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La caída Argentina no tiene piso

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 18/7/18 en: https://alejandrotagliavini.com/2018/07/16/la-caida-argentina-no-tiene-piso/

 

Contra todos los pronósticos la economía sigue en descenso y no se vislumbra una rectificación del rumbo hacia el crecimiento. Dicho rápidamente, el que produce es el mercado y, entonces, la economía florecerá en la medida en que el Estado deje de extraer -y malgastar- sus recursos. Pero Macri, siguiendo la política que aplico en la CABA, ha aumentado el peso estatal.

Cuando el gobierno asegura que bajó la presión fiscal, no se condice con el aumento de la recaudación, superior a la suma de la inflación y el “crecimiento” del PIB: en mayo fue récord histórico con una variación interanual de 43,4% mientras que la variación de junio fue del 31,9%. Y, aunque esto fuera solo efecto de controles de la Afip más eficientes, significa menos recursos para el mercado.

Pero, además, el Estado absorbe fondos por otras dos vías que crecen. Primero, la inflacionaria (40% en 2016, 25% en 2017 y camino de superar 30% en 2018) ya que significa emisión exagerada con el fin de solventar gastos a costa del mercado que ve la moneda en sus manos desvalorizada. Y, segundo, el endeudamiento estatal y las altas tasas de interés.

Mientras el neo keynesianismo, hoy de moda, dice que las tasas altas bajarían la inflación, el IPC aumenta el mismo ritmo descontrolado del costo del dinero al punto que las consultoras estiman que la inflación de junio será la más alta del año llegando hasta el 4,1%, y la núcleo hasta el 4,2%.

A ver, cuando se deja de emitir en exceso -se evita la inflación- el mercado deja de ser expoliado a través de la desvalorización de la moneda. En cambio, cuando se retiran pesos vía endeudamiento estatal o altas tasas o subida de encajes -un punto de encaje saca de circulación unos $ 20.000 M- se están retirando del mercado recursos que deberían ir a la producción.

Y no se vislumbra -menos aun con los contraproducentes “consejos” del FMI- que estos tres modos de expoliar al mercado disminuyan. Así, un “crecimiento” solo podría darse al estilo del de 2017 (2,9%), que no fue tal sino inflado con créditos que superaron el 7% del PIB, pero hoy el problema es que difícilmente pueda el darse nivel de endeudamiento necesario.

Entre paréntesis, el recorte en el presupuesto de 2019 de $ 300.000 M (si lo cumplen) para bajar el déficit, además de ser inútil si no baja la presión fiscal total -impuestos, inflación, endeudamiento/tasa altas- es poco y, del modo en que lo plantean, contraproducente. Y. siguiendo con el paréntesis, las intervenciones del BCRA para “controlar” al dólar también son contraproducentes porque, una vez que se le acaben las fuerzas, la divisa retomará su valor.

Debido al crecimiento del stock de letras del Tesoro en dólares, el riesgo de que el gobierno no pague su deuda, implícito en los credit default swaps (CDS) a 5 años, llegó al 6,76%, contra el 3,73% en diciembre 2017. Todavía es bajo, pero se duplicó en 7 meses. La semana pasada, Hacienda pagó una tasa récord de 5,5% anual en dólares y captó solo US$ 514 M con Letes sobre los 1.200 M que vencían.

Obviamente, el Tesoro va a tomar todos los desembolsos del FMI, hasta diciembre de 2019, US$ 13.400 M en 2018 y 11.700 M en 2019. El financiamiento con el resto de los organismos (BM, el BID y CAF) el año próximo sumaría US$ 1300 M, además de los 3000 M de 2018. Según la consultora ACM, aun suponiendo que refinancian todas las Letes en 2019, el Gobierno necesitará otros US$ 37.500 M (7% del PBI) solo para sostenerse.

Y esta semana se presenta complicada. Empieza hoy lunes con la reapertura del Bono del Tesoro (BOTE) 2020 -que se puede usar para integrar los encajes- que paga una tasa del 26% nominal anual (27,7% efectiva) del que ya colocaron $ 55.700 M a mitad de junio.

El martes vencen $536.000 M en Lebac y se espera una renovación menor a los dos tercios ya que los bancos utilizarán parte del dinero que cobren el día siguiente para comprar el BOTE 2020 (se liquida el miércoles 18) e integrar con estos papeles remunerados la suba en los encajes y buscarán recomponer, además, su tenencia de liquidez, hoy muy baja al punto que las tasas de corto plazo llegaron a moverse entre el 60 y 70%.

Finalmente, miércoles suben los encajes de 26 a 28% -que con las subas desde junio significará el retiro de $160.000 M, el 15% de la base monetaria, pero que en la práctica oscila entre $ 180.000 y 200.000 M dada la sub integración de encajes antes permitida- y se liquidan los títulos del Tesoro y BCRA mencionados lo que permitirá a los bancos arbitrar entre ambos.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

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Cuba hoy: ¿Más de lo mismo o evolución?

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 19/7/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2154467-cuba-hoy-mas-de-lo-mismo-o-evolucion

 

Cuba, más allá de la presencia de su nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel, sigue estando efectivamente en poder de los dinosaurios castristas. El Comité Central de su Partido Comunista y su Politburó, de 17 miembros, siguen incluyendo al veterano Raúl Castro, de 87 años, como su primer Secretario General. Y a su compañero de toda la vida, José Ramón Machado Ventura, también de 87 años de edad, como su segundo Secretario General. Díaz-Canel es tan sólo el tercero en el escalafón del poder. La “guardia vieja” comunista histórica cubana continúa entonces con el timón del poder firmemente en sus manos. Entre ellos, siguen encaramados en la cima del poder cubano tanto el llamado “comandante” Ramiro Valdés, de 85 años. Como Guillermo García Frías, otro “comandante” de la primera hora, que hoy tiene 90 años de edad.

Díaz-Canel es sólo más de lo mismo. Un continuador y no un reformista. Un gestor del momento y no un líder distinto. De aspecto duro, tiene mirada de pocos amigos. Con ojos fríos, duros, que no expresan sentimientos y que son hasta amenazadores. Por esto, por el momento al menos no enciende a una juventud que, como la cubana, busca un futuro que no aparece y vive sumergida en un nivel de vida lamentable, con pocas esperanzas ciertas de mejora. Lo cierto es que esa juventud ha vivido en medio del prologado estancamiento cubano y esa es su “normalidad”, la de la postergación.

Con su pelo plateado, Díaz-Canel no porta el uniforme verde oliva, el de la disconformidad. Y el de la soberbia. Tampoco usa saco, normalmente. De profesión ingeniero eléctrico, se mueve con indisimulada comodidad con su “I-pad” y con su “I-phone”, como cualquier funcionario ejecutivo moderno. Habla poco. Y hasta es algo enigmático, por elección.

Suele actuar con un estilo reservado. Como si de pronto no quisiera necesariamente liderar. Se sospecha que nunca visitó los EE.UU. y que conoce al país del norte apenas por dichos y referencias indirectas. Trabajó, en cambio, algún tiempo en la atribulada Nicaragua, que no está ciertamente entre los países que, por avanzados, deslumbran en el mundo moderno. No es, entonces, un hombre “de mundo”, sino uno de escenarios chicos y angostos.

Nacido en 1960, después de la revolución comunista, Díaz-Canel lleva en su mochila una curiosa experiencia militar, desde que estuvo tres años a cargo de los misiles defensivos con los que cuenta Cuba. Su padre fue, recordemos, un temprano y prominente miembro del Partido Comunista cubano.

Desde 1987 está actuando en la política. Siempre en el único andarivel posible cubano: el del Partido Comunista. No hay otro.

Originario de Villa Clara -emplazada en el centro mismo del país, a unas tres horas de La Habana- sus primeros pasos en la política fueron en la provincia de Holguín, en el este de su país. Ha sido vicepresidente del país desde el 2013. Y tiene un hijo músico, que curiosamente reside en la República Argentina. Entre sus éxitos políticos tiene el de haber defendido con éxito a un club gay que en su momento fuera objeto de persecución: “El Mejunje”.

En 2003, con mucha precocidad, Díaz-Canel devino el miembro más joven del Politburó del Partido Comunista de Cuba. Una estrella que estaba entonces en curso de comenzar a nacer, desde la opacidad. No es, ni aspira a ser, fulgurante, pretensión que, por lo demás, en el ambiente político de la isla caribeña evidenciaría una actitud peligrosa.

Se lo tiene por sólido, tenaz, y por serio en su accionar. Por un hombre circunspecto. Es confiable, al menos para los dirigentes cubanos comunistas. Para muchos es -por sobre todo- el delfín y, más aún, el protegido -cercano y dilecto- de Raúl Castro, del que fuera uno de sus allegados guarda-espaldas.

Su prioridad en materia de política exterior es la de privilegiar la relación con la Venezuela bolivariana, la de Nicolás Maduro. La que increíblemente le da de comer a Cuba, por encima de a los venezolanos. Ocurre que Cuba, que alguna vez estuviera literalmente “colgada” de la Unión Soviética, hoy está -en cambio- “colgada” de Venezuela. Es su insólita “mantenida”. Como si ello fuera normal o digno. Lo que conlleva que Cuba comparte el riesgo del repentino “colapso” de Venezuela, que no es menor atento la incapacidad e ineficacia de su liderazgo actual.

Habrá que ver qué es lo que finalmente Díaz-Canel hace con las casi 600.000 pequeñas empresas que nacieron (especialmente el en sector de los servicios turísticos) durante la opaca gestión presidencial de su mentor, Raúl Castro. Si las sofoca o si, en cambio, las promueve, alimenta y aumenta. Cuba está económicamente empantanada, sin crecer. Paralizada. Y Díaz-Canel no luce como un reformador audaz sino, más bien, todo lo contrario.

Ocurre que Cuba está repleta de ineficiencia, inundada por la corrupción y que la productividad de su economía es pésima. Hasta la producción tradicional cubana, la del azúcar, parece haber colapsado por los constantes errores de gestión y los malos manejos. La pobreza y las desigualdades son cada vez más evidentes. Dos sectores claves, el de la educación y el de la salud están también en una suerte de caída libre. Y la población -en promedio- ha envejecido mucho.

La masa universitaria, por su parte, está disminuida y las Universidades hoy prácticamente vegetan. Casi sin ideas, ni recursos.

El sector estatal sigue siendo enorme y muy poco se ha hecho por reducirlo, de modo que sigue drenando recursos a una economía obsoleta y sin diversificar, atada a una receta del pasado que poco tiene que ver con el mundo actual, ni con el del futuro.

La inversión extranjera sigue siendo mínima, desde que nadie parece confiar demasiado en el futuro de una Cuba frustrada como experiencia dispar. Se habla de la necesidad de atraer un flujo de capitales externos del orden de los 2.000 millones de dólares anuales, que simplemente no existe. Ese es, apenas, el valor de las cuatro de las canchas de golf que el gobierno cubano está tratando de construir para, con ellas, defender un tímido flujo turístico, hoy en disminución. En lo que va del año, ese flujo cayó casi un 7%.

Díaz-Canel es, entonces, esencialmente parte del pasado, pese a que pertenece presuntamente a una “nueva” generación de políticos cubanos que, en rigor, es sólo “más de lo mismo”. Es un continuista y no un revolucionario. Dice “defender la revolución”, lo que supone, en los hechos, aferrarse al fracaso. Podría, de pronto, permanecer en el poder por dos mandatos seguidos. O sea hasta el 2021. Y frustrar desgraciadamente la necesidad de cambio que tiene Cuba, para poder modernizarse.

La dictadura cubana ha estado en el poder desde 1959. Fidel Castro, que falleciera a los 90 años de edad, es historia. Pero su familia es aún muy poderosa en la isla. Se dice que Alejandro Castro Espín, el único hijo varón de Raúl Castro, es hoy una de las personas más influyentes y poderosas, como parte de una oligarquía política que no ha abandonado, sino retenido, el timón del poder económico en Cuba.

Por el momento, el presidente norteamericano Donald Trump no ha embestido contra Cuba. Pero no la ayudará, obviamente. A lo que cabe agregar que Trump no deja de señalar que seguirá “ocupándose” de ella. Mensaje elíptico que ciertamente no es de simpatía, ni de apoyo.

A estar por lo ya adelantado por el diario “Granma”, Cuba va camino a establecer una nueva Constitución. Ella, que deberá aprobarse por un referendo, instituirá la figura del Presidente de la República, con un mandato máximo de dos períodos consecutivos de cinco años cada uno; esto es una presencia presidencial total máxima de no más de diez años consecutivos. El presidente, no obstante, no será elegido directamente por el pueblo, sino indirectamente por los miembros de la Asamblea Nacional. Todo un cambio, particularmente si no nos olvidamos que Fidel Castro estuvo en el poder durante casi cinco décadas. Desde 1959 hasta el 2008. Una frustrante eternidad.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Gero von Randow y “Revoluciones”

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 17/7/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/gero-von-randow-y-revoluciones/

 

Aunque las revoluciones tienen una larga historia, habitualmente las asociamos a la política y a la Edad Contemporánea, desde la Ilustración. Suelen ser celebradas, pero las  más importantes del último siglo se hicieron en nombre del socialismo, y cien millones de inocentes cayeron víctimas de esa criatura paradigmática del racionalismo ilustrado —así empieza La Internacional: “Arriba, parias de la Tierra./En pie, famélica legión./Atruena la razón en marcha,/es el fin de la opresión”. En realidad, no se levantaron los parias, los pobres no hacen las revoluciones, el racionalismo causó desastres sin límite, y el comunismo se plasmó en tiranías criminales en todo el planeta.

Pero el socialismo ha conseguido sobreponerse a sus resultados, y se siguen apreciando sus objetivos. Lo refleja Gero von Randow en su libro Revoluciones. Cuando el pueblo se levanta (Turner). No defiende el comunismo, pero sí la revolución socialista: sostiene que su meta era la libertad, y enlaza alegremente la sanguinaria Revolución Francesa con la democracias modernas.

¿Deseaban la libertad, la igualdad y la fraternidad los que mataron a decenas de miles de personas en el Terror? La salida de Randow es reveladora: “Las revoluciones terminan siempre con una decepción, con el triunfo de la realidad sobre los sueños, de ahí la melancolía”. Parece rescatar a los revolucionarios por sus “sueños”, como si los de la razón no produjeran monstruos, y es chocante llamar “decepción” a millones de asesinados. Es como si se resistiera a admitir que muchas revoluciones germinaron de una semilla liberticida, sembrada por la arrogante pretensión de cambiar la sociedad racionalmente de arriba abajo.

Dice: “Uno puede dejarse fascinar por las revoluciones, pero son hermosas y terribles al tiempo. Sería mejor que no fueran necesarias”. ¿Necesarias?

Al final queda atrapado, no por el hecho revolucionario pero sí por la idea del cambio social: saluda a figuras como Pablo Iglesias, cuyas cochambrosas ideas antiliberales guardan una estrecha relación con las de los peores revolucionarios de la historia, empezando por Robespierre, cuya siniestra figura ha saludado el líder de Podemos.

Es cierto y triste que los revolucionarios sugestionen, justo al revés que los comerciantes, siendo así que los primeros derraman sangre y los segundos promueven la prosperidad. Ya lo dijo Tocqueville: “Nada es más opuesto a las costumbres revolucionarias que las costumbres de los negocios”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Hay que bajar el gasto, no subir los impuestos

Por Iván Carrino. Publicado el 19/7/18 en: http://www.ivancarrino.com/hay-que-bajar-el-gasto-no-subir-los-impuestos/

 

Los ajustes que se basan en la caída del gasto público son más sostenibles y reactivan la economía.

