Cómo encontrarse a uno mismo en el Museo del Prado (y, además, verlo todo)

Por Delfina Helguera. Publicado el 30/4/19 en: https://www.clarin.com/cultura/encontrarse-mismo-museo-prado-ademas-verlo_0_-47or0r2-.html

 

Apurados -no se sabe cuándo habrá otra oportunidad- los argentinos queremos llevarnos tanta maravilla en cada visita. La recorrida de una experta.

Cada vez me parezco más a esos personajes del mundo del arte a los que miraba con recelo a mis veinte años. Adopté sus mismas costumbres sin darme cuenta, adoro ir al Museo del Prado ni bien toco un pie en Madrid; antes de enterarme de las novedades voy en busca de mis viejos amigos y conocidos. Y prefiero hacerlo sola, ir a mis anchas deambulando por las salas, escrutando paredes y sorteando turistas.

Desde afuera. Ell Museo del Prado, este martes, día en el que recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades/ EFE

Desde afuera. Ell Museo del Prado, este martes, día en el que recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades

El Prado es una de las mejores pinacotecas de Occidente pero tiene la particularidad de no haber sido pensada como tal, fue la colección de la Corona española durante siglos, fiel testigo de los tiempos que vivieron: coronaciones, batallas, retratos, paisajes, costumbres, santos, grandes artistas encargados de reflejar el poderío de un imperio, algunas obras que reflejan los gustos de alguna figura noble en particular. Todo eso convive con el mundo globalizado del siglo XXI, con los millones de turistas que pasan a la velocidad de un tour que promete brindar en una hora todos los secretos de las obras más célebres de todos los tiempos.

Delfina Helguera, curadora. Dirige el Museo de Arte Español Enrique Larreta, en Buenos Aires.

Delfina Helguera, curadora. Dirige el Museo de Arte Español Enrique Larreta, en Buenos Aires.

Antes, hace años, iba en busca de la Anunciación, de Fra Angélico, que convivía con Andrea Mantegna y toda una serie de obras del Renacimiento. Luego iba a ver, por supuesto, a Las Meninas de Velázquez y terminaba con El jardín de las Delicias, del Bosco. Me tomaba un respiro y avanzaba hacia Goya, me imagino que intentaba que toda esa genialidad se me impregnara y poder llevarla en mi retina por mucho tiempo. Porque eso pasa cuando vivís en la Argentina, nunca sabés cuando vas a volver. Hace unas semanas en Madrid un amigo madrileño me dijo algo parecido, ¿ustedes los argentinos tienen que verlo todo cuando están acá?  Y, si.

Ahora, hace unos años con la ampliación que hizo Rafael Moneo, cambiaron la disposición de algunas obras e incorporaron obras donadas. Hay un sector de obras medievales deliciosas que, además, tiene poco público (otra costumbre adoptada, ir a las salas raras) o no atrae multitudes como Velázquez. Son obras que estuvieron en capillas o conventos que transmiten una idea de mundo tan distinta y distante que hace falta detenerse, cambiar el paso y tomar aliento. Y ahora también busco a mi obra preferida en El PradoEl descendimiento de la cruz de Rogier van der Weyden, a la que han cambiado de lugar nuevamente.

La obra favorita de Helguera. "El descendimiento de la cruz", de Rogier van der Weyden, en el Museo del Prado.

La obra favorita de Helguera. “El descendimiento de la cruz”, de Rogier van der Weyden, en el Museo del Prado.

Pasa un tour, una clase de colegio, hasta que logro estar a solas. Esto es justamente lo que un museo hace, darnos la posibilidad de un encuentro cercano, la experiencia del arte que aunque pasen miles de años, sigue siendo la misma.

 

Delfina Helguera: Es Licenciada en Letras (UBA). Ha sido co-representante de Sotheby’s filial Argentina. Socia fundadora de la Asociación Amigos de Malba. Dirige Lavinia Subastas de Arte. Es profesora de Curaduría I y de Mercado de Arte y es Directora del Departamento de Arte y Diseño en el Instituto Universitario ESEADE. Síguela en @DelfinaHelguera

¿Cómo Argentina se volvió rica?

Por Iván Carrino. Publicado el 16/5/19 en: https://contraeconomia.com/2019/05/como-argentina-se-volvio-rica/

 

En 1895, Argentina fue el país más rico del planeta.

Recientemente apareció en los medios de comunicación la noticia de que hace unos 124 años, nuestro país encabezó la lista mundial de ingreso per cápita.

¿Qué quiere decir esto? Que en 1895, de acuerdo con la medición más tradicional y establecida de la riqueza ciudadana que utilizan los economistas, Argentina era el mejor país del mundo. La riqueza promedio de un argentino fue, en ese año, superior a la de un norteamericano, un sueco, un canadiense… Bueno, superior a la de cualquier ciudadano de cualquier nación del planeta.

Conocida la novedad, no tardaron en aparecer análisis y comentarios acerca de “qué nos pasó”. Es que, claro, si alguna vez no solo estuvimos entre los países más prósperos del planeta, sino que llegamos a la cumbre máxima… ¿por qué hoy estamos en la tabla del descenso, luchando contra la pobreza, la inflación, la deuda y la decadencia?

La pregunta es interesante, pero creo que es mejor responder otra que lo es aún más. Es que, como decía Hayek, antes de entender por qué las cosas funcionan mal, debemos comprender cómo es que funcionan bien.

¿Por qué nos fue bien?

La visión liberal tradicional acerca del progreso argentino de fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX le asigna una importancia crucial a las instituciones.

En efecto, Argentina desde 1853 tenía una Constitución Nacional que se comprometía a “asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

En su artículo 14, además, detallaba que todos los habitantes tenían derecho de:

Trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender.

La Constitución de 1853, inspirada por Alberdi y la Constitución de Estados Unidos, promovía la libertad económica y ponía en cabeza del estado la protección de los derechos individuales.

Esto, en palabras de los autores Acemoglu y Robinson, constituía un entramado institucional “inclusivo”, que promovió el progreso material y el avance económico.

Ahora pensándolo un poco más, ¿será esta toda la explicación?

Otra teoría

Deirdre McCloskey es Doctora en Economía por la Universidad de Harvard. Este viernes y sábado visitará Buenos Aires para dar una serie de conferencias.

McCloskey es una mujer transgénero. En 1942 nació como Donald McCloskey y vivió hasta 1995 como un hombre. Estuvo casado con una mujer por treinta años y tiene dos hijos. Sin embargo, a sus 53 años, decidió cambiar y desde entonces es conocida como Deirdre.

En cuanto a su trabajo académico, fue profesora de la Universidad de Chicago entre 1968 y 1980, y hasta el 2015 dio clases de economía, historia e inglés en la Universidad de Illinois, también en la ciudad de Chicago. McCloskey saltó a la fama recientemente por la publicación de una extensa trilogía de libros en donde busca dar respuesta precisamente a la pregunta de por qué los países son ricos.

De acuerdo con la autora, hasta el año 1800 el ciudadano promedio en el mundo vivía con el equivalente a tres dólares diarios. No obstante, hoy en los países desarrollados ese número se ha multiplicado por un factor de treinta. Es decir, hay que explicar “el gran enriquecimiento” que ocurrió en las sociedades modernas.

Y, para McCloskey, no alcanza con apelar solo a las instituciones.

Revolución Cultural

Para entender este apabullante incremento en los niveles de vida a nivel global, la autora analiza diversas teorías. Por un lado, sostiene que en la izquierda explican al crecimiento como consecuencia de la “explotación”.

Marx y Engels, por ejemplo, dirían que así como el capitalista es rico porque explota al trabajador, los países desarrollados lo son pero porque explotan a los subdesarrollados. Para ellos la economía es un juego de suma cero, donde algunos ganan, pero otros necesariamente pierden.

Obviamente esta idea es contraria a los datos. Hoy somos muchas más personas en el mundo, y hay mucho menos pobreza.

La otra explicación para este gran enriquecimiento es la que dábamos al inicio. Son las buenas instituciones, que protegen los derechos individuales, las que generan incentivos para acumular capital. Y es la acumulación de capital la que mejora la productividad y, por tanto, el ingreso de las personas.

Si bien McCloskey no va a chocar directamente con esta tesis, sí va a sostener que no es del todo suficiente. Es que, como explica Alberto Mingardi:

Ella asevera que la acumulación de capital, colocar ladrillo sobre ladrillo, no era nada nuevo. Siempre existió la prudencia, el ahorro –y la avaricia, si es el caso. Pero, en cierto momento, la acumulación varió de hacer capital para comprar villas lujosas y fincas cada vez más extensas, a financiar maquinarias y fábricas. El capital fue utilizado para suplir un flujo sin fin de novedades, para beneficio de un número siempre creciente de consumidores.

¿Qué fue lo que pasó? Básicamente, que hubo una revolución cultural. Un cambio radical, aunque lento y extendido en el tiempo, en la forma en que la comunidad veía a la actividad comercial.

La tesis de la autora, entonces, es que previo a la Revolución Industrial, hubo un cambio cultural que le dio dignidad a las actividades productivas, al comercio y a la innovación. Antes el prestigio era solo otorgado a los guerreros, los nobles o el clero. Pero En Inglaterra y Holanda durante el Siglo XVII, ese prestigio también comenzó a ser dado a los comerciantes y empresarios.

Tuvo que ocurrir esa revolución cultural, para que las instituciones cambiaran, y el liberalismo promoviera la innovación que hizo explotar las tasas de crecimiento económico mundial.

Volviendo a Casa

Si lo que dice McCloskey es cierto, y son las actitudes hacia el comercio y el trabajo empresarial lo que determina el crecimiento de los países: ¿qué puede pasar en Argentina en el futuro?

La semana pasada, el dirigente Juan Grabois atacó a MercadoLibre, tildando a la empresa más exitosa del país de “contrabando, evasión” y abuso entre otras cosas… La polémica fue grande, y desde aquí le respondimos enérgicamente.

Unos días después, salió a pedir techo para las comisiones que la empresa les cobra a sus usuarios… Ahora lo curioso es que algunos tuiteros “de derecha”, si bien críticos con Grabois, también salieron a criticar a MercadoLibre por recibir injustos beneficios del gobierno.

Mi conclusión es que en Argentina si a tu empresa le va bien, te correrán por izquierda porque explotás a la gente, o te correrán por derecha porque “seguramente” el gobierno te dio algún privilegio.

Si esta es la actitud argentina hacia el comercio y la actividad empresarial, entonces probablemente sigamos empantanados y decayendo, muy lejos de lo que alguna vez supimos ser.

PD: Deirdre McCloskey se presentará en la Universidad del CEMA este viernes 17 de mayo a las 17:30 hs., en un evento organizado conjuntamente con la Fundación Libertad. Para participar de la charla, inscribite aquí.

 

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

¿OTRO SOCIALISMO PARA VENEZUELA?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

En medio  de las trifulcas para sacar al usurpador en el poder y en medio de sacrificios inmensos de la población venezolana, aparecen algunos comentarios de ciertos así llamados “opositores” que sostienen que en realidad no hubo socialismo allí y que por ende hay que aplicarlo.

Estas manifestaciones no solo desconciertan a cualquier persona con un mínimo de sentido común, sino que alarman a todos los que en verdad han renunciado a parte esencial de sus vidas en una lucha sin cuartel para dejar sin efecto el inexorable autoritarismo y la miseria del socialismo.

Vamos por partes, antes que nada debe definirse el socialismo y concretamente el socialismo del siglo xxi aplicado sin piedad en tierras venezolanas. Socialismo deriva de socializar, lo cual significa convertir en común lo que es privado. Para ir al nudo del asunto no hay más que consultar a Marx y Engels que en su célebre manifiesto concluyen que todo su “programa puede resumirse en la abolición  de la propiedad privada”. Y esto es a lo que ha tendido el chavismo en todos los planos posibles.

Tal como se enseña a través de “la tragedia de los comunes” expuesto por  Garret Hardin, lo que es de todos no es de nadie. El cuidado de lo propio deja de existir para en su lugar incentivar a todos en creciente aglomeración para que saquen la mejor tajada de lo común con lo que el bien en cuestión de degrada hasta límites inconcebibles. No hay necesidad de estar actualizado con el teorema de Hardin, ya se había planteado el problema desde Aristóteles cuando refutó el comunismo de Platón donde el primero advertía acerca de los peligros de la destrucción de riqueza a través de la propiedad en común.

Es que los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas. Como no hay de todo para todos todo el tiempo, deben asignarse derechos de propiedad con lo cual el que la administra bien obtendrá ganancias y quien no lo haga incurrirá en quebrantos. Y lo importante es comprender que en el contexto de una sociedad libre la buena administración se traduce nada más y nada menos en la satisfacción de las necesidades de los demás y la mala administración es no dar en la tecla con las demandas del prójimo. Esto es el mercado libre que se opone a comerciantes que se alían con el poder para obtener privilegios y, de ese modo, explotan a sus congéneres.

En esta situación, los aparatos estatales se limitan a proteger y garantizar el derecho de todos y se abstienen del uso de la fuerza para propósitos agresivos de intervención en los arreglos contractuales libres y pacíficos.

Como también es sabido, el debilitamiento de la institución de la propiedad privada bloquea la posibilidad de contabilidades y evaluación de proyectos con lo que se pierde la noción de cuales son las actividades rentables y cuales las perdidosas puesto que se han reemplazado los precios por simples números impuestos por los burócratas que naturalmente nada significan desde el punto de vista económico.

En el caso venezolano la proliferación de esa contradicción en los términos llamada “empresa estatal” ha acumulado pérdidas gigantescas a lo cual deben agregarse manipulaciones monetarias que eliminaron la moneda, cargas tributarias astronómicas, deudas siderales, reformas agrarias que anularon la producción de alimentos y hasta han arruinado su mayor activo que era el petróleo. Es que como ha dicho Milton Friedman “si se estatizara el desierto del Sahara, el resultado será la escasez de arena”.

Resulta crucial comprender que el derroche a que incentiva el socialismo (de cualquier siglo) perjudica muy especialmente a los más necesitados puesto que las tasas de capitalización disminuyen con lo que los salarios en términos reales se contraen.

En resumen, es de desear que recapaciten urgentemente quienes han insinuado la aplicación del “verdadero socialismo” en Venezuela pues de tener éxito en esta descabellada propuesta, se repetirán las hambrunas y las miserias como ha sido el caso de todos los países que han aplicado esas recetas una y otra vez.

Es indispensable liberar la energía creadora y sacar por completo del medio a los megalómanos que todo lo arruinan a su paso.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Vieja frase: el dinero no hace la felicidad. No obstante, algunos estudios dicen que sí, y Gallup presenta un informe. ¿Puede medirse?

 

Por Martín Krause. Publicado el 13/5/19 en: http://bazar.ufm.edu/vieja-frase-dinero-no-la-felicidad-no-obstante-estudios-dicen-gallup-presenta-informe-puede-medirse/

 

Un informe de Gallup plantea el tema de la felicidad y el dinero, y si bien considera que se puede, también sugiere un tema que da para discutir, ¿puede medirse la felicidad? Aquí un breve resumen del trabajo, que puede encontrarse aquí: https://www.gallup.com/analytics/248906/gallup-global-emotions-report-2019.aspx?utm_source=link_newsv9&utm_campaign=item_249116&utm_medium=copy

“¿El dinero compra la felicidad?

Eso depende de cómo lo definas.

Los estudios de la felicidad global a menudo implican dos medidas: cómo las personas ven sus vidas y cómo las viven. Ambos conceptos están arraigados en la economía del comportamiento.

La forma en que las personas reflexionan sobre sus vidas es muy diferente de cómo las personas viven sus vidas. Por ejemplo, si entrevista a dos mujeres, una con un niño y otra sin un hijo, ¿cuál tiene más estrés? En promedio, es la mujer con el niño. Pero si les pidió que calificaran sus vidas en general, ¿cuya calificación es más alta? También es la mujer con el niño. Entonces, la mujer con más estrés también califica su vida más alta.

Esto es exactamente por lo que necesitamos medir tanto la satisfacción con la vida como las emociones.

Entonces, ¿cómo influye el dinero en ambas medidas?

Uno de los estudios más famosos sobre esta cuestión fue conducido por los premios Nobel Daniel Kahneman y Angus Deaton. Descubrieron que cuanto más dinero ganan los estadounidenses, más valoran sus vidas. Entonces, si la felicidad es la forma en que las personas ven sus vidas, entonces el dinero hace que las personas sean más felices.

Esto también es cierto internacionalmente. Cuanto más rico es el país, las personas más altas suelen calificar sus vidas, según el Informe anual de la felicidad mundial publicado por las Naciones Unidas. Sin embargo, los investigadores de la Universidad de Purdue y la Universidad de Virginia encontraron recientemente que en todo el mundo, parece haber un punto de saciedad con respecto a los ingresos, alrededor de $ 100,000, y que ser demasiado rico en realidad podría hacer que veas tu vida un poco peor.

Pero, ¿cómo afecta el dinero cómo las personas viven sus vidas? El estudio de Kahneman y Deaton encontró que el dinero tiene un efecto menor en la forma en que las personas viven sus vidas por encima de los ingresos de $ 75,000 en los EE. UU. Y los investigadores de Purdue y de la Universidad de Virginia encontraron que el límite para el bienestar emocional era de aproximadamente $ 60,000 a $ 75,000 en todo el mundo.

Las variables que observaron estos investigadores incluyeron el placer autoinformado, la sonrisa y la risa, el descanso, los sentimientos de respeto y la estimulación intelectual. También observaron emociones negativas como la ira, el estrés, la tristeza, el dolor físico y la preocupación autoinformados. Los mismos que aparecen en el último Informe Global de Emociones de Gallup, publicado hoy.

Entonces, si la vida no se trata de enriquecerse, ¿dónde viven las personas más felices del mundo? Este informe sugiere que podrían vivir en América Latina. Es posible que los latinoamericanos no siempre califiquen sus vidas de la mejor manera (en contraste con los países nórdicos), pero se ríen, sonríen y experimentan el disfrute como nadie en el mundo.

La respuesta a si el dinero realmente compra la felicidad aún está lejos de ser entendida, pero este informe le da a los pensadores globales una idea de quién está viviendo la mejor y la peor vida del mundo.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Otra visión de la crisis

Por Gabriel Boragina. Publicado en: 

 

Una explicación más a la crisis argentina es la gran cantidad de personas incapacitadas que ocupan puestos de trabajo, tanto en la función pública como en la privada. Este análisis microeconómico rara vez se encuentra en los textos y notas que ocupan los comentarios periodísticos. Las redes sociales son -a veces- una buena fuente de los mismos, pero la experiencia cotidiana también lo demuestra. La mediocridad de este mercado laboral es cada vez mas notoria.

Son muchos los índices que lo manifiestan. Por ejemplo, las consultas que no son respondidas o lo son extemporáneamente, generalmente traen como respuestas por parte del funcionario o empleado particular cuestiones o materias que no fueron objeto de la consulta.

La falta de capacidad de empleados y funcionarios para contestar a temas simples no sólo es patente, sino que también contribuye al dispendio de tiempo y recursos, lo que obstruye la oportuna resolución de problemas y -al fin y al cabo- la productividad de la economía. En mi trabajo, lo veo y experimento a diario. Tengo experiencia de primera mano en lo que expongo.

Es manifiesto que los procesos de selección de personal o bien no existen o son hartos flexibles, o -quizás- empresas y reparticiones públicas no tienen más remedio que tomar gente que ya viene descalificada desde la escuela y la universidad.

La comunicación por escrito es -prácticamente- un problema mayor aun, por la verdadera ausencia de comprensión de textos por parte de empleados y funcionarios, en tanto el “intercambio” oral resulta un verdadero “diálogo de sordos”, que obliga a la redacción de la consulta, repitiéndose el ciclo, con lo que todo el circuito se convierte en un círculo vicioso.

No hace mucho, cuando un empleado llano no podía resolver una inquietud del cliente o del usuario de un servicio, la cuestión normalmente se solucionaba por medio de un jefe, supervisor, o del gerente del área. Hoy en día, ya ni siquiera en estos niveles se encuentran respuestas útiles, coherentes y mucho menos inteligentes. Uno se pregunta cómo es que personas como esas pueden estar ocupando cargos jerárquicos y de responsabilidad. Y ni imaginar que podría estar sucediendo en escalas superiores, ya sean directores regionales o presidentes de empresas. La chatura circundante es descomunal.

Deviene evidente que -en cada vez más ámbitos- los niveles de exigencia de selección y de posterior gestión han caído de manera estrepitosa, tanto en el campo laboral como educativo. Se vive una apariencia de “ilustración” cuando, en realidad, lo que se observa es deseducación. Los pocos esfuerzos por elevar el nivel son -en la mayoría de los casos- vanos a juzgar por las consecuencias.

Hace pocos años atrás, mis nuevos colaboradores en la oficina entendían la tarea a realizar con la primera explicación. Raramente hacía falta una segunda. Al día de hoy, los nuevos colaboradores contratados necesitan que exactamente la misma tarea les sea explicada hasta tres o más veces para “poder” -al fin y a duras penas- “comprenderla”. Y, aun así, después de que “parecieron” asimilarla, cometen y repiten los mismos errores más de tres o cuatro veces, lo cual revela severos defectos de atención y de retención. Y no hablamos, por cierto, de labores en absoluto complejas, sino de las más sencillas y elementales que se les asignan justamente por iniciarse en la actividad. Ni que decir cuando tengo que adjudicarles otra de alguna mayor o efectiva complejidad.

Esta es otra visión y explicación de la crisis que vivimos. Revela un descalabro educacional que deviene en otro laboral y, por último, desemboca en uno económico, ya que el sistema funciona como una cadena de transmisión, que produce un “efecto dominó” que va de lo micro a lo macro.

Por supuesto que, el origen de todo lo anterior es la educación, como tantas veces hemos insistido, pero no solamente aludimos a la educación formal, sino también a lainformal donde el entorno familiar tiene que ver mucho en este movimiento declinante. Hace mucho que, en el seno de la mayoría de las familias no se educa, sino que se deseduca. El rol de la familia en la educación puede decirse que, hoy por hoy, es nulo, pero -en cambio- inmenso en el mecanismo de deseducación. Basta la indiferencia en cuanto a los contenidos que los alumnos reciben en la escuela para que la corriente des-educativa se inicie y prosiga.

El pobre nivel de actividad general se debe -en buena parte- a la falta de preparación de la gente que trabaja, ya sea en el sector privado como en el estatal.  Una baja calificación educativa conlleva otra menor en el campo laboral, esto impide que las remuneraciones sean elevadas, y expulsa directamente del mercado laboral a los que menos habilidades pueden exhibir, lo que añade otro elemento perturbador al mercado del trabajo ya maltrecho por las numerosas leyes laborales que, en lugar de “proteger” al trabajador lo desamparan perjudicándole, ya que -entre otras negatividades- lo desmotivan para perfeccionarse.

Tiempo atrás solía hablarse de “talentos” para referirse al personal contratado. Hoy en día dicha palabra deviene casi vacía de contenido y obsoleta, porque si hay algo difícil de encontrar en el mercado laboral argentino son verdaderos “talentos”. Basta conformarse con que alguien pueda -a duras penas- desempeñar tareas básicas.

“Profesionales” egresados que carecen de las competencias mínimas para las cuales se supone que deberían estar calificados tornan inexplicable cómo los mismos pudieron haber recibido un título universitario, cuestión que se torna día a día más palpable en el campo en el cual me desempeño. Y en otros ajenos al mío también.

Si se instala una “cultura” por la cual el mérito no vale nada y se retribuye por igual la indolencia que el esfuerzo, el efecto natural de esta anomalía será un vuelco masivo de la sociedad hacia la apatía y su consiguiente rechazo a cualquier tipo de iniciativa por mínima que sea. Y esto se observa claramente en la sociedad argentina de nuestros días, lo que no es por cierto un fenómeno nuevo, sino que la explanación a la actual debacle que sufre tal sociedad.

Revertir esto no es tarea de un gobierno, ni de muchos, sino que es algo más de fondo. No es un problema meramente coyuntural.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

LA DESTRUCCIÓN DEL PODER JUDICIAL: AHORA SÍ QUE VIENEN POR TODO.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 12/5/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/05/la-destruccion-del-poder-judicial-ahora.html

 

Si hay algo que define al liberalismo clásico, desde un punto de vista institucional, es el poder judicial.

Cuando Hayek escribió Law, Legislation and Liberty, estaba pensando en algo no muy conocido ni por adherentes ni por detractores del liberalismo, que habitualmente se cree que tuvo su origen en la Revolución Francesa. No.  Hayek explica, precisamente, que el Law es el Common Law, defendido por los Jueces, “contra” la “legislación” que emanaba del Rey y de la Cámara de los Comunes. Los Lores eran precisamente los encargados no de “legislar” sino de custodiar el Law, de donde emergen las libertades individuales inglesas que luego se hacen carne en las colonias norteamericanas. La evolución del sistema constitucional en los EEUU significó precisamente que la Suprema Corte asumió el papel aristocrático de la Cámara de los Lores, transformada en el Senado. La Suprema Corte es (fue) así la suprema instancia de la defensa de las libertades individuales, del Bill of Rightscontra los abusos de poder del Poder Ejecutivo y del Legislativo (los Comunes, transformados en “The House”, los diputados). La evolución del sistema constitucional norteamericano se transformó así en la vivencia concreta de la teoría del gobierno mixto del medioevo. El Rule of Law era efectivamente posible por el control de constitucionalidad ejercido efectivamente por una Suprema Corte aristocrática e independiente.

El poder judicial es, en ese sentido, la única garantía contra el abuso del poder y, a la vez, el símbolo de la limitación al poder, el ideal regulativo del Limited Government.

El poder judicial es por eso la esencia del liberalismo político, la real garantía a la libertad individual.

Por eso, cuando facciones totalitarias llegan hitlerianamente al poder por medio de elecciones, siguen teniendo en todo ese sistema, aunque comiencen a violarlo, un real problema para sus reales intenciones de poder. En última instancia, es incoherente que lo mantengan, y esa incoherencia es el error que cometieron los kirchneristas y que dejó a su “jefa espiritual” a merced del poder judicial, que para ellos no es más que una supervivencia del liberalismo político burgués al servicio de las clases dominantes.

Y desde su perspectiva marxista, tienen razón.

Por eso, ahora sí que vienen por todo. Ahora, con terrible coherencia, destruirán los reales límites que quedaban. Límites que en Argentina, sí, ya casi no funcionaban, límites que el Emperador Nestor I había sabido impedir con el apriete mafioso hacia los jueces, pero ahora sus coherentes intelectuales aprendieron la lección. Así como para los que somos partidarios del libre mercado el problema es la existencia misma del Banco Central o del “Ministerio de Economía”, para los totalitarios el problema es la existencia misma del Poder Judicial.

Porque aunque casi inexistente en la praxis, era al menos un símbolo. Al menos alguien podía decir que tal medida violaba el control de constitucionalidad en teoría vigente. Ahora se acabó. Coherentemente, quieren derribar el símbolo. Ya no, ya nadie podrá decir, aunque no tenga resultado, que algo es “contra la Constitución”, porque se acabará la Constitución. Habrá sí pirámide jurídica, como la hubo en el nazismo y la Unión Soviética, pero “Constitución” como limitación del poder, aunque simbólica, ya no. Back to 1949. Coherente. Terriblemente coherente.

La Argentina nunca fue Mises y Hayek, pero por lo menos Alberdi quedaba como símbolo, como ideal regulativo, como una utopía inspiradora hacia un futuro difícil. Ahora ya no, gente. Ahora vienen en serio. Ahora son Mempo Giardinelli y Zaffaroni, y si es necesario hilar menos fino, siempre tendremos las sabias enseñanzas de D´Elía y Bonafini. Liberales, como ven el debate en Argentina no es –ni en ningún otro lado-  Hayek o Rothbard.

Es la supervivencia simbólica de instituciones que nunca fueron contra la barbarie política que siempre fue.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

¿Otro socialismo para Venezuela?

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 10/5/19 en https://independent.typepad.com/elindependent/2019/05/otro-socialismo-para-venezuela.html

 

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En medio  de las trifulcas para sacar al usurpador en el poder y en medio de sacrificios inmensos de la población venezolana, aparecen algunos comentarios de ciertos así llamados “opositores” que sostienen que en realidad no hubo socialismo allí y que por ende hay que aplicarlo.

Estas manifestaciones no solo desconciertan a cualquier persona con un mínimo de sentido común, sino que alarman a todos los que en verdad han renunciado a parte esencial de sus vidas en una lucha sin cuartel para dejar sin efecto el inexorable autoritarismo y la miseria del socialismo.

Vamos por partes, antes que nada debe definirse el socialismo y concretamente el socialismo del siglo xxi aplicado sin piedad en tierras venezolanas. Socialismo deriva de socializar, lo cual significa convertir en común lo que es privado. Para ir al nudo del asunto no hay más que consultar a Marx y Engels que en su célebre manifiesto concluyen que todo su “programa puede resumirse en la abolición  de la propiedad privada”. Y esto es a lo que ha tendido el chavismo en todos los planos posibles.

Tal como se enseña a través de “la tragedia de los comunes” expuesto por  Garret Hardin, lo que es de todos no es de nadie. El cuidado de lo propio deja de existir para en su lugar incentivar a todos en creciente aglomeración para que saquen la mejor tajada de lo común con lo que el bien en cuestión de degrada hasta límites inconcebibles. No hay necesidad de estar actualizado con el teorema de Gardin, ya se había planteado el problema desde Aristóteles cuando refutó el comunismo de Platón donde el primero advertía acerca de los peligros de la destrucción de riqueza a través de la propiedad en común.

Es que los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas. Como no hay de todo para todos todo el tiempo, deben asignarse derechos de propiedad con lo cual el que la administra bien obtendrá ganancias y quien no lo haga incurrirá en quebrantos. Y lo importante es comprender que en el contexto de una sociedad libre la buena administración se traduce nada más y nada menos en la satisfacción de las necesidades de los demás y la mala administración es no dar en la tecla con las demandas del prójimo. Esto es el mercado libre que se opone a comerciantes que se alían con el poder para obtener privilegios y, de ese modo, explotan a sus congéneres.

En esta situación, los aparatos estatales se limitan a proteger y garantizar el derecho de todos y se abstienen del uso de la fuerza para propósitos agresivos de intervención en los arreglos contractuales libres y pacíficos.

Como también es sabido, el debilitamiento de la institución de la propiedad privada bloquea la posibilidad de contabilidades y evaluación de proyectos con lo que se pierde la noción de cuales son las actividades rentables y cuales las perdidosas puesto que se han reemplazado los precios por simples números impuestos por los burócratas que naturalmente nada significan desde el punto de vista económico.

En el caso venezolano la proliferación de esa contradicción en los términos llamada “empresa estatal” ha acumulado pérdidas gigantescas a lo cual deben agregarse manipulaciones monetarias que eliminaron la moneda, cargas tributarias astronómicas, deudas siderales, reformas agrarias que anularon la producción de alimentos y hasta han arruinado su mayor activo que era el petróleo. Es que como ha dicho Milton Friedman “si se estatizara el desierto del Sahara, el resultado será la escasez de arena”.

Resulta crucial comprender que el derroche a que incentiva el socialismo (de cualquier siglo) perjudica muy especialmente a los más necesitados puesto que las tasas de capitalización disminuyen con lo que los salarios en términos reales se contraen.

En resumen, es de desear que recapaciten urgentemente quienes han insinuado la aplicación del “verdadero socialismo” en Venezuela pues de tener éxito en esta descabellada propuesta, se repetirán las hambrunas y las miserias como ha sido el caso de todos los países que han aplicado esas recetas una y otra vez.

Es indispensable liberar la energía creadora y sacar por completo del medio a los megalómanos que todo lo arruinan a su paso.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h