Esas islas en el Atlántico Sur

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 2/4/19 en: https://independent.typepad.com/elindependent/2019/04/esas-islas-en-el-atl%C3%A1ntico-sur.html

 

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Lo primero es recordar un pensamiento de Borges: “Vendrán otros tiempos en los que seremos cosmopolitas, ciudadanos del mundo como decían los estoicos, y las fronteras desaparecerán como algo absurdo”. Debemos tener bien en cuenta que, desde la perspectiva de la sociedad abierta, en el presente estadio de evolución cultural, las divisiones territoriales entre países es al solo efecto de evitar los fenomenales riesgos de concentración de poder en manos de un gobierno universal. Pero de allí a creer que existe una diferencia de naturaleza entre lo local y lo extranjero, constituye pura estupidez alentada por patrioteros nacionalistas que solo se soslayan con sus ombligos en el contexto de mayores pobrezas intelectuales y materiales.

Mario Vargas Llosa, ha escrito: “Resumamos brevemente en que consiste el nacionalismo […] Básicamente, en considerar lo propio un valor absoluto e incuestionable y lo extranjero un desvalor, algo que amenaza, socava o empobrece o degenera la propia personalidad espiritual de un país […] Que tales muletillas sean tan huecas como cacofónicas, verdaderos galimatías conceptuales, no es obstáculo para que resulten seductoras a mucha gente, por el airecillo patriótico que parece envolverlas […] el nacionalismo es la cultura de los incultos y estos son legión […] Ninguna cultura se ha gestado, desenvuelto y llegado a la plenitud sin nutrirse de otras y sin, a su vez, alimentar a las demás, en un continuo proceso de préstamos y donativos […] La manera como un país fortalece y desarrolla su cultura es abriendo sus puertas y ventanas de par en par […] la misma libertad y el mismo pluralismo que deben reinar en lo político y en lo económico en una sociedad democrática”.

Habiendo dicho esto, es menester subrayar que los orígenes de las islas del Atlántico sur a que nos referimos, desde el siglo xvi en adelante han pasado navegantes portugueses (Américo Vespucio entonces al servicio de Portugal, fue el primero en arribar a las islas), exploradores franceses (Louis de Bougainville estableció el primer asentamiento, quien bautizó con el nombre de cuya traducción textual al castellano es “Islas Malvinas”), conquistadores españoles (Esteban Gómez de la expedición de Fernando de Magallanes), aventureros británicos (John Davis, Richard Hawkings, John Strong, John Byron, John McBride, James Weddell y James Onslow) y embarcaciones holandesas (Sebald de Weert a la cabeza de la tripulación), además de emprendimientos varios como el del alemán Luis Vernet que si bien se vinculó a los argentinos vendió sus acciones de la isla en el mercado británico (lo cual dio comienzo a la Fakland Islands Commercial Fishery and Agricultural Association), de tratados como los de Tordecillas y Utrecht, la Convención de Nutka y de expediciones estadounidenses como la del Lexington. Los títulos tienen muchas aristas ambiguas y contradictorias en medio de reiteradas trifulcas, pero en todo caso, de un largo tiempo a esta parte, dos son los gobiernos que reclaman las islas como parte del territorio de sus respectivas naciones: Argentina e Inglaterra.

Dados estos antecedentes y el pésimo tratamiento del tema del gobierno argentino, principalmente a través de dos bochornosas gestiones (entre tantas otras que hemos padecido los argentinos en materias vitales). Primero el gobierno de Rosas sobre quien escribí la semana pasada en este mismo medio, a raíz de lo cual algunos lectores me solicitaron detalles respecto al episodio en el que este déspota propuso canjear las islas por una deuda. Aprovecho para intercalar esa respuesta en la presente columna. Aquí va el complemento de marras: Rosas, a través de su ministro de relaciones exteriores (Felipe Arana), el 21 de noviembre de 1838 instruyó por escrito al representante argentino en Londres (Manuel Moreno) en los siguientes términos: “Artículo adicional a las instrucciones dadas con fecha de hoy al Señor Ministro Plenipotenciario Dr. Don Manuel Moreno. Insistirá así que se le presente la ocasión en el reclamo de la ocupación de las Islas Malvinas [hecho acaecido en 1833] y entonces explorará con sagacidad sin que pueda trascender ser la idea de este Gobierno si habría disposición en el de S. M. B. a hacer lugar a una transacción pecuniaria para cancelar la deuda pendiente del empréstito argentino” (consta en el expediente No. 3 del año 1842 de la División de Asuntos Políticos del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina, documento publicado por Isidoro Ruiz Moreno (h) en “La Prensa”, Buenos Aires, julio 11 de 1941, y reproducido por la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, bajo la presidencia de Horacio C. Rivarola).

En segundo lugar, el desembarco militar a las islas en 1982 que tuvo por origen la inaudita y monumental irresponsabilidad de Nicanor Costa Méndez quien siendo canciller propuso la idea, la que ya había sugerido sin éxito a otro gobierno castrense anterior (del general Juan Carlos Onganía), también “para unir al pueblo en una causa común” y así agitar las pasiones xenófobas que brotan inesperadamente del subsuelo de aquel adefesio que se ha dado en llamar “el ser nacional”. Una guerra -como casi todas- para distraer a la población de graves problemas internos y que fue condenada como “una aventura militar” en el informe del Tte. Gral. Benjamín Rattenbach, titular de la Comisión Investigadora constituida en Buenos Aires el 2 de diciembre de 1982, documento en el que se pedían severas sanciones para los responsables de esa incursión bélica.

Por otra parte, en los hechos (no en algún discurso), dado el empecinado y prepotente desconocimiento de los sucesivos gobiernos ingleses sobre la voluntad de los habitantes de las islas en el supuesto retiro de las pretensiones argentinas, sugerimos que, vistos los antecedentes, en esta instancia, ambos gobiernos deberían resolver la situación de manera simultánea, problema que viene arrastrándose desde hace décadas, en el sentido de  declarar la inmediata y total independencia de los isleños para que manejen sus asuntos como lo consideren mejor sin los reclamos de soberanía británica ni la argentina, una mezcla explosiva que tantas tensiones han creado y siguen creando en la población local.

Es desear que con el conocimiento de los dislates políticos de los gobiernos argentinos de los últimos setenta años con su propia población y, en menor medida, los cometidos por los gobiernos ingleses respecto a su gente, los isleños apunten a contar con una sociedad abierta, respetuosos de los derechos de propiedad, en el contexto de mercados abiertos tanto en lo local como en lo internacional y con tributos mínimos que sirvan para garantizar seguridad y justicia. Tal vez, de este modo, las islas puedan constituirse en un ejemplo de libertad y progreso para el mundo libre y atraigan personas e inversiones de todos los rincones del planeta, recurriendo a la exitosa tradición alberdiana de los argentinos y la fértil tradición también liberal que en su momento los ingleses supieron adoptar. Aunque personalmente no soy afecto a las machaconas exteriorizaciones de símbolos nacionales (prefiero la cosmopolita “Oda a la libertad” de la Novena Sinfonía, transformada por la censura a Schiller en “Oda a la alegría”), en este caso apuntamos que los lugareños desde hace tiempo tienen su propia bandera lo cual constituye uno de los signos de algunos respecto a deseos independistas. Sin embargo, se suceden debates sobre la seguridad que por el momento les proporciona el estar vinculados a la corona británica (de allí la persistencia y actualización del mismo esquema militar apostado desde 1982), mientras la Argentina no abandone su posición  y lo haga en pos de la independencia de las islas, lo cual no es el caso en las actuales circunstancias ya sea en las esferas políticas de un gobierno como del otro.

Los dislates no se circunscribieron a los ámbitos  gubernamentales. Ahora resulta que nadie estaba en la Plaza de Mayo en abril del año de la invasión, la que desbordaba de gente gritando “el que no salta es un inglés” y otras bellaquerías de tenor semejante. Son los vergonzantes de siempre que volverán a salir de sus cuevas si hay la oportunidad de otro brote nacionalista, quienes van a misa y cantan “toma mi mano hermano” con gestos angelicales hasta que el patrioterismo los hace devorar con verdadera saña a los llamados hermanos de otras procedencias. Ya he referido antes que un integrante de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Argentina propuso se lo expulsara como Miembro Correspondiente al premio Nobel en economía Friedrich Hayek porque de regreso de una invitación mía para pronunciar conferencias en Buenos Aires declaró muy sensatamente, desde Friburgo, a un corresponsal de una revista argentina, que “si todos los gobiernos que estiman les pertenece un territorio, lo invaden, el mundo se convertirá en un incendio mayor del que ya es”. Afortunadamente la descabellada moción no prosperó, pero consigno el hecho al efecto de poner de manifiesto el grado superlativo de desequilibrio imperante.

Hay que estar atento a posibles sandeces de todos los gobiernos de todos los colores y de todos los países, especialmente, como queda dicho, aquellos que se encuentran en dificultades, porque en el momento menos pensado no es infrecuente que recurran a lenguaje y actitudes bélicas con la intención de encubrir agujeros políticos. Como hemos apuntado, ya sucedió una vez hace treinta años una terrible confrontación armada, respecto a la cual rendimos un muy sentido homenaje a los muertos y heridos.

En este contexto, es saludable siempre tener en la mira aquellas emotivas líneas de Borges tituladas “Juan López y John Ward” en las que se describe que un argentino y un inglés podrían haber sido amigos -uno admiraba a Conrad y el otro estudiaba castellano para leer el Quijote- si no hubiera sido porque “les tocó una época extraña” ya que “el planeta había sido parcelado en distintos países […] esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras […] Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La recuperación de EEUU de la crisis de 1930 versus la justicia militante del kirchnerismo

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 19/3/19 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/03/19/la-recuperacion-eeuu-de-la-crisis-de-1930-versus-la-justicia-militante-del-kirchnerismo/?fbclid=IwAR0qlKwaGNIrcdpMtSqS7BQzbkDiRPee6XKr6oc0-7XRJarDwgs68KyKIA0

 

Con tribunales politizados sólo se puede esperar más pobreza, indigencia y corrupción. Con calidad institucional, el horizonte de prosperidad es una realidad

Cristina Kirchner

Muchos de mis colegas economistas insisten permanentemente con que hay que bajar el gasto público y los impuestos, tema que, sin lugar a dudas, comparto plenamente. El punto es que muchos colegas se han quedado sólo en las cuentas y no parecen haber avanzado demasiado sobre la relación entre economía e instituciones. Dicho de otra manera, se limitan a decir que hay que bajar el gasto, pero no se plantean por qué se ha llegado a niveles de gasto público récord en Argentina. Para resolver un problema, primero hay que reconocerlo y luego tratar de ver por qué se produjo. Es la segunda parte en la que veo una falta de análisis.

Lamentablemente, economistas que están bien orientados en lo económico, han leído poco sobre economía e instituciones para advertir que el problema económico se explica por problemas de carácter institucional que, a su vez, es el resultado de los valores que imperan en la sociedad.

Se han quedado en algún modelito econométrico y no han leído los aportes de autores como Mancur Olson, en “Auge y Decadencia de las Naciones” y “Poder y Prosperidad”. Antes, Hayek, en The Constitution of Liberty (1960) hizo un primer gran avance al respecto completándolo con “Derecho, Legislación y Libertad”, tres tomos publicados en 1973, 1976 y 1979 que muestran la necesidad de limitar el poder del Estado para que pueda haber prosperidad económica y libertad. Mises, Popper y tantos otros autores hicieron gigantescos aportes para explicar este fenómeno económico institucional.

Hoy sabemos que el gasto público consolidado está en el 47% del PBI y que para volver a los niveles de la década del 90 habría que reducir el gasto consolidado en unos U$S 75.000 millones.

Claramente la explosión del gasto público se produjo en la era k cuando hubo un salto populista con fuerte debilitamiento de las instituciones. El populismo incentivó el resentimiento en la sociedad vendiendo el argumento que la pobreza de unos era consecuencia de la riqueza de otros, de manera que la pobreza se solucionaba repartiendo riqueza en vez de generándola. Los que más ganan tienen que pagar más impuestos para asistir a los que menos ganan. Para eso hubo que avanzar sobre los derechos individuales, los derechos de propiedad y tratar de domesticar a la justicia. No en vano el kirchnerismo quiere volver por la revancha y argumenta que tiene que haber una justicia militante. Claramente, los regímenes populistas que mutan en autocracias necesitan domesticar a la Justicia para cometer todo tipo de atropellos sin que la Justicia le ponga límites, sin embargo la evidencia histórica muestra que tener una justicia independiente hace al crecimiento económico.

Qué paso en EEUU luego del ’30

Al respecto, es interesante analizar cuál fue el factor fundamental que llevó a que la economía norteamericana se recuperarse de la crisis de 1929, conocida como la crisis del 30.

Pocos han analizado en profundidad ese período y muchos suelen argumentar que Estados Unidos salió de la crisis del 30 gracias a la Segunda Guerra Mundial, como si una guerra generara riqueza en vez de destruirla.

Otros creen que fue la teoría keynesiana la que ayudó a EEUU a salir de la gran depresión y otros dicen que eso es imposible porque Keynes recién influye en la economía en 1936 cuando publica la Teoría General.

El caso de la crisis del ’30 y el New Deal es un caso emblemático en el que pocos han reparado en la importancia que tienen las instituciones para salir de las crisis económicas. Todo el debate se ha limitado a determinar si el New Deal fue exitoso y si las políticas keynesianas influyeron en la salida de la crisis.

John Maynard Keynes

John Maynard Keynes

En general se cree que el New Deal fue una receta puramente keynesiana de aumento del gasto público financiado con emisión monetaria. La realidad es que el New Deal fue algo mucho más complejo que el aumento del gasto público, aunque sí está comprobado que Roosevelt estuvo en contacto personal con Keynes y sus ideas que luego volcó en la Teoría General en 1936.

Al margen de la carta que Keynes publica en 1933 sobre la necesidad de aumentar la demanda agregada y se lamenta de la disciplina fiscal que proponía Roosevelt, en 1934 Keynes tuvo una reunión con Roosevelt y le explicó sus ideas de aumentar el gasto público y el déficit fiscal. En una carta de Keynes a al presidente, fechada en 1 de febrero de 1938 hace referencia en al menos dos oportunidades a la reunión que tuvieron 3 años y medio atrás, o sea, está haciendo referencia a mediados de 1934, reunión que se confirma en el borrador de la carta que le prepara el secretario del Tesoro de Estados Unidos para responderle a Keynes (carta que está fechada el 3 de marzo de 1938 y hace referencia a esa reunión de mediados de 1934).

El dato concreto es que Roosevelt conocía las ideas de Keynes antes que este las publicara en la Teoría General en 1936, pero las descartó porque su campaña presidencial de 1932 estuvo basada en el equilibrio fiscal. Roosevelt consideraba que el equilibrio fiscal iba a traer confianza, más inversiones y mejorar la situación de los agentes económicos en beneficio para salir de la recesión. Recordemos que cuando asumió como presidente en 1933, la desocupación estaba en el 25% aproximadamente y que tampoco en 1933 había finalizado por completo la gran depresión.

El presidente Roosevelt navegó las aguas turbulentas de la Gran Depresión

El presidente Roosevelt navegó las aguas turbulentas de la Gran Depresión

La economía había mejorado algo pero entró en un proceso recesivo nuevamente en agosto de ese año, a mi juicio por las múltiples regulaciones que impuso Roosevelt. Es más,comenzó a seguir en alguna medida las ideas de Keynes y empieza a aumentar el gasto público, pero no en la magnitud que sugería Keynes.

Pero el New Deal no fue sólo el gasto público, además Roosevelt prohibió la tenencia de oro. Es como si hoy se les prohibiera a los argentinos tener dólares. Se estableció la Agricultural Adjustment Act por la cual se subsidiaba a los productores agrícolas para que no produjeran. Ese subsidio se financiaba con el impuesto a la transformación. Un impuesto que tenían que pagar los que compraban como insumos los productos agrícolas. El que compraba algodón para hacer una camisa, pagaba el impuesto a la transformación para que el que producía algodón produjera menos vía el subsidio que le daba el estado con ese impuesto.

También se estableció la National Industrial Recovery Act que reguló la actividad de la industria, las horas de trabajo, los salarios, etc. Y, además del proteccionismo impuesto, se creó la National Recovery Administration para regular toda la economía.

Toda esta maraña de regulaciones que componían el New Deal ahogaba la economía y llevaron a una cantidad de juicios cuestionando su constitucionalidad. Al principio, la Corte Suprema de Justicia acompañó, pero llegó un punto en el que dijo basta.

Aquí vale la pena aclarar que Herbert Hoover, el presidente que antecedió a Roosevelt, dejó una corte compuesta por cuatro miembros conservadores, dos moderados y tres liberals (aquí les diríamos “progres”), de acuerdo al trabajo de Antonia Sagredo Santos publicado por la Universidad Complutense de Madrid. Es decir, Roosevelt no tenía toda la Corte Suprema en contra. Pero en 1935 el tribuna empezó a frenarle la avalancha de regulaciones por inconstitucionales y en enero de 1936 le voltea el corazón del New Deal que estaba en la Agricultural Adjustment Act por el caso Estados Unidos vs. Butler, conocido como el caso Butler. En esencia la Corte Suprema declaró inconstitucional el impuesto a la transformación por coaccionar la libertad, digamos extorsivo para quienes no quisieran cumplir con las órdenes del gobierno de producir menos, avanzaba sobre los derechos de los estados transformando a EEUU en un gobierno unitario y la potestad que se arrogaba el Ejecutivo de ejercer poderes legislativos.

Al caer la Agricultural Adjustment Act, cayeron al poco tiempo la National Industrial Recovery Act y la National Recovery Administration porque estaban basadas en el espíritu de la primera. Esta declaración de inconstitucionalidad fue liberando la economía del ahogo de las regulaciones y ya en 1935 con las primeras limitaciones y en 1936 con el freno a la maraña de controles del New Deal, la economía recupera confianza.

Obviamente, Roosevelt quiso remover a parte de la Corte, algo que hace recordar al kirchnerismo, por oponerse a sus poderes especiales que le había delegado el Congreso, algo que el trubuna consideró inadmisible en un estado con división de poderes. La embestida de Roosevelt contra la Corte de EEUU no tuvo apoyo ni siquiera en su propio partido, el Demócrata, y esta postura ayudó a recomponer la confianza.

Luego, el Presidente quiso neutralizarla ampliando la cantidad de miembros. Como no logró ese objetivo, intentó reducir la edad de sus miembros a 65 años. Tampoco funcionó. La firmeza de la Corte y el funcionamiento de las instituciones en Estados Unidos, incluso el Partido Demócrata, permitieron recuperar la economía luego de haber confiscado depósitos, prohibir la tenencia de ahorro y establecer las regulaciones más absurdas al estilo Moreno, junto con el déficit fiscal. Es decir, las barbaridades económicas que se hicieron en el New Deal, las cuales nosotros copiamos con mucho entusiasmo, fueron frenadas por el funcionamiento institucional. En definitiva, prevaleció el espíritu de los padres fundadores a la hora de respetar el derecho de propiedad y de división de poderes.

Mi impresión es que no fueron ni el New Deal, ni la receta keynesiana –que Roosevelt ya conocía desde 1934–, ni la Segunda Guerra Mundial, las que le permitieron a EEUU salir la depresión del 30.

Lo que quiero dejar bien en claro es: 1) lo peor que podría pasarle a la Argentina es tener una justicia militante, porque destrozaría los derechos individuales y hundiría la economía en una fenomenal caída de largo plazo y 2) que el problema económico no se resuelve sólo con ingredientes de reforma impositiva, del estado, apertura al mundo y reforma laboral. Sin duda que estos factores son importantes, pero hay que grabarse a fuego que el primer paso para la recuperación económica es la calidad institucional y la calidad institucional depende de los valores que imperen en la sociedad.

Si uno mira la crisis del 30, puede verificar que la salida de la depresión fue por razones institucionales. Si uno mira por qué Argentina fue una potencia económica a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, fue porque la constitución alberdiana de 1853/60 sentó las bases de la calidad institucional. Y si uno mira casos como los de España luego de Franco, Irlanda, Chile y tantos ejemplos más, advierte que el paso previo al despegue económico fue el cambio de las instituciones, es decir, las reglas de juego que deben imperar en la sociedad.

Con una justicia militante, solo podemos esperar más pobreza, indigencia y corrupción. Con calidad institucional el horizonte de prosperidad se abre delante de nosotros. Esto es lo que, por el momento, parece que tenemos por delante de cara a las elecciones de octubre. Justicia militante que nos lleve al chavismo, o el largo camino de reconstruir la calidad institucional como paso previo a la recuperación económica.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

La manía estatista

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 2/3/18 en: El País de Uruguay.

 

Es notable como hay quienes persisten en la magia más rudimentaria al creer a pie juntillas que los aparatos estatales hacen aparecer recursos de la galera. No se percatan que los gobernantes nunca financian nada para la gente de su propio peculio. Todo lo que entrega a un sector es porque lo ha arrancado del fruto del trabajo de otras personas. No hay magia.

Pero de tanto machacar que el truco y el embuste se traducen en nuevos recursos se convierte al gobierno en un mecanismo infame por el que todos pretenden vivir a costa de los demás. Es como si se tratara de un inmenso círculo en el que cada uno tiene metidas las manos en los bolsillos del vecino con lo que la vida se torna insoportable y las tensiones son permanentes, desgastantes y empobrecedoras. Empobrecen porque la única manera de producir es trabajar y no estar pendiente de cuanto se puede arrancar del prójimo.

Hace poco comentaba que en Buenos Aires escuché por la radio que un fulano se quejaba amargamente porque las naranjas cuestan once veces más en la góndola que en la tranquera del productor. El quejoso proponía que el aparato estatal intervenga en esto que estimaba era un entuerto de proporciones mayúsculas.

Pues bien, préstese atención a lo siguiente: si lo dicho es correcto y se considera que el margen operativo es grande ¿por qué el que denuncia no se mete en el negocio a los efectos de sacar partida del arbitraje y así baja el precio del citrus en cuestión? Y si se dice que el sujeto de marras no cuenta con los recursos suficientes, hay que responder que eso no resulta necesario puesto que se vende la idea a otros para que contribuyan a sufragar la operación.

Si nadie acepta entrar en ese negocio es debido a una de dos razones: o la propuesta es un cuento chino y no hay el atractivo que se menciona o, siendo cierto lo que se dice, hay otros negocios que reclaman una mayor atención y como lo recursos son limitados no pueden encararse todos los proyectos simultáneamente. También hay que tener en cuenta los manotazos impositivos que en cada etapa encarecen el producto.

Este ejemplo de las naranjas puede extenderse a infinidad de negocios en los que los gobernantes abandonan su misión específica que en esta instancia del proceso de evolución cultural es la seguridad y la justicia. Y esto ocurre debido precisamente a que el monopolio de la fuerza atiende otros muchos reglones que no le competen.

Un rubro que habría que mirar detenidamente en el llamado mundo libre es el de las jubilaciones. Resulta que los aparatos estatales se han apoderado de ingresos ajenos para montar una fenomenal estafa a través del sistema de pensiones conocidas como de reparto, lo cual conduce a déficit crónicos con jubilaciones magras que no alcanzan para vivir.

El caso argentino es ilustrativo. Las inmigraciones eran masivas en la época en que se adoptaron principios liberales del respeto al prójimo -desde la Constitución de 1853 hasta el golpe fascista del 30 y mucho más descabellado después del golpe de Perón de 1943- debido a que los salarios e ingresos de los peones rurales y el de los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España.

Debido a esto decimos, nuestros ancestros ahorraban e invertían en terrenitos, departamentos y compañías de seguros, activos de los que fueron despojados por el peronismo con absurdas leyes de alquileres, desalojos y demás barrabasadas para obligarlos a aportar a cajas jubilatorias estatales. No se necesita ser un experto en matemática financiera para percibir el atraco monumental cuando se constatan los mendrugos que reciben a cambio de aportes en el transcurso de una vida de trabajo. Lamentablemente hubo otros países que imitaron la experiencia estatista argentina que ahora es tiempo de revisar dado que los populismos modernos han continuado con pasos en falso bajo muy diversas etiquetas.

Como hemos consignado antes, el engaño de las mal llamadas empresas estatales es otro mito que obliga a asignar recursos ajenos por la fuerza en lugar de asumir riesgos con recursos propios. Los mercados abiertos y competitivos permiten sacar lo mejor dadas las circunstancias imperantes.

En este contexto, es de gran importancia estar prevenidos de supuestos empresarios que operan en alianza con los gobiernos para contar con mercados cautivos y así explotar miserablemente a sus congéneres. Son asaltos que se consuman con el apoyo político. La distribución de rentas y patrimonios se lleva a cabo en el supermercado y afines, la denominada redistribución necesariamente opera en otra dirección con lo que se disminuyen salarios ya que las tasas de capitalización son su única causa. Las diferencias de ingresos la marca la gente con sus votos cotidianos con sus compras y abstenciones de comprar, la envidia y la guillotina horizontal empobrece a todos. Los resultados dependerán de la capacidad de cada cual para servir a sus semejantes en procesos abiertos exentos de privilegios. La igualdad es ante la ley, no mediante ella.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

 

 

Inseguridad jurídica (4° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/03/inseguridad-juridica-4-parte.html

 

Es interesante el análisis por el cual un importante filósofo -como I. Kant- llega al concepto de inseguridad jurídica, como uno de los aspectos de su Imperativo Categórico (IC):

“[…] la formulación del IC correspondiente a la doctrina del derecho enfatiza el aspecto relativo a la coexistencia de libertades en el marco de la comunidad jurídica y políticamente organizada.”[1]

Es significativo este delineamiento del derecho como “coexistencia de libertades en el marco de la comunidad jurídica y políticamente organizada”. La libertad impone un marco regulatorio. No es como se dice habitualmente la facultad de hacer lo que uno quiere y le da la gana sojuzgando la libertad de sus semejantes. Tal avasallamiento implicaría rebasar el campo de la libertad e incursionar en la anti libertad. Por ello, no correspondería hablar de un ejercicio “abusivo” de la libertad, sino de una negación de la misma. Atentar contra la libertad ajena es negar tanto la propia libertad como la del prójimo. Ningún atropello a otros constituye un acto de libertad, ni de abuso de ella.

Ahora bien, comprendido lo anterior, hay tantas libertades como seres humanos existen, y estas libertades han de convivir entre sí. El marco regulatorio de esa avenencia es -precisamente- el Derecho, no entendido solamente como derecho positivo, sino en su aceptación más amplia, como derecho in abstracta.

“En conexión con esto último, no hay que olvidar que, en el marco de la misma doctrina del derecho, Kant considera la fundación del Estado (Staatsgründung) como uno de los deberes jurídicos (Rechtspflichten), junto al deber de la respetabilidad jurídica (rechtliche Ehrbarkeit), que prohíbe tratar a los otros como meros medios y ordena considerarlos siempre a la vez como fines en sí mismos, y al deber de la no comisión de injusticia (Unrecht) contra nadie.”[2]

En el léxico económico -a diferencia del jurídico- es común emplear la palabra “estado” como sinónimo de gobierno. No obstante, políticamente hablando, la noción de “estado” excede a la de gobierno y -en rigor- con aquel vocablo quiere aludirse al estado-nación. Dependiendo de lo que se interprete por “estado” puede discutirse la idea de su “necesidad” y -todavía más- la de su fundación como la de un “deber”. Sabemos que hay teorías que lo niegan (por ejemplo, el anarquismo, el anarcocapitalismo, etc.), claro que, en tiempos de Kant estas últimas hipótesis habrían sonado como revolucionarias. Aparenta ser entonces que el elemento de Kant apuntaba más a lo que hoy conocemos como estado-nación.

Es probablemente verosímil que, en sus comienzos, el entendimiento del “estado” estaba indisolublemente unido al de gobierno, y por eso la asimilación siempre estuvo vigente y ha perdurado hasta nuestros días a pesar de los esfuerzos de los juristas y maestros del Derecho Político por mantenerlos separados. Recordemos la célebre frase del “Rey Sol” Luis XIV de Francia, cuando proclamó “El Estado soy yo”. Muchos de los gobernantes de nuestros días aún creen serlo.

También existen diferencias conceptuales en cuanto “al deber de la respetabilidad jurídica”, que varían según el enfoque que se adopte, porque, como ya hemos analizado en otra parte, discrepan para el derecho positivo en contraposición al derecho natural.

Para el primero, este deber surge exclusivamente de la ley positiva como única fuente, es decir, de lo que el parlamento cree y considere “ley” (algo muy similar al pensamiento del “rey sol” mencionado en el párrafo anterior). En cambio, para el natural aquel deber es consustancial con la naturaleza humana, que es igual en y para todos los hombres de manera innata.

Respecto de la cuestión de prohibir “tratar a los otros como meros medios y […] considerarlos siempre a la vez como fines en sí mismos” se aborda de distinta manera desde el campo de la praxeología al del derecho. Según la primera -y conforme enseña su más brillante expositor Ludwig von Mises- en el marco de la acción humana todos los hombres son -a la vez y en relación a sus congéneres- medios y fines, ya que cada uno para mejorar su propia condición debe -indefectiblemente- optimizar primero la de su prójimo. De lo contrario (y probablemente como efecto no querido) se perjudicaría a sí mismo. Sin expresarla de esta exacta manera, la reflexión ya había sido anticipada por Adam Smith en 1776. Posteriormente fue reformulada y perfeccionada por los exponentes de la Escuela Austríaca de Economía.

Desde la filosofía política y el derecho, el juicio es disímil y se enmarca dentro de lo que Kant planteaba. Y en cuanto “al deber de la no comisión de injusticia (Unrecht) contra nadie” la fórmula se encuadra dentro de la de justicia, que excede a la de derecho.

Por último, para Kant:

“El deber jurídico de fundar el Estado expresa la obligaciónón de salir del estado de naturaleza (status naturalis), que no es otro que el de la inseguridad jurídica (Rechtsunsicherheit), para pasar al estado civil (status civilis), que es aquel en el cual una constitución civil (bürgerliche Verfassung) asegura los derechos de losindividuos.”[3]

La teoría tiene en este punto reminiscencias hobbesianas. Y parece equiparar la idea del “estado” con la de derecho, confundiendo ambas. Es aquí donde se introduce el de inseguridad jurídica. Resulta difícil de asemejar una percepción de “deber jurídico” que exceda a lo individual, porque no admitimos la suposición de un “deber colectivo”.

Si se permite el sentido de “estado” como el de “sociedad jurídicamente organizada” la igualación de estado y derecho seria correcta. Pero no se explicaría ese presunto “deber” de hacerlo. Mas bien, a nuestro modo de ver, más que de un “deber” se trata de una necesidad, pese a que pueda acusarse de utilitarista la proposición. En realidad, más que un fundamento utilitarista del “estado” creo que puede hablarse de otro evolutivo (que, por supuesto, no implica determinismo alguno). Pensamos que el estado forma parte de un sistema evolutivo social que nada nos dice en conexión a las fases posteriores de ese proceso, que pueden ser tanto evolutivas como involutivas. Tema que -de momento- desarrollarlo nos alejaría del actual.

[1] Alejandro G. Vigo. “Kant: liberal y anti-relativista.” Estudios Públicos, 93 (verano 2004)Pág. 41-42.

[2] Vigo A. “Kant: …” ibidem.

[3] Vigo A. “Kant: …” ibidem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Inmadurez política

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/02/inmadurez-politica.html

 

En un nuevo año electoral, luego de una destrucción sistémica económica y política de la Argentina en manos de esa secta terrible que se llama peronismo, se sigue hablando todavía de la posibilidad de un retorno de la misma al gobierno. Mucho he escrito sobre la tragedia que significó para el país dicha secta tremebunda, en especial en su última versión protagonizada por el nefasto matrimonio Kirchner.
Por primera vez en muchos años se los desalojó democráticamente del poder ejecutivo, pese a que continúan insertos en los dos poderes restantes (legislativo y judicial) y prosiguen instalados y manejando los medios masivos de difusión en una medida para nada despreciable a través de pseudo-“periodistas” adictos. Infiltrados, además, en todos los sectores sociales.
Pero lo más triste de todo es la contracultura creada por Perón y que se enraizó en buena parte del electorado argentino. La contracultura de naturalizar la corrupción, el robo, el vivir de la dádiva que el estado-nación regala generosamente a quien nada trabajó, aportó, ni produjo, ni desea hacerlo tampoco. Porque se le ha enseñado que “la sociedad” (es decir, los que trabajan y producen) les “deben todo”. Y que eso representa para el recipiendario un “derecho”. Esta falacia ha calado hondo en el espíritu de muchos argentinos.
Semejante mentalidad, que comparten socialdemócratas y populistas, que no son más que dos extremos de un mismo espectro, y que encuentra su matriz en el socialismo utópico primero y continúa históricamente con el marxismo, es la que conforma el sustrato cultural argentino, y de allí sus derivados en las áreas de política y economía.
El gobierno de Cambiemos (una socialdemocracia de tipo desarrollista) quiso conciliar su accionar político con el populismo legado por sus antecesores peronistas, esta vez en su versión K. Pero, como ya explicamos, si el desarrollismo es inviable en el largo plazo, el populismo lo es en el mediano. Y si se los combina, se trata de un coctel fatal.
Quienes amamos las instituciones y defendemos la república no podemos menos que estar preocupados por el rumbo al que conducen al país esas ideologías trasnochadas (nos referimos ahora a la socialdemocracia y al populismo) ensayadas una y mil veces, no sólo en la historia argentina sino mundial.
En lo económico, el común denominador (como expusimos tantas veces) es el intervencionismo estatal en todos los campos posibles. Según la concepción desarrollista del gobierno de Cambiemos orientado, precisamente, al desarrollo integral del país, sobre todo en materia de obras públicas, de infraestructura industrial, vial y habitacional preferentemente. Para el populismo, en cambio, la injerencia estatal debe dirigirse hacia otros objetivos, esta vez puramente asistencialistas, ya que detrás de esa mecánica se esconden intenciones exclusivamente electivas, habida cuenta que el populismo está encauzado por una lógica del poder por el poder mismo, lo que le lleva a conquistar -con los instrumentos que fueren necesarios (“el fin justifica los medios”)- una clientela electoral cautiva, es decir, un clientelismo que sólo puede lograrse ganando el favor y el voto de los más necesitados a quienes las dádivas populistas están destinadas, y a quienes se trata de convencer que gozan de un “derecho” sobre el fruto del trabajo ajeno.
Subyace, pues, en todo este entramado ideológico, la teoría de la explotación marxista, que dice que los pobres son pobres por culpa de los ricos, falsedad que -desde que Montaigne en el siglo XV la formulara filosóficamente- fue aceptada casi sin discusión por todas las generaciones posteriores en prácticamente todas partes del mundo. Esta idea es la que se oculta en el inconsciente colectivo, si es que puede hablarse de tal cosa.
El poco o nulo nivel del debate público (que puede constatarse diaria y fácilmente tanto en la TV, radio, como internet) es otra muestra más de inmadurez cívica, ya sea por su superfluidad como por la trivialidad de los “conceptos” y “análisis” (si es que pueden recibir estas denominaciones tan calificadas para los que se ven, leen o escuchan) que se exponen por parte de los actores políticos (en realidad más actores que verdaderos “políticos”), panelistas de baja monta y opinólogos baratos.
Dado el cuadro de situación actual, todo parece indicar que la próxima contienda electoral será una confrontación entre más populismo o menos populismo. Si se elige por populismo con desarrollismo, la opción será la continuidad de Cambiemos, si es, por el contrario, o sea populismo puro y duro, implicará una vuelta al peronismo, con las terroríficas consecuencias que ya conocemos, y que una mirada retrospectiva histórica (remota y reciente) nos podrá demostrar fácilmente a quien lo haga.
Que Argentina en esta época tenga que debatirse entre cual versión de populismo sería la “mejor” sin contemplar ninguna otra alternativa diferente a esa, indica -a mi modo de ver- el tremendo grado de inmadurez política del electorado, tanto potencial como real.
Pero en el momento actual, tal dilema es insoslayable, porque el votante no observa ninguna otra disyuntiva más que la señalada.
Y, habida cuenta que todo político no es más que un producto de la sociedad en donde este emerge, si la demanda electoral es por populismo, la oferta responderá con más populismo. Simple. Caso contrario, no se ganan las elecciones.
En los países maduros políticamente no se estaría discutiendo en los mismos términos que se lo hace en la Argentina. Y no sólo políticamente, sino también económicamente. Es cierto que el populismo existe a nivel mundial, pero las versiones más fascistas del populismo -como lo es el peronismo- no tienen cabida real en ningún sistema político actual del orbe.
Y esto va más allá de la figura del candidato, porque lo que en definitiva importa, es el sustrato ideológico que (sea quien sea lo porte) va a determinar las acciones políticas precisas a imponer.
En realidad, la reversión de la transformación contracultural que significó el peronismo para desgracia de la Argentina es algo que parece que va a llevar mucho tiempo, y que necesite quizás (esperemos que no) de algún suceso traumático.
Por lo pronto, el escenario inmediato que tenemos por delante no ofrecerá demasiadas sorpresas: tendremos más o menos populismo conforme al signo político que resulte triunfante.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Llanto por Anthony de Jasay

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 12/2/19 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/llanto-por-anthony-de-jasay/

 

Ha muerto Anthony de Jasay (1925-2019), posiblemente el más importante pensador liberal de nuestro tiempo. Como tantas otras cosas buenas, debo el haberle conocido a mi amigo y maestro Pedro Schwartz. Hace treinta años puso en mis manos su primer libro, The State, y me dijo simplemente: “Tienes que leer esto”.

Quedé impresionado por el libro, que tiempo después contribuí a traducir. En estas tres décadas tuve el honor de conocer a De Jasay, y el placer de estudiar y divulgar su notable obra, en particular en este rincón de EXPANSIÓN —por ejemplo: https://bit.ly/2Bqf0kf , https://bit.ly/2URKMOD , https://bit.ly/2StWbGN.

Fue original en sus ideas y en su propia vida: tras estudiar agronomía y trabajar como periodista, debió huir del comunismo en su Hungría natal, y recaló en Australia y luego en Oxford. Cuando todo sugería que iba a emprender una carrera académica, marchó a París y se dedicó durante un par de décadas a la banca de inversión. En 1979 se retiró a Normandía, a pensar y a escribir. En 1985 apareció The State, el único de sus libros que tendría una versión española, en Alianza.

El volumen atrajo la atención del premio Nobel de Economía James Buchanan, que lo saludó con entusiasmo, y también con amplitud de miras, porque la tesis de De Jasay es menos optimista que la “Economía Constitucional” de Buchanan.

De Jasay aplicó al poder político la lógica más rigurosa, que lo llevó a criticar desde el liberalismo a luminarias como Popper y Hayek. Su enfoque está resumido en la primera línea de El Estado: “¿Usted qué haría si usted fuera el Estado?”. En línea con la escuela de la Elección Pública, nos invita a dejar atrás el velo de la inocencia a propósito de la política, pero va más allá de Buchanan. La dinámica del Estado lo lleva a crecer, y a remover cualquier obstáculo que obstaculice su crecimiento. Esto es lo que haría usted si Estado fuera usted.

Las constituciones en realidad jamás han frenado el crecimiento del Estado —y las más recientes, como la nuestra de 1978, de hecho lo han animado. Un viejo ejemplo es el impuesto sobre la renta, establecido en Estados Unidos a comienzos del siglo XX; cuando se descubrió que dicho gravamen era anti-constitucional, lo que se hizo fue…una enmienda (la número XVI), y así siguió el income tax tan campante, hasta hoy.

En la página web del Liberty Fund se pueden encontrar varios libros y los artículos que Anthony de Jasay escribió para esa señera institución liberal, y que muestran la profundidad de sus análisis.

Tenía admiradores en España, y muchos nos juntamos hace diez años en Madrid, para homenajearlo cuando recibió el Premio Juan de Mariana a una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad.

Descanse en paz.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

A la herencia K se le agrega ahora la herencia Cambiemos

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 12/2/19 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/02/12/a-la-herencia-k-se-le-agrega-ahora-la-herencia-cambiemos/

 

El Gobierno ha desperdiciado 3 años y monedas con la historia del gradualismo

Ahora, en su último año de Gobierno de CambIemos, aparece de nuevo el fantasma de que el kirchnerismo pueda tener la posibilidad de acceder al poder. Sería imperdonable que luego del esfuerzo que tanta gente hizo para frenar a esa asociación ilícita que llegó al Ejecutivo, vació la Argentina a puro latrocinio, produciendo uno de los saqueos más grandes de su historia, esa legión de delincuentes tenga alguna chance de volver a revolear bolsos con euros gracias al inmovilismo del gobierno y, por sobre todas las cosas, por no haber denunciado en su momento la terrible herencia recibida.

Lo cierto es que si en octubre se produce la polarización esperada entre Cambiemos y el kirchnerismo y el primero retiene el poder, tendrá que lidiar de nuevo con la herencia recibida y con la propia herencia, ya que en estos 4 años habrán agregado otros problemas a los ya heredados por el kircherismo como es el caso de la deuda pública para financiar el déficit fiscal por el gasto público que no se animaron a bajar.

El desafío que la Argentina tiene por delante para entrar en serio en una senda de crecimiento sostenido es de una magnitud insospechada que no se resuelve con retoques en el tipo de cambio, en la tasa de interés o haciendo artilugios financieros ni aplicando aspirinetas al tema fiscal.

Los 163 impuestos nacionales, provinciales y municipales que detectó el IARAF implican un aumento sobre los 96 impuestos nacionales, provinciales y municipales que ya había detectado Antonio Margariti en 2015, si mal no recuerdo.

Pero esa maraña de impuestos se explica por el fenomenal aumento del gasto público consolidado a partir de la llegada del kirchnerismo al gobierno en 2003.

Como puede verse en el gráfico, el gasto público consolidado pasó de un promedio del 31,5% sobre el PBI en la década del 90, cuando ya el gasto público era alto, a un máximo de 47,1% en 2016. O sea que el gasto consolidado aumentó 15,6 puntos porcentuales del PBI. Para ponerlo de otra forma, si quisiéramos volver a los niveles de gasto público consolidado respecto al PBI de los 90, habría que bajar el gasto consolidado unos USD 77.000 millones o, si se prefiere, habría que reducir un 34% el gasto público consolidado actual.

Si eso no se quiere hacer, entonces habrá que soportar una carga tributaria consolidada que pasó del 23% del PBI en 2003 al 41,7% del PBI en 2018 y que tampoco alcanza para evitar el déficit fiscal.

Como consecuencia del aumento del gasto público, la carga tributaria casi se duplicó desde el inicio del kirchnerismo a la actualidad, haciendo estragos en el endeudamiento público, disparando el peso de los intereses de la deuda sobre la recaudación impositiva y afectando el nivel de empleo privado.

Deterioro de la economía real

La recesión de 2018 comienza en abril de ese año. Si tomamos la cantidad de puestos de trabajo del sector privado en blanco en marzo de 2018 y los comparamos con los de noviembre del mismo año vemos una caída de 158.000 puestos sin considerar a los autónomos ni a los monotributistas. En cambio, en el mismo período, el empleo público consolidado (nación, provincias y municipios) aumentó en 43.900 puestos. Todos estos datos son de la Secretaría de Trabajo.

Tomando todo el período de Cambiemos, el empleo privado en relación de dependencia cayó en 102.000 puestos de trabajo y el empleo público consolidado creció en 58.800 puestos de trabajo. Es muy clara la evidencia que es el sector privado el que está sufriendo los efectos del ajuste, mientras los tres niveles de gobierno tiemblan ante la posibilidad de reducir un solo puesto de trabajo en el Estado.

Por un lado el que pierde puestos de trabajo es el sector privado y, por otro lado, el único rubro en que el Gobierno bajó el gasto público fue en subsidios económicos que tienen como contrapartida el incremento de las tarifas de los servicios públicos.

Puesto de otra forma, como corresponde y apoyo, el gobierno fue eliminando los subsidios económicos, en particular los que mantenían artificialmente bajas las tarifas de los servicios públicos, y la gente empezó a pagar más por dichos servicios, pero al mismo tiempo, el Poder Ejecutivo no bajó otros gastos del Estado para aliviar la carga impositiva.

De manera que el sector privado paga lo que corresponde por los servicios públicos pero no tiene alivio de la presión impositiva porque tiene que seguir sosteniendo a piqueteros, infinidad de planes sociales que Carolina Stanley decidió que son un derecho de los que reciben esos planes, sin aclarar de dónde surge ese derecho ni quién tiene la obligación de mantener a otro para que no trabaje y a legiones de empleados públicos que son intocables. Como si en Argentina hubiese prerrogativas de sangre y de nacimiento.

Para que tengamos una idea, el gasto público corriente (incluidos los intereses de la deuda pública) disminuyeron 3,6 puntos del PBI en la era Cambiemos, pero 2 puntos de esos 3,6 se explican por menos subsidios económicos, que es lo mismo que decir mayores tarifas de los servicios públicos pero no baja de impuestos.

Además, el Gobierno bajó 3,6 puntos el gasto corriente pero aumentó el gasto en intereses en 1,6 puntos del PBI que pasaron de 2% en 2015 a 3,6% en 2018, incluyendo los interés intrasector público.

En síntesis, el Gobierno ahorró 2 puntos del PBI en gastos corrientes cobrando más tarifas, pero otros 1,6 puntos del PBI se le fueron en intereses de la deuda para financiar el gradualismo. Puro costo para el sector privado.

Expectativas sin fundamentos 

Desde el Gobierno dicen que a medida que la economía crezca, se va a poder bajar el gasto público, y la oposición, que habla sin mirar los números, se espanta del ajuste salvaje y dice que esto se resuelve con crecimiento. Me permito advertir que ambos deliran. La Argentina no puede crecer con este gasto público ni carga tributaria. Así que decir que esto se resuelve bajando el gasto público y dejando de mentir con que la salida es el crecimiento sin que se baje el gasto previamente.

¿Cómo se resuelve este problema? ¿Cómo se rompe este círculo vicioso por el cual el Gobierno dice que no se puede bajar el gasto hasta que no haya inversiones y sabemos que no hará inversiones con esta carga impositiva? Lamentablemente, Cambiemos no sólo desperdició la oportunidad de contar la herencia recibida, sino que además se endeudó para no cambiarla. Se endeudó para pagar los sueldos en vez de endeudarse para financiar la reforma del estado. Si antes uno podía pensar en bajar los impuestos para atraer inversiones a un ritmo mayor al que se bajaba el gasto público y financiar el déficit hasta que hubiese equilibrio con endeudamiento, ahora ese instrumento no lo veo.

De manera que, desafortunadamente, el mayor ritmo de ajuste tendrá que venir por el lado del gasto público para poder reducir la carga tributaria y atraer inversiones para crecer. Una combinación de baja del gasto público, con reducción de impuestos y reforma laboral podría romper el círculo vicioso en el que estamos metido. Dicho de otra forma, el famoso gradualismo dejó una herencia más pesada que la que se recibió y tendrá costos políticos que pagar más altos que si se hubiese aplicado una política de shock desde el inicio contando la herencia recibida.

Las 3 bases para el mejor ajuste

¿Dónde bajar el gasto? En los programas sociales (ya he explicado varias veces cómo hacerlo), en las jubilaciones de aquellos que nunca aportaron al sistema y Cristina Fernández de Kirchner agregó terminando de quebrar a un sistema de reparto inviable, y en el empleo público.

Esto debería ser acompañado por el ajuste por inflación de los balances en una primera etapa y luego la reducción de las tasas impositivas. Tal vez habría que pensar en pasar de un Impuesto a las Ganancias a un flat tax. Considerando que la salida más rápida para crecer está en las exportaciones, la reducción de derechos de exportación hay que retomarla en forma inmediata.

Ronald Reagan y Margaret Tatcher consolidaron su liderazgo cuando pagaron el costo político de enfrentar a la mafia de los sindicatos. Reagan con los controladores aéreos y Tatcher con los mineros. Mostrada la convicción de avanzar en las reformas, la confianza renace y las inversiones pueden llegar.

En síntesis, para lograr romper el círculo vicioso de decadencia en el que estamos sumergido hace falta un plan económico consistente, ejecutado por personas de trayectoria y prestigio y una fuerte y clara convicción del presidente de pagar el costo político que haya que pagar para llevar adelante ese plan.

En ese contexto no hay lugar para funcionarios que sigan difundiendo la demagogia diciendo que quienes reciben un plan social no tienen que agradecer nada porque es su derecho a vivir del trabajo ajeno, ni tampoco hay para los especialistas en roscas políticas que pueden servir para ganar una elección pero luego no sirven para sacar al país de la decadencia, al contrario, lo terminan hundiendo.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE