Category Archives: Libre Comercio

Para avanzar en la desregulación la última esperanza son los votantes,¿y qué hacemos con los políticos y legisladores?

Por Martín Krause. Publicado el 19/9/17 en: http://bazar.ufm.edu/avanzar-la-desregulacion-la-ultima-esperanza-los-votantesy-hacemos-los-politicos-legisladores/

 

La revista Regulation, publicada por el Cato Institute, cumplió 40 años. Con motivo de ello, sus editores, Peter van Doren y Thomas Firey, publican un interesante artículo evaluando ese período en relación al desarrollo de la teoría y las políticas públicas relacionadas con las regulaciones. Aquí van algunos párrafos. El texto completo en: https://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/regulation/2017/3/regulation-v40n1-1-updated-2.pdf

“¿Es la educación la única esperanza? / La educación de los futuros políticos puede conducir a una regulación más racional, si no menos reguladora. La profesión legal provee a los jueces que interpretan leyes y regulaciones, así como una fracción saludable de legisladores, reguladores, y su personal. Como resultado de la subida del movimiento de la ley y de la economía en la universidad de Chicago, las facultades permanentes de todas las escuelas de ley de la élite ahora incluyen a economistas. Uno no puede graduarse de una escuela superior de derecho sin tener algún entrenamiento en cómo funcionan los mercados, cuán robustas son sus características de eficiencia y cómo los esfuerzos para regularlas a menudo tienen resultados perversos.

Pero la última y mejor esperanza para la desregulación descansa en las futuras generaciones de votantes. Obtienen los legisladores y las leyes que exigen. Es fácil para los votantes exigir regulación -o acatarla- porque la mayoría de los votantes no entienden sus efectos: precios más altos, impuestos más altos y menos libertad. Los estudiantes de hoy son los votantes del mañana, y debemos fomentar esa comprensión en ellos. Cuanto más se exponen a los conocimientos sobre los beneficios de los mercados libres y los costos de la regulación, y cuanto más ven estas lecciones en sus vidas cotidianas (por ejemplo, Uber, Airbnb, camiones de alimentos, microembruaje y microdestilado) Probablemente votarán por políticos que favorezcan la intervención del gobierno en los mercados, o al menos así lo esperamos.

Sin duda, este esfuerzo educativo está en conflicto con la visión de interés público del gobierno y los mercados que ha sido popular en los campus universitarios y en el público por lo menos durante 100 años. Muchos creen que este punto de vista no puede ser revertido. Pero, ¿qué otra estrategia ofrece más promesa?

Si una mayoría de ciudadanos cree que es bueno y no problemático exigir favores económicos del gobierno, entonces los políticos acomodarán esas demandas. No hay balas mágicas institucionales que puedan detenerlas.

CONCLUSIÓN

La teoría de interés público de la regulación afirma que los mercados a menudo no funcionan bien. Es decir, los mercados supuestamente no son eficientes y los consumidores no reciben una sacudida justa. Bajo esta teoría, la intervención reguladora en los mercados por parte del gobierno, si está diseñada inteligentemente, puede hacer que los mercados sean más eficientes y justos.

Sin embargo, cuando los investigadores comenzaron a investigar las regulaciones del mundo real para medir estos beneficios, estaban desilusionados. Pocos beneficios públicos fueron encontrados, pero hubo un montón de beneficios de interés especial, así como ganancias para los políticos, y un montón de pérdida de peso muerto. Más alentador, los investigadores descubrieron que la mayoría de los mercados regulados no tenían fallas de mercado en primer lugar, y por lo tanto sería más eficiente si se eliminaran las regulaciones. Y para aquellos mercados que tienen fallas, la regulación a menudo no ha mejorado la eficiencia.

En lugar de beneficiar al público, la intervención reguladora generalmente redistribuye de algunas empresas a otras y de algunos consumidores a otras, e impone costos netos en el proceso.

Dado los muchos desafíos económicos a los que se enfrenta Estados Unidos en el siglo XXI, estas redistribuciones pesarán cada vez más sobre el bienestar público.

LECTURAS

■ “A Somewhat Better Connection,” by Robert W. Crandall. Regulation 25:2 (Summer 2002), 22–28.

■ “Banking Approaches the Modern Era,” by Charles W. Calomiris. Regulation 25:2 (Summer 2002), 14–20.

■ Government Failure vs. Market Failure: Microeconomics Policy Research and Government Performance, by Clifford Winston. AEI–Brookings Joint Center for Regulatory Studies, 2006.

■ “Lessons Learned and Forgotten,” by Richard L. Gordon. Regulation 25:2 (Summer 2002), 46–50.

■ “Moving Ahead,” by Thomas Gale Moore. Regulation 25:2 (Spring 2002), 6–13.

■ “Retrospective Review in Four States,” by Stuart Shapiro, Debra BorieHoltz, and Ian Markey. Regulation 39:1 (Spring 2016), 32–35.

■ “The Motivations behind Banking Reform,” by Randall S. Kroszner. Regulation 24:2 (Summer 2001), 36–41.

■ “When Law and Economics Was a Dangerous Subject,” by Nicola Giocoli. Regulation 38:4 (Winter 2015–2016), 32–38.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

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Lilita tópica

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 1/9/17 en: https://www.libremercado.com/2017-09-17/carlos-rodriguez-braun-lilita-topica-83189/

 

Dijo la destacada política argentina Elisa Lilita Carrió:

Si compramos en los comercios minoristas, el dinero circula en el barrio; si va a los supermercados se centraliza; hay que buscar precios.

Doña Lilita agrupa varios tópicos antiliberales, tan antiguos como carentes de fundamento. El primero es que la economía del barrio mejorará cuanto menos salga del barrio: es la base del proteccionismo y de la idea de que, si dificultamos o directamente prohibimos el comercio más allá de unas determinadas fronteras, estaremos mejor. Pero el mercado no se amplía porque sí, sino porque abarata los precios. En caso contrario, no se hace. Y si las personas lo promueven es por eso, porque, al revés de lo que dice la señora Carrió, no “hay” que buscar precios: eso es algo que naturalmente hacemos todas las personas en la sociedad, y por eso prosperamos. Si el iPhone se fabricara en Estados Unidos y no en China, costaría tres o cuatro veces más. ¿Cómo probar que eso sería beneficioso para la mayoría del pueblo?

No hay forma de demostrarlo, claro, como tampoco hay forma de demostrar que los supermercados son malos porque, como dice doña Lilita, centralizan el dinero. Es que si la gente va a los supermercados es, precisamente, porque quiere centralizar allí su dinero y sus compras, y hay que forzar mucho la argumentación para sostener que lo hace porque es tonta y se comporta en contra de sus propios intereses.

Una seguidora en Twitter afirmó: “El comercio cercano es más barato”. Pues si es así, el poder no debe intervenir en absoluto, que ya la gente se ocupará de promoverlo, por la cuenta que le trae.

Pero eso mismo, la cuenta de la gente, es algo que sus supuestos amigos no siempre consideran con atención y respeto.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

El huracán Irma y el comunismo cubano

Por Iván Carrino. Publicado el 12/9/17 en: http://www.ivancarrino.com/el-huracan-irma-y-el-comunismo-cubano/

 

El Huracán Irma, que azotó las Islas del Caribe y La Florida, dejó un tendal de desastre a su paso.

Además, dio lugar a varios análisis políticos desafortunados, como el de Miguel Bonasso, quien afirmó en su cuenta de Twitter que “Cuba aguantó a pie firme el huracán Irma. Con grandes pérdidas materiales pero sin muertos (…) gracias a una sociedad socialista, con defectos como cualquier sociedad humana, pero que prioriza las vidas sobre los bienes.”

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Luego tuvo que rectificar su tuit, destruyendo la esencia de lo que había declarado, por más que lo negara:

Rectifico un dato: hubo 10 muertos en Cuba. Pese a eso, insisto: es el país mejor organizado para afrontar catástrofes naturales.

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El periodista Alejandro Bercovich lanzó un análisis similar:

Saqueos, muerte y autodefensas armadas en Miami. Evacuación organizada y sin víctimas en La Habana.

Los datos confirmaron que, lamentablemente, en Cuba sí hubo víctimas fatales, estimadas en 10 personas.

Pero eso no es todo, ya que para los que sobreviven, e incluso están fuera del foco de la tormenta, la situación es desesperante. He aquí un relato en primera persona de cómo se están viviendo las cosas en el paraíso comunista de América Latina. En su cuenta de facebook personal, Rebeca Monzo Mieres (maestra y “quasi periodista”, según su propia descripción), narró:

Irma no paso por La Habana gracias a Dios, porque de haber sido así yo no estaría quizá ahora escribiendo en mi turno de Internet. Sus ráfagas afectaron enormemente a nuestra ciudad sumida en el abandono y la desidia. Hay toneladas de desperdicios y basura sin recoger. Ayer di la vuelta al barrio y no me tropecé ni con una sola brigada de restablecimiento de electricidad. Vi a muchos vecinos jugando domino al lado de las toneladas de escombros, muy pocos con una escoba barriendo el frente de sus casas.

El día antes de recibir los azotes de Irma recibimos una vez mas los del gobierno: nos quitaron la electricidad de 8 am hasta las 3 pm, lo que a la llegada de los vientos huracanados al siguiente día nos la volvieron a quitar, hasta ahora. Todos los vecinos del Nuevo Vedado tuvimos que botar alimentos comprados en CUC, con el trabajo que cuesta en nuestro país lograr ganarse uno en esa moneda. Por lo que sé, el resto de la ciudad está igual o peor.

Llevamos tres días sin electricidad, sin agua, sin gas y muchos con los teléfonos fijos muertos. Aun así, doy gracias a Dios por no haber tenido que salir corriendo con un familiar enfermo, o tener un niño en casa sin saber como alimentarlo.

En nuestro país no existen ferreterías donde puedas adquirir tablas, clavos, cinta adhesiva, ni nada conque proteger tu casa, tampoco en las tiendas de CUC ni de CUP vendieron alimentos enlatados, por eso es que también nos hemos quedado sin comida.

Sin embargo es irónico oír como el gobierno se jacta de la protección que da la defensa civil a la población.

El modelo cubano es indefendible. Ha esclavizado y empobrecido a un pueblo. El Huracán Irma, lejos de mostrar la superioridad contra el capitalismo, vuelve a dejar expuesta esta triste realidad.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Sachs, o la arrogancia

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 1/9/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/sachs-o-la-arrogancia/

 

En su reciente texto, La industria de las ideas, Daniel W. Drezner recuerda la interesante historia del célebre economista norteamericano Jeffrey D. Sachs. En su libro de 2005, El fin de la pobreza, Sachs presentó su solución a la pobreza en el mundo: gastar más.

Afirmó que la pobreza de África podía ser eliminada en 20 años si la ayuda exterior aumentaba en 150.000 millones de dólares. Había que invertirlos, entre otros capítulos, en mejorar el riego, los fertilizantes y las semillas. En esa época los economistas del desarrollo ya eran cada vez más escépticos sobre el papel de la ayuda exterior, pero a Sachs no le importó, y tenía el peso suficiente como para que personalidades políticas relevantes lo escucharan, como el secretario general de la ONU, del que fue asesor. Hasta la Universidad de Columbia mordió el anzuelo y le ofreció un contrato para que dejara Harvard, cosa que hizo.

Una vez en Columbia recibió mucho dinero para dirigir centros como el Earth Institute de la propia universidad, con un presupuesto operativo de 10 millones de dólares. “El buen profesor pasó a ser asesor de varios países del África subsahariana, como Etiopía, Kenia, Nigeria y Uganda”.

Con una inagotable confianza en sí mismo, el proselitismo de Sachs sobre Sachs fue constante. Y su exitoso libro llegó a ser portada de la revista Time, “lo que es algo muy poco usual para los libros sobre desarrollo económico, o incluso para los libros en general”.

Artistas y filántropos acudieron cual fidedigno séquito, como el cantante Bono, que escribió el prólogo a The end of Poverty, o Angelina Jolie, que calificó a Sachs como “una de las personas más inteligentes del mundo”. Atrajo a George Soros y Tommy Hilfiger, entre otros; y su proyecto Aldeas del Milenio recaudó cientos de millones de dólares de organismos públicos y privados. Y se puso en práctica en una serie de pueblos africanos.

El libro, comprensiblemente, llenó de entusiasmo a los economistas de izquierdas, y antiliberales en general, mientras que otros lo criticamos (puede verse “Nostalgia de Bauer” aquí: http://www.carlosrodriguezbraun.com/otras-publicaciones/). William Easterly, de la Universidad de Nueva York, apuntó que la ayuda exterior padece una “ilusión tecnocrática” que consiste en creer que la pobreza se supera con medidas técnicas como más fertilizantes, etc., y acusó al proyecto de Sachs de ser “peor que inútil si carece de instituciones propias del buen gobierno”.

También lo criticó la distinguida economista del MIT, Esther Duflo, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2015, quien, junto con otros especialistas, “advirtió que, si las intervenciones de Sachs no eran comparadas con un grupo de control de aldeas que no recibieron su ayuda, no había manera de demostrar que sus esfuerzos se concretaban en mejora alguna”.

The Economist publicó una crítica en 2012 en la que sostenía que el impacto del plan de Sachs no era decisivo. El propio autor, además, lo defendió recurriendo a unas cifras de descenso en la mortalidad infantil que después admitió que no eran robustas.

Sachs y su instituto pasaron a manejar el asunto desde Nueva York, lo que frustró a los representantes sobre el terreno, y finalmente sus resultados no fueron concluyentes. Al revés de lo que muchos piensan, en estos últimos tiempos África se desarrolló bastante, y Drezner apunta: “simplemente no había forma de determinar si el efecto positivo registrado en las aldeas del milenio se debía a las intervenciones de Sachs o al vigoroso crecimiento económico”.

Ya nadie toma en serio el proyecto de Sachs, dice Drezner, y una vez frustrada su ambición de presidir el Banco Mundial, el propio economista se ha ido alejando del tema, ha dejado de hablar tanto de las aldeas, y ahora está con otra bandera del gusto de políticos, burócratas y ONGs: la desigualdad y el desarrollo sostenible. A raíz del libro El Idealista, de Nina Munk, fue criticado por Bill Gates, lo que a Sachs le molestó bastante.

Si podemos extraer una moraleja de todo esto es que Sachs debió estudiar más a Adam Smith, y aprender de sus lecciones sobre la necesaria humildad que deberíamos tener las personas, y especialmente los economistas. Pero Sachs es muy inteligente, y además va y lo dice todo el rato.  Drezner lo cita: “Joven profesor universitario, di clases en muchos lugares con gran éxito, publiqué muchísimo, y estaba alcanzando rápidamente mi colocación permanente en la universidad, lo que logré en 1983 con veintiocho años”. Como dice Drezden, alguien que habla así “no padece la maldición de la modestia”.

Sachs claramente ignoró el consejo de Hayek: “La curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que realmente saben sobre lo que imaginan que pueden diseñar”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Sobre la apertura de la competencia en el mercado aéreo. Una combinación difícil: “low prices” y “high costs”

Por Martín Krause. Publicado el 12/9/17 en: https://www.cronista.com/columnistas/Una-combinacion-dificil-low-prices-y-high-costs-20170912-0017.html

 

Una combinación difícil: low prices y high costs

Qué difícil es competir…, si no pregúntele a Sampaoli. Mucho mejor es el dedazo, dejar a la competencia afuera con alguna decisión administrativa. Es lo que parecen pensar los sindicatos de la actividad aeronáutica ante el probable ingreso de las llamadas low cost.

El término lo entendemos todos, pero no es preciso, deberíamos decirles low price, porque ése es el rasgo que más nos llama la atención de sus servicios, muchas veces limitado al transporte en avión, y punto. Es cierto, los costos son también precios, pero sería mejor no usar esa palabra para el precio del servicio final y dejarlo para los insumos (empleados, combustible, mantenimiento, etc.).

Tal vez por eso los sindicatos hacen tanta bulla contra las low cost, porque creen que éstas van a reducir uno de sus costos, los salarios de sus trabajadores. Difícil. En verdad, las nuevas aerolíneas van a aumentar la demanda de trabajadores en el sector, para lo cual van a tener que ofrecer mejores condiciones.

Curiosamente, los sindicatos, que no parecen preocuparse mucho por los pasajeros que quedan varados en los aeropuertos, se preocupan por el destino de las empresas. Así, dicen que la política de relativa apertura a nuevas compañías “asfixia financieramente a las empresas que ya están operando en el país, mientras les cercena desmesuradamente sus ingresos abriendo el mercado aerocomercial en forma indiscriminada a numerosos nuevos explotadores a los que les otorga cientos de nuevas rutas, la mayoría superpuestas con las operadas por empresas nacionales, generando una expansión de la actividad aérea, que no podrá ser soportada por nuestro colapsado sistema de seguridad operacional de tráfico y control aéreo”.

Es decir, puede asfixiar financieramente a empresas que tengan high costs y ahora trasladan esos costos a los consumidores.

Ese temible fantasma de la apertura parcial del mercado (que está lejos todavía de su desregulación), comenzó en 1978 en los Estados Unidos. Entonces, la Air Transportation Association presentó un estudio diciendo que 1198 rutas aéreas podían ser abandonadas en un mercado desregulado, basándose en el supuesto de que los subsidios federales sobre 826 rutas finalizarían y que otras 372 no serían rentables. También decían que bajo la desregulación las líneas aéreas tratarían de mejorar significativamente sus ganancias reduciendo el número de vuelos disponibles, con lo cual elevarían el promedio de los factores de carga (el porcentaje del total de asientos utilizados efectivamente). Estas mayores ganancias provendrían del mismo número de pasajeros que volarían en menos vuelos. Por último, llegaban a la conclusión de que para mantener los niveles de servicio de 1973 en las rutas principales se requerirían unos u$s 1000 millones de subsidios.

Las cosas, sin embargo, fueron muy diferentes. El número de pasajeros pasó de 250 millones en 1978 a 815 millones en 2012, las tarifas cayeron un 67% en relación a las del período regulado. La cantidad de empleos en la industria ya había crecido en 30.000 puestos a los dos años de desregular. ¿Acaso están haciendo piquetes todavía los empleados de Eastern, Braniff o Pan American?

Algunas low price fueron estrellas pasajeras (Tower Air, Vanguard), pero Southwest impuso un modelo competitivo que se extendió a las grandes. Algo similar ocurrió en Europa tras la firma del Tratado de Cielos Abiertos en 1992. Ya todos aquí bien saben que Ryanair o Easyjet pueden tener algunas ofertas de menos de 10 Euros. Hoy, hay unas sesenta aerolíneas de este tipo en Europa, incluyendo algunas de las grandes aerolíneas.

Los sindicatos aeronáuticos pueden estar contra el gobierno, pero los consumidores sienten que, como cuando cierran todos los vuelos o no entregan las valijas, en realidad están contra ellos. Sobre todo los consumidores potenciales. High cost significa hoy para una señora de Jujuy que quiere visitar a sus nietos en Buenos Aires por un fin de semana un pasaje de avión que le cuesta u$s 150 o 23 horas en ómnibus que no le salen mucho menos.

High cost es High Price y la mayoría de los argentinos mirando cómo pasan los aviones por arriba pero con pocas chances de subirse a uno. Muchachos, para ir al Mundial hay que competir. No tengan miedo. Tal vez ganamos.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

El Hayek Olvidado: ¿Un Antídoto Contra El Nuevo Populismo?

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 13/9/17 en: http://institutoacton.org/2017/09/13/el-hayek-olvidado-un-antidoto-contra-el-nuevo-populismo-alejandro-chafuen/?utm_source=Base+completa&utm_campaign=ec50ea819a-EMAIL_CAMPAIGN_2017_09_14&utm_medium=email&utm_term=0_5c5be47297-ec50ea819a-90122417

 

A comienzos de este año, describí en una columna en Forbes, quince programas, esfuerzos académicos y think tanks inspirados por F. A. Hayek (1899-1992).[2]

También mencioné que Hayek desempeñó un papel importante en el movimiento para promover un orden social basado en la libertad personal con la creación de la Sociedad Mont Pelerin (MPS) en 1947. La última reunión de esta sociedad tuvo lugar en Seúl, Corea del Sur, coincidiendo con la fecha del cumpleaños de Hayek (8 de mayo). Esta reunión me dio ocasión para recordar algunas de sus visiones olvidadas o descuidadas.

Algunos de los think tanks que han sido más influenciados por las opiniones de Hayek se encuentran en Europa Central y Oriental, donde parte del actual debate intelectual y político recuerda la situación vivida durante la década de 1940. Por un lado tenemos a los defensores de globalización que se ven a sí mismos como los defensores de la razón. Por otro lado, tenemos fuerzas políticas que tratan de defender sus costumbres nacionales locales, incluyendo sus tradiciones religiosas. En varios casos, especialmente en Hungría y Polonia, las reacciones de los tradicionalistas han llevado al surgimiento de nuevos tipos de populismo. ¿Qué condujo a la reacción del electorado en estos y otros países?

En la primera reunión del MPS, hace 70 años, Hayek advirtió sobre un “racionalismo intolerante y feroz que en particular es responsable del abismo que, sobre todo, en el continente europeo ha llevado durante varias generaciones a la mayoría de las personas religiosas del movimiento liberal a posiciones verdaderamente reaccionarias en las que se sentían cómodas. Estoy convencido de que, a menos que se pueda llenar esta grieta entre las verdaderas convicciones liberales y religiosas, no hay esperanza de un resurgimiento de las fuerzas liberales”.

¿Podrían las opiniones de Hayek de que los verdaderos liberales y las personas religiosas necesitan comprenderse y trabajar juntos ser una forma de bloquear la llegada y la consolidación en el poder de “posiciones verdaderamente reaccionarias”?

Hayek fue un gran admirador de Alexis De Tocqueville (1805-1859). Tanto es así que el nombre que él quería para lo que se convirtió en la MPS fue el de sociedad Acton-Tocqueville. Lord Acton (1834-1902) fue el gran historiador católico y liberal que nos dejó, entre otros escritos, la famosa frase “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Cuando ese nombre fue vetado por un sector de sus amigos liberales, terminaron eligiendo el nombre del monte en el que estaba ubicado el Hotel Du Parc, el hotel de las conferencias. La opinión de Hayek acerca de la necesidad de encontrar un terreno común entre los amantes de la libertad y la religión es una reminiscencia de Tocqueville, quien escribió: “Lo que más y siempre me asombra de mi país [Francia], especialmente estos últimos años, es ver… por un lado hombres que valoran la moralidad, la religión y el orden, y por otro, hombres que aman la libertad y la igualdad de los hombres ante la ley”. Continuó escribiendo: “Me parece, por lo tanto, que una de las mejores empresas de nuestro tiempo sería demostrar que estas cosas no son incompatibles, sino que, por el contrario, están todas unidas, de tal manera que cada una de ellas se debilita si se separa del resto. Esa es mi idea básica”.

Durante su carrera, F.A. Hayek volvió varias veces sobre este tema. Su comprensión de que hay verdades acerca de la libertad humana que adquirimos a través de fuentes distintas de la razón lo hacía respetuoso con las tradiciones religiosas. Su discurso de aceptación en la ceremonia del Premio Nobel se tituló “La Pretensión del Conocimiento”. Se dirigió a los planificadores centrales, expertos en política y a sus compañeros economistas, para advertirles sobre los peligros de una ingeniería social a gran escala. Todos los libertarios, o los liberales continentales, tienden a estar de acuerdo en este punto, pero muchos tienden a olvidar al “otro” Hayek, al que habló sobre el conocimiento que se adquiere a través de la tradición, la religión y otros medios “no racionales”.

Entonces como hoy los promotores de la libertad humana estaban divididos en los temas de fe y libertad. Esa división ha sido costosa. F.A. Hayek escribió sobre los peligros de separarlos: “Creo que es importante que comprendamos plenamente que el credo liberal popular, más en el continente y en América que en Inglaterra, contenía muchos elementos que, por una parte, llevaban a muchos de sus partidarios directamente a las puertas del socialismo o del nacionalismo y, por otra parte, convertía en adversarios a muchos que compartían los valores básicos de la libertad individual, pero que eran rechazados por el racionalismo agresivo, que no reconocía más valores que aquellos cuya utilidad (para un propósito último que nunca fue revelado) podría ser demostrada por la razón individual, y que suponía que la ciencia era competente para decirnos, no sólo lo que es sino también lo que debería ser”.

También podemos encontrar la misma presunción hoy en algunos en el “bando progresista”. Este bando incluye a personas de diferentes inclinaciones políticas: izquierda, centro-derecha y libertarios. Son los únicos que pueden definir “lo que debería ser”, las reglas morales de un mundo políticamente correcto. Si los que tienen fuertes opiniones religiosas llevan sus puntos de vista a la escena política y cívica, los “progresistas” se rasgan las vestiduras y corren a Bruselas.

Durante la década de 1940, Hayek vio que el problema estaba enraizado en un “falso racionalismo, que ganó influencia en la Revolución Francesa y que durante los últimos cien años ha ejercido esa influencia, principalmente a través de los movimientos gemelos del positivismo y el hegelianismo”. Él vio esas fuerzas racionalistas como “la expresión de una hubris intelectual que es lo opuesto a esa humildad intelectual que es la esencia del verdadero liberalismo y que trata con respeto a aquellas fuerzas sociales espontáneas, a través de las cuales el individuo crea cosas mayores de las que conoce”. (Hayek, Proceedings of the 1947 Mont Pelerin Society Conference).

Más tarde, en 1960, en Why I am not a Conservative, uno de sus ensayos más famosos, escribió: “A diferencia del racionalismo de la Revolución Francesa, el verdadero liberalismo no tiene ninguna disputa con la religión”, deploró “el anti-religionismo militante y esencialmente iliberal” [sic] que tanto inspiró al liberalismo continental del siglo XIX… Lo que distingue al liberal del conservador es que, por profundas que sean sus propias creencias espirituales, nunca se considerará con derecho a imponerlas a los demás y que para él lo espiritual y lo temporal son esferas diferentes que no deberían ser confundidas”.

En 1966, en un artículo que presentó en la reunión de la Sociedad Mont Pelerin en Tokio, escribió de nuevo sobre una especie de liberalismo que era compatible “con las creencias religiosas y que a menudo se ha sostenido e incluso ha sido desarrollado por hombres que tienen fuertes creencias religiosas”, criticando el liberalismo “continental” que “siempre ha sido hostil a toda religión, y políticamente en constante conflicto con las religiones organizadas”.

Más adelante, en 1983, durante los años de Reagan, dio una conferencia en la Hoover Institution en la Universidad de Stanford. El principal argumento de su ensayo fue “demostrar que el racionalismo puede estar equivocado y que la moral tradicional puede, en algunos temas, proporcionar una guía más segura que el conocimiento racional para la acción humana”. Concluyó diciendo que “no es exagerado afirmar que el objetivo central del socialismo es desacreditar aquellas morales tradicionales que nos mantienen vivos”.

Aunque ha habido otros momentos de crecimiento, el mayor salto en la civilización tuvo lugar a finales del siglo XVIII y a lo largo del XIX. Durante ese período, las élites intelectuales de muchos países comenzaron a promover instituciones basadas en una visión de la persona humana que era consistente con el individualismo pero que también reconocía los aspectos religiosos, sociales y espirituales del ser humano.

Creo que los seres humanos deberían intentar encontrar la mayoría de las respuestas a sus preguntas más serias a través de la ciencia y la razón. Sin embargo, hay otras fuentes de conocimiento. Entender esto y respetar a quienes usan estas otras fuentes como guía para su vida civil y política podría quitar algo de fuerza a los peores movimientos populistas: “esos grupos verdaderamente reaccionarios” que constituían una gran preocupación para F.A. Hayek.

 

[1] https://www.forbes.com/forbes/welcome/?toURL=https://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2017/05/08/the-forgotten-hayek-an-antidote-for-the-new-populism/&refURL=https://www.google.es/&referrer=https://www.google.es/

[2] “F. A. Hayek, Free-Market Think Tanks, And Intellectual Entrepreneurs”. https://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2017/03/16/f-a-hayek-free-market-think-tanks-and-intellectual-entrepreneurs/#6b0bfea652dc

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

A las leyes económicas no se las lleva el huracán

Por Bertie Benegas Lynch. Publicado el 13/9/17 en: http://www.infobae.com/economia/2017/09/13/a-las-leyes-economicas-no-se-las-lleva-el-huracan/

 

La llegada del huracán Irma produjo faltantes de productos. (AFP)
La llegada del huracán Irma produjo faltantes de productos. (AFP)

En esta época del año es cuando zonas tropicales reciben visitas no queridas de huracanes. Hace pocas semanas, el huracán Harvey tuvo efectos devastadores en Houston, la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos y, en estos días, la huella del huracán Irma y su posible traza, ha sido motivo de amplia cobertura mediática a nivel local e internacional.

Con motivo del inminente paso del Irma por el estado de Florida, tanto la Procuradora General de ese estado, Pam Bondi; como del propio Gobernador, Rick Scott; durante los procesos de evacuación, anunciaron la creación de una línea telefónica de emergencia para denunciar aumentos de precios en bienes y servicios indispensables para afrontar la emergencia. Se refirieron a “actos criminales” para calificar el obrar de proveedores de agua, nafta, y otros commodities cuyas ofertas excedan el promedio de precios para esos bienes en situaciones normales. Advirtieron que correrán la misma suerte quienes ofrezcan alquileres de viviendas en similares términos, incluso hasta treinta días antes de declarada la emergencia y las multas ascienden hasta 25.000 dólares.

Con estas medidas, la administración de Scott está condenando a los evacuados a lidiar con complicaciones adicionales a los problemas que ya trae consigo el evento climático. Los precios fijados artificialmentepor debajo del precio de mercado, produce inexorablemente faltantes. Dieron sobrada cuenta de ello las redes sociales a través de las fotos tomadas en estaciones de servicio y supermercados ubicados en el perímetro de la zona de emergencia. Las imágenes mostraban góndolas y surtidores sin existencia de los bienes afectados por la medida. En estas situaciones, el mercado negro termina abasteciendo con los productos faltantes (incrementando, claro, un adicional en el precio debido al riesgo de operar ilegalmente).

El mercado debe ser libre para establecer un sistema de precios que asigne correctamente los siempre escasos recursos. Por eso, más que nunca, en situaciones de emergencia resulta crítico que el mercado tenga plena vigencia. El aumento del precio de estos commodities constituye el llamado necesario para que, en el caso del huracán Irma, proveedores de otros estados, acudan al rescate de Florida. Esta provisión adicional hará también que el precio del bien en cuestión, tienda a bajar.

Durante esta situación desgraciada, ocurre algo similar con el alojamiento temporario. Los hoteles son obligados a no aumentar sus tarifas por alojamiento sin percatarse que, en condiciones de precios libres, se hubiera atraído a dueños de inmuebles particulares para alistar sus activos como oferta habitacional mejorando los precios ofrecidos por los hoteles.

A quienes venden paraguas en un día de lluvia o repelente de mosquitos en verano, se los acusa de abusadores y oportunistas. Existe una gran hipocresía en esto. ¿Acaso no todos ofrecemos bienes y servicios que otros necesitan? Trataremos siempre de hacer mejores negocios y encontrar oportunidades. Si al muchacho que vende paraguas se le impone un precio tope por debajo del precio de mercado, pues entonces el joven no estará dispuesto a hacer la transacción y no habrá paraguas el día de lluvia. Mientras más vendedores de paraguas haya durante los días de lluvia, más gente podrá tener reparo del agua a un precio más accesible.

En estas emergencias, habrá gente que no pueda pagar por un galón de agua pero, manteniendo los precios libres, se acota dramáticamente la cantidad de personas que necesitará de ayuda. La política de intervenir coactivamente los precios es un camino tentador para los políticosporque aparenta un logro épico-populista pero, en realidad, pone a la inmensa mayoría de los afectados, a padecer el faltante de un bien necesario. Los afortunados serán los pocos que logren abastecerse primero alzándose con toda la existencia.

El ajuste de los precios también permite racionalizar la existencia del bien y destinarla para usos prioritarios, evitando así que sus titulares lo usen con finalidades que, dadas las circunstancias son suntuarias.

De más está decir que el papel de la solidaridad privada es sobrecogedora y siempre da el presente desde todos los sitios imaginables del globo. Las organizaciones ya constituidas, como la increíble obra del Ejército de Salvación y tantas otras de la categoría; las corporaciones y hasta las obras caritativas conformadas al efecto, demuestran la inmensa compasión, determinación y efectividad del ser humano en acción y asociación voluntaria. Tal es el caso reciente de J.J. Watt, jugador de la NFL por Houston Texans, quien impulsó una ayuda de 200.000 dólares para los damnificados de las inundaciones del Harvey y recaudó finalmente en pocos días, más de 29 millones de esa moneda. Todas estas obras contrastan escandalosamente con la ineptitud, desidia (y muchas veces corrompida) gestión estatal para manejar estos temas, como evidenció el vergonzoso caso de la gestión de Nueva Orléans por Katrina.

 

Bertie Benegas Lynch. Licenciado en Comercialización en UADE, Posgrado en Negociación en UP y Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE.

La soberbia de un Estado invasivo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 31/8/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1823636-la-soberbia-de-un-estado-invasivo

 

La intervención de los aparatos estatales en la economía perjudica a la gente, especialmente a los más necesitados, porque el derroche de capital afecta salarios e ingresos

Giovanni Papini, mi cuentista favorito, destaca que los siete pecados capitales derivan de la soberbia y escribe en una de sus múltiples ficciones (no siempre tan ficciones) que “el soberbio no tolera ser contrariado, el soberbio se siente ofendido por cualquier obstáculo y hasta por la reprensión más justificada, el soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior a él [?] El soberbio no concibe que cualquier otro hombre pueda tener cualidades o dotes de las que él carece; el soberbio no puede soportar, creyendo estar por encima de todos, que otros estén en lugares más altos que él”.

Por mi parte, aplico esta premisa general de Papini al terreno de la relación entre gobernantes y gobernados. Gobernar significa mandar y dirigir. Leonard E. Read nos enseña que, para mayor precisión, se debería haber recurrido a otra expresión, porque hablar de gobernante sería tan inapropiado como denominar al agente de seguridad de una empresa “gerente general”, ya que la función del monopolio de la fuerza es velar por los derechos de las personas y no regentearlas.

Pero resulta que los primeros mandatarios han mutado en primeros mandantes y, en lugar de proceder como efectivos agentes de seguridad de los derechos, los conculcan, con lo que se cumple la profecía de Aldous Huxley en su terrorífica antiutopía, en la que muchos piden ser sometidos, para desgracia de quienes mantienen su integridad y autoestima (lo cual es infinitamente peor que el Gran Hermano orwelliano).

En realidad, el espectáculo que ofrecen los burócratas que se consideran omniscientes es digno de una producción de Woody Allen: se dirigen a la audiencia como si estuviera compuesta por infradotados e imparten órdenes ridículas a diestra y siniestra, por ejemplo, sobre cómo deben ser los precios de bienes y servicios, sin percatarse de que las leyes de mercado operan por cuerda separada y de que cada intromisión inexorablemente provoca daños y desajustes de consideración.

El proceso es coordinado a través de los precios, que actúan como si fueran un tablero de señales que indican a los operadores las siempre cambiantes circunstancias para saber cuándo y dónde invertir o desinvertir. La información está fraccionada entre millones de actores, pero cuando desde el poder se pretende dirigir vidas y haciendas ajenas, se concentra ignorancia. Al irrumpir los megalómanos gubernamentales sobre la base de que “no puede dejarse que las cosas se desarrollen vía la anarquía del mercado y, por tanto, el gobierno debe dirigir”, se afecta gravemente el proceso. Esto perjudica a la gente, muy especialmente a los más necesitados, puesto que el derroche de capital afecta salarios e ingresos en términos reales. Idéntico fenómeno ocurre en el mercado financiero, agrícola, industrial o cambiario. En este último caso, resulta tragicómico observar debates sobre la devaluación, es decir, el establecimiento de un nuevo precio artificial que se le ocurre a cierto tecnócrata.

Mucha razón tenía el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek al titular su célebre libro La arrogancia fatal, que precisamente se refiere a los efectos sumamente perjudiciales de los supuestos controles que imponen los aparatos estatales. “Nuestros políticos -escribió Woody Allen- son ineptos y corruptos y, a veces, las dos cosas en el mismo día.” Esta decadencia sólo puede revertirse instalando nuevos y efectivos límites al poder para mantenerlo en brete. De ningún modo debemos esperar que los problemas se resuelvan con “gente buena” en el gobierno, puesto que el tema no es de personas, sino de los incentivos que marcan las instituciones.

Como bien ha explicado Thomas Sowell, no se trata tampoco de contar con computadoras de gran capacidad de memoria para que los políticos en funciones coordinen las operaciones mercantiles, puesto que no sólo “descoordinan”, sino que, sencillamente, la información no se encuentra disponible antes de la realización de las operaciones correspondientes.

No es procedente aplicar a un gobierno la terminología que se aplica a una empresa. La administración empresaria apunta a alinear incentivos para lograr objetivos comunes, atentos al cuadro de resultados, para conocer si se da en la tecla con las preferencias de la gente, lo cual se traduce en ganancias, o si se yerra, lo que se refleja en los consecuentes quebrantos. Esto no ocurre en un país, en el que sus habitantes tienen muy diversos proyectos y metas, que los gobernantes deben proteger, siempre y cuando no se lesionen derechos de otros.

Si un gobernante afirma que merced a su gestión se incrementó la producción de, por ejemplo, pollo, habrá que indagar acerca de las políticas dirigidas a ese objetivo que favoreció esa producción, lo cual va en detrimento de la producción de otro bien o servicio que, a su vez, genera un efecto negativo, ya que el proceso contradice lo que hubiera preferido la gente de no haber mediado la mencionada intervención. Éste es el despropósito central de las llamadas empresas estatales: en el momento de su constitución significan derroche de capital, puesto que se desvían los siempre escasos recursos hacia áreas distintas de las prioridades que hubiera establecido el consumidor.

En realidad, empresa estatal es una contradicción en los términos, ya que la actividad empresaria no es un simulacro ni un pasatiempo: en la empresa se arriesgan recursos propios y se asume la responsabilidad por los resultados (a diferencia de los empresarios prebendarios que deben su posición a los favores que le otorga el gobierno de turno). Si se afirmara que la empresa estatal no cuenta con privilegios, no tendría sentido su constitución, directamente operaría con todos los rigores del mercado.

De todo este enjambre que provoca la soberbia se desprenden las declaraciones sorprendentes de gobernantes que, como en Venezuela, hablan de “el derecho a la felicidad suprema” o en Ecuador, de establecer “el derecho al orgasmo de la mujer”, propuesta de la Asamblea Constituyente afortunadamente frustrada. Es que se ha perdido por completo la noción del derecho que significa que, como contrapartida, hay la obligación de respetarlo. Entonces, si alguien reclama el derecho a percibir algo que no obtiene lícitamente (porque los congéneres no se lo reconocen) y esto es otorgado por el gobierno, es decir que el prójimo coactivamente lo debe entregar, significa que se ha lesionado el derecho del prójimo, que queda reducido a un pseudoderecho.

Lo dicho no es obstáculo para que se dé ayuda al prójimo con recursos propios, pero es inaceptable la hipocresía de prenderse de un micrófono y usar la tercera persona del plural para apoderarse del fruto del trabajo ajeno. La filantropía remite a la primera persona del singular.

En contraposición al Estado de Derecho, hoy vivimos en la era de los pseudoderechos, es decir, la aniquilación del derecho propiamente dicho, que, necesariamente, se refleja en un enorme perjuicio para todos, muy especialmente para los más débiles económicamente, a quienes -al demolerse la estructura jurídica- se les corta la posibilidad de mejorar su bienestar.

Hay un correlato inverso entre los nombres de los ministerios y lo que ocurre (recordemos el Ministerio de la Verdad, de Orwell, en plena mentira oficial) y el absurdo Ministerio de Bienestar Social, donde es seguro el malestar, y así sucesivamente. El propio Ministerio de Economía constituye un despropósito, porque manejar la economía genera los desajustes señalados. Es mejor recurrir al Ministerio de Finanzas Públicas, de Hacienda o, más modestamente aún, Secretaría del Tesoro.

Nadie sabe a ciencia cierta qué hará la semana que viene, porque las circunstancias se modifican. Pero la petulancia mayúscula de ciertos funcionarios pretende manipular las vidas de millones de personas. Además, la gente debe tener siempre presente que cada vez que se recurre a los ingresos del aparato estatal, son los vecinos los que pagan, ya que ningún gobernante financia de su propio peculio.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

El peronismo y el fascismo

Por Gabriel Boragina Publicado  el 2/9/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/09/el-peronismo-y-el-fascismo.html

 

El peronismo es la fuerza política que, desde su fundación en 1945 hasta la fecha, gobernó más veces la República Argentina. Fue la única que tuvo el mérito de captar y usufructuar en su favor una característica que se encuentra presente en la mayor parte de los argentinos. Esto es, una inclinación y tendencia hacia la ideología fascista. El fascismo, surgido en Italia unas décadas antes de la aparición de Juan Domingo Perón en la escena política, prendió rápidamente en tierra argentina, precisamente de la mano de este último, quien fuera un confeso cultor y admirador del Duce Benito Mussolini, de quien se propuso ser su emulador vernáculo, objetivo que, de cierto modo, logró.

Pero, el surgimiento de Perón como importador del fascismo italiano a la Argentina no fue -en modo alguno- un hecho aislado. Militares y políticos, hacia la década del 30 del siglo XX ya simpatizaban con el ideario fascista. Y comenzaron a estructurar y emitir leyes que le daban forma y contenido en muchas áreas y disciplinas, tanto políticas como económicas.

En 1930 comenzaron los golpes de estado en Argentina con el del general Uriburu a la cabeza, un fascista precoz que no llegó (por causas ajenas a su voluntad) a desplegar todo su potencial fascista. De ello se encargó el coronel Perón, quien llega al poder de la mano de otro golpe (1943) dado por otro grupo de militares -encabezado por el general Edelmiro J. Farrel-, integrantes del autodenominado G.O.U. (siglas del Grupo de Oficiales Unidos) con la caída del entonces presidente constitucional Ramón S. Castillo por parte de este grupo militar.

Se continúa y afianza una modalidad de asalto al poder que se consolidará en los decenios posteriores, pero, y esto es para mí lo más importante: se constituye y apuntala -al punto de arraigarse hasta el presente- una forma de pensar y de actuar.

Se legitima un modo de ser que enraizará en la población, y que podemos denominar el “ser fascista”. Es en este punto histórico, donde creo que se pierde la democracia o el “ser demócrata” para dar lugar al fascismo o el “ser fascista”. Y esta triste transformación perdura hasta nuestros días, incluyendo el momento en que escribo estas líneas.

Y si bien, en las formas y en su Constitución escrita, la Argentina sigue siendo una “democracia”, en su otra constitución, la que yo llamo su constitución interna (en el más literal sentido de la palabra), es decir, su estructura constitucional, el argentino promedio es un fascista no asumido como tal, negador de su condición fascista.

Esto explica -a su turno- también a mi modo de ver, los repetidos éxitos electorales del peronismo, ya sea en su versión fundadora (primero, segundo y tercer gobierno de J. D. Perón) como en sus posteriores derivaciones (Menem y los Kirchner). Estas adaptaciones variaron entre si, pero el vínculo común y constante entre ellas, fue el fascismo que, tanto Perón como Menem y los Kirchner practicaron en distintos grados (el fundador se destacó como un extraordinario fascista, y el matrimonio Kirchner estuvo muy cerca de igualar a su líder. Entre ellos, Menem se mostró como un aprendiz de fascista y -hasta un cierto punto- logró pasar desapercibido como tal.

Para entender algo más de lo que hablamos, será de mucho interés recordar la excelente definición de fascismo que nos brinda el diccionario de economía:

fascismo. Movimiento político de gran importancia entre las dos grandes Guerras Mundiales que surgió en Italia, en 1922, bajo el liderazgo de Benito Mussolini. El fascismo se caracterizó por su oposición a la democracia liberal y al comunismo, por su nacionalismo, su culto a la violencia y su actitud proclive al colonialismo y al racismo. Surgido inicialmente como un movimiento de masas sin una definición ideológica muy precisa, aunque siempre opuesto a la agitación sindical y socialista, el fascismo, en Italia y en otras naciones, fue adquiriendo luego perfiles más claros y más amenazantes.

Para el fascismo la soberanía del Estado-nación era absoluta y se erigía, por tanto, como una crítica a la libertad individual, siempre mencionada despectivamente como “individualismo”, ya se manifestase ésta en el campo del pensamiento, las costumbres o la actividad económica. Su lema “Creer, obedecer, combatir” expresaba no sólo esta subordinación del individuo al líder, concebido como encarnación de la voluntad nacional, sino también el espíritu militarista y el apego a la disciplina que tanto contribuyeran al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Los gobiernos fascistas fueron, sin excepción, dictaduras unipersonales absolutas que, en algunos casos, llegaron a convertirse en sistemas abiertamente totalitarios, como ocurrió en la Alemania de Hitler. Aparte de las experiencias italiana y alemana deben mencionarse también los regímenes fascistas o filofascistas que se establecieron en Rumania, España, Argentina, Brasil y otras naciones durante los años treinta, en algunos casos con características sin embargo más próximas al populismo.

El énfasis en lo colectivo en detrimento del individuo hizo que los experimentos fascistas desembocasen normalmente en una u otra forma de corporativismo. Las naciones se organizaron así a través de corporaciones, no personas, que podían ser cámaras de industriales o comerciantes, sindicatos, gremios o cualquier otra institución semejante. Estas corporaciones, representadas en órganos políticos o de dirección económica, eran los auténticos actores sociales, aunque cada una de ellas, en realidad, estaba dirigida férreamente por personeros del partido gobernante que se subordinaban al líder supremo. Ellas decidían la política general a seguir, trazaban planes económicos e intervenían en muchos asuntos cotidianos, convirtiéndose en órganos del Estado de casi ilimitado poder.

La economía se organizaba así mediante consejos generales que dictaban normas de cumplimiento obligatorio para todas las cámaras afiliadas. Estas fijaban precios y cantidades a producir, determinaban los salarios y las normas de trabajo, intervenían sobre las decisiones de inversión, regulaban las ganancias y controlaban toda la actividad productiva, a veces, hasta los mínimos detalles. La propiedad privada de las empresas se mantenía, al menos formalmente, pero quedaba por completo vacía de contenido: no existía ya riesgo empresarial ni posibilidad alguna de competencia, por lo que los dueños de empresas se convertían en una especie de asalariados privilegiados, a veces devengando incluso sueldos, cuyas ganancias se asemejaban más a bonos o compensaciones especiales que a la retribución por el riesgo asociado a la inversión. La política económica general, por otra parte, además de basarse en un extendido intervencionismo estatal, se encaminaba a lograr la autarquía, el desarrollo económico nacional aislado del resto del mundo.

Los fascismos más militaristas, como los de Hitler, Mussolini y la Europa Oriental no sobrevivieron mucho tiempo y fueron devorados por la propia conflagración mundial que tanto contribuyeron a desencadenar. Otras experiencias, como la de Franco en España, fueron evolucionando gradualmente hacia sistemas menos totalitarios, abandonando casi por completo el corporativismo y asemejándose así a otras naciones de economía intervenida y democracia restringida. En América Latina, dentro de este modelo, los experimentos fascistas se convirtieron rápidamente en populismos. [1]

[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Lo peor no es Harvey, sino la falta de mercado

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 30/8/17 en: http://www.mil21.es/noticia/631/opinion/lo-peor-no-es-harvey-sino-la-falta-de-mercado.html

 

No sé quién fue el pervertidor, pero realizó un buen trabajo: convencer a parte de la opinión pública de que el mercado -las personas cooperando pacíficamente- es malo y que, por tanto, el Estado -el monopolio de la violencia liderado por ambiciosos y a veces corruptos políticos- debe controlarlo. El mundo del revés.

Aunque no se le dio suficiente publicidad -porque los políticos tienen gran influencia sobre los medios- lo cierto es que el principal culpable de los 1800 muertos que dejó Katrina, en Nueva Orleans, fue el Estado que encargó al ejército la construcción de los diques de contención que resultaron endebles. Las compañías aseguradoras y reaseguradoras privadas bien podrían haber construido la infraestructura necesaria.

Por cierto, los fondos que manejan estas compañías son suficientes para realizar con eficiencia las obras pertinentes. Para tener una vaga idea de los recursos que manejan, digamos que solo en Bermudas existen empresas que suman más de US$ 150.000 millones y estamos hablando exclusivamente del 30% únicamente de las aseguradoras “cautivas”, del mundo.

Las inundaciones sin precedentes provocadas por Harvey, seguramente hubieran provocado un daño menor y el rescate y reconstrucción hubiera sido mejor si los políticos, el Estado, no impusiera una serie de regulaciones directas e indirectas que inhiben y hasta prohíben el desarrollo de las compañías aseguradoras y re aseguradoras.

El alcalde local dijo que no evacuó la ciudad de 2,3 millones de habitantes porque si “pones a toda la gente en la autopista, estás llamando a una calamidad mayor”. Es decir, la infraestructura vial estatal hubiera colapsado. Tropas de la Guardia Nacional fueron desplegadas además de 20 helicópteros, y botes, pero resultaron poco a pesar de la ayuda de una organización privada como es la Cruz Roja. El Servicio de Emergencia de Houston recibió más de 75.000 llamadas y se saturó, y tampoco daban abasto los bomberos estatales, otra actividad que bien podrían desarrollar las aseguradoras privadas.

La zona afectada concentra casi un tercio de la refinación de petróleo de EE.UU. y el Golfo de México representa 20% de la producción del país. Analistas estimaron un impacto material de entre US$ 30.000 y 100.000 millones, según Bloomberg. La mayoría de los daños no estarán cubiertos por seguros. Es decir, que sobran incentivos económicos para que las aseguradoras realicen un buen negocio de prevención, rescate y reconstrucción rápida y eficiente.

Para sumar más incentivos económicos, los futuros de la gasolina subieron el lunes casi 4% después de haber subido 7% en las operaciones previas a la apertura del mercado. Mark Zandi, economista en jefe en Moody’s, pronosticó que el PIB de la región bajará cerca del 1%, entre US$ 7.000 y 8.000 millones.

Pero las aseguradoras pueden ser de inestimable ayuda no solo en catástrofes naturales. La bolsa de Tokio cerró a la baja por la caída del yen frente al dólar, a raíz del lanzamiento del misil norcoreano que sobrevoló Japón. Obviamente, aquí también las pérdidas pueden justificar el trabajo de aseguradoras que no solo pueden instalar sistemas de alerta temprana más eficientes que el estatal “Alerta-J”, sino que firmas como Oribe Seiki Seisakusho ya han vendido decenas de purificadores y están construyendo refugios para empresas y familias. Y, por qué no, hasta podrían instalar con mayor eficacia sistemas antimisiles.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.