Milton & Rose Friedman sobre un tema de fundamental importancia: el papel de las ideas en la evolución de las sociedades

Por Martín Krause. Publicado el 11/1/19 en: http://bazar.ufm.edu/milton-rose-friedman-tema-fundamental-importancia-papel-las-ideas-la-evolucion-las-sociedades/

 

Con los alumnos de la materia Public Choice vemos un artículo breve y simple de Milton y Rose Friedman, pero sobre un tema de fundamental importancia, el papel que cumplen las ideas en la evolución de las sociedades, los ciclos que se generan, los procesos de cambio y las crisis como detonantes de muchos de esos cambios. Es de fundamental importancia en todas nuestras sociedades. Así presentan el tema:

”El objetivo de este ensayo es modesto: presentar una hipótesis que se ha tornado cada vez más razonable para nosotros a medida que pasan los años, ilustrarla con ejemplos de los últimos tres siglos y analizar algunas de sus implicancias. La hipótesis es la siguiente: un cambio importante en la política social y económica está precedido por un cambio en el clima de la opinión intelectual, generado, al menos en parte, por circunstancias sociales, políticas y económicas contemporáneas. Este cambio puede comenzar en un país pero, si es duradero, termina por difundirse en todo el mundo. Al principio tendrá poco efecto en la política social y económica. Después de un intervalo, a veces de décadas, una corriente intelectual “tomada en su punto culminante” se extenderá al principio gradualmente, luego con más rapidez, al público en general y a través de la presión pública sobre el gobierno afectará las medidas económicas, sociales y políticas. A medida que la corriente de acontecimientos alcanza su punto culminante, la corriente intelectual comienza a disminuir, compensada por lo que A. V. Dicey denomina las contracorrientes de opinión, que representan generalmente una reacción a las consecuencias prácticas atribuidas a la corriente intelectual anterior. Las promesas tienden a ser utópicas. Nunca se cumplen, y por lo tanto desilusionan. Los protagonistas iniciales de la corriente de pensamiento desaparecen y la calidad intelectual de sus seguidores y partidarios disminuye en forma inevitable. Hacen falta independencia y coraje intelectuales para iniciar una contracorriente que domine la opinión, y también, aunque en menor medida, para unirse a la causa. Los jóvenes emprendedores, independientes y valientes buscan nuevos territorios para conquistar y ello requiere explorar lo nuevo y lo no probado. Las contracorrientes que juntan sus fuerzas ponen en movimiento la próxima marejada, y el proceso se repite.

No es necesario mencionar que este esquema está demasiado simplificado y excesivamente formalizado. En particular, omite cualquier análisis de una interacción sutil mutua entre la opinión intelectual, la opinión pública y el curso de los acontecimientos. Siempre se dan cambios graduales en las políticas y en los acuerdos institucionales. Sin embargo, los cambios importantes rara vez ocurren, excepto en los tiempos de crisis, cuando, utilizando la frase evocadora de Richard Weaver,”las ideas tienen consecuencias”. La corriente de pensamiento llega al público por medio de intelectuales de diversas profesiones: maestros y predicadores, periodistas de la prensa escrita o de la televisión, eruditos y políticos. El público comienza a reaccionar a esta crisis de acuerdo con las opciones que los intelectuales han explorado, opciones que limitan en forma eficaz las alternativas abiertas a los poderes existentes. En casi toda corriente una crisis se identifica como el catalizador de un cambio importante en la dirección de la política.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

LA HERMENÉUTICA Y LA FALSA DIALÉCTICA ENTRE HUMANIDADES Y CIENCIAS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 20/1/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/01/la-hermeneutica-y-la-falsa-dialectica.html

 

(Punto 3 del Cap. 5 de “La hermenéutica como el humano conocimiento”, de próxima aparición).

Curiosamente, si hay algo que esencialmente humano, es la ciencia. Dios no la necesita ni los animales tampoco. Dios tiene la ciencia de visión y la ciencia de simple inteligencia, pero eso no es ciencia en el sentido que va desde Ptolomeo hasta Howking. Y los animales son extraordinarios y asombrosos. Un hormiguero parece un sistema de conocimiento en red, donde cada hormiga es una neuronita. Pero, que sepamos, no escriben, no teorizan, ni se equivocan[1].

Que se haya separado a la ciencia de las humanidades es un típico resultado de una noción positivista de conocimiento donde no hay conciencia histórica. Una noción de conocimiento que cree que la ciencia es abrir los ojos, ver los hechos, anotarlos y que luego otros hagan lo mismo. Una noción de conocimiento donde se cree en los “datos”; en que conocer es conocer el “qué”, sin saber el “por qué”. Ya hemos visto que no es así. Pero no nos convencemos. Seguimos haciendo programas de estudio donde enseñamos “la” Física, “la” astronomía, e incluso, terriblemente, “la” filosofía, sin historia de la Física o de lo que fuere. Que no es un conjunto inconexo de fechas y nombres sino entender de qué problema y contexto anterior tal autor dijo tal cosa. Y lo terrible es cuando ello se lleva a ciencias sociales, donde por ejemplo se estudia “economía” sin historia del pensamiento económico.

Pero, me dirá el lector, necesitamos técnicos. El médico de emergencias no necesita historia de la medicina, ni el ingeniero, que está a cargo del simple puente,   necesita historia de la Física. Ok, pero entonces reconozcamos, de una vez, que eso no es universidad, sino la barbarie del especialismo, al decir de Ortega, justificada tal vez por la necesidad de cosas prácticas que deben hacerse aunque no comprenderse. Perfecto, los medievales eran más sabios, distinguían las escuelas de artes y oficios de las universidades. Ahora estas últimas son escuelas de artes y oficios, donde se enseñan de memoria técnicas prácticas. Pongámosle entonces el nombre correspondiente: tecnicaturas, y que deberían durar menos años para lo que realmente se pretende.

¿Pero qué decir de una carrera de Física, no una tecnicatura terciaria en ingeniería? Que sufre de lo mismo. Si es un estudio universitario de Física, con doctorado, tiene que saber de dónde han emergido los paradigmas diferentes (Ptolemaico, atomista, aristotélico, copernicano, Einstein, cuántica) para luego poder hacer investigación y hacer avanzar la ciencia. Me van a decir: no, según Kuhn la ciencia avanza con el humilde puzzle solving de la ciencia normal, esto es, con miles de repetidores que luego entran en crisis sin darse cuenta. Tiene razón Kuhn en que ello es habitualmente así, pero no por ello hay que desesperar y evitar todo intento de educar al científico en la creatividad del saber teórico. Por eso, lamentablemente, los físicos, no ya los ingenieros, no saben ni les interesa quiénes fueron Koyré, Duhem, Jaki, Kuhn, Lakatos o Feyerabend. Porque todos ellos hicieron historia de la física y en cambio ellos creen que saben “la física” cuando en realidad no saben más que un determinado período histórico, el actualque ellos ven como un eterno presente como si fueran dioses. Formar a Físicos es formarlos en la historia de la filosofía y de la ciencia que incluya la lectura directa de los clásicos. ¿Ah, no quieres? Entonces estudia una tecnicatura en ingeniería de 4 años. Llama a las cosas por su nombre y dales el tiempo que tienen. Pero no, el positivismo ha creado un mundo ilusorio donde llamamos doctores a un conjunto de técnicos entrenados para repetir y hacer muy bien el puzzle solving de la ciencia normal. Eso no ha matado a la creatividad humana, que se abre paso como la vida en medio de las piedras, pero si quieres vida, haz un buen terreno y no esperes que las florecillas crezcan  de casualidad entre los cascotes.

[1] Algún lector dirá: ¡pero equivocarse no es científico! Llamando a Popper, please, urgente………

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

 

 

El camino al socialismo

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/01/el-camino-al-socialismo.html

 

Será interesante repasar como se gesta el camino al socialismo, tomando como ejemplo la experiencia europea, donde este nació y se plasmó en todas sus formas y variantes posibles. Y de paso recordar, llevados de la mano de un maestro genial, como el socialismo gestó -en última instancia- y permitió la aparición del nazismo y el fascismo, al punto de concluir que, sin el socialismo, tanto el fascismo como el nazismo hubieran sido imposibles.

“En los países de Europa central, los partidos socialistas habían familiarizado a las masas con las organizaciones políticas de carácter paramilitar encaminadas a absorber lo más posible de la vida privada de sus miembros. Todo lo que se necesitaba para dar a un grupo un poder abrumador era llevar algo más lejos el mismo principio, buscar la fuerza, no en los votos seguros de masas ingentes, en ocasionales elecciones, sino en el apoyo absoluto y sin reservas de un cuerpo menor, pero perfectamente organizado. La probabilidad de imponer un régimen totalitario a un pueblo entero recae en el líder que primero reúna en derredor suyo un grupo dispuesto voluntariamente a someterse a aquella disciplina totalitaria que luego impondrá por la fuerza al resto.”[1]

Hayek describe aquí las condiciones previas reinantes a la aparición del fascismo en Europa. Su tesis consiste en afirmar que -en primer lugar- el aspirante a dictador debe reunir en torno suyo un “grupo dispuesto voluntariamente a someterse a aquella disciplina totalitaria que luego impondrá por la fuerza al resto”. El totalitarismo es sólo posible en la medida en que exista o pueda conformarse un grupo de fanáticos adictos al aspirante a dictador que lo acepten por propia voluntad y -naturalmente- adhieran a sus convicciones, aspiraciones y planes de dominación. Resulta aparentemente contradictorio afirmar que un grupo menor, por mejor organizado que este, pueda aplicar su disciplina totalitario al resto, ya que este resto implica un mayor número de personas que las del grupo totalitario. La solución a este aparente dilema por el cual una minoría se estaría imponiendo sobre una mayoría la da -a nuestro juicio- el hecho de que quien detenta realmente la fuerza es quien la ejerce. Lo que parece ser lo explicado en el párrafo siguiente:

“Aunque los partidos socialistas tenían poder para lograrlo todo si hubieran querido hacer uso de la fuerza, se resistieron a hacerlo. Se habían impuesto a sí mismos, sin saberlo, una tarea que sólo el cruel, dispuesto a despreciar las barreras de la moral admitida, puede ejecutar.”[2]

El uso de la fuerza es exitoso en la medida que no encuentre tenacidad alguna que se le oponga. Y esto puede ocurrir cuando solamente aquel o aquellos sobre los cuales se pretende ejercer la violencia se consideraren si mismos ineptos para hacerle cara. No hay otra posibilidad, ya que si estuvieran de acuerdo con los violentos no sería necesario hacer uso de la fuerza por parte de estos ni resistirla por parte de los violentados. Nótese que las reticencias de los partidos socialistas europeos no tuvieron analogía con la del partido bolchevique ruso, que se impuso por la fuerza en lo que luego fue la I.R.S.S. Sigamos con Hayek:

“Por lo demás, muchos reformadores sociales del pasado sabían por experiencia que el socialismo sólo puede llevarse a la práctica por métodos que desaprueban la mayor parte de los socialistas. Los viejos partidos socialistas se vieron detenidos por sus ideales democráticos; no poseían la falta de escrúpulos necesaria para llevar a cabo la tarea elegida.”[3]

Sin duda, esos “reformadores sociales” estarían pensando en la experiencia soviética. La tarea elegida era la de forzar un régimen planificado de gobierno. Esos métodos -según parece derivarse del texto- son los antidemocráticos, que fueron los empleados -v.g.- por los rusos. Evidentemente, Hayek no se está refiriendo a los socialistas marxistas, sino a otro tipo de socialistas, ya que es sabido que los marxistas son partidarios expresos del uso de la fuerza, y se hallan en contra de la democracia a la que consideran una superestructura burguesa de dominación, es decir, una ideología en el sentido marxista del término. El párrafo ha de aludir, entonces, a lo que se conoce como el socialismo democrático, o bien, socialdemocracia.

“Es característico que, tanto en Alemania como en Italia, al éxito del fascismo precedió la negativa de los partidos socialistas a asumir las responsabilidades del gobierno. Les fue imposible poner entusiasmo en el empleo de los métodos para los que habían abierto el camino. Confiaban todavía en el milagro de una mayoría concorde sobre un plan particular para la organización de la sociedad entera.”[4]

Es decir, no reconocían que sus planificaciones no podían lograr el consenso de la gente, sino que debían exigirse por la fuerza, por lo imposible de un acuerdo mayoritario sobre una planificación determinada. Y no deseaban hacer uso de la fuerza para obligarlo, por sus convicciones democráticas (siempre entendiéndose que no se habla de partidos marxistas, sino socialistas no marxistas). Tampoco quisieron convencerse de que sus ansias planificadoras sólo podían instituirse por medio de la fuerza. Aunque no queda del todo claro a que “entusiasmo” se refiere el autor, excepto que la palabra se utilice desde el punto de vista de los fascistas, que si demostraron entusiasmo en establecer sus planes por medio de la violencia física.

“Pero otros habían aprendido ya la lección, y sabían que en una sociedad planificada la cuestión no podía seguir consistiendo en determinar qué aprobaría una mayoría, sino en hallar el mayor grupo cuyos miembros concordasen suficientemente para permitir una dirección unificada de todos los asuntos; o, de no existir un grupo lo bastante amplio para imponer sus criterios, en cómo crearlo y quién lo lograría.”[5]

Esos “otros” eran los nazis fascistas. Lógicamente, si se confiaba en el voto de la mayoría se corría el riesgo que esa mayoría no aprobase la planificación elegida por el planificador. Y el aspirante a dictador no podía transitar con un peligro semejante. Pero era necesario que el dictador tuviera algún apoyo que -a su vez- fuera suficiente como para permitirle llevar a cabo sus siniestros planes antisociales.

[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 176-177

[2] Friedrich A. von Hayek, Camino…ibidem.

[3] Friedrich A. von Hayek, Camino…ibidem.

[4] Friedrich A. von Hayek, Camino…ibidem.

[5] Friedrich A. von Hayek, Camino…ibidem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

 

 

Debates sobre metas y ejecuciones

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Se observa que en reportajes orales y escritos se consulta sobre los modos para lograr determinados resultados. Habitualmente el entrevistado se enreda en ingenierías varias para responder a la requisitoria periodística y a partir de ese momento con repreguntas y opiniones de variado color se entra en un debate que parece no tener salida. Y esto es así porque antes de entrar en el tema de las políticas de transición para arribar a ciertos objetivos se torna indispensable aclarar el sentido y los fundamentos del objetivo mismo, de lo contrario el embrollo es seguro.

 

Una vez que se ha comprendido y aceptado la meta resulta una cuestión del todo secundaria el modo de encaminarse a ella. Siempre aparecen infinidad de procedimientos para acercarse al objetivo. Las ingenierías son múltiples. Las estrategias y los elementos políticos a tener en cuenta son innumerables.

 

Y no es que las políticas públicas carezcan de importancia, no se puede ejecutar una idea sin un programa para llevarla a cabo, se trata de evaluar correctamente las prioridades y economizar el tiempo disponible. No es posible poner la carreta delante de los caballos.

 

Primero debe clarificarse la idea y luego las muy diversas maneras de ejecutarlo con mayores o menores pasos intermedios al contemplar las muy diferentes reacciones y efectos en los plazos medianos y de largo alcance pero no se puede comenzar por el final.

 

Sin quererlo en no pocos casos se tiende una trampa al pretender discutir modos para lograr algo antes de haber aclarado debidamente las virtudes de ese algo. Lo primero es primero. Nadie entenderá el asunto si se pretenden formular procedimientos antes de saber hacia donde se apunta y la razón de esa dirección.

 

La idea es el núcleo, el resto se da por añadidura. Una vez comprendida la meta se competirá por diversas propuestas para logar el objetivo, de lo contrario atrasamos el debate. Hace mucha falta la explicación  de ideas antes de proponer mecanismos para lograr algo que aun no se comprendió.

 

Antes de mostrar como se hace hay que entender porqué se hace. Una vez que la opinión pública ha entendido la idea será más o menos indiferente a los muchos caminos para llevarla a cabo, el asunto es ponerse en marcha. Ilustremos lo dicho con uno de tantísimos ejemplos.

 

Se afirma que debe reducirse el gasto público, frente a lo cual se pregunta en que rubros se procedería en consecuencia.

 

El entrevistado mantiene que hay que despedir empleados públicos y entra en los detalles más escabrosos de cómo hacerlo,  se refiere a la necesidad producir un ajuste cuando en verdad el ajuste es el que implanta el estatismo sobre los bolsillos de todos, especialmente sobre el fruto del trabajo de los más necesitados. De ese modo los interlocutores concluyen que el entrevistado es insensible y derrotista, cuando no explotador. En nuestro país aparentemente se atribuye mayor importancia a los medios que a los fines, así se hace difícil avanzar. Estamos atrasados en el debate de ideas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

¿Quiénes fueron los Chicago Boys?

Por Iván Carrino. Publicado el 10/1/18 en: https://www.ivancarrino.com/quienes-fueron-los-chicago-boys/

 

El grupo que sacó a Chile de la decadencia económica y busca reproducir la experiencia en Brasil.

Brasil está cambiando.

Tras escándalos de corrupción, dos años de recesión económica y un descreimiento generalizado sobre la clase política, Jair Bolsonaro fue elegido presidente.

Uno podría criticar y diferenciarse en muchas cuestiones con las expresiones de este particular personaje de la política brasileña. Sin embargo, en lo que tiene que ver con la política económica, parecería que Bolsonaro está corriéndose del medio y dejando actuar a “los que saben”.

¿Y quiénes son los que saben? Para empezar, su Ministro de Economía, Paulo Guedes.

Hace pocos días, la agencia Reuters sostenía:

“El nuevo ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, trabajó en Chile hace 40 años tras obtener su doctorado en la Universidad de Chicago, lo que le procuró un asiento en primera fila en el tratamiento de choque económico que aplicó el dictador Augusto Pinochet.”

El economista Roberto Cachanosky también se refirió recientemente a los cambios en Brasil:

“La reducción del gasto público, la simplificación tributaria, la reforma previsional, la reforma laboral, un amplio plan de privatizaciones, etc. van a ser claves para darle competitividad a la economía brasileña. Pero una de las claves del plan económico que intenta implementar Bolsonaro es mucho más desafiante que los anteriores ya que busca imitar el modelo chileno y abrir la economía para incorporarse al mundo.”

¿De dónde vienen estas ideas? ¿Qué efectos podrían tener?

La revolución capitalista chilena

Por su pasado en la Universidad de Chicago, al nuevo mandamás de la política económica brasileña se lo asocia con el grupo de académicos chilenos que, en tiempos de Pinochet, asesoraron al gobierno sobre cómo conducir la política económica.

Pero la historia de los “Chicago Boys”, como se conoció a este nutrido grupo de economistas, se remonta, en realidad, a mucho antes del Golpe de Estado de Pinochet en 1973.

Es que durante el año 1956 se labró un acuerdo de cooperación entre la Universidad de Chicago, uno de los más prestigiosos centros de estudios de economía del mundo, y la Universidad Católica de Chile.

Dicho acuerdo implicaba que los egresados de “La Católica” podían ir becados a Chicago a obtener sus doctorados en economía.

El convenio fue aprovechado por una veintena de profesionales, entre quienes estaban Sergio de Castro, Rolf Lüders (ambos Ministros de Economía durante el gobierno de facto de Pinochet) o Ernesto Fontaine, todos los cuales volvieron a la Universidad Católica a dictar clases tras obtener sus PhD.

El golpe de estado de 1973 se dio en medio de una verdadera debacle económica,  con la economía en recesión y una inflación que promedió el 600%. En dicho contexto, y con elevada escasez producto de los controles de precios, el salario real descendió un 38%.

Cuadro 1. Principales variables económicas de Chile (1970-73)

1970 1971 1972 1973
Crecimiento del PBI 3,6% 8,0% -0,1% -4,3%
Inflación Anual 36,1% 22,1% 260,5% 605,1%
Tasa de Desempleo 5,7% 3,8% 3,1% 4,8%
Crecimiento anual del salario real 8,5% 22,8% -11,3% -38,6%

Fuente: Soto, Ángel – The Founding Fathers of Chile’s Capitalist Revolution.

Cuando los militares llegaron al poder se preguntaron qué iban a hacer con la economía.

De acuerdo con Ángel Soto, historiador chileno, “Pinochet optó por un modelo de desarrollo liberal defendido por un grupo de jóvenes economistas graduados de prominentes universidades de los Estados Unidos”.

Para Soto, no solo los graduados de Chicago, sino también José Piñera (Ministro de Trabajo) y Hernán Büchi (Ministro de Economía 1985-1989), egresados de Harvard y la Universidad de Columbia, fueron los “padres fundadores de la Revolución Capitalista” de Chile.

Reformas

Ahora bien, ¿en qué consistió dicha revolución?

Principalmente, en un conjunto de reformas económicas que podrían agruparse en cinco grandes áreas.

—> Para generar crecimiento económico: se redujo drásticamente el rol del estado en la economía, se eliminaron controles de precios, se redujeron el gasto fiscal y los impuestos, se liberaron mercados y se privatizaron muchas empresas estatales.

—> Para incrementar el comercio internacional: se eliminaron las barreras no arancelarias para las importaciones y los aranceles fueron reduciéndose unilateral y gradualmente desde 1975 en adelante.

—> Los mercados de capitales se liberaron y se dotó de independencia al Banco Central para reducir la inflación. La reducción de la inflación no fue inmediata. Solo después de 1990 se consiguió una inflación baja y estable.

—> Los mercados laborales también se liberaron, eliminando barreras a la entrada en la mayoría de los empleos, restricciones al despido y restringiendo la intervención del gobierno en las negociaciones entre patrones y empleados.

—> El sistema jubilatorio, previamente de reparto, se privatizó por completo en 1981, migrando hacia un esquema de capitalización individual que incrementó significativamente el ahorro del país.

Los resultados de estas reformas económicas, que se mantuvieron casi sin modificaciones durante el período democrático que inició en el año 1990, fueron impresionantes.

A partir del año 1984, Chile comenzó un período  de crecimiento casi ininterrumpido. De los últimos 34 años, solo en dos el PBI tuvo variaciones negativas (-0,4% en 1999 y -1,6% en 2009).

El desempleo ha ido bajando sistemáticamente. En 1983 alcanzó el 21%, pero fue reduciéndose hasta el 7,7% en 1990. Hoy está en 6,9%, una tasa envidiable para muchos países, incluidos Argentina y Brasil.

La inflación, como decíamos, tardó en bajar, pero a partir de la Ley 18.840 de 1989, que consagró la independencia del Banco Central y la prohibición de emitir para financiar déficits fiscales, la tasa de inflación se redujo de manera sostenida y permanente.

¿Puede replicarse el modelo?

Chile es hoy en día un modelo de reformas económicas pro-crecimiento con inclusión social. Al mismo tiempo que su PBI per cápita pasó de USD 7.000 a USD 23.000 (en paridad de poder de compra, entre 1984 y 2018), la pobreza cayó desde el 50% hasta los alrededores del 10%.

Gran parte de este éxito se lo debe Chile a las enseñanzas y propuestas de esos intelectuales, los “Chicos de Chicago”, quienes a pesar de haber formado parte de un gobierno militar, liberaron la economía chilena y su potencial de crecimiento.

Es una incógnita si dicho modelo podrá ser exactamente replicado en otras latitudes. También si los períodos presidenciales y las sanas restricciones de la democracia no son un obstáculo para avanzar en estos cambios.

Sin embargo, lo cierto por ahora es que un presidente democráticamente elegido parece querer tomar este camino.

Será interesante explorar qué pueda pasar. Pero en la medida que las reformas puedan abrirse paso, los resultados serán positivos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Elogio del liberalismo

 

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 4/1/19 en: https://elcultural.com/revista/letras/Elogio-del-liberalismo/41823

 

John Stuart Mill, inspirador de muchas de las tesis de Ruiz Soroa

 

Este es un libro valiente, porque hay que ser valiente para titular una obra Elogio del liberalismo, y escribir allí cosas como: “el capitalismo ha sido algo positivo y sus logros son impresionantes” o “la economía de libre mercado es el sistema más eficiente para crear riqueza que el mundo ha conocido”.

El liberalismo de José María Ruiz Soroa (Bilbao, 1947) trasciende la economía, como debe ser, y apunta a la salvaguardia de los individuos, porque la esencia del liberal es “no perder nunca de vista el reinado inapelable de los derechos de las personas individuales”, y tener presente que “el único agente moral que cuenta es la persona”. La gente ha de decidir su propio bien, no “el Gobierno o las comisiones de expertos, o el algoritmo… el sujeto que hay que proteger no es la nación, ni la grande ni la pequeña, sino las personas”. Como es lógico, critica a los radicales, populistas, nacionalistas, comunistas, etc.

Todo esto confluye en “la receta liberal por excelencia: miedo y desconfianza ante el poder, incluso ante el poder de los ciudadanos”. Es necesario “dividir el poder para neutralizar su amenaza”.

Dirá usted: ¡olé! Sin embargo, temo que el profesor Ruiz Soroa quiere conservar la tarta y a la vez comérsela, en la estela de su admirado John Stuart Mill, un autor mucho más confuso de lo que suele pensarse.

La confusión estriba en creer que la propiedad no es una condición de la libertad, y que la sociedad puede distribuir la producción como mejor le parezca: lo dijo Stuart Mill en sus Principios de 1848 y lo repite Ruiz Soroa, cuya defensa de la libertad individual se detiene ante los bienes de los ciudadanos. Poner énfasis en la defensa de dichos bienes es apoyar el liberalismo económico, “hijo bastardo del liberalismo político”, “darwinista social”, “manchesteriano y dogmático”, y propio de “ultraliberales” y “fundamentalistas del mercado”.

Insistirá usted: se puede ser individualista liberal pero sin subrayar la propiedad privada. Se puede, pero corremos el riesgo de proclamar al mismo tiempo una cosa y la contraria. Es el caso del libro que nos ocupa. El doctor Ruiz Soroa, como tantos en la apacible kermés del pensamiento único, propicia la intervención redistribuidora del Estado, y no cree que haya que frenarlo por principio sino por circunstancias y oportunidad: “Hay fallos del mercado y hay fallos de la política”, por lo que no cabe sostener que “uno debe maximizarse y otro jibarizarse”. En ningún caso el liberalismo debe defender un Estado pequeño en economía; la contraposición Estado-mercado es “plenamente equivocada”, porque se trata en ambos casos de construcciones artificiales. Así, el liberal recomienda que el Estado mantenga el mercado libre, pero no “dejar hacer”. Esta es la clave: “La alternativa no lo es entre más o menos intervención pública sino entre mejor y peor gobierno”. Es decir, si el gobierno es bueno: ¿por qué no va a ser grande?

Más aún, dice seriamente que ante la globalización “el Estado se ha quedado pequeño”. Usted igual desconfía, porque sus impuestos no se han empequeñecido, precisamente. Pero aquí, de precisión hay poco (y de impuestos, nada). Desde el entusiasmo por el contrato social como fuente del poder hasta la identificación entre poder político y poder económico, frente al cual también necesitaríamos protección, como si para su libertad, señora, representaran intimidaciones idénticas Amancio Ortega y la Agencia Tributaria.

Al final, para ser libres… no debemos serlo. Y en este lío el profesor Ruiz Soroa insiste en llamar liberales a hombres que propugnaron la expansión del Estado, como John Maynard Keynes, o que la llevaron a cabo sin pudor ni reparos, como Franklin D. Roosevelt, a quien Mussolini llamó “un verdadero fascista”. José María Ruiz Soroa, por tanto, reclama simultáneamente más libertad y menos.

En fin, he dicho que Elogio del liberalismo es un libro valiente, y lo mantengo. Exigirle coherencia ya sería demasiado.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Agresividad social, colectivismo y politización

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/12/agresividad-social-colectivismo-y.html

 

 

 

Parece asistirse a un incremento de la agresividad social, por un lado, y de irresponsabilidad por el otro. Presenciamos una verdadera crisis de racionalidad.

¿Debemos acostumbrarnos a la irracionalidad humana, la que impresiona ser la “moneda corriente” de nuestros días? Los comportamientos más inverosímiles e inesperados aparentan estar a la orden del día. Conductas incomprensibles de los demás deberían dejar de sorprendernos, ya que da la sensación que se extienden. No solo ocurren en nuestro entorno más inmediato, sino que las noticias nos dan cuenta de ellas casi asiduamente.

En el campo laboral la falta de profesionalismo, de respeto, la improvisación constante, la ausencia de esfuerzo, de compromiso, noto como las más importantes y acusadas falencias de nuestra sociedad. Pero esto no es más que una extensión de lo que ocurre en planos más cotidianos de la vida social. Se traslada a lo laboral porque se expande una forma de conducta, una manera de ser, de un ámbito hacia otro.

Esto nos obliga a redoblar la búsqueda con la esperanza de encontrar ese “cisne negro” que marque la diferencia en medio de la mediocridad reinante que nos rodea. La que es producto de un proceso de masificación que se intensifica y se acrecienta, propagándose a través de los medios masivos de comunicación, hogares y centros educativos.

Este declive cultural y social lo atribuimos a la filosofía estatista reinante que domina las mentes y las costumbres humanas, y que lejos de amortiguarse como aseguran algunos, mantiene -a nuestro juicio- su ritmo ascendente. Es fruto de un proceso largo, lento y continuo que hemos denominado de politización.

Es evidente que este relajamiento cultural y educativo tiene raíces muy profundas. Las tradiciones no cambian por arte de magia, ni por generación espontánea. Existe una relación de causalidad para todo, como la hay también para esta notable decadencia social. Vivimos en medio de una sociedad colectivista, cuya “filosofía” enseña que la responsabilidad individual es un mito que ningún beneficio reporta, porque es “el colectivo” el que debe proveer para nuestras necesidades. Pero ¿Quién o qué es “el colectivo”? El colectivo como tal no existe, es una entelequia, una construcción mental. Algunas veces es el “estado”, otras “la sociedad” u otras etiquetas, según convenga a quien eche mano al término.

Pero, desafortunadamente para esos fabuladores, las acciones y omisiones no recaen en entes imaginarios, sino en personas concretas. Por lo que -en definitiva- “el colectivo” se reduce simplemente “al otro”. Y si “el otro” es responsable, nosotros dejamos automáticamente de serlo. Esto es un mito, pero es el mito dominante, y es grave, porque estamos adiestrados desde pequeños para acomodarnos a uno o más de los mitos corrientes popularmente aceptados.

Los mitos socialmente admitidos no son fáciles de destruir, por nuestra natural resistencia al cambio cifrada en el temor al rechazo y lo desconocido.

El colectivismo es esencialmente primitivo. Es un claro signo de retraso social cuando se manifiesta en tiempos actuales. El colectivo remonta sus orígenes a la tribu prehistórica, y encuentra sus antecedentes más remotos en la manada animal. Es, en consecuencia, un signo y símbolo de bestialidad. Siempre ha estado presente en el transcurso de las eras y la evolución se traduce como la salida de la sociedad tribal hacia la sociedad liberal a lo largo de los siglos. Pareció que el punto culminante de este largo proceso evolutivo había llegado entre los siglos XVIII y XIX. Pero el surgimiento del marxismo y sus derivados (el comunismo, el fascismo y el nazismo) durante el siglo XX mostraron que ello no fue así.

¿Cómo pudo suceder este retroceso? En parte, por lo que se dio en llamar el marxismo cultural que logró imponer cierta tergiversación del lenguaje, y que encontró favorable acogida por muchos de sus “intelectuales” que se dedicaron entusiastamente a propagarla. Así, por ejemplo, la palabra colectivismo fue reemplazada por la de “progresismo”, lo que le daba cierto tinte más pasable y hasta respetable. “Progresista” sonaba menos primitivo que “colectivista”, e incluso, parecía ser su antónimo (que no lo era). Cualquier idea aberrante e irracional basta que se la tilde de “progresista” para que automáticamente adquiera cierto realce y merezca consideración.

“El colectivo” equivale a lo que en el marxismo es la “clase social”, y donde en el marxismo se plantea una supuesta “lucha de clases” en el colectivismo la misma “lucha” se reproduce, pero entre “colectivos”, en el cual “la clase” y “el colectivo” son sinónimos. Conforme la dialéctica marxista, la sociedad (dividida en “clases” o “colectivos”) es el escenario en el que estas “clases” luchan entre sí en una contienda en la que una explota a la otra y esta última sólo logra su liberación venciendo y explotando a la primera.

El colectivismo representa esta lucha de colectivos, en la cual todos tratan de explotarse mutuamente y salir triunfadores de la contienda. La humanidad entera (en esta visión) es un brutal campo de batalla donde la misión y el destino de unos colectivos es el de aniquilar a los restantes.

El enfoque liberal es -contrariamente- el de una atmósfera de cooperación social, único sistema idóneo para limar las diferencias entre individuos (no “colectivos”). Pero esta orientación no es la generalmente admitida.

Las consecuencias prácticas de la “filosofía” colectivista consisten en que cada individuo es enemigo potencial o real del siguiente, dependiendo del colectivo al que pertenezca. No interesan las características personales, sino cual es la adscripción del individuo a tal o cual colectivo.

Según las modas políticas, las etiquetas de estos colectivos van cambiando de tanto en tanto. Otrora estaba en boga el colectivo judío y el ario (según los nazis) el obrero y el burgués (según los socialistas) el estatista y el anti estatista (según los fascistas). En tanto, en la actualidad, los colectivos son otros: el feminista, el homosexual, el abortista, etc. y sus aparentes “opuestos”: el machista, heterosexual, antiabortista y varios otros. Es decir, se repite la dialéctica de la “lucha de clases” sin importar demasiado cual sea la etiqueta que se le adjudique a esa “clase”, que puede ser cualquiera de las mencionadas.

Esta es una clara regresión a la época en que las diferentes tribus luchaban entre si a mazazo limpio en la prehistoria, y con lanzas, arcos y fechas un poco más adelante.

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.