Cuatro mecanismos por los que el comercio internacional promueve la innovación

Por Martín Krause. Publicada el 25/26/22 en: https://bazar.ufm.edu/cuatro-mecanismos-los-comercio-internacional-promueve-la-innovacion/

Intuitivamente, quien entiende el funcionamiento de los mercados comprenderá, sin muchas palabras por medio, que al libre comercio promueve mayores grados de innovación. Por si fuera necesario probarlo, Marc J. Melitz y Stephen Redding publican un trabajo de la serie LSE Research Online Documents on Economics, de la London School of Economics, titulado: “Trade and Innovation”: http://eprints.lse.ac.uk/113930/

Esto dicen:

“Dos ideas centrales del enfoque schumpeteriano de la innovación y el crecimiento son que el ritmo de la innovación está determinado endógenamente por la expectativa de ganancias futuras y que el crecimiento es inherentemente un proceso de destrucción creativa. Dado que el comercio internacional es un determinante clave de la rentabilidad y supervivencia de las empresas, es natural esperar que desempeñe un papel clave en la configuración tanto de los incentivos para innovar como de la tasa de destrucción creativa. En este artículo, revisamos la literatura teórica y empírica sobre comercio e innovación. Destacamos cuatro mecanismos clave a través de los cuales el comercio internacional afecta la innovación y el crecimiento endógenos: (i) tamaño del mercado; (ii) competencia; (iii) ventaja comparativa; (iv) derrames de conocimientos. Cada uno de estos mecanismos ofrece una fuente potencial de ganancias de bienestar dinámicas además de las ganancias de bienestar estáticas del comercio de la teoría comercial convencional. Investigaciones recientes han sugerido que estas ganancias dinámicas de bienestar del comercio pueden ser sustanciales en relación con sus contrapartes estáticas. Discriminar entre mecanismos alternativos para estas ganancias dinámicas de bienestar y fortalecer la evidencia sobre su magnitud cuantitativa siguen siendo áreas interesantes de investigación en curso.”

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Argentina: un país con  los valores dados vuelta

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 22/6/22 en: https://www.diarioelargentino.com.ar/noticias/225053/argentina-un-pais-con-los-valores-dados-vuelta

Un piquetero vive de los planes sociales que administran los gerentes de la pobreza. Ellos pueden recibir una asistencia o un conjunto de planes a condición de concurrir a las marchas populares cuando sus “jefes” así lo establecen.

Esos programas, llamados sociales, no tienen límites de tiempo. El Estado no los otorga por un tiempo limitado, por el contrario, no tienen fecha de vencimiento. En estas condiciones, entre la Asignación Universal por Hijo y un conjunto de otros “beneficios” una pareja de personas adultas puede recibir un ingreso lo suficientemente alto como para desestimularla a trabajar. Por ejemplo, cada miembro de la familia puede cobrar un plan Potenciar Trabajo que en junio llega a los $19.470, es decir sumar $38.940 por mes, sin controles sobre si tuvo inquietud de buscar un empleo para no depender del subsidio.

Si tienen dos hijos menores, tienen derecho a percibir $7.332 por cada uno, un total de $14.664 por mes, sumados a la asistencia anterior, ya suma $53.604 mensuales. A esto se le agrega la Tarjeta Alimentar con 2 hijos que suman otros $13.500, llegando a 67.104 pesos.

No es de descartar que alguno de los miembros de la pareja cobre una Pensión por Invalidez Laborativa, dado que en el Presupuesto 2022 figuran 1.117.171 beneficiarios, en contraste con apenas 81.539 en 2003. Es decir, en casi 20 años aparecieron 1.035.632 inválidos laborales sin que se haya producido una guerra, un tsunami o un terremoto que provocara semejante cantidad de inhabilitados para un empleo regular. Solo se pudo detectar una epidemia de ataque de fobia al trabajo.

Con un presupuesto para este rubro de $310.905 millones resulta un promedio de $23.191 por mes por cada uno. Pero, en total podrían embolsar unos $90.265, por arriba de la canasta básica total, lo cual los saca de la línea de pobreza sin trabajar, sin pagar impuestos y viviendo a costa del trabajo ajeno.

Paralelamente, se observa en la serie de datos del Ministerio de Trabajo, un fenomenal incremento del empleo estatal y un mínimo incremento del empleo privado formal, que agrava la mochila sobre el conjunto de ocupados registrados que no dependen de un cheque del sector público.

En enero de 2012, comienzo de la serie oficial de empleo registrado, el total de puestos de trabajo en el conjunto del sector público (nación + provincias + municipios) equivalían al 41,7% del empleo privado formal y en marzo de este año ya representaba el 54% del empleo privado, sin que mejorara la calidad de los servicios públicos a cargo del Estado, como la salud, seguridad, justicia, educación, principalmente.

No se debe olvidar que el régimen del empleado público determina una protección especial a la estabilidad laboral, porque no se lo puede despedir, salvo que se instruya un sumario.

Según datos del Indec, el índice de salarios del sector privado formal aumentó, entre marzo 2021 y 2022 el 56%, en tanto que el correspondiente al sector público subió 59%, es decir 3 puntos porcentuales, sin que mediaran justificaciones para esa brecha, que históricamente ha sido creciente, aun cuando parte de la nómina se sospecha es un “ñoqui” -aparece el 29 sólo para cobrar-, y no enfrenta las exigencias de control de calidad y productividad que se observa en la actividad particular.

Así, mientras los piqueteros, escondidos tras la escenografía de movimientos sociales que no son otra cosa que movimientos políticos, viven del trabajo del sector privado, no tienen límite de tiempo para recibir los subsidios, se dedican a entorpecerle la vida a los que los mantienen, los empleados públicos disfrutan de limitadas horas laborales, estabilidad en sus puestos y mejoras salariales mayores al promedio del mercado, el sector que los mantiene es regularmente castigado con más impuestos y regulaciones absurdas.

Un país no se construye con planes sociales y empleo público creciente, sino con gente que quiera trabajar, desarrollar su capacidad de innovación y arriesgar en emprendimientos para descubrir dónde hay demandas insatisfechas.

Plan jefes y jefas

A 20 años de haberse lanzado el Plan Jefes y Jefas de hogar, no solo aumentó la cantidad de beneficiarios de planes sociales, sino que, para peor, se multiplicaron los programas asistenciales, al amparo de un sospechado gran negocio de parte de la política.

Lo que el presidente Eduardo Duhalde lanzó en 2002 como un plan transitorio, se transformó en permanente y ahora la pregunta es: ¿Cuál es el sueldo que debería ganar un padre de familia para no recibir planes e ir a trabajar religiosamente si como están hoy, sin trabajar o haciendo changas, puede mantenerse solo haciendo cortes de tránsito sobre la Avenida 9 de Julio, en la Ciudad de Buenos Aires?

El salario en el sector privado debería crecer enormemente como para que el piquetero prefiera dejar la comodidad de no trabajar y vivir en base a subsidios. Es una cuestión de arbitraje entre trabajar y vivir sin trabajar. En la medida que el Estado estimule el no trabajar a costa del que trabaja, este festival de populismo continuará.

Lo mismo ocurre con el empleado estatal para que esté dispuesto a sacrificar su estabilidad laboral y su salario creciendo por encima del sector privado.

Como frutilla del postre, en Argentina se castiga impositivamente al que trabaja y el mérito es visto como un sacrilegio por parte del Gobierno y si es empresario, se lo cataloga de “salvaje explotador”, y culpable de la pobreza. Por el contrario, al que vive del trabajo ajeno es presentado como una “víctima del sistema”.

No hay duda de que no solo hay que hacer reformas económicas estructurales, sino también reformular los valores que hoy imperan en la sociedad en la que trabajar y esforzarse está mal visto y vivir del trabajo ajeno un derecho social, basado en el corazón del populismo: “donde hay una necesidad nace un derecho”.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky

Llegó la hora de pagar la fiesta de las cuarentenas

Por Alejandro A. Tagliavini: Publicado el 16/6/22 en: https://alejandrotagliavini.com/2022/06/16/llego-la-hora-de-pagar-la-fiesta-de-las-cuarentenas/

 La violencia no es gratis, destruye… o acaso creían que cerrar países enteros, confinar ciudades utilizando la fuerza policial no traería consecuencias. Para decirlo rápidamente, las cuarentenas y demás restricciones coactivamente impuestas por los gobiernos -y avaladas por una gran mayoría de la población, muy asustada- obviamente produjeron una muy fuerte caída en casi todas las actividades.

                   Y, frente a este desplome violentamente producido por los Estados, no se les ocurrió mejor idea que “estimular” regalando dinero -inyectando billetes como si se pudiera crear riqueza de la nada- que se gastó con alevosía, quedando ahora una deuda imposible de pagar con lo cual hay que ajustar de hecho, vía inflación y vía encarecimiento artificial del crédito que dificultará aún más la producción y el consumo. 

                   Ahora, y no dicho esto con ánimo revanchista, se advirtió reiteradamente que las cuarentenas provocarían un daño muy superior, exponencialmente superior, a lo que, supuestamente, evitaría. Es muy importante que quienes promovieron y ejecutaron estas restricciones primero entiendan que jamás debe actuarse bajo el influjo del miedo y, luego, que comprendan que deben disculparse porque de otro modo, si no se reconoce el fallo, la humanidad continuará auto destruyéndose. Por cierto, pensar que será la naturaleza la que destruya al hombre es extremadamente estúpido e incoherente.

                   Pero vayamos al análisis frio. La Reserva Federal elevó el miércoles su tasa de interés objetivo en tres cuartos de punto porcentual con la intención de frenar un repunte, pero resulta que se decide después de que datos mostraron escasos avances en su batalla hasta el presente, y «devolver a su objetivo del 2%» a la “inflación”, en rigor, la suba del IPC que refleja relativamente a la inflación real gracias a que en EE.UU. los precios son relativamente libres.

                También seguirá reduciendo las tenencias de bonos del Tesoro y deuda hipotecaria, siguiendo el camino que ya fijó en la reunión de mayo. Además, adelantaron que un aumento de tres cuartos de punto o de medio punto sería «muy probablemente» el resultado apropiado de la próxima reunión del banco central a finales de julio.

                  Pero claro, como confunden inflación con suba del IPC, la Fed culpa parcialmente a “la guerra en Ucrania y las políticas de confinamiento de China” cuando estos hechos, sin dudas provocan variaciones en algunos precios, pero no inflación que es la depreciación de la moneda por exceso de emisión. Irónicamente, y esto puede confundir, el dólar -el índice DXY- se “revaloriza” pero solo respecto de las otras monedas que tienen una depreciación aun mayor.

                  La medida elevó la tasa de interés de los fondos federales de corto plazo a un rango de entre el 1,50% y el 1,75%, y los funcionarios de la Fed proyectaron un aumento de la tasa hasta el 3,4% a finales de este año y hasta el 3,8% en 2023, lo que supone un cambio sustancial respecto a la mediana de las proyecciones de marzo, que preveían un alza al 1,9% este año.

                  Como el fuerte endurecimiento de las condiciones financieras pesará sobre el crecimiento, ahora la Fed considera que la economía se ralentizará a una tasa de crecimiento inferior a la tendencia del 1,7% este año -desde el 2,8% pronosticado antes- , que el desempleo aumentará al 3,7% a fines de 2022 y que seguirá subiendo hasta el 4,1% hasta 2024 y considera que la inflación, medida por el índice de precios de los gastos de consumo personal, se situará en el 5,2% durante este año y solo se ralentizará gradualmente a un 2,2% en 2024.

                Cómo serán de malas las perspectivas que es difícil encontrar en la historia de Wall Street un escenario más pesimista. Y más de la mitad de las compañías del NASDAQ han quedado reducidas a menos de la mitad, o sea, la mitad de los integrantes del Nasdaq cotizan al menos un 50 % por debajo de sus máximos de 12 meses:

                    Y muchos gurús creen sinceramente que las acciones nunca volverán a subir en nuestra vida al nivel que dejaron. De hecho, siguen cayendo a pesar de que en las tres oportunidades en que la Fed subió las tasas este año Wall Street se disparó, aunque el entusiasmo duró poco como puede verse en este gráfico del S&P: 

                Ahora, teóricamente, históricamente, las materias primas bajaban al aumentar el índice dólar (DXY) o, mejor dicho, mantenían un valor estable y, por ende, más baratas en términos de un dólar más caro, sin embargo, hoy al índice de commodities BCOM no le preocupa el aumento del dólar:

               Mostrando dos fenómenos nuevos. En primer lugar, que el hecho de que el dólar se revalorice con respecto a otras monedas (el índice DXY) no significa que, en términos absolutos, no se desvalorice. En otras palabras, los productores de commodities tienen que ajustar sus precios por -sus consumos- inflación independientemente de que el billete verde mejore su cotización respecto de las otras monedas. En segundo lugar, que fenómenos como las cuarentenas -que llegaron al colmo de prohibir el traslado de peones, servicios e insumos del campo complicando la producción- y la guerra y las sanciones de los gobiernos están perjudicando la producción y distribución.

                  Así las cosas, la ONU, que en su momento apoyó las cuarentenas, ahora se rasga las vestiduras y advierte sobre una inminente crisis alimentaria mundial con cientos de millones de personas desnutridas, unas cien veces, si, cien veces, más que las supuestas víctimas del covid 19 y todas sus variantes. Y lo peor del caso es que reconoce que “es solo la punta del iceberg”. Claro que nunca reconocerá su responsabilidad -son burócratas demasiado beneficiados por los Estados como para correr el riesgo de perder sus privilegios- y entonces culpan solo a “la guerra en Ucrania”.

                 Es cierto que el bloqueo ruso en Odessa, principal puerto de Ucrania, es muy perjudicial. Desde allí, previo a la guerra, el país exportaba cada mes unos seis millones de toneladas de grano que alimentaban a unos 400 millones de personas. Pero no aceptar que el problema empezó mucho antes de la guerra, con las cuarentenas, es mentir descaradamente con el fin de esconder culpas.

                 Dato mata relato. Una de las consecuencias más perniciosas ha sido el aumento sin precedentes de los precios de muchos insumos, particularmente, de los fertilizantes que, entre otras cosas, ha provocado un aumento histórico en los precios de los alimentos y el colapso de las cadenas de suministro en todo el mundo. Pero, mientras que los analistas “pro cuarentena” acusan a la guerra, la siguiente curva muestra claramente que el problema empezó mucho antes y, de hecho, el precio ha bajado en estas últimas semanas:

             En particular, en nuestro socio Brasil, gran productor mundial de alimentos, según Bloomberg, el exceso de fertilizantes que se acumula en los puertos brasileños más grandes indica que el precio de los nutrientes tiene que bajar aún más antes de que los agricultores comiencen a comprar, es decir, las expectativas son de que baje, a pesar de la guerra, gracias al levantamiento de las cuarentenas y demás restricciones:

                       Pero hay otras lindezas, como siempre, impulsadas por los Estados (por el monopolio de la violencia, por la violencia). Por caso, días atrás el maíz reanudó su racha alcista impulsado por el racionamiento de cultivos en EE.UU. De hecho, los precios de este grano experimentaban su mayor subida en 15 semanas. Sucede que existe una especie de seguro ante el mal clima, promocionado desde el Estado, que compensa a quienes no siembran hasta el 5 de junio, optando muchos agricultores por dejar millones de hectáreas sin sembrar.

                  En fin, tal es la incertidumbre que durante las últimas jornadas las ventas se han impuesto incluso en el mercado de deuda. Así, el rendimiento de la deuda estadounidense a 10 años llegó a marcar nuevos máximos con rentabilidades que tocaron el 3,42%, al igual que el bund alemán (hasta el 1,75%) o la española (que tocó el 3,12%) y que profundiza sus máximos de 2014. Y si se observa la deuda a corto plazo, a dos años, de los estados citados anteriormente se repite el mismo patrón.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Asesor Senior de The Cedar Portfolio, Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

¿Hay que subir las retenciones para bajar los precios?

Por Iván Carrino. Publicado el 31/5/2en : https://www.ivancarrino.com/hay-que-subir-las-retenciones-para-bajar-los-precios/

Cuatro motivos para rechazar la propuesta del kirchnerismo.

En los últimos doce meses, la inflación en Argentina trepó al 58%. Es decir, los precios promedio hoy son 58% más altos que el año pasado.

No obstante, en alimentos y bebidas la suba es un poco más alta: 62,1%.

Frente a este escenario, desde posturas kirchneristas se está pidiendo que se suban las retenciones al campo, los impuestos que se cobran cuando un exportador de trigo, por ejemplo, vende su producto al extranjero.

El objetivo es que dicha medida ayude a bajar algunos precios clave del consumo popular.

¿Serviría hacer esto? Lo analizamos a continuación.

LA PROMESA DEL AUMENTO DE RETENCIONES

Producto de la invasión de Rusia a Ucrania, los precios de algunos commodities en el mundo subieron marcadamente, especialmente durante el mes de marzo. El trigo fue uno de los productos más impactados, llegando a cotizar por estos días a USD 460 la tonelada. También el maíz y la soja subieron, al igual que el petróleo y el gas.

Lo que promete la medida de subir las retenciones[1] es “divorciar” el precio internacional del precio local. Es decir que si el mundo paga USD 460 la tonelada de trigo, nosotros paguemos menos.

¿Cómo funciona? Hoy las retenciones están en 12% para el trigo. Es decir que de los USD 460 que cobra el exportador por vender una tonelada de trigo, el estado se queda con USD 55. Esto deja al productor de trigo con la opción de venderlo a 460 al extranjero, con lo cual se queda con 405, o bien vender el trigo directamente a 405 dentro del país y evitar el impuesto.

El pedido del kirchnerismo consiste en aumentar aún más las retenciones. Supongamos entonces que éstas se van al 30%. Entonces, con la misma lógica, el estado se queda con 138 por cada tonelada exportada, y el exportador se quedaría con las opciones de vender a 322 en Argentina o a 322 (460-138) en el extranjero.

Así, el precio en el mundo seguiría siendo de USD 460, pero acá estaría en USD 322.

¡Magia! ¡Subimos los impuestos y bajaron los precios! Obviamente, esto no funciona así y por muchos motivos.

EFECTO INSIGNIFICANTE

El primero es que, si el objetivo es combatir la inflación, incluso suponiendo que todo sale bien con esta política, a ésta no le va a hacer ni cosquillas. Un análisis de la Fundación FADA muestra que, si se subieran en 10 puntos las retenciones al trigo, bajaría –por única vez- el precio del pan en un 1,3%. Acto seguido los precios en pesos seguirían subiendo producto de la inflación.

Ahora bien, incluso si dicha pequeña baja ocurre, solo afectaría marginalmente al rubro “alimentos y bebidas” de la canasta de bienes que mide el INDEC. Este rubro aumentó un 28% en lo que va del año. Pero, ¿qué pasa con todo lo demás?

En el mismo período, el rubro educación sube 32,6%, el rubro prendas de vestir y calzado sube 29%; hoteles y restaurantes 24,8%, y así tenemos al menos 10 rubros distintos que aglutinan los millones de bienes y servicios que se venden en el país.

¿Quién puede realmente creer que vamos a resolver este problema con un precio más barato para el trigo?

MENOR OFERTA, PRECIOS MÁS ALTOS, NO MÁS BAJOS

Otro tema son los costos que conlleva el aumento de retenciones. Es que como todos saben, ponerle un impuesto a cualquier cosa, tiende a reducir las cantidades producidas de esa cosa. O sea que el productor de trigo podrá vender en el mercado interno a USD 322 lo que afuera vale USD 460 una vez, pero: ¿qué va a pasar cuando tenga que volver a sembrar para producir trigo?

Probablemente busque mejores alternativas para invertir su trabajo y su capital. Finalmente, esto hará que haya menos trigo producido y esto, a la larga, hará que el precio termine subiendo de todas formas.

Algo así pasó con el mercado de la carne. En el año 2006 el presidente Néstor Kirchner y su Ministro de Economía Roberto Lavagna directamente suspendieron las exportaciones de carne para que los productores vendieran fronteras adentro, “cuidando la mesa de los argentinos”. En el corto plazo, el precio de algunos cortes de carne bajó, pero a largo plazo la medida fue totalmente perjudicial.

En el campo se liquidaron diez millones de cabezas de ganado y los precios subieron de todas formas. El kilo de asado de tira –por ejemplo- subió 850% entre diciembre de 2006 y octubre de 2015, mientras que el salario privado de la economía subió solo 648% en el mismo período. Restringir exportaciones no solo rompió la producción, sino que no cuidó tampoco la mesa de los argentinos.

MENOS DÓLARES

Un tercer efecto derivado de subir los impuestos a las exportaciones es que ingresarán menos dólares al país. Esto es particularmente contradictorio en un gobierno que dice que la forma de crecer es hacerse de mayor cantidad de dólares para superar la “restricción externa”.

Si se suben las retenciones, el mayor castigo impositivo se sumará al cepo cambiario, que funciona también como un suculento impuesto a toda venta al extranjero. Todos estos palos en la rueda existentes para exportar reducen las exportaciones respecto de lo que podrían ser.

Cuando a fines de 2015 se eliminaron tanto las retenciones a la exportación como el control de cambios, las exportaciones crecieron primera vez en 4 años. Como muestra el gráfico, tras caer sostenidamente desde 2011, comenzaron a crecer nuevamente en 2016, una vez se liberó al sector de estas dos trabas impuestas por el gobierno.

 QUIEBRE DEL SISTEMA DE PRECIOS

Por último, las retenciones son impuestos distorsivos, que atacan la función fundamental que tienen los precios en una economía de mercado. Es que, si sube el precio del trigo, o de cualquier otra cosa, esta es la señal que necesitan los productores para producir más trigo.

Gracias a que sube el precio, entonces, podrá aumentar la producción. Lo que conseguirá el gobierno con más impuestos es impedir esta nueva producción y, por tanto, reducir el crecimiento potencial de la economía junto con la creación de empleo.

Para ir cerrando, ¿debe el gobierno subir las retenciones para bajar los precios? No, de ninguna manera. Hacerlo no bajará un ápice la inflación, y generará costos en materia de producción, empleo e ingreso de dólares, nada de lo cual puede permitirse un país como Argentina.

Originalmente publicado en Infobae.


  • [1] Hoy en esta escala Soja 33%, trigo 12%, maíz 12%, girasol 7%.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

Manteros y otros nobles emprendedores

Por Bertie Benegas Lynch. Publicado el 5/6/22 en: https://www.infobae.com/opinion/2022/06/05/manteros-y-otros-nobles-emprendedores/

Manteros en el barrio de Flores (Matias Arbotto)

En los últimos días se ha vuelto a debatir el asunto de los vendedores callejeros que suelen emplazarse en las veredas de la vía pública para comercializar sus diversas mercaderías y artesanías.

Los aspectos semánticos del lenguaje no deben ser pasados por alto porque están asociados a la construcción de conceptos, del propio conocimiento y de las ideas. Remarco esto último porque no pocas veces aceptamos términos que nos lleva a adoptar conceptos sesgados o inapropiados. En este caso que nos ocupa, es común escuchar gente -en su mayoría políticos- que hace referencia despectiva a las actividades comerciales ambulantes usando término como “informalidad” cuando no “ilegalidad” e insiste en la necesidad de “regularizarlos”. Con este léxico se infiere que las únicas actividades genuinas son aquellas cuyos titulares están alcanzados por el aparato fiscal y responden mansos a la tortura del laberinto regulatorio.

Al igual que ocurriera en su momento con los servicios de Uber y con las cryptos, el único desvelo de los políticos respecto de los vendedores ambulantes es lograr empujarlos dentro de la picadora de carne del saqueo impositivo. De esta manera, dirán los burócratas, el Estado es justo con todos y todos son justos cumpliendo con el Estado.

Por otro lado, los comerciantes que poseen locales a la calle, denuncian prácticas desleales de los manteros debido a que, a pocos metros de sus tiendas, la llamada actividad informal, vende productos del mismo rubro sin tener que soportar los costos operativos que supone un establecimiento. Sin embargo, el rigor del mercado también implica que la oferta buscará opciones para competir eficientemente en la optimización de sus costos. Para el caso, este planteo sería equivalente a acusar de ejercer maniobras de competencia desleal a quienes comercializan sus productos y servicios a través de un sitio de internet o redes sociales.

El reclamo sí resulta legítimo en lo que respecta a la asimetría impositiva y regulatoria. Quienes están en la “formalidad” y la “legalidad” son sometidos a la lista interminable de habilitaciones municipales, controles de seguridad, accesibilidad para la integración e inclusión, las particularidades si se trata de un comercio, oficina o industria; controles de higiene, de bromatología si es gastronómico, planillas fiscales y laborales, cumplir con códigos de edificación y códigos urbanísticos. Y todavía no entraron clientes…

A esta locura se le suma el régimen confiscatorio del Impuesto a las Ganancias y sus anticipos, IVA, Cargas Sociales, Ingresos Brutos y Autónomos. En la época medieval, a la carga impositiva se le decía diezmo porque se le pagaba al tirano el 10% del producto bruto de la cosecha. Hoy vivimos un insoportable flagelo que supera el 60% de lo que producimos.

Antes de decidirse a encarar todo esto, un emprendedor en Argentina tiene que estar dispuesto además a enfrentar una legislación laboral que, como dice el economista Manuel Adorni, sus derivaciones son mas parecidas a una filiación adoptiva que a un contrato laboral.

No obstante esto, en lo que se refiere a las regulaciones y los impuestos, creo que los dueños de comercios a la calle enfocan mal su reclamo. Insólitamente piden la persecución impositiva de los manteros, le demandan al Estado que los trabajadores ambulantes sean incorporados a la desgracia y al maltrato que ellos también sufren. Cuesta entender esta lógica del sufrimiento, el conformismo y la envidia. Viene a la mente aquel cuento del genio de la lámpara que se le presenta a un campesino. El hombre en cuestión, envidiaba a su vecino por poseer unos pocos corderos. El genio, como suele ocurrir en estas fábulas, se compromete a otorgarle al hombre cualquier deseo que él quisiera. Es así como, luego de pensar unos segundos, el campesino opta por pedirle al genio que mueran los corderos de su vecino. En conclusión, en lugar de pedir por la igualdad de todos en la desgracia, los comerciantes deberían librar su propia batalla contra el Leviatán.

Se esgrime también que los dueños de establecimientos comerciales, con sus impuestos, pagan el mantenimiento de la vía pública que ocupan sus competidores circunstanciales. Independientemente que algunos de los manteros son monotributistas, el problema de lo público nunca tendrá solución. Habrá pagadores de impuestos que quieran tener manteros y otros que no. Lo mismo ocurre con los contenidos de la educación pública o la oferta de prostitución en la vía pública. El problema solo se soluciona con asignaciones de derechos de propiedad. Para el caso de estos dos últimos ejemplos, solo con establecimientos educativos privados y calles privadas, se podrá tener la oferta que decidan tener sus copropietarios.

Por último, se dice que detrás de los manteros hay mafias. Si hubiera manteros que están sometidos u obligados a trabajar para alguien, la ley debería protegerlos pero ocurre que, por el hecho de ser “informales”, no tienen sus derechos garantizados y el Estado los considera personas de categoría inferior.

En los casos de falsificación de marcas o incumplimiento del derecho de propiedad, las empresas que pudieran estar afectadas, siempre tienen disponible el recurso de presentar su caso por vías legales.

Economistas que se dicen ser liberales, se quejan de la estética visual que le dan estos trabajadores a las veredas de la ciudad. En contraposición, la mirada liberal de Enrique Ghersi, quedó plasmada maravillosamente en El Otro Sendero, La Revolución Informal, un libro que junto a Mario Ghibellini, colaboraron con Hernando de Soto para hacer una investigación acerca de “la economía de mercado que emerge con un origen popular”.

De acuerdo a lo que cuenta Ghersi en una entrevista que le da al Dr. Hugo Maul de la Universidad Francisco Marroquín, la iniciativa fue impulsada por el mismísimo Friedrich Hayek que, siendo ya Premio Nobel de Economía, en una visita en 1978 a la ciudad peruana de Lima, observó la llamativa cantidad de vendedores ambulantes y recordó los escritos de Charles Dickens y su descripción de esas actividades en el Londres del siglo XVIII. Lo mismo ocurría en New York en el siglo XIX, una noble actividad emprendedora que, a diferencia de los pseudo empresarios que buscan favores de la política y mercados cautivos, trabajan para mejorar la vida de otros.

Otro libro, En Defensa de los Más Necesitados que en coautoría escriben Alberto Benegas Lynch (h) y Martín Krause, lo inician con un acápite de Michael Novak que reza: “Las personas quieren pan. También quieren libertad. No sólo es posible contar con las dos cosas: la segunda resulta esencial para la primera”.

Bertie Benegas Lynch. Licenciado en Comercialización en UADE, Posgrado en Negociación en UP y Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Síguelo en @nygbertie

YO DE ECONOMÍA NO SÉ NADA PERO………….

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/5/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/05/yo-de-economia-no-se-nada-pero.html

…………»aquí al lado hay un supermercado lleno de cosas y al mismo tiempo hay gente padeciendo hambre”.

Y listo. Misterio solucionado, problema económico denunciado: la riqueza está mal distribuida; confisquemos el supermercado, repartamos la riqueza entre los pobres.

Esa frase la dijo alguien con muchos estudios.

Pero se las voy a traducir.

“Yo de economía no sé nada”, significa: yo sí se de economía; la economía es esto, repartir, y los que se dicen economistas son unos pérfidos capitalistas explotadores.

“Pero”… Significa: y ahora les voy a decir la verdad.

O sea: el que dice esa frase cree que realmente sabe.

Y que realmente puso el dedo en la llaga.

La verdad me gustaría que alguna vez los que dicen no saber de economía, realmente crean que no saben. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

La tiranía de lo colectivo


Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 28/5/2
en: https://www.infobae.com/opinion/2022/05/28/la-tirania-de-lo-colectivo/

La obsesión malsana por el igualitarismo indefectiblemente conduce al empobrecimiento moral y crematístico

José Ortega y Gasset (Wikipedia)José Ortega y Gasset (Wikipedia)

Seguramente el desafío mayor de nuestra época estriba en comprender el valor descomunal de la persona. Entender que cada uno de los humanos es único e irrepetible, por ende, con potencialidades exclusivas en toda la historia de la humanidad. No hay entonces justificativo alguno para que el grupo se imponga y tuerza las inclinaciones y vocaciones de cada cual. Solo es aceptable el uso de la fuerza cuando hay lesiones de derechos, de lo contrario debe respetarse de modo irrestricto los proyectos de vida de los congéneres por más que no los suscribamos.

El “ogro filantrópico” de Octavio Paz, es decir el aparato estatal, ha mutado su función de proteger y garantizar los derechos de la gente por su descarado atropello que anula la solidaridad y la caridad que como es sabido para que tenga sentido debe llevarse a cabo voluntariamente y con recursos propios. Lo contrario es un atraco. Un Leviatán desbocado que aniquila a la persona y como ha escrito Julián Marías, la persona no es solo lo que se ve en el espejo, es su interioridad única. Como apunta Roger Williams cada uno es extraordinario desde el punto de vista anatómico, bioquímico, y sobre todo psicológico.

Friedrich Hayek ha mostrado las características del individualismo como protector de la dignidad de cada persona y los correspondientes incentivos para la cooperación social. Las diferencias de cada uno es lo que hace atractivo y necesario el intercambio y las relaciones interpersonales como también diría Ortega y Gasset. Si ocurriera la inmensa desgracia de ser todos los humanos iguales no habría interés ni provecho en los intercambios culturales y materiales pues todos se dedicarían a lo mismo. Como he dicho muchas veces, hasta la simple conversación resultaría en un tedio mayúsculo pues sería igual a conversar con uno mismo. En economía, la división del trabajo está basada en la desigualdad de talentos y fuerzas físicas. Por ello es que la guillotina horizontal impuesta por los gobiernos conduce a un doble estropicio: por una parte destroza los incentivos para progresar puesto que la nivelación bloquea la producción de cantidades mayores a la marca niveladora y los que esperan redistribuciones lo hacen de balde por el primer suceso. Por otra parte, aniquila la esencial igualdad ante la ley para hacerla mediante ella con lo que el marco institucional civilizado queda amputado.

La obsesión malsana por el igualitarismo indefectiblemente conduce al empobrecimiento moral y crematístico. El delta entre los más ricos y los más pobres depende exclusivamente del comportamiento de cada uno en el supermercado y afines: al elegir con mayor o menor intensidad va estableciendo niveles de rentas y patrimonios. El comerciante que acierta con las preferencias de su prójimo obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Solo son objetables los que la juegan de empresarios mientras se alían en una cópula hedionda con el poder político de turno para alzarse con privilegios y así explotar miserablemente a los demás.

Habitualmente en los países más prósperos la diferencia entre el más rico y el más pobre es mayor lo cual no solo no es óbice para el progreso sino que es su condición para que los promedio ponderados de los salarios e ingresos en términos reales resulten más altos debido a la gran diversidad en un contexto donde todos cuentan con las mayores oportunidades posibles debido a dar rienda suelta a la energía creadora y a la consecuente productividad. El más eficiente como un efecto no buscado transmite su potencia a los marginales puesto que las tasas de capitalización fruto de anteriores ahorros constituyen la única causa de mayores salarios. No se trata de recursos naturales, de climas ni de etnias, se trata de mayores inversiones (como hemos ejemplificado antes, el continente africano abriga la mayor dosis de recursos naturales y la miseria está muy extendida, mientras que Japón es un cascote habitable solo en un veinte por ciento).

Gustave Le Bon destaca las barrabasadas de los grupos a contramano del individuo y concluye que “en las multitudes lo que se acumula no es el talento sino la estupidez”. En materia educativa es muy necesario abrirla a la competencia a los efectos de contar con auditorías cruzadas de las muy diversas instituciones y estructuras curriculares para lograr los máximos niveles de excelencia en un contexto donde pueda extraerse lo mejor de cada estudiante, al contrario de sistemas burocráticos que dependen del los caprichos de lo que sucede en el vértice del poder estatal en procesos de la siempre nefasta igualación.

Estas consideraciones de más está decir no solo no se oponen a las faenas en equipo sino que las promueven como parte medular de las metas y aspiraciones individuales que muchas veces se logran de mejor manera aliados en equipos voluntariamente establecidos. Son los espíritus colectivistas los que se oponen a estas iniciativas al imponer todo tipo de cortapisas dentro de un país y al injertar tarifas, aranceles y cupos a las migraciones de personas y a la entrada de mercancías.

Ludwig von Mises nos enseña que “la distinción principal de la filosofía social de Occidente es el individualismo. Su meta se dirige a la creación de una esfera en que el individuo es libre de pensar y actuar sin ser restringido por la interferencia de aparatos sociales de coerción y opresión, el Estado. Todos los logros espirituales y materiales de la Civilización Occidental fueron el resultado de la operación de esta libertad.” Desde luego como ha escrito Jorge García Venturini, la referencia a Occidente no alude a un lugar geográfico sino al espíritu de libertad.

En otra oportunidad he escrito sobre lo que sigue pero dado el empecinamiento con la idolatría del colectivismo, es pertinente reiterar parte de lo dicho. Aldous Huxley resume sus preocupaciones en la alarmante moda de conceptos tales como la necesidad de adaptarse y ajustarse a los otros, al pensamiento grupal, a lo socialmente aceptado, en definitiva a la disolución de lo personal en aras de lo colectivo.

Es curioso que los que usan la pantalla de la unión de todos en realidad separan y generan aislamiento y conflictos permanentes entre los miembros de la sociedad. Interfieren permanentemente en los arreglos voluntarios de sus integrantes. En definitiva alimentan una secuencia sin solución de continuidad de guerras sin cuartel de todos contra todos. Para recurrir a la terminología de la teoría de los juegos, en lugar de abrir paso a la suma positiva donde ambas partes ganan en un acuerdo voluntario, provocan la suma cero. Los megalómanos de siempre intervienen en el mecanismo de precios con lo que indefectiblemente se generan faltantes y desajustes de todo tipo al tiempo que desdibujan los únicos indicadores con que se cuenta para saber dónde invertir y donde desinvertir al efecto de aprovechar del mejor modo los siempre escasos factores productivos.

El individualismo machaca sobre la importancia de la descentralización del poder político y el federalismo. Rechaza de plano las cargas fiscales insoportables, deudas estatales astronómicas, inflaciones galopantes y gastos públicos desmesurados en el contexto de regulaciones que asfixian las libertades. Considera una estafa sideral los sistemas denominados de seguridad social pero que son de llamativa inseguridad antisocial debido a la succión de ingresos de todos pero con especial saña contra los más débiles.

Las discusiones semánticas a veces no son constructivas pero como las palabras sirven para pensar y para comunicar pensamientos es a veces de interés detenerse en algunos vocablos clave. Estimamos que ese es el caso del individualismo tan vapuleado y poco comprendido en nuestra época.

Huxley sostiene que la importante y por cierto muy verdadera visión de Eric Blair -que como es sabido firmaba con el pseudónimo de George Orwell- se refiere a la acción imperturbable y maliciosa del Gran Hermano sobre las libertades individuales, en cambio el primer autor apunta a algo peor aún, es decir, al pedido de la gente para ser esclavizada en base a lo antes descrito y especialmente debido a una educación perversa que como queda dicho donde más que educar se adoctrina con lo que las personas mutan a la condición de autómatas esclavizados. Abrigo grandes temores de lo anticipado por Huxley respecto a tecnologías de avanzada en manos de gobernantes para el control de la gente, por ejemplo, entre muchos otros casos, el peligro que encierra la digitalización coactiva de todas las transacciones monetarias para eliminar efectivos y así perturbar y dirigir de un modo más efectivo la vida y las haciendas de las personas, para no decir nada de la sugerencia de algunos energúmenos sobre la obligatoriedad de instalar un chip en el cuerpo de cada uno.

A su vez en el terreno laboral, en el contexto del individualismo, los sindicatos se desempeñan como asociaciones libres y voluntarias y de ninguna manera como entidades que imponen representaciones y aportes forzosos ni huelgas que sean distintas al derecho a no trabajar para en vez imponer procedimientos violentos e intimidatorios para los que quieren seguir con sus tareas laborales.

En este razonamiento debe destacarse que las llamadas “conquistas sociales” como la entronización de salarios mínimos y equivalentes indefectiblemente provocan desempleo. Y debe tenerse en cuenta que la incorporación de mayores productividades liberan recursos humanos y materiales para atender otras necesidades para lo cual los comerciantes son incentivados en la capacitación de personal al efecto de sacar partida de los nuevos arbitrajes que las circunstancia ofrecen.

Allí donde hay acuerdos libres entre las partes no hay tal cosa como sobrante de aquel factor indispensable para abastecer las ilimitadas necesidades de la gente. Poner palos en la rueda conduce al empobrecimiento. Cuando se dice que los gobiernos deben inmiscuirse en esta materia para equilibrar las fuerzas dispares en la contratación laboral no se tiene presente que es del todo irrelevante el estado de la cuenta corriente de las dos partes, lo definitorio son las antedichas tasas de capitalización. Las partes podrán disponer de recursos suculentos o estar en la quiebra, esto es indistinto lo trascendental es que el ingreso se establece por las tasas de capitalización y no por la voluntad y la condición de las partes.

Milton Friedman escribe la introducción a la colección de la revista The Individualist Review que se inauguró en abril de 1961 donde señala que siguió las huellas de una entidad anterior de 1953 fundada por Frank Chodorov bajo el nombre de Intercollegiate Society of Individualists. Friedman destaca lo consignado en el editorial del primer número de la referida revista académica que apuntaba a fortalecer los valores de “la empresa privada y libre y a la estricta imposición de límites al poder del gobierno” y anunciaba se abocaría al “compromiso con la libertad”, una publicación en la que Friedman formaba parte de su Consejo Editorial y también colaboraba con ensayos de su autoría junto con otros destacados colegas. También en esa introducción Friedman apunta que el establecimiento de la Mont Pelerin Society en 1947 -la academia internacional como la denominaba Hayek- ayudó mucho a refutar las falacias tejidas en torno al individualismo y a explicar sus enormes beneficios respecto a su consideración por las autonomías individuales y el consiguiente estímulo a las más extendidas aperturas a las relaciones contractuales entre las personas de todo el globo.

Se ha exhibido hasta el cansancio las tretas en las que está complotado un grupo para afirmar falsedades frente a gráficos varios en las pantallas que se muestran a todos y que finalmente resultan en que un sujeto no informado que se lo invita al grupo termina por sostener las mentiras que dicen todos los demás. Esto para explicar la malsana tendencia a dejarse empujar por lo colectivo.

En resumen, el individualismo resalta y resguarda la condición humana de cada cual en cuyo contexto la función de los aparatos de la fuerza que denominamos gobierno deben cuidar y preservar el derecho de cada uno de los miembros en su jurisdicción y abstenerse de manejar el fruto del trabajo ajeno. La hipocresía colectivista pretende ocultar resultados altamente negativos con un discurso mentiroso dirigido a conquistar a incautos y desprevenidos frente a la avalancha de miserias que invariablemente generan las granjas colectivas y equivalentes que siempre hundieron a la gente en las hambrunas y las miserias más desgarradoras vía de lo que en ciencia política se conoce como “la tragedia de los comunes”, es decir, lo que es de todos no es de nadie. El colectivismo aplasta al individuo y a sus derechos que son anteriores y superiores a todo gobierno.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Argentina: dos guerras frente a la inflación

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 21/5/2en: https://www.infobae.com/opinion/2022/05/21/argentina-dos-guerras-frente-a-la-inflacion/

Como señaló el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek, hemos demorado doscientos años en percatarnos del error y el horror de atar el poder político a la religión, no tardemos otro tanto en darnos cuenta del error y horror de atar el poder político a la moneda

Alberto Fernández y Vladimir Putin

Afortunadamente hay bibliografía sobre el tema inflacionario que aclara el tema de la expansión exógena -es decir extraña a las decisiones del mercado- como causante de este mal que distorsiona los precios relativos. Tal vez no sea necesario repetir que los precios constituyen los únicos indicadores para saber cómo asignar los siempre escasos recursos frente a necesidades ilimitadas. La referida distorsión inexorablemente conduce al despilfarro lo cual, a su turno, consume capital que conduce a la contracción de salarios e ingresos en términos reales puesto que las tasas de capitalización son el único factor que permite mejoras en el nivel de vida.

Ahora bien, en una sociedad libre que permite que la gente elija el activo monetario de su agrado, este contexto no se traduce necesariamente en el mantenimiento de la cantidad de moneda. Si le otorga mayor valor a la unidad monetaria se transmitirá una señal para aumentar su producción. Por ejemplo, esto ocurría durante el patrón oro: otorgarle mayor precio al metal aurífero conducía a una extracción mayor lo cual es un fenómeno endógeno al mercado. Desde luego que esto no es inexorable ya que también la gente puede preferir una cantidad constante de dinero. En cualquier caso, resulta fundamental clarificar la diferencia analítica entre lo exógeno, es decir, lo político, lo ajeno al mercado, respecto de lo endógeno que alude a las preferencias de la gente.

En este sentido es pertinente mostrar a título de ejemplo que si hay un terremoto devastador naturalmente habrá menor cantidad de bienes a disposición de la gente y con igual cantidad de moneda al momento del sismo los precios subirán que es lo mismo que decir que el poder adquisitivo o el valor de la unidad monetaria disminuyó. Pero este es un fenómeno endógeno, no tiene que ver con manipulaciones políticas o exógenas. Es natural y necesario que este ajuste ocurra para mostrar lo que en verdad está sucediendo. También ocurren modificaciones en los precios relativos cuando algo cambia de moda o cuando los gustos se modifican, son todos hechos endógenos que nada tiene que ver con decisiones políticas extrañas al mercado.

Lo contrario sería entrar en un galimatías de proporciones puesto que la parla seria respecto a una inflación buena o natural (cuando suben los precios debido a causas endógenas) y mala, antinatural o exógena (cuando los políticos se entrometen con la cantidad de dinero). Esta clasificación sería del todo inconveniente e improcedente puesto que los precios y la cantidad de dinero deben reflejar lo que está sucediendo.

Sin duda que si se está en un sistema del patrón plata y se descubren abundante cantidad de yacimientos, la utilidad marginal de ese metal descendería a niveles tales que la gente cambiaría de patrón monetario. Lo mismo podemos decir referente a cualquier otro dinero-mercancía, canasta de moneda fiat o lo que prefiera la gente sin que en ningún caso sean posiciones irrevocables, todo depende de las inclinaciones de la gente.

Todo este razonamiento desde luego supone que hemos dejado de lado la superchería de la llamada “autoridad monetaria” o banca central que como se ha señalado en muchas oportunidades solo tienen tres caminos a su disposición: expandir, contraer o dejar inalterada la base monetaria, con lo cual siempre se alteran los precios relativos, es decir, necesariamente serían distintos de lo que hubieran sido de no haberse entrometido el gobierno. Por otra parte, si se supone que los banqueros centrales hacen lo mismo que la gente hubiera preferido no tiene sentido la intervención con el consiguiente ahorro de honorarios, pero para saber que prefiere la gente el único modo es dejar que se manifieste libremente. Idéntico razonamiento cabe si la autoridad monetaria procede de modo independiente de otros brazos del poder político puesto que se equivocará independientemente. El problema es la banca central.

Como es de público conocimiento, en un ejemplo extremo que tiene sus bemoles, algunos historiadores han señalado “la inflación” producida antaño cuando llegaba a la metrópoli española oro de las colonias pero en rigor esto no es así por lo expresado con anterioridad (dejando de lado posibles manipulaciones de la corona y sus “adelantados” en las colonias). Si no hay manipulación monetaria por la “autoridad” en la materia, técnicamente no hay inflación. Para abundar en ejemplos, si se produce una sequía a gran escala los precios de los productos agropecuarios se elevarán pero por las razones apuntadas no se trata de inflación en el sentido del proceso señalado, a saber, los precios no se modifican debido a lo que tiene lugar en el mercado sino debido al capricho de la política. Claro que en no pocos casos como el señalado solo se elevan los precios de algunos productos lo cual necesariamente hará que disminuyan otros en ausencia de banca central que no convalide esa suba con expansión monetaria. Pero también es posible imaginar subas de todos los bienes disponibles como hemos mostrado más arriba en el caso del terremoto o equivalentes sin entrar en el susodicho galimatías de la “inflación buena, querida por el mercado o consecuencia de lo que sucede en la realidad” y la “mala debida a los entrometimientos de los gobiernos y sus representantes”.

Habiendo dicho esto mencionemos el caso de la guerra, en nuestro caso la invasión criminal de Putin a Ucrania. Como consecuencia de ello hay productos que suben su precio de modo súbito. Esto presenta tres escenarios posibles. Primero, en línea con lo dicho, que la gente quiera seguir consumiendo la misma cantidad de los productos en cuestión con lo que se verán forzados a disminuir el consumo de otros bienes que consecuentemente bajarán de precio. Segundo, que la gente decida reducir su consumo de los bienes que aumentaron sus precios al efecto de poder continuar consumiendo idéntica cantidad de los otros. Y tercero, que simultáneamente el gobierno expanda la moneda con lo cual los precios serán el resultado también de la consiguiente inflación que además de los problemas de la guerra se agrava la situación por este entrometimiento gubernamental en materia monetaria. En otros términos, la guerra como tal no produce inflación, lo que genera es una destrucción de bienes que se traduce en subas de precios, en este sentido igual que un terremoto pero analíticamente es importante diferenciar los fenómenos mencionados.

A diferencia de la adulteración de los precios debido a los tejes y manejes de los gobiernos con la moneda, la modificación de precios por un accidente climático o de otra naturaleza en la realidad son imprescindibles para mostrar lo que en realidad viene sucediendo.

En otros términos, un terremoto o para el caso un tsunami no son inflacionarios puesto que los precios están reflejando lo que sucede lo cual es absolutamente necesario, sin embargo la manipulación monetaria por medio de la banca central y similares no reflejan lo que sucede sino la voluntad de los burócratas, he aquí la desfiguración de la realidad. Hay una diferencia crucial de naturaleza.

También debe tenerse en cuenta que cambios en la demanda de dinero debido a razones endógenas no se traducen en deterioros monetarios, solo esto ocurre cuando esos cambios obedecen a intervenciones del signo dinerario ajenos al mercado, es decir, debidas a razones políticas. Tal vez convenga mencionar como una nota al margen que las criptomonedas presentan algunos interrogantes pues se dan de bruces con el teorema de la regresión monetaria.

La otra guerra en la que no vale la pena detenerse nuevamente pues se ha señalado su sandez ad nauseam, es la decretada por gobiernos contra sus propias políticas de expansión monetaria vía controles de precios y demás absurdos mayúsculos, una y otra vez fracasadas. Estas son las dos guerras distintas a que nos referimos en el título de esta nota telegráfica.

También apunto que dado el debate que se ha suscitado en torno a una eventual reforma monetaria y bancaria argentina, destaco los colegas de los que he aprendido distintas facetas del asunto, quienes han presentado distintas variantes, pero debo subrayar que lo que sigue no significa para nada comprometer sus opiniones (y tampoco lo dicho más arriba, todo es de mi exclusiva responsabilidad). Además, nuevamente apunto que son muy diversos los caminos para llegar a metas de disciplina monetaria. Estos economistas son Adrián Ravier, Federico Struzgenegger, Javier Milei, Emilio Ocampo, Jorge Ávila, Iván Carrino, Martín Krause, Julio Elías, Agustín Etchebarne, Bertie Benegas Lynch y Alfredo Romano. Mi sugerencia se resume en la siguiente cápsula en seis pasos: 1. entrega de dólares a los tenedores de pesos (base monetaria) que incluye la venta de oro lo cual resultará en la ratio que corresponda a esta relación, la cual podrá modificarse por ejemplo por la entrada de dólares en circulación de poseedores fuera del circuito o en el exterior 2. Sustituir títulos y pases por bonos con jurisdicción estadounidense en dólares a la tasa de mercado 3. Convertir todo el sistema bancario al off shore (Luxemburgo, Singapur etc) al efecto que las instituciones financieras operen de acuerdo a la conveniencia de sus clientes 4. Abrogar toda la legislación que se oponga a lo dicho (ley penal cambiaria et al) 5. Consecuente liquidación de la banca central y el curso forzoso; y 6. Elección por parte del gobierno de la moneda en la cual se pagarán impuestos y equivalentes.

A mi juicio si la situación política imposibilitara avanzar con la propuesta hayekiana aquí esbozada sumariamente que abre a un proceso de evolución hacia la solidez monetaria y bancaria, debería por lo menos eliminarse el curso forzoso del peso y concomitantes para permitir la competencia de monedas de facto aun con las debilidades y riesgos institucionales de volver a las andadas, en una primera instancia de una suerte de bimonetarismo con una mayor probabilidad de dolarización dadas las disponibilidades y familiaridad con esa divisa sujeta a las manipulaciones de la Reserva Federal, lo cual sin duda mejoraría la situación local en cuanto al grado del problema más no en su naturaleza. A ver si por un camino u otro podemos zafar de lo que los economistas denominamos elegantemente “inflación” pero que se trata del saqueo solapado más brutal.

Reitero lo consignado por el antes referido premio Nobel en economía Friedrich Hayek en cuanto a que hemos demorado doscientos años en percatarnos del error y el horror de atar el poder político a la religión, no tardemos otro tanto en darnos cuenta del error y horror de atar el poder político a la moneda.

Cierro esta nota con un par de reflexiones que exceden el flanco monetario para abordar telegráficamente aspectos más generales. En primer lugar es pertinente enfatizar que nada en la vida es gratis, toda acción tiene un costo por lo que una cosa es señalar que la adopción de medidas de fondo tendrán un costo y otra bien distinta es la necesidad de subrayar que ese costo será muchísimo menor al costo de no adoptar las políticas convenientes para salir del marasmo. En segundo término, es una verdad de Perogrullo insistir en lo que he repetido antes y es que el lenguaje en el plano académico es muy distinto del político. En el primero se apunta a lo mejor -a la excelencia- mientras que en el segundo se hace lo que resulta posible luego de acordar con las contrapartes, en eso consiste una de las aristas clave del proceso democrático pero es de gran relevancia comprender que el primer campo determina el segundo en cuanto a los corrimientos en el eje de los debates en la opinión pública, de ahí la trascendencia de la batalla cultural.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

VALORES, CATOLICISMO Y DESARROLLO ECONÓMICO (Completo).

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/5/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/05/valores-catolicismo-y-desarrollo_38.html

UNO

Entre los libros más importantes de Mariano Grondona, se encuentra Las condiciones culturales del desarrollo económico[1]. En ese libro, el autor centra su atención en una pregunta a veces desatendida por planteos demasiado institucionalistas o casi constructivistas[2]: ¿cuáles son los valores morales que favorecen el desarrollo? De ninguna manera se ignora en esa pregunta el valor de instituciones como la Democracia Constitucional y la economía de mercado. La cuestión es hasta qué punto puede sostenerse una reforma liberal a largo plazo sin una profunda transformación cultural. El lamentable caso de Chile parece ser una dura lección en ese sentido.

Sin embargo, el libro parece sugerir, muy indirectamente, la famosa dicotomía de Weber sobre las sociedades protestantes, cuyo sentido del trabajo es favorable al desarrollo, versus las culturas católicas, que serían el caso contrario[3].

Para la relación entre Catolicismo y economía de mercado, el tema es fundamental. Mucho se puede hacer para sostener la no contradicción entre filosofía cristiana y Escuela Austríaca de Economía, o la no contradicción entre la Economía de Mercado y la Doctrina Social de la Iglesia. Pero esa “no contradicción” se queda corta en tanto al tema de los valores culturales. Sí, se puede demostrar, por ejemplo, que el mercado, in abstracto, favorece al bien común, o que la propiedad privada es compatible con la propiedad como precepto secundario se la ley natural, etc. Pero si el Catolicismo como tal favoreciera horizontes culturales hostiles al comercio (“comercio, mercado, si, PERO….”) entonces el problema sería grave.

En estas entregas (esta es la primera) intentaremos conciliar los valores compatibles con el desarrollo con la visión del mundo católica.

Ante todo, ¿cuáles son esos valores que enumera Mariano Grondona?

El primero es la confianza en el individuo. No la ilusión de que la persona ilustrada, como quería Kant[4], es la base del desarrollo, pero sí la confianza en que los hábitos de trabajo de cada persona en particular con básicos para el mercado. Esa confianza es la que implica confiar en sociedades intermedias, fruto de la libre asociación, que puedan dar realidad al principio de subsidiariedad.

El segundo es la moral media. El mercado libre responde a incentivos, entre ellos, la seguridad contractual y la previsibilidad a largo plazo. Para ello, la moral promedio de las personas no tiene por qué ser heroica. Es la moral media de quienes no son ángeles ni demonios, ese individuo empático del cual hablaba Adam Smith[5] pero, a la vez, era también el supuesto de Santo Tomás cuando afirmaba que “la ley humana se promulga para una multitud de hombres, la mayor parte de los cuales no son perfectos en la virtud”[6]. Ello no implica, claro está, negar el llamado universal a la santidad, sino simplemente recordar que la santidad no es condición necesaria para el funcionamiento del libre mercado.

El tercer valor es la conciencia de que la riqueza debe crearse. Sí, el destino universal de los bienes supone que Dios ha creado a la naturaleza física para todos, pero ello no implica que los bienes están dados directamente por la mano de Dios. No, son escasos, y por ende deben ser producidos. El mercado es precisamente el mejor sistema para cumplir con el destino universal de los bienes, porque brinda incentivos suficientes para su producción.

El cuarto es que la competencia es un proceso de cooperación. Mercado y cooperación social son casi lo mismo[7]. Lo contrario de la cooperación entre los seres humanos no es el mercado, sino la guerra. “Guerra comercial”, por ende, es una contradicción en términos. Competir los unos con los otros en cuando a nuestras habilidades es un deber moral. Para cada tarea debe seleccionarse al más idóneo. Ello es necesario para el bien común.

El quinto es el valor de la justicia para la producción. La justicia no es sólo distributiva. Hay también una ética de la producción y una justicia básica en el acto de producir. Por eso la propiedad, el contrato, la libre competencia, son justas. Y muy justas. La distribución implica repartir un presupuesto fijo. Para ello tiene que haber justicia distributiva, sea el presupuesto de una familia, de un club, de una universidad o el que fije el congreso para el gasto público. Pero nada de ello existiría sin la justicia de la producción.

El sexto es el valor moral de la utilidad. La dicotomía entre el deontologismo y el consecuencialismo no favorece al desarrollo, porque se pierde el valor moral de lo que es útil al proceso productivo. En Santo Tomás la propiedad era un precepto secundario precisamente porque era útil. Temas como la libertad de precios o salarios tienen que ver con su utilidad. Si negamos de ello el valor moral, la moral sería monopolio de todo lo que NO es el mercado.

Séptimo, hay usos y costumbres que son esenciales para el desarrollo. La, prolijidad, el amor al trabajo bien hecho, la puntualidad, la cortesía, el respeto a los contratos y a las promesas, el orden, la limpieza, son todos valores que favorecen las relaciones rectas y de confianza mutua entre oferentes y demandantes, donde entre mercado y valores hay por ende un círculo virtuoso.

Octavo, el valor del tiempo futuro. El ahorro, la previsibilidad, como contrarios al derroche y a la ostentación del gasto, son, contrariamente a lo que se piensa habitualmente, valores de mercado. El consumismo no favorece al libre mercado. La frugalidad, el ahorro, en cambio, son valores capitalistas.

Noveno, la felicidad es compatible con la racionalidad. Esta es una herencia de Aristóteles. La felicidad no consiste en el placer irracional ni en el cumplimiento sacrificado y triste del deber. Es cumplir con lo debido porque lo debido surge de nuestro proyecto personal, de la empresa de ser nosotros mismos. Las empresas salen adelante cuando llevan adelante la marca personal, la vocación. Racionalidad y virtud van en ese sentido de la mano.

Décimo, la autoridad no radica en una persona. La autoridad no es le gran líder, ni Pedro, ni Pablo, ni Juan. La autoridad es la ley, en tanto Estado de Derecho. El que está habituado al mercado no obedece a una persona, obedece a la ley, que es lo que garantiza el funcionamiento del mercado.

Once, el mundo es el propio mundo. La virtud no es salvar al mundo mientras no sé ni cómo limpiar mi habitación. La virtud es no creerse Dios y ocuparse, cada uno, de su empresa, de su trabajo, de su profesión, de cada parte del bien común. El mundo sería mejor si cada uno se dedicara a cuidar su jardín, decía Adam Smith, con profunda sabiduría. Los salvadores del mundo son los que lo arruinan.

Pero todo eso, ¿es compatible con las culturas católicas? ¿Es compatible con el valor del trabajo existente en culturas anglosajonas? ¿Cómo entra en todo esto el problema de Max Weber?

Seguiremos con todo ello en la segunda entrega.


[1] Ariel-Planeta, Buenos Aires, 1999.

[2] El constructivismo criticado por Hayek es la suposición de que se pueden construir las sociedades como si fueran máquinas, más allá de las tradiciones existentes.

[3] Nos referimos a la famosa tesis de Weber en El espíritu protestante y el origen del capitalismo (1904), FCE, 2003.

[4] Nos referimos a su famoso opúsculo Qué es la Ilustración.

[5] En su famosa obra La teoría de los sentimientos morales.

[6] I-II, Q. 96, a. 2.

[7] Es la tesis central de la filosofía social de Mises, desarrollada especialmente en Liberalismo y en el cap. VII de La Acción Humana

DOS

Todas las virtudes referidas anteriormente se resumen en una: laboriosidad.

Mariano Grondona ejemplifica esto diciendo que las sociedades anglosajonas son matutinas: lo importante es lo que hagas de 9 a 17. Lo demás….

Las culturas latinas, en cambio, serían vespertinas. Para ellas lo importante comienza después del trabajo: la familia, los amigos, el asado. El trabajo, en cambio…. Tiene una connotación trágica: el “laburo” es una pesada carga enviada como castigo de los dioses.

Por supuesto, hay más detalles. Pero como símbolo de un horizonte, me parece apropiado. Es un símbolo, no es una descripción, y menos aún una estadística.

¿Tiene entonces razón Max Weber? ¿Heredan las culturas anglosajonas un mandato calvinista del trabajo, donde el beneficio más la austeridad son signos de la salvación?

Eso es harto discutible, pero creo que es verdad en este sentido: para la cultura judeo-cristiana (sean judíos, protestantes o católicos) el trabajo es un cuasi-sacramental[1]. O sea, tiene algo de sagrado. No es un sacramento, pero, dependiendo de las disposiciones subjetivas de quien lo ejerza, santifica. El Génesis es claro: Dios nos pone en este mundo “para trabajar”.

Que ello haya sido olvidado durante mucho tiempo por una inapropiada separación entre trabajo manual e intelectual, o que se haya infiltrado en algunos católicos ciertas costumbres donde los llamados nobles no trabajan, pero los comerciantes sí; que se haya infiltrado en ciertos cristianos un injusto desprecio por el comercio y la sociedad contractual, no es objeción a que en todo el Antiguo y Nuevo Testamento, el trabajo sea un sacramental. Tal vez haya sido tarde, pero el Vaticano II dijo claramente que todos los laicos están llamados a la santificación por medio de su trabajo y a consagrar al mundo por medio de su trabajo, y Juan Pablo II, en la primera parte de la Sollicitudo rei socialis[2], explica nuevamente el sentido del Génesis como cooperación del hombre con la obra creadora de Dios, como co-creador, de lo cual mucho se podría desarrollar para la economía como conocimiento esencialmente creador de riqueza.

Por lo tanto, no es cuestión de contraponer un protestantismo obsesivo por el trabajo versus un catolicismo fiestero: el llamado a santificarse por el propio trabajo es un llamado esencial para el cristiano, que tiene detrás el llamado a desarrollar la vocación, el ser uno mismo: el trabajo de ser uno mismo, el estar llamado a emprender los talentos de la propia vocación.

Para el cristiano, por ende, sea judío, católico o protestante, la vocación por el trabajo bien hecho es tan esencial que incluso está trabajando siempre, porque está creando siempre, desarrollando su vocación. Las consecuencias económicas de ello son, obviamente, enormes.

Un protestante que trabaja porque es calvinista o un católico que trabaja como algo en sí mismo trágico tienen mal enfocado su cristianismo. El primero, si no es calvinista, ¿dejará de trabajar? Y el segundo, cuando descubra que no hay ninguna tragedia, aunque sí escasez y fortaleza, en trabajar, ¿se sentirá no católico?

La clave de la cuestión es que la santificación por el trabajo y la consagración del mundo en el trabajo se desprenden esencialmente de la fe cristiana.

A partir de aquí, el cristiano es en sí mismo una encarnación de los valores para el desarrollo económico.

Trabaja porque para eso, para ser co-creador, lo ha creado Dios. Después del pecado original, es con el sudor de la frente, pero la cuasi-sacralidad del trabajo se mantiene igual.

Por eso confía en sus fuerzas, en la de su familia y en la de las asociaciones libres.

Por eso se santifica por el trabajo e intercambia y contrata con todas las personas, sean santas o no.

Por eso no espera recibir todo del cielo: lo que recibe del cielo es la Gracia de Dios. Pero la riqueza de este mundo hay que producirla, co-crearla.

Por eso coopera con todos por medio del contrato, no sólo por medio de la caridad.

Por eso es justo en la producción de riqueza: no roba, no hace fraude, no miente, es confiable, llega a tiempo, no hace perder tiempo, es diligente, es bueno en su oficio.

Por eso, también, ahorra, es previsor, hace planes a futuro, porque la co-creación se expande en el tiempo.

Y es feliz así. Su felicidad no es está en no hacer nada ni tampoco en no buscar ni contemplar la vedad. Es Marta y María al mismo tiempo.

Por todo ello no depende ni de premios ni de castigos, ni de ninguna persona en particular. Cumple con la ley y la supera.

Y por ello no es el salvador del mundo, es el custodio de su jardín, no se cree Dios.

Me van a decir: no es eso lo que piensan en general los católicos y menos aún los sacerdotes, obispos y pontífices.

Eso lo dejamos para nuestra tercera entrega.


[1] Desarrollamos más in extenso este punto en el art. “La laboriosidad como virtud esencialmente Judeo-Cristiana”, (2018) Fe y Libertad, Vol. 1 Nro. 1.

[2] 1987; ver https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html

TRES

Pero todo esto que venimos explicando son, al menos en Latinoamérica, ideas, no creencias, al decir de Ortega. Esto es, son cuestiones académicas, o propuestas novedosas y extrañas, como esta misma entrada, pero no son carne cultural, no son creencias generalizadas que conformen el sentir de una gran cantidad de personas, no son un horizonte, al decir de Gadamer.

Y cómo pasar de las ideas a las creencias es la gran pregunta.

Algunas naciones cambiaron largas tradiciones de autoritarismo luego de una gran guerra. Alemania, Italia, Japón, son ejemplos trágicos del paso del autoritarismo a la democracia y la economía de mercado casi por la fuerza, por una terremoto bélico e institucional que obligó a muchos a aceptar algo que no estaba en su corazón ni en sus expectativas. Cuánta duración puede tener ello es también otra pregunta inquietante.

El Judeo-Cristianismo, en cambio, se hizo cultura, y no por una guerra. Cómo cambió el corazón de millones de habitantes del oriente medio, de Grecia, de Roma, por seguir a Cristo, no por hacer un curso, fue realmente un milagro. Pero sucedió. Occidente nace de Grecia, Roma y el Judeo-Cristianismo porque este último se hace carne, se hace cultura, se convierte en creencias (Ortega), horizonte (Gadamer), tradiciones (Hayek), mundo de la vida (Husserl).

¿Pero cómo puede suceder ello en Latinoamérica?

Desde fines de los 50 y firmemente desde los 60, las diversas expresiones de la teología de la liberación, de origen marxista, capturan la mente del Episcopado Latinoamericano. Sus sucesivas declaraciones (Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida) absorben totalmente la condena en nombre de Cristo al mercado; manejan categorías marxistas de pueblo, explotación, exclusión, etc., y desde allí miran e interpretan Latinoamérica, todo en diversos grados, claro. Esa perspectiva ha ido cambiando a lo largo de los años, pero su núcleo marxista se ha mantenido. Por un lado, condenan al mercado, y por el otro hacen silencio sobre el marco institucional llamado democracia constitucional, marco sobre el cual, paradójicamente desde la misma época, comienzan a hablar y a acompañar Pío XII, Juan XIII y el Vaticano II. Contra ese silencio se levantó, en 1984, la voz premonitoria del P. Rafael Braun[1].

La mayor parte de los obispos latinoamericanos veían como extraña, como “anglosajona”, y muy ligada al capitalismo explotador, a la institucionalidad democrática. La veían como formas extranjeras extrañas al espíritu de un pueblo latinoamericano “católico”, del cual debían surgir, de abajo hacia arriba, las condiciones de una civilización del amor, cristiana, ligada con la vida comunitaria, con las costumbres locales, con el reparto solidario de los bienes; en última instancia, un “pueblo católico” latino versus una democracia constitucional de origen protestante y anglosajón.

Es como si hubieran escrito todo ello para darle la razón a Max Weber.

Sí, es verdad que algunos hablaban y hablan de la “cultura del trabajo”, pero es el trabajo del obrero, no del empresario capitalista, culpable de explotación excepto se demuestre lo contrario, como algún empresario en proceso de canonización, que “a pesar de” ser empresario, “fue bueno, fue cristiano”.

No se concibe la laboriosidad como la del empresario creador, no se concibe a la empresarialidad como un espíritu a ser expandido culturalmente a toda persona, porque la empresarialidad son ideas, no recursos; no se concibe que la riqueza nace de una idea, no se entiende que los recursos NO están dados, y se cree que la escasez se debe a unos pocos infames que han acaparado los recursos y no los han “compartido”.

Esas creencias, repetidas hasta el hartazgo desde púlpitos y declaraciones, no hacen más que sumergir más aún al pueblo latinoamericano en su pobreza; esas creencias, proclamadas como los más altos dogmas, no hacen más que confirmar la miseria y las condiciones indignas de vida de la mayor parte de los latinoamericanos. Justamente lo que creen evitar los abanderados del supuesto pueblo católico versus la explotación capitalista.

Porque no sólo es falso que el libre mercado sea explotador, sino que es contrario a la libertad religiosa hacer de un “pueblo católico” la base de una nación: la base está en la convivencia bajo la diversidad que está garantizada por la libertad religiosa que, se supone, es un emergente del Catolicismo. Impresionante cómo teólogos del pueblo de izquierda y tradicionalistas de derecha coinciden en su odio contra la libertad religiosa y la democracia “liberal” (el pecado), esa democracia liberal que los pecadores Pío XIII, Juan XXIII y Juan Pablo II supieron rescatar y acompañar, con notas a pie de León XIII, y con la corroboración conceptual, hasta ahora insuperable, de Benedicto XVI.

Por lo tanto, el único cambio en paz que Latinoamérica tiene hacia el desarrollo, es que los obispos latinoamericanos vayan asumiendo cada vez más en sus enseñanzas un acompañamiento de la democracia constitucional y la economía de mercado, como comenzó a hacer Pío XIII desde 1939. No porque ambas sean inferencias deductivas del Catolicismo, sino porque a veces el Magisterio puede “acompañar” cierta evolución institucional en tanto señalarla como no contradictoria con la Fe, como hizo León XIII cuando distinguió entre tesis e hipótesis, como hizo Pío XII cuando habló de las condiciones de una sana democracia, como hizo Juan Pablo II cuando comenzó a hablar del mercado en sentido positivo en la Sollicitudo rei socialis y en la Centesimus annus.

La tarea, muy difícil por cierto, es educar en todo esto a una nueva generación de sacerdotes que sean los futuros obispos latinoamericanos que pueden luego hacer lo mismo que Pío XII, Juan XXIII y Juan Pablo II hicieron a nivel de magisterio universal prudencial.

Ese será el único modo en el cual ellos puedan en el futuro convertirse en los educadores informales de los valores para el desarrollo, de tal modo que la mayor parte de los católicos latinoamericanos pueden ir incorporando esas enseñanzas a modo de creencias.

Para terminar, una mala noticia y una buena.

La mala noticia es que puede ser que todo esto sea humanamente imposible.

La buena es que es el único camino que queda, y por ende no queda más que recorrerlo y poner todo en manos de Dios.


[1] https://institutoacton.org/2017/10/18/iglesia-y-democracia-padre-rafael-braun/

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises