ATROPELLOS DE UNA CASTA POLÍTICA DE INTOCABLES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En otras ocasiones me he detenido a subrayar lo que a juicio de muchos intelectuales es el uso desaprensivo de la expresión “clase social” puesto deriva de la idea que hay personas de una clase o naturaleza distinta. Esta noción deriva del marxismo en cuyo contexto se sostiene que el burgués y el proletario son de una clase o naturaleza distinta ya que poseen una estructura lógica diferente. En este sentido son consistentes con su premisa, aunque ésta esté errada ya que ningún marxista explicó en que estriba concretamente la diferencia, en que reside el manejo distinto de los silogismos y, por otra parte, que le ocurre al hijo de un proletario y una burguesa o que le sucede específicamente a la estructura lógica del proletario que se gana la lotería y así sucesivamente.

Como también hemos apuntado en su oportunidad, los sicarios nazis luego de galimatías varios en sus absurdas clasificaciones de lo que denominan arios y semitas llegaron a la conclusión que el tema era mental adoptando la concepción marxista al comprobar que solo diferenciaban a las víctimas de los victimarios rapando y tatuando a los primeros pues no había posibilidad alguna de clasificar en base a rasgos físicos.

Como queda dicho, si bien los marxistas son consistentes con sus premisas erradas, los que recurren inocentemente a la expresión “clase social” son del todo incoherentes con sus premisas porque no quieren decir que las personas de distinta clase sean de naturaleza distinta, lo que quieren decir es que obtienen ingresos distintos. En ese caso es mejor decir eso mismo: ingresos medios, ingresos altos e ingresos bajos. Por otro lado, el concluir que los de ingresos altos en general pueden acceder a una educación formal de mejor calidad que los de ingresos bajos es una grosera perogrullada pero en una sociedad abierta en donde la movilidad social es máxima no significa que la gente muta su naturaleza o cambia de clase de persona al elevar o reducir sus ingresos.

Más aún, aludir a la clase baja constituye una torpeza repugnante, referirse a la clase alta es de una frivolidad digna de la mayor tilinguería y hacerlo respecto a la clase media es llamativamente anodino.

Una vez aclarado lo anterior, vamos a lo que Milovan Djilas bautizó como “la nueva clase” en un best-seller que lleva ese título y que se tradujo a once idiomas. Un ex cómplice y partícipe directo del totalitarismo que conoció desde adentro todas las artimañas del poder como fueron los también resonantes casos de Eudocio Ravines y Whittaker Chambers sobre los que he escrito en otras ocasiones. Los tres consideraron en una primera instancia que los desbarranques se debían a malas gestiones del sistema, tardaron en percatarse que el asunto no radica en las personas que administran un sistema autoritario sino en el sistema mismo: en el manejo arbitrario de las vidas ajenas, en el abuso del poder político, en la soberbia de los mandamases, en otros términos, en la falta de libertad y el consiguiente atropello a los derechos de las personas y la aniquilación de las autonomías individuales.

Se trata en este caso efectivamente de una casta por el momento de intocables, una clase que agrupa a personas que apuntan a la extender el poder a todos los vericuetos de lo que hasta el momento era vida privada y a mantener y ampliar los privilegios de ese conglomerado de políticos irresponsables. Es una agrupación de sujetos que tienen como denominador común un deseo irrefrenable de dominación y una marcada inclinación a la acumulación de privilegios y dádivas de procederes turbios. Una clase por cierto aborrecible cuyo eje central apunta al daño sistemático e institucionalizado a seres inocentes. Una mezcla diabólica entre lo estipulado por Orwell y Huxley respectivamente.

La elaboración de Djilas es extrapolable no solo a todos los regímenes dictatoriales sino a estructuras políticas a veces consideradas democráticas pero que en verdad son cleptocracias en las que los sueños de vida, las libertades y las propiedades están en manos de desvaríos monumentales de los gobernantes de turno.

En este contexto la nueva clase paradójicamente se instala argumentando que deben eliminarse las clase mientras filtran el abuso de poder envuelto en un dogmatismo y una intolerancia inaceptables para todo lo que se le opone, lo cual indefectiblemente gangrena al cuerpo social. Esta casta de políticos y funcionarios no son todos los burócratas ni todos los políticos, son los que tienen una sed ilimitada de chupar la sangre del prójimo. Son los arrogantes que consideran que son los iluminados del momento y que deben contar con un cheque en blanco para imponer sus veleidades sobre las vidas y haciendas ajenas. En esta instancia del proceso de evolución cultural hay y ha habido políticos -los menos- que estrictamente limitan sus funciones a la preservación de derechos que son anteriores y superiores a la existencia de todo gobierno.

En cambio, la nueva clase está formada por ideólogos en el sentido más difundido del término, a saber, los que pretenden imponer sistemas cerrados, terminados e inexpugnables, es decir, a contracorriente del espíritu liberal por naturaleza abierto a procesos evolutivos que toman el conocimiento con la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones en el contexto del respeto recíproco a proyectos de vida distintos a los que caprichosamente se esmeran por encajar los megalómanos

Todo comienza con los primeros pasos. En nuestro caso, se trata de avances del aparato estatal en faenas que los principios republicanos no permiten pero que un poco de estatismo posibilita ganar elecciones. La célebre demagogia. En el caso de progreso material hay quienes sienten envidia por los que obtienen ingresos más suculentos que los suyos y pretenden el manotazo. Como no queda bien robar a mano armada, les piden a los gobernantes que hagan la tarea por ellos a través de muy distintos procedimientos fiscales vociferando que la riqueza es el resultado de la suma cero en lugar de atender la realidad en cuanto a que es un proceso dinámico y cambiante en una sociedad abierta según la capacidad de cada cual para atender las necesidades de los demás.

Pero al instalar una venda sobre los ojos para que no pueda espiarse la realidad, se consolidan en el poder los políticos inescrupulosos y quedan atrás los que no se atreven a adoptar medidas groseramente intervencionistas y estatistas. De este modo entonces se convierte el asunto en una carrera por promesas cada cual más “progresista”, este aditamento absurdo que en verdad alude a su antónimo puesto que permite enganchar a los incautos para arrastrarlos con la furia del fanático al retroceso moral y crematístico.

Más abajo veremos algunas sugerencias para revertir esta tendencia que promete acabar con la democracia tal como fue concebida para vivir en libertad en oposición al autoritarismo, pero ahora mencionamos algunas de las recetas iniciales que causan el problema de marras.

Veamos muy telegráficamente siete pilares sobre los que se basa la nueva clase de donde derivan otras medidas autoritarias que en escalada tarde o temprano terminan en una fatídica tendencia a amordazar la prensa independiente y a enclaustrar mentes a través de sistemas educativos vigilados y reglamentados por estructuras políticas a contracorriente de sistemas abiertos en competencia.

En primer lugar, la manía del igualitarismo de resultados que en contraposición a la igualdad ante la ley la pretenden prostituir sustituyendo de contrabando el ante por el mediante la ley y así en mayor o menor medida se aplica la guillotina horizontal que inexorablemente difiere de lo estipulado por la gente con sus compras y abstenciones de comprar en los supermercados y afines. Esta mal asignación de los siempre escasos recursos necesariamente se traduce en derroche, lo cual, a su vez, hace que bajen los salarios e ingresos en términos reales.

En segundo término, la idea desformada del derecho confundiéndola con pseudoderechos. Derecho es la facultad de usar y disponer de lo adquirido legítimamente pero de ningún modo el echar mano por la fuerza al fruto del trabajo ajeno. En un medio oral acaba de declarar un conocido político argentino que “frente a cada necesidad nace un derecho”, en realidad una barrabasada superlativa que pone al descubierto el desconocimiento más palmario no solo del “dar a cada uno lo suyo” según la definición clásica de la Justicia sino que  bajo tierra apunta  a arrancar recursos de los bolsillos de otros recurriendo a la violencia.

Tercero, la nueva clase usa un lenguaje hipócrita al alardear de una defensa de los pobres cuando los expolia a través de medidas antieconómicas, al tiempo que suele acumular riquezas malhabidas y siempre engrosa sus propias filas con privilegios de muy diverso calibre.

Cuarto, se basa como apoyo logístico en legislaciones sindicales que operan con recursos descontados coactivamente de los trabajadores y con representaciones compulsivas.

Quinto, la nueva clase descansa en alianzas con empresarios prebendarios que como un intercambio de favores les entregan mercados cautivos en el contexto de una economía cerrada a la competencia nacional e internacional.

Sexto, estatizan actividades comerciales al efecto de incrementar su poder aunque arrojen déficits crónicos y los servicios disminuyan de calidad a ojos vista.

Y séptimo, recurren a subterfugios monetarios y bancarios alegando un tragicómico fine tuning para que la nueva clase pueda hacerse indebidamente del fruto del trabajo de los gobernados a quienes esquilman sin piedad aparentando luchas contra la inflación.

Si nos damos cuenta de estas exacciones por las que aumenta el gasto público, los impuestos y la deuda estatal, es menester producir cambios para deshacernos de la nueva clase. No tiene sentido limitarse a la queja y pretender cambios aceptando un sistema que incentiva y entroniza la nueva clase.

Antes me he referido a posibles modificaciones al efecto de introducir vallas a la extralimitación del poder, pero es del caso repasarlos brevemente, no necesariamente para que se adopten tal cual sino como una invitación a usar las neuronas para pensar en otros procedimientos que dejen sin efecto los atropellos de la nueva clase o casta consubstanciada con un Leviatán desbocado.

Para estos propósitos antes hemos propuesto meditar acerca de posibles cambios de carácter sustancial en los tres poderes para reafirmar la democracia al estilo de los Giovanni Sartori de nuestra época alejándola de los peligros de los Hugo Chávez de nuestro tiempo.

En esta línea argumental, sugerimos que los integrantes del Poder Legislativo sean ad honorem como algunos de los cargos en las repúblicas de Venecia y Florencia de antaño, dejando de lado legislaciones incompatibles con el Estado de Derecho que abren las puertas a conflictos de intereses inaceptables e incompatibles con el sentido jurídico de la Ley.

Proponemos también aplicar al Ejecutivo la recomendación de Montesquieu que se encuentra “en la índole de la democracia” en el sentido de proceder a elecciones por sorteo al efecto se subrayar lo dicho por Karl Popper en cuanto a la imperiosa necesidad de trabajar en el fortalecimiento de las instituciones y no sobre los hombres para que “el gobierno haga en menor daño posible”, a lo cual puede agregarse la idea del Triunvirato tal como fue argumentado originalmente en la Asamblea Constituyente estadounidense según relata en sus memorias James Madison.

Por último, introducir y generalizar el sistema de arbitrajes privados en el Poder Judicial sin ninguna limitación, incluso sin la necesidad que quienes actúen sean abogados, en el contexto de una carrera judicial rigurosa y estricta bien alejada del positivismo legal que ha hecho estragos al derecho.

La inercia y las telarañas mentales no permiten salir del pantano del statu quo y del espíritu conservador en el peor sentido de la expresión. No puede resolverse un problema insistiendo en adoptar las causas que lo provocan. La nueva clase se está riendo a carcajadas homéricas de todos nosotros. Observan con deleite obsceno los preparativos de los procesos electorales y el acto comicial mismo con las fauces abiertas de par en par para engullirse el próximo botín.

Si las propuestas que recogemos para liberarnos de la nueva clase no satisfacen por algún motivo, piénsese en otras salidas pero no podemos quedar con los brazos cruzados frente a este espectáculo dantesco y al mismo tiempo bochornoso por el que quedan francos los tenebrosos pasillos hacia nuevos socialismos, al tiempo que se derrumba la democracia y el constitucionalismo que desde la Carta Magna de 1215 fueron ideados para limitar el poder y no para introducir una canilla libre de dislates que perjudican a todos pero muy especialmente a los más necesitados.

Se encienden las alarmas cuando representantes de la nueva clase declaran que quieren resolver los problemas de la gente, en lugar de dejarla en paz. Hay que combatir los residuos atávicos de la tribu, de ese modo los intocables de hoy no lo serán en el futuro.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La desigualdad no daña a las sociedades

Por Iván Carrino. Publicado el 2/7/17 en: http://contraeconomia.com/2017/07/01/la-desigualdad-no-dana-a-las-sociedades/?platform=hootsuite

 

Respuesta a Mr. Wilkinson.

Las redes sociales son un mundo realmente fascinante. Lo mismo que antes hacíamos en un grupo pequeño, en familia o solos en el living de nuestra casa, hoy podemos compartirlo con miles. Miramos un programa de TV, comentamos algo en Twitter, y otros pueden sumarse a nuestra idea o bien dar un punto de vista diferente.

A los que vivimos de analizar la coyuntura y las ideas que dan forma a nuestras sociedades, nos sirve tanto para difundir una mirada, como para nutrirnos de otras distintas.

Precisamente eso es lo que me pasó hace unas semanas.

En un lapso de dos o tres días, dos usuarios de la famosa red del pajarito me compartieron el link a una charla TED protagonizada por el “epidemiólogo social” británico Richard Wilinkinson. El intrigante título de la misma era: “Cómo la desigualdad daña a las sociedades”.

En realidad, la presentación de 15 minutos realizada por Wilkinson es un resumen de la obra “The Spirit Level”, que escribió en conjunto con Kate Pickett en el año 2010. Dicho trabajo plantea que la desigualdad de ingresos entre las personas de un país es la responsable por una serie de diferentes “males sociales”.

Los autores miden la desigualdad como la diferencia entre lo que ingresa el 20% más rico y el 20% más pobre de un país. Luego crean un índice de “males sociales” que está compuesto por diversos indicadores, tales como: el nivel de confianza, las enfermedades mentales (incluyendo el alcoholismo y la drogadicción), la mortalidad infantil, la obesidad, el desempeño escolar de los niños, la cantidad de hijos de los adolescentes, la tasa de homicidios y de encarcelamientos y, por último, la movilidad social.

Al cruzar estos datos llegan a una alarmante conclusión: en cada una de estas variables, a los países más desiguales les va peor. Esto sería una muestra indiscutible de que la desigualdad es la responsable y de que es necesario combatirla.

¿Es esto así? Si bien la conclusión y el relevamiento de datos resultan asombrosos, lo cierto es que el argumento padece de una serie de falencias importantes.

A continuación, veremos por qué las conclusiones de Wilkinson son incorrectas.

Falla metodológica

El primer obstáculo insoslayable con el que se cruza el argumento de Wilkinson y Pickett es de índole metodológico. Es que lo que los autores intentan hacer es relacionar dos variables “macroagregadas” como si una determinara a la otra, algo que es incorrecto desde el punto de vista teórico.

En sendos lugares de su charla, Wilikinson sostiene que nos va a mostrar lo que “la desigualdad le hace” a “nuestras sociedades”. ¿Ahora qué es la desigualdad? ¿Cómo es que actúa? ¿Acaso se trata de una persona, con inteligencia y voluntad? No, de ninguna manera.

Decir que la desigualdad “hace” algo es como decir que la patria quiere tal o cual cosa. Sin embargo, eso es incorrecto. La patria, a lo sumo, es una suma de individuos, que a veces pueden ser varios millones, y que en ningún caso deberían tomarse como un todo homogéneo.

Aquí ocurre lo mismo. No podemos aceptar sin más la relación entre dos variables agregadas si no existe un mecanismo que nos explique cómo ellas afectan la conducta particular de los individuos.

Tomando un ejemplo de los propios autores de la obra: ¿cómo es que la desigualdad hace que una persona sea alcohólica? ¿Es que una persona decide tomar en exceso, o cae presa de esta adicción porque su vecino es 3, 4 o 50 veces más rico que él? ¿Cuál es el vínculo necesario entre una cosa y la otra?

La realidad es que no existe tal vínculo, y cualquiera que quiera establecerlo, o está forzando el argumento, o directamente nunca tuvo contacto con una persona alcohólica.

Esta falla metodológica es muy grave y por tanto debería hacernos dudar de la aparente solidez de las conclusiones de Wilkinson.

La movilidad social es clave

Cuando se habla de desigualdad, suele criticarse que “los de arriba” ganan mucho más que “los de abajo”. Sin embargo, este es un análisis estático. Después de todo, los que un día están “abajo”, en otro momento pueden terminar estando “arriba”. Es decir, una vez que consideramos la movilidad social, el fantasma de la desigualdad pierde un poco de sentido.

Si los pobres pueden mañana dejar de serlo, y si producto del crecimiento económico y la mejora de la tecnología, cada vez están mejor: ¿qué problema hay si entre las personas hay más o menos diferencia de ingresos?

Para Wilkinson, sin embargo, el caso es distinto. En uno de los cuadros que muestra en su presentación sostiene que a mayor desigualdad, menor es la movilidad social.

En dicho cuadro, Estados Unidos figura tanto como el extremo de la elevada desigualdad, como el de la baja movilidad social. Así, en el país del norte no solo las diferencias entre ricos y pobres serían las más elevadas, sino que la posibilidad de los pobres de convertirse en ricos serían las más bajas.

Esto choca con otros datos.

De acuerdo con estudios citados por Steven Horwitz, Estados Unidos tiene una elevada movilidad social. Por ejemplo, entre 1975 y 1991, los datos disponibles muestran que el 94,9% de los hogares que se encontraban en el quintil más bajo de ingresos, se movieron hacia arriba en la escalera social, con un 29% yendo a parar al quintil más rico del país.

Años posteriores otros analistas corrigieron estos datos. Si bien no tan asombrosos, entre 1996 y 2005, el 57,6% de los hogares de menores ingresos ascendieron en la escalera, con 9,9% llegando al segundo quintil de ingresos y 5,3% llegando a la cima de la pirámide.

A partir de estos números, suena extraño que se concluya que Estados Unidos tiene la menor movilidad social de todos los países analizados. El tema al menos amerita un poco más de investigación.

La violencia es consecuencia de los igualitaristas

Otra de las cuestiones que argumenta Wilkinson es que la mayor desigualdad se correlaciona con una mayor violencia o inseguridad.

Ahora de nuevo: ¿bajo qué mecanismo? ¿Qué explica que una persona salga de su casa para delinquir?

Una explicación que darían los autores es que a mayor brecha salarial, más frustración personal y más tendencia a hacer cosas ilegales.

Podría ser.

Pero también podría perfectamente encajar otra teoría. Cuanto más se sostiene que la desigualdad es injusta y que los ricos de alguna manera deberían darle a los pobres para reducir la brecha (cosa que Wilkinson hace sin tapujos), más se legitima la idea de que los pobres tienen derecho a asaltar el patrimonio de los ricos.

Una vez que esta idea está legitimada: ¿qué frenos morales tendrán las personas a la hora de convertirse en ladrones,  secuestradores o incluso asesinos?

Wilkinson establece una relación de causalidad desde desigualdad a violencia. Otra distinta es posible: cuanto más se insiste sobre los problemas que genera la desigualdad, menos tapujos a la hora de atacar a “los que más tienen”.

Conclusión

El argumento de Wilkinson puede sonar convincente en una primera lectura. Sin embargo, como hemos visto aquí, sufre de insoslayables problemas metodológicos, presenta datos que merecen mayor debate y, por último, dan por ciertas relaciones de causalidad que podrían ser completamente diferentes.

Los “males sociales” no son producto de la desigualdad, sino de lo que individuos de carne y hueso le hacen a los demás y a ellos mismos. Análisis de este tipo no contribuyen a resolver estos problemas.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Las razones por las que Sarmiento entró en la Historia

Por Alejandro O. Gomez. Publicado el 11/9/2015 en: http://www.infobae.com/2015/09/11/1754417-las-razones-las-que-sarmiento-entro-la-historia

 

Escritor, estadista, político, polemista, viajero, militante… Intelectual y hombre de acción a la vez, así fue el prócer de cuya muerte hoy se cumplen 127 años. Qué destacar de uno de los hombres que pensó y diseñó nuestro país

En la iconografía patria, y especialmente escolar, su imagen está casi excluyentemente identificada con la del maestro y fundador de la instrucción pública argentina. Queda así en un segundo plano otro Sarmiento, tanto o más apasionante que el primero: ese que, percibiendo los desafíos de su tiempo –construir “una Nación en el desierto argentino”, como tituló Tulio Halperín Donghi su ensayo sobre el periodo previo al 80- se puso a pensar pero también a hacer; recorrió el mundo buscando alternativas importables a nuestra realidad, se trenzó en apasionados debates sobre modelos y soluciones y, cuando el destino le dio la oportunidad, aceptó el desafío de intentar llevarlos él mismo a la práctica.

En consecuencia, si bien se lo recuerda como educador, su figura impregnó casi todos los ámbitos de la vida pública argentina en los últimos dos tercios del siglo XIX. Su personalidad inquieta y emprendedora lo llevó a incursionar en múltiples áreas: la diplomacia y el ejército, el ensayo y la divulgación, los viajes y el periodismo, la política; en todas ellas, se volcó de manera apasionada. No era hombre de medias tintas. Decía lo que pensaba y sentía sin la impostura de lo que hoy llamamos corrección política. Es por ello que también se pueden encontrar muchas contradicciones en su extensa obra. Sarmiento vivió tiempos de cambio y asumió los riesgos de las posiciones que tomaba. Fue una persona comprometida con su país, y casi toda su vida la dedicó a contribuir con el progreso de su patria.

En plena época rosista, comenzó a reflexionar sobre las causas del atraso argentino y cuáles serían las soluciones a implementar para convertirnos en un país desarrollado. Fue en su exilio chileno donde desarrolló una intensa actividad como escritor, con el objetivo de ayudar a aquellos políticos e intelectuales que liderarían el país, una vez lograda la Organización Nacional. El desafío era superar la antinomia federales-unitarios y encauzar al país hacia un futuro de progreso y civilización, tema que obsesionaba a Sarmiento desde que comenzó a involucrarse en la vida pública.

Sus trabajos más destacados de ese período son Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga (1845), Viajes por Europa, África y América, 1845-1847 (1849-51),Recuerdos de Provincia (1850) y Argirópolis o la Capital de los Estados Confederados del Río de la Plata (1850). En Facundo, Sarmiento busca develar el “enigma argentino”, explorando las raíces de la dualidad que dio en llamar “civilización y barbarie”. En su análisis la civilización representa el valor a promover. En contraposición, la región pampeana representaba el pasado colonial asociado a una sociedad feudal atrasada. Así las cosas, la civilización sarmientina se traduce en el establecimiento de un orden republicano reflejado en ideas liberales, y en el imperio de la ley y la movilidad social en sentido ascendente. Su propuesta se vio reflejada en el programa de gobierno que Sarmiento sugiere a lo largo del Facundo; el fomento de la inmigración, la libre navegación de los ríos, la nacionalización de las rentas de aduana (que hasta ese momento estaban en manos de Buenos Aires), la libertad de prensa, la educación pública, el gobierno representativo, la religión como agente moralizador, la protección a la seguridad individual y la institucionalización de la propiedad privada.

En Viajes, Sarmiento dejaría de mirar hacia Europa como había hecho en el Facundo para volverse hacia Estados Unidos. En su primera visita al país del Norte, tomó nota del progreso y el potencial de crecimiento que tenía aquel país gracias al impulso del ferrocarril, la educación y el orden institucional. Las semejanzas geográficas que observó con respecto a Argentina, le hicieron pensar que nos podríamos convertir en una nación de granjeros propietarios como lo era la sociedad norteamericana de aquel tiempo. Sarmiento enfatizaba especialmente el valor del trabajo en la agricultura como agente civilizador, en contraposición a la ganadería extensiva que se venía practicando en Argentina desde la época colonial (el mismo enfoque ya había sido explicitado por Manuel Belgrano cuando era secretario del Consulado). En este sentido, el desarrollo de la agricultura quedaba asociado directamente con el sistema republicano ya que, según Sarmiento, la agricultura promueve la cultura del trabajo. Por eso fue un firme impulsor de una “civilización agrícola” basada en el acceso masivo a la propiedad de la tierra, a través del sistema de colonias agrícolas, que tendría su apogeo entre 1870 y 1890. Este sistema debía ser complementado con el desarrollo del ferrocarril, los barcos a vapor, el telégrafo y el correo, que servirían para potenciar la comercialización y bajar los costos del transporte.

Pero sin lugar a dudas, su principal interés residía en el establecimiento de un sistema de educación pública y de calidad para todos los habitantes. Este era el mejor medio para alcanzar el progreso a largo plazo. De acuerdo a su visión, el desarrollo económico no bastaba para que el país se convirtiera en una república de ciudadanos civilizados. Por eso, en su proyecto de Nación, la educación era un pilar fundamental. Esto también lo había visto de primera mano en Estados Unidos cuando fue embajador argentino durante un par de años en la presidencia de Bartolomé Mitre. Allí mantuvo un fluido contacto con un destacado educador de Boston, Horace Mann y su esposa Mary. De hecho, con el paso del tiempo esa área de Massachusetts se convirtió en una de las regiones con mayor coeficiente intelectual por metro cuadrado.

Sarmiento dejó huella de su paso por allí y del impacto de su obra posterior, puesto que, cerca del English Garden, en la Commonwealth Avenue de esa ciudad de la Costa Este norteamericana, está emplazada una estatua de unos tres metros de altura que recuerda la figura del sanjuanino.

Monumento a Domingo Faustino Sarmiento emplazado en la Commonwealth Avenue de Boston, Estados Unidos

En su proyecto educativo, la instrucción no sólo debía ser cívica sino también práctica, ya que su idea era promover el surgimiento de ciudadanos y trabajadores. Sarmiento consideraba que la educación serviría para desarrollar en los jóvenes hábitos de orden y disciplina. A su vez, consideraba que la educación cumpliría un rol armonizador en las diferentes regiones de un país que había estado fragmentado desde la época de la independencia.

Como se dijo más arriba, sus ideas no quedaron en el papel. A diferencia de otros intelectuales cuyo aporte se limita a lo teórico, Sarmiento era un hombre de acción, y desde cada uno de los puestos que ocupó impulsó muchos de sus proyectos. Solo en los seis años de su mandato presidencial, de 1868 a 1874, se crearon 800 escuelas, que pasaron de recibir 30.000 alumnos a tener casi 100.000. La ley de Educación 1420, que establecería finalmente la Educación pública, obligatoria, gratuita y laica en el país –votada en 1884, bajo la presidencia de Julio A. Roca- tuvo en Sarmiento a su ideólogo e impulsor.

Además, durante su gestión, Sarmiento también propició la fundación de Escuelas Normales formadoras de docentes –para lo cual se empeñó y logró importar cierta cantidad de maestras de los Estados Unidos-, complementadas con la creación de observatorios, bibliotecas e institutos educativos. También durante su mandato se realizó el primer censo nacional en 1869 y se impulsó la llegada de 280.000 inmigrantes, en un país que en ese momento apenas superaba el millón y medio de habitantes.

Bajo su presidencia, se completó la redacción del Código Civil; obra de Dalmacio Vélez Sarsfield –para la anécdota, el padre de quien fue el gran amor de Sarmiento, su amante, Aurelia Vélez-.

Fue también la época del crecimiento exponencial del telégrafo, del ferrocarril y de los servicios postales; en síntesis, empezaba la modernización del país.

En su vida también hubo pérdidas –un hijo muerto en batalla-, momentos geopolíticos extremadamente graves –Guerra del Paraguay-, decepciones y fracasos –su gestión en la gobernación de San Juan-, pero nunca depuso sus armas favoritas que eran la pluma y la palabra.

El futuro lo construimos nosotros, y por más que las cosas no parezcan muy prometedoras, siempre hay una luz para mirar el futuro con optimismo: esa es tal vez la enseñanza que deja su trayectoria, en momentos en que los argentinos nuevamente debemos reflexionar sobre las opciones que tenemos por delante.

Qué hubiera sido de la Argentina si los sarmientos de mediados del siglo XIX se hubieran dejado abrumar por el atraso en el que se encontraba el país… Seguramente aquella época parecía mucho más complicada que la actual, sin Constitución, con un gobierno que ejercía la suma del poder público desde Buenos Aires e ignorando la voluntad del resto de las provincias, sin inversiones, sin ferrocarriles, y con una población todavía escuálida para el inmenso territorio del país. Sin embargo, los hombres públicos de aquellas generaciones desarrollaron un proyecto de país y lo pusieron en marcha. Miraron a las naciones más desarrolladas y trataron de adaptar sus instituciones a nuestra idiosincrasia, llevando al país a ser una de las naciones que más progresaron en la segunda mitad del siglo XIX.

Después de haber sido Presidente, Sarmiento aceptó ejercer la posición de Superintendente de Escuelas durante los primeros años de la presidencia de Julio A. Roca (1880-1886). Además de ser un signo de humildad y vocación de servir, quizás este ejemplo, que vale más que mil palabras, es uno de los mensajes más fuertes que nos legó sobre la importancia que le atribuía a la educación.

 

 

Alejandro O. Gomez se graduó de Profesor de Historia en la Universidad de Belgrano, en el Programa de Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Master of Arts in Latin American Studies por la University of Chicago y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella. Es profesor de Historia Económica en la Universidad del CEMA.

Un mundo de “iguales oportunidades”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 9/6/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/06/un-mundo-de-iguales-oportunidades.html

 

La aspiración, no sólo de muchos economistas sino, podemos decir a ciencia cierta, de la mayoría de las personas que conocemos, es la de arribar a una mayor “igualdad social”. En particular, se hace hincapié en la denominada “igualdad de oportunidades”. Y se apela de continuo al estado-nación como responsable de obtener dicha meta. Desde diversos ángulos, sin embargo, importantes economistas han puesto de relieve que las economías intervenidas, o con fuerte grado de intromisión estatal, logran el objetivo opuesto por diversos motivos. Uno de ellos son los deficientes marcos institucionales en los que se mueven:

“Esos son los que llamamos “marcos institucionales” y diremos que uno es mejor que otro cuando permite una mayor coordinación de las acciones de los individuos y esto les permite acceder a mayor número de oportunidades. Es lo que intentamos evaluar en este “Índice de Calidad Institucional”[1]

Por supuesto, la elección entre un mundo de mayores oportunidades y otro de iguales oportunidades es una elección entre blanco y negro. Es decir, no se puede optar por ambos fines simultáneamente. O apuntamos a una sociedad de mayores oportunidades (la llamada sociedad liberal, o -como la denominan también otros autores- la sociedad abierta, o de libre mercado, o -simplemente- el liberalismo) o su contrapartida: la sociedad igualitaria o de igualdad de oportunidades, en la cual por definición (y por teoría y su praxis histórica y actual) las oportunidades jamás serán mayores para absolutamente nadie, ya que en ella todos serán igualmente pobres.

Resulta importante también poner de relieve en este tema el papel del consumidor:

“Suele criticarse el que en la competencia cataláctica no sean iguales las oportunidades de todos los que en la misma inter­vienen. Los comienzos, posiblemente, sean más difíciles para el muchacho pobre que para el hijo del rico. Lo que pasa es que a los consumidores no les importa un bledo las respectivas bases de partidas de sus suministradores. Preocúpales tan sólo el conseguir la más perfecta posible satisfacción de las propias necesidades. Si la transmisión hereditaria funciona eficazmente, la prefieren a otros sistemas menos eficientes. Contémplanlo todo desde el punto de vista de la utilidad y el bienestar social; desentendiéndose de unos supuestos, imaginarios e impracticables derechos «naturales” que facultarían a los hombres para competir entre sí con las mismas oportunidades respectivas. La plasmación práctica de tales ideas implicaría, precisamente, dificultar la actuación de quienes nacieron dotados de superior inteligencia y voluntad, lo cual sería a todas luces absurdo.”[2]

Por supuesto, esto no implica que la inteligencia y voluntad, no puedan desarrollarse, e incluso reducirse en quienes “nacieron dotados” por ellas, y hasta hemos visto casos en que pueden desaparecer por completo. Y todo esto, por la propia dinámica humana, y por el indeterminismo en el que creemos firmemente. Cualidades supuestamente “heredadas” pueden aumentar, mantenerse estáticas, disminuir o esfumarse, dependiendo de lo que cada uno de nosotros quiera y se proponga hacer en la vida. Pero para ello, también es imprescindible que gocemos de la más amplia y plena libertad de acción, de movimientos y de propósitos. Marcas comerciales de familias otrora exitosas en el mercado han desaparecido, y a veces casi por completo tras unas pocas generaciones, y otras nuevas han surgido. La diferencia radica en cuanto a si estos movimientos, ascendentes y descendentes, han sido consecuencia de acciones dirigidas por otros desde posiciones de poder (es decir, desde el estado-nación) o han sido fruto de actuaciones originadas en los propios implicados en tales éxitos y fracasos.

Lo determinante -nos parece- es que tengamos en claro la existencia de diversidades naturales entre las personas, y que estas disimilitudes no quedan estáticas, firmes ni petrificadas en el tiempo, ni entre las personas que componen el grupo social, ni en aquellos individuos (considerados en sí mismos) que gozan en determinado momento de especificas cualidades y defectos. La regla natural es la variedad, y es a partir del hecho biológico de dicha multiplicidad (que, recordemos, no implica fatalismo ni determinación irreversible) que el progreso social conjunto es posible, lo que necesariamente desembocará en mayores y mejores (no iguales) oportunidades para todos, incluyendo a los -en primera instancia- más desfavorecidos.

Para lograr todo esto, es imprescindible adoptar el principio de igualdad ante la ley, el que consideramos que está implícito o subsumido en el sistema que mejor lo logra: el capitalismo:

“Capitalismo” es un término peyorativo o despectivo. Los socialistas lo acuñaron para el sistema de Gobierno limitado (“gendarme nocturno”), que en el pasado hizo ricos a países muy pobres hace 300 o 200 años: Suiza, Holanda, Escocia, Inglaterra y EEUU.

Gobiernos limitados, en fines y funciones, en poderes y derechos, y en gastos y recursos; mercados abiertos y libres; propiedad privada.

Es el sistema de los “milagros” económicos de posguerra en Europa y Japón, y luego en los “tigres” de Asia: Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur. E igual hoy en las regiones autónomas (capitalistas) de China. Su virtud: permite crear riqueza para todos. Se basa en la libre y abierta competencia, con igualdad de oportunidades jurídicas, aunque no de hecho, cosa imposible.”[3]

En un mundo “igualitario en oportunidades”, estaría legalmente prohibido que la gente progrese, sin importar para nada cual sea la condición económica de la persona de que se trate. Porque nadie podría aspirar a oportunidades mayores que para los demás. En ese mundo, una autoridad suprema debería decidir -por sí, y a la vez por todos- dónde se debería fijar el límite del progreso. Y con el tiempo, dicho límite siempre quedaría definido en el punto más bajo posible, porque las oportunidades no son transferibles de una persona a la otra, ni son las mismas inclusive para las mismas personas, consideradas ya sea en forma individual o colectiva.

[1] Martín Krause. Índice de Calidad Institucional 2012, pág. 6 y 7

[2] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. Pág. 424-425

[3] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009, pág. 66-67

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

El tema impositivo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 20/9/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7497

Hoy en día se han violado normas elementales y el monopolio de la violencia que denominamos gobierno se ha vuelto en general tan adiposo que atropella a quienes teóricamente lo contrataron para su protección y, en lugar de ello, el mandatario ha mutado en mandante.

Lo primero para entender el significado de los impuestos es comprender que el aparato estatal está al servicio de la gente y que, por ende, los burócratas son meros empleados de los habitantes del país de que se trate. Esta subordinación de los agentes estatales a quienes residen en una nación se concreta en la obligación de los primeros a proteger y garantizar los derechos de los segundos, derechos que son anteriores y superiores a la misma existencia de los gobiernos.
 
Mientras progresa el debate sobre externalidades, bienes públicos y el dilema del prisionero, aparece necesario el impuesto que como su nombre lo indica es consecuencia del uso de la fuerza al efecto de cumplir con la misión específica anteriormente señalada. Subrayamos esto último, no se trata de que el Leviatán se arrogue facultades y avance sobre las libertades individuales. Este es el mayor de los peligros, por ello en la larga tradición constitucional se han puesto vallas y límites diversos al poder.
 
Hoy en día se han violado normas elementales y el monopolio de la violencia que denominamos gobierno se ha vuelto en general tan adiposo que atropella a quienes teóricamente lo contrataron para su protección y, en lugar de ello, el mandatario ha mutado en mandante. Como se ha dicho en el contexto de la tradición estadounidense, tal vez haya sido un error denominar “gobierno” a la entidad encargada de velar por el derecho del mismo modo que al guardián de la propiedad de una empresa no se lo denomina “gerente general”. Cada uno debe gobernarse -es decir, mandarse a si mismo- y, en esta etapa del proceso de evolución cultural (nunca se llega a una instancia final), las personas delegan esa protección en el agente fiscal.
 
De todos modos, es de especial interés destacar que cuando los aparatos estatales se arrogan facultades y atribuciones impropias para estrangular libertades (incluso con el apoyo de mayorías circunstanciales), forma parte de la mejor tradición liberal ejercer el derecho a la resistencia, en este caso, recurrir a la rebelión fiscal, cuyo origen se remonta a la independencia norteamericana que dio pie al experimento más extraordinario en lo que va de la historia de la humanidad. Más aun, se justifica dicha rebelión fiscal cuando no solo los gobiernos invaden áreas que no les corresponde sino cuando no prestan los mínimos servicios para los que fueron contratados, léase una pésima atención a la seguridad y la justicia, campos que habitualmente incumplen los políticos en funciones. En esta línea argumental, en todos lados se observan campañas electorales en las que nuevos candidatos prometen cambios en cuanto a la eliminación de la recurrente corrupción y poner manos a la obra respecto a la prestación de los servicios de seguridad y justicia siempre deteriorados en mayor o menor grado.
 
No solo hay dobles y triples imposiciones, sino que nadie entiende cuanto debe pagar debido a que las legislaciones tributarias son incomprensibles y fabricadas para que surja esa curiosa especialización de los “expertos fiscales”. Si los impuestos resultaran claros y fueran pocos, aquellos especialistas podrían liberarse para dedicarse a actividades útiles.
 
Hemos sugerido antes sustituir todos los impuestos por dos tributos: uno del valor agregado que no solo cubre la base más amplia posible sino que el sistema implícito de impuestos a cargo e impuestos a favor reduce la necesidad de controles. Por otra parte, es conveniente complementar el anterior con un gravamen territorial al efecto de que paguen quienes no viven en el país en el que tienen propiedades, las que también requieren la debida protección. Hoy en día, en lugar de aplicar el principio de territorialidad, es decir, cobrar impuestos a quienes requieren los servicios de protección en la jurisdicción del gobierno en cuestión, se aplica el principio de nacionalidad al efecto de perseguir al contribuyente donde quiera se encuentre aunque el perseguidor no le proporcione servicio alguno en el exterior. En verdad, este último principio es el de voracidad fiscal.
 
Ambos impuestos, el del valor agregado y el territorial no deben ser progresivos. Como es sabido, la progresividad significa que la alícuota progresa a media que progresa el objeto imponible. A diferencia de los gravámenes proporcionales, el progresivo obstruye la necesaria movilidad social, altera las posiciones patrimoniales relativas ya que contraría las indicaciones del consumidor en el mercado con sus compras y abstenciones de hacerlo y se traduce en manifiesta regresividad puesto que los contribuyentes de jure al disminuir sus inversiones reducen salarios e ingresos en términos reales de los más necesitados.
 
Es en verdad llamativo que muchos de los gobiernos que asumen, en el mejor de los casos centran su atención en la caja para lo que suelen incrementar más aun los impuestos, al tiempo que continúan comprometiendo patrimonios de futuras generaciones a través de la deuda pública, sea interna o externa y mantienen o aumentan el deterioro del signo monetario vía procesos inflacionarios que es otra forma de tributación. Y todo ello para financiar un gasto siempre creciente.
 
Antes de la Primera Guerra Mundial el gasto estatal sobre el producto oscilaba entre el dos y el ocho por ciento. En la actualidad el Leviatán consume desde el cuarenta hasta el setenta por ciento de la renta disponible. En cuanto a la presión tributaria, Agustín Monteverde ha producido un notable trabajo referido al caso argentino que resulta muy ilustrativo respecto a lo que venimos comentando. A continuación lo que transcribo proviene de ideas y procedimientos consignados en el mencionado ensayo.
 
Entre otras muchas cosas, dice Monteverde que para calcular el peso de los impuestos naturalmente deben incluirse todos, sean nacionales, provinciales y municipales y también los que llevan otros nombres como “tasas”, “contribuciones”, “retenciones”, “aportes previsionales”, “seguridad social”, “obras sociales” y demás subterfugios que suelen enmascarar tributos. También subraya el autor que, a estos efectos, no debe inflarse el producto agregando cálculos de lo que se produce en el mercado informal o “en negro” ajeno a buena parte de los barquinazos del “blanco” y, en este contexto, tampoco debe incluirse en el producto bruto interno los impuestos (como cálculo de los “servicios” prestados) ya que no tiene sentido relacionar impuestos con los mismos impuestos en el numerador y en el denominador de la ratio correspondiente.
 
Monteverde concluye que, en el momento de su estudio, la presión fiscal argentina era nada menos que el 58, 9 %, pero de viva voz manifestó que estaba actualizando el trabajo y que el nuevo resultado arrojaba el escalofriante guarismo de 63 % sin incluir el impuesto inflacionario, todo en el marco de los degradados “servicios” que son del dominio público que constituyen una afrenta al sentido común y un despiadado ataque al fruto del trabajo ajeno.
 
Aunque no lo tengo a mano, recuerdo un sesudo y muy bien documentado artículo de hace tiempo de Roberto Cachanosky en el que llegaba a la conclusión que la presión impositiva argentina era del 60%, y ahora Agustín Etchebarne, centrando su atención en un trabajador que en suelo argentino percibe 5.000 pesos mensuales, resulta que el gobierno le arranca el 53% de su propiedad. En todo caso, cualquiera de los ensayos serios en la materia revelan un abuso superlativo al contribuyente que muy lejos de servirlo lo exprime cual limonero y no se extermina el árbol solo porque el fisco se queda sin renta…¡vaya consideración a quienes teóricamente contratan empleados para que los protejan en sus derechos!

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.