Sobre rentas y beneficios

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/04/sobre-rentas-y-beneficios.html

Los tributaristas dicen que el impuesto a la renta debe ser nacional. Sin embargo:

“Ello no fue óbice, lamentablemente, para que las provincias disputaran esta facultad de la Nación y que se haya escrito mucha literatura al respecto. Restituido el país a su normalidad constitucional, el 20 de febrero de 1932, se abocó al estudio de la ley que el gobierno del general Uriburu había sancionado en forma de decreto-ley dos años antes y en fecha 30 de diciembre de 1932, bajo el número 11.632 se sancionó la ley sobre el impuesto a la renta que nos rige. Si bien con numerosas reformas en punto a las cuotas imponibles y a las eximiciones.”[1]

Ya pusimos de relieve nuestra posición al respecto: si ha de haber impuestos -y se sostiene el principio federalista- ha de reconocerse a las provincias plena autonomía para crearlos. Esto es plenamente compatible con el principio republicano de delegación. La nación existe en función del poder delegado por las provincias a ella, y conservan aquellas todo el poder no delegado.

Pero, sin necesidad de una reforma constitucional (siempre peligrosas por la constante tentación de los políticos de aumentar su poder a través de ellas) se podría reglamentar el art. 75 inc. 2° de la Constitución de la Nación Argentina (que ha reemplazado al antiguo art. 67, inc. 2°) definiendo con criterio sumamente restrictivo qué ha de entenderse y qué no por “la defensa, seguridad común y bienestar general” a fin de que no sea discrecional del poder de turno y mayorías circunstanciales incluir en dichas categorías cualquier cosa que a los nuevos gobiernos se les ocurra para poder gravar con impuestos al pueblo en nombre de esos conceptos ampliamente ambiguos y vagos. Es necesario delimitarlos por ley, aunque podemos imaginar la resistencia de los legisladores para restringir algo que, con la redacción actual del texto constitucional, pueden interpretar amplia y libremente en cualquier sentido que, obviamente, siempre será favorable a sus propios intereses.

“Originariamente se dictó hasta el año 1934. Se gravan las rentas derivadas de fuente argentina, a favor de nacionales o de extranjeros residentes en el territorio argentino. Se opta por el sistema de la renta neta. Ella admite excepciones a favor de las rentas de títulos de deuda pública, aunque no con carácter absoluto; de rentas que obtengan la Nación, las provincias y municipalidades; de los diplomáticos; de las sociedades cooperativas; de las donaciones con fines de interés público; primas e indemnizaciones de compañías de seguros e indemnización por accidentes del trabajo.”[2]

La renta neta es la que resulta luego de deducidos los costos de la actividad que la produjo. Pero he aquí que, el impuesto es un costo desde el punto de vista económico, ergo, la renta no es neta hasta que se le hayan deducido todos los costos. No existe ningún argumento económico ni tampoco jurídico (excepto incurrirse en flagrante injusticia por ignorancia) por el cual se pueda negar el carácter de costo del impuesto. Siendo esto así, la renta que se grava no es neta sino bruta. Y como el costo del impuesto no se deduce por parte del fisco, la única renta neta propiamente dicha seria la que se percibe en un sistema libre de impuestos (deducidos todos los demás costos que la afectan).

¿En qué sentido usa este autor la palabra renta? Para descubrirlo veamos el concepto económico de renta:

renta. En la economía política clásica la renta era una de las tres fuentes de ingresos que distinguía a las tres grandes clases de individuos existentes en una sociedad: así como los capitalistas recibían beneficios y los trabajadores salarios los propietarios de tierra y de bienes inmuebles recibían rentas, que eran los ingresos correspondientes a la propiedad de ese factor de producción. De allí surgió el término rentista para designar a la clase de personas que obtienen sus medios de vida arrendando propiedades o recibiendo intereses por capitales puestos a interés.

En el sentido moderno renta designa los cobros de los individuos, de las sociedades o del gobierno que derivan del trabajo de las personas o de la propiedad de los factores de producción. La renta implica frecuentemente un cobro monetario, pero en sentido estricto existe una diferencia conceptual de importancia: los cobros monetarios representan la forma en que se liquida la renta, intercambiándola por el dinero, que es un título general de valor.

Pero la renta en sí puede consistir en una utilidad específica, como la que obtiene la persona que vive en la casa de la cual es propietaria, o en un ingreso que se suma al que proviene de otros factores productivos, como en el caso de un propietario rural que vende sus productos obteniendo a la vez beneficios y rentas.

En un sentido general las rentas personales asumen la forma de salarios, intereses, beneficios, dividendos y pagos por arrendamientos; estos últimos constituían, en el sentido tradicional del término, lo que se denominaba también renta de la tierra. En el caso de una empresa las rentas asumen la forma de reservas o beneficios no distribuidos. En el caso del gobierno existen rentas por el uso de la propiedad pública: tierras, construcciones, etc. Los impuestos no son rentas, pues no derivan de la propiedad estatal sino, estrictamente, transferencias del sector privado al sector público. [rent]. (V. BENEFICIOS; SALARIOS; PROPIEDAD).[3]

Entonces queda claro que -en resumidos cuentas- la renta es un beneficio.

Y de este se define que “De los beneficios brutos obtenidos por una empresa, se procede al pago de impuestos, se efectúan las deducciones correspondientes a la depreciación de los activos y se pagan los dividendos que corresponden a las acciones preferidas; el resto, los beneficios netos, suelen ser subdivididos en dos partes: una de ellas es distribuida entre los poseedores de acciones, bajo la forma de dividendos, y otra parte no se distribuye, empleándose para la formación de reservas y/o para el aumento del capital de la firma.”[4]

Lo mismo aplica a los otros sentidos de renta mencionados arriba (salarios, intereses, beneficios, dividendos y pagos por arrendamientos).


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem.

[3] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela.

[4] Sabino, C. Ibidem.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Progresividad, exenciones y desigualdad

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/03/progresividad-exenciones-y-desigualdad.html

3°) La progresividad de la cuota del impuesto es gradual, limitada; 4°) Exime de imposición a las rentas mínimas, comenzando por la base de 180 libras; 5°) A partir de 1907 se admitió la discriminación […] 6°) Por último, constituye una interesante particularidad del régimen británico, la de que la percepción del impuesto a la renta se practica en la misma fuente.”[1]

En cuanto a la “progresividad de la cuota del impuesto” siempre es gradual por lo que no se entiende que quiere decir el autor. Como agrega la palabra “limitada” quizás quiera decir que llegado a un cierto punto la progresividad se detendría, pero -en rigor- como no lo explica no se puede decir más sobre tan oscura frase. La exención (punto 4°) viola el “principio de igualdad” como se explicó, pero, por otro lado -desde lo económico- ya hemos expuesto de muchas maneras diferentes que nadie está exento de pagar impuestos, y también aplica esta regla a este impuesto. El apartado 5° alude al principio de discriminación que viola el de igualdad ya explicado. Son manifiestamente antitéticos. Y el punto 6° tampoco es claro, pero parece apuntar a lo que hoy se conoce como el agente de retención (una especie de “empleado” gratuito y ad hoc del fisco). Si es así, el impuesto lo retendría el agente pagador de la renta y liquidaría la misma ya deducido el impuesto. Seguidamente, el autor pasa a tratar el caso alemán del impuesto a la renta:

“En Alemania, el impuesto existe desde 1870 en que la guerra contra Francia provocó la institución y en 1891, sancionóse la primera ley definitiva del impuesto a las rentas. Caracterizan su régimen los elementos que a continuación esbozamos: 1°) Se excluyen de la imposición las rentas del Estado central, del provincial, de las municipalidades, de las sociedades de beneficencia, de las cooperativas y de aquellas corporaciones que tengan por objeto acordar pensiones a la ancianidad. 2′) Determínase las rentas que deben gravarse, estableciéndose un mínimum y se fijan 26 categorías de renta a cada una de las cuales corresponde una cuota especial; es esto lo que se denomina “la progresividad por grados”. 3«) Determínanse las deducciones por cargas de familia, y siempre que la renta del padre no sea inferior al mínimum legal, que la misma ley determina, para poder gozar del beneficio de la discriminación del impuesto. 4′) Se establece, en punto a las profesiones, rebajas en concepto de compensación de los gastos inherentes; v. g., conservación de máquinas industriales, indemnización del riesgo profesional en los accidentes del trabajo, jubilación o retiro de los obreros. 5′) El impuesto recae sobre el importe total de los ingresos expresados en dinero y deducidos los gastos de producción y ciertas cargas personales. Constituyen, pues, la renta imponible de los ingresos procedentes de propiedades territoriales, explotaciones industriales, capitales inmobiliarios, rentas de trabajo personal y los demás ingresos, cualquiera que sea su naturaleza.”[2]

Es sintomático -dijimos antes- que todos los impuestos han comenzado con guerras, y las leyes que los crearon coincidían en establecer que lo eran con carácter “excepcional”. Se daba a entender que una vez concluida la guerra el impuesto cesaba. Pero, bien nos muestra la historia que nunca ha sido definitivamente así. Las explicaciones que se daban eran que se establecían por lo dicho antes, se mantendrían mientras durase la guerra, y finalizada la misma también se los conservarían para reparar las consecuencias de la guerra, y luego de reparadas se los mantiene -por si las dudas- volviera a ocurrir otra guerra en el futuro. De este modo engañoso los gobiernos justificaban sus imposiciones “transitorias” (en un comienzo) transformándolas en permanentes y con “justificaciones” (pueriles y pésimas) para todos los casos en cualquier tiempo que fuera.

Modernamente donde -a diferencia de los tiempos antiguos en que se vivía en un estado de belicismo casi permanente- las guerras no existen o son muy localizadas y muy fugaces, el argumento (con la misma finalidad) ha variado por el las “emergencias económicas” como sucede en países como la Argentina donde cada gobierno que asume inventa una que, en los hechos se traduce en conferir al presidente de la república la suma del poder público para que dicte leyes a la par o por sobre el poder legislativo. Salvo raras excepciones (como la del gobierno de Mauricio Macri) todos los demás gobiernos “democráticos” han echado mano a estas facultades extraordinarias claramente inconstitucionales. En los hechos, lo expresado implica otorgarle al poder ejecutivo la facultad de crear impuestos, algo que constitucionalmente esta exclusivamente reservado al legislativo.

Entrando en el análisis punto por punto del párrafo citado, notamos que en el primero (el 1°) el recaudador fiscal se excluye a si mismo de la obligación de pagar el impuesto a la renta junto con otras entidades no estatales violando el principio de “igualdad” que se dice “respetar” y -por consiguiente- discriminando a ciertos contribuyentes de otros preferidos. Otro tanto puede decirse del punto 2° que también divide las rentas en castas (“categorías” queda más agradable a la vista y al oído). En este caso, es muy discriminatorio porque son -nada menos y nada más- que 26 castas o “categorías” cada una con distintas alícuotas. Aparentemente, con distintas alícuota de progresión o un sistema de progresión diferencial. El punto 3° es otro ítem oscuro, porque parecería que esas deducciones sólo operarían siempre que el padre de familia supere o iguale el mínimo legal de donde se infiere que por debajo de ese mínimo nada debería tributar. Nada se nos aclara de cuanto seria ese mínimo. El punto 4 parece aludir a las profesiones industriales a tenor de los ejemplos que se introducen. Son -en suma- deducciones que también violentan el principio de igualdad fiscal. Y la numeración que sigue nos indica que, en general, el impuesto se extendía a casi todos, pero de manera discriminada como se explicó en los apartados anteriores, y violando el “sagrado” principio de “igualdad” fiscal.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05..

[2] Goldstein, M. ibidem.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Giovanni Papini y la sed del conocimiento

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 10/02/21 enhttps://eleconomista.com.ar/2021-02-giovanni-papini-y-la-sed-del-conocimiento/

Giovanni Papini y la sed del conocimiento

En la edad de la banalización y la superficialidad es del caso recordar a un personaje que se afanó por estudiar y aprender del mundo que lo rodeaba. Se trata de Giovanni Papini (1881-1956) sobre quien Jorge Luis Borges, en prólogo a una de sus obras, escribe: “Fue un lector hedonista, siempre lo movió la dicha de leer, no un apremio de exámenes. El primer objeto de su atención fue la filosofía”.

Papini escribió sobre casi todos los temas concebibles a veces de modo contradictorio en sus posiciones, pero en definitiva un canto a la libertad del individuo. Sostuvo que el problema central del hombre estriba en su soberbia (“la fatal arrogancia”, diría el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek). En este sentido consigna que “el soberbio no tolera ser contrariado, el soberbio se siente ofendido por cualquier obstáculo y hasta por la reprensión más justificada, el soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior a él […] El soberbio no concibe que cualquier otro hombre pueda tener cualidades o dotes de las que él carece; el soberbio no puede soportar, creyendo estar por encima de todos, que otros están en lugares más altos que él”.

Y en otro relato se refiere a un encuentro entre el primer hombre -Adán según la alegoría bíblica- que reconoce la culpa de haber comenzado con la cadena de soberbia por aquello de “seréis como dioses” que desembocó en la última manifestación de eso, es decir, un robot denominado WS347926, un aparato que había perdido la humanidad al renunciar al libre albedrío por haber sustituido la espiritualidad por la materia, en lugar de haber subido la vara y aprovechar las ventajas de la tecnología sin afectar la condición humana para no caer en la pesadilla descripta por autores como C. S. Lewis y A. Huxley.

Dejó tres autobiografías “Un hombre acabado” (1912), “Nuevo nacimiento” (1932) y “El pasado remoto” (1953), pero es en la primera donde queda clara su obsesión por el conocimiento. Allí cuenta que no tuvo niñez, siempre solitario y encerrado entre libros que al principio no entendía. Mintió en su edad para poder entrar a una biblioteca pública. “La vida se vive intensamente para ser tolerada”, sostenía. Mantuvo durante su etapa temprana que “los periódicos eran pierdetiempos”, pero más adelante fundó dos: “La Llama” y “El Iconoclasta”, y en el transcurso de su vida posterior lo primero que hacía era leer el diario de la mañana.

Su obsesión lo llevó a intentar la redacción de una enciclopedia, pero no pudo pasar de la primera letra del abecedario pues quedó agotado, lo mismo le ocurrió con la historia que terminó al comenzar con los egipcios (“ahogado por los hechos”), idéntica experiencia con la literatura, la teología y aspectos de la ciencia hasta que calmó su apetito insaciable de “erudito desordenado” con la filosofía que fue “una orgía cerebral” que le permitió gozar de “nuevos hervores” pero concentrado en temas específicos pues declara que “necesito, para enderezarme, que mis raíces agarren en algún sitio”. En otros términos, escribe al final de esta primera referencia autobiográfica que “el título de este libro está equivocado: no estoy acabado”.

Al solo efecto ilustrativo de la notable producción de Papini que abarca seis gruesos tomos de sus obras completas en papel biblia, reproducimos su idea del poder que viene muy al caso en nuestros días de abusos inaceptables que destrozan derechos. Así subraya que “el cetro del rey, el báculo del obispo, el bastón del mariscal, el garrote de los revoltosos, tienen todos, por lo menos como sentido y finalidad, una misma misión: guiar, corregir, amenazar, golpear. Todos los representantes de la autoridad llevan en la mano algo que se parece a un bastón […] en todas partes hombres que quieren ser reverenciados y obedecidos […] Entre las previsiones ´científicas´ que han hecho famoso el nombre de Marx y que han contribuido al éxito de su doctrina, recordemos tres que son el código de su ‘Capital’”.

A continuación refuta las tres predicciones marxistas. La primera en la que se sostuvo que la revolución ocurriría en países capitalistas que “en los tiempos de Marx solo podían ser Inglaterra y Alemania, acaso, en segundo lugar, Norteamérica y Francia. Pero todo el mundo sabe lo que sucedió en 1917; la revolución estalló justamente en uno de los países más atrasados de Europa”.

“La segunda previsión de Marx atañe a los autores y creadores de esta transformación de la sociedad. Marx sostuvo siempre que la revolución sería obra de los mismos trabajadores […] Sucedió en cambio, como todos hemos sido testigos de ello, que esta revolución fue debida a la guía de intelectuales burgueses”. El tercer pronóstico marxista alude a lo que sería la concentración de riqueza en pocas manos pero resulta que “el sistema de las sociedades por acciones ha hecho, como lo vemos en Estados Unidos y en muchos países europeos, que la propiedad está dividida y repartida entre infinito número de ahorradores, entre los cuales no faltan los proletarios”.

En todo caso, en una sociedad libre las diferencias de rentas y patrimonios las decide la gente con sus compras y abstenciones de comprar en el supermercado y afines. Las concentraciones injustas son las que ocurren a manos de empresarios prebendarios que explotan a sus congéneres vía sus cópulas hediondas con el poder de turno y también gobernantes inescrupulosos que roban a manos llenas.

En resumen, Giovanni Papini constituye un ejemplo de perseverancia y de creatividad por lo que salió de la miseria en la que había nacido para ubicarse en el pedestal de los escritores de mayor calibre en el orbe.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Entelequias fiscales

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/11/entelequias-fiscales.html

“A título de principios, inmutables para un buen impuesto, que respete fundamentalmente la regla de la igualdad, Stuart Mill recomienda las cuatro máximas expuestas por Adam Smith que han sido aceptadas por numerosos economistas y, por consiguiente, ofrecen las características de verdaderamente “clásicas”. Estas máximas son 1» Los sujetos del Estado deberán contribuir a sostener el gobierno tanto como sea posible en relación a sus facultades, es decir, en proporción de la renta de que ellos gozan bajo la protección del Estado. De la observación o del desprecio de esta máxima surge la igualdad o la desigualdad de un impuesto. 2» El impuesto que cada uno está obligado a pagar debe ser definido y no arbitrario.”[1]

La expresión “sujetos del Estado” presenta problemas, porque si se entiende que el “estado” se compone de tres partes o elementos (gobierno, territorio y población) como acuerdan la mayoría de los juristas, es evidente que uno de los tres elementos (el territorio) no puede “contribuir”, por cuanto no se trata de un ser humano. Nos quedan entonces solo los dos elementos restantes como posibles “contribuyentes” (gobierno y población) pero, como el gobierno está integrado por algunos miembros de esa población será más claro hablar de gobernantes y gobernados, ya que toda población se divide en estas dos partes.

Ahora bien, ya explicamos que los gobernantes no pagan impuestos como tales, entonces, nos quedan (por descarte) que se pretende hacer recaer esa “obligación” (cuyo fundamento no se ha dado, o se dieron “fundamentos” falaces para la misma) exclusivamente sobre los gobernados (es decir, solo una parte de la población).

Esto demuestra que es falsa la cacareada pretensión de “igualdad fiscal” (los burócratas se autoexcluyen de las leyes fiscales).

En suma, sigue sin explicarse porque unas personas deben mantener a otras (gobernados a gobernantes) y además de manera “obligatoria”. La respuesta típica es porque el gobierno tiene el monopolio de la fuerza para exigirlo, pero entonces preguntaríamos ¿Quién le ha otorgado ese monopolio? Hoy en día se respondería que el parlamento, pero el interrogante subsiste ¿quién le ha conferido autoridad al parlamento para otorgar monopolios a nadie, y menos aún a un grupo de personas que se auto titulan “gobierno”? Se responderá: la Constitución, pero tampoco satisface las preguntas anteriores esta respuesta, porque volveremos a preguntar ¿Quién les ha otorgado a los redactores de la constitución la facultad de otorgarles a otras personas el establecimiento de monopolios incluido el de la fuerza?, se responderá “el pueblo” lo que tampoco resuelve nuestra pregunta original, simplemente porque esta última respuesta carece de toda prueba y evidencia, ya que no existe ningún registro documental que sirva para probar que el pueblo -así en abstracto- hubiera jamás conferido a nadie facultad alguna para constituir monopolios, ni mucho menos, constituirse en monopolio por sí mismo por decreto legal. Las teorías del “contrato social, pacto social” etc. no tienen evidencia ni fundamento de ningún tipo.

No existe, pues, tal cosa como “igualdad fiscal”. Y en cuanto a que “El impuesto que cada uno está obligado a pagar debe ser definido y no arbitrario” peca de inocente. porque no ha tenido en cuenta al tan extendido hoy en día impuesto definidamente arbitrario.

“La época de pago, el modo de pago, la suma a pagar debe ser determinada con un sentido y de una manera inteligible para el contribuyente y para todo el mundo. Mientras que, si fuera de otro modo, toda persona sujeta al impuesto se encuentra más o menos sometida al recaudador que puede agravar la carga del contribuyente para el cual está mal dispuesto o extorsionar por el temor de cualquier gratificación.”[2]

Que estas cosas se cumplan, en el mejor de los casos, puede hacer menos evidente la arbitrariedad del impuesto, pero no la eliminan por competo. Aun conocidos esos detalles el impuesto puede seguir siendo arbitrario. ¿Quién define la arbitrariedad del impuesto? Indudablemente aquel que tiene que pagarlo, nadie más que él. Por cuanto es el único que conoce sus necesidades, patrimonio, proyectos, etc. Todas cosas que se verán más o menos afectadas por el impuesto. No es menos arbitrario el impuesto que alterará -por ejemplo- más del 50 % de mi patrimonio por el hecho que yo tenga la certeza de que el plazo de pago vencerá todos los días 5 de cada mes, que puedo pagar en efectivo o cheque, etc.

De hecho, se puede decir que la teoría que impera en materia fiscal es la contraria: la de la arbitrariedad, porque es la que efectivamente se aplica en la práctica para desgracia de todos, menos de los burócratas.

Igual de arbitrario seria que la tasa fuera baja pero que el recaudador pudiera exigirla en cualquier momento, o, de cualquier modo, etc.

La única manera de poder decir que un impuesto es menos arbitrario que otro (o menos arbitrario en sí mismo) es que el gasto que está destinado a satisfacer sea bajo. Por eso, la discusión relevante no es, en el fondo, sobre el impuesto, ya que este no es más que un efecto del gasto estatal (que es su verdadera causa). Lo vicioso del impuesto es su carácter de coactivo, pero su origen (y el del mal) debemos buscarlo -y lo hallaremos- en el gasto estatal.

“El carácter indefinido del impuesto —y esto es una práctica que se recoge a diario, en todos los países y en todas las épocas—, estimula la insolencia y favorece la corrupción de una clase de hombres naturalmente impopulares, aun cuando no fueran ni insolentes ni corrompidos.”[3]

Aquí se dice algo interesante y muy cierto. Los impuestos fomentan la insolencia y la corrupción, y el mismo párrafo reconoce que esto es diariamente observable. Basta ver las planillas fiscales que tiene que llenar y completar el expoliado para poder ver con nitidez la cantidad de preguntas insolentes que formula el fisco, realmente uno al completarlas se siente de la misma manera que debieron sentirse los esclavos de la antigüedad.

El trato humillante que reciben los expoliados en la oficina de tributos, la cantidad de trámites agobiantes e inútiles que deben realizar, la arrogancia con que los empleados fiscales observan a sus víctimas tributarias, etc. justificaría por si solo la abolición de todo el sistema fiscal, y reemplazarlo por otro verdalmente voluntario. Naturalmente, somos conscientes que muy lejos estamos de ese ideal, sino que, al contrario, si existió una época donde los impuestos constituían la arbitraria voluntad del déspota de turno, entonces, o no hemos experimentado evolución alguna o -caso contrario- hemos ido en franca involución, regresando a aquel sistema de barbarie en materia fiscal.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem.

[3] Goldstein, M. ibidem.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

¿Por qué sube el dólar?

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/11/por-que-sube-el-dolar.html

No es posible pasar un día sin escuchar esta pregunta en prácticamente todas partes.

Pero, en realidad, la pregunta está mal planteada, porque la correcta debería ser ¿Por qué baja el peso? Dado que lo que se pretende averiguar es la causa de la tremenda disparidad entre ambas monedas.

La respuesta popular y simplista contesta que el dólar “sube porque la gente especula”

El problema con esta réplica es que la gente especula siempre, en todos los actos de su vida y de su día y -sin embargo- hay momentos en el curso de todo ese tiempo que el dólar no “sube”, sino que “baja” o se mantiene estable.

Entonces, veamos algunas de las causas reales (aunque no finales) de este “curioso” fenómeno que ya se ha vuelto tan acostumbrado para los argentinos (aun cuando son muchos los ingenuos que siguen preguntándose por qué sucede esto, o bien lo atribuyen a algunas de las “razones” que dimos arriba).

Sin duda, la inflación es uno de los responsables, dado que deprecia al peso, y esta devaluación hace que la relación peso/dólar sea desfavorable para el primero y positiva para el segundo.

Pongamos un ejemplo para hacerlo más sencillo todavía de entender: si con un billete de $ 100 compro 10 caramelos en el momento 1 (M1) y en el 2 (M2) compro 4 caramelos, significa que en M2 soy más pobre que en M1, aunque sigo teniendo un billete que nominalmente “vale” $ 100. Los caramelos que puedo adquirir con mis $ 100 representan el tipo de cambio real de mi billete, en tanto que la cifra que expresa o leo en el billete representa lo que se llama el tipo de cambio nominal del mismo.

Si ahora cambiamos los caramelos del ejemplo por los dólares el resultado será el mismo. Lo que determina la razón por la cual en M1 con $ 100 compramos 10 dólares (o caramelos) y en M2 sólo compramos 4 es la cantidad de pesos en circulación que haya, que es mayor en M2 que en M1. Y el dinero en circulación crece por una sola razón, porque el gobierno emitió más dinero en M2 que en M1.

Para comprar la misma cantidad de dólares que adquiríamos en M1 con $ 10 por unidad, ahora necesitamos $ 250, porque con $ 100 solo podremos comprar 4. Es un simple efecto de oferta y demanda.

Al observar esto, la “lectura” que la gente hace es que cada caramelo/dólar antes “costaba” $ 10 ahora “cuesta” $ 25, ergo lo “lee” como que el dólar “subió” de $ 10 por unidad a $ 25. La realidad es que el precio del peso en términos de dólares se depreció.

Pero además de la inflación también concurren otros factores para que la diferencia entre pesos y dólares se ensanche. Por ejemplo, si hay una caída en las exportaciones se pasa a hablar, entonces, de un balance comercial deficitario o “desfavorable”, dado que -en el caso- ingresan menos divisas que cuando las exportaciones eran mayores.

Esto hace que la relación dólar/peso sea favorable para el primero y negativa para el segundo, con lo cual el precio del dólar sube en tanto el del peso baja. Como en el caso de la inflación se necesitarán más pesos para comprar la misma (o menos) cantidad de dólares.

¿Por qué se reducen las exportaciones? Las exportaciones caen generalmente cuando no hay excedentes exportables. Esto -a su turno- encuentra como causa posible el desplome de la producción por elevación de costos. Y en la misma línea, los elementos que más inciden para que los costos se eleven vienen dados por la baja productividad que halla-a su vez- causa en la política fiscal. En países como Argentina donde la tasa de presión fiscal es en cada ciclo más elevada, estas empujan los costos totales hacia arriba haciendo más caro producir, vender, trabajar, y todo lo que tenga que ver con cualquier actividad económica. Semejante elevación de costos incide negativamente en la producción global, y afecta más aun todo lo que se relacione con el comercio exterior. Exportar e importar se hace en cada período más difícil, y ocasiona que el precio de la divisa vuelva a “subir”. El responsable de todo este circuito es el gobierno, a quien encontramos al final del camino como único agente causal.

Todo lo dicho tiene un impacto también negativo en las importaciones, ya que en la línea de lo que venimos explicando, se necesitarán destinar más pesos para comprar igual o menor cantidad de dólares. En este supuesto, las importaciones se encarecen y entonces se retraen, lo que hará bajar la demanda de divisas y -ceteris paribus– debería hacer caer también su precio.

Otro componente importante que hace que el diferencial de cambio sea en cada ocasión más amplio -siguiendo con el caso del comercio exterior- es la retracción del crédito internacional que afecta negativamente el balance de pagos. Menor entrada de divisas que produce el mismo efecto que la contracción de las exportaciones: al hacer escasas las divisas su precio “sube” mientras el del peso “baja”. Las razones por las cuales los préstamos del exterior dejan de afluir al país ya las hemos analizado en muchas ocasiones, pero repasemos algunas: cuando los gobiernos dictan leyes que atentan contra la propiedad privada crece la inseguridad jurídica, y cuando los tribunales emiten fallos en el mismo sentido o no respetan las decisiones que hubieron adoptado anteriormente (violando la cosa juzgada, cosa que estamos hartos de observar en nuestro tránsito profesional por los tribunales) de este modo resulta lógico que ningún capitalista externo esté dispuesto a otorgar crédito a nadie en el país, ni a empresas ni a particulares, porque cuenta casi como seguro que no recuperará ni el capital ni los intereses. Es por ello que, el único crédito que puede conseguirse es el que logre obtener el gobierno local de organismos internacionales, y que suele ser el famoso “crédito barato”, porque es -a su turno- financiado con impuestos sufragados por los contribuyentes externos.

Por análogas razones a las analizadas en el párrafo precedente, el dólar “sube” porque se comprimen las inversiones internacionales. El denominador común es el mismo que el anterior: leyes y sentencias contra la propiedad, o directo incumplimiento contra los veredictos judiciales (pocos) que defienden la propiedad privada. En general, salvo honrosas y en cada oportunidad más extrañas excepciones, la justicia argentina en el marco de las relaciones jurídicas entre particulares, está orientada hacia el amparo y la defensa de los morosos incumplidores y desamparo de los acreedores. Esta disposición cambia en el campo del derecho público donde cuando el acreedor es el “estado” y el deudor el particular las decisiones legales van en favor del primero y en contra del segundo cualquiera sea el grado de razón que pudiera asistir a este último.

En este rápido análisis de las motivaciones por las cuales la gente dice que el dólar “sube”, nos topamos con la fuga de capitales que también reconoce su origen en la inseguridad jurídica. Pero -en este caso- debemos agregar otra causa más: los tristemente célebres controles de cambio, que consisten en -no otra cosa que- imponerle un precio máximo a la divisa, es decir, un precio político. El resultado es la aparición de un mercado paralelo, negro, subterráneo u otras denominaciones que se le asignan. En este tema, oferta y demanda de dólares ajustan por cantidad, ya que el precio máximo impide -en principio- que lo hagan vía precio de mercado. En consecuencia, aumenta la demanda de dólares, con lo que su precio se eleva en la misma proporción.

Cuando la salida de dólares al exterior se combina con la falta de crédito externo, se potencia la diferencia del tipo de cambio en favor de la divisa y en contra de la moneda local. Si se le agregan controles de cambio y restricciones al comercio exterior -que vimos arriba- más inflación, etc., el cóctel no puede ser sino letal.

Entonces, el “diagnóstico” que atribuye que el dólar “sube” debido a la “especulación” de la gente, es un “argumento” tan simplista como falaz. Confunde el resultado con la causa o -como se dice- pone “el carro delante del caballo”.

La demanda de dólares por parte de la gente -en resultado- no es la causa del “aumento del dólar” como se dice vulgarmente, sino su efecto lógico. Y el origen de esa demanda hay que buscarlo y se encontrará en algunos de los constituyentes que hemos mencionado más arriba rápidamente en el marco de este deliberado breve análisis.

En todos los casos anteriores opera la ley de la oferta y la demanda, pese a todas las restricciones o a causa de las mismas como reacción del mercado.

En suma, hasta que los políticos no entiendan, aunque sea en su manera básica, alguna de estas cuestiones el dólar seguirá “subiendo”.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

La gestión política del resentimiento

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 1/11/20 en: https://www.dataclave.com.ar/opinion/la-gestion-politica-del-resentimiento_a5f9e0994daaeb8185c91140a

La propaganda no se asienta en la razón, sino en la emoción. “El rico se abusa del pobre, porque es rico y nada más”, suelen afirmar ciertos sectores. El resentimiento como conformación de una determinada cadena de valores. ¿Es viable una Nación con estas características?


La propaganda política no se asienta en la razón sino en la emoción.
 El entendimiento acabado de esta simple frase de trece palabras, divide las aguas entre quienes son efectivos a la hora de ganarse el caudal de legitimidad que emana del pueblo, y los que perecen en intentos fútiles.

Desde la reciente “son cosas que pasan entre ricos”, de Alberto Fernández, al referirse al intento de usurpación de la propiedad de la familia Etchevehere, pasando por otros latiguillos discursivos similares que se han lanzado al gran público, ocultos tras la mascarada de la espontaneidad, ha existido desde el comienzo de la gestión iniciada a nivel nacional en Diciembre de 2019, un claro intento de gestionar las pasiones más oscuras de nuestro pueblo, a su favor.

Así, el asesinato de Fernando Báez Sosa en enero de 2019, se instaló desde la perspectiva de un grupo de rugbiers ricos y asesinos, cuando el fenómeno podía ser también ilustrado desde otras perspectivas. Por ejemplo, los excesos que se producen por la falta de control policial, el abuso del alcohol y/o las drogas, una sociedad cada vez más violenta, o tantos otros enfoques que eran igualmente válidos pero que quedaron relegados frente al recurso discursivo que despierta una indignación emocional mayor: “el rico se abusa del pobre, porque es rico y nada más”.

Lo mismo se hizo cuando fue evidente que el Covid-19 sí llegaría al país, contrario a lo que el Ministro de Salud, Ginés Gonzales García, afirmó desde un primer momento. En esta ocasión se instaló rápidamente la idea de que el arribo del virus era producto de “los ricos que viajaban a Europa”. Del mismo modo se expresó a nivel subnacional en su momento, Marcelo Saín, ministro de Seguridad de Santa Fe, al afirmar que la pandemia era responsabilidad de “los chetos”.

Valgan estos ejemplos para representar, entre muchos otros, la estrategia comunicativa preferida de quienes se asientan en el espectro ideológico del centro a la izquierda, no solo en nuestro país, sino en todo Latinoamérica. La oligarquía, los chetos, los ricos, la insensible y egoísta clase media, “los del campo”, los antipatria, entre otras imágenes discursivas similares, son los sujetos que constituyen ese “otro” tan necesario, en los ejercicios de propaganda.

El fenómeno en sí funciona, en base a dos hechos fácticos. En primer lugar, Latinoamérica es una de las regiones del globo con mayor pobreza y, por tanto, desde una regla meramente lógica, los pobres son muchos y los ricos pocos. Por ende, ¿a quiénes debería emocionar un candidato que quiere ganar elecciones sin esforzarse demasiado en gestionar un discurso superador? ¿En quienes debería buscar una legitimidad a prueba de razones, sobre todo, cuando no hay mucho éxito real para mostrar? En segundo lugar, existen varias emociones que los comunicadores conocemos como prevalentes y fácilmente manejables en los discursos políticos. El miedo es uno, desde ya. El otro es el resentimiento.

Valga esta breve digresión para señalar que el resentimiento es algo profundamente diferente a la envidia. Si esta última es una señal emocional de aquello que anhelamos y, en tal sentido, algo hasta útil cuando es percibido por aquellos con algún tipo de entrenamiento en la gestión de sus propias emociones, el resentimiento es diametralmente distinto.

El resentimiento está formado por una cadena de valoraciones que pueden dispararse por la emoción de envidia, pero que luego transcurre a la siguiente idea: “Yo no tengo X, y no lo tengo porque sí lo tiene Y, e Y lo tiene porque en algún momento me/nos quitó H”. Esta cadena causal, se puede encontrar en un sinnúmero de piezas retóricas que inundan nuestra región. Desde “Las venas abiertas de América Latina”, libro del cual el propio Galeano renegó antes de morir, a la gran mayoría de los discursos de los que, como decía anteriormente, se sitúan del centro a la izquierda del espectro.

Lo que muchas veces no se percibe, son los concomitantes de estas estrategias tan efectivas. Por un lado, la profundización del recelo social y la destrucción sistemática de las posibilidades de armonizar intereses entre quienes más necesitan cooperar en sociedades como las nuestras. Del mismo modo, luego, la creciente violencia social que de esta situación se deriva.

Y, por último, y solo para no hacer más extenso este artículo porque podríamos encontrar infinitos subproductos negativos de esta estrategia de propaganda, el desempoderamiento sistemático de quienes a partir de estos relatos perciben que no pueden hacer nada para salir de la situación en la que se encuentran, y que solo dependen del favor de aquellos que se auto postulan como sus salvadores políticos.

En resumen, la gestión política del resentimiento, es una estrategia propagandística que trae frutos de corto plazo, como los trajo en Chile en el referéndum del pasado 25 de octubre, por ejemplo, pero que, en el mediano y largo plazo, solo destruye los lazos que hacen a la posibilidad de generar sociedades en donde predomine la cooperación y la verdadera movilidad social.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

Igualdad y desigualdad fiscal.

Por Gabriel Boragina. Publicado en:

De una manera o de otra, “las reglas de juego” las imponen en las democracias las mayorías y, de la misma forma que los derechos deberían ser iguales para todos, las obligaciones también deberían serlo. Y si la mayoría entiende que el impuesto debería ser o es una obligación, también debería ser igualitario para todos. ¿Lo es? La respuesta es no. No lo es. Por cuanto los miembros del gobierno -que son personas humanas como nosotros- no tributan, solamente recaudan de lo ajeno.

Hay que estar prevenidos a los juegos que se suelen hacer con la palabrita “igualdad”, juegos a que los juristas son especialmente afectos en jugar. En dicho sentido, es correcto decir que todos somos iguales en cuanto a que todos pagamos impuestos. Pero no es igual de cierto decir que todos pagamos impuestos por igual, ni tampoco todos pagamos los mismos impuestos, y -mucho menos- que todos pagamos la misma cantidad por cada impuesto que pagamos.

Entonces, se difumina la idea de “igualdad” que todos enuncian en abstracto, pero se niegan a concretizar y particularizar. Cuando empezamos a ver el asunto a fondo nos empezamos a dar cuenta que la cacareada igualdad, de la cual tan orgullosos se muestran los juristas, políticos y demás demagogos, no existe.

Sentado esto, digamos que, en materia fiscal, los burócratas no son iguales a nosotros los del llano. Aquí deberemos retomar lo que ya explicamos sobre el “contribuyente” (expoliado, en rigor) de hecho y de derecho.

Podría quizá haber una ley (decreto, resolución etc.) que dijera que los empleados estatales deben pagar impuestos como “todo el mundo”. Lo que sucede es que, ese régimen legal por el cual se les quisiera hacer pagar impuestos a los empleados estatales (incluimos en este rótulo empleados llanos, funcionarios de todas las jerarquías, desde el presidente nacional hasta el portero de la casa de gobierno) no podrían cumplir, ni, aunque quisieran. En tal sentido, nunca serian iguales a los privados.

Por ejemplo, supongamos el empleado estatal Juan que trabaja en cualquier puesto de cualquier ministerio, repartición, etc. y que recibe un “salario” de $ 1000.-

Juan puede cobrar $ 1000.- de “salario” porque esos $ 1000.- provienen de impuestos que han pagado -por caso- Pedro, José, Luis y Carlos que trabajan en el sector privado, a razón de $ 250 cada uno.

Si, eventualmente, se le quisiera hacer “pagar” impuestos y -figurativamente- debiera sufragar $ 100.- va de suyo que esos $ 100.- solo podrían salir de los $ 1000.- (los ingresos de Juan). Pero esos $ 100 que se dice “ingresa” Juan por impuestos, en realidad, los están costeando o -mejor dicho- ya los adelantaron, Pedro, José, Luis y Carlos cuando oblaron los impuestos con los cuales se le pagó el “sueldo” a Juan.

Conclusión: los burócratas no pagan impuestos en su condición de burócratas, porque si lo hicieran no estarían más que reingresando al fisco el producido de los impuestos previamente oblados e incorporados al fisco por el sector privado. Esto aplica a todos los burócratas de los tres niveles (nacional, provincial y municipal). En consecuencia, es falso que el impuesto sea igual para “todos” y que “todos” los paguen. Los burócratas están exentos, si no de derecho si, de hecho.

Pero ¿cómo conciliaríamos esto con lo que dijimos que todos pagamos impuestos? Porque nos estamos refiriendo a los “contribuyentes” de hecho; estos siempre pagan impuestos, aunque no tengan que desembolsar ninguna suma de dinero.

Juan -como burócrata- podría tener su “sueldo” gravado de derecho, pero de hecho no está pagando nada que antes no lo hubiera pagado un particular vía impuestos, dado que los únicos que generan riqueza son los particulares, nunca los burócratas.

Pero, como las leyes de la economía no pueden ser violadas por las leyes jurídicas que, frente a las económicas son irrelevantes, de todos modos, Juan, si bien está exento de hecho como burócrata no lo está como consumidor, ya que su condición de burócrata no impide que mantenga la de consumidor. Es más, Juan podría dejar de sur un burócrata, lo que nunca podrá es dejar de ser un consumidor de hecho. O sea, si bien como burócrata Juan no produce absolutamente nada, como consumidor continúa consumiendo como cualquier otro ser humano.

Así, en cuanto a consumidor, Juan “pagará” el impuesto dejando forzosamente de consumir aquellos productos que -“gracias” a los impuestos con los cuales se le paga (entre otros destinos) su “salario”- el sector privado dejará de producir y -por lo tanto- de comerciar.

En este sentido, nuestro empleado estatal se verá también perjudicado por el mismo impuesto merced al cual cobra su “salario”. Lo que recibe por un lado lo pierde por el otro. Ninguna ley jurídica pudo jamás cambiar este hecho, porque las leyes jurídicas nunca pudieron ni pueden violar las leyes económicas, ya que estas no dependen de la voluntad de ninguna persona en particular.

“Hay gente, sin embargo, continúa su razonamiento el eminente economista inglés, que no acepta un principio general de justicia como una base sobre la cual sea posible establecer una teoría de. las finanzas y que requieren alguna cosa más especial, como ellos dicen. Ellos prefieren mejor considerar el impuesto pagado por cada miembro de la sociedad como el equivalente del valor que él recibe a título de servicio del gobierno: ellos prefieren mejor sostener que es justo que cada uno contribuya a las cargas públicas en razón de sus facultades, porque el que tiene dos veces más bienes para defender que otro, recibe —conforme a todo cálculo— una suma doble de protección y debe, de acuerdo a los principios de la mercancía y de la venta, pagar doblemente por esta protección.”[1]

Se insiste en lo que podríamos llamar la “teoría del servicio” y, en un sentido más realista, no se habla del “servicio del estado” sino del “gobierno”. Pero, ya hemos refutado este punto anteriormente, cuando expusimos que los posibles “servicios” que “prestan” los burócratas no son más que los mismos servicios que -en mejores condiciones de precio, costo y calidad- suministraban antes los particulares, y que el gobierno puede “ofrecerlos” porque ha privado a esos particulares de los medios y los recursos para que pudieran hacerlo como lo hacían antes de la expoliación “legal”.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Obligación e igualdad fiscal

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/10/obligacion-e-igualdad-fiscal.html

“c) La obligación que tienen los ciudadanos de pagar impuestos radica en el hecho de formar parte de una comunidad política organizada: la obligación afecta no sólo a los “nacionales”, sino a los “extranjeros”, aunque con diversa intensidad, los nacionales son miembros “permanentes” de la comunidad: su obligación es “integral” y “constante”, es decir: obligación de pagar “todos” los impuestos y durante “todo” el tiempo que conserven el vínculo de nacionalidad; los extranjeros son miembros “accidentales” de la comunidad, ya por residir su “persona” en el territorio nacional, ya por radicar en él sus “bienes”: su obligación es “temporal” y “parcial”, o sea: sólo durante el periodo de residencia o con respecto a los bienes nacionalizados. La tasa carece de estos atributos políticos.”[1]

Excepto aquellos que hubieran prestado su previo y libre consentimiento, nadie forma parte de ninguna comunidad de manera forzada, o sea, sin que se viole su libertad de asociación al obligárselo al ingreso forzoso a una comunidad a la que no se le ha consultado sobre sus deseos de pertenecer a ella y -para peor- se lo compele a financiar a aquellos que se dicen sus “titulares” o “representantes”.

En consecuencia, el punto c) de la cita anterior no nos brinda “fundamento” alguno, ya que deja sin base esa falsa “obligación”.

Esta conclusión se hace extensiva a los extranjeros, excepto que hubieran dado (como en el caso de los locales) su previa aceptación a contribuir económicamente con el gobierno al ingresar al pais. En caso contrario, tampoco deberían ser forzados a pagar nada, porque el elemento coactivo carece de base legal y si se argumenta -desde el positivismo jurídico– que la tiene, nosotros -desde nuestra postura iusnaturalista– lo negaremos, y agregaremos que, aunque se la acepte desde el positivismo, no hay desde la moral y la ética ningún respaldo de este tipo para sostener esa actitud.

El fundamento de nuestra posición ya fue dado: la mayoría no puede obligar a la minoría so pretexto de “democracia” a ser sujeto pasivo de actos inmorales como es el de dejarse robar por quienes alegan “representar” a un mítico “estado”, “pais”, “gobierno”, “nación” o, en su caso, rey, monarca, déspota, jefe de estado, director supremo o el título que quiera auto arrogarse. Bien dijo Herbert Spencer que el derecho divino de los reyes devino en el derecho divino de los parlamentos, pero los liberales creyentes no reconocemos más derecho divino que el de Dios mismo. Ningún derecho creado por el hombre puede reclamar para si divinidad alguna. El derecho humano es solo una improvisada herramienta de convivencia y nada más. Allí se agota su función. Si no la cumple, no sirve para nada.

No existe ninguna obligación moral de pagar tributos, impuestos, tasas, contribuciones o el nombre ficticio que se le quieran dar. No es moral violar la libertad de las personas, ni siquiera en nombre de esa falsa “divinidad” que llaman “estado”.

“1. La noción de la igualdad. Hay algunos rasgos esenciales del impuesto que la doctrina ha recogido para convertir en verdaderas reglas. Así, el carácter de la Igualdad en la aplicación y distribución del impuesto. En su amplia exposición sobre materia de impuestos, John Stuart Mili se pregunta: “¿Por qué motivo la igualdad debe ser la regla en materia de impuesto?” Y agrega que la respuesta debe ser que ella debe constituir la regla en todas las materias de gobierno. Como un gobierno no debe establecer distinciones de personas y de clases, y debe reconocer un derecho a todos a sus servicios, los sacrificios que él reclama se deben hacer gravitar, poco más o menos, del mismo modo sobre todos los habitantes, siendo de subrayar que de esta manera se reclama el menor sacrificio de los interesados. Si alguno no soporta su parte de la carga común, hay alguien que soporta más que su parte, y todas las cosas iguales por otra parte, la exoneración de uno no es igual a la sobrecarga que pesa sobre el otro. Entonces, cuando se dice en política, igualdad en materia de impuestos, esto significa, igualdad de sacrificio: vale decir, que la parte en la cual cada uno contribuye a los gastos del gobierno, debe ser reglada de modo que una persona no sufra más que otra, de la obligación de contribuir a sus gastos. Este ideal, como todos los otros, no puede ser realizado completamente; pero lo que es necesario buscar, ante todo, en toda discusión práctica, es determinar en qué consiste la perfección.”[2]

Antes que preguntarse por qué “la igualdad debe ser la regla en materia de impuestos”, la pregunta fundamental debería ser ¿Por qué los impuestos? Pero ciertamente las respuestas que recibiríamos serían las que ya examinamos: nos hablarían de la “necesidad” de un mítico “estado” lo que nos han enseñado a todos en la escuela, si, a todos, incluyendo a quien esto escribe. La diferencia es que, una amplia mayoría se ha conformado con esa respuesta, la ha admitido sin mayor análisis ni examen crítico. En cambio, otros, como nosotros, han pretendido ir más allá, al fondo del asunto. Y cuando se llega al fondo del asunto la conclusión no puede ser otra: los impuestos no tienen razón de ser.

Pero si la mayoría (como sucede) ha aceptado la existencia de los impuestos ¿no deberían ser estos iguales para todos?

La respuesta es simple: no. Porque si la mayoría impone impuestos en contra de una minoría (que no los admite) aquella mayoría no tiene ningún derecho para someter a la minoría a algo que afecta a su derecho de propiedad. Este es el punto central del debate que está casi ausente en toda la discusión sobre los impuestos: la importancia de la propiedad y su carácter de derecho. Nos dicen que es uno de los casos donde la propiedad “debe ceder”. ¿Qué argumento es este? Y ¿por qué “debería ceder” en materia de impuestos y no en otros casos? Simplemente porque los impuestos son el alimento de la burocracia que es la que detenta el poder real. Y todo lo demás que se diga es puro palabrerío vacuo.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Soberanía, pueblo e impuestos

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/10/soberania-pueblo-e-impuestos.html

Difícilmente exista un ser humano que domine todos (absolutamente todos) los aspectos de una misma materia (por lo menos nosotros no conocemos ninguno), ya que cualquier materia es objeto de diferentes enfoques, según quien la estudie y la divulgue. Somos partidarios de la convicción de que el conocimiento nunca está acabado, sino que es un proceso continuamente evolutivo, sin fin, caso contrario seguiríamos creyendo que la Tierra es plana como antigua y popularmente se creía, y desconoceríamos la ley y gravedad como sucedía antes de que Newton la descubriera. Pero decimos notar cierta arrogancia del autor citado[1] cuando dice que las definiciones diferentes a la suyas “pecan …porque son parciales, así como lo es su propio enfoque de la materia”, porque daría la impresión que el sí posee el enfoque totalizador de la materia y no simplemente uno parcial.

“4. Diferencias entre impuestos y tasas. Se suele caer en confusionismo al analizar las raíces de ambas instituciones. Probablemente más de una errónea calificación del impuesto se origina en la confusión que se introduce, si no en la doctrina, en la práctica, al intentar la caracterización del impuesto y de la tasa. Ruzzo nos da la línea separatoria de la que es tan fácil desviarse. “Las diferencias entre impuesto y tasa nacen de este concepto fundamental: en el caso del impuesto, el Estado lo aplica en virtud de soberanía política, y en el caso de la tasa procede como empresario de ciertas actividades que, a menudo, tienen carácter industrial.”[2]

Para analizar esta cita primero debemos enmarcar el concepto de soberanía. Procedamos a hacerlo:

“Soberanía.

Para la Academia, calidad de soberano. | Autoridad suprema del poder público.

En el terreno jurídico, el problema de vieja y tradicional discusión es el de determinar en quién recae la soberanía, solución que depende del punto de vista que se adopte.

Sánchez Viamonte, escribiendo sobre el constitucionalismo, ha explicado con acierto y claridad que, en las repúblicas democráticas, no puede haber más soberanía interna o externa que la popular, por lo que, desde un punto de vista político, la soberanía es la voluntad de la mayoría, si bien la validez de la expresión de la voluntad mayoritaria ha de estar sujeta a su conformidad con el ordenamiento jurídico, precisamente porque la democracia es el Estado de Derecho, sometido a éste en la totalidad de su existencia y manifestación, de modo que la soberanía política quede subordinada a la soberanía jurídica, problema vinculado con los de la vigencia constitucional y de la supremacía de la Constitución. El mismo autor llega a definir la soberanía diciendo que es “la plenitud lograda por la voluntad política del pueblo para determinarse y para manifestarse, de suerte que está comprendida en ella la autolimitación o la sujeción de determinadas normas, establecidas como condición para su validez, y así, las formas jurídicas adquieren la importancia y jerarquía de condiciones impuestas a la soberanía… y de cuyo cumplimiento depende la legitimidad y validez de la voluntad política”.[3].

Siendo esto así, la soberanía política recae en el pueblo y no en el “estado” con lo que la definición de Ruzzo es equivocada. Pero hay más para decir a este respecto. El “pueblo” -como tal- tampoco existe como no existe el “estado”. Se trata de otra entelequia.

“Pueblo.

 En una acepción equivalente a población, ciudad, villa o lugar. | También conjunto de personas que componen un pueblo, provincia o nación. | Gente común y humilde de una población.

Este último sentido va perdiendo su importancia conforme van nivelándose las clases sociales.”[4]

La clave que nos da la definición anterior está en las palabras personas y gente. De donde la soberanía política que se dice reside en el pueblo significa -en último grado- que la unidad mínima de esa soberanía se localiza en cada individuo (persona, gente) que conforma esa etiqueta (pueblo) que es tal simplemente para designar a un conjunto de personas que viven en un determinado lugar, de igual manera que la palabra sociedad (de alcance más amplio) es otra etiqueta para designar a un grupo de personas en el sentido anterior (lugar) o temporal (por ejemplo cuando se habla de la sociedad antigua, contemporánea, etc.).

Entonces, y derivado de todo lo anterior, la soberanía política no es más que la suma de las soberanías individuales, y no puede ser al revés, ni puede ser independiente una de la otra sin caer en contradicción.

La unidad soberana es el individuo. Con lo que nuevamente Ruzzo está doblemente equivocado.

Ahora bien, si la soberanía política no es otra cosa que la suma de las soberanías individuales (personas, gente) no puede ser -al mismo tiempo- solamente la soberanía de la mayoría, con lo que Sánchez Viamonte también está equivocado, aun cuando pretenda subordinar esa soberanía mayoritaria a otra soberanía de orden jurídico.

Olvida el ilustre jurista que el ordenamiento jurídico no es un dato, no es algo “dado”, sino que su origen reside precisamente en la soberanía política, que es la que crea y -eventualmente- modifica ese mismo orden jurídico.

La historia de los numerosísimos derrocamientos, golpes de estado, revoluciones, tiranías y demás dictaduras desconociendo el orden jurídico preexistente a su establecimiento deberían ser prueba suficiente para convencerse que el “orden jurídico” no es un absoluto inamovible, y que no todos, ni en todos los tiempos se ha coincidido en el mismo. Es que hablar del “orden jurídico” en abstracto es irrealista. Lo que importa es estudiar el contenido de eso que se llama “orden jurídico” porque a este rótulo recurrieron todos los dictadores del mundo de todas las épocas para calificar al conjunto de las “leyes” dadas por sus regímenes despóticos. Si es por caso, ni la Alemania nazi, ni la Italia fascista, ni la Rusia comunista carecieron de un régimen legal, y a este régimen legal sus dictadores les llamaron del mismo modo “orden jurídico”.

Pero volviendo al tema, y para no extendernos sobre lo que pareciera una digresión, pero no lo es, porque es fundamental definir términos y aclarar conceptos, por todas estas razones Ruzzo se equivoca y su definición es inaceptable. Menos aun cuando -en función de la misma- autoriza a su entelequia (“estado”) a actuar como empresario.


[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein M. Ibidem.

[3] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553

[4] Ossorio, ibidem.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Una cuestión vital acerca del aborto

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 14/9/20 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/una-cuestion-vital-acerca-del-aborto-nid2447524


Lo que en gran medida ocurre hoy en el denominado mundo libre presenta facetas preocupantes en diversos planos pero en esta nota periodística aludimos a un aspecto que estimamos vital, no en sentido figurado sino literal. Nos referimos a un ser humano en acto con la carga genética completa desde el momento de la fecundación del óvulo, distinta del padre y de la madre por lo que su exterminación resulta un despropósito mayúsculo e injustificable para cualquiera que considera que lo primero es respetar la vida.

A veces se ha mantenido que esto no debe plantearse de este modo puesto que “la madre es dueña de su cuerpo”, lo cual es absolutamente cierto, pero no es dueña del cuerpo de otro, y como las personas no aparecen en los árboles y se conciben y desarrollan en el seno materno, mientras no exista la posibilidad de transferencias a úteros artificiales u otro procedimiento es inexorable respetarlo. Es cierto que está en potencia de muchas cosas igual que todo ser humano independientemente de su edad, por lo que constituye una arbitrariedad superlativa inventar un momento de la gestación para proceder a la liquidación de esa vida humana como si se produjera una mágica mutación en la especie, lo cual, dicho sea de paso, es una lógica tan arbitraria que puede conducir a la justificación del infanticidio.

En este sentido y antes de seguir adelante con este tema -sin perjuicio de otras muchas declaraciones científicas procedentes de distintas partes del mundo- es pertinente reproducir la muy oportuna declaración oficial en el medio argentino por parte de la Academia Nacional de Medicina de la que transcribo lo siguiente resuelto por su Plenario el 30 de septiembre de 2010 donde concluye: “Que el niño por nacer, científica y biológicamente es un ser humano cuya existencia comienza al momento de su concepción. Desde el punto de vista jurídico es un sujeto de derecho como lo reconoce la Constitución Nacional, los tratados internacionales anexos y los distintos códigos nacionales y provinciales de nuestro país. Que destruir a un embrión humano significa impedir el nacimiento de un ser humano. Que el pensamiento médico a partir de la ética hipocrática ha defendido la vida humana como condición inalienable desde la concepción. Por lo que la Academia Nacional de Medicina hace un llamado a todos los médicos del país a mantener la fidelidad a la que un día se comprometieron bajo juramento.”

Por supuesto -agregamos nosotros- que el argumento central es de carácter científico y no legal puesto que puede que la ley diga lo contrario a lo estipulado a la fecha de la antedicha declaración, lo cual no modifica un ápice el sustento científico-moral de lo expresado.

Como queda dicho, un embrión humano contiene la totalidad de la información genética: ADN o ácido desoxirribonucleico. En el momento de la fusión de los gametos masculino y femenino -que aportan respectivamente 23 cromosomas cada uno- se forma una nueva célula compuesta por 46 cromosomas que contiene la totalidad de las características del ser humano.

Como queda dicho, solo en base a un inadmisible acto de fe en la magia más rudimentaria puede sostenerse que diez minutos después del nacimiento estamos frente a un ser humano pero no diez minutos antes. Como si antes del alumbramiento se tratara de un vegetal o un mineral que cambia súbitamente de naturaleza. Quienes mantienen que en el seno materno no se trataría de un humano del mismo modo que una semilla no es un árbol, confunden aspectos cruciales. La semilla pertenece en acto a la especie vegetal y está en potencia de ser árbol, del mismo modo que el feto pertenece en acto a la especie humana en potencia de ser adulto.

De Mendel a la fecha, la genética ha avanzado mucho, Jérôme Lejeune, el célebre profesor de genética de La Sorbona, escribe: “Aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida de un nuevo ser humano no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser desde su concepción hasta el final de sus días no es una afirmación metafísica, es una sencilla evidencia experimental”.

La evolución del conocimiento está inserta en la evolución cultural y, por ende, de fronteras móviles en el que no hay límite para la expansión de la conciencia moral. Constituyó un adelanto que los conquistadores hicieran esclavos a los conquistados en lugar de achurarlos. Más adelante quedó patente que las mujeres y los negros eran seres humanos, que se les debía el mismo respeto que a otros de su especie. En nuestro caso, la secuencia embrión-mórula-blastocisto-feto-bebe-niño-adolecente-adulto-anciano no cambia la naturaleza del ser humano. La implantación en la pared uterina (anidación) no implica un cambio en la especie, lo cual, como señala Ángel S. Ruiz en su obra sobre genética “no añade nada a la programación de esa persona”, y dice que sostener que recién ahí comienza la vida humana constituye “una arbitrariedad incompatible con los conocimientos de neurobiología”. La fecundación extracorpórea y el embarazo extrauterino subrayan este aserto.

Se ha dicho que el feto es “inviable” y dependiente de la madre, lo cual es también cierto, del mismo modo que lo son los inválidos, los ancianos y los bebes recién nacidos, de lo cual no se sigue que se los pueda exterminar impunemente. Lo mismo puede decirse de supuestas malformaciones: justificar las matanzas de fetos justificaría la liquidación de sordos, mudos e inválidos. Se ha dicho que la violación justifica el mal llamado aborto, pero un acto monstruoso como la violación no justifica otro acto monstruoso como el asesinato. Se ha dicho, por último, que la legalización del aborto evitaría las internaciones clandestinas y antihigiénicas que muchas veces terminan con la vida de la madre, como si los homicidios legales y profilácticos modificaran la naturaleza del acto.

Entonces, en rigor no se trata de aborto sino de homicidio en el seno materno, puesto que abortar significa interrumpir algo que iba a ser pero que no fue, del mismo modo que cuando se aborta una revolución quiere decir que no tuvo lugar. De más está decir que no estamos aludiendo a las interrupciones naturales o accidentales sino a un exterminio voluntario, deliberado y provocado.

Tampoco se trata en absoluto de homicidio si el obstetra llega a la conclusión -nada frecuente en la medicina moderna- de que el caso requiere una intervención quirúrgica de tal magnitud que debe elegirse entre la vida de la madre o la del hijo. En caso de salvar uno de los dos, muere el otro como consecuencia no querida, del mismo modo que si hay dos personas ahogándose y solo hay tiempo de salvar una, en modo alguno puede concluirse que se mató a la otra.

Se suelen alegar razones pecuniarias para abortar, el hijo siempre puede darse en adopción pero no matarlo por razones crematísticas, porque como se ha hecho notar con sarcasmo macabro, en su caso “para eso es mejor matar al hijo mayor ya que engulle más alimentos”. Como ha dicho Ronald Reagan: “Tienen suerte los abortistas de que no se les haya aplicado las recetas que ellos patrocinan”.

La lucha contra este bochorno en gran escala reviste mucha mayor importancia que la lucha contra la esclavitud, porque por lo menos en este caso espantoso hay siempre la esperanza de un Espartaco exitoso, mientras que en el aborto no hay posibilidad de revertir la situación.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h