Sobre el pionero de las instituciones liberales

Por Alberto Benegas Lynch (h): Publicado el 24/7/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/07/24/sobre-el-pionero-de-las-instituciones-liberales/

Leonard Read

Luego de la segunda guerra mundial y en gran medida como consecuencia de los avatares de ese conflicto armado resultado a su vez de haber abandonado los valores de la sociedad libre, la decadencia intelectual fue mayúscula -tal como entre otros describe Stefan Zweig en El mundo de ayer– hasta que irrumpieron dos instituciones que comenzaron lenta pero firmemente a cambiar el rumbo. En primer lugar, la Foundation for Economic Education como entidad pionera en el estudio y difusión de aquellos valores, establecida en 1946 y luego, al año siguiente, la Mont Pelerin Society que el premio Nobel en economía Friedrich Hayek denominaba “la academia internacional”.

Tuve la fortuna de vincularme a esas dos estructuras gigantes del intelecto, en el primer caso fui becado para trabajar en mi doctorado inicial, oportunidad en la que pude asistir a clases de Ludwig von Mises, Israel Kirzner, Murray Rothbard, Hans Sennholz y otros titanes del pensamiento. En el segundo caso, fui patrocinado por el propio Hayek para ingresar como miembro y luego fui dos veces integrante del Consejo Directivo de esa organización en la que participé muchas veces como orador en sus programas académicos en diferentes partes del mundo. Como queda dicho, esas dos instituciones beneméritas iniciaron el largo y difícil camino de la recuperación de la libertad.

En esta oportunidad centro mi atención en FEE -las conocidas siglas de la Foundation for Economic Education- y especialmente en la figura de su fundador, Leonard E. Read. En verdad, al decir de Read (Leonardo como le gustaba ser llamado por los latinos) destacaba la economía en el nombre de esa casa de estudios debido al especial desconocimiento de esa rama de la ciencia, lo cual no desconoce los fundamentos morales de la sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana).

Read intentó y logró con extraordinario éxito el establecimiento de una institución sustentada en los valores del liberalismo clásico al efecto de recordar los principios sobre los cuales se estableció la notable y tan fecunda experiencia de la Revolución Norteamericana sustentada en los sustanciosos conocimientos de los Padres Fundadores.

La idea original consistió en que la entidad otorgara grados académicos, lo cual se abandonó a poco andar debido a las regimentaciones y controles gubernamentales que se estimó restarían toda independencia a la novel institución. En lugar de eso, se impartieron seminarios y cursos para graduados universitarios: The FEE School of Political Economy.

En la exposición inicial con que se abrían los seminarios, Read la llevaba a cabo munido de una lamparita de fabricación casera: pedía que se apagaran las luces del aula y encendía su adminículo de modo muy tenue y comenzaba su disertación introductoria mostrando cómo ese escaso resplandor quebraba la oscuridad del mismo modo que lo hacen los conocimientos respecto de la ignorancia. Acto seguido, dibujaba en el pizarrón dos círculos de radios diferentes y apuntaba que si las dos superficies de las circunferencias fueran los conocimientos y el resto de la pizarra fuera la ignorancia debía notarse que cuanto más se sabe mayor es la conciencia de la propia ignorancia puesto que el contorno del redondel mayor está más expuesto a la ignorancia. Es decir, cuanto más se conoce mayor es la consciencia de lo que se desconoce. Luego procedía a un análisis muy popperiano del aprendizaje en el contexto de corroboraciones provisorias sujetas a posibles refutaciones.

Con el transcurso del tiempo fuimos consolidando una sólida amistad con Read con quien mantuve una nutrida vinculación epistolar. Cuando murió, Bettina B. Graves -una de las integrantes del staff de FEE- me envió de recuerdo el antes mencionado aparato eléctrico. Lo conservo como el objeto de mayor valor que poseo. Cuando lo examino me admiro que su usuario no se haya electrocutado debido a la notable precariedad del instrumento en cuestión.

Read llevó a cabo una obra ciclópea que llegó a todos los puntos del planeta editando libros, publicando revistas, invitando a los más destacado profesores a su tribuna, facilitando a estudiantes a que asistieran a sus cursos y seminarios en New York y dictando conferencias en muy diversos países. Presidió FEE durante 37 años. Fue un ejemplo de integridad moral, honestidad intelectual e intransigencia con los valores de la libertad en los que creía.

Cuando cumplió setenta años de edad, los amigos le organizaron un acto de gala en el Waldorf Astoria de New York al que asistieron e hicieron uso de la palabra personalidades como Milton Friedman, William Buckley, el antes mencionado Hayek, Henry Hazlitt, Benjamin Roggie, Perry Gresham, Trygve Hoff y quien actuó como maestro de ceremonia, el empresario Lawrence Fertig (que a su vez fue quien financió la cátedra de Ludwig von Mises en la Universidad de New York, junto a otro destacado empresario: Harold W. Luhnow a través del Volker Fund). A las exequias de Read, Ronald Reagan, entonces en ejercicio de la presidencia de Estados Unidos, envió un mensaje que decía “Nuestra nación y su gente se han enriquecido grandemente por su devoción a la causa de la libertad y las futuras generaciones mirarán a Leonard Read para inspirarse.”

Los oradores en aquel acto resumen muy bien la faena del gran Leonard Read y su parto institucional, discursos que fueron publicados en un folleto que lleva el sugestivo título de What´s Past is Prologue. En la intervención de Hazlitt expresó que “Si tuviera que hacer un balance en una palabra sobre FEE basada en mi propia experiencia, diría que la siento como mi hogar. Cuando estoy allí sé que estoy rodeado de amigos con ideales comunes, actitudes y sentimientos compartidos. Hay algo que es contagioso en el espíritu de FEE. Solamente pensemos en organizaciones similares que ha inspirado. Está el grupo de Anthony Fisher, el Institute for Economic Affairs en Londres, en Argentina está el grupo de Alberto Benegas Lynch [mi padre quien fundó en 1957 el Centro de Estudios sobre la Libertad], el grupo de Manuel Ayau en Guatemala, Gustavo Velazco y Agustín Navarro en México y Nicomédes Zuloaga en Venezuela.”

Otro que posteriormente sería premio Nobel en economía, Milton Friedman, dijo en esa ocasión: “Tuve la fortuna de ser el coautor del primera publicación de la Foundation for Economic Education. Era un trabajo corto que George Stigler [luego también premio Nobel en economía] y yo titulamos “Roofs and Ceilings”. Era un ataque al control de alquileres […] Algunos años más tarde, a mi regreso de una reunión de la Mont Pelerin, Leonard y yo quedamos varados en el aeropuerto de Orly en París. Hay algunas virtudes de estas demoras en los vuelos. Esta fue una ocasión de serenidad, allí empecé a profundizar los valores humanos de Leonard y mi respeto por él ha crecido desde entonces”.

Por último, para no tomar excesivo espacio en esta nota periodística, Hayek en su alocución apuntó que “La institución que Leonard Read creó a través de la cual ha adquirido una influencia enorme, lleva un nombre modesto y un tanto prosaico de Foundation for Economic Education […] quiero sugerir que este nombre describe en forma muy disminuida su labor puesto que apunta a metas mucho más amplias […] ya que se trata nada menos que de la defensa de nuestra civilización contra los errores intelectuales prevalentes[…] quiero enfatizar que nuestra tendencia política actual no se refiere solo a la prosperidad económica, no simplemente nuestro confort, o la tasa de crecimiento. Es mucho más que eso. Se trata de todo lo que significa nuestra civilización.”

FEE estaba organizada con el apoyo invalorable de la antes mencionada Bettina B. Graves, con Paul Poirot y William Curtiss en el nivel administrativo-académico más alto seguido de calificados profesionales para organizar eventos varios, la publicación de la revista mensual The Freeman, los antedichos seminarios, la edición de libros y el mantenimiento y uso de la muy nutrida biblioteca, todo en un campus muy bien dispuesto que agregaba confortables habitaciones para huéspedes, la propia vivienda de Read, amplias salas de reuniones y oficinas rodeadas de atractivos jardines que más de una vez hemos disfrutado en nuestras caminatas con él junto a su perro Rusty. Durante los meses de esa estadía en Irvington on Hudson de New York por mi beca, mi María se hizo muy amiga de Aggie la mujer de Read.

Mi querido Leonardo escribió que a pesar de su admiración y agradecimiento a los Padres Fundadores de la Revolución Norteamericana, sostenía que constituyó un error la utilización de la palabra “gobierno” pues insistía que remite a mandar y dirigir lo cual debe hacer cada una de las personas en una comunidad libre, mostraba que “hablar de gobierno para aludir al monopolio de la fuerza es tan desatinado como llamar gerente general al guardián de una empresa” por lo que proponía recurrir a Agencia de Seguridad, Agencia de Protección o equivalentes.

Una de las mayores lecciones aprendidas de Leonard Read es la falsedad de aquello que se suele mantener al decir que “hay que vender bien las ideas” y que “el fracaso principal de liberales es que no saben llevar a cabo esa venta”. Read ha explicado una y otra vez en sus libros que la actividad comercial de la venta no requiere la referencia en regresión respecto al proceso de producción que requiere el producto en cuestión, basta con exponer los resultados que producirá el bien a la venta, se trate de desodorantes, dentífricos o lo que fuera. Sería una pérdida de tiempo inútil que ahuyentaría al consumidor el detenerse en las múltiples y variadas etapas en el proceso de producción. Sin embargo, en el caso de las ideas, a menos que uno se tope con un fanático que incorpora todo lo que se le dice sin razonamiento alguno, a menos que se trate de esta cerrazón mental resulta indispensable explicar -por así decirlo- el proceso de producción de la idea que se trasmite al efecto de fundamentar la respectiva conclusión. Resulta indispensable argumentar sobre la genealogía de la idea con la que se intenta disuadir al contertulio. Desde luego que este proceso torna mucho más difícil el resultado en relación a una simple venta pero, como queda dicho, es inexorable. Los estatistas imitan las ventas con frases cortas y efectistas que pretenden saltearse etapas para conseguir incautos, ingenuos, ignorantes y desprevenidos que aceptan ese correlato con el mundo comercial. En cambio, las ideas basadas en el rigor y la seriedad son contraintuitivas y demandan elaboración, pensamiento y digestión adecuada.

Otra de sus enseñanzas clave en uno de sus libros (publicó veintidós) se refiere athe courage to stand alone, esto es la necesaria fuerza de voluntad para decir y escribir lo que uno estima es lo correcto sin tener en cuenta la opinión mayoritaria ni las presiones que se reciben a contracorriente de lo que uno piensa. Hablar siempre claro y alto sin ambigüedades ni subterfugios para quedar bien con otros. Al fin y al cabo como escribió John Stuart Mill, “las buenas ideas siempre pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Una vez adoptadas las ideas al principio revolucionarias, la gente las toma como obvias sin percatarse de los esfuerzos y contrariedades que deben soportar cuando se exponen por primera vez.

Uno de los ensayos más conocidos del fundador de FEE es “Yo, el lápiz” donde se detiene en mostrar las intrincadas y largas etapas en la fabricación de un lápiz desde las minas de carbón hasta la extracción de caucho para la goma, las maderas y los recubrimientos pasando por transportes, cartas de crédito, administración, finanzas y demás parafernalia. En este célebre texto, el autor pone de relieve la distribución y fraccionamiento del conocimiento en el contexto de la división del trabajo y la cooperación social, todo lo cual se derrumba cuando los megalómanos intentan controlar, regimentar y manejar vidas y haciendas ajenas con lo que se concentra ignorancia provocando los resultados lamentables sabidos por todos los observadores atentos.

Tengo enmarcada una fotografía de Read con una dedicatoria que me conmueve: “For Alberto, a great favorite of mine. Leonardo”. Sirvan estas líneas como modesto homenaje a mi distinguido amigo y maestro donde se presenta muy telegráficamente el coraje, la perseverancia y la generosidad de este personaje cautivante y ejemplar.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

EL ESTATISMO DE LA FAO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Desde su creación, la Food and Agriculture Organization (FAO) en 1945 ha mostrado su marcada inclinación a la adopción de medidas socialistas y una aversión al sistema de libre empresa y la propiedad privada. Hay infinidad de documentaciones que ponen de manifiesto lo dicho en el contexto de las Naciones Unidas como son las obras de Edward Griffin, Orval Watts y la experiencia personal de William Buckley, Jr. como delegado en aquella organización internacional, pero uno de los trabajos críticos de la FAO de mayor calado aun es el preparado por la Heritage Foundation de Washington D.C a través de la pluma de Juliana Geran quien se doctoró en la Universidad de Chicago y enseñó en las Universidades de Stanford y Johns Hopkins y dirigió el Institute of World Politics de la Universidad de Boston, trabajo aquél publicado con el sugestivo título de “The UN´s Food and Agriculture Organization: Becoming Part of the Problem”.

 

Con estos antecedentes de la FAO puede entenderse hoy, por ejemplo,  el chiste de pésimo gusto que esa entidad haya premiado en este 2015 a los gobiernos de Venezuela y Argentina por la eficaz tarea para aliviar el hambre en esos países (sic).

 

En el muy extenso documento mencionado se destacan muchos puntos que no pueden cubrirse en una nota periodística, de modo que solo mencionaremos algunos que dividimos en doce    secciones al correr de la pluma. Primero, se ha politizado la FAO en grado creciente al tiempo que se ha incrementado en grado exponencial su presupuesto y la cantidad de funcionarios contratados y “cada vez más hostil a la libre empresa. Suscribe la ideología colectivista patrocinada por las naciones más radicalizadas”.

 

Segundo, en la misma línea argumental la “FAO fracasa con sus consejos a los gobiernos cuyos políticas impiden el progreso agrícola […] y establece Programas de Cooperación Técnica que básicamente consiste en un centro político que es usado discrecionalmente por la dirección que provee estadísticas erróneas y engañosas, junto a medidas que desalientan a que trabajen allí profesionales calificados”.

 

Tercero, el caso más resonante del fracaso de la FAO fue el de la hambruna en Etiopía “en el que la FAO participó sin declarar nunca que las causas del problema eran las políticas económicas socialistas que condujeron a la catástrofe […], en aquel momento, además [de los malos consejos], quien dirigía la FAO apuntaba a sacarse de encima al representante de Etiopía al efecto de posibilitar su reelección en el cargo, lo cual logró por tres períodos de seis años cada uno”.

 

Cuatro, el presupuesto de la FAO constituye “una fuente de controversias permanentes porque no permite la información que permitiría una idea clara de donde se asignan los recursos proporcionados por los gobiernos con los recursos de los contribuyentes, lo cual hace que la correspondiente evaluación resulte imposible”.

 

Quinto, los casos de distintas naciones africanas respecto al apoyo a políticas estatistas respecto al agro, así como el caso de Tailandia en la misma dirección también en el área rural y lo mismo en China, políticas fallidas que se extienden a otras naciones como Guatemala, India y Costa Rica “todo contrario a los abordajes de la empresa privada en lo que respecta al freno al progreso agrícola”.

 

Sexto, en muchos sectores la FAO ha suspendido incluso la cooperación con el sector privado puesto que sus autoridades declaran que “los gobiernos pueden mejorar la planificación del área agrícola […] lo cual ha sido hoy abandonado incluso en algunos sectores de la economía china”.

 

Séptimo, la FAO “estimula el establecimiento del control estatal de precios como en los casos de Egipto, Tanzania, Ghana y Malí […] a lo que frecuentemente se añade el consejo de acumular granos operado por los gobiernos que naturalmente afecta al sector privado”.

 

Octavo, reiteradamente la administración de la FAO “reclama una redistribución de ingresos a nivel mundial […] situación que sugiere se haga a través de gobiernos o sus organismos internacionales desde los países desarrollados a los subdesarrollados que como es sabido ha producido graves problemas”.

 

Noveno, la FAO apunta al crecimiento poblacional, “la mentalidad maltusiana” como una de las causas de los problemas económicos en lugar de “concentrarse en el deterioro de los marcos institucionales”.

 

Décimo, también los consejos de la FAO respecto a plagicidas, fertilizantes y enfoques errados sobre la ecología en general han conducido a desajustes y crisis “en casos como los de Mozambique, Somalia, Nigeria y Libia en el contexto, como ha dicho una fuente de un funcionario que quiso quedar en el anonimato, que se han desdibujado cifras respecto al retorno sobre la inversión para hacer aparecer como atractiva la política aconsejada”.

 

Décimo primera, no solo se consignan  las políticas contraproducentes de la FAO en su campo de acción sino que “interviene en otros sectores como son sus consejos en cuanto a la estatización del transporte”.

 

Y, por último, décimo segundo en este resumen, como conclusión la autora de este largo y documentado trabajo sostiene que “la FAO debe dejarse morir, que sería una justificada y buena muerte”.

 

La FAO ha insistido a poco de su instalación en la conveniencia del impuesto a la renta potencial y la reforma agraria (1955)  sobre lo cual hemos escrito en otra oportunidad, conceptos que ahora parcialmente reiteramos en el contexto de la organización internacional de marras.

 

En las truculentas lides fiscales, desafortunadamente lo más común es la idea de lo que se ha dado en llamar “el impuesto a la renta potencial”. El concepto básico en esta materia es que el gobierno debería establecer mínimos de explotación de la tierra ya que se estima que no es permisible que hayan propiedades ociosas o de bajo rendimiento en un mundo donde existen tantas personas con hambre. El gravámen en cuestión apunta a que los rezagados deban hacerse cargo de un tributo penalizador, el cual no tendría efecto si las producciones superan la antedicha marca.

 

En verdad este pensamiento constituye una buena receta para aumentar el hambre y no para mitigarlo. Si pudiéramos contar con una fotografía en detalle de todo el planeta, observaríamos que hay muchos bienes inexplorados: recursos marítimos, forestales, mineros, agrícola-ganaderos y de muchos otros órdenes conocidos y desconocidos. La razón por la que no se explota todo simultáneamente es debido a que los recursos son escasos. Ahora bien, la decisión clave respecto a que debe explotarse y que debe dejarse de lado puede llevarse a cabo solo de dos modos distintos. El primero es a través de imposiciones de los aparatos estatales politizando el proceso económico, mientras que el segundo se realiza vía los precios de mercado. En este último caso el cuadro de resultados va indicando los respectivos éxitos y fracasos en la producción. Quien explota aquello que al momento resulta antieconómico es castigado con quebrantos del mismo modo que quien deja inexplorado aquello que requiere explotación. Solo salen airosos aquellos que asignan factores productivos a las áreas que se demandan con mayor urgencia.

 

Las burocracias estatales operan al margen de los indicadores clave del mercado y, por ende, inexorablemente significan derroche de los siempre escasos factores de producción (si hacen lo mismo que hubiera hecho el mercado libre y voluntariamente, no hay razón para su intervención ni para los gastos administrativos correspondientes y, por otra parte, la única manera de conocer que es lo que la gente quiere en el mercado es dejarlo actuar). Este desperdicio de capital que generan los gobiernos naturalmente conduce a una reducción de ingresos y salarios en términos reales puesto que las tasas de capitalización constituyen la causa de los posibles niveles de vida, con lo que en definitiva el impuesto a la renta potencial incrementa los faltantes  alimenticios de la población.

 

Esta conclusión es del todo aplicable a la tan cacareada “reforma agraria” en cuanto a las disposiciones gubernamentales que expropian y entregan parcelas de campo a espaldas de los cambios de manos a que conducen arreglos contractuales entre las partes en concordancia con los reclamos de la respectiva demanda de bienes finales, lo cual ubica a los bienes de orden superior en los sectores necesarios para tal fin. Ese desconocimiento de los procesos de compra-venta inherentes al mercado también perjudica gravemente las condiciones de vida de la gente, muy especialmente de los más necesitados.

 

Los procesos de mercado recogen información dispersa y fraccionada entre millones de personas a través de los precios, sin embargo, los agentes gubernamentales puestos en estos menesteres invariablemente concentran ignorancia con lo que se desarticula el mercado, lo cual genera las consiguientes contracciones respecto a lo que se requiere y sobrantes de lo que no se demanda, dadas las circunstancias imperantes.

 

En este tema de los impuesto a la tierra hay una tradición de pensamiento que surge de los escritos de Henry George por lo que se considera que los impuestos a la tierra se justifican debido a que ese factor de producción se torna más escaso con el mero transcurso del tiempo (solo puede ampliarse en grado infinitesimal) mientras que el aumento de la población y las estructuras de capital elevan su precio sin que el dueño de la tierra tenga el mérito de tal situación. Por ende, se continúa diciendo, hay una “renta no ganada” que debe ser apropiada por el gobierno para atender sus funciones.

 

Este razonamiento no toma en cuenta que todos los ingresos de todas las personas se deben a la capitalización que generan  otros y no por ello se considera que el ingreso correspondiente no le pertenece al titular. Esto ocurre no solo con los beneficios crematísticos (los ingresos no son los mismos del habitante de Uganda del que vive en Canadá, precisamente debido a que las tasas de capitalización de terceros no son las mismas) sino de beneficios de otra naturaleza como el lenguaje que existe en el momento del nacimiento del beneficiario y así sucesivamente con tantas otras ventajas que se obtienen del esfuerzo acumulado de la civilización.

 

En alguna oportunidad se ha legislado “para defenderse de la extranjerización de la tierra” lo cual ha hecho también la FAO, como si los procesos abiertos y competitivos en la asignación de los siempre escasos factores productivos fueran diferentes según el lugar donde haya nacido el titular, y como si los lugareños que declaman sobre nacionalismos no descendieran de extranjeros en un proceso de continúo movimiento desde la aparición del hombre en África. Esta visión de superlativa ceguera y de cultura alambrada es incapaz de percatarse que las fronteras y las jurisdicciones territoriales son al solo efecto de evitar la concentración de poder en manos de un gobierno universal, y no porque “los buenos” son los locales y “los malos” los extranjeros (atrabiliaria clasificación que, entre otras cosas, reniega de nuestros ancestros).

 

Es de esperar que en debates abiertos se perciba que los procesos de mercado son los más efectivos para reducir el hambre y no la politización de un tema tan delicado que barre con las señales para asignar recursos del modo más adecuado a las necesidades, especialmente de los más débiles. Respecto a las peligrosas falacias que rodean al tema específico de la ecología, las he tratado en mi trabajo titulado “Debate sobre ecología” que puede localizarse en Internet.

 

https://eseade.wordpress.com/2014/03/02/debate-sobre-ecologia/

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

K. MINGUE Y LA TOLERANCIA CON LOS INTOLERANTES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Después de la reunión regional de la Mont Pelerin Society, el 28 de junio del corriente año en vuelo desde las islas Galápagos a Guayaquil murió Kenneth Mingue con quien conservo correspondencia que aunque no frecuente, por cierto muy fértil. Puede discreparse con ese autor aquí y allá pero siempre deja una enseñanza en el contexto de su notable erudición y contagioso buen humor.

Su ensayo expuesto en esa reunión versó sobre el ingrediente del interés personal como elemento crucial en una sociedad abierta en cuyo contexto citó autores tales como Hayek, Naill Fergueson, Hume y Adam Smith en reflexiones jugosas, ilustrativas y confrontativas en las que puede revisarse y discutirse el uso de algunos términos como “egoismo” y “altruismo”. Cuando fui miembro del Consejo Directivo de la Mont Pelerin Society, se consideraron trabajos de aquel distinguido miembro y profesor emérito de la London School of Economics que ahora murió y que nos ilustraba sobre puntos que se pensaba incluir en programas académicos de esa entidad, específicamente sobre nacionalismo.

 

Hay una célebre entrevista que le hizo William Buckley en “Fire Line” a Mingue donde se recorren varios de los puntos característicos de la obra del pensador neocelandés que estudió en tierras australianas, pero el eje central de sus ideas liberales puede resumirse en una cita de su antedicha participación en la reciente y también mencionada reunión ecuatoriana. Allí concluyó: “Me parece que nuestra preocupación con los defectos de nuestra civilización se traslada en una tentación permanente pero  sumamente peligrosa de encargarle la rectificación a la autoridad civil de aquello que entendemos son imperfecciones sociales”.

 

En esta nota me quiero detener en un aspecto muy distinto, tratado por el profesor Mingue en el Libertarian Oxford Club en 2009. En esa oportunidad señaló que los sistemas en los que se impone un orden jerárquico para “establecer lo que es verdadero” se ubica frente a la cultura occidental en la que el eje central estriba en “los desacuerdos de prácticamente todo” pero en base al respeto recíproco.

 

No hay en esto último la arrogancia de los totalitarios de fabricar “el hombre nuevo” ni la perfección, que como ha dicho Friedrich Hölderin “de tanto intentar que la tierra se convierta en al paraíso la torna en un infierno” y como reza el proverbio latino a que tanto he recurrido: ubi dubiam ibi libertas (naturalmente, donde no hay dudas no hay libertad puesto que de antemano se sabe donde apuntar sin afrontar elaboración alguna para elegir). Pero aquí viene el tema que pienso abordar en esta nota vinculado al respeto recíproco en lo cual subyacen normas básicas que deben cumplirse  sobre las que hemos considerado de modo fugaz -y a mi juicio insatisfactorio- en la antedicha correspondencia con el profesor Mingue. El asunto es que debe hacerse con aquellos que apuntan no solo a no cumplir esas normas de convivencia sino a destruirlas. Esto es lo que Karl Popper denominó “la paradoja de la libertad”.

 

Veamos este asunto de cerca sobre lo que escribí antes y que surgió también en la mencionada conferencia de Mingue en Oxford como algo marginal sin que hubiera demasiada precisión, por lo que quisiera analizar el asunto desde cero y reformular este delicado asunto. Popper mantiene que “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a aquellos que son intolerantes, si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra la embestida del intolerante, entonces el tolerante será destrozado junto con la tolerancia […], puesto que puede fácilmente resultar que no están preparados a confrontarnos en el nivel del argumento racional y denunciar todo argumento; pueden prohibir a sus seguidores a que escuchen argumentos racionales por engañosos y enseñarles a responder a los argumentos con los puños o las pistolas” (The Open Society and its Enemies, Princeton, NJ., Princeton University Press, 1945/1950:546).

 

En la misma línea argumental, Sidney Hook apunta que “Las causas de la caída del régimen de Weimar fueron muchas: una de ellas, indudablemente, fue la existencia del liberalismo ritualista, que creía que la democracia genuina exigía la tolerancia con el intolerante” (Poder político y libertad personal, México, Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, Uthea, 1959/1968: xv).

 

El problema indudablemente no es de fácil resolución. Giovanni Sartori ha precisado que “el argumento es de que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría” (Teoría de la democracia, Madrid, Alianza Editorial, 1987: vol.i, 57).

 

El tema de proscribir a los enemigos de la sociedad abierta tiene sus serios bemoles puesto que resulta imposible trazar una raya para delimitar una frontera. Supongamos que un grupo de personas se reúne a estudiar los Libros v al vii de La República de Platón donde aconseja el establecimiento de un sistema enfáticamente comunista bajo la absurda figura del “filósofo-rey”. Seguramente no se propondrá censurar dicha reunión. Supongamos ahora que esas ideas se exponen en la plaza pública, supongamos, más aún, que se trasladan a la plataforma de un partido político y, por último, supongamos que esos principios se diseminan en los programas de varios partidos y con denominaciones diversas sin recurrir a la filiación abiertamente comunista ni, diríamos hoy, nazi-fascista. No parece que pueda prohibirse ninguna de estas manifestaciones sin correr el grave riesgo de bloquear el indispensable debate de ideas, dañar severamente la necesaria libertad de expresión y, por lo tanto, sin que signifique un peligroso y sumamente contraproducente efecto boomerang para incorporar nuevas dosis de conocimiento.

 

La confrontación de teorías rivales resulta indispensable para mejorar las marcas y progresar. En una simple reunión con colegas de diversas profesiones y puntos de vista para someter a discusión un ensayo o un libro en proceso se saca muy buena partida de las opiniones de todos. Es raro que no se aprenda de otros, de unos más y de otros menos, pero de todos se incorporan nuevos ángulos de análisis y visos de provecho, sea para que uno rectifique algunas de sus posiciones o para otorgarle argumentación de mayor peso a las que se tenían. Se lleva el trabajo a la reunión pensando que está pulido y siempre aparecen valiosas sugerencias. Por otra parte, en estas lides, el consenso se traduce en parálisis. Nicholas Rescher pone mucho énfasis en el valor del pluralismo en su obra que lleva un sugestivo subtítulo: Pluralism. Against the Demand for Consensus (Oxford, Oxford University Press, 1993). Incluso la unanimidad tiene cierto tufillo autoritario; el disenso, no el consenso, es la nota sobresaliente de la sociedad abierta (lo cual desde luego incluye, por ejemplo, que un grupo de personas decida seguir el antedicho consejo platónico y mantener las mujeres y todos sus bienes en común pero sin afectar a terceros).

 

Sidney Hook sostiene que “una cosa es mostrarse tolerante con las distintas ideas, tolerante con las diversas maneras de jugar el juego, no importa cuan extremas sean, siempre que se respeten las reglas de juego, y otra, muy diferente, ser tolerante con los que hacen trampas o con los que están convencidos de que es permisible hacer trampas” (op. cit.: xiv). Pero es que, precisamente, de lo que se trata desde la perspectiva de quienes no comparten los postulados básicos del liberalismo es dar por tierra con las reglas de juego, comenzando con la institución de la propiedad privada. En este sentido recordemos que Marx y Engels sostuvieron que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada” (“Manifiesto del Partido Comunista”, en Los fundamentos del marxismo, México, Editorial Impresora, 1848/1951:61) y los fascistas mantienen la propiedad de jure pero la subordinan de facto al aparato estatal, en este sentido se pronuncia Mussolini: “Hemos sepultado al viejo Estado democrático liberal […] A ese viejo Estado que enterramos con funerales de tercera, lo hemos substituido por el Estado corporativo y fascista, el Estado de la sociedad nacional, el Estado que une y disciplina” (“Discurso al pueblo de Roma” en El espíritu de la revolución fascista, Buenos Aires, Ediciones Informes, 1926/1973:218, compilación de Eugenio D`Ors “autorizada por el Duce”: 13).

 

No se trata entonces del respeto a las reglas de juego sino de modificarlas y adaptarlas a las ideas de quienes pretenden el establecimiento de un estado totalitario o autoritario. Esto es lo que estamos presenciando en estos momentos en el llamado mundo libre. Tolstoi escribió que “Cuando de cien personas, una regentea sobre noventa y nueve, es injusto, se trata de despotismo; cuando diez regentean sobre noventa, es igualmente injusto, es la oligarquía; pero cuando cincuenta y uno regentean a cuarenta y nueve […] se dice que es enteramente justo ¡es la libertad! ¿Puede haber algo más gracioso por lo absurdo del razonamiento?” (“The Law of Love and the Law of Violence”, en A Confession and other Writings, New York, Penguin Books, J.Kentish, ed., 1902/1987:165). Y tengamos en cuenta que regentear es dirigir y mandar, por ende, en nuestro caso, la concepción original de democracia desde Aristóteles en adelante -con todas las contradicciones de las distintas épocas- se refería a la libertad como su columna vertebral lo cual, como queda dicho, ha sido abandonada y sustituida por expoliaciones reiteradas a manos de grupos de intereses creados en alianza con el aparato estatal.

 

Vilfredo Pareto ha puntualizado que “El privilegio, incluso si debe costar 100 a la masa y no producir más que 50 para los privilegiados, perdiéndose el resto en falsos costes, será bien acogido, puesto que la masa no comprende que está siendo despojada, mientras que los privilegiados se dan perfecta cuenta de las ventajas de las que gozan” (“Principios generales de la organización social”, en Estudios sociológicos, Madrid, Alianza Editorial, 1901/1987:128). Este tipo de reflexiones eventualmente hace pensar si en última instancia los procedimientos en vigencia no serán una utopía liberal imposible de llevarse a la práctica puesto que con solo levantar la mano en la Asamblea Legislativa pueden derrumbarse todas las vallas pensadas para mantener el poder en brete. Esta preocupación se acrecienta debido al fortalecimiento de los incentivos de ambas partes en este intercambio incestuoso de favores. Y no se trata en modo alguno de adoptar otros procedimientos sin más, sino de invitar calmadamente a todos los debates abiertos que resulten necesarios y a la eventual aceptación de otras perspectivas consideradas más fértiles.

 

La sabiduría de los Padres Fundadores en Estados Unidos previeron ese problema por eso hablaban del sistema republicano y no de democracia y, sobre todo, a través del federalismo que maximiza la descentralización y el fraccionamiento del poder pero, aparentemente, con el tiempo, la fuerza centrípeta del gobierno central absorbe funciones de modo creciente. Esto ocurre a pesar de la competencia fiscal entre las distintas jurisdicciones y de que el financiamiento del gobierno central estaba originalmente en manos de esas jurisdicciones. Por eso es que el liberal debe siempre tener presente que el conocimiento es una ruta azarosa que no tiene termino, abierta a refutaciones y corroboraciones que son siempre provisorias.

 

Por esta razón, por la higiénica política de siempre dejar despejados caminos posibles aún inexplorados, resulta clave el prestar la debida atención nuevos aportes y sugerencias para maniatar al Leviatán, temas que estaban siempre latentes en los trabajos de Kenneth Mingue aunque no siempre se coincida con sus perspectivas. En todo caso, se ha ido un intelectual propiamente dicho, es decir, alguien que ejercía la crítica e invitaba a pensar.

 

El problema central aquí planteado es de gran relevancia y refuerza la imperiosa necesidad de estudiar y difundir los principios de una sociedad abierta al efecto de comprender la urgencia de apuntalar marcos institucionales que imposibiliten el uso de la fuerza agresiva y mantenerla exclusivamente para propósitos defensivos. Y desde luego esto no es una operación que se hace de una vez y para siempre sino que requiere la permanente renovación de aquellos estudios y difusión para así contar con una vigilancia sin interrupciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.