Renuncia vs. “golpe”

Por Gabriel Boragina. Publicado en: 

 

La renuncia de un presidente (como la de cualquier otro funcionario) no representa un quiebre o una ruptura del orden institucional, sino que forma parte de un mecanismo democrático, ya que ningún funcionario puede ser obligado a permanecer en un cargo por un determinado periodo.

Vale la pena recordar la definición jurídica de renuncia:

“Renuncia: Dimisión o dejación voluntaria de una cosa que se posee o de un derecho que se tiene. La renuncia puede también ofrecer un sentido negativo, que se manifiesta rechazando o no admitiendo una cosa o un derecho que son ofrecidos. Basta esta definición para advertir la amplísima aplicación que la renuncia presenta en el campo del Derecho, porque puede estar referida a toda clase de bienes, de derechos públicos o privados (salvo los que la ley declara irrenunciables) o de acciones procesales. | Caso frecuente de renuncia es la que se hace de los cargos públicos o de los empleos públicos o privados, y en ese sentido equivale a dimisión. En el Derecho Civil, las manifestaciones tal vez más características son las que se vinculan con el repudio de la herencia o de las donaciones. (V. REPUDIACIÓN.) Renuncia se llama también el documento en que consta esa actitud. | Desistimiento de un propósito.”.[1]

La renuncia nunca obedece a una imposición externa, sino que se ejerce siempre de manera voluntaria y se presenta no solamente dentro de un régimen democrático, ya que un dictador, un autócrata, un tirano, un rey, también pueden renunciar a sus puestos, aunque sea poco frecuente, pero han existido muchos ejemplos en la historia de tales tipos de dimisiones.

Claro que, siempre que alguien decide renunciar a algo hay una razón o una suerte de obligación interna que lo hace renunciar, pero ha de quedar en claro que dicha exigencia siempre es interna en tanto y en cuanto nace del propio individuo renunciante, es decir, es una decisión que le pertenece enteramente sin que nadie más que el mismo le constriña a tomar.

En Derecho Político, a la renuncia se le opone el derrocamiento, cuya definición jurídicamente transcribimos a continuación:

“Derrocar: Despeñar o lanzar desde una roca, antiguamente practicado como pena para eliminación de defectuosos. | Destronar a un rey. Derribar a un gobierno. Substituir a un régimen por la fuerza, por una revolución o golpe de Estado. (L. Alcalá-Zamora).”[2]

La renuncia siempre es un acto voluntario, nunca forzado. La “renuncia forzada” es un contrasentido. El desplazamiento impuesto del poder no es una “renuncia” del desalojado, es simple y llano derrocamiento, el cual implica un cierto grado de resistencia del derrocado (total o parcial) a ser eliminado del poder.

Las diferencias entre uno y otro son múltiples, ya que la renuncia se puede retractar por parte del renunciante, en cambio que el derrocamiento no depende de la voluntad del derrocado por lo que -obviamente- no puede desistirse por parte de este, ya que es un acto ajeno a su decisión.

Si -por caso- como se escucha a veces, un jefe de estado declara “renuncio al cargo para evitar un baño de sangre” es una declaración implícita de que está reconociendo que ha perdido el apoyo del pueblo, al menos en grado suficiente como para no asegurarse que las fuerzas “rebeldes” puedan ser vencidas por un pueblo que ya no lo sostiene. Digamos que estas son las razones para su renuncia, que no deja de ser tal porque podría adoptar la actitud contraria si sospechara que aún conserva sustento mayoritario que le permita persistir en la función. De no ser así, no hay ni “golpe de estado”, ni “revolución”, ni -por lo tanto- derrocamiento alguno.

La “renuncia bajo amenaza” sigue siendo -no obstante- un acto voluntario (no compelido) porque el ultimátum puede ser infundado, falso o de cumplimiento imposible. Y, nuevamente, si el amenazado se considera suficientemente fuerte y respaldado por sus partidarios haría caso omiso a la renuncia, se limitaría a ignorarla y continuaría ejerciendo su investidura confiado en el sostén de que sus fuerzas le serán leales.

Para este análisis debemos tener presente que, estamos convencidos que, tanto las fuerzas de seguridad como las fuerzas armadas forman parte del pueblo y no son cuerpos extraños al mismo como habitualmente se cree tanto en la prensa como a nivel popular. No existió absolutamente ningún “golpe de estado” que fuera perpetrado exclusivamente por un sector del pueblo sin soporte del resto, ya que sin este amparo mayoritario ningún gobierno -por muy de facto que sea- podría haberse mantenido en el poder durante mucho tiempo. La mayoría gobierna siempre, sea por acción o por omisión. Aunque suene paradójico, cuando “gobierna” por omisión implica tanto el permitir que cierta minoría la gobierne, de la misma manera que un esclavo (o conjunto de ellos) pudiendo rebelarse, por poseer mayor fuerza que su amo, prefiere obedecerle. Porque piensan que así les será más conveniente y más llevadera su actual o futura existencia.

De momento que, producido un golpe de estado una mayoría de la población continua pasivamente en el lugar donde se llevó a cabo, acatando a los golpistas, y no se rebela o huye en masa de allí, tal actitud inactiva implica una especie de “convalidación” de la situación ocurrida. Los padecimientos que sufra serán en una buena medida merecidos. Apresurémonos a aclarar que tal clase de confirmación no es sinónimo de total beneplácito con el dictador que surgiera del hipotético “golpe”.

Como ya expusimos muchas veces, solo hay tres medios por los cuales las dictaduras pueden mantenerse en el poder. Y esas vías son del control exclusivo del pueblo. Repasémoslos:

  1. Por aprobación.
  2. Por temor.
  3. Por resignación.

Estos tres pueden combinarse entre sí o darse por separado. El orden de los factores no altera el producto. Cuando cualquiera de estos tres elementos desaparece cualquier dictadura cae de forma inmediata, o más tarde o más temprano.

El poder siempre reside en el pueblo, como también la decisión de hacer uso o no de dicho poder.

También, desde luego, estos tres componentes son los que en una sociedad democrática determinan el voto del elector en un sentido o en su contrario. En última instancia -y, dicho de otra forma- tanto en las dictaduras como en las democracias el pueblo (al final del recorrido) siempre es soberano, por acción o por omisión.

[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial Heliasta-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553 pág. 837

[2] Ossorio, M. Ibidem, p. 314

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Evo Morales: el chico que dejó la escuela y llegó a liderar un país embanderado en la lucha contra la pobreza

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 21/11/19 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/evo-morales-nino-dejo-escuela-llego-liderar-nid2308306

 

Evo Morales

Evo Morales Fuente: Reuters - Crédito: Edgard Garrido

La figura del ahora expresidente de Bolivia Evo Morales -particularmente desde su reciente renuncia a la presidencia de Bolivia- es ampliamente conocida. Pero, en general, la gente sólo conoce su perfil de líder indígena dedicado intensamente a la política gremial de su país, primero y, luego, a la política nacional con mayúscula, culminando su meteórica carrera política con su llegada a la más alta magistratura de Bolivia. Lo que logró en su segunda tentativa para ser presidente, en 2005, cuando se impuso, en primera vuelta, con el 53,7% de los sufragios.

De aspecto impasible, con un rostro casi indescifrable, Morales tiene una voluntad de hierro y es realmente un personaje incansable cuando persigue un objetivo que personalmente ha definido como prioritario.

Nació en 1959, en un pueblito pequeño, cercano a Oruro, en el Altiplano. Dejó la escuela a edad temprana para ayudar a su familia a subsistir. Fue pastor, albañil, trompetista en una pequeña orquesta y panadero. Siempre en busca de crecer y mejorar progresivamente su nivel de vida.

Pese a ser aimara, Evo no habla el particular idioma de su etnia. Fue, en su niñez, testigo de la dura decisión de su padre de trasladarse a vivir en la Argentina, en busca de un futuro mejor.

Con cuatro hermanos, perdió dramáticamente a dos de ellos antes de que cumplieran dos años, esencialmente por falta de acceso a los medicamentos y por tener -como muchos- que padecer una alimentación deficitaria. Esto, lamentablemente, no es inusual entre la población indígena boliviana, que conforma el 62% de los algo más de 11,4 millones de personas que integran ese país.

En 2006 Evo Morales se transforma en el primer indígena de la historia en alcanzar la presidencia de Bolivia. Después de haber dejado atrás la montaña y trabajado en los llanos tropicales de Chapare en el cultivo del arroz, banano y de la coca, lo que en pocos años lo lleva a alcanzar altos niveles de dirigencia en el difícil mundo sindical de su país.

Fue, primero, el joven capitán del equipo de fútbol del sindicato de los cocaleros, luego, el secretario del mismo y, en 1988, el líder de una fuerte federación, compuesta por seis diferentes grupos de productores, en la zona de Cochabamba.

En 1997, Morales es elegido diputado nacional por el Movimiento al Socialismo, al que pertenecía. Allí demuestra su eficacia en manejar la red de “movimientos sociales” que construyó pacientemente y cuya verdadera representatividad y legitimidad han sido -como en algunas otras partes- siempre difíciles de precisar.

Una vez en el gobierno, trabaja intensamente para reducir la pobreza estructural de su país. Tiene éxito: el 36% de la población boliviana pobre se deduce al 17%. Este es, a mi modo de ver, uno de sus mayores logros, que no puede ignorarse. Morales -en los hechos- triplicó el PBI per cápita de Bolivia. Tampoco es un logro menor.

En un país como Bolivia, que conoció, entre 1825 y 1985, nada menos que 190 golpes de Estado, el período de algo más de una década, en el que Morales tuvo al país políticamente en sus manos es inusual.

Pero su ambicioso afán por mantenerse indefinidamente en el poder terminó siendo su perdición y generando el rechazo de la gente en un referendo convocado por el propio Evo Morales, que, no obstante, desoyó sus resultados por haber sido adversos respecto de su ambición de poder.

Luego de obtener un amañado fallo judicial a su favor, declarando las restricciones legales a su continuismo como una violación a los derechos humanos de Morales, insistió en permanecer todo el tiempo posible en lo más alto del poder boliviano, lo que fue finalmente su perdición. Ahora tuvo que asilarse en México, con García Linera a su lado, cual fiel escudero, lo que -según algunos- ha salvado su vida, que estaba en peligro.

Por el momento está fuera de su país, pero Morales afirma ante todos que pronto volverá a liderar a su pueblo, en su propia tierra.

El tiempo dirá si su ciclo tiene o no aún por delante una o más fases no transitadas. Mientras tanto, Bolivia es un polvorín que está en medio de un peligroso caos, dividida como pocas veces en la historia.

En ese ambiente, de gran inestabilidad, algunos partidarios de Evo Morales anuncian un próximo paso realmente radical: el de cercar La Paz. Como en 2002 y en 2005. El objetivo es obvio: que no entren alimentos, sumiendo a su población toda en un calvario. Calificar a esa medida (conocida como “el cerco de Tupac Ktari”) de infrahumana parece obvio. Además, ella bien podría -de pronto- ser un delito de lesa humanidad.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Fue profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y fue Vice Presidente de ESEADE.

De derecha a izquierda: es violencia, es criminal

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 22/11/19 en:  https://alejandrotagliavini.com/2019/11/21/de-derecha-a-izquierda-es-violencia-es-criminal/

 

Derecha o izquierda, al final da igual. La disyuntiva Ortega o Somoza demuestra que, quienes utilizan la violencia contra aquellos a quienes califican de violentos, tienen una actitud de pura envidia, en el fondo, son lo mismo solo que quieren ser ellos los protagonistas. Como los Castro, que odiaban a Batista porque vivía como ellos querían y, al final lo lograron, no importa que en el medio hayan quedado muertos y un pueblo empobrecido. Como la segunda guerra mundial que se hizo para “terminar con las tiranías” pero que, en rigor, sirvió para consolidar otra peor, la de Stalin, el gran triunfador.

Es que claramente la violencia es irracional, quienes la utilizan -siempre “en defensa propia” nadie, ni de izquierda ni de derecha, admitirá otra cosa- lo hacen por impulsos primitivos, nunca por razones lógicas, como que la ciencia ha demostrado de manera concluyente que los métodos eficientes de defensa son los pacíficos, en tanto que la violencia solo produce reacciones de igual magnitud, aunque sentido contrario.

Anastasio Somoza García, fundador de una dinastía en Nicaragua, llegó a presidente con el golpe de Estado de 1937. Su política se inició con algunos toques de marxismo clásico, como prometer tierras a los campesinos desheredados y procurar consideraciones a la clase obrera, en el contexto del socialismo de la URSS, y al que apoyaron obreros y trabajadores asalariados; ciertos rasgos del liberalismo y, por último, un toque inconfundible del fascismo de Italia representado en el conocido Grupo Reaccionario o Camisas Azules.

Como todo político, una vez en el poder, olvidó su principio e intensificó su connivencia con la clase empresarial, a la que beneficiaba y con la que compartía sus negocios, apoyándose en la fuerza represiva de su Guardia Nacional. Dos líneas se opusieron al somocismo, la actitud de crítica infatigable de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director de La Prensa, y la violenta del guerrillero Frente Sandinista de Liberación (FSLN) que nació en la década de 1960 hasta tomar el poder en Managua, en 1979.

El “comandante” del FSLN, Daniel Ortega, demostrando que solo envidiaba y quería emular a su “enemigo” Somoza, es el actual “record man” de los presidentes latinoamericanos, al sumar 17 años al frente de Nicaragua (de 1985 a 1990 y desde 2007 hasta hoy). El exguerrillero sandinista superaba por tres años a su aliado Morales, al frente de Bolivia durante casi 14, antes de su reciente salida.

Desde abril de 2018 los estudiantes -como en Chile, aunque de signo contrario- se echaron a la calle para protestar contra la reforma del seguro social y, quizás, este no haya sido el mejor método para combatir la tiranía orteguista, pero la represión por parte de las fuerzas policiales y paramilitares del sandinismo ha provocado la muerte de al menos 325 personas.

“¡Un acto humanitario no es delito!”, protestó Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua que fue trasladado a Roma por orden del Papa Francisco para evitar que fuera atacado. Las iglesias de Nicaragua se han convertido en un símbolo de la resistencia contra Ortega. Se han abierto las puertas de los templos y algunos sacerdotes son considerados héroes por apoyar a los jóvenes que comenzaron las protestas contra el régimen orteguista. Irónicamente, el gobierno acusa de “terroristas” a los opositores. “Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras” le decía Alfonso VI a Rodrigo Díaz de Vivar.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

La compleja encrucijada de Edward Snowden

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 14/11/19 en:  https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/la-compleja-encrucijada-de-edward-snowden-nid2306298

 

Como es sabido, Jefferson ha consignado: “Entre un gobierno sin libertad de expresión y libertad de prensa sin gobierno, prefiero esto último”. A esta altura es de conocimiento público que Edward Snowden trabajaba para los servicios de inteligencia estadounidenses, ámbito en el que se percató de que se estaba incurriendo en el grave delito de contradecir preceptos básicos de la Constitución de ese país al espiar sistemáticamente a ciudadanos inocentes y pacíficos.

En su libro Vigilancia permanente declara que, luego de batallar con su conciencia en el Ejército y en las oficinas de inteligencia en el contexto de una muy cómoda y remunerativa posición a la que había escalado en una notable carrera a lo largo de siete años en destinos como Japón, Suiza, Austria y en territorio estadounidense, que se extendió a Hawai como su último puesto, finalmente decidió romper con el sistema “de mentir, ocultar, encubrir y disimular” y denunciarlo: en palabras del autor, “una crasa violación no solo de la Constitución de Estados Unidos, sino también de los valores básicos de cualquier sociedad libre”.

Los contratos de confidencialidad son valederos siempre y cuando no impliquen lesionar derechos de terceros. Las primeras líneas de la obra mencionada son: “Me llamo Edward Joseph Snowden. Antes trabajaba para el gobierno, pero ahora trabajo para el pueblo” (escribo “gobierno” con minúscula como fue escrito significativamente en el original en inglés, lo cual mutó por mayúscula en la edición española). Dice el autor: “Recopilé documentos de la IC que demostraban la actividad ilegal del gobierno estadounidense y se los entregué a algunos periodistas”. Snowden explica que no solo se trataba de espionajes, sino que también se seguían procedimientos incompatibles con el debido proceso, se torturaba bajo diversas fachadas y se encaraban matanzas secretas con fines inconfesables.

En las últimas décadas se han agravado los procedimientos ilegítimos por parte de las agencias de inteligencia, pero en este mismo medio publiqué hace tiempo una columna donde destacaba que el expresidente Harry Truman, quince años después del establecimiento de la oficina más conocida en estos delicados asuntos, declaró: “Cuando establecí la CIA, nunca pensé que se entrometería en estas actividades de espionaje y operaciones de asesinato”.

Ron Paul, el dirigente político estadounidense más liberal en el sentido clásico del término y tres veces candidato a la presidencia, señaló en Fox Business: “Snowden es un héroe”, y el juez Andrew Napolitano, en el programa de TV Studio B, también de Fox, afirmó: “Edward Snowden es un héroe que pone al descubierto la trama infame de espionajes que vulneran nuestros valores y los principios de la Constitución”, y concluyó: “Los gobernantes que permiten semejantes políticas no merecen el cargo”.

La encrucijada en la que se encuentra Snowden es el resultado de la cobardía moral de gobiernos del llamado “mundo libre” a los que solicitó asilo desde su reducto en Hong Kong, requerimiento que fue denegado una y otra vez por temor a represalias de EE.UU. por haber denunciado la intromisión en las comunicaciones telefónicas privadas y en los correos electrónicos también privados sin la expresa orden del juez de la causa. Como última opción pidió asilo a Ecuador, muy paradójicamente al efecto de evitar el riesgo de ser detenido en otras naciones, pero en plena travesía el gobierno estadounidense le canceló el pasaporte, por lo que quedó anclado en Rusia.

En este contexto es de interés destacar que Snowden trabaja dando conferencias y dictando cursos a través de aulas virtuales y preside la Freedom of the Press Foundation; en su última entrevista televisada por Msnbc en el programa The 11 Hour Exclusive -al efecto de dejar sentada su independencia- dijo que el actual gobierno ruso es de raíz autoritaria.

Glenn Beck, en su programa de TV The Blaze, también sostuvo que Edward Snowden “es un héroe” al que hay que proteger contra las acciones criminales de energúmenos enquistados en Washington que traicionan los valores expuestos por los Padres Fundadores y que, por este camino, afirma el conductor, “ciertos megalómanos con rostros demócratas terminarán con las libertades individuales”.

En su libro Constitutional Chaos el juez Napolitano concluye que “es gravísimo lo que viene ocurriendo en Estados Unidos, donde el gobierno puede confiscar y encarcelar sin el debido proceso y espiar la correspondencia privada y escuchar conversaciones de inocentes sin intervención del debido proceso”. Es por eso que Osama ben Laden había manifestado que el triunfo de su ideología “inexorablemente tendrá lugar merced a la guerra antiterrorista por las restricciones a lo que en Occidente se denomina libertad” (citado por el politólogo Michael Tanner).

Mike Stein entrevistó en KWAM 900 al profesor Mark Thornston sobre el tema que nos ocupa, quien manifestó: “Snowden es un patriota que hizo lo correcto frente a la inmoralidad del espionaje”, y “esto es un balde de agua fría para la economía ya que la consiguiente inseguridad hará que muchas empresas, especialmente las tecnológicas, se muden a países más seguros”.

Nick Gillespie, de Reason TV, entrevistó vía teleconferencia a Snowden, quien resaltó su espíritu antiautoritario y subrayó que siempre estará “del lado de la libertad”, por lo que criticó a quienes consideran que “le deben lealtad al Estado” y aludió a la nula “dimensión moral” de sus circunstanciales contratantes gubernamentales.

La encrucijada que presento en esta nota es sobre un prófugo que difundió para bien de la humanidad más de doscientos documentos reservados que ponen al descubierto las tropelías de un Leviatán desbocado. Estamos advertidos, no vaya a ser que lo escrito en 1952 por Taylor Caldwell como ficción en su The Devil’s Advocate se convierta en realidad respecto a que el gobierno estadounidense mute en un Estado totalitario.

Tal como escribe Glenn Greenwald en su libro Snowden. Sin un lugar donde esconderse, se trata de “los peligros de los secretos gubernamentales y la vulneración de las libertades civiles en nombre de la guerra contra el terrorismo”, en cuyo contexto cita al propio Snowden: “Fue entonces cuando comencé a ver realmente lo fácil que es separar el poder de la rendición de cuentas, y que cuanto más altos son los niveles de poder, menor es la supervisión y la obligación de asumir responsabilidades”.

Como bien ha declarado Snowden en un célebre reportaje para The New York Magazine: “Mi vida cambió para bien puesto que puedo ahora decir no lo que voy a hacer en el futuro, sino lo que con orgullo hice en el pasado.”

El autor concluye su libro recordando: “En un Estado autoritario, los derechos emanan del Estado y se conceden al pueblo. En un Estado libre, los derechos emanan del pueblo y se conceden al Estado”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La maldición del capitalismo

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2019/11/la-maldicion-del-capitalismo.html

 

El rechazo del capitalismo no es nuevo, apareció prácticamente con su misma manifestación y se prolongó en el tiempo. Es más, esa reacción contra aquel se fue extendiendo a medida que la institución pretendía expandirse no sin dificultad. Paradójicamente, cuantos mayores beneficios promovía el capitalismo mayor oposición generaba entre la gente, sobre todo en las capas intelectuales que fueron las que -en definitiva- más se destacaron en difamar al sistema. Sólo en muy escasa medida, y en ámbitos muy reducidos, se reconocían los aspectos auténticamente progresistas (palabra la cual, desafortunadamente, fue apropiada por los sectores contrarios al capitalismo hasta consolidarse en nuestros días) del capitalismo.

“Nada es hoy más impopular que la economía del libre mercado, es decir, el capitalismo. Todo lo que se considera insatisfactorio en las condiciones actuales se achaca al capitalismo. Los ateos hacen al capitalismo responsable de la supervivencia del cristianismo. Pero las encíclicas papales acusan al capitalismo de la extensión de la irreligión y de los pecados de nuestros contemporáneos y las iglesias y sectas protestantes no son menos vigorosas en su acusación a la avaricia capitalista.”[1]

Nuevamente un párrafo de vibrante actualidad como todo lo relativo a la obra del genial profesor Ludwig von Mises. Nada ha cambiado al respecto, salvo en esferas muy minoritarias que reconocen la importancia del capitalismo y su vitalidad como único motor del progreso económico. Al capitalismo se le achacan todos los males posibles, habidos y por haber, inclusive aquellos que provienen de causas naturales. En la actualidad -y ya desde algún tiempo- diversos fenómenos naturales, tales como el cambio climático (cuya realidad es relativa en buena medida) se atribuyen popularmente al capitalismo, como no podía ser de otro modo, y confirmando la tendencia delineada en su momento por L. v. Mises.

“Los amigos de la paz consideran a nuestras guerras como una consecuencia del capitalismo. Pero los belicistas más radicales de Alemania e Italia acusaban al capitalismo por su pacifismo “burgués”, contrario a la naturaleza humana y a las inevitables leyes de la historia. Los sermoneadores acusan al capitalismo de romper la familia y promover la promiscuidad. Pero los “progresistas” acusan al capitalismo por la conservación de normas supuestamente anticuadas de restricción sexual.”[2]

El capitalismo ha sido y sigue siendo atacado por absolutamente todos los flancos, sencillamente por la razón de que quienes así argumentan no saben de lo que hablan, no conocen el sistema, ni tampoco sus componentes, ni las causas que determinaron su aparición, como tampoco su naturaleza, ni las consecuencias beneficiosas que su aplicación implica y, menos aún, la sólida filosofía en la que se respalda. Quienes critican al capitalismo utilizan esta palabra como una simple muletilla, excusa oportuna que calza perfectamente como chivo expiatorio que sirve de consuelo vano a sus complejos de culpa, y que les permiten una auto exculpación de errores y males que sus propias falsas ideas provocan. Aprovechando el desprestigio que echó sobre el vocablo su más acérrimo enemigo, Karl Marx, y la enorme popularidad obtenida por este último autor más allá de lo que quienes se creen antimarxistas están dispuestos a reconocer, las masas han encontrado en el capitalismo y en sus representantes los capitalistas, la encarnación perfecta del mismísimo mal.

“Casi todos los hombres están de acuerdo en que la pobreza es una consecuencia del capitalismo. Por otro lado, muchos deploran el hecho de que el capitalismo, al atender generosamente los deseos de la gente de tener más servicios y una vida mejor, promueve un materialismo zafio.”[3]

Como el mismo autor se encarga de explicar de manera más que magistral, la pobreza es no otra cosa que la ausencia del capitalismo allí donde la primera se localiza. Pero ya sea por una razón o por su contraria el capitalismo se condena por igual, sea porque se considere que es el origen de la pobreza, sea que se lo acuse de corromper a la gente por transformarla en groseramente materialista. Bastaría indicar que en la época de las cavernas lo que reinaba por doquiera era la pobreza más absoluta, donde el hombre no disponía definitivamente nada que no fueran los recursos naturales que no podía explotar ni aprovechar porque no existían las herramientas necesarias y adecuadas para tal fin. Y que la idea generadora de la primera herramienta puede considerarse con justicia como la primera idea capitalista, ya que una simple herramienta (como puede ser un mazo o una pala) es un bien de capital por cuanto tanto su invención como su uso no está destinado al consumo directo sino a la producción de otro bien (intermedio o final) si dirigido al consumo.

Y en cuanto a que el capitalismo provoca “un materialismo zafio” la falsedad de esta última afirmación es también muy simple de demostrar, habida cuenta que son las situaciones de escasez las que despiertan (muy a pesar de quienes las padecen) una mayor propensión al materialismo, dado que son los pobres los que más experimentan la necesidad de obtener bienes materiales, precisamente porque carecen de ellos y de los elementos materiales mínimos para proveer a su existencia física, de donde es fácil concluir que, no es por apego a lo material sino por la ausencia de lo material que los pobres estén más preocupados (y ocupados) por proveerse de lo material y -en ese sentido- se vean obligados no por gusto sino por necesidad a ser más materialistas que aquellos que no viven en situación de pobreza. Los que disponen de más bienes materiales resultan menos urgidos, que los posicionados en la situación contraria, de preocuparse por lo material.

“Estas acusaciones contradictorias del capitalismo se anulan entre sí. Pero permanece el hecho de que queda poca gente que no condene completamente el capitalismo.”[4]

Naturalmente las acusaciones al capitalismo son absurdas por donde se las mire, pero poca gente, o ninguna, mejor dicho, las formula de manera racional por lo que ya hemos señalado tantas veces: existe no sólo un desconocimiento palmario de lo que el capitalismo es, sino también una enorme carga de prejuicios que pesan sobre el aquel, pese a que ni uno de los tales posea fundamentos de ninguna naturaleza. El capitalismo sigue sin ser una buena palabra.

“Aunque el capitalismo es el sistema económico de la civilización occidental moderna, las políticas de todas las naciones occidentales están guiadas por ideas completamente anticapitalistas. El objetivo de estas políticas intervencionistas no es conservar el capitalismo, sino sustituirlo por una economía mixta.”[5]

El mundo occidental no ha sabido reconocer al capitalismo como el sistema que le diera origen, sentido y razón de ser. Lo ha sentenciado, de la misma manera que ha condenado a su opuesto, el socialismo. Pero -como hemos visto- esta censura es mucho más aguda cuando del capitalismo se trata que cuando se la hace respecto del socialismo. Los términos nunca han sido parejos en dicho sentido.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 5

[2] L. v. Mises ibidem, pig. 5

[3] L. v. Mises ibidem, pig. 5

[4] L. v. Mises ibidem, pig 5-6

[5] L. v. Mises ibidem, pig. 6

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

EL CAOS DE AMÉRICA LATINA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 17/11/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/11/el-caos-de-america-latina.html

 

Medio en broma, medio en serio, dije que me asombra el post modernismo y el rechazo a todo lo que sea “esencia” en ciertos temas. Si me percibo como mujer, soy mujer. Excelente, excepto para mi mujer, que creo que me va a percibir de manera distinta. Pero, cómo se le ocurre. Fascista!!!!

Pero el más estricto aristotelismo tomista parece haber renacido en todos los políticos de izquierda, que con seguridad absoluta tienen la definición, por género próximo y diferencia específica, de “golpe de estado”. Golpe, género. De estado, diferencia específica. Brillante, el árbol de Porfirio a pleno.

Por supuesto, cierta seriedad exigiría recordar que en ciencias sociales -y en todas- las definiciones son abiertas, abiertas a la historicidad, tanto futura como pasada, sin por ello perder lo esencial pero no etiquetándolas en abstracciones sin historia. Que no valen calificaciones extemporáneas y que por supuesto las ideologías no son ciencias sociales, sino utopías revolucionarias, que responden a historicismos de un lado y de otro, que son, además, pesadillas de mentes psicóticas que atrapan a los yoes más débiles e inseguros.

Por eso, el debate está perdido en los análisis de la América Latina actual. Lo que está sucediendo, en la mayoría de sus países, supera las calificaciones y definiciones políticas efectuadas a partir del Estado de Derecho concebido para el liberalismo clásico y su consecuente estabilidad jurídica y política.

Por eso, aunque no valga la pena decirlo en medio de los gritos ideológicos, para los que lo quieran pensar sugiero que no importa si fue golpe o no, porque la anomia institucional latinoamericana, endémica, secular, cuasi-eterna, no permite ese tipo de análisis.

Como ya dije una vez, América Latina es un continente políticamente fallido, porque su historia arrastra el encuentro feroz e inacabado de dos locomotoras: la tradición monárquica hispánica y el liberalismo constructivista francés.

A partir de allí, América Latina fue concebida en guerra, en grieta, en incomunicabilidad de paradigmas, e imposible es casi encontrar un análisis de su historia que no esté atravesado por ese cuerpo calloso total y completo.

Los movimientos independentistas de la corona española fueron todos intentos racionalistas de cambiar las tradiciones españolas a sangre y fuego, aunque algunos quieran poner algo de Francisco Suárez por allí. Y como tales estaba destinados al fracaso. A su vez, esas tradiciones tampoco evitaban la sangre y el fuego cuando querían volver. América Latina, continente hobbesiano.

A partir de los 60 y los 70, las revoluciones tradicionalistas contra el racionalismo constructivista comienzan a ser marxistas leninistas, (que es otro tipo de constructivismo) con lo cual la inestabilidad y la confusión es mayor. Cuba intenta invadir, y lo sigue haciendo, toda América Latina, y las tradiciones católicas se mezclan con las teologías de la liberación, produciendo ello tres, no dos, grupos en guerra permanente: los antiliberales no marxistas, los antiliberales marxistas, y los liberales constructivistas.

Ante ello, el caos es mayor. Desde el 70 en adelante Cuba intenta penetrar por el este y el oeste: por Chile vía Allende, con la visita de Castro dando recomendaciones, por Argentina vía ERP y Montoneros -con el apoyo del peronismo, que queda convertido en caos y misterio-, y luego Sendero Luminoso en Perú, FARC en Colombia, etc.

¿Qué estabilidad política se podía pretender a partir de ello? ¿Acaso Allende en Chile y el gobierno de Cámpora en Argentina eran simplemente “partidos políticos en la alternancia del poder”? ¿Cómo era políticamente posible esperar a las elecciones, si los que estaban en el poder no eran más que títeres de Fidel Castro? ¿Qué hacer?

Sólo quedaba el caos. Las reacciones fueron de todo tipo. Cómo analizarlas sin ser ni marxista ni liberal constructivista es algo que supera mi terminología. Si alguien la tiene, me avisa. Sé lo que NO debieron hacer. Pero hasta allí llega mi certeza.

Honduras, 2009, otro caos. Bolivia, 2019, otro caos, de un lado y del otro. Una amalgama de marxismo leninismo, de post-modernismo, de multiculturalismo colectivista, amalgama incoherente pero efectiva, destruye siempre todo vestigio de orden institucional (a su vez impuesto) y luego todos llaman a las cosas como les conviene. Si eres de izquierda, en Bolivia hay golpe de estado y en Chile, en cambio, que Piñera renuncie sería democracia. Un caos. Los liberales constructivistas no terminan de reconocer, a su vez, su ingenuidad total al pretender “construir” un liberalismo institucional sobre la base de un humus cultural de caudillos y horizontes anti-liberales profundamente arraigados.

La historia no ha terminado. América Latina se encamina hacia una guerra civil total en la cual nació y de la cual nunca salió.

Muchos liberales constructivistas van a estar decepcionados con esta entrada. ¿Y entonces qué? ¿Cómo? ¿Brasil no está mejor con Bolsonaro, Bolivia con Jeanine Anuez, Chile no estaba mejor con Pinera, etc?

No sé. Hay un grupo que no es actor político ni intelectual en América Latina: los liberales clásicos. ¿Quiénes son? No sé. Pero creo que desde su núcleo central tienen que hacer nueva teoría para explicar América Latina. El liberalismo constructivista no funciona. El liberalismo clásico nunca existió. Sólo es, en este momento, un difuso movimiento contra-cultural que está lejos de ser horizonte. Y tal vez nunca lo sea. Lo único que se puede esperar es que los anti-liberales moderados, no ganados por la crueldad de las ideologías, vayan moviendo la historia, lentamente, hacia una larga evolución, hacia una tierra prometida que seguramente está más allá de nuestras vidas.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

 

 

CHILE, CONJETURAS Y REFUTACIONES.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 10/11/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/11/chile-conjeturas-y-refutaciones.html

 

El caso chileno ha dejado estupefactos a todos los partidarios de la democracia constitucional y la economía de mercado, esto es, a los liberales clásicos. Chile era el caso exitoso, era la corroboración de la conjetura que afirma que hay que aplicar una economía de mercado y una constitución liberal (en orden dudoso) y que la cosa iba a dar resultado.

Pero la conjetura parece enfrentarse con una aguda refutación, o, si se quiere, el núcleo central parece no dar una respuesta ante la anomalía.

Siempre me ha preocupado el constructivismo como modelo de construir una sociedad desde la nada de un horizonte. Hay casos que parecen ser exitosos. Alemania e Italia después de la Segunda guerra, idem Japón. Incluso Argentina parece que fue uno de ellos. Urquiza pactó con liberales más franceses que hayekianos y mandaron a la miércoles a Rosas y al caudillismo, y al parecer llegó a ser la Suiza de Latinoamérica hasta 1930 más o menos.

Pero por eso digo que me preocupan los cambios políticos en paz, porque parece que no los hay. El caso de la evolución de las instituciones inglesas parece ser la excepción, si es que lo fue. Porque en los casos referidos, que son cualitativamente importantes… Alemania e Italia, luego de la Segunda Guerra. Japón, idem, más dos bombas atómicas.

Y salvando las distancias, Chile, después de Pinochet. Argentina, después de Caseros. Y después de Caseros, algo, sí, de mercado libre, de Constitución, de alambrado, de ferrocarriles, de alfabetización, de ciudades europeas, etc., sí, pero a sangre y fuego. ¿Había cambiado el horizonte cultural caudillezco y autoritario? ¿Sí? ¿Y entonces por qué la revolución del 30, por qué el peronismo, que llegó para quedarse?

En Chile, ¿hubo un cambio cultural? Es hora de evaluarlo, y es eso lo que no miden los famosos datos.

Tocqueville sostuvo en su momento que la Revolución Francesa se produjo precisamente por las mejoras de Luis XVI. Sólo en ese caso los agentes revolucionarios pudieron actuar, alimentando expectativas que no estaban en el conjunto de valores de los más liberales de Luis XVI.

¿Podría haber algo parecido? Entre los agentes revolucionarios seguramente hay gente muy pacífica y otros que no lo son tanto, algunos más espontáneos y algunos más dirigidos, pero en ambos casos cuentan con el apoyo de unas masas de gentes relativamente jóvenes inmunes a los datos de los economistas. Hay valores que se están instalando en todo el mundo y no son falsos, aunque difíciles de manejar por quienes valoramos tanto la libertad. La igualdad, por ejemplo. Vino viejo en odres nuevos.

Las masas, por lo demás, no responden a los valores racionales que los liberales tanto pensamos y demostramos. Las masas tienen otra rebelión. Lamentablemente para mis amigos randianos, la rebelión sigue siendo la de las masas, la explicada por Ortega, y no la del Atlas. Las masas que no saben de dónde viene ese progreso que les permite ilusionarse con progresos más rápidos. Sólo lo dan por sentado y lo demandan, especialmente movidas por los señoritos satisfechos que verdaderamente creen que la escasez es sólo un fruto perverso del capitalismo. Por eso su peculiar violencia.

Fromm habló del miedo a la libertad. Las masas no responden a nuestros argumentos éticos a favor de la libertad. Le tienen miedo, en parte por los motivos expuestos por Fromm. El miedo a ser individuo y la unión simbiótica y sado-masoquista con los líderes autoritarios.

Freud explicó también, ya en 1915, los procesos neuróticos que llevan a la masificación. Es cuestión de leerlo y estudiarlo. Pero los liberales, que no leemos a Fromm porque era “de la escuela de Frankfurt”, y no leemos a Freud porque Hayek pensaba que era malo malo malo, no entendemos de psicología política y luego nos llevamos grandes sorpresas.

Y Mises, que sí entendía y elogiaba a Freud (cosa que algunos liberales ocultan) sí habló, en medio de sus sueños iluministas, de la ilusión racionalista de los viejos liberales, ya después del 40, cuando él mismo lloró el quiebre de sus sueños con la terrible amargura de “Notes and Recolections”.

¿Y entonces? Entonces nada. Sin una lenta transformación de los horizontes culturales, estos siguen viviendo hasta que pueden rebelarse, y pueden rebelarse precisamente cuando están mejor.

Por ahora la única buena noticia es tener conciencia de esto, para no llevarnos sorpresas. Porque si alguien sabe de algún cambio político en paz y cómo hacerlo, que lo diga please. Si, Inglaterra tuvo una evolución lenta, de siglos, al Rule of Law, y la revolución norteamericana no fue cultural, sino mandar a la miércoles a Jorge III, mientras que el humus cultural era totalmente libertario y sus adeptos eran granjeros, comerciantes y navegantes. Y los redactores de la Constitución, por suerte, no fueron filósofos. Fueron abogados. Pero EEUU también está sufriendo ahora un cambio cultural terrible y…. Dios sabrá.

¿Y la Argentina? Me pregunto qué pasaría si Espert fuera el presidente con el apoyo del Ejército de EEUU con Trump como comandante en jefe. ¿Todo solucionado? ¿Seguro?

Mi conjetura es que sin cambio cultural profundo no hay cambio duradero.

¿Estará ya corroborada?

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.