¿SE PUEDE SER UN BUEN CRISTIANO Y UN BUEN LIBERAL?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 3/2/15 en: http://institutoacton.org/2015/02/03/leccion-inaugural-se-puede-ser-un-buen-cristiano-y-un-buen-liberal/

 

Entonces, tenemos la difícil tarea de ver si podemos contestar a esta pregunta: si se puede ser un buen cristiano y un buen liberal.  Y para eso vamos a tratar de decir en principio ¿qué significa ser un buen cristiano?, después vamos a tratar de decir sintéticamente ¿qué significa ser un buen liberal?, y luego vamos a ver la relación entre ambas.

 

Así que vamos a repasar un poquito estas nociones fundamentales. ¿Qué es ser un buen cristiano?  Vamos primero a repasar eso: ¿qué significa ser un buen cristiano? y van a ver que las cosas que vamos a ir diciendo van a estar en relación con la pregunta siguiente: ¿qué significa ser un buen liberal?

Ante todo, un buen cristiano es una persona que cree, que cree en algo que ya más o menos está representado por esta imagen, la del pensador y la cruz. Un buen cristiano cree en la trinidad y en la encarnación; cree verdaderamente que Dios es una sola naturaleza, tres personas, y la segunda persona se encarnó para la redención de nuestros pecados.  Eso es lo que un buen cristiano cree, pero (y esto es muy importante) no lo cree porque sí.  No lo cree porque está siguiendo simplemente una tradición sin razonamiento, no lo cree porque se lo dijeron y queda bien, no lo cree ni por temor, ni por coacción, ni porque está esperando algún premio.  Lo cree (recuerden la imagen) porque hay una profunda relación, siempre, en el cristiano, entre su razón y su fe, por eso la imagen del pensador y la cruz.

La fe del cristiano tiene que estar basada en poder dar razones de su esperanza. La fe implica, siempre, razones para la fe, y por lo tanto, el buen cristiano piensa desde sí mismo. El buen cristiano es alguien que de algún modo ha madurado, meditado, y rezado las razones para ser cristiano; y por eso, una vez que es un buen cristiano, puede predicar, como la otra imagen, un poquito más grande, que es una imagen que representa la primera vez que Jesús, en el templo, se anuncia a sí mismo.  Esto era el lema y sigue siendo el lema, por ejemplo, de los dominicos: contemplar y luego predicar lo contemplado, rezar y predicar, pensar y enseñar, y estar abierto a dar razones de la propia fe; eso es un buen cristiano. Este es un punto importantísimo.

Por lo tanto, de acuerdo a lo que acabamos de decir, un buen cristiano es una persona que fundamentalmente dialoga con los demás; respeta a la otra persona en tanto es otra persona, no le impone por la fuerza sus creencias. Como está dispuesto a dar testimonio de su esperanza, como está dispuesto a dar razones de su esperanza, entonces es capaz de dialogar.  Cuando le preguntan ¿por qué?, entonces, él dice por qué, pero no molesta, no invade, predica pero no coacciona, y por lo tanto, dialoga, esto es, se pone en una situación de comprensión con el otro, cuando el otro da permiso para aterrizar en su existencia. Entonces, esto es fundamental: un buen cristiano dialoga.

Y, por lo tanto, no coacciona. Un buen cristiano jamás utiliza la violencia, utiliza simplemente su fe, la fuerza de la sola verdad, el calor de la amistad, del razonamiento tranquilo y meditado, pero jamás coacciona, jamás invade la vida del otro.  Y, por lo tanto, el cristiano busca siempre el bien del otro, es su mandato fundamental, algo que sale de la parábola del buen samaritano. Para el buen cristiano, el bien del otro es al mismo tiempo su propio bien. Esto es algo fundamental en la vida de todo cristiano.

Pero, al mismo tiempo un buen cristiano, nunca juzga al otro, ¿qué quiere decir esto?, ¿por qué aparece en el evangelio esa expresión, tantas veces repetida pero tan poco practicada?  “No juzguéis y no seréis juzgados”; “con la vara que mides al otro seréis medidos”; “el que tenga misericordia obtendrá misericordia”.  ¿Qué quiere decir esto?  No que el cristiano no sepa, (dado que Jesucristo se lo ha dicho de alguna manera) lo que está bien o mal moralmente; no porque el cristiano sea indiferente con respecto al bien y el mal; no porque el cristiano no le importe la vida del otro; sino porque el cristiano sabe que solo Dios es juez, y que Dios es un juez misericordioso, y porque el cristiano sabe que en la vida del otro hay infinitas circunstancias que escapan totalmente a su conocimiento.  Por eso el cristiano no juzga, y esto es totalmente coherente con lo anterior, el cristiano está dispuesto al diálogo, el cristiano está dispuesto a dar testimonio de su fe cuando se lo pregunten, pero no es alguien que esté molestando y menos aún juzgando al otro de manera inmisericorde, porque eso es una de las cosas más contrarias a la vida de Jesucristo.  Esto es a veces muy olvidado pero es muy importante.

Por lo tanto, a su vez, el cristiano se da para los demás.  Este famoso tema de que el cristiano tiene que compartir sus bienes, no significa un tema socioeconómico de distribución; significa que los bienes del cristiano son en primer lugar su propia vida, su propia existencia.  Y en ese diálogo para con los demás, el cristiano se da al otro, no porque el cristiano sea muy importante, no porque el cristiano tenga que regalarse al otro  en el sentido de decir “yo soy muy importante”, sino porque la fe que tiene, y esa armonía entre la razón y la fe, es el mensaje que fundamentalmente tiene que dar a los demás.  Y en ese mensaje está comprometida la propia vida, la propia existencia; el cristiano nunca puede hablar de algo que le es ajeno, está como a veces sucede en algún examen donde hablamos de algo que no entendemos.  No, no es así la vida del cristiano.  En la vida del cristiano, ese dialogo, ese darse, ese no juzgar, ese estar atento al bien del otro, es darse para los demás.  Podríamos seguir diciendo muchas cosas acerca de lo que es un buen cristiano, pero a mí, faliblemente, me pareció que estos puntos son muy importantes.

Entonces, podemos pasar a ¿qué tiene que ver todo esto con ser un buen liberal? Veamos. ¿Tiene que ver o no? De algún modo, sí, no porque sean lo mismo; la religión es una fe en algo sobrenatural, el liberalismo político y económico surge de la razón humana, es una doctrina política y económica.  En principio no se mezclan, pero hay alguna relación, hay algunas cosas que presentan similitudes. En primer lugar, el liberal también piensa desde sí mismo, el liberal ha decidido desde sí mismo que las libertades individuales son lo más valioso de la vida social, el liberal de alguna manera representa ese ideal de madurez, de pensamiento desde sí mismo, como decía Kant:  alguien que conoce las razones de aquello que está valorando tanto, alguien que conoce las razones por las cuales las libertades individuales son valiosas; alguien que por lo tanto no se va a dejar llevar por ningún canto de sirena de dictaduras, totalitarismos y autoritarismos, alguien que no se va a poder dejar engañar por slogans demagógicos. Es alguien que piensa desde sí, alguien que tiene decididos los valores políticos más importantes, es alguien que ha pensado, ha meditado y por lo tanto en ese sentido está firme en sus razones; de igual modo, fíjense que hay una similitud: el cristiano también piensa desde sí, el cristiano razona la relación entre la razón y su fe, así que hay una similitud.

El liberal respeta la libertad religiosa, esto es algo fundamental, no porque un buen liberal considere que todas las religiones son lo mismo o que da cualquiera una que la otra, sino porque el buen liberal considera que la verdad solamente se transmite por el diálogo, que la verdad nunca se impone por la fuerza, que la verdad solamente se impone por la sola fuerza de la verdad, y que por lo tanto, uno de los valores más fundamentales del liberal es respetar esa libertad religiosa definida como el respeto a la conciencia del otro, como el respeto a la inmunidad jurídica de coacción que tiene la conciencia del otro con respecto a estos temas religiosos; por lo tanto, el liberal respeta la libertad religiosa no porque sea indiferente frente al fenómeno religioso, sino porque sabe que en el fenómeno religioso hay un diálogo secreto entre la conciencia y Dios que no debe ser invadido por ninguna persona humana, sino que es algo en lo cual entra la conciencia personal y Dios.  Este respeto a la libertad religiosa es un valor fundamental del buen liberal; fíjense, hay una similitud con el buen cristiano que también dialoga, no impone, da razón de su esperanza, no juzga, da su propio testimonio.

El liberal, el buen liberal, también tiene conciencia de que la otra persona tiene como una especie de casa propia, una casa existencial. El ser humano tiene inteligencia, voluntad libre y por lo tanto hay alrededor de todos nosotros, sin que se pueda ver, una especie de casa a la cual no se puede entrar sin permiso, esta es una de las nociones más profundas de propiedad.  Esto es, si uno se acerca al otro, aunque aparentemente no haya nada, solo aire, sin embargo, el otro tiene una naturaleza tal que hay que pedir permiso para entrar.  Toc, toc ¿se puede? Y el otro tiene que abrir la puerta.  Si el otro no abre la puerta, no podemos violentar la vida del otro, podemos intentar dialogar, podemos intentar aconsejar, podemos ayudar si el otro lo acepta; el otro, sin embargo, tiene las llaves de su casa, no porque sea dueño absoluto de sí mismo, sino porque, como vamos a decir después, el único dueño absoluto es Dios, nosotros no somos dueños de la vida de nadie, no podemos invadir la casa del otro, de lo cual surgen muchas consecuencias, filosóficas, políticas y económicas. Que no debamos invadir la casa del otro es el fundamento básico, no solamente de la propiedad en un sentido profundo del término, sino de todas las libertades individuales; fíjense, acá hay un parecido al punto anterior, al respeto a esa libertad religiosa que como ven se transmite en un ámbito mucho más amplio, es respetar la conciencia del otro, respetar las decisiones del otro, no porque seamos indiferentes sino porque no podemos invadir la casa del otro.

Un buen liberal puede ser caritativo con sus bienes (por eso la imagen del regalo), un buen liberal puede regalar su propiedad, lo que no puede hacer el liberal es robar la propiedad del otro y regalarla, eso no lo puede hacer un buen liberal, o sea, un buen liberal puede ser caritativo con sus bienes, un buen cristiano debeserlo; un buen liberal puede serlo, pero en ambos casos con los bienes propios.  Cuando el cristiano da su vida al otro es su propia vida, cuando el liberal da sus bienes al otro son sus propios bienes.  En ambos casos, fíjense, lo que decididamente no hay en ninguno de los dos casos es esto: coacción.  Esto es muy importante.

Por lo tanto, dado todo lo que acabamos de decir, ¿hay relación entre la revelación cristiana y el liberalismo?, porque algunos, dado todo lo que acabo de explicar, podrían verse tentados a decir: bueno, pero entonces, es lo mismo, o casi lo mismo, o de la revelación cristiana se desprendería necesariamente el liberalismo político y económico. Yo diría: no directamente.  La religión y la política van, de alguna manera, por direcciones no contradictorias pero sí diversas.  No directamente porque el cristianismo no ha revelado directamente ningún sistema político y social, el cristianismo no ha revelado cuáles deben ser los detalles técnicos de la organización socioeconómica, el cristianismo no ha revelado un sistema político determinado, si tiene que ser monarquía, aristocracia, república constitucional, todas esas son cuestiones que emergen de la razón humana tratando de ver cuál es la mejor organización social entre nosotros.

