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Periodismo carancho

Por Sergio Sinay: Publicado el 21/7/17 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2017/07/periodismo-carancho-por-sergio-sinay.html

 

Cuando la sangre, el dolor, el sufrimiento, las intimidades invadidas, el oportunismo alimentan a un periodismo narcisista, que necesita, además, de un público afín.

Mientras se discute cuántos años tiene el “Polaquito”, ese chico desquiciado que fue presentado en televisión como el enemigo público número uno, se siguen desnudando las miserias de una sociedad enferma. Y del periodismo que ella produce y fomenta. Los “Polaquitos” no nacen de repollos y, además de ser hijos de sus padres y madres, son paridos por una sociedad de la cual hace tiempo se ausentaron la empatía, la compasión, la noción y voluntad de sentido. Una sociedad que ya ni siquiera responde al tribalismo primitivo del “nosotros” vs. “ellos”. Es la sociedad del yo contra los demás, sin los demás. La sociedad del egoísmo y el narcisismo. Del consumismo devorador, donde preocupa más la economía que la moral. Un perfecto caldo de cultivo para “Polaquitos”. Después viene la hipocresía, la sorpresa y la indignación fingidas ante la evidencia de lo que la misma sociedad procreó.

En ese caldo se cuece también el periodismo carancho, el periodismo en donde la noticia no importa, en donde no se informa sino que se opera, en donde los periodistas son más importantes que la noticia. Si se diera un Oscar al periodismo carancho, el programa que presentó al “Polaquito” lo ganaría. Fue la expresión más consumada de algo que se ve todos los días en todos los noticieros, en programas farandulescos, en emisiones pseudoperiodísticas. Los caranchos sobrevuelan incansablemente el aire olfateando sangre, intimidades, sufrimientos, secretos. Se disfrazan de investigadores pero son acosadores, ladrones de privacidades, invasores de vidas y sentimientos ajenos. Con sus picos voraces escarban en las entrañas del sufrimiento. “¿Qué sintió al ver a su hijo muerto?”, le preguntan sin escrúpulos a la madre que llora sobre el cadáver de su vástago acribillado. “¿Por dónde te metió la mano, qué sentiste?”, interrogan sin vergüenza a la chica violada. No duermen, caranchean las veinticuatro horas. Siempre hay un crimen más para mostrar, otro tiroteo, otro chico abusado, otra esposa llorosa, otro casquete de bala, otro balazo en la puerta. Ese periodismo entra a la celda del peor criminal para entrevistarlo como a un amigo, como a un ídolo, lo escucha, le da tiempo, se compadece con él. Nunca una reflexión, jamás una idea, ni soñar con una frase bien dicha, con un vocabulario que respete las palabras.

 

Y si al gran megalómano le dicen que lo es y le ponen un espejo frente a la cara para que se vea reflejado, se ofende. Humilla. Saca a relucir galones, se ufana de haber inventado la profesión (que existe desde mucho antes y supo tener venerables cultores), se quiere fiscal de la patria, contamina el aire con insultos al que osó cuestionarlo, degrada el lenguaje (herramienta que debería honrar para ejercer la profesión). El rating sube. La ofensa vende. La intimidad invadida vende. La sangre vende. El periodismo carancho necesita de una sociedad que le ofrezca día a día material en descomposición. Y necesita todavía más de un público ansioso de ese material. Ni uno ni los otros se preguntan alguna vez: “¿Y si me tocará a mí?”.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

¿QUÉ ES EL MÉRITO?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Esta nota es para reflexionar con el lector en voz alta, pero antes de ir al tema de fondo me propongo hacer una introducción al efecto de preparar el camino para formular interrogantes un tanto detectivescos que dejamos para la últimas líneas de esta columna donde se expone la tesis que puede o no ser compartida, lo cual  en ningún caso elimina los razonamientos anteriores.

 

Cada uno de nosotros actúa por su interés personal. Esto es en realidad una perogrullada puesto que si no está en el interés personal del sujeto actuante ¿de quien es el interés? El acto puede ser sublime o ruin pero el interés de quien actúa en una u otra dirección está siempre presente, de lo contrario la acción no tendría lugar. Sin duda que en definitiva el resultado del acto podrá o no ser distinto de lo esperado pero eso es materia de otra cuestión.

 

Quien actúa es porque le satisface proceder de esa manera en lugar de hacerlo en otro sentido. Ese es el móvil. Y no es pertinente recurrir a la expresión “egoísmo” en este contexto ya que esto implica que el medio para satisfacerse nunca está fuera del ego, por ello es mejor utilizar el término “interés personal” puesto que es más abarcativo.

 

La Madre Teresa actuaba en su interés al cuidar a los leprosos y también lo hace el asaltante del banco. En un caso podremos decir que se trata de una buena persona puesto que su propósito es noble y en el otro concluimos que nos estamos refiriendo a un rufián.

Este andamiaje conceptual naturalmente se aplica al amor. Como he apuntado en otra ocasión es necesario precisar que el aspecto medular del amor implica trasmitir alimento para el alma que es lo más preciado del ser humano, sin duda que además de ello hay ayudas físicas y otras consideraciones que rodean el bienestar de las personas. Alimento del alma porque es lo que caracteriza la condición humana, esto es estados de conciencia o la mente que permiten el libre albedrío y distinguen a la persona de aspectos puramente materiales y configuran lo de mayor jerarquía. Los kilos de protoplasma no deciden ni hacen posible las ideas autogeneradas, la racionalidad, la argumentación, la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, la moralidad de los actos y la misma libertad. Los seres humanos no somos loros. El alma -la traducción de psique en griego- es lo más preciado del hombre y lo que lo separa de todas las otras especies conocidas.

La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se define en el contexto de un acto voluntario realizado con recursos propios sean estos crematísticos o de trasmisión de conocimientos para la aludida alimentación espiritual (depende de las circunstancias, se debate si en verdad es mejor “enseñar a pescar en lugar de regalar un pescado”)

En esta línea argumental,  Erich Fromm escribe en Man for Himslef  que “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo ni en la idea de que la virtud moral no equivale al interés personal, sino en el deterioro del significado del interés personal; no en el hecho de que la gente está demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma.

Es curioso pero en la interpretación convencional parecería que uno tiene que abdicar de uno mismolo cual constituye una traición grotesca a la maravilla de haber nacido. La primera obligación es con uno mismo y, además, si no hay amor propio no puede haber ningún tipo de amor hacia el prójimo. La persona que se odia a si misma es incapaz de amar a otro,  puesto que el amar al prójimo necesariamente debe proporcionar satisfacción al sujeto que ama.

Es sumamente interesante detenerse a meditar sobre la reflexión de Sto. Tomás de Aquino en la materia, así en la Suma Teológica afirma que “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a si mismo que al prójimo”.

En el amarás a tu prójimo como a ti mismo, la clave radica en el adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: que el amor sea igual, mayor o menor. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual no habría acción alguna puesto que para que exista acción debe haber preferencia, la indiferencia,  en este caso la igualdad de amor, no permite ningún acto. Si en un desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente,  se morirá de sed. Para no sucumbir debe preferir, esto es inclinarse más por una de las posibles variantes.

En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es mayor que el amor propio se estaría incurriendo en un sinsentido puesto que, como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y el punto de referencia es el interés personal lo cual define la acción que, por ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese cometido. En consecuencia es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo. Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: ese arrojo y esa decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo es un acto por él más valorado que cualquier otra acción altrernativa.

Es pertinente recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la Escuela Escocesa del siglo xviii, Adam Ferguson, quien en su History of Civil Society afirma que “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tienen deseos propios; apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a provocar el bienestar de otros”. Y esto se aplica también a “dar en caridad hasta que duela” puesto que para quien la lleva a cabo significa que el dolor del caso está en interés de quien entrega, nuevamente sea lo crematístico o el apostolado.

Otra expresión un tanto confusa y que además se traduce en una contradicción es la de “altruismo” si se la define con el ingrediente que señala el Diccionario de la Real Academia Española en cuanto a que consiste en la “complacencia en el bien ajeno aun a costa del propio”, materia que han explorado filósofos de fuste en distintas ocasiones. Hacer el bien a costa del propio bien hemos visto que resulta en un imposible puesto que quien hace el bien es porque prefiere esa conducta, es porque le hace bien, es porque le interesa proceder en esa dirección.

También es de gran importancia no confundir la autoestima con el narcisismo. Lo primero es esencial para actualizar las potencialidades de cada uno, es fundamental para construir la personalidad y para saber enfrentar a lo que puedan hacer o decir los demás, es vital para tener el valor de escuchar la propia conciencia y, consecuentemente, para la honestidad intelectual. En otros términos para evitar lo que escribió Alexis de Tocqueville en  La democracia en América: “El poder moral de la mayoría hace que internamente individuos se avergüencen de contradecirla que, en efecto, los silencian y ese silencio culmina con la paralización del pensamiento”.

Por su parte, el narcisismo bloquea por completo la posibilidad de prestar atención a reflexiones y consideraciones que no sean las propias, lo cual no toma en cuenta que el conocimiento conlleva la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones. Desafortunadamente a veces se confunde el narcisismo con el individualismo ya que este último término significa ni más ni menos el respeto a las autonomías de cada uno y para nada el aislacionismo, por el contrario, suscribe con entusiasmo la cooperación libre y voluntaria entre las personas. En cambio, son los socialismos o los llamados comunitarismos colectivistas los que son aislacionistas al trabar cada vínculo entre las personas, desde las tarifas aduaneras mal llamadas “proteccionistas” y las infinitas intervenciones de los aparatos estatales entre partes que actúan de modo legítimo.

El interés personal y la autoestima apuntan a la felicidad de cada uno que es el objeto último de todos. Nathaniel Branden en su notable libro titulado Honoring the Self  mantiene que “La barrera más grande a la felicidad es el sinsentido de sostener que la felicidad no constituye nuestro destino”. Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, explica que  “Es esencial para la felicidad que nuestra manera de vivir surja de nuestros impulsos más profundos y no de los gustos y deseos accidentales de los que son, por casualidad, nuestros vecinos o nuestros amigos”.

El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir aunque más no sea milimétricamente a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en el afán del propio mejoramiento sin darle descanso a renovados proyectos para el logro del noble propósito de que prime el respeto recíproco.

En resumen, no hay nada más sublime que el amor que tiene distintos grados de acercamiento y profundidad según sea el tipo de relación desde la establecida con los progenitores, la conyugal, la prole, alumnos, amigos y el vínculo con quienes necesitan ayuda en diversos planos, pero debe estarse muy en guardia de quienes alardean de “amor al prójimo” mientras proponen sistemas autoritarios que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio. También, como consigna Tibor Machan en su obra titulada Generosity,“Un acto de generosidad requiere como primer requisito la propiedad privada”, puesto que la beneficencia y la solidaridad requiere la entrega de lo que pertenece al donante, entregar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno es un asalto aunque pueda ser legal.

Ahora bien, dicho todo esto nos preguntamos ¿tiene realmente mérito aquél que procede de acuerdo a su interés personal? ¿aquél que en otros términos necesita y le hace bien actuar como actúa? ¿O el mérito consiste en la etapa anterior al acto -y mucho mérito, meditaciones que, además, en paralelo, hay que mantener y renovar en el tiempo- cuando el sujeto actuante se preocupó y ocupó de formarse en valores nobles al efecto de proceder en consecuencia? No quiero sobresimplificar, pero si alguien quiere comerse una papa no parece que hubiera mérito en que se la engulla o, si se quiere zafar de la disyuntiva fisiología-mente, si alguien quiere jugar al ajedrez y juega, ese hecho no aparenta ser meritorio. Y esto nada tiene que ver con el determinismo físico (sobre lo que he escrito en otras oportunidades): el ser humano decide su curso de acción al hacer uso de su libre albedrío, el cual debe ratificar o rectificar en cada acto. Pensemos críticamente con el lector en los interrogantes planteados al efecto de despejar dudas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

AMAR AL PRÓJIMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Antes de entrar al fondo del asunto que ahora nos convoca, es de interés precisar que el aspecto medular del amor implica trasmitir alimento para el alma que es lo más preciado del ser humano, sin duda que además de ello hay ayudas físicas y otras consideraciones que rodean el bienestar de las personas. Alimento del alma porque es lo que caracteriza la condición humana, esto es estados de conciencia o la mente que permiten el libre albedrío y distinguen a la persona de aspectos puramente materiales y configuran lo de mayor jerarquía. Los kilos de protoplasma no deciden ni hacen posible las ideas autogeneradas, la racionalidad, la argumentación, la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, la moralidad de los actos y la misma libertad. Los seres humanos no somos loros. El alma, la traducción de psique en griego, es lo más preciado del hombre y lo que lo separa de todas las otras especies conocidas.

 

La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se define en el contexto de un acto voluntario realizado con recursos propios sean estos crematísticos o de trasmisión de conocimientos para la aludida alimentación espiritual (depende de las circunstancias, se debate si en verdad es mejor “regalar un pescado en lugar de ensañar a pescar”).

 

Ahora viene un asunto de la mayor importancia y es el concepto de interés personal. Todos los actos se llevan a cabo por interés personal. En el lenguaje coloquial se suele hablar de acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés monetario, pero el interés personal queda en pie. En verdad se trata de una perogrullada: si el acto en cuestión no está en interés de quien lo lleva a cabo ¿en interés de quien estará?

 

Estaba en interés de la Madre Teresa el cuidado de los leprosos, está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres el realizar esa transferencia puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es prioritaria, también está en interés del asaltante de un banco que el atraco le salga bien y  también para el masoquista que la goza con el sufrimiento y así sucesivamente. Todas las acciones contienen ese ingrediente ya sean actos sublimes o ruines. Una buena o mala persona se define por sus intereses.

 

En esta línea argumental,  Erich Fromm escribe en Man for Himslef. An Inquiry into the Psychology of Ethics que “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo, no en la idea de que la virtud moral equivale al interés personal, sino en el deterioro del significado del interés personal; no en el hecho de que la gente está demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma.

 

Es curioso pero en la interpretación convencional parecería que uno tiene que abdicar de uno mismo, lo cual constituye una traición grotesca a la maravilla de haber nacido. La primera obligación es con uno mismo y, además, si no hay amor propio no puede haber ningún tipo de amor hacia el prójimo. La persona que se odia a si misma es incapaz de amar a otro,  puesto que el amar al prójimo necesariamente debe proporcionar satisfacción al sujeto que ama.

 

Es sumamente interesante detenerse a meditar sobre la reflexión de Sto. Tomás de Aquino en la materia, así en la Suma Teológica afirma que “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a si mismo que al prójimo” (2da, 2da, q. xxvi, art. iv).

 

En el amarás a tu prójimo como a ti mismo, la clave radica en el adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: que el amor sea igual, mayor o menor. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual no habría acción alguna puesto que para que exista acción debe haber preferencia, la indiferencia,  en este caso la igualdad, no permite ningún acto. Si en un desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente,  se muere de sed. Para no sucumbir debe preferir, esto es inclinarse más por una de las alternativas. Cuando alguien entra a un bar y manifiesta que quiere una bebida y el mozo le informa que tiene Coca y Pepsi y le pregunta que prefiere, si la respuesta es que le da lo mismo, de hecho estará frente a tres variantes: elegir Coca,  elegir Pepsi o delegar la decisión en el mozo pero si se mantiene indiferente e indeciso frente a uno de los tres caminos, no beberá nada.

 

En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es mayor que el amor propio se estaría incurriendo en un sinsentido puesto que, como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y el punto de referencia es el interés personal lo cual define la acción que, por ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese cometido. En consecuencia es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo. Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: ese arrojo y esa decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo es un acto por él más valorado que cualquier otra acción altrernativa.

 

A veces se confunden conceptos porque aparecen problemas semánticos de peso. El interés personal no debe ser confundido con el egoísmo ya que esta última expresión significa que el medio que le satisface al sujeto actuante no está nunca fuera de su propio ser. De este modo, no es concebible para el egoísta la satisfacción y el bienestar de otros. El interés personal, sin embargo, abarca acciones cuyos medios para la satisfacción de quien actúa son también otros o incluso principalmente otros. En este sentido es pertinente recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la Escuela Escocesa del siglo xviii, Adam Ferguson, quien en su History of Civil Society afirma que “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tiene deseos propios; apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a provocar el bienestar de otros”. Y esto se aplica también a “dar en caridad hasta que duela” puesto que para quien la lleva a cabo significa que el dolor del caso está en interés de quien entrega, nuevamente sea lo crematístico o el apostolado.

 

Otra expresión un tanto confusa y que además se traduce en una contradicción es la de “altruismo” si se la define con el ingrediente que señala el Diccionario de la Real Academia Española en cuanto a que consiste en la “complacencia en el bien ajeno aun a costa del propio”, materia que han explorado filósofos de fuste en distintas ocasiones. Hacer el bien a costa del propio bien hemos visto que resulta en un imposible puesto que quien hace el bien es porque prefiere esa conducta, es porque le hace bien, es porque le interesa proceder en esa dirección.

 

También es de gran importancia no confundir la autoestima con el narcisismo. Lo primero es esencial para actualizar las potencialidades de cada uno, es fundamental para construir la personalidad y para saber enfrentar a lo que puedan hacer o decir los demás, es vital para tener el valor de escuchar la propia conciencia y, consecuentemente, para la honestidad intelectual. En otros términos para evitar lo que escribió Alexis de Tocqueville en La democracia en América: “El poder moral de la mayoría hace que internamente individuos se avergüencen de contradecirla que, en efecto, los silencian y ese silencio culmina con la paralización del pensamiento”.

 

Por su parte, el narcisismo bloquea por completo la posibilidad de prestar atención a reflexiones y consideraciones que no sean las propias, lo cual no toma en cuenta que el conocimiento conlleva la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones. Desafortunadamente a veces se confunde el narcisismo con el individualismo ya que este último término significa ni más ni menos el respeto a las autonomías de cada uno y para nada el aislacionismo, por el contrario, suscribe con entusiasmo la cooperación libre y voluntaria entre las personas. En cambio, son los socialismos o los llamados comunitarismos colectivistas los que son aislacionistas al trabar cada vínculo entre las personas, desde las tarifas aduaneras mal llamadas “proteccionistas” y las infinitas intervenciones de los aparatos estatales entre partes que actúan de modo legítimo.

 

El interés personal y la autoestima apuntan a la felicidad de cada uno que es el objeto último de todos. Nathaniel Branden en su notable libro titulado Honoring the Self  mantiene que “La barrera más grande a la felicidad es el sinsentido de sostener que la felicidad no constituye nuestro destino”. Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, explica que “Un hombre que se preocupara de que comieran los demás olvidándose de comer el mismo, moriría […Por otro lado] es imposible adquirir la libertad espiritual, en que la verdadera felicidad consiste, porque es esencial para la felicidad que nuestra manera de vivir surja de nuestros impulsos más profundos y no de los gustos y deseos accidentales de los que son, por casualidad, nuestros vecinos o nuestros amigos”.

 

El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir aunque más no sea milimétricamente a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en el afán del propio mejoramiento sin darle descanso a renovados proyectos para el logro del noble propósito de que prime el respeto recíproco. Edward de Bono en La felicidad como objetivo nos dice que “El marxismo sugirió que el hombre debería mirar la felicidad del Estado antes que la suya personal; y si el Estado parecía requerir su sufrimiento, éste era entonces necesario para la felicidad del Estado […en otras palabras] la entrega del yo a algún poder externo”.

 

En resumen, no hay nada más sublime que el amor que tiene distintos grados de acercamiento y profundidad según sea el tipo de relación desde la establecida con los progenitores, la conyugal, la prole, alumnos, amigos y el vínculo con quienes necesitan ayuda en diversos planos, pero debe estarse muy en guardia de quienes alardean de “amor al prójimo” mientras proponen sistemas autoritarios que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio. También, como consigna Tibor Machan en su obra titulada Generosity, “Un acto de generosidad requiere como primer requisito la propiedad privada”, puesto que la beneficencia y la solidaridad requiere la entrega de lo que pertenece al donante, entregar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno es un asalto aunque pueda ser legal. En no pocos casos hay que estar en guardia con los que declaman a los cuatro vientos el amor porque habitualmente son narcisistas que en definitiva no lo practican con nadie, cuando no proponen políticas que conducen a graves confrontaciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Individualismo vs. Solidaridad:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 8/3/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/03/individualismo-vs-solidaridad.html

 

Existe un reclamo generalizado en cuanto a que los problemas sociales se deben a un “excesivo” egoísmo de la gente y a una escasez de solidaridad, insistiéndose sobre la necesidad de incrementar esta última sobre el primero.

Pero ¿qué tenemos que entender realmente por solidaridad?

Según el diccionario nos da la siguiente definición:

solidaridad.[1]

(De solidario).

  1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.
  2. f. Der. Modo de derecho u obligación in sólidum.

Si analizamos el significado de la palabra advertiremos que la acepción que nos interesa es la primera, y -en esta inteligencia- no puede en modo alguno decirse que vivimos en una sociedad poco o nulamente solidaria, sino todo lo contrario, atento que prácticamente por todas partes y en todos los sentidos vemos esa “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Esto se refuerza mas si tenemos en cuenta que esa adhesión que caracteriza la solidaridad es circunstancial, es decir, es meramente temporal, no permanente. Y esa adhesión temporal o provisoria no es hacia una persona (como ordinariamente se cree) sino que es “a la causa o a la empresa de otros”.

Por ejemplo, cuando una persona apoya a un partido político dicho acto es un típico acto de solidaridad, ya que cumple con todas las condiciones de la definición usual del término (circunstancialidad y causa, en el ejemplo).

Nótese que esto no supone ninguna clase de “entrega” o “dación” a la causa o empresa a la que se adhiere, y menos aun a las demás personas que también adhieran a la misma causa o empresa. Para lo cual, será útil examinar ahora el significado de “adherir”, del cual el diccionario nos informa:

adherir.[2]

(Del lat. adhaerēre).

  1. tr. Pegar algo a otra cosa. Adhiero el sello al sobre. Adhirió el cartel a la pared.
  2. intr. Dicho de una cosa: Pegarse con otra. U. m. c. prnl.
  3. intr. Convenir en un dictamen o partido y abrazarlo. U. m. c. prnl.
  4. prnl. Der. Dicho de quien no lo había interpuesto: Sumarse al recurso formulado por otra parte.

Por supuesto que, en lo que en este tema nos interesa no es a la adhesión física o literalmente pegamento (que es al que aluden las acepciones 1 y 2 del diccionario) tampoco -en el caso- nos interesa el significado legal (que viene dado por la cuarta significación), sino que el sentido relevante para nuestro estudio es el del la tercera designación, de donde se deduce que la solidaridad consiste -en definitiva- en estar de acuerdo con un dictamen o partido (lo que resulta de las palabras “convenir” y “abrazarlo”).

Nuevamente observamos que esto no implica ningún tipo de dación, entrega, pago, etc. por parte del sujeto queadhiere a la causa o empresa objeto de la misma. Por supuesto, esto no quita que el que adhiere también pudiera hacerlo –eventualmente- aportando bienes, servicios, o ambos a la causa o empresa. Pero este no es el rasgo característico de la solidaridad, porque dicha adhesión puede ser meramente verbal, retórica o mental. Quien simplemente simpatiza con una causa o empresa pero no realiza ningún acto de desembolso a estas también es solidario, tan solidario como el que contribuye con dinero o en especie a aquellas. La solidaridad puede, de tal suerte, ser tácita o expresa, sin que implique necesariamente ninguna entrega a la causa o empresa con la cual el sujeto se solidariza.

Quien sencillamente no hace algo que podría haber hecho para cambiar un determinado estado de cosas, se está solidarizando con dicho estado de cosas o situación. O, en otros términos, el que pudiendo rebelarse a una determinada realidad creada por una causa o empresa que es perjudicial a uno o muchos, simplemente se queda de brazos cruzados mirando o esperando que los acontecimientos sigan su curso, es perfectamente solidario con los causantes de dicho contexto perjudicial. Es decir, se puede ser solidario tanto por acción como por omisión.

En esta orientación, insistimos, resulta absurdo afirmar que no vivimos en una sociedad solidaria, ya que podemos observar, por todas partes y en diversos lugares del planeta, situaciones de solidaridad, tanto individual como colectiva, en el sentido apuntado antes.

Pero hay una forma más general y más particular de entender la “solidaridad”, y es cuando se espera que otro u otros hagan algo por nosotros sin necesidad de que nosotros demos nada a cambio de ello. Digamos que esta es la noción más extendida, difundida y aceptada del vocablo solidaridad. A nivel político, es la situación más frecuente, dado que ese “otro” u “otros” de los que se espera que resuelvan todos nuestros problemas (es decir, que sean solidarios con nosotros) son el gobernante o los gobiernos en general (cualquiera sea el partido que este en el poder).

Pero no sólo se manifiesta en el plano político, sino -y principalmente- en el social en general. Es mayoría la gente que vive esperando que sea “el otro” (el vecino, el amigo, el esposo, la esposa, el jefe, el empleado, etc.) quien de o haga algo para cada uno de los que forman parte de esa mayoría. Es decir, la solidaridad -que de ordinario se declama- es la demanda para que los demás sean solidarios, en el sentido de que sean los demás los que nos solucionen todas nuestras dificultades (grandes o pequeñas).

Esto contrasta violentamente con todos aquellos que quieren convencernos que la sociedad es “individualista”. Nada más lejos de la realidad. Un individualista no espera que nadie le remedie sus contrariedades. Las resuelve por sí mismo o -llegado el caso- contratando a otras personas a cambio de una retribución para que lo ayuden a resolverlas. Pero un individualista no vive esperando -y menos aun exigiendo- que los demás sean “solidarios” con él, sino que se las arregla por las suyas del modo indicado. Lo que en manera alguna implica que el individualista sea un “antisocial” (otro mito falso, harto difundido). Por el contrario, resulta ser -que como venimos explicando- el que deviene ser un auténtico antisocial es aquel que posa de solidario, en tanto que el comportamiento verdaderamente social cae en cabeza del tildado como individualista.

[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados.

[2] Ídem. Nota anterior.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Profetas en su tierra:

Por Sergio Sinay: Publicado en http://www.sergiosinay.com/Reflexion.aspx?id=2507

 

Se dice que nadie es profeta en su tierra. Y se trata de algo más que una frase. Es una dolorosa comprobación. Para comprenderlo hay que comenzar por poner en claro qué es un profeta. Erróneamente se lo suele definir como un visionario, alguien que vislumbra el porvenir y no solo eso, sino que trae notas de esperanza y buenaventura. Se cree, además, que los profetas arriban desde algún misterioso y lejano lugar, con pasaporte divino, y que sólo hay que esperar que lleguen (o que vuelvan, según el caso o la religión) para que, mágicamente, todo cambie y se ilumine.

Estas erróneas creencias terminan por expulsar a los profetas. Porque los profetas no vienen de ningún lugar, nacen y viven allí en donde profetizan. Es decir, están entre nosotros desde siempre. Y profetizar es advertir sobre las zonas oscuras de las personas y las sociedades, es señalar sin pudor, sin mentiras piadosas, sin falsas promesas, las dolorosas secuelas de la avaricia, de la soberbia, del egoísmo, de la prepotencia, de la impiedad, de la ausencia de empatía y compasión. Los profetas son (han sido siempre) seres de carne y hueso, que hablan con el lenguaje de sus tierras y de sus tiempos para despertar las conciencias dormidas e indiferentes en esas tierras y en esos tiempos. La mayoría de las personas no quiere a los verdaderos profetas, detesta escucharlos, odia que vengan a denunciar lo que denuncian y a interrumpir el sueño de bulimia consumista, de aberrantes adoraciones, de corrupción y corruptela, de obsceno hedonismo, de narcisismo suicida.

Cada vez que los profetas han cumplido con su deber moral, fueron desoídos, descalificados, mancillados, expulsados de su tierra. Ha ocurrido a lo largo de la historia y ocurre hoy, cuando los oídos son más sordos que nunca a la voz de los profetas. Los profetas no usan túnicas blancas, ni largas barbas, no son necesariamente ancianos, no cabalgan en caballos alados, no sacan agua de las piedras ni convierten el barro en oro. Son algunos pocos intelectuales que aún no se prostituyeron, algún perdido político incorrupto, son empecinados sacerdotes, son madres del dolor, son artistas (¡tan pocos!) que no vendieron su arte (el que sea) al mejor postor, son aquellos maestros (ni todos ni tantos) que persisten empecinados en su misión, son médicos (pocos pero ciertos) que siguen fieles a su juramento hipocrático y no a la prebenda de los laboratorios, son algunos escritores, esos que no han mancillado ni pervertido la palabra. Nunca han sido muchos los profetas y a lo largo de los tiempos se han empecinado en regresar, aunque una y mil veces los expulsaran de su tierra través de la indiferencia, la persecución, la burla, la difamación o el escarnio.

Seguirán volviendo, sin duda. Seguirán estando. Seguirán profetizando. Los profetas perduran en el tiempo. Quienes los expulsan y los ignoran pasan sin dejar huellas, consumidos por el vacío de sus vidas sin sentido.

Ojalá 2015 traiga más profetas y ojalá que empiecen a serlo en su tierra.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE. 

 

K. MINGUE Y LA TOLERANCIA CON LOS INTOLERANTES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Después de la reunión regional de la Mont Pelerin Society, el 28 de junio del corriente año en vuelo desde las islas Galápagos a Guayaquil murió Kenneth Mingue con quien conservo correspondencia que aunque no frecuente, por cierto muy fértil. Puede discreparse con ese autor aquí y allá pero siempre deja una enseñanza en el contexto de su notable erudición y contagioso buen humor.

Su ensayo expuesto en esa reunión versó sobre el ingrediente del interés personal como elemento crucial en una sociedad abierta en cuyo contexto citó autores tales como Hayek, Naill Fergueson, Hume y Adam Smith en reflexiones jugosas, ilustrativas y confrontativas en las que puede revisarse y discutirse el uso de algunos términos como “egoismo” y “altruismo”. Cuando fui miembro del Consejo Directivo de la Mont Pelerin Society, se consideraron trabajos de aquel distinguido miembro y profesor emérito de la London School of Economics que ahora murió y que nos ilustraba sobre puntos que se pensaba incluir en programas académicos de esa entidad, específicamente sobre nacionalismo.

 

Hay una célebre entrevista que le hizo William Buckley en “Fire Line” a Mingue donde se recorren varios de los puntos característicos de la obra del pensador neocelandés que estudió en tierras australianas, pero el eje central de sus ideas liberales puede resumirse en una cita de su antedicha participación en la reciente y también mencionada reunión ecuatoriana. Allí concluyó: “Me parece que nuestra preocupación con los defectos de nuestra civilización se traslada en una tentación permanente pero  sumamente peligrosa de encargarle la rectificación a la autoridad civil de aquello que entendemos son imperfecciones sociales”.

 

En esta nota me quiero detener en un aspecto muy distinto, tratado por el profesor Mingue en el Libertarian Oxford Club en 2009. En esa oportunidad señaló que los sistemas en los que se impone un orden jerárquico para “establecer lo que es verdadero” se ubica frente a la cultura occidental en la que el eje central estriba en “los desacuerdos de prácticamente todo” pero en base al respeto recíproco.

 

No hay en esto último la arrogancia de los totalitarios de fabricar “el hombre nuevo” ni la perfección, que como ha dicho Friedrich Hölderin “de tanto intentar que la tierra se convierta en al paraíso la torna en un infierno” y como reza el proverbio latino a que tanto he recurrido: ubi dubiam ibi libertas (naturalmente, donde no hay dudas no hay libertad puesto que de antemano se sabe donde apuntar sin afrontar elaboración alguna para elegir). Pero aquí viene el tema que pienso abordar en esta nota vinculado al respeto recíproco en lo cual subyacen normas básicas que deben cumplirse  sobre las que hemos considerado de modo fugaz -y a mi juicio insatisfactorio- en la antedicha correspondencia con el profesor Mingue. El asunto es que debe hacerse con aquellos que apuntan no solo a no cumplir esas normas de convivencia sino a destruirlas. Esto es lo que Karl Popper denominó “la paradoja de la libertad”.

 

Veamos este asunto de cerca sobre lo que escribí antes y que surgió también en la mencionada conferencia de Mingue en Oxford como algo marginal sin que hubiera demasiada precisión, por lo que quisiera analizar el asunto desde cero y reformular este delicado asunto. Popper mantiene que “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a aquellos que son intolerantes, si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra la embestida del intolerante, entonces el tolerante será destrozado junto con la tolerancia […], puesto que puede fácilmente resultar que no están preparados a confrontarnos en el nivel del argumento racional y denunciar todo argumento; pueden prohibir a sus seguidores a que escuchen argumentos racionales por engañosos y enseñarles a responder a los argumentos con los puños o las pistolas” (The Open Society and its Enemies, Princeton, NJ., Princeton University Press, 1945/1950:546).

 

En la misma línea argumental, Sidney Hook apunta que “Las causas de la caída del régimen de Weimar fueron muchas: una de ellas, indudablemente, fue la existencia del liberalismo ritualista, que creía que la democracia genuina exigía la tolerancia con el intolerante” (Poder político y libertad personal, México, Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, Uthea, 1959/1968: xv).

 

El problema indudablemente no es de fácil resolución. Giovanni Sartori ha precisado que “el argumento es de que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría” (Teoría de la democracia, Madrid, Alianza Editorial, 1987: vol.i, 57).

 

El tema de proscribir a los enemigos de la sociedad abierta tiene sus serios bemoles puesto que resulta imposible trazar una raya para delimitar una frontera. Supongamos que un grupo de personas se reúne a estudiar los Libros v al vii de La República de Platón donde aconseja el establecimiento de un sistema enfáticamente comunista bajo la absurda figura del “filósofo-rey”. Seguramente no se propondrá censurar dicha reunión. Supongamos ahora que esas ideas se exponen en la plaza pública, supongamos, más aún, que se trasladan a la plataforma de un partido político y, por último, supongamos que esos principios se diseminan en los programas de varios partidos y con denominaciones diversas sin recurrir a la filiación abiertamente comunista ni, diríamos hoy, nazi-fascista. No parece que pueda prohibirse ninguna de estas manifestaciones sin correr el grave riesgo de bloquear el indispensable debate de ideas, dañar severamente la necesaria libertad de expresión y, por lo tanto, sin que signifique un peligroso y sumamente contraproducente efecto boomerang para incorporar nuevas dosis de conocimiento.

 

La confrontación de teorías rivales resulta indispensable para mejorar las marcas y progresar. En una simple reunión con colegas de diversas profesiones y puntos de vista para someter a discusión un ensayo o un libro en proceso se saca muy buena partida de las opiniones de todos. Es raro que no se aprenda de otros, de unos más y de otros menos, pero de todos se incorporan nuevos ángulos de análisis y visos de provecho, sea para que uno rectifique algunas de sus posiciones o para otorgarle argumentación de mayor peso a las que se tenían. Se lleva el trabajo a la reunión pensando que está pulido y siempre aparecen valiosas sugerencias. Por otra parte, en estas lides, el consenso se traduce en parálisis. Nicholas Rescher pone mucho énfasis en el valor del pluralismo en su obra que lleva un sugestivo subtítulo: Pluralism. Against the Demand for Consensus (Oxford, Oxford University Press, 1993). Incluso la unanimidad tiene cierto tufillo autoritario; el disenso, no el consenso, es la nota sobresaliente de la sociedad abierta (lo cual desde luego incluye, por ejemplo, que un grupo de personas decida seguir el antedicho consejo platónico y mantener las mujeres y todos sus bienes en común pero sin afectar a terceros).

 

Sidney Hook sostiene que “una cosa es mostrarse tolerante con las distintas ideas, tolerante con las diversas maneras de jugar el juego, no importa cuan extremas sean, siempre que se respeten las reglas de juego, y otra, muy diferente, ser tolerante con los que hacen trampas o con los que están convencidos de que es permisible hacer trampas” (op. cit.: xiv). Pero es que, precisamente, de lo que se trata desde la perspectiva de quienes no comparten los postulados básicos del liberalismo es dar por tierra con las reglas de juego, comenzando con la institución de la propiedad privada. En este sentido recordemos que Marx y Engels sostuvieron que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada” (“Manifiesto del Partido Comunista”, en Los fundamentos del marxismo, México, Editorial Impresora, 1848/1951:61) y los fascistas mantienen la propiedad de jure pero la subordinan de facto al aparato estatal, en este sentido se pronuncia Mussolini: “Hemos sepultado al viejo Estado democrático liberal […] A ese viejo Estado que enterramos con funerales de tercera, lo hemos substituido por el Estado corporativo y fascista, el Estado de la sociedad nacional, el Estado que une y disciplina” (“Discurso al pueblo de Roma” en El espíritu de la revolución fascista, Buenos Aires, Ediciones Informes, 1926/1973:218, compilación de Eugenio D`Ors “autorizada por el Duce”: 13).

 

No se trata entonces del respeto a las reglas de juego sino de modificarlas y adaptarlas a las ideas de quienes pretenden el establecimiento de un estado totalitario o autoritario. Esto es lo que estamos presenciando en estos momentos en el llamado mundo libre. Tolstoi escribió que “Cuando de cien personas, una regentea sobre noventa y nueve, es injusto, se trata de despotismo; cuando diez regentean sobre noventa, es igualmente injusto, es la oligarquía; pero cuando cincuenta y uno regentean a cuarenta y nueve […] se dice que es enteramente justo ¡es la libertad! ¿Puede haber algo más gracioso por lo absurdo del razonamiento?” (“The Law of Love and the Law of Violence”, en A Confession and other Writings, New York, Penguin Books, J.Kentish, ed., 1902/1987:165). Y tengamos en cuenta que regentear es dirigir y mandar, por ende, en nuestro caso, la concepción original de democracia desde Aristóteles en adelante -con todas las contradicciones de las distintas épocas- se refería a la libertad como su columna vertebral lo cual, como queda dicho, ha sido abandonada y sustituida por expoliaciones reiteradas a manos de grupos de intereses creados en alianza con el aparato estatal.

 

Vilfredo Pareto ha puntualizado que “El privilegio, incluso si debe costar 100 a la masa y no producir más que 50 para los privilegiados, perdiéndose el resto en falsos costes, será bien acogido, puesto que la masa no comprende que está siendo despojada, mientras que los privilegiados se dan perfecta cuenta de las ventajas de las que gozan” (“Principios generales de la organización social”, en Estudios sociológicos, Madrid, Alianza Editorial, 1901/1987:128). Este tipo de reflexiones eventualmente hace pensar si en última instancia los procedimientos en vigencia no serán una utopía liberal imposible de llevarse a la práctica puesto que con solo levantar la mano en la Asamblea Legislativa pueden derrumbarse todas las vallas pensadas para mantener el poder en brete. Esta preocupación se acrecienta debido al fortalecimiento de los incentivos de ambas partes en este intercambio incestuoso de favores. Y no se trata en modo alguno de adoptar otros procedimientos sin más, sino de invitar calmadamente a todos los debates abiertos que resulten necesarios y a la eventual aceptación de otras perspectivas consideradas más fértiles.

 

La sabiduría de los Padres Fundadores en Estados Unidos previeron ese problema por eso hablaban del sistema republicano y no de democracia y, sobre todo, a través del federalismo que maximiza la descentralización y el fraccionamiento del poder pero, aparentemente, con el tiempo, la fuerza centrípeta del gobierno central absorbe funciones de modo creciente. Esto ocurre a pesar de la competencia fiscal entre las distintas jurisdicciones y de que el financiamiento del gobierno central estaba originalmente en manos de esas jurisdicciones. Por eso es que el liberal debe siempre tener presente que el conocimiento es una ruta azarosa que no tiene termino, abierta a refutaciones y corroboraciones que son siempre provisorias.

 

Por esta razón, por la higiénica política de siempre dejar despejados caminos posibles aún inexplorados, resulta clave el prestar la debida atención nuevos aportes y sugerencias para maniatar al Leviatán, temas que estaban siempre latentes en los trabajos de Kenneth Mingue aunque no siempre se coincida con sus perspectivas. En todo caso, se ha ido un intelectual propiamente dicho, es decir, alguien que ejercía la crítica e invitaba a pensar.

 

El problema central aquí planteado es de gran relevancia y refuerza la imperiosa necesidad de estudiar y difundir los principios de una sociedad abierta al efecto de comprender la urgencia de apuntalar marcos institucionales que imposibiliten el uso de la fuerza agresiva y mantenerla exclusivamente para propósitos defensivos. Y desde luego esto no es una operación que se hace de una vez y para siempre sino que requiere la permanente renovación de aquellos estudios y difusión para así contar con una vigilancia sin interrupciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

Clases, capitalismo y egoísmo

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 2/12/12 en http://www.libremercado.com/2012-12-02/carlos-rodriguez-braun-clases-capitalismo-y-egoismo-66609/

Juan José Tamayo aplaudió al filósofo Carlos Paris porque éste se opone al egoísmo, y esa benévola actitud

le lleva a concluir la inferioridad del capitalismo y de todas las sociedades basadas en la división de clases y guiadas por el egoísmo individual o grupal.

El mercado no promueve el egoísmo. Así define el egoísmo el DRAE: “Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás”. En el mercado, incurrir en ese defecto tiene graves consecuencias. El capitalismo consiste en prestar atención a los demás, porque en el mercado nadie está obligado a comprar lo que ofrecen los capitalistas, que deberán persuadir a los demás de que les conviene contratarlos o adquirir sus bienes o servicios.

El capitalismo, por tanto, no solo no está basado en la división en clases y el egoísmo individual o grupal, sino que esa división y ese egoísmo están contraindicados. Cualquier persona o grupo que quiera separarse de o ignorar a los demás se ve perjudicado. Cualquier individuo o grupo que promueva su propio interés a costa del prójimo es automáticamente castigado por él, que, como tiene libertad, elegirá a otros individuos u otros grupos para comprar o vender lo que desea.

Por lo tanto, recurrir a la atención al prójimo para demostrar la inferioridad del capitalismo es un disparate.

Ahora bien, existe un sistema que sí lleva a la división en clases, y que sí promueve el egoísmo individual o grupal. Ese sistema es el contrario a la economía libre. Se trata del socialismo, el sistema opuesto al capitalismo y al mercado. Si no hay capitalismo y no hay mercado, entonces sí puede sostenerse que la sociedad se basa en la división de clases. Al no haber mercado, los ciudadanos no deciden libremente su trabajo, sus compras y sus ventas: es el poder el que decide por ellos. En ese caso cada individuo o grupo deja de estar interesado en atender a los demás: sólo procura atender al poder, para promover su propio interés a expensas de los demás, obligándolos a comprar, a vender, a pagar, etc. Es un mundo realmente clasista, realmente egoísta. Sin embargo, algunos autodenominados progresistas deberán concluir que, paradójicamente, es un sistema superior.

 El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.