El plan quinquenal: la decadencia

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 17/12/18 en: https://www.ambito.com/el-plan-quinquenal-la-decadencia-n5005427

 

Desde el inicio de su mandato como jefe de Gobierno porteño quedó claro que Mauricio Macri provocaría la decadencia del país. Al llegar a la Nación siguió con el mismo “modelo”.

Mauricio Macri

Es imposible mejorar y ser eficiente, en cualquier actividad, sin competencia: no se puede ser buen tenista sin un contrincante, solo peloteando en un frontón, ni se puede ser un buen equipo de fútbol -como Riber, con la B de Bernabeu- solo tirando pelotas al arco. Por lo que solo la actividad privada en competencia -desregulada- es eficiente. En contraposición con la actividad estatal, que jamás es competitiva, o porque el Estado le garantiza “reservas de mercado” o porque, como Aerolíneas Argentinas, no compite realmente desde que el Estado le asegura “los goles”, es decir, que el Tesoro le gira todos los fondos necesarios para cubrir su déficit y, así, no tiene aliciente para ganar.

Por esto es que, un país es eficiente y crece en la medida del tamaño de su sector privado competitivo e, inversamente, decrece cuanto más se agranda su sector estatal. Así las cosas, desde el principio de su mandato en la CABA, quedó claro que Macri provocaría la decadencia del país: con la excusa de que, por ser opositor, la Nación no le giraba fondos, aumentó impuestos, regulaciones, empleados públicos y empresas estatales, es decir, aumentó la ineficiencia a costa del sector privado.

Y, al llegar a la Nación, como era de esperarse, continuó con el mismo “modelo” que dice que “es el correcto” y los burócratas internacionales lo apoyan -obvio, son burócratas estatales- con lo cual, como seguramente será reelecto según veremos, Argentina tiene por delante otro quinquenio de decadencia.

De los tres años de gobierno de Macri en la Nación, sólo en uno, 2017, el PBI creció, pero no verdaderamente, sino inflado gracias a créditos que supusieron un brutal aumento de la deuda -y de las tasas de interés, quitando recursos al sector privado-, siendo que en el acumulado registra una caída de algo más del 18%. Por su parte, el dólar aumentó casi 300% y, según Eco Go, la inflación acumulada se rondará el 158% a pesar de haber sido contenida por la recesión que dificulta inhibe que los empresarios aumenten precios, mientras que la suba de tarifas acumulada hasta este diciembre rondará el 280%.

Por cierto, quitar subsidios es de justicia si y solo si se les devuelve a los consumidores el correspondiente porcentaje de los impuestos con los que se solventaba ese subsidio, pero Macri “se quedó con el vuelto”: subió tarifas y no bajó impuestos, por el contrario, los subió provocando una fuerte -y muy injusta- caída en el poder adquisitivo de la gente. Mientras que en 2018 los salarios aumentaron sólo 31%, la suba interanual de precios terminaría en alrededor del 47,5%.

Dicen quienes justifican a Macri que, si bien los números no son buenos “se hicieron cambios estructurales” y que la culpa de la caída del PBI en 2018 habría sido de la sequía y la crisis cambiaria. Pues no hubo tal crisis, salvo en la imaginación de quienes no saben cómo justificar sus erradas predicciones, sino solo una previsible y justa apreciación del dólar.

Y no recuerdo que ninguna economía seria, ni Japón, ni EEUU, ni Alemania, que tuvieran caídas en el PBI por culpa de una sequía, o de un tsunami, o de un huracán como Katrina que destrozó, literalmente, a Nueva Orleans y el PBI de EE.UU. ni se inmutó. Si recuerdo, en cambio, que desde que China comenzó a realizar verdaderos cambios estructurales, “promercado”, su PBI entro rápidamente en una espiral de crecimiento de hasta el 13,5% anual llegando a ser hoy la segunda economía global.

Y la crisis argentina se profundiza. La construcción cayó 6,4% anual en octubre de este año, la industria 6,8%, el comercio minorista (CAME), la venta de autos 0 km y los despachos de cemento mostraron fuertes caídas mientras que la recaudación de la AFIP subió solo 34% anual, muy por debajo de una inflación que rondaría el 47%, proyección que pone en jaque al Presupuesto 2019. La Bolsa porteña cae más del 50% en dólares en lo que va de 2018 y empeora.

El 52% de los productores del campo cree que la situación de su empresa está peor que el año pasado, según SEA-CREA, a pesar de ser el sector más optimista, y un 70% de los consultados aseguró que no cree que estén dadas las condiciones para realizar inversiones. En el agro, las necesidades de financiamiento de las compañías serán mayores en la campaña 2018/19 respecto de la anterior, lo que se va a complicar notoriamente con estas altísimas tasas a partir de las de referencia que, del 70%, por ahora bajaron al 59%.

Por cierto, los REM del BCRA parecen un ranking de quién yerra más, habría que premiarlos con el récord Guinness. Todos los gurús empezaron diciendo que en 2018 se crecería alrededor de 3% y 3,5% en 2019 y lo peor del caso es que lo dijeron sin fundamento serio, pero aun así siguen pronosticando con la misma “certidumbre” y ahora dicen que, si bien habrá una caída del PBI de un -2,4% en 2018 y alrededor de -1% en 2019, en el famosísimo “segundo semestre” de 2019 empezaría la recuperación, dicen.

Entretanto, el FMI en octubre de 2017 estimó que el PBI en 2019 crecería 3,2% y ahora dice que caerá -1,7%. Si seguimos la curva de las proyecciones que venía haciendo (para 2019, +3,2%, luego +1,5% y ahora -1,7%) en marzo del año que viene dirá que el PBI caerá más del -3% en 2019 y aún más en 2020 y esto sí se acercará más a la realidad.

Además, tiene sentido lo que dicen muchos analistas -como el Estudio Broda– de que la curva de rendimientos de los bonos argentinos está indicando que el mercado tiene “serias dudas” sobre el financiamiento público a partir de 2020, cuando el programa financiero oficial asume que se recupera el acceso a los mercados de deuda en condiciones razonables. La asistencia del FMI se reduce y cubre 14,7% de las necesidades brutas. Y podría ocurrir una “reestructuración de deuda post 2019” salvo que el riesgo-país baje de los 500 puntos cuando hoy ronda los 750 y tiene ganas de seguir subiendo.

En el Gobierno insisten en que el rendimiento de los bonos que vencen luego de las elecciones “reflejan el riesgo político post electoral”. No es muy serio que en el mercado todavía se dude de la reelección de Macri y que esto traiga cierta incertidumbre.

Los mejores científicos políticos de EEUU tienen esto de las campañas muy estudiado. Las personas no votan racionalmente -de todos modos, los políticos dicen una cosa y luego hacen otra, de modo que no se los puede votar por sus programas- sino con “el corazón”. En particular, en el caso de las mujeres el proceso psicológico es muy parecido al de “elegir un marido”. Así, termina ganando básicamente quién tiene más y mejor publicidad y el oficialismo, al tener el aparato de gobierno, gana lejos en esto.

Además, más allá del discurso, la gente es conservadora, o sea, prefiere “malo conocido que bueno por conocer”. Total, que gana las elecciones quién va por la reelección en un porcentaje muy alto de veces: de los 24 presidentes -regulares, no como Gerald Ford que asumió por renuncia de Nixon- que fueron por la reelección en EEUU, 17 fueron reelectos, es decir el 70%, porcentaje que se eleva mucho en países con tendencias populistas como el nuestro. Así ganaron Menem, Cristina, Evo, Dilma Rouseff, Bachelet, Ortega, Santos, Correa, etc. Y pasa lo mismo a nivel diputados y senadores que van por la reelección, los “incumbents” que, según estadísticas recogidas por OpenSecrets.org, en más del 90% de los casos ganan la reelección.

O sea que Macri será reelecto, salvo una “catástrofe nuclear” que muy difícilmente ocurra. Ni siquiera el hecho de que el juez federal Claudio Bonadio haya citado a Franco y a Gianfranco Macri, padre y hermano del Presidente respectivamente, y aun recordando al “arrepentido” primo Calcaterra, podría cambiar esto.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

El 2019 será todo un desafío económico para Cambiemos

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 17/12/18 en: https://www.ambito.com/el-2019-sera-todo-un-desafio-economico-cambiemos-n5005402

 

Las tensiones en el mercado de cambios y financiero y la inflación serán predominantes para ver cómo llega el oficialismo a las elecciones de octubre.

El 2019 será todo un desafío económico para Cambiemos

El 2019 va a estar económicamente condicionado por factores políticos y otros puramente económicos. El factor político tiene que ver, obviamente, con las elecciones presidenciales, dato que en Argentina no es un tema menos porque vamos a los bandazos entre populismos autocráticos y populismos menos agresivos con los derechos individuales, pero ambos populismos al fin.

En lo estrictamente económico, el nivel de actividad, las tensiones en el mercado de cambios y financiero y la inflación, serán predominantes para ver cómo llega el oficialismo a las elecciones de octubre.

En lo que hace al nivel de actividad, los motores de la economía son tres. A saber: 1) consumo interno, 2) inversiones y 3) exportaciones.

Siendo que el ingreso real depende de la tasa de inversión y considerando que esta está estancada, se hace muy difícil imaginar que en los próximos meses el salario real vaya a recuperar terreno en forma significativa como para movilizar la economía. Es difícil imaginar un aumento artificial del consumo interno como en la era k porque ya no queda stock de capital para ser utilizado para financiar el consumo interno. Recordemos que en la era K el estímulo al consumo interno se basó, entre otras cosas, en consumirnos 12 millones de cabezas de ganado para tener, durante un tiempo, barato el asado de tira. Que nos consumimos el sistema energético estableciendo tarifas artificialmente bajas y financiando solo la compra de insumos dejando que el sistema energético se cayera a pedazos. Lo mismo se hizo con el agua potable, el transporte público, las rutas, los trenes, etc. Lo que la gente se ahorraba por consumir servicios públicos artificialmente bajos, se destinaba a pagar la cuota del televisor, el celular, etc., mientras se caía a pedazos la infraestructura del país.

También se financió el consumo confiscando los ahorros de aquellos que habíamos aportado a las AFJP, decisión que fue letal para el crecimiento económico porque se le quitó financiamiento de largo plazo a la economía argentina.

Todos estos artificios para financiar consumo interno no están a la vista y el acceso al crédito internacional para aumentar el gasto público y estimular el consumo interno va a estar restringido, por no decir ausente. De manera que se podría descartar el consumo como factor que movilice la economía. Lo mejor que podría ocurrir es que el salario real deje de caer.

Delirio

Suponer que la inversión se va a transformar en el motor del crecimiento económico en los próximos meses es casi un delirio. Nadie va a invertir en un país con la incertidumbre política que en particular tiene la Argentina ante cada elección, dada la inestabilidad en las reglas de juego. Hoy las encuestas muestran cierta paridad en intención de voto entre Macri y Cristina Fernández. Ambos tienen un núcleo duro de votantes de aproximadamente el 30% y el resto está desconforme con la gestión de Cambiemos pero tiene miedo a que vuelva el kirchnerismo. Todo parece indicar que la elección se va a definir entre la billetera y el rechazo a la vuelta del kirchnerismo. Ahí la clase media y la clase media baja van a definir el partido.

Ahora bien, como decía antes, supongamos que llegando a las elecciones se despejara el horizonte político y mostrara a un Macri ganando cómodamente las elecciones, ¿ese escenario podría traducirse en un mayor flujo de inversiones en el sector real de la economía que contrate personal, baje la tasa de desocupación, incremente la masa salarial y el consumo interno? Francamente veo bastante complicado que con encuestas que muestren una baja probabilidad de retorno del kirchnerismo vaya a producirse la lluvia de inversiones que no se produjo en estos 3 años que gobierna Cambiemos. Es que los cambios estructurales que se necesitan para atraer inversiones parecen ir más allá de la mayoría que necesitaría el oficialismo en el Congreso para implementarlas. Más bien todo parece indicar que no está en el espíritu o la filosofía de Cambiemos ir hacia las reformas estructurales necesarias, especialmente en materia de reforma del estado, del sistema tributario y de la legislación laboral.

Tanto el Presidente como sus principales laderos parecen despreciar la importancia de la macroeconomía y consideran que todo es un problema de gestión. Es decir, administrar eficientemente el Estado y los recursos de los contribuyentes. En definitiva, el principal error de Cambiemos es creer que un sistema intrínsecamente ineficiente, el populismo, puede transformarse en eficiente con un buen managment. Con esta carga tributaria, esta legislación laboral, este nivel y calidad del gasto público es impensable hasta una garúa de inversiones, de manera que hay que descartar que las inversiones vayan a movilizar la economía en 2019 aun con encuestas que muestren el escenario político despejado. ¿Por qué Cambiemos modificaría su política económica si no lo hizo en 2015 cuando tuvo oportunidad de contar en detalle la herencia recibida, ni en 2017 luego de haber ganado en forma categórica las elecciones de medio término?

El único motor que le queda para llegar hasta octubre con una economía que deje de caer como actualmente ocurre, será el de las exportaciones, siempre y cuando no dejen caer nuevamente el tipo de cambio real como hicieron en 2017. Si el tipo de cambio real se mantiene en estos niveles. Tanto el sector agropecuario, como las economías regionales, el turismo y alguna sustitución de importaciones puede frenar la caída en el nivel de actividad, pero tampoco debe esperarse una estampida de reactivación. Solo frenar el proceso recesivo en el que estamos al momento de redactar estas líneas.

En términos de actividad, el escenario es, a mi juicio, el planteado más arriba, sin embargo la mayor preocupación debería estar en no tener una crisis cambiaria y financiera.

Sabemos que el gradualismo requirió de endeudamiento externo para financiar el déficit fiscal. También sabemos que esos dólares de crédito externo había que transformarlos en pesos para pagar los sueldos, las jubilaciones, etc. y que el BCRA compraba esos dólares contra expansión monetaria que le entregaba al tesoro a cambio de las divisas de la deuda. Luego retiraba los pesos emitidos colocando Lebac, que lo llevó a acumular un stock de Lebac de $ 1,3 billones que se transformaron en inmanejables.

Esas Lebac fueron reemplazadas por las Leliq y a fines de año el BCRA tendrá un stock de Leliq de aproximadamente $800.000 millones pero pagando una tasa de interés todavía sustancialmente mayor a las que pagaban las Lebac. ¿Qué hace pensar que el cambio de las Lebac por las Leliq aleja el peligro cambiario y financiero?

El hecho que las Leliq las tengan los bancos y no los particulares no es un cambio estructural porque los bancos compran esas Leliq con los fondos de sus depositantes. El depositante no compara la tasa de interés contra la tasa de inflación. Compara la tasa de interés que le paga el banco contra el tipo de cambio esperado. Si estima que la tasa le va a ganar al dólar, sigue apostando a la tasa. Si cree que el tipo de cambio va a subir más que la tasa, retira su plazo fijo y compra dólares. Esta historia la vimos muchas veces en Argentina.

Supongamos que el inversor decide retirar sus depósitos a plazo fijo de los bancos, la pregunta es: ¿con qué le paga el banco si tiene Leliq en su activo? El banco tendrá que pedirle al BCRA que le de los pesos a cambio de las Leliq y el BCRA no tiene los pesos para pagar las Leliq. Tiene que emitirlos. De manera que el cambio de Lebac por Leliq no solucionó nada.

¿Qué puede llevar al inversor a salir del plazo fijo y pasarse a dólares? En primer lugar ningún inversor devenga indefinidamente sus ganancias. En algún momento las realiza. En segundo lugar, si el escenario político mostrara alta incertidumbre sobre el resultado de las elecciones de octubre podría generar un cambio de cartera. En tercer lugar, estos arbitrajes siempre saltan en el momento menos pensados y por la causa menos sospechada. Son muy inestables.

En síntesis, 2019 se presenta complicado para el Gobierno, no solo porque es un año electoral, sino porque tiene que lograr llegar a las elecciones con la economía dejando de caer en su nivel de actividad y rezando para que los inversores no decidan realizar sus ganancias en dólares antes de octubre por el arbitraje tasa versus dólar.

No será un año fácil en lo económico para la gente y para Cambiemos en particular 2019 se presenta como todo un desafío.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE  

¿Qué proponen los libertarios y por qué habría que escucharlos?

Por Adrián Ravier.  Publicado el 17/12/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/Que-proponen-los-libertarios-y-por-que-habria-que-escucharlos-20180116-0099.html

 

¿Qué proponen los libertarios y por qué habría que escucharlos?

Libertarios en la Argentina ha habido siempre. En su historia habrá que retroceder al menos unas cuantas décadas para ver que en los años 1950 Alberto Benegas Lynch padre fundaba, junto a algunos empresarios, el Centro para la Difusión de la Economía Libre, luego llamado Centro de Estudios para la Libertad. En estos centros se ofrecieron conferencias y publicaciones de libros de variados autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Leonard Read, Henry Hazlitt, Israel Kirzner o Murray Rothbard. Quizás haya algún lector que recuerde las seis conferencias multitudinarias de Mises en la UBA en 1959. Desde ya que la diferencia entre un liberal como Hayek y un libertario como Rothbard, fue siempre motivo de disputas internas entre libertarios, pero hoy no nos vamos a
detener en ello. Más bien, los tomaremos como compañeros de camino.

La posta la tomó su hijo Alberto Benegas Lynch (h), hoy Presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, quien fundó en 1978 la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE),
creando los primeros posgrados en Argentina. En sus cuatro Maestrías en Economía y Ciencias Políticas, Economía y Administración de Empresas, Derecho Empresario y Activos Financieros, los alumnos recibían los
fundamentos para defender la libertad individual, la propiedad privada, la economía de mercado y el gobierno limitado, además de los conocimientos específicos de cada programa.
Muchos de estos alumnos a su vez, formaron numerosas fundaciones e institutos pro mercado en distintas provincias, que como efecto cascada formaron a miles de jóvenes en las ideas de la libertad. Estos jóvenes hoy
quizás no son docentes o académicos prestigiosos (aunque algunos lo son, como el Dr. Eduardo Stordeur o el Dr. Nicolás Cachanosky), pero lideran y gerencian distintos departamentos de las principales compañías del país.
Martín Krause lo sucedió a Alberto Benegas Lynch (h) como Rector de este Instituto Universitario, donde también pasaron excelentes docentes como Juan Carlos y Roberto Cachanosky, Gabriel Zanotti, Enrique Aguilar, Gustavo Matta y Trejo o Ricardo Manuel Rojas (sin ánimo de ser exhaustivo).

¿Qué proponen los libertarios para esta Argentina? En una Argentina donde ya no podemos pensar la educación, la salud, las jubilaciones y pensiones, el cuidado del medio ambiente o la administración de la moneda y los bancos
sin el ente gubernamental como principal regulador, los libertarios proponen un debate necesario. Repensar una Argentina en la que podamos prescindir del Estado. Aspiran a que cada argentino pueda pagar su propia educación y la de sus hijos; que pueda cubrir sus costos sanitarios; que pueda elegir cómo y cuándo jubilarse y que su pensión dependa de los montos y años de aporte. Proponen, en definitiva, libertad y responsabilidad, para terminar con la “estatolatría” donde el Dios Estado es el que ofrece empleo y garantiza seguridad social porque, de hecho,
jamás ha garantizado otra cosa que pobreza. Repensar una Argentina donde este flagelo sea gradualmente erradicado a través del mercado, como viene ocurriendo en gran parte del mundo, incluidas China y la India (ver El
Gran Escape de Angus Deaton). Donde la libertad de empresa y la iniciativa privada sean el motor del empleo genuino, de la innovación, de la creatividad y de las oportunidades para alcanzar una vida mejor. Donde la igualdad que importa es “ante la ley”.
En una Argentina donde la policía respalda a las mafias, los libertarios piden, siguiendo a James M. Buchanan, desconfiar de la política, lo que en definitiva es fundamento para un gobierno limitado.
¿No es esto una utopía? Una sociedad sin estado es irrealizable en esta Argentina, sin dudas. El libertario desde luego está dialogando en un “plano ideal” que a muchos les parecerá lejano. Está debatiendo para una sociedad
futura, donde posiblemente la cultura anti-capitalista sea abandonada por otras creencias pro-mercado. Le preocupa entonces definir cuánto estado haría falta en ese estado ideal, y llega a la conclusión de que no sería
necesario ninguno, ni siquiera en justicia o seguridad.
Pero al margen de ese debate puro, también hay un mensaje que puede ser útil para nuestra Argentina y que deberíamos escuchar

¿Cuál es este mensaje? Que la Argentina presenta un gasto público desbordado que aunque se pudiera financiar cubre necesidades de gente que no necesita la ayuda estatal. El primer paso entonces es desmantelar ese Estado que ayuda al que no lo necesita. Que aquellos que pueden pagar educación o salud para sí y para sus familias, lo hagan. Que aquel que puede tener su propia pensión la tenga. Que aquel que puede pagar servicios públicos que cubran los costos lo haga. Que aquel que puede pagar el precio real del combustible lo pague también. De ese modo reducimos la mochila de impuestos, deuda e inflación que recae sobre las empresas y que evita que sean competitivas en un mundo abierto y globalizado. De ese modo habría empleos y mejores salarios reales para todos.
¿Y qué ocurre con los que no pueden pagar estas cosas? Para la educación y la salud existe la propuesta de vouchers de Milton Friedman. El libertario lo aceptará en la transición, aunque insistirá que ese dinero de los
cupones sale del bolsillo del contribuyente y que sólo será temporal.
Para las pensiones se deberá crear un sistema privado de aporte voluntario, que no tiene relación con lo que hubo durante el menemismo, y ni siquiera con el sistema que hoy rige en Chile. El sistema libertario de pensiones no
necesita que el gobierno autorice a ciertas empresas a operar, ni que fije comisiones, sino que simplemente se haga a un lado y permita la competencia. El mercado operará bien en su ausencia, como de hecho ocurre con la gran mayoría de bienes y servicios. Desde luego que para cubrir a los actuales pensionados se necesitarán pagar impuestos, pero debemos distinguir entre la solución al problema actual donde el Estado se consumió los ahorros de los actuales jubilados respecto del sistema previsional para el futuro.
Comparar al oficialismo con el mensaje libertario muestra lo moderado del gobierno de Mauricio Macri, que si bien en anuncios y conferencias promueve cierto relativo liberalismo, en la práctica encuentra inacción, quizás por los obstáculos que el libertario muchas veces pasa por alto.
Y aquí viene la pregunta: ¿Propone el libertario desmantelar hoy al Estado por completo? Habrá quien lo proponga, pero no es lo más usual. El libertario entiende que el Estado está sobredimensionado y sabe que corregir esto sólo puede redundar en mayor calidad de vida para todos. Sabe que en el plano político, la prioridad del gobierno es mantener el orden público, y que eso sólo se consigue atendiendo a lo que es políticamente viable en cada momento. Es por eso que la regla general que el gobierno debe seguir es bajar el gasto todo lo posible, mientras pueda mantener el orden público.
Y allí encontramos el gran dilema, ya que cierta mentalidad anti-capitalista impide avanzar en reformas profundas como las que el libertario propone. En este sentido, mientras el libertario busca abrir el debate en un plano teórico, también acepta en la política pública una transición ordenada que no deje a nadie sin sustento. En la búsqueda de ese camino está claro que ambos roles, el académico y el político, se deben retroalimentar.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.

The Natural Rate of Interest Rule

By Erwin Rosen and Adrian Ravier

 

Considerable research has been conducted on central bank
monetary policies. Particular attention has been focused on policies that
have the potential to ensure “sound money,” the symptoms of which
are full employment and economic stability. Debate has centered on
employing rule-based strategies to improve the monetary policies of
the Federal Reserve Bank (“the Fed”). This article reviews the Fed’s
performance with particular emphasis on its contribution to the 2008
crisis and then suggests an alternative policy which, had it been in place
would have dampened the most recent boom and bust. This alternative
is the application of a monetary rule that follows Wicksell’s monetary
equilibrium doctrine. Although the proposed rule would not eliminate
short-term price fluctuations, it should create consistent, inflation-free
economic stability, a condition for sustained growth which the U.S. has
not seen since the Fed’s inception.

https://mises.org/sites/default/files/QJAE%2017%20no%204%20Winter%202014%20Rosen_Ravier%20.pdf

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.

Enrique VI: El líder que no quería serlo

Por Luis del Prado:

 

El Rey Enrique V se enferma de disentería en 1422, y muere en el Castillo de Vincennes, pocos días antes de cumplir los 35 años de edad, sin haber podido consolidar los logros derivados de sus victorias en territorio francés.

Lo sucede el único hijo que tuvo con su esposa Catalina de Valois, hija del rey francés Carlos VI, quien es coronado a los nueve meses de edad como Enrique VI, Rey de Inglaterra y de Francia.

Un consejo dependiente del Parlamento gobernó el país hasta su mayoría de edad en 1437. A los 24 años Enrique se casa con Margarita de Anjou, hija del Rey de Nápoles.

Desde su llegada a Inglaterra, Margarita  tuvo una influencia determinante en su esposo, provocando las iras y los celos de los nobles ingleses, que la tacharon de intrusa.  La debilidad de carácter del rey hizo que Margarita se convirtiera en líder de la Casa de Lancaster, convirtiéndose en la referencia opositora de la Casa de York.

Su posición en la corte se reforzó considerablemente cuando dio a luz, tras ocho años de matrimonio, a su único hijo, Eduardo de Westminster, príncipe de Gales, el 13 de octubre de 1453. A partir de este hecho, los partidarios de la casa de York vieron frustrarse sus planes de un cambio dinástico.

En esa misma época Enrique comenzó a dar muestras de desequilibrio mental. Durante más de un año la enfermedad se apoderó de él haciendo que no fuera consciente de nada de cuanto ocurría a su alrededor, ni siquiera del nacimiento de su hijo y heredero, el príncipe Eduardo.

Algunos historiadores afirman que Enrique heredó la enfermedad mental de su abuelo materno, Carlos VI de Francia, quien durante los últimos treinta años de vida se vio asaltado por periodos intermitentes de locura.

En 1455 comenzó la Guerra de las Dos Rosas con la batalla de St. Albans. Allí se enfrentaron las tropas de la Casa de Lancaster, conducidas por el Duque de Somerset y leales al Rey, contra las del duque de York. Este último capturó a Enrique, herido en el cuello por una flecha. Con el rey en su poder, se hizo nombrar Lord Protector de Inglaterra. Era vital para él que Enrique continuara con vida, puesto que tenía escaso apoyo entre la nobleza, por lo que la corona habría ido a parar al heredero Eduardo, de solo dos años.

Y, desde luego, la regencia la hubiera ejercido la irreductible Margarita, quien se enfrentó duramente al Duque de York, principal enemigo de su marido. En apariencia Ricardo, al principio, pretendía solo apartar al rey de los malos consejeros. Pero muy pronto se reveló su verdadera motivación, que consistía en ocupar el lugar del Rey, considerándose el heredero legítimo de la corona.

Seguramente el débil Enrique hubiera cedido a cualquier condición en aras de la concordia, pero su esposa no era del mismo parecer. Margarita se enfrentó a las pretensiones de los York e hizo un llamamiento a sus partidarios para que tomaran las armas.

Tras varias semanas de negociaciones, se alcanzó un acuerdo mediante el cual Enrique VI podría conservar el trono de por vida, pero York y sus descendientes serían reconocidos como únicos herederos de la corona, corriendo de la línea de sucesión al príncipe Eduardo, el heredero legítimo.

Naturalmente Margarita de Anjou no estaba dispuesta a consentir que su hijo fuera despojado, por lo que luchó hasta las últimas consecuencias por sus derechos.

Ambos ejércitos volvieron a encontrarse en una nueva batalla, y esta vez fue York el que perdió la vida. Pero el ambicioso duque dejaba un hijo que reaccionó con rapidez y logró apoderarse del trono, coronándose como Eduardo IV en 1461.

Aunque Eduardo pudo acceder al trono, tanto Enrique como Margarita lograron escapar. Durante tres años el rey depuesto fue tan solo un vagabundo que erraba por la frontera de Escocia, viviendo de la caridad mientras la reina asumía el liderazgo de la resistencia.

En 1464 un nuevo enfrentamiento entre ambos bandos condujo a otra derrota de los Lancaster. Enrique finalmente fue capturado y conducido a la Torre de Londres. Allí habría de permanecer prisionero durante cinco años.

Hubo un breve lapso en el que Enrique pudo abandonar la Torre y fue tratado de nuevo como Rey. Fue una breve restauración que terminó cuando Eduardo regresó y derrotó a los Lancaster, en una batalla en la que murió el hijo de Enrique, que perdía la vida con solo diecisiete años. Finalmente, Enrique VI fue asesinado en la Torre en 1471.

Tomás Moro afirmaba que el asesino había sido el hermano del Rey Eduardo IV (el futuro Ricardo III), pero esto no está demostrado.

Enrique VI es una de las primeras obras escritas por William Shakespeare y, como en varias otras obras de esa etapa, aparecen mujeres con una determinación y vigor que les posibilitan producir cambios significativos y ocupar roles protagónicos.

En este caso se trata de Juana de Arco, quien le arrebata a Enrique VI el trono de Francia y todas las posesiones en suelo francés que había conquistado su padre y Margarita de Anjou, su esposa y posteriormente su viuda.

Estas mujeres tienen en común el hecho de haber peleado para ocupar el poder y de ser  muy seguras de sí mismas. Juana de Arco, la heroína adolescente de la Guerra de los Cien Años se transformó en la encarnación de la mujer que rompió todas las barreras.

A pesar de los sentimientos anti-franceses y anti-católicos que prevalecían en Inglaterra, Shakespeare retrata a Juana como una líder carismática que superó las restricciones de su sexo y lideró el ejército francés. Además, trascendió las barreras de su clase social al lograr que los nobles siguieran a una campesina.

Juana desafiaba a sus seguidores y al sistema: se vestía como un hombre y embistió contra el poder establecido. El desenlace es conocido: fue perseguida, procesada (históricamente por los franceses, según Shakespeare por los ingleses) y quemada en la hoguera.

A los diecinueve años, encadenada y exhausta, soportó durante varios meses el interrogatorio de un tribunal manipulado y presidido por un juez cínico que tenía la orden de aniquilarla.

La famosa réplica de Juana, una joven campesina iletrada, a las acusaciones de que era objeto, demostraron que poseía un grado de sabiduría sorprendente. Cuando el Tribunal la acusó de haberse ido de su casa desobedeciendo a sus padres y embarcándose en una misión sin su consentimiento, Juana dio una magnífica lección de teología: “Como fue mandato de Dios, aunque hubiera tenido cien padres y madres, aunque fuera hija del Rey, hubiera seguido yendo”.

La actitud de Shakespeare hacia Juana de Arco va cambiando a medida que avanza la obra: en las primeras escenas, Juana es una mujer encantadora y adorable que tiene a Dios de su lado. Luego el personaje se va transformando en una asesina de héroes ingleses y una bruja, hasta llegar a ser la encarnación misma del demonio.

El patrón se repite con Margarita de Anjou: al principio es una mujer joven, de espíritu libre, inteligente y valiente, que se convierte en un personaje central de la Guerra de las Rosas. Luego cambia la actitud de Shakespeare hacia ella y va transformando su personaje en alguien que solo es motivado por su afán de venganza y que, además, es extranjero.

Da la sensación que Shakespeare estaba fascinado y a la vez repelido por este tipo de presencia femenina. Por eso las pinta sin términos medios: ángeles o demonios.

Lo cierto es que Enrique VI sufría ante la posibilidad de ejercer el poder. Cuando finalmente tuvo que asumir el cargo, debido a que cumplió la mayoría de edad, se convirtió en un líder ausente. Es el tipo de líder que está solamente de manera física, pero no tiene un compromiso con su posición. El líder ausente es egocéntrico y no asume su cargo con responsabilidad.

El casamiento con Margarita de Anjou le otorgó a Enrique un reemplazo a la figura del Regente. Mientras fue menor, el Regente asumió la pesada carga de gobernar. Cuando no tuvo más remedio que asumir dicha carga, buscó en su esposa alguien en quien depositarla.

Si bien no lo hizo formalmente, Enrique en la práctica, abdicó en favor de su mujer, a quien le entregó el poder voluntaria e intencionalmente, de tal manera de quedar libre de toda responsabilidad por los resultados de sus acciones.

Con la historia de Enrique VI, Shakespeare nos muestra cómo se escabulle el poder. Enrique V construyó heroicamente un imperio, pero su hijo cometió tantos errores fruto de su falta de vocación para gobernar, que terminó vagando por el campo, solo, como si fuera un humilde pastor.

Ser líder significa emprender un viaje duro, frío y solitario que requiere altas dosis de convicción, esfuerzo y tenacidad. A las personas que no tienen el fuego sagrado, como es el caso de Enrique VI, ese camino se les transforma en una carga imposible de soportar porque falta la pasión. Solo con pasión puede combatirse el miedo y seguir adelante.

Lamentablemente no heredó la vocación por el poder de su padre Enrique V, quien decidió tomar riesgos y aprender fuera de su zona de confort.

Convivió con el hombre común y tuvo amigos y maestros que no pertenecían a la nobleza. Esa experiencia, sumada a su carisma, fue fundamental para poder convertirse en un gran líder, algo para lo que se preparó toda su vida.

Enrique V murió demasiado joven, sin la posibilidad de hacer una transición ordenada. Su único hijo heredó el poder a los nueve meses de edad, en una situación amenazante, ya que el regente quería aprovecharse de su debilidad de carácter y de sus problemas mentales para generar un cambio de dinastía a favor de los York, familia de la cual era la cabeza.

Un proceso de sucesión ordenada tiene tres dimensiones: cognitiva, organizacional e interpersonal.

La dimensión cognitiva implica aprender acerca de la organización y su cultura, adquirir conocimientos técnicos y entender las principales variables. La dimensión organizacional consiste en desarrollar un conjunto de expectativas compartidas con los seguidores, resolver conflictos y construir un equipo sólido en el cual apoyar su gestión. Por último, la dimensión interpersonal implica construir relaciones basadas en la confianza y el respeto con sus colaboradores.

La transición de Enrique V a Enrique VI no pudo transitar ninguna de esas tres dimensiones.

La calidad de un liderazgo no se reduce ni a ciertas características de personalidad ni a un conjunto de habilidades adquiridas, ni mucho menos a la portación de poder.

Un buen líder es el resultado de una combinación de elementos, cada uno de los cuales representa un factor que se puede optimizar, es decir, una oportunidad de mejorar las capacidades de conducción.

Sin embargo, así como algunos factores son más sencillos de modificar, otros están muy arraigados  y constituyen un núcleo muy resistente, cuya transformación puede resultar sumamente dificultosa, sino imposible.

Dentro de este último grupo de factores que se sitúan en las raíces del árbol del liderazgo, está el carácter, entendido como la disposición a asumir el rol de líder cuando se presentan las circunstancias. Freud reconoció que el modo de obrar, de pensar y de sentir de una persona lo determina, en gran parte, la especificidad de su carácter.

Los rasgos del carácter son subyacentes a la conducta y deben deducirse de esta. El carácter constituye una fuerza de la que, a pesar de ser poderosa, la persona puede estar inconsciente hasta que se manifiesta en alguna situación determinada.

Esta cuestión explica el fracaso de Enrique VI, el Rey que no quería serlo. Si la disposición a liderar no existe, deja de tener sentido el análisis de todo lo demás.

Anexo:

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

AHORA HAY TIRAPIEDRAS EN EL SENO DEL G20

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

De tanta manifestación antiglobalización en las calles y tanta piedra contra los representantes del G20 en distintas partes del mundo, resulta que algunos de los encumbrados miembros han comenzado a arrojar piedras ellos mismos, comenzando por el presidente estadounidense que se ha constituido en principal crítico de la globalización. También se esbozan imitadores en la misma mesa del G20 (para no decir nada de las mafias rusas en el poder, la dictadura turca o el representante saudí…sobre el caso chino comentamos más abajo).

 

Globalización quiere decir intercambios abiertos de bienes y servicios como consecuencia de los notables progresos en las comunicaciones, en los transportes y en la tecnología en general. Esto en el contexto de un capitalismo donde el conocimiento cada vez ocupa una posición relativa mayor respecto al capital físico. Desde siempre cuando se parla de las tasas de capitalización se alude al conocimiento puesto que lo inerte no significa nada si no es primero pensado, construido y aplicado.

 

Es en verdad paradójico que en la era del conocimiento y el consecuente menor peso relativo de la materia se esté en pleno materialismo filosófico. George Gilder apunta en esa dirección en su obra titulada The Quantum Revolution in Microcosm: Economics and Technology en la que se alarma del materialismo filosófico imperante (o determinisno físico para recurrir a terminología popperiana), una “superstición” que se traduce en “la idea que la mente es materia”, sin embargo “la actividad del cerebro siempre ocurre bajo el dominio y la influencia de la mente autónoma”. Gilder reitera que “La idea de la computadora como una mente es el ídolo de la superstición materialista” puesto que “la computadora que es el cerebro tiene que ser programada y operada por una agencia capaz de entendimiento independiente”. Concluye que el determinismo físico “es parte de un pacto de Fausto: un trato con el diablo por el que incorporamos fabulosas máquinas a cambio de nuestras propias almas” ya que “Una teoría intelectual que materializa o mecaniza a los teóricos es autodestructiva. La psicología behavorista, la biología determinista y la física materialista son disparates incomprensibles porque eliminan al científico y su objetivo trascendental de la búsqueda de la verdad”.

 

El actual mandatario estadounidense toma a competidores internacionales como una amenaza en lugar de aceptar que se trata de un progreso conjunto, de allí los absurdos conflictos que desata. Es del caso insistir en que la China de hoy libera energías en algunas zonas con un resultado espectacular mientras conculca libertades civiles, lo cual constituye un trade off  nefasto para el oxígeno que requieren las autonomías individuales. Pero este no es el disgusto de Trump, se trata de la porción de éxito comercial de China (“depredadora” le mandó decir en Buenos Aires). El futuro no lo conocemos pero en el caso de China hay dos visiones contrapuestas. Por un lado Guy Sorman con su China, el imperio de las mentiras donde vaticina una intensificación del espíritu autoritario, mientras que Eugenio Bregolat en La segunda revolución china pronostica que las restricciones a las libertades individuales van a ceder frente a espacios crecientes de procesos abiertos de mercado.

 

El proceso evolutivo de la globalización incluye tecnologías de alta sofisticación como es la robotización que al igual que otros adelantos en la productividad liberan recursos humanos y materiales para atender otras necesidades y el empresariado está especialmente interesado e incentivado en generar capacitaciones a los efecto de sacar partida de la novedad en cuanto a la antedicha liberación de los siempre escasos factores productivos.

 

La reunión del G20 en Buenos Aires con la ciudad blindada y con algunas filtraciones del bochornoso episodio Boca-River en las agendas, ofreció un excelente y en justicia muy ponderado espectáculo en el Teatro Colón pero nada sustancioso y distinto a las generalizaciones de rigor no exento de contradicciones resultó el espectáculo por el cual se reunieron. También hubieron algunos encuentros bilaterales, no siempre en dirección a eliminar las consabidas trabas impuestas por los gobiernos al efecto de permitir que los privados concreten negocios en paz sin  la mochila del Leviatán. En un sesudo y documentado artículo en Infobae  Ian Vásquez se pregunta “más allá del teatro político ¿para qué sirve el G20?”. Por su parte, en una demostración de notable capacidad de síntesis, Eduardo van der Kooy apuntó que, dados los sucesos argentinos, en la reunión de marras “la realidad se enredó con la ficción”.

 

Donald Trump, al igual que otros empresarios que ven oportunidades de arbitrajes, como se ha señalado desde Adam Smith, no tienen porqué conocer de economía y derecho. El gobernante estadounidense no comprende las ventajas del comercio libre. Como destaqué en otra oportunidad y ahora resumo, una de las falacias más recalcitrantes de nuestra época consiste en sostener que es muy bueno para un país exportar y es inconveniente importar, o dicho en otros términos el objetivo debiera ser exportar más de lo que se importa al efecto de contar con un “balance comercial favorable”.  Esta conclusión deriva del mercantilismo del siglo xvi que seguía el rastro de las sumas dinerarias, sin percatarse que una empresa puede tener alto índice de liquidez y estar quebrada. Lo importante para valorar la empresa o el estado económico de una persona es su patrimonio neto actual y no su grado de liquidez.

 

En última instancia, el mercantilismo se resumía en que en una transacción el que gana es el que se lleva el dinero a expensas de quien obtiene a cambio un bien o un servicio. Esto en economía se conoce como el Dogma Montaigne pues ese autor desarrolló lo dicho en el contexto de la suma cero: “la pobreza de los pobres es consecuencia de la riqueza de los ricos”, sin comprender que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes ganan y que la riqueza es un concepto dinámico y no estático. El que obtiene un servicio o se lleva un bien a cambio de su dinero  es porque valora en más lo primero que lo segundo, lo cual también sucede en valorizaciones cruzadas con el vendedor que valora en más la suma dineraria recibida a cambio.

 

Lo ideal para un país es que sus habitantes puedan comprar y comprar del exterior sin vender nada, pero lamentablemente esto se traduciría en que el resto del mundo le estaría regalando bienes y servicios al país en cuestión y en nuestras vidas apenas si podemos convencer a nuestros familiares que nos regalen para nuestros cumpleaños. Entonces, reiteramos, lo ideal es contar con el balance comercial más “desfavorable” posible pero las cosas no permiten proceder de esa manera por lo que no hay más remedio que exportar para poder importar o utilizar el balance neto de efectivo como veremos a continuación.  El objetivo de un país y el objetivo de cada persona es comprar no vender, la venta o la exportación es el costo de  comprar o importar.

 

Lo relevante no es el balance comercial sino el balance de pagos que siempre está equilibrado en un mercado abierto tanto en un país como en cada persona. Veamos el asunto más de cerca, el balance de pagos significa que los ingresos por ventas o exportaciones son iguales a los gastos por compras o importaciones más/menos el balance neto de efectivo o cuenta de capital. Por ejemplo si una persona o un grupo de ellas (país) recibe en un período determinado ingresos o exportaciones por valor de 100 y sus compras o importaciones en ese mismo período fueron 400 quiere decir que su balance de efectivo o el uso de los capitales asciende a 300: 100 = 400 – 300 o si al ingresar o exportar por 200 sus gastos o importaciones fueron 50 el balance de pagos será 200 = 50 + 150 y así sucesivamente. Nunca hay desequilibrios en el balance de pagos.

 

Si alguien dijera que conviene solo exportar y evitar importaciones haría que el valor de la divisa extranjera se desplome con lo cual se frenan las mismas exportaciones que se desean promover. El mercado cambiario regula los brazos exportadores e importadores. Claro que si los gobiernos manipulan el tipo de cambio y las deudas externas gubernamentales sustituyen las entradas genuinas de capital, todo se trastoca.

 

Si un país fuera absolutamente inepto para vender al exterior y no es capaz de atraer capitales, nada tiene que temer en cuanto a desajustes en sus cuentas externas puesto que nada podrá comprar del exterior.

 

Pero en el fondo subyace otra falacia de peso y es que los aranceles puede promover la economía local. Muy por el contrario, todo arancel significa mayor erogación por unidad de producto lo cual se traduce en un nivel de vida menor para los locales puesto que la lista de lo que pueden adquirir inexorablemente se contrae. En realidad el “proteccionismo” desprotege a los consumidores en beneficio de empresarios prebendarios que explotan a sus congéneres.

 

En no pocas evaluaciones de proyectos hay quebrantos durante los primeros períodos que naturalmente se estima serán más que compensados en períodos ulteriores. Entonces si en un emprendimiento se comprueban pérdidas proyectadas durante las primeras etapas, son los empresarios en cuestión los que deben absorber los quebrantos del caso y no pretender endosarlos sobre las espaldas de los contribuyentes vía los aranceles. Y si esos empresarios no cuentan con los recursos suficientes pueden vender el proyecto para participar con otros socios locales o internacionales. A su vez si nadie en el mundo se quiere asociar al proyecto es por uno de dos motivos: o el proyecto es un cuento chino (lo cual es bastante habitual en el contexto de “industrias incipientes” mantenidas en el tiempo) o estando el proyecto bien evaluado aparecen otros más urgentes y como todo no puede llevarse a cabo simultáneamente, deberá esperar su turno o dejarlo sin efecto.

 

Si se comienza a preguntar cuales cosas se podrían fabricar como si estuviéramos en Jauja y todos estuvieran satisfechos, quiere decir que no hemos entendido nada de nada sobre economía. En verdad la cuestión arancelaria no es diferente de los efectos que tendrían lugar si se impusieran aduanas interiores en un país o si un productor de cierto bien en el norte descubre un nuevo procedimiento para producirlo y consecuentemente lo puede vender más barato y mejor, pero en el sur lo bloquean debido a que los de la zona lo fabrican más caro y de peor calidad. Este es el mensaje de los funcionarios de las aduanas de todas partes: “no vaya usted a traer algo mejor y de menor precio porque perjudicará gravemente a sus congéneres”.

 

A juzgar por los voluminosos “tratados de libre comercio” aún no se comprendió que las cerrazones perjudican especialmente a los países más pobres puesto que el delta en productividad es mayor respecto a los más eficientes. Resulta tragicómico que se sostenga que los referidos tratados deben realizarse entre países iguales, cuando precisamente como en todo comercio la ventaja estriba en la desigualdad puesto que entre iguales no hay nada que comerciar.

 

Sin duda que si los gobiernos introducen dispersiones arancelarias se crea un embrollo que conduce a cuellos de botella insalvables entre las industrias finales y sus respectivos insumos.

 

Entre otros despropósitos se argumenta que el control arancelario debe establecerse para evitar el dumping, lo cual significa venta bajo el costo que se dice exterminaría la industria local sin percatarse que el empresario, si el bien en cuestión es apreciado y la situación no se debe a quebrantos impuestos por el mercado, saca partida de semejante arbitraje comprando a quien vende bajo el costo y revende al precio de mercado. Pero generalmente nadie se toma siquiera el trabajo de verificar la contabilidad del proveedor en cuestión, lo único que preocupa a comerciantes ineficientes es que se colocan productos y servicios a precios menores que lo que con capaces de hacer ellos. Lo peligroso es el dumping gubernamental puesto que se realiza forzosamente con los recursos del contribuyente (por ejemplo el déficit de las mal llamadas empresas estatales), de todos modos, en este caso, los perjudicados son los residentes en el país que impone esta medida pero son beneficiarios quienes reciben en el exterior regalos a través de bienes más baratos que los que se ofrecen en el mercado.

 

Es paradójico que se hayan destinado años de investigación para reducir costos de transporte y llegados los bienes a la adunada se anulan esos tremendos esfuerzos a través de la imposición de aranceles, tarifas y cuotas. Hay un dèjá vu en todo esto. Debemos realizar los esfuerzos intelectuales necesarios para que no se generalicen en el G20 los tirapiedras contra la globalización.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

Un sistema perverso no se arregla con un buen management

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 11/12/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/12/11/un-sistema-perverso-no-se-arregla-con-un-buen-management/?fbclid=IwAR2RvoFZjzI69D4Gd_2M-C6kBN6akOL_DGfInlLVI4dL21X6ZJlgh-0Afv8

 

El Gobierno cayó en el error de dejar que sectores de la sociedad le reclamen al Estado que le quite a otro el fruto de su trabajo para que se lo dé al que no le pertenece. Al cumplirse 3 años desde que Cambiemos llegó al Gobierno, queda claro que su política económica no obtiene el mínimo de logros para conseguir el aprobado

En general, en los primeros 3 años de Gobierno, Mauricio Macri no ha podido dominar la economía, ni aun tomando el criterio que pidió para que evalúen su gestión: “cuánto disminuyó la tasa de pobreza”, ya que dudo seriamente que en un año le vaya a dar positivo el resultado.

El grave error de Cambiemos, y del Presidente en particular, fue creer que un sistema intrínsecamente ineficiente (el populismo) puede ser transformado en eficiente con un buen management. Mauricio Macri y sus principales colaboradores despreciaron la macro y creyeron que podían gestionar la herencia recibida.

Ese fue el error más grosero que cometieron porque a los problemas heredados le agregaron otros como el arbitraje tasa versus dólar, primero con las Lebac y ahora con las Leliq, que constituyen un polvorín en el que no puede haber la más mínima chispa.

Pero más grave aún, al considerar que no hacía falta un plan económico porque pensaron que podían administrar el desastre recibido, mostraron no comprender cómo funciona el proceso económico. El hecho de que muchos de ellos provengan del mundo empresarial no los hace conocedores del funcionamiento de la economía y su estrecha relación con la calidad institucional.

Sobre el tema institucional cometieron otro error, creer que porque Macri se sentara en el sillón de Rivadavia y Cristina Fernández de Kirchner se fuera derrotada, iban a llover las inversiones. Otro grosero error de apreciación.

Sin duda Argentina tiene mucha mejor imagen hoy ante el mundo, pero no por eso alguien va a venir a hundir una inversión con esta carga tributaria, esta legislación laboral y este nivel de gasto público alto e ineficiente.

Nuevamente, sobre el nivel de gasto público parecen no haberse preocupado demasiado y creyeron que el gradualismo iba a llevar a un crecimiento sostenido de la economía que, combinado con un gasto público congelado en términos reales, iba a termina licuando su peso sobre el PBI. El problema es que nunca dijeron por qué iba a crecer la economía. Pensaron en la magia de Mauricio Macri como presidente, de otra forma no se explica lo que hicieron.

Un espejo donde mirarse

Es más, no le dieron mucha importancia al gasto público/PBI si, como creyeron, en Europa el peso del Estado sobre la economía es similar y tienen un buen nivel de vida. Basta con ver lo que está ocurriendo en Francia en estos días para advertir que Europa, o buena parte de ella, está agobiada por el Estado de bienestar que aquí quieren copiar.

Si uno observa la evolución de la tasa de crecimiento del PBI por habitante en los últimos 56 años de las naciones que integran la Unión Europea puede ver una clara tendencia decreciente. De crecer a un ritmo en la banda del 4/6 por ciento anual, terminaron en el rango del 0/2 por ciento de aumento del PBI por habitante.

Como puede observarse en los gráficos previos, la UE y Francia, actualmente con serios conflictos en las calles, tienen un dibujo similar de tendencia hacia el estancamiento y menor tasa de aumento del PBI por habitante, por lo tanto, no es el mejor ejemplo a tomar para decir que en Argentina el problema no es el nivel de gasto público sino su calidad y que hay que administrarlo bien como en Europa.

En Argentina tenemos los dos problemas y Cambiemos creyó que podía solucionarlo con una buena gestión de un gasto público gigantesco, que impide todo crecimiento económico porque espanta las inversiones y eso lleva a que nunca se dé la licuación del gasto sobre el PBI por crecimiento de éste.

Pero, si de instituciones se trata, no es solo que el Gobierno no esté copado por una banda de delincuentes y corruptos. La calidad de las instituciones tiene que ver con que el Estado puede transformarse en ladrón para robarle el fruto del trabajo a quienes todos los días se esfuerzan por producir para repartirlo entre quienes viven a costa del trabajo ajeno.

El ABC de la equidad tributaria

Como dice el genial Fréderic Bastiat en su ensayo La Ley, refiriéndose a cómo la ley fue pervertida, “el gobierno ha puesto la fuerza colectiva al servicio de quienes quieran explotar, sin riesgo y sin escrúpulos, la persona, la libertad o la propiedad ajenas; ha convertido la expoliación, para protegerla, en derecho y la legítima defensa en crimen, para castigarla”.

Este ensayo, que fue escrito en 1850 tiene total vigencia en la Argentina actual cuando uno ve a los piqueteros “exigir” planes sociales y al Gobierno negociar con ellos. El Estado no tiene ningún derecho a negociar con nadie el fruto del trabajo ajeno.

¿Qué es lo que ocurre en este caso? En vez de que los piqueteros vengan a robarnos directamente, lo mandan al Estado a robarnos en nombre de la solidaridad social. Y el robado, que somos los expoliados impositivamente, pasamos a ser delincuentes si queremos defendernos de la expoliación impositiva, cuando no somos tildados de insensibles sociales. En definitiva, el orden jurídico es dado vuelta y el Estado, que tiene el monopolio de la fuerza para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas, utiliza ese monopolio de la fuerza para quitarle al que produce y dárselo al que no produce.

Bajo estas condiciones, se va desestimulando la inversión, la economía genera cada vez menos riqueza y la inseguridad jurídica es la regla que impera porque el Estado, en cualquier momento, puede recurrir a la expoliación impositiva o a la confiscación directa para financiar a los grupos que mayor presión hacen para quedarse con el fruto del trabajo ajeno.

Bajo este sistema, en que los diferentes sectores de la sociedad van a reclamarle que el Estado le quite a otro el fruto de su trabajo para que se lo dé al que no le pertenece, es un sistema perverso. Es un sistema que está basado en el robo de la riqueza y no en la generación de riqueza. Por eso decía desde el inicio, que Cambiemos cometió el grosero error de creer que un sistema perverso como este podía funcionar si tenía un buen management.

Ningún sistema económico basado en el robo legalizado, como lo llama Bastiat, puede funcionar con un buen management. Por definición está destinado al fracaso. Cambiemos no entendió la relación entre economía y calidad institucional.

Si Cambiemos logra ganar un segundo mandato y quiere tomar revancha de estos tres años de malos resultados económicos, va a tener que entender mejor cómo funciona la economía y su estrecha relación con la calidad institucional. Gerenciar “eficientemente” un sistema perverso no es el camino para terminar con 70 años de decadencia.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE