Dudar es contagiar

Por Jose Benegas. Publicado el 26/3/20 en: https://www.infobae.com/america/opinion/2020/03/26/dudar-es-contagiar/

 

Control policial en el sur de Italia (REUTERS/Alessandro Garofalo)

Control policial en el sur de Italia (REUTERS/Alessandro Garofalo)

El título podría ser parte de los eslóganes de los seguidores del Gran Hermano en la novela de George Orwell 1984 y describe bastante el ambiente de discusión de la crisis del coronavirus. El que duda de las soluciones policiales propuestas es la infección en sí misma.

Lo más peligroso de la forma en que se encara la situación es la fuerte tendencia a la unificación de visionesEso no es ciencia, es religión. Su único resultado está a un nivel primitivo emocional de una gran masa asustada que pide resoluciones firmes. Después vemos si sirven, pero que sean bien firmes. Permite identificar a los infectados de indisciplina y falta de sometimiento, como los que viajan a Europa o pasean al perro, para expiar la infección en el gastado recurso de la autoridad omnipotente.

Tal cosa no está facilitada por la ciencia como método, sino por el ambiente científico y sobre todo su sometimiento no resistido a la burocracia estatal que abusa de las matemáticas para recurrir a modelos que pretenden predecir, pero que se convierten en la trampa de reemplazar la observación de la realidad que es compleja, por un diseño simple en el que todo lo que queda afuera no es modelo y no es “ciencia”. Esto lo vemos desde los inicios de esta crisis cuando se tacha de inmoral el entrar en consideraciones económicas, tara que nos viene de la tradición católica. Cuando los políticos dicen que están decidiendo entre la salud y la economía y están optando por la primera, están suponiendo que ambas cosas no están interconectadas o son en muchos casos la misma cosa; que la enfermera tiene que pagar la cuenta del supermercado y las jeringas requieren una fábrica, el hospital luz eléctrica, etc. La distorsión es el planteamiento de un dilema moral en el que, una vez resuelto, somos los buenos y estamos sanos. Los buenos que nos pueden matar a todos.

Recordemos cuando los judíos en la edad media eran perseguidos por cobrar interés por los préstamos, algo que es el secreto por el cual quien no tiene capital lo puede conseguir con solo una buena idea. La moralización de la cuestión como pecado, o la resistencia a hablar de la economía en una crisis sanitaria, lleva al desastre. Sin el préstamo a interés estaríamos todos viviendo en chozas. Si hubiéramos querido ser santos en esos términos (sin siquiera entender de verdad el aspecto moral) no hubiéramos llegado a este nivel de desarrollo de la actualidad. Sin economía no hay tomografías computadas, ni barbijos, ni respiradores, ni médicos. Todos estaríamos funcionando a niveles de subsistencia en los que cualquier infección nos podría diezmar.

Eso mismo se aplicó a esta pandemia desde el principio. Pensar fuera del modelo matemático meramente sanitario es tachado de inmoral porque es poner al dinero por encima de la salud, así que nos están condenando a una extinción por falta de recursos que, en realidad, se necesitan incluso para hacer funcionar los modelos en las computadoras.

Lo que se debió enfrentar, que es la complejidad, se simplificó por razones de facilidad analítica y se eliminaron del razonamiento las limitantes que están fuera del modelo. Para quienes fuimos formados en la visión de la Escuela Austríaca de Economía eso no es una novedad. Esta tara se viene repitiendo en el campo económico desde hace más de un siglo. La realidad es el cuadro. Pero resulta que fuera del cuadro cuando se produce una intervención de la autoridad en la economía se genera otro problema no previsto porque la complejidad no puede ser abarcada por una autoridad central y entonces viene otro acto de intervención que termina en el Camino de Servidumbre de Hayek. Es bastante asombroso ver que en el ambiente sanitario está tan claro esto de que los remedios pueden ser peores que las enfermedades. Sin embargo, no lo han podido aplicar a la hora de proponer el uso del remedio mitíco universal: la voluntad del poder, a su propuesta de cuarentena obligatoria. Y lo mismo pasa en economía curiosamente: todo problema tiene una solución consistente en dictar una orden o crear un organismo que lleva el nombre del problema. Con lo cual ni la economía ni el santarismo se necesitan, todo puede ser reemplazado por una comisaría.

Esto va mal. La propuesta es parar todo, algo que nunca se ha intentado antes, de lo que no hay “ensayos clínicos” pero tenemos bastante conocimiento sobre cuales pueden ser sus consecuencias.

El valor en la economía no es físico y es subjetivo. Son personas actuando de acuerdo con sus preferencias. La economía no es logística, que es como los místicos de la autoridad quieren verla, es coordinación de intereses. No se puede atacar a los intereses privados sin destruirla. Pero los políticos se entusiasman con que ahora sí podrán ser los directores de orquesta que quisieran ser. Se les van a morir de hambre los músicos.

Nadie siquiera está analizando que el pánico que se esparce tiene un costo de salud también grande, y eso que esto está fuera del paradigma moral de que solo hay que pensar en salud. Decirles a los grupos vulnerables que no es fatal que se mueran relajaría la disciplina que es el gran ídolo que venerar. Así que sí, resignan la salud, pero no en aras de la economía sino del autoritarismo como remedio universal. Nadie está poniendo en tela de juicio cómo se pone en riesgo la subsistencia de muchos millones de personas mientras no se sabe con certeza cómo parar la pandemia. Si aparece el médico francés que tiene una idea sobre cómo proceder, se van a escudriñarlo y las notas en los diarios hablan de su aspecto, mientras los médicos de televisión lo descalifican.

Ahora revisemos qué han hecho las autoridades sanitarias (nótese, son autoridades, no científicos) en el último siglo. Porque una de las cuestiones que siempre se han planteado a la hora de determinar si el Estado debe intervenir en la salud es justamente el caso de las pandemias, donde el costo de enfermarse se distribuye más allá de los individuos portadores. Se ha dicho hasta el cansancio que para algo como lo que estamos viviendo tiene que haber un ordenamiento público. Pero ¿dónde está? ¿Por qué ningún país, mientras todos tienen ministerios de salud, está preparado para aumentar su capacidad de internación ante una pandemia y nos lo dicen los mismos responsables como si fuera fatal? ¿Por qué no hay reservas de barbijos y respiradores como las hay de petróleo? ¿Por qué no tienen planes para tener personal de enfermería también en reserva? Porque hay que decirlo, los encargados en cada país de tener previsiones al respecto son los mismos que están proponiendo la salida autoritaria sobre la población sana como única respuesta y nos muestran que su propia capacidad de responder a la crisis es fija e inamovible.

Es decir, ¿tenemos todos los protocolos sanitarios y cuando llega la pandemia en lugar de apelar al conocimiento y a las previsiones que ellos hayan tomado tenemos que recurrir al comisario? Todos aceptan que en el modelo de las curvas el umbral de atención hospitalario sea fijo, pero normalmente lo que discutimos en salud durante las campañas electorales son los tratamientos para la obesidad, las cirugías estéticas o de cambio de sexo, porque una catarata de propuestas bondadosas sale con forma de ley del Congreso.

¿No se ha formado una autoridad central de todos estos problemas con la OMS? ¿Dónde está el resultado de aquello para lo que se estaban preparando?

El médico francés Didier Raoult que recomendó los remedios contra el paludismo como tratamiento y que hizo que los diarios argentinos se pusieran a comentar sobre su aspecto (menos mal que Einstein no fue argentino), puso en tela de juicio algo más, que es que los médicos están sometidos a la autoridad estatal en lugar de proceder de acuerdo con su conocimiento y experiencia, algo que otro adelantado Thomas Szasz ya había denunciado.

Lo que consideramos un sistema sanitario es en realidad una administración política de la salud, donde todo debe ser autorizado por la burocracia a la que llegan los que no pueden destacarse en su ciencia y son expertos en el codazo. Así tampoco los farmacéuticos tienen ya libertad para hacer recetas y su profesión ha sido convertida en un modo de obtener monopolios para la venta de medicamentos que hacen unos laboratorios que están a la vez controlados como nada en este mundo. Los medicamentos no están sometidos a la ciencia sino a la autoridad central sanitaria. Tanto control y a la primera pandemia importante nada funciona, solo queda paralizar al mundo para que no muera lo que la existencia de estos organismos nos garantizaba que no podría morir. Por eso su solución no es sanitaria, es métanse todos en sus casas a infectar a sus familiares, asusten a todas las personas mayores como si todas fueran a morir, porque al final no hay respuesta del aparato burocrático que se percibe limitado por un umbral infranqueable que nadie previó que se debería mover y que ve a la economía como una actividad de lujo para la gente sana.

La inseguridad que transmiten estas autoridades sanitarias es tan grande que los únicos ejemplos que quieren considerar son los de Italia y España, porque Singapur, Japón o Corea del Sur nos ponen ante la incertidumbre de falta de magia autoritaria. La salud es al final menos importante que creer en la autoridad.

En las exposiciones de los funcionarios no hay indicio de por qué al final de las cuarentenas obligatorias y las prohibiciones de viajes no vamos a estar en el mismo punto en el que estábamos antes de empezarlas. Simplemente la animación nos dice que estaremos en el después del desborde del sistema, como si se tratara de un salto al futuro.

Las autoridades disponen que solo las actividades vitales continúen en la calle, pero no tienen ninguna conciencia de que toda actividad depende de las demás y, al final, si tienen razón los más expuestos al virus de todos serán los previamente definidos como indispensables. Nada de esto está pensado, no se puede. Dudar es contagiar.

Con el paso de las semanas todo se hará tan insostenible que la desobediencia será generalizada y, si piensan que aumentando el nivel de amenaza lo van a poder manejar, me permito dudarlo. Pondrán al grueso de la población ante la alternativa imposible de subsistir o estar seguros de no infectarse. Dado que el modelo de restricción no parece contemplar un final o un punto más allá del cual no se puede continuar, el riesgo ahora es encontrarnos al final de las medidas autoritarias agotadas, pero entonces los sanos estarán en una posición mucho más desfavorable y los enfermos probablemente en el pico con un aparato sanitario colapsado de todas maneras.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

 

 

Regular los precios y la producción del alcohol en gel: buena intención, mal resultado

Por Juan Carlos de Pablo: Publicado el 22/3/20 en:  https://www.lanacion.com.ar/economia/regular-el-alcohol-en-gel-buena-intencion-mal-resultadoe-nid2345858?fbclid=IwAR1Y0l-y16CyyEl9DK_xC2Yb8TgzqvswapRSYS0IgbPa7vLeRTvTK0SBVak

 



Crédito: MANUEL CORTINA

Preguntas al economista Juan Carlos Cachanosky (1953-2015): Se recibió de licenciado en Economía en la UCA y luego obtuvo una beca para hacer su doctorado en Economía en Grove City College, Pennsylvania. Su tutor de tesis fue Hans Sennholz, que a su vez fue discípulo de Ludwig von Mises

El coronavirus aumentó la demanda de barbijos y de alcohol en gel . Para evitar abusos, el Ministerio de Desarrollo Productivo, a través de la Secretaría de Comercio Interior, dispuso retrotraer el precio del alcohol en gel al 15 de febrero de 2020, al tiempo que intimó a los productores a aumentar la oferta “al máximo de la capacidad instalada”. La cuestión no es si, en las actuales circunstancias, higienizarse las manos con frecuencia es una buena idea, sino si esta es la forma en la cual se podrá abastecer la mayor demanda de alcohol en gel.

Al respecto conversé con el argentino Juan Carlos Cachanosky (1953-2015), quien estudió en la Universidad Católica Argentina, doctorándose en el International College de California. Enseñó en la UCA de Buenos Aires y en la de Rosario, en la Ucema, en la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (Eseade), en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala, y en el Swiss Management Center. Una de sus alumnas en la UCA fue Máxima Zorreguieta, la actual reina de Holanda, a quien también le dirigió la tesina. El 31 de diciembre de 2015, a la noche, su familia lo encontró muerto frente a su escritorio, con la computadora prendida, según relató su hermano Roberto. “Lo vi fenómeno por última vez el miércoles 30, conversando con entusiasmo sobre varios proyectos. Fue una gran pérdida para el mundo liberal”, agrega Agustín Etchebarne.

-A raíz del coronavirus, las autoridades argentinas están adoptando medidas.

-Bueno estaría que no las estuviera adoptando.

-Pero no se sabe, a ciencia cierta, cuáles son las que hay que adoptar.

-Efectivamente. Lo cual no quiere decir que estemos en cero, porque debemos aprovechar la experiencia de los otros países, ajustándola al caso argentino y particularmente a nuestra idiosincrasia.

-Desde el punto de vista de las decisiones parece haber una lógica de la acción y otra de la prevención.

-Buen punto. Como consecuencia del coronavirus, quienes se dedican al turismo se están fundiendo, los peluqueros parecen tener otro tema para conversar con sus clientes y quizá algunos libreros incrementen sus ventas al permanecer la gente en sus domicilio. Por otro lado, mejoran sus ventas, y probablemente sus ganancias, quienes fabrican y venden barbijos y alcohol en gel.

-Vuelvo sobre este último caso. ¿Por qué dice que la lógica de la prevención es diferente de la de la acción?

-Porque en materia de prevención, adoptar decisiones por exceso no se penaliza tanto como hacerlo por defecto. Ilustremos con el caso de Estados Unidos. ¿Era absolutamente necesario prohibir todos los vuelos desde y hacia Europa durante 30 días? Nadie lo sabe y quizá no lo fuera. Pero seguramente que, al adoptar dicha decisión, el presidente Donald Trump estaba pensando, entre otras cosas, en las elecciones del 3 de noviembre próximo. ¿Cuántos votos perderé por las molestias que ocasiona la ausencia de vuelos versus cuántos perderé si, por no prohibirlos, adjudican a mi decisión el aumento de muertes que seguramente se producirá en el país?

-En la Argentina, el precio del alcohol en gel aumentó fuertemente desde que comenzó esto del coronavirus.

-Era de esperar, por una cuestión de aumento de costos y por la oportunidad que plantea el aumento de la demanda. No se la agarren con mi mamá; no lo estoy justificando, sino que lo estoy explicando.

-Para evitar los abusos de precios y la falta del producto, el Ministerio de Desarrollo Productivo dictó el 11 de marzo la resolución 86.

-Muy bien.

-Muy bien será la idea, pero por favor prestale atención al texto.

-A ver. El artículo 1 establece la retrocesión transitoria del precio de venta del alcohol en gel a los valores vigentes al 15 de febrero de 2020; el artículo 2 dispone que los nuevos valores no podrán ser alterados durante 90 días corridos. Y el artículo 3 intima a las empresas a incrementar la producción de tales bienes hasta el máximo de su capacidad instalada.

-¿Qué pensás?

-Que algún dirigente político de repente piensa que el Gobierno se está ocupando del problema y alguien considera que están controlando a los especuladores, pero mucho me temo que los resultados serán los contrarios a los buscados.

-¿Por qué?

-Comencemos por el lado de los precios. La historia de retrotraer precios, en la Argentina, es contundente y negativa. Los precios no bajan, al menos porque así lo disponga el gobierno de turno. Pero fijate que la resolución pretende retrotraer los precios del alcohol en gel y encima congelar el viejo precio durante 90 días, sin decir nada sobre los costos de los insumos. Ejemplo: ¿al precio de los envases utilizados para vender el producto también le ocurrirá lo mismo? La resolución al respecto no dice nada.

-El análisis microeconómico más elemental sugiere que, frente a la caída del precio de un producto, lo que cabe esperar es una disminución en la cantidad ofrecida. Si, como consecuencia del coronavirus, aumentó la demanda de alcohol en gel y encima por disposición oficial baja su precio, subirá la cantidad demandada. Todo lo cual generará desabastecimiento.

-Aquí es donde hay que prestarle atención al artículo 3 de la resolución, que intima a los oferentes a producir al máximo de la capacidad instalada. El propósito es muy loable, pero como economista me surgen dudas.

-¿Por ejemplo?

-En toda fábrica, no todas las máquinas tienen igual capacidad de producción, porque se las va incorporando de manera paulatina. Sería fácil, para un inspector ignorante, labrar un acta luego de observar que algunas de las máquinas no se están utilizando al máximo de su capacidad instalada. Pero no solo eso…

-¿Hay más?

-Está la cuestión de a qué costo se produce mayor cantidad. Ejemplo: supongamos que, para satisfacer la demanda, un productor de alcohol en gel invita a sus obreros a trabajar un tercer turno, generalmente el nocturno, o los fines de semana. ¿Logrará que lo hagan ganando el mismo salario horario que en las jornadas normales o tendrá que pagar horas extras? Pregúntesele a cualquier arquitecto si el costo de una obra en construcción es independiente de la velocidad con la cual se la realiza y dirá que no.

-Querido tocayo: ¿estás diciendo que la salud de la población, bien gracias?

-Estoy diciendo que los malos diagnósticos producen más problemas que soluciones. ¿Cuántas personas fallecieron cuando un expresidente de Sudáfrica dijo que eso de que había que usar preservativos para impedir la trasmisión del sida era un invento de los fabricantes del citado producto? Esta resolución tomada en la Argentina complicará el abastecimiento de alcohol en gel, a menos que en la práctica sea ignorada.

-Recordado Juan Carlos, muchas gracias.

 

Juan Carlos Cachanosky, Ph.D. se graduó en el International College de California. Fue miembro del departamento de Investigación y Docente de ESEADE. Dictó diversas cátedras en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, adonde fue director del Departamento de Economía del Campus Rosario. (UCA), también dictó cátedras y dirigió centros de investigación en la Universidad Francisco Marroquín, (UFM), entre otras.

Llegó la hora de la verdad para que los políticos demuestren que, en serio, son solidarios

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 24/3/2020 en: https://www.infobae.com/economia/2020/03/24/llego-la-hora-de-la-verdad-para-que-los-politicos-demuestren-que-en-serio-son-solidarios/

 

Entre Nación, provincias y municipios hay 3,1 millones de empleados estatales (Presidencia)

Entre Nación, provincias y municipios hay 3,1 millones de empleados estatales (Presidencia)

No entro a debatir la necesidad de la cuarentena que estableció el Gobierno, pero sí vale la pena formular algunas reflexiones sobre el impacto económico que está teniendo y cómo suavizarla. En rigor, salvo algunos sectores en particular, la economía no tendría que paralizarse tanto. En todo caso si se paraliza mucho será consecuencia del sobredimensionamiento estatal en empleo público.

El primer dato a tener en cuenta es que en el país hay, entre Nación, provincias y municipios, 3,1 millones de empleados estatales. La gran mayoría de ellos son burócratas que inventan sus propias regulaciones para justificar su existencia.

De acuerdo a datos del Directorio Legislativo, en 2019 la Cámara de Diputados sesionó 8 veces y la Cámara de Senadores lo hizo 7 veces. En ese período sancionaron 37 leyes de las cuales, 7 corresponden a Cultura y Patrimonio y 6 a fiestas nacionales o capitales nacionales (las típicas de la Capital Nacional del Salame Quintero o la Fiesta Nacional del Asado de Tira). Es decir, el 35% de las leyes son un delirio y otras se aproximan a esa calificación.

Es más, de las reuniones en comisión, la que mayor cantidad de veces se juntó en el año en Diputados fue la de Legislación Penal, 30 veces. Y en Senadores fue la Presupuesto y Hacienda, 14 veces.

Pero atención que si se miran los datos desde 2012 para acá, tampoco es que el Congreso trabajó tan poco solo este año. El año que más reuniones tuvo fue en 2012, cuando diputados sesionó 20 veces y senadores 23 veces. Menos de un mes por año calendario.

Lo que muestra lo anterior es que no hace falta la legión de asesores y empleados que tiene cada legislador (80 promedio por senador y 24 promedio por diputado, sin contar la biblioteca, la imprenta, etc.). Hay que agregar a esto la actividad legislativa de los congresos provinciales y los consejos deliberantes y se verá que ahí hay mucho movimiento de gente sin producir nada.

No se trata de cerrar los parlamentos ni los consejos deliberantes, salvo algún caso especial, no hace falta estar movilizando tanta gente todo el tiempo. Hay mucho dinero para ahorrar en esos rubros. Un gesto de recortar las dietas a la mitad, es lo mínimo que deberían hacer.

Pero, no todo pasa por el Poder Legislativo, los estados provinciales y municipales también tienen una gran burocracia para justificar su existencia que generan un movimiento de gente demasiado grande y producen el contagio del coronavirus.

En este momento de pandemia, si se analiza cuáles son los empleados del Estado nacional que tienen que moverse en la calle son 237.654 de 700.000 en la Administración Central, los cuales se desagregan en: 13.136 en salud, 110.546 Fuerzas Armadas y 113.972 en seguridad pública. El resto puede quedarse en su casa trabajando o no entorpeciendo al sector privado que sí produce. Solo el 34% tendría que movilizarse y no todos al mismo tiempo. Pero los empleados públicos provinciales también entorpecen.

De acuerdo a datos del Ministerio de Trabajo para 2017, que no cambiaron mucho hasta ahora, había en las provincias 2,3 millones de empleados públicos, de los cuales 345.500 eran policías. Esos tienen que salir a la calle, pero no todos al mismo tiempo. Aproximadamente 900.000 corresponden a educación, que trabajan desde sus hogares. El resto, salvo los que se desempeñan el sistema de salud, pueden hacerlo desde sus casas, incluso los miembros de la Justicia.

El gráfico anterior muestra la enormidad de empleo público en la mayoría de las provincias (el dato de Santa Cruz parece dudoso).

Si se logra que los empleados públicos no estorben al sector privado con burocracia innecesaria, y legislativos que no tienen que tratar temas muy urgentes, ya se podría sacar de circulación una buena parte de la gente que anda por la calle, agregando que, dado que el sector privado va a tener un serio impacto en sus ingresos, de los cuales sale el dinero para pagar los impuestos, luce solidario que salvo fuerzas de seguridad, fuerzas armadas, docentes y personal de la salud pública, el resto tenga una reducción en sus ingresos para aliviar al sector privado de manera de bajar la carga tributaria dadas las escasas ventas que tiene.

Respecto a los 6 millones de empleados en blanco en relación de dependencia en el sector privado, el grueso está concentrado en Buenos Aires, CABA, Santa Fe y Córdoba.

Como puede verse, son media docena de provincias las que mayor cantidad de empleados privados concentran, de los cuales muchos trabajan en inmobiliarias, turismo, organización de eventos y otras actividades que ya venían fuera de combate y ahora las mataron con la cuarentena.

La industria tiene poco más de 1 millón de empleados y puede seguir operando. Comercio y Reparaciones registra 1,1 millones, rubro que está muy golpeado y debería seguir operando. Construcción cuenta con 395.000 empleados y puede seguir operando pero viene en baja porque se redujo el interés en invertir en propiedades. Intermediación financiera son 160.000 empleados y buena parte del trabajo se hace online (homebanking).

Sectores con ingreso variable

El mayor problema se presenta para los monotributistas, los autónomos y una buena parte de la población que vive al día como el taxista, el plomero, el electricista, etc. Es gente que si no factura, directamente no come. Por otro lado está el problema de todos los que trabajan en el mercado informal.

En definitiva, se pueden identificar los siguientes puntos respecto de la movilidad de las personas activas en tiempo de cuarentena por la pandemia:

1. Se puede descongestionar mucho la circulación de gente y el riesgo de contagio si la mayoría de los empleados públicos se quedan en su casa. Está comprobado que hay sobreabundancia de personal en las administraciones estatales, en todos los niveles, que genera sus propios anticuerpos inventando trámites para justificar su existencia. Su ausencia se notará en un aumento de la productividad del sector privado;

2. Hay mucha descongestión de gente que trabaja haciendo teletrabajo gracias a internet y las nuevas formas de comunicarse; y

3. El grueso del problema parece estar concentrado en CABA y la Provincia de Buenos Aires.

Desde el punto de vista económico, es urgente bajar la carga tributaria. ¿Se puede? El gasto público consolidado (Nación más provincias más municipios) en salarios en lo que hace a la administración general (no incluye justicia, seguridad, defensa, salud, educación ni planes sociales), representa 3% del PBI. En estos momentos de angustia, es la oportunidad para que los políticos, que tanto hablan de solidaridad, hagan un sacrificio y reduzcan sus ingresos en un 50%. Eso significaría un ahorro de aproximadamente $500.000 millones, monto que se evitaría tener que emitir si no se siguen repartiendo subsidios, bonos y plata que alegremente reparten los legisladores y menor carga tributaria para el agobiado sector privado.

Llegó la hora de la verdad para la dirigencia política que todo el tiempo habla de solidaridad: ¿está dispuesto a ser solidaria reduciendo a la mitad sus ingresos o seguirá viviendo a costa de un sector privado que ya no daba más y ahora agoniza manteniendo planeros y empleados públicos?

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky

 

LOS LIBERALES CLÁSICOS Y EL CORONAVIRUS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/3/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/03/los-liberales-clasicos-y-el-coronavirus.html

 

Una nueva grieta ha surgido entre los liberales (clásicos) por este tema, con acusaciones muy fuertes de estupidez y maldad.

Me decidió a escribir esto un video de Juan Ramón Rallo donde aclara que Hayek no se oponía a la acción del estado en caso de las epidemias.

Así es. Por ende, la cuestión está mal planteada. La cuestión no es si el estado debe o no intervenir en estos casos. Ese es un debate entre los liberales clásicos y los anarcocapitalistas. Entre los liberales clásicos, que los estados, preferentemente municipales y excepcionalmente federales, tengan que intervenir cuando hay bienes públicos estatales que no puedan ser en lo inmediato privatizados, es algo en lo que hay bastante consenso.

Yo mismo (1) lo afirmé en 1989, en El humanismo del futuro (que ya quedó en el pasado…):

 “…Todas las reflexiones anteriores nos muestran lo inútil de la falsa dialéctica entre el “estado gendarme” y el “estado subsidiario”. El estado es subsidiario porque su misión específica es por definición, como hemos visto, subsidiaria, y basta la demostración, cada caso, de que tal o cual actividad no está relacionada necesariamente con dicha función específica –custodiar el derecho- para que, en principio, dicha actividad deba estar a cargo de los privados. Por supuesto, esto no excluye una gran zona que podríamos llamar “zona gris” que produce dificultades concretas a la hora de decidir si tal o cual actividad debe estar o no en manos del estado. Por supuesto, esto no implica negar que, como venimos diciendo, todas las actividades culturales –esto es: artísticas, científicas, deportivas, educativas, económicas, etc.- deben estar en principio dentro de la iniciativa privada pues ellas derivan del ejercicio de los derechos personales, y éste es ya un principio que brinda suficiente claridad. Pero hay casos, que analizaremos más adelante, que presentan dificultades: el caso de la subsidiariedad sociológica, ya aludida; los problemas de moral publica, los bienes públicos y las externalidades. Más adelante nos referiremos a esos casos. Por supuesto, son casos posibles de resolver, pero no nos parece sensato negar a priori la dificultad intrínseca que presentan, sea cual fuere la solución posterior que demos a la dificultad50b.”

En el caso de los bienes públicos y externalidades, una vez aclarado que la mayoría de ellas se puede internalizar y que gran parte de los bienes públicos pueden ser privatizados, dije:

“…Desde luego, cabe señalar que, en todos aquellos casos donde debido a las externalidades negativas y/o los bienes de públicos se produzcan problemas que afecten directamente al derecho a la vida y/o propiedad de las personas, y la acción del proceso de mercado no pueda, al menos a corto plazo, solucionar la cuestión, el estado, cumpliendo su misión específica de custodiar los derechos del hombre, debe intervenir. Por supuesto, cuanto más jurídicamente abierto sea el mercado, esos casos serán raros. Además la intervención del estado en esos casos no debe monopolizar el bien en cuestión, como tantas veces se ha señalado”.

Por lo tanto, NO es cuestión de decir que loe estados no deben intervenir en una epidemia. El debate se concentra en si las medidas tomadas para ESTA pandemia son las convenientes o podía haber habido otras.

A su vez, es extraño que algunos liberales piensen de otros lo que los estatistas en general piensan de los liberales en muchos sentidos. Habitualmente se nos acusa de malvados porque somos reacios a la intervención del estado en temas de pobreza, medio ambiente, etc., como si fuéramos unos malvados totales indiferentes ante el prójimo, cuando en realidad nos interesa, como a muchos, el bienestar de todos, sólo que recurrimos a otros métodos. Aquí es lo mismo. Si alguien opina que ESTAS medidas no son las adecuadas, NO es porque no le importe el número de muertos, NO es porque tenga desprecio por la vida, sino porque considera que podría haber otros modos de tratar la cuestión.

Hay otros temas, además, que desde el liberalismo clásico se pueden aportar para pensar en esta cuestión.

Uno, el conocimiento disperso. El libre intercambio de puntos de vista favorece un mayor conocimiento, y de igual modo sucede con los bienes y servicios. Por ende, estar abiertos a escuchar los diversos pareceres de los epidemiólogos ayudaría mucho.

Dos, los beneficios del libre mercado para las situaciones de emergencia. En ese caso, medicamentos, servicios médicos, etc., son áreas donde no se debe, más que nunca, eliminar al mercado, sino dejarlo actuar para que se coordinen mejor las necesidades de la demanda frente a esos bienes.

Tres, los beneficios de una sociedad libre, el libre mercado, la libre educación y la libre medicina para el descubrimiento de nuevas tecnologías. Así como el mercado libre acelera la producción de tecnologías limpias que ayudan al medio ambiente, así también ayuda al descrubrimiento de nuevos medicamentos y nuevas vacunas que además bajarán de precio en la medida que no se intervenga en la coordinación entre oferta y demanda.

Cuatro, dejar actuar a los servicios privados de salud, con sus propias ofertas y decisiones, va en la misma línea.

Cinco, los liberales sabemos qué es una corrida bancaria y qué la causa. El sistema bancario colapsa si todos los depositantes exigen sus fondos. La cuestión es por qué se comportan así. De igual modo colapsa cualquier sistema hospitalario, y mucho más si no se deja al mercado reaccionar. La cuestión es: ¿el conocimiento disperso, bajo un sistema abierto y libre de conocimiento, produce que la demanda (subjetiva) de un servicio suba de golpe? ¿Si?

Como ven no me he introducido en la discusión biológico o si la cuarentena es apropiada o no. Sólo quise mitigar los enojos en el debate y tratar -de modo quijotesco como siempre- de frenar la guerra de acusaciones de estupidez y-o maldad entre unos y otros.

Pero chocaré una vez más contra los molinos de viento.

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(1) Perdón que me cite a mí mismo, es que ya se me ha “acusado” de negar TODA acción del estado, cuando hace 31 años que tengo fijada mi posición al respecto.

50b Creemos que un análisis moderno del principio de subsidiariedad debería completarse con el tratamiento de las “fallas de la gestión del Estado” desarrollado por la escuela de “Public Choice” liderada por J. Buchanan. Sobre este y otros aportes de Buchanan, véase Romer, T.; “On James Buchanan’s Contributions to Public Economics”, en Journal of Economic Prospectives,Vol. 2, No4, otoño de 1988, pja. 163-179. (*11: A lo largo de estos años nos hemos convencido cada vez más de la importancia de los análisis de J. Buchanan sobre la rent seeking society para la comprensión de la crisis de la democracia constitucional y la relación con los grupos de presión. Lo aclararemos en una próxima nota, por ahora téngase en cuenta que ese mismo tema es importantísimo para el principio de subsidieriedad y el tema de los “privilegios” para tal grupo o sector. Por supuesto, sabemos que habitualmente partidarios del Public Choice y partidarios de la subsidiariedad del estado se ignoran, pero si se conocieran es posible que tuvieran choques en algunas de sus premisas antropológicas y éticas últimas. Aunque no sea este el momento de tratarlo, creemos que los análisis específicos de Buchanan sobre la Constitución Federal, la economía y las finanzas son en sí independientes de esa cuestión. Al respecto, ver The Logical Foundations of Constitutional Liberty, vol. I de The Collected Works of James M. Buchanan, Liberty Fund, 1999.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Controles de precios y ley del mercado

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/03/controles-de-precios-y-ley-del-mercado.html

 

Es materia de ignorancia económica confundir causas con efectos. Esto sucede con ciertos aspectos de la economía tales como los controles de precios y no es de ahora, sino que ya sucedía en la época de los nazis:

“A mucha gente le fascinaba el supuesto éxito del control alemán de precios. Decían: Solo tienes que ser tan brutal y despiadado como los nazis y conseguirán controlar los precios. Lo que no veía esa gente, ansiosa por luchar contra el nazismo adoptando sus métodos, era que los nazis no aplicaron un control de precios dentro de una sociedad de mercado, sino que establecieron un sistema socialista completo, una comunidad totalitaria.”[1]

Ya aclaramos que los controles de precios no operan si se apadrinan como medidas aisladas que afectan a determinados productos y excluyen a otros. Las del nazismo, en consecuencia, no eran simples disposiciones intervencionistas de vigencia transitoria y temporal, sino que consolidó un total control de la economía en su conjunto. Había una cuestión de rótulos que lo disfrazaban y ocultaban como un real socialismo, y era justamente el hecho de que el régimen nazi decía no desconocer la propiedad privada de los medios de producción, lo cual -en apariencia- resultaba verosímil a la vista de todos aquellos que no conocieran a fondo la ciencia económica y como marcha una economía de mercado y otra socialista.

No obstante, fueron muchos los países que defendieron el sistema nazi de control de precios, inclusive hasta la actualidad y en regímenes que insisten en denominarse “democráticos” o “de mercado”. Por ejemplo, todos los partidos “progresistas” propician este tipo de políticas.

“El control de precios es contrario al fin si se limita solo a algunos productos. No puede funcionar satisfactoriamente dentro de una economía de mercado. Si el gobierno no deduce de este fracaso la conclusión de que debe abandonar todos los intentos de controlar los precios, debe ir cada vez más allá hasta que sustituya la economía de mercado por una completa planificación socialista.”[2]

La historia de los controles de precios demuestra exactamente lo que la cita indica. Las naciones que los llevaron hasta las últimas consecuencias culminaron todos en estados opresivos y criminales como demostraron los casos de la U.R.S.S. y sus estados satélites detrás de “la cortina de hierro” de Europa oriental; en Asia, China, Corea, Camboya y otros lugares; y en América: Cuba, Chile de Allende y la actual Venezuela castro chavista comunista. No sólo sus economías resultaron colapsadas, sino que las libertades civiles y políticas (como no podía ser de otra forma) terminaron también suprimidas.

Esto no significa que en otras latitudes los precios políticos no fueron aplicados. Por el contrario, hoy en día casi todos los pueblos los patrocinan formando parte de la política económica de la mayoría del mundo mal llamado “libre”. Lo que sucede es que, comprobado tiempo más tarde su fracaso, es abandonados temporalmente por periodos más o menos largos, hasta que vuélvese a implantar, por lo general, con cada cambio de gobierno, o dentro de un mismo gobierno con cada cambio de ministro de hacienda o de economía que crea o no en el sistema como medio de corregir los aumentos de precios. Esta variante dependiente de estos factores ha impedido que muchos de los territorios de occidente hayan colapsado económica y políticamente y hayan terminado en estados totalitarios como si ha sucedido en los casos mencionados anteriormente.

“La producción puede dirigirse o bien por los precios fijados en el mercado por los compradores y por la abstención de comprar por parte del público o puede dirigirse por el consejo central público de gestión de la producción. No hay disponible una tercera alternativa. No hay un tercer sistema social viable que no sea economía de mercado ni socialismo. El control público de solo una parte de los precios debe llevar a un estado de cosas que, sin ninguna excepción, todos consideran como absurdo y contrario a sus fines. Su resultado inevitable es el caos y la inquietud social.”[3]

Este aserto científico se ha venido cumpliendo década tras década de manera ineluctable como si se tratara de una profecía. Sin embargo, los intentos de creer y de establecer una “tercera vía” o “sistemas alternativos” perduran también hasta hoy, desconociendo la verdad científicamente afirmada en la cita anterior. La dirección del mercado solamente puede estar en dos manos, a saber: o la de los consumidores o en la de los burócratas. No existe, pues, ninguna otra posibilidad ni fórmula mágica por la cual la economía pueda manejarse en su totalidad. En otras palabras, o se trata de socialismo o de capitalismo (economía de mercado). Apenas se intenten “terceras días”, sistemas “intermedios” economías “mixtas”, “hibridas” o como quiera rotulárselas los resultados indeseables de tal política comienzan a aparecer, y sólo cesan cuando se abandonan los experimentos intervencionistas.

Sin embargo, abundan los “profetas” que intentan presentar como “nuevo” lo que ha venido fracasando durante siglos desde los tiempos de Hammurabi[4]. En tal sentido, se cumple -una vez más- aquello de que la práctica confirma la teoría.

“Es esto lo que los economistas tienen en mente al referirse a la ley económica y afirmar que el intervencionismo es contrario a las leyes económicas.”[5]

No se procura decir que el mercado sea perfecto en el significado de que resulta siempre capaz de resolver todas las necesidades humanas, por cuanto hablar de “perfecciones” en abstracto carece de toda coherencia, y mucho más en el campo de las ciencias sociales. De lo que se discute es de dejar en claro que el mercado tiene sus propias leyes, y que autoajusta por medio de las mismas las posibles imperfecciones de las cuales pudiera adolecer, es decir, no se debate sobre una perfección imaginaria ni utópica, sino que se reflexiona sobre una realidad científica comprobable, que muestra ciertas regularidades que se cumplen de manera inexorable, y que cuando se alteran por factores exógenos ocasionan consecuencias indeseables. Esto es tan solo lo que se quiere significar con la cita anterior.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 13

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 13.

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 13-14.

[4] Véase a Robert L .Schuettinger – Eamonn F .Butler. 4000 años de Control de Precios y Salarios. Cómo no combatir la inflación. Prólogo por David L. Meiselman. Primera Edición. The Heritage Foundation. Editorial Atlántida – Buenos Aires.

[5] L. v. Mises ibidem, pág. 14

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

«The Economist» y el liberalismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 21/3/20 en: https://younews.larazon.es/the-economist-y-el-liberalismo/

 

Ayer mismo pedía más gasto público por la crisis del coronavirus, pero «The Economist» es considerado una «biblia» del liberalismo. Y hace un par de años publicó una serie sobre la literatura del liberalismo, que revela sus matices en torno a estas ideas.
Esos matices son conocidos por los especialistas, como Ángel Arrese, profesor de la Universidad de Navarra, o Wayne Parson, autor de «The Power of the Financial Press» –una reseña aquí: https://bit.ly/2kIJgxt. El «Economist» se acercó al keynesianismo y aplaudió el papel redistribuidor del Estado.
Repasemos ahora rápidamente sus notas sobre las figuras que deberían a su juicio integrar la literatura del liberalismo: 1) John Stuart Mill: lo trata como el fundador del liberalismo, ignorando a Smith o Hume, y no de la socialdemocracia, que podría legítimamente reivindicarlo; no subraya sus contradicciones (cf. «On Liberty’s Liberty», aquí: https://bit.ly/2kIJgxt). 2) Tocqueville: se refiere a la pérdida de libertad de los tiempos modernos, en la línea del pensador francés, pero la denuncia en China y en los regímenes populistas de EE UU, Europa, Asia y América Latina. No analiza esa pérdida de libertad debida a la democracia misma, que promueve la extensión del Estado, cuyo papel redistribuidor aplaude, si no es populista. 3) Keynes: simpatiza con su intervencionismo, «modestamente planificador». 4) Schumpeter, Popper, Hayek: saluda su liberalismo, pero añade que no debe ser excesivo; llamó antes «pragmático» a Mill, pero ahora llama «fundamentalista del Estado pequeño» a Hayek. 5) Berlin, Rawls, Nozick: claramente defiende a los dos primeros más que al tercero. 6) Rousseau, Marx y Nietzsche: dice que el error de Marx es haber subestimado el poder del capitalismo para eludir la revolución mediante «compromisos» y frenos a sus propios «excesos»; pero acertó por haber señalado el problema de la desigualdad.

En resumen, lo que tenemos en esta supuesta «biblia» del liberalismo es el pensamiento hegemónico de nuestro tiempo. Es un pensamiento contradictorio, porque quiere a la vez más libertad y más Estado. Rechaza el proteccionismo y la autarquía, pero reclama más control sobre las empresas, y más impuestos sobre el patrimonio y la herencia; coquetea con la renta básica y, como hacen también las izquierdas, pide «un nuevo contrato social» y se lamenta porque «muchos liberales se han vuelto conservadores».

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

Los gobiernos deben actuar, pero el peor virus es el estatismo

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 21/3/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/03/21/los-gobiernos-deben-actuar-pero-el-peor-virus-es-el-estatismo/

 

La Argentina vivió su primer día de cuarentena el viernes (REUTERS/Matias Baglietto)

La Argentina vivió su primer día de cuarentena el viernes (REUTERS/Matias Baglietto)

Mi primer artículo lo escribí cuando tenía 18 años en la revista “Programa” del Movimiento Universitario de Centro de la Universidad de Buenos Aires y se titulaba “Errores bien intencionados” (luego reproducido en mi Contra la corriente, publicado por la Editorial El Ateneo). Era sobre las intromisiones de los aparatos estatales en la vida económica, especialmente referido a los controles de precios.

Es muy tedioso repetir las mismas cosas, pues ahora a raíz del coronavirus se pretende controlar el precio del alcohol en gel y también los barbijos. Escribí algo en estos días sobre el asunto que ahora parcialmente vuelvo a reiterar, pero antes unas reflexiones más generales y dejo para el final un tema sumamente controvertido.

El coronavirus ha influido en el derrumbe de las economías, pues si la gente no puede desempeñar bien sus faenas laborales debido a precauciones y cuarentenas, naturalmente las producciones se resienten. Es una tautología. Pero el problema de fondo en las economías globales no es el coronavirus sino el endeudamiento colosal de los gobiernos que pretenden vivir al día de mañana engrosando sus gastos financiados con deudas astronómicas, impuestos insoportables y manipulaciones monetarias siempre perjudiciales. El virus de marras se acopla y empuja una situación débil al despeñadero que tarde o temprano será otra crisis de proporciones fenomenales, más abarcativas que la actual.

No me voy a detener aquí en los problemas de la deuda pública externa pues lo acabo de hacer en este mismo medio. Solamente apunto, por una parte, que el virus realmente peligroso es el estatismo en el que vive hoy el mundo y, por otra, me detengo en la cita de solo tres obras excelentes sobre el tema de la deuda y su relación con la crisis subyacente lo cual no hice en mi otra columna. La bibliografía en la materia es muy frondosa, pero me limito a mencionar esa terna que recomiendo muy entusiastamente a mis lectores. Se trata de The New Empire of Debt, de William Bonner y Addison Wiggin, The Financial Crisis and the Free Market Cure, de John A. Allison, y The Great Deformation, de David A. Stockman. Estos tres libros ayudan notablemente a entender la trama de la referida crisis que se viene gestando hace tiempo y cómo los endeudamientos estatales significan no solo lo que ya hemos explicado en nuestra columna anterior de endosar la carga tributaria para el repago a próximas generaciones que ni siquiera han participado en el proceso electoral para elegir al gobernante que contrajo la deuda, sino que el aparato productivo está simultáneamente jaqueado por la contablilización de erogaciones que no cuentan con una contrapartida genuina en el presente. El final de la historia será la misma que le ocurre a cualquier familia que en lugar de poner orden en sus finanzas se vuelca al gasto con lo que hoy no tiene. Viven en una simulación perpetua hasta que llega el día del ajuste de cuentas.

Entonces vamos a lo anunciado al comenzar esta nota periodística y, como hemos apuntado, ya adelantamos en otro texto pero por lo visto no es suficiente repetir ad nauseam el mismo discurso que, como también digo, lo vengo haciendo hace más de cincuenta años sin contar con todos los otros escritos en la materia que antes que yo vienen advirtiendo sobre el particular con gran fuerza didáctica. Pero por lo visto, no alcanza.

Es realmente increíble que aun no se hayan comprendido lecciones elementales de economía. A igualdad de cantidades ofrecidas, cuanto más se necesita un producto mayor será el precio lo cual es indispensable a los efectos de atraer la atención de quienes pueden incrementar la oferta.

En un terremoto que destruye muchas viviendas, los precios de las casas y departamentos se elevarán para hacer iguales oferta y demanda. Si algún político trasnochado decide congelar los precios a la situación pre-terremoto inexorablemente provocará escasez pues, dada la nueva situación, la demanda excederá a lo que queda en pie. Esto con el agravante de que no se trasmite la necesaria señal de lo que está ocurriendo en el mercado inmobiliario y no aumentará el atractivo de invertir en ese sector. Esto intensifica la crisis en el mercado de viviendas.

Es interesante ejemplificar lo dicho con los sucesos hace un tiempo ocurridos en Nicaragua. En su momento, sufrió un terremoto devastador. El Gobierno decidió liberar los precios para las viviendas de lujo y dejarlos fijos para las de condición humilde “para proteger a los pobres”. El resultado fue que se normalizó la situación para las viviendas que apuntan a un mayor poder adquisitivo puesto que al subir los precios se incrementó la oferta, mientras que en el segundo caso se condenó a perpetuar la crisis para los más pobres puesto que la antes mencionada escasez se mantuvo inalterada.

Es que, al instante del terremoto, se liberen o no los precios la cantidad de viviendas en pie será inexorablemente menor a la demanda. Pero la diferencia sustancial entre una y otra política respecto a la libertad de mercado es, como queda dicho, que en el caso del congelamiento se mantiene la situación mientras que en el caso de permitir que los precios jueguen el rol de equilibrar el mercado se atraen inversiones al sector, lo cual normaliza la situación.

Esto se repite con los medicamentos: cuando hay una crisis en la salud de la población, los distraídos sostienen que los laboratorios farmacéuticos se aprovechan de la situación sin percatarse de que más que nunca se hace necesario que los precios se eleven, de lo contrario se condena a la gente a sufrir las consecuencias de la enfermedad. Mismo fenómeno ocurre con los alimentos. No se trata de los deseos de uno o de otro, se trata de un proceso que precisamente apunta a resolver problemas.

Cualquier bien al que se imponga un precio inferior al de mercado hace que oferta y demanda se desequilibren y aparece la escasez del producto en cuestión. Para recurrir al lenguaje común, por supuesto que el verdulero “se aprovecha” del deseo de sus clientes de alimentarse, o el que vende bicicletas “se aprovecha” del deseo de pedalear de sus compradores y así con todo. En un mercado libre, los comerciantes están obligados a atender las necesidades de su prójimo para poder prosperar y los precios no son el resultado del capricho de nadie sino de la situación imperante que hacen de indicador de lo que está sucediendo, no lo que a algún político le gustaría que suceda.

Anticipo entonces que en el caso argentino habrá escasez de alcohol en gel debido a los anuncios que acaban de hacerse a raíz del coronavirus, lo mismo puede decirse que ocurrirá con los barbijos y otros insumos si se cede a la tentación de regular políticamente sus precios. En resumen, los precios son señales indispensables para la marcha de la economía, pero cuanto más delicada sea la situación mayor es la necesidad que operen en libertad.

El virus del estatismo empeora cualquier otro virus propiamente dicho pues no solo condena a que se dificulte aun más el combate a la enfermedad sino que arruina los procesos económicos. Estos procesos se agravan exponencialmente si se persiste en los anuncios disparatados de “estímulos monetarios” lo cual significa expansión de la base por parte de la llamada autoridad monetaria que en un contexto de retracción por la antedicha menor actividad hará que los estragos inflacionarios resulten más contundentes.

Ahora viene el tema sumamente controvertido que anuncié al principio (no se me escapa que buena parte de lo que escribo es controvertido). En momentos de elucubrar esta columna, se nota por todos lados el reclamo a los gobiernos para que “hagan algo” respecto a la expansión galopante del coronavirus. En primer lugar, digo que es de desear que cuando se descubra una vacuna contra ese mal los políticos no la emprendan contra los precios de la misma pues con eso bloquearán la posibilidad de contar con una vacuna efectiva y en definitiva difundida entre la población lo más rápidamente que las circunstancias permitan debido a competencias abiertas entre los distintos proveedores, aunque en un primer instante como todos los productos primero de lujo son (si se los deja en paz) de uso generalizado cuya rapidez está en relación directa con el clima de libertad.

En segundo término, un aspecto que debe debatirse con calma y para el futuro pues las improvisaciones arrastran inconvenientes de diverso calibre. Cuanto más extendida sea la asignación de derechos de propiedad mayores serán las defensas contra “la tragedia de los comunes”, es decir, la politización de un producto que cuando es de todos no es de nadie. Entonces, si hay un virus contagioso quiere decir que puede vulnerar derechos de terceros al ponerlos en riesgo por lo que naturalmente en las trabajos, en los bares, en los teatros, en los colegios, en los medios de locomoción y equivalentes se verificará que los usuarios tengan los certificados correspondientes de las vacunas requeridas y la constatación de fiebre y otros síntomas vía los instrumentos del caso (reforzando lo que demanden sus producciones también en mercados abiertos y competitivos) y los que por razones médicas u otras no puedan aplicarse las vacunas y otras prevenciones quedarán aislados. Y todo lo dicho en un proceso evolutivo de mejoras de las vacunas y procedimientos médicos sin que desde el vértice del poder haya que imponer cierto camino que puede probarse contraproducente, además de que se minimizan las posibilidades de corrupción dados los fuertes incentivos que operan en otra dirección. De más está decir que los castigos por fraudes deben ser ejemplificadores en el ámbito de los tribunales de justicia en el contexto de un proceso de descubrimiento del derecho y no de ingeniería social o de diseño.

El tres veces candidato a la presidencia estadounidense y ex congresista Ron Paul explica en su Liberty Report subido a Twitter el 12 del mes que corre los fiascos gubernamentales relacionados al coronavirus y la pretensión del fisco de escudarse en ese pretexto para lograr más poder a través de incrementos en el gasto. Efectivamente hay gobernantes que han adoptado actitudes peligrosa e innecesariamente autoritarias amparándose en el guión del virus, en aspectos que los arreglos contractuales y los respectivos incentivos a todas luces los resuelven mejor.

Lo que dejamos dicho no significa que en esta instancia del proceso de evolución cultural el monopolio de la fuerza deje de cumplir con su misión específica de proteger vidas, libertades y propiedades. En el caso que nos ocupa, se trata del primer valor para lo cual deben hacer todo lo necesario al efecto de que dicha protección resulte efectiva sin por ello negar procedimientos eficaces que surjan de los propios gobernados. Por ejemplo, nunca oponerse a competencias entre vacunas y las cambiantes metodologías de curación en un contexto evolutivo de auditorias cruzadas en base a marcos institucionales que aseguren el respeto recíproco y mucho menos generalizar los controles de precios como algunos han insinuado puesto que se generalizará la escasez y también irrumpirá el mercado negro hasta para el papel higiénico.

De todos modos, más de un político en funciones utilizará una y otra vez el coronavirus como paraguas protector de sus repetidas barrabasadas que apuntan a agrandar los tentáculos de un Leviatán de tamaño descomunal, lo cual nada tiene que ver con la responsabilidad principal del gobierno en lo que hoy son espacios públicos.

En otros términos y en última instancia es muy importante la vacunación intelectual contra el virus del estatismo que acecha por doquier y empeora notablemente cualquier situación y que tiende a esconder el asunto vital de la deuda y agrava el propio tema de la salud con controles y bandos ridículos que conducen a la escasez de lo indispensable para atender el problema. En estos quehaceres recordemos la sabiduría de Mafalda: “Lo único que no tiene garantía cuando se rompe es la confianza”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h