POR QUÉ NO SOY CONSERVADOR, AUNQUE SÍ CONVERSADOR :-)

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 1//719 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/07/por-que-no-soy-conservador-aunque-si.html

 

La grieta entre los liberales MUY críticos del Catolicismo y los liberales católicos o admiradores del Catolicismo siempre existió. En 1947 Hayek propuso que la Mont Pelerin se llamara Acton-Tocqueville en honor a esos dos grandes pensadores católicos. Pero parece que muchos pusieron el grito en el cielo. Por eso se decidió poner el nombre el monte del cual estaban cerca.

Y hasta bien avanzados los 80, la grieta se… Disimulaba. Eran otros tiempos. Había que tener el casco puesto contra los soviéticos y de otros temas se hablaba por la bajo. Y listo. Yo lo viví. No en 1947 (bueno, creo) pero mi foja de servicios a la causa liberal comenzó en 1974 y era sencillamente así.

Ahora la cosa se ha complicado. Algunos liberales están diferenciándose fuertemente de lo que llaman conservadores. Estos últimos, aunque acepten la economía de mercado y un cierto liberalismo institucional, estarían “en contra de” la homosexualidad, el matrimonio homosexual, el aborto, las drogas, la pornografía, la eutanasia y etc. En cambio, un “verdadero liberal” tiene que estar “a favor de” todo ello. Y obviamente un liberal católico queda entonces como un conservador, y los conservadores no creyentes, muy amigos de ciertos creyentes (porque mejor no hablemos de OTROS creyentes, muy activos en Roma).

El problema es que allí se está manejando mal la dicotomía “estar a favor de” o “estar en contra de”. Independientemente de los casos de aborto y eutanasia, donde lo que está en juego es el derecho a la vida y por ende el debate pasa por otro lado, los liberales, sean católicos o marcianos, nunca han estado “en contra de” la libertad individual de nadie, sea homo, hetero o vulcano. Que yo recuerde, y no creo haberlo aprendido de la nada, el liberal defiende la libertad religiosa, de expresión y de enseñanza entendidas como el derecho a la ausencia de coacción sobre la propia conciencia, y el derecho a la intimidad como el derecho a que las acciones privadas de los seres humanos estén fuera de la autoridad de los magistrados. Por lo tanto, un liberal, desde un punto de vista político, no está “a favor de” la homosexualidad o la heterosexualidad, sino “a favor de” las libertades individuales y el derecho a la intimidad de todos, o sea, un liberal, desde un punto de vista político, defiende el derecho a la ausencia de coacción sobre todo aquello que no afecte de un modo directo derechos de terceros, aunque obviamente las externalidades negativas presentan zonas grises que siempre se han discutido con altura y tranquilidad.

Y de igual modo un liberal, desde un punto de vista político, no está “en contra de” la homo o la heterosexualidad, sino que está en contra de que se coaccione a alguien contra su conciencia en esas materias.

¿Es tan difícil? Yo lo escribí claramente en 1989 y no creo haber inventado nada. Me da pena a veces que sobre algo tan claro haya tanta confusión.

Circula mucho que el liberal defiende “el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo”, PERO sin distinguir en esa definición lo legal de lo moral, distinción que es elemental.Legalmente, otra vez, lo que haya el prójimo y no atente contra derechos de terceros debe ser custodiado en tanto que el estado no tiene por qué intervenir. Pero moralmente hay proyectos de vida del prójimo que no tienen por qué merecer “un irrestricto respeto”. Yo respeto a las prostitutas como personas y les aseguro que, como el mismo Evangelio dice, estarán primero en el Reino de los Cielos antes que muchos otros (cosa que se aplica muy bien a Argentina…) pero sus acciones desde un punto de vista moral no son “respetables”, aunque no se deba juzgar su conciencia. Y así con muchos otros casos y ejemplos. Y el que crea que todo liberal debe ser necesariamente un agnóstico desde un punto de vista moral desconoce toda la tradición liberal clásica. No ha leído a Smith, a Constant, a Locke, a Montesquie, a los constitucionalistas norteamericanos, a Lord Acton, a Hayek, a Popper, a Mises (que tienen fuertes imperativos categóricos implícitos) ni tampoco quiere leer a los contemporáneos Leonard Liggio, M. Novak, Sam Gregg, Robert Sirico, Thomas Woods o Alejandro Chafuen. Por no citar directamente a Lacordaire, Montalembert, Ozanam, Rosmini, Sturzo, Maritain, cuya falta de estudio en todos los ambientes liberales es una grave omisión.

Por ende un liberal católico no es ni conservador ni no conservador, sino que distingue entre lo legal y lo moral.Distinción para la cual, pensaba yo, no era necesario ser católico para sostenerla. La han sostenido muchos liberales sin necesidad de ser católicos. Aunque ahora muchos liberales parecen haberla olvidado, y con el dedo en alto “retan” a los liberales “que no estén a favor de” (de vuelta) la homosexualidad, el matrimonio homosexual, el aborto, las drogas, la pornografía, la eutanasia y etc., como si en esas materias no hubiera que hacer las elementales distinciones que acabamos de hacer.

Por lo tanto, el que quiera saber “cómo hablar con un conservador”, que no me busque. Pero si quiere conversar con un conversador, allí estaré yo, siempre. Aunque últimamente no parece convenir a muchos conversar y leer a liberales católicos que tengan mucho por decir.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LOS PUEBLOS PRE-COLOMBINOS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 23/6/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/06/la-inmaculada-concepcion-de-los-pueblos.html

 

Pasó lo que tenía que pasar. Hace milenios que muchos obispos y teólogos latinoamericanos están diciendo casi que los pueblos originarios, los pueblos indígenas precolombinos, son sujeto de la Revelación Divina y que por ende no necesitan que los misioneros occidentales los “perviertan” con “categorías griegas” de la dogmática tradicional, y menos  cuando esas categorías vienen mezcladas con el avance del pérfido capitalismo. Porque para ellos el pecado original es el capitalismo, no los pueblos pre-capitalistas, inmaculados, ecológicos, puros, casi precisamente sin pecados concebidos. Pero, claro, uno de estos grandes redactores de documentos episcopales latinoamericanos,  para colmo peronista, llegó a Roma, y ahora todo esto se expande con su total y completo apoyo. Lo habíamos dicho: todo esto sucede hace décadas, especialmente desde los 60, pero claro, Juan Pablo II y Benedicto XVI lograron armar un dique de contención contra esas prístinas aguas teológicas. El discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, del 2006, fue precisamente la respuesta a esas teologías cuya profundidad no pasaba de la película Avatar, pero claro, en ese entonces todos estos se rieron y se burlaron de él, esperando ávidamente el momento de la venganza. Ese momento llegó. Un peronista argentino llegó a Roma. El cáncer hizo metástasis en el corazón. El último Instrumentum laboris para la Amazonia es el conjunto de las teologías de la liberación y del pueblo en su máximo apogeo, la negación y la venganza total contra todo el Magisterio teológico de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Ahora sí que hay que creerlo en serio.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

LO OPINABLE DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/6/19 en:  http://gzanotti.blogspot.com/2019/06/lo-opinable-de-la-doctrina-social-de-la.html

 

(Del punto 3 del cap. 7 de mi libro “Judeo-cristianismo, civilización occidental y libertad”).

Ha sido evidente que a lo largo de todo este libro hemos tratado de aclarar qué cosas son opinables en relación a la Fe y por eso, cuando algunas intervenciones especiales del Magisterio se inclinaban por un tema opinable que nos favorecía, hemos aplicado la categoría de “acompañamiento” para respetar la libertad de opinión del católico. Ya nos hemos referido a ello y en ese sentido no habría más nada que agregar.

Sin embargo, si estamos hablando de la recuperación del laicado, este es uno de los temas más graves desde fines del s. XIX hasta este mismo año (2018) y lo seguirá siendo, temo, muchos años más, y constituye uno de los problemas más graves de la Iglesia.

3.1.    El tema en sí mismo

La cuestión en sí misma no debería presentar ningún problema. Es obvio que “…Lo sobrenatural no debe ser concebido como una entidad o un espacio que comienza donde termina lo natural “, pero ello implica justamente que el ámbito de las realidades temporales debe ser fermentado directamente por los laicos e indirectamente por la jerarquía a través del magisterio que le es propio (me refiero a obispos y al Pontífice). Es obvio también que aunque lo natural sea elevado por la Gracia, ello no borra la distinción entre lo sacro, en tanto el ámbito propio de los sacramentos, y lo no sacro, donde puede haber sacramentales pero según las disposiciones internas de los que los reciban.

En ese sentido, puede haber, a lo largo de los siglos, una enseñanza social de la Iglesia en tanto a:

  1. a)Los preceptos primarios de la ley natural que tengan que ver con temas sociales (como por ejemplo el aborto)
  2. b)Los preceptos secundarios de la ley natural en sí mismos, donde se encuentran los grades principios de ética social (dignidad humana, respeto a sus derechos, bien común, función social de la propiedad, subsidiariedad, etc.) con máxima universalidad, sin tener en cuenta las circunstancias históricas concretas.

El magisterio actual ha aclarado bastante sus propios niveles de autoridad sobre todo en la Veritatis splendor[1] y Sobre la vocación eclesial del teólogo[2].

Tanto a como b pueden ser señalados por el magisterio ya sea positivamente (afirmando esos grandes principios) o negativamente, cuando advierte o condena sistemas sociales contradictorios con ellos (como fueron las advertencias contra los estados y legislaciones laicistas del s. XIX, o las condenas contra los totalitarismos en el s. XX).

Ahora bien, hay otras cuestiones sociales que no se desprenden directamente de a y b. ESE es el ámbito “opinable en relación a la Fe”: opinable no porque no pueda haber ciencias o filosofía social sobre ellos, sino porque esas ciencias y-o filosofías sociales corresponden a los laicos y no se desprenden directamente de las Sagradas Escrituras, la Tradición o el Magisterio de la Iglesia.

A partir de lo anterior se desprende deductivamente que esos ámbitos opinables son:

  1. a)El estado de determinadas ciencias o conocimientos sociales en una determinada etapa de la evolución histórica;
  2. b)la evaluación de una determinada circunstancia histórica a partir de a,
  3. c)la aplicación prudencial de los principios universales a una situación histórica específica, a la luz de a y b.

Ejemplo: nuestros conocimientos actuales sobre democracia constitucional (a); el diagnóstico de la falta de instituciones republicanas en América Latina (b); las propuestas de reforma institucional para América Latina (c).

Todo lo cual muestra toda la hermenéutica implícita cada vez que hablamos de estos tres niveles en los temas sociales, y por ende la ingenuidad positivista de recurrir a “facts” para estas cuestiones.

3.2.    ¿Señaló el Magisterio este ámbito de opinabilidad?

          Por un lado, si. Los textos son relativamente claros:

  1. a)León XIII, Cum multa, 1882: “… también hay que huir de la equivocada opinión de los que mezclan y como identifican la religión con un determinado partido político, hasta el punto de tener poco menos que por disidentes del catolicismo a los que pertenecen a otro partido. Porque esto equivale a introducir erróneamente las divisiones políticas en el sagrado campo de la religión, querer romper la concordia fraterna y abrir la puerta a una peligrosa multitud de inconvenientes”.
  2. b)León XIII, Immortale Dei, 1885: “Pero si se trata de cuestiones meramente políticas, del mejor régimen político, de tal o cual forma de constitución política, está permitida en estos casos una honesta diversidad de opiniones”.
  3. c)León XIII, Sapientiae christianae, 1890: “La Iglesia, defensora de sus derechos y respetuosa de los derechos ajenos, juzga que no es competencia suya la declaración de la mejor forma de gobierno ni el establecimiento de las instituciones rectoras de la vida política de los pueblos cristianos”…. “…querer complicar a la Iglesia en querellas de política partidista o pretender tenerla como auxiliar para vencer a los adversarios políticos, es una conducta que constituye un abuso muy grave de la religión”.
  4. d)León XIII, Au milieu des sollicitudes, 1891: “En este orden especulativo de ideas, los católicos, como cualquier otro ciudadano, disfrutan de plena libertad para preferir una u otra forma de gobierno, precisamente porque ninguna de ellas se opone por sí misma a las exigencias de la sana razón o a los dogmas de la doctrina católica”.
  5. e)Pío XII, Grazie, 1940: “Entre los opuestos sistemas, vinculados a los tiempos y dependientes de éstos, la Iglesia no puede ser llamada a declararse partidaria de una tendencia más que de otra. En el ámbito del valor universal de la ley divina, cuya autoridad tiene fuerza no sólo para los individuos, sino también para los pueblos, hay amplio campo y libertad de movimiento para las más variadas formas de concepción políticas; mientras que la práctica afirmación de un sistema político o de otro depende en amplia medida, y a veces decisiva, de circunstancias y de causas que, en sí mismas consideradas, son extrañas al fin y a la actividad de la Iglesia”.
  6. f)Vaticano II, Gaudium et spes, 1965: “Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común”.
  7. g)Juan Pablo II, Centesimus annus, 1991: “Es superfluo subrayar que la consideración atenta del curso de los acontecimientos, para discernir las nuevas exigencias de la evangelización, forma parte del deber de los pastores. Tal examen sin embargo no pretende dar juicios definitivos, ya que de por sí no atañe al ámbito específico del Magisterio”.

Podríamos citar algunos textos más, pero, como vemos, la noción en sí misma de lo opinable es clara.

          3.3.    Pero por el otro lado…

          Pero, sin embargo, habitualmente las cosas no han sido tan claras. Los textos pontificios sobre temas sociales están inexorablemente adheridos a las circunstancias históricas, a su interpretación según criterios de la época y a recomendaciones y aplicaciones en sí mismas prudenciales. Nadie pide que no sea así, el problema es que los pontífices no se han caracterizado por aclararlo bien. Y no porque “se descuenten los principios hermenéuticos de interpretación teológica”. Hemos visto que, comenzando por el tema político, Gregorio XVI y Pío IX unieron indiscerniblemente a la recta condena de los estados laicistas con el intrínsecamente contingente régimen de ciudadanía = bautismo, que tantos problemas trajo para la posterior declaración de libertad religiosa. Hemos visto cómo ello fue aprovechado por los católicos que apoyaron a Mussolini (comenzando por Pío XI) y Franco, que tuvieron el atrevimiento de presentar eso como “doctrina social de la Iglesia”. Hemos visto cómo ese error comenzó a remontarse desde Pío XII en adelante, cómo este último tuvo que “acompañar” al surgimiento de las democracias cristianas de la post-guerra europea precisamente porque desde ese error se pretendía condenar por hereje al que pensara lo contrario. Hemos visto que el mismo, clerical e integrista error siguió en Lefebvre y pasa luego, de peor modo, a la horrorosa mezcolanza que hacen los teólogos de la liberación entre el comunismo de los medios modernos de producción y el “pueblo de Dios”. Hemos visto cómo Benedicto XVI tiene que salir a aclarar qué es lo contingente y qué es lo esencial, y cómo tuvo que “acompañar” nuevamente a los elementos más contingentes de la modernidad católica, para ver si la institucionalidad republicana penetraba en la mente de los integristas católicos de derecha o izquierda, y hemos visto que casi nadie lo escuchó ni lo entendió. Y todo eso por no haber distinguido en su momento lo opinable de lo que no lo era.

En el plano económico, temas que son intrínsecamente opinables en relación a la Fe, han pasado a ser parte de una especie de pensamiento único que todo católico debería aceptar so pena de ser un mal católico entre aquellos que recitan de memoria las encíclicas. La leyenda negra de la Revolución Industrial, desde León XIII en adelante; el capitalismo liberal como el imperialismo internacional del dinero, desde Pío XI en adelante; un programa casi completo de política económica, en la última parte de la Mater et magistra de Juan XXIII; la redistribución de ingresos y la llamada justicia social, desde Pío XI en adelante; la teoría del deterioro de los términos de intercambio, desde Pablo VI en adelante, y así… hasta hoy.Para colmo gran parte de esas encíclicas son redactadas por asesores que así convierten sus personales opiniones (que deberían haber sido debatidas académicamente) en “Doctrina social de la Iglesia”. La situación no se solucionó porque San Juan Pablo II haya hablado de economía de mercado en la Centesimus annus: era obvio que fue un párrafo incrustado por un asesor desde fuera del pensamiento real de Karol Wojtyla, que, por ende, ni él se lo creyó. Y además tampoco la solución pasaba porque entonces la economía de mercado pasara a ser, sin distinciones, otro tema opinable convertido en no opinable…

El problema NO consiste en que un católico considere que todas esas cosas son verdaderas. El problema es que desde los pontífices para abajo, sin casi distinciones y aclaraciones, se consideran parte de la cosmovisión católica de la vida. O sea, el problema NO consiste en que un católico, sea el pontífice o Juan católico de los Palotes, opine así, el problema es que lo piense como cuasi-dogma social. Ese es el problema.

3.4.    ¿Por qué? Diagnóstico

¿Pero por qué ha sucedido esto? Fundamentalmente por dos razones.

Primera: en el plano político y económico, los pontíficesno han dejado de gobernar. Fueron casi 17 siglos de clericalismo. La desaparición forzada de los estados pontificios los dejó sin territorios pero sí con el arma moral de la conciencia de los católicos. Y abusando de su autoridad pontificia –un problema previsto por Lord Acton– no sólo condenaron rectamente lo que tenían que condenar, sino que además cada uno de ellos propuso su “plan de gobierno” en encíclicas que comenzaron a llamarse “Doctrina social de la Iglesia”. Cuidado, no digo que ello no haya sido históricamente comprensible o que en esos “gobiernos” no haya habido cosas buenas aunque opinables. Lo que digo es que, al excederse de los tres temas señalados como no opinables, “gobernaban” en lo contingente, según visiones también contingentes, y lo peor es que su territorio era el mundo entero.

En un mundo paralelo imaginario, los pontífices deben tener la “denuncia profética” de la injusticia a nivel social, rechazando lo que sea contradictorio con la Fe y la moral católicas, pero las cuestiones afirmativas –qué sistema social seguir, qué hacer in concreto- deben ser dejadas a los laicos, que, por ende, tendrían opiniones diferentes entre ellos, ninguna “oficialmente católica”. Pero no: los pontífices, hasta hoy, hablaron y hablan sencillamente de todo y prácticamente presentan todo ello como obligatorio para el laico. Y no como la filosofía, que habla “de todo” pero desde las causas últimas y los primeros principios. Hablan de todo en cuanto concreto: opciones concretas, interpretaciones concretas, de política y economía, desde los sistemas concretos de redistribución de ingresos, pasando por la política exterior, monetaria, fiscal, agrícola, industrial, cambio climático, medio ambiente, seguridad, etc. Hasta hoy. El famoso “Compendio de Doctrina Social de la Iglesia” (op.cit.) es un buen ejemplo: prácticamente no hay tema que no esté allí contemplado, y entregado al laico como “tome, esto es lo que tiene que pensar y decir”.

La segunda razón es el radical desconocimiento del ámbito propio de la ciencia económica, esto es, las consecuencias no intentadas de las acciones humanas. Casi todos los documentos pontificios están escritos desde el paradigma de que si hubiera gobiernos cristianos, y por ende “buenos”, ellos redistribuirían la riqueza, que se da por supuesta; ellos implantarían la justicia con diversas medidas intervencionistas cuyas consecuencias no intentadas no se advierten. El mal social proviene de personas malas, no católicas, que defienden la maldad de un sistema liberal que sólo puede ser defendido desde el horizonte de la defensa de los intereses del capital.

Con ello, ¿qué lugar queda para la economía como ciencia? Ninguna, excepto la del contador que hace las cuentas para el obispo. Como mucho, un laico sabrá de diversos “tecnicismos”, pero las grandes líneas de gobierno ya están planteadas porque, frente al paradigma anterior, no hay economía como ciencia sino más bien gobiernos buenos, que harán caso a las encíclicas, o gobiernos malos, que no. Y punto.

Pero la realidad de la escasez no es así. Como hemos visto cuando analizamos a los escolásticos, las medidas supuestamente “buenas” de los gobiernos tienen consecuenciasno intentadas por el “buen” gobernante. Los precios máximos producen escasez; los mínimos, sobrantes; los salarios mínimos producen desocupación; el control de la tasa de interés, crisis cíclica; el control de alquileres, faltante de vivienda; las tarifas arancelarias, monopolios legales e ineficiencia, la emisión de moneda, inflación, y la socialización de los medios de producción, imposibilidad de cálculo económico. Siempre es así pero siempre se vuelven a hacer las mismas cosas suponiendo que alguna vez un gobernante “más bueno”, “más lector del magisterio”, lo va a hacer “bien”. Y el que piense lo contrario desconoce o desobedece a “la doctrina social de la Iglesia”; por ende es un mal católico y un manto de silencio lo cubre en ambientes eclesiales, como un cadáver al cual se le cubre caritativamente el cuerpo.

Mientras no se tenga conciencia de esto, los pontífices seguirán hablando como si la economía dependiera de las solas y bienintencionadas órdenes de los gobernantes cristianos, escritas por ellas en sus encíclicas sociales.

3.5.    ¿Cuáles son las consecuencias de todo esto?

Son desastrosas, por supuesto. Comencemos por la primera: la des-autorización del magisterio pontificio.

De igual modo que, a mayor emisión de oferta monetaria, menor valor de la moneda, a mayor cantidad de temas tratados, menor valor. O sea, se ha producido una inflación de magisterio pontificio en temas sociales[3], en cosas totalmente contingentes, que deberían ser tratadas por los laicos. Con lo cual se ha violado el principio de subsidiariedad en la Iglesia: el pontífice no debe hacer lo que los obispos pueden hacer, y los obispos no deben hacer lo que corresponde a los laicos. La invasión directa de la autoridad del pontífice en temas laicales implica que el pontífice se introduce cada vez más en lo más concreto, donde ha más posibilidad de error[4]. De igual modo que los preceptos secundarios de la ley natural demandan una premisa adicional que no está contenida en los preceptos primarios, mucho más cuando de los primarios y secundarios se pasa a cuestiones políticas y económicas irremisiblemente históricas y prudenciales.

Ante esta inflación de magisterio pontificio, se produce un efecto boomerang. Es imposible una estadística, pero algunos –ya jerarquía o laicos– no tienen idea de lo que ocurre ni les interesa. Otros, guiados por un sano respeto al magisterio, repiten todo, desde la Inmaculada Concepción hasta la última coma de la entrevista del Papa en el avión sobre las marcas dentífricas. Eso produce un caos total, porque los laicos, inconscientemente, van adaptando una multitud cuasi-infinita de párrafos pontificios a su ideología opinable concreta, y van armando una Doctrina Social de la Iglesia a la carta que luego además se echan los unos a los otros con acusaciones mutuas de infidelidad al magisterio. Ante este caos, muchos finalmente optan por decir lo que quieren ante un magisterio que en el fondo se ha metido en lo que no le corresponde. Otros, finalmente, en silencio, obedecen al magisterio en sus ámbitos específicos y mantienen en reserva mental (y en silencio) su posición en temas opinables.

Lo que ha sucedido también es el avance de teologías de avanzada en temas sociales y dogmáticos. Esto ya fue visto por Pío XII, en su famosa Humani generis, con el intento de frenarlo[5]. Pero no pudo. Esas teologías habitualmente desobedecen al Magisterio en todo lo que sea fe y costumbres pero lo siguen cada vez que el Magisterio avanza en temas sociales más para la izquierda. Así, en los 60’ y los 70’, los teólogos de la liberación proclamaban exultantes a laPopulorum progressio mientras ocultaban y silenciaban a laHumanae vitae y al Credo del Pueblo de Dios. Y así sucesivamente. Y con ello se ha producido una especie de consenso, un casi pensamiento único en la Iglesia, ante el cual, si eres un teólogo o pensador católico “de avanzada”, dices absolutamente lo que quieres en temas de Fe y costumbres, pero en cambio sigues a pie de juntillas el plan más estatista establecido en la Populorum progressio, en las Conferencias episcopales latinoamericanas y en las primeras dos encíclicas sociales de Juan Pablo II[6]Eso sí: sobre esto, entonces, ya no hay libertad de opinión. Si no sigues al los nuevos dogmas estatistas, entonces sí que estás excomulgado. O sea, en lo opinable, pensamiento único; en Fe y costumbres, lo que quieras.

Todo esto es un caos, del cual no se ha salido en absoluto.El laicado, ante esto, ha quedado, o totalmente indiferente, con lo cual lo que digan los pontífices en temas de Fe y costumbres ya no importa, o totalmente clerical, integrista y dividido. Cada grupo se ha armado su propia versión de la Doctrina Social de la Iglesia, sin conciencia de lo opinable, cortando y pegando los párrafos que les convienen –porque la cantidad de párrafos en los asuntos contingentes es tan amplia que da para ello– y acusando al otro grupo de infidelidad a la Iglesia.

La corrección de todo esto va a tardar mucho. Pero los laicos no deberían pedir a los pontífices expedirse en temas contingentes, ni estos últimos deberían hablar sobre esos temas. La cuestión ya no pasa por interpretar lo que dijo Pablo VI sobre comercio internacional: la cuestión pasa por reconocer que sencillamente no debería haber dicho nada. La cuestión ya no pasa por interpretar los párrafos de Juan XXIII sobre industria, comercio e impuestos: la cuestión es que no debería haber dicho sencillamente de eso, igual que San Josemaría Escrivá de Balaguer, que nunca invadía los ámbitos propios de los laicos.

La solución del famoso tema de la economía de mercado no pasa, por ende, por tener un Papa que bendiga y eche agua bendita a las teorías del mercado. La cuestión pasa por callar y dejar actuar y pensar a los laicos. Establecidos principios muy generales como propiedad y subsidiariedad, hasta dónde llega la acción del estado es materia de libre discusión entre los laicos. Si un laico basado en Keynes está de acuerdo con una política monetaria activa y yo, basado en Mises, estoy de acuerdo con el Patrón Oro, la solución del problema no pasa porque venga un Papa “aurífero”. Yo no necesito que el Papa se pronuncie en ese tema. En ese tema, y en la mayor parte de los termas, que se calle y que deje actuar a los laicos. Así de simple. Y cuando los laicos opinen, que no tengan párrafos diversos del magisterio para sacralizar, clericalizar su posición y echársela por la cabeza al laico que piensa diferente.

Así, cuando Roma hable, será importante. Así, cuando Roma hable, será porque verdaderamente hay que confirmar en la Fe. Así, cuando haya un concilio ecuménico o una encíclica, será sobre temas de Fe y no sobre cuántos impuestos haya que cobrar o cuántas empresas haya que estatizar o privatizar. Pueden los pontífices “acompañar” a una cuestión temporal legítima, si –como sucedió y sucede– un pontífice anterior y/o los laicos la hubieran convertido en una herejía, para dejar lugar a la libertad de los laicos en ese tema. Exactamente como tuvo que hacer Pío XII con la democracia constitucional. Pero ese “acompañamiento” debería ser la excepción y no la regla.

Para que todo esto pase de la potencia al acto, se necesitan nuevas generaciones, formadas en todo esto, capaces de hacer y vivir estas distinciones. No sabemos cuándo y cómo puedo ello ocurrir. Los tiempos de la Iglesia son de Dios. Humanamente, un cambio así de hábitos intelectuales puede tardar cientos de años.

[1] http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html.

[2]http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html.

[3] Como hemos denunciado en nuestro artículo La devaluación del magisterio pontificioop. cit.

[4] Santo Tomás explica perfectamente el grado de falibilidad mayor a medida que vamos descendiendo en las circunstancias concretas de una conclusión moral-prudencial: “…Por tanto, es manifiesto que, en lo tocante a los principios comunes de la razón, tanto especulativa como práctica, la verdad o rectitud es la misma en todos, e igualmente conocida por todos. Mas si hablamos de las conclusiones particulares de la razón especulativa, la verdad es la misma para todos los hombres, pero no todos la conocen igualmente. Así, por ejemplo, que los ángulos del triángulo son iguales a dos rectos es verdadero para todos por igual; pero es una verdad que no todos conocen. Si se trata, en cambio, de las conclusiones particulares de la razón práctica, la verdad o rectitud ni es la misma en todos ni en aquellos en que es la misma es igualmente conocida. Así, todos consideran como recto y verdadero el obrar de acuerdo con la razón. Mas de este principio se sigue como conclusión particular que un depósito debe ser devuelto a su dueño. Lo cual es, ciertamente, verdadero en la mayoría de los casos; pero en alguna ocasión puede suceder que sea perjudicial y, por consiguiente, contrario a la razón devolver el depósito; por ejemplo, a quien lo reclama para atacar a la patria. Y esto ocurre tanto más fácilmente cuanto más se desciende a situaciones particulares, como cuando se establece que los depósitos han de ser devueltos con tales cauciones o siguiendo tales formalidades; pues cuantas más condiciones se añaden tanto mayor es el riesgo de que sea inconveniente o el devolver o el retener el depósito” (Suma Teológica, I-II, q. 94 a. 4 c).

[5]Véase: http://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html.

[6] Nos referimos a Laborem exercens y Sollicitudo rei sociales. Cuando salió Centesimus annus, oh casualidad, los ultra pro-Juan Pablo II callaron repentinamente…

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Síguelo en @gabrielmises 

LOS PROBLEMAS DE UNA SEXUALIDAD HISTÉRICA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 26/5/19 en:  http://gzanotti.blogspot.com/2019/05/los-problemas-de-una-sexualidad.html

 

Se ha expandido, y sobre todo entre adolescentes y jóvenes, la teoría de que varones y mujeres, y especialmente mujeres (o lo que cada uno se considere) deben ser libres de vestirse como quieran y que nadie tiene derecho a impugnar esa opción, por ninguna –reitero: ninguna- razón. Y que si la vestimenta en cuestión es considerada estimulante de la pulsión sexual, eso corre por cuenta del que mira, que sería un “pervertido”.

Las feministas radicales que han creado esta manera de pensar, y las adolescentes que consumen esta forma de ver su sexualidad, ignoran Freud 101. La sexualidad no es uno o cero, no es un click que se enciende a voluntad: ahora 100 %, cuando quiero tener una relación sexual, ahora cero, cuando no, y al mismo tiempo circulo por una sociedad que bombardea con mensajes y contenidos hipersexualizados. La sexualidad es una pulsión originaria de potencia cuasi-infinita, que a duras penas, con el super-yo, logra socializarse. Su supone que una persona neurótica adaptada –porque en el último Freud la neurosis es la condición normal del equilibrio entre el ello, el super yo y el principio de realidad- ha logrado diferenciar el eros cortado a su fin sexual que se da en el endogrupo familiar –lo que Freud llama amor de ternura- con el eros enfocado a su pareja sexual en el exogrupo. Pero eso, más que un resultado, es un equilibrio delicado que siempre tiende a romperse. Las miradas, los abrazos, las caricias, siempre tienen un margen de eros no cortado a su fin sexual. Por eso ciertos usos y costumbres sociales han tratado de moderar todo ello cuando precisamente no hay intención sexual y al revés. Un profesor, un sacerdote, un padre, un terapeuta y el amigo de la esposa de un amigo, dan ternura pero tienen el cuidado, incluso en su vestimenta, de ser simbólicamente –en términos de Lacan- “vistos” como cortados a su fin sexual. Incluso el Antiguo Testamento dice en el Levítico: “no te des-cubrirás ante tu hermano, padre, etc…”. Interesante el claro mandato a los miembros del endogrupo, que se puede analogar a todo grupo que en principio debe tener funciones cortadas al fin sexual.

Las feministas radicales tienen razón en que no hay que mirar –y muchos menos avanzar- a una mujer aunque sea la misma Lady Godiva resucitada. Pero si eso se logra, no es por ellas, precisamente, sino por el Cristianismo y la Gracia de Dios, cosas que ellas desprecian absolutamente.

De este modo, estamos viviendo en una sociedad histérica, donde varones y especialmente mujeres hiper-sexualizadas tienen a disposición un teatro de miradas –del que obtienen una alta rentabilidad–  pero es una sociedad a la vez hipócrita, porque ese teatro de miradas debe ocultarse totalmente, debe negarse totalmente y salir luego, por supuesto, por otros medios muy secretos. Una situación social muy difícil de manejar para la psiquis humana y que tiene y tendrá consecuencias muy bien previstas por el gran maestro en El malestar en la cultura.

Por supuesto, me van a decir que todo esto es muy difícil y que no se entiende. Precisamente, hay en este feminismo radical y en sus consumidores una atroz falta de estudio, de elemental formación psicológica, de sensibilidad hacia lo humano y de conocimiento de la naturaleza humana. Y como siempre, Freud no está al servicio de estas cosas, sino al servicio de una formación humana que tiene muy en cuenta que el pudor evita neurosis más graves. La sexualidad es complicada de por sí, y a pesar de la comprensible utopía de Marcuse en su Eros y civilización, siempre va a ser así. Pero no la compliquemos más. La civilización, cualquier civilización, requiere la socialización de la pulsión originaria y ello siempre tiene sus precios. Pero, por favor, la inflación, en estos temas, tiene su hiper y un default muy peligroso, que ya estamos viviendo sin darnos cuenta.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Síguelo en @gabrielmises 

What St. Bernardine’s Ass Could Teach the Bishops

Por Alejandro Chafuen: Publicado en: https://reason.com/1987/08/01/what-st-bemardines-ass-could-t/

 

During the early 1400s, the city of Siena, Italy, was a leading commercial and industrial center, much like its northern neighbor Florence. And in this cradle of capitalism, the most popular figure was a Franciscan friar named Bernardine. His speeches so enraptured listeners that the town’s church could not accommodate the crowds, and listeners had to gather in Siena’s largest piazza.

The noise of the multitude swiftly faded as Bernardine commenced his homily: “Have you heard the story about the donkey of the three villages? It happened in the Valley of the Moon. There was a large shed close to the windmill. In order to take the grain to the mill, three villages agreed to buy a donkey and keep him in the shed.

“A dweller of the first town went for the donkey, took him to his home, loaded the animal’s back with a heavy bag of wheat, and led him to the mill. During the milling, he released the ass so he could graze, but the fields had become barren because of heavy treading. When the wheat was milled, he collected the flour, loaded it on the donkey, and returned home. The man unloaded the ass and brought him to the shed, muttering to himself, ‘He who used him yesterday must have given him a lot of grass. Surely, he is in no need now’ and left the donkey.

‘The following day, a villager from the second town went for the donkey. He took him to his farm, placed on him a heavier burden than the day before, and—without feeding him—led the animal to the mill. With the milling over and the flour already at home, the villager returned the donkey to the shed thinking that yesterday’s user must have treated the animal well. And, yes, he left the donkey, saying, ‘Oh, I am very busy today.’ Two days had passed, and the donkey still did not have a bite.

“On the third day, someone from the third village arrived for the donkey and burdened him with the heaviest load yet. ‘This donkey is owned by the Municipality,’ he remarked, ‘so it must be strong.’ And he took him to the mill. But on the way back, with the wheat already milled, the donkey was sluggish and often halting.The villager had to whip him, and after a strenuous effort, they arrived at the shed. The villager complained, ‘What an ass this Municipality bought to serve three towns! He is a piece of trash!’ That day also the donkey was not fed.

“Do you want to know how it ended? The fourth day, the poor beast collapsed and was torn to bits.”

When the majority of U.S. Catholic bishops voiced their disapproval of the market economy in last year’s pastoral letter, they exhibited not only a lack of understanding of how markets work but also an ignorance of their own religious heritage. For Catholic teaching includes a vital, though too often ignored, strain of free-market thought—that of late-medieval theologians like St. Bernardine.

Perhaps St. Bernardine’s religious education, with its understanding of human imperfections, explains why he never regarded the authorities or the people as angels. He saw private property as the way to ensure that, in a nonangelical community, goods would be used for the betterment of society.

Nor was he alone. During the later middle ages, many leading churchmen hailed free market principles. These were the Scholastics, or Schoolmen, “part-time” priests and full-time academicians who followed the Aristotelian, rationalist tradition of St. Thomas Aquinas. Most Scholastics were, like St. Bernardine, members of religious orders—Dominicans, Franciscans, Jesuits, or Augustinians—and taught in ecclesiastical schools.

Their work concentrated on ethical questions—What is good? What is just?—and their goal was to formulate a corpus of thought applicable to all areas of life. To clarify such issues as whether high taxes are good or bad, for example, they first analyzed the causes and effects of taxation. In answering such questions, the Scholastics contributed to the development of economic knowledge and left behind an intellectual tradition far more compatible with prosperity, freedom, and even virtue than that preferred by too many of today’s clerics.

For example, Francisco de Vitoria, a Dominican of the early 1500s, argued that if goods were commonly owned, evil men and even thieves and misers would profit most. They would take more from the common barn and put in less, while good men would do the opposite.

Consistent with their defense of private property, several Schoolmen were strong critics of government abuses and often confronted the authorities. The outspoken jesuit Juan de Mariana, who lived from 1535 to 1624, is beyond a doubt the best example—his criticisms landed him in jail. In a superb portrayal of bad governments, he described how the “rich and the good” become their prime victims. Tyrants “drain individual treasures. Every day they impose new taxes.…They construct large, monstrous monuments; but at the cost of the riches and over the protests of their subjects.”

In 1619, another Scholastic, Pedro Fernandei Navarrete, chaplain to the Spanish king, argued that poverty was caused by the government’s “great and wasteful spending on nonsensical factories, exquisite banquets.…and continuous spectacles and parties.” He criticized the enormous number of bureaucrats “sucking like harpies” on the government’s wealth while poor workers could hardly maintain themselves. He concluded that “the only agreeable country is the one where no one is afraid of tax collectors.”

Mariana, too, had few qualms about debunking bureaucrats. “We see ministers, recently risen from the dust of the earth, suddenly loaded with a thousand ducats in rent,” he wrote. “Where is this money coming from, if it is not from the blood of the poor and the flesh of businessmen?”

He foresaw that a huge debt, oppressive taxes, and inflation were the natural outcome of big government. His analysis of how governments inflate their way out of their debts—a process he regarded as “infamous systematic robbery”—would later influence Adam Smith’s analysis in The Wealth of Nations in 1776. If Mariana could read the bishops’ pastoral letter on the U.S. economy, he would be amazed to see the major cause of poverty (creating dependence on government spending) touted as the solution (more welfare!).

Wages, profits, and rents, the Schoolmen determined, are not for the government to decide. Profits are justified when they are obtained by buying and selling at just prices—market prices arrived at without fraud, force, or monopoly.

Duns Scotus, an influential Scholastic theologian who wrote in the late 13th century, had taken a different approach. After demonstrating the usefulness of merchants and businessmen, he recommended that the good prince take steps to ensure adequate prices to cover both their costs and their risks.

In response, most Late Scholastics agreed that, while it is legitimate for manufacturers and tradesmen to earn a profit, it is impossible to establish an absolute level of the “just profit.” St. Bernardine, for instance, cited the example of a merchant who buys a product in a province where its price was 100 and takes it to another province, where the current price is 200 or 300. “You can legally sell at that price which is current in that community,” he declared. In the opposite case of buying at 100, then finding that the price has dropped to 50, St. Bemardine recognized that “it is the nature of business that sometimes you win and sometimes you lose.”

Actions such as Lee Iacocca’s or the semiconductor industry’s requests for help from the government when their businesses are in danger would have been challenged by many Scholastic moralists. Juan de Mariana, for one, argued that entrepreneurs who, when confronted with losses, “cling to the magistrates as a shipwrecked person to a rock, and attempt to alleviate their difficulties at the cost of the state are the most pernicious of men…[and] must be rejected and avoided with extreme care.”

Moralists though they were, the Scholastics extended their economic principles to practices they themselves thought immoral. Several Schoolmen concluded, in fact, that sinful or ignoble activities may be marketable and that those who were promised a reward for such activities are entitled to it and can even claim it in court.

One of the most colorful issues the Scholastics explored is whether a prostitute is entitled to keep the payments for her services. Their answer was cautious. As moralists, they condemned the act of prostitution. But they stated that such women do have the right to receive monetary compensation for their services. This attitude toward immoral acts put into practice Aquinas’s principle that not every prohibition or recommendation of moral law needs a temporal law to enforce it.

St. Antonio of Florence, a 15th-century Dominican, noted that many sinful contracts are permitted for the good of the republic—although this does not mean that the acts are good. Prostitutes sin by prostituting themselves, he said, but not by receiving payment for doing so.

And, reasoned Jesuit Antonio de Escobar a century later, although the sale of a prostitute’s favors is evil, it causes pleasure, and things that cause pleasure merit a price. Furthermore, a prostitute’s fee is freely rendered—no one can claim to be forced to go to a brothel. Noting that most other Scholastic authors shared this conclusion, Escobar stated that we must reason in the same way when analyzing other types of profit obtained without fraud, lies, or extortion.

This leads me to reflect upon the tragedy of drug abuse. I can only speculate that, confronted with the issue, these Scholastics would first explain that the abuse of chemicals can be poisonous and therefore should not be done, then proceed to ask the following questions: Should we ban the sale of poisons? If we ban the sale of dangerous drugs, would that prevent people from acquiring them? Who would profit from such prohibition? They would then proceed to recommend courses of action consistent not only with their belief in the sacredness of the human body but also with the conclusions of rational analysis.

As moralists, the Schoolmen were concerned with the question of how man should act. As economists, they understood that a “means” is that which serves the attainment of a goal and that the only way to judge the means is to see whether or not it is suitable to attain the end. Thus, when they opposed mandatory “family wages,” it was not because they lacked concern for the family. Rather they saw that, from a legal and economic point of view, “need” could not be considered the basis for salaries. When they affirmed that prostitutes had a right to claim the agreed-upon price, they were not condoning immorality—they were stating that society would be impossible if the attempt were made to outlaw all vices.

Civil authorities, they said, should endeavor to balance budgets, cut spending, reduce subsidies, and encourage development by keeping taxes moderate. Navarrete, perhaps the original “supply sider,” realized that excessive taxation could reduce the king’s income, as few people would be able to pay such high rates.

The Late Scholastics opposed price controls on wheat because, as the Jesuit Luis de Molina wrote, “we know that in times of scarcity the poor can rarely buy the wheat at the official price. On the contrary, the only ones who can are the powerful and the public ministers, because the sellers cannot resist their requests.” And they opposed import duties on food because they reduced the standard of living of the poor.

Today, when the church has again joined the economic debate, one of the few authoritative voices heard in the Vatican pleading for free markets is that of Cardinal Joseph Höffner, the Archbishop of Cologne and president of the German Bishops Conference and, not surprisingly, an expert on Scholastic economics. But the importance of the Scholastics extends beyond the church. F.A. Hayek, the Nobel laureate economist, has suggested that they can be considered the founders of modern free market thought. All those concerned with the moral foundations of a free society can benefit from the teachings of these proficient theologians.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE. Síguelo en @Chafuen 

¿QUÉ ES LA IGLESIA?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 28/4/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/04/que-es-la-iglesia.html

 

Los no creyentes tienen de la Iglesia una visión completamente temporal. Claro, es obvio, el problema es que los creyentes de todos los siglos han dado muchas razones para ello.

La Iglesia es una realidad sobrenatural. Es el Cuerpo Místico de Cristo, su cabeza es Cristo y sus miembros son los bautizados. Lo esencial de la Iglesia es esa pertenencia a Cristo y a la Gracia de Cristo que deriva de la redención. Por ende lo esencial de la Iglesia es la Palabra de Cristo, la Tradición y el Magisterio que han difundido y defendido esa palabra, la sucesión apostólica, y los sacramentos. El Papa es un primus inter pares para confirmar en la Fe a los hermanos. Y nada más.

Absolutamente nada más.

Los horribles pecados de los bautizados, a lo largo de los siglos, han desdibujado el rostro de la Iglesia, para creyentes y no creyentes, pero el martirio y el testimonio de los santos son la permanente contrapartida de la Gracia en medio del reino de Caín.

Pero también ha desdibujado a la Iglesia un conjunto de cuestiones históricas contingentes. Los estados pontificios, por ejemplo, el estado del Vaticano, las Conferencias Episcopales y etc., son estructuras totalmente accidentales a la Iglesia, que le han hecho mal las más de las veces, y lo lamentable es que son los creyentes los que más se aferran a esas cuestiones, como si no tuvieran Fe.

Ante las permanentes diatribas, burlas e insultos de los no creyentes cuando hablan de la “Iglesia”, hay que decir que están hablando de lo que NO es la Iglesia, pero ojalá la mayoría de los “creyentes” creyeran realmente en lo que la Iglesia es.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

AIKIDO: FILOSOFÍA Y RELIGIÓN.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 21/4/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/04/aikido-filosofia-y-religion.html

 

  1. Allá por 1850…..

…el Comodoro Perry,  un tanto impaciente, lanzó unos cuantos bombazos a las costas de Japón, esas que no habían podido ser invadidas por nadie, y despertó a la Dinastía Tokugawa de un sueño profundo de dos siglos de aislamiento en una rica e impresionante matriz cultural.

Los japoneses, que se mantenían al tanto del mundo exterior por los holandeses, estaban al tanto del progreso técnico de los occidentales y sabían que para frenarlos no bastaría la intervención de los dioses como con los Mongoles, donde los vientos “kamikaze” destruyeron su flota dos veces. Comenzó entonces la modernización de Japón con el período Meiji en 1868. Pero los japoneses nunca dejaron de ser japoneses. Ese período Meiji fue una extraordinaria táctica de mimetización: copiamos las instituciones y la técnica occidental (en realidad copiaron más bien el constructivismo francés que el liberalismo anglosajón) para que los occidentales crean que se hacían occidentales y se lo creyeran. Y se lo creyeron. Así los japoneses terminaron sentándose junto a los vencedores de la Primera Guerra, copiando también el colonialismo occidental. Invadieron China y Corea, y los Occidentales, entre tanto, tranquilos.

La inteligencia de los intelectuales del período Meiji llegó más allá: tenían que legitimarse en el Shinto. Eso era natural porque el Shinto, más allá de su deificación de la naturaleza, afirmaba en su mitología que las islas del Japón descendían de sus dioses originarios. Japón era así el centro del mundo, y todo lo demás, la barbarie. El emperador siempre jugó un papel de unificación nacional más que de poder político, y por eso el período Meiji adoptó al Shintoísmo como religión de estado. Fue entonces un sintoísmo “imperial”. Había libertad de practicar otras religiones siempre que se practicara el culto oficial.

¿Qué tiene que ver esto con el Aikido? Que Morihei Ueshiba, su fundador, recibió una decisiva influencia de una secta del shinto NO imperial, no nacionalista, la Omoto-Kio.

  1. Las tres influencias de Morihei Ueshiba.

La primera y más desconocida, en 1909, fue la de Kamukasa Minata, un erudito, angloparlante y cosmopolita, que estaba en contacto con el gran intelectual del budismo zen, puente entre Oriente y Occidente, que fue T. Suzuki. ¿Por qué es esto importante? Porque más allá del Shintoísmo que Ueshiba practicaba, este es su primer contacto con el budismo, lo cual es clave para el desarrollo de su cosmovisión.

La segunda y la más conocida, en cuanto a artes marciales, fue, en 1912,  la de Sokaku Takeda, verdaderamente “el último samurai”.  Takeda aún vivía, en su mente, en el Japón medieval, y practicaba una forma muy especial de ju-jitsu llamado dayto-riu, una arte marcial casi milenaria originada en las técnicas que el samurai realizaba cuando se quedaba sin katana y sin caballo. (Entre paréntesis, el Aikido que algunos practicamos hoy podrá ser inefectivo, pero yo no querría encontrarme con uno de esos samuráis…).

Y la tercera, un poco menos conocida pero totalmente decisiva, fue la de Onisaburo Degushi, el fundador de una especie de Shinto NO imperial, con fueres influencias del Budismo hinayana. Degushi rechazaba la unión con la Dinastía Meiji, el Shinto imperial, y era universalista, pacifista y proclamaba como el budismo el amor a todos los seres vivientes. La relación de Degushi con Ueshiba fue muy intensa. De hecho el primer aiki-jujitsu practicado por Ueshiba era considerado por él como la expresión cuerpo-mente de la religión Omoto. Ambos participaron en el intento utópico de fundar una sociedad ideal en Manchuria, en 1925, que fracasó totalmente, por supuesto (donde ambos salvaron su vida por milagro). Pero en ese momento Ueshiba, que no había tenido problemas en usar su “Takeda-ju-jitsu” para la guerra, tiene una definitiva visión de que las artes marciales deben usarse para la paz.

  1. La analogía entre Cristianismo, Budismo y Omoto-kió.

Si ensayamos una sencilla sociología de la religión, el Omoto-kiu comparte con el Cristianismo y el Budismo una característica común: ser la universalización exotérica y pacifista de tres religiones más esotéricas y políticas.

¿Qué quiero decir con esto?

  1. a)Esotérico y exotérico se refiere respectivamamente a “encerrado” y “hacia afuera”. Una religión esotérica es la que se considera “para sí” y que no debe predicar a los demás. Una religión “exotérica”, al contrario, cree que su mensaje es para todos los seres humanos. Sale a “predicar para todos” la verdad de su mensaje. Puede degenerar en el proselitismo y la propaganda.
  2. b)“Política” quiere decir que una religión funciona como criterio de legitimidad de un gobernante terrenal, ya sea que lo considere Dios o no.
  3. c)“Pacifista” es que renuncia a la guerra como modo de defensa o expansión. Es una religión que “guarda la espada”.

En ese sentido, el Judaísmo pre-cristiano, el Brahamanismo y el Shintoísmo imperial fueron, históricamente, esotéricas, políticas y guerreras.

Contrariamente, el Cristianismo, el budismo (especialmente el de Buda, el hinayana) y el Shintoísmo de la Omoto-kio son, respectivamente, su “izquierda”. Cristo es exotérico:  id y bautizad a todos los pueblos… Corta con el poder político del Sanedrín (de hecho, lo mandan matar) y es pacifista (“guarda la espada, mi reino no es de este mundo”). Buda, ídem: corta con la jerarquía brahamánica y expande su camino de iluminación a todos los seres humanos, de modo  pacifista. El Omoto kio corta con el Shinto imperial y quiere expandir pacíficamente el amor y la armonía a todos los pueblos. Su fundador es perseguido dos veces por el poder Meiji y termina encarcelado y liberado recién luego de la Segunda Guerra.

Las tres “izquierdas” comparten además el amor universal a todos los seres vivientes, ya sea como hermanos en creación, ya sea como partes de lo divino.

Yo como cristiano, puedo afirmar que el Cristianismo es la conclusión coherente del Judaísmo, pero obviamente no puedo afirmarlo de las otras dos. Lo que sí puedo mostrar es, sociológicamente, la coincidencia en las conclusiones.

  1. La filosofía del Aikido.

Se podría decir, por ende, que Ueshiba absorbe, sin darse cuente, lo mejor del budismo pacifista, vía Minata y Degushi, y lo sintetiza con las tradiciones del Shintoísmo, quitándole a este último el carácter imperial y esotérico.

Por eso el Aikido –que se llama así recién desde 1942- no tiene torneos y siempre trata de conducir el ataque a una resolución pacífica. Y por eso Ueshiba “mandó a sus discípulos” expandirse por todo el mundo. El Aikido actual se lo debemos a su hijo, Kisshomaru Ueshiba, quien organizó a la sede central del Aikido según las normas comerciales y civiles del Japón de la post-guerra, sistematizó las técnicas y creó los colores y las graduaciones.

Se podría decir en este sentido que el Aikido es la larga sublimación del Rayto-riú. Sublimación en sentido freudiano, esto es, un re-direccionamiento “civilizado” de la pulsión de agresión. El Aikido es en ese sentido el super-yo de lo marcial.

Obviamente es totalmente compatible con el Budismo, pero también con el Cristianismo. Porque lo esencial del Aikido no está en la ontología del Shintoísmo, sino en esa paz universal, en esa des-politización, en la armonía mente-cuerpo y en el amor a todos los seres vivientes. Y ello está totalmente en las conclusiones del Judeo-cristianismo donde todos los seres humanos y todos los seres son creación de Dios y están llamados a vivir nuevamente en paz mediante la redención realizada por Cristo.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.