El caos puede apoderarse pronto de Guyana

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 3/8/20 en: https://www.eldiarioexterior.com/el-caos-puede-apoderarse-pronto-50460.htm

La sombra de una posible guerra civil está lentamente apareciendo

Hace ya un poco más de cuatro meses que Guyana tuvo sus elecciones nacionales, en un marco relativo de orden y paz. No obstante, insólitamente aún no se han confirmado sus resultados.

Por ello, la sombra de una posible guerra civil está lentamente apareciendo en el mencionado país sudamericano, que luce comprensiblemente tenso. Más aún, bastante nervioso.

El actual presidente, David Granger, insólitamente aún no ha aceptado los resultados que, por lo demás, sugieren preliminarmente que ha salido perdidoso de la reciente compulsa electoral. Esto es, derrotado por el denominado Partido del Pueblo Progresista. Pero hoy, las acusaciones de fraude electoral pululan fértilmente en el pequeño ambiente político local.

Desde el CARICOM alertan -con meridiana claridad- que el mencionado David Granger está “jugando con fuego”, en su todavía silenciosa amenaza de desconocer el veredicto de las urnas. Y así parece, efectivamente.

Tanto desde la OEA, como desde los Estados Unidos, se descuenta que Granger fue efectivamente derrotado. Por escaso margen. Pero fue vencido.

Los norteamericanos, por su parte, en prueba de descontento, ya han iniciado medidas sancionatorias, por el momento limitadas a restricciones a la emisión de visas.

Lo que acontece está demorando al avance de la explotación de los hidrocarburos, emplazados en yacimientos “costa afuera”, que fueran descubiertos por Exxon en el yacimiento denominado Payará. Se estima que, por lo menos, esa demora será de un año, quizás más. Esto no es para aplaudir, desde que posterga la obvia mejora del nivel de vida local, puesto que hablamos de nada menos que unos 8 billones de barriles de crudo, de buena calidad.

Por todo lo antedicho se cierne una posible tormenta, cuya materialización dependerá, en definitiva, de que las autoridades actuales acepten que su pueblo les ha pedido desde las urnas, nada menos que dar un democrático “paso al costado”.

Alguna vez se dijo que si la honradez no fuera un deber, por lo menos debería ser un cálculo. De esto se trata en Guyana. Y el presidente David Granger debe comprenderlo. Si se transforma en dictador, todos en la multirracial Guyana sufrirán. Inexorablemente.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Fue profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

El peligro inmenso de los empresarios prebendarios

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 1/8/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/08/01/el-peligro-inmenso-de-los-empresarios-prebendarios/

En una sociedad abierta, el empresario es un benefactor de la comunidad: lleva a cabo sus operaciones con el fin de mejorar su propio patrimonio, pero para lograr ese propósito está obligado a servir a su prójimo

Vista de la Casa Rosada (iStock)
Vista de la Casa Rosada (iStock)

Adam Smith en su obra cumbre de 1776 se refiere a las propuestas de comerciantes contrarios a la competencia y aliados al poder de turno de este modo: “Es preciso siempre escuchar con los mayores recelos cualquier proyecto de ley o de ordenanza nuevas que proponga esta clase de personas […] cuyo interés no coincide jamás con el del público, de una clase de personas que tiene generalmente interés en engañar e incluso en oprimir al público y que por ello han engañado y oprimido, efectivamente, en muchas ocasiones”.

Los problemas apuntados se redoblan para la comunidad cuando cámaras empresarias adhieren a las prebendas. Ya he escrito sobre el significado del peronismo en distintas ocasiones, lo cual no reiteraré en esta oportunidad pues nos desviaría del aspecto central que pretendo abordar en esta nota periodística, por lo que me limito a reproducir algunas de las declaraciones de cámaras empresarias durante el régimen que Roberto Aizcorbe transcribe en su libro titulado Revolución y decadencia. Así en 1946, la Bolsa de Comercio sostuvo respecto al primer Plan Quinquenal que “nadie podrá negarse a apoyar todo lo que se relaciona con los propósitos perseguidos”. En 1948 la Sociedad Rural afirmó que “la palabra del Primer Magistrado traduce todo un programa en la materia y merece el beneplácito de los productores agropecuarios”. En 1950 la Cámara de Industriales Metalúrgicos pontificó respecto a Eva Perón que “es dado advertir la bienhechora influencia de quien con verdadera veneración ha podido ser llamada la Dama de la Esperanza”. El primero de septiembre de 1955 un grupo empresario encabezado por Alfredo Fortabat insistió en que se “reclama la permanencia del general Perón en la presidencia de la república”.

Es que el empresario se caracteriza por desarrollar un sentido de oportunidad para detectar cuando los costos están subvaluados en términos de los precios finales y, por ende, sacar partida del arbitraje correspondiente. En un mercado libre cuando el comerciante da en la tecla con los gustos y preferencias de su prójimo obtiene ganancias y cuando yerra incurre en quebrantos. Pero el empresario como tal no está preparado en temas de filosofía política ni en los fundamentos de la economía por lo que si el monopolio de la fuerza que denominamos gobierno le ofrece prebendas en general las aceptará pues aparentemente resulta más cómodo y menos oneroso que esforzarse por competir en el mercado, aunque como veremos más abajo sus empresas quedan colonizadas por el poder político. Claro que además estos procedimientos tienen su contrapartida en el derroche de capital que implican cuando la gente se ve obligada a comprar más caro, de peor calidad o las dos cosas al mismo tiempo. Y, a su turno, el consecuente despilfarro inexorablemente conduce a la reducción de salarios e ingresos en términos reales puesto que estos dependen exclusivamente de las tasas de capitalización. Esto desde luego que no va para todos los empresarios, los hay que no solo comprenden los efectos negativos para la comunidad de las políticas de la prebenda sino que mantienen un sentido de la dignidad y de independencia.

Pero existe el riesgo de la tentación autoritaria y estatista, por lo que la actividad empresaria en una sociedad libre debe limitarse a operar en el mercado lejos de las redes políticas. Es común que los susodichos empresarios prebendarios argumenten que, por ejemplo, no debe abrirse la competencia internacional eliminando aranceles puesto que necesitan tiempo para ajustar sus actividades a la experiencia del exterior, sin percatarse de que no hay derecho a endosar sus costos sobre las espaldas de los consumidores. Si necesitan ese tiempo deben absorber los costos que demandan los primeros períodos con la idea de más que compensarse en las etapas subsiguientes y si mantienen que no tienen los recursos para afrontar semejante situación deben vender la idea a otros para lograr el objetivo. Y si nadie les compra la idea es porque el proyecto está mal evaluado, o estando bien presentado el negocio en cuestión si otros empresarios no aceptan el ofrecimiento es debido a que hay otros reglones que son aun más atractivos y como todo no puede llevarse a cabo al unísono puesto que los recursos son limitados, el proyecto de marras debe esperar a una mejor ocasión.

A veces el discurso se pone grandilocuente al referirse al comercio internacional, pero el concepto es exactamente el mismo si un vecino descubre un procedimiento más eficiente de producir un bien o prestar un servicio. Nadie en su sano juicio a esta altura del partido propondrá aduanas interiores para “protegerse” de la eficiencia. Los ríos, las montañas y los mares no modifican los nexos causales de las leyes económicas. Como hemos destacado antes, desde la perspectiva liberal la única razón por la que el globo terráqueo está dividido en naciones es para defenderse del riesgo fenomenal de la concentración de poder en un gobierno universal, pero tomarse en serio las fronteras constituye una sandez mayúscula. Las culturas alambradas son una muestra de regresión a la edad de piedra.

El empresario en una sociedad abierta es un benefactor de la comunidad, no porque haga las cosas por filantropía. Lleva a cabo sus operaciones con el fin de mejorar su propio patrimonio pero para lograr ese propósito en un mercado libre está obligado a servir a su prójimo. En este sentido, hay autores que han sostenido que debieran sustituirse en las plazas públicas los monumentos de militares y políticos y colocar monumentos a empresarios puesto que los primeros muchas veces ponen palos en la rueda mientras que los segundos son los que resuelven los problemas de los transportes, comunicaciones, alimentación, vestimenta, fármacos y todo cuanto se nos ocurra. Pero reiteramos que esto ocurre cuando el empresario opera en el terreno que le es propio sin politizarse y mucho menos combinarse en aquella cópula hedionda con el gobierno del momento para explotar miserablemente a la gente en cuyo contexto actúan como aplaudidores oficiales, es decir, agentes rastreros y serviles del aparato estatal.

El premio Nobel en economía George Stigler señala en Placeres y dolores del capitalismo que “han sido ellos, los empresarios, quienes han convencido a los gobiernos que iniciaran controles sobre las instituciones financieras, los sistemas de transportes, las comunicaciones, las industrias extractivas, etc.” y a continuación subraya que es ingenuo pensar que solo ellos serán los beneficiarios y no otros sectores pero “el Estado no es una concubina, sino una ramera”. Robert Nozick coincide en esta conclusión en su obra más divulgada: “Gran parte de la regulación gubernamental de la industria está originada y está dirigida a la protección contra la competencia que promueven las empresas establecidas”. Y Richard McKenzie en su libro que lleva el sugestivo título de Usando el poder gubernamental: los empresarios contra la libre empresa afirma que “cuando no hay límites en la acción gubernamental, los empresarios compiten por el uso del poder gubernamental. También el prominente empresario estadounidense Charles Koch declara: “¿Qué está pasando aquí? ¿Los dirigentes empresarios se han vuelto locos? ¿Por qué están autoaniquilándose debido a la voluntaria y sistemática entrega de ellos mismos y sus empresas a reglamentaciones gubernamentales? La contestación desde el luego es simple. No, los empresarios ejecutivos no comparten el deseo del suicidio colectivo. Ellos piensan que obtienen ventajas especiales para sus empresas, pero se están engañando. En realidad están vendiendo su futuro”.

Exactamente esta es la explicación: los empresarios prebendarios están rematando sus empresas, su familia y su futuro al entregar el sistema a las fauces del Leviatán. Como ha escrito el antes mencionado profesor McKenzie, “los empresarios necesitan la libre empresa porque es un sistema que los protege contra ellos mismos”, además de beneficiar a toda la comunidad, muy especialmente a los que menos tienen.

Dejando de lado las donaciones, solo hay dos formas de enriquecerse: sirviendo al prójimo o expoliándolo. En la sociedad libre, los arreglos contractuales voluntarios hacen posible obtener ventajas recíprocas, mientras que el robo al fruto del trabajo ajeno es característica medular del estatismo donde los gobiernos abandonan su misión de proteger las autonomías individuales y los consecuentes derechos de las personas que son anteriores y superiores a la existencia de los aparatos estatales. En la antigüedad, los reyes y emperadores otorgaban permisos y licencias para todas las actividades de sus súbitos, mientras que los mercados libres abolieron esos privilegios y barreras, una situación que los empresarios prebendarios apuntan a revertir al efecto de volver a las edades de las cavernas.

Resulta en verdad paradójico que muchos de los burócratas modernos la emprenden contra los genuinos empresarios mientras cobijan a los prebendarios, esto es, atacan a los benefactores de la humanidad y defienden a los explotadores. Esto es así en gran medida porque buena parte de los políticos nunca han tenido nada que ver con el trabajo honesto en una empresa y no tienen la más pálida idea de que significa. Esta es una razón adicional para adoptar sugerencias en cuanto a que, por ejemplo, los miembros del Poder Legislativo trabajen en ese campo tiempo parcial y de manera muy limitada para no solo poner coto al absurdo y contraproducente ímpetu legislativo sino para que los legisladores se ganen el sustento en el mercado y no vivan solamente a costa de los que trabajan en faenas legítimas y todavía se burlan de sus ocupaciones que consideran subalternas a sus designios imperiales.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Soberanía alimentaria: otra sandez

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 10/6/2020 en: https://eleconomista.com.ar/2020-06-la-soberania-alimentaria-otra-sandez/

 

Tal como hemos advertido en diversas circunstancias, hoy el Gobierno sigue los lineamientos del chavismo y si no se revierte a tiempo terminará en la misma tragedia venezolana.

Ahora se anuncia la expropiación de una empresa centenaria con gran presencia en la exportación agroindustrial, harinas, aceites, la ganadería, la industria frigorífica y la vitivinicultura. Se presentó en concurso de acreedores debido a un pasivo de más de US$ 1.000 millones con bancos y más de US$ 300 millones adeudados con el sector agrícola.

Como es de público conocimiento, el gasto estatal se encuentra a niveles astronómicos lo cual hace que la carga tributaria resulte descomunal, la deuda, hoy nuevamente en proceso de “renegociación”, ha escalado a niveles insostenibles a lo que se agrega una expansión monetaria colosal en un contexto de amenazas a la libertad de prensa, proyectadas reformas inauditas al Poder Judicial, querellas frenadas por sonados casos de corrupción y la pretensión de endosar el manejo presupuestario a la jefatura de gabinete lo cual es función primordial del Poder Legislativo. Como si esto fuera poco, este enjambre se lleva a cabo machacando con las fallidas recetas de controles de precios y embates contra comerciantes.

¿Será posible que en lugar de encaminarnos hacia los principios alberdianos que en su momento hicieron de nuestro país uno de los más prósperos del planeta, nos encaminemos a la profundización del estatismo que nos viene hundiendo en el fango desde hace ocho décadas? ¿Será posible que no nos hayamos dado cuenta de los estrepitosos fracasos que ha provocado el estatismo en todo el mundo donde se ensayó?

Si no fuera dramático podríamos decir que lo que ocurre es digno de una producción cinematográfica de Woody Allen. Se vuelve a repetir la cantinela que la expropiación de marras “es una decisión estratégica del Gobierno” y que “rescatará la empresa y preservará las fuentes de trabajo”, sin percatarse que es la población que debe agregar al ya gigantesco peso que debe soportar cotidianamente con el fruto de su trabajo para todavía tener que financiar una aventura adicional. Esto es lo ideal para que se derrumben aún más los salarios e ingresos en términos reales. No son los gobernantes los que contribuyen de su peculio a estas financiaciones (ni ninguna otra), son los habitantes que deben absorber semejantes gastos adicionales lo cual acentúa la bancarrota al tiempo que ahuyenta a inversores potenciales locales y del extranjero pues resulta un riesgo superlativo el atreverse a encarar actividades económicas en un clima semejante.

Lo dicho también alude a una ridícula “soberanía alimentaria” que ha conducido a las hambrunas más espeluznantes en todos lados donde los aparatos estatales pretendieron inmiscuirse en la administración de alimentos, a lo que se acumulan las ya deficitarias empresas estatales. Como es sabido, la característica medular de una empresa es el arriesgar recursos propios, el dar un manotazo y poner en riesgo por la fuerza recursos de terceros no constituye una actividad empresarial. El mismo establecimiento de una empresa estatal significa que inexorablemente se altera la prioridad que establecen los consumidores con los siempre escasos recursos. Si, en cambio, la empresa estatal se ubicara en lo mismo que la gente prefiere no tiene sentido su intervención si va a hacer lo mismo que hubieran realizado las personas libremente con el consiguiente ahorro de gastos burocráticos.

Por lo dicho, politizar la actividad empresarial es lo peor para la salud de la economía. La asignación de los derechos de propiedad permite en una sociedad libre que obtengan ganancias los comerciantes que dan en la tecla respecto a los gustos de sus semejantes y que incurran en quebrantos los que no aciertan. Este proceso sanador contrasta con llamados empresarios, en verdad asaltantes, que se alían con el poder de turno para obtener privilegios que siempre atentan contra el bienestar de la población.

Es reconfortante la reacción y la preocupación por estas medidas alarmantes puestas en evidencia por destacados periodistas, sustanciosos colegas y la parte de la actual oposición liberada de los fracasos estrepitosos del Gobierno anterior. Es de desear que se recapacite antes de caer en el pestilente pozo venezolano donde el “exprópiese” resuena como un alarido mortal.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Argentina se “chaviza”, para eso se hizo la cuarentena

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 4/6/20 en:  https://alejandrotagliavini.com/2020/06/09/argentina-se-chaviza-para-eso-se-hizo-la-cuarentena/

 

El chavismo y el kirchnerismo hicieron de todo con la corrupción ...

 

“Hay quienes piensan distinto a mí, incluso yo, al cabo del tiempo, pienso distinto a mí”, J.L. Borges.

El mundo vive un “estado de miedo”. A partir del partido comunista chino y la OMS -burocracia dirigida por un ex integrante del gobierno marxista de Eritrea- se instaló el terror entre el público por una “pandemia” que muestra ser, como han dicho especialistas serios como Pablo Goldsmith, otra gripe. De hecho, al Covid 19 se le atribuyen unas 420.000 muertes mientras que la OMS estima que anualmente por influenza mueren hasta 650.000 (en Argentina, son 32.000 al año).

Y el miedo provoca a la violencia que sojuzga, por eso el ¡No tengáis miedo!, con el que Juan Pablo II saludó desde la Plaza de San Pedro, al iniciar su Pontificado, en 1978, fue el lema de su trabajo. Porque sabía que el coraje es el opuesto a la violencia al punto que volteó a la URSS, sin sangre, sin guerras, con acciones pacíficas.

Con el miedo han instalado “cuarentenas” forzadas por el monopolio de la violencia estatal y los ciudadanos viven entre el temor al virus y a ser encarcelados si desobedecen el confinamiento. Y las justifican ridículamente, como el “informe” del fallido Imperial College que asegura que el confinamiento en 11 países de Europa ha evitado más de tres millones de muertes. Un verdadero acto de ciencia ficción o de ficción ciencia.

Por su parte, economistas como Juan Ramón Rallo, sin que le importe el derecho humano de la libertad, dice que muchos pensarán “que han sido las medidas de distanciamiento físico decretadas por el Gobierno las que han hundido la economía… En ausencia de imposiciones gubernamentales, dirán, tal vez el número de muertos hubiese sido mayor, pero buena parte de la economía seguiría en funcionamiento… conclusión… esencialmente errónea: incluso sin medidas de distanciamiento físico impuestas… los propios ciudadanos las aplicarían… hundiendo… la actividad económica…”.

En primer lugar, no hay evidencia de que “el número de muertos hubiese sido mayor” sino lo contrario. Pero lo importante es que, aun si los ciudadanos aplicaran las mismas medidas voluntariamente, cosa que dudo que hicieran de no ser por el pánico difundido desde los gobiernos, la diferencia sería fundamental: en un caso es la violencia del Estado que reprime al mercado, en el otro es el mercado que busca su desarrollo y equilibrio.

Esta violencia, estas cuarentenas, han producido daños globales enormes y los desnutridos aumentarán en cientos de miles. En Argentina, por caso, el Estado se ha agrandado siendo su última acción la intervención y futura expropiación de Vicentin, la mayor comercializadora de soja, que es una de las mayores exportaciones del país, como el petróleo para Venezuela.

Como señalan I. Cachanosky y A. Etchebarne, “la palabra expropiación en los labios de un gobierno que ha elogiado… (a) Maduro… genera honda preocupación… no es la primera empresa expropiada, y lo más grave es que probablemente no será la última”.

José Luis Espert, destacado economista y político, escribió que el presidente “dijo con toda claridad que quieren… asegurarse la soberanía alimentaria”. Según Víctor Salmerón, en 2007, Chávez anunció la “soberanía alimentaria”, y hasta 2012 el Estado tomó el control de 26 empresas en el sector de alimentos y fundó compañías de helados, sardinas y atún, expropió silos, centros de acopio y seis millones de hectáreas.

La tendencia en Argentina es hacia el chavismo, mas allá de la ideología, por la misma inercia, porque con la cuarentena se ha agrandado enormemente el Estado mientras se destruye al sector privado y, en un círculo vicioso, a medida que las empresas privadas vayan quebrando, siguiendo la misma ideología serán expropiadas y Estado tendrá el peso, y el autoritarismo, del venezolano.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Asesor Senior de The Cedar Portfolio, Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

Coronavirus: elecciones en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 2/6/20 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/coronavirus-elecciones-consejo-seguridad-naciones-unidas-nid2372522

 

Por decisión expresa de los 193 miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas, las elecciones de los cinco nuevos “Miembros No Permanentes” de su Consejo de Seguridad no tendrán lugar el próximo 17 de junio, como estuviera originalmente previsto.

Para ello, ahora no habrá plenario, sino un procedimiento “ad hoc”, especial y secreto, al que se habrá de recurrir para tratar de evitar los contagios en tiempos de la dura pandemia de coronavirus que nos golpea a todos.

Simultáneamente, el mismo día, tendrá asimismo lugar la elección de los miembros del Consejo Económico y Social de la organización multilateral. También sin reunión presencial plenaria, obviamente.

Originalmente, la fecha para la elección era el 17 de junio. Ahora será el 20 de junio, pero reitero, sin que se haga una reunión plenaria, como es hoy natural.

Lo más relevante este año, en mi entender, será el regreso de la India al Consejo de Seguridad de la organización, aunque sólo por los próximos dos años, desde que la India no es uno de los Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad.

La India es uno de los Estados de las Naciones Unidas que más activamente sostiene que la composición del Consejo de Seguridad de la organización no representa en modo alguno la realidad geopolítica actual, por lo que entiende que debería reformarse, de modo de que ella también tenga permanencia y, a la vez, derecho de veto.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Fue profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

El “Grupo Wagner”, instrumento mercenario de la política exterior rusa

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 28/5/20 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-grupo-wagner-instrumento-mercenario-politica-exterior-nid2370583

 

Aunque para algunos pueda resultar increíble, las fuerzas militares mercenarias existen y actúan activamente en el mundo actual y son un instrumento de la política exterior de algunos países. Sin duda alguna, de Rusia, concretamente.

Se trata de un grupo presuntamente privado, creado en el año 2014, que, al servicio de los objetivos rusos de política exterior, ha estado activo en distintos conflictos militares recientes, como son, por ejemplo, los de Ucrania, Sudán, Zimbabwe, Nigeria, Yemen, la República Centro-africana y Sudáfrica y el actual que tiene a la convulsionada Libia como escenario, en el que combaten codo a codo con las milicias que comanda el auto-designado general y muy curioso “Señor de la Guerra”: Khalifa Haftar.

Pero también en Venezuela, donde se señala que algunos de sus miembros forman parte de la fuerte guardia personal que protege directamente al cuestionado pretendido presidente, Nicolás Maduro.

Hay quienes afirman que los mercenarios rusos ofrecen sus distintos servicios hasta a los grupos terroristas, que a veces los sub-contratan para realizar con ellos misiones especiales y puntuales.

Sus mercenarios suelen ser utilizados por Rusia acompañados de sus activos esfuerzos cibernéticos de desinformación. En algunos casos, el objetivo perseguido es político. En otros, puramente económico. Con frecuencia recibe pagos en diamantes y en oro, de modo de tratar de disimular sus reservados circuitos financieros y “lavar” sus ingresos sin dejar demasiados rastros y evadir las omnipresentes sanciones económicas norteamericanas. Por sus actividades en Siria se sospecha que el Grupo recibe pagos en especie, en este caso particular, realizados en hidrocarburos.

El Grupo responde a uno de los oligarcas más cercanos al presidente Vladimir Putin, Yevgeny Prigozhin, uno de los principales empresarios rusos del rubro de la alimentación. Prigozhin está imputado en los Estados Unidos por su aparente rol en los esfuerzos rusos de desinformación que intentaron influenciar los resultados de las elecciones norteamericanas de medio término, en el año 2018. No fue esa su primera aparición en el escenario internacional, sino una previa, en el conflicto que tuviera a Ucrania como escenario, en el que la Federación Rusa fuera uno de sus principales actores, obteniendo entonces, en 2014, la soberanía sobre el territorio de Crimea, como cuestionado “premio” por su intervención armada.

Tiene unos 5000 hombres en armas, bien organizados y entrenados, en su casi totalidad rusos, a los que puede trasladar muy rápidamente a cualquier parte del mundo.

Su comandante militar es un personaje realmente peculiar. Hablamos de Dimitiy Utkin, un nacionalista furioso. Se trata de un ex miembro de las “fuerzas especiales” rusas, tenido como un trasnochado admirador nazi de Adolf Hitler. Peligroso, en extremo. Él es, precisamente, quien habría denominado a sus fuerzas: “Grupo Wagner”, en recuerdo concreto a su admirado gran compositor y músico, Richard Wagner.

En una de sus conocidas intervenciones armadas, el Grupo Wagner fue derrotado -sin atenuantes- por los militares norteamericanos, en un combate de cuatro horas y una enorme intensidad desarrollado en la cercanía de una planta de gas en la localidad de Deir al-Zour, en Siria, en la frontera con Iraq, en el que Fuerza Aérea de los Estados Unidos jugó un papel absolutamente decisivo. En el durísimo enfrentamiento mencionado, el 7 de febrero de 2018, el Grupo Wagner perdió un par de centenares de efectivos. Los infantes de marina norteamericanos y los “boinas verdes” salieron airosos del combate inesperado en el que, de pronto, participaran.

Mientras los EE.UU. están, paso a paso, reduciendo notoriamente su presencia, influencia y accionar en el escenario grande del mundo, el Grupo Wagner parece, en cambio, estar expandiendo su posible accionar a todos los rincones del globo en los que crea que se puede ganar dinero o poder, sin mayores excepciones. Siempre de la mano de la Federación Rusa, a la manera de cómplice audaz.

Sus oficiales y soldados utilizan con alguna frecuencia exactamente los mismos uniformes militares que las tropas regulares rusas, a los que naturalmente despojan de toda insignia o símbolo que pueda indicar o sugerir que pertenecen a los efectivos militares regulares de la propia Federación Rusa.

La presencia actual del todavía pequeño grupo de mercenarios rusos en Venezuela demuestra como ellos se han convertido ya en un problema para la paz y seguridad internacionales.

Al que se ha sumado recientemente la presencia, en el mismo Mar Caribe, de un puñado de mercenarios norteamericanos y de otras nacionalidades que han aparecido en un extraño episodio de “invasión minorista” que nos recuerda al conocido desastre previo que tuviera lugar en la llamada “Bahía de los Cochinos”.

Es bien difícil imaginar que ellos hayan aparecido en Venezuela, de pronto, sólo espontáneamente, sin que nadie estuviera ex ante al tanto de lo que pretendían.

Los mercenarios habían ya prácticamente desaparecido a mediados del siglo XIX. Hoy están claramente de regreso.

Por esto, algunos los llaman “la segunda profesión más antigua de la tierra”, una que ciertamente se resiste a desaparecer porque es cierto que, más allá las lealtades, existen oportunidades de ganar lo que todos los llamados mercenarios, cuando venden violencia, más ambicionan. Esto es, dinero.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Fue profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Impuestos y utilidades “excesivas”

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/05/impuestos-y-utilidades-excesivas.html

 

La distribución de la riqueza de la gente la hace esa misma gente a través del mercado libre. El impuesto altera esa distribución, ya que retrae riqueza que la gente -a través del mercado- la había dirigido hacia sectores distintos a los preferidos por los burócratas. La riqueza apropiada por estos a través del impuesto sólo pueden aplicarla a dos destinos posibles: sus propios gastos burocráticos (muchas veces personales) o a redistribuirlas entre terceros. Normalmente, la burocracia la aplica a ambos destinos en porciones disimiles que van cambiando conforme los diferentes gobiernos o políticas económicas desemejantes dentro de un mismo gobierno.

Esta redistribución siempre va en contra de los deseos del consumidor, porque de ir en el mismo sentido de ellos el impuesto no tendría razón de ser, así que necesariamente el impuesto contraría los fines sociales, sacrificándolos por los del burócrata a los que este les otorga preferencia.

En cuanto a las “excesivas utilidades” estas no existen excepto en la imaginación del autor. No hay ningún criterio objetivo que permita hablar de exceso o defecto, salvo en la personal apreciación de quien emite dichos juicios de valor. Son conceptos relativos por, lo que es “excesivo” para unos será “escaso” para otros conforme a la moderna teoría del valor descubierta y desarrollada por la Escuela Austríaca de Economía. Disponer de la propiedad ajena -como celebran los estatistas- va contra la moral, la decencia, el derecho y la economía. No hay autoridad terrenal lo suficientemente alta que pueda erguirse en juez de la propiedad ajena y menos aún disponer de ella.

“Aquí estamos en presencia de un factor social de gran valimiento que, no siempre ha movido a los hacedores de los presupuestos fiscales y que consiste en nivelar la riqueza de la población tomando como instrumento una buena y justa distribución de los impuestos.”[1]

Por lo ya expuesto, esta tarea es imposible, porque el legislador de impuestos no se encuentra jamás en condiciones de realizarla. El impuesto provoca un daño y es una injusticia en si misma ya que viola propiedad del gravado. Entonces, su impacto debe ser el menor posible siendo su eliminación lo ideal. De momento que la sociedad lo acepta como “único” medio para financiar funciones de gobierno que se consideran “esenciales”, estas deben ser mínimas, de manera tal que causen el menor daño posible en los bolsillos de la gente, que es lo contrario a lo que históricamente se ha venido dando y se continúa haciendo por parte de las burocracias elefantiásicas que se observan por doquier.

El objetivo del mercado no es nivelar la riqueza sino expandirla, por lo que queda claro que va en contra de los objetivos de la burocracia que aplaude el autor. Nivelar la riqueza implica siempre contraerla, disminuirla hasta cierto límite fijado arbitrariamente por el poder político de turno. Esto claramente se enfrenta con los objetivos de la sociedad civil que defiende el mercado.

“Aquí actúa el Estado como un repartidor de la riqueza nacional. “El Estado, presentándose aquí en nombre de la justicia social o de la solidaridad —afirma Gide—, como hoy día se dice, toma a aquellos a quienes sobra para dárselo a los que no tienen bastante. Inútil es decir que la escuela liberal niega enérgicamente al Estado el derecho de desempeñar tal papel- y atribuirse así la función de dispensador de la riqueza y de enderezador de entuertos.”[2]

Es quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece ni se han sabido ganar por sí mismos, es decir es la misma negación de la justicia real, definida por Ulpiano como la de “Darle a cada uno lo suyo” (lo suyo de cada cual).

Lo que ellos llaman “estado” (que no es más que el gobierno constituido por ciertas y circunstanciales personas) no tiene ningún derecho a repartir riqueza que no ha generado ni le pertenece y mucho menos regalarla a terceros que tampoco han contribuido a su generación. No valen para el caso aquellas falsas etiquetas estereotipadas como las de las de la “justicia social” y la “solidaridad”, que no son más que elegantes e “inocentes” pretextos para despojar a los productores en su perjuicio, y en beneficio de burócratas y vividores del fruto del trabajo ajeno. Nadie está en condiciones de decir qué le sobra o le falta a otro, lo que no será más que su arbitrario juicio de valor, solo válido para el que lo formula. “Bastante” o “escaso” son meras apreciaciones personales, que cambian de individuo a individuo, de época en época, y de lugar en lugar, y nunca jamás ha habido un criterio único al respecto. Para los autores aquí analizados, que creen que el gobierno es una especie de dios terrenal que todo lo puede y le atribuyen poderes sin límite, es obvio que estos argumentos no les serán válidos.

Nadie puede hacer caridad con los recursos de otros, ni siquiera el gobierno sin violar el derecho de propiedad e incurrir en un robo liso y llano, que es lo que propone la doctrina de la “justicia social” que es pura injusticia real, tanto como su cacareada “solidaridad” que es pura insolidaridad. Si el propietario retiene sus bienes va de suyo que es porque los necesita a todos, ergo, nada de ello le “sobra”. Si les sobraran los vendería o regalaría, o se desprendería de ellos de cualquier otra manera, pero si no lo hace es porque los necesita, mal que le pese al gobierno y aunque este opine lo contrario.

[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” Ibidem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

El “fundamento” económico del impuesto

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/05/el-fundamento-economico-del-impuesto.html

 

El impuesto es siempre una confiscación mal que les pese a los juristas y -en particular- a los tributaristas, porque viola la propiedad privada, pero no sólo esta, sino que -además y por, sobre todo- la libre voluntad del obligado al pago.

No existe tampoco ningún “mandato de la colectividad ejercitado por medio de sus representantes legales y que importa la decisión colectiva de hacer entrega al Estado de la parte alícuota del patrimonio particular” salvo en un sentido romántico e idealista de la democracia. Pero, en su significado realista ese mandato es el de una mayoría sobre una minoría que es, en esencia, lo que constituye la base del sistema democrático (el gobierno de una mayoría sobre una minoría) excepto en el raro caso de un resultado por unanimidad.

Pero aun en caso de unanimidad hay derechos que no son votables. El derecho a la vida no puede ser objeto de votación y nadie -ni en democracia o fuera de ella- puede desconocerlo. Si una unanimidad parlamentaria decidiera que los blancos pueden -de aquí en más- esclavizar a los negros (o viceversa) tal ley seria nula por violar el derecho natural. De la misma manera, ninguna unanimidad democrática puede arrogarse derechos sobre lo que es propiedad de otros. Estas cosas no son fruto de elección colectiva, ni de decisión siquiera. La propiedad privada es un hecho que el derecho simplemente se limita a reconocer protegiéndolo. Si democráticamente se decidiera suprimirlo sería imposible, porque implicaría que lo que es de todos no es de nadie, apareciendo “la tragedia de los comunes” explicada por Garret Hardin. Involucraría volver a “la ley de la selva” del “todos contra todos”, disputándose todos, la propiedad exclusiva de las cosas. La civilización es posible gracias al reconocimiento del derecho de propiedad. La barbarie es el resultado de su desconocimiento. Estos derechos -entonces- están mucho más allá de las elecciones y votaciones parlamentarias.

Si el gobierno fuera una necesidad real de la gente no sería necesaria compulsión alguna contra ella para crearlo y sostenerlo económicamente. Lo seria voluntariamente.

“En punto al fundamento económico del impuesto, no existe razón más valedera que la necesidad de mantener al Estado, y la consiguiente exigencia de que todo el mundo brinde su aporte al respecto. De otro modo, probablemente ocurriría el dramático vaticinio de Stuart Mill: “En ausencia de todo gobierno, los fuertes, los ricos, veríanse obligados a protegerse recíprocamente; pero los débiles, los pobres, no podrían escapar a la esclavitud”.”[1]

Sucede que el vaticinio de Stuart Mill se cumplió con los gobiernos incluidos, con los cuales todos, ricos y pobres se han visto reducidos a la esclavitud gubernamental. No era algo difícil de vaticinar: ya estaba ocurriendo en su época, y había sucedido antes de la suya. La fortaleza de los ricos pasó a los gobiernos, volviéndose ricos estos y reduciendo a los antes ricos a la debilidad de la pobreza, excepto en aquellos casos en la que los ricos entraron en alianzas espurias con los gobiernos para obtener ventajas de parte de este. Hoy en día, ricos y pobres se encuentran obligados a protegerse del gobierno cuando tendría que ser al revés. La cita anterior no tuvo en cuenta que basta una ley del gobierno que decrete que los ricos deben entregar su fortuna al poder de turno para que su antigua riqueza pase a ser solo un melancólico recuerdo y su despojo una triste realidad presente. La fuerza la tiene el que hace la ley y la ejecuta. Y eso solo lo pueden hacer los gobiernos, no los ricos.

Véase la contradicción del autor analizado cuando cita a Mill (con quien acuerda) comparado con sus primeras reflexiones sobre los gobiernos de la antigüedad (Egipto, Grecia, Roma, etc..) de los que decía que reducían a la miseria a sus pueblos sin distinción de fortunas. Egipcios, griegos, romanos, etc. no eran pueblos sin gobiernos. Lo que dice Mill era lo que ocurría con los gobiernos antiguos y modernos. Los gobiernos no evitan la esclavitud, sino que esclavizan a sus súbditos apenas tienen la oportunidad de hacerlo. La esclavitud no aparece por la ausencia de gobierno sino por su exceso. En realidad, la esclavitud sólo ha aparecido en aquellos lugares donde primero brotaron los gobiernos.

En consecuencia, el “fundamento económico del impuesto” que da el autor no es tal.

“Es verdad que, a través de los tiempos, varió el carácter de la gravitación del impuesto sobre los diversos factores que incluyen a la sociedad: los magnates, los poderosos, los ricos, los pobres, los totalmente desheredados de fortuna. Es obvio que en los casos de pobres y desamparados, no se debían construir doctrinas jurídico-filosóficas para justificar su exoneración de impuestos. Los hechos de su propia impotencia para hacer frente a cualquier carga fiscal, los colocaban al margen. Pero existían modos muy violentos para hacer que tampoco los absolutamente despojados de bienes materiales se excluyeran de la obligación de contribuir al sostén del Estado y entre ellos, el más conocido, fue la reducción a la esclavitud, al trabajo forzoso, para que, de esta manera, solventara sus deberes.”[2]

En realidad, raro es encontrar alguna época en el curso de la historia en que los gobiernos de cualquier signo que fueran excluyesen a alguien de la obligación de tributar en función de su escasa o amplia fortuna. Mas allá de las elucubraciones jurídicas que hace la cita, en el mundo real todos los gobernantes sometían a todos sus súbditos a la obligación de tributar. Recordemos que el mismo autor que estamos comentando comenzó su artículo exponiendo varios casos de lo dicho. Es más, los pobres eran el resultado directo del impuesto, que reduce la capitalización y -por lo tanto- la riqueza existente. No eran pobres por algún infortunio natural, sino que la causa de su pobreza era el impuesto, aspecto que los juristas -en general- desconocen por su falta de formación económica, lo que es palmario en el autor que analizamos ahora.

Si bien la pobreza es la condición natural del hombre, la riqueza en el pasado reconoce una historia de desfalcos y apropiaciones, cuyos autores eran los fuertes que eran -coincidentemente- los que ejercían el gobierno. Y es por esto que eran ricos, no porque compitieran en un mercado libre de regulaciones estatales, cosa que en no existió hasta bien entrado el siglo XVIII, y en forma germinal. Los ricos del pasado -como hoy- eran los gobernantes, sólo que actualmente se enriquecen de manera algo más sofisticada y menos brutal.

[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Impuestos, necesidades y “estado”

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/04/impuestos-necesidades-y-estado.html

 

Los antiguos reyes que ansiaban riquezas se lanzaban a conquistar pueblos vecinos para someterlos a impuestos. Lo expuesto estaba lejos de representar un alivio para la carga tributaria que soportaba el pueblo “propio” al que pertenecía el conquistador en cuestión. En tiempos en que el “estado” (como decía el tristemente célebre “Rey-Sol”, Luis XIV de Francia) se confundía plenamente con el monarca, las “necesidades” del “estado” no eran más que las de aquel. Y sabemos -por un principio elemental de la economía- que los recursos son escasos, en tanto las necesidades son ilimitadas. En consecuencia, los recursos nunca son suficientes para nadie y tampoco lo eran para el gobernante absoluto. Fue precisamente este problema constante en la antigüedad lo que dio origen a esa reacción a tal tipo de cosas, arrojando como resultado lo que se dio en llamar la filosofía liberal, luego designada como liberalismo.

Todo lo dicho arriba no ha perdido actualidad en el tiempo presente. Los modernos “monarcas” ahora son elegidos a través del voto democrático. Y una vez en el poder se comportan como verdaderos autócratas. a semejanza de los que muchos autores llaman imperialistas y expansionistas, sólo que -a diferencia de los antiguos- los modernos tratan de ejercer su imperialismo sobre las fortunas de sus propios ciudadanos. Cesaron las guerras de conquistas (al menos por ahora) a nivel internacional, para ser reemplazadas por verdaderas guerras de conquista libradas por los gobernantes contra las propiedades y posesiones de sus gobernados autóctonos.

“Sin embargo, como hemos visto, el impuesto ha sido y es un elemento necesario, indispensable. Por esto ha podido decir Montesquieu con justa razón, atendiendo al fundamento político del impuesto: “Las rentas del Estado son la parte de sus bienes que da cada ciudadano para tener seguro el resto o gozar de él agradablemente. Para fijarlas es preciso atender a las necesidades del Estado y a las de los ciudadanos. No se debe mermar lo que el pueblo ha menester para sus necesidades reales, en beneficio de las necesidades imaginarias del Estado.”[1]

Montesquieu era víctima de la misma visión antropomórfica del “estado” que posee el autor en examen y que comparte la mayoría de la gente, pasada y actual. Los impuestos son el pago de los servicios de seguridad al ciudadano que el “estado” brinda o debería brindarle a cambio de dicho pago. Es una clara teoría retributiva o compensatoria, que tendría en ese caso un cierto asidero y lógica, aun cuando podría discutirse (y se ha discutido por cierto) por qué razón debería ser un ente mítico llamado “estado” el que debería monopolizar la prestación de ese servicio de seguridad, y no podría ser facilitado por particulares organizados en asociaciones, compañías o agencias de seguridad como de hecho existen en la actualidad, aunque -si bien bajo otras formas- también las hubo antiguamente.

Pero lo que desconcierta es que Montesquieu, a renglón seguido, nos hable de “las necesidades del Estado y a las de los ciudadanos”, ya que las de estos últimos está más que clara por ser los únicos que pueden experimentarlas como hemos explicado antes, pero seguir hablando de las “necesidades” del “estado” es, por las mismas razones dadas, un mito social. Siguiendo lo que el pensador francés había dicho antes, no se justifica que el ofrecimiento del servicio de seguridad que el gobierno “otorga” al contribuyente a cambio de sus impuestos sea una “necesidad” del “estado”, sino que claramente la seguridad de sus bienes y fortunas es una necesidad que sólo puede recaer en cabeza de los individuos que son sus titulares, y no de un ente mítico como el “estado”. Por lo que no cabe la diferenciación entre ciudadanos y “estado” aunque si entre aquellos y el gobierno.

Según el Dr. Sabaté Lichtschein “El Estado es un sujeto de derecho compuesto por tres elementos esenciales (población, territorio, gobierno)”[2] Esta definición -que se puede decir es clásica entre los juristas- presenta diversos inconvenientes, y mayores aun desde el ángulo del tema que estamos tratando (fiscal). Si aceptamos la definición de Sabaté advertimos que, como venimos diciendo, el único de los tres elementos que puede experimentar necesidades es el primero (población). El territorio y los gobiernos no tienen “necesidades”. El territorio es una necesidad de la población y no a la inversa, y del gobierno se podría decir hasta cierto punto lo mismo, o sea, cierta población puede “necesitar” de un gobierno, pero no al revés: la población no es una necesidad del gobierno, máxime que -según la teoría democrática- el pueblo se gobierna a si mismo (ya sea de manera directa o por medio de sus representantes).

Ergo, toda realidad se reduce a la población, es decir, al conjunto de individuos que, justamente como conjunto, reciben ese nombre (pueblo). Pueblo e individuo/s no son cosas distintas, sino que el pueblo es no otra cosa que una sumatoria de individuos. No cambia la cuestión que ese pueblo esté ubicado en territorios disímiles, y así se hable del pueblo vecinal, municipal, provincial, urbano, nacional, internacional, mundial, universal, etc. El pueblo no será algo diferente -por siempre- que la sumatoria de un determinado número de personas, no importa donde estas residan.

Entonces, si dos de los tres elementos del “estado” no tienen necesidades, sino que -en el mejor de los casos- son (inversamente) necesidades del tercer elemento (población) ¿Cómo podría hablarse de las “necesidades” del “estado” sin incurrir en severa contradicción?

Siguiendo este razonamiento resulta, inmediatamente, falso el argumento por el cual los impuestos nacen para “satisfacer” las “necesidades” del “estado”. Luego, surge la pregunta ¿Por qué existen los impuestos, o que finalidad cumplen los mismos? La única repuesta con cierta “lógica” sería que los impuestos -más allá de toda elucubración pseudojurídica- existen porque constituyen la “retribución” con la cual la población paga los “servicios” que el gobierno le suministra en materia de seguridad. Pero, esto ultimo tampoco nos convence y, de hecho, puede controvertirse.

[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Voz IDENTIDAD (En el Derecho internacional Público.) Enciclopedia Jurídica OMEBA -TOMO 14 letra I Grupo 01-Por el Dr. Domingo Sabaté Lichtschein.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

El foco en lo sanitario parece olvidar por completo el de la economía

Por Adrián Ravier.  Publicado el 29/3/20 en: https://www.infobae.com/economia/2020/03/29/el-foco-en-lo-sanitario-parece-olvidar-por-completo-el-de-la-economia/

 

Las medidas preventivas en materia de sanidad requieren ser complementadas con otras que contemplen más el plano de las actividad productiva y comercial de empresas y familias
Las calles del mundo cambiaron su fisonomía, como ahora se observa en la Argentina (Adrián Escandar)

Las calles del mundo cambiaron su fisonomía, como ahora se observa en la Argentina (Adrián Escandar)

El mundo está sufriendo pánico, al que se puede definir en una de sus acepciones como un miedo muy intenso y manifiesto, especialmente el que sobrecoge repentinamente a un colectivo en situación de peligro. Se lo observa en el vacío de las calles de todo el planeta, en el tráfico de información en las redes, en las bajas en los mercados bursátiles, en las proyecciones de las caídas que tendrá la producción en este 2020, y en particular en el segundo trimestre.

Los gobiernos han elaborado estrategias que atienden el corto plazo. Escuchan a los expertos en sanidad y reclaman un toque de queda. En algunos lugares se apunta a un cambio cultural pero voluntario; en otros se empiezan a practicar penas económicas y de prisión; en algunos países surge violencia ante la falta de solidaridad por no comprender los riesgos del contexto.

El aislamiento tiene consecuencias directas e inmediatas. Si bien reduce el número de contagios en el corto plazo (enfoque sanitario), también es cierto que reduce las libertades individuales (enfoque político y social) y complica los negocios de quienes buscan su sustento (enfoque económico).

La estrategia actual pondera el enfoque sanitario muy por encima del enfoque político, social y económico, y esto abre o debería abrir una serie de preguntas: ¿Es correcto hacer esto? ¿Es correcto moralmente? ¿Se puede desde el gobierno o cualquier colectivo imponerle a los individuos valores propios que atentan contra sus libertades y sus negocios? ¿Estamos al menos seguros de que la estrategia será exitosa en reducir el número de contagios y muertes? Y no me refiero aquí a las mediciones comparadas de las primeras semanas, sino una vez que se conozca el desenlace de la historia.

Desde el enfoque sanitario la respuesta es que sí, que si “aplanamos la curva” de infectados, el sistema nacional de sanidad podrá estar más cerca de atender al total de necesitados. Incluso en otras experiencias similares, ha quedado claro que la cuarentena ayudó a reducir el número de muertes. Esto justifica quizás el parate hasta el 31 de marzo. Incluso puede extenderse la medida hacia mediados de abril. Pero la pregunta que necesitamos hacernos es cómo seguirá el proceso.

De poco habrá servido esta estrategia si el 1 de abril se abandona y se vuelve a las calles. El éxito de esta estrategia radica en sostenerla al menos durante 40 días, y quizás, ya en el extremo del enfoque “sanitario”, hasta el 21 de septiembre, cuando ya la primavera eleve las temperaturas y quede atrás el clima frío que es un excelente complemento para un virus que se expande.

El costo político, social y económico de extender la cuarentena

¿Cuál es el efecto político, social y económico de interrumpir las libertades individuales y parar la economía hasta la primavera? ¿Es viable, es posible? Claro que puede parar el fútbol, los teatros, los cines y los espectáculos artísticos de toda clase. Claro que muchos pueden trabajar desde casa en un cambio estructural que lleva décadas, pero que ahora se acelera. Por supuesto que el teletrabajo y la educación en línea ganarán espacio en estos tiempos. Ese es un cambio cultural que ocurrirá de todos modos, y que incluso puede incrementar la productividad y ayudar a la economía.

El teletrabajo y la educación en línea ganarán espacio en estos tiempos. Ese es un cambio cultural que ocurrirá de todos modos, y que incluso puede incrementar la productividad y ayudar a la economía (Pixabay)
El teletrabajo y la educación en línea ganarán espacio en estos tiempos. Ese es un cambio cultural que ocurrirá de todos modos, y que incluso puede incrementar la productividad y ayudar a la economía (Pixabay)

Pero una cosa es un cambio espontáneo, productos de decisiones individuales, y otra es un cambio impuesto y coactivo. ¿Se ha pensado en la posibilidad de que el sostenimiento en el tiempo de esta estrategia generará un daño mayor que el propio virus? Incluso el lema de los médicos dicta que “lo primero es no hacer daño”. ¿Se han evaluado los costos y beneficios de mantener por meses la estrategia en curso? ¿No se ve que el beneficio es dudoso, mientras que el daño es manifiesto?

Mi respeto por las libertades individuales y la economía de cada persona me impiden imponer el toque de queda a todas las personas. Quizás la situación amerite esta política extrema por un plazo corto de tiempo para que cada uno se tome el tiempo de reflexionar cuán posible es continuar trabajando o estudiando desde su casa, ahorrando a la sociedad un costo externo elevado. Pero el foco en lo sanitario parece olvidar por completo el foco económico. Parecen olvidar que la economía son personas, somos nosotros, somos todos, y detenerla puede generar costos más elevados aun que el coronavirus.

El gobierno no puede ir apagando incendios. Se necesita un estadista que vea un poco más allá de lo que está ocurriendo, planificando la estrategia que sigue tras el 31 de marzo. En Estados Unidos se ha proyectado para el segundo trimestre una caída del PIB del 50 % y un desempleo del 30 %. ¿Qué proyecciones podemos construir para Argentina? ¿Podemos ponderar este efecto “económico” como menos nocivo que el efecto “sanitario” del virus?

Mi opinión es que la cuarentena no puede extenderse de forma obligada tras 30 ó 40 días, y que a partir de ahí habría que apuntar a un cambio cultural, donde sea cada individuo el que elija qué hacer con su vida, evaluando los costos y beneficios de sus acciones. No sólo eso. Es importante también hacer un llamado a cada individuo para que haga un esfuerzo por preservar su libertad individual, su libertad de expresión, sus libertades políticas, porque es en estos momentos de caos y emergencia donde los gobiernos reducen la libertad de las personas, y avanzan con medidas que en otros escenarios serían inaceptables.

Quizás es tiempo de recordar las palabras de un clásico como Frédéric Bastiat en un escrito de 1850 titulado “Lo que se ve y lo que no se ve”. Allí escribía: “Yo, lo confieso, soy de los que piensan que la capacidad de elección y el impulso deben venir de abajo, no de arriba, y de los ciudadanos, no del legislador. La doctrina contraria me parece que conduce al aniquilamiento de la libertad y de la dignidad humanas.”

El autor es economista, especializado en teoría monetaria, el estudio de los ciclos económicos, las finanzas públicas y la historia del pensamiento económico.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.