Capital e Ideología, el nuevo libro de Piketty, donde plantea un socialismo «participativo». Paco Capella lo critica

Por Martín Krause. Publicado el 6/12/19 en:  https://bazar.ufm.edu/capital-e-ideologia-nuevo-libro-piketty-donde-plantea-socialismo-participativo-paco-capella-lo-critica/

 

Mi buen amigo Paco Capella tuvo la paciencia de considerar los comentarios de Piketty sobre su nuevo libro. Aquí van los primeros párrafos:

El texto completo: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/thomas-piketty-contra-el-capitalismo-y-la-propiedad-privada

Cuenta Thomas Piketty en esta entrevista que en su libro Capital e ideología estudia las ideologías que han justificado las desigualdades, con especial atención a la propiedad privada como causante fundamental. Quiere “superar” el capitalismo y la propiedad privada: no “abolir” o “suprimir”, que suenan mal, sino “superar”, porque suena bien y sería retrógrado oponerse a algo que suena bien. No a lo negativo, sí a lo positivo.

Defiendo un sistema de socialismo participativo. También se puede hablar de economía participativa o circular. La idea es que necesitamos la participación de todos, no solo en la vida política, sino también en la económica. No puede haber una hiperconcentración del poder en un número reducido de personas. El poder debe circular.

Un socialismo participativo es un absurdo contradictorio. El socialismo se caracteriza por la propiedad pública (estatal) de los medios de producción: el poder se concentra de forma absoluta en los planificadores centrales, lo que casa mal con la participación de otros agentes no estatales, y peor con la participación de todos. Como mucho en un socialismo democrático se puede permitir a los ciudadanos elegir quiénes serán sus gobernantes, y una vez elegidos estos tendrán todo el poder. Piketty abusa del término “socialismo”, le añade un “participativo” y el engendro significa que todo el mundo tenga suficiente capital pero no demasiado, traspasándolo por la fuerza de quienes tienen más a quienes tienen menos.

Piketty se opone a la hiperconcentración del poder económico en unos pocos multimillonarios, pero no parece tener problemas con la hiperconcentración del poder político de los Estados en unos pocos gobernantes. Afirma que el poder debe circular, pero se refiere solamente a la riqueza, y oculta que lo que propone es una circulación forzada de quienes la han producido (o recibido como regalo) a quienes no lo han hecho.

… el capitalismo hoy es diferente al del siglo XIX. El capitalismo puro consistiría en concentrar todo el poder en los propietarios y los accionistas, poder despedir a quien uno quiera y cuando quiera, o triplicar el alquiler al inquilino de la noche a la mañana. Un capitalista del siglo XIX vería como una herejía las reglamentaciones actuales para limitar los derechos de los propietarios.

El capitalismo simplemente permite la propiedad privada de los medios de producción. El propietario concentra todo el poder sobre su propiedad, pero a cambio no tiene ningún poder sobre la propiedad ajena: el poder en realidad está diluido entre los individuos porque todos pueden ser propietarios, y todos lo son al menos de su propio cuerpo y su capacidad de trabajo. La propiedad privada es la mejor defensa contra los abusos de los poderosos porque en la propiedad manda cada dueño, y los demás pueden proponer intercambios pero no imponerlos. Algunos propietarios muy ricos pueden tener más bienes y riqueza que otros, pero en un sistema de mercado libre seguramente es porque son responsables de su producción y no se la han quitado a nadie.

El capitalismo no defiende poder despedir a quien uno quiera cuando quiera sino tener libertad contractual, y los contratos laborales voluntariamente pactados por las partes especifican las condiciones en las que se puede o no despedir a un trabajador. En algunos casos tal vez no sea necesaria ninguna justificación, notificación previa o compensación por el despido, igual que el comprador de un bien o servicio que no tenga ningún compromiso contractual no tiene por qué justificar al vendedor si deja de intercambiar con él.

Los precios de alquiler en el mercado libre se reflejan en contratos de cierta duración predeterminada, de modo que no pueden ser modificados sin más durante su duración; al terminar el contrato las condiciones deben ser negociadas de nuevo, y ninguna parte puede imponerle unilateralmente nada a la otra. Lo del aparente escándalo de triplicar el alquiler a un inquilino es algo entre raro o imposible de lo cual obviamente no ofrece ningún ejemplo real porque es demagogia torpe y barata.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

El papel de la nueva oposición

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 4/12/19 en: https://www.lanacion.com.ar/politica/el-papel-nueva-oposicion-nid2312375

 

Es una verdad de Perogrullo que todas las personas de bien desean lo mejor para su país. En nuestro caso venimos de fracaso en fracaso desde que se estrenó el populismo en nuestro medio y se revirtió el formidable éxito que hizo que fuéramos un ejemplo de progreso moral y material en el concierto de las naciones civilizadas, debido a la aplicación de recetas compatibles con la sociedad abierta. Luego vino la avalancha de estatismos que bajo diversas denominaciones nos empobreció bajo la ficción de que recursos gubernamentales operarían de la nada, como si no fueran producto del saqueo al fruto del trabajo ajeno.

En el actual contexto, sería lamentable que el gobierno saliente estime que el apoyo logrado en distintas manifestaciones y marchas proselitistas y el respaldo obtenido en las urnas se deben a un apoyo a su gestión, puesto que ha sido como expresión de la imperiosa necesidad de preservar las instituciones republicanas, de modo muy especial la libertad de prensa y lo que queda en pie de la Justicia. Este apoyo, así concebido, permitió establecer una oposición de peso en ambas cámaras, si bien resulta mucho más notoria en Diputados que en el Senado.

 A esta altura debe recordarse que el sistema republicano se basa en cinco columnas fundamentales en el contexto del reaseguro de la libertad de expresión, sin límite de ninguna naturaleza. Estas cinco bases son la igualdad ante la ley anclada en la Justicia como “dar a cada uno lo suyo”, la responsabilidad de los gobernantes ante la ciudadanía por lo realizado, la nítida división de poderes, la transparencia de los actos de gobierno y la alternancia en el poder a través de elecciones confiables.

Esto es lo que debe defender a capa y espada la nueva oposición durante la próxima gestión gubernamental, para lo cual, desde luego, resulta primordial poner en claro que la gestión  hoy en funciones ha fracasado rotundamente en cuanto a lo más acuciante, es decir, a la incapacidad para reducir el tamaño elefantiásico de un Leviatán desbocado. De esta situación se sigue la presión tributaria, la deuda exponencial, el adiposo déficit total y el haber generado una inflación mensual equivalente a la anual en naciones normales.

No caben pretextos y el relato de anécdotas irrelevantes, solo importan los resultados. Está en juego la supervivencia de la República, antes de que se promulgue una “ley de medios” como subterfugio para amordazar la libertad de expresión, antes de reformas constitucionales nefastas, de modificaciones en el esquema judicial y de revocar, frenar y revertir fallos que quitan sustento a la corrupción administrativa.

El comienzo del gobierno macrista estuvo adornado con el bailecito del presidente en la Casa Rosada con la banda presidencial, lo cual dista mucho de un gesto republicano. La primera medida en el plano económico fue la irrupción de nuevos ministerios y la primera medida en el terreno institucional fue la pretensión de designar por decreto a dos ministros de la Corte Suprema.

Es perentorio consolidar la nueva oposición, alejada de los personajes que contribuyeron al referido fracaso. Sería del todo impropio que pretendan constituirse en referentes de la oposición a partir de la asunción del gobierno recién electo aquellos que cargan las pesadas mochilas de la deplorable administración que, entre muchas otras cosas, termina con cepos cambiarios y otras múltiples regulaciones dignas del estatismo más exacerbado.

Además de lo aludido sobre las fallas del gobierno que termina (que es lo principal para descartar la idea de mantener la misma dirección), como una nota a pie de página debe tomarse en cuenta que es probable que la actual cabeza del Ejecutivo esté obligada a acudir a Tribunales en varias causas en su contra, que por más que resultaran injustas debilitan y desgastan la capacidad de maniobra de un referente en la oposición.

Se requiere la suficiente cintura y reflejos políticos para proceder sin demora en el sentido señalado. A nuestro juicio, quienes podrían asumir las nuevas responsabilidades son políticos de la Unión Cívica Radical más cercanos a la tradición inaugurada por su fundador, Leandro Alem, desviada a partir de la Declaración de Avellaneda de 1945. Esto no solo debido al extraordinario ideario en su tramo original, sino a que se trata de una expresión de lo que hasta ahora ha sido una coalición electoral que debería  apuntar a ser en el futuro una coalición de gobierno que recoja la mencionada tradición original.

En este contexto debe tenerse muy presentes pensamientos de gran trascendencia de Alem. En el debate sobre la federalización de Buenos Aires, en 1880, expresó: “Más el poder es fuerte, más la corrupción es fácil. Para asegurar el poder legítimo, es necesario impedir a todo trance que él exagere sus facultades”.Recomendaba además “una política liberal que deje el vuelo necesario a todas las fuerzas y a todas las actividades” y concluía:  “gobernad lo menos posible porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad, más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.

En igual línea argumental, Alem, a contracorriente de la sandez de “vivir con lo nuestro”,  patrocinaba la completa apertura de las fronteras al comercio en “El Argentino”, en 1894, en un texto titulado “El proteccionismo y el pueblo” y en 1891 en el “Manifiesto Radical” se refiere a los peligros de la inflación monetaria que firma Alem como presidente y lo secundan Joaquín Castellanos, Carlos Estrada, Daniel Tedín y Abel Pardo. Allí se resume el cuadro de situación al sostener que “Es un axioma ante la conciencia argentina que el mal se ha producido por exceso de oficialismo.”

Lo dicho no es óbice para la necesaria tarea de trabajar en otros espacios para contribuir a la difusión y ejecución de plataformas liberales y las faenas que se vienen desarrollando al efecto de dar la batalla cultural. Pero insistimos que para que esto último tenga lugar y se amplíe su radio de acción es menester conservar los principios esenciales del sistema republicano. No es responsable poner la carreta delante de los caballos. Primero hay que asegurar lo esencial de la República, para lo cual debe fortalecerse la nueva oposición gracias a la oportunidad que le brindaron las urnas en las elecciones del 27 de octubre. No debe confundirse el plano académico con el político, pues son dos esferas sustancialmente distintas.

Ahora bien, si las bancadas de la nueva oposición van a competir por la promulgación de las medidas estatistas que nos han asfixiado hasta el presente, para eso es mejor evitar disimulos y asociarse a la alianza del gobierno recién electo.

Por último, hago votos para que no se recurra a las absurdas y contraproducentes expresiones de “ajuste” o “shock” si es que se quiere liberar recursos atrapados en las pesadas telarañas estatales al efecto de engrosar los bolsillos de la gente. Ya bastantes ajustes y shocks padecen cotidianamente los argentinos desde hace mucho tiempo para soportar nuevos embates de ese calibre.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La Argentina no necesita más billetes impresos, necesita más capitales para crecer

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 3/12/2019 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/12/03/la-argentina-no-necesita-mas-billetes-impresos-necesita-mas-capitales-para-crecer/

 

La expansión monetaria para estimular el consumo va acompañada de controles de precios, una receta bien conocida en la Argentina

La expansión monetaria para estimular el consumo va acompañada de controles de precios, una receta bien conocida en la Argentina

Todo parece indicar que la nueva administración intentará reactivar la economía vía el incremento del consumo. Si bien es cierto que ese es el fin último del proceso económico, lo cierto es que para poder incrementar la demanda de bienes durables y no durables en forma sostenida hay que seguir un camino que lleve a lograr ese objetivo de modo sustentable.

No es cuestión de ponerle más dinero en el bolsillo a la gente para incrementar el consumo, porque los billetes no se comen. Ejemplo: “Todos los días compro una ensalada de frutas que viene en un vaso plástico. La última vez el vaso era más chico y el precio más alto, eso sí, ahora tengo más billetes en el bolsillo”. Antes salía a la calle con algunos billetes y ahora llevo más, pero puedo comprar menos cantidad de las mismas cosas que antes.

En definitiva, la gente no necesita tener más billetes en el bolsillo, sino tener más poder de compra de bienes y servicios, no cada vez menos como ocurrió en los últimos años.

Demanda de dinero

En un país que nunca tuvo inflación, es probable que vía expansión monetaria pueda estimularse transitoriamente el consumo.

En un país sin memoria inflacionaria, si el gobierno emite para reactivar la economía los incrementos de precios que se producen pueden ser vistos como algo transitorio por el consumidor y, por lo tanto, postergaría la compra de bienes (aumentando la demanda de moneda) a la espera de que bajen los precios. Pero si pasado cierto tiempo eso no ocurre sino que, por el contrario, si los precios siguen subiendo en respuesta al aumento de la oferta de dinero por parte del Banco Central, entonces el público comienza a comprar bienes antes de que sean más caros. En ese caso baja la demanda de moneda y se potencia la inflación, provocando la disminución del salario real.

De ahí que si las autoridades económicas quieren sostener el consumo artificial basado en emisión monetaria, correrá el riesgo de aumentar la fuga del dinero hasta llegar a procesos inflacionarios agudos o incluso hiperinflacionarios, si no se detiene a tiempo.

Generalmente estas expansiones monetarias para estimular artificialmente el consumo van acompañadas de controles de precios, lo cual termina generando desabastecimiento, caída en la calidad de los productos, mercado negro, etc. Esta historia los argentinos la conocemos en detalle .

Justamente, el argentino no solo tiene memoria inflacionaria, sino que hay toda una nueva generación que nació y vivió con una inflación de dos dígitos, lo cual los hace más proclives a buscar refugio contra la inflación.

Desde el 2002 para acá pasaron 17 años, por lo tanto, todos los que nacieron luego del 2002 o incluso unos años antes de la crisis del 2001 ya saben que es la inflación porque vivieron con ella. Además, tienen a sus padres que vivieron procesos inflacionarios agudos antes de la convertibilidad fija del peso y el dólar en los noventa, y le enseña a sus hijos a huir del peso.

Por lo tanto, el argentino es un agente económico con larga experiencia en tratar de sobrevivir en períodos de inflación. Sabe que tiene que refugiarse en bienes que lo proteja de la inflación o en el dólar, porque en Argentina el que apuesta al dólar nunca pierde.

Muchos de quienes tienen capacidad de ahorro cambian sus pesos por dólares, como refugio de valor (Juan Mabromata, AFP)

Muchos de quienes tienen capacidad de ahorro cambian sus pesos por dólares, como refugio de valor (Juan Mabromata, AFP)

El punto a tener en cuenta es que cuando se entra en estos procesos de reactivación artificial de la demanda, no es que se emite moneda una sola vez y luego se frena la maquinita. Estos estímulos artificiales del consumo exigen de expansiones monetarias crecientes que llevan a procesos inflacionarios cada vez más agudos.

Si se acepta que la expansión monetaria es como un impuesto no legislado, al cual se lo suele llamar “impuesto inflacionario”, la curva de Laffer le aplica perfectamente.

El economista Arthur Laffer estudió que a medida que aumenta la tasa del impuesto (eje horizontal) se incrementa la recaudación (eje vertical), pero llega un punto, el C en el gráfico precedente, en que ese proceso deriva en una disminución de los recursos tributarios porque la economía comienza a operar en negro, desaparecen los productores marginales, etc.

Si se supone que la tasa de impuesto es la de la expansión monetaria por parte del Banco Central y que el eje vertical es la recaudación del impuesto inflacionario, si la gente no tiene memoria inflacionaria, la curva puede moverse entre 0 y 50. Pero a partir de la huida del dinero, comienza a disminuir. Ese sería el punto C, en el cual ya está la Argentina, o se encuentra próximo a alcanzarlo por la fresca memoria inflacionaria, todo intento de reactivar la economía vía expansión monetaria puede llevar tasas crecientes de emisión cayendo en un proceso inflacionario descontrolado con riesgo de hiperinflación por huida del dinero.

Primero invertir, luego consumir

La única forma de incrementar el consumo en forma sostenida es iniciando el proceso normal que es primero crear las condiciones para atraer inversiones, para incrementar la productividad y tener más bienes.

Si Robinson Crusoe quiere incrementar su consumo de cocos, en vez de treparse todos los días al cocotero para bajar un coco, tiene que ahorrar (consumir medio coco por día) y al tener libre el segundo día porque consume el otro medio coco, podrá destinar el tiempo a construir una escalera para subir y bajar más rápido con más cocos en menos tiempo.

Y si en lugar de consumirse todos los cocos que bajó en un día, vuelve a ahorrar y consume sólo una parte, ahorra para el día siguiente y hace una red de pescar que le permitirá pescar mayor cantidad de peces, alcanzará un nuevo incremento de su productividad que le permitirá intercambiar cocos y peces con los isleños por los productos de las huertas, diversificar sus consumos y construir su choza.

En síntesis, si no se entiende el ABC de la economía que enseña que el consumo solo se puede incrementar en forma sostenida con más inversión, se seguirá emitiendo moneda con la esperanza de que la mayor cantidad de papeles impresos generen más riqueza, pero nunca se alcanzará ese objetivo.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky

 

El Martín Fierro como primera gran denuncia de la corrupción argentina

Por Carlos Newland: 

 

El Gaucho Martín Fierro (1873) de José Hernández busca reflejar la mentalidad y las condiciones de vida de habitantes rurales del siglo XIX. Para nosotros es una obra clásica que describe vivencias y experiencias que son comunes a los argentinos y a las sociedades de todos los tiempos.  Aquí quisiéramos destacar uno sus contenidos, la denuncia de la corrupción, entendida como el manejo que hacían ciertos funcionarios públicos en pos de su beneficio privado. Hernández se enfocó en la cuestión tal como era percibida por el gaucho bonaerense en su vida cotidiana y por ende no consideró pertinente señalar los grandes negociados de los gobiernos nacionales o provinciales, en las compras estatales o en la contratación de obra pública. Se concentró más bien en los manejos de las autoridades políticas locales y de los jefes de las unidades militares en la frontera. Ambos ámbitos afectaban significativamente la vida de los habitantes de la campaña, ejemplificada a través de la figura y desventuras del  gaucho Fierro. El cuadro que presenta parece ser razonablemente fidedigno, según puede inferirse de la interesante compilación de documentos de la época presentada por el historiador Eduardo Míguez (El Mundo de Martin Fierro, 2005).

 

El primer destinatario de las críticas de Hernández es el conjunto de los jueces de paz, autoridades locales con funciones policiales y judiciales, designados por los gobiernos provinciales. Claramente muchos de estos funcionarios se aprovechaban del poder que detentaban para obtener beneficios y hacer exacciones a costa de la población.  Para mantener sus puestos necesitaban, en primer lugar, garantizar que sus partidos fueran los ganadores en las elecciones. Para lograr este objetivo presionaban o forzaban a los paisanos bajo su jurisdicción a elegir a los candidatos de sus propios partidos. Los jueces de paz perseguían a los pobladores que no asistían a los comicios o a aquellos que aparecían portando boletas de otros partidos, y se las arrebataban. Por todo ello, según el poema, resultaban elegidos los peores candidatos:

 

Ricuerdo que esa ocasión

daban listas diversas;

las opiniones dispersas

no se podían arreglar:

Decían que el Juez por triunfar

hacía cosas muy perversas.

 

Cuando se riunió la gente

vino a ploclamarla el ñato;

diciendo con aparato

«que todo andaría muy mal;

si pretendía cada cual

votar por un candilato.»

El anhelo de Fierro era el derecho a votar libremente, así declama:  “Mande el que mande, yo he de votar a quien quiera”. Claro que cuando un individuo ejercía este derecho corría el riesgo de ser castigado y enviado a la frontera. Entre los hechos delictivos vinculados a los funcionarios estaba el de asociarse con criminales para despojar a los lugareños, así lo marca el texto:

 

Decían que por un delito

mucho tiempo andubo mal;

un amigo servicial

lo compuso con el Juez,

y poco tiempo después

lo pusieron de Oficial.

 

En recorrer el partido

continuamente se empleaba.

Ningún malevo agarraba

pero traía en un carguero,

gallinas, pavos, corderos

que por ay recoletaba.

 

No se debía permitir

el abuso a tal estremo:

mes a mes hacía lo mesmo,

y ansí decía el vecindario,

«este ñato perdulario

ha resucitao el diezmo.»

 

Otra práctica de los jueces de paz o sus asociados era la de aprovecharse de la custodia de los bienes de huérfanos mediante la designación de administradores expoliadores. Asimismo,  tenían la facultad de elegir  a aquellos pobladores destinados a la frontera. En lugar de hacerlo aleatoriamente, escogían a quienes  no consideraban de su confianza, a los que no votaban a su partido o a los que no aceptaban sus arbitrariedades.

 

La segunda instancia de corrupción se daba en los fortines. A los gauchos se los obligaba a enrolarse en la milicia, debiendo servir en unidades de la frontera durante un largo e impreciso periodo. Muchos no cobraban el sueldo estipulado, y se puede deducir que sus remuneraciones “se perdían” por alguna parte.  En el caso de Martín Fierro, no le abonaron su salario durante dos años. Por otra parte, la corrupción existente en los fortines afectaba la alimentación de los soldados. Aunque se adquirían alimentos para el rancho, los jefes hacían facturar a los proveedores por una cifra mayor a las vituallas recibidas, quedándose con la diferencia:

 

A mí no me jué tan mal

pues mi oficial se arreglaba;

les diré lo que pasaba

sobre este particular.

 

Decían que estaban de acuerdo

la Bruja y el provedor,

y que recebía lo pior…

Puede ser, pues no era lerdo.

que a más en la cantidá

pegaba otro dentellón,

y que por cada ración

le entregaban la mitá.

Y que esto, lo hacía del modo

como lo hace un hombre vivo:

firmando luego el recibo,

ya se sabe, por el todo.

 

Dentro del cuartel los oficiales y suboficiales iban sustrayendo parte de  los alimentos adquiridos para los soldados hasta que a los reclutas sólo les llegaban migajas. Con humor, dice Martín Fierro, que cada nivel militar repetía un viejo dicho popular al sustraer la comida para los milicianos “-Araña, ¿quién te arañó?   -Otra araña como yo”. Por otra parte, las autoridades militares hacían trabajar a los soldados en sus propias estancias y chacras, sembrando, haciendo corrales y construyendo con adobe. Las municiones que se adquirían para los soldados nunca terminaban siendo utilizadas para los enfrentamientos con los indígenas. Eran vendidas privadamente por los comandantes a los cazadores de la zona. A los soldados se les daban lanzas y no las armas de fuego que debían ser provistas. El comandante incluso se apropió del caballo de Fierro, un animal envidiable que se destacaba por su velocidad en las carreras. Así se resumía la corrupción en los fortines:

 

Yo he visto en esa milonga

muchos Gefes con estancia,

y piones en abundancia,

y majadas y rodeos;

he visto negocios feos

a pesar de mi inorancia.

Hernández termina solicitando que el servicio de milicia se haga con soldados contratados, debiéndose dejar de imponer a la población ese trabajo forzado: “Si el Gobierno quiere gente, que la pague y se acabó”.

 

En toda la obra domina un tono pesimista en cuanto a esta situación general. La corrupción va afectando la ética de los individuos: en el caso del Martín Fierro lo termina llevando a convertirse en criminal y posiblemente asociado a los indígenas en los malones. Poca reforma podía esperarse de la iniciativa de los gobernantes, quienes en la terminología actual eran incansables buscadores de rentas, como dice el Moreno en la payada final:

 

los que la gobiernan ven

a dónde han de dar el tajo.

le cai al que se halla abajo

y corta sin ver a quién.

 

mas yo soy un negro rudo

y, aunque de esto poco entiendo,

estoy diariamente viendo

que aplican la del embudo.

 

La ley del embudo, por la cual el que tenía poder se quedaba con todo y el que no lo tenía, con nada. El tono fatalista del poema, creemos, tiene su lado positivo: describe una situación nefasta que debía reformarse. Su permanente lectura tiene por ello una gran utilidad dada la continuidad histórica de los saqueos a los bienes públicos en nuestro país. Nos marca que debe existir un cambio no solo legal o de administración de la justicia, sino también cultural. Para lograrlo nada mejor que releer y releer nuestro gran texto nacional.

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

 

Ninguna causa justifica la tortura

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 23/7/07 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/ninguna-causa-justifica-la-tortura-nid928080

 

Se debate en diversos foros la posición de Estados Unidos sobre los llamados “interrogatorios coercitivos”, al tiempo que existe el agujero negro de Guantánamo y agentes gubernamentales subcontratan torturadores en terceros países, como quedó documentado en un meduloso libro de Stephen Grey. Asimismo, la lucha antiterrorista que ha tenido lugar en buena parte de América latina sigue dando lugar a discusiones.

César Beccaria, el precursor del derecho penal, escribe: “¿Qué derecho sino el de la fuerza será el que da potestad al juez para imponer pena a un ciudadano mientras se duda si es o no inocente? No es nuevo este dilema: o el delito es cierto o es incierto; si es cierto, no le conviene otra pena que la establecida por las leyes y son inútiles los tormentos, porque es inútil la confesión del reo; si es incierto, no se debe atormentar a un inocente”. Concluye Beccaria: “No vale la confesión dictada durante la tortura”.

No se justifica la tortura en ninguna circunstancia, incluso si se conjetura que determinada persona sabe quién hará detonar una bomba, y aunque se sospeche de que es cómplice del hecho. No resulta aceptable argumentar que hacer sufrir a una persona queda compensado por las muchas vidas salvadas. Cada persona tiene valor en sí misma. La vida de una persona no se debe a otros. No cabe la pretensión de hacer balances, como si se tratara de carne en la balanza de la carnicería. El fin es inescindible de los medios. Los pasos en dirección a la meta impregnan ese objetivo. La conducta civilizada no autoriza a abusar de una persona, independientemente de lo que ocurra con otras (llevados al extremo, estos “balances sociales” conducirían a justificar dislates como el sacrificio de jubilados para que los jóvenes puedan vivir mejor). La legitimación del abuso pone en riesgo la supervivencia de la sociedad abierta, puesto que ésta descansa en pilares éticos.

Además, el ejemplo de la bomba supone más de lo que es posible suponer. Parte de la base de que el torturado posee la información, de que la bomba existe y funciona, de que el sospechoso trasmitirá la información correcta, de que la tortura se limitará a ese hecho, etcétera.

A veces se formulan interrogantes de este tipo: ¿usted no autorizaría la tortura de un sospechoso si eso pudiera salvar la vida de su hijo secuestrado? En realidad, son preguntas tramposas, como las que aparecen en las life boat situations : en caso de encontrarse en un naufragio, ¿usted acataría la decisión del dueño del bote disponible o forzaría el abordaje de toda su familia en lugar de permitir el embarque de otras personas preferidas por el titular? No es posible el establecimiento de normas de conducta civilizada extrapolando situaciones de conmoción excepcional y ofuscamiento que en ciertas circunstancias abren compuertas a procedimientos reñidos con la moral, puesto que eso significaría el naufragio de la sociedad civilizada.

En el caso del debate sobre la tortura (y en infinidad de otros casos) es útil colocarse en la posición de la minoría. Si detienen injustamente a un hijo y lo torturan, no hay forma de probar la inocencia si no se admite el debido proceso. Antiguamente, los godos, vándalos, hunos y germanos (cimbros y teutones) condujeron las “invasiones bárbaras” sobre el Imperio Romano. Se practicaba todo tipo de suplicios y finalmente se degollaba a los adultos vencidos, se sacrificaban niños a los dioses, se construían cercos con los huesos de las víctimas y las mujeres profetizaban con las entrañas de los derrotados.

En un proceso evolutivo, los conquistadores tomaban después a los conquistados como esclavos (“herramientas parlantes”, según la horripilante denominación de entonces). En la guerra moderna, se establecieron normas para el trato de los vencidos. Pero en lugar de profundizar la senda civilizada y responsabilizar a quienes producen lo que livianamente se ha dado en llamar “daños colaterales”, en lugar de eliminar la bajeza de la embrutecedora y castrante “obediencia debida”, nos retrotraemos a la barbarie de la tortura.

Michael Ignatieff escribe: “La democracia liberal se opone a la tortura porque se opone a cualquier uso ilimitado de la autoridad pública contra seres humanos, y la tortura es la más ilimitada, la forma más desenfrenada de poder que una persona puede ejercer contra otra”.

Recientemente se ha sugerido la “regulación de la tortura”, como consecuencia de la antes mencionada subcontratación de torturadores en terceros países por parte del gobierno de Estados Unidos y debido a la existencia de Guantánamo. En este sentido, se mantiene que esta regulación sería para evitar la hipocresía de la política norteamericana, que, mientras declama el Estado de Derecho, abre las puertas al abismo. Se sigue diciendo que esta regulación “mitigaría y encauzaría la tortura por carriles adecuados a las circunstancias”. Pero esto significaría la legalización del crimen. El crimen regulado no es menos criminal. No tiene gollete que se considere una aberración la tortura a ciudadanos norteamericanos mientras se estima aceptable someter a suplicios a no estadounidenses. Este modo de ver las cosas, entre otros aspectos, quita toda autoridad moral a los que pelean contra el terrorismo, puesto que adoptar procedimientos de la canallada convierte en canallas a quienes se supone que están defendiendo el derecho.

No es admisible que algunos se escuden en afirmaciones cobardes como que la guerra es siempre terrible y otras de similar calaña para justificar procedimientos aberrantes y eludir el debate. El debido proceso, en su caso el juicio sumario con todas las garantías, no puede reemplazarse por la carta blanca para torturar y matar. De este modo, eventualmente, se podrán ganar batallas en el terreno militar, pero indefectiblemente se pierden en el campo moral.

Claro que la hipocresía no sólo se encuentra en algunos de los que combaten al terrorismo, sino, como repetidamente se ha visto en distintos lares, está incrustada en ciertos personajes que alardean de proteger derechos humanos (lo que, como hemos dicho en estas columnas, constituye un grosero pleonasmo, puesto que las rosas y las piedras no son sujetos de derecho), cuando en verdad es mera pirotecnia verbal que nada tiene que ver con la justicia, al desconocer los crímenes atroces y execrables cometidos por las bandas terroristas.

Por último, el controvertido tema de la suspensión de las libertades individuales con la supuesta idea de preservar el orden jurídico. Paradójico en verdad es dejar sin efecto el derecho para salvaguardar el derecho. Otorgar visos de juricidad a aquello que es por naturaleza extrajurídico se asemeja a una ficción. No es novedosa la idea de la interrupción del derecho: viene de Roma. Se ha escrito muchísimo sobre esta delicada cuestión, pero, en todo caso, esta concepción se ha traducido reiteradamente en abusos de poder, incluyendo la tortura.

En este sentido, Ira Glasser pasa detallada revista a algunos episodios ocurridos en Estados Unidos como consecuencia de estos llamados estados de excepción. Muestra cómo la legislación sobre sedición y sobre extranjeros de 1789, la de espionaje de 1917, otra vez la de sedición de 1918 y la orden ejecutiva de F. D. Roosevelt en 1942 condujeron a grandes injusticias y severas restricciones de las libertades individuales, sin que ofrecieran mayor seguridad.

Recuerda Glasser, por ejemplo, que Ronald Reagan llamó a esta última disposición “una histeria de guerra racista”, debido a que condenó a 112.000 personas de descendencia japonesa a campos de concentración en Estados Unidos, y “ni uno de los 112.000 fue imputado de un crimen ni acusado de espionaje o sabotaje. Ninguna evidencia fue jamás alegada y no hubo audiencias”.

Hannah Arendt escribió sobre las patrañas políticas en el fiasco de Vietnam y ahora hemos visto las graves violaciones a los derechos de las personas por la aplicación de la vergonzosa ley denominada “patriota” en Estados Unidos, a raíz de las agresiones criminales del 11 de septiembre de 2001 y la invasión a Irak. Benjamin Franklin advertía: “Aquel país que renuncia a algunas libertades en nombre de la seguridad no merece ni la libertad ni la seguridad”. Curiosa es, en verdad, la estrategia de liquidar anticipadamente las libertades como defensa contra el ataque terrorista que, precisamente, pretende aniquilar las libertades.

“Para novedades, los clásicos”, reza el conocido aforismo. En nuestro caso, es pertinente recordar un pensamiento de Dante: “Todo el que pretende el fin del derecho, procede conforme a derecho. (…) Es imposible buscar el derecho sin el derecho. Formalmente, nunca lo verdadero sigue a lo falso”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Renuncia vs. “golpe”

Por Gabriel Boragina. Publicado en: 

 

La renuncia de un presidente (como la de cualquier otro funcionario) no representa un quiebre o una ruptura del orden institucional, sino que forma parte de un mecanismo democrático, ya que ningún funcionario puede ser obligado a permanecer en un cargo por un determinado periodo.

Vale la pena recordar la definición jurídica de renuncia:

“Renuncia: Dimisión o dejación voluntaria de una cosa que se posee o de un derecho que se tiene. La renuncia puede también ofrecer un sentido negativo, que se manifiesta rechazando o no admitiendo una cosa o un derecho que son ofrecidos. Basta esta definición para advertir la amplísima aplicación que la renuncia presenta en el campo del Derecho, porque puede estar referida a toda clase de bienes, de derechos públicos o privados (salvo los que la ley declara irrenunciables) o de acciones procesales. | Caso frecuente de renuncia es la que se hace de los cargos públicos o de los empleos públicos o privados, y en ese sentido equivale a dimisión. En el Derecho Civil, las manifestaciones tal vez más características son las que se vinculan con el repudio de la herencia o de las donaciones. (V. REPUDIACIÓN.) Renuncia se llama también el documento en que consta esa actitud. | Desistimiento de un propósito.”.[1]

La renuncia nunca obedece a una imposición externa, sino que se ejerce siempre de manera voluntaria y se presenta no solamente dentro de un régimen democrático, ya que un dictador, un autócrata, un tirano, un rey, también pueden renunciar a sus puestos, aunque sea poco frecuente, pero han existido muchos ejemplos en la historia de tales tipos de dimisiones.

Claro que, siempre que alguien decide renunciar a algo hay una razón o una suerte de obligación interna que lo hace renunciar, pero ha de quedar en claro que dicha exigencia siempre es interna en tanto y en cuanto nace del propio individuo renunciante, es decir, es una decisión que le pertenece enteramente sin que nadie más que el mismo le constriña a tomar.

En Derecho Político, a la renuncia se le opone el derrocamiento, cuya definición jurídicamente transcribimos a continuación:

“Derrocar: Despeñar o lanzar desde una roca, antiguamente practicado como pena para eliminación de defectuosos. | Destronar a un rey. Derribar a un gobierno. Substituir a un régimen por la fuerza, por una revolución o golpe de Estado. (L. Alcalá-Zamora).”[2]

La renuncia siempre es un acto voluntario, nunca forzado. La “renuncia forzada” es un contrasentido. El desplazamiento impuesto del poder no es una “renuncia” del desalojado, es simple y llano derrocamiento, el cual implica un cierto grado de resistencia del derrocado (total o parcial) a ser eliminado del poder.

Las diferencias entre uno y otro son múltiples, ya que la renuncia se puede retractar por parte del renunciante, en cambio que el derrocamiento no depende de la voluntad del derrocado por lo que -obviamente- no puede desistirse por parte de este, ya que es un acto ajeno a su decisión.

Si -por caso- como se escucha a veces, un jefe de estado declara “renuncio al cargo para evitar un baño de sangre” es una declaración implícita de que está reconociendo que ha perdido el apoyo del pueblo, al menos en grado suficiente como para no asegurarse que las fuerzas “rebeldes” puedan ser vencidas por un pueblo que ya no lo sostiene. Digamos que estas son las razones para su renuncia, que no deja de ser tal porque podría adoptar la actitud contraria si sospechara que aún conserva sustento mayoritario que le permita persistir en la función. De no ser así, no hay ni “golpe de estado”, ni “revolución”, ni -por lo tanto- derrocamiento alguno.

La “renuncia bajo amenaza” sigue siendo -no obstante- un acto voluntario (no compelido) porque el ultimátum puede ser infundado, falso o de cumplimiento imposible. Y, nuevamente, si el amenazado se considera suficientemente fuerte y respaldado por sus partidarios haría caso omiso a la renuncia, se limitaría a ignorarla y continuaría ejerciendo su investidura confiado en el sostén de que sus fuerzas le serán leales.

Para este análisis debemos tener presente que, estamos convencidos que, tanto las fuerzas de seguridad como las fuerzas armadas forman parte del pueblo y no son cuerpos extraños al mismo como habitualmente se cree tanto en la prensa como a nivel popular. No existió absolutamente ningún “golpe de estado” que fuera perpetrado exclusivamente por un sector del pueblo sin soporte del resto, ya que sin este amparo mayoritario ningún gobierno -por muy de facto que sea- podría haberse mantenido en el poder durante mucho tiempo. La mayoría gobierna siempre, sea por acción o por omisión. Aunque suene paradójico, cuando “gobierna” por omisión implica tanto el permitir que cierta minoría la gobierne, de la misma manera que un esclavo (o conjunto de ellos) pudiendo rebelarse, por poseer mayor fuerza que su amo, prefiere obedecerle. Porque piensan que así les será más conveniente y más llevadera su actual o futura existencia.

De momento que, producido un golpe de estado una mayoría de la población continua pasivamente en el lugar donde se llevó a cabo, acatando a los golpistas, y no se rebela o huye en masa de allí, tal actitud inactiva implica una especie de “convalidación” de la situación ocurrida. Los padecimientos que sufra serán en una buena medida merecidos. Apresurémonos a aclarar que tal clase de confirmación no es sinónimo de total beneplácito con el dictador que surgiera del hipotético “golpe”.

Como ya expusimos muchas veces, solo hay tres medios por los cuales las dictaduras pueden mantenerse en el poder. Y esas vías son del control exclusivo del pueblo. Repasémoslos:

  1. Por aprobación.
  2. Por temor.
  3. Por resignación.

Estos tres pueden combinarse entre sí o darse por separado. El orden de los factores no altera el producto. Cuando cualquiera de estos tres elementos desaparece cualquier dictadura cae de forma inmediata, o más tarde o más temprano.

El poder siempre reside en el pueblo, como también la decisión de hacer uso o no de dicho poder.

También, desde luego, estos tres componentes son los que en una sociedad democrática determinan el voto del elector en un sentido o en su contrario. En última instancia -y, dicho de otra forma- tanto en las dictaduras como en las democracias el pueblo (al final del recorrido) siempre es soberano, por acción o por omisión.

[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial Heliasta-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553 pág. 837

[2] Ossorio, M. Ibidem, p. 314

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

TODOS SOMOS EL HERMANO MAYOR

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 24/11/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/11/todos-somos-el-hermano-mayor.html

 

 

Una de los símbolos más reveladores de la naturaleza humana, en el Nuevo Testamento, es el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo.

Permítanme decir antes que una de las razones para la Fe del Cristianismo es la lógica del Evangelio: totalmente contraria a la lógica del hombre viejo después del pecado original. Todo lo que al ser humano, después de la caída, le parece sensato, razonable, es exactamente al revés en el Evangelio. Gracias a Dios, claro.

Hay otra parábola donde esto se ve claramente: la de los viñadores. El que trabajó desde la tarde recibe igual que el que trabajó desde la mañana. ¿No nos parece injusto? Ni qué decir lo que hubiera dicho cualquier líder sindical. Máxime cuando el dueño de la viña responde como un “malvado” liberal: “¿Acaso no puedo hacer con lo mío lo que quiero?”.

Y algo que no es una parábola, el buen ladrón. “HOY mismo estarás conmigo en el paraíso”. ¡Hoy!!!! Mm……

Vamos, confesémoslo: nos parece injusto. Para la lógica del hombre justo, es injusto. Y todos lo hemos pensado así, siempre o alguna vez. Así que uno “se mata siendo bueno” todo el tiempo y finalmente en el cielo tendremos una nubecita dos ambientes; bien, ok, en fin, pero el delincuente ese y el vago aquel, que “hicieron lo que quisieron” toda su vida y “la pasaron bien” van a tener una nube con cinco ambientes, terraza, vista al mar, gimnasio y pileta. Bueno, ok, allá Dios con lo tuyo, pero en el fondo es injusto.

Eso sentimos. Eso pensamos, eso somos, después del pecado original. En el fondo la redención casi no nos llegó. Somos cristianos tristes, estoicos, murmuradores; habitamos un valle de lágrimas porque nosotros somos una lágrima viviente mezclada con una malévola pizca de resentimiento y envidia, en el fondo, al pecador, que “tan bien la pasa”.

Lo que el evangelio nos muestra es la infinita misericordia del Padre, que no nos termina de entrar, y también nos propone la alegría profunda, la felicidad inmensa, de ser Hijos de Dios. No la risa superficial, no el no sentir, no el no sufrir, sino el sabernos Hijos de Dios, con todo lo que ello implica.

Observemos lo que el padre responde al hermano mayor: “Hijo, tú siempre estás conmigo”. ¡TÚ SIEMPRE ESTÁS CONMIGO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! ¿Nos damos cuenta de lo que eso significa? ¡Estar siempre con Dios!!!!!!!!!!!!!!! ¿No sería extraordinario? ¿Qué MAS podemos pedir que estar siempre con Dios? ¿Qué más puede pedir el amante que estar siempre con el amado?

“Oh llama de amor viva -dijo San Juan de la Cruz, que se había dado cuenta de esto- que tiernamente hieres/de mi alma en el más profundo centro! /Pues ya no eres esquiva /acaba ya si quieres,/ ¡rompe la tela de este dulce encuentro! /¡Oh cauterio suave! /¡Oh regalada llaga! /¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado /que a vida eterna sabe /y toda deuda paga! /Matando, muerte en vida has trocado”.

¡Estar siempre con Dios, Dios mío!!! Pero no, lo vemos como algo monótono, aburrido, pesado, casi insoportable. Escaparse, en cambio, “pasarla bien”, y en todo caso volver cuando no tenemos ni las sobras de los cerdos para comer, es más cool, más Hollywood. Sin embargo, ese escaparse es precisamente lo terrible, y ese estar siempre es precisamente lo extraordinario. Pensamos que el hermano mayor ha tenido una vida ordinaria y es al menor que le sucede lo extra-ordinario, pero no: después del pecado original, lo extra-ordinario, es estar siempre con Dios, y lo ordinario es alejarnos. Y lo ordinario es no anhelar, precisamente, la inmensa felicidad de una vida dedicada al servicio del Señor, cosa que los samurai japoneses, sin ser cristianos, supieron ver.

En la vida extraordinaria del servicio a Dios, si viene la fama, si Dios la permite, que venga, pero abramos el paraguas para no dejarnos inundar por la vana mirada de la ad-miración; y si viene la injusticia y la calumnia, que venga, porque sólo hay una mirada, que no ad-mira, sino que mira al corazón, que interesa: la mirada del Señor.

Dado que, en el fondo,  casi todos hemos sido el hermano menor, porque vamos y volvemos una y otra vez, entonces estas reflexiones no nos llegan tanto, pero si alguno es el hermano mayor, yo, desde mi destierro, le digo: sé feliz, por favor, en la casa de Dios, de la cual nunca has salido. No pienses en la fiesta que de tanto en tanto tiene que organizarme nuestro Padre. Tú ya estás en gozo permanente, y eso, multiplicado por infinito, es lo que ni ojo vio, ni oído oyó, que Dios tiene preparado para los que le aman.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.