VALORES, CATOLICISMO Y DESARROLLO ECONÓMICO (Completo).

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/5/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/05/valores-catolicismo-y-desarrollo_38.html

UNO

Entre los libros más importantes de Mariano Grondona, se encuentra Las condiciones culturales del desarrollo económico[1]. En ese libro, el autor centra su atención en una pregunta a veces desatendida por planteos demasiado institucionalistas o casi constructivistas[2]: ¿cuáles son los valores morales que favorecen el desarrollo? De ninguna manera se ignora en esa pregunta el valor de instituciones como la Democracia Constitucional y la economía de mercado. La cuestión es hasta qué punto puede sostenerse una reforma liberal a largo plazo sin una profunda transformación cultural. El lamentable caso de Chile parece ser una dura lección en ese sentido.

Sin embargo, el libro parece sugerir, muy indirectamente, la famosa dicotomía de Weber sobre las sociedades protestantes, cuyo sentido del trabajo es favorable al desarrollo, versus las culturas católicas, que serían el caso contrario[3].

Para la relación entre Catolicismo y economía de mercado, el tema es fundamental. Mucho se puede hacer para sostener la no contradicción entre filosofía cristiana y Escuela Austríaca de Economía, o la no contradicción entre la Economía de Mercado y la Doctrina Social de la Iglesia. Pero esa “no contradicción” se queda corta en tanto al tema de los valores culturales. Sí, se puede demostrar, por ejemplo, que el mercado, in abstracto, favorece al bien común, o que la propiedad privada es compatible con la propiedad como precepto secundario se la ley natural, etc. Pero si el Catolicismo como tal favoreciera horizontes culturales hostiles al comercio (“comercio, mercado, si, PERO….”) entonces el problema sería grave.

En estas entregas (esta es la primera) intentaremos conciliar los valores compatibles con el desarrollo con la visión del mundo católica.

Ante todo, ¿cuáles son esos valores que enumera Mariano Grondona?

El primero es la confianza en el individuo. No la ilusión de que la persona ilustrada, como quería Kant[4], es la base del desarrollo, pero sí la confianza en que los hábitos de trabajo de cada persona en particular con básicos para el mercado. Esa confianza es la que implica confiar en sociedades intermedias, fruto de la libre asociación, que puedan dar realidad al principio de subsidiariedad.

El segundo es la moral media. El mercado libre responde a incentivos, entre ellos, la seguridad contractual y la previsibilidad a largo plazo. Para ello, la moral promedio de las personas no tiene por qué ser heroica. Es la moral media de quienes no son ángeles ni demonios, ese individuo empático del cual hablaba Adam Smith[5] pero, a la vez, era también el supuesto de Santo Tomás cuando afirmaba que “la ley humana se promulga para una multitud de hombres, la mayor parte de los cuales no son perfectos en la virtud”[6]. Ello no implica, claro está, negar el llamado universal a la santidad, sino simplemente recordar que la santidad no es condición necesaria para el funcionamiento del libre mercado.

El tercer valor es la conciencia de que la riqueza debe crearse. Sí, el destino universal de los bienes supone que Dios ha creado a la naturaleza física para todos, pero ello no implica que los bienes están dados directamente por la mano de Dios. No, son escasos, y por ende deben ser producidos. El mercado es precisamente el mejor sistema para cumplir con el destino universal de los bienes, porque brinda incentivos suficientes para su producción.

El cuarto es que la competencia es un proceso de cooperación. Mercado y cooperación social son casi lo mismo[7]. Lo contrario de la cooperación entre los seres humanos no es el mercado, sino la guerra. “Guerra comercial”, por ende, es una contradicción en términos. Competir los unos con los otros en cuando a nuestras habilidades es un deber moral. Para cada tarea debe seleccionarse al más idóneo. Ello es necesario para el bien común.

El quinto es el valor de la justicia para la producción. La justicia no es sólo distributiva. Hay también una ética de la producción y una justicia básica en el acto de producir. Por eso la propiedad, el contrato, la libre competencia, son justas. Y muy justas. La distribución implica repartir un presupuesto fijo. Para ello tiene que haber justicia distributiva, sea el presupuesto de una familia, de un club, de una universidad o el que fije el congreso para el gasto público. Pero nada de ello existiría sin la justicia de la producción.

El sexto es el valor moral de la utilidad. La dicotomía entre el deontologismo y el consecuencialismo no favorece al desarrollo, porque se pierde el valor moral de lo que es útil al proceso productivo. En Santo Tomás la propiedad era un precepto secundario precisamente porque era útil. Temas como la libertad de precios o salarios tienen que ver con su utilidad. Si negamos de ello el valor moral, la moral sería monopolio de todo lo que NO es el mercado.

Séptimo, hay usos y costumbres que son esenciales para el desarrollo. La, prolijidad, el amor al trabajo bien hecho, la puntualidad, la cortesía, el respeto a los contratos y a las promesas, el orden, la limpieza, son todos valores que favorecen las relaciones rectas y de confianza mutua entre oferentes y demandantes, donde entre mercado y valores hay por ende un círculo virtuoso.

Octavo, el valor del tiempo futuro. El ahorro, la previsibilidad, como contrarios al derroche y a la ostentación del gasto, son, contrariamente a lo que se piensa habitualmente, valores de mercado. El consumismo no favorece al libre mercado. La frugalidad, el ahorro, en cambio, son valores capitalistas.

Noveno, la felicidad es compatible con la racionalidad. Esta es una herencia de Aristóteles. La felicidad no consiste en el placer irracional ni en el cumplimiento sacrificado y triste del deber. Es cumplir con lo debido porque lo debido surge de nuestro proyecto personal, de la empresa de ser nosotros mismos. Las empresas salen adelante cuando llevan adelante la marca personal, la vocación. Racionalidad y virtud van en ese sentido de la mano.

Décimo, la autoridad no radica en una persona. La autoridad no es le gran líder, ni Pedro, ni Pablo, ni Juan. La autoridad es la ley, en tanto Estado de Derecho. El que está habituado al mercado no obedece a una persona, obedece a la ley, que es lo que garantiza el funcionamiento del mercado.

Once, el mundo es el propio mundo. La virtud no es salvar al mundo mientras no sé ni cómo limpiar mi habitación. La virtud es no creerse Dios y ocuparse, cada uno, de su empresa, de su trabajo, de su profesión, de cada parte del bien común. El mundo sería mejor si cada uno se dedicara a cuidar su jardín, decía Adam Smith, con profunda sabiduría. Los salvadores del mundo son los que lo arruinan.

Pero todo eso, ¿es compatible con las culturas católicas? ¿Es compatible con el valor del trabajo existente en culturas anglosajonas? ¿Cómo entra en todo esto el problema de Max Weber?

Seguiremos con todo ello en la segunda entrega.


[1] Ariel-Planeta, Buenos Aires, 1999.

[2] El constructivismo criticado por Hayek es la suposición de que se pueden construir las sociedades como si fueran máquinas, más allá de las tradiciones existentes.

[3] Nos referimos a la famosa tesis de Weber en El espíritu protestante y el origen del capitalismo (1904), FCE, 2003.

[4] Nos referimos a su famoso opúsculo Qué es la Ilustración.

[5] En su famosa obra La teoría de los sentimientos morales.

[6] I-II, Q. 96, a. 2.

[7] Es la tesis central de la filosofía social de Mises, desarrollada especialmente en Liberalismo y en el cap. VII de La Acción Humana

DOS

Todas las virtudes referidas anteriormente se resumen en una: laboriosidad.

Mariano Grondona ejemplifica esto diciendo que las sociedades anglosajonas son matutinas: lo importante es lo que hagas de 9 a 17. Lo demás….

Las culturas latinas, en cambio, serían vespertinas. Para ellas lo importante comienza después del trabajo: la familia, los amigos, el asado. El trabajo, en cambio…. Tiene una connotación trágica: el “laburo” es una pesada carga enviada como castigo de los dioses.

Por supuesto, hay más detalles. Pero como símbolo de un horizonte, me parece apropiado. Es un símbolo, no es una descripción, y menos aún una estadística.

¿Tiene entonces razón Max Weber? ¿Heredan las culturas anglosajonas un mandato calvinista del trabajo, donde el beneficio más la austeridad son signos de la salvación?

Eso es harto discutible, pero creo que es verdad en este sentido: para la cultura judeo-cristiana (sean judíos, protestantes o católicos) el trabajo es un cuasi-sacramental[1]. O sea, tiene algo de sagrado. No es un sacramento, pero, dependiendo de las disposiciones subjetivas de quien lo ejerza, santifica. El Génesis es claro: Dios nos pone en este mundo “para trabajar”.

Que ello haya sido olvidado durante mucho tiempo por una inapropiada separación entre trabajo manual e intelectual, o que se haya infiltrado en algunos católicos ciertas costumbres donde los llamados nobles no trabajan, pero los comerciantes sí; que se haya infiltrado en ciertos cristianos un injusto desprecio por el comercio y la sociedad contractual, no es objeción a que en todo el Antiguo y Nuevo Testamento, el trabajo sea un sacramental. Tal vez haya sido tarde, pero el Vaticano II dijo claramente que todos los laicos están llamados a la santificación por medio de su trabajo y a consagrar al mundo por medio de su trabajo, y Juan Pablo II, en la primera parte de la Sollicitudo rei socialis[2], explica nuevamente el sentido del Génesis como cooperación del hombre con la obra creadora de Dios, como co-creador, de lo cual mucho se podría desarrollar para la economía como conocimiento esencialmente creador de riqueza.

Por lo tanto, no es cuestión de contraponer un protestantismo obsesivo por el trabajo versus un catolicismo fiestero: el llamado a santificarse por el propio trabajo es un llamado esencial para el cristiano, que tiene detrás el llamado a desarrollar la vocación, el ser uno mismo: el trabajo de ser uno mismo, el estar llamado a emprender los talentos de la propia vocación.

Para el cristiano, por ende, sea judío, católico o protestante, la vocación por el trabajo bien hecho es tan esencial que incluso está trabajando siempre, porque está creando siempre, desarrollando su vocación. Las consecuencias económicas de ello son, obviamente, enormes.

Un protestante que trabaja porque es calvinista o un católico que trabaja como algo en sí mismo trágico tienen mal enfocado su cristianismo. El primero, si no es calvinista, ¿dejará de trabajar? Y el segundo, cuando descubra que no hay ninguna tragedia, aunque sí escasez y fortaleza, en trabajar, ¿se sentirá no católico?

La clave de la cuestión es que la santificación por el trabajo y la consagración del mundo en el trabajo se desprenden esencialmente de la fe cristiana.

A partir de aquí, el cristiano es en sí mismo una encarnación de los valores para el desarrollo económico.

Trabaja porque para eso, para ser co-creador, lo ha creado Dios. Después del pecado original, es con el sudor de la frente, pero la cuasi-sacralidad del trabajo se mantiene igual.

Por eso confía en sus fuerzas, en la de su familia y en la de las asociaciones libres.

Por eso se santifica por el trabajo e intercambia y contrata con todas las personas, sean santas o no.

Por eso no espera recibir todo del cielo: lo que recibe del cielo es la Gracia de Dios. Pero la riqueza de este mundo hay que producirla, co-crearla.

Por eso coopera con todos por medio del contrato, no sólo por medio de la caridad.

Por eso es justo en la producción de riqueza: no roba, no hace fraude, no miente, es confiable, llega a tiempo, no hace perder tiempo, es diligente, es bueno en su oficio.

Por eso, también, ahorra, es previsor, hace planes a futuro, porque la co-creación se expande en el tiempo.

Y es feliz así. Su felicidad no es está en no hacer nada ni tampoco en no buscar ni contemplar la vedad. Es Marta y María al mismo tiempo.

Por todo ello no depende ni de premios ni de castigos, ni de ninguna persona en particular. Cumple con la ley y la supera.

Y por ello no es el salvador del mundo, es el custodio de su jardín, no se cree Dios.

Me van a decir: no es eso lo que piensan en general los católicos y menos aún los sacerdotes, obispos y pontífices.

Eso lo dejamos para nuestra tercera entrega.


[1] Desarrollamos más in extenso este punto en el art. “La laboriosidad como virtud esencialmente Judeo-Cristiana”, (2018) Fe y Libertad, Vol. 1 Nro. 1.

[2] 1987; ver https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html

TRES

Pero todo esto que venimos explicando son, al menos en Latinoamérica, ideas, no creencias, al decir de Ortega. Esto es, son cuestiones académicas, o propuestas novedosas y extrañas, como esta misma entrada, pero no son carne cultural, no son creencias generalizadas que conformen el sentir de una gran cantidad de personas, no son un horizonte, al decir de Gadamer.

Y cómo pasar de las ideas a las creencias es la gran pregunta.

Algunas naciones cambiaron largas tradiciones de autoritarismo luego de una gran guerra. Alemania, Italia, Japón, son ejemplos trágicos del paso del autoritarismo a la democracia y la economía de mercado casi por la fuerza, por una terremoto bélico e institucional que obligó a muchos a aceptar algo que no estaba en su corazón ni en sus expectativas. Cuánta duración puede tener ello es también otra pregunta inquietante.

El Judeo-Cristianismo, en cambio, se hizo cultura, y no por una guerra. Cómo cambió el corazón de millones de habitantes del oriente medio, de Grecia, de Roma, por seguir a Cristo, no por hacer un curso, fue realmente un milagro. Pero sucedió. Occidente nace de Grecia, Roma y el Judeo-Cristianismo porque este último se hace carne, se hace cultura, se convierte en creencias (Ortega), horizonte (Gadamer), tradiciones (Hayek), mundo de la vida (Husserl).

¿Pero cómo puede suceder ello en Latinoamérica?

Desde fines de los 50 y firmemente desde los 60, las diversas expresiones de la teología de la liberación, de origen marxista, capturan la mente del Episcopado Latinoamericano. Sus sucesivas declaraciones (Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida) absorben totalmente la condena en nombre de Cristo al mercado; manejan categorías marxistas de pueblo, explotación, exclusión, etc., y desde allí miran e interpretan Latinoamérica, todo en diversos grados, claro. Esa perspectiva ha ido cambiando a lo largo de los años, pero su núcleo marxista se ha mantenido. Por un lado, condenan al mercado, y por el otro hacen silencio sobre el marco institucional llamado democracia constitucional, marco sobre el cual, paradójicamente desde la misma época, comienzan a hablar y a acompañar Pío XII, Juan XIII y el Vaticano II. Contra ese silencio se levantó, en 1984, la voz premonitoria del P. Rafael Braun[1].

La mayor parte de los obispos latinoamericanos veían como extraña, como “anglosajona”, y muy ligada al capitalismo explotador, a la institucionalidad democrática. La veían como formas extranjeras extrañas al espíritu de un pueblo latinoamericano “católico”, del cual debían surgir, de abajo hacia arriba, las condiciones de una civilización del amor, cristiana, ligada con la vida comunitaria, con las costumbres locales, con el reparto solidario de los bienes; en última instancia, un “pueblo católico” latino versus una democracia constitucional de origen protestante y anglosajón.

Es como si hubieran escrito todo ello para darle la razón a Max Weber.

Sí, es verdad que algunos hablaban y hablan de la “cultura del trabajo”, pero es el trabajo del obrero, no del empresario capitalista, culpable de explotación excepto se demuestre lo contrario, como algún empresario en proceso de canonización, que “a pesar de” ser empresario, “fue bueno, fue cristiano”.

No se concibe la laboriosidad como la del empresario creador, no se concibe a la empresarialidad como un espíritu a ser expandido culturalmente a toda persona, porque la empresarialidad son ideas, no recursos; no se concibe que la riqueza nace de una idea, no se entiende que los recursos NO están dados, y se cree que la escasez se debe a unos pocos infames que han acaparado los recursos y no los han “compartido”.

Esas creencias, repetidas hasta el hartazgo desde púlpitos y declaraciones, no hacen más que sumergir más aún al pueblo latinoamericano en su pobreza; esas creencias, proclamadas como los más altos dogmas, no hacen más que confirmar la miseria y las condiciones indignas de vida de la mayor parte de los latinoamericanos. Justamente lo que creen evitar los abanderados del supuesto pueblo católico versus la explotación capitalista.

Porque no sólo es falso que el libre mercado sea explotador, sino que es contrario a la libertad religiosa hacer de un “pueblo católico” la base de una nación: la base está en la convivencia bajo la diversidad que está garantizada por la libertad religiosa que, se supone, es un emergente del Catolicismo. Impresionante cómo teólogos del pueblo de izquierda y tradicionalistas de derecha coinciden en su odio contra la libertad religiosa y la democracia “liberal” (el pecado), esa democracia liberal que los pecadores Pío XIII, Juan XXIII y Juan Pablo II supieron rescatar y acompañar, con notas a pie de León XIII, y con la corroboración conceptual, hasta ahora insuperable, de Benedicto XVI.

Por lo tanto, el único cambio en paz que Latinoamérica tiene hacia el desarrollo, es que los obispos latinoamericanos vayan asumiendo cada vez más en sus enseñanzas un acompañamiento de la democracia constitucional y la economía de mercado, como comenzó a hacer Pío XIII desde 1939. No porque ambas sean inferencias deductivas del Catolicismo, sino porque a veces el Magisterio puede “acompañar” cierta evolución institucional en tanto señalarla como no contradictoria con la Fe, como hizo León XIII cuando distinguió entre tesis e hipótesis, como hizo Pío XII cuando habló de las condiciones de una sana democracia, como hizo Juan Pablo II cuando comenzó a hablar del mercado en sentido positivo en la Sollicitudo rei socialis y en la Centesimus annus.

La tarea, muy difícil por cierto, es educar en todo esto a una nueva generación de sacerdotes que sean los futuros obispos latinoamericanos que pueden luego hacer lo mismo que Pío XII, Juan XXIII y Juan Pablo II hicieron a nivel de magisterio universal prudencial.

Ese será el único modo en el cual ellos puedan en el futuro convertirse en los educadores informales de los valores para el desarrollo, de tal modo que la mayor parte de los católicos latinoamericanos pueden ir incorporando esas enseñanzas a modo de creencias.

Para terminar, una mala noticia y una buena.

La mala noticia es que puede ser que todo esto sea humanamente imposible.

La buena es que es el único camino que queda, y por ende no queda más que recorrerlo y poner todo en manos de Dios.


[1] https://institutoacton.org/2017/10/18/iglesia-y-democracia-padre-rafael-braun/

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

Juan Pablo II, el Papa de la tríada extraordinaria

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 27/5/2en: https://www.infobae.com/opinion/2022/05/07/juan-pablo-ii-el-papa-de-la-triada-extraordinaria/

Esta no es una nota para fanáticos quienes por definición no piensan sino que se mueven en manada ciegos ante todo lo que se parezca a una reflexión

El Papa Juan Pablo II

Muchas contribuciones notables ha llevado a cabo el Papa polaco pero hay tres que sobresalen nítidamente. La primera se refiere a Centesimus Annus -una Encíclica que constituye un canto a la importancia de la propiedad privada como protección institucional a la dignidad de las personas- que reza de la siguiente manera sobre el significado del capitalismo: “Cuando una empresa da beneficios significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas debidamente […] ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil? La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva”. En este contexto es de gran importancia recordar lo que había escrito por Pio XI en Quadragesimo Anno en el sentido que “Socialismo religioso, socialismo cristiano, implican términos contradictorios: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista.”

Es muy pertinente aquella cita en momentos en que se critica al capitalismo y al proceso de mercado que está indisolublemente atado a marcos institucionales como medio para proteger el derecho de propiedad, la vida y la libertad al efecto de que cada persona pueda seguir su proyecto de vida en un clima de respeto recíproco.

Recuerdo vívidamente que en la reunión de la Mont Pelerin Society en México en el cocktail inicial se me acercó Michael Novak con un vaso de champagne en la mano y me dijo “I suggest we have a toast for Centessimus Annus”, se refería a la Encíclica comentada recién promulgada en la que él y Friedrich Hayek participaron activamente en varios de sus pasajes invitados por el Sumo Pontífice. En el reverso de una fotografía que tengo enmarcada de Juan Pablo II estampé una foto en la que está con Hayek.

Naturalmente esto se da de bruces con el pobrismo en boga donde se hace apología de la pobreza material en lugar del concepto bíblico de la pobreza de espíritu que hace alusión a la necesaria prioridad de la vida entre el autoperfeccionamiento y los bienes terrenales. Choca también frontalmente con las sandeces estatistas que en no pocas oportunidades se esgrimen como recetas que naturalmente condenan a la miseria a todos pero muy especialmente a los más vulnerables. Por otra parte, como he señalado en mi discurso inaugural en el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) si se alaba la pobreza material habría que condenar la caridad puesto que mejora la condición del destinatario y si se sostiene que los pobres materiales están salvados la Iglesia debería dedicarse solo a los ricos puesto que los primeros ya gozarían de una situación satisfactoria. Por último en esta materia en mi introducción también destaqué que este galimatías no permite ver que todos somos pobres o ricos según con quién nos comparemos. Fui invitado para pronunciar ese discurso titulado “Liberalismo y pobreza” en Tegucigalpa el 30 de junio de 1998 por Monseñor Cristian Brecht Bañados a instancias de Horst Schönbohm quien era presidente de la Fundación Adenauer de Argentina (una de las financiadoras del evento).

La segunda contribución colosal de Juan Pablo II es el ecumenismo, a saber la amistad entre las tres religiones monoteistas lo cual se opone frontalmente a las canalladas del antisemitismo y la islamofobia. Debemos tener en cuenta que la población mundial musulmana es de mil quinientos millones de habitantes y como ha repetido Salman Rushdie solo los gobiernos que comandan regímenes totalitarios pretenden secuestrar a sus habitantes de las normas de convivencia civilizada. Estos regímenes recurren a la religión debido a que resulta un canal más propicio para el fanatismo del mismo modo que ocurrió con algunos llamados cristianos con la criminal Inquisición.

Juan Pablo IIJuan Pablo II

El sheij de la comunidad islámica argentina Abdelkader Ismael- licenciado en teología y licenciado en ciencias políticas- se refirió a concepto clave recogido por diversos medios periodísticos argentinos que “cuando los terroristas de la ETA o la IRA atacan se los identifica como criminales pero no por las religiones que profesan sus integrantes, sin embargo, esto no ocurre con los musulmanes: “al criminal hay que llamarlo por su nombre y apellido y no por la religión a la que cree responder” puesto que “un musulmán verdadero jamás alienta a sus hijos a celebrar la muerte de otro ser humano”, pero de tanto repetir estereotipos se los terminan creyendo ya que “si siempre escucho tango, puedo creer que no existe otra música”.

El Corán señala que “Quien mata, excepto por asesinato, será tratado como que mató a la humanidad” (5:31) y enfatiza la importancia de la palabra empeñada y los contratos (2:282) y la trascendencia de la propiedad privada (2:188). También destacados autores como Gustave Le Bon, Ernest Renan, Thomas Sowell, Gary Becker, Guy Sorman, Huston Smith, Víctor Massuh, Henry G. Weaver y tantos otros han subrayado las notables contribuciones de los musulmanes a través de la historia por ejemplo en sus ocho siglos en tierras españolas en cuanto a la tolerancia con otras religiones, el derecho, las matemáticas, la economía, la música, la literatura, la medicina, la arquitectura y la fundación de innumerables universidades. Averroes fue uno de los mayores responsables de trasladar la cultura latina a centros de estudio europeos. Incluso en Occidente se ha tendido a distorsionar la verdadera trascendencia de jihad que significa “guerra interior contra el pecado” y no guerra santa al estilo de los conquistadores cristianos en América (más bien anti-cristianos).

Es realmente admirable el esfuerzo académico que llevan a cabo los miembros del Minaret of Freedom Foundation en Maryland (EEUU) para contrarrestar la visión errada en cuanto a los fundamentos del Islam y muestran cómo en las fuentes se encuentra la adhesión a los mercados libres y los marcos institucionales compatibles con el estado de derecho, la importancia de la tolerancia y el pluralismo y también subrayan lo objetable de aberrantes mutilaciones y en general el maltrato a la mujer en cualquier sentido que sea. Personalmente he mantenido correspondencia con su Presidente el profesor Amad-ad-Dean Ahmad, quien revela en uno de sus libros que las contribuciones de musulmanes han constituido uno de los antecedentes de la Escuela Austríaca (de Menger, Böhm-Bawek, Mises, Hayek, Kirzner y Rothbard)

El problema es siempre la infame alianza tejida entre el poder y la religión, de allí la sabia expresión jeffersionana de la “doctrina de la muralla” en Estados Unidos al efecto de separar tajantemente estos dos ámbitos, puesto que quien dice estar imbuido de la verdad absoluta constituye un peligro si, como tal, se desenvuelve en las esferas ejecutivas de la política.

En un contexto de guerras religiosas, buena parte de las muertes en lo que va de la historia de la humanidad han ocurrido en nombre de Dios, la misericordia y la bondad. Es como escribe Voltaire en “Oración a Dios” en su Tratado de la tolerancia: “que los que encienden cirios en plena luz del mediodía para celebrante, soporten a los que se contentan con la luz del sol; que los que cubren su traje con tela blanca para decir que hay que amarte, no detesten a los que dicen lo mismo bajo una capa de lana negra; que sea igual adorarte en una jerga formada de antigua lengua, que en un jerga recién formada”.

El terrorista debe ser condenado como criminal sin hacer referencia a su color de piel, su condición sexual, su nacionalidad ni su religión. Solo de este modo podremos considerarnos civilizados y nos habremos liberado de la espantosa y truculenta lacra de las guerras religiosas. Resulta en verdad conmovedor comprobar la angustia que reiteradamente han puesto de manifiesto públicamente tantos escritores y dirigentes musulmanes frente al uso de la a todas luces inadecuada expresión “terrorismo islámico”.

Respecto al criminal antisemitismo es del caso recordar que Spencer Wells, el biólogo molecular de Stanford y Oxford, ha escrito en The Journal of Man. A Genetic Odessey que “el término raza no tiene ningún significado”. En verdad constituye un estereotipo. Tal como explica Wells en su libro más reciente, todos provenimos de África y los rasgos físicos se fueron formando a través de las generaciones según las características geográficas y climatológicas en las que las personas han residido. Por eso, como he dicho en otra ocasión, no tiene sentido aludir a los negros norteamericanos como “afroamericanos”, puesto que eso no los distingue del resto de los mortales estadounidenses, para el caso el que éstas líneas escribe es afroargentino.

La torpeza de referirse a la “comunidad de sangre” pasa por alto el hecho que los mismos cuatro grupos sanguíneos que existen en todos los seres humanos están distribuidos en todas las personas del planeta con los rasgos físicos más variados. Todos somos mestizos en el sentido que provenimos de las combinaciones más variadas y todos provenimos de las situaciones más primitivas y miserables (cuando no del mono).

Thomas Sowell apunta que en los campos de exterminio nazis se rapaba y tatuaba a las víctimas para poder diferenciarlas de sus victimarios. Esto a pesar de todos los galimatías clasificatorios de Hitler y sus sicarios, quienes finalmente adoptaron el criterio marxista (dicho sea de paso como una nota a pie de página, el antisemitismo de Marx queda consignado en su escrito La cuestión judía). Solo que el nazismo en lugar de seguir el polilogismo clasista fue el racista pero con la misma insensatez en cuanto a que nunca pudieron mostrar cuales eran las diferencias entre la lógica de un “ario” respecto de las de un “semita”.

Por otra parte, en el caso de la judeofobia, a pesar de las incoherencias de la idea de raza se confunde esta misma noción con la religión puesto que de eso y no de otra cosa se trata. El sacerdote católico Edward Flannery exhibe en su obra publicada en dos tomos titulada Veintitrés siglos de antisemitismo los tremendos suplicios que altos representantes de la Iglesia Católica le han inferido a los judíos, entre otras muchas crueldades, como subraya el Padre Flannery, les prohibían trabajar en actividades corrientes con lo que los limitaban a ocuparse del préstamo en dinero, pero mientras los catalogaban de “usureros” utilizaban su dinero para construir catedrales.

Paul Johnson en su Historia de los judíos señala que “Ciertamente, en Europa los judíos representaron un papel importante en la era del oscurantismo […] En muchos aspectos, los judíos fueron el único nexo real entre las ciudades de la antigüedad romana y las nacientes comunas urbanas de principios de la Edad Media”.

Todos los logros de los judíos en las más diversas esferas han producido y siguen produciendo envidia y rencor entre sujetos acomplejados y taimados. Tal vez las primeras manifestaciones de antisemitismo o, mejor judeofobia, en las filas del cristianismo fueron los patéticos sermones de San Juan Crisóstomo en el siglo primero publicados con el título de Adversus Judaeos donde dice que los judíos “son bestias salvajes” que son “el domicilio del demonio” y que “las sinagogas son depósitos del mal” para quienes “no hay indulgencia ni perdón” y el Concilio de Elvira prohibió a cristianos casarse con judíos y otras barrabasadas. El Papa Eugenio iii estableció que los judíos estaban obligados a perdonar las deudas a cristianos. Inocencio iii autorizó las conversiones forzosas y el Concilio de Basilea permitió la discriminación en ghettos y otros horrores.

Por último en esta terna tan gratificante, apuntamos en esta reseña telegráfica los extraordinarios y tan conocidos pedidos de perdones de Juan Pablo II en nombre de la Iglesia católica por el tratamiento de esa Iglesia a judíos, a mujeres, por las Cruzadas, por la Inquisición y por la conquista de América. Todo esto en abierta oposición al bien que ha hecho el cristianismo al respeto recíproco tan caro a la civilización.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Guardá la espada

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado en 4/22 en: https://faroargentino.com/2022/04/guarda-la-espada/

Sólo llega lo que logra ir venciendo lentamente horizontes culturales en principio imbatibles. Y para eso hay que vencer la tentación de la revolución, para pasar a la evolución cultural

En estos días los cristianos de todo el mundo conmemoran el momento de la Cena del Señor, y su pasión. Veremos cómo pasar un importante símbolo del relato a los seres humanos de todo el mundo, creyentes o no.

Hay algo que siempre me llamó la atención del relato de la última cena. Es el momento posterior del arresto de Cristo. Pedro saca una espada para defenderlo y Jesucristo le dice: «guardá la espada».

La interpretación habitual del pasaje es que ello es coherente con lo que antes le había dicho a Pilatos: «Mi reino no es de este mundo«. De ninguna manera niego esa interpretación. Es más, Jesucristo la ratifica: «Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían venido a defenderme«. Él no ignoraba la lógica de los reinos de este mundo. Pero su misión era otra. Siempre me pregunto qué habrá pensado verdaderamente Pilatos cuando lo escuchó. ¿Se habrá preocupado al menos por un segundo?

A pesar de que esta interpretación es correcta, tengo la hipótesis de que hay un símbolo adicional. Alguien podría decir: – ok, no hubo espadas, hubo crucifixión, y desde el punto de vista político, los romanos siguieron allí. La revolución que quería Barrabás, líder de los “romanos go home”, no se produjo. O sea, parece que el reino de este mundo siguió igual, exactamente igual. Sí, excepto por un pequeño detalle. Los cristianos, pacíficos (digo, los primeros….) no querían molestar al Imperio. Sólo había un temita, una cosita de nada, una pequeñez. No iban a dar culto al emperador. 

Los romanos advirtieron el peligro. Coherentemente, los persiguieron hasta el alma para que lo hicieran. Porque no hacerlo era herir de muerte a la lógica del Imperio. Era quitarle legitimidad al poder ilimitado. Era, en realidad, una actitud que exigía pacíficamente un limited goverment: a mi conciencia no llegás. Sí, serás el emperador, pero no de mi alma. Pequeño detalle.

Pero, ¿por qué pudieron los cristianos mantenerse tan firmes?

Precisamente, porque el reino de Dios no es de este mundo. Como muy bien explica Ratzinger, si Cristo hubiera fundado un reino de este mundo, hubiera tenido todas las limitaciones y dificultades consiguientes: un territorio, un ejército, etc. O sea, no hubiera sido universal, ni hubiera llegado hasta el alma. Pero Cristo fundó la Iglesia, que es universal, que no tiene límites, y que llega directamente, y precisamente, hasta el alma. 

Cuando algo nos llega hasta el alma, cuando algo nos transforma hasta los huesos, parece que no pasa nada, pero pasa. Todo tranquilo, sigo siendo el mismo, sigo con el trabajo, mis amigos, pago el impuesto (mm, aquí se enojan los anarcos….), pero….. Eso no. ¿Darte culto? ¿A vos, Imperio? No. Eso no, Nunca. No, no y no.

Y eso destruyó al Imperio. 

Siempre me he preguntado cómo hacer cambios radicales en paz. Porque casi siempre surgen de las guerras o de las revoluciones. La revolución y la espada van de la mano. Y la tentación revolucionaria, el NO guardar la espada, llega a todos. No coherentemente, pero llega. Castro, Videla y Dick Cheney tuvieron una cosa en común: la espada. Pero no funciona. Porque no llega hasta el alma. Llega al premio, al castigo, al temor, a la corrupción, al terror, pero no hasta el alma.

Sólo lo que allí llega, logra ir venciendo lentamente horizontes culturales en principio imbatibles. Y para eso hay que vencer la tentación de la revolución, para pasar a la evolución cultural. Pero no la hay, tampoco, si no estamos radicalmente convencidos. 

Los partidarios de la libertad, en estos momentos, somos pequeños cristos en medio de imperios romanos decadentes pero insistentes. La tentación de violencia está a la vuelta de la esquina. Pero debemos guardar la espada y comenzar a decir no. Debemos fundar una nueva subcultura, debemos nuevamente poner en peligro al Imperio, precisamente porque no le hicimos la guerra, sino porque estamos llegando hasta el alma. 

A partir de allí, nunca mejor dicho, que sea lo que Dios quiera.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

Dostoievski hoy

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 3/4/22 en: https://independent.typepad.com/elindependent/2022/04/dostoievski-hoy.html#more

En momentos en que se la emprende contra el interés personal y la especulación a veces en el contexto de fanatismos religiosos, es de interés repasar algunos pasajes de este célebre escritor ruso, especialmente en  momentos en que el criminal Putin invade Ucrania.

Todos actuamos en interés personal, en verdad constituye una perogrullada puesto que siempre el acto está en interés del sujeto actuante por ello es que procede de esa manera. Esto va para quien entrega todo su patrimonio a los pobres y también para el asaltante de bancos. En la misma línea argumental, todos los humanos somos especuladores: conjeturamos que estaremos más satisfechos luego de haber realizado el acto respecto a la situación anterior, ya sea el camino honorable o ruin. No hay acción sin intención especulativa.

Tal vez lo más notable de Dostoievski son algunos pasajes de Crimen y castigo, por ejemplo respecto a las cuidadas elaboraciones de uno se sus personajes respecto al interés personal puesto que “Todo el mundo está fundado en el interés personal. Añade la economía política que cuantas más fortunas privadas surjan en una sociedad […] más sólida y felizmente está organizada la sociedad. Así pues, al trabajar únicamente para mi, trabajo para todo el mundo y resulta que en última instancia mi prójimo recibe más.” Estas y otras consideraciones surgen de la  influencia que tuvieron  sobre el autor dos personas que fueron becadas a Glasgow a la cátedra de Adam Smith por Catalina la Grande (que dicho sea de paso a su regreso a su tierra natal los becados fueron expulsados de la Universidad de Moscú por considerarlos reaccionarios).

Por su parte en el capítulo “El Gran Inquisidor” de Los hermanos Karamasov se relata que en Sevilla sucede uno de aquellos actos criminales que aún hoy dejan estupefacto y boquiabierto a cualquiera que tenga algo de humano, “el cardenal Gran Inquisidor había hecho quemar poco menos de un centenar de herejes ad majorem gloriam Dei” después de lo cual se enfrentó con el mismísimo Cristo a quien le dijo que lo sometería a un proceso inquisitorial y, como resultado del cual, le espetó: “te condenaré y te haré quemar en la hoguera como al más vil de los herejes”. El inquisidor sostuvo enfáticamente que la misión de la Iglesia es “enseñar a los hombres que lo importante no es la libre elección de los corazones y el amor, sino el misterio, al que deben someterse ciegamente, incluso a pesar de su conciencia. Los hombres se han puesto muy contentos al verse conducidos como un rebaño y al darse cuenta de que por fin se les ha retirado de los corazones aquel espantoso don que tantos sufrimientos les había acarreado” ya que los hombres buscan “un ser ante que inclinarse, un ser al que confiar la conciencia y también la manera de que todos se unan, al fin, en un hormiguero indiscutible, común y ordenado”. Y termina afirmando que los “persuadimos de que únicamente serán felices cuando renuncien a su libertad en favor nuestro y se sometan a nosotros”.

Esto que parece tan inaudito y chocante a los oídos de una persona normal es la inclinación de una concepción desviada, truculenta y bochornosa de ideas religiosas trasnochadas pero no por ello poco difundidas. Por un lado, algunos de los representantes de la Iglesia que llevan en el pecho una fuerte inclinación totalitaria, si se les diera suficiente poder volverían a las tropelías con el apoyo entusiasta de aparatos estatales desviados.

En este sentido es pertinente repasar la importancia que Dostoievski le atribuye a la institución de la propiedad privada en la primera de sus obras mencionadas, lo cual es del todo compatible con los Mandamientos de no robar y no codiciar los bienes ajenos. En esa misma dirección deben tenerse en cuenta pasajes bíblicos como en Deuteronomio (viii-18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (v-8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (v-3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia(con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento”  y que “ la clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente” (tomo vi, págs. 240/241).

El 30 de junio de 1998 pronuncié la conferencia inaugural en el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) en Tegucigalpa, invitado por Monseñor Cristian Precht Bañados a instancias de Horst Schönbohm, entonces presidente de la Fundación Adenauer de Argentina (uno de los financiadores del evento). Entre otras cosas, en esa ocasión señalé que resulta especialmente dañino el interpretar la pobreza de espíritu evangélica como una alabanza indiscriminada a la pobreza material. Sostuve que esa consideración errada convertiría la caridad en un procedimiento perjudicial para el destinatario pues lo haría menos pobre y, por otro lado, si esa alabanza al pobrismo se mantiene los miembros de la Iglesia solo deberían ocuparse de los ricos pues los pobres estarían salvados. Este galimatías se acentúa cuando nos percatamos que todos somos pobres o ricos según con quien nos comparemos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

EL MAGISTERIO, EL TEMA MORAL Y EL CAOS ACTUAL DE POSICIONES DENTRO DE LA IGLESIA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 3/4/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/04/el-magisterio-el-tema-moral-y-el-caos.html

En la entrada del Domingo anterior (https://gzanotti.blogspot.com/2022/03/que-el-papa-fracisco-nos-sirva-de.html), alguien nos podría decir que mi insistencia en el aspecto opinable de los temas sociales deja abierta la misma opinabilidad para los temas morales no sociales. ¿No hubo allí también un abuso del poder del Magisterio? ¿No hubo también allí una inflación de documentos pontificios? Esta semana el Cardenal Marx declaró que el Catecismo no está escrito sobre piedra, en el contexto de los debates de moral sexual que hace décadas dividen cada vez más a la Iglesia Católica.

Pero no. No es lo mismo.

Desde la década de los 50 y los 60 la Iglesia se ha visto presionada por fuertes corrientes doctrinales que, ya desde afuera o desde dentro, consideran necesario ampliar el ámbito de lo permitido en la moral sexual.

Creo que ello obedece a tres causas, entre ellas:

–          Un legítimo cambio en las tendencias pastorales,

–          Una crisis en la teoría de la ley natural,

–          La obvia influencia del post-modernismo y el lobby LGBT dentro de la Iglesia.

Lo primero es lo más atendible. La superación de la dialéctica entre una mentalidad condenatoria por un lado, y una mentalidad relativista por el otro, en la pastoral sexual, siempre ha sido muy difícil. Los más conservadores tienden a condenar más y los más liberales tienden a perdonar más. La pura verdad es que dicha tensión se supera siempre con el ejemplo de Jesucristo, quien perdona al pecador pero condena con claridad al mal moral en sí mismo. Llevar eso a la práctica es difícil pero la doctrina es clara: no se condena la conciencia subjetiva, de la cual sólo Dios es juez, pero se condena la inmoralidad de la acción en sí misma, porque sin ese señalamiento, el perdón deja de tener sentido.

Lo segundo consiste en que una versión racionalista de la ley natural, muy influenciada por un tomismo aristotélico que quiso sacar a Santo Tomás de su contexto teológico, (https://gzanotti.blogspot.com/2018/09/mi-vision-del-tomismo-hoy.html ) tuvo como efecto rebote una falta de claridad en el seno mismo de la Iglesia sobre dicha cuestión y una mayor debilidad ante los ataques del post-modernismo. Santo Tomás es teólogo y su defensa de la ley natural está dentro de un contexto teológico. Intentar ocultarlo para parecer más secular implica el tiro por la culata. Todos los temas de moral sexual se resumen en esta famosa frase de Jesucristo: en el principio no era así. Remite así Jesucristo la moral sexual a la justicia de la situación originaria, donde estábamos protegidos por los dones preternaturales. Y de ese modo la naturaleza humana llega a su plenitud y la ley natural se cumple. (https://institutoacton.org/2018/07/04/sexualidad-hacia-una-ley-natural-mas-catolica-y-una-mayor-vivencia-de-la-libertad-religiosa-gabriel-zanotti/)  Luego del pecado original, la gracia deiforme es reemplazada por la gracia cristiforme de la redención. Pero sin la gracia de la Redención, el cumplimiento de la ley natural es muy difícil. Decirlo no es incompatible con el recordatorio de la ley natural en una sociedad secular. Pero sin eso, sin esa vuelta a principio, nada se entiende. Porque en ese principio la sexualidad estaba elevada al matrimonio monogámico e indisoluble entre un hombre y una mujer. La redención implicó salvarnos precisamente del pecado original que nos aleja de ello. Por ende todo lo que salga de ese matrimonio es contrario a la ley natural, sí, porque es contrario a ese principio. Si los teólogos morales católicos no entienden eso, no entienden nada. Y por eso se alejan de la tradición cristiana de defensa de la pareja originaria.

Y eso produce lo tercero: ante esa falta de firmeza teológica de la ley natural, el post-modernismo avanza lo más campante incluso dentro de los teólogos católicos. Reaccionan contra el tomismo aristotélico de su juventud, estudian una hermenéutica relativista basada en una interpretación relativista del último Heidegger, estudian Marx, Hegel, Derrida, etc., y pierden la fe sin darse cuenta. Sólo la síntesis entre Santo Tomás y la fenomenología de Husserl podría haberlos sacado de la confusión, pero eso estaba muy lejos del horizonte de su formación.

Por ende, los temas sexuales no son temas circunstanciales, como los sociales. Estos últimos “aplican” normas generales a casos concretos. Las normas de la moral sexual, en cambio, son mandamientos negativos no circunstanciales. No fornicarás, no adulterarás: no en tanto nunca. Que se nos perdone porque nuestra conciencia subjetiva fue débil o estuvo mal formada, obvio, pero ello no convierte al acto moralmente malo en bueno desde el punto de vista de la objetividad de lo bueno o malo en sí mismo considerado.

Todo esto lo tuvieron que recordar Juan Pablo II y Ratzinger en la Veritatis splendor, (https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html) que se consideró en su momento el colmo del conservadurismo. Y sin embargo su contenido era elemental. Cualquiera que hubiera estudiado lo mínimo de Santo Tomás la entendía. Objeto, fin y circunstancias del acto moral, acto moral objetivo versus conciencia subjetiva, diferencia entre pecado moral y venial, etc. Elemental Watson, catequesis elemental, pero en 1993 todo ello tuvo que ser recordado a los obispos en primer lugar.

No sé qué tienen en la cabeza el Cardenal Marx y miles que piensan como él; lo que sí sé es qué NO tienen in mente: al Santo Tomás teólogo, a la combinación entre tomismo y fenomenología, al contexto escriturístico de las admoniciones de Jesús contra la dureza de nuestro corazón.

Por ende, la defensa de nuestra libertad de opinión en temas esencialmente prudenciales no implica pasar al caos en materia de moral elemental. Los mandamientos morales negativos (donde también entra no matar, no robar, no mentir) no admiten circunstancia, son siempre así. Cambiará la prudencia pastoral, cambiará el modo de explicarlos, cambiarán las tendencias históricas y las sensibilidades de cada momento, y es deber del pastor estar atento a todo ello, pero el bien es bien y el mal es mal, y ese Pedro que se ha devaluado a sí mismo hablando de política concreta, es el mismo que debería confirmar en la fe a sus hermanos, como lo hacía la Madre Angélica, como lo hace el Padre Santiago Martín, y tantos otros héroes actuales de la Fe que bien lejos están de las estupideces del Vaticano.

Dios es un duro maestro. El sabe por qué permite que todo esto pase. Tal vez, pasa para que pase. Mientras tanto, oídos atentos a los verdaderos santos, que les aseguro que están lejos de los lobos con piel de cordero.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

QUE EL PAPA FRANCISCO NOS SIRVA DE ENSEÑANZA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 19/6/20 en:

Las últimas decisiones de Francisco (como por ejemplo, remover al Obispo de San Juan, Puerto Rico, o cerrar el Convento de Santa Catalina en Italia) han llevado el tema de la obediencia al Romano Pontífice a una tensión que no se veía desde hace décadas, al menos en los sectores partidarios de una obediencia al llamado Magisterio Ordinario como se lo entendía en tiempos de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

El problema no es tanto Francisco y sus acostumbradas peculiaridades, sino el tema de la autoridad pontificia desde la declaración de infalibilidad del Concilio Vaticano I. Creo que Francisco debe aprovecharse como una buena oportunidad para replantear el tema.

Ningún buen católico tuvo nunca dudas sobre la Primacía de Pedro para definir en materia de Fe junto con un concilio dogmático universal. Pero Pío IX consideró prudente declarar la infalibilidad ex cátedra como desde entonces se la entendió. El argumento de los antiinfabilistas era la oportunidad del planteo (como Lord Acton, de donde sale su famosa admonición sobre el abuso del poder) y si era conveniente excluir en esos casos el concurso de los obispos. Por eso el Cardenal Fillipo María Guidi propuso una fórmula conciliadora, que los integrara, que ocasionó la famosa frase de Pío IX, “la tradición soy yo”, rechazando de plano la sugerencia de Guidi.

Dollinger, por otra parte, historiador eximio, intentó demostrar que de hecho varios pontífices habían cometido errores doctrinales graves, aunque no hayan quedado en las fórmulas dogmáticas de los concilios previos al Vaticano I. Dollinger, como se sabe, fue olvidado y silenciado (a parte de excumulgado en su momento), y su solo recuerdo es para cualquier buen católico un doloroso callo en el pie de su Fe. Newman quedó flotando entre dos aguas. Lord Acton se salvó de ser excomulgado por milímetros. Mons. Dupanloup hizo lo que pudo. Pero alea iacta est.

Una evaluación retrospectiva nos acerca a la hipótesis de que el tema de la infalibilidad era para Pío IX parte esencial de la segunda parte de su pontificado, donde el rechazo global a toda modernidad fue la clave de la cuestión. De allí la adhesión cuasi-fanática de los ultramontanos a Pío IX y las dudas de quienes tenían una visión menos monárquica de la Iglesia misma. No lo queremos admitir, pero la declaración de la infalibilidad, aunque fuera correcta, fue concebida en pecado político y oscurecida por ello. Luego ya sabemos cómo siguió la Historia. Por un lado los pontífices fueron prudentes en su aplicación, y varios teólogos del Vaticano II afirmaron todo lo que decían Dollinger, Acton y etc SIN afirmarlo, entre líneas. Por el otro, el abuso de poder predicho por Lord Acton se cumplió plenamente. En materia social, los papas comenzaron a afirmar absolutamente todo lo que querían ut si infalibilitas daretur. Y comenzaron las interminables discusiones sobre la validez del magisterio ordinario. Se produjo además una inflación de textos pontificios que llevó obviamente a una depreciación de su autoridad. La moneda de “custodia a tus hermanos en la Fe” se devaluó gravemente, como ya hemos dicho en otra oportunidad (https://institutoacton.org/2016/04/12/la-devaluacion-del-magisterio-pontificio-gabriel-zanotti/)

En todo este panorama, los sectores conservadores NO lefebvrianos descansaban tranquilos con Juan Pablo II y con Benedicto XVI. Al primero le seguían en TODO lo que dijera, aunque fuera una opinión sobre la mejor pasta de dientes, y al segundo le toleraron en silencio sus discursos en los que hablaba como si fuera F. Hayek. Porque el liberalismo el pecado excepto que el pecador sea Benedicto XVI.

Pero con Francisco se les vino el mundo abajo, y comenzaron a aprender a hacer distinciones que yo  había hecho desde 1985 cuando comencé a decir explícitamente que se podía ser un buen católico y estar de acuerdo con el libre mercado, cosa que parecía una herejía ante las dos primeras encíclicas sociales de Juan Pablo II. Luego cuando salió la Centesimus annus mis amigos conservadores pro free market entronizaron a esta última y olvidaron a las dos primeras. Lo de siempre. La inflación de los textos pontificios ocasiona, a todos, una excelente ocasión para recortar y pegar, con lo cual la llamada Doctrina Social de la Iglesia es un caos. Pero los primeros responsables de ello son los pontífices. Desde el punto de vista de la mezcla de niveles y el autoritarismo de su estilo, NO hay diferencia entre la Quanta cura y la Laudato si.

Ahora sería el momento de aprender. No es cuestión de que si Mons. Schneider saliera elegido Papa en unos años, los conservadores se olvidaran de la sana desobediencia en materias opinables que ahora tienen. No es cuestión que los próximos Papas hagan lo mismo que Francisco pero del otro lado. Es cuestión de que la doctrina y praxis de los próximos pontífices nos vayan acostumbrando a un magisterio más depurado de cuestiones opinables y más concentrado en la defensa de la Fe de siempre, que estaba muy clara ANTES de Gregorio XVI y Pío IX.

Pero creo que falta mucho para eso. Mientras tanto, que cada uno siga su conciencia, en medio de una Iglesia que, en su lado humano, se ha convertido en la arbitrariedad y en el caos más increíble de sus 2000 años. Los Borgia fueron un desastre pero la Fe no giraba en torno a ellos. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

LA LIBERTAD, ESA DESCONOCIDA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 6/3/22 en: http://gzanotti.blogspot.com/2022/03/la-libertad-esa-desconocida.html

¿Quiere comulgar en la boca o en la mano? Comulgue como quiera y no condene al resto. Y trate el tema con argumentos.

¿Misa tradicional o reformas post-Vaticano II? Que cada obispo, como el Vaticano II establecía, hago lo que le parezca. Pero no condene el resto y discuta el tema con argumentos. No insulte.

¿Quiere que sus hijos tengan educación sexual en su escuela? Mándalos a una que tenga ese programa. ¿No lo quiere? Mándela a otra que no lo tenga. Y deje que cada escuela, estatal o privada, decida sus programas de estudio. Y argumente a favor o en contra. Pero no imponga al resto su visión del mundo. 

¿No quiere una jubilación del Estado? Contrate un seguro privado. ¿Cree que la mejor jubilación es la del Estado? Disfrútela. Pero no impida por la fuerza la primer opción ni imponga por la fuerza la segunda. 

¿Quiere casarse con alguien de su mismo sexo? Hágalo con un contrato privado. ¿Quiere casarse con alguien de sexo distinto? Hágalo también un contrato privado. Pero en ambos casos no llamen al Estado para que los case. Que no haya matrimonio estatal y punto terminado. 

¿Quiere educar a sus hijos en una escuela estatal con valores kirchneristas? Hágalo. ¿Quiere educar a sus hijos en su propia casa? Hágalo. Y en el primer caso, no impida la segunda opción. 

¿Quiere que en el directorio de su empresa haya un 70% de mujeres? Hágalo. ¿Quiere que haya sólo rubios con un zapato negro? Hágalo. ¿Quiere que estén sólo los más capaces? Hágalo. Pero no llame a la fuerza del Estado para cualquiera de sus opciones. 

¿Considera que no hay que comer animales? No lo haga. ¿Cree que la contaminación es terrible? No viaje en avión ni en automóvil. ¿Quiere comer carne? Hágalo. ¿Quiere viajar en automóvil? Hágalo. ¿Cree que la contaminación afecta a terceros? Espere al final de esta entrada. 

¿Hay un virus peligroso y usted quiere encerrarse en su sótano con un traje de astronauta? Hágalo. ¿Hay un virus peligroso y usted quiere salir como siempre? Hágalo. ¿Considera que el virus no es peligroso? Dígalo. ¿Considera que sí, que es terrible? Dígalo. Pero no condene al resto, haga lo que quiera, diga lo que quiera, y discuta con argumentos.

¿Quiere darse la vacuna contra el bicho 19? Désela. ¿No quiere dársela? No se la de. ¿Considera que la vacuna es segura? Argumente. ¿Considera que no? Argumente. Pero haga lo que quiera, diga lo que quiera y no condene al resto.

¿Prefiere la medicina china a la medicina occidental? Ok. ¿Prefiere la segunda? Ok. Pero no imponga por la fuerza ni la una ni la otra. 

¿Considera que el daño a terceros (contaminación incluida) justifica el uso de la fuerza? Considérelo. ¿Sabe que, al respecto, hay una enorme literatura sobre bienes públicos, externalidades y la sociedad libre? Si no lo sabe, léala. ¿No quiere leerla? No la lea. ¿Quere NO leerla y seguirme insultando? Hágalo. Y yo tengo la libertad de no responder a sus insultos. 

Pero no. Policía, corridas, persecuciones, denuncias, arrestos, palos, disparos, violencia. Si no te quedás en tu casa te pongo preso. Si comulgás con la boca te cierro el seminario y te mando a la miércoles….

Violencia.

Pero la libertad….. Nunca. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

YO TE VACUNO EN NOMBRE DE LA CIENCIA, DEL ESTADO Y DEL MÉDICO SANTO, AMÉN.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 27/2/22 en: http://gzanotti.blogspot.com/2022/02/yo-te-vacuno-en-nombre-de-la-ciencia.html

Todos hemos escuchado hablar de las guerras religiosas en Europa. De cómo católicos y protestantes de masacraban los unos a los otros inmisericordemente.

Nosotros los miramos ahora como si hubieran estado dementes. Pero no. Nada ha cambiado.

Católicos y protestantes pensaban que unos contagiaban a otros respectivamente. Salud viene de salus, salutis, salvación. En esa época la salvación del alma era más importante que la salvación del cuerpo. No había que contagiarse del virus más terrible, la herejía, pues eso te podía llevar a perder la salud, o sea la salvación del alma. Obviamente, si ambos lados pensaban eso uno del otro, la consecuencia era la guerra o muros de separación.

Algo de verdad había. Sí, la salvación del alma, para un creyente, es lo más importante, y que puedo llegar a perderla si con conciencia errónea culpable pierdo la fe, también.

Llegó luego la libertad religiosa y, con ella, dos interpretaciones. Una, que esa creencia, la de la salvación del alma, es una total estupidez, que toda religión es una creencia infundada y por ende todas pueden convivir libremente mientras no ejerzan una absurda violencia unas contra otras. Las religiones son tradiciones, dependen de dónde naciste, en qué familia, en qué entorno, qué ritos te gustan, en qué ilusiones o alucinaciones (no es lo mismo) crees pero, cuidado, siempre que no tengan pretensión de verdad. Por ende, sé católico, protestante, marciano, o nada, pero no molestes.

Otra interpretación, muy minoritaria, es que sí, que la verdad existe, que la salvación del alma es importante, que estás expuesto al error culpable y sin embargo nada de eso es fundamento para ejercer la violencia contra otro. La verdad no se impone por la fuerza y hay que tener bien el sistema inmunológico intelectual para convivir con todos sin que eso te afecte. Ese es el mejor fundamento de la libertad. Porque si no debes usar la violencia para lo más importante, o sea, la salvación del alma, ¿por qué para lo demás sí?

Como explica Feyerabend, a partir del s. XVIII la balanza de “lo más importante” dio un giro de 180 grados. Desde el cientificismo del s. XVIII lo más importante fue y sigue siendo “la” ciencia. Comte plantea la unión del estado y la ciencia y efectivamente así se hizo. La educación científica occidental es obligatoria. La medicina occidental es legal y obligatoria. Si no, eres un hereje y puedes hacer que otros pierdan la vida. Por ende no hay libertad para creer o difundir visiones alternativas, porque la salvación, que es ahora la salud del cuerpo, está en juego. Si lo haces, vas preso o si lo difundes, false information. Y lo que es false information o no lo deciden los gobiernos asesorados por sus expertos científicos (y la gente que les cree), como antes el príncipe temporal autorizaba un auto de fe asesorado por sus científicos, esto es los teólogos al servicio del gobierno, los inquisidores, que estaban protegiendo las almas. Ahora es lo mismo, sólo que te protegen el cuerpo.

El pánico ante el Covid 19 no ha hecho más que corroborar de este marco de referencia, este giro de 180 en el marco de las creencias. La planificación soviética de la medicina no difiere de la religión única del príncipe temporal. Sí, hay un aprovechamiento maléfico de la situación, pero millones de personas y miles de médicos piensan verdaderamente que la violencia está justificada para evitar el contagio del Covid 19, de igual modo que antes se prohibía la difusión de falsas religiones.

Ante esto, hay gente diciendo que no, que el Covid 19 no es tan peligroso, y puede ser que tengan razón, pero ese no es el punto. El punto es que en una sociedad libre todos convivimos libremente corriendo nuestros propios riesgos. No te quieres juntar con “ese”, no te juntes. Crees que tal institución o tal otra debe estar cerrada ante “los peligrosos”, ciérrala si eres el dueño. Y si tienes la piedra filosofal para el problema de los bienes públicos, practícala. Un agnóstico no da catequesis en la parroquia (bueno, en fin, la analogía daría para muchas ironías). Pero ejercer la violencia contra lo que tú consideres falso o peligroso para tu salvación, ya del cuerpo, ya del alma, es otra cosa. Por supuesto, hay cuestiones más utilitarias. En una sociedad libre siempre surgirá el mejor tratamiento, las mejores formas de prevención, que en una sociedad planificada. Pero la cuestión es otra. En una sociedad libre  la mayoría admira a Maradona y no a Unamuno. Y ese anti-ejemplo-de-valores hace mal. Pero  Unamuno no se impone por la fuerza. Se enseña. Se propone. Se dialoga.

Por ente nada ha cambiado. Seguimos igual que católicos y protestantes de antaño. Ese es el diagnóstico de Feyerabend, y tiene razón. Autor al cual muy pocos liberales leen. Por eso sus dudas ante esta situación. Libertad de precios, sí. Libertad en medicina, no.

Dicen que el Mayflawer estaba formado por gente que huía de la falta de libertad religiosa en Europa, y que eso fue esencial para el EEUU que surgió.

La cuestión, ahora, es ¿dónde nos vamos?

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

LOS FUNDAMENTOS JUDEO-CRISTIANOS DE UNA SOCIEDAD LIBRE

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 20/2/22 en: http://gzanotti.blogspot.com/2022/02/los-fundamentos-judeo-cristianos-de-una.html

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

MI AMIGO FRANCISCO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 23/1/22 en: http://gzanotti.blogspot.com/2022/01/mi-amigo-francisco.html

El Lunes 1 de Noviembre de 2021 lo fui a ver a Francisco Leocata. Estaba perfectamente bien. Pero, evidentemente, Dios había decidido otra cosa.

Ir a ver a Leocata se había convertido para mí en una rutina privilegiada. Desde 1982, yo lo iba a ver, una vez cada dos meses, más o menos. 

En ese año fue mi profesor de Filosofía Contemporánea en la UNSTA. Llegaba con un portafolios negro, de formato antiguo, que no abría. Y comenzaba a hablar. Autor, obras, circunstancia histórica, cada una de sus obras, todo…. Y mucho más. Una interpretación general del pensamiento moderno y contemporáneo, donde la distinción entre Iluminismo y Modernidad era el eje central. 

Así como Luis S. Ferro fue para mí la puerta de entrada y llegada a la Metafísica de Santo Tomás, Leocata fue para mí la entrada a toda la filosofía. 

Ese año endendí a Husserl como autor clave para captar la relación entre la escolástica, el pensamiento moderno y la filosofía continental contemporánea. 

Leocata fue el único profesor al que fui a escuchar luego de terminar la Unsta. Cursé con él filosofía moderna y filosofía del lenguaje.

Pero en 1983 le pedí ser su ayudante en el Profesorado Don Bosco (que él había convertido en un studium dominico) y desde allí comencé una relación tutorial y de amistad que siguió casi 40 años más. Era un aprendizaje permanente. Con él estudié Husserl sistemáticamente y todo autor y todo tema que rondara mi pobre inteligencia al lado de sus respuestas. 

No sé cómo, nos hicimos amigos. El era muy tímido y reservado. Pero en nuestra amistad, se abría y me confiaba sus opiniones más íntimas sobre todo lo que pasaba en la Iglesia, en la Argentina y en Europa. Nunca las voy a hacer públicas pero fueron conformando mi pensamiento y moderando mis intuiciones más infantiles. 

Sabía perfectamente el desierto donde estaba parado. Totalmente distante de las teologías de la liberación, de los repetidores de la Quanta cura y de todo post-modernismo, se fue quedando muy solo. Claro, los que estaban en la superficialidad no se atrevían con él. El podía citar de memoria todo Hegel, todo Heidegger, en Alemán, de atrás para adelante, de arriba para abajo, y jamás los confundía con Santo Tomás cuyo eje central creacionista él había captado a la perfección. A todos los autores los leía en su idioma original y cada vez que estaba muy cansado, leía a Aristóteles directamente en Griego, para distraerse.

A los adoradores de Hiedegger que presentaban a este último apenas un poco por abajo de Jesucristo, yo les decía: ¿por qué no vas a hablar con Leocata? Nadie fue. Nunca. 

Su explicación de la filosofía moderna y contemporánea no tenía nada que ver con la de Fabro. Todos se daban cuenta; casi todos -excepto muy pocos- diferían pero el silencio era la respuesta, mientras él seguía publicando sus libros, que casi nadie entendía, y nadie leía, especialmente los que diferían con él y hablaban todo el tiempo de Marx o de Heidegger como si fueran Abraham o Moisés. 

No es este el momento de reseñar su pensamiento, como ya lo hizo perfectamente Carlos Hoevel. 

Sólo señalar que perdimos a un filósofo a la altura de un Paul Ricoeur. Rezo para que sus obras sean traducidas y obtengan alguna vez el reconocimiento internacional que merecen.

En un mundo confundido que se deshace entre el positivismo, el postmodernismo y la supina ignorancia de Santo Tomás, Leocata es esencial para un tomismo fenomenológico que supere la dicotomía entre razón y fe en la cual los mismos católicos, contradictoriamente, están inmersos. Leocata es EL filósofo, a la altura de Ratzinger, para entender la relación entre Iglesia y mundo moderno, relación sin cuya comprensión el Vaticano II seguirá siendo signo de contradicción entre todos los católicos. 

La historia de la Iglesia cambiaría si las obras de Leocata fueran leídas por todos los seminaristas.

De ese gigante yo fui alumno permanente, de esta figura inconmensurable tuve el regalo de ser su amigo, de compartir un cafecito, muchas veces al año, de acompañarlo luego a alguna de las casas salesianas donde vivía, donde me despedía con una tímida sonrisa que expresaba su paz y su amistad.

Tengo conmigo todos sus libros, dedicados por él, con letra pequeña y expresión acotada. Pero mis cafecitos con él se fueron para siempre. Lo voy a extrañar mucho. Su obra, su corazón y la intimidad de sus palabras ya forman parte de mi vida para siempre.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises