La cláusula gatillo no genera inflación, pero puede destruir empleo

Por Iván Carrino. Publicado el 24/2/18 en: http://www.ivancarrino.com/la-clausula-gatillo-no-genera-inflacion-pero-puede-destruir-empleo/

 

En la discusión salarial argentina, ni el gobierno ni los sindicatos dan en el clavo.

Arranca un nuevo año en Argentina y el debate que ocupa los principales medios de comunicación es el salarial.

Obviamente, la madre de todas las batallas es la pugna que tiene la Provincia de Buenos Aires con los gremios docentes, lo que deriva siempre, casi sin excepción, en una demora de varios días en el comienzo del dictado de clases.

Ahora bien, el tema que está siendo más intensamente conversado en este último tiempo es el de la llamada “cláusula gatillo”. Es decir, una cláusula en el acuerdo salarial que indexe los salarios a la inflación esperada por el gobierno pero que, en caso que ésta no se cumpla, active un alza aún mayor.

Así, un acuerdo salarial con cláusula gatillo se firmaría con un aumento anual del 15% (la meta de inflación del Banco Central para este año), pero si la inflación terminara siendo del 18%, entonces se pagaría un plus por la diferencia.

De haber cláusula gatillo, los salarios de la economía argentina seguirían perfectamente a la inflación.

Para los líderes sindicales y dirigentes de otras fuerzas políticas, esta es la mejor forma de “defender el poder de compra de los trabajadores”. El gobierno, sin embargo, dejó ver que sin esta cláusula especial, el proceso de desinflación sería “más fácil”.

Gobierno y sindicatos están de acuerdo

Algo curioso de este aparente enfrentamiento entre quienes quieren que haya cláusula gatillo y quienes no, es que, en el fondo, ambos  están de acuerdo.

¿Por qué? Porque lo que desean ambos bandos es que los salarios de la economía argentina se ajusten a la evolución del Índice de Precios al Consumidor.

La diferencia, entonces, estriba en que el gobierno dice que la inflación va a ser 15% y los sindicalistas sostienen que ésta va a ser superior.

En este marco de proyecciones dispares, la cláusula gatillo parece una buena forma de resolver la cuestión. Si la inflación es 15% o menos, la cláusula no se activa; si es más de 15%, los salarios no pierden contra la inflación.

Todo muy lindo, pero…

Los salarios no generan inflación

Una de las formas en que se interpretó lo que dijo el gobierno fue que indexar salarios generaba (o perpetuaba la) inflación.

De acuerdo con un comunicado de los economistas del “Frente Renovador”, como el gobierno ya no sabe qué hacer para controlar la escalada de precios, “la idea es intentar con la vieja receta de retrasar los sueldos”.

El trasfondo de esta teoría sería así: si los sueldos suben menos que la inflación, los trabajadores tienen menos poder de compra y, por tanto, demandan menos. Dado que hay menos demanda, los precios dejan de subir a tasas tan aceleradas. Controlar salarios, entonces, baja la inflación.

Pero el argumento es por lo menos inconsistente: es que si los salarios fueran la causa de la inflación, no habría nunca una ganancia o pérdida en términos reales. Si salarios suben 10%, lo mismo hará la inflación. Si caen 1%, habrá 1% de deflación.

Sin embargo, es perfectamente posible que existan aumentos (o descensos) salariales, sin que esto impulse al alza (o a la baja) el IPC.

Por ejemplo, en una economía con perfecta estabilidad, si el día de mañana todos los salarios aumentan 10%, no hay motivos para que aumente la inflación.

Sin un incremento en la cantidad de dinero, el mayor consumo de los trabajadores habrá sido consecuencia de su mayor productividad (mayor cantidad de bienes), o consecuencia de un menor consumo por parte de los empresarios que decidieron aumentar la compensación de sus empleados.

En cualquiera de los dos casos, no hay mayor inflación.

Es que, como decía Milton Friedman, la inflación es un fenómeno estrictamente monetario y si bien “los sindicatos producen múltiples daños a la economía… uno de los crímenes por los que son totalmente inocentes es el de provocar inflación”.

… pero destruyen empleo

Ahora bien, aun cuando es cierto que los sindicatos que piden cláusula gatillo no generan inflación, también es cierto que no están exentos de generar otros efectos indeseados.

Es que incluso cuando la inflación terminara siendo del 15% anual y la cláusula gatillo no se activara, la indexación salarial, combinada con un mercado laboral rígido como el argentino, es candidata a generar desempleo.

He aquí el verdadero problema. Es que en nuestro país los sindicatos acuerdan ajustes salariales por “rama de actividad”. Así, si una megaempresa automotriz firma un acuerdo con el sindicato de mecánicos por un aumento salarial igual a lo que varía el IPC, éste mismo acuerdo rige también para un taller PYME que podría perfectamente no estar en condiciones de pagar dicho aumento.

Lo mismo pasa en toda la economía. Si los acuerdos salariales cierran todos con ajuste al IPC, habrá empresas que no estén en condición de hacer frente a dichos aumentos en sus costos. Si éste es el caso, entonces les quedarán tres alternativas:

—> bien despiden personal,

—> o bien cierran el negocio,

—> o bien se vuelcan a la economía informal.

Las primeras dos alternativas son infinitamente peores para los trabajadores que un acuerdo donde pierdan poder de compra frente a la inflación. Es que, en dichos casos, el salario cae un 100%, porque el trabajador se queda sin empleo.

En la tercera alternativa, si bien se pierde poder de compra, al menos se preservan las fuentes de trabajo.

Pasando en limpio, ni la cláusula gatillo ni la indexación salarial tradicional generan o perpetúan la inflación. Los precios suben como reflejo de la caída del poder de compra del dinero, cuyo responsable es únicamente el gobierno a través del Banco Central.

Sin embargo, la indexación sí puede generar desempleo, porque hay empresas que sencillamente no están en condiciones de pagar esos aumentos.

La solución a este tema no es eliminar la cláusula gatillo. Ni siquiera lo es bajar la inflación. La verdadera solución es tener un mercado de trabajo mucho más flexible, donde los salarios se fijen libremente entre empresarios y trabajadores, pero atendiendo a cada situación particular.

En pocas palabras, la mejor solución es liberar el mercado laboral.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

¿Qué es más costoso: bajar el gasto público o esperar a que no haya más financiamiento?

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 27/2/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/02/27/que-es-mas-costoso-bajar-el-gasto-publico-o-esperar-a-que-no-haya-mas-financiamiento/

 

El siguiente párrafo del libro de Friedrich von Hayek, Nuevos Estudios, publicado en 1978, parece escrito para la Argentina actual: “Sin embargo, esto deja de lado el daño principal que causa la inflación, que es el de dar a la estructura global de la economía un carácter distorsionado, desproporcionado, que tarde o temprano hace inevitable un mayor desempleo. Lo hace atrayendo a mayor número de trabajadores a ciertos tipos de empleo que dependen de una inflación continua y aun acelerada”.

Y agrega la obra del pensador: “El resultado es una situación de creciente inestabilidad, en la cual una parte en aumento de la ocupación corriente depende de una inflación continua y quizás acelerada, y en la cual todo intento de disminución de la inflación conducirá inmediatamente a tanto desempleo, que las autoridades desistirán para reanudar la inflación”.

 Friedrich Hayek: “El daño principal que causa la inflación, que es el de dar a la estructura global de la economía un carácter distorsionado, desproporcionado, que tarde o temprano hace inevitable un mayor desempleo que aquel que la política intentaba evitar”

Y unos párrafos más adelante remata: “En realidad, hemos sido conducidos a una espantosa situación. Todos los políticos prometen detener la inflación y mantener el total empleo. Pero no pueden hacerlo. Y cuanto mayor sea el tiempo que logren mantener la ocupación mediante una inflación continua, mayor será el desempleo cuando por fin la inflación se detenga. No hay ardid mágico alguno mediante el cual podamos liberarnos de esta situación que hemos creado”.

El sendero de la inflación

Si uno observa la inflación en Argentina, es evidente que el Gobierno no ha logrado iniciar una tendencia decrecienteDesde mediados del año pasado tiene una inflación que está un piso del 23% anual y un techo del 25%. En esa banda viene moviéndose. Es decir, en niveles similares a los de la era K.

Si bien es cierto que hubo correcciones en las tarifas de los servicios públicos y en el tipo de cambio, algo que no ocurría durante la era K, la suba de las tarifas de los servicios públicos deberían bajar el gasto público en su componente de subsidios económicos y, por lo tanto, reducir la brecha fiscal requiriendo menor tasa de emisión monetaria para cubrir el rojo fiscal. Sin embargo, el ahorro fiscal por los menores subsidios económicos se tradujo en aumentos del gasto público en más planes sociales, empleo público y costo del endeudamiento para financiar el gradualismo.

Dicho en palabras de Hayek, los gobiernos prometen bajar la inflación pero cuando llega el momento de controlarla no se animan a pagar el costo político de, en el caso argentino, reducir el empleo público y los subsidios llamados sociales que, a esta altura del partido, ha quedado en evidencia que no son otra cosa que clientelismo político y extorsión piquetera.

 Los gobiernos prometen bajar la inflación pero cuando llega el momento de controlarla no se animan a pagar el costo político de, en el caso argentino, reducir el empleo público y los subsidios llamados sociales

Realidades de superación

Y que por favor, no me vengan con la historia que hay gente que no está capacitada para trabajar, que crecieron viendo a sus padres vivir de planes sociales sin trabajar, etc. porque basta con ver lo que hizo Toty Flores con la Cooperativa la Juanita en Laferrere para advertir que uno puede tener que enfrentar la adversidad pero con dignidad.

La gente de La Juanita se negó a seguir recibiendo subsidios y se organizaron para producir. Hoy producen pan dulce, indumentaria que han exportado a Japón y tiene hasta un call center. Con dificultades, cometiendo errores y sobrellevando la adversidad, la dignidad pudo más que el subsidio fácil y hoy La Juanita es un ejemplo, al punto tal, que vienen del exterior para interiorizarse sobre cómo se organizan.

Volviendo al tema inflacionario, decía que la suba de los precios al consumidor está en un piso del 23% al año y un techo de 25% sin que se observe, por ahora, ninguna tendencia a quebrar ese piso. Obviamente si uno mira la expansión monetaria observa que la Base viene creciendo a una tasa de velocidad de crucero del 25% anual como piso. No baja de ese ritmo, lo cual es consistente con la tasa de inflación del rango del 23 al 25 por ciento anual.

Ahora, no es por perversidad que el BCRA emita a esa tasa o porque el Gobierno quiera tener un déficit fiscal consolidado del orden del 7% del PBI. La explicación última tiene que ver con el miedo político a adoptar determinadas medidas que pueden no resultar simpáticas pero que son necesarias para frenar la inflación y el creciente endeudamiento, tanto interno como externo.

Dicho de otra forma, el costo económico de no enfrentar el costo político de bajar el gasto público es tener una presión impositiva récord, emitir moneda a marcha forzada, haber llegado a un stock de Lebacs de $ 1,2 billones y encima tomar deuda externa. O sea, el Gobierno está utilizando al máximo todos los instrumentos posibles para financiar el gasto público y aun así no logra cerrar la brecha fiscal.

La inflación, y en particular el gasto público, han generado una pésima asignación de recursos productivos. La mano de obra está mal asignada ya que para disimular la desocupación creció enormemente el empleo público y millones de personas viven del trabajo ajeno en base a los llamados planes sociales.

 La inflación, y en particular el gasto público, han generado una pésima asignación de recursos productivos

Preguntas con respuestas que contradicen las acciones

Cuando uno dice que hay que cambiar todo eso y hay un costo político en el medio, inmediatamente saltan diciendo: si se hace eso explota el país. Habría una crisis social y demás argumentos por el estilo.

Ante semejante panorama sombrío de no “poder” corregir estas distorsiones uno pregunta: ¿quieren que el Estado siga emitiendo y generando inflación? No, gritan a coro los políticamente correctos.

¿Quieren que el Estado aumente los impuestos? No, gritan a coro los políticamente correctos.

¿Quieren que el Estado tome deuda externa? No gritan los políticamente correctos.

Si no quieren que suban los impuestos, ni que se cobre el impuesto inflacionario, ni que el estado siga aumentando la deuda externa y tampoco quieren bajar el gasto público, ¿qué cuernos quieren que se invente para dominar el problema fiscal?

En definitiva, como decía Friedrich von Hayek, o el Gobierno toma el toro por las astas y enfrenta el gasto público o entramos en un período de inestabilidad creciente que no va a ser resuelto por el solo transcurso del tiempo. Al contrario, se va a ir agravando.

Nadie dice que enfrentar este problema sea fácil. Pero no hacerlo tendrá un costo mucho mayor. La pregunta que deberían formularse en el Gobierno es: ¿cuál es mayor, el costo político de hacer algo o el costo político y económico futuro de no haber hecho nada a tiempo para bajar el gasto público?

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Nuestros hijos, esos anticapitalistas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/2/18 en: https://www.elcato.org/nuestros-hijos-esos-anticapitalistas?utm_content=buffer7ffb6&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer

 

Hace un cuarto de siglo publiqué un artículo en Cambio 16 titulado: “Nuestros hijos, esos socialistas”. Había visto los libros de Economía del bachillerato de entonces, y denuncié que predominaba en ellos el ataque al capitalismo, el mercado, la propiedad privada y las empresas; cuando se mencionaba la realidad de los países que habían suprimido el capitalismo y esas instituciones, los textos eran notablemente comprensivos con esa realidad. En los años transcurridos he visto algunos trabajos sobre el tema, y no parece que la cosa haya mejorado. Ahora puedo confirmar que, en efecto, no lo ha hecho.

El Nº 154 de Economistas, la revista del Colegio de Economistas de Madrid, lleva este título: “Análisis de los textos de economía, empresa e historia económica utilizados en el bachillerato español”. Incluye un estudio cuyos autores son los profesores Rocío Albert López-Ibor, Francisco Cabrillo Rodríguez, Amelia Pérez Zabaleta, Jaime Requeijo González (véase también el último número de la revista Actualidad Económica).

El balance que hacen es que los manuales son de calidad irregular, como era de esperar, pero subrayan que los textos publicados por algunas editoriales relevantes presentan una visión “claramente sesgada en contra de los principios de la economía de mercado”.

Es el caso de Economía, de Editorial Anaya, escrito por Juan Torres Carmen Lizárraga, que contiene errores técnicos, como afirmar que “tener más o menos recursos es lo que hace que unos pueblos sean más ricos que otros…Por el contrario, la escasez o dificultad para obtener recursos suele ser el origen de la pobreza y del sufrimiento social”. Es una falacia, como si no fuera patente que Suiza o Japón tienen menos recursos naturales que Nigeria o Venezuela.

Las falacias anticapitalistas son persistentes, como sus deficiencias técnicas (en comercio exteriormercado de trabajofallos del mercadobanca, Hacienda, etc.) y “su nada oculto desprecio por la actividad económica…uno cree que, en realidad, está leyendo un panfleto de principios del siglo XX y no un texto del siglo XXI”.

Nunca explican la creación de riqueza, sólo su necesaria redistribución en contra de las empresas, presentadas habitualmente en tonos muy negativos. Mientras idealizan la izquierda y condenan el “neoliberalismo”, sostienen que bajar impuestos es malo en sí mismo, y desbarran sugiriendo que en España el gasto público se redujo de forma notable.

Nunca explican qué pasó con el anticapitalismo en el mundo real, e incluso llegan a la temeridad de plantear que su deterioro económico se debió a…¡los países capitalistas! En América Latina, lógicamente, no hablan de los desastres de Cuba y los países víctimas del populismo. Y jamás apuntan que la economía de mercado asegura democráticamente la libertad individual, que el anticapitalismo viola siempre.

En fin, la historia se repite. Si nuestros hijos o nietos van a reconocer en el futuro alguna virtud en el capitalismo no será porque se lo han enseñado bien en el colegio sino a pesar de que se lo han enseñado mal.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¿CREEMOS O NO?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 25/2/18 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2018/02/creemos-o-no.html

 

Muchos, algunos años, decimos: “Creo en Dios todopoderoso……” y recitamos el Credo.

Pero, en el fondo, no creemos.

Cuando estamos casados, a veces sí creemos que nuestro cónyuge existe, es real, y lo más importante, creemos en la promesa que le hicimos.

O sea, creemos en nuestro matrimonio. Esa promesa lo sostiene en tiempos difíciles.

Por eso es coherente que si creemos en esa promesa, en esa alianza, el matrimonio se mantenga.

Pues bien, creer es creer en la alianza que tenemos con Dios. En el matrimonio que tenemos con él.

Lo que ocurre es que, en el fondo, no creemos que sea así. No lo vemos, parece lejano, no parece estar en nuestra cama, no parece ser el primer rostro que vemos al despertar.

Y entonces la alianza se desvanece.

Esa alianza incluye los Mandamientos.

Cuando alguno o varios de estos nos cuestan, en el fondo no les vemos sentido porque no creemos en la alianza que los sostiene.

Y entonces, adieu.

La dificultad de los mandamientos es análoga a la dificultad de la promesa matrimonial. Cuanto más creemos en la promesa (que es una Gracia) más Gracia para todo lo que implica el matrimonio. Y la promesa tiene un aliciente: el rostro del cónyuge, su mirada, su demanda existencial, fundante de todo, como diría Levinas.

Pues bien, igual con Dios. Creer en él es creer en un rostro, escondido, sí, por ahora, pero un rostro que ha prometido develarse totalmente, un rostro que adivinamos apenas en las acciones de Cristo y que finalmente es el rostro sufriente de Cristo en la Cruz.

¿Creemos en eso?

Porque creer es creer en que estamos verdaderamente casados, en alianza, con Dios, y que esa alianza es el fundamento último de todo lo que somos.

Si no creemos en eso, la casa no estaba edificada sobre roca, y al primer viento, se cae.

Pero creer es una Gracia. Viene de Dios, no de nosotros. No es una suerte ni una característica personal. Dios da su gracia a todos.

¿Y entonces?

Pues entonces, estar atentos, porque Dios te habla todo el tiempo, pero no te ata a la silla de un otorrinolaringólogo infinito para hacerte por la fuereza un lavaje de oído.

Te habla en susurros. Te habla en el silencio. Te guiña el ojo. Te hace bromas. Te dice piropos. Te comprende, te perdona, te espera, te anhela, suspira por ti, muere por ti.

Así de simple y misterioso…

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

El gobierno no debe tener un plan económico

Por Gabriel Boragina Publicado  el 11/2/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/02/el-gobierno-no-debe-tener-un-plan.html

 

Son muchos los economistas que se quejan que el gobierno no tiene un plan económico. Otros, dicen que lo tiene, pero que no es el mejor, otros, que no es bueno, y finalmente, un cuarto grupo afirma que el supuesto plan (existente o no) es malo.
Creo que la pregunta a hacerse es ¿debe el gobierno tener un plan económico? Esta pregunta la respondieron otros economistas, hace mucho tiempo, como Ludwig von Mises y Friedrich A. von Hayek entre los más importantes. Y sus respuestas fueron y siguen siendo contundentes: NO. No debería tenerlo. Y, en el caso de Hayek, dice que no puede tenerlo (aunque quisiera). No podría, por falta de información y la imposibilidad de conseguirla.
Hay varias cuestiones implicadas en esta rotunda respuesta negativa de estos fenomenales economistas. La primera es que, como sustancia el gobierno (cualquier gobierno) en realidad no existe. No hay tal cosa como un “gobierno”. Lo que si hay es un grupo de personas que, en virtud de ciertas leyes constitucionales y por medio de ellas, se ha decidido que reciban el nombre de “gobierno”, y esas mismas leyes han dotado a esas personas de determinados atributos que detentan exclusivamente ellas y no otras (fuera del gobierno). Esos atributos consisten en especificas potestades, que pueden ejercer legalmente ellas de manera exclusiva.
En suma, y en lo que a nuestro tema interesa, las que toman las decisiones políticas y económicas son esas personas que forman parte de eso que se da en llamar “gobierno”, y no ningún “gobierno” como ente fantasmagórico, separado e independiente de las personas que lo integran. Resumiendo: las decisiones y los planes (económicos y no económicos) sólo pueden ser adoptados -y siempre lo son- por seres humanos.
En necesario aclarar siempre el punto anterior, porque estamos tan acostumbrados a manejar conceptos como entelequias tendiendo al antropomorfismo de ideas y percepciones que no tienen sustancia real en el mundo físico que, muchas veces, tenemos propensión a pensar en ciertas instituciones y otro tipo de organizaciones como si fueran seres vivientes independientes de la vida física de las personas que -en contexto- son las que actúan por ellas, y que etiquetan sus acciones personales bajo el rótulo de una entelequia. Esto se lleva hasta el paroxismo, de allí que se enuncia a menudo que el gobierno “dice”, el gobierno “piensa”, el gobierno “decidió”, el gobierno “planea”, o “estudia” y cosas así por el estilo, de la misma manera que expresamos Juan piensa, estudia, planea, etc. Y ese uso frecuente y tan arraigado genera, asimismo, la idea errónea de que el gobierno “piensa” una cosa y el presidente puede pensar otra, cuando, la verdad, es que el presidente piensa una cosa y -posiblemente- los miembros de su gabinete o del congreso, probablemente, puedan pensar otra, o lo mismo que él, pero en todos los casos serán siempre más de dos personas las que piensen, y nunca una, como -por ejemplo- el “gobierno”, o “el congreso” o peor aún, “la justicia”. Detrás de todas estas etiquetas sólo encontramos una sola sustancia: a los seres humanos.
Esto, no significa que dos personas o más no puedan coincidir en una idea. Pero el punto es que no dejan por eso de ser personas diferentes, por más que coincidan en algunos temas, o en todos ellos. No son algo separado de sus personas físicas. Este es mi argumento actual.
Aclarado este punto (que -dicho sea de paso- siempre se debe explicar por las razones apuntadas de ese acostumbramiento social a corporizar entelequias) digamos que los planes, las planificaciones o planeaciones (o como quiera llamárselas) solamente las hacen, y únicamente pueden llevarlas a cabo, las personas. Estas personas, pueden ser los gobernantes o los no gobernantes. Pero siempre serán los individuos que -con un rótulo u otro- planifican.
Es cierto que nuestros lectores advertirán que esto lo dijimos muchas veces, pero persistentemente es necesario recordarlo cada tanto (a veces demasiado seguido).
Y el problema consiste en que los individuos somos naturalmente distintos y, por ende, pensamos distinto, queremos distinto, sentimos distinto, valoramos distinto. Y en lo económico, ahorramos o no, gastamos o no, y nosotros elegimos en qué cosas hacerlo, no hacerlo, y en qué cuantía, para cada una o para todas ellas.
El punto en cuestión es que, si “el gobierno” hace planes económicos por nosotros, nosotros no podemos llevar a cabo los nuestros, porque los recursos con los cuales dichos planes económicos han de materializarse siempre tienen un mismo y común origen: nuestros bolsillos; los míos y los de los lectores. He aquí el problema, el gran dilema que se plantearon los economistas nombrados antes, y otros ¿Quién debe planificar? ¿el gobierno o la gente? Porque, no es posible conjugar ambas planificaciones, dado que los recursos con las que se hacen son de origen y fuente común. Y toda vez que los recursos siempre son de los individuos y nunca de los gobiernos (sus miembros -en rigor- recordemos) lo más justo es que cada uno planifique con lo que es suyo. Entonces, la solución sólo puede ser una sola: el dueño de los recursos con los cuales se planifica debe ser el único planificador. Si los recursos son comunes (por ejemplo, en una sociedad anónima) va de suyo que el principio es el mismo: son los integrantes de la sociedad (los dueños de los recursos) quienes deben planificar. ¿Por qué el gobierno debería hacerlo por ellos, como ocurre con las normativas que regulan las sociedades, sus patrimonios, acciones, modo de repartir los dividendos, etc. si estos recursos no son del gobierno ¿Por qué debería este planificar por sus dueños?
Por ello es que, lo más sano (y, sobre todo, lo más justo) es que los gobiernos no tengan nunca ningún plan económico. Porque -si lo tienen- sus gobernados no podrán ser dueños de su destino, habida cuenta que no disponen de lo que es (por derecho) suyo: sus patrimonios y haciendas. Además, si hubiera acuerdo en esta propuesta, se acabarían los indetenibles debates dirigistas que apuntan a dirimir la sempiterna cuestión de que cómo y cuándo debería planificar económicamente el gobierno la vida de todo el mundo.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Emilio Coni: cuando Buenos Aires era caritativo y previsor, las asociaciones de ayuda mutua “voluntaria” proliferaban

Por Martín Krause. Publicado el 23/2/18 en: http://bazar.ufm.edu/emilio-coni-cuando-buenos-aires-caritativo-previsor-las-asociaciones-ayuda-mutua-voluntaria-proliferaban/

 

Coni realiza una clasificación de las sociedades de socorros mutuos como “sociedades de seguro contra las enfermedades”, porque “por lo común aquel que se afilia a una sociedad de socorros mutuos, sea ésta de mucha o poca importancia, lo hace con el decidido propósito de asegurarse, durante un período de tiempo no superior a un máximo fijado contra los perjuicios que le puede irrogar una enfermedad”.

Para que tengamos una idea de los servicios que prestaban el autor (1918, op. cit., p. 549) menciona los fines principales, expresados en sus estatutos:

  • Crear un fondo común destinado a socorrer a los socios en los casos de enfermedad o de las consecuencias de ésta y, también para que se les permita hacer frente a las necesidades de la vida en la ancianidad.
  • Constituir cajas de ahorros y seguros mutuos, teniendo en vista muy especialmente los casos de accidentes, fallecimiento, viudedad y orfandad.
  • Propender al bien común, compatible con su base fundamental, es decir, el “socorro mutuo”, pudiendo establecer y organizar al efecto las instituciones económicas conducentes a este fin.
  • Fundar escuelas, procurar el mejoramiento moral intelectual y material de sus asociados, con exclusión terminante de todo debate relacionado con la política o la religión.
  • Celebrar las glorias o los aniversarios patrios de las diversas colectividades, España, Francia, Italia etc., según la nacionalidad de la mayoría de los componentes de cada sociedad,

 

En Buenos Aires existían entonces 214 sociedades de socorros mutuos con 255.534 socios. En todo el país se clasificaban como sigue:

 

172 sociedades argentinas con                                    65.188 socios

181 sociedades cosmopolitas con                             150.004 socios

463 sociedades italianas con                                     166.086 socios

250 sociedades españolas con                                   110.040 socios

92 sociedades francesas con                                       12.311 socios

44 sociedades de diversas nacionalidades                    4.008 socios

(alemanas, austro-húngaras, belgas, escandinavas, otomanas, portuguesas, rusas, suizas y uruguayas)

La fundación de estas sociedades había seguido esta progresión:

 

Periodo                                                          cantidad

1854-1870                                                           41

1871-1880                                                        107

1881-1890                                                         220

1891-1900                                                         275

1901-1913                                                         559

 

Martín Krause completó su doctorado en Administración en la Universidad Católica de La Plata, es profesor de Derecho y Economía en la Facultad de Derecho e Historia del Pensamiento Económico (Escuela Austriaca) de la Facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires. Miembro de la Sociedad Mont Pérérin. Fué Rector, Director de Investigación y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). En 1993, recibió el Eisenhower Fellowship. También recibió el Premio de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires 2007.

 

Reflexiones después de la visita papal a Chile y a Perú

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 19/2/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2110281-reflexiones-despues-de-la-visita-papal-a-chile-y-a-peru

 

Dado que el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad sujeto a refutaciones en un contexto evolutivo, el debate, la crítica y la autocrítica resultan indispensables para progresar. Esta nota no es para fanáticos que, muchas veces con la mejor buena voluntad, son incapaces de seguir un hilo argumental; si fuera por ellos aún estaríamos con los Borgia en la Iglesia. En su respuesta a Gladstone el cardenal Newman propuso un brindis: “Primero por la conciencia y luego por el Papa”.

El Papa ha visitado Chile y Perú. Entre otros aspectos surgen dos que comentamos, uno secundario en Chile y otro principal en Perú. El primero alude a su mensaje a los denominados “pueblos originarios”, algunos de cuyos miembros han incurrido en delitos de diversa índole a ambos lados de la cordillera, pero lo que aquí señalo se circunscribe a un error genealógico. No son originarios puesto que todos los humanos procedemos del continente africano; son en todo caso los primeros inmigrantes en aquellas zonas, que merecen todo el respeto, que debe ser recíproco. Si hay conflictos sobre propiedades deben resolverse en la Justicia (aunque no todos parecen suscribir la idea de los derechos de propiedad).

Lo segundo se trata de consideraciones del Papa en el Palacio Episcopal de Lima, declaraciones que destacamos porque constituyen el eje central de su pensamiento en materia social. El núcleo de lo dicho es su alusión al “capitalismo liberal deshumano”, que, según el Papa, es lo que hace daño en nuestra región y en otras partes del mundo.

Actualmente hay pocos vestigios de capitalismo liberal puesto que los gastos públicos, los endeudamientos estatales y los intervencionismos gubernamentales se elevan en grados exponenciales. Los nacionalismos y el consecuente proteccionismo están haciendo estragos en Europa. El mismo proceso lamentablemente tiene lugar en Estados Unidos, debido a gestos desafortunados del actual presidente, que hace alarde de proteccionismo y confrontación permanente en las relaciones exteriores y en lo doméstico (reduce impuestos al tiempo que incrementa los gastos a niveles descomunales). América Latina también se viene debatiendo en estos menesteres desde hace décadas.

Fuente: LA NACION

Lo que prima no es el capitalismo, sino las recetas estatistas. No resulta del todo claro si Francisco pondera la pobreza material o si la condena. Pero lo que sí deber resultar claro es que la inmensa mayoría de los pobres de esta tierra apuntan a salir lo más rápido posible de esa condición y lo han hecho en la medida en que se ha aplicado el “capitalismo liberal”, es decir, el respeto recíproco y la liberación de la energía creadora.

Es de gran importancia tener presentes consideraciones bíblicas sobre pobreza y riqueza material para constatar el significado de estos términos en el contexto de los valores morales que deben primar sobre toda otra consideración, en concordancia con dos de los Mandamientos que hacen referencia a la trascendencia de la propiedad privada (“no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”), lo cual es del todo armónico con los postulados de una sociedad abierta. Si la pobreza material fuera una virtud, habría que condenar la caridad puesto que mejora la situación del receptor.

Así, en Deuteronomio (8:18) “acuérdate de que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En Mateo (5:3), “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”, fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras, al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas 12:21), lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del arzobispo de Barcelona): “La clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo VI, págs. 240/241).

Es pertinente destacar la obsesión del marxista Antonio Gramsci, que en sus cartas desde la cárcel apuntaba a “hacer saltar la Iglesia desde dentro”, en concordancia con el padre Gustavo Gutiérrez -fundador de la teología de la liberación-, quien subraya que con el cristianismo “desde un horizonte marxista se encuentran puntos de vista convergentes […] por eso la abolición positiva de la propiedad privada”. Recordemos que Marx y Engels sostienen que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”.

Mi buen amigo el exmarxista peruano -premio Mao y premio Lenin- y luego gran liberal Eudocio Ravines contaba que en su momento las instrucciones más encomendadas que recibía de la jerarquía comunista eran la infiltración en las iglesias católicas de España y de Chile.

Sin llegar a la abolición de la institución de la propiedad, en la medida en que se la afecte a través de la intromisión de los aparatos estatales, se desdibujan la contabilidad y la evaluación de proyectos, ya que los precios quedan distorsionados y son las únicas señales para asignar los siempre escasos recursos al efecto de satisfacer necesidades según sean las respectivas demandas. El derroche que esto implica consume capital, que a su vez se traduce en menores salarios e ingresos en términos reales.

En este cuadro de situación es de interés tener presente lo estipulado por la Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede, que consignó el 30 de junio de 1977 en su Declaración sobre la promoción humana y la salvación cristiana: “El teólogo no está habilitado para resolver con sus propias luces los debates fundamentales en materia social […] Las teorías sociológicas se reducen de hecho a simples conjeturas y no es raro que contengan elementos ideológicos, explícitos o implícitos, fundados sobre presupuestos filosóficos discutibles o sobre una errónea concepción antropológica. Tal es el caso, por ejemplo, de una notable parte de los análisis inspirados por el marxismo y leninismo […] Si se recurre al análisis de este género, ellos no adquieren suplemento alguno de certeza por el hecho de que una teología los inserte en la trama de sus enunciados”.

Por último, el Papa insistió en las visitas a Chile y Perú en una visión errada del medio ambiente, a juicio de autores como el premio Nobel en Física Ivar Giaever; el cofundador y primer CEO de Weather Channel, John Coleman, y el expresidente de Greenpeace de Canadá Patrick Moore. Otros críticos de este tema sugieren, en otro orden de cosas, que en lugar de apuntar a la corrección de los escándalos de corrupción en el banco del Vaticano habría que liquidarlo por incompatibilidad con las faenas propias de la Iglesia.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.