HACIA UNA RECUPARACIÒN DE LA METAFÌSICA EN UN MUNDO POST-KANTIANO (versión preliminar).

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 18/8/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/08/hacia-una-recuparacion-de-la-metafisica.html

 

(De mi libro Judeo-Cristianismo, Civilización Occidental y Libertad, cap. 5).


  1. La recuperación de la metafísica y la idea de ley natural

Ante todo, recordemos cómo habíamos planteado el problema: “…Descartes, luego de su duda metódica sobre la existencia del “mundo externo”, quiere probar su existencia, para los escépticos. Para ello, una vez que demuestra la existencia de Dios, afirma que ese Dios, infinitamente bondadoso, no puede permitir que nos engañemos respecto a la existencia de las ideas “claras y distintas”. Pero estas últimas son las geométricas. Luego en el mundo externo, las esencias de las “cosas en sí mismas” son matemáticas y por ello pueden ser enteramente conocidas por la nueva Física-matemática.

Pero luego Hume tira abajo la demostración cartesiana de la existencia de Dios y, por ende, el mundo externo queda sin demostración.

Kant le reconoce a Hume haberlo despertado del “sueño dogmático” en el cual estaría encerrada la escolástica racionalista Descartes-Leibniz-Wolff, pero no se conforma con el escepticismo teórico (no práctico) de Hume. Admite que existe un mundo externo pero no podemos conocer sus esencias como Descartes lo pretendía. La Física-matemática es el fruto de categorías a priori del entendimiento aplicadas a la intuición de lo sensible. Por ello la “cosa en sí” no se conoce, y desde entonces el mundo de las “esencias” es incognoscible. Todos los anti-kantianos en este punto (Brentano, Hussserl, neotomistas) tendrían que reconocer que el planteo de Kant es una perfecta conclusión a partir del problema cartesiano sujeto-objeto. Es ESE planteo el que hay que cambiar si quisiéramos resolver el problema”.

Si somos coherentes con eso, es la misma noción de esencia la que quedó desdibujada en el debate Descartes-Hume-Kant. El problema de Descartes no fue su planteo agustinista en el tema de las esencias, sino la posterior identificación del “mundo externo en sí mismo” con la Física-matemática recién naciente. A su vez, tenía que pasar mucho tiempo para que se re-elaborara la noción de “mundo”, pero eso ya ha sucedido a partir de Husserl, precisamente un neo-cartesiano.

Por un lado hay que re-planear el tema de las cosas físicas. Como ya hemos dicho en otras oportunidades[1], lo que se conoce es “algo” de la esencia, desde el mundo de vida (humano). Lo que se supera con ello es la dialéctica entre la “cosa en mí” (como si no pudiera conocer más que mis ideas-copia de las cosas) y la “cosa en sí” (como si se pudiera conocer una cosa sin horizontes humanos).

Volviendo a nuestro ejemplo del agua lo que se conoce es “algo” del agua, lo humanamente cognoscible, pero que no niega que lo humanamente cognoscible del agua provenga de aquello que es “en sí”. La esencia humanamente cognoscible del agua es, por ende, aquello que sirve para beber, lavarnos, aquello que sin lo cual hay sequía, con lo cual hay vida, o si hay mucho hay inundaciones, etc., siempre dentro de sus peculiaridades históricas. Pero ello no es una “cosa en mí” que niega la cosa en sí, sino que afirma que el “algo” humanamente cognoscible del agua deriva de lo que el agua en sí misma es, aunque lo que el agua sea sin horizontes humanos sea sólo conocido por Dios (lo que la ciencia diga del agua es otro horizonte humano). Por ello decía Santo Tomás que la esencia de las cosas naturales es la “quidditas rei materialis” (el qué de la cosa material) en estado de unión con el cuerpo, esto es, cuerpo humano, leib, como diría Husserl, o sea, cuerpo viviente ya en la intersubjetividad (mundo).

Pero para el tema de la ley natural en sentido moral, lo más importante es el conocimiento del otro en tanto otro, que también surge del mundo de la vida. Habitar en un mundo de la vida es habitar en la intersubjetividad: es también haber superado la dicotomía sujeto-objeto; el otro no es un objeto del cual pueda dudar, sino el constituyente esencial de mi mundo humano del cual no puedo dudar. Y ello porque lo conocemos “en tanto otro”: “en tanto otro” agrega una dimensión moral, el otro como un tú, como lo que supera lo que es un mero instrumento a nuestro servicio. El eje central de la ley natural surge en nuestra conciencia intelectual y moral precisamente cuando vemos al otro en tanto otro en cualquier acto de virtud. Luego la filosofía podrá sobre ello hacer la teoría correspondiente, pero la vivencia de la ley natural es indubitable en cualquier acto de virtud donde el otro sea respetado en tanto otro. Que “la naturaleza humana no se pueda conocer” es un remanente mal planteado del mal planteado problema entre sujeto y objeto. Claro que se conoce la naturaleza humana, apenas conocemos en el otro un rostro que merece respeto por el sólo hecho de ser otro y por ende no reducible a un mero instrumento “para mí”.

Por lo demás, tenemos aquí un buen ejemplo de lo que decíamos antes, sobre cómo un creyente habla con un no creyente. La ley natural se entiende desde el contexto judeocristiano donde “el otro” es el herido en la parábola del buen samaritano. Y todo no creyente que haya sido o sea el buen samaritano, sabrá por ende qué es la ley natural.

  1.             La “existencia” de Dios

Vayamos ahora al famoso tema de la “existencia” de Dios. Igual que en el caso anterior, recordemos el planteo del problema: “… Como hemos recordado, el argumento ontológico, re-elaborado, es esencial en Descartes (y también en Leibniz) para demostrar la “existencia” de Dios”.

No es este el momento para analizar la validez del argumento ontológico en San Anselmo. Creemos que se lo puede ubicar perfectamente en una línea agustinista, en la vía de la participación. Por lo demás, como está escrito por San Anselmo en el s. XI, está en la línea de una inobjetable teología apologética, dentro del juego de lenguaje de su época.

Como Descartes lo interpreta, se trata de la “idea de Dios en mí”, que como idea es finita, que conduce –vía contingencia– a la idea de que sólo Dios infinito pudo haber puesto en mí la idea de un Dios infinito, o sea, un Dios cuya esencia implique necesariamente la existencia. Luego Dios existe.

Como Kant lo lee, ello implica que a la idea de Dios se le agrega la existencia, cosa que para Kant es imposible porque la existencia de algo sólo puede ser añadida por la experiencia sensible, cosa que en el caso de Dios es imposible.

Y, si se pretende demostrar que Dios existe a partir de la contingencia del mundo, esa demostración tiene implícito el argumento ontológico y por ende hay allí una petición de principio. Así plantadas las cosas, Kant tiene razón.

Lo esencial aquí es cuando decimos “como Kant lo lee”. Kant lo lee con la noción lógica de existencia como ausencia de clase vacía. Seguro lo hizo así por una degeneración de siglos de la distinción esencia y existencia, donde la esencia es como un ente imaginario o como una clase vacía que necesita al menos un caso para pasar a la existencia. Como cuando decimos “existe al menos un x tal que x es perro”. Y, efectivamente, para ello necesitamos una “experiencia de al menos un perro”, incluso aunque sea la experiencia intelectual-sensible del tomismo. O sea, no se puede partir a priori de ninguna existencia en ese sentido, excepto la nuestra, que a su vez es un “a posteriori” de haber puesto en acto segundo nuestra potencia intelectual.

Pero Dios, en la tradición judeocristiana, no tiene que ver con ese tipo de existencia.

En primer lugar, ser, en Santo Tomás, es ser creado. La creación es lo que da sentido al “estar siendo”. Que Juan sea implica que “está siendo sostenido en el ser” o sea creado, por Dios. Cualquiera puede captar que Juan existe en un sentido habitual del término, pero desde el horizonte judeocristiano ello quiere decir que es creado (no que “fue” creado), y ello implica que su ser es finito, que no es el ser de Dios, y ello implica que su esencia como tal no se identifica con su ser. Por ende la diferencia esencia-acto de ser, en Santo Tomás, es un punto de llegada, más que un punto de partida que se pueda utilizar sin suponer el horizonte judeocristiano.

Pero con esto, tenemos otro ejemplo de cómo replantear el tema desde un diálogo del creyente con el no creyente. El creyente no puede pretender partir de una cosa cualquiera existente para demostrar desde allí la existencia de Dios (y nadie crea que Santo Tomás hacía eso en sus vías, porque sus vías eran un debate con San Anselmo[2]). Porque, como hemos visto, cuando el creyente ve a Juan, ya sabe que Juan no es Dios, y lo saben por su horizonte judeocristiano, no por otra cosa.

Tampoco el creyente puede pretender que el no creyente esté interesado en Dios. Primero hay que dialogar sobre el sentido de la vida para, a partir de allí, ir al “tema” Dios.

Pero entonces, el creyente puede decir que sí, que cree en Dios, y que se sabe creado por Dios. Cuando el no creyente pregunte qué significa ello, el creyente puede intersectar horizontes, fusionar horizontes, encontrar una analogía de un propia experiencia de estar creado con la vivencia del no creyente de saberse “no necesariamente existente”, esto es, que podría haber existido o no. Cuando el no creyente toma conciencia de ello, el creyente puede decirle que esa radical contingencia existencial lo puede ayudar a entender su experiencia (la del creyente) de saberse sostenido en el ser (creado). A partir de allí, Santo Tomás cobra sentido. Antes, no.

O sea,

Por lo demás, Dios no es un elemento de una clase no vacía. Las nociones humanas de existencia como elemento de una clase no vacía no tienen sentido en Dios. Si decimos “existe el menos un x tal que x es elefante”, entonces suponemos “la clase de los elefantes”. Pero si decimos “existe el menos un x tal que x es Dios”, ello supone entonces “la clase de los dioses”, lo cual es totalmente incompatible con el monoteísmo no panteísta del creacionismo judeocristiano.

Y cuando Santo Tomás dice “Dios es” No dice “existe”, dice “utrum Deus sit”, lo cual, en el contexto de sus vías, no lleva a una definición de Dios en tanto Dios sino a Dios como causa no-creada de lo creado. Por ende Santo Tomás no parte de la esencia de Dios, sino que Dios queda demostrado como la causa no-finita de lo finito. Pero “no-finito” no es una definición, no es el conocimiento de una esencia, sino que es remitirse a toda la tradición de la teología negativa (especialmente Dionisio) que con razón afirma que de Dios se sabe lo que NO es (NO es creado, finito) pero NO lo que es, aunque luego Santo Tomás, con un juego de lenguaje que supera nuestro modo habitual de hablar, por sujeto, verbo y predicado, se refiera a Dios como “el mismo ser subsistente” dado que precisamente por ser no-creado es aquello “cuyo esencia es ser”, aunque en realidad no podemos intelectualmente concebir qué decimos con ello cuando lo decimos.

Por ende Santo Tomás sí pre-supone al San Anselmo teólogo, apologético, donde Dios no puede no ser, pero no presupone un supuesto argumento ontológico “caído” en la tosca afirmación de que la esencia de Dios implica su existencia, manejando “esencia” como “conocimiento positivo” y “existencia” como ausencia de clase vacía.

  1.       La forma substancial subsistente

Como en los casos anteriores, recordemos el problema: “….Y finalmente lo mismo sucede con respecto a la inmortalidad del alma. Descartes tiene razón en encontrar en la interioridad humana algo no reducible a lo material, pero su modo de plantearlo, dualista –cosa comprensible como reacción contra un aristotelismo no cristiano- produce otro malentendido. La inmortalidad del alma, así planteada, como una sustancia espiritual no dependiente del cuerpo, pre-supone que la misma “categoría” de sustancia –que no corres­pon­dería en Kant a un modo de ser real- está unida al atributo de unidad espiritual. O sea que –de vuelta– a la idea de la razón pura llamada “alma espiritual” se le atribuye una existencia que, sin embargo, sólo puede ser predicada luego de una experiencia sensible que, en este caso, es imposible. Nuevamente, así planteadas las cosas, Kant tiene razón.

En efecto, no se puede predicar “a priori” la espiritualidad del “yo” humano pues no toda sustancia es espiritual. Lo que ocurre es que en Descartes sobreviven argumentos emanados de la escolástica según los cuales la inteligencia es inmaterial. Entonces, sobre todo hoy, con el avance de las neurociencias, ello se ve como un dualismo “sin ninguna razón” más que una fe religiosa indiferente ante el avance de las ciencias.

De vuelta, el creyente no negará que cree en una dimensión espiritual del yo más allá de lo material. Pero también le dirá al no creyente que no es “dualista”: el yo no es algo separado del cuerpo, sino que la persona humana es el mismo cuerpo humano, viviente (el leib de Husserl) esencialmente destinado el encuentro intersubjetivo y dialógico con el otro, con el tú.

Pero en el encuentro con el tú hay comunicación y mensajes. Y en el mensaje, en “lo que” el otro dice, se puede encontrar una esencial distinción: el mensaje en sí mismo y el canal físico en el cual el mensaje se graba. O sea, el mundo 3 de Popper en comparación con el mundo 1, que es material. “La” teoría de la relatividad –como dice Popper– NO se identifica con ninguno de los potencialmente infinitos papeles donde hay tinta grabada ni con el silicio de una computadora. Papel y tinta no son “la” teoría de la relatividad: ésta, como tal, es una, tiene un significado en sí que no se reduce a lo material. Santo Tomás ya había hablado de esto cuando dijo que la inteligencia es capaz de captar lo universal.

Ahora bien, para Santo Tomás la inteligencia no es el yo, la sustancia, sino que es una potencialidad de la sustancia humana, del cuerpo humano. Y el cuerpo humano está a su vez ordenado por una forma que le da unidad estructural frente a los millones de elementos atómicos que lo componen y que se renuevan día a día por el proceso metabólico[3].

Quiere decir que de esa forma emergen las potencialidades sensitivas y también la inteligencia humana (en estado de unión con el cuerpo) capaz de captar esos “significados en sí mismos”.

Ahora bien, en Santo Tomás, entre la potencia de conocimiento y su objeto de conocimiento hay una analogía de proporción intrínseca. Ello quiere decir que el modo de ser de la potencia está medido, determinado, por el modo de ser del objeto. Por ende, si el objeto no es reducible a lo material (el mundo 3 no es reducible al mundo 1) entonces la potencialidad en sí misma (la inteligencia) tampoco. Pero la potencia emerge de la forma sustancial que ordena al cuerpo. Y, de vuelta, hay una analogía de proporción entre la potencia y la forma sustancial. Luego, la forma sustancial humana no se reduce a lo material, pero ello no quiere decir que no sea ordenadora de lo material. Por eso concluye Santo Tomás que la forma sustancial humana es subsistente, esto, subsiste más allá de la desaparición del cuerpo, pero no como un espíritu suelto, sino como una sustancia “INcompleta”, porque le falta el cuerpo al cual está ontológicamente destinada. Y por ello no puede ejercer sus funciones intelectuales. Lo que ocurre es que en Santo Tomás todo esto está dicho en el contexto de su teología donde la forma sustancial subsistente entra inmediatamente al juicio particular y por ende a su destino eterno, donde en el juicio final se reencontrará con el cuerpo que esencialmente le pertenece.

Pero todo ofrece, al debate mente-cerebro actual, conclusiones importantes. Santo Tomás nunca negaría las experiencias actuales de la neurociencia donde las potencialidades intelectuales quedan afectadas por un daño neuronal. Porque la inteligencia ejerce su función con con-curso con las potencialidades sensibles, lo cual, en nuestros paradigmas actuales, implica decir: en con-curso con todo el sistema nervioso central y por ende con todo el cuerpo (la “inteligencia sentiente” de Zubiri[4]). Por ende una falla en el sistema nervioso implica que la inteligencia humana no puede “ejercer”, “pasar de la potencia al acto”, pero queda como potencia en acto primero, o sea, existente, como una capacidad que como tal está allí pero no puede ejercer su función.

Por ende no es cuestión de afirmar un “alma inmortal” que nada tendría que ver con el cuerpo, sino una forma sustancial que organiza al cuerpo –en pleno diálogo con la biología actual– pero que es subsistente a la desaparición del cuerpo. Este es el gran logro de un teólogo cristiano como Santo Tomás que es plenamente compatible con los avances actuales de las neurociencias, por un lado, y con la razonabilidad de las aspiraciones espirituales más profundas del ser humano, por el otro, que se traducen en su mirada, en sus manos, en su rostro, en su arte, en su capacidad de interpretación, en su empatía, en su capacidad de vínculo con “el yo del otro”, en mirar a los ojos y ver al otro y no sólo una pupila, iris y córnea. Por eso las computadoras –por más temor que nos inspire el legendario ojo rojo del “2001”, Hall– no pueden “mirar”. Sólo el ser humano mira. Con odio (Caín) o con amor (Abel), en la lucha permanente entre el bien y el mal (no en la “función y DIS-función”) que queda abierta precisamente por nuestra forma subsistente, hasta el final de la Historia que sólo será con la segunda venida de Cristo.

  1. Libre albedrío y conciencia crítica

Nuevamente, el libre albedrío ha sido uno de los regalos más preciosos de la revelación judeocristiana a la humanidad. Libre albedrío que convive con la gracia de Dios y la providencia, un misterio que, al tratar de ser explicado por los grandes teólogos[5], no ha hecho más que aclarar la noción misma de libre albedrío, para creyentes y para con no-creyentes.

De vuelta, después del iluminismo, las interpretaciones de diversas cuestiones científicas han puesto la carga de la prueba del lado de los que defienden el libre albedrío. Por un lado, un universo determinista no dejaba lugar para el libre albedrío, excepto que se asumiera una posición dualista donde el yo estaba exento de lo material. Ese fue el gran mérito de Descartes en su momento, y de la ley moral en Kant, que jugaba igual rol. Pero ya hemos visto que esa posición dualista retroalimentaba una posición cientificista donde los avances de las neurociencias mostraban un innegable rol del sistema nervioso central en la inteligencia de la persona. Eso lo hemos respondido en el punto anterior.

O sea: si la forma sustancial subsistente no se reduce a lo material, y por ende la inteligencia tampoco, ésta no puede estar afectada por las causalidades físicas como potencia en acto primero, aunque puede condicionarla a su paso al acto segundo. En ese sentido el libre albedrío se mantendría.

Por lo demás, se puede decir que hoy casi ningún físico sostiene el determinismo newtoniano, dado el indeterminismo de la física cuántica. Sin embargo, la indeterminación onda-partícula es un tema del mundo físico. Si, posiblemente nuestro cerebro sea el lugar donde más fenómenos de la física cuántica tienen lugar, pero no es el indeterminismo cuántico la causa del libre albedrío, precisamente porque, como veremos, el libre albedrío es algo irreductible a lo material.

Yendo al tema, alguien podría objetar que la inteligencia no es libre ante la conclusión que “ve”, si las premisas son verdaderas y la lógica entre ellas es correcta. Volviendo al famoso ejemplo, la conclusión “Sócrates es mortal” no es libre ante sus premisas “Todos los hombres son mortales” y “Sócrates es hombre”. Pero, precisamente, Santo Tomás afirma que el libre albedrío es el libre juicio de la razón, allí donde las premisas no son suficientes para dar una conclusión necesaria.

“En cambio, el hombre obra con juicio, puesto que, por su facultad cognoscitiva, juzga sobre lo que debe evitar o buscar. Como quiera que este juicio no proviene del instinto natural ante un caso concreto, sino de un análisis racional, se concluye que obra por un juicio libre, pudiendo decidirse por distintas cosas. Cuando se trata de algo contingente, la razón puede tomar direcciones contrarias. Esto es comprobable en los silogismos dialécticos y en las argumentaciones retóricas. Ahora bien, las acciones particulares son contingentes, y, por lo tanto, el juicio de la razón sobre ellas puede seguir diversas direcciones, sin estar determinado a una sola. Por lo tanto, es necesario que el hombre tenga libre albedrío, por lo mismo que es racional[6]”.

La clave aquí es “cuando se trata de algo contingente, la razón puede tomar direcciones contrarias”. Por ejemplo, comprar un lápiz o una lapicera. Tengo razones tanto para una cosa como para la otra. Ninguna de esas razones me lleva necesariamente a la conclusión. Entonces la voluntad, que es el apetito el bien mediado por la inteligencia, es libre. Por ello decidir no es efectuar un razonamiento necesario, porque si hubiera necesidad, no habría decisión. Por eso dice nuevamente Santo Tomás: “… si se le propone (a la voluntad) un objeto que no sea bueno bajo todas las consideraciones, la voluntad no se verá arrastrada por necesidad. Y, porque el defecto de cual­quier bien tiene razón de no bien, sólo el bien que es perfecto y no le falta nada, es el bien que la voluntad no puede no querer, y éste es la bienaventuranza. Todos los demás bienes particulares, por cuanto les falta algo de bien, pueden ser considerados como no bienes y, desde esta perspectiva, pueden ser rechazados o aceptados por la voluntad, que puede dirigirse a una misma cosa según diversas considera­cio­nes.”[7]

Y, precisamente, en el mundo de la vida (humano) ninguna de nuestras opciones es perfecta, esto es, ninguna de ellas colma absolutamente las aspiraciones de nuestra naturaleza. Por ello los razonamientos que nos llevan a tomar decisiones no son necesarios, y, por ende, la decisión es libre.

Popper tiene un argumento por el absurdo para demostrar el libre albedrío que se relaciona mucho con lo anterior[8]. Si estuviéramos determinados a decir lo que decimos, no seríamos libres de no decirlo. Pero en un debate, en un diálogo, donde alguien puede convencerme de algo y yo cambiar de parecer, o donde yo puedo darme cuenta de algo que antes no veía, no hay necesidad en las afirmaciones (a las que llego mediante el diálogo). De lo contrario, si el otro estuviera determinado a decirme que yo estoy equivocado, ¿para qué intentar convencerlo de lo contrario? Lo más absurdo sería que mi contra-opinante sostuviera que yo estoy equivocado al decir que el hombre no es libre. ¿No sería contradictorio con mi propio determinismo tratar de convencerlo de lo contrario, para que llegue libremente a la conclusión de que el hombre no es libre?

Lo que Popper sostiene no necesariamente remite a un mundo determinístico que afectara a nuestras neuronas. Es compatible con su propia interpretación de la física cuántica[9], donde la indeter­minación onda-partícula depende de propensiones, de tendencias –donde hace entrar la noción de potencialidad de Aristóteles– intrín­secas a una determinada situación física, donde la partícula se com­porta a veces como partícula y a veces como onda. Pero ello no depen­de del control del ser humano. Por ello, aunque en nuestro cerebro hubiera indeterminación cuántica, la demostración de Popper se aplica igual.

[1] En Hacia una hermenéutica realistaop. cit.

[2] He analizado esta cuestión en Zanotti, G. J., “La llamada existencia de Dios en Santo Tomás: un replanteo del problema”, Civilizar, nº 10 (18), enero-junio de 2010, pp. 55-64.

[3] Al respecto véase Artigas, M., La inteligibilidad de la naturaleza, Pamplona, Eunsa, 1992, y La mente del universo, Pamplona, Eunsa, 1999.

[4] Zubiri, X., Inteligencia sentiente, 5a ed., Madrid, Alianza, 2006.

[5] Véase al respecto el elogio de Popper a San Agustín en Popper, K., El universo abierto, Madrid, Tecnos, 1986, nota nº 30.

[6] Suma Teológica, I, q. 83.

[7] Suma Teológica, I, q. 2 art 10.

[8] Popper, K., op. cit.

[9] Popper, K., Teoría cuántica y el cisma en física, Madrid, Tecnos, 1985.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Síguelo en @gabrielmises 

¡Cómo nos equivocamos!

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 15/8/19 en: https://www.ambito.com/como-nos-equivocamos-n5048819

 

¡Cómo nos equivocamos!

 

Las PASO demostraron que todos nos equivocamos. Por mi parte, sobre la base de los científicos políticos de EE.UU. que aseguran que quienes van por la reelección tienen grandes chances de ganar, creí que triunfaría Macri. Me disculpo. Se equivocaron los encuestadores y, vale decirlo antes de que se excusen, se equivocaron todos los del REM, que aseguraban que habría recuperación hacia fin de año.

Conocido el resultado se produjo el lunes negro y los argentinos en general se empobrecieron, quizás, un 30% en promedio en un solo día. ¿Quién tiene la culpa? ¿Es el susto por la vuelta del kirchnerismo -como dirán los del REM para justificar su nuevo error- o Macri que deja una economía decadente?

Otro problema serio es que muchos operadores bursátiles y financieros y economistas mediáticos son notoriamente mediocres y le hicieron creer al público que la economía venía bien ya que, entre otras cosas, Macri tenía el apoyo del FMI. Y así ayudaron a inflar la burbuja que ahora estalló.

Como hizo en la CABA, Macri, a pesar de su discurso engañoso y del apoyo de economistas falsamente “promercado” -conservadores, neokeynesianos que se dicen “liberales”- sistemáticamente aumentó el peso del Estado asfixiando al sector productivo, al privado, hasta límites inauditos: inflación del 50%, tasas del 70% y una carga impositiva insostenible, entre otras cosas. Y el FMI financió esta debacle.

Por cierto, para desenmascarar falsos “profetas de la libre economía”, basta preguntar su opinión acerca del FMI ya que, siendo un banco estatal declaradamente neokeynesiano, no puede ser sino condenado por quien realmente promueva políticas promercado. De hecho, el FMI en Argentina ha demostrado, otra vez, que se dedica a financiar estatismos fracasados.

O sea, es cierto que por su discurso e historia contraria al mercado -que no son sino las personas libres, el pueblo trabajando sin impuestos asfixiantes ni regulaciones coactivas- el kirchnerismo asusta, pero la burbuja que estalló evidenció la gravedad de la situación económica.

El escenario global no es alentador y las Bolsas mundiales bajan. La curva de tasas de interés en EE.UU. quedó invertida entre los bonos a dos y a diez años, los de corto plazo ofrecen mayor rentabilidad que a largo plazo. Con la deuda inglesa pasa lo mismo y desde hace tiempo ocurre en Alemania.

El bono a dos años ofrece una rentabilidad del 1,581% frente a la de 1,58% del treasury a diez. Este tramo de la curva es el más seguido por los analistas para anticipar una recesión, entre 9 y 25 meses siguientes, y siempre se cumplió durante los últimos 60 años. Es una clara anomalía debida, precisamente, a las ideas neokeynesianas reinantes en el mundo lideradas por el FMI y los bancos centrales expansivos. Una curva invertida no provoca recesión, pero influye en la rentabilidad de los bancos y en la actividad económica, según Nash-Stacey y Karp del BBVA.

En medio de esta debacle las medidas del Gobierno son contraproducentes. Para comenzar, con el fin de “frenar al dólar” -como si fuera la causa de la inflación y no al revés- sube la tasa de interés. Y he aquí otro modo de desenmascarar a economistas que falsamente dicen ser partidarios de una economía libre. Idealmente, las tasas deben ser fijadas libremente por el mercado, en cualquier caso, quienes defienden las tasas altas para “frenar la inflación” -lo que ha probado ser falso- están negando que la inflación sea un exceso de moneda en tiempo real, que es el único modo en que el mercado se conduce, en tiempo real.

Luego el congelamiento de precios es contrario a la libertad y, en cuanto al salario mínimo -aunque sin dudas es deprimente-, aumentarlo significa alentar la desocupación porque los empresarios que no puedan absorberlo, dada la crisis, optarán por despedir gente o tomarlos en negro. Y las demás medidas conllevarán un aumento de la presión fiscal.

Hacienda dice que gastará $40.000 M por estas medidas, que obtendría porque que el alza del tipo de cambio incrementaría la recaudación por exportaciones -que aumentarían en precio y volumen- y, por el aumento del IPC, subiría la recaudación por consumo. Naturalmente, el productor no quiere vender ante el actual escenario y el Gobierno presionaría con subir las retenciones, de $4, por dólar exportado, a $6. Con 23 M de toneladas de soja retenidas, el productor tiene divisas por u$s8.000 M. Todas las medidas anunciadas azuzarán la inflación, con lo que la pobreza a fin de año podría superar el 35% como ya estiman analistas.

En fin, Macri pasará a la historia no sólo como habiendo empobrecido al país por sus políticas contrarias al sector privado, sino por haber perdido la oportunidad histórica de sacar al país del populismo. Y esto con ayuda de neoconservadores -autodenominados “liberales”- que, por ignorancia u oportunismo, lo apoyaron inicialmente, aunque luego algunos escaparon del naufragio, provocando otro serio problema: la opinión pública culpa erróneamente a la economía de mercado.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini 

El Gobierno pagó el costo de castigar a la clase media para beneficiar a los que cobran planes sociales

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 13/8/2019 en:  https://www.infobae.com/opinion/2019/08/13/el-gobierno-pago-el-costo-de-castigar-a-la-clase-media-para-beneficiar-a-los-que-cobran-planes-sociales/

 

La economía nunca se recuperó desde la conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017 (Adrián Escandar)

La economía nunca se recuperó desde la conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017 (Adrián Escandar)

 

Si el Gobierno no hubiese de entrada dividido en seis el Ministerio de Economía, generando una gran descordinación de la política económica; y dada la gravedad de la herencia recibida hubiese entendido que necesitaba un plan económico consistente, con un equipo económico con gente de trayectoria y prestigio que generaran confianza, con gente con horas de vuelo para evitar errores groseros que se cometieron de entrada, la historia del último domingo hubiese sido diferente.

¿Era previsible la corrida cambiaria que llevó a la crisis del 2018 a la derrota electoral del domingo? Definitivamente sí. Ya en noviembre de 2016 tuve un debate con otro economista en la ciudad de Rosario que decía que el modelo de las Lebac convergía al equilibrio porque la tasa de interés era menor a la inflación y defendía a muerte la política monetaria de Federico Sturzenegger. Era evidente que no tenía horas de vuelo en términos de haber vivido la economía argentina y tampoco hacía el análisis correcto.

Pensaba en términos de que se licuaba la deuda por la tasa de inflación y no veía, por grosero error de análisis y falta de experiencia, que la apuesta era tasa versus dólar. Fue once meses después cuando, cualquiera que hubiese analizado o vivido alguna de las tantas crisis anteriores, sabía que ese esquema de las Lebac era inviable.

Gracias al endeudamiento externo para financiar el gradualismo, esa política de “te doy tasa, dame dólares” aguantó todo el 2017 y le dio un gran triunfo a Cambiemos en las elecciones de medio término. Cuando el 28 de diciembre de 2017 se anunció la baja de la tasa de interés, anticiparon lo que iba a ser inevitable: el cambio de cartera. Al bajar la tasa de interés, el que apostaba a que la tasa le iba a ganar al dólar dudó y dolarizó su cartera.

Esa corrida junto con la sequía, generaron un gran impacto sobre el mercado de cambios que obligó al gobierno a salir corriendo a buscar el apoyo del FMI. Y no tuvieron mejor idea que subir la tasa y cambiar las Lebac por las Leliq que son otra bomba de tiempo. Pero pusieron la tasa de las Letras del Banco Central en niveles insólitos, acentuando la recesión.

El gradualismo terminó en lo que tenía que terminar: en una gran recesión, crisis cambiaria e inflación. La peor combinación posible para llegar bien parados a las elecciones.

El desgaste del gradualismo

Es más, por definición el gradualismo producía un gran desgaste en la población porque el gradualismo no es otra cosa que anunciar malas noticias todos los días. Hoy te aumento el gas, mañana la luz, pasado el transporte, etc., generando un desgaste fenomenal en la población, en particular en la clase media que, además de pagar el ajuste de las tarifas de los servicios públicos (como correspondía), no le bajaron los impuestos porque el Gobierno siguió manteniendo los planes sociales.

Es decir, castigó a la clase media que le dio el triunfo en 2015 y 2017 para poder beneficiar a los perceptores de planes sociales, quienes muchos además de no votarlos, le cortan la calle.

El tema ahora es, ¿qué hacer para revertir este escenario electoral? Si se acepta que en gran medida el Gobierno perdió por la economía, y también se acepta que fue buena parte de la clase media la que le soltó la mano, la lógica indica que el gobierno debería reconquistar rápidamente el apoyo de ese sector de la población.

¿Cómo? Anunciando una inmediata suba del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias a partir de septiembre. Esa reducción debe ir acompañada de una disminución en el costo de los planes sociales. La inmensa mayoría de los que reciben esos planes sociales no vota a Cambiemos ni lo va a votar.

Hay que recrear la cultura del trabajo

Si me dicen que le incendian el país les contesto: vean la respuesta del mercado financiero al resultado del domingo y elijan qué tipo de incendio quieren. ¿Acaso esta fiesta de reparto de planes sociales no ha generado un incendio económico que le hizo perder al gobierno las PASO por paliza?

Además de restablecer los valores republicanos que la clase media demanda, el Gobierno tiene que restablecer la cultura del trabajo. Me dirán que la gente que vive de planes sociales se muere de hambre si no se los dan. Todos sabemos que no es así, salvo casos muy particulares.

Que los planes sociales se han convertido en un gran negocio político lo sabemos todos y que los dirigentes piqueteros extorsionan con los cortes para cobrar planes también lo sabemos. Bien, la clase media, esa que puede darle el apoyo que necesita el gobierno, es la que está harta de pagar esos planes y no poder ahorrar, no llegar a fin de mes y no poder soñar con comprarse un departamento.

La sede del Banco Central, en la City porteña. (DyN)

La sede del Banco Central, en la City porteña. (DyN)

Si junto con eso se hace el canje de las Letras Intransferibles que tiene el BCRA por bonos de largo plazo para dominar mejor el mercado de acá a las elecciones, contaría con dólares y bonos para absorber la liquidez en la medida que no renueven los depósitos a plazo fijo, se puede llegar mejor a las elecciones y descomprimir a la clase media que está harta de sostener a una legión de gente que vive de su trabajo. Esa clase media es la que terminó dándole la espalda al gobierno.

De acá a octubre el Gobierno tiene que dar señales concretas de cambiar el rumbo económico, terminando con la cultura de la dádiva para volver a la cultura del trabajo. Si no se anima a hacer esa tarea, que le deje el lugar al peronismo, que la cultura de la dádiva la maneja mejor.

Me parece que Mauricio Macri debería tomar nota de que tiene que cambiar su gabinete. Los que le hacían ganar las elecciones y gobernar pésimo ya ni le sirven para eso. Son los mariscales de la derrota económica y electoral.

Y, duplicaría la apuesta y anunciaría una dolarización de la economía para el segundo mandato porque Argentina no está en condiciones de tener moneda.

Pondría sobre la mesa temas desafiantes como empezar a terminar con los planes sociales, bajar la carga tributaria empezando por la clase media y una gran reforma monetaria que termine con la inflación que desde hace décadas destruye el salario de la gente. No hay espacio para las medias tintas de aquí a octubre.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky 

La ideología económica de los argentinos

Por Carlos Newland: 

 

Argentina es un caso único de involución económica. De pertenecer a principios del Siglo XX al conjunto de países de mayor ingreso per cápita, ha ido perdiendo puestos en la carrera mundial del crecimiento y hoy en día su tamaño a nivel global se ha reducido a la mitad de su peso en 1910. Sin duda un gran responsable de esta situación ha sido un entramado regulatorio institucional perverso que ha puesto todo tipo de frenos al desarrollo de sus fuerzas productivas. En el último Índice Fraser (2018) que mide la calidad institucional económica global, Argentina aparece en el puesto 160 de 162 naciones. Sólo es superada negativamente por Libia y Venezuela. Prácticamente todas las naciones africanas tienen mejores marcos de funcionamiento que la Argentina y sin duda un anhelo de sus habitantes debiera ser algún día parecerse más al continente negro.  ¿A qué tipo de instituciones se refiere el Índice Fraser?  A las regulaciones aplicadas sobre la iniciativa privada, el respecto a la propiedad, al tamaño del gobierno y de los subsidios, el proteccionismo, la inflación y el déficit fiscal, y la presión impositiva. Puede postularse que el marco institucional argentino no es consecuencia de algún factor aleatorio y circunstancial, sino que es en gran media una consecuencia del tipo de cultura económica poseída por su población, o su ADN ideológico, como se lo ha denominado recientemente en los medios de comunicación.

Prácticamente no hay estudios de la ideología predominante en la población argentina, por el que su análisis queda limitado a opiniones o manifestaciones culturales puntuales. Un ejemplo significativo lo brinda lo que es en la práctica el segundo himno nacional argentino. El primero es el Himno Nacional de 1812, una canción patriótica entonada por el ejército revolucionario en sus acometidas contra las tropas españolas. El segundo, tan cantado como el primero, es la marcha peronista, últimamente vocalizado jovialmente en reuniones de dos principales partidos argentinos, el macrista y el kirchnerista (para llamarlos de alguna manera). Este también es un himno de guerra, pero no contra realistas, sino contra el capitalismo. Así dice en una de sus estrofas:

Por ese gran argentino
que se supo conquistar
a la gran masa del pueblo,
combatiendo al capital.

Que en 1947, cuando la composición fue interpretada por primera vez públicamente en la Casa Rosada, se enunciara tal objetivo es sorprendente. Ya para entonces existía a nivel global un gran consenso de que la acumulación de capital era un ingrediente principal para el logro del crecimiento económico y que toda nación desarrollada debía poseer un alto stock de este factor de la producción. Queda claro que el pensamiento económico de los argentinos presentaba ya entonces algunos rasgos muy particulares, los que se encarnaron de pleno en las políticas peronistas de aumento del tamaño del Estado, proteccionismo y regulación. Pero esta mentalidad no era nueva. Ya en 1928 José Ortega y Gasset marcaba que los argentinos tenían incorporada en su cultura la idea de un Estado hipertrófico y excesivo. A la vez, no vivían conectados con su contexto y realidad, sino más bien proyectados en un futuro idealizado e ilusorio.   El economista argentino contemporáneo Emilio Coni, apoyando la visión del filósofo español, aclaraba en 1930 que los argentinos eran grandes creyentes en el “Estado-Providencia”, una entidad que el ciudadano esperaba solucionara sus problemas laborales ofreciéndole empleo sin pedirle mucho a cambio. Esta valoración del Estado, unido a un cierto irrealismo, parece ofrecer las condiciones ideales para prácticas populistas de incremento de las erogaciones sin una evaluación de su financiamiento ni de su impacto a largo plazo. Y así la historia argentina destaca por un continuo déficit fiscal, y por una insoportable inflación, su contracara.  Pero podemos retroceder aún más hasta mediados del siglo XIX y evocar al pensamiento de Juan Bautista Alberdi, inspirador de la constitución de 1853. Para Alberdi el principal impedimento para el desarrollo de la Argentina -y de toda América Hispana- era la falta de apreciación social de la figura empresarial. Los héroes a los que se levantaban monumentos públicos, dedicaban obras poéticas y libros de historia eran siempre políticos o militares, quienes para este pensador eran primordialmente destructores y no creadores de riqueza. No ocurría lo mismo con los que debían ser lo verdaderos héroes, los emprendedores. Alberdi consideraba era necesario lograr un nuevo paradigma social, el del empresario desarrollador tanto de proyectos industriales como agropecuarios. Escribía en las Bases en 1852:

[l]a nueva política debe tender a glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer el trabajo, a rodear de honor las empresas de colonización, de navegación y de industria, a reemplazar en las costumbres del pueblo, como estímulo moral, la vanagloria militar por el honor del trabajo, el entusiasmo guerrero por el entusiasmo industrial que distingue a los países libres de la raza inglesa, el patriotismo belicoso por el patriotismo de las empresas industriales que cambian la faz estéril de nuestros desiertos en lugares poblados y animados…

Queda claro que la descripción de Alberdi o de Ortega y Gasset sigue vigente en la actualidad. El anticapitalismo imperante se asocia muy bien con la otra característica que señalaba el filósofo, una mentalidad fantasiosa y poco realista.  En particular ello explicaría el por qué en los contextos de gasto o déficit fiscal crítico se implementan planes económicos excesivamente optimistas y condenados al fracaso por los desequilibrios que causan: típicos han sido los esquemas que para contener la inflación en lugar de recortar los gastos generan una dañina revaluación de la moneda. Por otra parte, todo intento de reforma, de “achicar el gasto” sólo perdura en los primeros momentos de los gobiernos: pronto las demandas sociales aplastan tales intenciones.   Ciertamente las políticas económicas argentinas cumplen una regularidad: se reiteran situaciones de populismo que incluyen gasto público exacerbado, inflación, aumento de deuda y revaluación de la moneda, seguidas por crisis en el sector externo, en la actividad productiva y de empeoramiento de los salarios reales. Dentro de cada ciclo también se produce otra repetición: el nuevo gobierno que busca solucionar el desequilibrio generado por su predecesor repite luego de un tiempo las mismas conductas. La apreciación en 1933 del economista Luis Roque Gondra sobre la política económica del general golpista José Uriburu parece poder aplicarse a muchos otros períodos: “Como otros cómicos, seguíase representando la misma comedia demagógica momentáneamente interrumpida por (el cambio de gobierno)”. Un buen ejemplo lo relata el Ministro de Economía Alfredo Martínez de Hoz que en 1978 presentó a la Junta Militar dos alternativas para, de una vez por todas, dominar la inflación heredada del gobierno de María Estela Martínez de Perón. La primera era bajar la emisión, lo que claramente implicaba un recorte del gasto. La segunda era “pisar” el tipo de cambio, lo que traccionaría a la baja las expectativas de aumentos de precios. La segunda medida claramente no solucionaba estructuralmente el tema y sólo podía tener efectos de corto plazo. La opción de la Junta Militar en favor de la esta última opción fue, según el ministro, “contundente”. Otro caso lo ofrece el economista Ricardo López Murphy quien como ministro en 2001 propuso al presidente Fernando de la Rua un recorte del gasto, una propuesta que sería (considerando lo que ocurrió posteriormente) bastante modesta. Pero el presidente decidió reemplazarlo por Domingo Cavallo quien parecía ofrecer una salida más indolora a la crisis. Los gobernantes, ha manifestado López Murphy, tienen una propensión en situaciones críticas a escuchar diagnósticos y propuestas optimistas, que por otra parte estiman les permiten no perder su popularidad. Los primeros años del gobierno de Mauricio Macri no escapan a esta ley: en lugar de reducir el tamaño gigantesco del Estado y el altísimo déficit heredado de Cristina Kirchner, postuló en cambio que el gasto se reduciría naturalmente gracias al gran crecimiento económico propulsado por una presunta lluvia de inversiones externas. Como siempre, por tal fantasía se pagó y se está pagando un altísimo costo recesivo: entre 2018 y 2019 la caída acumulada del PBI rondará el 5%. Lentamente, pero a paso seguro, Argentina se está convirtiendo así en una economía latinoamericana más, incluso siendo superada por otras naciones otrora pobres de la región, como Chile.

Todo lo presentado es plausible, ¿pero hasta qué punto es un cuadro objetivo?  Una cuantificación de la mentalidad anticapitalista o anti mercado de la población argentina lo ofrece el Índice Global de Pensamiento Pro Mercado  (FMMI) elaborado por el que escribe estas líneas junto a Pal Czegledi y que fuera presentado en 2018 en diversas publicaciones. La materia prima de este ranking son preguntas incluidas en la Encuesta Mundial de Valores, un emprendimiento global que investiga las actitudes de la población de muchas naciones sobre diversos temas culturales, sociales, religiosos, económicos y políticos. Entre las preguntas que incluye se encuentran algunas cuyas respuestas se han tomado para caracterizar la ideología económica media nacional. Ellas incluyen opiniones sobre la valoración de la competencia, la apreciación de la iniciativa privada sobre la estatal, la idea de que todas las partes se benefician del intercambio y la necesidad de que el individuo pueda actuar con libertad en sus acciones económicas. El índice da como resultado que los países más pro capitalistas del globo son aquellos pertenecientes a la Anglósfera: Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Este grupo es seguido por naciones del Norte Europeo, como Alemania o Suecia, y por los países de la Sinósfera, como Japón, Taiwan o China. ¿Cuál es el conglomerado mundial más anticapitalista? Es Europa del Este, cuyo largo paso por el comunismo parece haber dejado una marca indeleble. ¿Y dónde está Argentina? No es sorprendente que mi nación se ubique en los últimos puestos de la tabla, compartiendo posiciones con Rusia y Ucrania. Argentina es ideológicamente como aquellas naciones educadas durante décadas en la ideología socialista anti mercado. Claro que en Argentina no fue necesaria la imposición de una indoctrinación comunista para llegar a tal estadio.

Quien escribe estas líneas pudo discutir con frecuencia tales cuestiones con su maestro Ezequiel Gallo, quien sin duda compartía plenamente el diagnostico de Ortega y Gasset y Alberdi. Y ¿cuál hubiera sido la conclusión practica o de acción de este gran historiador argentino? Posiblemente ninguna. Ezequiel era un gran creyente en la evolución social y estaba muy lejos de esperar mucho de cambios entusiastas generados por gobiernos revolucionarios. Aunque él era claramente miembro de una minoría liberal, no hubiera de ninguna manera deseado aplicar sus ideas a la fuerza o con la ayuda del Estado. Simplemente hubiera concluido que lo óptimo era, luego de escuchar al opositor ideológico, intentar convencerlo amablemente. Y el mejor convencimiento era logrado en el caso de un historiador, por mesuradas y meditadas contribuciones al conocimiento del pasado argentino y sobre las trabas que han existido a su desarrollo.

Bibliografía

CONI, Emilio. El hombre a la ofensiva. Buenos Aires, 1930.

GONDRA, L. Elementos de Economía Política. Buenos Aires: Librería La Facultad, 1933.

CZEGLEDI, Pal y NEWLAND, Carlos. “How is the pro-capitalist mentality globally distributed?Economic Affairs 2018. 38,2: pp. 240-256.-

CZEGLEDI, Pal y NEWLAND, Carlos. “Measuring Global Free Market Ideology 1990-2015” en: Gwartney et al. Economic Freedom of theWorld. 2018 Annual Report (Incluye el Ïndice Fraser).

GOMEZ, Alejandro y NEWLAND, Carlos.“Alberdi, sobre héroes y empresarios”. Cultura Económica, 2014.

ORTEGA Y GASSET, J. (1962b). “El hombre a la defensiva”. En su “Meditación del Pueblo Joven” (pp. 15- 51).  Revista de Occidente. Madrid: 1962. (Publicado inicialmente en1929).

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

Cara y contracara del uso de la tecnología

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 9/8/19 en https://www.infobae.com/opinion/2019/08/09/cara-y-contracara-del-uso-de-la-tecnologia/

 

Hemos puesto de manifiesto en distintas oportunidades la bendición del progreso tecnológico ya que libera recursos humanos y materiales para encarar la satisfacción de otras necesidades. Como es sabido no hay de todo para todos todo el tiempo, no estamos en Jauja: los recursos son limitados y las necesidades son ilimitadas. La mayor productividad que implica el progreso tecnológico inexorablemente deriva en mejoras en el nivel de vida que son producto de incrementos en las tasas de capitalización, es decir, equipos, maquinarias, instalaciones y conocimientos relevantes que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar salarios e ingresos en términos reales. Este es el único factor que explica el referido incremento.

Por otra parte, los empresarios, al efecto de sacar partida del arbitraje correspondiente en los nuevos rubros capacitan para lograr ese objetivo lo cual les proporciona mayores ganancias. Como hemos ejemplificado tantas veces, el hombre de la barra de hielo al irrumpir la heladera y los fogoneros al aparecer los motores Diesel se reubicaron en el mercado laboral. Si hoy se decidiera romper todos los equipos de capital pensando que habrá más trabajo se produciría una violenta contracción en los salarios de todos. La única diferencia entre los salarios en Canadá y Uganda es la tasa de capitalización, no es el clima, la etnia ni la mayor o menor generosidad del empleador. No hay magias ni voluntarismos.

Desde luego que la situación se dificulta en grado sumo si las legislaciones laborales conspiran contra la ubicación laboral y si los procesos educativos bloquean los reflejos necesarios para adaptarse a las nuevas circunstancias introduciendo rigideces en el sistema.

Más aún, las tecnologías, incluyendo la robotización, permiten una mayor humanización en las relaciones personales, tal como lo demuestra el doctor Eric Topol –formado en las universidades de Virginia y Johns Hopkins, creador del Cleveland Clinic Learn College of Medicine y autor de numerosos libros- quien ha señalado reiteradamente que los avances en las espectaculares tecnologías médicas, que si bien demandan la atención del facultativo para pronunciarse sobre el contexto, les permite mucho más tiempo disponible para una más estrecha relación con sus pacientes y consecuente atención personalizada.

Habiendo dicho esto, decimos que igual que con el martillo que puede utilizarse para introducir un clavo o para romperle la nuca al vecino, la tecnología mal usada también perjudica. Se trata de un problema axiológico que no es para nada responsabilidad del avance tecnológico. Por ejemplo, si los teléfonos celulares en lugar de abrir nuevos canales de comunicación más rápidos y abarcativos se usan como barrera de comunicación cuando el titular está obsesionado con la pantalla y no está en realidad con su interlocutor presente ni con el que está en la línea telefónica puesto que no es posible mantener dos comunicaciones simultáneas sobre temas distintos.

En esta situación se observa la paradoja de que en la era de las comunicaciones, hay menos comunicación.

Como ha apuntado Santiago Bilinkis, no es posible que resulte que en las instituciones bancarias y en lugares donde se producen apagones de electricidad sean los lugares y las situaciones en las que hay verdadera conversación porque no se pueden utilizar celulares. Este autor nos dice que en la mesa de su casa durante las comidas tiene prohibido a sus hijos consultar sus computadores portátiles al efecto de cultivar la vida familiar y que incluso en algunas instituciones educativas se ha limitado el uso de dispositivos tecnológicos para estimular el pensamiento sin aditamentos.
Por su parte, Nicholas Carr nos dice que el ejercicio repetitivo y de forma obsesiva de Internet al picotear información en diagonal resta capacidad de concentración y estimula un pensamiento apresurado convirtiendo esa gimnasia en algo efímero.

Es que por otro lado las pantallas tienden a dar servido el proceso, mientras que la lectura exige que cada uno marque su ritmo de absorción y obliga a pensar y digerir de un modo mucho más profundo y pausado.

Llama poderosamente la atención la metralla permanente de las selfies en todas las posiciones y actitudes posibles con un deleite casi enfermizo para simplemente mirarse los físicos en una especie de narcisismo galopante, dando por completo la espalda a lo que consigna Julián Marías en cuanto a que “la persona es más de lo que se refleja en el espejo”.

Es sorprendente que algunos parece que no existen si no consignan en las redes sociales qué hicieron y qué planean hacer con lo que revelan un gran vacío interior.

También las redes sociales convierten el lenguaje en un dialecto de Tarzán y como el lenguaje sirve principalmente para pensar, su empobrecimiento tiene un estrecho correlato con la calidad y amplitud del pensamiento.
Es que no estamos en esta vida simplemente para rellenar un espacio, deglutir alimentos, hacer nuestras necesidades fisiológicas y copular. Para estar a la altura de la condición humana es menester que cada uno contribuya a convertir el mundo que le toca en algo mejor desde que nació hasta que fenece, de lo contrario se asimila a lo puramente animal. Y para lograr ese propósito es indispensable educarse y alimentar el alma más allá de la play station y similares que divierten en el sentido de que apartan de lo central, lo cual podrá eventualmente estar bien como recreo pero no para convertir la vida en un recreo permanente pues, así, ya no hay recreo sino pura negación de lo humano.

Entonces, el lado oscuro de la tecnología no se encuentra en los aparatos sino en personas degradadas puesto que, como queda dicho, las maravillas de los progresos tecnológicos no son responsables de la decadencia sino, por el contrario, han producido prodigios. No es necesario volver a la época de las cavernas para no dejarse embaucar por el mal uso de las tecnologías.

Otro aspecto crucial del buen uso de la tecnología consiste en la preservación de la intimidad. Como bien ha expresado Milan Kundera, “si uno pierde la privacidad, lo pierde todo”. Antes incluso de apuntar la importancia del derecho de propiedad -que supone el derecho de usar y disponer de lo propio- debe señalarse la prioridad que tiene el derecho sobre nuestra vida y de nuestros pensamientos. El manejo de nuestras personas es atributo central de cada uno puesto que no pertenecemos a nadie más que a nosotros mismos.

De esta secuencia argumental deriva la separación de cada uno del resto como personas distintas que merecen respeto y consideración debido a la dignidad de cada cual. La interferencia en la intimidad o privacidad de la persona sin su consentimiento y sin que se haya expuesto públicamente constituye un atropello a su derecho más preciado.

Cuando lo privado se hace público, naturalmente deja de ser privativo de la persona con lo que lo más íntimo se expone y, por ende, se diluye. Es como si se perdiera el núcleo del individuo para integrar una acervo común, en otros términos, el yo deja de tener los atributos de la personalidad propia para ser compartido por todos o de un grupo no querido, ajeno y extraño.

Es por esto que la Cuarta Enmienda de la Constitución estadounidense (y de todas las de países civilizados) alude al derecho inalienable de las personas a que sus pertenencias, papeles y efectos no sean violados bajo ningún concepto y que solo pueden invadirse con expresa autorización de juez competente en base a la debida prueba de un probable delito.

En otras oportunidades he consignado en mis columnas una defensa de los episodios de Wikileaks en las que sostuve (y sostengo) lo vital de la libertad de prensa en una sociedad abierta y la obligación de gobiernos republicanos a transparentar sus actos ante sus mandantes. De cualquier modo, el eje central de este texto consiste en sostener que la maravilla de nuestra época (Internet) puede convertirse en la tumba de las libertades individuales si no se frena el espionaje realizado principalmente por los aparatos estatales, teóricamente encargados de velar por los derechos de las personas.

Para precisar este peligro del Gran Hermano orwelliano a través del espionaje que a esta altura de los acontecimientos que son del dominio público, es del caso recordar el pensamiento de Benjamin Franklin en 1759: “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad temporaria, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

La creatividad está en relación directa con la profundidad del pensamiento en un contexto de estado de alerta, lo cual se logra con el invalorable apoyo de la tecnología pero alejado de los antedichos peligros y malos usos desperdiciando las oportunidades maravillosas que nos brindan los progresos tecnológicos y, desde luego, no usarlos para en embotamiento ni para convertir al ser humano en un adefesio tal como explica C. S. Lewis en su obra sugestivamente titulada La abolición del hombre.

El proceso creativo es de gran trascendencia, por lo que insistimos en el buen uso de la tecnología al efecto de no interrumpirlo y desviarlo de sus cauces naturales. De entrada digamos que hay que tener muy presente que cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles por una sola vez en la historia de la humanidad. Esto nos da una enorme responsabilidad para estar atentos a que hacemos con nuestras vidas. El llamado interior es nuestra vocación, se trata de actualizar nuestras muy diversas potencialidades, como ha escrito Octavio Paz, “al descubrir nuestra vocación nos descubrimos a nosotros mismos”.

La creatividad supone el poner al descubierto algo que estaba oculto siempre teniendo en cuenta que la originalidad resulta sumamente difícil (“para novedades, los clásicos” reza el conocido adagio), pero por lo menos el poner sobre la mesa algo no recordado, algo no evidente o dificultoso para el momento.

De todos modos, ¿cómo ocurre el proceso creativo? Con la concentración y el interés en el estudio de determinada materia se va archivando información en el subconsciente y en ese contexto de trabajo en cierta instancia el nivel consciente traba relación con el antedicho archivo y se produce el “momento eureka”. Es el resultado de la perseverancia, la constancia y la atención en la materia que interesa. Muchas veces en este proceso, la creatividad o el descubrimiento sorprende puesto que alumbra una idea colateral. Casi como en la ciencia médica en la que muchas de las líneas de investigación en un área dan por resultado un descubrimiento en otra.

Cuanto mayor el valor de la creatividad, mayor es el grado de soledad que requiere el investigador y muchas veces a contracorriente de lo que opinan los demás. Contar con el temple para continuar en el camino es requisito para la creatividad sin dejarse determinar por otros.

Sin duda que la creatividad no es ex nihilo para los mortales puesto que se basa en la incorporación de conocimiento provisto por otros y por sucesos externos a quien crea, se sustenta en información previa, procesada, digerida y reformada con el correspondiente valor agregado para lo que la tecnología moderna proporciona herramientas de gran valor.

El producto de la creatividad se traduce en una inmensa satisfacción difícil de transmitir en palabras que alimenta el intelecto de todos cuando está dirigida a lo ético, estético y, en general, a contribuciones que permiten mejorar la condición de vida de los semejantes. Es una bendición que debe ser cultivada y aprovechada.

Por otra parte, para desarrollar la mayor energía creativa posible es indispensable un clima de libertad lo cual significa respeto recíproco y no las imposiciones de reglamentaciones asfixiantes que pretenden el tratamiento de personas como si fueran autómatas del poder político de turno.

Como ha sentenciado Cervantes “cada quien es hijo de sus obras” pero la creatividad se ahoga y queda aplastada por el espíritu autoritario; Mafalda ha dicho bien que “la vida es como un río, lástima que hayan tantos ingenieros hidráulicos”. Es de esperar que la tecnología se use para bien y no en contra del espíritu creativo que solo florece en libertad.

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Los problemas del sector externo argentino:

Por Guillermo Luis Covernton. Publicado el 7/8/19 en: https://issuu.com/desafioexportar/docs/desafio_exportar_n__169/8

Urge retornar a una genuina libertad cambiaria, para promover la estabilidad y previsibilidad del sector externo.

 

El problema al que vamos a aludir no es reciente. Y se puede afirmar que ha impactado en las decisiones macroeconómicas argentinas desde hacen décadas. El principal motivo por el que hoy cobra actualidad y se viraliza el debate, radica en que, mal que les pese a muchos, el gobierno actual se mueve mucho más ceñido a las instituciones, respetando en mayor medida que muchos de los anteriores, el estado de derecho, la libertad de comercio y los derechos individuales que ampara nuestra constitución. Entre los que, la libertad de comprar y vender divisas en un mercado abierto, no es una anécdota, sino la base de la estabilidad del sector.

Por estas razones, el equilibrio del sector externo es una condición ineludible para la estabilidad del tipo de cambio. El equilibrio fiscal es otra variable insoslayable si se pretende eliminar la inflación y darle previsibilidad al comercio exterior.

Arrastramos décadas de inestabilidad cambiaria. Un precio de la divisa que se dispara al alza y que periódicamente es planchado por el gobierno, con intervenciones en el mercado, financiadas con deuda externa, no permite proyectar ni hacer rentable importaciones y exportaciones. El programa de financiamiento implementado con el FMI implicaba que el gobierno, al igual que se le exige a todos los países que este organismo financia, debe renunciar a la manipulación del tipo de cambio. Pero esta política ha recibido un “impasse”, frente a lo que el Fondo considera “urgencias electorales”[i]. Por lo cual, hoy tenemos un tipo de cambio atrasado, que seguirá esa tendencia, al menos, hasta asegurar la continuidad de este gobierno, tras las elecciones. Que es lo que esperan los mercados mundiales.

Eso ocasiona una situación de indefinición, potencial volatilidad futura y riesgo cambiario. Que debe eliminarse de raíz, implementando un tipo de cambio libre, sin intervenciones ni eufemismos y dejando operar el mercado de futuros de divisas, sin operaciones bajistas, por parte del BCRA que, en cualquier otro mercado mundial de referencia, se sancionan como “abuso de posición dominante”[ii]. El Banco Central no debe interferir en el proceso de formación de precios del tipo de cambio a futuro. De esa forma, el precio de la divisa permite asignar recursos, planificar el comercio exterior, asignar inversiones, analizar proyectos y calcular tasas de repago y el valor de cada proyecto con criterios profesionales.

Por supuesto, para lograr esta meta, se debe erradicar de raíz la inflación, ya que si esto no es así, las pautas cambiarias operan como una profecía auto cumplida, proyectando la inflación esperada.

Esto nos lleva a la segunda parte de este análisis. El del tipo de cambio de equilibrio a largo plazo. Y aquí es cuando las intenciones de exportar, siempre sobrevaloradas desde la esfera oficial, empiezan a sufrir una discriminación y un ataque sin tregua, cuando se materializan, luego de mucho sacrificio e inversión. Porque un país que incrementa sus exportaciones a paso firme, al originar un ingreso de divisas creciente, da lugar a una caída del tipo de cambio de equilibrio a largo plazo, que saca de la zona de confort a todas las demás industrias y actividades comerciales. Porque, al abaratarse la divisa, se encarecen los precios de los insumos no transables que se contratan en el mercado local. Lo cual quita competitividad, no solo a los demás exportadores, sino, asimismo, a quienes proveen el mercado interno, que se ven, por esa razón, acorralados por la competencia de bienes extranjeros, ahora a precios competitivos, que, en libertad de comercio, van a ejercer una competencia feroz. La solución, por supuesto, no es cerrar las importaciones, no solo porque eso haría caer el salario real, al encarecer los productos, sino que ese tipo de medidas, al disminuir la demanda de divisas para importar, termina generando el resultado inverso al buscado. Porque cuanto más se impide la competencia, más rubros se hacen competitivos.

Es de esperar que, pasadas las contiendas electorales, el gobierno retorne la senda de transparencia que el comercio internacional necesita. Promoviéndose así un ambiente de previsibilidad macroeconómica que permita radicar las inversiones imprescindibles para un crecimiento sostenido.

 

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es Profesor Titular de Finanzas Públicas, Macroeconomía, y Emprendimiento de Negocios en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Ha sido profesor de Microeconomía, y Economía Política en la misma universidad. Fue Profesor Titular de Proceso Económico en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, (UFM). Fue secretario de Confederaciones Rurales Argentinas, corredor de granos y miembro de la Cámara Arbitral de Cereales de la Bolsa de Comercio de Rosario. Fue asesor de la Comisión Nacional de Valores para el desarrollo de mercados de futuros y opciones. Fue director académico de la Fundación Bases. Es empresario y consultor.  Preside la asociación de Ex alumnos de ESEADE.

 

[i] https://www.efe.com/efe/usa/economia/fmi-respalda-medidas-tomadas-por-banco-central-argentino-en-mercado-cambiario/50000106-3963997

[ii] https://www.cronista.com/finanzasmercados/El-dolar-salta-40-centavos-pese-a-intervenciones-del-BCRA-en-el-mercado-20190729-0016.html

La tasa de interés no es la fuente de la prosperidad

Por Iván Carrino. Publicado el 1/8/19 en: https://www.inversorglobal.com/2019/08/la-tasa-de-interes-no-es-la-fuente-de-la-prosperidad/

 

Sin modificar cuestiones de fondo, bajar la tasa nos lleva a un estallido inflacionario.

Con la campaña electoral llegando a la recta final de su primera etapa (en 15 días tenemos elecciones Primarias), los candidatos se pelean por aparecer en los medios e instalar temas que atraigan la atención.

Así fue que, al mejor estilo militante del Frente de Izquierda, Alberto Fernández le dijo a Roberto Navarro que para pagar un aumento del 20% de las jubilaciones, iba a dejar de pagar los intereses de las Leliq.

En concreto, la pregunta de Navarro fue: “¿De dónde va a sacar los cientos de millones para subir las jubilaciones?”. Inmediatamente, Alberto respondió: “Vamos a dejar de pagar los intereses de las Leliq que está pagando la Argentina todos los días” (el momento exacto es el minuto 28:11 de esta entrevista).

Las declaraciones fueron propias de un militante del Partido Obrero, pero técnicamente peor fundamentadas. Es que por lo menos en el PO sugieren que se use la plata que el Tesoro (Dujovne) le gira al FMI en concepto de repago de deudas para dársela “al pueblo”. Para el neo-kirchnerismo del señor Fernández, lo que debería usarse es el dinero del BCRA (Sandleris), casi un imposible técnico.

Ahora bien, más tarde muchos salieron a aclarar y dijeron que, en realidad, lo que Alberto quiso decir fue que se iban a pagar menos intereses de Leliq porque éste obligaría al Banco Central a bajar la tasa de interés de referencia.

He aquí donde está el verdadero meollo del asunto. Es que para los economistas del kirchnerismo, la tasa de interés es la clave de todo progreso económico y social.

Tanto es así que el plan económico del Frente de Todos podría resumirse en esta secuencia de 5 pasos:

1) Se baja la tasa,

2) entonces crece la economía,

3) entonces aumenta la recaudación,

4) entonces puede financiarse todo el gasto populista prometido en campaña,

5) entonces crece más la economía por el gasto,

6) entonces Argentina es el paraíso terrenal.

Lamentablemente, este razonamiento es totalmente ingenuo y descabellado.

La tasa de interés en una economía de trueque

Si todo fuera tan fácil como bajar la tasa, solo se explicaría con maldad y odio que alguien no hubiera intentado hacer esto antes. Lamentablemente, muchos sí lo intentaron y sumieron a sus países en crisis monetarias e hiperinflaciones.

El problema es no entender la naturaleza del interés.

Para ello, remontémonos a lo que ocurre en una economía sin dinero.

¿Es posible que allí haya interés? La respuesta es afirmativa.

Supongamos que José tiene dos manzanas que no va a consumir en lo inmediato. María, su vecina, necesitaría hoy esas manzanas, ya que quiere utilizarlas para hacer un budín. En este contexto, es posible que José le preste a María las dos manzanas a cambio de que se las devuelva más adelante.

Ahora dado que José está sacrificando la posibilidad de usar dichas manzanas en el momento que quiera, María seguramente le ofrezca, a cambio del préstamo, devolverle más manzanas en el futuro.

Así, por ejemplo, podría ocurrir que, a cambio de las dos manzanas hoy, María le devuelva en el futuro dos manzanas y media.

Como se observa, en una economía de trueque, también hay una tasa de interés, que en este caso sería del 25%. Te presto un capital inicial de 2, me devolvés un capital final de 2 y medio.

¿De qué depende la tasa?

Sabiendo que existe, en una economía sin dinero y sin Banco Central, una tasa de interés, pasemos ahora a analizar de qué tres cosas depende dicha tasa.

En primer lugar, depende de la preferencia temporal de José. Si José prefiere consumir antes en el tiempo las manzanas, entonces será mucho más difícil que decida prestarlas. Ahora bien, si prefiere consumirlas “más adelante”, entonces las tendrá disponibles para dárselas a María.

Un segundo factor que influye es el riesgo del préstamo. Por ejemplo, si María en lugar de hacer budines se dedicara a salir a pasear y tirar las manzanas por el piso por diversión, entonces la posibilidad de que devuelva el préstamo es menor. Así, es probable que ella, con tal de obtener sus dos manzanas hoy, ofrezca una compensación mayor en el futuro.

A mayor riesgo de impago, mayor tasa de interés.

Por último, también influirá un tercer factor, que es el deterioro de las manzanas. Si se espera que las manzanas que devuelva María en el futuro estén todas machucadas y medio podridas, entonces José le pedirá más manzanas a cambio de las dos que presta hoy, de manera de al menos agarrar algunas que estén en condiciones de ser consumidas.

Como se observa, si la preferencia temporal es baja (la gente elige posponer su consumo al futuro), si el riesgo es bajo, y la expectativa de descomposición de las manazas es baja, también será baja la tasa de interés.

Y si es baja la tasa de interés, habrá más consumo de manzanas y más producción de budines. Pero esa tasa de interés no es un acto de magia o voluntad gubernamental. Depende de estas tres cosas que mencionamos.

La tasa de interés, el Banco Central y Jauja

En una economía monetaria con Banco Central, las cosas pueden parecer muy distintas, pero no lo son.

De acuerdo con Alberto Fernández, Guido Sandleris sube la tasa de interés y no responde a “las necesidades de millones de argentinos, de nuestras pymes, de nuestras grandes empresas, de la Argentina productiva”. Si él gana, promete bajar las tasas para “que se recupere el crédito y se puedan reorientar recursos desde lo financiero a lo productivo”.

Ahora volviendo a nuestro ejemplo anterior, la tasa de interés no es una decisión gubernamental. Mucho menos en un esquema de “control de agregados monetarios” como el que tiene Argentina.

La tasa depende de la preferencia temporal, el riesgo de la inversión y el deterioro del medio de intercambio. Ahora si asumimos que un argentino no tiene una preferencia temporal muy distinta a un norteamericano, podemos aproximarnos a este número usando la tasa de 10 años de un bono estadounidense.

Si, además, suponemos que el riesgo de la inversión está capturado por el Riesgo País y que el “deterioro de las manzanas” es la tasa devaluación esperada, entonces llegamos a los siguientes números:

—–> Rendimiento del Bono de EEUU: 2,0%

—–> Riesgo País: 7,8%

—–> Devaluación Esperada: 50%

Si sumamos estos tres componentes, llegamos a una tasa de interés en pesos de 59,8%, no muy lejos de lo que está la tasa de LELIQ hoy.

O sea, todo aquel candidato que proponga “bajar la tasa” para reactivar la economía, tiene que decir cómo va a bajar el riesgo país, o cómo va a reducir las expectativas de devaluación.

Si no lo hace, toda baja de la tasa se transformará rápidamente en una fuga de depósitos, brusca suba del dólar y violento salto de la inflación.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino