a los efectos de que la administración de los siempre escasos recursos se ubique en las mejores manos para atender las necesidades del prójimo. En ese contexto es que en mercados abiertos y competitivos alejados de empresarios prebendarios, el cuadro de resultados muestra la eficiencia para lograr aquellos objetivos: los que dan en la tecla obtienen beneficios y los que no lo hacen incurren en quebrantos.

Este proceso, a su turno, inexorablemente conduce a mayores productividades que es lo único que hace posible el aumento de salarios e ingresos en términos reales.

Cuando se afecta lo dicho a través de intervenciones estatales, el resultado es la pobreza. No hay manera de evitar ese resultado. Es curioso, en verdad, que la arrogancia de los funcionarios de turno conduzca a un lamentable desenlace que una y otra vez se repite sin solución de continuidad, especialmente cuando se bloquea la contratación de trabajo vía legislaciones absurdas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Nicolasa Teufelsdröckh y el federalismo social

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 15/10/19 en: https://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/actualidad-economica/nicolasa-teufelsdrockh-y-el-federalismo-social/

 

Pauper Oikos oyó una voz profunda y filosofal:

—Hay quien se opone a culminar el Estado autonómico en un modelo federal y no se da cuenta de que estamos cayendo en una especie de “bilateralismo confederal” que genera desigualdades y desbarajustes.

Era Nicolasa Teufelsdröckh, la célebre pensadora alemana de la Universidad de Kiel, que los envidiosos británicos llamaban even keel por su tendencia al equilibrio y la armonización. Pauper Oikos respondió:

—El nacionalismo centrífugo parece haber tomado más impulso en democracia.

—Nuestra Constitución fue un avance histórico de descentralización del poder político, que la doctrina ha llegado a calificar de “cuasi federal”. Pero en la política, como en la vida, no se puede ser siempre “cuasi algo” sin pagar un precio. Se les ha dicho a los ciudadanos que no hay diferencia entre la autonomía y la federación y esto no es verdad.

—Pero si los nacionalistas independentistas rechazan el Estado autonómico, ¿cómo quieres que acepten el Estado federal? —preguntó el reportero de Actualidad Económica.

—Pagando, tío, pagando —dijo la ilustre profesora, con una carcajada—. No, en serio, debes reconocer que la crisis económica y la desigualdad han fomentado los nacionalismos y antieuropeísmos, que se extienden por toda Europa. ¿Podemos quedarnos estáticos? La Constitución de 1978 es lo mejor que hemos hecho en nuestra historia y sigue siendo válida en lo fundamental, pero conviene ponerla al día. La fortaleza del Estado depende, en esencia, de la cohesión social y de la territorial que son, en mi opinión, inseparables. Ambas son las que hacen fuertes a las instituciones al lograr una sólida adhesión de la ciudadanía a las mismas. Reconozcamos que, hoy por hoy, no pasan por su mejor momento.

—Tiene gracia que lo reconozcas, como si no fuera obvio —se burló Pauper Oikos—. Lo que me asombra es que no reconozcas la dimensión económica de todo esto: por un lado, las fuerzas separatistas no se calman con dinero, y, por otro lado, a los ciudadanos no independentistas difícilmente los vas a atraer crujiéndolos con más impuestos en aras de la famosa cohesión social.

Nicolasa Teufelsdröckh incurrió entonces en un hábito típicamente hegeliano, y se puso estupenda:

—Debemos culminar nuestras autonomías en un federalismo social que debería reconocer a ciertos bienes sociales como la sanidad, las pensiones, o la vivienda, como derechos fundamentales. Un federalismo insertado en una UE abocada a federarse si quiere afrontar con éxito las actuales amenazas disolventes. La reforma que se propone no obedece a un fenómeno secesionista sino a una necesidad nacional. Sin embargo, es más que probable que una parte de los que hoy pregonan la independencia apoyarían un proyecto en común más social y más federal.

Pauper Oikos corrió a comprar un telescopio, que le podía servir para encontrar el planeta de donde había venido la sabia Teufelsdröckh, o si para buscar un planeta adonde refugiarse si su federalismo social finalmente llegara a concretarse.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun