Huawei y los destrozos de Trump

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 23/5/19 en: https://www.ambito.com/huawei-y-los-destrozos-trump-n5033166?fbclid=IwAR2rsnlcwUZfVXxLORczS9mo6-RaMMt996eGttaEbisjE8441AHKGowxiR0

 

Huawei y los destrozos de Trump

Patético. Era la Grecia antigua y ya Aristóteles sabía que la violencia era, siempre y necesariamente, destructiva; de hecho, la definía como aquello que intenta -desviar- destruir el desarrollo del cosmos. Y así lo replicaron científicos de la talla de Tomás de Aquino, pero en pleno siglo XXI todavía hay quienes no pueden superar la primitiva idea de que la violencia puede ayudar en la defensa o, peor, en el establecimiento de un “orden social”.
Y así va el mundo. Trump me recuerda a la Segunda Guerra Mundial (SGM). Según los Aliados, se hacía para liberar al mundo de tiranías y guerras -ya lo habían dicho en la Primera- y por supuesto, semejante incongruencia -guerrear para evitar la guerra- produjo el resultado opuesto: cercenaron las libertades de sus ciudadanos, empezando por aumentarles los impuestos y hasta llevarlos a la guerra para morir.Charlton Heston recordaba amargamente su vuelta de la SGM: “Nos habían dicho que era para terminar con las tiranías y vimos crecer otra peor”. Después de 60 millones de muertos y la destrucción masiva de propiedad privada, se consolidó la peor tiranía de la historia, la URSS, que finalmente cayó -el Muro de Berlín- como era lógico: en paz.

No siendo protagonista de la SGM, Trump encara su propia “guerra” -bien idiota- contra China. Utilizando el monopolio estatal de la violencia, impone barreras a los productos chinos provocando una destrucción inútil que sufren sus propios ciudadanos, que ahora pagarán más caros sus insumos mientras la balanza comercial no mejora, empeora.

Por la tensión entre EE.UU. y China, escenificadas a través de Google y Huawei, si los peores presagios se cumplen, la electrónica se encarecerá entre un 10% y un 15% para todos los occidentales. Porque impactará en los costos de producción de todas las empresas: las tarjetas de sonido y gráficas, circuitos impresos, pantallas, baterías, antenas, módems y demás componentes están llamados a elevar sus facturas que llegan desde China.

Por otro lado, según JP Morgan, deslocalizar la producción de sus iPhones de las plantas de Foxconn en Shenzhen, para llevarlas a EE.UU. significaría que Apple debería incrementar un 14% sus precios dado el encarecimiento por la mano de obra estadounidense. De modo que “podría resultar más barato para Apple seguir construyéndolos en China y pagar las tarifas”, según Wire. Por cierto, las acciones de Apple cayeron al conocerse la noticia.

Por otro lado, Huawei trabaja en su propio sistema operativo alternativo al Android de Google y al de Apple. Los fabricantes chinos acaparan un 43% del mercado mundial de móviles -mil millones de usuarios- con lo que no es descabellado pensar que puedan consolidar un tercer sistema operativo común. Y, sin dudas, se dispararán acciones judiciales de todo tipo: los abogados de Huawei, la organización de consumidores Facua, y los asesores legales Legalitas ya han insinuado hacerlo.

Y todo porque Trump teme la tecnología 5G que desarrollan los chinos, que podría servir para “espiar”. Y le teme porque la información es, precisamente, como he dicho muchas veces, la mejor defensa contra la violencia: de qué sirve el mejor ejército del mundo contra un insecto que puede conocer y anticipar sus movimientos. Por eso Washington censura a Wikileaks, entre otros medios de prensa. En fin, como broche, lo que va a lograr Trump, además, es un retraso en el desarrollo de las redes -y tecnología- 5G.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

El optimismo y entusiasmo de Cambiemos taparon la ficción K

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 21/5/2019 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/05/21/el-optimismo-y-entusiasmo-de-cambiemos-taparon-la-ficcion-k/?fbclid=IwAR3EORouYZ6kFODiYLi4FIHNnIgtWV0Mxw-HdUaS7N7C6rdSNId5usx_OlM

 

Algún día, alguien, va a tener que ponerse a hacer las reformas de fondo o la Argentina va a terminar como la Rebelión de Atlas de Ayn Rand

Al poco tiempo de asumir Cambiemos, publiqué una nota haciendo lo que no hacía el Gobierno, describí la herencia recibida del kirchnerismo. En ese momento di un ejemplo que luego se viralizó y fue utilizado por funcionarios, obviamente sin nombrarme, no vaya a ser cosa que fueran a nombrar a un liberal: “supongamos que una familia vende su casa, el auto, toma todos sus ahorros, deja de trabajar y se va a Europa. Se aloja en los mejores hoteles, come en los mejores restaurantes, alquila los autos más caros y disfruta hasta que se le acaba el dinero. Cuando vuelve a Argentina esa familia no tiene donde vivir, ni trabajo, ni ahorro para mantenerse”.

Si alguien les preguntara: ¿cuándo estaban mejor, cuando estaban en Europa o ahora que habían vuelto? Obvio que la respuesta iba a ser cuando estaba en Europa, el tema era que ese nivel de vida era insostenible. Una ficción.

Sin duda que Cambiemos hizo un pésimo diagnóstico de la herencia que recibía del kirchnerismo. Subvaluaron la herencia que recibían y sobrevaloraron la imagen de Macri para atraer inversiones. Es más, volvieron de Europa y en vez de poner a trabajar (hacer las reformas) se endeudaron. Pero lo cierto es que quienes se ilusionan con una vuelta a Europa a pasarla bien con un eventual regreso del kirchnerismo, como di en el ejemplo, se equivocan de punta a punta.

En primer lugar, el kirchnerismo recibió un gasto público consolidado de 29% del PBI y lo dejó en 46%. Lo aumentó en 17 puntos porcentuales, escondiendo la desocupación en el empleo público, duplicando la cantidad de jubilados incorporando a los 3 millones de jubilados otros 3,5 millones que nunca habían aportado, regalando planes sociales en cantidades industriales y manteniendo artificialmente bajas las tarifas de los servicios públicos destruyendo el sistema energético, las rutas, los puertos y la infraestructura en general. Entre 2006, que comenzaron a subsidiarse las tarifas de los servicios públicos, y 2015, el kirchnerismo gastó la friolera de USD 161.318 millones en subsidios económicos.

Como puede verse en el gráfico, el kirchnerismo gastaba USD 2.866 millones en 2006 y entregó un gasto en subsidios económicos de USD 26.656 millones, lo multiplicaron por 9; y Cambiemos pagó el costo político de tener que reducirlos. Algo que todos los economistas no k decíamos que había que hacer. En términos de PBI, llegaron a gastar casi 5 puntos en subsidios económicos.

El gasto público voló y la recaudación también aumentó fenomenalmente. La presión tributaria consolidada pasó del 26,2% del PBI en 2002 al 39,4% en 2015. El kirchnerismo recibió una recaudación de USD 16.182 millones anuales y terminó recaudando USD 166.150 millones, casi USD 150.000 millones más que con lo que empezó. Un plan Marshall entero a valores actuales.

A pesar de todo, el recorrido fiscal consolidado que tuvo fue desastroso. De tener un superávit fiscal consolidado de 3,54% del PBI pasó a dejar un déficit de 7,24% del PBI. Un recorrido de caída de casi 11 puntos del PBI.

Es decir, el kirchnerismo dejó una situación tan grave como la de 2001 pero sin pagar los intereses de la deuda pública. Realmente un desastre de administración de la cosa pública a pesar de haber tenido un precio de la soja promedio en los 12 años k de USD 371 la tonelada contra un promedio que tuvo De la Rúa de U$S 179, aunque Cristina Fernández de Kirchner disfrutó de un precio promedio de la soja de USD 484 en su primer mandato y de USD 467 en el segundo mandato.

Con lo que cobraban por retenciones y el aumento de ganancias por no ajustar por inflación las utilidades y los mínimos no imponibles, igual tuvieron un horrible recorrido fiscal. Tampoco le fue mejor en materia de inflación.

A pesar de haber mantenido planchado el tipo de cambio y con tarifas de servicios públicos congeladas, más los controles de precios, Néstor Kirchner empezó con una inflación del 3,5% anual y Cristina Fernández de Kirchner dejó una inflación del 27,8% (desde 2007 tomo el IPC Congreso). El kirchnerismo multiplicó por 8 la inflación manteniendo tarifas artificialmente bajas al estilo Ber Gelbard y pisando el tipo de cambio. Aclaremos que Cambiemos la duplicó pero corrigiendo las tarifas de los servicios públicos.

En términos de actividad económica, a pesar de tener un fuerte viento de cola, el kirchnerismo no logró un gran crecimiento de la economía. Es más, durante todo el segundo mandato de Cristina Fernández la economía estuvo prácticamente estancada ya que creció solo el 1,5%, lo que significa un aumento del 0,37% anual a pesar de los buenos precios de la soja.

En definitiva, la gestión económica del kirchnerismo fue horrible y Cambiemos manejó la herencia espantosamente y encima no contó lo que había recibido. No obstante, si alguien cree que con el kirchnerismo vuelve a Europa a estar de fiesta, se equivoca. En ese momento financiaron el populismo con el stock de capital acumulado en los 90, con el viento a favor del exterior, confiscando nuestros ahorros en las AFJP, cerrando las exportaciones de carne y consumiéndonos 12 millones de cabezas del stock ganadero, cerrando tambos y dilapidando las reservas.

La única chance que le quedaría al kirchnerismo si quisiera reeditar la fiesta de consumo del período anterior, sería entrar en default para no para no tener que pagar la cuenta de los intereses de la deuda y hacer un plan Bonex para cancelar las Leliq. Pero insisto, si alguien piensa que con el kirchnerismo vuelve la fiesta de consumo, se equivoca.

Al igual que se equivoca quien piense que si gana Cambiemos van a solucionar los problemas económicos en base a optimismo y entusiasmo y olvidándose de la ciencia haciendo las reformas estructurales o creer que con Roberto Lavagna podrá recuperarse la economía con más consumo interno en un país donde hay solo 44 millones de habitantes, con un tercio de pobres y el resto con el agua en la nariz.

Esto se resuelve haciendo las reformas estructurales para atraer inversiones y va a llevar mucho tiempo. La herencia k nunca se resolvió y Cambiemos solo apeló a endeudarse para financiar la herencia k.

Algún día, alguien, va a tener que ponerse a hacer las reformas de fondo o la Argentina va a terminar como la Rebelión de Atlas de Ayn Rand.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky 

What St. Bernardine’s Ass Could Teach the Bishops

Por Alejandro Chafuen: Publicado en: https://reason.com/1987/08/01/what-st-bemardines-ass-could-t/

 

During the early 1400s, the city of Siena, Italy, was a leading commercial and industrial center, much like its northern neighbor Florence. And in this cradle of capitalism, the most popular figure was a Franciscan friar named Bernardine. His speeches so enraptured listeners that the town’s church could not accommodate the crowds, and listeners had to gather in Siena’s largest piazza.

The noise of the multitude swiftly faded as Bernardine commenced his homily: “Have you heard the story about the donkey of the three villages? It happened in the Valley of the Moon. There was a large shed close to the windmill. In order to take the grain to the mill, three villages agreed to buy a donkey and keep him in the shed.

“A dweller of the first town went for the donkey, took him to his home, loaded the animal’s back with a heavy bag of wheat, and led him to the mill. During the milling, he released the ass so he could graze, but the fields had become barren because of heavy treading. When the wheat was milled, he collected the flour, loaded it on the donkey, and returned home. The man unloaded the ass and brought him to the shed, muttering to himself, ‘He who used him yesterday must have given him a lot of grass. Surely, he is in no need now’ and left the donkey.

‘The following day, a villager from the second town went for the donkey. He took him to his farm, placed on him a heavier burden than the day before, and—without feeding him—led the animal to the mill. With the milling over and the flour already at home, the villager returned the donkey to the shed thinking that yesterday’s user must have treated the animal well. And, yes, he left the donkey, saying, ‘Oh, I am very busy today.’ Two days had passed, and the donkey still did not have a bite.

“On the third day, someone from the third village arrived for the donkey and burdened him with the heaviest load yet. ‘This donkey is owned by the Municipality,’ he remarked, ‘so it must be strong.’ And he took him to the mill. But on the way back, with the wheat already milled, the donkey was sluggish and often halting.The villager had to whip him, and after a strenuous effort, they arrived at the shed. The villager complained, ‘What an ass this Municipality bought to serve three towns! He is a piece of trash!’ That day also the donkey was not fed.

“Do you want to know how it ended? The fourth day, the poor beast collapsed and was torn to bits.”

When the majority of U.S. Catholic bishops voiced their disapproval of the market economy in last year’s pastoral letter, they exhibited not only a lack of understanding of how markets work but also an ignorance of their own religious heritage. For Catholic teaching includes a vital, though too often ignored, strain of free-market thought—that of late-medieval theologians like St. Bernardine.

Perhaps St. Bernardine’s religious education, with its understanding of human imperfections, explains why he never regarded the authorities or the people as angels. He saw private property as the way to ensure that, in a nonangelical community, goods would be used for the betterment of society.

Nor was he alone. During the later middle ages, many leading churchmen hailed free market principles. These were the Scholastics, or Schoolmen, “part-time” priests and full-time academicians who followed the Aristotelian, rationalist tradition of St. Thomas Aquinas. Most Scholastics were, like St. Bernardine, members of religious orders—Dominicans, Franciscans, Jesuits, or Augustinians—and taught in ecclesiastical schools.

Their work concentrated on ethical questions—What is good? What is just?—and their goal was to formulate a corpus of thought applicable to all areas of life. To clarify such issues as whether high taxes are good or bad, for example, they first analyzed the causes and effects of taxation. In answering such questions, the Scholastics contributed to the development of economic knowledge and left behind an intellectual tradition far more compatible with prosperity, freedom, and even virtue than that preferred by too many of today’s clerics.

For example, Francisco de Vitoria, a Dominican of the early 1500s, argued that if goods were commonly owned, evil men and even thieves and misers would profit most. They would take more from the common barn and put in less, while good men would do the opposite.

Consistent with their defense of private property, several Schoolmen were strong critics of government abuses and often confronted the authorities. The outspoken jesuit Juan de Mariana, who lived from 1535 to 1624, is beyond a doubt the best example—his criticisms landed him in jail. In a superb portrayal of bad governments, he described how the “rich and the good” become their prime victims. Tyrants “drain individual treasures. Every day they impose new taxes.…They construct large, monstrous monuments; but at the cost of the riches and over the protests of their subjects.”

In 1619, another Scholastic, Pedro Fernandei Navarrete, chaplain to the Spanish king, argued that poverty was caused by the government’s “great and wasteful spending on nonsensical factories, exquisite banquets.…and continuous spectacles and parties.” He criticized the enormous number of bureaucrats “sucking like harpies” on the government’s wealth while poor workers could hardly maintain themselves. He concluded that “the only agreeable country is the one where no one is afraid of tax collectors.”

Mariana, too, had few qualms about debunking bureaucrats. “We see ministers, recently risen from the dust of the earth, suddenly loaded with a thousand ducats in rent,” he wrote. “Where is this money coming from, if it is not from the blood of the poor and the flesh of businessmen?”

He foresaw that a huge debt, oppressive taxes, and inflation were the natural outcome of big government. His analysis of how governments inflate their way out of their debts—a process he regarded as “infamous systematic robbery”—would later influence Adam Smith’s analysis in The Wealth of Nations in 1776. If Mariana could read the bishops’ pastoral letter on the U.S. economy, he would be amazed to see the major cause of poverty (creating dependence on government spending) touted as the solution (more welfare!).

Wages, profits, and rents, the Schoolmen determined, are not for the government to decide. Profits are justified when they are obtained by buying and selling at just prices—market prices arrived at without fraud, force, or monopoly.

Duns Scotus, an influential Scholastic theologian who wrote in the late 13th century, had taken a different approach. After demonstrating the usefulness of merchants and businessmen, he recommended that the good prince take steps to ensure adequate prices to cover both their costs and their risks.

In response, most Late Scholastics agreed that, while it is legitimate for manufacturers and tradesmen to earn a profit, it is impossible to establish an absolute level of the “just profit.” St. Bernardine, for instance, cited the example of a merchant who buys a product in a province where its price was 100 and takes it to another province, where the current price is 200 or 300. “You can legally sell at that price which is current in that community,” he declared. In the opposite case of buying at 100, then finding that the price has dropped to 50, St. Bemardine recognized that “it is the nature of business that sometimes you win and sometimes you lose.”

Actions such as Lee Iacocca’s or the semiconductor industry’s requests for help from the government when their businesses are in danger would have been challenged by many Scholastic moralists. Juan de Mariana, for one, argued that entrepreneurs who, when confronted with losses, “cling to the magistrates as a shipwrecked person to a rock, and attempt to alleviate their difficulties at the cost of the state are the most pernicious of men…[and] must be rejected and avoided with extreme care.”

Moralists though they were, the Scholastics extended their economic principles to practices they themselves thought immoral. Several Schoolmen concluded, in fact, that sinful or ignoble activities may be marketable and that those who were promised a reward for such activities are entitled to it and can even claim it in court.

One of the most colorful issues the Scholastics explored is whether a prostitute is entitled to keep the payments for her services. Their answer was cautious. As moralists, they condemned the act of prostitution. But they stated that such women do have the right to receive monetary compensation for their services. This attitude toward immoral acts put into practice Aquinas’s principle that not every prohibition or recommendation of moral law needs a temporal law to enforce it.

St. Antonio of Florence, a 15th-century Dominican, noted that many sinful contracts are permitted for the good of the republic—although this does not mean that the acts are good. Prostitutes sin by prostituting themselves, he said, but not by receiving payment for doing so.

And, reasoned Jesuit Antonio de Escobar a century later, although the sale of a prostitute’s favors is evil, it causes pleasure, and things that cause pleasure merit a price. Furthermore, a prostitute’s fee is freely rendered—no one can claim to be forced to go to a brothel. Noting that most other Scholastic authors shared this conclusion, Escobar stated that we must reason in the same way when analyzing other types of profit obtained without fraud, lies, or extortion.

This leads me to reflect upon the tragedy of drug abuse. I can only speculate that, confronted with the issue, these Scholastics would first explain that the abuse of chemicals can be poisonous and therefore should not be done, then proceed to ask the following questions: Should we ban the sale of poisons? If we ban the sale of dangerous drugs, would that prevent people from acquiring them? Who would profit from such prohibition? They would then proceed to recommend courses of action consistent not only with their belief in the sacredness of the human body but also with the conclusions of rational analysis.

As moralists, the Schoolmen were concerned with the question of how man should act. As economists, they understood that a “means” is that which serves the attainment of a goal and that the only way to judge the means is to see whether or not it is suitable to attain the end. Thus, when they opposed mandatory “family wages,” it was not because they lacked concern for the family. Rather they saw that, from a legal and economic point of view, “need” could not be considered the basis for salaries. When they affirmed that prostitutes had a right to claim the agreed-upon price, they were not condoning immorality—they were stating that society would be impossible if the attempt were made to outlaw all vices.

Civil authorities, they said, should endeavor to balance budgets, cut spending, reduce subsidies, and encourage development by keeping taxes moderate. Navarrete, perhaps the original “supply sider,” realized that excessive taxation could reduce the king’s income, as few people would be able to pay such high rates.

The Late Scholastics opposed price controls on wheat because, as the Jesuit Luis de Molina wrote, “we know that in times of scarcity the poor can rarely buy the wheat at the official price. On the contrary, the only ones who can are the powerful and the public ministers, because the sellers cannot resist their requests.” And they opposed import duties on food because they reduced the standard of living of the poor.

Today, when the church has again joined the economic debate, one of the few authoritative voices heard in the Vatican pleading for free markets is that of Cardinal Joseph Höffner, the Archbishop of Cologne and president of the German Bishops Conference and, not surprisingly, an expert on Scholastic economics. But the importance of the Scholastics extends beyond the church. F.A. Hayek, the Nobel laureate economist, has suggested that they can be considered the founders of modern free market thought. All those concerned with the moral foundations of a free society can benefit from the teachings of these proficient theologians.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE. Síguelo en @Chafuen 

Otra vez sobre Trump

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 19/5/19 en https://www.cronista.com/columnistas/Otra-vez-sobre-Trump-20190519-0019.html

 

Otra vez sobre Trump

Afortunadamente no somos pocos los que estamos preocupados por lo que viene ocurriendo en Estados Unidos, el otrora baluarte del mundo libre. Personalmente tengo gran admiración por la tradición estadounidense. Cursé parte de mi colegio y luego de graduarme en la universidad estudié en ese país donde conservo muy buenos amigos. Al efecto de mostrar la declinación he escrito el libro Estados Unidos contra Estados Unidos primero publicado por el Fondo de Cultura Económica y luego reeditado por Unión Editorial de Madrid.

Al igual que a los indios locales se los engatusaba con espejitos de colores para imponerles la mita y el yanaconazgo, ahora hay quienes se dejan encandilar con reducciones impositivas aun cuando los gastos gubernamentales más que compensen esas disminuciones, todo financiado con una astronómica deuda en el contexto de atropellos al sistema republicano. Por eso es que los informes económico-financieros son alarmantes por parte de profesionales del calado de William Bonner, Peter Schiff , David Stockman y Jim Rogers.

El periodista estrella Woodward ha publicado El miedo. Trump en la Casa Blanca por lo que recuerdo un pensamiento de Jefferson: “Cuando el pueblo teme al gobierno hay tiranía, cuando el gobierno teme al pueblo hay libertad”.

Por estos motivos, encumbrados empresarios han renunciado al consejo asesor de la presidencia, lo critican historiadores de renombre inclusive su propio biógrafo, senadores de su propio partido, periodistas de muy diversos medios. Se han referido a sus modales del todo impropios para la presidencia, a sus exabruptos respecto a jueces que emiten fallos en su contra, sus ofensas y “guerras comerciales” con gobernantes de países tradicionalmente aliados de Estados Unidos, su xenofobia, sus maltratos y reemplazos intempestivos de funcionarios de primera línea y abogados de confianza que los ha inducido a mentir. Mientras, continua sin aclararse el embrollo del Russiagate y colaterales.

Rex Tillerson, el primer Secretario de Estado designado por actual mandatario (más bien mandante) que se desempeñaba como presidente del directorio y CEO de Exxon Mobil, como es sabido la sexta empresa con mayor facturación del mundo, luego de dejar ese cargo (tercero en la línea sucesoria a la presidencia de Estados Unidos) al ser malamente despedido por Twitter e insultado por Trump, ha sostenido desde prestigiosas tribunas universitarias, militares y empresarias que Trump le ha insistido “en reiteradas oportunidades encarar actividades claramente ilegales”, que “no respeta los límites de su cargo”, que “permanentemente hace afirmaciones que no se condicen con los hechos” y que “no comprende las ventajas del comercio libre”.

También es sabido que el partido Demócrata se ha radicalizado con los Bernie Sanders, Beto O´Rourke, Alexandria Ocasio-Cortez y la propia Clinton pero eso en modo alguno justifica apañar los desatinos de Trump. Es de desear que esa gran nación pueda recuperar los valores y principios de los Padres Fundadores.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Meditaciones sobre el control de armas

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 2/3/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/03/02/meditaciones-sobre-el-control-de-armas/

 

Una vez más surge el debate sobre el control de armas a raíz de las tragedias ocurridas principalmente en Estados Unidos en colegios, debido a que allí se impone la zona donde no se permiten armas (gun-free zones), por lo que los asesinos seriales se sienten seguros para cometer sus horrendos crímenes, en lugar de permitir que los adultos encargados de custodiar los colegios estén debidamente entrenados en el uso de armas, además de la policía regular del área. Como se ha dicho, es absurdo custodiar las joyerías y no los colegios como si lo primero fuera más importante que lo segundo. Proponer insistentemente, como en el primer momento lo hizo Donald Trump, a raíz de la masacre en el colegio Marjory Stoneman Douglas High School de Parkland, en Florida, que se armen y entrenen los maestros en los colegios me parece otra de sus conocidas irresponsabilidades y exabruptos.

Desde luego que un tiroteo en un colegio resulta un espanto, pero muchísimo peor es la masacre sin posibilidad de defensa a la espera del arribo de la policía cuando ya se ha consumado el crimen serial.

Todo comienza con la idea que se tenga de lo que es un gobierno. La visión original en Estados Unidos plasmada en la Constitución defiende la portación y la tenencia de armas, porque considera sumamente peligroso desarmarse frente a los aparatos estatales, de igual manera que sería riesgoso entregar todas las armas a guardianes contratados para defender viviendas. Incluso, como apunta Leonard Read: “Hay razones para lamentar que nosotros en Norteamérica hayamos adoptado la palabra gobierno. Hemos recurrido a una palabra antigua con todas las connotaciones que tiene ‘el gobernar’, ‘el mandar’ en su sentido amplio. El gobierno con la intención de dirigir, controlar y guiar no es lo que realmente pretendimos. No pretendimos que nuestra agencia de defensa común nos debiera gobernar, del mismo modo que no se pretende que el guardián de una fábrica actúe como el gerente general de la empresa” (Government: An Ideal Concept).

No es de extrañar que las primeras medidas de los Stalin, Mao, Hitler, Castro y los Kim Jong-un del planeta sea el desarme de la población civil al efecto de someterlos con mayor facilidad. En esta línea argumental es de interés recordar que Suiza tiene una mayor proporción sobre los habitantes de personas armadas que en Estados Unidos, razón por la cual capitostes del ejército alemán han reconocido que no se atrevieron a invadir aquel país en ninguna de las dos guerras. Como es sabido, Suiza además no cuenta con ejército regular, son los ciudadanos que se constituyen en milicia armada y, dicho sea de paso, conviene destacar que ese país cuenta con el índice más bajo de criminalidad del mundo.

Es de suma importancia recordar también que, según ponen de manifiesto los documentos originales, en Estados Unidos, luego de los sucesos revolucionarios, se enfatizó y reiteró el peligro de mantener ejércitos regulares (standing army), lo cual fue luego modificado. Y es del caso traer a colación que, en el discurso de despedida de la presidencia de Estados Unidos, el general Dwight Eisenhower destacó: “El mayor peligro para las libertades del pueblo es el complejo militar-industrial”.

A diferencia del norte, donde los colonos escapaban de la intolerancia y los atropellos a sus derechos, en Sudamérica prevalecieron los conquistadores y las “guerras santas” que, salvo personalidades como Fray Bartolomé de las Casas, eran posiciones generalizadas en el contexto de denominaciones al aparato de la fuerza como “excelentísimos”, “reverendísimos” y dislates serviles de esa naturaleza desconocidos en Estados Unidos. Es por eso que en general la mentalidad latina estima que la portación y la tenencia de armas hará que todos estén a los tiros.

Por supuesto que igual que con el registro automotor o el consumo de alcohol, la entrega de armas se hace con los permisos correspondientes. Pero siempre hay que tener presente que cuando se exhibe un póster con la ingenua idea de prohibir el uso de armas con la cara de un monstruo y se consigna al pie una leyenda que dice: “¿Usted le entregaría un arma a este sujeto?”, debe tenerse siempre presente que precisamente ese sujeto es el que tendrá el arma al efecto de victimizar a personas desarmadas e inocentes.

Cesare Beccaria, el pionero en el derecho penal, en su célebre texto On Crimes and Punishments, escribe que prohibir la portación de armas “sería lo mismo que prohibir el uso del fuego porque quema o del agua porque ahoga […] Las leyes que prohíben el uso de armas son de la misma naturaleza: desarman a quienes no están inclinados a cometer crímenes […] Leyes de ese tipo hacen las cosas mas difíciles para los asaltados y más fáciles para los asaltantes, sirven para estimular el homicidio en lugar de prevenirlo, ya que un hombre desarmado puede ser asaltado con más seguridad por el asaltante”.

Es de gran importancia tener presente algunos personajes que a través de la historia fundamentaron extensamente sobre el derecho irrenunciable a la tenencia y la portación de armas de los ciudadanos: Cicerón, Ulpiano, Hugo Grotius, Algernon Sidney, Locke, Montesquieu, Edward Coke, Blakstone, George Washington, George Mason, Adams, Patrik Henry, Thomas Jefferson, Jellinek, Thomas Paine y tantos otros en la actualidad.

Obras como That Every Man be Armed: The Evolution of a Constitutional Right, de S. P. Halbrook y Gun Control, de R. J. Kukla, muestran estadísticas y cuadros donde se pone de manifiesto cómo los asaltos se incrementan en proporción a las prohibiciones en diversos estados y condados, puesto que los blancos resultan más atractivos para los delincuentes allí donde tiene lugar la prohibición.

En El federalista, nº 46, James Madison, el autor principal de la Segunda Enmienda, escribe con orgullo: “Los americanos [norteamericanos] tienen el derecho y la ventaja de estar armados […] a diferencia de los ciudadanos de otros países cuyos gobiernos tienen temor que la gente esté armada”.

Desde luego que, en aquellos lugares donde se permite la tenencia y la portación de armas, quienes amenacen o insinúen la utilización indebida son castigados severamente.

En otro orden de cosas, se han mostrado las abultadas estadísticas sobre la mortandad vinculadas a los automotores, sea por accidentes en la vía pública o en reiterados asaltos, por lo que, salvando las distancias, sería desatinado prohibir los autos, del mismo modo que fue desatinado prohibir el alcohol con los resultados nefastos por todos conocidos.

Por su parte, en The Writings of Thomas Paine, este autor escribe: “Indudablemente sería bueno que nadie usara armas contra su vecino y que todo conflicto se arreglara a través de negociaciones […] pero en nuestro mundo el desarme haría que la gente de bien fuera constantemente sobrepasada por los asaltantes si se les niega la posibilidad de usar los medios para la defensa propia”.

Entonces, en un campo más amplio, la tenencia y la portación de armas cumple con un doble propósito siempre unido a la defensa propia contra asaltantes, ya sean delincuentes comunes o delincuentes legales, contra los cuales en una situación extrema la población debe ejercer el derecho a la resistencia frente a gobiernos que recurren a la fuerza para avasallar derechos en lugar de protegerlos (tal como sucede hoy, por ejemplo, en el caso venezolano, que, dado el golpe de Estado de Nicolás Maduro a las instituciones, se hace imperioso el contragolpe).

El tres veces candidato a la presidencia de Estados Unidos y congresista, Ron Paul, declara, en el The Boston Globe: “Muchos políticos, jueces y burócratas consideran que tienen el poder de desconocer nuestro derecho a poseer armas, a pesar de que la Segunda Enmienda explícitamente garantiza el derecho de la gente. Como los padres fundadores, creo que el derecho a tener armas es consustancial a la sociedad libre”.

El juez Andrew Napolitano, en Constitutional Chaos, sostiene con énfasis: “El cumplimiento de la Segunda Enmienda no solo permite la defensa propia contra asaltantes comunes, sino que evita genocidios que en todas partes y siempre se han llevado a cabo contra poblaciones desarmadas”. Y en otro libro de este mismo juez que lleva el título de una frase de Voltaire, It is Dangerous to be Right when the Government is Wrong, subraya: “Sin el derecho a la defensa propia, los individuos no podrían protegerse de los ladrones vulgares ni de los gobiernos tiránicos, [… esto último] porque como ha dicho Mao el poder político sale del cañón de un arma”.

Por último respecto a citas relevantes, David Boaz, en The Libertarian Mind, consigna: “Los ciudadanos respetuosos de la ley tienen un derecho natural y constitucional a poseer y transportar armas, no solo para caza sino como defensa propia y en último término para defender su libertad frente a gobiernos autoritarios”.

Hay distraídos que mantienen que, a diferencia de Suiza y Estados Unidos, no puede permitirse la tenencia de armas en pueblos latinos, lo cual recuerda lo escrito por Friedrich Hayek respecto a la necesaria libertad para todos que sería inconveniente “antes de aprender a ser libres”, que Hayek ilustra: “Es lo mismo que los tilingos que sostienen que no puede permitirse que alguien ingrese a un natatorio antes que aprenda a nadar”.

En otros términos, como queda dicho, las personas pacíficas rechazan toda manifestación de violencia que estiman perversa, solo admiten el uso de la fuerza en defensa propia. Esas personas aceptan toda conducta que no lesione derechos de terceros, aunque no la compartan, pero frente a ataques y amenazas con armas no les queda otro recurso que defenderse. Es ingenuo, contraproducente y sumamente peligroso sostener que deben prohibirse las armas de fuego en manos privadas porque con ello se facilita la tarea de criminales. Hasta los santos más destacados de la historia justifican la defensa propia frente a hechos de violencia manifiesta.

Es sabido que si se pueden establecer medidas disuasivas, las personas pacíficas y de buena voluntad las emplearán, para eso instalan alarma, botón de pánico, cerradura, llamados preventivos a la policía y demás resguardos. De más está decir que resulta esencial que las normas vigentes defiendan en todas sus instancias a la víctima de los ataques del victimario, sea un criminal común o el desborde intolerable de aparatos estatales desbocados e imposibles de tolerar que arrasan con los derechos. Es por eso que en la Declaración de la Independencia estadounidense se lee: “Cuando cualquier forma de gobierno se torna destructiva de esos fines [la protección de derechos], es el derecho de la gente alterarlo o abolirlo e instituir un nuevo gobierno”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿Cómo Argentina se volvió rica?

Por Iván Carrino. Publicado el 16/5/19 en: https://contraeconomia.com/2019/05/como-argentina-se-volvio-rica/

 

En 1895, Argentina fue el país más rico del planeta.

Recientemente apareció en los medios de comunicación la noticia de que hace unos 124 años, nuestro país encabezó la lista mundial de ingreso per cápita.

¿Qué quiere decir esto? Que en 1895, de acuerdo con la medición más tradicional y establecida de la riqueza ciudadana que utilizan los economistas, Argentina era el mejor país del mundo. La riqueza promedio de un argentino fue, en ese año, superior a la de un norteamericano, un sueco, un canadiense… Bueno, superior a la de cualquier ciudadano de cualquier nación del planeta.

Conocida la novedad, no tardaron en aparecer análisis y comentarios acerca de “qué nos pasó”. Es que, claro, si alguna vez no solo estuvimos entre los países más prósperos del planeta, sino que llegamos a la cumbre máxima… ¿por qué hoy estamos en la tabla del descenso, luchando contra la pobreza, la inflación, la deuda y la decadencia?

La pregunta es interesante, pero creo que es mejor responder otra que lo es aún más. Es que, como decía Hayek, antes de entender por qué las cosas funcionan mal, debemos comprender cómo es que funcionan bien.

¿Por qué nos fue bien?

La visión liberal tradicional acerca del progreso argentino de fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX le asigna una importancia crucial a las instituciones.

En efecto, Argentina desde 1853 tenía una Constitución Nacional que se comprometía a “asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

En su artículo 14, además, detallaba que todos los habitantes tenían derecho de:

Trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender.

La Constitución de 1853, inspirada por Alberdi y la Constitución de Estados Unidos, promovía la libertad económica y ponía en cabeza del estado la protección de los derechos individuales.

Esto, en palabras de los autores Acemoglu y Robinson, constituía un entramado institucional “inclusivo”, que promovió el progreso material y el avance económico.

Ahora pensándolo un poco más, ¿será esta toda la explicación?

Otra teoría

Deirdre McCloskey es Doctora en Economía por la Universidad de Harvard. Este viernes y sábado visitará Buenos Aires para dar una serie de conferencias.

McCloskey es una mujer transgénero. En 1942 nació como Donald McCloskey y vivió hasta 1995 como un hombre. Estuvo casado con una mujer por treinta años y tiene dos hijos. Sin embargo, a sus 53 años, decidió cambiar y desde entonces es conocida como Deirdre.

En cuanto a su trabajo académico, fue profesora de la Universidad de Chicago entre 1968 y 1980, y hasta el 2015 dio clases de economía, historia e inglés en la Universidad de Illinois, también en la ciudad de Chicago. McCloskey saltó a la fama recientemente por la publicación de una extensa trilogía de libros en donde busca dar respuesta precisamente a la pregunta de por qué los países son ricos.

De acuerdo con la autora, hasta el año 1800 el ciudadano promedio en el mundo vivía con el equivalente a tres dólares diarios. No obstante, hoy en los países desarrollados ese número se ha multiplicado por un factor de treinta. Es decir, hay que explicar “el gran enriquecimiento” que ocurrió en las sociedades modernas.

Y, para McCloskey, no alcanza con apelar solo a las instituciones.

Revolución Cultural

Para entender este apabullante incremento en los niveles de vida a nivel global, la autora analiza diversas teorías. Por un lado, sostiene que en la izquierda explican al crecimiento como consecuencia de la “explotación”.

Marx y Engels, por ejemplo, dirían que así como el capitalista es rico porque explota al trabajador, los países desarrollados lo son pero porque explotan a los subdesarrollados. Para ellos la economía es un juego de suma cero, donde algunos ganan, pero otros necesariamente pierden.

Obviamente esta idea es contraria a los datos. Hoy somos muchas más personas en el mundo, y hay mucho menos pobreza.

La otra explicación para este gran enriquecimiento es la que dábamos al inicio. Son las buenas instituciones, que protegen los derechos individuales, las que generan incentivos para acumular capital. Y es la acumulación de capital la que mejora la productividad y, por tanto, el ingreso de las personas.

Si bien McCloskey no va a chocar directamente con esta tesis, sí va a sostener que no es del todo suficiente. Es que, como explica Alberto Mingardi:

Ella asevera que la acumulación de capital, colocar ladrillo sobre ladrillo, no era nada nuevo. Siempre existió la prudencia, el ahorro –y la avaricia, si es el caso. Pero, en cierto momento, la acumulación varió de hacer capital para comprar villas lujosas y fincas cada vez más extensas, a financiar maquinarias y fábricas. El capital fue utilizado para suplir un flujo sin fin de novedades, para beneficio de un número siempre creciente de consumidores.

¿Qué fue lo que pasó? Básicamente, que hubo una revolución cultural. Un cambio radical, aunque lento y extendido en el tiempo, en la forma en que la comunidad veía a la actividad comercial.

La tesis de la autora, entonces, es que previo a la Revolución Industrial, hubo un cambio cultural que le dio dignidad a las actividades productivas, al comercio y a la innovación. Antes el prestigio era solo otorgado a los guerreros, los nobles o el clero. Pero En Inglaterra y Holanda durante el Siglo XVII, ese prestigio también comenzó a ser dado a los comerciantes y empresarios.

Tuvo que ocurrir esa revolución cultural, para que las instituciones cambiaran, y el liberalismo promoviera la innovación que hizo explotar las tasas de crecimiento económico mundial.

Volviendo a Casa

Si lo que dice McCloskey es cierto, y son las actitudes hacia el comercio y el trabajo empresarial lo que determina el crecimiento de los países: ¿qué puede pasar en Argentina en el futuro?

La semana pasada, el dirigente Juan Grabois atacó a MercadoLibre, tildando a la empresa más exitosa del país de “contrabando, evasión” y abuso entre otras cosas… La polémica fue grande, y desde aquí le respondimos enérgicamente.

Unos días después, salió a pedir techo para las comisiones que la empresa les cobra a sus usuarios… Ahora lo curioso es que algunos tuiteros “de derecha”, si bien críticos con Grabois, también salieron a criticar a MercadoLibre por recibir injustos beneficios del gobierno.

Mi conclusión es que en Argentina si a tu empresa le va bien, te correrán por izquierda porque explotás a la gente, o te correrán por derecha porque “seguramente” el gobierno te dio algún privilegio.

Si esta es la actitud argentina hacia el comercio y la actividad empresarial, entonces probablemente sigamos empantanados y decayendo, muy lejos de lo que alguna vez supimos ser.

PD: Deirdre McCloskey se presentará en la Universidad del CEMA este viernes 17 de mayo a las 17:30 hs., en un evento organizado conjuntamente con la Fundación Libertad. Para participar de la charla, inscribite aquí.

 

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

¿OTRO SOCIALISMO PARA VENEZUELA?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

En medio  de las trifulcas para sacar al usurpador en el poder y en medio de sacrificios inmensos de la población venezolana, aparecen algunos comentarios de ciertos así llamados “opositores” que sostienen que en realidad no hubo socialismo allí y que por ende hay que aplicarlo.

Estas manifestaciones no solo desconciertan a cualquier persona con un mínimo de sentido común, sino que alarman a todos los que en verdad han renunciado a parte esencial de sus vidas en una lucha sin cuartel para dejar sin efecto el inexorable autoritarismo y la miseria del socialismo.

Vamos por partes, antes que nada debe definirse el socialismo y concretamente el socialismo del siglo xxi aplicado sin piedad en tierras venezolanas. Socialismo deriva de socializar, lo cual significa convertir en común lo que es privado. Para ir al nudo del asunto no hay más que consultar a Marx y Engels que en su célebre manifiesto concluyen que todo su “programa puede resumirse en la abolición  de la propiedad privada”. Y esto es a lo que ha tendido el chavismo en todos los planos posibles.

Tal como se enseña a través de “la tragedia de los comunes” expuesto por  Garret Hardin, lo que es de todos no es de nadie. El cuidado de lo propio deja de existir para en su lugar incentivar a todos en creciente aglomeración para que saquen la mejor tajada de lo común con lo que el bien en cuestión de degrada hasta límites inconcebibles. No hay necesidad de estar actualizado con el teorema de Hardin, ya se había planteado el problema desde Aristóteles cuando refutó el comunismo de Platón donde el primero advertía acerca de los peligros de la destrucción de riqueza a través de la propiedad en común.

Es que los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas. Como no hay de todo para todos todo el tiempo, deben asignarse derechos de propiedad con lo cual el que la administra bien obtendrá ganancias y quien no lo haga incurrirá en quebrantos. Y lo importante es comprender que en el contexto de una sociedad libre la buena administración se traduce nada más y nada menos en la satisfacción de las necesidades de los demás y la mala administración es no dar en la tecla con las demandas del prójimo. Esto es el mercado libre que se opone a comerciantes que se alían con el poder para obtener privilegios y, de ese modo, explotan a sus congéneres.

En esta situación, los aparatos estatales se limitan a proteger y garantizar el derecho de todos y se abstienen del uso de la fuerza para propósitos agresivos de intervención en los arreglos contractuales libres y pacíficos.

Como también es sabido, el debilitamiento de la institución de la propiedad privada bloquea la posibilidad de contabilidades y evaluación de proyectos con lo que se pierde la noción de cuales son las actividades rentables y cuales las perdidosas puesto que se han reemplazado los precios por simples números impuestos por los burócratas que naturalmente nada significan desde el punto de vista económico.

En el caso venezolano la proliferación de esa contradicción en los términos llamada “empresa estatal” ha acumulado pérdidas gigantescas a lo cual deben agregarse manipulaciones monetarias que eliminaron la moneda, cargas tributarias astronómicas, deudas siderales, reformas agrarias que anularon la producción de alimentos y hasta han arruinado su mayor activo que era el petróleo. Es que como ha dicho Milton Friedman “si se estatizara el desierto del Sahara, el resultado será la escasez de arena”.

Resulta crucial comprender que el derroche a que incentiva el socialismo (de cualquier siglo) perjudica muy especialmente a los más necesitados puesto que las tasas de capitalización disminuyen con lo que los salarios en términos reales se contraen.

En resumen, es de desear que recapaciten urgentemente quienes han insinuado la aplicación del “verdadero socialismo” en Venezuela pues de tener éxito en esta descabellada propuesta, se repetirán las hambrunas y las miserias como ha sido el caso de todos los países que han aplicado esas recetas una y otra vez.

Es indispensable liberar la energía creadora y sacar por completo del medio a los megalómanos que todo lo arruinan a su paso.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h