El rol del gasto en la crisis de principio de siglo

Por Gabriel Boragina Publicado  el 15/4/17 en: http://www.accionhumana.com/#!/2017/04/el-rol-del-gasto-en-la-crisis-de.HTML

 

Si bien no es el único factor que interviene en la generación de las crisis económicas, no puede caber duda que el gasto publico es uno de los ingredientes fundamentales en los que desemboca la gestión de aquellas. Nunca estará de más recordar la crítica que siempre hemos hecho a la expresión “gasto público”, ya que no refleja la verdadera naturaleza del concepto que se quiere describir. Así, el Diccionario de economía lo define como “Gastos hechos por el gobierno y sus agencias, como distinto del gasto que realizan los particulares y las empresas”[1]. Por lo que debemos de tener presente que por “gasto público”, en realidad, nos estamos refiriendo a lo que -en precisión- deberá denominarse siempre gasto gubernamental o estatal, por esencia completamente diferente al gasto que cada uno de nosotros hacemos con nuestros propios recursos. Con todo, la forma más exacta de designarlo consideramos que es gasto fiscal, porque en propiedad, la disciplina económica exige que los gastos estatales se financien exclusivamente con los recursos fiscales. Tal como veníamos diciendo, este gasto estatal cumple un papel preponderante en casi todas las crisis económicas. En esta ocasión, vamos a detenernos a analizar su rol en la crisis argentina de principios de este siglo.

“El ex ministro de Economía, Ricardo López Murphy, y sus colegas Daniel Artana y Fernando Navajas, de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas, de Buenos Aires, hacen un detallado informe de la crisis económica argentina de 2001-2002. Consideran que las causas básicas de la crisis de la deuda son el gasto público excesivo (financiado en gran parte por la deuda externa denominada en dólares), la falta de liberalización del comercio y la inestabilidad política. Por otra parte, la rigidez de precios-salarios lentificó los ajustes a los shocks externos y aumentó el desempleo.” [2]

¿Qué significa en doctrina económica un “gasto público excesivo”?. La misma definición de gasto público que dimos antes nos permite inferir la respuesta a esta pregunta, cuando -al final del mismo párrafo- nos explica: “Los gastos que realiza el Estado deben estar balanceados con los ingresos fiscales, existiendo en caso de discrepancia un déficit o un superávit fiscal”. En suma, se llama gasto público excesivo a aquel que es consecuencia u origen de un déficit fiscal. El hecho de que ese gasto sea costeado mediante el uso de deuda (sea externa o interna) implica la existencia de un déficit fiscal. De lo contrario, es decir, si los recursos fiscales fueran los suficientes para compensar el gasto, es obvio que el gobierno no necesitaría acudir a la emisión de deuda con destino a sufragarlo. De allí que Alberdi -en el siglo XIX- insistía en la importancia del presupuesto nacional, otorgándole a este la responsabilidad de concretar la utilización de los recursos del estado-nación, y confiando en el buen juicio de los legisladores encargados de su elaboración. Como vimos oportunamente, por desgracia, las previsiones y consejos del gran prócer no fueron atendidos, salvo por cortos e insignificantes periodos en su siglo, y completamente abandonados e ignorados en el siguiente.

“A pesar de que el gobierno federal había tomado importantes medidas para revitalizar la economía en la década de 1990, éstas fueron insuficientes. La Argentina aún carece de un compromiso confiable respecto de límites al gobierno y la apertura de mercados. Los autores señalan la reducción generalizada de los derechos de propiedad que se produjo cuando el gobierno obligó a los bancos a ampliar el crédito para cubrir el creciente déficit fiscal, puso fin al dólar fijo del sistema de convertibilidad, emitió cuasimonedas para solventar las operaciones del Estado, bloqueó las cuentas bancarias, no cumplió con el pago de su deuda internacional y, por último, devaluó el peso. Hasta que en la Argentina no se lleve a cabo una reforma política seria, no puede haber ninguna seguridad de que habrá estabilidad y crecimiento en el futuro. Los autores sostienen, en concreto, que tiene que haber un “fin abrupto y permanente de la manía argentina de incurrir en déficit fiscales, ocultarlos y después sufrir las consecuencias de un gobierno que desconoce sus compromisos”[3]

Algunas de las medidas mencionadas se mantuvieron en la época posterior al periodo analizado por los autores en comentario. La intervención gubernamental en los bancos es una de ellas, si bien la modalidad de la injerencia posterior fue diferente a la implementada entonces, sus efectos (al final de cuentas) son equivalentes a los de aquel momento. Por ejemplo, las cargas tributarias sobre las cuentas bancarias de particulares y empresas en general implicaron –en última instancia- resultados análogos a los de un bloqueo de aquellas cuentas, dado que torna las operaciones realizadas por este medio –por cierto las más voluminosas del mercado- en sumamente gravosas. En lo sustancial, no existió ninguna reforma política durante el extensísimo gobierno del FpV[4] ni -mucho menos- alguna que tuviera el carácter de seria. El descalabro económico continuó, si bien por otras vías. La principal -como dijimos- la de nuestro tema: el gasto fiscal, el cual durante este periodo resultó desbordado, pese al notable incremento de los impuestos. Al mismo tiempo, el “fin al dólar fijo del sistema de convertibilidad” dio pie a una desenfrenada emisión monetaria, con sus inevitables y conocidas derivaciones inflacionarias.

El aumento del gasto público en forma desorbitada fue clave en el agravamiento de la crisis que siguió al periodo analizado, la que en parte pudo ser disimulada por el gobierno del FpV merced a una expansiva política de planes asistenciales y programas de subsidios con exclusivos fines clientelares y miras a la formación de un mercado electoral cautivo.

[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz “gasto publico”

[2] Daniel Artana y James A. Dorn. Compiladores. Crisis financieras internacionales: ¿qué rol le corresponde al gobierno? – 1ª. ed. – Buenos Aires: Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas, 2004. págs. 12-13

[3] Daniel Artana y James A. Dorn. Compiladores. Crisis financieras….Ob. Cit. Pag. 12-13

[4] Siglas el Frente para la Victoria. Secta política derivada del peronismo y conducida por el nefasto matrimonio Kirchner.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero

EL TERROR FISCAL

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

A veces nos preguntamos que ha pasado en el mundo para que hayamos retrocedido tanto en algunos aspectos. Uno de estos aspectos muestra un evidente retroceso a la época de los faraones, los sátrapas, emperadores y reyes que trataban a sus súbditos como meros medios para succionarles el fruto de sus trabajos, lo cual fue rectificado con el tiempo. Tal vez el mayor apogeo de las libertades de las personas fue desde el Congreso de Viena a la Primera Guerra Mundial en Europa y a partir de fines del siglo xviii en Estados Unidos.

 

No pocos son los historiadores que atestiguan este último aserto. Por ejemplo, respecto de Europa, A. J. Taylor en su English History: 1914-1945 nos dice que “hasta agosto de 1914 un inglés podía pasar toda su vida sin notar la existencia del estado más allá del correo y de algún policía. Podía vivir donde quisiera y como quisiera. No tenía ningún número oficial ni cédula de identidad. Podía viajar y dejar su país sin permiso oficial y sin pasaportes. Podía intercambiar su moneda por cualquier otra divisa sin restricción o límite alguno. Podía comprar bienes de cualquier otro país en los mismos términos que lo hacía en el suyo […] A diferencia de otros países del continente, no tenía que pasar por el servicio militar […] Los ingleses pagaban en concepto de impuestos el 8% de la renta nacional”.

 

En Estados Unidos, las máximas generalizadas se basaban en el precepto jeffersionano en cuanto a que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” y la participación estatal en el producto bruto interno se estimaba entre el 3 y el 6% hasta bien entrado el siglo xx, aunque ya en 1913 hubo un serio desbarranque con el establecimiento del impuesto progresivo y la banca central que requirieron sendas reformas constitucionales.

 

En el territorio argentino, en gran medida se siguieron los consejos de Alberdi desde la Constitución liberal de 1853 hasta los años treinta del siglo siguiente. Consejos que consistían en que debía abandonarse la idea de las “máquinas fiscales” de la época colonial e igual que en el mundo estadounidense de la época eran inconstitucionales los impuestos directos, es decir los que percutían sobre las manifestaciones directas de la capacidad contributiva como las rentas, las ganancias y los bienes personales que afectan con más fuerza las tasas de capitalización y, en cambio, limitarse a los impuestos indirectos como a las ventas, al valor agregado y similares.

 

¿Qué ocurrió después en el mundo en general para que en esta materia se cambiaran los principios y valores en 180 grados? Ocurrió que las bases de la educación trocaron del liberalismo al colectivismo y, a su debido tiempo, eso se puso de manifiesto en la arena política.

 

Ahora resulta que el llamado contribuyente se ha convertido en un ser asustado y perseguido por los aparatos de recaudación tributaria. Se las pasa haciendo cálculos si podrá sobrevivir a los embates contra el fruto de su trabajo. Hay lugares en los que el contribuyente trabaja seis, siete o más meses del año para satisfacer las demandas del fisco. En lugar de alabar a los paraísos fiscales en cuanto a impuestos bajos, se ponderan los infiernos fiscales con una maraña de cargas tributarias y dobles imposiciones que ningún ciudadano normal puede entender, por lo que se ve obligado a recurrir a los “expertos fiscales”, lo cual no sería en absoluto necesario si se hubieran seguido los consejos originales de quienes abrieron las puertas de la libertad en las regiones mencionadas.

 

Se ha olvidado por completo que los gobiernos son empleados de la gente al efecto de proteger sus derechos y no súbditos como lo eran durante las épocas más oscuras en las que vivió el ser humano. Recordemos que el inicio de la experiencia más exitosa de la historia de la humanidad tuvo lugar con motivo de la rebelión fiscal respecto a los impuestos al té que Jorge III intentó implantar a los colonos estadounidenses.

 

En esta instancia del proceso de evolución cultural, como queda dicho, los aparatos de la fuerza que denominamos gobierno son para proteger los derechos de los gobernados, muy especialmente a través de la justicia y la seguridad, dos aspectos clave que habitualmente los gobiernos no atienden ni remotamente con la suficiente eficacia, mientras se ocupan de una serie de reglones que no son para nada compatibles con una sociedad abierta.

 

Como también queda dicho, al gravar las ganancias y las inversiones éstas naturalmente se contraen lo cual necesariamente reduce salarios e ingresos en términos reales, es decir, perjudican muy especialmente a los más pobres puesto que son impuestos regresivos.

 

Claro que si el gasto público aumenta a pasos agigantados, la voracidad fiscal no tiene límites y recae con fuerza sobre cualquier objeto imponible. En este sentido, la curva Laffer ha sido mal interpretada y peor empleada ya que inmediatamente antes del punto de inflexión donde a una mayor presión tributaria la recaudación resulta menor debido a la destrucción del aparato productivo, se lo ha considerado como el punto óptimo de mayor eficiencia fiscal, cuando a lo que apuntaba Laffer -además del significado del recorrido de la curva- es al punto de menor presión impositiva para cumplir con las misiones específicas del gobierno.

 

Si el gasto público no se pone en caja, desde luego que no resulta posible una reforma fiscal que alivie los bolsillos de la gente. Hay demasiados palacios de ministerios inútiles y demasiadas reparticiones dedicadas a contrariar los preceptos republicanos. La revisión completa del organigrama y el presupuesto de base cero se tornan indispensables para contar son una estructura impositiva civilizada que se circunscriba a contribuir al respeto recíproco entre las personas. Los megalómanos deben mantenerse alejados de la función gubernamental.

 

Pero es que en la cabeza de la gran mayoría de los políticos está incrustada la idea de los supuestos beneficios de “la re-distribución de ingresos”, lo cual implica volver a distribuir por la fuerza lo que ya se distribuyó libre y voluntariamente en el supermercado y afines. En realidad, como sugiere Thomas Sowell, los economistas deberíamos dejar de hablar de distribución de ingresos, “puesto que los ingresos no se distribuyen, se ganan”.

 

Esta peregrina idea de la re-distribución nace del error de tratar el proceso producción-distribución como si fuera un fenómeno escindible cuando es parte del mismo proceso, uno es la contracara del otro.

 

Los efectos negativos de los impuestos directos, además de dar pie a que el fisco formule interrogantes insolentes e impertinentes, se agravan si las alícuotas son de carácter progresivo. Esto es así porque en primer lugar altera las posiciones patrimoniales relativas, esto es, contradice las directivas de la gente al asignar sus recursos en el mercado y, por ende, se derrochan los siempre escasos factores productivos.

 

En segundo lugar, el impuesto progresivo, como se ha consignado, resulta inexorablemente regresivo puesto que al afectar la inversión atenta contra los salarios de los más pobres. En tercer término, afecta gravemente la tan necesaria movilidad social ya que en la medida de la progresividad se bloquea el ascenso en la pirámide patrimonial y también el descenso puesto que los de mayor patrimonio quedan “protegidos” de los que no pueden ascender.

 

Por último, la progresividad resulta paradójica: se articulan discursos que revelan una permanente insistencia en que debe incrementarse la productividad y los mayores rendimientos, pero simultáneamente se castiga fiscalmente el aumento en la productividad y la mejora en los rendimientos.

 

En el origen de la tradición constitucional desde la Carta Magna de 1215 en adelante, la idea central consistía en establecer estrictos  límites al poder. En esa etapa el Parlamento se concibió para administrar el presupuesto y, sobre todo, para gravar en base a la representación popular pero sin facultades para gastar.

 

Conviene a esta altura repasar las diversas formas de esclavitud. Si estamos en nuestro mundo navegando en un sistema fascista, es decir, aquel en el que el mandamás del momento autoriza que las propiedades queden registradas a nombre de particulares pero en verdad usa y dispone el gobierno en un contexto de altísima presión tributaria, en esta situación cabe preguntarse en que quedaron los ideales de libertad que identifican la condición humana. ¿No somos si acaso esclavos modernos de una maquinaria infernal que opera en nombre de la democracia pero que en realidad es pura cleptocracia? ¿No serán finalmente ciertas las antiutopías de George Orwell (Eric Blair), Aldous Huxley y Taylor Caldwell?

 

En esta línea argumental, recordemos aunque más no sea un pasaje de la obra más conocida de la autora referida en último término que alude al futuro Estados Unidos: “Todo comenzó tan casualmente de modo tan fácil con palabras grandilocuentes. Comenzó con el uso desaprensivo de la palabra ´seguridad´ ¿Es que sus caracteres han sido debilitados y destruidos de tal manera que han entregado sus libertades y su humanidad a manos de los gobiernos? ¿No sabían que los poderes delegados al gobierno son la base de la tiranía?”

 

Solo los ciudadanos podrán vivir en paz cuando se comprenda el rol del aparato estatal, muy por el contrario mientras sigamos con la cantinela de reclamar el  “estado presente” lo tendremos muy presente en todas las manifestaciones de nuestras vidas y haciendas sin dar respiro, para usufructo de las castas gobernantes. Ya bastantes problemas presenta la vida en si para que se deba cargar con la pesada mochila de aparatos estatales que en lugar de proteger atacan y persiguen a personas pacíficas, mientras los delincuentes se esparcen por doquier (bandas que en no pocas ocasiones están formadas por los propios gobernantes).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

DOS PAÍSES……….. DOS PAÍSES………… ¿PODRÁN SER UNO?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 20/12/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/12/dos-paises-dos-paises-podran-ser-uno.html

 

Si miramos con atención una foto del equipo de kirchneristas que rodearon a Cristina Kirchner, por un lado, y por el otro una foto de mi padre, podríamos preguntarnos cómo es posible que integraran el mismo país. Sus valores más profundos, sus horizontes intelectuales e ideológicos, su conducta personal, son tan abismalmente diferentes que podríamos decir, tal vez con un poco de desaliento, que son dos países, dos maneras irreconciliables de entender el mundo. Como una unidad, no tiene futuro. Los anarcocapitalistas dirían: mejor, pero yo les diré, como siempre: la secesión es dura y violenta. No es como ustedes la imaginan.

Pero la cuestión viene de mucho antes. Dos tendencias integraron siempre las llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata. Una monárquica española y otra iluminista afrancesada. Ninguna de las dos era el ogro que una dice de la otra, y ninguna de las dos era el liberalismo clásico anglosajón que yo defiendo. Pero eran dos países. Finalmente, el único liberal clásico de aquellos tiempos, Alberdi, inspiró una Constitución tal vez liberal clásica que intentó ser un magro empate ante los dos países. Fray Mamerto Esquiú oró para que los monárquicos católicos la aceptaran y…… Bueno, mm, ok. Y allí comenzó la Argentina, ese siempre fallido intento de Nación.

Pero claro, no podía durar. Si, sólo ese tímido ordenamiento institucional produjo la Suiza de América Latina, pero había problemas en el paraíso. El golpe del 30 los pasó de la potencia –que, recuerden, no es una mera nada- al acto. Los halcones eran sencillamente nazis y los moderados, franquistas. Tal vez la corte hizo bien en ratificarlos a los 6 meses porque si no, creo, la tomaban por asalto y la convertían en un museo.

Así estuvimos hasta que un perfecto antiliberal y gran manipulador de masas siguió todos los manuales mussolinianos y, mientras Europa se encarrilaba por primera vez al liberalismo, habiendo aprendido el fracaso de las experiencias fascistas, ese supuesto país llamado Argentina comenzó su largo camino de fascismo marxista, que NO es una contradicción. Era uno de los dos países. Muchos le dieron apoyo intelectual, viendo en él la encarnación de la crítica a las “democracias burguesas”. Podría haber durado tanto o más que Franco, de no haber sido por su única reprobación de Maquiavelo 101: enfrentarse con la Iglesia Católica en los 54-55, iglesia que, en términos humanos, le había dado su apoyo pero, claro, hasta los límites que él mismo traspasó.

Los 60 y los 70, claro, fueron distintos. El marxismo NO fascista, sino sencillamente estalinista, avanzó intelectualmente como reguero de pólvora y, claro, produjo una perplejidad entre los nacionalistas peronistas. Unos se moderaron y se hicieron –tal vez como mal menor- casi conservadores que preferían la Constitución del 53 a la unión con Cuba. Otros, los tal vez más coherentes, se hicieron castristas y comenzaron el proyecto de revolución armada que concluye en Montoneros, más los comunistas no peronistas, el ERP. El otro país. El país que quiso, por la fuerza, ser Cuba.

El otro país, que había vuelto a la Constitución de 1953 por mano de la Revolución Libertadora, no entiende bien lo que pasa, no sabe cómo reaccionar. Los militares de las tres fuerzas aparecen como los “NO-CUBA” y dan golpe tras golpe, sin liderazgo ni visión suficiente como para integrarse a esa Constitución que pisotean cada dos por tres dando casi razón a una dialéctica hegeliana de la historia. Pero esas dos fuerzas en pugna tienen un enfrentamiento militar final y dramático: la guerrilla marxista montonera de los 70 en adelante contra los militares del 76. Ya sabemos cómo terminó todo.

La Argentina que queda, ese maltrecho proyecto de Nación, resurge en el 83 con una sola característica distintiva, que señalé una vez en el Cema, en una conferencia, ante reacciones escépticas: NO cuenta ya con el factor militar y, por ende, tendrá que aprender, o no, el camino de la REPÚBLICA.

Pero, claro, el estatismo era incompatible con ello. Estatismo económico y político, porque Alfonsín, Menem –excepto De la Rúa- violaron las instituciones republicanas cada vez que lo necesitaron y el estatismo de los tres fue sencillamente delirante. En todo este período, sin embargo, cabe destacar que los peronistas, al menos de palabra, querían vivir en la Constitución republicana y no reivindicaban Cuba como modelo.

Pero no. Los peronistas castristas, estalinistas, allí quedaron. Definitivamente, el otro país. Tenían Cuba para irse a vivir pero no, querían Cuba con tango y Callo y Santa Fe. Pero esta vez fueron más inteligentes. Aplicaron la doctrina Hitler: al poder por la democracia, y luego la pateamos. Los Kirchner y los que inmediatamente los rodearon no fueron sólo un fenómeno de corrupción, como creen algunos. Fue un fuerte proyecto ideológico pro-Cuba, pro-Venezuela, que un 54 % de argentinos apoya, de los cuales un 35 %, tal vez, lo hizo por indolencia, ignorancia, idolatría del estado, o lo que fuere, ya no importa. El asunto es que no terminamos siendo un estado satélite de Venezuela, con el ejército venezolano en la casa rosada, no sé aún por qué milagro difícil de explicar.

 

Macri no es Mises ni Hayek, obviamente. Pero es alguien que, nada más, ni nada menos, logró formar un partido que les ganó a los castristas, con la ayuda de Elisa Carrió. Nos salvamos además de un fraude que ya estaba a punto de ser ejecutado. En fin, creo que durante mucho tiempo gran parte de los argentinos no tendrán conciencia de la que se salvaron. Por supuesto hay muchos que están muy tristes, la verdad no sé por qué, se puede emigrar perfectamente a Cuba y Venezuela, pero, tengan cuidado, dentro de 20 años dependerán tal vez de Putín, Trump y los Chinos.

Lo que ahora sucede es que, tal vez por primera vez en nuestra historia, tenemos la posibilidad de ser un solo país, identificado sencillamente con una sola cosa: la República. O sea el liberalismo político, pero, shhhh, no lo digamos, a ver si por esa mala palabra todo se arruina. ¿Y el peronismo? Pues bien, allí está la clave: el peronismo NO kirchnerista es la clave, como ya dije, en el proyecto de una Argentina que logre alguna vez ser un solo país. En su capacidad de ejercer una oposición republicana, y no la “resistencia pro-Venezuela” radica la esperanza de Nación (como si yo fuera un defensor de la idea de Nación, pero estoy escribiendo en la cancha de juego que me toca jugar).

 

En la curva gaussiana de la política, siempre quedarán, en sus extremos, como antisistema, todos los que odiarán for ever (lo digan o no) a la Constitución del 53 barra 94 y etc. Pero en el medio, tenemos una nación. Los kirchneristas han quedado definitivamente afuera, pero, cuidado, pueden volver, y la Argentina como proyecto de país se hundirá definitivamente en el agujero negro de la historia.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Cristina y el Hegel vs. La Constitución

Por Armando Ribas. Publicado el 20/8/15 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2015/08/20/cristina-y-el-hegel-vs-la-constitucion/

 

La señora de Kirchner acaba de manifestar que ella es hegeliana. Esta manifestación que parecería esotérica, pues para muchos Hegel es un ignoto personaje. Pero resulta que en las ideas ético políticas de este señor en gran medida constituyeron los principios de los totalitarismos del siglo XX desde el nazismo al comunismo. Esas ideas son precisamente contrarias a las que produjeron la libertad en el mundo partiendo de Locke, Hume, Adam Smith, Madison y no olvidemos fundamentalmente Alberdi que fue la influencia decisiva en nuestra constitución de 1853-60 que cambio la historia de Argentina. Podría decir que partir de ella se humedeció la Pampa Húmeda durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX cuando Argentina pasó uno de los ocho países más ricos del mundo

Pero volvamos  a las ideas de Hegel comenzando por sui teoría del estado. En su filosofía de la historia:

“El estado es la divina idea tal como existe en la tierra…..el estado es la marcha de Dios a través del mundo”. Y en su teoría del estado expresa: “que el estado es lo racional donde la libertad alcanza la plenitud así como este fin último tiene el mas alto derecho frente a los individuos, cuyo deber supremo es el ser miembro del estado”.

Este principio es la antitesis entre la relación del gobierno de los ciudadanos tal como se expresa en la constitución de Estados Unidos y en la nuestra. En éstas, por el contrario, el estado esta formado por hombres y en consecuencia falible de ahí la necesidad de limitar el poder político. Y al mismo tiempo es precisamente el deber del gobierno el proteger los derechos individuales. Pero no así para Hegel que sigue diciendo:

“Si se confunde el estado con la sociedad civil y su determinación se pone en la seguridad y la protección de la propiedad y libertad personal, se hace del interés del los individuos como tal es el fin último en el cual se unifiquen; y en ese caso ser miembro del estado cae dentro del capricho individual”. O sea para Hegel los derechos individuales son un capricho. Preguntémosle a las empresas Argentinas y al respecto dice:

“El individuo mismo tiene objetividad, verdad, eticidad solo como miembro del estado pues el estado es espíritu objetivo”. El estado es la realidad de la idea ética: “Es el espíritu ético en cuanto voluntad patente clara para si mismo, sustancial que se piensa y se sabe y que cumple lo que el sabe y como lo sabe”. Decididamente esto es lo que aparentemente piensa Kirchner de si mismo en su relación con las empresas con la prensa y con la oposición.

Como se sabe Hegel cambio el sentido de la dialéctica tal como la concibiera Platón. De ser un esquema de conocimiento  la convirtió en una dinámica de la historia por lo cual todo  lo real era racional. Es decir las contradicciones lejos de mostrar el error cerraban la brecha entre la realidad y el conocimiento. Por eso cuando uno discute con los marxistas les explican que uno no entiende porque no están concienciados y todavía cree en la lógica formal. Es decir que para Hegel A puede ser no A. El principio de identidad desaparece.

Pero siguiendo con la omnipotencia del estado dice Hegel:

“El lado abstracto del deber se afirma  en el omitir y proscribir al interés particular como un momento no esencial hasta indigno”. Pregúntele a Shell y ahora a los bancos que son los culpables de que subiera el dólar por su interés indigno según Kirchner-Hegel. Y recordemos a Alberdi:

“La omnipotencia del estado o el poder omnímodo de la patria respecto a sus individuos que son sus miembros tiene por consecuencia la omnipotencia del gobierno en que el estado se personifica es decir el despotismo puro y simple. Es a estas ideas hegelianas entre otras a las que Alberdi se refirió cuando le dijo a Sarmiento que había una barbarie ilustrada mucho peor que la del los salvajes de América del Sur.

Hegel por supuesto esta igualmente en contra de la autonomía de los poderes. Para el la autonomía de los poderes significa la destrucción del Estado. Por eso la diferencia que hace entre el poder Legislativo, y el gubernativo es funcional al poder del soberano que define como:

“El poder del soberano que representa el poder de la subjetividad como la ultima decisión de la voluntad (-en el cual los distintos poderes son reunidos en una unidad individual que es la culminación y fundamento de la totalidad….la personalidad del estado se hace real solo como personas en el monarca (presidente?).

Una prueba más de la concepción ética de Hegel frente  a los intereses particulares lo expresa así: “Como la sociedad civil es la lisa del interés privado individual de todos contra todos, aquí también tiene su sede el conflicto del mismo con los comunes negocios particulares y de estos junto con aquel contra los mas elevados puntos de vista y mandatos del estado”

En consecuencia Hegel considera que la burocracia representa la eticidad de la sociedad pues es la representante de los interese generales. A ello se refiere así: “Los miembros del gobierno y los funcionarios del estado constituyen la principal parte de la clase media que alberga la inteligencia culta y la condición jurídica de la masa de un pueblo”. Hasta Marx se dio cuenta de la actitud de los burócratas y contestándole a Hegel escribió: “Los Burócratas terminan por convertir en intereses generales los que no son mas que sus intereses particulares de hacer una carrera para si mismo (SIC).

Con respecto a la libertad de prensa encontramos  una  coincidencia entre Hegel y el actual gobierno y aparentemente con el cambio que supuestamente se viene. Al respecto dice Hegel:

“definir la libertad de prensa como la libertad de hablar y escribir lo que se quiera, corre pareja con el hecho de expedirse acerca de la libertad en general, como la libertad para hacer lo que se desee. Tal discurrir corresponde a la ignorancia aun del todo inculta de la representación”. Por supuesto Hegel considera asimismo que la guerra representa el momento ético  en la historia de los pueblos. Por ello no debe considerarse como un mal absoluto: “La salud ética de los pueblo es mantenida en equilibrio frente al fortalecimiento de las determinaciones finitas (intereses particulares) como el movimientos del viento preserva al mar de la putrefacción en la cual lo reduciría una durable o perpetua quietud”.

No nos podemos sorprender de que de aquello conceptos llegara al poder Hitler y hoy nos amenazan los monto nazis. Lo que esta en juego en octubre es la libertad y los derechos que garantiza la constitución de 1853-40 hoy violado pertinazmente por el gobierno “Del Poder Supremo” y recordemos una vez más a Alberdi cuando dice:

“La patria es libre en cuanto no depende del extranjero pero el individuo carece de libertad en cuanto depende del estado de un modo omnímodo y absoluto”.

Por ultimo tampoco debemos olvidar la posición de Hegel frente a los judíos basada originalmente en el moralismo Kantiano. “El judaísmo es visto como el espíritu de una psiquis que debe ser redimida primero por la revolución cristiana y ahora en la era moderna por la filosofía “revolucionaria germana”. “Los judíos habían ya cumplido su función histórica y ahora era un pueblo fantasma que debería morir y desaparecer bajo las cenizas de la historia….los judíos eran hostiles a la verdadera naturaleza que no podrían comprender y con la cual solo se podían relacionar mediante posesiones o dominación”

 

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.

Limitaciones al poder: se cumplieron 800 años de la Carta Magna. Luego hubo otras “Cartas de Derechos”

Por Martín Krause. Publicado el 21/6/15 en: http://bazar.ufm.edu/limitaciones-al-poder-se-cumplieron-800-anos-de-la-carta-magna-luego-hubo-otras-cartas-de-derechos/

 

Carta MagnaCon los alumnos de Economia e Instituciones de OMMA-Madrid vemos el Capítulo 7 sobre Limitaciones al oportunismo político. Una de esas limitaciones, tal vez la más relevante, acaba de cumplir nada menos que 800 años: la Carta Magna.

Uno de los primeros instrumentos republicanos utilizados para limitar los poderes otorgados por los ciudadanos a los gobiernos fueron las “cartas de derechos” (Bill of Rights). Se relacionan con los derechos “individuales”, desarrollados básicamente en Occidente desde la Grecia ateniense, y más concretamente, en su versión más moderna y actual, desde la Carta Magna, firmada por Juan sin Tierra en Inglaterra el 15 de junio de 1215, origen de las constituciones y parlamentos posteriores. Este documento fundacional de los derechos individuales modernos es también una clara demostración de que no existe una separación lógica entre libertades “políticas” y “económicas”: todas se refieren a la libertad de acción, sin violar derechos de terceros, y al control de los poderes del gobernante. De hecho, en esta Carta, unos se encuentran a continuación de otros, sin diferencia .

La primera que recibió ese nombre fue aprobada en 1689 en Inglaterra, impuesta por el parlamento al príncipe Guillermo de Orange, incluyendo, entre otras, las siguientes limitaciones al poder del soberano:

  • No habría interferencia real con la justicia. El rey no dictaba justicia ni podía establecer cortes reales.
  • No podía establecer impuestos sin la aprobación del Parlamento (este principio ya estaba en la Carta Magna).
  • Libertad para realizar reclamos al rey, sin temor a ser castigado.
  • No podía mantener un ejército permanente en tiempo de paz sin aprobación parlamentaria.
  • No podía interferir en la elección de parlamentarios, ni en la libertad de poseer armas para su propia defensa, ni en la libertad de expresión.

Otro ejemplo proviene de los Estados Unidos. Se llama con el mismo nombre a las primeras diez enmiendas de la Constitución aprobadas en 1791, incluyendo muchas similares a las británicas, y en este caso se reserva a los estados o al pueblo todos los derechos no delegados al gobierno federal. También la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea francesa en 1789.

El establecimiento de derechos individuales a nivel constitucional actúa como un límite al poder de cualquier mayoría eventualmente en el gobierno ya que no pueden ser avasallados por él o violados por el gobernante. Estos principios fueron incorporados en casi todas las Constituciones americanas del siglo XIX.

Ahora bien, ¿establecen realmente una barrera infranqueable para la protección de esos derechos? Su respeto, en definitiva, estaría garantizado por la posibilidad de cuestionar la constitucionalidad de un acto de gobierno que pudiera violar esos principios, la división de poderes y la revisión constitucional en manos de una Corte Suprema. El peligro está en la posibilidad de que disposiciones del Ejecutivo o leyes del Legislativo interfieran o vacíen de contenido, y terminen en la práctica derogando esos derechos básicos. Esa fue una preocupación clara de los constituyentes americanos. En el caso argentino, Alberdi ([1854] 1993) se refiere a las “disposiciones y principios de la Constitución Argentina referentes a las producción de las riquezas”, señalando que en su preámbulo se expresa como objetivo “promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”; y señalando luego que el artículo 64, inciso 16, otorga al Legislativo “el poder de realizar todo lo que puede ser conducente a la prosperidad del país, al adelanto y bienestar de todas las provincias, y al progreso de la ilustración”.

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Rentabilidad y Patrimonio en tres grandes empresas argentinas, 1926-1955

Por Eduardo Martin Cuesta y Carlos Newland:

Se trata de una presentación de un trabajo realizado por los profesores Martin Cuesta y Carlos Newland, en el marco del programa de investigaciones de ESEADE sobre Historia y Desarrollo Empresario. El trabajo puede descargarse  en https://es.scribd.com/doc/267458579/R…

El trabajo completo puede leerse aquí:   http://es.scribd.com/doc/267458579/Rentabilidad-y-Patrimonio-en-tres-grandes-empresas-argentinas-1926-1955-por-Eduardo-Martin-Cuesta-y-Carlos-Newland

CarlosEduardo Martin Cuesta es Doctor en Historia de la Universidad de Buenos Aires. Fue Miembro del grupo de investigación internacional “Global Prices and Income Project”, y es profesor de ESEADE. Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

Cómo en 60 años se construye y se destruye un país

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 10/5/15 en: http://economiaparatodos.net/como-en-60-anos-se-construye-y-se-destruye-un-pais/

 

¿El gran interrogante es por qué después de 60 años de la caída de Perón, que dejó el país destruido por el populismo, Argentina no pudo recuperarse al igual que después de Caseros?

Está bastante difundida la idea, entre los no peronistas, que Argentina entró en una imparable decadencia a partir de Perón. Sin duda Argentina entra en una profunda decadencia a partir de la década del 40, sin embargo, ya han pasado casi 60 años desde que Perón fue derrocado por la Revolución Libertadora y todavía seguimos considerando que todos los males de la Argentina provienen de Perón. No sé si el argumento me termina de convencer porque es como si 60 años después de la caída de Rosas, esto es hacia 1912, en Argentina se hubiese estado discutiendo porque no crecíamos y que toda la culpa de no crecer era de Rosas.

Recordemos que Rosas fue vencido por Urquiza en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852. La Constitución Nacional de 1853 es promulgada el 1 de mayo de 1853, es decir un año y unos meses luego de Caseros, pero Buenos Aires termina de unirse a la Confederación Argentina recién en 1860, es decir, pasaron otros 7 años más hasta que quedó completamente unificada la nación tal cual la conocemos hoy. Recién en 1880 terminan las guerras civiles y podemos decir que se logra el proceso de organización nacional.

Ahora bien, en ese período hubo una generación que se conoce como la generación del 80, que hoy es denostada por los progres e ignorantes, que fue la que, aún con sus enfrentamientos políticos y sus defectos, construyeron una Argentina que 60 años luego de Caseros hacía que la economía argentina fuera líder de América Latina. El flujo de inversiones que captó ese modelo de país basado en la Constitución de 1853/60 fue impresionante.

Siempre salta algún ignorante diciendo que en esos años había crecimiento pero no había redistribución del ingreso. La realidad es que hacia la Argentina venían muchos inmigrantes con un saldo migratorio anual positivo que llegó a las 200.000 personas anuales.

Recordemos que en esos años había inmigrantes que venían solo para la época de la cosecha y luego volvían a sus países de origen. Recién en 1914, con el inicio de la Gran Guerra, se corta el saldo positivo entre inmigrantes y emigrantes. Entre 1896 y 1913 llegaron y se quedaron definitivamente en la Argentina 1.941.000 personas. Seguramente esa gente no venía a morirse de hambre.

Llegaba a la Argentina luego de la conquista del desierto, cuando la gente podía ir a los campos sin miedo a que los malones que venían de Chile los atacaran, les robara su ganado, matara a los campesinos y secuestrara a mujeres y niños. Bastante brutitos son los que dicen que Roca salió a aniquilar a los pueblos originarios de Argentina.

Cuando Sarmiento hace el primer censo nacional en 1869, descubre que el 78% de la población era analfabeta.

La generación del 80 recibe, entonces, un país despoblado, con el 78% de la población analfabeta, sin infraestructura  y con mucha tierra pero asolada por los malones que venían desde Chile. Pero esa generación respetó el marco institucional que ofrecía la Constitución Nacional de 1853/60 y logró transformar este desierto lleno de analfabetos en un país que progresó y llegó a ubicarse entre los 5 más importantes del mundo.

En rigor no fue la generación del 80 que obró el milagro que permitiera que, 60 años después de la caída de Rosas, Argentina recibiera grandes corrientes inmigratorias, inversiones y lograse exportar el 3% del total del comercio mundial. Fue el marco institucional diseñado por Alberdi el que obró ese milagro, que tampoco es un milagro, sino la lógica consecuencia de respetar la propiedad privada, un gobierno limitado e integrado económicamente al mundo. Lo que se llama una república liberal. Sí fue la concepción de una república liberal la que hizo grande Argentina.

¿El gran interrogante es por qué después de 60 años de la caída de Perón, que dejó el país destruido por el populismo, Argentina no pudo recuperarse al igual que después de Caseros? La respuesta parece estar en que ha calado muy hondo en la población argentina la demanda de populismo. Es decir, en el mercado electoral vemos una competencia de oferta de populismo porque los políticos perciben que hay demanda de populismo. Y como para gobernar hace falta conseguir los votos, ofrecen populismo.

Si 60 años después de la caída de Perón Argentina no se recuperó del populismo, cómo sí había logrado despegar 60 años después de la caída de Rosas, quiere decir que, si bien puede haber alguna demanda de populismo por parte de la población, la dirigencia política no se animó a intentar cambiar los valores populistas impuestos por Perón. En otras palabras, o el resto de la dirigencia política e incluso los gobiernos militares, hablando en términos generales, también era populista o no se animaron a formular una propuesta de crecimiento volviendo a las raíces de nuestra organización nacional. Me refiero a los valores que contienen la Constitución de 1853/60 explicados ampliamente por Juan Bautista Alberdi, no solo en su libro las Bases, sino, particularmente, en el Sistema Económico y Rentístitico de la Confederación de la República Argentina.

¿Podemos salir de esta larga decadencia aún con una población que demanda populismo? Mi impresión es que sí se puede considerando que el populismo solo  es viable en la medida en que haya recursos para financiarlo y ese financiamiento se está acabando. El kirchnerismo destrozó la economía argentina, aprovechando el viento de cola para impulsar el populismo. El problema es que ya no hay más viento de cola y tampoco stock de capital acumulado para financiar más populismo. En consecuencia, el próximo gobierno tiene la oportunidad de girar 180 grados en esta política populista, pero además es deber de las dirigencia política en general ayudar a cambiar esta cultura de vivir sin trabajar.

Cristina Fernández se ha encargado de meterle en la cabeza a los que viven del trabajo ajeno que es un derecho de ellos vivir de esa manera. La perversidad de ese discurso para transferirle al próximo el infinanciable populismo disfrazado de planes sociales muestra que los límites no existen para el kirchnerismo. El poder es un negocio que para ellos hay que cuidar.

Se puede argumentar que luego de Caseros gobernaba una elite y no había el tipo de democracia que hay hoy en día. En rigor esto no es democracia, es, como sostenía Alberdi, un sistema para elegir a nuestros propios tiranos.

Respecto a que luego de caseros la gobernaban unos pocos, la pregunta es: ¿y ahora? Basta con ver a toda una legión de políticos profesionales que han hecho de la política una profesión y van saltando de partido en partido dependiendo de cuál les ofrece más chances de seguir cobrando en algún puesto del estado. ¿Cuántos son los que hoy deciden sobre los grandes lineamientos de la política argentina? Un grupo que deben ser menos que los dedos de una mano.

Por eso, el próximo gobierno tiene, a mi entender, las siguientes misiones básicas: 1) demostrar cómo el poder se ha utilizado para acumular fortunas personales, 2) aplicar una política económica racional y 3) iniciar un firme discurso que vuelva a poner en lo más alto los valores que de nuestra Constitución de 1853 que fueron los que permitieron hacer de la Argentina una país de inmigrantes que venían a buscar su futuro trabajando duro y una tsunami de inversiones que transformaron un desierto en una de los país más próspero de la tierra.

Poder cambiar el rumbo de la Argentina se puede. Solo hace falta una dirigencia política, intelectuales y comunicadores que lideren ese cambio.

Esos políticos, intelectuales y comunicadores existen. El tema es que logren tener cabida para poder expresar sus ideas, las que, por cierto, están bastante ausentes del debate sobre el país que podemos ser.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.