¿Cuántas libertades hay?

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/12/cuantas-libertades-hay.html

 

Es frecuente creer que hay tantas libertades como seres humanos así lo estimen.

De tal suerte se habla, por ejemplo, de la “libertad” de “elegir” como si se trataran de cosas diferentes. ¿es que acaso elegir no implica el ejercicio de esa misma libertad?

El diccionario nos remite desde elegir a la palabra elección, y de esta nos dice:

elección[1]

Del lat. electio, -ōnis.

  1. f. Acción y efecto de elegir.
  2. f. Designación, que regularmente se hace por votos, para algún cargo, comisión, etc.
  3. f. Libertad para obrar.
  4. f. pl. Emisión de votos para designar cargos políticos o de otra naturaleza.

La tercera acepción del vocablo nos da la pauta de que la elección no es otra cosa que el acto por el cual ejercemos nuestra libertad. De tal suerte que, la expresión “libertad de elegir” o “para elegir” no es sino una redundancia. Si elegimos es porque somos libres.

Ahora bien ¿Qué tan amplia es esa libertad para obrar que llamamos elección? La respuesta dependerá de muchos factores a considerar. Nuestra posición social, económica, política, geográfica -e incluso- nuestros pensamientos marcarán ciertos límites al ejercicio de esa facultad de elección.

Advertimos que la elección, definida como libertad para obrar, nos queda estrecha, ya que también podemos elegir nuestras ideas y pensamientos y que, en realidad, nuestro obrar dependerá en segundo lugar de las ideas que elijamos. Suele llamársele libertad de conciencia. Esta es mucho más amplia que la de obrar.

El campo de la elección de nuestros pensamientos es bastante más extenso que el del de nuestros actos. Somos más libres para pensar que para obrar. De hecho, podemos imaginar situaciones o fantasear sobre sucesos que no podemos hacer (por ejemplo, llegar volando a la luna agitando nuestros brazos como las aves, o vivir bajo el agua sin equipo de buzo como los peces). Somos libres de pensarlo, aun cuando sabemos que es imposible realizarlo.

Pero aun la libertad de pensamiento tiene sus límites, de los cuales el más importante es nuestro nivel de conocimientos. Solo podemos pensar acerca de lo que conocemos (tanto material como espiritualmente) o -dicho de otro modo- solo podemos pensar acerca de nuestros conceptos y no sobre conceptos que no poseemos, aunque podamos llegar a formarlos o adquirirlos. A medida que aprendemos vamos ampliando transformando y/o consolidando nociones. Cada vez que incorporamos un nuevo concepto acerca de cualquier objeto, nuestra libertad para pensar acerca del mismo se va ampliando. Pero eso no extiende automáticamente nuestra libertad para obrar, es decir, elegir. Podemos conocer muchas cosas, pero lo que conozcamos siempre será mucho mayor que lo que podamos hacer al respecto de aquello o de todo aquello que conocemos. Por ejemplo, podemos saber de la existencia de lugares a los que no podemos visitar, ya sea por razones de distancia, de dinero, familiares, políticas, etc. o de todos esos factores a la vez.

De hecho, un reo en su celda goza de absoluta libertad sobre sus pensamientos, pero tiene prácticamente cercenada su libertad de acción. Y esto será así, aun cuando tenga un patrimonio multimillonario, del cual no pueda disponer por hallarse embargado o inhibido. La libertad económica consiste precisamente en la libertad de acción respecto del uso y disposición de ese patrimonio que se posee. Si esa libertad de acción no existe, tampoco existe ninguna libertad económica. Si el titular de un patrimonio de supongamos 10 puede optar por gastarlos, ahorrarlos, regalarlos o invertirlos tiene la libertad económica que otra persona -dueña de un patrimonio de 100 millones- no posee, porque sobre este patrimonio deciden otros, como pueden ser los ladrones, los jueces o los gobiernos. Los ladrones por vías de hecho, y jueces y gobiernos por las de derecho (o también de hecho, cuando nos hallamos en un régimen despótico).

De donde se deduce que la libertad económica no está en relación dependiente de la cuantía del patrimonio, sino en la elección de la que ese patrimonio pueda ser objeto. No es “más libre” económicamente el que “más tiene”, sino el que más puede elegir sobre lo que tiene, sea poco o mucho.

Elección política o económica denota los distintos campos en los cuales podemos ejercer nuestra libertad de obrar, de donde se pueden permutar los términos por libertad de obrar política o económica. Las acepciones 2 y 4 de la definición del diccionario apuntan a lo que habitualmente se denomina la libertad política, la tercera acepción sería aplicable a las 2 y 4.

La cuestión es los límites de esa elección y -en nuestro tema- si es posible circunscribir la elección política sin afectar la económica. ¿Puede un tirano perpetuo permitir y reconocer la vigencia de las libertades económicas al tiempo que niega y censura las libertades políticas? ¿Puede admitir la propiedad privada de sus súbditos y respetar sus libertades civiles en tanto prohibir las políticas?

En principio la respuesta parecería positiva. Si, es posible. Y, de hecho, históricamente, se han registrado algunos casos en tal sentido. Pero, es importante notar que dicha situación no se sostiene en el tiempo. Porque quien ejerce el poder político es -en definitiva- quien detenta el poder legislativo, y siempre existe la tentación a abusar de este poder, sea que se encuentra en manos de uno o de muchos.

Siempre estará latente en la ciudadanía el temor y la sospecha de que el tirano que respeta las libertades civiles y económicas se sienta -de repente- tentado a violarlas, contra lo cual no habrá apelación posible ante ningún otro organismo de poder, ya que el tirano es el que arroga el poder absoluto. Ergo, la negación de la libertad política lleva, potencial o efectivamente, a la carencia de toda otra libertad, comenzando por la económica.

En el caso inverso ¿puede permitirse la libertad política negándose la económica? También es posible teórica y prácticamente en el corto plazo, pero quien no puede disponer de lo suyo por imperio legal tratará de derogar ese imperio legal, y reemplazarlo por otro que le habilite la propiedad privada de sus bienes. De modo tal que, la libertad de elección política lo llevará a elegir un régimen que le consienta su libertad económica, es decir, la facultad de poseer y comerciar libremente con lo que se posee. Lo que nos conduce nuevamente a la misma conclusión anterior ambas libertades (económica y política) al final del camino terminarán convergiendo en una sola libertad, una única libertad.

Por ello, si bien en el corto plazo es posible separar la libertad política de la económica sin que una dependa de la otra, en el mediano y largo plazo esa separación tenderá a desaparecer, y sin “una” libertad tampoco existirá la “otra”, lo que nos lleva a rematar que la libertad es indivisible, aun cuando muy transitoriamente puede separarse en partes.

[1] Real Academia Española

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El plan quinquenal: la decadencia

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 17/12/18 en: https://www.ambito.com/el-plan-quinquenal-la-decadencia-n5005427

 

Desde el inicio de su mandato como jefe de Gobierno porteño quedó claro que Mauricio Macri provocaría la decadencia del país. Al llegar a la Nación siguió con el mismo “modelo”.

Mauricio Macri

Es imposible mejorar y ser eficiente, en cualquier actividad, sin competencia: no se puede ser buen tenista sin un contrincante, solo peloteando en un frontón, ni se puede ser un buen equipo de fútbol -como Riber, con la B de Bernabeu- solo tirando pelotas al arco. Por lo que solo la actividad privada en competencia -desregulada- es eficiente. En contraposición con la actividad estatal, que jamás es competitiva, o porque el Estado le garantiza “reservas de mercado” o porque, como Aerolíneas Argentinas, no compite realmente desde que el Estado le asegura “los goles”, es decir, que el Tesoro le gira todos los fondos necesarios para cubrir su déficit y, así, no tiene aliciente para ganar.

Por esto es que, un país es eficiente y crece en la medida del tamaño de su sector privado competitivo e, inversamente, decrece cuanto más se agranda su sector estatal. Así las cosas, desde el principio de su mandato en la CABA, quedó claro que Macri provocaría la decadencia del país: con la excusa de que, por ser opositor, la Nación no le giraba fondos, aumentó impuestos, regulaciones, empleados públicos y empresas estatales, es decir, aumentó la ineficiencia a costa del sector privado.

Y, al llegar a la Nación, como era de esperarse, continuó con el mismo “modelo” que dice que “es el correcto” y los burócratas internacionales lo apoyan -obvio, son burócratas estatales- con lo cual, como seguramente será reelecto según veremos, Argentina tiene por delante otro quinquenio de decadencia.

De los tres años de gobierno de Macri en la Nación, sólo en uno, 2017, el PBI creció, pero no verdaderamente, sino inflado gracias a créditos que supusieron un brutal aumento de la deuda -y de las tasas de interés, quitando recursos al sector privado-, siendo que en el acumulado registra una caída de algo más del 18%. Por su parte, el dólar aumentó casi 300% y, según Eco Go, la inflación acumulada se rondará el 158% a pesar de haber sido contenida por la recesión que dificulta inhibe que los empresarios aumenten precios, mientras que la suba de tarifas acumulada hasta este diciembre rondará el 280%.

Por cierto, quitar subsidios es de justicia si y solo si se les devuelve a los consumidores el correspondiente porcentaje de los impuestos con los que se solventaba ese subsidio, pero Macri “se quedó con el vuelto”: subió tarifas y no bajó impuestos, por el contrario, los subió provocando una fuerte -y muy injusta- caída en el poder adquisitivo de la gente. Mientras que en 2018 los salarios aumentaron sólo 31%, la suba interanual de precios terminaría en alrededor del 47,5%.

Dicen quienes justifican a Macri que, si bien los números no son buenos “se hicieron cambios estructurales” y que la culpa de la caída del PBI en 2018 habría sido de la sequía y la crisis cambiaria. Pues no hubo tal crisis, salvo en la imaginación de quienes no saben cómo justificar sus erradas predicciones, sino solo una previsible y justa apreciación del dólar.

Y no recuerdo que ninguna economía seria, ni Japón, ni EEUU, ni Alemania, que tuvieran caídas en el PBI por culpa de una sequía, o de un tsunami, o de un huracán como Katrina que destrozó, literalmente, a Nueva Orleans y el PBI de EE.UU. ni se inmutó. Si recuerdo, en cambio, que desde que China comenzó a realizar verdaderos cambios estructurales, “promercado”, su PBI entro rápidamente en una espiral de crecimiento de hasta el 13,5% anual llegando a ser hoy la segunda economía global.

Y la crisis argentina se profundiza. La construcción cayó 6,4% anual en octubre de este año, la industria 6,8%, el comercio minorista (CAME), la venta de autos 0 km y los despachos de cemento mostraron fuertes caídas mientras que la recaudación de la AFIP subió solo 34% anual, muy por debajo de una inflación que rondaría el 47%, proyección que pone en jaque al Presupuesto 2019. La Bolsa porteña cae más del 50% en dólares en lo que va de 2018 y empeora.

El 52% de los productores del campo cree que la situación de su empresa está peor que el año pasado, según SEA-CREA, a pesar de ser el sector más optimista, y un 70% de los consultados aseguró que no cree que estén dadas las condiciones para realizar inversiones. En el agro, las necesidades de financiamiento de las compañías serán mayores en la campaña 2018/19 respecto de la anterior, lo que se va a complicar notoriamente con estas altísimas tasas a partir de las de referencia que, del 70%, por ahora bajaron al 59%.

Por cierto, los REM del BCRA parecen un ranking de quién yerra más, habría que premiarlos con el récord Guinness. Todos los gurús empezaron diciendo que en 2018 se crecería alrededor de 3% y 3,5% en 2019 y lo peor del caso es que lo dijeron sin fundamento serio, pero aun así siguen pronosticando con la misma “certidumbre” y ahora dicen que, si bien habrá una caída del PBI de un -2,4% en 2018 y alrededor de -1% en 2019, en el famosísimo “segundo semestre” de 2019 empezaría la recuperación, dicen.

Entretanto, el FMI en octubre de 2017 estimó que el PBI en 2019 crecería 3,2% y ahora dice que caerá -1,7%. Si seguimos la curva de las proyecciones que venía haciendo (para 2019, +3,2%, luego +1,5% y ahora -1,7%) en marzo del año que viene dirá que el PBI caerá más del -3% en 2019 y aún más en 2020 y esto sí se acercará más a la realidad.

Además, tiene sentido lo que dicen muchos analistas -como el Estudio Broda– de que la curva de rendimientos de los bonos argentinos está indicando que el mercado tiene “serias dudas” sobre el financiamiento público a partir de 2020, cuando el programa financiero oficial asume que se recupera el acceso a los mercados de deuda en condiciones razonables. La asistencia del FMI se reduce y cubre 14,7% de las necesidades brutas. Y podría ocurrir una “reestructuración de deuda post 2019” salvo que el riesgo-país baje de los 500 puntos cuando hoy ronda los 750 y tiene ganas de seguir subiendo.

En el Gobierno insisten en que el rendimiento de los bonos que vencen luego de las elecciones “reflejan el riesgo político post electoral”. No es muy serio que en el mercado todavía se dude de la reelección de Macri y que esto traiga cierta incertidumbre.

Los mejores científicos políticos de EEUU tienen esto de las campañas muy estudiado. Las personas no votan racionalmente -de todos modos, los políticos dicen una cosa y luego hacen otra, de modo que no se los puede votar por sus programas- sino con “el corazón”. En particular, en el caso de las mujeres el proceso psicológico es muy parecido al de “elegir un marido”. Así, termina ganando básicamente quién tiene más y mejor publicidad y el oficialismo, al tener el aparato de gobierno, gana lejos en esto.

Además, más allá del discurso, la gente es conservadora, o sea, prefiere “malo conocido que bueno por conocer”. Total, que gana las elecciones quién va por la reelección en un porcentaje muy alto de veces: de los 24 presidentes -regulares, no como Gerald Ford que asumió por renuncia de Nixon- que fueron por la reelección en EEUU, 17 fueron reelectos, es decir el 70%, porcentaje que se eleva mucho en países con tendencias populistas como el nuestro. Así ganaron Menem, Cristina, Evo, Dilma Rouseff, Bachelet, Ortega, Santos, Correa, etc. Y pasa lo mismo a nivel diputados y senadores que van por la reelección, los “incumbents” que, según estadísticas recogidas por OpenSecrets.org, en más del 90% de los casos ganan la reelección.

O sea que Macri será reelecto, salvo una “catástrofe nuclear” que muy difícilmente ocurra. Ni siquiera el hecho de que el juez federal Claudio Bonadio haya citado a Franco y a Gianfranco Macri, padre y hermano del Presidente respectivamente, y aun recordando al “arrepentido” primo Calcaterra, podría cambiar esto.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Gobierno, economía y educación

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/12/gobierno-economia-y-educacion.html

 

Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe un consenso generalizado en cuanto a este aspecto. La función de educar se piensa esencialmente tarea a cargo del “estado” y sólo subsidiariamente de los particulares. Es posible que esta convicción resida en el hecho de que la educación se cree una actividad “no económica”. Es bastante discutible este último aserto si lo observamos desde el ángulo de que quien se educa lo hace principalmente con el objeto de adquirir conocimientos que le den competencia en el campo laboral y le permitan no sólo subsistir financiando sus necesidades cotidianas, sino además darle mayores oportunidades de progreso que -necesariamente- se van a reflejar en lo económico. Por supuesto que, la educación no solamente sirve para conseguir buenas colocaciones laborales, sino también para obtener satisfacciones intelectuales y hasta espirituales. Pero una cosa no excluye la otra, y resulta -a nuestro juicio- apresurado descartar sin más los resultados económicos de la educación desde el punto de vista individual.

Lo mismo cabe decir -desde un enfoque praxeológico- de la “medicina, previsión social, arte, ciencia” etc. Sin embargo, hay autores que defienden la propiedad privada y que hacen esas distinciones. Citamos al respecto el siguiente párrafo:

“Propiedad privada. El éxito en educación, medicina, previsión social, arte, ciencia y otras actividades no económicas, se basa en los mismos dos principios anteriores. Por eso la propiedad privada, sostén y garantía de todas las libertades, debe ser respetada por todos, gobernantes y gobernados, no sólo en economía y finanzas, sino también en enseñanza y cultura, salud y deportes, cajas de jubilaciones y pensiones; y en los ámbitos de familias, partidos, iglesias y demás instituciones privadas.”[1]

Debemos recordar que la propiedad privada es una institución fundamentalmente económica, que nace de un hecho natural como es el de la escasez de bienes y servicios. Si bien los valores últimos perseguidos por los seres humanos no son siempre ni completamente económicos, resulta innegables que los medios indispensables para concretar esos valores si lo son, mal que les pese a quienes discurran que la economía sólo se trata de una ciencia de números, gráficos y ecuaciones.
Iglesias, partidos y familias (“y demás instituciones privadas”) necesitan de la economía para poder sostenerse y continuar creciendo, y más aún si pretenden desarrollarse. No se trata de un enfoque materialista el que hacemos, sino que reconocemos a la economía una función instrumental como medio idóneo para que el ser humano pueda desplegar sus facultades, tanto físicas, intelectuales, como espirituales. Es decir, la economía es el medio que permite al ser humano perseguir aquellos valores no económicos. No obstante, todas las actividades (y siempre desde el enfoque praxeológico) son económicas.

Pero si incluimos un análisis cataláctico, podemos preguntarnos: si los costos, tanto monetarios como de oportunidad para educarse, sea que los afronten los padres del estudiante o el estudiante mismo, no son económicos ¿Qué tipo de costos son? ¿Cómo podría -en tal caso- considerarse la educación fuera del mundo económico?

“Los Gobiernos han usurpado funciones para las cuales sus rasgos esenciales son disfuncionales. ¿Cómo ha sido? ¿Cuándo comenzaron? 1) Empezaron en el s. XVIII con la educación, asumiendo que los padres no enviarían a sus hijos a la escuela si no fuesen forzados a hacerlo; que la educación estatal sería “gratuita”; y además “neutral” en materia religiosa. El primer supuesto es históricamente falso: por siglos los padres han enviado a sus hijos a la escuela sin ser obligados. La gratuidad no es tal, es financiamiento con impuestos. La neutralidad tampoco: Es catequización en la religión del Humanismo secular iluminista, evolucionista, idólatra y políticamente estatista. Además, la calidad de la educación estatal ha sido y es muy pobre en todos los países: los niños de primaria no salen bien en las pruebas de lectoescritura y comprensión, ni de aritmética elemental. Tampoco los bachilleres en las de ciencia y cultura general. Y la formación profesional de los universitarios es harto defectuosa.”[2]

Compartimos completamente los conceptos que se vuelcan en el párrafo citado, y lo conectamos con nuestros comentarios previos en cuanto a las funciones e implicaciones económicas de la educación. ¿Por qué los gobiernos se comportaron -y aun lo hacen- como indica el autor en comentario? Pensamos que porque los gobiernos han comprendido que manejando la educación podían (y efectivamente pueden) manipular los recursos económicos de la gente que es gobernada. Sólo mediante la educación estatal logra convencerse al futuro ciudadano de la bondad y “necesidad” de -por ejemplo- pagar puntualmente los impuestos como si estos fueran una “necesidad social” o peor aún, una “obligación moral”, señalando a quien los evade como el máximo de los delincuentes sociales. Es en las escuelas y universidades estatales donde se enseñan las bondades del mal llamado “estado benefactor” o “de bienestar” (verdadera contradicción en términos al decir del profesor Alberto Benegas Lynch (h) acertadamente); donde se instruye que la solidaridad sólo puede ser pública (o sea, estatal) y desafortunados conceptos por el estilo, que hoy en día casi nadie cuestiona o se lo hace en muy escasa medida.

¿Cuál es, pues, el objeto de los gobiernos al tomar (por si o por otros) las instituciones educativas e inculcar estas perniciosas doctrinas si no es el convencer a la gente de que entregue de buena gana el fruto de sus esfuerzos laborales al fisco a efectos de alimentar sus voraces arcas, siempre ávidas de fagocitar más y más recursos? ¿no es acaso económico? Creemos que sí. Y es en esto en que basamos nuestro convencimiento de la economicidad de la educación o si se quiere la de sus fines económicos.

Claro que la educación estatal no presenta ni expone tales fines de los gobiernos de la manera descripta en el párrafo anterior. En su lugar, hablará de “justicia social” solidarismo, confraternidad, conciencia social, y completará todo sustantivo posible con el adjetivo “social” que, como dice el fenomenal Friedrich A. von Hayek, no es sino la palabra comadreja que, como ese animal hace con el huevo lo vacía de contenido sin siquiera romper la cascara.

[1] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009, pág. 40

[2] Mansueti A. ibidem. P. 89

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El 2019 será todo un desafío económico para Cambiemos

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 17/12/18 en: https://www.ambito.com/el-2019-sera-todo-un-desafio-economico-cambiemos-n5005402

 

Las tensiones en el mercado de cambios y financiero y la inflación serán predominantes para ver cómo llega el oficialismo a las elecciones de octubre.

El 2019 será todo un desafío económico para Cambiemos

El 2019 va a estar económicamente condicionado por factores políticos y otros puramente económicos. El factor político tiene que ver, obviamente, con las elecciones presidenciales, dato que en Argentina no es un tema menos porque vamos a los bandazos entre populismos autocráticos y populismos menos agresivos con los derechos individuales, pero ambos populismos al fin.

En lo estrictamente económico, el nivel de actividad, las tensiones en el mercado de cambios y financiero y la inflación, serán predominantes para ver cómo llega el oficialismo a las elecciones de octubre.

En lo que hace al nivel de actividad, los motores de la economía son tres. A saber: 1) consumo interno, 2) inversiones y 3) exportaciones.

Siendo que el ingreso real depende de la tasa de inversión y considerando que esta está estancada, se hace muy difícil imaginar que en los próximos meses el salario real vaya a recuperar terreno en forma significativa como para movilizar la economía. Es difícil imaginar un aumento artificial del consumo interno como en la era k porque ya no queda stock de capital para ser utilizado para financiar el consumo interno. Recordemos que en la era K el estímulo al consumo interno se basó, entre otras cosas, en consumirnos 12 millones de cabezas de ganado para tener, durante un tiempo, barato el asado de tira. Que nos consumimos el sistema energético estableciendo tarifas artificialmente bajas y financiando solo la compra de insumos dejando que el sistema energético se cayera a pedazos. Lo mismo se hizo con el agua potable, el transporte público, las rutas, los trenes, etc. Lo que la gente se ahorraba por consumir servicios públicos artificialmente bajos, se destinaba a pagar la cuota del televisor, el celular, etc., mientras se caía a pedazos la infraestructura del país.

También se financió el consumo confiscando los ahorros de aquellos que habíamos aportado a las AFJP, decisión que fue letal para el crecimiento económico porque se le quitó financiamiento de largo plazo a la economía argentina.

Todos estos artificios para financiar consumo interno no están a la vista y el acceso al crédito internacional para aumentar el gasto público y estimular el consumo interno va a estar restringido, por no decir ausente. De manera que se podría descartar el consumo como factor que movilice la economía. Lo mejor que podría ocurrir es que el salario real deje de caer.

Delirio

Suponer que la inversión se va a transformar en el motor del crecimiento económico en los próximos meses es casi un delirio. Nadie va a invertir en un país con la incertidumbre política que en particular tiene la Argentina ante cada elección, dada la inestabilidad en las reglas de juego. Hoy las encuestas muestran cierta paridad en intención de voto entre Macri y Cristina Fernández. Ambos tienen un núcleo duro de votantes de aproximadamente el 30% y el resto está desconforme con la gestión de Cambiemos pero tiene miedo a que vuelva el kirchnerismo. Todo parece indicar que la elección se va a definir entre la billetera y el rechazo a la vuelta del kirchnerismo. Ahí la clase media y la clase media baja van a definir el partido.

Ahora bien, como decía antes, supongamos que llegando a las elecciones se despejara el horizonte político y mostrara a un Macri ganando cómodamente las elecciones, ¿ese escenario podría traducirse en un mayor flujo de inversiones en el sector real de la economía que contrate personal, baje la tasa de desocupación, incremente la masa salarial y el consumo interno? Francamente veo bastante complicado que con encuestas que muestren una baja probabilidad de retorno del kirchnerismo vaya a producirse la lluvia de inversiones que no se produjo en estos 3 años que gobierna Cambiemos. Es que los cambios estructurales que se necesitan para atraer inversiones parecen ir más allá de la mayoría que necesitaría el oficialismo en el Congreso para implementarlas. Más bien todo parece indicar que no está en el espíritu o la filosofía de Cambiemos ir hacia las reformas estructurales necesarias, especialmente en materia de reforma del estado, del sistema tributario y de la legislación laboral.

Tanto el Presidente como sus principales laderos parecen despreciar la importancia de la macroeconomía y consideran que todo es un problema de gestión. Es decir, administrar eficientemente el Estado y los recursos de los contribuyentes. En definitiva, el principal error de Cambiemos es creer que un sistema intrínsecamente ineficiente, el populismo, puede transformarse en eficiente con un buen managment. Con esta carga tributaria, esta legislación laboral, este nivel y calidad del gasto público es impensable hasta una garúa de inversiones, de manera que hay que descartar que las inversiones vayan a movilizar la economía en 2019 aun con encuestas que muestren el escenario político despejado. ¿Por qué Cambiemos modificaría su política económica si no lo hizo en 2015 cuando tuvo oportunidad de contar en detalle la herencia recibida, ni en 2017 luego de haber ganado en forma categórica las elecciones de medio término?

El único motor que le queda para llegar hasta octubre con una economía que deje de caer como actualmente ocurre, será el de las exportaciones, siempre y cuando no dejen caer nuevamente el tipo de cambio real como hicieron en 2017. Si el tipo de cambio real se mantiene en estos niveles. Tanto el sector agropecuario, como las economías regionales, el turismo y alguna sustitución de importaciones puede frenar la caída en el nivel de actividad, pero tampoco debe esperarse una estampida de reactivación. Solo frenar el proceso recesivo en el que estamos al momento de redactar estas líneas.

En términos de actividad, el escenario es, a mi juicio, el planteado más arriba, sin embargo la mayor preocupación debería estar en no tener una crisis cambiaria y financiera.

Sabemos que el gradualismo requirió de endeudamiento externo para financiar el déficit fiscal. También sabemos que esos dólares de crédito externo había que transformarlos en pesos para pagar los sueldos, las jubilaciones, etc. y que el BCRA compraba esos dólares contra expansión monetaria que le entregaba al tesoro a cambio de las divisas de la deuda. Luego retiraba los pesos emitidos colocando Lebac, que lo llevó a acumular un stock de Lebac de $ 1,3 billones que se transformaron en inmanejables.

Esas Lebac fueron reemplazadas por las Leliq y a fines de año el BCRA tendrá un stock de Leliq de aproximadamente $800.000 millones pero pagando una tasa de interés todavía sustancialmente mayor a las que pagaban las Lebac. ¿Qué hace pensar que el cambio de las Lebac por las Leliq aleja el peligro cambiario y financiero?

El hecho que las Leliq las tengan los bancos y no los particulares no es un cambio estructural porque los bancos compran esas Leliq con los fondos de sus depositantes. El depositante no compara la tasa de interés contra la tasa de inflación. Compara la tasa de interés que le paga el banco contra el tipo de cambio esperado. Si estima que la tasa le va a ganar al dólar, sigue apostando a la tasa. Si cree que el tipo de cambio va a subir más que la tasa, retira su plazo fijo y compra dólares. Esta historia la vimos muchas veces en Argentina.

Supongamos que el inversor decide retirar sus depósitos a plazo fijo de los bancos, la pregunta es: ¿con qué le paga el banco si tiene Leliq en su activo? El banco tendrá que pedirle al BCRA que le de los pesos a cambio de las Leliq y el BCRA no tiene los pesos para pagar las Leliq. Tiene que emitirlos. De manera que el cambio de Lebac por Leliq no solucionó nada.

¿Qué puede llevar al inversor a salir del plazo fijo y pasarse a dólares? En primer lugar ningún inversor devenga indefinidamente sus ganancias. En algún momento las realiza. En segundo lugar, si el escenario político mostrara alta incertidumbre sobre el resultado de las elecciones de octubre podría generar un cambio de cartera. En tercer lugar, estos arbitrajes siempre saltan en el momento menos pensados y por la causa menos sospechada. Son muy inestables.

En síntesis, 2019 se presenta complicado para el Gobierno, no solo porque es un año electoral, sino porque tiene que lograr llegar a las elecciones con la economía dejando de caer en su nivel de actividad y rezando para que los inversores no decidan realizar sus ganancias en dólares antes de octubre por el arbitraje tasa versus dólar.

No será un año fácil en lo económico para la gente y para Cambiemos en particular 2019 se presenta como todo un desafío.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE  

¿Qué proponen los libertarios y por qué habría que escucharlos?

Por Adrián Ravier.  Publicado el 17/12/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/Que-proponen-los-libertarios-y-por-que-habria-que-escucharlos-20180116-0099.html

 

¿Qué proponen los libertarios y por qué habría que escucharlos?

Libertarios en la Argentina ha habido siempre. En su historia habrá que retroceder al menos unas cuantas décadas para ver que en los años 1950 Alberto Benegas Lynch padre fundaba, junto a algunos empresarios, el Centro para la Difusión de la Economía Libre, luego llamado Centro de Estudios para la Libertad. En estos centros se ofrecieron conferencias y publicaciones de libros de variados autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Leonard Read, Henry Hazlitt, Israel Kirzner o Murray Rothbard. Quizás haya algún lector que recuerde las seis conferencias multitudinarias de Mises en la UBA en 1959. Desde ya que la diferencia entre un liberal como Hayek y un libertario como Rothbard, fue siempre motivo de disputas internas entre libertarios, pero hoy no nos vamos a
detener en ello. Más bien, los tomaremos como compañeros de camino.

La posta la tomó su hijo Alberto Benegas Lynch (h), hoy Presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, quien fundó en 1978 la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE),
creando los primeros posgrados en Argentina. En sus cuatro Maestrías en Economía y Ciencias Políticas, Economía y Administración de Empresas, Derecho Empresario y Activos Financieros, los alumnos recibían los
fundamentos para defender la libertad individual, la propiedad privada, la economía de mercado y el gobierno limitado, además de los conocimientos específicos de cada programa.
Muchos de estos alumnos a su vez, formaron numerosas fundaciones e institutos pro mercado en distintas provincias, que como efecto cascada formaron a miles de jóvenes en las ideas de la libertad. Estos jóvenes hoy
quizás no son docentes o académicos prestigiosos (aunque algunos lo son, como el Dr. Eduardo Stordeur o el Dr. Nicolás Cachanosky), pero lideran y gerencian distintos departamentos de las principales compañías del país.
Martín Krause lo sucedió a Alberto Benegas Lynch (h) como Rector de este Instituto Universitario, donde también pasaron excelentes docentes como Juan Carlos y Roberto Cachanosky, Gabriel Zanotti, Enrique Aguilar, Gustavo Matta y Trejo o Ricardo Manuel Rojas (sin ánimo de ser exhaustivo).

¿Qué proponen los libertarios para esta Argentina? En una Argentina donde ya no podemos pensar la educación, la salud, las jubilaciones y pensiones, el cuidado del medio ambiente o la administración de la moneda y los bancos
sin el ente gubernamental como principal regulador, los libertarios proponen un debate necesario. Repensar una Argentina en la que podamos prescindir del Estado. Aspiran a que cada argentino pueda pagar su propia educación y la de sus hijos; que pueda cubrir sus costos sanitarios; que pueda elegir cómo y cuándo jubilarse y que su pensión dependa de los montos y años de aporte. Proponen, en definitiva, libertad y responsabilidad, para terminar con la “estatolatría” donde el Dios Estado es el que ofrece empleo y garantiza seguridad social porque, de hecho,
jamás ha garantizado otra cosa que pobreza. Repensar una Argentina donde este flagelo sea gradualmente erradicado a través del mercado, como viene ocurriendo en gran parte del mundo, incluidas China y la India (ver El
Gran Escape de Angus Deaton). Donde la libertad de empresa y la iniciativa privada sean el motor del empleo genuino, de la innovación, de la creatividad y de las oportunidades para alcanzar una vida mejor. Donde la igualdad que importa es “ante la ley”.
En una Argentina donde la policía respalda a las mafias, los libertarios piden, siguiendo a James M. Buchanan, desconfiar de la política, lo que en definitiva es fundamento para un gobierno limitado.
¿No es esto una utopía? Una sociedad sin estado es irrealizable en esta Argentina, sin dudas. El libertario desde luego está dialogando en un “plano ideal” que a muchos les parecerá lejano. Está debatiendo para una sociedad
futura, donde posiblemente la cultura anti-capitalista sea abandonada por otras creencias pro-mercado. Le preocupa entonces definir cuánto estado haría falta en ese estado ideal, y llega a la conclusión de que no sería
necesario ninguno, ni siquiera en justicia o seguridad.
Pero al margen de ese debate puro, también hay un mensaje que puede ser útil para nuestra Argentina y que deberíamos escuchar

¿Cuál es este mensaje? Que la Argentina presenta un gasto público desbordado que aunque se pudiera financiar cubre necesidades de gente que no necesita la ayuda estatal. El primer paso entonces es desmantelar ese Estado que ayuda al que no lo necesita. Que aquellos que pueden pagar educación o salud para sí y para sus familias, lo hagan. Que aquel que puede tener su propia pensión la tenga. Que aquel que puede pagar servicios públicos que cubran los costos lo haga. Que aquel que puede pagar el precio real del combustible lo pague también. De ese modo reducimos la mochila de impuestos, deuda e inflación que recae sobre las empresas y que evita que sean competitivas en un mundo abierto y globalizado. De ese modo habría empleos y mejores salarios reales para todos.
¿Y qué ocurre con los que no pueden pagar estas cosas? Para la educación y la salud existe la propuesta de vouchers de Milton Friedman. El libertario lo aceptará en la transición, aunque insistirá que ese dinero de los
cupones sale del bolsillo del contribuyente y que sólo será temporal.
Para las pensiones se deberá crear un sistema privado de aporte voluntario, que no tiene relación con lo que hubo durante el menemismo, y ni siquiera con el sistema que hoy rige en Chile. El sistema libertario de pensiones no
necesita que el gobierno autorice a ciertas empresas a operar, ni que fije comisiones, sino que simplemente se haga a un lado y permita la competencia. El mercado operará bien en su ausencia, como de hecho ocurre con la gran mayoría de bienes y servicios. Desde luego que para cubrir a los actuales pensionados se necesitarán pagar impuestos, pero debemos distinguir entre la solución al problema actual donde el Estado se consumió los ahorros de los actuales jubilados respecto del sistema previsional para el futuro.
Comparar al oficialismo con el mensaje libertario muestra lo moderado del gobierno de Mauricio Macri, que si bien en anuncios y conferencias promueve cierto relativo liberalismo, en la práctica encuentra inacción, quizás por los obstáculos que el libertario muchas veces pasa por alto.
Y aquí viene la pregunta: ¿Propone el libertario desmantelar hoy al Estado por completo? Habrá quien lo proponga, pero no es lo más usual. El libertario entiende que el Estado está sobredimensionado y sabe que corregir esto sólo puede redundar en mayor calidad de vida para todos. Sabe que en el plano político, la prioridad del gobierno es mantener el orden público, y que eso sólo se consigue atendiendo a lo que es políticamente viable en cada momento. Es por eso que la regla general que el gobierno debe seguir es bajar el gasto todo lo posible, mientras pueda mantener el orden público.
Y allí encontramos el gran dilema, ya que cierta mentalidad anti-capitalista impide avanzar en reformas profundas como las que el libertario propone. En este sentido, mientras el libertario busca abrir el debate en un plano teórico, también acepta en la política pública una transición ordenada que no deje a nadie sin sustento. En la búsqueda de ese camino está claro que ambos roles, el académico y el político, se deben retroalimentar.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.

The Natural Rate of Interest Rule

By Erwin Rosen and Adrian Ravier

 

Considerable research has been conducted on central bank
monetary policies. Particular attention has been focused on policies that
have the potential to ensure “sound money,” the symptoms of which
are full employment and economic stability. Debate has centered on
employing rule-based strategies to improve the monetary policies of
the Federal Reserve Bank (“the Fed”). This article reviews the Fed’s
performance with particular emphasis on its contribution to the 2008
crisis and then suggests an alternative policy which, had it been in place
would have dampened the most recent boom and bust. This alternative
is the application of a monetary rule that follows Wicksell’s monetary
equilibrium doctrine. Although the proposed rule would not eliminate
short-term price fluctuations, it should create consistent, inflation-free
economic stability, a condition for sustained growth which the U.S. has
not seen since the Fed’s inception.

https://mises.org/sites/default/files/QJAE%2017%20no%204%20Winter%202014%20Rosen_Ravier%20.pdf

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.

Enrique VI: El líder que no quería serlo

Por Luis del Prado:

 

El Rey Enrique V se enferma de disentería en 1422, y muere en el Castillo de Vincennes, pocos días antes de cumplir los 35 años de edad, sin haber podido consolidar los logros derivados de sus victorias en territorio francés.

Lo sucede el único hijo que tuvo con su esposa Catalina de Valois, hija del rey francés Carlos VI, quien es coronado a los nueve meses de edad como Enrique VI, Rey de Inglaterra y de Francia.

Un consejo dependiente del Parlamento gobernó el país hasta su mayoría de edad en 1437. A los 24 años Enrique se casa con Margarita de Anjou, hija del Rey de Nápoles.

Desde su llegada a Inglaterra, Margarita  tuvo una influencia determinante en su esposo, provocando las iras y los celos de los nobles ingleses, que la tacharon de intrusa.  La debilidad de carácter del rey hizo que Margarita se convirtiera en líder de la Casa de Lancaster, convirtiéndose en la referencia opositora de la Casa de York.

Su posición en la corte se reforzó considerablemente cuando dio a luz, tras ocho años de matrimonio, a su único hijo, Eduardo de Westminster, príncipe de Gales, el 13 de octubre de 1453. A partir de este hecho, los partidarios de la casa de York vieron frustrarse sus planes de un cambio dinástico.

En esa misma época Enrique comenzó a dar muestras de desequilibrio mental. Durante más de un año la enfermedad se apoderó de él haciendo que no fuera consciente de nada de cuanto ocurría a su alrededor, ni siquiera del nacimiento de su hijo y heredero, el príncipe Eduardo.

Algunos historiadores afirman que Enrique heredó la enfermedad mental de su abuelo materno, Carlos VI de Francia, quien durante los últimos treinta años de vida se vio asaltado por periodos intermitentes de locura.

En 1455 comenzó la Guerra de las Dos Rosas con la batalla de St. Albans. Allí se enfrentaron las tropas de la Casa de Lancaster, conducidas por el Duque de Somerset y leales al Rey, contra las del duque de York. Este último capturó a Enrique, herido en el cuello por una flecha. Con el rey en su poder, se hizo nombrar Lord Protector de Inglaterra. Era vital para él que Enrique continuara con vida, puesto que tenía escaso apoyo entre la nobleza, por lo que la corona habría ido a parar al heredero Eduardo, de solo dos años.

Y, desde luego, la regencia la hubiera ejercido la irreductible Margarita, quien se enfrentó duramente al Duque de York, principal enemigo de su marido. En apariencia Ricardo, al principio, pretendía solo apartar al rey de los malos consejeros. Pero muy pronto se reveló su verdadera motivación, que consistía en ocupar el lugar del Rey, considerándose el heredero legítimo de la corona.

Seguramente el débil Enrique hubiera cedido a cualquier condición en aras de la concordia, pero su esposa no era del mismo parecer. Margarita se enfrentó a las pretensiones de los York e hizo un llamamiento a sus partidarios para que tomaran las armas.

Tras varias semanas de negociaciones, se alcanzó un acuerdo mediante el cual Enrique VI podría conservar el trono de por vida, pero York y sus descendientes serían reconocidos como únicos herederos de la corona, corriendo de la línea de sucesión al príncipe Eduardo, el heredero legítimo.

Naturalmente Margarita de Anjou no estaba dispuesta a consentir que su hijo fuera despojado, por lo que luchó hasta las últimas consecuencias por sus derechos.

Ambos ejércitos volvieron a encontrarse en una nueva batalla, y esta vez fue York el que perdió la vida. Pero el ambicioso duque dejaba un hijo que reaccionó con rapidez y logró apoderarse del trono, coronándose como Eduardo IV en 1461.

Aunque Eduardo pudo acceder al trono, tanto Enrique como Margarita lograron escapar. Durante tres años el rey depuesto fue tan solo un vagabundo que erraba por la frontera de Escocia, viviendo de la caridad mientras la reina asumía el liderazgo de la resistencia.

En 1464 un nuevo enfrentamiento entre ambos bandos condujo a otra derrota de los Lancaster. Enrique finalmente fue capturado y conducido a la Torre de Londres. Allí habría de permanecer prisionero durante cinco años.

Hubo un breve lapso en el que Enrique pudo abandonar la Torre y fue tratado de nuevo como Rey. Fue una breve restauración que terminó cuando Eduardo regresó y derrotó a los Lancaster, en una batalla en la que murió el hijo de Enrique, que perdía la vida con solo diecisiete años. Finalmente, Enrique VI fue asesinado en la Torre en 1471.

Tomás Moro afirmaba que el asesino había sido el hermano del Rey Eduardo IV (el futuro Ricardo III), pero esto no está demostrado.

Enrique VI es una de las primeras obras escritas por William Shakespeare y, como en varias otras obras de esa etapa, aparecen mujeres con una determinación y vigor que les posibilitan producir cambios significativos y ocupar roles protagónicos.

En este caso se trata de Juana de Arco, quien le arrebata a Enrique VI el trono de Francia y todas las posesiones en suelo francés que había conquistado su padre y Margarita de Anjou, su esposa y posteriormente su viuda.

Estas mujeres tienen en común el hecho de haber peleado para ocupar el poder y de ser  muy seguras de sí mismas. Juana de Arco, la heroína adolescente de la Guerra de los Cien Años se transformó en la encarnación de la mujer que rompió todas las barreras.

A pesar de los sentimientos anti-franceses y anti-católicos que prevalecían en Inglaterra, Shakespeare retrata a Juana como una líder carismática que superó las restricciones de su sexo y lideró el ejército francés. Además, trascendió las barreras de su clase social al lograr que los nobles siguieran a una campesina.

Juana desafiaba a sus seguidores y al sistema: se vestía como un hombre y embistió contra el poder establecido. El desenlace es conocido: fue perseguida, procesada (históricamente por los franceses, según Shakespeare por los ingleses) y quemada en la hoguera.

A los diecinueve años, encadenada y exhausta, soportó durante varios meses el interrogatorio de un tribunal manipulado y presidido por un juez cínico que tenía la orden de aniquilarla.

La famosa réplica de Juana, una joven campesina iletrada, a las acusaciones de que era objeto, demostraron que poseía un grado de sabiduría sorprendente. Cuando el Tribunal la acusó de haberse ido de su casa desobedeciendo a sus padres y embarcándose en una misión sin su consentimiento, Juana dio una magnífica lección de teología: “Como fue mandato de Dios, aunque hubiera tenido cien padres y madres, aunque fuera hija del Rey, hubiera seguido yendo”.

La actitud de Shakespeare hacia Juana de Arco va cambiando a medida que avanza la obra: en las primeras escenas, Juana es una mujer encantadora y adorable que tiene a Dios de su lado. Luego el personaje se va transformando en una asesina de héroes ingleses y una bruja, hasta llegar a ser la encarnación misma del demonio.

El patrón se repite con Margarita de Anjou: al principio es una mujer joven, de espíritu libre, inteligente y valiente, que se convierte en un personaje central de la Guerra de las Rosas. Luego cambia la actitud de Shakespeare hacia ella y va transformando su personaje en alguien que solo es motivado por su afán de venganza y que, además, es extranjero.

Da la sensación que Shakespeare estaba fascinado y a la vez repelido por este tipo de presencia femenina. Por eso las pinta sin términos medios: ángeles o demonios.

Lo cierto es que Enrique VI sufría ante la posibilidad de ejercer el poder. Cuando finalmente tuvo que asumir el cargo, debido a que cumplió la mayoría de edad, se convirtió en un líder ausente. Es el tipo de líder que está solamente de manera física, pero no tiene un compromiso con su posición. El líder ausente es egocéntrico y no asume su cargo con responsabilidad.

El casamiento con Margarita de Anjou le otorgó a Enrique un reemplazo a la figura del Regente. Mientras fue menor, el Regente asumió la pesada carga de gobernar. Cuando no tuvo más remedio que asumir dicha carga, buscó en su esposa alguien en quien depositarla.

Si bien no lo hizo formalmente, Enrique en la práctica, abdicó en favor de su mujer, a quien le entregó el poder voluntaria e intencionalmente, de tal manera de quedar libre de toda responsabilidad por los resultados de sus acciones.

Con la historia de Enrique VI, Shakespeare nos muestra cómo se escabulle el poder. Enrique V construyó heroicamente un imperio, pero su hijo cometió tantos errores fruto de su falta de vocación para gobernar, que terminó vagando por el campo, solo, como si fuera un humilde pastor.

Ser líder significa emprender un viaje duro, frío y solitario que requiere altas dosis de convicción, esfuerzo y tenacidad. A las personas que no tienen el fuego sagrado, como es el caso de Enrique VI, ese camino se les transforma en una carga imposible de soportar porque falta la pasión. Solo con pasión puede combatirse el miedo y seguir adelante.

Lamentablemente no heredó la vocación por el poder de su padre Enrique V, quien decidió tomar riesgos y aprender fuera de su zona de confort.

Convivió con el hombre común y tuvo amigos y maestros que no pertenecían a la nobleza. Esa experiencia, sumada a su carisma, fue fundamental para poder convertirse en un gran líder, algo para lo que se preparó toda su vida.

Enrique V murió demasiado joven, sin la posibilidad de hacer una transición ordenada. Su único hijo heredó el poder a los nueve meses de edad, en una situación amenazante, ya que el regente quería aprovecharse de su debilidad de carácter y de sus problemas mentales para generar un cambio de dinastía a favor de los York, familia de la cual era la cabeza.

Un proceso de sucesión ordenada tiene tres dimensiones: cognitiva, organizacional e interpersonal.

La dimensión cognitiva implica aprender acerca de la organización y su cultura, adquirir conocimientos técnicos y entender las principales variables. La dimensión organizacional consiste en desarrollar un conjunto de expectativas compartidas con los seguidores, resolver conflictos y construir un equipo sólido en el cual apoyar su gestión. Por último, la dimensión interpersonal implica construir relaciones basadas en la confianza y el respeto con sus colaboradores.

La transición de Enrique V a Enrique VI no pudo transitar ninguna de esas tres dimensiones.

La calidad de un liderazgo no se reduce ni a ciertas características de personalidad ni a un conjunto de habilidades adquiridas, ni mucho menos a la portación de poder.

Un buen líder es el resultado de una combinación de elementos, cada uno de los cuales representa un factor que se puede optimizar, es decir, una oportunidad de mejorar las capacidades de conducción.

Sin embargo, así como algunos factores son más sencillos de modificar, otros están muy arraigados  y constituyen un núcleo muy resistente, cuya transformación puede resultar sumamente dificultosa, sino imposible.

Dentro de este último grupo de factores que se sitúan en las raíces del árbol del liderazgo, está el carácter, entendido como la disposición a asumir el rol de líder cuando se presentan las circunstancias. Freud reconoció que el modo de obrar, de pensar y de sentir de una persona lo determina, en gran parte, la especificidad de su carácter.

Los rasgos del carácter son subyacentes a la conducta y deben deducirse de esta. El carácter constituye una fuerza de la que, a pesar de ser poderosa, la persona puede estar inconsciente hasta que se manifiesta en alguna situación determinada.

Esta cuestión explica el fracaso de Enrique VI, el Rey que no quería serlo. Si la disposición a liderar no existe, deja de tener sentido el análisis de todo lo demás.

Anexo:

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.