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el 2/6 19hs. Expone Karina El Azem

Participá de la muestra que se realizará en el el 2/6 19hs. Expone . Te esperamos!

Karina

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“Redes Sociales Aplicadas al Empleo”

El 7/6 te esperamos en para participar de la Charla: “Redes Sociales Aplicadas al Empleo” ¡Participá!

Redes

Comentarios al pie de notas periodísticas

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 26/5/16 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2016/05/26/comentarios-al-pie-de-notas-periodisticas/

 

De entrada conviene subrayar que el conocimiento en todos los campos es siempre provisorio, sujeto a refutación. Hay dos dichos latinos que ilustran el punto: nullius in verba que es el lema de la Royal Society de Londres que significa que no hay palabras finales, es decir, que todo está sujeto a revisión. Nuestra ignorancia es ilimitada, necesitamos críticas y autocrítica en la esperanza de captar algo de conocimiento.

El segundo adagio es ubi dubium ibi libertas que se traduce en que donde hay duda hay libertad. Si estuviéramos rodeados de certezas no habría necesidad de acciones libres, es decir, aquella en las que se sopesan alternativas y opciones varias puesto que ya se sabría de antemano cual es al camino a seguir. De allí deriva la necesidad, por ejemplo, de separar tajantemente la religión del poder político, esto es, la “doctrina de la muralla” tan bien graficada en los orígenes de la revolución estadounidense. De lo contrario, el poder en manos de quienes todo lo ven con certeza conduce indefectiblemente al cadalso.

El debate abierto de ideas es absolutamente indispensable para progresar. Por esto es que los editores de las versiones digitales de algunos medios gráficos dan la oportunidad de proceder en esa dirección al ofrecer espacios para la crítica y las reflexiones sobre la publicación de columnas de opinión. Esto es tomado por algunos lectores en ese sentido y contribuyen a aclarar, agregar o rectificar algunas de las ideas expuestas.

Sin embargo, hay otros que se dedican a insultar y agraviar sin nunca agregar un atisbo de argumento. En realidad, pobres individuos ya que al no contar con ideas solo pueden dedicar denuestos al escritor (o incluso a la madre del autor). Es que los que no piensan solo pueden gritar. Como bien ha apuntado Mario Vargas Llosa: “son sujetos de superficie sin mayor trastienda”. Es un espectáculo triste que habla muy mal de los firmantes de supuestos comentarios que muchas veces ni siquiera tienen el coraje de consignar sus nombres y se ocultan en pseudónimos. Desperdician una gran oportunidad de formular críticas y consideraciones a lo dicho por el autor del artículo en cuestión al efecto de avanzar en el conocimiento, lo cual, en definitiva, es una faena en colaboración.

Recuerdo un cuento de Borges titulado “El arte de injuriar” donde había dos fulanos discutiendo, hasta que en un momento dado uno de los contertulios le arrojó un vaso de vino en el rostro al otro a lo que este otro respondió “eso fue una digresión, espero su argumento”. Ese es exactamente el caso, las agresiones personales constituyen una especie de grotesca digresión debido a que el agresor se encuentra indefenso en cuanto a materia neuronal por lo que es acomplejado de su pequeñez mental y, por ende, incapaz de comentar con un mínimo de seriedad y sustento.

Las críticas parciales o totales a las columnas de opinión formuladas con seriedad y rigor son siempre bienvenidas por estudiosos puesto que de lo que se trata es de aprender en el contexto de un proceso que no tiene término. La mentalidad abierta es uno de los mayores dones en una lucha despiadada por derribar telarañas y cerrojos mentales en la labor conjunta e interminable a la que nos referimos.

Tal vez La traición de los intelectuales de Julien Benda refleje con mayor precisión el abandono de así llamados intelectuales a su misión de buscar la verdad en pos de compromisos subalternos, generalmente de orden político.

Precisamente la tarea del intelectual es la crítica y la autocrítica, su razón de ser consiste en detectar errores, ambigüedades, posiciones pastosas y dogmatismos, por lo que, a su vez, las críticas a sus libros, ensayos y artículos le resultan alimento necesario a los efectos de corregir errores y explorar otras avenidas. Nuevamente lo citamos a Borges cuando enfatizaba que como no hay tal cosa como un texto perfecto, “si no publicamos nos pasaríamos  la vida corrigiendo borradores”.

De igual manera, el conocimiento exige “corregir borradores” permanentemente, puesto que está formado de una cadena infinita de críticas y críticas de las críticas. Pero el alarido y el insulto retrasan esta cadena mágica en el contexto de la aventura del pensamiento para retrotraerla al ruido gutural y al puro graznido.

Por eso insistimos sobre el desperdicio de valiosos espacios para ocuparlos hablando en superlativo en medio de vocabulario soez, en lugar de señalar conceptos deficientes y conclusiones desacertadas que a todos nos permiten mejorar. Si se me permite un desliz al repetir un conocido aforismo “nada hay más peligroso que un atolondrado con iniciativa”, referido en este caso a los que despotrican sin exhibir fundamento alguno en sus desvaríos y sus pésimos modales a veces ni siquiera dignos de un lenguaje carcelario. Da pena por esos vacíos existenciales que revelan estados tormentosos en sus interiores con problemas de magnitud que no saben a quien  endosar y como canalizar.

Incluso el propio pensamiento debe ser necesariamente crítico para sortear obstáculos y evitar trampas ocultas y así revisar premisas y seguirle el rastro al silogismo. El pensamiento lateral que ha  desarrollado originalmente Edward de Bono y el pensamiento crítico sobre el que ha escrito tanto Francis W. Dauer revelan la imperiosa necesidad de auscultar con el debido cuidado y dedicación todo lo que se expone, propio y ajeno. Y para recurrir a algo más elemental, es muy fértil consultar el texto clásico de Irving Copi, Introducción a la lógica, especialmente sobre la falacia ad hominem donde el supuesto crítico alude a las condiciones personales de quien escribe en reemplazo de una argumentación a lo que en realidad dice.

Los comentaristas que no comentan sino que agreden personalmente al autor de una nota son “militantes”, una expresión horrible sea de donde sea, provenga de donde provenga puesto que remite a lo militar, a la estructura vertical por excelencia y a la obediencia debida que podrá ser necesaria en el ámbito castrense pero es todo lo opuesto a la sociedad civil donde el debate y el respeto recíproco son esenciales no solo para la convivencia sino, como queda dicho, para la incorporación de conocimientos.

La virtud es el conocimiento decía Sócrates y estimulaba el descubrimiento de verdades a través del método de los interrogantes y Popper subraya la trascendencia del intercambio entre teorías rivales para sacar provecho del conocimiento existente. Pero esto no resulta posible con sujetos que más bien buscan el medir fuerzas a través de la confrontación física en un cuadrilátero de lucha libre que en el cuadrilátero de la ciencia en un marco de respeto y consideración recíproca. Un departamento de investigaciones en un centro de estudios es para los exaltados como es una trifulca bélica para un estudioso. El silencio y la meditación no es el ámbito adecuado para los que recurren al lenguaje del improperio como su medio de comunicación. Para un show de este tipo está el boxeo (o eventualmente el circo).

Lo expresado en modo alguno quiere decir que la crítica no deba ser contundente en el contra-argumento. Por el contrario, cuanto más contundente mejor para la antedicha aventura del pensamiento al efecto de que el punto quede lo más claro posible. Desde luego que de la fuerza argumental no se desprende la utilización de modales groseros, más aun el clima de intercambio de ideas siempre demanda cordialidad y, por supuesto, se destroza y se desploma el referido ámbito si surge alguien que no solo es grotesco en sus dichos sino que no presenta argumentación. Esto último no aparece en la academia ni en medios en los que los participantes desean aprender el uno del otro sino que es propio del subsuelo y de lo peor de los bajos fondos de una comunidad.

Como hemos apuntado, afortunadamente hay comentarios al pie de los artículos -reiteramos que siempre nos referimos a las versiones digitales de algunos medios-  que ayudan a pensar y rectifican errores o agregan argumentaciones y nuevas perspectivas, lo cual brinda un servicio de gran valor a los autores e ilustra al resto de los lectores.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EL EGOÍSMO RODANTE

Por Sergio Sinay: Publicado el 19/5/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/05/normal-0-21-false-false-false-es-mx-x.html

 

Cuando la publicidad transmite modelos de vida y pensamiento que empeoran que empeoran el mundo 

 

Poco después del triunfo bolchevique en Rusia, en octubre de 1917, Alisa Zinóvievna Rosenbaum, nacida en 1905, se exiliaba en los Estados Unidos con su familia. Con los años, nacionalizada estadounidense, sería autora de obras como El manantial y La rebelión de Atlas. También cambiaría su nombre por el de Ayn Rand. Así se convirtió en la mentora y deidad de lo que se conoce como egoísmo ético. Sin disimulo y sin pudor esta corriente aboga por un individualismo fundamentalista e implacable, rechaza toda idea de bien común o de limitación de los propios horizontes en bien de propósitos comunitarios. Los ve como una mutilación de la libertad y propone rebelarse ante eso sin miramientos. Sólo los zánganos y los mediocres, sostiene, pueden hablar de altruismo, cooperación, compasión, empatía y otras debilidades, gracias a las cuales se aprovechan para vivir del esfuerzo y la inteligencia de una minoría de individuos brillantes, tenaces, inteligentes, corajudos y bellos. Meritorios, en fin.

 

En el dogma de Rand pensar en los otros equivale a sacrificar la propia vida. No vale la pena. Quien ayuda a otro o se preocupa por él lo daña, sostenía esta filósofa, le dice que es incapaz de velar por sí mismo y, además, se entromete en una vida ajena. Lo mismo, según su argumento, hace el Estado cuando dicta leyes, las hace cumplir, cobra impuestos o arbitra la vida de una comunidad para resguardo del bien común. Rand exponía sus argumentos de una manera sencilla, elemental, furibunda y desvergonzada. Les decía a los egoístas recalcitrantes que está muy bien ser así y que no está mal pensar en uno mismo y en el propio bien. Por supuesto que no lo está, siempre y cuando ello ocurra en un marco donde se recuerde que todos somos apenas parte de un todo que nos significa y confirma. Pero el egoísta ético no se caracteriza solo por pensar en sí (cosa que todo ser humano debe hacer como principio elemental de supervivencia), sino por su incapacidad terminal de pensar en el otro, de registrarlo y reconocerlo, de percibir que le es necesario para su propia existencia (incluso para su propia existencia egoísta). En el egoísmo ético muchos valores sobran, estorban, perjudican al “más apto”, al “más fuerte”, al “mejor”.

 

Si donde Rand, fiel a sus ideas, escribe capitalismo, se leyera “nacionalsocialismo”, y donde dice “los más aptos, creativos e individualistas”, se leyera “arios”, “raza superior” y cosas parecidas, asomarse a sus libros provocaría cierto escalofrío. Ayn Rand (muerta en 1982) contó en su momento, y cuenta todavía, con legiones de seguidores, buena parte de los cuales están entre quienes tienen poder económico y político (el presidente Macri, sin ir más lejos, mencionó alguna vez a La rebelión de Atlas como su lectura favorita) o entre quienes aspiran a tenerlo. También entre quienes creen que el mundo sería extraordinario si no fuera porque existen los demás y sus necesidades.

 

En estos días un corto publicitario de General Motors activó las ideas de Raynd (mostrándolas como novedad propia, con un lenguaje ampuloso y pueril, como el de su autora original) para presentar el modelo Cruze de Chevrolet. Un coche, parece, solo para “meritócratas”. Es decir, para seres especiales, ajenos a la chusma de esforzados ciudadanos arrasados por minucias como la inflación desbocada, los aumentos salvajes, la angustia por el futuro y la negritud del horizonte de sus hijos. No es para gente que trabaja doce horas ni que ve morir sus sueños y proyectos porque todo, desde la suerte a las regulaciones, se les pone en contra, mientras se consume el tiempo de sus vidas y mientras tecnócratas teóricos, divorciados de la realidad, le explican por qué el dolor de hoy será el goce de mañana.

 

En el corto de Chevrolet las personas no parecen tales sino muñecos de siliconas, prototipos de una raza superior, y los escenarios semejan salidos de Un mundo feliz (la distopía imaginada por Aldous Huxley en 1931, mundo carente de dolor, frustración, deseo y vida). En su Introducción a la filosofía moral, James Rachels (1941-2003) recuerda que el egoísmo ético no responde a preguntas como ¿quién decide el mérito? y ¿qué me hace tan especial? Y apunta: “Al no contestar estas preguntas, resulta que es una doctrina arbitraria, como lo es el racismo”. En este caso es también egoísmo rodante.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Reflexiones sobre la riqueza y la pobreza

Por Gabriel Boragina. Publicado el 28/5/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/05/reflexiones-sobre-la-riqueza-y-la.html

 

La riqueza es una noción abstracta, que para qué cobre sentido necesita ser particularizada, es decir debe convertirse en relativa. Por ejemplo: Si A tiene dos trajes y B tiene uno, se dirá que A es ” más “rico”” que B. Pero si C tiene un gabán, para saber si C es “más o menos rico” que A y que B, necesitaríamos conocer qué valor le dan A, B y C a los trajes y los gabanes, cosa que ningún tercero ajeno a ellos es capaz de determinar a priori, habida cuenta que el valor es subjetivo y no objetivo. La cuestión se complica aún más –y resulta cada vez menos definida- si pasamos del rubro del vestido al de la alimentación, vivienda, recreación, trabajo, etc. En suma, hablar de la “riqueza” y de la “pobreza” en abstracto y como significaciones absolutas es una pérdida de tiempo y siempre lleva a juicios y conclusiones erróneas.
No hay pues “un” concepto de riqueza o pobreza “objetivo”, sino muchas concepciones de naturaleza -todas ellas- “subjetiva”. Esto implica que personas que podemos -desde nuestro propio punto de vista- calificar de “ricas” o “pobres”, podrían no compartir nuestra apreciación.
Muchos son los individuos que no ambicionan posesiones materiales y -sin embargo- se consideran a sí mismos ricos. De análoga manera, gente que -desde la opinión de un tercero- abunda en peculio puede pensarse a sí misma “pobre”. En este sentido, no hay un único criterio, ni menos aun “objetivo” que pueda determinar quien es “rico” o “pobre”.
Esto no quiere decir que cuantitativamente puede calificarse un patrimonio cualquiera como “rico” o “pobre”, pero nada nos dirá sobre la cualificación del mismo. Es decir, cualitativamente los respectivos titulares de esos patrimonios pueden -como señalamos arriba- no coincidir con la etiqueta de “riqueza” o “pobreza” que terceros les asignen. Incluso esos terceros también pueden no estar de acuerdo entre ellos al respecto. Es por eso que autores como Alberto Benegas Lynch (h) afirmen -con acierto- que pobreza y riqueza son términos relativos y que todos somos “ricos” o “pobres” dependiendo de con quienes nos comparemos.
Dado que resulta imposible determinar siquiera aproximadamente quienes son “ricos” o “pobres”, lo mejor que puede hacerse es dejar a la gente en la más completa y absoluta libertad para que ella decida qué quiere o no poseer, cuánto quiere o no ganar, por cuánto tiempo, en qué lugares y en qué condiciones. Nadie mejor que uno mismo (y cada uno) para decidir sobre estas y demás cuestiones. Es por esta razón que la libertad está por encima de cualquier noción de “riqueza” o de “pobreza”, porque sencillamente resulta imposible para nosotros saber qué es “lo mejor” para los demás. Cualquier cosa que pensemos al respecto no será más que nuestra propia apreciación subjetiva acerca de lo que nos parece a nosotros “óptimo” para los demás. Pero esto es en absoluto irrelevante, desde el momento en que no tenemos forma de saber qué es lo que los demás piensan y desean para sí mismos como “lo mejor”.
Ni siquiera podemos tener certeza de que es “lo bueno” para “los demás”, ni aun cuando esos “demás” nos lo manifiesten verbalmente, por la simple razón de que podrían estar mintiéndonos al respecto o, en el mejor de los casos, ser ellos víctimas de un error o confusión en relación a sus objetivos. O, más sencillamente, el sujeto en cuestión carece de la información suficiente como para saber qué es “lo mejor” para él, o -aun teniendo esa información- no posee los medios para lograr el objetivo deseado. En fin, las variables son muchísimas, y lo único cierto respecto de ellas es que no podemos conocerlas todas, ni siquiera para nuestros propios fines y necesidades como individuos.
Sin embargo, muy a menudo, la gente procede como si supiera con absoluta certeza qué es lo que los demás “realmente necesitan”, y la mayoría de las veces supone que “lo mejor para los demás” pueden ser dos de estas cosas: o exactamente lo mismo que para ella, o algo menos que para ella, ya sea en cantidad o en calidad. Raramente encontraremos a alguien que esté convencido que lo que otros “realmente necesitan” sea algo más que lo que esa persona posea, siempre y cuando no se trate de un familiar, como -por ejemplo- un padre o madre respecto de sus hijos, ya que -en estos casos- suele ser habitual que los padres deseen para sus hijos mayor y mejor fortuna que la que ellos lograron (aunque también en este punto frecuenta haber excepciones). Pero -como decíamos- salvo esta última observación, el promedio de la gente quiere para los demás lo mismo o menos de lo mismo que esa gente posee.
En este punto, el discurso de la mayoría acostumbra ser fuertemente declamativo. No hay -prácticamente- quien no diga que quiere que los “pobres” tengan más de lo que tienen, o que posean “lo suficiente para cubrir sus necesidades”, pero muy escasamente quienes así se pronuncian estén dispuestos a darles a esos “pobres” (que generalmente nunca particularizan y sólo se refieren a ellos como una masa o globalidad) algo de sus propios recursos. Y es muy usual que quienes más fuertemente dictan que “se ayude” a los “pobres” sean quienes menos se encuentran personalmente proclives a hacerlo, aun cuando cuenten con los medios suficientes para ello. No es casual, tampoco, que muchas de las personas que así hablan o escriben lo hagan posicionados desde posturas de izquierda, progresistas, socialistas, populistas, en suma, colectivistas. Más allá de cualquier discurso (encendido o no) el análisis revelador de tales ideologías siempre se descubre a través de la observación del actuar de esas personas que, como hemos dejado señalado, reitera orientarse en sentido opuesto al de sus palabras, denotando un rotundo contraste entre su decir y su proceder.
Contrariamente, es mucho más frecuente que las personas que verdaderamente ayudan a los más necesitados, no solamente no se sientan identificadas con tales ideologías, sino que efectúen sus obras benéficas en el más completo anonimato.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El nuevo decálogo de la política exterior de Brasil

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 26/5/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1902513-el-nuevo-decalogo-de-la-politica-exterior-de-brasil

 

El gabinete del presidente interino de Brasil, Michel Temer, está compuesto de pesos pesados. De primeras figuras, esto es de aquellas que generan confianza y respeto inmediatos por su propia presencia y envergadura. Uno de ellos es José Serra. Un hombre de largo tránsito por el escenario grande de la política del país vecino. Milita en el Partido de la Social Democracia Brasileña, junto a Fernando Henrique Cardoso. Serra ha sido, desde 1986, sucesivamente, diputado, senador, ministro de planificación, ministro de salud y gobernador del poderoso estado de San Pablo. Además, candidato presidencial, perdedor en 2002 y en 2010.

En un discurso pronunciado el 18 de mayo pasado al tiempo de asumir las responsabilidades propias de la cartera de relaciones exteriores de Brasil, José Serra, definió las diez prioridades de la política exterior que implementará el nuevo gobierno.

Por la importancia que cabe asignar al Brasil en nuestro propio escenario de política exterior, es oportuno descifrar su mensaje, para tenerlo en cuenta en los tiempos que vienen cuando -seguramente en compañía de Brasil- la región se alejará -paso a paso- de lo que ha sido una frustrante década pérdida, exasperantemente llena de retórica vacía, plasmada en un discurso único agresivo y de corte bolivariano. Fuertemente ideologizado entonces, y con una frustrante partitura entonada en común, escrita con una participación decisiva y permanente de Caracas y La Habana. Acompañada, lamentablemente, de silencios inexplicables en materia de defensa de la democracia y de las libertades civiles y políticas de nuestros pueblos. De aquellos que, por lo que significan, nos avergüenzan.

Veamos, uno a uno, los diez “mandamientos” que fueran expresados por José Serra

El primero se refiere a la sustancia de la diplomacia brasileña. A su eje principal. La definición central básica de José Serra es: “Primero Brasil”. La marcha de la diplomacia brasileña deberá entonces edificarse, de manera transparente e intransigente, sobre los valores legítimos de la sociedad brasileña. Los propios. Y sobre los intereses de su economía. Al servicio de Brasil y no más de conveniencias o preferencias ideológicas de algún partido político o de sus aliados en el exterior. Como ocurriera en tiempos de Marco Aurelio García y del PT. Todo un cambio profundo de rumbo. Muy distinto al de los tiempos bolivarianos, con una definición inequívoca de la nueva prioridad: Brasil. Lo fundamental, para Serra, es el Estado y la nación, no los gobiernos, ni jamás un partido político. El mensaje implícito hacia Mercosur y Unasur parece claro. Y, a tenor de la extrema dureza de José Serra con el cuestionado secretario general de esa entidad, el bolivariano Ernesto Samper, no habrá de inicio, cabe anticipar, mucho margen para las coincidencias.

El segundo mandamiento es también muy fuerte. Brasil estará atenta (no pasiva) en la defensa de la democracia, de las libertades y de los derechos humanos en cualquier país y ante cualquier régimen político. Lo hará siempre en consonancia con los tratados internacionales y respetando el principio de “no injerencia”.

El tercero, a su vez, tiene que ver con el anuncio de que Brasil asumirá un rol activo en la defensa del medio ambiente. Proactivo y pionero, a estar a los dichos específicos de José Serra. En busca de recuperar liderazgos extraviados.

El cuarto se refiera a la actuación futura de Brasil en los foros internacionales, tanto en los globales, como en los regionales. En ese particular universo, Brasil desarrollará una acción constructiva en favor de la solución pacífica de las controversias internacionales y procurará la adecuación de las estructuras institucionales a las nuevas realidades y desafíos en el mundo actual. Con prudencia e inteligencia, Serra no se refirió específicamente a la ambición brasileña de ocupar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lo que, cuidado, no supone necesariamente un cambio de posición. En este capítulo incluyó sin embargo una mención expresa a la prioridad que Brasil asigna a todo lo financiero y a lo comercial, notoriamente preocupado por la que calificó gráficamente de “galopante” contracción del comercio internacional.

El quinto postulado enunciado por Serra se relaciona con la participación de Brasil en el comercio internacional, tema no menor para una nación que ha sido una de las más fuertes exportadoras del mundo. Para Serra, en lo inmediato Brasil debe diversificar sus esfuerzos y tratar de aprovechar la multiplicación de oportunidades que existe en el mundo, especialmente las que son bilaterales. No es sabio, dice, atarse a un único esfuerzo multilateral (el de la OMC) que está visiblemente empantanado y si lo es procurar, en cambio, abrir cada puerta comercial bilateral que existe o se abra. Sin dogmatismos y con pragmatismo. En procura de aprovechar todo. Con una mente y disposición abierta.

La sexta directiva tiene que ver con la urgencia de negociar los temas comerciales siempre desde la fortaleza que a Brasil le confiere el poder contar con un atractivo mercado doméstico, interesante para todos. Esto es, con auténtica reciprocidad de trato. Desde el realismo, entonces. Sin regalar nada a nadie.

La séptima definición de política exterior se refiera -específicamente- a nuestro país, la Argentina. Lo que no es menor, como reconocimiento de un vínculo especial. Aunque sea de corto plazo, en principio. Contiene un llamado a aprovechar lo que Serra llama sin disimulos: “coincidencias semejantes en materia de reorganización de la política y la economía”. Por ello nos propone una aventura, la de renovar -juntos- el Mercosur.Reformulándolo. Y fortaleciéndolo. Esto supone devolverle su esencia original: la de naturaleza comercial. Pero con un agregado significativo: el de construir también puentes con la Alianza del Pacífico, de modo que Sudamérica no esté más dividida entre las naciones de su oriente y las de su occidente. A lo que agrega la necesidad de incorporar (o, más bien, reincorporar) a México a nuestro andar común, de modo de no solamente aprovechar la complementariedad de las respectivas economías, sino también las coincidencias de visiones en lo internacional. Seguramente para contraponer el realismo a la ficción ilusionista bolivariana, que ha prevalecido en la región a lo largo de la última década.

La octava directiva pertenece también al capítulo comercial, sobre el que Serra pone un inequívoco acento. Propone ampliar y profundizar las relaciones con socios no tradicionales, como la Unión Europea, los Estados Unidos y Japón. Abrirse, en lugar de encerrarse. A lo que se suma enseguida la novena directriz, que tiene que ver con la necesidad complementaria de incrementar las relaciones comerciales y financieras con Asia, incluyendo naturalmente a sus dos gigantes: China y la India, muy especialmente. Pero también con África, que -nos recuerda Serra- ya no es “un continente que pide compasión”, sino uno que propone y procura intercambios económicos, tecnológicos e inversiones. En todos los casos, actuando con activismo e intensidad, nos propone Serra.

El último capítulo de su enumeración precisa de directivas, el décimo entonces, hace a la necesidad de mejorar la productividad y la competitividad de nuestras economías. Sin lo cual, nos dice Serra con toda razón, nuestros sectores productivos no podrán ser actores de peso y tener éxito en el complejo mundo actual. A lo que cabe sumar la necesidad de eliminar las distorsiones que aún nos perjudican comercialmente. Como son el exceso de burocracia; las trabas tributarias; y las deficiencias de nuestras infraestructuras, que están obsoletas. Para Serra, todo esto encarece en aproximadamente un 25% los precios de los productos que Brasil exporta concretamente.

Al completar su punzante alocución, Serra hizo algunas otras observaciones. Que eran de cajón. Como la necesidad de controlar mejor nuestras fronteras con los ojos y oídos puestos en el crimen organizado. O la de avanzar en la recuperación de la disminuida capacidad operativa de la respetada diplomacia de Itamaraty, saliendo para ello de la cansadora y frustrante “retórica exuberante” de la década pasada, para pasar a la eficiencia y la profesionalidad en la acción concreta.

Serra formula a su país una invitación a mejorar la acción concreta; a integrarse más al mundo; a no encerrarse en sí mismo; a diversificar los esfuerzos comerciales; a tener iniciativa y buscar resultados que puedan cuantificarse; y a aumentar su presencia en el mundo. Y nos invita especialmente a acompañarlo en la acción regional. Es cierto, respecto de nuestro país, hay en la plática de Serra una invitación puntual a trabajar juntos en lo inmediato, por cercanía y peso específico y sobretodo porque -en la nueva etapa que se ha iniciado- compartimos el modo de ver al mundo. Como ocurriera en otros tiempos.

Lo cierto es que, tanto en el corto plazo como en el largo, la Argentina y Brasil se necesitan recíprocamente. Son socios naturales y es tiempo de esforzarse en tratar de maximizar lo que debe lograrse con esa relación cercana, para lanzarnos a crecer juntos, con el objetivo permanente de mejorar los niveles de vida de nuestros dos pueblos.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

La política económica y la grieta

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/5/16 en: http://economiaparatodos.net/la-politica-economica-y-la-grieta/

 

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico

Hace rato que se viene hablando de la grieta, palabra que entiendo quiere significar que estamos divididos entre argentinos k y argentinos no k.

En rigor no es la primera vez que en nuestro país se produce este tipo de divisiones feroces, ya en el siglo XIX estuvo el famoso unitarios versus federales. A mitad de siglo XX Perón, con su política fascista dividió a los argentinos diciendo que unos eran pobres porque otros eran ricos. Lo que se olvidó de decir es que muchos de los nuevos ricos habían hecho plata con la corrupción de los gastos estatales. Perón dividió a la sociedad al punto de gritar desde el balcón 5×1 y vamos a distribuir &”alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos&”. Como puede verse, el hombre no se andaba con muchas vueltas. Era un “pacificador” nato.

Tampoco el Perón del 73, viejo y cansado, vino con mucho espíritu de pacificación. Desde el exilio él había contribuido a dividir a la sociedad estimulando las andanzas de los terroristas. Claro que cuando llegó a la Argentina y vio que los terroristas querían coparle el PJ buscó frenarlos. Pero los terroristas le asesinaron a su amigo Rucci y se desató el pandemónium de la violencia con la Triple A comandada por López Rega que perseguía a los terroristas y los terroristas que tiraban bombas y mataban gente por doquier. Una vez más el peronismo dividía a la sociedad con altos grados de violencia.

Ya de entrada, cuando Perón volvió al país, se produjo un enfrentamiento a los tiros en Ezeiza entre diferentes sectores del peronismo. El ala fascista contra el ala zurda. Hubo varios muertos en los bosques de Ezeiza ese día.

El kirchnerismo no hizo otra cosa que seguir con esa división de la sociedad buscando culpables imaginarios para señalarlos como los responsables de la pobreza de la gente, pobreza que en rigor era producto de las políticas populistas aplicadas por ellos que generaban un tsunami de destrucción del stock de capital produciendo desocupación, caída de la productividad, pobreza, indigencia y desocupación. Hoy se ve con toda claridad como esas políticas populistas no son otra cosa que una cortina de humo para esconder, en el caso del kirchnerismo, uno de los mayores latrocinios de la historia Argentina.

Pero desde la instauración del populismo en Argentina, con Perón a la cabeza, lo que hoy llamamos grieta, ya existía como resultado de la política económica que se viene aplicando desde hace décadas. Es una política económica que, por definición, lleva a la famosa grieta o al enfrentamiento social.

Es que se ha instaurado en Argentina una política económica por la cual uno sector solo puede avanzar a costa de otro sector de la sociedad. Sectores empresariales utilizan al estado para que cierre la economía y así tener una renta extraordinaria vendiendo productos de mala calidad y a precios descomunales. Para que los dirigentes sindicales no protesten, entonces el estado establece salarios mínimos imposibles de pagar y una serie de beneficios “sociales”.

En Argentina un sector de la sociedad no logra avanzar económicamente gracias a que produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad, sino que logra avanzar consiguiendo que el estado les quite a otros para darme a mí. Las reglas de juego son muy claras. Yo le pido al estado que use el monopolio de la fuerza para quitarle su riqueza o su ingreso a otro sector, me lo de a mí en nombre de la justicia social y mediante una ley del Congreso para darle un aspecto legal al robo. El sector perjudicado reacciona y entonces el estado utiliza el monopolio de la fuerza para quitarle a un tercer sector y  transferirle el producto del robo legalizado al sector perjudicado que me transfiere a mí. Y luego el tercer sector protesta, con lo cual el estado lo “conforma” con alguna ley social que le quita a un cuarto sector su ingreso para dárselo al tercero. En definitiva, es una lucha de todos contra todos. El conflicto social es permanente y ahí se produce la grieta social o el enfrentamiento social.

Con este esquema económico, que los argentinos venimos aplicando desde hace décadas, siempre hay enfrentamientos, recelos, conflictividad en la sociedad. Unos ganan y otros pierden y, dependiendo del momento y las circunstancias, en determinados momentos a algunos les toca perder más que a otros.

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico que conduce al conflicto social permanente y al enfrentamiento de la sociedad. Es el sistema económico populista el que produce la brecha.

Por eso hay que pasar de este sistema populista, a la cooperación libre y voluntaria por la cual un sector solo puede mejorar si produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad. Mi mayor ingreso deja de depender de que el estado le robe su ingreso a otro y comienza a depender de mi capacidad para producir algo que beneficia a los demás.

La brecha no la inventaron los k. Los k ampliaron la brecha hasta llevarla niveles insoportables. Pero la brecha va a seguir existiendo mientras tengamos este sistema de robo legalizado por el cual todos quieren usar al estado para robarle a otros sectores el fruto de su trabajo en nombre de la justicia social y de las políticas estatales solidarias.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

LA OBSESIÓN REGLAMENTARISTA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 29/5/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/05/la-obsesion-reglamentarista.html

 

La semana pasada leí una noticia según la cual la asociación o lo que fuere de hoteleros protestaba contra las casas de familia que ofrecen alojamiento “sin las exijencias correpondientes” o algo por el estilo.

La noticia refleja una mentalidad que se ha hecho carne en Argentina (y tal vez en el mundo) como parte de nuestro obsesivo estatismo cultural.

Esto surge nuevamente de no tener conciencia de lo significan los derechos individuales a la propiedad, libertad de cultos, de enseñanza, de tránsito, etc.

Toda persona tiene derecho a ejercer todas las actividades que emanen de esos derechos mientras no atente contra derechos de terceros. Eso significa que es admisible un código penal que a posteriori de una acción determine que la acción es delictiva si atenta contra la vida, propiedad o libertad, pero no antes. Esto es, la clave de la cuestión es la diferencia hayekiana (pero, claro, no vaya a ser que lean a Hayek, no?) entre derecho y legislación. En la Constitución deben estar reconocidos los derechos, pero estos NO deben tener legilaciones a priori, sino en todo caso a posteriori de la acción realizada, para custodiarlos, no para impedirlos.

Por lo tanto, cuando los argentinos, en general, dicen “debería haber una ley” no se dan cuenta de que están cercenando a priori actividades en sí mismas conformes al derecho natural. Si quiero poner una escuela en el living de mi casa, si quiero ejercer la medicina, si quiero alojar gente en habitaciones disponibles, si quiero llevar gente en mi auto y cobrar por ello, si quiero poner un kiosko en la ventana de mi casa, si quiero abrir un taller en el garage de mi casa, etc. etc. etc. etc., NO estoy atentando contra derechos de terceros a menos que se demuestre a posteriori lo contrario, con todo el debido proceso necesario.

Por ende, si afecto a alguien, para eso hay un código penal, a posteriori de la acción, no antes.

Pero no, se supone que el endiosado e idolatrado “estado”, debe estar allí para “protejernos”. No se adverite tampoco en ese caso la diferencia entre aconsejar y coaccionar. Yo puedo aconsejar a alguien ponerse el cinturón de seguridad, pero, ¿por qué coaccionarlo? ¿Porque su vida está en peligro? Bien, yo creo que la vida espiritual de la gente está en peligro si no se toman en serio a Dios, pero no dudo en absoluto de la libertad religiosa, porque no se debe coaccionar la conciencia, sino dialogar con ella. Toda la obsesión reglamentarista surge de la razón instrumental del Iluminismo, denunciada como constructivismo por Hayek, pero, claro, para colmo ello es consiedarado “liberalismo”.

Los argentinos están tan envueltos en esta mentalidad que han desarrollado una doble moral sin darse cuenta. En general no cumplen las reglamentaciones pero las piden. Hacen miles de trampitas para evitar los reglamentos pero los consideran buenos. Hacen contrabando pero creen que está mal. Con lo cual es imposible que desarrollen la genuina resistencia pacífica ante la opresión, porque la opresión la viven como correcta aunque se las arreglan para evitar esa “correcta opresión” por izquierda.  Quedé atónito una vez que le expliqué a un director de un colegio privado la necesidad legal de que el estado no fijara los planes y programas de estudio y me desestimó el tema diciéndome que ellos se las arreglaban perfectamente para violar los reglamentos y que por lo tanto “no había problema”. No advertía el tan argentino sujeto que el problema era precisamente que no tenía conciencia de que lo que él hacía por izquierda era un derecho que él NO reclamaba porque pensaba que la solución era hacer las cosas por izquierda. Por eso los argentinos se rien de cómo los anglosajones se toman la ley: en serio. Claro, por eso el estatismo en ellos es más peligroso, pero la solución no es la viveza criolla sino sencillamente el liberalismo clásico, que es justamente de origen anglosajón.

Pero blanquear NO es que los “no-reglamentados”, que los informales, pasen a cumplir los infinitos reglamentos de los que están en los sistemas formales, ya sea educativos, comerciales, etc. Significa ELIMINAR los reglamentos, legislaciones y organismos que impiden el desarrollo de los derechos individuales.

Los tan argentinos taxistas que protestan contra los uber tienen un punto: ¿es justo que ellos cumplan con todas las reglamentaciones municipales y los uber no? No, claro, no es justo, pero de allí concluyen que los uber deben cumplir con los mismos reglamentos. Ni se les pasa por la cabeza que debería desaparecer TODA reglamentación para llevar y traer gente. Lo conforme al derecho natural es que todos sean libres como los uber y NO esclavos como los taxistas. Y eso, mutatis mutandis, en todo.

El argentino ha desarrollado una palabra para esa confusión mental. Lo que no es reglamentado es “trucho”. La pura verdad es que lo trucho es lo libre mientras que lo reglamentado es la esclavitud.

En economía esto es particularmente cruel para los más indigentes. Estos últimos desarrollan todo tipo de actividades sin pasar por las exigencias formales, y los crueles mecanismos de inspección los toleran, en general, “porque son pobres”. Son pobres precisamente porque esa economía informal tiene un límite del cual no pueden pasar. No tienen los recursos ni los “contactos” para pasar a la formalidad, pero si NO existieran esos reglamentos, comenzarían vendiendo chipas en una estación de tren y terminarían luego con una pyme y luego con una gran empresa (lejos de ser una utopía, ESO FUE la Argentina, no?). Pero no, eso ya es imposible para ellos y en general para muchos. Hernando de Soto mostró qué cantidad de trámites eran necesarios para poner una humilde empresa de costura de ropa, en Perú, “legalmente”. El resultado fueron 600 metros de hojas de impresión de computadora. Mejor no adjetivizo. La cuestión NO es exigir el cumplimiento de esos 600 metros, sino eliminarlos, como se eliminó el Muro de Berlín.

Por supuesto, decir todo esto en otras áreas, como educación, es más lunático aún. Pero hay que instalar el tema. Es incluso una cuestión de misericordia. Se me parte el alma al contemplar diariamente los vendedores ambulantes en los trenes, que seguirán en esa situación casi eternamnte, por el subdesarrollo producido por décadas de estatismo pero sobre todo por el reglamentarismo. “Abrir la econonía” NO es sólo privatizar empresas estatales sino ELIMINAR totalmente todas las reglamentaciones que impiden a cualquier ciudadano, y sobre todo a los más pobres, salir adelante desarrollando su espíritu empresarial.

 

Bien, estoy un poco cansado y voy a descansar algo. Por suerte aún no hay reglamentos para las siestas de los Sábados.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Mientras haya déficit, habrá inflación

Por Martín Krause. Publicada el 23/5/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1901436-mientras-haya-deficit-habra-inflacion

 

Muchos argentinos decidieron dejar de lado el relato de los últimos doce años y cambiar. Con el regreso a la actividad política de la ex presidente, muchos se han preguntado de qué magnitud ha sido ese cambio y cómo es que algunos siguen atados a tal relato pese a las noticias, sobre todo judiciales, que leemos a diario.

En efecto, en algunos temas el relato estatista y populista sigue tan vivo como siempre, entre otras cosas porque presenta explicaciones simples que apelan más a las pasiones que a las razones. Esto se refleja en una cuestión tan acuciante como la inflación. Desde el escolástico de la Escuela de Salamanca Juan de Mariana o el escocés David Hume, la ciencia económica ha comprendido la relación que existe entre el crecimiento de la oferta de dinero más allá de su demanda y el aumento generalizado de los precios. Mariana observaba entonces el fenómeno debido al ingreso a España de metales provenientes de América.

El relato populista sostiene que la causa de la inflación no es la emisión monetaria, sino la “puja distributiva“: distintos sectores de la sociedad pujan por subir sus ingresos vía mejoras de sus precios y esto desata una espiral inflacionaria. Los empresarios aumentan sus precios, luego los sindicatos buscan aumentar los salarios y así sucesivamente. El Estado se ve forzado a convalidar esos nuevos precios con una mayor cantidad de moneda para que se realicen todas las transacciones y no caiga la actividad económica. A la luz de lo que ocurrió estos últimos meses, esta explicación pareciera tener cierto sentido.

Esta explicación cae como anillo al dedo a la visión estatista porque, según ella, el Estado no es el causante de la inflación. Es más: debe intervenir en ese proceso a través de una “política de ingresos” para intermediar en la puja o para aplacarla. Y le permite también echar la culpa de la inflación a otros. Y conviene echársela a los empresarios o, en particular, a los supermercados, ya que son pocos en comparación con los votos que pueden obtenerse de los asalariados y el conjunto de los consumidores.

Sin embargo, es falsa. Si cuando los empresarios suben sus precios el Estado no emitiera más moneda, los consumidores no tendrían con qué pagarlos y los precios bajarían. Es decir, aun si hubiera tal puja, sin emisión monetaria, si unos precios suben otros han de bajar: no hay moneda para todos. Otras cuestiones serían: ¿y en todos los países donde no hay inflación acaso no hay puja distributiva? O ¿qué es lo que tienen todos los bienes y servicios en común para que todos aumenten al mismo tiempo, en lugar de algo más normal, como que unos suban y otros bajen? Respuesta: la moneda; es ésta la que está perdiendo valor.

Los estatistas contraatacarían: “Vean Estados Unidos, han emitido grandes cantidades y no hay inflación”. Correcto. Pero es necesario afinar el análisis. No hay un vínculo directo entre la cantidad de moneda emitida y todos los precios. Por un lado, tenemos lademanda de dinero: puede haber situaciones donde la autoridad monetaria emita pero aumente la demanda de dinero, o aumente la producción de bienes y servicios cuyas transacciones requieren utilizar más dinero. Por otro lado, no todos los precios aumentan al mismo tiempo y en la misma proporción. Lo que sucede en Estados Unidos es que ese aumento de la oferta monetaria ha terminado en un aumento de las reservas de los bancos, reacios a prestar luego de la crisis (es decir, aumento de la demanda de dinero) y, por otro, que el índice de precios al que normalmente suponemos mide la inflación no mide los precios de todos los bienes. Tal vez los que están en el índice no aumenten pero otros sí lo hagan (a esto le llamamos “burbujas”). O tal vez los precios deberían estar cayendo y la emisión monetaria genere inflación porque impide que caigan.

Lo cierto es que la inflación es claramente un fenómeno monetario. Y en el caso argentino su explicación es relativamente simple: el Estado gasta de más (aquí sí podemos hablar de puja o “piñata” distributiva, porque todos los sectores quieren más gastos, subsidios, etc.), luego emite para pagar sus gastos, ese dinero sale a la calle a través de los pagos que el Estado realiza y quienes los reciben salen a su vez a gastar o, tal vez, alguno ahorre o compre dólares.

Tan simple como eso, o no tanto. Los argentinos hemos vivido con grandes déficits fiscalesalta inflación y hasta hiperinflación durante décadas. La mayoría hemos nacido y vivido en tiempos inflacionarios. Y así y todo nos cuesta entenderlo. Hemos dicho “basta de dictaduras”, “basta de violaciones de derechos humanos”, pero no logramos comprender las causas para decir “basta de déficit fiscal” y, por ende, basta de inflación. No le saltamos a la yugular de un gobierno cuando tiene déficit de la misma forma en que lo haríamos si descubriéramos que es corrupto o que hace fraude.

Tan fuerte es nuestra creencia en la versión popular de la teoría de la puja distributiva que demandamos permanentemente que el gobierno haga algo para detener la suba de los precios. Hace poco, un funcionario era entrevistado en un programa de televisión y la periodista le preguntaba: “¿Están tomando alguna medida concreta para detener la suba de los precios?”. El funcionario comenzaba a argumentar que se buscaba arreglar el tema de los holdouts para poder tomar deuda y cubrir el déficit, así reducir la emisión monetaria y, por lo tanto… Y la periodista insistía: “Pero, dígame una medida concreta para hacer frente a la inflación”. Y así más de una vez.

Obviamente, o la periodista quiere reflejar la opinión popular al respecto o no sabe nada de la relación entre emisión monetaria y precios. Entonces, si tenemos votantes que compran la versión barata de la teoría (la culpa es del carnicero) y eventualmente pueden llegar a votar en consecuencia, el Gobierno responde a eso. Se vuelve supermercadista: vamos a crear unos 50 mercados que tendrán precios “cuidados”, no descuidados, confirmando entonces que la versión populista de la inflación ha de tener razón, o algo, aunque estén actuando desde la otra perspectiva. Vamos a multiplicar estos planes sociales, etc. ¿De dónde va a salir el dinero para todo eso, teniendo en cuenta que el mismo gobierno ha señalado que hereda un déficit fiscal de más de 5 puntos del PBI? No niego la necesidad coyuntural de alguna de estas acciones, pero tampoco hay que negar que ese mayor gasto o se cubre con más emisión y, por ende, más inflación, o se cubre con más deuda.

La emisión monetaria y la deuda son dos cosas poco visibles para el votante. Éste observa los precios, que afectan directamente su presupuesto. La emisión y la deuda son cosas algo lejanas. Y los gobiernos argentinos oscilan entre una y otra cosa, llevándonos ya sea a la híper o al default, o moviéndonos en la dirección de uno o el otro.

Así seguiremos, en tanto no se derrumbe el mito del Estado paternalista al que le pedimos de todo, para luego desentendernos de cómo se paga. No me cobren impuestos porque no me gusta, pero adelante con la emisión o la deuda, que no noto que las pague a menos que genere una crisis. El populismo argentino ha alimentado las dos variantes.

Estamos saliendo de la versión inflacionista, ¿para reingresar en la versión deudora? ¿O será esto algo pasajero para salir del mal momento heredado? No hay límites institucionales, o legales, ni para uno ni para otro caso. En definitiva, dependerá de los argentinos y cuán dispuestos estemos a dejar atrás un relato que lleva ya varias décadas.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

La depresión olvidada

Por Iván Carrino. Publicado el 26/5/16 en: https://igdigital.com/2016/05/la-depresion-olvidada/

 

El lunes de esta semana estaba almorzando en las oficinas de Inversor Global con Diego Martínez Burzaco, Nery Persichini y Sebastián Maril. Dado que Sebastián es un minucioso observador de la realidad política norteamericana, el tema de debate era si la presidencia de George W. Bush había sido austera, o no, en términos fiscales. A renglón seguido, comenzamos a hablar de si la salida a la crisis de 2008-09 se había producido gracias al megaestímulo fiscal lanzado por Bush y Obama, o si ésta sucedió a pesar de él.

Depresión

Como muchos sabrán, si bien se asocia a la ortodoxia económica con posiciones liberales, de desregulación y poca participación del estado en la economía, lo cierto es que hoy en día impera una nueva ortodoxia, la keynesiana, que prescribe el accionar del estado para superar casi cualquier problema económico con el que nos encontremos. En el caso de las crisis, la receta es sencilla, mucho gasto público, si es deficitario mejor, y una buena dosis de emisión monetaria.

Si la economía no se reactiva, entonces volver a probar, esta vez con mayores dosis.

El pensamiento keynesiano está tan extendido que incluso en una economía como la Argentina, en recesión y con elevados niveles de inflación, desde el gobierno y la oposición proponen que el estado salga a gastar (¡más todavía!). La idea es mover la obra pública y que esto dé impulso al consumo y la actividad económica.

La charla y la reflexión sobre estos temas me llevó a pensar en lo que Jim Grant llamó “La Depresión Olvidada”, un caso de estudio que refuta la falacia keynesiana y que ocurrió no hace mucho, en un país llamado Estados Unidos.

En su monumental obra “Economics and the Public Welfare”, el economista norteamericano Benjamin Anderson también había hecho referencia a esta situación.

Luego de terminada la guerra, el enorme gasto y el déficit en que se había incurrido habían generado un considerable aumento de los precios, fuerte aumento del nivel de empleo, y también burbujas en algunos sectores como el de las tierras agrícolas. Sin embargo, terminada la guerra, la ilusión de prosperidad llegó a su fin.

Según Anderson, en 1920 el nivel de precios mayoristas en Estados Unidos estaba 248% por encima de su nivel de 1913. Para agosto del año siguiente, el índice se había desplomado. Lo mismo sucedía a nivel minorista. El 3 de mayo de 1920 la tienda de John Wannamaker liquidó su stock de mercadería, ocasionando una caída del 20% en sus precios de venta.

El índice Dow Jones, que en octubre de 1919 había alcanzado un pico de 113,9 puntos, en diciembre del año siguiente se encontraba en 72,2, un descenso del 36,7%. Las firmas tenían problemas de liquidez, y también los bancos, y el desempleo creció con fuerza, afectando a 4,7 millones de personas.

Sin embargo, Anderson relata que la crisis fue rápidamente superada:

“… en el mes de agosto de 1921, comenzamos de nuevo. Para la primavera de 1923 habíamos alcanzado nuevos máximos en la producción industrial y teníamos escasez de mano de obra en muchas líneas”.

A los ojos de hoy, uno podría pensar que el gobierno emprendió una activa política para favorecer la recuperación, incrementando el gasto público, sancionando leyes para evitar el desempleo, cerrando la economía al comercio internacional y ofreciendo créditos blandos. Sin embargo, nada de esto sucedió.

Como explica Anderson, en 1920-21:

La idea de que un presupuesto desequilibrado con un enorme gasto público es un medio necesario para salir de una depresión no era considerada en absoluto. No se consideraba que fuera la función del gobierno inyectar dinero para generar actividad económica. En realidad, la responsabilidad del tesoro de los Estados Unidos era velar por la solvencia del gobierno, y la ayuda más grande que él sentía que podía darle a los negocios era reducir lo más posible la cantidad del gasto (…) para poder reducir los impuestos y la deuda pública

Y así sucedió. En 1920, el gasto público se redujo un 65%, pasando de USD 18.400 millones a USD 6.400 millones. Esto, sumado a la mejora de la recaudación, permitió equilibrar el presupuesto. Al año siguiente, el gasto volvió a reducirse, y también la recaudación gracias a la baja de impuestos. El superávit fiscal creció año tras año.

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El país del norte, a pesar de haber sufrido una caída del 6,3% en su ingreso per cápita en dos años, salió rápido de la mala situación. En 1922 el ingreso avanzó al 4,1% anual, mientras que en 1923 este se disparó hasta el 11,3%, inaugurando una racha alcista que no se frenaría hasta la llegada de la Gran Depresión.

Un mercado flexible, con capacidad de adaptarse a la adversidad, y un gobierno comprometido a tener unas finanzas sólidas y preservar el valor de la moneda (en ese momento ligada al Patrón Oro), fueron suficientes para que Estados Unidos supere la depresión de 1920-1921.

En Argentina deberíamos aprender esta lección, luego de haber probado y fracasado, una y otra vez, con la receta keynesiana e intervencionista.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.