Argentina nuevamente está entre la espada y la pared por sus problemas fiscales.

Con un gran desequilibrio de las cuentas públicas, el gobierno de Macri necesita de cientos de miles de dólares de endeudamiento para poder seguir funcionando, pero a diferencia de lo que pasaba meses atrás, esos dólares hoy ya no están disponibles.

Las condiciones financieras internacionales cambiaron, y hoy el dólar se convirtió en un bien más escaso, lo que hizo que su precio subiera violentamente. Las consecuencias de este “shock” todavía están por verse, pero seguramente implicarán recesión, mayor inflación y, lamentablemente, un mayor nivel de pobreza.

Ahora bien, a la hora de darle una solución al agujero fiscal, algunos proponen bajar el gasto público, otros proponen subir más los impuestos, y hay otros que opinan que deben combinarse ambas fórmulas.

De acuerdo con los “impuestadores”, el esfuerzo debe ser compartido por todos, y algunos sectores deberían aceptar de buena manera que les suban los impuestos (o que no se los bajen, como estaba previsto).

Este grupo olvida que la carga tributaria que tolera el sector privado en Argentina está entre las más altas del mundo y que ese esfuerzo del que hablan lo vienen haciendo hace años, financiando un estado que cada vez se come una mayor porción de la riqueza nacional.

Por último, también ignoran una lección de la historia: que para ajustar las cuentas públicas, es mucho más eficiente reducir el gasto público que subir los impuestos.

Estímulo vs. Ajuste

En el año 2009, un momento en que el gobierno de los Estados Unidos lanzaba el más masivo estímulo fiscal de la historia reciente, los profesores de Harvard Alberto F. Alesina y Silvia Ardagna se propusieron investigar qué impacto tenía la política fiscal en la economía.

Más precisamente, querían entender el efecto de los “estímulos fiscales” y los “ajustes fiscales” (definidos éstos como un año en donde el resultado primario ajustado por el ciclo económico empeora/mejora en un 1,5% del PBI o más) sobre la sostenibilidad de las cuentas públicas y el crecimiento económico.

Lo que estos académicos deseaban encontrar era la respuesta a las siguientes preguntas: ¿qué es mejor para promover el crecimiento, un estímulo fiscal basado en el aumento del gasto o uno basado en el recorte de impuestos? ¿Qué es mejor  para reducir el déficit y la deuda, una baja del gasto público o un aumento de los impuestos? Y, por último: ¿resienten la actividad económica los ajustes fiscales basados en una baja del gasto?

Para responder dichas preguntas, indagaron en los datos de 21 países de la OCDE (entre ellos, Estados Unidos, Holanda, Nueva Zelanda, Alemania, Francia y Finlandia) para un período de 37 años, desde 1970 al año 2007.

Sus conclusiones son más que interesantes y de importancia crucial para nuestra coyuntura local.

Según Alesina y Ardagna:

Nuestros resultados sugieren que los recortes tributarios son más expansivos que los aumentos del gasto en los casos de estímulo fiscal. Para los ajustes fiscales, mostramos que los recortes de gastos son mucho más efectivos que los aumentos de impuestos para estabilizar la deuda y evitar las recesiones económicas. De hecho, descubrimos varios episodios en los que la reducción del gasto público adoptada para bajar el déficit se vio asociada a períodos de crecimiento económico, no recesiones.

En números concretos, el trabajo encontró que en los “estímulos fiscales expansivos” –es decir, aquellos que resultaron en un mayor crecimiento de la actividad económica- el gasto total subió aproximadamente 1 punto del PBI, mientras que la recaudación cayó más de 2,5% del PBI.

Por el contrario, cuando el gasto subía cerca de 3% del PBI pero la recaudación permanecía constante, no había un efecto expansivo.

Crecer con Ajuste

Al analizar procesos de ajuste del déficit, los autores se centraron en dos puntos. Por un lado, si dicho ajuste fue exitoso en términos de reducir de manera sustentable el desequilibrio de las cuentas públicas y el nivel de deuda. Por el otro, si dicho ajuste se vio asociado a episodios de recesión.

En este último tema, los resultados son nuevamente sorprendentes. Los episodios de ajuste considerados expansivos en términos de actividad económica fueron aquellos caracterizados por el recorte del gasto público. Concretamente, en dichos episodios el gasto primario cayó en 2% del PBI, mientras que la recaudación solo subió 0,34%. Por el otro lado, en los ajustes fiscales considerados no expansivos el gasto cayó solo 0,7% del PBI, pero la recaudación subió 1,2%.

A la luz de estos datos, Alesina y Ardagna sostienen:

De aquí que los ajustes que se hacen por el lado del gasto tengan efectos mejores sobre el crecimiento que los que se hacen con base en el aumento de la recaudación

Los autores continúan indagando en qué tipo de ajuste fiscal es más exitoso en términos de reducir el déficit y la deuda. Aquí, nuevamente, concluyen que el recorte del gasto es la forma más segura de resolver un desequilibrio presupuestario.

Tras décadas de crisis fiscales, en Argentina todavía debatimos si tenemos que tener déficit o no. Peor aún, también debatimos si el déficit no debería cerrarse cobrando más impuestos.

Esperemos que los datos de estos 21 países analizados por los profesores de Harvard nos ayuden a pensar mejor las cosas.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

Bastiat y la competencia

Por Gabriel Boragina Publicado el 15/7/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/07/bastiat-y-la-competencia.html

 

Hay autores que -en el tiempo- nos producen admiración por su agudeza de observación intelectual y su perspicacia. Uno de esos extraordinarios ejemplos es el de Frederic Bastiat, cuya asombrosa pluma supo combinar una suspicacia brillante con una fina ironía y, de paso, nos revela la antigüedad de los debates que -aun hoy día en nuestra época- acaloraron los ánimos más exaltados. Uno de esos temas (que en nuestro tiempo seguimos discutiendo casi en los mismos términos en que Bastiat los plantea) es el de la competencia. Veamos:

“En todo el léxico de la economía política no hay otra palabra que haya provocado más la ira de los modernos reformadores del mundo que: la competencia, o como se la suele determinar con mayor precisión para hacerla más odiosa, la competencia anárquica. ¿Qué significa competencia anárquica? No lo sé. ¿Qué se quiere poner en su lugar? Lo sé menos aún. Oigo, es cierto, que me gritan: ¡Organización! ¡Asociación! ¿Pero qué quiere decir eso? Debemos entendernos de una vez por todas. ¡Debo saber perfectamente qué clase de autoridad estos escritores quieren ejercer sobre mí y sobre todo el mundo! Porque, en efecto, yo reconozco sólo una, la de la razón.”[1]

Hoy en día -y si bien aún se habla de la competencia “anárquica” como en tiempos de Bastiat- se ha popularizado otra que -al fin de cuentas- viene a ser equivalente: competencia “salvaje”. Respecto de ambas, podríamos formularnos los mismos interrogantes que se hacía Bastiat en su época.  No obstante, las preguntas que se plantea a si mismo Bastiat, son meramente retóricas. Él sabía muy bien a que se referían aquellos que acusaban a la competencia de “anárquica”. Hoy se sigue contendiendo a la “anarquía del mercado” como si este fuera una entelequia sin gobierno alguno ni control de ninguna índole. Conforme nos explica Bastiat, la misma idea era la que campeaba entre sus contemporáneos, lo que nos permite advertir los antecedentes remotos de las aspiraciones colectivistas y dirigistas. Bastiat lo expresa con su acostumbrado lenguaje vívido:

“¡Adelante! ¿quieren privarme de mi derecho a valerme de mi juicio cuando se trata de mi propia existencia? ¿Quieren impedirme evaluar por mí mismo la retribución que me corresponde por mis servicios? ¿Quieren obligarme a obrar como a ellos les agrade, y no como a mí me parezca? Si me dejan mi libertad, sigue en pie la competencia. Si me la quitan, no soy más que su esclavo.”[2]

Bastiat identifica la libertad con la competencia. Para él se tratan de sinónimos. A tal punto que nos dice que si se elimina la competencia se pierde la libertad y nos convertimos en esclavos. Esto es de suma actualidad en tiempos presentes donde -como gran novedad- se dictan profusas legislaciones con el título ostentoso de “defensa de la competencia”. Bastiat seguramente nos diría que defender la competencia es no otra cosa que defender la libertad. Pero ¿es que acaso existe la necesidad y alguna ley que defienda la libertad más allá de lo que la propia Constitución política de un país pueda reconocer? Paradójicamente, el análisis de los textos legales que dicen tener como objetivo la “defensa” de la competencia nos permiten ver que, de aplicarse obtendrán el resultado inverso: el ataque abierto a la competencia y la disminución paulatina de la misma.

“La asociación, dicen, será libre y voluntaria. ¡Magnífico! – pero entonces cada asociación guardará con las demás la misma relación que hoy guardan los individuos entre sí, y seguiremos teniendo la competencia. – La asociación será universal -. Eso ya pasa de broma. La competencia anárquica hunde en la miseria a la sociedad humana, y para remediar este mal, ¿hemos de esperar hasta que todos los seres humanos, franceses, ingleses, chinos, japoneses, cafres, hotentotes, lapones, patagones, se avengan en someterse a una de las formas de asociación inventadas por vosotros?”[3]

Plantea aquí Bastiat lo que se podría afirmar como una verdad de Perogrullo. Si las asociaciones que se proponen serán libres y voluntarias, entonces no hay nada que objetar, porque -por carácter transitivo- se regularán por si mismas, de análoga manera que los individuos espontáneamente se regulan por si mismos en sus relaciones con sus semejantes. Y, de idéntico modo que cada individuo compite con su semejante (lo quiera o no) cada asociación competirá con la otra. Será bueno recordar en este punto que la competencia -como ya lo sabía Bastiat- es un fenómeno inexorable de la naturaleza, que viene dado en razón de otro hecho innegable: el de la escasez de los recursos económicos en relación a las necesidades humanas. Nos vemos obligados a competir por dichos recursos, por la sencilla razón de que en la naturaleza no existe nada en cantidades suficientes para todo el mundo.

Bastiat ironiza en la cita con respecto a la contradicción entre la idea de una asociación universal que -a la vez- fuera “libre y voluntaria”. Resulta obvio que si se pretende que sea universal esto se opone a tal presumida libertad y voluntariedad de ingreso y de salida.

“Pero que andéis con ojo: con eso confesáis que la competencia no puede destruirse; ¿y querréis acaso afirmar que un fenómeno indestructible, es decir, que pertenece a la naturaleza misma de las cosas, pueda ser un mal?[4]

Tal vez en este párrafo Bastiat se refiera implícitamente a la cuestión de la escasez a la que hicimos alusión más arriba. Nosotros (en otra parte) hemos diferenciado la competencia como un hecho y como un derecho. Bastiat, no obstante, parece estar hablando de la primera. Brevemente, nuestra idea al hacer tal distinción es que la competencia -sin perjuicio de ser un hecho infalible de la naturaleza- cuando se circunscribe al campo humano se torna en un derecho, no creado por la ley, sino reconocido por ella. Como un hecho de la naturaleza, la competencia no puede ser tenida por un mal, ni tampoco como un bien, dado que con ello entraríamos en un plano ético o jus-valorativo, propios precisamente de la ética o bien del derecho, donde si caben esas valoraciones.

1 Frédéric Bastiat “LIBERTAD COMO COMPETENCIA”. Este artículo pertenece a su libro “Armonías Económicas”, publicado en el año 1849.

[2] Bastiat, ibidem.

[3] Bastiat, ibidem.

[4] Bastiat, ibidem.

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿PORQUÉ OBEDECER A LA AUTORIDAD?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

De entrada me parece que resulta conveniente precisar que hay básicamente dos tipos de autoridad. En primer lugar, la  en un sentido amplio es decir la que es reconocida por la rectitud de conducta o por los conocimientos o por ambas cosas a la vez. Este tipo de autoridad no necesita de aparatos compulsivos de la fuerza para acatarse, se adopta por la virtud implícita en el  ejemplo. En este sentido no hay obligación propiamente dicha de seguir los lineamientos estipulados, si se siguen es  por el reconocimiento de la razón de lo que se pone de manifiesto.

 

Pero hay otro tipo de autoridad que se sustenta para su cumplimiento en la fuerza, sea esta de un gobierno respaldado siempre en las botas policiales, una autoridad escolar respaldada en reprimendas varias o equivalentes. En estas líneas vamos a centrar nuestra atención en el primer tipo, esto es, la de los aparatos estatales.

 

Como enseñan algunos de los pensadores en la larga tradición del iusnaturalismo: Grotius, Pufendorf, R. Hooker, Francisco de Vitoria, Sidney, Locke,  Leo Strauss, Francis Lieber, Eric Mack, H. B. Veatch, Lon Fuller, Roscoe Pound, John Finnis -a contracorriente de los Kelsen, Hart y Raz contemporáneos- las disposiciones legales deben basarse en puntos de referencia extramuros de la norma positiva para ser justas. Y esos mojones a su turno derivan de lo que hace posible el desenvolvimiento de los seres humanos que del mismo modo que las piedras y las rosas tienen propiedades inherentes a su naturaleza.

 

De allí el derecho natural, que aunque en ciertos ámbitos se ha utilizado de modo caprichoso y degradado, sigue manteniendo su sentido original. Por esto es que juristas de la talla de Bruno Leoni insisten en que la conformación del derecho positivo está inmerso en un proceso de descubrimiento y no uno de ingeniería social o de diseño.

 

La autoridad del tipo ahora estudiado se basa en la ley, a saber, las disposiciones que son afines a la naturaleza del hombre para poder desarrollarse en la vida. Incluso David Hume escribe que “No es impropio recurrir a la expresión ley natural si por natural entendemos lo que es común a la especie” (en A Treatise on Human Nature) . Esto es lo que confiere autoridad a los gobiernos en una sociedad abierta, a diferencia de megalómanos que pretenden controlar vidas y haciendas ajenas.

 

Ahora bien, ¿que hacer cuando los aparatos estatales se salen de cauce y en lugar de proteger derechos los conculcan? Es una cuestión prudencial, cuando los atropellos son tolerables es mejor absorberlos y tratar de revertir la situación por medio de la persuasión. Pero cuando la situación se hace insoportable, tal como reza la Declaración de la Independencia estadounidense (en la que se han inspirado las naciones libres), es deber de los ciudadanos el deponer al gobierno e instaurar otro. Este es el derecho a la resistencia a gobiernos opresivos. Es un contragolpe de Estado cuando el gobierno ha dado un golpe contra las instituciones libres…son los casos hoy, por ejemplo, de Venezuela, Nicaragua, Cuba y Corea del Norte. No hay que confundir al ciudadano con el súbdito ni un país con un Gulag.

 

Como queda dicho, de más está decir que la referida rebelión contra la opresión inaguantable debe hacerse con criterio prudencial para no caer en la misma situación (o peor) solo que con otros gobernantes como en la práctica han sido la mayor parte de las revoluciones, a diferencia de la norteamericana por la que se aplicó una política diametralmente opuesta a la autoritaria de Jorge III (de un tiempo a esta parte, Estados Unidos abandonó los principios de los Padres Fundadores para lo que recomiendo, entre la mucha literatura disponible, Dismantling America de Thomas Sowell). Hasta el momento en los otros ejemplos, en el mejor de los casos se produjo un alivio más o menos transitorio para luego, en mayor o menor medida, recaer en que los aparatos estatales atropellaran los derechos vitales a la libertad y a la propiedad.

Como he subrayado antes, incluso en otros casos, la situación después de la revolución fue muchísimo peor, como es el ejemplo de la revuelta de Castro contra las tropelías inaceptables de Batista. En otros casos, el alivio fue grande como es el ejemplo de Hitler. Salvando las distancias, la revolución popular contra Ferdinand Marcos también permitió un paréntesis en el totalitarismo.

Lo mismo va para el caso argentino de la tiranía rosista y, con independencia de los graves desbarranques posteriores, similar fenómeno ocurrió con la sublevación como consecuencia del sistema opresivo de Perón contra la libertad de prensa y las libertades básicas de las personas y también lo ocurrido con otros dictadores latinoamericanos de la misma época. Y mucho antes que eso los movimientos revolucionarios independentistas (por ejemplo, constituye una sandez oponerse a la Revolución de Mayo en lo que luego fue suelo argentino contra un déspota que había reemplazado a otro sátrapa en España). También los casos de Stroessner en Paraguay, de Somoza en Nicaragua, de Trujillo en la República Dominicana y similares. Las revueltas que desembocaron en el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín despertaron enormes esperanzas en los espíritus libres. Claro que hay cuestiones de grado que hacen diferencias por lo que no puede meterse todo en la misma bolsa.

El antes mencionado Sidney había escrito como burla a la monarquía absoluta que alegaba que su poder derivaba de Dios y otras sandeces que irónicamente “Dios ha causado que algunos nacieran con coronas en sus cabezas y todos los demás con monturas sobre sus espaldas”.

Especialmente en América latina ha sido costumbre el dirigirse a la autoridad gubernamental como su exceletísimo, su eminencia reverendísima y otros servilismos impropios de un sistema republicano y del recato, del pudor y la decencia más elemental. Incluso se hace alarde del título de “honorable” sin percatarse que el vocablo en gran medida proviene de la condición de ad honorem cosa que por el contrario es rechazada para en cambio percibir suculentas dietas (para no decir nada de los dineros mal habidos).

Benjamin Constant ha popularizado los conceptos de “libertad de los antiguos” y “libertad de los modernos” (noción rechazada por Fustel de Coulanges), entendiéndose lo primero como la mera participación de algunos gobernados en el gobierno, mientras que lo segundo alude a la preservación de las autonomías individuales. Del mismo modo, la tolerancia era concebida antes como una gracia del monarca o del sacerdote y, en cambio, modernamente es entendida no con tufillo inquisitorial de perdonar a los que se estimaba estaban equivocados sino que se ha transformado en la consideración por los derechos de todos.

No debe confundirse autoridad con autoritarismo, lo primero en el contexto de lo que estamos tratando alude al uso de la fuerza con carácter defensivo, nunca ofensivo en cuyo caso invariablemente irrumpe el autoritarismo.

Es por esto que en la actualidad resulta de gran  provecho recordar el célebre dictum del historiador decimonónico Acton en cuanto a que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente” al efecto de alertar frente a desvíos de la órbita política del momento.

Frente a todos los problemas siempre hay quienes proponen que intervengan los aparatos estatales, lo cual significa que se arrancará el fruto del trabajo ajeno para recurrir a la violencia. Muy paradójicamente esta maniobra se lleva a cabo en nombre del derecho cuando en verdad se trata de pseudoderechos ya que se echa mano al bolsillo del prójimo para imponer obligaciones injustas a terceros. Injustas porque violan la definición clásica de Justicia de “dar a cada uno lo suyo” puesto que “lo suyo” implica el respeto a la propiedad de cada cual, lo cual se ha violado al proceder en consecuencia.

Muy paradójicamente hoy en el denominado mundo libre la política más generalizada consiste en el fascismo, es decir, permitir el registro de la propiedad a nombre de particulares pero usa y dispone el gobierno. Es un modo más efectivo y encapuchado de debilitar la institución de la propiedad privada que los marxistas -más sinceros ellos- proponen abrogar de un plumazo. Pensemos en ejemplos cotidianos: los taxis en muchas de las grandes ciudades son manejados por los alcaldes en cuanto a la regulación de la tarifa, el color en que están pintados y el horario de trabajo. También los sistemas educativos, en general manipulados por ministerios de educación que establecen pautas curriculares y otras disposiciones para la mal llamada educación privada (en verdad privada de independencia). Todo esto sin contar las asfixiantes regulaciones en el comercio, la industria, el agro y la banca.

Según Etienne de la Boétie “Son pues, los propios pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir romperían las cadenas” (en Discurso sobre la servidumbre voluntaria), que era la preocupación y ocupación de Henry David Thoreau respecto a la necesaria desobediencia civil para mantener en brete al Leviatán y para bloquear a los mandatarios con sed de transformarse en mandantes.

En lugar de estar permanentemente apuntando a lo menos malo en actitud timorata y rastrera, tengamos el coraje de subir la vara para encaminarnos al respeto recíproco. En el extremo miremos lo que se sugiere desde la vereda de enfrente al espíritu liberal, una postura que explica porqué las izquierdas marcan las agendas y habitualmente corren el eje del debate, lo cual está muy bien ilustrado en el título de una conferencia de Herbert Marcuse dirigida a estudiantes, en 1969, en Canadá: “Exijamos lo imposible”.

De todos modos y por último decimos que la secuencia siendo firme debe ser ordenada en una secuencia racional, por lo que la noción de autoridad centrada en el monopolio de la fuerza puede sin duda mutar en el futuro si es que quedaran resueltos los problemas esgrimidos básicamente en las teorías de los bienes públicos, la asimetría de la información, el dilema del prisionero, los free riders y la refutación del denominado equilibrio de Nash y el teorema de Kaldor-Hicks en el contexto de las inconsistencias de balances sociales explicados por Robert Nozick y la interpretación correcta de “la tragedia de los comunes” y el óptimo de Pareto. Estos temas no se han debatido aun con el suficiente detenimiento, aunque hay trabajos muy meritorios al respecto que no han  salido a la luz debido a que no se han resuelto temas mucho más básicos y, naturalmente, no puede construirse el techo de un edificio antes de que se encuentren listos los cimientos (lo que se traduce en otra metáfora más: no se puede colocar la carreta delante de los bueyes frente a la mediocridad de la mayor parte de los debates actuales que repiten las mismas falacias de antaño).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Gabriela Calderón de Burgos sobre la dolarización en Ecuador

Por Iván Carrino. Publicado el 11/7/18 en: http://www.ivancarrino.com/gabriela-calderon-de-burgos-sobre-la-dolarizacion-en-ecuador/

 

Esta mañana, en #PesadaHerencia, el segmento radial que hago todos los miércoles por FM Radio Cultura, hablé con Gabriela Calderón, quien desde Ecuador nos contó de qué se trata la dolarización.

https://radiocut.fm/audiocut/embed/vert/gabriela-calderon-de-burgos-con-ivancarrino-en-pesadaherencia#

Mi conclusión sobre el tema, que no llega a escucharse en el recorte, es que la dolarización es extremadamente efectiva para terminar con el flagelo de la inflación, pero no es la solución a todos los problemas.

Finalmente, el crecimiento de largo plazo de una economía depende de cuestiones estructurales, como el gasto público, los impuestos, la regulación de los mercados y el capital humano y físico de la sociedad. Y no todas estas variables dependen de que haya, o no, estabilidad monetaria.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

El gran criterio económico de Jaime Balmes

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 9/7/18 en: http://www.redfloridablanca.es/gran-criterio-economico-jaime-balmes-alejandro-chafuen/

 

Aquellos que aprendimos de las bondades de la economía de mercado, incluso en países de habla hispana, seguramente fuimos primero atraídos a la libertad económica por autores de habla inglesa o traducciones de los grandes economistas austríacos. Entre los primeros es obvio que Adam Smith ocupaba un lugar especial, pero también libros más populares como el de Henry Hazlitt, Economía en una Lección. Los libros de Ludwig von Mises y F.A. Hayek también han sido enormemente influyentes. Los más especializados también fueron influenciados por los trabajos de Eugene Böhm-Bawerk y Carl Menger. Los autores de la escuela de Chicago, especialmente Milton Friedman y su Capitalismo y Libertad son otros que ayudaron a formar escuela.

Pese a que todos estos autores tocan el tema del valor económico, ninguno mencionó el gran ensayo de Jaime Balmés “Verdadera idea del valor.” Los grandes historiadores del pensamiento económico, como Joseph Schumpeter y Henry Spiegel, tampoco mencionan a Balmes en sus obras más importantes. No debería ser, pero muchos consideran que cuanto más desconectados los autores de ciencias sociales son con nuestras culturas, menos relevantes son para nosotros. Por suerte y por justicia, profesores y escritores de hoy están ayudando a dar nueva vida a los escritos económicos de Balmes.

León Gómez Rivas, profesor de historia de las ideas en la Universidad Europea, en un artículo para el Instituto Juan de Mariana, resume bien como vieron y ven a Balmes otros españoles. Escribe Gómez Rivas:

“En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, «aunque sería exagerado llamar a Balmes economista», en su artículo «la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión». Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor «tomista» fue «capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger.»”

Billlete de 5 pesetas con el retrato de Jaime Balmes

Ubiratán Iorio, un profesor brasilero que influyó en miles de estudiantes, dedica un capítulo de su libro sobre orígenes de la economía austríaca a Jaime Balmes, y lo señala como uno de los grandes precursores de una correcta noción del valor económico.

Los párrafos esenciales de Balmés que sintetizan su análisis reconocen que el coste del trabajo contribuye “al aumento del valor de la cosa; pero es accidental siempre y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella.” “El valor económico depende de dos factores, la utilidad y la escasez”: “siendo el valor de una cosa su utilidad o aptitud para satisfacer nuestras necesidades, cuanto más precisa sea para la satisfacción de ellas, tanto más valor tendrá; débese considerar también que si el número de estos medios aumenta, se disminuye la necesidad de cualquiera de ellos en particular” por lo que “hay una dependencia necesaria, una proporción entre el aumento y disminución del valor, y la carestía y abundancia de una cosa.”

Pero no solamente de valor escribió Jaime Balmés. En otro artículo para la Red Floridablanca resumí sus críticas al socialismo que aparecieron en una serie de siete ensayos que con claridad describían lo peligroso y dañoso de estas doctrinas.

Otros temas de relevancia para la economía donde Balmés hizo contribuciones es en el tema de las innovaciones tecnológicas, a las que no temía; el rol de los empresarios como patronos y como miembros de la sociedad civil; y el tema fiscal. Dada la importancia para España acerca de este tema, solo resumiré sus ideas sobre este último punto.

Para este sacerdote catalán, “los nuevos tributos son con harta frecuencia origen de motines y trastornos; quizás no se encuentra otro motivo que los haya causado en mayor número.” Añadía que “de esta clase de resistencia no se eximen las monarquías más absolutas[1]. Señalaba tres causas principales por los problemas fiscales: la pérdida de las rentas que el Estado percibía de la lglesia; los excesivos gastos militares; y la multiplicación de empleados públicos. Este último factor es el más relevante para hoy, Balmes repetiría que “el ministro de Hacienda que no atienda al origen del mal, no hará más que agravarle: en materia de hacienda los paliativos son fatales, su resultado es la bancarrota”. “No ignoramos que eran necesarias reformas en distintos ramos de administración; pero de aquí a multiplicar indefinidamente las oficinas  . . . hay una distancia muy grande”. Para solucionar el problema recomendaba “por de pronto no nombrar otros” y no copiar el sistema burocrático francés.

En El Criterio, una de sus obras más famosas, Jaime Balmes trató de combinar la mejor teología con la mejor ciencia del momento. En economía fue un avanzado. Un verdadero progresista. Volvamos a aprender de su estupendo criterio económico.

[1] Jaime Balmes, Escritos Políticos, Edición 1847,

 

Alejandro A. Chafuen es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), fue miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Es Managing Director del Acton Institute, International y miembro del Consejo Asesor de Red Floridablanca. Fue profesor de ESEADE.

Limitaciones al poder. Algunos economistas también han hecho propuestas “constitucionales” o más bien “sistémicas”

Por Martín Krause. Publicado el 9/7/18 en: http://bazar.ufm.edu/limitaciones-al-poder-economistas-tambien-hecho-propuestas-constitucionales-mas-bien-sistemicas/

 

Con los alumnos de Economía e Instituciones vemos algunas propuestas para limitar el poder, y al final de ese capítulo, las limitaciones “constitucionales” o sistémicas que hicieron algunos economistas. Luego de ver algunas propuestas específicas.

No obstante, algunas de estas fundamentales contribuciones no fueron suficientes para prevenirse contra el crecimiento del Estado y el avasallamiento de las libertades individuales; otras no fueron ni siquiera aplicadas. Algunos economistas han desarrollado modelos más generales y completos —si se quiere “utopías”— sobre cómo organizar una sociedad. En este sentido, analizaremos solo algunas, entre las que destacaremos las contribuciones de Hayek, Buchanan, Frey, Rothbard y David Friedman.

Hayek

Para Hayek, la separación de poderes y las otras medidas mencionadas solamente serán efectivas cuando los valores y la cultura predominantes en una sociedad así lo demanden. Ningún tipo de diseño constitucional podrá reemplazar estos valores sobre el poder gubernamental. Argentina es un ejemplo de esto: con la misma Constitución —aprobada en 1853—[1], el país recorrió setenta años en una dirección y los siguientes setenta en la dirección opuesta.

La evolución cultural es lo que en última instancia determina las limitaciones existentes al poder. En Suiza, aunque también ha habido cambios en el último par de siglos y el Estado benefactor ha crecido como en todos los demás países, ciertos principios básicos de limitación del poder siguen siendo parte importante de los valores y la cultura de sus habitantes[2].

No obstante, no descarta Hayek todo tipo de diseño constitucional, aunque dando prioridad a los procesos evolutivos, y presenta un modelo de organización que permitiría un predominio de las normas que son el resultado de esos procesos, a diferencia de las que son el resultado de decisiones políticas formales. Como las reglas formales que favorecen los procesos evolutivos son normas de carácter “general” que se aplican a todos los ciudadanos por igual, imagina un proceso legislativo que pueda aislar la elaboración de ese tipo de normas de las presiones de los grupos de interés que buscan un beneficio particular. Esta preocupación proviene de entender que las legislaturas modernas están sujetas a estos intereses desde que se han ocupado del diseño de políticas específicas. Una legislatura que tenga a su cargo ambas tareas —diseño de políticas y reglas generales— terminará dominada por las primeras. Para ello imagina un poder legislativo constituido por dos asambleas, que se acomode a la diferencia entre “leyes” y “comandos”. La primera, —la Asamblea Legislativa— se ocupa de las reglas generales y de la extensión del poder gubernamental, mientras la segunda, —Asamblea Gubernamental— se ocupa de las políticas públicas, teniendo primacía la primera sobre la segunda.

La Asamblea Legislativa debería estar constituida de tal forma que garantice el cumplimiento de esa función. Para ello Hayek considera un mecanismo de elección que evite la llegada de políticos profesionales, por lo que aquellos electos a la Asamblea Gubernamental no podrían acceder a la Legislativa. Sugiere que los miembros de esta deberían ser elegidos a una cierta “edad madura” y por periodos relativamente largos, como de quince años, debido a lo cual no estarían preocupados por su reelección. En cierta forma, como sucede con los miembros de una Corte Suprema de Justicia. También sugiere que los votantes que los elegirían sean mayores en edad que los que participan en la elección de las demás posiciones en el Ejecutivo o en la Asamblea Gubernamental. La experiencia y la sabiduría adquiridas con los años, más su independencia respecto a una “carrera política”, tenderían a centrar su atención en las reglas generales y en los beneficios a largo plazo.

Es decir: la Asamblea Gubernamental estaría formada por políticos profesionales que buscarían su reelección y estarían interesados en atender a los intereses inmediatos o puntuales de los votantes o de distintos grupos de interés, mientras que los de la Asamblea Legislativa constituirían algo así como un grupo de sabios y prudentes, que se ocuparían de velar por las normas que protegen los derechos de todos.

Buchanan

James Buchanan, por el contrario, fundamenta su análisis en la filosofía política contractualista, por lo que es más escéptico respecto a las normas de origen evolutivo espontáneo y, con un enfoque más racionalista, concentra su análisis en la forma de modificar los incentivos vigentes en la política, con especial énfasis en los niveles de mayorías necesarias para distinto tipo de normas. Inspirado en el análisis del economista sueco Knut Wicksell (1851-1926), sostiene que el óptimo sería la unanimidad. Ya hemos visto esto en el capítulo 4, cuando analizamos los problemas para la agregación de preferencias expresadas a través del voto. La unanimidad garantizaría que nadie se vería perjudicado por la aprobación de una cierta norma; es decir, ninguna mayoría podría violar los derechos de una minoría, incluso ni la de una sola persona. También vimos allí que la unanimidad generaría el statu quo total; sería prácticamente modificar cualquier norma, dados los altos costos de alcanzar la unanimidad. La respuesta de Buchanan es diferenciar entre normas de rango constitucional, que protegen derechos individuales y limitan las potenciales acciones abusivas de un gobierno, de aquellas que se refieren a cuestiones más coyunturales o de contenido administrativo, relacionadas con la gestión de tal gobierno. Para modificar las primeras, se requerirían mayorías especiales, mientras que para modificar las segundas bastaría con mayorías simples. Qué asuntos requerirían, según Buchanan, mayorías especiales lo veremos más adelante.

Frey

Bruno Frey (2005) presenta una propuesta a la que llama FOCJ, por sus siglas en inglés: jurisdicciones funcionales, superpuestas, en competencia. Desde su perspectiva, el federalismo permite acercar la provisión de bienes públicos a las preferencias específicas de distintos grupos en la sociedad, pero para hacerlo deben cumplirse dos principios básicos: la equivalencia fiscal, es decir que los fondos para pagar el gasto público de una jurisdicción se obtengan de los ciudadanos de esa misma jurisdicción; y equivalencia política, o sea que los funcionarios sean electos nada más por los votantes de la misma jurisdicción.

Las jurisdicciones propuestas tendrían estas características:

Funcionales: se extenderían sobre áreas geográficas definidas por las tareas o funciones que cumplen.

Superpuestas: habría distintas jurisdicciones gubernamentales extendiéndose sobre distintas áreas.

En competencia: los gobiernos locales, y en algunos casos los ciudadanos, podrían elegir a qué jurisdicción pertenecer.

Jurisdicciones: serían jurisdicciones con poder gubernamental para cobrar impuestos.

El argumento básico es que las jurisdicciones geográficas no necesariamente coinciden con la extensión geográfica que propone la economía de escala de un cierto servicio. Por ejemplo: una red de electricidad puede abarcar una cierta zona, pero el servicio de defensa que brinda un regimiento puede abarcar otra, con lo cual cada una tendría un área geográfica diferente. Los servicios de un hospital podrían abarcar a ciudadanos de más de una jurisdicción política actual, creando problemas de usuarios gratuitos; la jurisdicción en este caso se extendería sobre la división política, para abarcar a todos los usuarios. Obviamente, distintas jurisdicciones se superpondrían, incluso brindando algunas de ellas el mismo tipo de servicios. Los ciudadanos podrían elegir entre las mismas, aunque “deberían” elegir, ya que se trata de jurisdicciones gubernamentales. La competencia sería fomentada por la acción de “salida”, aunque no tendría que ser geográfica: las personas o los gobiernos locales podrían cambiar de afiliación a esas diferentes jurisdicciones, sin tener que mudarse a otra jurisdicción geográfica para hacerlo.

El autor menciona como ejemplo a la Liga Hanseática, un grupo funcional que brindaba normas comerciales comunes, aunque no tenía ningún tipo de vinculación geográfica. Eran miembros de la liga ciudades como Lübeck, Bremen y Colonia (hoy Alemania), Stettin y Danzig (hoy Polonia), Kaliningrado (hoy Rusia), Riga (Letonia), Reval (hoy Tallinn, Estonia) y Dorpat (hoy Tartu, Estonia), Groningen y Deventer (hoy Holanda). Londres (Inglaterra), Brujas y Amberes (Bélgica) y Novgorod (Rusia) eran miembros asociados. En los Estados Unidos hay “distritos especiales”. En Suiza hay 26 cantones y unas 8,000 comunas de distinto tipo, de las cuales 2,940 definen la ciudadanía política (los ciudadanos lo son de las comunas, no de “Suiza”). Hay comunas educativas que ofrecen servicios a más de un gobierno local.

Esta profunda descentralización y división de poderes actuaría como un límite al abuso de poder y permitiría la participación ciudadana en la toma de decisiones, sobre todo asociado al uso de mecanismos de democracia directa.

Rothbard y Friedman

Finalmente, Murray Rothbard (2002) y David Friedman (1989) presentan un modelo también con jurisdicciones funcionales, en competencia y superpuestas, pero, a diferencia de Frey, se trata solamente de agencias privadas. Según esta visión “libertaria”, todos los bienes y servicios serían provistos por el mercado, ya que este puede hacerlo, si bien no en forma perfecta, superior a la provisión estatal. Así, ambos autores analizan cada uno de los servicios que actualmente proveen los Estados y cómo los podría proveer el mercado. Las propuestas de uno y otro son similares en cuanto a la provisión de todos los bienes y servicios por el mercado, con algunas diferencias, sobre todo relacionadas con los fundamentos filosóficos —una filosofía moral iusnaturalista, en el caso de Rothbard, y consecuencialista, en el de Friedman— y a una hipótesis sobre el posible nacimiento de una sociedad anarcocapitalista, como la que proponen —un contrato social, donde las partes consentirían un código legal, en el caso de Rothbard, y un enfoque incremental, en el caso de Friedman—.

En el caso tal vez más complejo de todos —la seguridad personal y la defensa—, critica la visión predominante de que el Estado debe proveer protección policial, como si fuera una entidad única y absoluta, consistente en una cantidad fija que se brinda a todos por igual. Ese tipo de bien general no existiría, de la misma forma que no existe un bien “comida” o “vivienda”[3]. Por lo tanto, el Estado debería asignar un recurso escaso, sujeto a las ineficiencias de la política y la burocracia. Para Rothbard, los individuos deberían contratar este servicio, como los demás, en el mercado, y lo harían según sus preferencias específicas: desde la patrulla de un policía cuando sea necesaria, hasta protección personal durante las veinticuatro horas. Se argumentará que, en tal caso, los consumidores deberían pagar algo que ahora reciben gratis, pero es necesario tener en cuenta que en el modelo libertario no habría impuestos, así que los recursos que la población destina, en un determinado momento, con ese fin, estarían disponibles directa o indirectamente para contratar ese tipo de servicios.

El modelo no considera que cada persona tendría que salir a contratar un agente privado, en caso de haber sido robada o atacada, sino que, como ocurre actualmente en muchos barrios abiertos o cerrados, contrataría una compañía que le brindaría ese servicio. Es bastante probable, además, que los servicios fueran ofrecidos por empresas de seguros, ya que, si se ha asegurado, por ejemplo, una casa contra robo, la protección podría ser parte del servicio del seguro[4]. La competencia se transformaría en eficiencia y control por parte de los consumidores, ya que podrían cambiar de agencia en caso de no estar contentos con el servicio que reciben, algo que no pueden hacer ahora por tratarse de un servicio monopólico, del cual se recibe simplemente lo que toque.

[1]. Dice Alberdi ([1854] 1993): “Al legislador, al hombre de Estado, al publicista, al escritor, sólo toca estudiar los principios económicos adoptados por la Constitución, para tomarlos por guía obligatoria y reglamentaria. Ellos no pueden seguir otros principios, ni otra doctrina económica que los adoptados ya en la Constitución, si han de poner en planta esa Constitución, y no otra que no existe. Ensayar nuevos sistemas, lanzarse en el terreno de las novedades, es desviarse de la Constitución en el punto en que debe ser mejor observada, falsear el sentido hermoso de sus disposiciones, y echar el país en desorden y en el atraso, entorpeciendo los intereses materiales, que son los llamados a sacarlos de la posición oscura y subalterna en que se encuentra” (p. 2).

 

[2]. Dice Willy Linder, editora económica del Neue Züricher Zeitung: “Los suizos siguen siendo suficientemente generosos y sensibles para votar a veces a favor de cuestiones que parecen ir en contra de su propio interés. Sin embargo, en el largo plazo, estas actitudes han contribuido a la estabilidad política y económica de Suiza. Durante los tres últimos años, por ejemplo, los suizos, por márgenes excediendo generalmente 3 a 1, han decidido en referéndums no cobrar impuestos especiales a los ricos y los que ganan altos sueldos, no otorgar a los trabajadores suizos participación en la administración de las empresas, no reducir la edad mínima para ingresar en el generoso sistema de pensiones, no permitir al gobierno central que recaude fondos para compensar tendencias locales recesivas, y finalmente no permitir al gobierno central que tenga déficit”. Fortune, diciembre 18 de 1978; citado en “President’s Essay”, Washington DC: The Heritage Foundation, 2011.

 

[3]. “A cualquier persona o negocio, la policía puede proveerle desde un oficial que haga una ronda una vez por noche, dos policías que patrullen constantemente cada cuadra, otros que lleven a cabo la vigilancia en un móvil, hasta uno o incluso varios guardaespaldas personales permanentes. Además, debe tomar muchas otras decisiones cuya complejidad se hace evidente tan pronto como levantamos el velo del mito de la “protección” absoluta. ¿Cómo podría la policía asignar adecuadamente sus fondos, que por supuesto son siempre limitados, como lo son los de todos los individuos, organizaciones y agencias? ¿Cuánto debería invertir en equipamiento electrónico? ¿En equipos para tomar huellas dactilares? ¿En detectives o en policías uniformados? ¿En patrulleros o en agentes que prestan servicio a pie, etcétera?”. (Rothbard 2002, p. 268).

 

[4]. “Esta debería ser la primera respuesta simple a la pregunta típica que expresa el temor de la gente a la que se le habla por primera vez de una policía totalmente privada: “Bueno, eso significa que si a uno lo atacan o le roban, tiene que apresurarse a encontrar un policía y comenzar a negociar acerca de cuánto le costará que lo defienda”. Bastaría un momento de reflexión para darse cuenta de que ningún servicio se suministra de esa manera en el libre mercado. Es obvio que la persona que quiere estar protegida por la Agencia A o la Compañía Aseguradora B pagará primas regulares en lugar de esperar a ser atacada antes de comprar la protección. “Pero supongamos que se produce una emergencia y el policía de la Compañía A ve que alguien es asaltado; ¿se detendría a preguntar si la víctima adquirió el seguro de la Compañía A?” En primer lugar, este tipo de asalto callejero estaría, como ya lo hemos señalado, dentro de la jurisdicción de la policía contratada por el dueño de la calle en cuestión. Pero ¿qué ocurriría en la situación, poco probable, de que un barrio no tuviera servicio policial, y que un policía de la Compañía A viera casualmente que alguien es atacado? ¿Saldría en defensa de la víctima? Eso, por supuesto, dependería de la Compañía A, pero es casi inconcebible que las compañías de policía privada no cultivaran la buena voluntad estableciendo, como política, la ayuda gratuita a las víctimas en situaciones de emergencia y, quizá, pidiendo luego a la persona rescatada un aporte voluntario. En el caso de un propietario que sufriera un asalto o un ataque, por supuesto recurriría a la compañía policial que hubiera contratado. Llamaría a la Compañía Policial A en lugar de a “la policía”, como lo hace ahora”. (Rothbard 2002, p. 270).

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Las trampas en el mundo académico

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 10/7/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/Las-trampas-en-el-mundo-academico-20180709-0076.html

 

Probablemente nada haya de mayor significación que los ámbitos universitarios. Lo que allí se enseñe puede extrapolarse a lo que sucederá en el futuro en el país de que se trate.

Los cenáculos intelectuales son como una piedra arrojada en un estanque: los círculos concéntricos van mostrando el efecto multiplicador en la respectiva influencia. El político analiza los temas que la opinión pública puede digerir al efecto de preparar su discurso pero esa opinión pública a su vez está conformada por el clima de ideas que prevalece, de allí la trascendencia de la educación y, como decimos, en este contexto muy especialmente la universitaria.

 

Resulta muy pertinente señalar que dicha enseñanza se desfigura cuando la academia se convierte en un centro de adoctrinamiento y politización. En este sentido es de interés consultar las memorias de Thomas Sowell, senior research fellow en Hoover Institution de la Universidad de Stanford, en el sitial Milton y Rose Friedman.

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Profesor Thomas Sowell, Universidad de Stanford.

Confiesa con cierta tristeza que dejó la enseñanza en el aula luego de cátedras en varias universidades porque se cansó de tres situaciones que se repitieron en diversas casas de estudio. Primero, las presiones para mejorar calificaciones a estudiantes de grado y posgrado, maniobras muchas veces apoyadas por las autoridades.

 

Segundo, la manía de hacer que los estudiantes incorporen a sus monografías y tesis lenguaje sibilino digno del posmodernismo y recargar las presentaciones con fórmulas matemáticas innecesarias. Esto último también es destacado por los premios Nobel en economía Friedrich Hayek y James M. Buchanan y economistas de la talla de Wilhelm Röpke y Ludwig von Mises.

 

Tercero, debido a eventuales acosos sexuales Sowell, por ejemplo, debía atender alumnas en su despacho con la puerta abierta y otros recaudos que dificultaban el trato y la seriedad en la relación estudiantil. Mario Vargas Llosa nos contaba que suele dictar sus clases en la Universidad de Princeton fijando la vista en el techo para no mirar a una estudiante y evitar el riesgo de ser demandado.

 

Tal vez el caso más sonado de las trampas que se deslizan en el mundo académico es el libro escrito por Alan Sokal y Jean Bricmont titulado Imposturas intelectuales donde explican que para mofarse de tropelías varias presentaron un largo ensayo en una revista académica con referato de una conocida universidad, donde fue publicado. Acto seguido los mismos autores escribieron otro ensayo refutando su trabajo anterior y revelando los gruesos errores del presentado antes como burla, el cual fue rechazado por lo que escribieron el libro de marras.

 

Sowell relata que antes de recibir el ofrecimiento en Stanford había recibido uno más jugoso desde el punto de vista cremátistico en la Universidad de Virginia el cual no aceptó para evitar el dictado de clases debido a las experiencias sufridas. Hay que estar atento a estos desbarranques para salvaguardar ámbitos que son cruciales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.