Chicago boys vs Columbia boys: la ingeniería social vs la “mano invisible”

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 30/04/21 en: https://www.perfil.com/noticias/economia/dos-formas-de-ver-la-economia-la-ingenieria-social-vs-la-mano-invisible.phtml

En ocasión de un encuentro por el Mercosur, esta semana se produjo un cruce de ideas entre el ministro de Economía Martín Guzmán y su par brasileño, Paulo Guedes. Aquí, un economista analiza ambas formas de ver la economía.

Mercosur 20210429Cruces con Brasil por los aranceles, en la reunión del Mercosur. | CEDOC PERFIL

Existen dos maneras diferentes de ver la economía. Por un lado, la economía es un proceso espontáneo, con vida propia que se autorregula. A esta visión se la suele asociar a la famosa “mano invisible” de Adam Smith. Para este punto de vista la mano invisible no es perfecta, pero sí es mejor que una economía fuertemente regulada.

Por el otro lado, la economía es vista como un problema de ingeniería social. Con raíces en Marx (explotación) y Keynes (irracionalidad), el estado debe controlar, regular, e incluso salvar a la economía de sus propias crisis.

Los Ministros de Economía Martín Guzmán (Argentina) y Paulo Guedes (Brasil) fueron protagonistas de este contrapunto. Ante la afirmación de Guzmán, de que “la mano invisible de Adam Smith es invisible porque no existe”, su par brasileño le recordó que la mitad de los Nobel de Economía fueron para economistas de la tradición de la Escuela de Chicago.

Más allá de las sorprendentes palabras de Guzmán, su expresión es un acto fallido que muestra que en el gobierno prevalece una visión de la economía como un problema de ingeniería social en lugar de una visión de la economía como un proceso espontáneo y natural.

En primer lugar, la respuesta de Guedes se queda corta. La visión de la economía como un proceso de mano invisible trasciende a la Escuela de Chicago ampliamente.

Tres ejemplos no asociados a la Escuela de Chicago dentro del listado de Nobel al que hace referencia el ministro brasileño son Elinor OstromVernon L. Smith, y Friedrich A. Hayek. Este último no sólo podría considerarse un Adam Smith del Siglo XX, sino que es uno de los Nobel más citado por otros galardonados con el Nobel.

Además, así como la mano invisible trasciende a la Escuela de Chicago, también trasciende a la economía. En filosofía, por ejemplo, autores de la talla de Robert Nozick y Karl Popper han tratado el tema. Mal que le pese a Guzmán, la mano invisible es parte del ADN del desarrollo de la teoría económica desde Adam Smith hasta la fecha.

La visión ingenieril de la economía por parte del gobierno está por todos lados. Está tan presente que la tomamos como natural y no tomamos nota de ella. Podemos pensar, por ejemplo, en la obsesión regulatoria del estado. O en la intención de controlar la inflación con gigantescas planillas Excel. Pero para no perdernos en anécdotas, podemos mirar los mismos indicadores que se usan en investigaciones científicas a nivel mundial.

Según el Índice de Libertad Económica del Fraser Institute (Canadá), con el kirchnerismo argentina descendió en el ranking de libertad económica al punto tal de ubicarse entre las 10 economías menos libres del mundo. El problema es que la economía no es una compleja pieza de relojería. La economía es más bien un ecosistema.

El economista de la mano invisible es más biólogo que ingeniero. Estudia un complejo ecosistema que él mismo es incapaz de reproducir, realizando intervenciones menores para garantizar su supervivencia, pero sin buscar regular su naturaleza. El ingeniero, en cambio, no aceptaría ningún cambio espontáneo del ecosistema que no esté apropiadamente regulado por alguna oficina gubernamental. Las trabas al progreso y desarrollo son obvias.

Así como la mano invisible trasciende a la Escuela de Chicago, la visión ingenieril de la economía trasciende al kirchnerismo. Recordemos que el lema de Cambiemos era el de estado presente, no el de un estado limitado. Importantes figuras de este movimiento han sostenido que Cambiemos era socialista o un movimiento de izquierda (recuerdo a Ivan Petrella, Federico Pinedo, Marcos Peña, y Durán Barba).

Con actitudes que hacen acordar a adolescentes, desde el gobierno se mofaban de los economistas de la mano invisible usando motes como el de “liberalote”. Podemos recordar también la persecución de Rodriguez Larreta en CABA a Uber y ciudadanos de bien intentando hacer algún ingreso extra (quizás para pagar los aumentos de impuesto de Larreta) mientras hacía la vista gorda a los violentos actos del sindicato de taxis. Todo este drama justificado en la falta de una regulación apropiada. La visión ingenieril es poco creativa. En lugar de adatar la regulación a los nuevos desarrollos del mercado prohíbe aquello que no es adaptable a una regulación anacrónica.

No hace falta especular, podemos ver los datos. A nivel mundial, al menos desde el 2000 a la fecha, la libertad económica viene en ascensoArgentina, una vez más, a contramano del mundo. El ingreso per cápita (ajustado por costo de vida) de las economías más libres del mundo es casi diez veces superior al de las economías menos libres del mundo.

La mano invisible es la mejor arma para eliminar la pobreza. Los datos también nos muestran que la distribución del ingreso es similar en economías libres y reprimidas. La diferencia es que la pobreza es mayor en las economías reprimidas. Un último dato, en las economías libres hay mayor igualdad de género que en las economías reprimidas.

Si uno mira la economía argentina, especialmente de Perón a la fecha, no vemos una alternancia entre la mano invisible y la ingeniería económica. Lo que vemos es una alternancia de ingenieros. Todos estos experimentos terminan de manera similar. Crisis económica con un retroceso relativo en la economía mundial.

Quizás para Guzmán y el kirchnerismo los beneficios de una economía libre sean invisibles. No hace falta que también lo sean para la oposición.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver. Es profesor de UCEMA. Publica en @n_cachanosky

¿Despertará a tiempo la “clase media”?

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 23/4/21 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/despertara-a-tiempo-la-clase-media-nid23042021/

El próximo año se estará cumpliendo un siglo desde que Walter Lippmann, el prolífico y polémico periodista y pensador estadounidense, publicase Public Opinion, el que resulta para muchos el primer análisis moderno del fenómeno de la opinión pública con perspectiva científica.

En aquél ya clásico e icónico libro, Lippmann estableció ciertos conceptos que resultan fundamentales hasta hoy, al momento de dar cuenta de los fenómenos que conforman esa inasible entelequia que es “la opinión del pueblo”. Entre ellos, el periodista norteamericano destacó a las “imágenes mentales”, como una especie de atajo que el público no especializado utiliza para comprender fenómenos, por lo general de índole pública, que le resultan prácticamente desconocidos desde un abordaje directo y que, por carencias de tiempo y conocimiento específico, se le vuelven inabordables de otro modo. En las propias palabras de Lippmann:Ads by

“[…] lo que hace cada hombre no se basa en el conocimiento directo y seguro, sino en las imágenes hechas por él mismo o que le han sido dadas […] si alguien desentierra un polvo amarillo que parece oro, se comportará durante un tiempo como si hubiese encontrado oro. La manera cómo imaginan el mundo determina en todo momento lo que harán los hombres. […]”

Este concepto de imágenes mentales, sumado al de pseudoambiente, definido este último como ese espacio fáctico pero irreal en el que vivimos los seres humanos a partir de aquellas imágenes que hemos ido adquiriendo, resulta fundamental para poder analizar por qué muchas veces la acción coordinada o descoordinada del gran público, resulta tan distante de lo real y efectivo. La Argentina, de hecho, es un gran ejemplo de esto último.

En nuestro pseudoambiente existen varios mitos y tabús intocables. Los argentinos vivimos inmersos en un esoterismo que erige como tótems muchas de las ideas más ridículas y refutadas en el mundo. En el campo económico, sin ir más lejos, seguimos ponderando un aquelarre de zonceras que solo han provocado el crecimiento exponencial de la más supina de las pobrezas; aquella que no refleja solo la carencia de lo material, sino incluso de lo intelectual y lo cultural.

Así las cosas, el país parece inmerso en un soporífero sueño mortecino que nos consume. Mientras debatimos desde enfoques perimidos lo que en otras latitudes se ha resuelto hace décadas, los argentinos “tenemos todo el pasado por delante”, como supo sentenciar alguna vez Borges en referencia a uno de los movimientos políticos que más años gobernó nuestro país.

Sin embargo, en los últimos meses, ciertas señales parecen dar cuenta de un cambio al menos incipiente, en la conformación de dichas imágenes que mencionaba al principio. Hace pocos días atrás, el periodista y politólogo Jonatan Viale se animó a enfrentar uno de esos tótems quiméricos que pertenecen al sentido común nacional: el de la clase media. En su columna del 5 de abril con la que abrió su programa, Viale ilustró como esta clase se encuentra en términos reales prácticamente destruida. Con datos, ilustraciones y gráficos, posicionó a la Argentina, por su pobreza, entre países como Nigeria, Afganistán, Liberia, Bolivia y Uganda. Incluso si quisiéramos sumar datos preocupantes por fuera de lo explicitado por Viale, podríamos decir que, de seguir por esta senda, el PBI argentino estaría convergiendo con el de Botswana en breve y siendo superado por éste, en no mucho más.

Lippmann dejó en claro que esa simplificación de la realidad con la que los ciudadanos de a pie observan el mundo, muchas veces (las más de las veces), viene dada por los medios de comunicación. En tal sentido, el aporte de Viale viene a sumarse también a la inmensa cantidad de notas periodísticas que, en los últimos meses, y por primera vez en décadas, transparentan el presente que viven los argentinos que deciden emigrar versus aquellos que seguimos residiendo en el país. Decenas de entrevistas cada semana dan cuenta así de profesionales y no profesionales que nacieron bajo la bandera celeste y blanca y que, residiendo en diversas latitudes del mundo, pronto adquieren niveles de vida que son para la gran mayoría de la población argentina, prácticamente inalcanzables.

El fenómeno en sí, a decir verdad, no es nuevo. Las redes sociales han permitido el contacto inmediato con otras geografías y ya no parece posible que nuestra australidad extrema esconda la realidad de un mundo que ha crecido en capital y condiciones de vida, mientras nosotros seguimos en franca decadencia; realidad que ya no es necesario salir a buscar en esa Europa que alguna vez fue nuestro espejo, sino incluso en vecinos regionales. No olvidemos que, al momento, y aun cuando sus desafíos por delante son enormes, países como Chile y Uruguay cuentan con tasas de pobreza significativamente inferiores a la nuestra y con una tendencia de las últimas décadas a la baja, mientras aquí sucede exactamente lo contrario.

El ataque directo y veraz, por tanto, que está sufriendo el que llamo “mito de la clase media”, podría provocar en breve una enorme crisis de legitimación para el sistema político. Y afirmo esto porque si hay algo que justamente nos une, más allá de las grietas perennes, es la creencia de que todos somos en última instancia clase media. Tanto aquellos pocos que vacacionan una o dos veces al año en Punta del Este o Miami, como aquellos que lo hacen cada cinco años en algún lugar recóndito de la Costa Atlántica, al momento de ser interpelados sobre su condición socioeconómica, contestarán sin dudar: “de clase media”. No importa que las estadísticas, los censos, las comparaciones científicas y las mentadas argumentaciones traten de hacer ver a unos y otros que, bis a bis, su pertenencia social es otra. Ser de clase media en Argentina es para la gran mayoría una obviedad; una imagen mental en los términos de Lippmann, casi infranqueable.

Las etapas del duelo, suelen coincidir los expertos, son cinco: negación, ira, depresión, negociación y aceptación. Es difícil saber cómo se dará esta dinámica en una sociedad que quizá comience a percibir que vivió hasta hoy una peligrosa mentira que la arrastra hacia un desaguisado futuro, probablemente enmarcado en violencia social creciente, altas tasas de criminalidad y una sangría continua de cerebros que habrán de ir a buscar allí fuera, dónde las imágenes mentales son más cercanas a lo real, esa prosperidad que nuestra latitud les niega.

Sin embargo, quizá todavía estemos a tiempo de adquirir verdadera conciencia, lograr la aceptación necesaria para tomar medidas certeras, y cambiar el triste derrotero en el que todo un establishment dirigencial, sin distinción de banderías, nos ha subsumido.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

PROHIBIDO PREGUNTAR

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 18/4/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/04/prohibido-preguntar.html

Parece que la mortalidad por Covid 19 está aumentando.

¿Y si, por ende, las cuarentenas impuestas desde 2020 no funcionan?

¿No será que no hemos querido enfrentar de otro modo el sol que es imposible tapar con un dedo?

¿No será que las políticas propuestas por la Barrington Declaration eran más adecuadas? (https://gbdeclaration.org/la-declaracion-de-great-barrington-sp/)

¿No será que había otros tratamientos que fueron prohibidos?

¿No será que las indicaciones de la OMS estaban y están equivocadas?

¿No será que, como todo virus corona, luego del primer impacto, el sistema inmunológico se va adaptando ante todas las cepas siempre mutan y se mezclan?

¿No será entonces que desesperadamente no se ha dejado actuar al sistema inmunológico?

¿No será que hay que acostumbrarse a con-vivir con una enfermedad inevitable?

¿No es así con la tuberculosis y el dengue, por ejemplo?

¿No será que la planificación estatal impide una mayor creatividad de tratamientos médicos y de respuesta del sistema sanitario?

¿No será que no damos ninguna importancia a las personas que se están muriendo de otra cosa y se seguirán muriendo por enfermedades desatendidas por una histeria focalizada?

¿No será que ESAS muertes no aparecen en unos medios de comunicación y en una sociedad cuya única realidad se ha reducido a una sola cosa?

¿No será que nadie se plantea que la vida tiene que seguir, porque para evitar la muerte no es ético morir?

¿No será que vivir no es sólo no enfermarse?

¿No será que nadie quiere hacerse estas dos últimas preguntas?

¿No será que casi todos son absolutamente ignorantes del valor moral e irrenunciable de la libertad?

¿No será que casi todos llevan en sí mismos la muerte en vida de una vida banal producida por el temor atávico a la muerte?

¿Y no será que hacerse estas preguntas está mal visto?

Una vida in-humana es inmoral aunque vida sea.

Repito: una vida in-humana es inmoral aunque vida sea.

Que Dios nos libre de nosotros mismos. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Día del beso, que se perdió con el sentido común

Por Alejandro A. Tagliavini: Publicado el 13/04/21 en: https://alejandrotagliavini.com/2021/04/13/dia-del-beso-que-se-perdio-con-el-sentido-comun/

Día Internacional del Beso: ¿Cuántos tipos de besos existen? | VIDA | PERU21

       “Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso… ¡Yo no sé qué te diera por un beso!”, Gustavo Adolfo Bécquer.

La cultura occidental hace agua por todos lados y es que el racionalismo la inundó desprestigiando a la metafísica, ciencia que cultivaron los griegos como Aristóteles, y a la teología que, como método científico, es independiente de religiones particulares.

                    Sintetizando, la metafísica dice que existe un orden en el cosmos para el desarrollo de la vida que la pequeñez del hombre no puede alterar, y la teología asegura que Dios ha creado al universo para el bien, “a su imagen y semejanza”, y esta omnipotencia no puede ser, ni remotamente, desafiada por el cerebro humano. Así, los “religiosos” que no sigan a la teología deben revisar sus creencias porque resultan esotéricas, fetichistas.

                    Por ello es que el racionalismo -pseudo religión y pseudo ciencia, decía el destacado epistemólogo Paul Feyerabend- que pretende controlar al cosmos con la “razón” humana, necesita desprestigiar a la metafísica y a la teología. Y ha montado a los Estados modernos que se creen capaces de cuidar y hasta diseñar la vida humana (la “nueva normalidad”).

                    De estas ciencias surge que no pueden existir amenazas naturales contra el desarrollo y crecimiento de la vida, o sea, es irreal la posibilidad de la existencia de una “pandemia” que ponga en jaque a la humanidad y quienes esto creen, además, desoyen al sentido común (sensus communis), como lo describe Tomás de Aquino, que unifica los datos del episodio perceptivo, y le da al sujeto la certeza del hecho que está viendo, oyendo, etcétera.

                   Por el contrario, la fantasía o imaginación según Tomás es un instrumento cognitivo que cree reales hechos solo pensados por la mente humana. Como señala Feyerabend, suele ser mucho más acertado el sentido común de las personas cuyos propios intereses están en juego, que las decisiones -las fantasías- de lejanos “expertos” racionalistas subidos en una torre de marfil ridículos al punto de decir que trabajar y socializar no es saludable.

                   Son estos “expertos” quienes inventaron esta falsa pandemia que los números desmienten, ya que los muertos totales en el mundo a casi año y medio de comenzada son apenas el 0,04% de la población global. Y ahora, pretenden asustar con la cantidad de contagios, claro que se aseguran de no revelar que lo normal es que, en una temporada de gripe, se contagie alrededor del 70% de la población, es decir, más de 5000 millones de personas en todo el mundo y la mayoría ni se entera.

                  Como cada día aumentan los testeos, se detectan más casos y los gobiernos utilizan el “aumento de casos” para asustar, y la gente en pánico agrava su situación y concurre a hospitales ante síntomas mínimos. Y, además de las gravísimas consecuencias de los confinamientos, nos quieren dejar sin el beso cuyo día internacional se festejó el 13 de abril y que es una manifestación universal de afecto y alegría que ya aparecía en el Antiguo Testamento.                

Algunos científicos creen que besar es un comportamiento instintivo con raíces en la biología. Junto con la oxitocina y la dopamina que provocan afecto y euforia, besar libera serotonina, otra sustancia que incrementa el bienestar y la felicidad, y moviliza 146 músculos e intercambia 80 millones de bacterias nuevas lo que no debe asustar, es natural.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Asesor Senior de The Cedar Portfolio, Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

Pensamiento científico y censura

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 14/4/21 en: https://www.perfil.com/noticias/opinion/mauricio-alejandro-vazquez-pensamiento-cientifico-y-censura.phtml

Censura 20210415Dimitris Vetsikas / Pixabay

Una sociedad en la cual se generaliza que lo disruptivo, polémico o peligroso no puede debatirse, tarde o temprano puede facilitar un régimen en el que tampoco se pueda pensar libremente.

¡Sapere Aude! (¡Atrévete a saber!) exclamaba Immanuel Kant en pleno Siglo XVIII contagiado del intrépido espíritu del iluminismo que se había ya arraigado con fuerza en Francia e Inglaterra y aún no todavía en su dogmática Prusia.

Probablemente sea muy difícil destacar en su justa medida, en pleno Siglo XXI, lo revolucionario que fue para la humanidad que pensadores de la talla de Kant hayan consolidado y propagado ese clima reinante en su tiempo, con el ideal científico de la razón como mascarón de proa, que dio paso luego al advenimiento del desarrollo humano más vertiginoso del que se tenga registro.

Aun así, a pesar del desafío que implica dimensionar hoy día, donde la ciencia y la técnica imperan, la proeza que significó en aquel tiempo la actitud emprendida por tantas mujeres y hombres, existen ciertas aristas espinosas que en el último tiempo parecen invitarnos a revalorizar aquellos aciertos y reflexionar de modo equivalente, sobre en qué pilares debiéramos seguir asentando nuestro presente si aspiramos a incrementar dicha prosperidad en el futuro.

Al respecto, en los últimos meses se produjo un generoso y vehemente debate en torno a la aplicación de medidas preventivas en algunas redes sociales, orientadas a impedir que ciertos mensajes con contenido polémico se propagasen y que, por tanto, se pusiese en riesgo el orden público en general y en algunos casos, la salud de la ciudadanía en particular. Lo que en un comienzo implicó meramente la inclusión de señales de advertencia, evolucionó finalmente en acciones concretas por parte de las plataformas virtuales, como por caso la cancelación de la cuenta de Donald Trump en la red del pequeño pajarito azul. Acompañando aquella medida, varias empresas se asociaron para impedir tecnológicamente que sus competidoras (por caso la red Parler) brindase al hoy expresidente norteamericano de una especie de derecho a réplica virtual.

Esta breve reflexión no apunta, sin embargo, a sumarse a dicha polémica, no porque la misma no resulte sumamente rica en aspectos filosóficos y políticos aún en debate, sino porque la intención es poder abordar la cuestión desde una perspectiva aún no tan explorada. Y con tal me refiero a la del empoderamiento personal.

Así como lo saben los psicólogos, también lo experimentan los padres conforme sus hijos se enfrentan al mundo: sobreproteger permite acercarse asintóticamente a una exactitud del cuidado, pero al mismo tiempo, como otras cosas propias de la vida, tiene el efecto no deseado de desempoderar. Cuanto más se aísla a un niño de las posibilidades de correr riesgos, éste a su vez adquiere cada día menos herramientas para lidiar con ellos. El mundo de los adultos, sin embargo, tampoco es muy diferente. También sobre éstos el mecanismo funciona del mismo modo: cuánto más se busca protegerlos, más dependientes de esa protección se vuelven.

Al mismo tiempo, gran parte del debate antedicho tuvo que ver con la palabra “censura”, vocablo que solía aplicarse de forma rigurosa a la acción de los gobiernos y que hoy también se debate si su sentido no debiera extenderse a hechos ejercidos por privados, como los que comentaba anteriormente. En tal sentido, este tipo de uso del poder tecnológico debiera revisarse a la luz de su impacto general y no solo desde sus efectos sobre un particular, por caso Donald Trump o cualquier otro. Una sociedad en la cual se generaliza que lo disruptivo, polémico o peligroso no puede debatirse, tarde o temprano puede facilitar un régimen en el que tampoco se pueda pensar libremente. Justamente lo contrario a la histórica proclama kantiana con la que daba pie a esta reflexión.

Por tanto, si la sobreprotección favorece el desempoderamiento al mismo tiempo que la censura habilita el ejercicio de la arbitrariedad y facilita el dogmatismo, ¿qué podríamos hacer para que la sociedad quede a resguardo del enorme impacto que tienen las redes sociales con su diversidad de mensajes y consignas hoy día?

En gran medida, el movimiento iluminista asentó sus bases sobre los cimientos construidos por el humanismo de los Siglos XIV y XV. En su esencia, esta corriente de pensamiento volvió sus ojos sobre el hombre, abandonando el pesimismo sobre su esencia y revalorizando su capacidad intelectual, artística y científica. Justamente es en este sentido que mi sugerencia pasa por retomar la senda que nos trajo a este presente lleno de oportunidades y que por tanto volvamos a confiar en la capacidad de discernimiento de todos aquellos que conforman la ciudadanía global en la que nos hallamos insertos hoy y, para tal, qué mejor que fortalecer nuestros planes de estudio con más herramientas provenientes del campo científico.

Por tanto, considero que no existe mayor vacuna contra la influencia negativa que pueden tener los intentos de desinformación malintencionada y los llamados al odio, al racismo o a la discriminación, entre otros posibles males provenientes del fenómeno virtual, que una inversión creciente en nuestras curriculas de materias como pensamiento científico, metodología de la investigación, epistemología o afines. Siendo como son estos campos de la enseñanza, anticuerpos efectivos que dotan a nuestros niños y jóvenes de la capacidad para juzgar por sí mismos la información que llega, y empoderándolos así en cada caso que su intelecto es desafiado.

Kant nos invitó a atrevernos a saber. El mundo de hoy nos interpela al punto de sugerirnos la perentoria osadía de combinar todo eso que hemos aprendido, con mejores reglas de convivencia que nos conduzcan hacia mayor libertad, responsabilidad y cooperación en la que es hoy una gran aldea global, sin pasar por tentadores atajos que por momentos tienen el viso de los autoritarismos de antaño.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

La tiranía de los expertos

Por Iván Carrino. Publicado el 8/4/21 en : https://www.ivancarrino.com/la-tirania-de-los-expertos/

El catedrático español Jesús Huerta de Soto publicó recientemente un análisis sobre los efectos económicos de la pandemia. Las reflexiones son muy interesantes, y destaco este párrafo donde se cuestiona no el saber médico de “los expertos”, sino su legitimidad para intervenir en nuestras libertades más básicas:

Mención aparte merece la dependencia y complicidad respecto del Estado de todo un corifeo de científicos, “expertos” e intelectuales, dependientes del poder político y que se dedica a dar un supuesto respaldo científico a todas las decisiones emanadas del mismo, utilizándose así la aureola de la ciencia para dejar desarmada e indefensa a la sociedad civil. Y es que la “ingeniería social” o socialismo cientista es una de las manifestaciones más típicas y perversas del estatismo pues, por un lado pretende justificar que los expertos, por su supuesto mayor nivel de formación y conocimientos, están legitimados para dirigir nuestras vidas y, por otro, se pretende bloquear cualquier queja u oposición, trayendo simplemente a colación el supuesto respaldo de la ciencia.

En el mismo sentido se había expresado Bongiovanni (aquí su artículo), al sugerir que:

Si un epidemiólogo sostiene, por ejemplo, que a cierta tasa de contagio observable estima que se producirán cierta cantidad de muertes (descripción) y concluye que entonces es necesario realizar una cuarentena intensiva (valoración), está dando un salto sin justificarlo. Por ejemplo, ¿es el costo de evitar dichas muertes socialmente menos oneroso que el costo de realizar una cuarentena? Puede que sí, puede que no. La ciencia no clausura el debate valorativo, lo abre. El médico cuando describe es un galeno, pero cuando opina sobre cómo balancear medidas sanitarias con otros valores (económicos, éticos o constitucionales, por ejemplo) hay que imaginarlo sin guardapolvos ni estetoscopio. Con derecho a opinar, claro, pero sin considerar su opinión como excluyente. Su merecida autoridad se ciñe a los confines del plano descriptivo. En el plano valorativo, son sólo un jugador más.

Estamos frente a una nueva forma de tiranía de los expertos, que en base a su conocimiento de una rama específica de la ciencia, creen que pueden conducir a toda la sociedad a su antojo. En el medio está el daño económico y moral que muchos parecen ignorar.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

No nos salvó el Estado

Por Iván Carrino. Publicado el 4/4/21 en : https://www.lanacion.com.ar/economia/no-nos-salvo-el-estado-nid04042021/

A fines de marzo de 2020 el Gobierno publicó por primera vez el decreto de Aislamiento social preventivo y obligatorio. La cuarentena era un hecho y el “quedate en casa” era el eslogan con el cual se iban a salvar las vidas de aquellos a quienes iba a atacar el Covid-19.

La medida no estuvo al margen de una tendencia global. El mundo parecía convencido de que el rol del Estado era tomar medidas drásticas para enfrentar lo que, a todas luces, era una circunstancia excepcional. En la Argentina otro lema fue “te salva el Estado”, como si las extremas regulaciones dictadas por el Gobierno fueran el único camino posible. Un año después queda claro que pasó todo lo contrario. El Gobierno no solo no pudo evitar una tasa de casi 1000 muertes por millón de habitantes, sino que hundió a la economía en un nivel que no conoce antecedentes.

Algunos se preguntan si el colapso económico no fue resultado de la propia pandemia que, al generar miedo en la gente, deprimió el consumo y la producción. Obviamente, algo de esto sí ocurre, pero, de acuerdo al análisis de Barro, Ursúa y Weng (The Coronavirus And The Great Influenza Pandemic, 2020), en el primer año de la Gripe Española los muertos representaron el 1,42% de la población mundial, generando una caída del PBI per cápita para el país típico de 4,2%. En 2020 el Covid-19 se cobró la vida del 0,026% de las personas. Siguiendo el análisis anterior, esto debería generar una caída del PBI per cápita de 0,1%. No obstante, en la Argentina la caída alcanzará 11%, mientras que será de 11,6%, 9,3%, 5,0% y 3,4% en España, Italia, Reino Unido, Brasil y Estados Unidos, respectivamente.

¿Una pandemia 98% menos mortal da lugar a una crisis económica más del doble de grave? Lo que explica la diferencia es la cuarentena. Las medidas de “quedarse en casa” pudieron haber reducido (en algún porcentaje y por un tiempo) el número de infecciones, pero al mismo tiempo generaron un cataclismo económico jamás visto.

En este contexto, el dilema nunca fue “la vida contra la economía”, sino el Gobierno eligiendo intentar preservar la salud de algunos a costa de hundir la economía (y la forma de ganarse la vida) de otros.

Según los datos del Indec, la actividad económica se redujo un espectacular 9,9% en 2020, pero sectores como “hoteles y restaurantes” u “otras actividades de servicios” cayeron 48,5% y 37,5% en cada caso. A mayor dureza de las restricciones, peor performance económica.

La Cámara de Turismo sostuvo que, en el empleo formal, el sector más afectado fue el hotelero, que redujo su plantilla en un 19,5% en 2020. Si extrapolamos esa cifra a los 1,8 millones de empleos que el turismo genera, llegamos a que son 351.000 los nuevos desocupados en ese sector. Esto es compatible con el dato del segundo trimestre de 2020, que mostraba que 4 millones de personas habían dejado de trabajar por las restricciones.

Otro sector muy dañado es el de la educación. Dada la brecha tecnológica entre ricos y pobres, la cuarentena resultó, en la práctica, el fin de las clases para los sectores vulnerables. Se estima que solo el 37,5% de quienes pertenecen a los segmentos menos favorecidos acceden a internet, mientras que el índice es de 99% en las familias más ricas. ¿Cómo dar educación “desde casa” al 70% de chicos que no pueden conectarse a un aula virtual?

Un último dato revela lo errado de la decisión oficial de aislamiento: según el Banco Mundial, la pobreza extrema a nivel global subirá por primera vez en 20 años. Esto implica que entre 88 y 115 millones de personas pasarán a vivir con menos de US$1,9 por día.

El economista austríaco Ludwig von Mises sostuvo que un gobierno no puede hacer a un hombre más rico, pero sí lo puede hacer más pobre. La respuesta oficial a la pandemia es prueba de ello. El Estado no salvó a nadie, pero sí hundió a montones. Y el daño ocasionado podría perdurar por mucho tiempo.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

Whatsapp, Twitter, Facebook, Instagram y otras yerbas

Es indispensable que el progreso tecnológico sea acompañado por valores de respeto recíproco. En caso contrario, la tecnología será una maldición ya que permitirá engullir libertades con más rapidez y contundencia

El escritor Mario Vargas Llosa

El escritor Mario Vargas Llosa

Llama poderosamente la atención cómo en general la gente tiende a espantarse sobre los miles de millones de clientes con que cuentan las modernas plataformas tecnológicas y ponen el grito en el cielo cuando se enteran de la astronómica cantidad de datos que recogen y el uso indebido que a veces le dan, sin embargo, las emplean a cada rato y no pueden dejar de espiar sus celulares y se encantan con la incorporación de nuevas aplicaciones. Una incoherencia mayúscula. Es el si pero no, a lo cual se agregan quejas con ciertos visos de hipocresía alegando monopolios a lo cual nos referimos en el último párrafo de esta nota.

En mi caso particular no uso celular y me abstengo de recurrir a procedimientos diferentes a Twitter, que empleo con provecho sin caer en el idioma de Tarzán, y utilizo permanentemente el correo electrónico para intercambiar ideas, para la corrección de tesis y la publicación de libros, ensayos y artículos. También acudo cotidianamente a los servicios de Internet para hacerme de información que bien seleccionada proporciona fenomenales ventajas. Además, como tengo cierta alergia a las aduanas, migraciones, aviones y demás parafernalia, el Zoom me ha solucionado la vida pues dicto clase y participo en charlas, conferencias y entrevistas sin moverme de mi biblioteca.

Antes me he referido al tema de la tecnología que ahora vuelvo a escribir telegráficamente sobre el asunto con otros aditamentos. Cuando algo no resulta claro no hay otra que reiterar el mensaje con un poco más de claridad. Hoy en día observamos un fenómeno dual, por una parte avances notables en rubros como la medicina que permiten intervenciones quirúrgicas a distancia y diagnósticos a tiempo para detectar problemas de salud a través de aparatos que parecen milagrosos y, por otra, nuevos recursos para que el fisco estrangule a los contribuyentes mientras se estudian métodos de encriptado y equivalentes al efecto de salvarse de las garras del Leviatán.

Y aquí viene el nudo de esta nota que resumo de esta manera: me intriga sobremanera lo que está sucediendo con los celulares desde la perspectiva psicológica de un número considerable de usuarios. Me refiero a los que están prendidos -esa es la palabra que corresponde- a sus celulares desde que abren un ojo a la mañana hasta que quedan exhaustos derrotados por el sueño a la noche. Miran y vuelven a mirar la pantalla chica y en gran medida hacen como que se comunican. Pero la pregunta es si realmente en la era de la comunicación en no pocos casos hay comunicación o los usuarios a su vez se convierten en una gran pantalla que disimula o disfraza una relación que no es tal. Por ejemplo, en un restaurante se observa a todos los comensales mirar sus celulares que presentan la fachada de la comunicación. Es una fachada pues no están comunicados con los comensales presenciales ni tampoco con los virtuales pues no puede conversarse sobre varios temas simultáneamente. Es un imposible.

Entonces parecería que hay un divertimento que circula en el vacío sin verdaderos destinatarios. Creo que, entre otras muchas cosas, esto explica en parte los reiterados fracasos matrimoniales y familiares pues no hay alimentos recíprocos del alma ya que no hay conversación posible en este clima de celulares y pantallas perpetuas.

Muchos entonces están jugando a la comunicación pero en verdad están no solo incomunicados entre sí sino desconectados del mundo que solo miran de reojo muy superficialmente. Estimo que estos sucesos son también materia de educación para revertir estos síntomas y para que los humanos no se transformen en zombies mucho más entrenados para someterse a los dictados de la omnipotencia gubernamental.

Resulta llamativa la sensación de orfandad y la desmedida angustia y por momentos desesperación que provoca en ciertas personas cuando se percatan que no llevan consigo el celular, como si estuvieran desprotegidas y desamparadas en una soledad estremecedora y abrumadora en una especie de síndrome de abstinencia.

Incluso hay peatones que en la vía pública han atropellado a personas y llevado por delante columnas hipnotizados por el celular, para no decir nada de los accidentes de tránsito debido a los mismos motivos: los ensimismados, encajados y enfrascados en los aparatitos de marras.

Resultan evidentes las enormes ventajas de la tecnología moderna, la cual libera recursos humanos y materiales para poder encarar otros proyectos y satisfacer otras necesidades al tiempo que los empresarios, al efecto de sacar partida de nuevos arbitrajes, capacitan en otros campos y habilidades diversas. Esto ha ocurrido desde la invención del arco y la flecha, la rueda y el martillo que permiten ahorrar tiempo e incrementar la productividad.

Por supuesto que todo avance tecnológico puede usarse bien o mal, pueden usarse para mejorar como seres humanos o para que los gobiernos espíen, persigan y atropellen a los gobernados. Para evaluar esta pulseada moral es indispensable que el progreso tecnológico sea acompañado por valores de respeto recíproco, de lo contrario la batalla estará perdida si no hay este acompañamiento pues así la tecnología será una maldición pues permitirá engullir libertades con más rapidez y contundencia.

Uno de mis libros se titula Nada es gratis para subrayar que en la vida todo tiene un costo que los economistas denominamos “costo de oportunidad”, si las redes se presentan como gratuitas hay que meditar dónde se encuentra el negocio y tal como se ha apuntado la conclusión es que el negocio es el mismo usuario por lo que es del caso estar atento a la preservación personal y no dejarse usar malamente.

Es pertinente en estos territorios prestar debida atención a las trifulcas ocurridas en Facebook como consecuencia de falsas identidades y la difusión de datos confidenciales. Y para otra tropelía mayúscula en relación al mal uso de la tecnología, véase lo acaecido en torno al corajudo Edward Snowden sobre lo que he escrito en detalle vinculado a distintos aspectos del caso en este y en otros medios.

En una línea argumental conexa deben agregarse las aplicaciones en los celulares de jueguitos que entrenan para la violencia extrema o algunas producciones emitidas en series cuyas tramas destruyen valores esenciales.

A este respecto y en otro plano de análisis, es de interés consultar el informe presentado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) donde se consigna que el uso indiscriminado y repetitivo de los celulares puede traer aparejados trastornos de cierta gravedad en el sistema nervioso.

En este mismo contexto, también antes he escrito sobre la importancia decisiva de la privacidad pero ahora en relación al uso de celulares es oportuno reiterar muy parcialmente lo dicho al efecto de subrayar el punto.

La privacidad es el contenido de nuestro ser, es lo exclusivo. Sin privacidad lo humano se convertiría en una pestilente masa amorfa que le daría la espalda al hecho de que cada uno es único e irrepetible en toda la historia de la humanidad, situación en la que además la cooperación social y la consecuente división del trabajo quedarían severamente amputadas. Mezclar y batir el conjunto obstaculiza lo individual y lo distinto donde desaparecerían las fronteras de lo personal.

Para que no ocurra lo anterior es menester que cada cual cultive sus potencialidades en busca del bien. Los lugares en donde en gran medida se reúnen los jóvenes están hoy tan dominados por altísimos decibeles que apenas pueden intercambiar la hora y el nombre de pila.

En la era digital y a pesar de sus extraordinarias contribuciones, a veces alarma la falta de concentración y la degradación del lenguaje que provoca la metralla y el tartamudeo que limita la comunicación, por tanto, el pensamiento (sin lenguaje no se puede pensar). Notamos que en la actualidad el batifondo y la imagen sustituyen a la conversación y la lectura de obras que alimentan el alma.

Hay en general hay una tendencia marcada a divertirse, esto es como la palabra lo indica a divertir, a separar de las faenas y obligaciones cotidianas para distraerse lo cual es necesario pero si se convierte en una rutina permanente se aparta de lo relevante en la vida para situarse en un recreo constante, lo cual naturalmente no permite progresar. Incluso cuando se pregunta cómo marchan los estudios en la facultad la respuesta suele consistir en que prefiero tal o cual asignatura “porque me divierte”.

Según el diccionario etimológico “privado” proviene del latín privatus que significa en primer término “personal, particular, no público”. El ser humano consolida su personalidad en la medida en que desarrolla sus potencialidades y la abandona en la medida en que se funde y confunde en los otros, esto es, se despersonaliza y se amputa de sí mismo y se hace dependiente. La privacidad o intimidad es lo exclusivo, lo propio, lo suyo, la vida humana es inseparable de lo privado, lo privativo de cada cual. Lo personal es lo que se conforma en lo íntimo de cada uno, constituye su aspecto medular y característico. El entrometimiento, la injerencia y el avasallamiento compulsivo de la privacidad lesiona gravemente el derecho de la persona pero nos parece que la meticulosa exposición voluntaria presenta una luz colorada en el horizonte.

Como queda dicho, lo verdaderamente paradójico es la tendencia a exhibir la intimidad voluntariamente sin percatarse que dicha entrega tiende a anular al donante. Más aun parecería que algunos quisieran vivir en un carnaval perpetuo que como se ha hecho notar oculta el verdadero ser para confundirse con el otro yo de la máscara y también proceden en un caminar distinto al ritmo de samba.

Sin duda que se trata de proteger a quienes efectivamente desean preservar su intimidad de la mirada ajena, lo cual, como queda dicho, no ocurre cuando la persona se expone al público. No es lo mismo la conversación en el seno del propio domicilio que pasearse desnudo por el jardín. No es lo mismo ser sorprendido por una cámara oculta que ingresar a un lugar donde abiertamente se pone como condición la presencia de ese adminículo.

Si bien los intrusos pueden provenir de agentes privados (los cuales deben ser debidamente procesados y penados), reiteramos que hoy debe estarse especialmente alerta a los entrometimientos estatales -inauditos atropellos legales- a través de los llamados servicios de inteligencia, las preguntas insolentes de formularios impositivos, la paranoica pretensión de afectar el secreto de las fuentes de información periodística, los procedimientos de espionaje y toda la vasta red impuesta por la política del gran hermano orwelliano como burda falsificación de un andamiaje teóricamente establecido para preservar los derechos de los gobernados.

Y, como escribe Tocqueville en La democracia en América, todo comienza en lo que aparece como manifestaciones insignificantes: “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres”. Es como se ha repetido ocurre con la rana: si se la coloca en un recipiente con agua hirviendo reacciona de inmediato y salta al exterior, pero si se le va aumentando la temperatura gradualmente se muere incinerada sin que reaccione, fruto de un acostumbramiento malsano y a todas luces suicida.

Es de desear que se recupere la cultura, es decir, la capacidad de cultivarse y la privacidad para bien de la sociedad abierta y en lo que respecta a lo voluntario nada puede hacerse como no sea a través de la persuasión ya que se trata de un proceso axiológico. De lo contrario, como advierte Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo “nos retrotraeremos a la condición de monos” (los humanos se convertirán en El mono vestido tal como titula su libro Duncan Williams).

No cabe duda de los beneficios que producen las nuevas tecnologías y específicamente los celulares, a diferencia de los teléfonos fijos no transportables más allá de unos centímetros. Y esto cuando fueron privatizados y tenían tono pues antes en muchos casos había que gritar o mudarse a lo del destinatario para trasmitir un mensaje, todo bajo el pretexto de que se trataba de “un sector estratégico” por lo que debía estar bajo la égida del aparato estatal con pésimo servicio y generando astronómicos déficits. También hoy deben señalarse los múltiples servicios acoplados a la nueva concepción de la telefonía y los que se adicionan a cada rato, pero de lo que se trata es de reflexionar juntos sobre la conveniencia y la inconveniencia del uso y el abuso de estos magníficos instrumentos y de la tecnología en general.

Por último, igual que los quejosos de las tecnologías que usan a cada rato y que no pueden despegarse de sus celulares llenos de aplicaciones que los encandilan -tema con el que abrimos esta nota- igual que eso decimos los usuarios adictivos se levantan con voces altaneras contra lo que juzgan que sus proveedores son “monopolios malsanos”. Esta conclusión apresurada pasa por alto el hecho que en un mercado abierto si no les agrada lo que hace un eventual monopolista pueden competir y si no tienen recursos pueden recabarlos, pero si nadie acepta el negocio quiere decir que el proyecto en cuestión es un cuento chino y que la situación es la mejor dadas las alternativas vigentes.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿El fin de la educación tal como la conocemos?

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 30/3/21 en: https://www.ambito.com/opiniones/educacion/el-fin-la-tal-como-la-conocemos-n5180630

Comenzó a notarse desde hace ya algún tiempo, que el paso por el mundo universitario no significaba la adquisición de las competencias necesarias que luego los diferentes rubros de la economía demandaban.

¿El fin de la educación tal como la conocemos?

Entre tantos otros, uno de los principales cruces entre Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, refirió a como idear el sistema educativo.

A mediados del Siglo XIX, en las ya famosas “Cartas Quillotanas” y “Las Ciento y Una”, se refleja este debate rico en chicanas, dimes y diretes, pero profundamente vigente hasta el día de hoy. Si quisiéramos darle el gusto a la brevedad que anima a una nota de este tipo, deberíamos resumir aquél profundo intercambio epistolar en dos posiciones: una, la de Sarmiento, en la cual el objetivo del naciente sistema educativo debería estar orientado a la formación del ciudadano, en los parámetros que por tal se comprendía en las postrimerías de la ilustración, y la otra, la del autor de “Las Bases”, que no renegaba del objetivo sarmientino, pero que mayor hincapié hacía en la necesidad de que este sistema estuviese en íntima consonancia con el mundo del trabajo y el desarrollo productivo de la Nación.

Más de un siglo después, se vuelve evidente que la preocupación de Alberdi no resultó baladí. La escisión de nuestro sistema educativo y el ámbito de la producción es marcada. Y, sin embargo, lo que en Argentina ya podría decirse que constituye una tragedia que genera atraso tecnológico, casi nula movilidad social y desempleo estructural (aquél que no depende tanto de los ciclos económicos, sino de las competencias adquiridas por los recursos humanos disponibles), en el resto del mundo también parece haberse convertido en motivo de preocupación, cuando menos.

A lo largo y ancho del globo, comenzó a notarse desde hace ya algún tiempo, que el paso por el mundo universitario no significaba la adquisición de las competencias necesarias que luego los diferentes rubros de la economía demandaban. Se naturalizó así, por un lado, que tras casi 20 años de instrucción formal (incluyendo primaria y escuela media), un individuo terminaba sus estudios superiores sin tener garantía alguna de estar preparado para desarrollarse eficientemente en la competitiva economía actual y, por el otro, que este mismo educando debería luego compensar esas carencias invirtiendo más tiempo y dinero en actualizaciones, posgrados específicos y cursos, incluyendo aquellos que los propios oferentes de empleo se ven obligados a brindar.

Dicen los que se dedican al estudio del mismo, que “el Mercado”, este proceso masivo de coordinación de expectativas, se suele adelantar a los procesos sociales incluso más que los propios intelectuales o pensadores. En tal sentido, el pasado 11 de marzo, la multiplataforma Google lanzó un plan a escala global orientado a la certificación de competencias laborales. Este hecho que pasó para muchos desapercibido, se podría llegar a constituir en el mediano plazo, en un acontecimiento absolutamente amenazante para el sistema formal de educación en general y para el universitario en particular.

Asiento la razón de esta afirmación en varias consideraciones. Por un lado, las universidades han olvidado en muchos casos que una de las razones principales por las cuales los alumnos invierten tiempo y dinero en ellas, es para insertarse luego de mejor manera en el Mercado laboral. Pero si el propio Mercado ha comenzado a considerar que ese paso no solo no es suficiente, sino que siquiera es necesario, gran parte de la razón de ser de este nivel educativo podría desaparecer o modificarse radicalmente, como ha sucedido con infinidad de procesos y tecnologías en el pasado.

A su vez, esta segunda afirmación adquiere razonabilidad, si consideramos que justamente el programa lanzado por Google no contiene entre sus requisitos el haber alcanzado el nivel de estudio universitario para poder adquirir estas competencias. Si a lo anterior sumamos el enorme abaratamiento de costos que este tipo de iniciativas tienen para el alumno, en conjunto con su infinitamente mayor capacidad de adaptación a los cambios tecnológicos y culturales, bis a bis la burocrática naturaleza de los claustros universitarios y su tendencia de hierro al sostenimiento de programas que se vuelven vetustos cada día más rápido, la amenaza de esta iniciativa para el statu quo universitario es aún más claro. Sobre todo, considerando que cada día más, millones de personas intentan incorporarse al Mercado laboral sin tener a priori los recursos necesarios para adquirir ese aspiracional histórico que significaron los títulos de tercer nivel.

Así mismo, iniciativas como las que describía anteriormente, facilitan la incorporación de este sector desfavorecido de la economía, mediante su asimilación rápida y efectiva, incluso en rubros como el tecnológico en el cual los ingresos medios son bastante superiores a los que se podría esperar de un recién iniciado. Todo lo cual, naturalmente, facilitaría un fenómeno de movilidad social a escala global sin parangón.

Desde ya, para nuestra concepción latina, lo ocurrido este 11 de marzo puede no significar mucho. Nuestra idiosincrasia considera que el factor principal de validación de nuestros títulos no es el Mercado sino el Estado, en sus distintas instancias formales constituidas a tal efecto. Esta concepción, a su vez, ha facilitado la incorporación de múltiples rigidices que han redundado luego en carreras cada día más largas y distanciadas del mundo laboral, como tal vez previó Alberdi casi un siglo atrás.

No debiera sorprendernos entonces que esta ola de innovación nos tome desprevenidos como nos ha ocurrido tantas otras veces, producto de nuestros dogmatismos culturales y nuestra falta de visión sobre el derrotero inevitable que el mundo ha elegido.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

LA PERPLEJIDAD DE UN ROMANO LLAMADO CLAVIUS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 21/3/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/03/la-perplejidad-de-un-romano-llamado.html

La película La resurrección de Cristo es un interesante caso de hermenéutica y filosofía de la religión. Acontecimientos que ahora son mirados como los inicios solemnes de una enorme Iglesia Católica, son mirados desde la sencilla perplejidad de Clavius, un funcionario romano, un centurión, honesto pero agotado de servir en esas extrañas tierras de fanáticos.

Después de otra agotadora campaña contra los zelotes de siempre, los guerrilleros de la época, los romanos go home, Clavius regresa a Jerusalén un día después de que Pilatos, otro cansado funcionario del Imperio, mandara crucificar a tres revoltosos, uno de ellos muy especial, un agitador religioso, enfrentado con el Sanedrín, un tal Jesús de Nazaret. La perspectiva de todo ello, el horizonte desde el cual Pilatos y Clavius ven todo, es muy distinta a la que tenemos hoy. Pilatos está cansado y a la vez preocupado porque en poco tiempo recibirá la visita del Emperador y para colmo tuvo que ocuparse de estas increíbles disputas religiosas entre los judíos. Clavius no quiere saber ya más nada de nada y recibe con cansancio y escepticismo las órdenes de Pilatos para que se asegure -en coincidencia con la politiquería de los fariseos- de que el cadáver del nazareno no sea robado por sus discípulos que vaya a saber qué relaciones tienen con los zelotes. Todo como si Alberto Fernández manda a alguno de los suyos a reprimir a los fanáticos y conspiracionistas que se niegan a cumplir las órdenes del gobernador de Formosa.

Clavius va, junto con Lucio, al lugar de la crucifixión. Lucio es el típico joven militar impetuoso, creyente en el Imperio, que no entiende el cansancio de su superior. Más o menos como un joven marine que fuera a Irak.

Algo, que no sabe qué es, le llama la atención a Clavius. Mira el rostro del crucificado. Advierte que es un caso especial. Su cuerpo es llevado a una tumba especial bajo solemne permiso otorgado por las autoridades (igual que ahora: permisos para todo). Habla con José de Arimatea. No entiende su distanciamiento del Sanedrín. Divisa a la madre. Escucha los rumores. Se preocupa.

Pilatos le pide que vigile la tumba y que interrogue a los discípulos. Consigue hablar con algunos y con María Magdalena. Interesante choque de mundos distintos. Clavius recibe respuestas de lunáticos que alucinan. Se da cuenta de que son locos e inofensivos al mismo tiempo. Clavius es una buena persona, como tantos funcionarios estatales que en realidad no saben lo que hacen. No los lastima, los deja ir.

Cuando finalmente el aparente robo del cadáver es perpetrado, interroga a los guardias. Están aterrados y confusos. No atinan a decirle qué vieron. Clavius se da cuenta de que unos locos indigentes no tenían los recursos para haber movido esa piedra. Clavius busca, sigue buscando una respuesta que encaje en su honesta cabeza de funcionario romano, llena de posibilidades humanas, de política e intrigas, como hoy.

Finalmente logra algo importante. Logra irrumpir en la casa de María donde están presentes los seguidores del loco agitador. Qué estarían tramando…. Pero Clavius ve algo que no esperaba. El recordaba el rostro del Nazareno. Y lo ve. Estaba allí, como si nada. Sus miradas se cruzan por un momento. Ve llegar a alguien que pone la mano en sus heridas. Se queda inmóvil y atónito. Lucio llega dispuesto a apresarlos a todos, como correspondía. Pero Clavius ni lo deja entrar. Va retrocediendo, lentamente, lentamente, tal vez sin darse cuenta de que sus pasos representaban una profunda conmoción interior. De repente desaparece. Pilatos y Lucio llegan a buscarlo, y se encuentran con una carta donde el centurión intenta explicar por qué “huyó”.

¿A dónde? Clavius sigue de lejos a los discípulos que van a Galilea a buscar nuevamente a su maestro. Se mantiene aparte, observando. Los discípulos también lo miran y lo dejan estar. Dos mundos en mutua observación. Pedro intenta acercarle agua a un Clavius que creía que lo iba a matar. La paz y tranquilidad de esos varones rudos, sucios y pobrísimos, lo sigue sorprendiendo. Pero habla con Pedro. Un primer esbozo de fusión de horizontes.

Llaga el fiel marine romano a apresar a su ahora desertor y ex superior. Clavius y Lucio se enfrentan. Clavius lo vence pero no lo mata. “Nadie muere hoy”, dice. Lucio no entiende nada. Nada de nada. Regresa a Jerusalén y oculta a Pilatos su insólita derrota.

Clavius sigue observando a ese extraño grupo, que caminan sin nada en búsqueda de un maestro escurridizo y misterioso. De repente aparece de vuelta. Clavius ve los abrazos, la unión profunda. Son varones rudos, pobres, iletrados, pero hablan desde una frecuencia desconocida. Ve que el nazareno habla con Pedro, que llora. Y ve cómo cura, además, a un leproso. No puede creer lo que ve. Obvio, a cualquiera de nosotros le hubiera pasado lo mismo. Pero lo vio. Los discípulos entienden. El no. Los discípulos le dicen una especie de “I told you so”. Clavius sigue atónito.

El nazareno lo mira de vez en cuando, pero no lo molesta. Clavius se da cuenta de que el misterioso maestro está totalmente al tanto de su presencia y que al mismo tiempo, no interviene. Torturado ya por el impresionante misterio, Clavius le habla a la mañana, temprano. Allí se da cuenta de que el maestro lo conoce perfectamente. Una sencilla pregunta: ¿qué buscas Clavius? ¿Qué es lo que quieres?

Finalmente el maestro se aleja y su figura se funde con la salida del sol. Unas últimas palabras extrañas. Yo estaré con ustedes para siempre, id y predicad a todos los pueblos….

Los discípulos se despiden cordialmente de Clavius. Pedro le da un abrazo. Seguramente en esa época había virus corona pero la vida seguía. Clavius regresa. ¿A dónde? No lo sabe. Para en una casa donde le ofrecen algo de agua. Y confiesa a su ocasional posadero que se ha dado cuenta de que su vida ya no podría ser la misma. Nunca, nunca más, podrá ser igual.

Qué interesante perspectiva de los comienzos de la Iglesia. Unos tirados, harapientos, buscados por romanos, odiados por fariseos, caminando por desiertos hacia quién sabe dónde, sin nada de nada, sin nada de lo habitualmente humano. En paz, sonrientes, pendientes del maestro y de su palabra, como si  esas palabras fueran todo. En medio de ellos, la gente sensata. Los romanos, los fariseos, la política, las intrigas, los rumores, las guerras, las crueldades de siempre. Ellos, como en otro mundo. Dentro de poco se reunirían con María de vuelta y, más delirantes que nunca, saldrán a anunciar una locura total.

Esos eran los cristianos. Como diría Unamuno, estaban realmente locos como Don Quijote. No les importaba el poder. No tenían edificios. No tenían ejércitos. No urdían alianzas. No hacían diplomacia.

Esos eran los cristianos.

¿Y ahora, quiénes son?

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises