Orígenes del colectivismo

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/10/origenes-del-colectivismo.html

En realidad, el origen del colectivismo se pierde en ‘’la noche de los tiempos’’ como quien dice. Pero uno de sus primeros defensores, quizás el más conocido pero no el único, fue –en la opinión del filósofo vienés K. R. Popper, el filósofo griego Platón, el más famoso discípulo de Sócrates. En sus propias palabras:

‘’A mi juicio, el holismo platónico se halla íntimamente relacionado con el colectivismo tribal de que hablamos en capítulos anteriores. No debemos olvidar que Platón añoraba permanentemente la perdida unidad de la vida tribal. Una vida en perpetua transformación, en medio de una revolución social, le parecía carecer de realidad. Sólo un todo estable -la colectividad que permanece- posee realidad, y no los individuos caducos. Así, es «natural» que el individuo se someta al todo, que no es tan sólo la suma de muchos individuos, sino una unidad «natural» de orden superior. ’’[1]

Es difícil saber qué tipo de ‘’realismo’’ encontraba Platón en el ‘’todo’’. La misma palabra -sin referencia concreta a ninguna otra cosa- no denota más que la más pura abstracción.

La realidad desde lo tangible es la individualidad y no la totalidad en abstracto. La tribu -creía Platón- tenia ‘realidad’’ propia como un ente separado y por encima de los individuos que lo componen. Notemos que es la misma idea que actualmente se posee respecto de aquello que se llama ‘’el Estado’’ (con mayúscula inicial) y que -como también explica Popper- primero Hegel y después Marx contribuyeron a reforzar aquella idea platónica, tratando de convertir lo que no era y es más que una construcción mental en una realidad vital.

Resulta claro que, en la tribu el individuo era nada respecto del todo que representaban los demás miembros del grupo pero, en especial, del jefe de la tribu, ello hasta el punto que ese líder llegaba a representar a la tribu misma, y no sólo hablaba sino que hasta pensaba por ella. Nada podía hacerse sin la autorización del grupo cuya última palabra residía en el cacique. Platón veía en esa estructura una ‘’virtud’’ y fueron Hegel y Marx los que trasladaron esa misma ‘’virtud’’ a la figura del estado-nación.

La idea antropomórfica de estado/gobierno se ha aceptado masivamente, y no hay prácticamente persona alguna que no se refiera a dicha entelequia como una ‘’realidad’’ viva siendo de la esencia del colectivismo. El individualismo ha caído en desgracia, y salvo un breve periodo (visto en perspectiva histórica) que puede fecharse entre fines del siglo XVII y principios del siglo XX no volvió -hasta el día de la fecha- a recuperar la posición de privilegio que supo ostentar en aquellos tiempos.

Hoy en día, la palabra individualista es un insulto como lo era en la época en que Popper escribía. Esto -ya de por sí- importa un vigoroso triunfo del colectivismo por sobre el individualismo que refuta a todos aquellos que insisten que vivimos en una sociedad individualista. ¡Ojala fuera ello así!

Pero el pensamiento de Platón nos revela mucho acerca de los orígenes del colectivismo, para el cual ‘’Una vida en perpetua transformación’’ constituía una amenaza, una anomalía social que debía evitarse, y de presentarse, combatirse. ¿Por qué? En el fondo muy simple: porque si la vida esta ‘’en perpetua transformación’’ no puede ser controlada por el poder de turno. Y ello aunque Platón no era explícito en el punto.

 Esta idealización de la colectividad como si tuviera corporeidad está plenamente vigente en nuestro tiempo y, por lo que parece, se la debemos a Platón y sus discípulos.

Pero -insistamos- conceptos tales como colectividad, colectivismo, estado, nación, gobierno, sociedad, comunidad, son sólo eso : abstracciones imaginarias, cuya realidad nada más reside en nuestras mentes, ya que son invisibles, incorpóreos, y no pueden ser percibidos por los cinco sentidos.

La estabilidad que anhelaba Platón y los colectivistas modernos era, en realidad, lo que confundían con uniformidad y de tal modo impedía que un individuo sobresaliera sobre el resto porque, de hacerlo, resultaba claro que el hecho rompía la estabilidad del grupo. Pero esto entraba en contradicción con la aparición del líder del colectivo. La colectividad –no obstante- es una idea, un mero concepto, que sólo permanece en nuestras mentes sin existencia externa visible, ni olfativa, ni gustativa, ni audible, ni táctil. Es corpóreamente pues pura fantasía. Su realidad es solamente mental.

Lo real es que ese ‘’todo’’ sólo tomaba efectiva existencia en otra u otras personas iguales en su personalidad e individualidad al resto de los miembros del grupo, pero con la sola distinción de considerarse por encima de los demás miembros, ya sea por reconocimiento de los mismos integrantes o por imposición del que se asumirá como ‘’superior’’ y con título suficiente como para comandar a los demás.

Lo único que permanece de la colectividad es la palabra colectividad. Luego, en la vida real, todo es mutable, lo que incluye claro está, a los individuos que componen ese imaginario social que denominamos colectividad.

No hay nada de ‘’natural’’ –entonces- en ‘’que el individuo se someta al todo’’ porque ese ‘’todo’’ como realidad física no existe, excepto ‘’tan sólo [como] la suma de muchos individuos’’ que es lo que Platón negaba.

Es por todo lo que hemos venido reseñando arriba que el colectivismo no es más que una manifestación del primitivismo más crudo. Algo esencialmente retrogrado. El movimiento de masas descripto por José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas.

Ese colectivismo es el que proclama como una ‘’virtud’’ que el individuo debe sacrificarse por el ‘’bien común’’, cuando ese ‘’bien común’’ se iguala con el ‘’todo’’ de Platón. Y, en última instancia, tanto el ‘’bien común’’ colectivista como su ‘’todo’’ no son más que el bien particular de su o sus líderes, quienes terminan identificándose a sí mismos, o equiparados por sus seguidores, como la personificación de ese ‘’todo’’ o ese ‘’bien común’’.

Ese sometimiento que pedía Platón no era a un grupo o una tribu sino al líder de la tribu al que se le debía obediencia por tomárselo como la encarnación del espíritu de la tribu. En suma, la teoría platónica no consistía más en este aspecto que una justificación a la tiranía.


[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág. 95

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Algunas meditaciones sobre las encuestas de opinión

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 5/10/2en: https://www.laprensa.com.ar/507391-Algunas-meditaciones-sobre-las-encuestas-de-opinion.note.aspx

Las personas no son productos en serie. Cada una tiene su modo de ver las cosas y por ende sus opiniones son muy disímiles.

Como es de público conocimiento se reiteran las fallas colosales y las sorpresas monumentales respecto al resultado de encuestas de opinión elaboradas por prestigiosos especialistas en todas partes del mundo. Una y otra vez irrumpen los yerros y muchos son los que atribuyen la equivocación a técnicas inapropiadas del respectivo muestreo y equivalentes que deben ser corregidas pero en verdad el problema radica en otro lado bien distinto.

Tal como alguna vez se ha explicado hay aquí un fenomenal problema epistemológico que hace prácticamente imposible sistematizar el acierto. Veamos el asunto por partes. Si entramos a una fábrica de tuercas donde se producen en serie y queremos saber acerca de las características de lo que sale al final de la producción, es aconsejable tomar una muestra y extrapolarla al universo al efecto de evitar el análisis de cada una de las tuercas en cuestión. Esto es valedero y da buenos resultados en el sentido que la muestra refleja la totalidad.

Ahora bien, la cuestión con los seres humanos es radicalmente distinta. Las personas no son tuercas, cada una tiene su modo de ver las cosas y por ende sus opiniones son muy disímiles. Es por ello que resulta del todo inapropiado extrapolar una muestra al universo como si los seres humanos estuvieran producidos en serie sin diferenciación. Es cierto sin embargo que grosso modo preguntas bien formuladas a un grupo pueden eventualmente reflejar algunos aspectos de la opinión de otros no consultados. Muchos de nosotros, por ejemplo, solemos preguntar a taximetreros o verduleros sobre la marcha de tal o cual cosa en la esperanza de auscultar algo de la realidad y eventualmente -según sean los candidatos interrogados- nos podemos formar una idea aproximada de lo que se opina. Pero estos procedimientos no tienen la pretensión de convertirse en encuestas “científicas” donde se tiene la arrogancia de explicitar el margen de error incluso con decimales. En otros términos, una cosa es preguntar al bulto para contar con alguna idea en borrador y otra bien distinta es una especie de confabulación con halo de exactitud y ciencia rigurosa.

También debe subrayarse que cuanto más cultivadas sean las personas mayor es la dispersión puesto que la individualidad surge con mayor ímpetu, mientras que cuanto más sea la masificación mayor será el espíritu de rebaño y por ende en el primer caso se torna aun más difícil que la muestra represente al universo que puede en algo acercarse en el segundo. En este sentido, es probable que las nuevas tecnologías al permitir mayor información particular vía las redes y similares que suscitan debates también particulares hacen que se vayan forjando opiniones individuales con mayor fuerza respecto a lo que era antes con medios de comunicación unificados.

Más aun, en este contexto resulta tragicómico que se pretenda extraer muestras según las denominadas “clases sociales” sobre lo cual ya he escrito en otra oportunidad pero que ahora resumo en una cápsula. Pertenecer a distintas clases sociales remite a distinta naturaleza, lo cual es un desatino mayúsculo cuando se aplica a seres humanos ya que todos compartimos la misma condición.

Más aun, la expresión “clase baja” resulta repugnante, la “alta” es de una frivolidad alarmante y la “media” resulta del todo anodina. Se argumenta que no es a la naturaleza de las personas a que se refiere la clasificación de marras sino que se alude a los ingresos bajos, medios y altos y las circunstancias varias que rodean a estas situaciones. Pues si de eso se trata es mejor decirlo abiertamente, es decir, referirse a ingresos bajos, medios y altos. Por otra parte, tengamos siempre presente que todos tenemos en común que descendemos de las cuevas y de la miseria más brutal.

Se que los susodichos encuestadores, muchos sociólogos y algunos colegas economistas recurren con pasmosa inocencia a esa terminología de las clases sociales pero recordemos que la genealogía proviene del marxismo que efectivamente consideraba a personas de distinta naturaleza según “la clase” y Hitler y sus secuaces luego de infinitos embrollos clasificatorios finalmente adoptaron el criterio de Marx dado que rapaban y tatuaban a sus víctimas para distinguirlas de sus victimarios y concluir que el tema era “mental” para separar al “ario” del “judío”.

Marx sostuvo que el proletario y el burgués son de una clase distinta porque tienen una estructura lógica diferente, lo cual se denominó polilogismo. Ni Marx ni ningún marxista explicaron en que se diferencian las ilaciones lógicas y los silogismos respecto a lo estampado por Aristóteles. Como hemos dicho antes, no explica que le ocurre en su estructura lógica al proletario que se gana la lotería, al burgués que se arruina o al hijo de un burgués y una proletaria.

Este análisis defectuoso basado en las supuestas clases sociales conduce a sostener que una persona con un patrimonio tal, con residencia en cierto pueblo, con una vestimenta cual, con un automóvil o bicicleta de tales características y que almuerza salchichas con mayonesa representa a todos los que se ajustan a esos parámetros lo cual carece de toda lógica pues pasa por alto que cada persona es única e irrepetible en la historia de la humanidad. Encarar de este modo las encuestas constituye una afrenta a la civilización, asimila al ser humano a la bestia y contradice los principios más elementales del individualismo metodológico. Se insiste en argumentar que la dificultad estriba en que con la pandemia las requisitorias presenciales no pueden llevarse a cabo lo cual modifica la calidad de los resultados, pero en cualquier caso el problema epistemológico subsiste.

Los resultados más chocantes para el público y para los especialistas y politicólogos en general seguramente han sido las PASO recientes en nuestro país, el referendum sobre el Brexit en Inglaterra, las últimas elecciones generales en Israel, el Acuerdo de Paz en Colombia, las reiteradas elecciones estatales norteamericanas y las conjeturas peruanas sobre las recientes presidenciales pero, como decimos, el problema de fondo subyace en todas las encuestas pasadas, presentes y lo seguirán haciendo en el futuro mientras la naturaleza humana no se modifique: las personas no son tuercas.

Estos razonamientos no significan necesariamente tirar la toalla y no hacer ninguna encuesta, se trata de ser más modestos en las presentaciones y no alardear de científicos y de un rigor inapelable con afirmaciones categóricas rodeadas de ridículos decimales. Tal vez sea mejor estas indagaciones incompletas y pastosas que no tener nada, pero repetimos es necesario tener en cuenta la trastienda epistemológica.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Nuevo análisis del bien común

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/09/nuevo-analisis-del-bien-comun.html

El bien común (también denominado bien general, colectivo, etc.) es ese concepto del que hemos hablado muchas veces, y que es el preferido por aquellos autores que profesan su profunda antipatía o manifiesta hostilidad hacia el capitalismo y/o liberalismo. Es el que proverbialmente se presenta como opuesto al bien particular o individual.

Tradicionalmente -y con especial énfasis por parte de los cultores del derecho- se lo muestra como un bien “superior”, ajeno y por encima de los bienes particulares o individuales y por completo separado de estos como si fuera una entelequia incorpórea que se moviera en una esfera invisible pero –curiosamente- cuya especial visibilidad estaría reservada sólo a algunos que serían los únicos capaces de identificarlo y definirlo. Por supuesto, estos serían los directores sociales, encargados de aplicarlo, cuestión difícil de comprender, ya que ¿cómo podrían aplicar e identificar algo que para el resto de los seres humanos resultaría invisible e indefinible pero para ellos no? Y por sobre todo ¿por qué no?

Su discusión es muy antigua y ha sido tratada por los más diversos autores de todas las épocas. Y hubo originado las exposiciones más incongruentes que se pudieran encontrar. Un famoso premio Nobel de economía nos relata un significativo episodio al respecto:

“Es lamentable, pero característico de la confusión en que muchos de nuestros intelectuales han caído por la contradicción interior entre sus ideales, ver que un destacado defensor de la planificación central más amplia, Mr. H. G. Wells, haya escrito también una ardiente defensa de los derechos del hombre. Los derechos individuales que Mr. Wells espera salvar se verán obstruidos inevitablemente por la planificación que desea. Hasta cierto punto, parece advertir el dilema, por eso los preceptos de su “Declaración de los Derechos del Hombre» resultan tan envueltos en distingos que pierden toda significación. Mientras, por ejemplo, su Declaración proclama que todo hombre «tendrá derecho a comprar y vender sin ninguna restricción discriminatoria todo aquello que pueda legalmente ser comprado y vendido;» lo cual es excelente, inmediatamente invalida por completo el precepto al añadir que se aplica sólo a la compra y la venta «de aquellas cantidades y con aquellas limitaciones que sean compatibles con el bienestar común». Pero como, por supuesto, toda restricción alguna vez impuesta a la compra o la venta de cualquier cosa se estableció por considerarla necesaria para «el bien común», no hay en realidad restricción alguna que esta cláusula efectivamente impida, ni derecho individual que quede salvaguardado por ella.”[1]

Este rico pasaje de una obra imperecedera nos deja muchas enseñanzas, sobre todo por su gran actualidad a pesar de la época de su publicación, porque la discusión sigue siendo muy presente. Denota el conflicto interno (hasta cierto punto perceptible) entre los partidarios del socialismo -como el sr. Wells- por no poder compatibilizar el sistema que propician con los derechos individuales que también quieren defender. Resulta evidente que tales personas -a pesar de su condición de intelectuales- no han hecho los estudios necesarios y adecuados en campos tales como la economía que, de haberlos llevado a cabo, les hubieran echado mucha luz respecto de la incompatibilidad entre la planificación central (otra manera de denominar al socialismo) y los derechos individuales (no utilizamos la expresión “derechos humanos” por resultar un pleonasmo, habida cuenta que los derechos siempre son humanos, no existiendo un “derecho mineral”, “animal” ni “vegetal”).

Observamos, por lo pronto, que el sr. Wells partía de la base de un sistema suma cero (usando terminología de la teoría de los juegos). También parece que por el término “bienestar común” quería referirse a todas las demás personas diferentes a ese hombre hipotético al cual pretendía otorgarle el derecho de “comprar y vender sin ninguna restricción discriminatoria todo aquello que pueda legalmente ser comprado y vendido” lo que claramente entra en abierta contradicción con su expresión inicial de “todo hombre”, porque si dentro del concepto de “bien común” no se encuentra “todo hombre” ¿que podría tener de “común” ese supuesto “bienestar”?-

Este conflicto nace de suponer que el bien común y el individual son cosas diferentes, cuando resulta falso que lo sean. El bien común –opinamos- es todo aquello que resulta bueno para todos y cada uno de los sujetos, lo que no simboliza que ese bien sea individualmente el mismo para todos esos sujetos. Llegamos a esta conclusión luego de haber pensado durante mucho tiempo que “el bien común” no era más que un mito social, y que lo único que existía realmente era el bien individual. Pero reflexiones posteriores nos permitieron encontrarle a esa fórmula (tan querida -y tergiversada- por los socialistas) un sentido compatible con el individualismo más estricto. He designado a este concepto enfoque liberal del bien común, con lo cual no quiero expresar que todos los liberales lo compartan. Simplemente lo he escogido así porque lo veo compatible con mi idea (mis ideas en rigor) acerca del liberalismo. No hay ninguna voz oficial del liberalismo que diga qué debe o no debe entenderse por cada cosa o materia que se trate o exponga determinado autor. Y, desde luego, tampoco la hay en este tema.

Eso que entendemos nosotros como bien común no puede entrar en colisión con el bien particular de nadie, porque de hacerlo dejaría de ser “común”. Y, en muchos supuestos, de un “bien”. Si –por caso- para un criminal es “bueno” asesinar, va de suyo que ello no puede ser un “bien común”, porque no se puede concebir que sea un “bien” para su/s potencial/es o efectiva/s victima/s.

Por eso, para las doctrinas antiliberales, en cambio, el bien común es la antítesis del individual, y sólo puede ser definido por el líder del partido gobernante (o por aquellos a quienes él designe) lo que resulta -en la práctica- que por ese término se entiende lo que es “bueno” para ese partido en el poder, sus jefes, miembros, adherentes, simpatizantes y nadie más, en tanto bajo esa óptica, el “bien individual” es el de todos aquellos que no están de acuerdo con el jefe del partido al mando o con sus secuaces, es decir los opositores. En este caso, la defensa del “bien común” implica –en última instancia- silenciar o aniquilar a todos aquellos que disienten con el régimen que lo ha determinado de tal manera. En consecuencia, el bien común se caracteriza de manera distinta y antagónica dependiendo del enfoque: será uno bajo el prisma liberal y otro bajo el antiliberal.


[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 119.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

LA NATURALEZA HUMANA Y UN PECULIAR VIAJE ESPACIAL

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 12/9/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/09/la-naturaleza-humana-y-un-peculiar.html

La película Voyagers (https://www.filmaffinity.com/ar/film372280.html), disparatadamente traducida al Español como Instintos ocultos (no comments…) nos muestra otra vez los vericuetos de ese misterio que somos bajo ciertas circunstancias especiales. Ya en Aniara, reciente película del 2018, habíamos comentado lo que puede pasar en un gran crucero espacial cuando de los entretenimientos pasamos a la búsqueda del sentido…. (https://gzanotti.blogspot.com/2021/04/aniara.html).

Esta vez parece que fue al revés. De vuelta, La Tierra a punto de su agotamiento, y un viaje espacial hacia otro planeta para poblarlo. El viaje dura unos 80 años. Pero esta vez tratan de planificarlo bien. Se hace nacer a una serie de niños en una simulación de una gran nave espacial para que no extrañen nada y estén claramente habituados a ese entorno. Los niños, cuando jóvenes, tendrían hijos mediante fecundación in vitrio, éstos, a su vez, hijos, y así sería la tercer generación la que llegaría al planeta anhelado. Uno de los adalides del proyecto, Richard, viajará con ellos, para protegerlos, sabiendo que es un viaje de ida solamente.

Las relaciones sexuales, enamoramientos y contactos están prohibidos. Para ello se les proporciona a los niños una sustancia azul, una toxina, que cuando adolescentes impedirá el desarrollo de su libido y demás pulsiones para que todo esté tranquilo y en orden.

Pero dos de ellos, dos varones, descubren que están siendo drogados de ese modo. Dejan de tomar el “blue”. Al principio, sólo travesuras menores. Corren, juegan a que se golpean, comienzan a mirar a las chicas. Luego comienzan a cuestionar a Richard. ¿Por qué nos drogaste? Para que seas bueno. ¿Y por qué tengo que ser bueno? ¿Qué sentido tiene esta obligada obligación? ¿Por qué?

De repente Richard muere en un accidente cuando trata de arreglar algo de la nave. Se quedan sin comandante, sin jefe, sin líder, como se lo quiera llamar. Sin el vigilante-protector. Surgen las disputas de poder. Pero deciden votar. Eligen a Christopher, uno de los dos varones que dejó de tomar el blue. Christopher trata de ser tranquilo y racional. El otro era Zach. Zach era más rebelde. De niño, antes de partir, había dicho una noche, antes de dormir: “tengo miedo”.

Zach acepta a regañadientes la elección.

Ambos revelan a los demás sobre la droga y todos dejan de tomarla. Casi todos comienzan a correr, a tocarse, a pelearse.

Sela, una chica con vocación de interioridad, trata de mantener su orden interno. Le es difícil. Ve lo que pasa y se asusta. Christopher y Zach se pelean por ella. Zach pierde. Desafía la autoridad de Christopher. Lo desafía en público. Niega su autoridad. Surgen dos grupos.

Zach inventa algo muy interesante: hay un alien del cual hay que defenderse, y él será quien se encargue de proteger a todos. Zach da visos de razonabilidad a su teoría. Muchos le creen. No los aliados de Christopher. Pero se van quedando solos.

De repente Christopher descubre que Zach ha asesinado a Richard. Muestra la prueba a todos. Zach lo reconoce, pero explica su acción dentro de la teoría del alien. Lo que pasa es que el alien había penetrado en Richard. Muerto este, ahora puede estar en cualquiera. Todos comienzan a desconfiar el uno del otro. Surge la sospecha colectiva de quién puede estar “infectado”. Pero Zach es el que los va a proteger del alien. Muy interesante. La película es del 2021.

Uno de ellos es acusado de ser el alien. Trata de huir. Pero lo alcanzan y lo matan.

Sela y otros dicen que no puede ser que Zach y su grupo sean así. Que no es esa su naturaleza. Pero alguno se pregunta si no es así. ¿Era esa su real naturaleza, que había estado oculta por la toxina tranquilizante? ¿Esa es la naturaleza humana? ¿La guerra, la discordia, la desconfianza, el asesinato?

De repente los dos grupos descubren que había un compartimento secreto lleno de armas (tal vez para la tercera generación). Ambos luchan por el dominio de las armas. El grupo de Zach gana temporariamente. Zach impone su régimen con armas letales en la mano.

Pero de repente una de las chicas, la más apegada a las reglas, llama a todos a la racionalidad. No era una líder carismática. No era atractiva. Pero dice: ¿no podemos tener normas, estar de acuerdo con ellas y convivir?

Interesante. Aparece el liberalismo clásico. Alguien sugiere el pacto de Locke.

La respuesta de uno de los partidarios de Zach es terminante. La mira con odio, y arma en mano, dispara y la mata. La muerte es inmediata y sangrienta. Varios se quedan conmocionados y dubitativos, pero Zach no: toma el arma y dice “esto muestra lo que puedo hacer”, y amenaza a Sela y Christopher, a quienes comienza a perseguir por toda la nave. Finalmente llegan los tres a una de las esclusas que separa la nave del espacio exterior. Hay una lucha terrible y finalmente Zach muere.

A partir de allí todo se calma. Todos aceptan el liderazgo natural de Sela y Chirsopher y a pesar de que no siguen tomando el blue, se tranquilizan. Y todo vuelve al plan original. Tienen sus hijos, ya de modo natural, y finalmente los nietos llegan al planeta.

Pero ese final feliz, ¿por qué?

Los guionistas no lo aclaran.

¿Por qué debían cesar los conflictos?

Freud estaría muy extrañado de ese final.

Muchos critican su pesimismo, pero, ¿estaba tan equivocado?

¿No se llama, todo lo que sucede, pecado original?

Y el liberalismo clásico duró muy poco.

¿Y no es eso lo que ha sucedido?

Hay quienes decimos que ese pacto racional es un fruto del Judeo-Cristianismo, casualmente la redención del pecado original.

¿Es tan incoherente?

Pero una redención individual. Una Iglesia. No una sociedad secular.

En una sociedad secular, ¿qué impediría que aparezca otro Zach, si incluso surgen en los conventos?

¿Qué diferencia hay entre estos chicos, la nave, y la historia de la humanidad?

¿Tenemos que dejar de predicar el pacto racional y sus ventajas?

No, pero siempre podemos terminar como Phoebe, la asesinada por el partidario de Zach.

Y no olvidemos lo que Zach había dicho desde niño:

“Tengo miedo”. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

Vuelve el colectivismo en la cabeza de la Iglesia


El retorno a la línea de Santiago el Mayor.

Originalmente hubo un problema serio en la Iglesia: la versión de Santiago el Mayor estaba colocándola al borde de la liquidación terrenal si no fuera por la vigorosa reacción de San Pablo. Así se lee por un lado, el mensaje central de Santiago: “Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotro”. (Epístola de Santiago, 5: 1).

También en Epístola de Santiago (2: 5-6): “Escuchen, hermanos muy queridos, ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que aman? Y sin embargo, ¡ustedes desprecian al pobre! ¿No son acaso los ricos los que oprimen a ustedes y los hacen comparecer ante los tribunales?”. 

Más aun, la línea de Santiago expone la receta en cuanto a que “todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno” (Los Hechos de los Apóstoles, 2:44/45). 

Esto en la ciencia moderna se denomina “la tragedia de los comunes”, es decir, lo que es de todos no es de nadie y los incentivos operan en dirección a la debacle. Y esto es precisamente lo que ocurrió en la iglesia primitiva paupérrima y como una carga insoportable para la Iglesia madre, de allí el mensaje contundente de Pablo de Tarso que afortunadamente predominó en cuanto a que “día y noche con fatiga y cansancio trabajamos para no ser una carga a ninguno de vosotros (…) Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado que hay entre vosotros algunos que viven desconcertados, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A estos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan” (Segunda Epístola a los Tesalonicences, 3: 8/10, 11 y 12).

Sin la pretensión de una recopilación exhaustiva, a titulo de ejemplo a continuación hemos seleccionado pasajes de la tendencia inaugurada por Pablo que fue la que, como queda dicho, predominó al efecto de rescatar el espíritu cristiano, especialmente a partir de Constantino, aunque la Iglesia posconciliar a partir de Medellín, Puebla, el tercermundismo, los desvíos de la llamada teología de la liberación y más notoriamente a partir de Francisco ha vuelto en gran medida a la línea de Santiago que acabamos de resumir. 

CONTRACORRIENTE

A contracorriente de estos desvíos que vuelven a asomar con fuerza y en concordancia con los Mandamientos de no robar y no codiciar los bienes ajenos que hacen referencia a la trascendencia de la propiedad privada, en Deuteronomio (viii-18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (v-8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (v-3). 

“Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos””, fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas xii-21), lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “Fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento”, y que la “clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11-18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62-11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos x, 24-25) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo vi-24) y en la parábola del viñatero se concluye: “¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero?” (Mateo, xx: 15).

En cuanto a los textos papales, aunque en no pocas ocasiones ambivalentes y contradictorios es de interés destacar a León XIII en Rerum Novarum en el siguiente pasaje: “Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que principalmente, y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se ha de guardar intacta la propiedad privada. Sea, pues, el primer principio y como base de todo que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana; que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánense en verdad, los socialistas; pero vano es este afán, y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas le sigue espontáneamente la desigualdad en la fortuna, lo cual es por cierto conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesitan para su gobierno la vida común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de la fortuna de cada uno”.
 
SOCIALISMO RELIGIOSO

Por su parte Pio XI ha señalado en Quadragesimo Anno : “Socialismo religioso y socialismo cristiano son términos contradictorios; nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero”. Y Juan Pablo II -el Papa de los pedidos de perdones por mayúsculas barrabasadas oficiales en la Iglesia y el formidable ecumenismo- ha puesto de manifiesto en Centesimus Annus: “Cuando una empresa da beneficios significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas debidamente (…) Si por capitalismo se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva”.

Respecto al Papa Francisco, sin perjuicio de sus alabanzas a sacerdotes tercermundistas y sus reiteradas declaraciones en Cuba, Bolivia, Paraguay, Chile y en el Vaticano sobre lo males del capitalismo y las virtudes del intervencionismo de los aparatos estatales en las vidas y haciendas del prójimo, a título de ilustración decimos que en el segundo capítulo de Evangelii Gaudium se lee que la economía abierta “mata” y donde “todo entra dentro del juego de la competitividad”, y “como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas sin trabajo, sin horizontes, sin salida”. También ha dicho que “el dinero es el estiércol del diablo” sin hacer referencia al reiteradamente corrupto banco en su jurisdicción que de modo insolente se lo ha denominado el banco de Dios, ni a las abundantes riquezas del Vaticano. 

En verdad, las reflexiones del Papa resultan sorprendentes. En primer lugar y antes que nada, debe precisarse que el mundo está muy lejos de vivir sistemas de competencia y mercados abiertos sino que en menor o mayor medida ha adoptado las recetas del estatismo más extremo en cuyo contexto el Leviatán es cada vez más adiposo y cada vez atropella con mayor vehemencia los derechos de las personas a través de múltiples regulaciones absurdas, gastos y deudas públicas colosales, impuestos insoportables e interferencias gubernamentales cada vez más agresivas, todo lo cual no es siquiera mencionado por el Papa en su documento.

Si no somos racistas y nos damos cuenta que las causas no residen en el clima imperante ni en los recursos naturales (recordemos que Africa es el continente que exhibe la mayor dosis y que Japón es un cascote donde solo el veinte por ciento es habitable), podremos concluir que dichas tasas permiten incrementar salarios e ingresos en términos reales.

En resumen, los valores y principios de una sociedad abierta no matan, lo que aniquila es el estatismo de hace ya mucho tiempo. En este sentido, estimo de una peligrosidad inusual el consejo papal basado en una cita de San Juan Crisóstomo cuando escribe en el documento referido: “Aanimo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”. San Juan Crisóstomo el antisemita rabioso que con el título de Adversus Judaeos escribió que los judíos “son bestias salvajes”, que son “el domicilio del demonio” y que “las sinagogas son depósitos del mal” para quienes “no hay indulgencia ni perdón”.

PENSAR COMO COMUNISTAS

Cuando le preguntaron al Papa Francisco si es comunista respondió que “son los comunistas los que piensan como los cristianos” (La Reppublica, noviembre 11 de 2016), lo cual subraya una vez más su simpatía original por el colectivismo impregnado de muy joven por la marxista doctora Esther Balestrino y luego por Monseñor Enrique Angelelli que celebraba misa bajo la insignia de los terroristas Montoneros. Es sumamente curioso que por un lado se condena la pobreza y, por otro, se hace alarde de pobrismo, con lo cual -como expresé mucho antes de este papado, cuando pronuncié el discurso inaugural en el congreso del Celam en Tegucigalpa, el 30 de junio de 1998 invitado por Monseñor Cristian Trecht Bañados- la Iglesia debería rechazar la mismísima caridad puesto que mitiga la pobreza del receptor y también dedicarse solo a los ricos pues los pobres ya estarían salvados.
Este lamentable derrumbe no es aceptado por los fanáticos de siempre que se niegan a ver una de los muy pocos temas con los que puede concordarse con el Papa actual y es su repetida manifestación en cuanto a que “los cortesanos son la lepra de la Iglesia”. Afortunadamente hay obispos, sacerdotes y laicos que perciben este problema grave, es de esperar que se esté a tiempo de revertir la situación para no caer en lo que advertía el sacerdote polaco -doctor en teología, doctor en derecho y doctor en sociología- Miguel Poradowski en su libro El marxismo en la Iglesia: “No todos se dan cuenta hasta donde llega hoy día la nefasta influencia del marxismo en la Iglesia (…) tarde o temprano vamos a encontrarnos con una Iglesia ya marxistizada, es decir en una anti-Iglesia”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Spots de campaña: entre el cringe y la efectividad

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 11/9/21 en: https://www.ambito.com/opiniones/elecciones-2021/spots-campana-el-cringe-y-la-efectividad-n5276253

La campaña tuvo distintas estrategias de comunicación 
La campaña tuvo distintas estrategias de comunicación 

A días de producirse la elección primaria en nuestro país, el debate en torno a la calidad de las piezas de comunicación política ha tomado una relevancia inusitada no solo en redes sociales, sino incluso en medios informativos de toda índole.

En tal sentido, más allá del fenómeno superficial de cientos de mensajes viralizados que pendulan entre la sorpresa y la indignación por los temas o los enfoques elegidos por los referentes políticos, se permiten avizorar algunas cuestiones de fondo que señalan al mismo tiempo aspectos tanto permanentes como absolutamente novedosos.

En lo inmediato, el uso y abuso de recursos humorísticos o temáticas al borde del buen gusto, da cuenta de las enormes dificultades que la política tiene hoy para captar la atención de una ciudadanía constantemente tironeada por cientos de fuentes de comunicación diversas. Si la apatía cívica ha sido una constante creciente en el mundo en las últimas décadas, a esta se suma hoy un electorado lleno de recursos tecnológicos a disposición que lo han vuelto mucho más diestro para sortear los mensajes políticos y concentrarse en todo aquello otro que demanda su interés inmediato.

A lo anterior, es necesario agregar en nuestro país un electorado joven de creciente importancia no solo por una cuestión numérica (no menor) sino por ser al mismo tiempo una polea de transmisión sumamente activa en redes sociales, que puede generar un impacto mayúsculo en las estrategias de campaña. Los códigos, intereses y comportamientos de este estrato social, demandan una adaptación permanente que los candidatos no parecieran estar logrando de forma efectiva. Desde esta perspectiva, resulta extraño lo carente que se encuentran las distintas opciones electorales de candidatos por debajo de los 40 años, lo cual sería un primer paso obvio en ese acercamiento que todos intentan, pero pocos parecen conseguir.

En gran medida, ambos factores antedichos permiten explicar por qué los diversos candidatos han llevado al extremo sus imágenes personales, generando por momentos ese fenómeno que los propios jóvenes llaman cringe, vocablo extraído del inglés, pero resignificado dentro del mundo virtual para señalar una particular sensación de incomodidad.

Como todo consultor experimentado sabe, la comunicación política es solo un engranaje más de una extensa maquinaria que permite explicar los resultados electorales. En virtud de tal, poder predecir cuál será el efecto de esta aproximación comunicativa por momentos extrema en el conteo de votos final resultaría sumamente prematuro. Sin embargo, ya hoy podemos anunciar que las campañas políticas y sus correspondientes estrategias de comunicación, se encuentran bajo la presión creciente que deviene de la necesidad inmediata de profundos cambios que den cuenta de forma efectiva tanto de un nuevo electorado como de las tecnologías que son parte constitutiva de la vida de éste.

Quien acierte en la apuesta, puede llegar a ser ese fenómeno político disruptivo que marque un antes y un después en nuestra política local.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

EL PERDON Y EL SENTIDO DE LA VIDA EN “ANA Y SUS HERMANAS” (De mi libro “Filosofía para los amantes del cine”, de 1992).

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 21/8/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/08/el-perdon-y-el-sentido-de-la-vida-en.html

Volvemos a Woody. Esta vez, con una de sus más típicas creaciones: “Ana y sus hermanas”. La película gira en torno a diversos episodios de la vida de Ana, Lee y Holly, (las tres hermanas) a las cuales podríamos agregar un cuarto personaje, el mismo Woody, siempre profundo y desopilante, quien toma en la película el nombre de Michey Sachs.

Será difícil realizar una síntesis de la película, pues ésta va narrando diversas historias, que afectan a cada uno de los personajes, en forma paralela. De todos modos, debemos intentar destacar algunos de los elementos centrales de dichas historias, dado que, como habitualmente hacemos, después será el material de nuestra reflexión filosófica.

Se podría decir que hay dos ejes narrativos en torno a los que los demás personajes van apareciendo. Uno es la historia de Eliot y Lee, otro, la historia de Michey Sachs, a quien diremos Woody de aquí en adelante. Cuando nos refiramos a Woody en cuando guionista y director, diremos su apellido.

Ambiente: una familia neoyorquina de ingresos normales, judía. Contemporánea. Ana (Hannah) estuvo casada con Woody, pero después se separaron y ahora vive con Eliot. A este lo veremos en la primera escena, en una reunión familiar del día de Acción de Gracias, mirando nostálgicamente a Lee. Lee vive con Frederick, un intelectual, mayor que ella, introvertido y no muy sociable, cuyo única relación afectiva es Lee. Pero Eliot está, parece, profundamente enamorado de Lee. Trata de sacar de su mente ese amor por la hermana de quien ahora es su esposa, pero no puede. Trata de sublimarlo hablando de literatura y poesía, pero el intento es vano, porque encontrará en la poesía su medio para expresar ese amor. En escenas llenas de un humor dulce y comprensivo de los desvelos humanos, Woody Allen va describiendo risueñamente las peripecias de esta relación. Eliot finge la casualidad en un encuentro callejero con Lee, a quien logra invitar a una vieja librería neoyorquina para compartir su gusto común por la literatura inglesa y norteamericana. Alli, Eliot le regala un libro de poemas de E. Cummings, señalándole especialmente una poesía. Esta decía así:

“Tu delicada mirada

me descubre fácilmente

aunque me he cerrado, como dedos,

tú me abres siempre,

pétalo por pétalo,

tal como la primavera abre

(tocándola hábil y…

misteriosamente)

su primera rosa

(no sé qué hay en tí que

abre y cierra

sólo algo en mi comprende que

la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)

nadie, ni siquiera la lluvia

tiene manos tan suaves”

Bueno! Lee, que ya estaba dubitativa, queda definitivamente “tocada” por esta vehemente expresión de afecto de Eliot, a través del viejo arte literario. Pero no sabe qué hacer. Es el marido de su hermana!

Pero el proceso se había iniciado, y era ya difícil frenarlo. Vuelven a encontrarse nuevamente en una frustrada venta de cuadros de Frederick. Mientras éste se pelea con su eventual comprador, Eliot pregunta a Lee sobre el poema, pero Lee sigue dando respuestas evasivas. Eliot se ordena a sí mismo proceder con calma. Pero, como tantas veces sucede en la vida humana, hace absolutamente lo contrario de lo que su razón le dicta. Intempestivamente, besa a Lee, segundos antes de que aparezca Friederick tras concluir la discusión con su frustrado comprador. Lee no tiene tiempo de hacer o decir algo. Eliot está a punto de infartarse, figuradamente dicho. La escena está magníficamente actuada. Eliot sale a caminar, diciendo que necesita aire… Y en verdad lo necesitaba! Trata de encontrar una cabina telefónica, pero Lee se le adelanta. Conversan sobre la cuestión, apurada y nerviosamente. Lee insiste sobre la gravedad del problema. Pero Eliot insiste con una pregunta: si su deseada cuñada siente algo parecido. Ella no dice que no. Eliot está feliz. “Tengo mi respuesta!”, exclama.

Ahora vamos a dejar por un momento a nuestra singular pareja para dirigirnos a otro eje narrativo más singular todavía: Woody.

Woody es guionista de programas cómicos para televisión. Lo veremos casi correr por los pasillos de un canal noeyorquino mientras discute sobre un diálogo que en unos minutos debía salir al aire. Así, en medio de semejante y contínua paz oriental (…) transcurre su vida. Vida que, en lo personal, había tenido serias dificultades. Había estado casado con Ana, pero esa relación hizo crisis debido a la esterilidad de Woody. En una increíble escena, ambos piden esperma prestado a un matrimonio amigo. La solución adoptada no soluciona la crisis de la pareja. Woody había intentado salir después con otra de las hermanas de Ana, Holly, de quien hablaremos con más detalle después. Por ahora, digamos que esa relación tampoco funcionó. Uno amaba el jazz, la otra el rock; uno odiaba el rock, la otra el jazz. No encontraron un punto en común.

Ahora, Woody tiene otro problema: se enfrenta una vez más con su hipocondría galopante. Cree tener un tumor en el cerebro. Se somete a todo tipo de análisis, que Woody Allen caricaturiza con su estilo inconfundible. Los primeros análisis no son alentadores. Woody desespera. Trata de tranquilizarse. “Nada te va a pasar”, se dice a sí mismo. “Estás en medio de New York, tu ciudad”. Pero, obviamente, eso no tranquiliza a su torturado espíritu. La idea de la muerte lo aterra. (Nada raro, no?). La idea de su muerte lo aterra (como Unamuno aclararía).

Finalmente, los análisis dan bien. Nada tiene. Woody sale saltando y bailando de la clínica. Corre por las calles de su ciudad, festejando que no va a morir. Pero repentinamente se detiene. No va a morir, en efecto, pero… Por ahora no va a morir. Y, entonces, la muerte, como problema a enfrentar, se instala en su mente. Había mandado esa cuestión “al fondo de su mente”, pero, ahora, necesita respuestas. La muerte, inexorable presencia, temido límite de nuestra existencia, inexorable y dramática mostración de nuestra finitud, golpea al espíritu de Woody, que necesita una respuesta, que quiere saber si todo acaba con la muerte o no. Clásico y constante problema de la vida de toda persona, es también clásico problema de la filosofía, cuyos temas son concomitantes con los más esenciales de la vida humana.

A partir de aquí, Woody comienza su frenética búsqueda. Vanamente intenta un primer diálogo con una compañera de trabajo, que concluye en una inútil y heterodoxa recomendación de escapismo. Pero Woody no quiere posponer el problema, porque sabe que eso no lo soluciona. Así, lo veremos salir de una biblioteca, decepcionado por las respuestas filosóficas de algunos de mis colegas. Trata entonces de saciar su sed en las fuentes de la religión. Habla primero con un representante de los Hare Krishna; después, con un sacerdote católico. Ambos le dan libros y no fuerzan su decisión. Lo más curioso es la discusión con sus padres. Recordemos que Woody es judío de raza. Woody parece anunciarles algún tipo de curiosidad y/o entusiasmo por el catolicismo romano. Escucharemos llorar y agarrarse la cabeza a la madre, mientras que su padre exclama: por que no tu propia religión? O, en todo caso… el budismo!

Pero Woody no se conforma. Inquiere a su padre por el sentido del mal. Por qué el mal en el mundo? Inquiere también por la inmortalidad. Qué sucede con la muerte? Todo acaba? Su padre no le da respuestas. Woody no encuentra eco de sus preocupaciones en su familia. La vigorosa fe del judaísmo parecía haberse debilitado en ellos.

Mientras tanto, qué había pasado con Eliot, Lee y su amor casi imposible? Pues que intentan hacerlo posible por un tiempo. Inician una secreta y hotelera relación. Friederick se da cuenta, y después de una amarga discusión, donde éste se reencuentra con su soledad, Lee decide cortar con él. Eliot piensa confesarse con Ana, pero no lo logra. Su relación con su esposa es difícil y distante; ella advierte que algo pasa, pero no sospecha que haya otra mujer. Mientras tanto, Eliot se confiesa con un psicoanalista, al cual expresa su sentimiento de culpa. Al cabo de un año, la relación entre Lee y Eliot se hace también cada vez más difícil. Lee conoce a un profesor de Literatura y decide cortar con Elliot. Este tiene esa noche otra discusión con Ana, a la cual reprocha una especie de sobreprotección. Veremos este detalle después. Pero esa misma noche, Elliot se reencuentra con Ana, quien, al acostarse junto a su esposo, llora y exclama que todo está muy oscuro. Elliot le dice que la ama, y no le miente. Y se abrazan.

Supondrás que ahora volveremos a Woody. No, no por ahora. Antes, debemos prestar atención a un torturado personaje: Holly, de quien algo ya habíamos dicho en ocasión de Woody. Holly se presenta ante nuestros ojos como la imagen del fracaso. Sus trabajos son inestables; sus parejas, también; intenta cantar, escribir, pero no lo logra; y, además, de vez en cuando, calma sus angustias con algo de cocaína (como otros con la nicotina). La veremos montar, junto con su amiga April, una empresa de servicios de comida; allí conocen juntas a un arquitecto, David, quien las invita a recorrer la ciudad (escena en la cual Woody Allen despliega, fílmicamente, las maravillas edilicias de New York). Las veremos a ambas competir por el afecto de ese hombre, y  veremos a la pobre Holly totalmente vencida en esa competencia. Veremos también a Holly intentar probar suerte con el canto; tiene una audición; April también canta en la misma audición. April es la que triunfa. No comments!

Pero la búsqueda de la felicidad es, en el ser humano, afortunadamente insaciable. Holly intenta una vez más. Pide a Ana un préstamo para poder dedicarse a escribir una novela.

Tiempo después, Holly y Woody se encuentran mirando libros en una librería. Se saludan con afecto. Recuerdan sus viejas salidas y peleas, pero risueñamente y sin rencores. Holly cuenta a Woody lo que está haciendo, y lo invita a leer sus originales. Woody acepta. Y queda encantado. Elogia intensamente el libro de Holly. Esta no lo puede creer. Está feliz. Y la relación entre ambos renace.

Entonces Woody le cuenta a su reencontrada amiga la historia de su búsqueda por la verdad más profunda del ser humano. (Como vemos, volvemos ahora a Woody). Esta parte es una de las más significativas filosóficamente.

Woody se encontraba ya casi desesperado por el fracaso de su búsqueda existencial. En términos más elaborados, la angustia existencial de Woody había llegado al límite. Esa angustia existencial, la angustia por el sentido último de la propia existencia, se produce cuando el ser humano asume total y absolutamente, sin ambigüedades, la conciencia de su propia finitud al mismo tiempo que no ve salida alguna al acabamiento total que esa finitud sola, sin Dios que la sostenga, implica. Habíamos dicho en los comentarios anteriores que la vida humana, finita y contingente, se encuentra sostenida por una especie de soga, que es el contínuo acto de Dios causando nuestro ser, sin el cual caeríamos en la nada. La angustia existencial es la sensación de estar cayendo en esa nada, cuando por algún motivo no vemos al Dios absoluto que nos sostiene.

Qué hace Woody en esa circunstancia? Intenta suicidarse. Pero, por supuesto, con el humor que sólo Woody Allen sabe poner en esos momentos. Woody, murmurando frases de auténtica desesperanza, coloca un fusil en su cabeza. Todavía, empero, no se ha decidido a disparar. Repentinamente, el fusil se dispara, con el tiro desviado. Un espejo recibe el balazo y se rompe en mil pedazos. Los vecinos comienzan a tocar el timbre. Woody trata de responder, aturullada y desordenamente, que no es nada. Entonces sale de su departamento, a caminar, o a correr, o a lo que fuere; en realidad, sale, no sabe a qué, sumido en la más absoluta confusión. Como una salida, esta vez más inofensiva para sí mismo, entra a un cine, sin siquiera averiguar de qué película se trataba. Lentamente Woody va descubriendo de qué se trata. Era una película cómica, norteamericana, de la década del 30. Absolutamente cómica, ingenua, inocente, e intrascendente en el sentido filosófico del término, esto es, un humor que no se plantea los problemas que preocupan a Woody. Más o menos, como distraerse viendo a los Tres Chiflados.

Entonces Woody encuentra una salida. No una respuesta, pero sí una especie de escape a la pregunta, una especie de escape permanente, una especie de narcótico para su angustia. Ve a todos en la película, divirtiéndose, y entonces llega a esta fórmula: “divertirse mientras tanto”. No puede solucionar el sentido último de la vida; no pudo averiguar si hay algo después; pero, mientras tanto, no le sirve angustiarse; mejor olvidar el tema y divertirse, sin hacer mal a nadie, lo que se pueda, hasta que el inevitable final llegue. Como vemos, no es un escape autodestructivo, pues el asunto es estar vivo para poder reir. Woody optó por la salida “cómico-existencial”. Esto es importantísimo, y volveremos a esto más adelante.

Antes de pasar a comentarios generales, nos ha quedado en el tintero alguien de quien podríamos decir lo habitual: que no por última es la menos importante. Se trata de Ana. Ana, en medio de los desvelos de Holly y de Woody, en medio del comportamiento extraño de su marido y su hermana Lee, y en medio de las peleas y problemas de sus padres, angustiados por la juventud perdida y viejos en su vejez, trata de adoptar una actitud componedora, conciliatoria y protectora. Pero logra poco. No lo logra con Holly, a quien trata de anunciar el irrealismo de muchos de sus propósitos. En una memorable escena, donde las tres hermanas se encuentran a almorzar, como es su costumbre, Ana y Holly comienzan a discutir, y Lee, que en ese momento está en medio del problema con Elliot, comienza a llorar, y trata de descargar su angustia y su sentimiento de culpa defendiendo a Ana. Pero Ana entiende poco qué es lo que está ocurriendo. Riñe, como dijimos, con Elliot, sin entender, tampoco, qué está ocurriendo. En la fiesta de Acción de Gracias donde Elliot corta con Lee (o, mejor dicho, al revés), Ana se entera de que la línea argumental de la novela de Holly tiene mucho de su relación con Elliot. Sin sospechar que la fuente de transmisión de información es Elliot-Lee-Holly, Ana inquiere a Elliot con quién estuvo comentando sus cuestiones personales. Elliot no contesta, pero recrimina a Ana su sobreprotección y su supuesta falta de conciencia de los problemas, no sólo de los demás, sino también de sí misma. Ana queda muy confundida. Es allí cuando, al acostarse junto a Elliot al final de esa noche, expresa su angustia. Y es allí cuando se reconcilian.

El relato de Woody Allen termina con una tercera fiesta de Acción de Gracias. Allí veremos a Lee casada con su profesor de literatura. Veremos a Elliot, mirando a Lee, pero esta vez con otra expresión, más calma y tal vez más sabia, diciéndose a sí mismo cuánto amaba y ama a Ana, mucho más de lo que él mismo imaginaba. Y veremos a Woody y Holly, casados. El último diálogo que escucharemos es un digno final de Woody Allen. Woody abraza a Holly y le expresa lo maravillado que está por ese amor que los une. Holly sonríe, embelesada. Y, mirándolo a los ojos, le dice algo importante.

“Querido, estoy embarazada”

THE END!

De la película, claro, no de nuestro comentario, que en alguna medida ya se insinuó.

Antes que nada, una aclaración. No intentaremos profundizar en los detalles psicológicos de cada uno de los personajes; dejamos ese interesantísimo trabajo, no porque no nos interese, sino porque no queremos invadir otros terrenos profesionales para los cuales no estamos preparados. Pero, obviamente, la psicología y la filosofía están relacionadas, y por lo tanto tocaremos cuestiones psicológicas en la medida que sean pertinentes a esa relación.

Hay dos aspectos que queremos destacar. Uno, filosófico-moral; otro, de antropología filosófica, más filosófico-existencial.

A lo largo de todo el relato hemos visto una serie de desvelos humanos, de anhelos, de sentimientos encontrados, de frustraciones, de angustias. La hemos visto a Lee dudando frente al amor de tres hombres; lo hemos visto a Elliot luchando contra un sentimiento que no puede refrenar, compitiendo con otro sentimiento hacia Ana, también profundo, aunque distinto; la hemos visto a Holly, luchando casi desesperadamente por algo de paz; lo hemos visto a Woody, corriendo atrás del remolino de su existencia, torturado frente al miedo por su muerte, angustiado, buscando la respuesta a la pregunta más profunda, y escapando por medio de la risa. Y la hemos visto a Ana, tratando de mantenerse equilibrada y pacífica, pero encontrándose también con sus propios desvelos, calmados sólo por el amor de Elliot, quien encontró en Ana algo más esencial que la belleza de su hermana Lee.

Todo esto, como dijimos, sería fascinante para ciertos análisis psicológicos específicos que no son nuestro oficio. Lo que a nosotros nos corresponde destacar es, en este caso, una cuestión filosófico-moral. En efecto, seguramente te habrás visto tentado a juzgar, de algún modo, la conducta de algunos de los personajes que entran en escena. Está bien o está mal lo que hizo Elliot, junto con Lee? ¿Hace bien Holly en calmar sus angustias con cocaína? ¿Hizo bien Woody en intentar pegarse un tiro? Y, así, podríamos seguir preguntándonos muchas cosas, cuya respuesta implicaría un juicio sobre la persona de cada uno de los personajes que aparecen en el relato.

Es la oportunidad para que reflexionemos sobre una distinción muy importante. Una cosa es el juicio moral sobre una norma, objetivamente considerada y en abstracto, y otra cosa es el juicio sobre la conciencia subjetiva de una persona, considerada en concreto. Son dos cuestiones distintas, aunque relacionadas. Veamos un ejemplo.

Para que tú y yo no discutamos mucho, buscaré un ejemplo sobre el cual, al parecer, quizás estemos de acuerdo, en la medida que no entremos en detalles. Digamos que matar a otro persona, excepto defensa propia proporcionada, está moralmente mal. Sobre eso, al menos, estoy seguro. Ahora vamos a suponer que alguien, digamos Juan, mata, no entrando en juego la excepción aludida. Entonces podremos decir que lo que Juan hizo está moralmente mal. Pero de allí a decir “Juan es malo”, o algo parecido, hay un gran paso. ¿Por qué? Porque para decir eso, deberíamos conocer integralmente el conjunto total de circunstancias que rodean toda la historia personal de Juan; deberíamos conocer con certeza qué hay en lo más íntimo de su conciencia, para saber si lo hizo con total frialdad y malicia, o no; deberíamos conocer con certeza total el grado de su salud psíquica; deberíamos conocer con certeza los detalles de su formación moral, para saber en qué medida hay en su conduca negligencia o error insalvable. Ahora bien, piensa tranquilo, ponte la mano en el corazón. ¿De quién sabes, con plena certeza, todo eso? Te diré: sólo Juan puede tener una idea aproximada de todo eso; nosotros, conjeturas; y, plena certeza, absoluta y total plena certeza, sólo Dios.

Este es el fundamento de que no debamos juzgar a los demás, en la medida que “juzgar” implique realizar un juicio sobre la conciencia subjetiva de la otra persona. En cambio, sí podemos juzgar su conducta; podemos decir que su conducta no esta bien, en la medida que su conducta sea un caso particular de una conducta que, en abstracto, sabemos que es incorrecta moralmente. Pero no podemos juzgar con certeza su conciencia, porque ese juicio sólo lo puede hacer Dios.

En este sentido, hay algunas aclaraciones que hacer. Tal vez estés pensando que lo moralmente bueno o malo es subjetivo y/o relativo, y que yo estoy partiendo de presuponer lo contrario. Es cierto que estoy partiendo de lo contrario; es cierto que considero que la razón humana puede, aunque con dificultad, determinar lo que moralmente está bien o mal; pero, como ya hemos comentado en ocasión de las películas anteriores, no parto de ello como de un postulado sin demostrar, sino como una conclusión demostrada a partir de la existencia de Dios. Porque el bien moral no es más que el camino, conforme a tu naturaleza humana, que te dice por dónde llegar a tu fin último, que es Dios, fin último que, como hemos visto también, no puedes no querer, aunque muchas veces no lo identifiques con Dios: en tu deseo más profundo de felicidad total y absoluta está la búsqueda del absoluto que es Dios.

Si Dios no existiera, es cierto que tú mismo fijarías el fin de tu existencia, pero, dado que existe, El es el fin último objetivo a tu naturaleza, y de allí se desprende que hay ciertas conductas objetivamente incompatibles con el perfeccionamiento de tu naturaleza. Por lo tanto, hay normas morales objetivas.

Pero, por el mismo motivo, Dios es el único que puede juzgar la conciencia del prójimo. Es aparentemente paradójico que, aunque muchas personas duden de que Dios exista, sin embargo juzgan y condenan permanentemente a su prójimo. Es realmente paradójico que quienes saben o creen que Dios existe juzguen la conciencia de su prójimo, ocupando un lugar que sólo Dios puede ocupar, porque sólo El tiene el infinito conocer y la infinita justicia. Y, podríamos suponer, dado que es el Bien infinito, su misericordia, posiblemente, también sea infinita.

La película de Woody Allen que estamos comentando sugiere una cuestión que tiene mucho que ver con todo lo que acabamos de mencionar, que tal vez te suene algo abstracta, pero que no te imaginas lo presente que está, de manera constante, en nuestra vida cotidiana. Se trata de la comprensión, la comprensión profunda hacia nuestro prójimo, y también, por qué no, la actitud de perdón. Este último -el perdón- está ahora apenas insinuado, pero será enfáticamente tratado en otra obra de Woody Allen que comentaremos hacia el final.

En ningún momento Woody Allen se ríe despectivamente de sus personajes; en ningún momento los desprecia y/o los condena. Sólo en una oportunidad lo hemos visto casi destruir a un personaje -hablaremos de ello más adelante-, pero no en esta película, mucho menos en esta película. Lo que hace es, sencillamente, mostrarnos tal cual somos, con pleno respeto y consideración. Muestra nuestras angustias, nuestros desvelos, nuestra permanente búsqueda de felicidad, tantas veces frustrada. Muestra, también, nuestros errores, nuestras faltas, graves muchas de ellas. Pero no condena. 

 ¿Qué hay detrás de ello? Algunos verán un cierto relativismo moral, esto es, que nada es objetivamente bueno o malo, lo cual, por cierto, no es nuestra posición. Es una interpretación no imposible, pero poco probable, sobre todo teniendo en cuenta la evolución de las películas posteriores de Woody Allen. Lo que yo veo es una actitud de  comprensión y consiguiente perdón, lo cual es incompatible con el relativismo moral. Trataré de explicarte mi opinión.

La actitud de comprensión y perdón es una norma moral que te estoy proponiendo, basada en las consideraciones anteriores. Comprender a una persona significa tratar de tener en cuenta todo el conjunto de circunstancias que puede influir en su conducta. “Tener en cuenta” implica saber que existen, aunque, precisamente, no podemos conocerlas todas. Justamente por ello, la conducta humana tiene motivaciones subjetivas sumamente complejas, tales que nos impiden abrir juicio certero sobre la culpabilidad y/o malicia de alguien. Eso sólo Dios puede hacerlo. Entonces, debemos siempre tratar de comprender. Claro, esto sería tal vez fácil en caso de que consideremos que no hay bien y mal, o Dios al que rendir cuentas, pero lo valioso moralmente es hacerlo cuando estamos seguros de que tal o cual conducta no es correcta. Porque, en ese caso, y como ya te dije, podemos juzgar la conducta como tal, pero no la conciencia interna de quien se conduce de ese modo. Y, al mismo tiempo, eso nos abre a la actitud de perdón. Esto es, tener nuestros brazos abiertos para olvidar, para recibir en nuestro corazón otra vez a quien nos hizo daño e hizo algo incorrecto, precisamente para ayudarlo a perseverar en el bien. Esto no implica que el otro deba hacer un anuncio explícito de su cambio de conducta. Implica, más que un acto formal de perdón, una actitud permanente de perdón, lo cual es distinto. Esto es, estar permanentemente abiertos y alertas a la más mínima señal de que la otra persona está demandando nuestro afecto; es estar permanentemente alertas al más mínimo bien que le podamos hacer. Pero no hablo de la persona que queremos entrañablemente, sino también y, en este caso, sobre todo, de la persona cuya conducta es mala y perjudicial. Porque esa actitud de nuestra parte es lo único que puede ayudarla a cambiar. Podemos declararle la guerra, pero en la guerra alguien muere. Y la moral que te propongo no es para matar a nadie, sino para revivir y reencontrar lo perdido.

Y el perdón que te propongo es útil para la otra persona aún en caso de que supieras que esa persona, y no sólo su conducta, es mala. Porque se trata, justamente, de ayudarla a cambiar.

Nada de lo que te propongo implica no defenderse o no tratar de corregir al otro. Puedes defenderte sin contradecir esa actitud de perdón. Algunas prácticas orientales tienen mucha sabiduría en esto. El Aikido, la más ética y pacífica de las artes marciales japonesas, no detiene el golpe, sino que lo deja pasar, lo desvía y lo neutraliza. Creo que nosotros debemos hacer lo mismo en nuestra vida. Una cosa es que debas distanciarte circunstancialmente de alguien, para que no te dañe; otra cosa es que, con odio y rencor, incompatibles con el progreso de tu espíritu, intentes destruírlo. Son dos actitudes absolutamente distintas.

Tampoco implica que no puedas señalar oportunamente una falta a alguien, a ese alguien en persona, si esa persona te lo permite. Esto es: siempre que adviertas que “tienes pista” para poder aterrizar. Para esto, la amistad sincera es esencial. Pero, justamente, nunca te “autorizarán” a hacer esto si tu actitud no ha sido la de comprensión y perdón anteriormente referida.

Esto último que hemos dicho es importante porque de lo contrario puede confundirse a la comprensión de la que estamos hablando con una actitud de despreocupación por la mala conducta, ajena o propia. No, de ningún modo se trata de eso. No se trata de que no debemos corregir a la conciencia equivocada. Se trata simplemente de que no debemos entrar en la conciencia de otro sin permiso. O, con términos más exactos: sin prudencia.

No sé si estarás de acuerdo conmigo o no. Pero, aún en el caso de que estés de acuerdo, es interesante reflexionar sobre lo difícil que es para nuestro duro corazón hacer todo esto. Constantemente estamos murmurando, condenando, insultando, “mandando al infierno” a los demás. Por eso, lo interesante es advertir que podemos reflexionar tranquilamente sobre estos temas al ver, desde afuera, una película como Ana y sus hermanas. Sentados en la butaca del cine, nos reímos, pensamos, comprendemos, y hasta podemos encariñarnos con los personajes aún cuando no coincidamos con algunas de sus conductas. Precisamente, porque se trata de una historia que no nos afecta personalmente. Ahora bien, lo que Woody Allen ha hecho es retratar un conjunto de dramas y problemas que pueden ser los de cualquiera de nosotros. Y, en ese caso, ¿qué actitud adoptaremos? Si tú fueras hermana o hermano de Ana y te enteraras de que tu hermana Lee se acostó con  tu cuñado, qué harías?

No te creas que tengo la respuesta exacta; no te creas que yo sé perfectamente lo que haría. Sé que acostarse con quien no sea tu cónyuge es malo moralmente; sé también que no debo juzgar sobre la culpabilidad de nadie, y lo que quiero transmitirte es precisamente el desafío permanente que ello nos plantea. El desafío de vivir, en nuestra existencia cotidiana, la comprensión, el perdón, y, al mismo tiempo, la no complicidad con el mal. No es fácil. Pero es lo que debe hacerse. A veces fallaremos. Pero la filosofía moral tiene la peculiaridad de que plantea a nuestra vida desafíos y exigencias concretas. Las normas morales son, como tales, universales y abstractas; cada acción humana libre es, empero, singular y concreta. Y en esa singularidad es donde debemos plasmar vitalmente la universalidad de nuestros planteos. La virtud que facilita esa concreción es la prudencia. Ser prudente no es ser timorato, como a veces cierto uso coloquial ha deformado el contenido del término. Es hacer lo bueno en el momento preciso. Lo cual incluye tanto no actuar como dar un golpe sobre la mesa y decir “no!”. En fin, también se puede decir `no’ sin golpear la mesa.

Hemos reflexionado suficientemente sobre este punto. Ha sido uno de los más difíciles, vitalmente, hasta ahora, pero justamente por ello conviene dejarlo sedimentar por sí solo. Creo que es conveniente pasar ahora al segundo eje de reflexión que quería proponerte. Se trata de la búsqueda de Woody por el sentido de su existencia, y la solución que adopta.

Hemos reflexionado ya sobre el sentido de la existencia humana, y no quiero insistirte sobre ese punto. Hay algunos otros aspectos que destacar en esta oportunidad.

En primer lugar, fíjate que Woody asume plenamente el problema. Lo encara de frente, no le huye. Eso es positivo. Es positivo sencillamente porque es asumir una parte importante del punto de partida del problema existencial humano: somos limitados, mortales, estamos como colgados sobre la nada. No me malinterpretes. No te digo que debas estar todo el tiempo pensando en esto. No. No se trata de un determinado momento, no se trata de un horario, no se trata de decir “hoy ya he pensado sobre el sentido de mi vida, ahora puedo ver la televisión” (bueno, por ahí pescás una película de Woody Allen y…). Se trata de un momento más existencial, no relacionado con el reloj. Se trata de que llegue a tu vida un instante existencial en el cual, para madurar, te hayas planteado a fondo cuál es su sentido último. Allí tu existencia se vuelve sobre sí misma, se interroga a sí misma, y evita la “alienación” constante de estar pasando a través de sí misma como a través del cristal de un anteojo. Si este momento no llega, tú jamás te verás como lo que manifiesta más intensamente tu esencia limitada. Esto es, vivirás en el olvido permanente de que vas a morir. Tal vez en este momento me estés diciendo de todo. Si, te comprendo, yo me rebelo humanamente frente a la muerte, igual que vos. Pero vivir en el olvido de que vas a morir es, salvando las distancias, como vivir creyendo en los Reyes Magos.

Una vez que se asume el problema, hay dos salidas. Una, positiva, que es encontrar precisamente en el hecho de nuestra contingencia (manifestada existencialmente en nuestra mortalidad) la premisa para demostrar que Dios existe y encontrar en El la esperanza y el sentido último de nuestra vida. Es la vía que te he propuesto, filosóficamente, aunque también se puede llegar a Dios por vía religiosa. Ambas vías son complementarias, pero sobre eso hablaremos más adelante. Otra salida es negativa, y tendría varias subdivisiones. Puedes asumir la angustia de que no puedes solucionar el problema y vivir en ella de modo permanente (como Frank, en la película anterior), aunque hay que ver si la psiquis humana soporta eso de modo permanente; en realidad, esa angustia existencial permanente es enfermante y para amortiguar su dolor el ser humano recurre a todo tipo de escapismos y narcóticos, de toda gama, desde los más peligrosos (la droga, por ejemplo) hasta otros más de largo plazo (el endiosamiento de cosas en sí mismas buenas que “pateen” el problema permanentemente para adelante; por ejemplo, “sumergirse” en el propio trabajo).

Ahora bien, la salida asumida por Woody en la película es un escapismo muy particular; se trata de la salida “cómico-existencial” al problema, como la hemos llamado. Woody Allen es directo. El problema está planteado con tal magnitud, que lo que nos dice es: si no lo resuelves, o te pegas un tiro o te matas de la risa. Y Woody opta por lo segundo. No sabemos si Woody Allen. Es más, conjeturamos que está encontrando la salida positiva. Pero el Woody de Ana y sus hermanas pasa por las dos fases de la salida negativa: o llegas al colmo de la angustia, o te ensordeces totalmente ante ella con la risa. Es una salida habitual. Muchos filósofos la han utilizado. Hay muchos escépticos absolutos que son maestros de la ironía y el humor. Son coherentes: o lloran o lo toman todo a broma. Lo segundo permite una mayor supervivencia.

“Pasa por esta vida sin sentido lo más divertido que puedas”. Es una salida absolutamente comprensible para evitar el dolor. Pero, claro, no es solución. Sólo es anestesia. E ilusoria. No podrás reírte siempre. Y el Woody de la película, en el fondo de su corazón, lo sabe.

Yo no te propongo que no te rías. Al contrario, saber qué es tu fin último, y fundar en ello tu esperanza más profunda, es motivo de una alegría paralelamente más profunda. Una alegría y una sonrisa que surgen de lo más profundo de tu espíritu, totalmente compatible con tu risa mientras ves a Los Tres Chiflados, cuando contás un chiste en una reunión de amigos, y cuando contemplás, sereno, la caída del sol. Una alegría que se convierte en tu fuerza secreta cuando sufres, cuando lloras, cuando los problemas de este mundo parecen vencer tus resistencias. Es la esperanza que te mantiene firme ante la muerte, frente a la cual nuestra humanidad grita de manera permanente. Es la señal de que hemos tomado la mano de Dios.

Pero tú no tienes ni siquiera que elevar tu brazo. Es Dios quien te toma de la mano. Tú, simplemente, no le digas que no.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

El supuesto de un universo paralelo: una nota

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 22/8/2en:: https://www.laprensa.com.ar/505607-El-supuesto-de-un-universo-paralelo-una-nota.note.aspx

Mark Zuckerberg planea que en unos años la gente pueda con unas gafas viajar, comunircarse con personas vivas o muertas y viajar en el tiempo.

Mark Zuckerberg -el creador de Facebook- sugiere que dentro de unos cinco años podrá concretar la posibilidad que la gente se calce unas gafas a través de las cuales podrá de modo virtual viajar, simular la comunicación con terceras personas vivas o muertas, retroceder en la historia o navegar en el futuro y participar de todo tipo de experiencias gratificantes. Es decir, fabricar un universo paralelo que el autor denomina metaverso que consiste en una denominada realidad virtual.

Aunque esto parece lejano en el tiempo, es de interés meditar sobre el asunto. En primer lugar y ante todo hemos aludido a la denominada realidad virtual porque lo real es lo que se opone a lo imaginario, ilusorio o inexistente, por tanto la expresión realidad virtual constituye una contradicción en los términos.

Entonces viene el asunto de fondo. El ser humano es la única especie conocida que tiene la facultad del libre albedrío y la consiguiente responsabilidad individual. Las demás especies no actúan, reaccionan, no proceden de acuerdo a propósitos deliberados de elaboración en cuanto a la relación fines y medios en el contexto de la racionalidad, por lo que en las otras especies carece de significación atribuirles moralidad y la consiguiente responsabilidad.

LA NO EXISTENCIA

Ahora bien, no parece consistente con lo expresado que el fin del ser humano sea darle la espalda a la realidad y vivir en la pura fantasía, es decir, navegar en la no realidad sin reconocer sentido alguno a la vida y en verdad renunciar a una vida humana que, en su lugar, decide sustituir por la flotación en lo no real, en otros términos, apuntar a una no existencia. 

Es similar a lo que sucede con los que recurren a drogas alucinógenas para usos no medicinales, a saber, salirse de la vida para internarse en una ilusión en este caso vía la adulteración de los sentidos, es decir, operar como si fuera un trozo de carne que hay que engañar. Triste destino para quienes cuentan con el atributo de la libertad de elección, en otras palabras, elegir no elegir sino simular.

El juego o el pasatiempo siempre se consideró lo contrario al trabajo, una diversión, o sea, divertir, separar o diferenciar de la ruta central. La simulación era un entretenimiento para niños para distraerlos pero ahora resulta que no solo algunos adultos toman en serio la necesidad de fingir sino que la consideran una forma de vida. Fingir que se vive no parece conducente a la actualización de nuestras potencialidades sino más bien a renegar de ellas. Una cosa es el necesario y refrescante recreo y otra bien diferente es convertir la vida en un recreo de ella misma.

APOYO LOGISTICO

Las inmensas bendiciones de la tecnología deben aprovecharse para hacer de apoyo logístico a los propósitos humanos pero no para sustituirlos. Las apariencias no deben confundirse con la realidad. Es cierto que a veces la expresión virtualidad se utiliza inocentemente como opuesta a presencialidad, por ejemplo, cuando se dictan clases por aulas virtuales. Este empleo en nada contradice la realidad: en este caso es real que se dictan clases a distancia a través de dispositivos electrónicos, lo mismo que puede decirse metafóricamente que se mantiene un contacto telefónico a través de una conversación como si fuera presencial. Estos ejemplos no pretenden sustituir la realidad, convierten la relación en una realidad distinta, no hay ficción, simulación, engaño o irrealidad.

Nada habría que objetar de aquella mal llamada realidad virtual si se empleara como distracción y pasatiempo, pero como queda dicho el problema irrumpe cuando se pretende sustituir la realidad y enmascararla. De más está decir que en una sociedad libre todas las conductas deben ser respetadas mientras no de produzcan lesiones al derecho, nuestros comentarios apuntan a reflexionar sobre el sentido o sinsentido de la vida.

Clives Staples Lewis en su Cartas de Screwtape escribe que el personaje “recomienda a su sobrino que se mantenga apartado de la realidad”, lo cual vuelve a subrayan en La abolición del hombre a los efectos de subrayar los peligros del relativismo y el empeño por alejarse de la verdad. En el caso que nos ocupa de la denominada realidad virtual, se esfuma la distinción entre proposiciones verdaderas y falsas en el contexto de la búsqueda de juicios que se correspondan con el objeto juzgado.

La tecnología puede utilizarse bien o mal. Desde el martillo en adelante que puede servir para romperle la nuca al vecino o para clavar un clavo, todas las maravillas tecnológicas de los últimos tiempos ayudan de modo exponencial al ser humano para lograr sus objetivos legítimos, aunque, reiteramos, puede también utilizarse para que los aparatos estatales controlen aun más a las personas y atropellen sus derechos o proceder a intervenciones quirúrgicas obligatorias para degradar al ser humano, pesadillas que se han descripto una y otra vez a partir del Gran Hermano orwelliano y similares.
Termino con una chanza respecto al bautismo de metaverso con que abrimos esta nota: como se dice en criollo, en definitiva la irrealidad propuesta “es puro verso”, de eso trata el meta-verso.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Smartphones y dictaduras

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 11/8/21 en: https://www.perfil.com/noticias/opinion/mauricio-alejandro-vazquez-smartphones-y-dictaduras.phtml

Anakin Skywalker y Padmé Amidala, Star Wars

Por qué nuestros celulares podrían estar consolidando próximos autoritarismos. La percepción del entorno, del presente y, por tanto, también del futuro, se ha visto siempre profundamente comprometida por el desarrollo tecnológico.

Me gustan dos o tres, pero incluso no estoy realmente seguro sobre uno de ellos. No creo que el sistema funcione.

– ¿Tienes alguna solución?

– Necesitamos un sistema donde los políticos se sienten y discutan los problemas, acuerden lo que es mejor para los intereses de todas las personas, y luego se haga.

– Eso es exactamente lo que hacemos. Pero las personas no siempre están de acuerdo.

– Pues se les obliga a aceptarlo.

– ¿Pero quién va a obligarlos? ¿Tu?

– Por supuesto que yo no.

– Pero alguien.

– Sí, alguien sabio.

– Eso suena muchísimo a dictadura para mí.

– Bueno, si funciona…

El diálogo transcurre en un contexto de fantasía, pero lo sorprendente es que podría estar replicándose ahora mismo en nuestro ámbito inmediato sin que nos demos cuenta. Esta escena con tintes románticos, perteneciente al Episodio 2 de la saga Star Wars, lanzado en 2002, podría reflejar la creencia de millones de jóvenes que hoy en día, muchas veces sin notarlo, desarrollan un tipo de pensamiento con el potencial de favorecer rápidamente una nueva etapa de autoritarismo en el mundo, y en cierta medida por el uso de sus smartphones.

En lo cierto, la percepción del entorno, del presente y, por tanto, también del futuro, se ha visto siempre profundamente comprometida por el desarrollo tecnológico. Desde que los primeros homínidos desarrollaron la capacidad de moldear su entorno en base a la construcción de artefactos, la expectativa sobre nuestra vida y aquello que es bueno o malo para ella, fue evolucionando al ritmo de estos. De tal modo, tanto la lanza que permitió cazar el primer mamut como el dispositivo celular que llevamos usualmente hoy día en nuestros bolsillos, condicionan, las más de las veces de manera subrepticia, aquello que esperamos del mundo.

Por ejemplificar, aun cuando persisten enormes bolsones de miseria en donde esta generalidad no se cumple, el acceso a una ducha caliente, agua potable, nutrientes esenciales e incluso educación, es parte de la cotidianidad de cientos de millones de seres humanos cada día; condición que reviste una excepcionalidad absoluta si comparamos esta misma situación con cualquier otra en la historia de la humanidad. Y del mismo modo, y de manera concomitante, cuando se percibe la carencia de algunos de estos bienes hoy considerados básicos, la reacción social suele ser lo suficientemente contundente para provocar cambios en los sistemas políticos, caída de gobiernos, etc.

La fórmula podría resumirse en una frase: “el bienestar demanda bienestar”, y, por tanto, conforme accedemos a mayores niveles en las condiciones de vida, más demandantes nos volvemos con respecto a la garantía de estas.

Ahora bien, pensemos: ¿qué tipo de demanda surgirá de los cientos de millones de jóvenes que hoy día acceden a soluciones inmediatas a través de la tecnología? Al alcance de unos pocos clicks, las más de las veces prodigados a través de la pantalla de su celular, la resolución de problemas tanto complejos como cotidianos, se ha vuelto casi de una rutina. Baste observar con atención a los niños y a los jóvenes, para darse cuenta de que, frente a un desafío, de cualquier índole, una de las primeras reacciones (sino la primera y principal) es recurrir a “la máquina de resolver problemas”: el smartphone.

Para estas generaciones, la inmediatez, el conocimiento certero y la eficiencia se han vuelto valores casi absolutos sin que muchas veces lo perciban, simplemente porque estas virtudes están a su alcance y son parte de su bienestar cotidiano.

El problema surge porque la democracia republicana no suele garantizar ninguno de estos valores a priori. Como en el diálogo que iniciaba esta reflexión, muchas veces la sociedad demanda acuerdos y consensos inmediatos, mientras que el sistema solo puede garantizar la participación de distintas voces y el respectivo debate que viene con estas. De tal modo, los infinitos pasillos burocráticos y los debates por momentos interminables que conforman la dinámica política, contrastan con una cotidianidad en la que la resolución de problemas resulta infinitamente más certero y veloz.

Aquellos que amamos la libertad y, por ende, la participación política, debemos por tanto estar advertidos de que el nuevo desafío ya no proviene tan solo de las ideologías que promueven el autoritarismo como parte de su naturaleza, sino de la extensión de un ethos, una actitud, cada día más difundida, que genera la expectativa de que la inmediatez, la eficiencia y la efectividad, debieran reinar por sobre valores por momentos percibidos como extemporáneos y fácilmente sacrificables en favor de la garantía de ese bienestar que damos por supuesto.

Una masa crítica de ciudadanos convencidos en un futuro inmediato de que sistemas políticos tan autoritarios como tecnocráticos pueden ser más efectivos a la hora de garantizar el bienestar social, terminarán favoreciendo la proliferación de estos. Quizá comprobaremos entonces tristemente, que la libertad suele ser en esencia como la salud, la amistad o el amor: algo que solo valoramos en su justa medida en ese momento fatídico en que se pierde.

A la memoria de Gabriel Sandoval.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

LA ESPANTOSA COHERENCIA DE LA CANCEL CULTURE

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 8/8/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/08/la-espantosa-coherencia-de-la-cancel.html

Tiremos abajo la estatua del tipo ese, porque tuvo una esclava afroamerican. Tiremos abajo la estatua de Juan de los Palotes, porque fue parte de la evangelización del Reino de Felipe II. Tiremos abajo la Constitución de EEUU, escrita por varones blancos misóginos y racistas. Y sigamos. Díganle a Macron que borre del mapa el monumento a Napoleón (conozco algunos católicos tradis que estarían muy contentos). Vamos, tiremos abajo todo. Que no quede nadie excepto por supuesto un enorme monumento a Kamala Harris y a Barack Obama.

Lamento decirles que son coherentes. Porque son ideólogos.

La ideología no soporta términos medios ni conoce el término evolución. La ideología está convencida de que existe el sistema social perfecto. No concibe a la historia humana como una evolución siempre en movimiento, sin alcanzar nunca, sencillamente nunca, ese anhelado fin de la historia. No admite al mercado como proceso, siempre imperfecto. Si la historia humana no es el modelo de la competencia perfecta, el sistema social perfecto, estable, único, eterno e inmutable, es porque hay gente que pretende retrasar con sus oscuros intereses a la sociedad perfecta. Son los disidentes, los contra-revolucionarios. Deben ser eliminados. Como dijeron los más coherentes teólogos de la liberación, esos que hoy se pasean por el Vaticano, nunca mejor dicho, como Pedro por su casa: nosotros amamos al todos, a los ricos también, porque la revolución los liberará de su condición de explotadores. Oh, qué hermoso. Qué caridad. Esos sí que son cristianos. No como los del Instituto Acton.

Así que claro que la Independence Declaration fue imperfecta. Claro que dijo “men” y no “human beings”. Pero ese “men” significaba una evolución hacia. Oh no, eso no. ¡Imperfección, imperfección! ¡Vade retro Satanás! Por supuesto, fue Martin Luther King el que dijo que era esa declaración lo que le permitía hacer su reclamo, pero mejor no decirlo no?

Claro, hay circunstancias y circunstancias. Pero distinguirlas es una cuestión de prudencia política y eso, claro, no es el camino del ideólogo. Sí, ok con que los símbolos nazis fueran retirados de Alemania en 1945. Pero para los de ONLY Black Lifes Matter, Hitler y Jefferson eran lo mismo. Es así de simple gente. ¿No lo ven? Es que son whites supremacists. ¿Eres afroamerican y NO piensas así? Entonces eres blanco. Joe Biden dixit. Pero seguro ya se olvidó.

Dios bendiga a los cancel culture boys, o girls, o martians, o como se perciban. Porque ellos nos librarán de nuestra imperfección. O sea, de nuestra humanidad, pero eso qué importa. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises