Para ahorristas: si puede, no compre dólares

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 24/4/20 en: https://www.ambito.com/finanzas/inflacion/para-ahorristas-si-puede-no-compre-dolares-n5097986

A los gobiernos del mundo no se les ha ocurrido peor estrategia que literalmente «regalar dinero». Inevitablemente esto traerá una fuerte inflación.
Análisis conservadores sobre la evolución del precios del oro apuntan a un objetivo implícito de u$s1.941/oz en unas siete semanas. Esto es un 12% en menos de dos meses.


Análisis conservadores sobre la evolución del precios del oro apuntan a un objetivo implícito de u$s1.941/oz en unas siete semanas. Esto es un 12% en menos de dos meses.

La inflación se dispara y el mejor medidor es el dólar blue ya que es el que, con mayor libertad e independencia, muestra la depreciación del peso, la inflación de verdad. Hoy supera los $ 120 subiendo 47% en un mes y marcando una brecha cambiaria con el mayorista oficial de más del 70%, y esto va a estallar.

El error de confundir la inflación con el aumento del IPC queda en evidencia porque, a pesar de la desmadrada emisión monetaria, los precios se mantienen relativamente estables, aumentaron solo 3,3% en marzo, según el INDEC, que reconoció que midió por teléfono. Ahora, los salarios nominales promedio se bajan fuerte dado el parate económico con lo cual, el poder adquisitivo promedio cayó mucho más que por el aumento del IPC.

Sea como sea, el dólar seguirá siendo preferencia -casi urgencia dada la disparada de la inflación- porque es enormemente mejor que el peso y fácil de comprar, pero definitivamente deberían empezar a mirar otros valores.

El globo va mal, mientras que EEUU cae fuerte, los datos adelantados de abril de PMI -mide la producción del sector privado y estima el PBI- registran descensos sin precedentes en Alemania, Francia y el conjunto de la zona euro, a un ritmo del 7,5% en términos trimestrales. Casi el triple que durante la crisis financiera de 2008. Esto es consecuencia de la fuerte represión de los mercados por parte de los Estados -con la idea de “controlar la pandemia”- pero a los gobiernos no se les ha ocurrido peor estrategia que literalmente “regalar dinero”, lo que significa pretender que uno puede enriquecerse sin trabajar, solo esperando que pase un helicóptero y le tire billetes.

Antes de 2008, los bancos centrales tenían un volumen de balance equivalente al 10% del PBI. Hoy, algunos como el Banco de Japón o el Banco de Suiza ya superan el 100% del PBI, aunque el BCE, la FED y el Banco de Inglaterra van detrás. Y pareciera que estas emisiones no tienen techo. Entre 2020 y 2021 solo los desembolsos, de los países en desarrollo, para el pago de su deuda pública externa ascenderán hasta los u$s3,4 billones, un 10 % de sus ingresos estatales.

Inevitablemente esto traerá una fuerte inflación en la cual quizás el dólar sea la “menos peor” moneda dado el comportamiento “más conservador” de la FED, mientras que el BCE ha decidido hasta aceptar bonos basura. De hecho, el Dollar Index Spot sube 4% hasta 100,45 en lo que va de 2020.

Esta inflación explica en buena parte el comportamiento alcista en las últimas semanas en términos nominales de las bolsas. Pero todo indica que quizás sea mejor refugiarse en otros lados. Ni siquiera valen la pena los bonos de EEUU que son considerados muy seguros pero cuyos rendimientos están en mínimos históricos.

Quizás sea momento de mirar al oro, que sube sostenidamente y ya ronda los u$s1.726/oz. Bank of America (NYSE:BAC) ha establecido un objetivo de precios asombrosamente elevado de u$s3.000/oz en los próximos 18 meses, superando fuertemente los máximos registrados de u$s1.911,60 en septiembre de 2011. BAC lo atribuye a un ambiente de riesgo provocado por la agitación en los mercados petroleros y de otros activos. Aun los más conservadores como Pinchas Cohen, presidente y fundador de la Cámara Israelí de Analistas Técnicos, apuntan a un objetivo implícito de u$s1.941/oz en unas siete semanas. Esto es un 12% en menos de dos meses, no está mal.

Obviamente, como todo en el mercado es imprevisible, esta estructura de oferta-demanda puede fluctuar, e incluso desfigurarse, en el caso de un hecho aún desconocido. Como anécdota, Cohen da un ejemplo de operación: entrada en u$s1.740/oz con orden de minimización de pérdidas en los u$s1.730, así el riesgo es perder u$s10, siendo el objetivo de u$s1.780 -debajo de los máximos del 14 de abril- resultando la recompensa de u$s40, entonces la relación riesgo-recompensa queda en 1:4.

Por cierto, el modo más fácil de comprar oro es comprar un ETF que se compra y vende como cualquier acción y que es un fondo que invierte en oro y cotiza en bolsa. El ETF más conocido es el SPDR Gold Shares (NYSEARCA: GLD) que sube 15% en lo que va de 2020 mientras que el S&P 500 cae 16%. Y hay otros ETF que suben todavía más. Aunque lo más rentable es comprar futuros de oro COMEX que pueden apalancarse y rollearse, claro que es algo más riesgoso.

Por su parte, el Bitcoin (BTC) ronda los u$s7.560 y, aunque con la volatilidad que lo caracteriza, sube 30% en 30 días, superando la media móvil de las últimas 200 semanas de u$s5.000 y se antoja atractivo sobre todo porque el “halving” -los BTC que ingresan en circulación cada 10 minutos, recompensa de bloque, disminuirán de 12,5 a 6,25- se producirá a mediados de mayo -fecha estimada, lunes 11- y los más optimistas creen que podría llegar hasta u$s10.000.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Asesor Senior de The Cedar Portfolio, Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

 

 

La competitividad no se gana devaluando

Por Iván Carrino. Publicado el 10/7/16 en: http://www.ivancarrino.com/la-competitividad-no-se-gana-devaluando/

 

Argentina es un país curioso. Poco tiempo atrás, la preocupación número uno de los analistas era la suba del valor del dólar. La brecha cambiaria, el dólar blue, el desplome de reservas… Todas estas cuestiones acaparaban las portadas de los diarios y consumían largas horas de debate en la pantalla de televisión.

Sin embargo, hace menos de 90 días que la preocupación parece ser exactamente la inversa. El precio del dólar estuvo cayendo y los economistas, en lugar de alegrarse, comenzaron a alarmarse por la pérdida de competitividad que esto le generaría a la economía.

El argumento es el siguiente. Pensemos en un exportador de vino de La Rioja. Si este productor puede vender una botella de su vino a 10 dólares en el mercado internacional, se vería beneficiado con un dólar caro. Es que cuanto más alto el precio del dólar, mayores ingresos en pesos tendrá. Y, si asumimos que sus costos en precios no varían, entonces mayores serán sus beneficios. Por el contrario, un dólar barato comprimirá la rentabilidad del vinatero, amenazaría la supervivencia de su emprendimiento.

Siguiendo esta línea de pensamiento, el Brexit le dio un respiro a nuestro exportador de vinos, así como a todos los sectores que exportan en la economía. Aunque la suba luego cedió, dos días después de conocida la noticia de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, el precio del dólar trepó nada menos que 89 centavos y superó largamente los 15 pesos.

Sin embargo, el razonamiento no debería ser tan lineal. A fin de cuentas, si la devaluación de nuestra moneda fuera la receta de la prosperidad, deberíamos ser el país más avanzado del mundo. Tengamos presente el siguiente dato: si a lo largo de la historia no hubiésemos cambiado de signo monetario, un dólar hoy debería pagarse nada menos que 140 billones de pesos de 1940. El tipo de cambio, como se observa desde esta perspectiva histórica, está “recontra alto”.

No obstante, tras años de depreciaciones y devaluaciones, el desempeño económico del país no ha mejorado. De hecho, en los últimos 50 años perdimos 39 posiciones en el ranking mundial de PBI per cápita.

Es que el tema pasa por otro lado. Según el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), la competitividad de un país descansa sobre 12 pilares. Estos son: las instituciones, la infraestructura, el ambiente macroeconómico, la salud y la educación primaria, la educación superior y el entrenamiento, la eficiencia del mercado de bienes, la eficiencia del mercado laboral, el desarrollo del mercado financiero, la predisposición tecnológica, el tamaño del mercado, la sofisticación de las empresas, y, por último, la innovación.

Para el WEF, las instituciones están determinadas por el “marco legal y administrativo en que los individuos, las empresas y el gobierno interactúan para generar riqueza”. En este marco, resaltan la importancia de los derechos de propiedad como piedra fundamental para atraer inversiones.

Otra cuestión para destacar es la eficiencia del mercado de bienes. En este punto destacan: “La competencia sana del mercado, tanto doméstica como internacional, es importante a la hora de generar eficiencia y mejorar la productividad de las empresas, al asegurar que las empresas más eficientes sean las que triunfen. El mejor ecosistema para el intercambio de bienes exige una intervención mínima del gobierno”.

Respecto de los mercados de trabajo, afirman: “Deben tener la flexibilidad para que los trabajadores puedan migrar desde una actividad económica a la otra rápidamente y a bajo costo”. Impedir el movimiento de los trabajadores con leyes de supuesta protección laboral sólo empeora las cosas.

En el Índice de Competitividad Global que la organización elabora, los primeros tres lugares son para Suiza, Singapur y los Estados Unidos. Sobre un total de 140 países analizados, Argentina se ubica en el puesto 106. Es decir, en el último 25% del ranking total.

El Brexit puede haber hecho subir el tipo de cambio. Sin embargo, no modificó ninguno de los 12 pilares de la competitividad a los que se refiere el Foro Económico Mundial. No flexibilizó mercados, no aseguró mejor los derechos de propiedad ni cambió el ambiente macroeconómico local caracterizado por el déficit fiscal y la inflación. Solamente hizo que nuestro poder de compra en dólares se debilitara.

Como nota final, es bueno recordar que si la competitividad se ganara devaluando, Venezuela sería el paraíso económico y Suiza estaría al borde de la quiebra. Es hora de que empecemos a mirar las causas reales de la competitividad, ya que es mucho el trabajo que allí queda por delante.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Derribar el Muro del Dólar

Por Iván Carrino. Publicado el 12/11/15 en: https://igdigital.com/2015/11/derribar-el-muro-del-dolar/

 

En un nuevo aniversario de la caída del Muro de Berlín, vale la pena reflexionar sobre uno de los muros que construyó el kirchnerismo y que urge derribar.

Hace tres días se cumplieron 26 años de la caída del Muro de Berlin que dividía Alemania Occidental de Alemania Oriental. A diferencia del resto de los muros que existen en cualquier parte del mundo, este no fue construido para evitar el ingreso a un determinado territorio de seres extraños al mismo, sino más bien para impedir la salida.

Frente a esta situación, Roberto Ampuero, novelista y convencido comunista chileno exiliado en la República Democrática Alemana en los años ’70, comentaba con decepción:

“En cuanto hube desembarcado al día siguiente en Berlín Occidental y cruzado la frontera de la RDA con su muro, alambradas, torreones, casamatas, campos minados y perros amaestrados, una suerte de escalofriante depresión se apoderó de mí. ¿Por qué se impedía así el tránsito de los ciudadanos hacia Occidente? ¿No construía acaso el socialismo un mundo superior al capitalismo?“

Salvando las distancias, en nuestro país se levantó un muro hace cuatro años. Ese muro es el cepo cambiario, que en lugar de evitar que las personas salgan del país, lo que busca es evitar que los ingresos de esas personas sean transformados a dólares de manera libre y legal. Como puede observarse a simple vista, esto constituye un atropello contra la libertad de la todos y una  razón más que suficiente para derribar este “muro cambiario” de la misma forma que se derribó el Muro de Berlín 26 años atrás.

Pero esto no es todo. El cepo cambiario, al ser un control de precios aplicado a la divisa, genera otros problemas adicionales a la lesión de derechos. Entre los costos más evidentes podemos enumerar:

  • La caída de reservas: como todo control de precios, cuando se impone aparece la escasez. En el caso del dólar, esto se ve reflejado en la caída de las Reservas Internacionales del Banco Central, que pasaron de USD 47.000 millones a 26.000 millones.
  • La brecha cambiaria:los controles de precios también son responsables de la aparición de mercados paralelos. Con el dólar sucede exactamente eso y hoy la brecha cambiaria es un indicador de la incertidumbre hacia el futuro.
  • El desplome del comercio internacional: dado que los exportadores deben vender sus dólares al tipo de cambio oficial, su rentabilidad se debilita y, por tanto, las exportaciones caen. Por otro lado, las importaciones también caen debido a los controles, pero en menor medida, lo que achica el superávit comercial.
  • La caída de la inversión: nadie trae dólares para invertir a un país del que sabe que nos los podrá sacar. Así, mientras en 2011 recibíamos el 7,2% de toda la Inversión Extranjera Directa que llegaba a la región, en 2014 sólo recibimos el 4,6%.
  • La desigualdad social: como está planteado el sistema, solo algunos tienen el privilegio de poder comprar dólares al subsidiado precio oficial. El “dólar ahorro”, por ejemplo, beneficia solo a un sector acomodado de la sociedad, mientras que condena al resto a ahorrar en una moneda que se deprecia día tras día.
  • El estancamiento económico: la elevada incertidumbre, el desplome exportador, las trabas para importar y los desincentivos a invertir que generó el cepo dieron lugar a un combo perfecto que asfixió la producción nacional. El resultado son 4 años de estancamiento económico.

 

En este marco,  la eliminación del cepo cambiario no solo se vuelve un imperativo moral, sino también un paso necesario para poder recuperar el crecimiento de la economía. Es claro que por sí sola, esta medida no será suficiente para que ello suceda, pero ningún plan serio puede dejar de lado la inmediata eliminación del control de cambios.

Frente a esta posibilidad, sin embargo, muchos hacen énfasis en el impacto inflacionario que podría tener la decisión. Un dólar libre fijado por el mercado sería superior al del dólar oficial y eso impactaría en el precio de los bienes que pueden exportarse e importarse, generando un salto en las mediciones tradicionales de la inflación.

Podemos tomar este punto, pero la pregunta relevante es: ¿cuál es la alternativa?

Cuando cayó el Muro de Berlín seguramente había mucha incertidumbre respecto de lo que podía pasar el día después. ¿Quedaría alguien en Alemania Oriental? ¿Aumentaría el desempleo en Alemania Occidental? ¿Quebrarían todos los productores de la Alemania comunista al enfrentar la competencia de los productos vecinos?

La decisión, a pesar de la incertidumbre, fue derribar el muro que en nada había contribuido al bienestar de los alemanes de la falsamente llamada república democrática. El 9 de noviembre de 1989, la gente prefirió la incertidumbre de la libertad, que al menos ofrece la probabilidad del éxito, que la certidumbre de la esclavitud que garantiza el fracaso.

Es imperativo que los argentinos hagamos lo mismo con el cepo cambiario y derribemos de una vez ese muro que nos impide progresar.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Cepo a las exportaciones

Por Aldo Abram. Publicado el 31/5/13 en http://www.libertadyprogresonline.org/2013/05/30/cepo-a-las-exportaciones/

 Cuando el gobierno habla del actual modelo, lo presenta como “proexportador” y se basa en la impresionante evolución de las ventas al exterior que, desde 2002, acumulan casi un 220% de incremento. Sin embargo, cuando miramos qué ocurrió, en el mismo período, con los restantes países de la región, vemos que todos tuvieron un crecimiento de sus exportaciones superior al de la Argentina. Conclusión: un contexto internacional favorable impulsó las ventas locales al exterior, a pesar de que el “modelo” actuó como un lastre.

No es de extrañar. Es imposible pensar que políticas económicas como las retenciones y los cupos a la exportación pueden ser un incentivo. Sin embargo, hacia adelante la perspectiva es peor. Te preguntarás, ¿no era que un mayor dinamismo de Brasil y una buena cosecha garantizaban un buen 2013?

 

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La evolución de las exportaciones ha sido decreciente hasta el primer trimestre de 2013, a pesar de que la economía brasileña muestra una lenta mejora en su tasa de crecimiento. Es que los vecinos pueden querer comprar más productos en el exterior; pero los productores argentinos tienen que poder proveérselos a un precio competitivo respecto del de otros países. Y, ahí, empiezan nuestros problemas. Las crecientes restricciones a las importaciones obligaron a muchos productores a usar insumos locales de menor calidad y mayor precio; por lo que sus bienes finales son peores y más costosos. Por otro lado, se dificulta la posibilidad de bajar costos produciendo con stocks mínimos (“just in time”), aún en el caso de proveedores locales que incorporan insumos importados que pueden ser trabados en su ingreso al país. Todo esto es una mochila pesada a la hora de competir en los mercados mundiales.

Por otro lado, el Banco Central deprecia la moneda nacional para cobrar un creciente impuesto inflacionario y transferírselo al gobierno para que financie sus excesos de gasto; pero, con el cepo, no reconoce plenamente la devaluación del peso en el tipo de cambio oficial. Actualmente, el gobierno les paga, a quiénes producen bienes exportables, alrededor del 60% del valor real de sus dólares y esta diferencia se ampliará a medida que pase el tiempo. El problema es que la inflación sí se refleja totalmente en los costos de los productores que pierden competitividad. Ejemplo de ello, son las economías regionales y aquellas industrias que son relativamente menos eficientes, que ya han empezado a tener dificultades para poder producir a precios atractivos para los compradores extranjeros. Este impacto negativo tenderá a agravarse y, cada vez, mayor cantidad de sectores tendrán que reducir su nivel de actividad, inversión y empleo.

Es cierto, se está levantando la cosecha de soja, no estará a la altura de las expectativas más optimistas; pero no será mala. Por lo tanto, las exportaciones crecerán en los próximos meses. Sin embargo, cuando el productor vea que le pagan alrededor del 40% de lo que vale su producto afuera, contra más de 60% que cobraba en 2011, y se de cuenta de que, en 2014, será peor (cercano a 30%), invertirá mucho menos en la próxima siembra. Por lo tanto, los rendimientos serán menores e, incluso, en muchas áreas marginales de producción, no se va a sembrar. Es decir, aún el sector más eficiente de la economía va a tener serios problemas de competitividad gracias al cepo cambiario. Por ello, no extrañaría que, luego de un repunte coyuntural, volvamos a ver que las exportaciones se desaceleran e, incluso, vuelven a caer.

Algunos plantean que el problema se resuelve con un desdoblamiento cambiario. Por ejemplo, haciendo que gran parte de las exportaciones y las importaciones pasen por el actual “cepo”, pero llamándolo “comercial”, y se permita que el, hoy, mercado paralelo funcione legalmente como un tipo de cambio “financiero” o “turista”, por el que se realicen el resto de las operaciones. Esto puede permitir algún alivio coyuntural del aumento de la brecha y, por ende, brindar una brisa de aire al ahogo de los exportadores. Sin embargo, estos seguirán dependiendo de un “dólar oficial” que no reflejará la verdadera depreciación del peso y, por ende, no se resolverá nada, sólo demora un poco la crisis.

Entonces, ¿la única solución es devaluar? Error, esa pregunta asume la versión oficial de que “impusimos el cepo para no devaluar”; lo cual es falso. Lo que se deprecia es el peso y el Banco Central lo ha devaluado fuerte para cobrarnos el impuesto inflacionario que le ha estado transfiriendo al gobierno, para que financie sus excesos de gasto. Sin embargo, desde fines de 2011, no refleja esa pérdida de valor en el tipo de cambio oficial. De la misma forma, a principios de 2007, el gobierno intervino el INDEC para que no muestre el verdadero incremento del índice de precios al consumidor o, a principios de este año, “congeló” los precios en los hipermercados, para “ocultar” la verdadera inflación en las góndolas. El problema es que la mentira tiene patas, y vida, cortas.

Decir que el INDEC debería mostrar la verdadera inflación, de alrededor de 25%, en lugar del “dibujo” actual de poco más de 10%, ¿es pedir más inflación? No, es reconocer la realidad, que es lo que debería hacer el Banco Central con el valor del peso, que hoy debe rondar, como mucho, un octavo de dólar. Pueden seguir mintiéndose a sí mismos y a todos los argentinos; pero a costa de agravar los problemas y de que la realidad se imponga en forma desordenada, derivando en una típica crisis cambiaria y bancaria argentina.

¿Hay solución? Sí, pero no sin costo, ya que el daño está hecho. Sin embargo, se puede atenuar actuando sobre los problemas de fondo que nos llevaron a esta situación. El primero, un gasto público desmadrado que ha llevado a saquear al Banco Central, obligándolo a cobrarnos un creciente impuesto inflacionario y, al perder solvencia, implementar el nefasto cepo actual. Habrá que aprovechar su licuación inicial para, en un tiempo prudencial, reordenarlo reasignando eficientemente los recursos y, a partir de allí, hacer un manejo austero del erario público.

El segundo, son las políticas que han destruido la credibilidad y la seguridad jurídica de la Argentina, incentivando a los argentinos y extranjeros a huir de los activos locales y refugiarse en los del exterior. Una justicia cada vez más dependiente del poder político, cuya capacidad de defender los derechos ante los atropellos del gobierno de turno se diluye; expropiaciones o confiscaciones de empresas sin respetar los pasos que marca la ley, la Constitución Nacional y los acuerdos internacionales; las ilegales retenciones o cupos a la exportación; los “congelamientos” que se sustentan en normas inexistentes y en la capacidad de daño de un gobierno que usa arbitraria y hegemónicamente el poder; los ataques contra la libertad de expresión; la impunidad de la creciente corrupción; y una lista interminable a la que cada uno puede ir agregando lo que su buena memoria le permita.

Si convencemos a los argentinos y al mundo que no volveremos a avasallar sus derechos, entre ellos el de propiedad, puede ser que decidan volver a traer sus ahorros e inversiones. Esto permitiría superar más rápido los costos sociales y económicos de los desmanejos políticos de los últimos años.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

 

Locos por Cristina:

Por Pablo Guido. Publicado el 8/5/13 en http://chh.ufm.edu/blogchh/

En marzo de 1991 el gobierno argentino estableció un régimen de convertibilidad en el cual se fijo el tipo de cambio nominal en $1 (un peso) por dólar. Al cabo de 11 años el precio del dólar se mantuvo fijo. Pero en abril de 2002 (por causas que no vienen al caso) el precio del dólar “salto” abruptamente a unos $4 por dólar (abril 2002) para luego fluctuar alrededor de los $3 durante los siguientes cuatro años (2002-2006). Entre 2007 y 2011 la inflación acumulada fue del 160% aproximadamente, al tiempo que el precio del dólar aumentaba un 40%. A partir de octubre de 2011 el gobierno estableció un control de cambios, ante lo cual surgió un mercado cambiario “no oficial” o  dólar “blue”, como se conoce en la jerga cambiaria. Entre el inicio del control cambiario y la actualidad el dólar “oficial” aumento un 20%, mientras que el dólar paralelo lo hizo en un 95%. La brecha entre ambas cotizaciones termino en abril en un 82%. ¿Por qué se genero esta diferencia de precios en el mercado cambiario legal (“oficial”) y el mercado ilegal (“blue”)? Porque desde octubre de 2011 las restricciones para comprar legalmente dólares ha ido aumentando, al punto que hoy es prácticamente imposible para la gente comprar dólares o cualquier otra moneda extranjera con el objetivo de atesorar, ahorrar o enviar divisas al exterior. Solamente se le venden dólares a aquellos importadores que consiguen obtener un permiso de la Secretaria de Comercio Exterior. Con cuentagotas. Entonces, ante estas restricciones y ante una inflación anual del 25% la gente no es estúpida y compra dólares igualmente. De manera ilegal claro. Y esa demanda de dólares del público que quiere huir de la moneda local se traduce en un aumento del precio del dólar (y el resto de las monedas extranjeras).

El primer día de esta semana, el lunes 6 de mayo, el precio del dólar en el mercado paralelo “araño” los $10, mientras que el dólar oficial se ubico en $5,20. Una brecha cambiaria del 90%. El mismo día la presidente de la Argentina dio un discurso en el cual, entre otras cosas, dijo: “…mientras yo sea presidente, los que pretendan ganar plata a costa de devaluaciones que tenga que pagar el pueblo, van a tener que esperar a otro gobierno. No con nosotros”. El mismo día el ministro de Economía decía: “el dólar no le importa a nadie”. Dias antes el vicepresidente había dicho que el mercado cambiario ilegal era un tema muy marginal que tenía que ver con no más de 100 o 200 mil personas.

Ante afirmaciones de esas características de la primera mandataria de un país y los principales funcionarias del gobierno ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo proyectar los próximos meses en términos de consumo, ahorro o inversión? ¿Habrá un suicidio masivo al estilo Jonestown o la gente simplemente aguantara hasta las próximas elecciones y cambiara el gobierno? La economía argentina está estancada, y cada vez más complicada en términos de actividad económica, empleo, inflación, balanza de pagos y cuentas fiscales. Los proyectos de inversión están obviamente paralizados. La gente retira su dinero de los bancos para comprar cualquier cosa con tal de no mantener los pesos en la mano. Otros retiran dinero de los bancos de sus cuentas de depósitos a plazo o de sus cuentas salariales para comprar dólares. Mientras tanto, el gobierno argentino parece que “fuma” en el medio de un polvorín. ¿Se acuerdan de los músicos del Titanic tocando sus instrumentos en la cubierta al tiempo que el transatlántico se venía a pique? ¿O recuerdan la película La caída, de los últimos días de Hitler en el bunker de Berlin? Tengo esas dos imágenes desde hace un tiempo cuando observo el comportamiento del gobierno argentino. Me imagino que muchas personas tendrán las mismas imágenes, lo cual es un incentivo a no hacer nada, a esperar que pase el diluvio.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.