Si la Argentina fuera una empresa ya le hubieran decretado la quiebra

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 19/5/2020 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/05/19/si-la-argentina-fuera-una-empresa-ya-le-hubieran-decretado-la-quiebra/

 

Algún abogado dirá que un país nunca quiebra porque no hay un juez que pueda ejecutar los activos del Estado, salvo en el caso argentino la Fragata Libertad o alguna otra cosa (Reuters)

Algún abogado dirá que un país nunca quiebra porque no hay un juez que pueda ejecutar los activos del Estado, salvo en el caso argentino la Fragata Libertad o alguna otra cosa (Reuters)

 

Si bien el Gobierno llamó a una convocatoria de acreedores para decirles que no puede pagarles los vencimientos del capital ni de los intereses, por un tiempo, los datos muestran que la oferta inicial de pago con quitas no será aceptada, con lo cual si no se llega a un acuerdo el juez estaría decretando la quiebra en poco tiempo más.

Algún abogado dirá que un país nunca quiebra porque no hay un juez que pueda ejecutar los activos del Estado, salvo en el caso argentino la Fragata Libertad o alguna otra cosa.

Pero lo que se plantea es que el Estado argentino con los activos corrientes que tiene no puede afrontar el pago de los pasivos del corriente año. El país no tiene caja, ni créditos a cobrar y tampoco activos líquidos de fácil liquidación para enfrentar los pagos de los intereses y del capital.

Frente a esta situación, el Gobierno llamó a una suerte de concurso de acreedores para presentarles una oferta de pago en el futuro. Si los acreedores no aceptan la propuesta, entonces, se dispondría el default, equivalente a la quiebra en el caso de una empresa.

En rigor, no va a haber ningún juez de algún estrado que decrete la quiebra de Argentina, pero será la gente la que la determine de hecho, a través de la decisión de dejar de invertir en el país, fugando sus capitales a otro país en donde no se confisque recurrentemente la riqueza que se genera, y se agrave la situación de pobreza de la mayor parte de la población.

Lo que los populistas llaman fuga de capitales, no es otra cosa que la búsqueda de invertir el fruto del trabajo honesto de la gente en países que les respeten su derecho de propiedad, en respuesta a la prohibición de compra de divisas. No le roban a nadie. Eso es lo que pretenden vender los populistas que se ponen mal porque esos activos quedan fuera del país.

Es curioso cómo los populistas gritan a vos en cuello: fuga de capitales. ¿Qué es eso? Que la gente desprecia la moneda que produce el BCRA y, con el fruto de su trabajo, neto de sus gastos, prefiere comprar dólares en vez de pesos. Así de fácil. Alguien produce un bien y con los pesos que le entrega el comprador, deduce los costos y si le queda algo compra la divisa.

El bien que produce, como su trabajo, es de su propiedad y por lo tanto los dólares que decide comprar son de su propiedad. Pero los populistas insisten con que son del Estado y no del dueño, del productor que vendió a cambio de los dólares.

¿Por qué semejante disparate? Porque en realidad no quieren que suba el tipo de cambio y quede en evidencia la mala calidad de la moneda que emite el Banco Central. Si la gente no quiere los pesos, entonces demanda dólares y encima muchos decide llevarlo al exterior para escapar del robo legalizado que implementan los políticos populistas. Es obvio que en ese caso el tipo de cambio va a subir reflejando la debilidad del peso.

Cuando un gobierno dice que los dólares son del Estado porque los necesita, lo que hace es confiscar parte del fruto del trabajo del sector privado. Un ejemplo sencillo: un productor de soja cobra, por cada dólar exportado $48,83, sin embargo el fruto de su trabajo indica que cada dólar que generó de riqueza cotiza en el mercado a $130. El Estado le confisca el 63 por ciento. Y, se pierde de vista que no es el país el que necesita los dólares para comprar los insumos para producir, sino las empresas porque ningún país que quiera desarrollarse se autoabastece plenamente de la producción nacional.

El problema es que como el BCRA produce una mercadería moneda de mala calidad que nadie quiere, todos la venden a cambio de una moneda en la que confían, que es el dólar. Y lo que quiere el Estado es que el dólar para importar sea artificialmente barato para esconder el mayor costo de producción derivado de la depreciación del peso.

Larga historia de incumplimientos

Ahora bien, ¿por qué Argentina va a la quiebra? En primer lugar porque difícilmente los acreedores le acepten plenamente la propuesta de recorte de intereses y de capital. Pero lo que es más grave, no genera la riqueza necesaria como para que los ingresos fiscales futuros permitan generar el superávit primario requerido para poder honrar el nuevo perfil de vencimientos de la deuda pública.

El Estado no genera hoy la riqueza necesaria como para que los ingresos fiscales futuros permitan generar el superávit primario requerido para poder honrar el nuevo perfil de vencimientos de la deuda pública

El Estado no genera hoy la riqueza necesaria como para que los ingresos fiscales futuros permitan generar el superávit primario requerido para poder honrar el nuevo perfil de vencimientos de la deuda pública

Esto de no poder pagar la deuda y entrar en default no es nuevo. De acuerdo a los cálculos que hizo Nicolás Cachanosky, Argentina estuvo en default el 40% del tiempo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué? Porque, en primer lugar, el Estado gasta más de lo que recauda. La diferencia la cubre con endeudamiento. Pero no toma deuda para reestructurar el país, sino que lo hace en general para consumir vía populismo e incentivar a la gente a no producir. Es como si el jefe del hogar consume con la tarjeta de crédito, no trabaja y cuando del banco lo llaman para cobrar lo que debe, acusa al banco de buitre.

Aunque también es bueno reconocer que los que administran fondos de inversión compran con la plata de sus inversores bonos de países que claramente no pueden pagar la deuda que están contrayendo. Esos administradores cobran su bonus a fin de año y luego se van a hacer otro trabajo.

De ahí que también en parte del sector privado se observa un alto grado de irresponsabilidad, lo que no quiere decir que los gobiernos argentinos, uno detrás de otro, gaste más de los que le ingresa, se endeude y luego se haga el enojado diciendo que no paga. Si en los fondos de inversión hay irresponsables invirtiendo los ahorros de los inversores, eso no quiere decir que los gobernantes argentinos no aprovechan esa irresponsabilidad para ser ellos también irresponsables y asumir compromisos que luego no podrán honrar.

Por momentos esto de la deuda de Argentina deja en evidencia que es un juego de tahúres. En el medio está la gente que los vota para que se endeuden, en esta competencia populista en que se convirtió la democracia, por esa cultura de la dádiva que impera en el país.

Lo concreto es que el Estado no solo no genera los ingresos suficientes para poder pagar la deuda ni los intereses, tampoco tiene activos para cancelar esos pasivos y, lo que es peor, no tiene un plan económico consistente que haga pensar que en el futuro podrá pagar el capital y los intereses de la deuda pública.

Si la economía argentina no crece, no hay posibilidad alguna de poder pagar los intereses de la deuda. Para crecer, no solo hace falta tener un plan económico consistente, también se requiere de ser consistentes con la calidad institucional a lo largo del tiempo.

Para captar inversiones hace falta ser serios en lo institucional y la realidad es que la dirigencia política argentina no es, en líneas generales, seria, ni preparada. Los políticos argentinos son habilidosos para ganar elecciones, pero son incompetentes para hacer crecer el país. Su ambición por permanecer en el poder los lleva a hacer populismo. Y si no es por ambición de poder, es por incapacidad que hacen populismo.

La Argentina es como una empresa que no tiene un problema financiero de carácter transitorio, sino administradores, la dirigencia política, que la condujo a la quiebra. El Estado no solo tiene más pasivos que activos, sino que, además, tiene un flujo horrible de ingresos versus egresos, fruto del populismo.

El populismo destruyó las finanzas del país, pero sobre todo las instituciones básicas para atraer inversiones y crecer, y por tanto disparó la pobreza hasta niveles insospechados. De ahí que, mientras siga imperando esta filosofía populista, todo debate sobre cómo negociar el pago de la deuda pasa a ser absolutamente irrelevante.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky

El coronavirus y los inmensos beneficios del comercio exterior

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 18/4/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/04/18/el-coronavirus-y-los-inmensos-beneficios-del-comercio-exterior/

 

Más abajo me refiero al cierre transitorio de fronteras debido a la pandemia que abarca a todos los países del globo en cuanto al tránsito de personas y a dificultades en el comercio, pero antes hago varios puntos que estimo cruciales para cuando se abran plenamente las posibilidades de la cooperación social libre y voluntaria. Esto puede aparecer extemporáneo pero no lo es, está necesariamente situado en el presente al efecto de abrir el paraguas frente a aquellos que pretendan prolongar la penuria de diversos aspectos de la cerrazón bajo los pretextos que precisamente a continuación refutamos.

Lo primero es destacar que el comercio que atraviesa fronteras no se diferencia del comercio dentro de un país puesto que los ríos, las montañas, los océanos y las delimitaciones políticas no modifican los nexos causales y las consiguientes ventajas recíprocas de los intercambios libres y voluntarios entre partes.

En segundo lugar es relevante subrayar que desde la perspectiva liberal la única razón por la que el mundo se divide en naciones es para evitar los enormes peligros de la concentración de poder que surgiría de un gobierno universal. A su vez, los regímenes republicanos subdividen y fraccionan el poder político en provincias y, a su vez, en municipalidades.

Entonces, el tomarse en serio las fronteras constituye un desatino sobre la base de “proteccionismos” que en verdad desprotegen a los locales que combaten los “desvalores” de lo extranjero y en definitiva fabrican “culturas” alambradas que retrotraen a lo más primitivo y retrógrado de la humanidad.

Los nacionalismos, los patrioterismos y las xenofobias son patrimonio de una soldadesca embrutecida que se alimenta con los alaridos de la selva en abierta contradicción con el espíritu cosmopolita del liberal.

Pseudoempresarios aliados con el poder de turno pretenden sacar partida de sus mercados cautivos y otras prebendas con lo que explotan miserablemente a sus congéneres con argumentos retorcidos como los de “la industria incipiente”. Esta postura sostiene que necesitan el establecimiento de aranceles y tarifas para defenderse de la producción extranjera hasta que puedan acumular la suficiente experiencia para competir. Esta falacia pasa por alto el hecho de que prácticamente todas las evoluciones de nuevos negocios arrojan pérdidas en los primeros períodos para luego más que compensarse en los siguientes. Pero esta situación en modo alguno justifica que se endose coactivamente el referido costo sobre las espaldas de los consumidores cuando lo deberían absorber quienes pretenden un negocio. Si no disponen de los recursos necesarios, deben encontrar socios capitalistas para financiarse y si nadie acepta la propuesta es debido a que lo sugerido es un cuento chino (lo cual es habitual en estos casos). También es posible que la evaluación esté bien hecha pero como aparecen otros negocios más atractivos y como los recursos son escasos y no puede llevarse a cabo todos simultáneamente, el negocio de marras debe esperar su turno según sean las prioridades prevalentes.

Abrir las fronteras al comercio exterior de par en par se traduce en menores erogaciones por unidad de producto, lo cual a su turno significa liberar recursos humanos y materiales para atender otras necesidades. A su vez, el empresario deseoso de lograr nuevos arbitrajes está interesado en capacitar para las nuevas faenas que no resultaban posibles antes pues estaban esterilizadas en otras áreas. La liberación de aranceles produce el mismo efecto que el descubrimiento de una nueva tecnología que permite incrementar la productividad.

En este contexto, no cabe alegar derechos adquiridos debido a que los comerciantes se adaptaron a una legislación anterior basada en la cerrazón aduanera. Salvando las distancias, los fabricantes de cámaras de gas en el régimen asesino de los nazis no pudieron ampararse en derechos adquiridos para continuar son sus tareas asesinas. En ningún caso puede escudarse en derechos adquiridos cuando lo que se lleva a cabo es contrario al derecho, en el caso que analizamos es contra el fruto del trabajo ajeno.

Es tragicómico que a esta altura de la historia, ya pasados los traumas mercantilistas, se insista en que el objetivo de un país es exportar mucho y mantener en brete las importaciones. Esto en el terreno personal nadie lo aceptaría puesto que todos saben que el costo radica en verse obligados a vender bienes o servicios para poder comprar y que lo ideal para cada uno sería comprar y comprar permanentemente sin verse compelidos a vender. Lo mismo ocurre con un grupo de personas que denominamos país: lo ideal sería importar permanentemente sin tener que exportar, pero esto significaría que el resto del mundo nos estaría regalando todo todo el tiempo y esto desafortunadamente no se acepta.

La balanza comercial no es lo trascendente, lo relevante es la balanza de pagos que incluye los movimientos de capital que equilibran la ecuación. Otra vez, del mismo modo que sucede en el ámbito de lo personal, nuestros ingresos son iguales a nuestros egresos más/menos nuestro balance neto de efectivo. Entonces, el objeto del comercio exterior es la importación, la exportación es el costo que se debe incurrir para lograr el objetivo.

Si un país es absolutamente inepto para exportar no debe preocuparse por las importaciones puesto que igual que con nosotros el que no vende no puede comprar, con la diferencia que en el primer caso el asunto se pone de relieve a través del mercado cambiario que hace posible o en su caso imposibilita la importación. De más está decir que si se establecen marañas arancelarias, controles de cambio y se incurre en deuda externa las señales aludidas estarán bloqueadas para expresarse o lo hacen de modo deficiente, con todos los desajustes que ello significa.

En realidad la captación de inversiones extranjeras y el estímulo al ahorro interno se deben a marcos institucionales previsibles y respetuosos de los derechos individuales. En la medida que esto no tiene lugar, tampoco se logran aquellos propósitos. Más aun el capital no tiene patria, se dirige donde el binomio seguridad-rentabilidad sea óptimo. Es un despropósito referirse a la “fuga de capitales” como si al abandonar cierta jurisdicción territorial se estuviera cometiendo un crimen cuando en verdad se está ejerciendo el derecho de propiedad en casos en que resulta muy apropiado puesto que es una manera de salvar el fruto del trabajo de las garras del Leviatán.

Una política especialmente dañina es el establecimiento de aranceles en forma de serrucho, es decir, la imposición de gravámenes aduaneros en forma despareja, lo cual conduce a cuellos de botella insalvables entre los insumos y el producto final con lo que se cierran muchas fábricas.

Es cierto que vivimos en un mundo en gran medida cerrado al comercio, pero un país que se basa en el librecambio comerciará con todos aquellos que lo permiten. La cerrazón -el suicidio de otros- no es argumento para extender esa política empobrecedora a los locales. Resultan graciosas algunas pretendidas argumentaciones: se dice que como el país A ha cerrado sus fronteras al comercio con el país B, este “en represalia” cierra también sus fronteras a la entrada de productos provenientes del país A. Pero esto significa lisa y llanamente que el país B se ha perjudicado doblemente, primero por los aranceles del país A impuestos a los productos del país B y luego empeora la calidad de sus compras puesto que sus habitantes se ven obligados a comprar más caro o de peor calidad (o las dos cosas a la vez) de otros proveedores.

Por último, mencionamos que es habitual que se esgrima el argumento del “dumping” para sugerir la imposición de aranceles lo cual significa venta bajo el costo que los comerciantes que lo alegan generalmente no se toman el trabajo de analizar los libros contables que quien supuestamente incurre en dumping y lo usa como escudo para protegerse de la competencia más efectiva. Cuando se vende bajo el costo y el precio de mercado es más alto, la competencia compra al precio subvaluado y vende al de mercado con la diferencia a su favor. El único dumping negativo y peligroso es el que llevan a cabo los aparatos estatales puesto que lo hacen con recursos coactivamente detraídos de terceros. Y si el dumping –venta bajo el costo- se realiza porque el mercado no absorbe precios más altos, simplemente habrá quebrantos como indicador al empresario que mejore su performance o cambie de rubro.

En definitiva, la autarquía indefectiblemente empobrece sea estableciendo aduanas interiores en un país o aduanas en las fronteras. Siempre el agente aduanero controla porque se fundamenta en el postulado inaudito que el ingresar productos más baratos y de mejor calidad empeora el nivel de vida de los locales o, de lo contrario, se invita al cohecho.

No se trata de ampulosas declamaciones entre gobernantes en elegantes (y costosas) recepciones supuestamente “abriendo mercados”, se trata de derribar barreras aduaneras y abrir las puertas para la mayor competitividad disminuyendo el peso del Leviatán reduciendo el gasto público al eliminar funciones para poder aliviar las cargas fiscales y la pesada deuda.

Debido a la desafortunada pandemia que abarca a nuestro planeta han debido suspenderse transacciones comerciales y dificultarse otras, menores producciones y escaso traslado de personas, lo cual deberá revertirse ni bien pase el peligro que nos amenaza a todos. Debemos estar atentos a los deseos perversos de megalómanos que pretendan prolongar las penurias de la cerrazón en diversos andariveles para satisfacer sus ansias de control a vidas y haciendas ajenas.

Tal vez, para mirar el lado que pueda extraerse de positivo de estos encierros pueda mencionarse que da la oportunidad de consultar con mayor atención libros y ensayos que nos ayuden a meditar sobre las bases morales de una sociedad abierta al tiempo que ofrecen la oportunidad de estrechar lazos familiares y profundizar conversaciones sobre temas relevantes que a todos nos atañen (en otros casos tal vez quedan sin efecto vínculos familiares cuando sus integrantes perciben que no era lo que esperaban una vez que pudieron intercambiar sin interrupciones). También es posible que la intensificación de la gimnasia de comunicarnos vía digital en esta situación extrema permita en el futuro reemplazar algunas actividades presenciales por las remotas lo cual modificará el panorama productivo para bien al simplificar estructuras innecesarias.

Por otra parte y por último, es menester destacar muy especialmente la urgente necesidad de eliminar toda la parafernalia estatista que no ha hecho más que empeorar la maldición del coronavirus en los casos en que se han impuesto absurdos controles de precios y otros embates gubernamentales a la producción de bienes y servicios que han colocado tremendos palos en la rueda que naturalmente generaron faltantes y desajustes de diversa magnitud y gravedad. En esos casos desafortunados no se ha comprendido que cuanto más delicada es la situación por la que se atraviesa, mayor es la razón de contar con precios libres tanto en el comercio interior como en el exterior para no afectar a la población, muy especialmente a la más vulnerable y por tanto desprotegida. En esta misma línea argumental en medio de la pandemia “para reactivar la economía” muchas bancas centrales han optado por incrementar la base monetaria, lo cual inexorablemente acentúa los descalabros ya que al contraerse la actividad la expansión monetaria incrementa los desajustes (independientemente de lo que ocurra con la producción secundaria de dinero) aunque, igual que con la drogas alucinógenas, en un primer momento produce sensación de confort hasta que vienen los efectos devastadores.

En el campo monetario es del caso introducir una nota al pie y es que en la situación argentina hay temor que en medio de la pandemia de marras se vuelvan a repetir las emisiones de las llamadas “cuasi-monedas” (desde luego muy distantes de la propuesta del premio Nobel en economía F. A. Hayek en cuanto competencia de monedas sin curso forzoso), pero no creo darles una sorpresa a los lectores si digo que desde hace décadas resulta que ya tenemos una lamentable cuasi-moneda que nos devora: el peso argentino que demás está decir no cumple con la función de depósito de valor y se está deslizando a la categoría de cuasi-nada.

Por supuesto que debido al consumo de capital por la reducción abrupta en la producción, los salarios e ingresos en términos reales serán menores lo cual se revertirá en la medida en que se abran los mercados y se hagan reformas laborales para permitir el empleo. En otro plano, nuevamente subrayamos que el delicadísimo balance costo-beneficio en el contexto del conronavirus debe tomarse en cuenta principalmente en base a los conocedores de la infección que nos acecha puesto que tiene prelación las estimaciones sobre cadáveres acumulados, en cuya situación no parecen muy relevantes las cotizaciones de Wall Street por más que, como también hemos consignado antes, la retracción en la producción por la inactividad fruto de los aislamientos puede conducir a muertes por hambre. Nada más peligroso que los arrogantes que opinan sin conocimiento de causa.

