Chile: la desigualdad no es excusa para la violencia

Por Iván Carrino. Publicado el 8/12/19 en: https://www.ivancarrino.com/chie-inequality-is-no-excuse-for-violence/

 

Un automóvil detiene su marcha frente a la luz roja. Al volante, una abogada de 40 años mira su teléfono celular para ver la hora. Ella espera llegar a casa y ver a sus hijos.

De repente, se escucha un retumbar.

En cuestión de segundos, el ladrón entra al vehículo por la ventana y agarra su bolso, que yacía en el piso del asiento del pasajero.

Aterrorizada, mira el daño a su auto. La ventana está rota y la billetera se ha ido. También se han ido su dinero, la tarjeta de crédito y algunas fotos de su familia.

Sin embargo, ella está feliz de estar viva y ilesa.

Los observadores parecen estupefactos, con miedo … indignados. En cualquier país normal, si el ladrón es arrestado, irá a la corte. En ese caso, podría intentar justificarse diciendo que robó porque “no tenía nada”, mientras que ella “tenía mucho”.

Una vez más, en un país donde las instituciones funcionan correctamente, el ladrón cumpliría una condena. Entonces, independientemente de su motivo, el hombre será sancionado.

Finalmente, esto parecería estar bien para todos. En el nivel “micro”, el robo es un delito, y más allá de las justificaciones, la violencia debe ser castigada. Este es un pilar básico de cualquier sociedad civilizada.

Curiosamente, cuando ocurren situaciones similares en el nivel “macro”, las reacciones no son las mismas. Por qué decimos esto? Porque lo que está sucediendo en Chile ahora a menudo se explica usando el mantra de “desigualdad”.

Chile y la desigualdad

En el país sudamericano al lado de Argentina, una protesta que comenzó como un rechazo al aumento en el boleto del Metro de Santiago, se convirtió en los últimos días en un caos urbano, con manifestaciones masivas, vandalismo, detenidos e incluso muertes.

Ante claros casos de crímenes y saqueos (que incluyeron la quema de varios trenes e incluso la construcción de un periódico), el gobierno de Sebastián Piñera decretó un “estado de emergencia”.

Obviamente, el problema no es solo el boleto del metro, ya que hay varios grupos de manifestantes que ubican el origen de la violencia en la desigualdad económica. De hecho, a menudo se dice que Chile es un país que “crece mucho económicamente”, pero que no es suficiente crecer “si el crecimiento está distribuido de manera desigual”. Este argumento merece ser analizado en profundidad.

En primer lugar, hay que decir que Chile no es un “paraíso de igualdad social”, pero tampoco es un infierno.

Según datos del Banco Mundial, Chile es el octavo país de América en términos de igualdad. Se ubica debajo de Canadá, Argentina, Uruguay y Estados Unidos.

Sin embargo, también se clasifica mejor que México, Paraguay, Colombia o Brasil. Entonces, ¿por qué la desigualdad solo quema periódicos y estaciones de metro en Chile, pero no en Paraguay o Colombia?

País

Desigualdad medida por Índice Gini

(Año 2017, salvo indicación contraria)

Canadá

34,0

Uruguay

39,5

Argentina

41,2

Estados Unidos

41,5

Perú

43,3

Bolivia

44,0

Ecuador

44,7

Chile

46,6

Guatemala*

48,3

México *

48,3

Paraguay

48,8

Colombia

49,7

Panamá

49,9

Honduras

50,5

Brasil

53,3

Venezuela, RB DAKOTA DEL NORTE
* 2016, Fuente: Banco Mundial

 

Otro tema relevante no es solo que la desigualdad ha disminuido en las últimas décadas (especialmente desde fines de la década de 1990), sino que Chile tiene la mayor movilidad social de toda la OCDE.

Es decir, en Chile es mucho más fácil dejar atrás la pobreza que en, por ejemplo, México o incluso Alemania. Esto puede tener que ver con el gran historial de crecimiento económico con baja inflación y bajo desempleo en los últimos 30 años.

Violencia ilegítima

El punto más fundamental, sin embargo, es diferente. Porque incluso si Chile fuera el país más desigual de América, eso no debería justificar la violencia. Hacerlo, de hecho, significaría rendirse al chantaje.

Desafortunadamente, aquellos que piden más igualdad en el mundo hacen exactamente eso. Nos dicen que el estado debe luchar contra la desigualdad (cobrar a los ricos más impuestos y dar a los pobres más beneficios), para mantener ciertos niveles de “paz social”. Luego toman el caso de Chile, o cualquier otro que sirva a sus propósitos, para justificar sus propuestas

¿No es esto lo mismo que decir que el estado debe tomar parte de la billetera del abogado y dársela al ladrón de nuestro caso inicial para que no rompa la ventana del automóvil? ¿No estaría el gobierno, en este caso, haciendo el “trabajo sucio” del ladrón?

Por otro lado, una vez que el estado redistributivo profundice efectivamente su redistribución forzada, ¿cuándo será suficiente? ¿Cuántos impuestos más debes recaudar? ¿Cuánto más dinero deberías gastar?

¿Cuánto más se tendrá que tomar de los ciudadanos más productivos de la sociedad para dar a los menos productivos y evitar que terminen con la “paz social”?

¿Y si los que afirman nunca están satisfechos?

La desigualdad no es excusa para la violencia. Tampoco debería ser la excusa para que los estados redistribuyan  aún más  ingresos. (Digo “aún más”, por supuesto, porque todos estos países que enfrentan protestas ya tienen amplios programas sociales). De hecho, profundizar el camino hacia ese esquema no solo conduciría a una situación injusta, sino a un empobrecimiento económico.

Chile, con un estado pequeño y solo un papel subsidiario, fue capaz de generar una macroeconomía estable que le permitió triplicar el PIB per cápita desde 1980 y reducir la pobreza del 53% en 1987 al 6.4% en 2017.

Pero tenga cuidado: ceder al chantaje puede comprar algo de “paz social” a corto plazo, pero a largo plazo socavará los cimientos de la prosperidad chilena, como ya lo hizo en Venezuela, Argentina y también Ecuador.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

La guerra comercial desaceleró el crecimiento del mundo

Por Emilio Cárdenas. Publicado el /10/19 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/la-guerra-comercial-desacelero-crecimiento-del-mundo-nid2300068

 

El Fondo Monetario Internacional acaba de advertir a sus Estados Miembros que el crecimiento económico del mundo será este año el menor desde la crisis financiera del 2008/9. Al hacerlo, calificó a la situación económica del mundo de “precaria”, lo que atribuyó sustancialmente a que la “guerra comercial” entre los EE.UU. y China ha afectado la confianza de los inversores en todo el mundo, destacando que los flujos comerciales internacionales están hoy estancados y que los bancos centrales hacen esfuerzos para estimular el crecimiento en sus respectivas economías.

Al formular ese pronóstico, bastante negativo, solicitó a las dos naciones que están enfrentadas en la mencionada “guerra comercial” que cesen sus hostilidades, de modo de restablecer la confianza en sus actores económicos.

Para el FMI la economía del mundo crecerá tan sólo el 3% este año. Esto es un 0,3% menos que lo que se preveía hace tan sólo seis meses.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Fue profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y fue Vice Presidente de ESEADE.

La gran contradicción argentina

Por Iván Carrino. Publicado el 25/9/19 en: https://www.ambito.com/la-gran-contradiccion-argentina-n5056395

 

Amamos a papá Estado, pero no estamos dispuestos a pagar sus onerosos gastos.

AFIP.

La gran contradicción de los argentinos es que, en promedio, adoramos al Estado pero, al mismo tiempo, no estamos dispuestos a financiarlo.

¿Cuál es la prueba de esto?

La primera es que por los últimos 59 años de historia, 54 hemos vivido con déficit fiscal. Es decir, el gobierno, que tanto nos gusta que gaste, no tiene los ingresos suficientes para encarar ese gasto. O sea que los argentinos no pagamos los impuestos suficientes que requiere el estado omnipresente que nos gusta.

Obviamente, Argentina nunca tuvo un gasto tan alto en términos de su producción como en diciembre de 2015. Y, de hecho, el aumento que se dio entre 2003 y 2015 fue sideral.

Para darse una idea, Holanda llevó su gasto público del 20% del PBI al 40% en un período de aproximadamente 80 años. A nosotros hacer lo mismo nos tomó solo tres gobiernos kirchneristas. 12 años. Record Guinness.

Mentalidad anticapitalista

La segunda prueba es que según el estudio del profesor Carlos Newland, de ESEADE, Argentina es el país con mentalidad más anticapitalista de la región.

Consultados sobre 3 cuestiones básicas que definen las preferencias de los encuestados sobre la economía libre contra la regulada (“la riqueza genera crecimiento para todos”, “la competencia empresarial es buena”, “debe incrementarse el rol del sector privado a costa del público”) los argentinos son los que más en contra están de la actividad del mercado libre.

Es decir, somos más pro-estado que Chile, Uruguay, Colombia, Brasil, etc.

Así que si los gobiernos son una representación de al menos una buena mayoría de la sociedad, es normal que se la pasen gastando todo lo posible y creen “derechos” donde quiera que haya una necesidad. El problema es que esos derechos después hay que pagarlos.

Y como los argentinos no los queremos pagar, hemos pasado las últimas 8 décadas con crisis de deuda o crisis de inflación.

6 mil billones por ciento

Hace unos años, el profesor de la Universidad de Denver, Nicolás Cachanosky, tomó los datos recopilados por Reinhart y Rogoff y concluyó que “desde la independencia en 1816, Argentina ha estado bajo reestructuración de deuda unos 71 años. Esto equivale al 36% de su historia.”.

La situación es más grave si se cuenta el tiempo desde la Segunda Guerra Mundial: “Si contamos desde la Segunda Guerra Mundial, entonces Argentina ha estado en default reestructurando su deuda unos 36 años, lo que equivale al 52% desde 1945 a la fecha”.

El proyecto enviado al congreso para “reperfilar deuda” le agregará unos años a este triste registro nacional y popular.

En materia de inflación, otro trabajo de Cachanosky, esta vez en conjunto con Ravier, muestra que desde la creación del Banco Central en 1935 la inflación anual equivalente fue de 55% por año.

Para curiosos, la cifra de inflación acumulada desde que hay estadísticas oficiales en Argentina es de: 6.138.061.225.630.469%

Creo que se dice seis-mil-billones por ciento. Pero seguro alguno podrá ayudar a pronunciar.

Como cualquiera podrá intuir, semejantes niveles de inflación son nefastos para el crecimiento económico. Y el mismo efecto genera la incertidumbre ligada a la deuda pública. En este sentido, no extraña que seamos el país que, junto con nada menos que El Congo, es es el que más recesiones tuvo desde 1960.

Para cortar con semejante decadencia llegó Macri, que dijo que todo se iba a ordenar porque la economía iba a crecer. Obviamente, lo mismo dicen todos los políticos, desde Lavagna hasta los Fernández.

¿Ahora me explican cómo vamos a crecer si ninguno quiere bajar la inflación en serio y ninguno quiere ajustar las cuentas públicas en serio?

Lecciones a aprender

El agujero fiscal es la espada de Damocles que hunde a la Argentina. El agujero fiscal explica también el desequilibrio externo que gustan de remarcar los economistas heterodoxos.

La explicación es sencilla: cuando no hay ahorro interno, y el gobierno gasta como si no hubiera mañana, la única manera de hacerlo (al menos por un tiempo) es usando financiamiento exterior. La contracara de eso es el déficit de cuenta corriente.

Pero el origen del tema es nuevamente fiscal. Y el problema fiscal es hijo de nuestra gran contradicción.

¿Cómo se resuelve? Solo dos formas posibles: o se baja el gasto público, o se aumentan los impuestos.

Ahora en un país que ya no da más de carga impositiva, que le cobra impuestos récord mundial a las empresas y a los pobres tasas europeas de IVA, solo queda un camino: hay que achicar el gasto público.

Si no nos ponemos de acuerdo en esto, después no nos quejemos de los malos resultados obtenidos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

¿Quiénes fueron los Chicago Boys?

Por Iván Carrino. Publicado el 10/1/18 en: https://www.ivancarrino.com/quienes-fueron-los-chicago-boys/

 

El grupo que sacó a Chile de la decadencia económica y busca reproducir la experiencia en Brasil.

Brasil está cambiando.

Tras escándalos de corrupción, dos años de recesión económica y un descreimiento generalizado sobre la clase política, Jair Bolsonaro fue elegido presidente.

Uno podría criticar y diferenciarse en muchas cuestiones con las expresiones de este particular personaje de la política brasileña. Sin embargo, en lo que tiene que ver con la política económica, parecería que Bolsonaro está corriéndose del medio y dejando actuar a “los que saben”.

¿Y quiénes son los que saben? Para empezar, su Ministro de Economía, Paulo Guedes.

Hace pocos días, la agencia Reuters sostenía:

“El nuevo ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, trabajó en Chile hace 40 años tras obtener su doctorado en la Universidad de Chicago, lo que le procuró un asiento en primera fila en el tratamiento de choque económico que aplicó el dictador Augusto Pinochet.”

El economista Roberto Cachanosky también se refirió recientemente a los cambios en Brasil:

“La reducción del gasto público, la simplificación tributaria, la reforma previsional, la reforma laboral, un amplio plan de privatizaciones, etc. van a ser claves para darle competitividad a la economía brasileña. Pero una de las claves del plan económico que intenta implementar Bolsonaro es mucho más desafiante que los anteriores ya que busca imitar el modelo chileno y abrir la economía para incorporarse al mundo.”

¿De dónde vienen estas ideas? ¿Qué efectos podrían tener?

La revolución capitalista chilena

Por su pasado en la Universidad de Chicago, al nuevo mandamás de la política económica brasileña se lo asocia con el grupo de académicos chilenos que, en tiempos de Pinochet, asesoraron al gobierno sobre cómo conducir la política económica.

Pero la historia de los “Chicago Boys”, como se conoció a este nutrido grupo de economistas, se remonta, en realidad, a mucho antes del Golpe de Estado de Pinochet en 1973.

Es que durante el año 1956 se labró un acuerdo de cooperación entre la Universidad de Chicago, uno de los más prestigiosos centros de estudios de economía del mundo, y la Universidad Católica de Chile.

Dicho acuerdo implicaba que los egresados de “La Católica” podían ir becados a Chicago a obtener sus doctorados en economía.

El convenio fue aprovechado por una veintena de profesionales, entre quienes estaban Sergio de Castro, Rolf Lüders (ambos Ministros de Economía durante el gobierno de facto de Pinochet) o Ernesto Fontaine, todos los cuales volvieron a la Universidad Católica a dictar clases tras obtener sus PhD.

El golpe de estado de 1973 se dio en medio de una verdadera debacle económica,  con la economía en recesión y una inflación que promedió el 600%. En dicho contexto, y con elevada escasez producto de los controles de precios, el salario real descendió un 38%.

Cuadro 1. Principales variables económicas de Chile (1970-73)

1970 1971 1972 1973
Crecimiento del PBI 3,6% 8,0% -0,1% -4,3%
Inflación Anual 36,1% 22,1% 260,5% 605,1%
Tasa de Desempleo 5,7% 3,8% 3,1% 4,8%
Crecimiento anual del salario real 8,5% 22,8% -11,3% -38,6%

Fuente: Soto, Ángel – The Founding Fathers of Chile’s Capitalist Revolution.

Cuando los militares llegaron al poder se preguntaron qué iban a hacer con la economía.

De acuerdo con Ángel Soto, historiador chileno, “Pinochet optó por un modelo de desarrollo liberal defendido por un grupo de jóvenes economistas graduados de prominentes universidades de los Estados Unidos”.

Para Soto, no solo los graduados de Chicago, sino también José Piñera (Ministro de Trabajo) y Hernán Büchi (Ministro de Economía 1985-1989), egresados de Harvard y la Universidad de Columbia, fueron los “padres fundadores de la Revolución Capitalista” de Chile.

Reformas

Ahora bien, ¿en qué consistió dicha revolución?

Principalmente, en un conjunto de reformas económicas que podrían agruparse en cinco grandes áreas.

—> Para generar crecimiento económico: se redujo drásticamente el rol del estado en la economía, se eliminaron controles de precios, se redujeron el gasto fiscal y los impuestos, se liberaron mercados y se privatizaron muchas empresas estatales.

—> Para incrementar el comercio internacional: se eliminaron las barreras no arancelarias para las importaciones y los aranceles fueron reduciéndose unilateral y gradualmente desde 1975 en adelante.

—> Los mercados de capitales se liberaron y se dotó de independencia al Banco Central para reducir la inflación. La reducción de la inflación no fue inmediata. Solo después de 1990 se consiguió una inflación baja y estable.

—> Los mercados laborales también se liberaron, eliminando barreras a la entrada en la mayoría de los empleos, restricciones al despido y restringiendo la intervención del gobierno en las negociaciones entre patrones y empleados.

—> El sistema jubilatorio, previamente de reparto, se privatizó por completo en 1981, migrando hacia un esquema de capitalización individual que incrementó significativamente el ahorro del país.

Los resultados de estas reformas económicas, que se mantuvieron casi sin modificaciones durante el período democrático que inició en el año 1990, fueron impresionantes.

A partir del año 1984, Chile comenzó un período  de crecimiento casi ininterrumpido. De los últimos 34 años, solo en dos el PBI tuvo variaciones negativas (-0,4% en 1999 y -1,6% en 2009).

El desempleo ha ido bajando sistemáticamente. En 1983 alcanzó el 21%, pero fue reduciéndose hasta el 7,7% en 1990. Hoy está en 6,9%, una tasa envidiable para muchos países, incluidos Argentina y Brasil.

La inflación, como decíamos, tardó en bajar, pero a partir de la Ley 18.840 de 1989, que consagró la independencia del Banco Central y la prohibición de emitir para financiar déficits fiscales, la tasa de inflación se redujo de manera sostenida y permanente.

¿Puede replicarse el modelo?

Chile es hoy en día un modelo de reformas económicas pro-crecimiento con inclusión social. Al mismo tiempo que su PBI per cápita pasó de USD 7.000 a USD 23.000 (en paridad de poder de compra, entre 1984 y 2018), la pobreza cayó desde el 50% hasta los alrededores del 10%.

Gran parte de este éxito se lo debe Chile a las enseñanzas y propuestas de esos intelectuales, los “Chicos de Chicago”, quienes a pesar de haber formado parte de un gobierno militar, liberaron la economía chilena y su potencial de crecimiento.

Es una incógnita si dicho modelo podrá ser exactamente replicado en otras latitudes. También si los períodos presidenciales y las sanas restricciones de la democracia no son un obstáculo para avanzar en estos cambios.

Sin embargo, lo cierto por ahora es que un presidente democráticamente elegido parece querer tomar este camino.

Será interesante explorar qué pueda pasar. Pero en la medida que las reformas puedan abrirse paso, los resultados serán positivos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

G20: políticos (y homicidas) se entretienen

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 15/11/18 en:  https://www.horapunta.com/g20:-politicos-y-homicidas-se-entretienen

 

Los aeropuertos de Buenos Aires cerrarán para recibir a las aeronaves de los países que participarán en la cumbre del G20, entre el 30 de noviembre y 1 de diciembre.

Además, habrá una zona de exclusión aérea sobre la ciudad, sus alrededores y el Río de la Plata. Y dos portaaviones de EE.UU. custodiarán desde el Atlántico, cerca de Punta del Este, y el Pacífico, a la altura de Valparaíso.

A esto se suma que el día 30 será feriado y se cerraran numerosas calles, con lo que los ciudadanos comunes -los supuestos mandantes de los políticos- verán muy complicada su actividad y, además, deberán pagar -en esta Argentina con 30% de la población pobre y en aumento- esta fiesta que costará, solo al gobierno argentino, más de 200 millones de dólares.

Llegarán 52 aeronaves, de los 19 países del grupo más cinco invitados como observadores. Los líderes de Australia, Chile, Indonesia, Rwanda, Brasil, Senegal, Italia, Holanda y México arribarán en aviones similares a los Airbus A320 o Boeing 737. Los del Reino Unido, Canadá, España, Rusia, Alemania, Arabia Saudita, China, Corea del Sur, EE. UU. Francia, India, Turquía, Jamaica, Japón y Sudáfrica llegarán con aparatos similares a los Airbus A340, Boeing 767 o Ilyushin Il-96.

EE.UU. aterrizará once aeroplanos contando el Air Force One, destinado a Donald Trump (y su hija) que reducirá su estadía a pocas horas para asistir a la toma de posesión del presidente mexicano. El segundo país que más aeronaves traerá será Arabia Saudita: seis de gran porte. La comitiva estadounidense será la más numerosa con 800 personas, luego China con 500 y Rusia con 200. Por cierto, los equipos de avanzada de EE.UU. (1600 personas), China (1000) y Rusia (800) recorren la ciudad desde hace más de dos meses. Y los mandatarios de estos tres países se alojarán en hoteles que cerrarán para atender solo a estas comitivas.

Sin dudas habrá chispazos. Por casos, entre Trump, por su guerra comercial con Xi Jinping, y entre Vladimir Putin y Theresa May que acusa al Kremlin de asesinar por envenenamiento al exespía ruso Serguei Skripal en Londres. Aún no se sabe quién representará al reino saudita, podría ser el príncipe heredero Mohammed Bin Salman. Pero da igual quién sea, porque el asesinato de Jamal Khashoggi fue un crimen de Estado ya que se realizó mediante engaño de las autoridades, en un recinto estatal y los burócratas del gobierno saudí intentaron taparlo.

Pero también la izquierda se entretiene. Entre el 19 y 23 de noviembre, en Buenos Aires, se realizará el “Primer foro mundial del pensamiento crítico” organizado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), reunión conocida como “contra cumbre” aunque los organizadores lo niegan, con la presencia, entre otros, de Dilma Rousseff, Cristina Kirchner, José Mujica, el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera, el expresidente colombiano Ernesto Samper y los españoles Juan Carlos Monedero, cofundador de Podemos, y el juez Baltasar Garzón.

Por cierto, ya sabemos el final. Otra cumbre inútil como la última en Hamburgo, pero durante la que gastarán, reirán, pasearán y se harán fotos. Y no se darán por enterados de que los pueblos se integran solos cuando ellos no lo impiden con fronteras, aduanas y todo tipo de restricciones coactivas, que podrían eliminar sin viajar… sin juntarse con homicidas ¿o es que pertenecen a la misma “hermandad”?

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Reunión G-20 en Buenos Aires: burocracia a pleno y los niños siguen desnutridos

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 19/9/18 en: https://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article219747495.html

 

Si hay una reunión incoherente es la del G-20. Integrado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido, Rusia, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica, Turquía y la Unión Europea, representa el 85 por ciento del producto bruto, dos tercios de la población y el 75 por ciento del comercio mundial.

Es el principal foro para “la cooperación económica, financiera y política y busca generar políticas públicas que los resuelvan”, o sea, ver cómo los Estados interfieren al mercado dejándolo con menos libertad, imponiéndole regulaciones coactivas cuando el mercado es solo cooperación pacífica y voluntaria entre las personas.

Dado que este año la presidencia recae en el presidente argentino Mauricio Macri, la próxima Cumbre del G-20 se realizará Buenos Aires —primera vez en Sudamérica— entre el 30 de noviembre y el 1 de diciembre. Angela Merkel, Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping, Emmanuel Macron, Theresa May y Shinzo Abe serán algunos de los mandatarios presentes. Pero previamente, se realizarán “solo” unas 50 reuniones —que comenzaron en diciembre de 2017— entre equipos técnicos y ministros en 11 ciudades del país.

Además, fueron invitados Chile y Holanda, y España que es invitada permanente, y otros países representando bloques como Caricom (Jamaica), Asean (Singapur), Nepad (Senegal) y la Unión Africana (Ruanda). También estarán presentes el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, el BID, el CAF, la OMC, la ONU, el FSB, la OIT y todas las siglas imaginables hasta agotar el abecedario de burócratas.

Si le parece poco, se desarrollan reuniones del B-20 (empresarios), el C-20 (ONGs), el L-20 (sindicalistas), el S-20 (científicos), el T-20 (think tanks), el W-20 (mujeres), y el Y20 (jóvenes). En total viajarán más de 3,000 personas.

El Gobierno gastará al menos $120 millones a lo que hay que sumarle los siderales viáticos de todos estos viajeros, más el sueldo de todos estos burócratas, en un país donde la pobreza ronda el 30 por ciento de la población y crece. Uno de los gastos más fuertes será en elementos como balas de goma y gases lacrimógenos: para reprimir Macri tiene dinero.

El más irónico de los temas a discutir será el de “Un futuro alimentario sostenible”. Hasta el oficialista Programa Mundial de Alimentos de la ONU reconoce que, “uno de los mitos más comunes… es que no hay suficientes alimentos en el mundo… los hay. El hambre… es una cuestión de acceso”. O sea, si hay hambre y desnutrición es porque la comida no llega a los más pobres debido a regulaciones e impuestos estatales que complican la distribución.

Por caso, los impuestos —como para solventar estas Cumbres— son una de las principales causas de pobreza desde que —aunque las cargas fiscales estén dirigidas a los más ricos— cuanto más alta es la capacidad económica de una persona con más fuerza los deriva hacia abajo: por ejemplo, algunos empresarios los pagan subiendo precios o bajando salarios.

Pero, además, se prohibirá el desarrollo normal de actividades y trabajo. Más allá de innumerables cierres de calles, los aeropuertos de Buenos Aires (Aeroparque, Palomar, San Fernando, Morón y 25 km a la redonda) estarán cerrados durante tres días y sólo recibirán oficiales. Hasta el Aeropuerto Internacional de Ezeiza se verá afectado.

Y el 30 de noviembre será feriado —en la ciudad de Buenos Aires— para “garantizar la logística” de la Cumbre.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

G 20: burocracia a pleno, los niños desnutridos

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 19/9/18 en: https://alejandrotagliavini.com/2018/09/19/g-20-burocracia-a-pleno-los-ninos-desnutridos/

 

Si hay una reunión incoherente es la del G 20. Integrado por Alemania, Canadá, EE.UU., Francia, Italia, Japón, Reino Unido, Rusia, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica, Turquía y la Unión Europea, representa el 85% del producto bruto, dos tercios de la población  y el 75% del comercio mundial.

Es el principal foro para “la cooperación económica, financiera y política y busca generar políticas públicas que los resuelvan”, o sea, ver cómo los Estados interfieren al mercado dejándolo con menos libertad, imponiéndole regulaciones coactivas cuando el mercado es solo cooperación pacífica y voluntaria entre las personas.

Dado que este año la presidencia recae en el presidente argentino, Macri, la próxima Cumbre del G-20 se realizará Buenos Aires -primera vez en Sudamérica- entre el 30 de noviembre y el 1 de diciembre. Merkel, Trump, Putin, Xi Jinping, Macron, May y Shinzo Abe serán algunos de los mandatarios presentes. Pero previamente, se realizarán “solo” unas 50 reuniones -que comenzaron en diciembre de 2017- entre equipos técnicos y ministros en 11 ciudades del país.

Además, fueron invitados Chile y Holanda y España que es invitada permanente, y otros países representando bloques como Caricom (Jamaica), Asean (Singapur), Nepad (Senegal) y la Unión Africana (Ruanda). También estarán presentes el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, el BID, el CAF, la OMC, la ONU, el FSB, la OIT y todas las siglas imaginables hasta agotar el abecedario de burócratas.

Si le parece poco, se desarrollan reuniones del B-20 (empresarios), el C-20 (ONGs), el L-20 (sindicalistas), el S-20 (científicos), el T-20 (think tanks), el W-20 (mujeres), y el Y20 (jóvenes). En total viajarán más de tres mil personas.

El Gobierno gastará al menos US$ 120 millones a lo que hay que sumarle los siderales viáticos de todos estos viajeros, más el sueldo de todos estos burócratas, en un país donde la pobreza ronda el 30% de la población y crece. Uno de los gastos más fuertes será en elementos como balas de goma y gases lacrimógenos: para reprimir Macri tiene dinero.

El más irónico de los temas a discutir será el de “Un futuro alimentario sostenible”. Hasta el oficialista Programa Mundial de Alimentos de la ONU reconoce que “Uno de los mitos más comunes… es que no hay suficientes alimentos en el mundo… los hay. El hambre… es una cuestión de acceso.” O sea, si hay hambre y desnutrición es porque la comida no llega a los más pobres debido a regulaciones e impuestos estatales que complican la distribución.

Por caso, los impuestos -como para solventar estas Cumbres- son una de las principales causas de pobreza desde que -aunque las cargas fiscales estén dirigidas a los más ricos- cuanto más alta es la capacidad económica de una persona con más fuerza los deriva hacia abajo: por ejemplo, algunos empresarios los pagan subiendo precios o bajando salarios.

Pero, además, se prohibirá el desarrollo normal de actividades y trabajo. Más allá de innumerables cierres de calles, los aeropuertos de Buenos Aires (Aeroparque, Palomar, San Fernando, Morón y 25 km a la redonda) estarán cerrados durante tres días y sólo recibirán oficiales. Hasta el Aeropuerto Internacional de Ezeiza se verá afectado. Y el 30 de noviembre será feriado -en la Ciudad de Buenos Aires- para “garantizar la logística” de la Cumbre.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Sin límites para el absurdo

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 25/7/18 en: https://www.rionegro.com.ar/columnistas/sin-limites-para-el-absurdo-DD5454489

 

La civilización, tanto en sus orígenes como en la actualidad, depende de aquello que se conoce como las instituciones humanas. Precisamente, tales instituciones proveen del orden en el cual la cooperación permite a las personas desarrollar sus capacidades y perseguir aquellos fines que juzguen prioritarios.

Como lo entiende Hayek, la esencia del proceso social se basa estrictamente en la información o conocimiento “de carácter personal, práctico, subjetivo, disperso” que cada ser humano descubre en un devenir que no se detiene jamás.

En ese sentido, el esfuerzo, ingenio y sensibilidad innata del hombre para buscar y alcanzar nuevos fines constituye el leitmotiv del proceso, el cual, por propia naturaleza, ajusta y coordina los comportamientos contradictorios que en él se llevan a cabo. El proceso de ensayo y error que así resulta está guiado por las instituciones que moldean las formas en que la gente interactúa. Se da por descontado que los agentes tienen limitaciones cognitivas.

Frente a ello, por contraste, la utilización sistemática de la coacción por la vía de las políticas públicas se focaliza sobre las implicancias lógicas de la optimización, entendida como resultado y no simplemente como intención.

Se supone que los gobiernos establecen un gran programa abarcativo del conjunto de acciones óptimas de las personas, entre todas las alternativas posibles, en base a un conocimiento preciso de las consecuencias esperables de sus decisiones. El equilibrio se concibe no como un punto de atracción de un proceso, sino como un estado en el que los planes de alguna forma se han vuelto coherentes entre sí.

Todo ello ha llevado a que las instituciones sociales de varios países en el siglo veinte basaran sus economías en la idea de planificar una “justa” distribución; y algunos otros como el nuestro, Argentina, extendieron dichas prácticas a lo largo del siglo XXI.

Los resultados están a la vista. En los últimos 15 años, la participación del Estado en los niveles de gasto doméstico, como porcentaje del PBI (Producto Bruto Interno), pasó exactamente del 23 al 47% entre los años 2003 y 2018. En síntesis, más Estado y menos mercado: pobreza, marginalidad, indigencia.

Al mismo tiempo, otro importante indicador del proyecto Doing Business del Banco Mundial, 2017, muestra que Argentina se encuentra en el segundo lugar en cuanto a la más alta tasa tributaria total, con un porcentaje del 106 (solo por debajo de la Unión de las Comoras, un diminuto país insular, con población inferior al millón de habitantes, situado al oriente de África sobre el océano Índico), lo que evidencia la existencia de tasas confiscatorias y, lo que es peor, que dichos gravámenes resultan insuficientes para financiar el abultado exceso de gastos sobre los recursos impositivos.

Íntimamente ligado con el Estado Benefactor se encuentra el abuso del término social, que suprime substancialmente el significado del sustantivo al que se aplica. Es decir, social se atribuye a todo aquello que reduce o elimina las diferencias de rentas, pues, se presume que en orden a la “sensibilidad social”, “injusticia social”, “inestabilidad social”, etc., muchas personas jóvenes y sanas de distintas organizaciones sociales deben ser mantenidas, entre ellas organizaciones piqueteras. Como diría Armen Alchian, gobierno es socialismo por definición.

Bastará un ejemplo de candente actualidad para ilustrar el fenómeno.

El pasado sábado, 21 de julio, se reunió en Buenos Aires el G20, o Grupo de los 20, el principal foro internacional para la cooperación económica, financiera y política que aborda los grandes desafíos globales y busca generar soluciones. El organismo se compone de la Unión Europea y 19 países, entre ellos: Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica y Turquía. El conjunto de los miembros representa el 85% del producto bruto global, dos tercios de la población mundial y el 75% del comercio internacional.

El acontecimiento, ante los ojos del mundo, requirió de un despliegue de seguridad sin precedentes. La idea fue neutralizar las movilizaciones de varios centenares de personas, en las inmediaciones del encuentro de ministros de Finanzas del G20, en contra del acuerdo del país con el Fondo Monetario Internacional (FMI), al tiempo que reclamaban por un incremento en sus asignaciones.

No se trata de hacerse el distraído pues se sabe que nada es gratis, ni el montaje de extrema seguridad ni la asistencia de aquellos quienes, curiosamente, se alzaban contra quien venía a dar asistencia (circunstancial) a sus propios reclamos y a los ajetreados bolsillos del contribuyente. Enfáticamente se reclama más Estado y menos mercado, sin advertir que esa ecuación ya ha sido probada hasta el hartazgo. Ante tanto desconcierto es el momento de advertir incluso sobre los riesgos de lo que significa vivir en condiciones sin límites para el absurdo.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

Venezuela votó por “más de lo mismo”

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 31/5/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2139534-venezuela-voto-por-mas-de-lo-mismo

 

Los venezolanos acaban de concurrir a las urnas en lo que parece haber sido una elección presidencial fraudulenta más. En la que -como suele suceder- se proscribió a algunos de los principales partidos opositores y encarceló a sus principales dirigentes.

Nicolás Maduro (rodeado de caras amenazadoras por parte de quienes vestían altos uniformes militares) fue inmediatamente declarado ganador. Sin perder un minuto de tiempo. Por ello se apresta a continuar gobernando a Venezuela por un nuevo período presidencial de seis años.

Su reelección ha sido -sin embargo- rechazada por prácticamente todos sus vecinos de la región: por Brasil, Colombia, Argentina, Canadá, Chile, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Perú, Paraguay, Guyana y Santa Lucía.

Para nuestra región, Venezuela es ya una segunda Cuba, cuyos funcionarios, desvergonzadamente enquistados en el gobierno venezolano, han estructurado -con la estrecha cooperación de sus pares venezolanos-, un mecanismo perverso para que Cuba pueda recibir, “colgada” del mismo, buena parte de las divisas generadas por las exportaciones venezolanas de petróleo crudo. Por largo rato, cabe recordar, Cuba vivió “colgada” de la Unión Soviética. Hoy vive ordeñando a Venezuela. La noción de “no intromisión” ha sido pisoteada y desnaturalizada, a la vista de todos.

Las abstenciones de quienes tenían efectivamente derecho a sufragar en las elecciones venezolanas superaron largamente al número de quienes concurrieron a las urnas. Como se esperaba, ciertamente. El número de votantes, en una elección a la que una significativa parte del pueblo venezolano le diera la espalda, fue el más bajo desde la década del ’50. Menos de la mitad (tan sólo un 46%) de quienes estaban en condiciones de votar se acercaron a las urnas para hacerlo. Muchos de ellos por abstención voluntaria, a la manera de rechazo a Nicolás Maduro. Otros, por su estado de desilusión, convencidos de que votar no hubiera cambiado nada.

Venezuela continuará sufriendo. Su economía es hoy la mitad de lo que fuera en el 2013. Y, cada día, unos 5000 venezolanos dejan atrás a su patria y se exilian, en un éxodo que es tan conmovedor, como inocultable. Casi todos huyen hartos de la creciente escasez de alimentos y medicamentos que ha hecho ya imposible vivir en la normalidad. Y de la enloquecedora hiperinflación, que se estima llegará al 13.000% a fines del año en curso. Así como de los salarios mínimos de miseria, que hoy son del orden de los 2,5 dólares mensuales. A todo lo que se suma un nivel de inseguridad personal aterrador, que se ha vuelto realmente desesperante. Colombia y Brasil los están recibiendo en números crecientes, que ya preocupan a sus respectivas autoridades.

El país del caribe, que tiene las reservas de hidrocarburos más importantes del mundo, ha visto caer su producción diaria de crudo de unos 2,4 millones de barriles, apenas cinco años atrás, a un millón cuatrocientos mil barriles, en la actualidad. Y el flujo continúa cayendo por obra conjunta de las sanciones económicas externas y del claro “des-manejo” que inunda la incompetente gestión de las autoridades locales, todo lo cual debe ser sumado a la cada vez más extendida corrupción, que ha infectado también a las exportaciones de petróleo y gas natural. El resultado de lo antedicho es una situación social intolerable, en la que sobrevivir no está garantizado a nadie.

Para hacer las cosas más graves, los Estados Unidos han aumentado las sanciones económicas que habían ya sido impuestas a Venezuela. Ahora serán sancionados todos quienes negocien o intermedien en títulos de la deuda venezolana y en créditos de cualquier tipo de ese país o de su enorme empresa petrolera estatal, PDVSA, cuyos activos están siendo embargados por quienes tienen derecho a hacerlo, incluyendo los contractuales, que han sido repudiados, ignorados o desconocidos por Venezuela.

Hasta la importación de los diluyentes necesarios para exportar el crudo pesado que produce Venezuela está comenzando a estar afectada. En lo que va del año el volumen de ventas de crudo venezolano ha caído ya un 23%.

A todo lo que se agrega la cada vez más difícil atención del servicio y repago una deuda externa del orden de los seis billones de dólares, cuyo cumplimiento se ha transformado en un signo de interrogación.

En ese ambiente caótico, Nicolás Maduro recibió (con fraude y todo) un millón y medio de voto menos que en el 2013, cuando fuera elegido por primera vez presidente de su país. Y eso que ató perversamente la obtención y el mantenimiento de los carnets que permiten acceder a las raciones de comida y a la prestación de varios servicios públicos a la comprobación de haber efectivamente votado a favor del gobierno.

Venezuela se apresta a vivir “más de lo mismo”, esto es a seguir viviendo encerrada entre el miedo y la desesperación. Su tragedia no parece estar cerca de un final que, de pronto, pueda cambiar el deplorable estado actual de las cosas.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

No hay que tirar por la borda las Metas de Inflación

Por Iván Carrino. Publicado el 7/2/18 en: http://www.ivancarrino.com/no-hay-que-tirar-por-la-borda-las-metas-de-inflacion/

 

No somos tan excepcionales como para que aquí fracase lo que funciona en todo el mundo.

Una empresa enfrenta un problema en la administración de personal. El gerente nota que sus empleados no están todo lo motivados que él quisiera…

No sabe bien qué hacer, así que llama a un consultor experto en la materia.

El consultor escucha su caso, toma nota, y se toma unos días para analizarlo.

Durante la siguiente reunión, le ofrece una solución: un sistema de compensaciones distinto al que tiene vigente la empresa hoy, que ha demostrado tener éxito en las 10 últimas empresas donde el consultor lo implementó.

“Ok”, dice el gerente, haremos el cambio.

Dos meses después, al no ver resultados, llama indignado al consultor y le dice de todo. Que su sistema es deplorable, que no hay ningún resultado y que todo va a ir peor que antes.

¿Qué pasó? ¿Es que el sistema no funciona? ¿Es que no se le dio el suficiente tiempo? ¿O será, tal vez, que no se logró implementar en la forma debida?

Metas de inflación

El  caso de la empresa es similar a lo que ocurre en Argentina con la inflación. Nuestro país, producto de políticas fiscales totalmente irresponsables y desquiciadas, ha padecido décadas de inflación alta.

A lo largo de la historia, el exceso de gasto público se financió casi exclusivamente con emisión monetaria, derivando en altos niveles de inflación, lo que resultó en un paupérrimo crecimiento económico. La consecuencia es que pasamos de ser uno de los países más ricos y promisorios del planeta, a ser un ejemplo de decadencia mundial.

Durante la década del ’90, el déficit no se financió con emisión monetaria. Por tanto, no hubo inflación. Sin embargo, el exceso de gasto terminó en la crisis de 2001, que al fulminar la Ley de Convertibilidad, le abrió nuevamente las puertas al monstruo de la degradación de la moneda.

Lo que pasó en la década de los 2000 fue todavía más estrambótico. En un mundo donde la inflación casi se extinguía, acá rebrotaba, junto con los controles de precios y los cepos cambiarios. Un caso de estudio por lo excéntrico, sin duda.

Finalizado el período populista, llegamos a la situación análoga a la de la empresa.

El nuevo presidente del Banco Central (como el gerente de recursos humanos), miró con atención el problema de la inflación (el problema de la motivación del personal), y decidió aplicar como fórmula de solución algo que funciona en una innumerable cantidad de países en el mundo. Esto es: las metas de inflación.

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Como se observa en la imagen de más arriba, las metas de inflación, también en Sudamérica, se utilizan de manera extendida. Son el régimen monetario de Colombia, Perú, Chile, Paraguay, Brasil, Uruguay… Y ahora de Argentina.

En casi todos estos países, el instrumento para llevar adelante la política monetaria es una tasa de interés de referencia. Si la inflación está por encima del objetivo, se espera que el Banco Central contraiga su política monetaria, subiendo la tasa de interés. Si ocurre lo contrario, se espera que la relaje, bajando la tasa.

La única excepción a esta regla es Uruguay,  que si bien mantiene un régimen de “Metas”, utiliza como instrumento el control directo de los agregados monetarios. Así, si la inflación está por arriba (abajo) de la meta, entonces buscará que la cantidad de dinero crezca menos (más).

¿Fracaso o impaciencia?

Como veníamos diciendo, en línea con lo que hace una buena cantidad de países del mundo, Argentina adoptó un sistema de Metas de Inflación. El esquema, en rigor, comenzó en Septiembre de 2016, cuando el Banco Central lo lanzó de manera oficial.

Ahora bien: ¿cuáles fueron los resultados? Para muchos, poco menos que desastrosos.

La tasa de inflación cerró en 2017 en 24,8%, cuando el techo de la meta era de 17% y el centro de la misma era 14,5. Es decir, 10 puntos por encima. Además, por cómo vienen moviéndose las expectativas, la nueva meta del 15% para 2018 tampoco se podría cumplir.

Con este diagnóstico, algunos profesionales comenzaron a pedir que se tire por la borda el sistema de Metas y que se pruebe con otra cosa. Las alternativas van desde controlar los agregados monetarios, lanzar un “dólar argentino”, o profundizar los controles de precios para “desconcentrar la economía”.

Dada la experiencia de la última década, queda claro que controlar precios no tiene ningún sentido.

Las otras propuestas son más interesantes… Pero: ¿son necesarias?

Ecuador tiene una economía dolarizada y no tiene inflación. Alemania controló sus agregados monetarios antes de ingresar al Euro y la mantuvo siempre baja. Ese es un punto a favor del “dólar argentino” o el control de los agregados. Pero también es cierto que el resto de las economías que usan el sistema de metas tampoco tiene inflación: ¿por qué Argentina va a ser la excepción a la regla?

Algunos también dicen que este método, si bien muestra inflaciones bajas en el globo, no sirve para “desinflar”. Es decir, no sería útil para reducir la tasa de aumentos de precios desde nuestro 25-30% promedio, al 5% buscado de largo plazo. Sin embargo, los casos de Israel y Chile, relevados en este estudio, parecerían contradecir ese punto.

Metas de inflación y liberalismo

Una cuestión adicional que puede surgir es qué sistema es más compatible con la libertad económica. Entre los liberales hay mucho debate acerca de qué sistema monetario es mejor. En esa conversación han surgido varias propuestas, como congelar la cantidad de dinero, fijar su tasa de expansión, eliminar el Banco Central, eliminar el curso forzoso, etc.

En este marco: ¿dónde encajan las metas de inflación?

Para responder podemos mirar el Índice de Libertad Económica de la fundación Heritage y detenernos en el subíndice “Libertad Monetaria”. Para la fundación, la libertad monetaria de un país se mide por una índice combinada de “estabilidad de precios” (un promedio ponderado de los últimos 3 años) y de “controles de precios”.

Así, una economía con 0 inflación y 0 controles de precios, sería una economía totalmente libre en temas monetarios.

Aclarado este punto, vemos que en el Top 3 del ránking de libertad monetaria mundial se encuentran Hungría, Nueva Zelanda y Lituania. Curiosamente, si bien Lituania hoy es parte del Euro y en el pasado mantuvo un tipo de cambio fijo con la moneda europea, Hungría y, especialmente, Nueva Zelanda, son casos emblemáticos de la utilización de Metas de Inflación.

Conclusión

Si bien se entiende la frustración y la ansiedad por obtener resultados, no parece que sea necesario tirar por la borda el sistema de metas de inflación. Si algo funciona en todo el mundo no puede no funcionar en Argentina. Está bien  que somos “especiales”, pero créanme que no tanto.

A lo sumo, si los resultados no son los esperados, habrá que tener algo más de paciencia. Piénsese que las metas tienen más de 10 años de historia en la región, pero acá solo llevan uno y medio.

Finalmente, sin duda que habrá que estar listos para ajustar la política monetaria todo lo que sea necesario para cumplir con la desinflación, pero eso puede hacerse dentro del esquema que, insistimos, es eficiente y, lo mejor de todo, totalmente compatible con la libertad económica.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.