En resumen y para volver a nuestro tema central, deben comprenderse las enormes ventajas del comercio que es otro modo de aludir a la cooperación social entre las personas lo cual, como queda dicho, no cambia por el hecho de encontrarse sus respectivos moradores circunstancialmente en distintos países.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Tibor Machan, un filósofo de la libertad

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 13/7/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/07/13/tibor-machan-un-filosofo-de-la-libertad/

 

Lo conocí a Tibor (1939-2016) en un seminario patrocinado por Liberty Fund en San Pablo, luego impartimos juntos clase en la Universidad de Aix-en-Provence, propuestos por el hoy tan celebrado Jacques Garello y finalmente lo invité a pronunciar conferencias en Buenos Aires cuando me desempeñaba como rector de la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (Eseade).

Muy buen orador, fogoso polemista y gran conversador, provisto de un excelente sentido del humor. Sus libros y ensayos son innumerables, pero en esta nota periodística me referiré a lo que estimo que son las mejores contribuciones de las múltiples que poseo en mi biblioteca, que no son ni remotamente todas sus producciones.

En primero lugar, su libro titulado Generosity. Virtue in Civil Society, que abre de este modo: “La generosidad es una virtud moral que no puede florecer en un Estado benefactor ni en ninguna otra situación de economía planificada, porque ser generoso implica que voluntariamente se ayuda a otros de diferentes maneras. Solo puede florecer en una sociedad libre”. A continuación apunta: “Los actos generosos requieren el derecho de propiedad”, puesto que debe entregarse lo suyo y no a la fuerza lo de los demás. Escribe Machan: “Muchos son los que alardean de generosidad, compasión, bondad y caridad pero resisten el establecimiento del derecho de propiedad” y más bien pretenden solidaridad con el fruto del trabajo ajeno arrancado compulsivamente. Gran hipocresía, por cierto, un latrocinio disfrazado de filantropía.

En otra parte de esta obra, el autor sostiene que hay una diferencia abismal entre generosidad y altruismo, que según el diccionario es hacer el bien a otros a costa del propio bien, lo cual es un contrasentido, puesto que cuando se hace el bien al prójimo es precisamente y exclusivamente porque está en interés del sujeto actuante, en verdad una tautología, puesto que si no está en interés de quien procede de ese modo, ¿en interés de quién será? En ese sentido, estaba en interés de la Madre Teresa de Calcuta el cuidado de los leprosos, y así sucesivamente.

En este contexto Tibor aclara que, a su juicio, el interés personal tiene dos significados, uno amplio, que abarca todas las acciones, sean estas correctas o malvadas y otra acepción que se circunscribe a las primeras, es decir, a las que le hacen bien a quien las lleva a cabo. Consigna: “El autobeneficio proviene de ser una persona moralmente buena”, esto es, como queda dicho, los actos buenos hacen bien a quienes los llevan a cabo en el sentido de que actualizan sus potencialidades en busca del bien.

También el autor se refiere en este libro con algún detenimiento al precepto bíblico de “amar al prójimo como a ti mismo” y concluye por otra vía lo que a continuación presento a título personal. El adverbio conjuntivo “como” puede traducirse en que sea mayor, menor o igual. Si fuera igual, la persona sería indiferente, lo cual paralizaría la acción (hasta que haya preferencia). Si fuera mayor, el beneficio del otro no tendría razón de ser el acto, puesto que quedaría amputado el motivo, la razón o la necesaria prioridad, ya que solo opera si la satisfacción propia es más fuerte o mayor que la del prójimo, puesto que constituye el punto de referencia: toda acción es en beneficio personal.

Decir que es mayor psicológicamente la ganancia que obtiene el otro al amarlo carece de sentido, ya que, como queda dicho, el punto de referencia o el mojón extramuros de la acción es el amor propio. Quien ama es porque le satisface ese amor (el que se odia a sí mismo es incapaz de amar). Tal vez Santo Tomás aclare este punto al afirmar en la Suma Teológica: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo: por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo moldeado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a sí mismo que al prójimo” (Sec. Sec., q. xxvi, art. iv). Entonces, el amor a otro es inexorablemente menor en intensidad y preferencia al que se profesa a uno mismo, que, por los motivos señalados, es prioritario y el motor de la acción.

Finalmente, por su parte, dice Machan: “Aquellos que demandan generosidad, caridad, compasión o bondad en base a la coerción de los aparatos estatales —Estado benefactor y socialismos varios— destrozan los fundamentos de las virtudes morales”.

Otro de sus libros lleva por título Human Rights and Human Liberties, un título un tanto redundante por partida doble: primero, porque los derechos y las libertades no pueden ser otra cosa que humanos y, segundo, porque hablar de derechos y libertades constituyen la cara y la contracara del mismo asunto. De todos modos, gran parte del contenido resulta sumamente esclarecedor (nunca hay acuerdo total con ningún escritor, incluso lo que uno mismo escribe visto a la distancia seguramente demandará modificaciones, sea por la redacción, por el contenido o por las dos cosas).

En todo caso, es pertinente detenerse en uno de los epígrafes de lo obra que cita uno de los fallos de la Corte Suprema de Justicia estadounidense. La cita es consigna de modo incompleto en el libro al efecto de destacar lo más importante, pero nosotros la transcribimos completa. Dice así: “El propósito de una Declaración de Derechos fue el de sustraer ciertos temas de las vicisitudes de las controversias y colocarlos más allá de las mayorías y de funcionarios y establecer principios legales aprobados por las Cortes. Los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, a la libertad de expresión, a la libertad de prensa, a la libertad en las transacciones y de asociación y otros derechos fundamentales no deben someterse al voto; ellos no dependen de los resultados de ninguna elección” (West Virgina Board of Education v. Barnette, 1943, 319 US, 624, 638).

Este fallo se dice redactado por el juez Robert Jackson, es de una trascendencia difícil de traducir en palabras, ya que el concepto allí vertido pone de manifiesto el aspecto medular de una república. Pone de relieve lo que grandes constitucionalistas de nuestro tiempo han considerado que es el eje central de la democracia.

Una de las razones más relevantes del declive de regímenes democráticos de la actualidad descansa en la incomprensión de la filosofía inherente en el antedicho dictamen de la Corte Suprema de Estados Unidos. Hoy en día la democracia ha degenerado en cleptocracia, a saber, el gobierno de los ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida. Desde la Carta Magna en adelante, las constituciones han sido concebidas para establecer límites claros y precisos al poder político, en cambio, en la actualidad las constituciones reformadas y la legislación que la acompaña son muestras de abuso de poder. Como se ha explicitado tantas veces, es imperioso introducir nuevas barreras al poder si no se quiere que el planeta termine en un inmenso Gulag en nombre de una supuesta democracia.

La obra de Tibor Machan es básicamente un análisis pormenorizado de los equívocos de Thomas Hobbes en cuanto a su aplicación desviada de la noción de derecho natural, que desemboca en el establecimiento de una monarquía absoluta en un contexto de extremo positivismo legal en el que no hay puntos de referencia fuera de la legislación escrita, esto es, que no habría la noción de Justicia fuera de la norma positiva.

Asimismo, elabora una cuidadosa y contundente crítica a las teorías esbozadas por John Rawls en cuanto a su redistribución de ingresos basada en talentos naturales de modo desigual, sin ver, entre otras cosas, que los talentos adquiridos son consecuencia de los naturales y que la susodicha redistribución altera la asignación de los siempre escasos recursos y, por tanto, empobrece de modo muy especial a los más necesitados. También el autor en gran medida se apoya en algunos aspectos del andamiaje conceptual de Robert Nozick, en cuanto al establecimiento de un gobierno con poderes limitados a la protección de derechos, entendidos estos no como pseudoderechos que significan un asalto al bolsillo del prójimo.

Por su parte, en otro de sus libros, Individual and their Rights, se detiene a considerar al valor del individualismo como el respeto a las autonomías individuales en franca oposición al tratamiento de expresiones colectivistas que tratan a lo grupal como un antropomorfismo, con lo que se deglute a los derechos de las personas, lo cual completa con un estudio riguroso de la historia de uno y otro concepto a través del tiempo. En una parte final, Machan analiza el fundamento de la institución de la propiedad privada desde la perspectiva de muy diversos autores antiguos y contemporáneos.

Tibor ha editado y compilado muchos trabajos de gran valor. El ejemplo más sobresaliente es el muy citado The Libertarian Alternative. Como es sabido, la palabra “liberal” ha sido expropiada en Estados Unidos por los estatistas, por lo que se ha inventado la expresión “libertarianismo”, a disgusto por muchos que siguen definiéndose como liberales clásicos, como Milton Friedman, Friedrich Hayek, Ludwig von Mises y muchos otros. En esta cuestión que puede aparecer como mero asunto semántico hay dos problemas de fondo que deben ser aclarados. En primer lugar, destacar que tras la batalla por las ideas hay una batalla del lenguaje. No se trata de simplemente mudar de palabra cuando esta es renegada por la mayoría o utilizada mal para seguir como si tal, pues la nueva palabra será también expropiada o estigmatizada en el corto plazo. Por otra parte, quienes recurren a una nueva palabra para referirse a la libertad debido a que descubren otras facetas no parecen comprender que el liberalismo está siempre en ebullición y atento a nuevas contribuciones, puesto que descansa en la ida de que el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad, abierto a refutaciones.

Por último, menciono la extraordinaria obra titulada The Pseudo Science of B. F. Skinner, donde Machan pone de relieve su mayor destreza al criticar el corazón de cuarenta trabajos de Skinner, muy especialmente el que lleva el sugestivo título de Beyond Freedom and Dignity. El objetivo de Machan consiste en la demolición de la tesis del materialismo filosófico (o determinismo físico para recurrir a terminología popperiana).

Así demuestra que los estados de conciencia, la psique o la mente son distintos de la materia, específicamente del cerebro y que sin esa cualidad no habría tal cosa como el libre albedrío y, por ende, la propia libertad sería una mera ficción. Tampoco tendría sentido la responsabilidad individual ni la moral, ni las ideas autogeneradas, ni las proposiciones verdaderas y las falsas. Los humanos seríamos como loros, más complejos pero loros al fin de cuentas. Skinner afirma: “La libertad del hombre, quien es considerado responsable del comportamiento de su organismo biológico, es solo una noción precientífica que sustituye a los tipos de causas que son descubiertas en el curso del análisis científico”. Lo mismo había dicho Sigmund Freud con anterioridad.

Desafortunadamente en nuestra época el materialismo o fatalismo descrito hacen estragos en la cultura, especialmente en el terreno de la psiquiatría, el derecho penal y en el campo económico el denominado “neuroeconomics”. Viene al caso subrayar que en la compilación antes referida uno de los autores centra su atención en el asunto ahora considerado. Se trata de Nathaniel Branden, quien en un ensayo titulado “Free Will, Moral Responsability and the Law” apunta: “El determinismo declara que aquello que el hombre hace lo tenía que hacer, aquello en lo que cree tenía que creerlo […] Pero si esto fuera cierto, ningún conocimiento conceptual resultaría posible para el hombre. Ninguna teoría podría reclamar mayor validez que otra, incluyendo la teoría del determinismo”.

En resumen, Tibor Machan ha contribuido a fortalecer las bases de una sociedad abierta con sus escritos y sus clases que recuerdan con tanto agradecimiento sus numerosos discípulos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

EL SIEMPRE REPUGNANTE ANTISEMITISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

Muchas veces he escrito sobre este asunto espantoso, pero ahora se me ocurre volver sobre el tema a raíz de nuevos brotes de antisemitismo en Europa y también en Estados Unidos, entre otros, levantado con gran capacidad didáctica por CNN en un magnífico documental titulado Una sombra sobre Europa. Antisemitismo en 2018 donde entre muchos testimonios de valía aparece un Rabino polaco a quien le preguntan como se siente con estos sucesos horrendos. La respuesta me estremeció por la nobleza y el coraje moral del entrevistado: “Siento que tenemos más trabajo que hacer”.

 

Después de todas las atrocidades criminales que han ocurrido en el mundo perpetradas contra los judíos, todavía existe ese prejuicio bárbaro que se conoce como “antisemitismo” aunque, como bien señala Gustavo Perednik, es mas preciso denominarlo judeofobia (que es el título de su obra) puesto que esa otra denominación inventada por Wilhelm Marr en un panfleto de 1879 no ilustra la naturaleza y el significado de la tropelía.

 

Spencer Wells, el biólogo molecular de Stanford y Oxford, ha escrito en The Journal of Man. A Genetic Odessey que “el término raza no tiene ningún significado”. En verdad constituye un estereotipo. Tal como explica Wells en su libro mas reciente, todos provenimos de África y los rasgos físicos se fueron formando a través de las generaciones según las características geográficas y climatológicas en las que las personas han residido. Por eso, como he dicho en otra ocasión, no tiene sentido aludir a los negros norteamericanos como “afroamericanos”, puesto que eso no los distingue del resto de los mortales estadounidenses, para el caso el que éstas líneas escribe es afroargentino.

 

La torpeza de referirse a la “comunidad de sangre” pasa por alto el hecho que los mismos cuatro grupos sanguíneos que existen en todos los seres humanos están distribuidos en todas las personas del planeta con los rasgos físicos mas variados. Todos somos mestizos en el sentido que provenimos de las combinaciones mas variadas y todos provenimos de las situaciones mas primitivas y miserables (cuando no del mono). Thomas Sowell escribe que las tres cuartas partes de la población negra en Estados Unidos tienen blancos entre sus ancestros y que millones de blancos estadounidenses tienen por lo menos un negro entre sus ancestros.

 

También apunta Sowell que en los campos de extermino nazis se rapaba y tatuaba a las víctimas para poder diferenciarlas de sus victimarios. Esto a pesar de todos los galimatías clasificatorios de Hitler y sus sicarios, quienes finalmente adoptaron el criterio marxista (dicho sea de paso como una nota a pie de página, el antisemitismo de Marx queda consignado en su escrito La cuestión judía). Solo que el nazismo en lugar de seguir el polilogismo clasista fue el racista pero con la misma insensatez en cuanto a que nunca pudieron mostrar cuales eran las diferencias entre la lógica de un “ario” respecto de las de un “semita”. Darwin y Dobzhansky -el padre de la genética moderna- sostienen que aparecen tantas clasificaciones de ese concepto ambiguo y contradictorio de “raza” como clasificadores hay.

 

Por otra parte, en el caso de la judeofobia, a pesar de las incoherencias de la idea de raza se confunde esta misma noción con la religión puesto que de eso y no de otra cosa se trata. El sacerdote católico Edward Flannery exhibe en su obra publicada en dos tomos titulada Veintitrés siglos de antisemitismo los tremendos suplicios que altos representantes de la Iglesia Católica le han inferido a los judíos, entre otras muchas crueldades, como subraya el Padre Flannery, les prohibían trabajar en  actividades corrientes con lo que los limitaban a ocuparse del préstamo en dinero, pero mientras los catalogaban de “usureros” utilizaban su dinero para construir catedrales. Debemos celebrar entusiastamente el espíritu ecuménico y los pedidos de perdón de Juan Pablo ii en nombre de la Iglesia, entre los que figura, en primer término, el dirigido a los judíos por el maltrato físico y moral recibido durante largo tiempo.

 

Paul Johnson en su Historia de los judíos señala que “Ciertamente, en Europa los judíos representaron un papel importante en la era del oscurantismo […] En muchos aspectos, los judíos fueron el único nexo real entre las ciudades de la antigüedad romana y las nacientes comunas urbanas de principios de la Edad Media; mas aún se ha argüido que la palabra misma comuna es una traducción del hebreo kahal […] La antigua religión israelita siempre había dado un fuerte impulso al trabajo esforzado. Cuando maduró para convertirse en judaísmo, la importancia asignada al trabajo aumentó […] Exigía que los aptos y los capaces se mostrasen industriosos y fecundos, entre otras cosas, porque así podían afrontar sus obligaciones filantrópicas. El enfoque intelectual se orientaba en la misma dirección”. Todos los logros de los judíos en las mas diversas esferas han producido y siguen produciendo envidia y rencor entre sujetos acomplejados y taimados.

 

Por otro lado, los fanáticos no pueden digerir aquello del “pueblo elegido” y arrojan dardos absurdos como cuando sostienen que “el pueblo judío crucificó a Cristo” sin percatarse, por un lado, que fueron tribunales romanos los que lo condenaron y soldados romanos los que ejecutaron la sentencia. De todas maneras, como una de las primeras manifestaciones de una democracia tramposa en la que por mayoría se decidió la aniquilación del derecho, la respuesta perversa a la célebre pregunta si se suelta a Barrabás o Cristo, en modo alguno permite la imbecilidad de atribuir culpas colectivas y hereditarias y no permite eludir la responsabilidad a quien pretendió “lavarse las manos” por semejante crimen.

 

Personalmente, como ser humano y como católico, me ofenden hasta las chanzas sobre judíos y me resulta repugnante toda manifestación directa o encubierta contra “nuestros hermanos mayores” y la canallada llega a su pico cuando quien tira las piedras pretende esconder la mano con  subterfugios de una felonía digna de mejor causa. Buena parte de mis mejores profesores han sido de origen judío o judíos practicantes a quienes aprovecho esta ocasión para rendirles un sentido homenaje.

 

Lamentablemente han sido y son muchos los flancos de donde proviene la descalificación, el descrédito y las acciones malvadas contra judíos pero me detengo en los cristianos porque me duele especialmente la injusticia y el bochorno cuando proviene de la propia casa del cristianismo.

 

En este último sentido, tal vez las primeras manifestaciones de antisemitismo o, mejor judeofobia, por parte del cristianismo han sido primero el aliento por parte de quien luego fuera San Pablo para el martirio de San Esteban, más adelante los patéticos sermones de San Juan Crisóstomo en el siglo primero publicados con el título de Adversus Judaeos donde dice que los judíos “son bestias salvajes” que son “el domicilio del demonio” y que “las sinagogas son depósitos del mal” para quienes “no hay indulgencia ni perdón” y luego el Concilio de Elvira en 306 prohibió a cristianos casarse con judíos y otras barrabasadas.

 

A través del tiempo, también debe subrayarse el apoyo explícito de autoridades de la Iglesia a legislaciones que restringían los derechos de los judíos incluyendo el derecho de propiedad y en muchos casos bautismos forzados, confiscaciones, impuestos especiales, vestimentas que estigmatizaban y en los lugares permitidos a judíos a veces se colocaba una marca denigrante en la puerta. El Papa Eugenio iii estableció que los judíos estaban obligados a perdonar las deudas a cristianos. Inocencio iii autorizó las conversiones forzosas y el Concilio de Basilea permitió la discriminación en ghettos y otros horrores que con el tiempo se fueron consolidando y agudizando hasta los antedichos pedidos de perdones de Juan Pablo ii que marcaron un punto de clara reversión y severa condena del antisemitismo y promulgaron un sincero y muy valioso y afectuoso ecumenismo en relación a las tres religiones monoteístas y el respeto a todas. De más está decir que aquella actitud denigrante no alcanza a toda la cristiandad, muy lejos de ello siempre hubieron personas sensatas y civilizadas que se indignaron e indignan con el inaceptable trato a los judíos, tanto sacerdotes como laicos.

 

Es de esperar que lo que viene sucediendo en nuestra época pueda revertirse a la brevedad para bien de la civilización y de un mínimo de decencia. Es de esperar también que la tolerancia y el respeto recíproco abarque a todas las religiones, en nuestra época especialmente a los musulmanes en cuyo caso no nos dejemos atrapar por la trampa letal de aquellos que se escudan en una religión para cometer actos de barbarie y terrorismo porque saben que los ingenuos morderán el anzuelo ya que las guerra religiosas provocan llamaradas de fanatismo. En otras oportunidades he escrito en detalle sobre el Islam y el Corán, ahora solo marco el tema. Es hora de frenar las matanzas en nombre de Dios, la bondad y la misericordia y ahondar en el respeto recíproco y la santidad de las autonomías individuales. El caso de los judíos ha sido el más horroroso de la historia, pero no es el único. Tenemos que estar alertas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

El pecado económico de Cambiemos y la cruz pesada del populismo

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 2/10/18 en: http://www.visionliberal.com.ar/nota/5571-el-pecado-economico-de-cambiemos-y-la-cruz-pesada-del-populismo/

 

La complicada situación económica por la que estamos transitando es consecuencia de haber subestimado la herencia recibida del kirchnerismo y sobreestimar la imagen de Mauricio Macri como factor que iba a atraer inversiones con su sola presencia en la Casa Rosada. De todas maneras, justo es reconocer que el conjunto de la dirigencia política también delira cuando dice que de este problema económico se sale con crecimiento. Claramente no entienden la relación entre crecimiento e instituciones. Todos creen que retocando el tipo de cambio, haciendo una banda cambiaria o hablando de atender al mercado interno, como si mágicamente la gente pudiera consumir más por una simple disposición política, todo se soluciona.

Para Cachanosky, el deterioro institucional es un factor clave para entender por qué nadie quiere invertir en Argentina

Pero, ¿por qué digo que sobreestimaron la imagen de Macri para atraer inversiones? Porque no evaluaron el profundo deterioro institucional para atraer inversiones.

Para poder entender el pecado económico original de Cambiemos, primero hay que comprender dos cuestiones básicas: 1) qué es la tasa de interés y 2) bajo qué condiciones alguien hunde una inversión.

Todos creen que retocando el tipo de cambio, haciendo una banda cambiaria o hablando de atender al mercado interno, como si mágicamente la gente pudiera consumir más por una simple disposición política, todo se soluciona

Por empezar hay que entender que la tasa de interés no es el precio del dinero, como comúnmente se conoce, sino que tiene varios componentes.

La tasa de interés de mercado es la suma de:

1) El interés originario

2) La expectativa inflacionaria

3) El riesgo crediticio

4) El riesgo institucional

El interés originario es la compensación que pide el ahorrista para sacrificar consumo presente por consumo futuro. Una persona tiene un determinado ingreso, para que genere ahorro (no consuma una parte de su ingreso) y se lo preste a otro para que invierta o consuma, pide a cambio que lo compensen por postergar su consumo. De manera que la tasa de interés de mercado nunca puede ser cero porque eso supondría que la gente no le otorga valor al tiempo y le es lo mismo consumir hoy que dentro de un año.

En un país en que el Estado puede aplicar impuestos sobre los ahorros en forma retroactiva, el riesgo institucional es tan alto que quien está dispuesto a prestar sus ahorros en ese país va a cargar una tasa muy alta de riesgo institucional

Pero quien deja de consumir una parte de su ingreso para prestarlo, además de pedir que lo compense por sacrificar consumo presente por consumo futuro, también pide que lo compense por la expectativa inflacionaria que tiene. Si espera que en el año la inflación va a ser del 10% y presta sus ahorros a un año de plazo, al cabo del año querrá poder comprar la misma cantidad de bienes que al inicio del período, de manera que le cargará a la tasa de interés originaria, la expectativa inflacionaria del 10%.

También considerará el riesgo de cobrarle al que le presta sus ahorros. Es decir, puede pedir compensación por el riesgo crediticio.

Finalmente, está el componente riesgo institucional. En un país en el que no se respeta el derecho de propiedad. Un país en el que el estado puede confiscar los ahorros (Argentina tiene una larga tradición en este rubro como es el caso del plan Bonex, el corralito, el corralón, la pesificiación asimétrica, la confiscación de los ahorros en las AFJP, etc.). Un país en que el Estado puede decidir de la noche a la mañana que si uno prestó dólares tiene la obligación de recibir pesos devaluados.

En fin, en un país en que el Estado puede aplicar impuestos sobre los ahorros en forma retroactiva, el riesgo institucional es tan alto que quien está dispuesto a prestar sus ahorros en ese país va a cargar una tasa muy alta de riesgo institucional. Esto quiere decir que la tasa de interés tiende a subir en los países con alto riesgo institucional, entiendo por riesgo institucional que el Estado no respeta las reglas de juego. Que es arbitrario en su manejo.

Ahora bien, ¿cuándo alguien está dispuesto a hundir una inversión en alguna actividad diferente a la financiera? En la medida que la tasa de rentabilidad esperada supere la tasa de interés de un bono. ¿Por qué voy a asumir el riesgo de invertir en una fábrica de hamburguesas, lidiando con el riesgo que mi producto no se venda, los problemas de cobranza, los temas fiscales, laborales, etc., si la tasa de rentabilidad esperada es menor o igual a la tasa de interés que rinde un bono del gobierno? No tiene sentido invertir si puedo hacer la plancha teniendo el mismo riesgo país pero sin hundir la inversión y comprando un bono con el cual estoy líquido. De manera que solo invierto en una fábrica de hamburguesas si la tasa de rentabilidad de la fábrica supera la tasa el rendimiento de un bono.

El error de Cambiemos fue creer que la sola presencia de Macri en la presidencia podía borrar nuestra historia de irresponsables

Si se acepta este punto de partida, es obvio que cuanto mayor sea el riesgo institucional de un país, mayor será la tasa de interés y mayor la tasa de rentabilidad que el inversor le va a pedir a su proyecto de inversión. Cuánto más alto sea el riesgo institucional, menor será la cantidad de proyectos de inversión que superen la tasa de interés. Es decir, a mayor riesgo institucional, menor inversión hundida en el sector real de la economía.

Justamente este fue el punto clave en el que se equivocó Cambiemos creyendo que la sola presencia de Macri en el sillón de Rivadavia iba a atraer una lluvia de inversiones que conduciría al crecimiento.

Así, mágicamente la economía iba a crecer, el crecimiento se traduciría en más recaudación y con el gasto público congelado en términos reales, la brecha fiscal cerraría por mayor crecimiento. El mismo discurso que utiliza ahora la oposición para decir que esto no cierra con ajuste sino con crecimiento.

Grosero error tanto de Cambiemos como de la oposición, nuestra cruz es arrastrar una tradición de país defaulteador que no paga sus deudas y la mayoría de su dirigentes políticos aplauden de pie esa decisión. Nuestra cruz es ser confiscadores con los impuestos, con los ahorros en el sistema financiero, con reglas de juego en los que está ausente el derecho de propiedad o limitado significativamente en nombre de la solidaridad social.

¿Por qué en un país de saqueadores de riqueza iban a llover inversiones si el nuevo gobierno y la oposición no mostraban una actitud y discurso de cambio en el sentido de apostar a la cultura del trabajo?

El error de Cambiemos fue creer que la sola presencia de Macri en la presidencia podía borrar nuestra historia de irresponsables. Es más, el discurso de Cambiemos siguió alentando la cultura de la dádiva en vez de la cultura del trabajo. La competencia por ver quien ha dado más planes sociales estaba y está en cada debate entre la gente de Cambiemos y los K. Tanto prevaleció la cultura de la dádiva que el gobierno dio marcha atrás en la reducción de impuestos e incluso los aumento para sostener “planes sociales”.

¿Por qué en un país de saqueadores de riqueza iban a llover inversiones si el nuevo gobierno y la oposición no mostraban una actitud y discurso de cambio en el sentido de apostar a la cultura del trabajo?

Lo primero que hay que cambiar es el discurso y terminar con el populismo de la cultura de la dádiva. Lo segundo es reforzar ese discurso con medidas concretas. Lo tercero es comunicárselo con sencillez a la población

Esta historia que el gasto público era intocable, llevó al lío de la deuda externa, las LEBACs que hoy se transforma en el lío de las LELIQ, las LECAPs, el aumento de los encajes bancarios y las típicas corridas cambiarias producto de los arbitrajes tasa versus dólar que implementan los gobiernos cuando no quieren tocar el gasto público.

Tantas barbaridades institucionales cometidas en el pasado no se superan tan fácilmente. Lo primero que hay que cambiar es el discurso y terminar con el populismo de la cultura de la dádiva. Lo segundo es reforzar ese discurso con medidas concretas. Lo tercero es comunicárselo con sencillez a la población. Y lo cuarto es tratar de convencer a la oposición que el discurso populista espanta inversiones.

Si no se convence a la oposición hay que buscar primero el apoyo de la población para empezar a cambiar los valores que hoy imperan en la sociedad. Sin estos estos pasos previos ni diez Macri juntos van a genera una lluvia de inversiones.

Por su parte la oposición tiene que dejar de delirar con el verso que de esto se sale sin bajar el gasto público diciendo que se sale con crecimiento. Esa expresión es una contradicción porque mientras el gasto público siga siendo tan alto, la confiscación del trabajo y de los activos va a seguir, por lo tanto el riesgo institucional continuará siendo alto y las inversiones, el único camino de crecimiento de largo plazo, seguirán ausentes.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

 

“No es la economía, son las personas”

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 5/8/18 en: https://www.libremercado.com/2018-08-05/carlos-rodriguez-braun-no-es-la-economia-son-las-personas-85746/

 

Una publicidad a página entera en El País, bajo el título “No es la economía, son las personas”, atrajo mi atención. Era de Emasesa, la empresa municipal de aguas de Sevilla, y era el comienzo de una serie: “Los nuevos retos de la gestión pública del agua (I)”.

Al parecer, los retos estribaban en la posible privatización de la empresa. Hasta ahí podíamos llegar. Se nos avisaba que Emasesa es una empresa pública y de “su firme vocación de seguir siéndolo en el futuro”.

Esto ya es curioso, porque no se entiende bien qué es eso de tener una “firme vocación” de seguir ostentando el privilegio de ser un monopolio público impuesto por las autoridades a la población. Eso sí, afirmaba el anuncio que la empresa quiere responder a las demandas de la sociedad con “unas nuevas reglas del juego que imponernos a nosotros mismos”. Estos deben de ser los famosos enemigos de la autorregulación…

Palabras bonitas, siempre: “asegure el suministro de un recurso limitado, como el agua, reconocido como derecho humano”. El derecho de los usuarios a elegir recibir un bien en competencia no vale nada, como tampoco vale el derecho de propiedad sobre sus carteras, frente al “compromiso con nuestros usuarios que son, en último término, a quienes nos debemos y a quienes tenemos que rendir cuentas”. ¿Cómo va a rendir cuentas un monopolio cuyas cuentas el pueblo no puede elegir no pagar?

Al día siguiente, continuó el anuncio: “Una gestión pública responsable está enfocada más hacia las personas que a la cuenta de resultados de la empresa”.

Es decir, son las personas las que importan, y no la economía, no las cuentas de resultados de una empresa cuyos resultados dependen de que los sevillanos sean obligados a pagar. Pero entonces, ¿qué personas son las que importan?

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Derecho a la seguridad jurídica

Por Gabriel Boragina Publicado el 12/8/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/08/derecho-la-seguridad-juridica.html

 

“Las principales condiciones que se concitan en el concepto de seguridad jurídica podrían englobarse en dos exigencias básicas: Corrección estructural, en cuanto garantía de disposición y formulación regular de las normas e instituciones integradoras de un sistema jurídico; y corrección funcional; que comporta la garantía del cumplimiento del derecho por todos sus destinatarios y regularidad de actuación de los órganos encargados de su aplicación. Se trata de asegurar la realización del derecho mediante la sujeción al bloque de la legalidad por parte de los poderes públicos (principio de legalidad) y también de los ciudadanos.” (Pérez Luño A.)”[1]

Este es un concepto formal, que no nos dice nada del aspecto sustancial o del contenido del orden jurídico. Nótese que estas condiciones podrían cumplirse en cualquier estado totalitario como lo fueron la Alemania nazi, el socialista soviético, o el cubano, donde permanentemente y bajo su régimen jurídico formal se han quebrantado y se siguen violando -en el caso cubano- los derechos más elementales. Los tiranizados en regímenes opresivos también tienen la certeza (seguridad) de que se dictarán normas por parte de los organismos “legalmente” facultados para ello que vulnerarán sus derechos individuales. El mal de nuestro tiempo es la plena identificación que se hace entra la norma y la justicia de la norma, cuando no necesariamente ambas han de coincidir.

Por caso, si la norma no respeta el derecho de propiedad del individuo habrá seguridad jurídica respecto de que ese derecho no será reconocido, o será transgredido por medio de una norma. La ley y el Derecho van por caminos separados. El objetivo de toda sociedad es (o debería serlo) unirlos e integrarlos.

Pero la seguridad jurídica no siempre va de la mano con la seguridad personal, y cuando se disocian hay que elegir entre una o la otra.

Si hay “seguridad jurídica” de que la norma legal infringe o atropellará el derecho individual, entonces no existe seguridad individual, porque la primera se contrapone (y ataca) a la segunda. En tal caso, el orden moral impone la prevalencia de la personal por sobre la jurídica. Si el orden jurídico amenaza la seguridad personal debe primar está por sobre aquel.

La siguiente otra definición de seguridad jurídica tampoco arroja demasiada luz sobre el problema que estamos intentando analizar:

“La seguridad jurídica, en un caso concreto, es un valor de la conducta en su alteridad. La seguridad como valor está presente en situaciones ciertas, firmes, y tranquilas, de modo tal que la certidumbre, la firmeza y la tranquilidad en la conducta certifican su polo positivo.””[2]

Si la primera definición citada es de orden formal, la actual daría la impresión de ser algo más sustancial, ya que alude a la conducta en su alteridad. Pero no aclara a la conducta de quien lo hace, si a la del legislador a la del legislado. Parece que lo más apropiado -a esta altura- es diferenciar estabilidad jurídica de seguridad jurídica, porque el grado de ambigüedad de la primera expresión es muchísimo menor al de la última.

Decimos esto basados en las definiciones que nos da la Real Academia Española:

estabilidad

Del lat. stabilĭtas, -ātis.

  1. f.Cualidad de estable. Estabilidad atmosférica, económica, de un coche.

estable

Del lat. stabĭlis.

  1. adj. Que se mantiene sin peligro de cambiar, caer o desaparecer. Temperatura, economía estable.
  2. adj. Que permanece en un lugar durante mucho tiempo. Inquilino estable.
  3. adj. Que mantiene o recupera el equilibrio. Un coche muy estable.

seguridad jurídica

  1. f. Cualidad del ordenamiento jurídico que implica la certeza de sus normas y, consiguientemente, la previsibilidad de su aplicación.

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Con todo, se nota que estable y seguro son casi sinónimos. Pero el vocablo estable(como surge de las definiciones transcriptas) da un cierto sentido de prolongación en el tiempo, que el término seguridad no denota tan marcadamente. De tal suerte que, algo puede ser seguro y estable, o no estable.

Volviendo a los ejemplos históricos ya dados, en los regímenes nazi-fascistas-comunistas sus normas eran ciertas y previsibles de ser aplicadas. De hecho, lo fueron. Como vemos, cumplen con las condiciones necesarias que definen la seguridad jurídica.

“Si se comprende que los derechos de las personas son consubstanciales a la dignidad del ser humano, no tiene sentido sostener que pueden violarse siempre y cuando otro necesite mucho lo que pertenece a un tercero. De este modo se desmorona el respeto a la propiedad, lo cual constituye el aspecto medular del marco institucional que sirve, precisamente, para maximizar tasas de capitalización que, a su vez, permiten aumentar salarios e ingresos en términos reales. La inseguridad jurídica que se crea con la introducción de figuras como la comentada, constituyen el medio más potente para extender los estados de extrema necesidad y de extrema desesperación.”[3]

El problema real es cuando la doctrina jurídica que campea en los corazones de la gente es la del positivismo jurídico, que considera que el Derecho es idéntico a la ley, y que la ley es exclusivamente todo aquello que emane del organismo legislativo. En el caso, tendremos la seguridad jurídica que el sistema es positivista, lo que -a su turno- nos garantiza que no estaremos viviendo en un marco de estabilidad jurídica. Los “derechos” -en tal encuadre-se limitan a aquellos que el legislador determine que lo son, excluyendo a los que -según su arbitrio- no lo son o no deben serlos. El derecho fundamental es el de propiedad, que implica el derecho al propio cuerpo, del que se deriva el derecho a la libertad para usar y disponer de lo que es propio. En otras palabras, lo que es inherente a la persona misma, y lo que esa persona produce con su trabajo. En la cita, la inseguridadalude a la falta de certeza o estado de duda sobre la legitimidad o no del derecho de propiedad. Es decir, presupone la previa existencia de tal derecho en el ordenamiento jurídico que se analice, y la posibilidad (actual o futura) que el mismo sea disminuido o desaparezca por obra y gracia del legislador.

[1] http://www.dicciobibliografia.com/Diccionario/Definition.asp?Word=DERECHO%20A%20LA%20SEGURIDAD%20JURIDICA

[2] Ver voz “Derecho a la seguridad jurídica” artículo de los Dres. Miguel Herrera Figueroa y Zulema Julia Escobar. Enciclopedia jurídica OMEBA, Tomo 21 letra O, Grupo 5

[3] Alberto Benegas Lynch (h). El juicio crítico como progreso. Editorial Sudamericana. Pág.237

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La Argentina debe retomar la senda del liberalismo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 30/7/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2157472-la-argentina-debe-retomar-la-senda-del-liberalismo

 

Se trata de crear una sociedad abierta, sin privilegios, en la que se produzca riqueza y los bienes se usen en forma eficiente

Se trata de crear una sociedad abierta, sin privilegios, en la que se produzca riqueza y los bienes se usen en forma eficiente

 

Al contrario de lo que desafortunadamente muchos sostienen, es de desear que nuestro país retome la senda del liberalismo iniciada por el padre de nuestra Constitución fundadora, Juan Bautista Alberdi. La aplicación de estas recetas nobles permitieron que la Argentina se ubicara entre las naciones más prósperas del planeta.

Desde la Constitución de 1853 hasta los golpes fascistas, primero del 30 y luego del 43, nuestros salarios e ingresos en términos reales de los peones rurales y de los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. Los inmigrantes a estas costas competían con los ámbitos atractivos estadounidenses. Las exportaciones se encontraban a la altura de las de Canadá y Australia. En el Centenario, miembros de la Academia de Francia comparaban los debates de esa entidad con los que tenían lugar en nuestro Parlamento dada la versación y elocuencia de sus integrantes.

Luego vino el derrumbe estatista, provocado por gastos públicos siderales, déficit fiscales monumentales, regulaciones asfixiantes, impuestos exorbitantes y deudas gubernamentales galopantes. Y las crisis se sucedieron sin solución de continuidad.

A pesar de este cuadro de situación lamentable hay quienes critican un liberalismo inexistente al que pretenden sustituir por el adefesio de un denominado “neoliberalismo” con el que ningún intelectual serio acepta identificarse. Bajo tamaña etiqueta fantasiosa, irrumpen en escena timoratos que aconsejan no prestar atención a las pocas voces liberales y machacan con la mediocridad del estatismo. El liberalismo es nada más y nada menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. Por su lado, todos formamos parte del mercado cuando en libertad llevamos a cabo nuestras transacciones diarias.

Veamos el tema medular de los derechos de propiedad. Lo primero es entender que la preservación de la vida es una condición indispensable para subsistir. Es una verdad de Perogrullo, es una tautología. Para alimentar y desarrollar la vida en plenitud se hace necesario proteger lo que cada cual produce y lo que recibe legítimamente, es decir, el uso y la disposición de lo propio.

Como no vivimos en Jauja y no hay de todo para todos todo el tiempo, se hace necesario, por una parte, respetar el derecho de propiedad para evitar invasiones y usurpaciones y, por otra, para que los usos y disposiciones sean los más eficientes posibles. Esto último es así en una sociedad abierta, por definición ausente de privilegios, puesto que cada uno para progresar y mejorar su estado patrimonial inexorablemente debe atender las necesidades de su prójimo. En este contexto el que acierta en las demandas de sus congéneres obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos.

El que vende naturalmente lo hará al precio más alto que pueda, no el que quiera puesto que si excede lo que resulta posible la demanda decaerá o será nula. Del mismo modo, el que percibe una retribución por su trabajo intentará que sea la mayor posible. Esto último depende exclusivamente del volumen de inversiones que, a su turno, proceden de ahorros internos y externos al país en cuestión y no de la voluntad de las partes contratantes. Y este proceso tiene lugar allí donde los marcos institucionales son confiables y predecibles, no donde el derecho se confunde con el pseudoderecho, a saber, la facultad de asaltar el fruto del trabajo ajeno.

Cuando se producen quejas respecto a tal o cual precio de tal o cual producto o servicio no se contemplan dos aspectos cruciales. En primer lugar, el respeto a la propiedad, lo cual significa que el titular puede sugerir el precio que le venga en gana de lo que le pertenece, lo cual, como queda dicho, no quiere decir que logre concretar una venta. De lo que se trata en este contexto es de subrayar la libre disposición de lo propio y no dejarse atropellar por manifestaciones de quienes simplemente se quejan pero que son incapaces de producir lo que estiman es caro.

El mismo razonamiento debe aplicarse a las relaciones laborales. Quienes se emplean en no pocas ocasiones suponen que el lugar de trabajo les pertenece y actúan con la pretensión de disponer de lo que es de otros como si fueran los dueños del lugar, en lo que fuera una relación contractual mutuamente beneficiosa. Esto revela una tergiversación de valores, lo cual perjudica especialmente a los más necesitados. Derroches y ataques a la propiedad generan daños a todos pero sobre los más débiles la carga es más contundente y recae con mayor fuerza debido a la sensibilidad y repercusión en las franjas de ingresos bajos.

Por otra parte, como se ha señalado reiteradamente, a medida que las intromisiones de los aparatos estatales se intensifican se van deteriorando y desfigurando las únicas señales que tiene el mercado para operar. Esas señales indican dónde es más atractivo invertir y dónde no conviene hacerlo. Al fin y al cabo los precios no son más que transacciones de derechos de propiedad. Si se elimina la propiedad como reclaman los marxistas se derrumba el sistema de señales. En este sentido, como he ejemplificado otras veces, no se sabe si conviene construir caminos con oro o con asfalto cuando desaparecen las referidas señales. Y sin llegar a ese extremo, cuando los gobiernos intervienen en el sistema de precios se va deteriorando y desdibujando la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general.

En buena parte del llamado mundo libre, hoy observamos legislaciones que van a contracorriente de lo dicho y, por ende, ponen palos en las ruedas a la productividad y, consecuentemente, al progreso de las personas que se encuentran atrapadas en un laberinto infame. Es interesante detenerse a repasar conceptos vertidos por Alberdi, quien escribió en 1854, en Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853: “La propiedad sin el uso ilimitado es un derecho nominal […] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública”.

Por eso es que también James Madison, el padre de la Constitución estadounidense (en la que se inspiró Alberdi junto a la Constitución de Cádiz de 1812), ha consignado en 1792 en “Property” (compilado en James Madison: Writings): “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo […] Este ha sido el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”. La misma Justicia es inseparable de la propiedad ya que como bien reza la definición clásica de Ulpiano se trata de “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la propiedad de cada cual.

Mientras sigamos con la cantinela de la redistribución de ingresos no progresaremos puesto que la distribución cotidiana que todos hacemos de modo pacífico en el supermercado y afines contradice las antedichas asignaciones políticas que se llevan a cabo coactivamente. Recordemos una vez más a Alberdi en la obra ya citada: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

MÁS SOBRE LA PRIVACIDAD Y LA CULTURA

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 22/3/18 en: http://radiocadenasol.com.ar/portal/mas-sobre-la-privacidad-y-la-cultura/

 

Desde diversas corrientes de pensamiento hay la preocupación que señala Milan Kundera: “La persona que pierde su intimidad lo pierde todo”. Hoy observamos que la utilización de los formidables medios de comunicación se utilizan muchas veces para aniquilar a la persona y para quedar incomunicado. Así, se observa que algunos consideran que no han hecho nada si no exhiben lo vivido en las redes sociales, son seres vacíos en el sentido apuntado por T. S. Eliot en el libro que lleva por título Los hombres huecos. Son más bien simples megáfonos de la moda. También se constata la cantidad de jóvenes que están físicamente con un interlocutor, pero simultáneamente están mirando la pantalla de su teléfono, con lo cual, en definitiva, no están ni con uno ni con otro.

De más está decir que esto no es para cargar contra los medios de comunicación, del mismo modo que no es para cargar contra el martillo si en lugar de clavar un clavo se lo utiliza para romperle la nuca al vecino.

Hay dos libros de nuestra época que muestran la preocupación respecto de la privacidad y la cultura desde dos ángulos opuestos. Se trata de La sociedad del espectáculo, de Guy Debord y La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa. El primero pretende endosar la responsabilidad del asunto al sistema capitalista y hace una reinterpretación marxista de la sociedad con todo el tufo totalitario del caso, mientras que el segundo suscribe la importancia de la libertad y el respeto a las autonomías individuales propias del liberalismo, pero advierte respecto de conductas inconvenientes que, si bien no lesionan derechos de terceros, voluntariamente afectan aspectos relevantes del progreso cultural.

Esta última visión es la que suscribo, en la que la cultura deriva de cultivarse, naturalmente como ser humano y no entrenarse a producir ruidos guturales, a gatear o retrotraerse a las cavernas. Sin embargo, notamos que, en la actualidad, el batifondo y la imagen sustituyen a la conversación y la lectura de obras que alimenten el alma.

Los lugares en donde en gran medida se reúnen los jóvenes están tan dominados por altísimos decibeles que apenas pueden intercambiar la hora y el nombre de pila, para no decir nada de la exploración de Ortega y Gasset (que a veces los sujetos en cuestión estiman que se trata de dos personas).

En la era digital, y a pesar de sus extraordinarias contribuciones adelantadas entre otros por Nicholas Negroponte desde MIT en Being Digitalhay estudiosos que se alarman con razón de la falta de concentración y la degradación del lenguaje que, por ejemplo, provoca la ametralla y el tartamudeo de tuits que con 140 caracteres limitan la comunicación y el lenguaje, por tanto, el pensamiento.

La mendicante solicitud de amistad por esas vías me parece poco serio y hasta un tanto ridículo. Ahora Facebook, la muy popular red social, se encuentra en un serio entredicho por la filtración de datos privados y por posibilitar la aparente falsificación de identidades, lo cual presenta un problema de seguridad para sus millones de usuarios.

Por su parte, muchas de las manifestaciones artísticas del momento no se basan en criterios estéticos elementales al mostrar, por ejemplo, un inodoro con un trozo de materia fecal como símbolo de arte y así sucesivamente.

Hay en general una tendencia marcada a divertirse, esto es, como la palabra lo indica a divertir, a separar de las faenas y las obligaciones cotidianas para distraerse, lo cual es necesario pero, si se convierte en una rutina permanente, se aparta de lo relevante en la vida para situarse en un recreo constante, lo cual naturalmente no permite progresar.

Pero hay todavía otro aspecto en este asunto de la intimidad que comentamos al principio de esta nota periodística. Según el diccionario etimológico, “privado” proviene del latín privatus, que significa en primer término ‘personal, particular, no público’. El ser humano consolida su personalidad en la medida en que desarrolla sus potencialidades, y la abandona en la medida en que se funde y confunde en los otros, esto es, se despersonaliza. La dignidad de la persona deriva de su libre albedrío, es decir, de su autonomía para regir su destino.

La privacidad o intimidad es lo exclusivo, lo propio, lo suyo, la vida humana es inseparable de lo privado, lo privativo de cada uno. Lo personal es lo que se conforma en lo íntimo de cada cual, constituye su aspecto medular y característico. Es la base del derecho. Es el primer paso del derecho de propiedad. Cada persona tiene el derecho de resguardar y preservar su privacidad y decidir qué parte de su ser prefiere compartir con otras personas y cuál hace pública para conocimiento de todos los que se interesen por esa faceta de la personalidad. El entrometimiento, la injerencia y el avasallamiento compulsivo de la privacidad lesionan gravemente el derecho de la persona.

La primera vez que el tema se trató en profundidad fue en 1890, en un ensayo publicado por Samuel D. Warren y Louis Brandeis en la Harvard Law Review, titulado “El derecho a la intimidad”. En nuestro días, Santos Cifuentes publicó el libro titulado El derecho a la vida privada, donde explica: “La intimidad es uno de los bienes principales de los que caracterizan a la persona”, “el desenvolvimiento de la personalidad psicofísica solo es posible si el ser humano puede conservar un conjunto de aspectos, circunstancias y situaciones que se preservan y se destinan por propia iniciativa a no ser comunicados al mundo exterior”, puesto que “va de suyo que perdida esa autodeterminación de mantener reservados tales asuntos, se degrada un aspecto central de la dignidad y se coloca al ser humano en un estado de dependencia y de indefensión”.

Tal vez la obra que más ha tenido repercusión en los tiempos modernos sobre la materia es La sociedaddesnuda, de Vance Packard y la difusión más didáctica y documentada de múltiples casos es probablemente el libro en coautoría de Ellen Alderman y Caroline Kennedy, titulado The Right to PrivacyLos instrumentos modernos de gran sofisticación permiten invadir la privacidad, sea a través de rayos infrarrojos, captación de ondas sonoras a larga distancia, cámaras ocultas para filmar, fotografías de alta precisión, espionaje de correos electrónicos y demás parafernalia que puede anular la vida propiamente humana, es decir, la que se sustrae al escrutinio público.

Lo verdaderamente paradójico es la tendencia a exhibir la intimidad voluntariamente, sin percatarse de que dicha entrega tiende a anular al donante.

Desde que el hombre es hombre ha habido la posibilidad de utilizar instrumentos para bien o para mal. El garrote del cavernícola podía utilizarse como defensa contra las fieras o para liquidar a un contendiente desprevenido. El asunto es que, en una sociedad abierta, las agencias defensivas y los árbitros en competencia prevengan y repriman las lesiones a los derechos de las personas en el contexto de un proceso evolutivo de descubrimiento de los mecanismos más idóneos para el logro de esos cometidos.

Sin duda que se trata de proteger a quienes efectivamente desean preservar su intimidad de la mirada ajena, lo cual, como queda dicho, no ocurre cuando la persona se expone al público. No es lo mismo la conversación en el seno del propio domicilio que pasearse desnudo por el jardín. No es lo mismo ser sorprendido por una cámara oculta que ingresar a un lugar donde abiertamente se pone como condición la presencia de ese adminículo.

Si bien los intrusos pueden provenir de agentes privados, que tienen que ser debidamente procesados y penados, hoy debe estarse especialmente alerta a los entrometimientos estatales, inauditos atropellos legales, a través de los llamados servicios de inteligencia, las preguntas insolentes de formularios impositivos, la paranoica pretensión de afectar el secreto de las fuentes de información periodística, los procedimientos de espionaje y toda la vasta red impuesta por la política del gran hermano orwelliano como burda falsificación de un andamiaje teóricamente establecido para preservar los derechos de los gobernados.

Todas las Constituciones civilizadas declaran preservar la privacidad de las personas, pero en muchos casos es letra muerta debido a la permanente acción avasalladora de las impertinentes estructuras gubernamentales que se hacen presentes en los vericuetos y los recovecos más íntimos del ser humano. Esa intimidad de la que nace su diferenciación y su unicidad, que, como escribe Julián Marías en Persona: “Es mucho más que lo que aparece en el espejo”.

  • En ese contexto y en tantos otros en los que se constatan tantos abusos de las maquinarias estatales, suele producirse un temor reverencial a la mal llamada “autoridad”. Mal llamada porque la expresión proviene del latín autor, para significar ‘el creador’, el que conoce de cierto tema, es decir, quien tiene autoridad moral e intelectual. Por una extensión ilegítima que ha ido aceptando la costumbre y por una expropiación contrabandeada, aquellos que son por naturaleza autoritarios puedan vestirse con plumas ajenas. Así es que se permite la aplicación del término al mandamás, esto es, al que se respalda en la fuerza bruta despojada de la cual queda desnudo de genuina autoridad y de peso propio. Esos personajes son los que en no pocos lares, debido a sus personalidades raquíticas, se hacen llamar “reverendísimo”, “excelencia”, “majestad” y otros dislates de calibre equivalente. Relata Kapuscinski en El Sha o la desmesura del poder que los títulos oficiales de ese gobernante eran “Rey de Reyes, Sombra del Todopoderoso, Nuncio de Dios y Centro del Universo” (sic).

James Bovard advierte, en La libertad encadenada, acerca de los estropicios provocados por aparatos políticos enmascarados en el ideario libertador que se inmiscuyen en las vidas y las haciendas de todos y van convirtiendo a la sociedad libre en un verdadero Gulag esclavizante. Y, como escribe Tocqueville en La democracia en América, todo comienza en lo que aparece como manifestaciones insignificantes: “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”. Eso, como se ha repetido, ocurre con la rana: si se la coloca en un recipiente con agua hirviendo, reacciona de inmediato y salta al exterior, pero si se le va aumentando la temperatura gradualmente, se muere incinerada sin que reaccione, fruto de un acostumbramiento malsano y a todas luces suicida.

Es de desear que se recuperen la cultura y la privacidad para bien de la sociedad abierta, nada puede hacerse en este sentido como no sea a través de la persuasión, ya que se trata de un proceso axiológico muy diferente al atropello del Leviatán, que es de una naturaleza muy distinta a la de los actos voluntarios. De lo contrario, como advierte Vargas Llosa: “Nos retrotraeremos a la condición de monos” (los humanos se convertirán en El mono vestido tal como titula su libro Duncan Williams).

En lo que se refiere al Leviatán, reitero lo dicho por el jeffersionano y doctor en leyes Leandro N. Alem en la legislatura argentina, en 1880: “Gobernad lo menos posible. Sí, gobernad lo menos posible porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad, más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

El derecho de protesta en EE.UU.

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 30/3/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2001370-el-derecho-de-protesta-en-eeuu

 

Las protestas callejeras y en los espacios públicos están creciendo en intensidad en toda la región. Hace pocos días, el presidente uruguayo Tabaré Vázquez emitió un decreto por el que prohíbe los piquetes que comenzaron a cortar calles o rutas en su país, como si de pronto hubiera aparecido un repentino derecho a hacerlo. En paralelo, la ciudad de Buenos Aires se ha transformado en un despiadado infierno que por momentos tiene presos a sus habitantes en una madeja de maldades callejeras frecuentemente alimentada por los resentimientos. Mientras esto sucede, las más altas autoridades de la ciudad se rehúsan a hacer cumplir la ley. Como si esa fuera una opción válida y no una conducta vergonzosa con la que traicionan a sus mandantes. La consecuencia es el florecer de las anomia, con todos sus peligros y connotaciones.

Es como si de pronto no pudiera haber protestas sin que ellas provoquen molestias graves o hasta daños a terceros. Se procura generar no sólo inconvenientes menores, sino perjuicios graves. Para quienes protestan, los demás parecen apenas un blanco a impactar. Lo más duro posible. Sin mayores miramientos.

Ante ese estado de cosas, vale la pena reseñar, muy brevemente, cuáles son los “límites” de las protestas en otro universo. En uno de los países más apegados a la ley de nuestro hemisferio: los Estados Unidos. A la manera de ejemplo y de recordatorio de que el prójimo existe. Y que es nada menos que un conciudadano. Con derechos y urgencias incuestionables. A quien es realmente enfermizo tratar apuntar, en procura de lastimarlo todo lo que sea posible. Actitud que obviamente destierra la solidaridad social.

En los Estados Unidos, cuya Constitución -cabe recordar- inspirara a la nuestra, el derecho a protestar pacíficamente goza, como sucede también entre nosotros, de una clara protección constitucional. Pero tiene límites. La protección constitucional es importante, porque se trata de un derecho no menor, íntimamente vinculado con la libertad de expresión. Pero con límites, porque quienes lo ejercen deben respetar las normas que regulan su ejercicio.

 

Las protestas sociales pueden realizarse en los espacios públicos, tales como plazas, calles, o veredas. Por lo general, para poder realizarlas en los lugares públicos se requiere obtener previamente los permisos que en cada caso correspondan. Estos, en líneas generales, deben ser conferidos mediante el cumplimiento de requisitos siempre razonables y no pueden negarse en función de la razón o del contenido de la respectiva protesta, salvo que con ella se incite a la violencia o, de pronto, se convoque a cometer actos ilegales. Tampoco pueden denegarse en función de quien es la persona o la entidad específica que los solicitan.

Si la protesta se realiza en las calles o concentra a un número importante de personas o usa amplificadores o parlantes, los permisos previos son generalmente necesarios, salvo que la protesta responda a un incidente o a un episodio repentino, uno que efectivamente acaba de suceder.

Una protesta menor, que tenga lugar sólo en alguna parte de las veredas y que obedezca razonablemente las señales de tránsito, suele no requerir autorización alguna. Si con ello no se interrumpe, ni bloquea, la circulación. Quienes protestan pueden distribuir panfletos, llevar carteles y hasta solicitar firmas en su apoyo. Pero no pueden forzar, nunca, a otros a “tener que recibir” lo que ellos pretenden entregar a terceros. Menos aún por la fuerza.

En los EEUU, el uso de tambores, instrumentos o cánticos está protegido por la Primera Enmienda de la Constitución federal, aquella que expresamente garantiza la libertad de expresión. Existe asimismo el derecho a usar máscaras durante las protestas. Pero, si con ellas en la cara, de pronto se violan normas o se oculta la identidad en manifestaciones que no cumplen con la ley, puede incurrirse en conductas severamente penadas, de distinto tipo. Las protestas deben, por lo demás, respetar las normas sobre los niveles sonoros o de ruidos admisibles. Nunca pueden ser ensordecedoras, como algunos pretenden. No es lo mismo aturdir, que convencer, es evidente.

Cuando quienes protestan no son residentes permanentes de los EEUU, ellos pueden ser objeto de investigaciones especiales. Lo mismo ocurre cuando se trata de inmigrantes, a los que se aconseja siempre llevar con ellos -preventivamente- el teléfono de su abogado para cualquier contingencia que aparezca.

La protección al derecho constitucional a la protesta no se aplica cuando se violan domicilios o propiedades, o espacios de terceros. En ningún caso. Cede, entonces, frente al derecho de propiedad. Ni cuando se desobedecen o se interfiere con órdenes emanadas legalmente del personal policial, las que siempre deben respetarse. Ni tampoco existe ni se reconoce protección cuando quienes protestan realizan acusaciones falsas contra funcionarios públicos.

No puede haber protestas presuntamente pacíficas que, en la realidad, consistan en actos o en actividades ilegales. Si estas cosas suceden, los responsables no están a cubierto de tener que asumir todo lo que legalmente les corresponda como consecuencia de sus conductas antisociales.

Siempre en los EE.UU., toda protesta que, sin permiso previo, interrumpa la circulación de vehículos o de personas es, en principio, considerada como ilegal. Nadie tiene, por lo demás, derecho alguno a la protesta, si con ella pone en situación de peligro a los demás. Si esto sucede, los responsables son generalmente pasibles de arresto.

Tampoco se permiten las protestas con las que se bloquean efectivamente los accesos a edificios o instalaciones. Ellas son ilegales. Las protestas, por lo demás, no pueden consistir en generar molestias físicas a la gente. Nunca.

La regla general en el país del norte es que las protestas no pueden realizarse en terrenos o locales de propiedad privada, incluyendo a los malls o shopping centers. Para poder hacerlas, se requiere la autorización del respectivo propietario, quien no está obligado a conferirla. Nadie tiene el derecho de permanecer en protesta dentro de una propiedad perteneciente a un tercero, si éste le solicita específicamente que se retire.

Estos son los parámetros generales que gobiernan el derecho a la protesta en los EE.UU. Como siempre, su efectividad depende de cómo, dentro de la ley, se los protege y respeta.

En conclusión, salvando las obvias distancias, la reglamentación del derecho de protesta en los EE.UU. reconoce que se trata de un derecho sustantivo, al que cabe reglamentar definiendo sus fronteras y parámetros, para tratar de evitar los abusos.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.