En el cristianismo no hay una revelación directa de un sistema social y político, suponer lo contrario es entrar en un grave error que se llama clericalismo, integrismo, temporalismo: muchos cristianos consideran que su propio partido político es el partido de la iglesia o de Cristo, y eso es un grave error. ¿Por qué? Porque para estar de acuerdo con un determinado sistema social y político, hay que, a su vez, agregar ciertas premisas intermedias, ciertos razonamientos que no han sido directamente revelados.  Por otra parte, asumir un sistema político de alguna manera emergente de la razón humana como directamente dictado por Cristo es hacerle decir a Cristo lo que no dijo, y ese ha sido el grave error de muchos cristianos que por izquierda o derecha han tratado de incurrir en esta especie de clericalismo, esta especie de fusión indebida entre el orden sobrenatural de la fe y el orden natural de los razonamientos humanos; esto se ha dado lamentablemente muchas veces.  Así que no directamente: no habría relación.

Pero entonces, alguien me puede seguir preguntando: sin embargo, has dicho, cuando has hablado de lo que significa ser un buen liberal, y cuando has hablado de lo que significa ser un buen cristiano, que hay algunas coincidencias.  Sí, y en ese sentido podríamos decir que sí las hay, indirectamente. ¿Por qué?  Porque la revelación cristiana ha sido un punto de inflexión básico en lo que llamamos el surgimiento de la civilización.  Esa civilización por la cual un autor que van a estudiar en estas aulas, que se llama Ludwig von Mises, tenía tanta preocupación: la civilización, ¿por qué?  Porque en el cristianismo, por esa relación entre razón y fe, surge en los primeros siglos todo un trabajo de razonamiento, de relación, como estoy diciendo, entre razón y fe, con la patrística, con San Agustín, en el s. IV d.c., y luego, entre los siglos quinto y el siglo nueve, toda la sabiduría antigua combinada con la revelación cristiana se mantiene en monasterios, en los libros que únicamente estaban en esos monasterios, muchos de ellos benedictinos y agustinos. En el siglo nueve se produce ese llamado renacimiento carolingio donde emergen las primeras universidades, en las que comienzan a surgir, a partir de los siglos IX, X, IX, los estudios humanísticos e incluso científicos, todo lo que hoy llamamos la base de nuestros estudios sobre el hombre, la literatura, la geometría, la música, la teología, la filosofía, las ciencias naturales: todo va surgiendo en esos siglos. Mucho antes de la revolución francesa, mucho antes de la lamentable división entre cristianos, surge ese acervo de conocimientos que conforma nuestra civilización occidental, surge el derecho con la emergencia del common lawbritánico, surgen los primeros estudios sobre las ciencias, surgen los primeros estudios sobre la ley natural, y aquellos deberes que tenemos para con el otro y por lo tanto, ya en el siglo XVI se comienza a hablar de los derechos del súbdito frente al monarca y en el siglo XVI, de los derechos del individuo frente al poder. Todo eso es un acervo cristiano de civilización occidental, pero al decir civilización occidental, no estamos incurriendo en una especie de etnocentrismo, no estamos diciendo que solamente la civilización europea es valiosa, no, lo que estamos diciendo es que allí surgió un valor que es absolutamente universal, que se puede transmitir a todas las culturas, porque todas las culturas son humanas. ¿Cuál es ese valor?, ese valor, que me permito decir, no se hubiera dado sin el entronque, sin la relación entre la razón y la fe, es el respeto a la persona del otro en tanto otro, es el valor de la persona como creado a imagen y semejanza de Dios que tiene derechos inalienables frente a cualquier poder absoluto. Ese valor de la persona es fruto de una civilización occidental donde el cristianismo tiene un papel esencial, no accidental, el valor de la persona que incluso pueden compartir los no cristianos, que puede compartir cualquier persona de cualquier otra civilización; de algún modo todos por medio de nuestro razonamiento, podemos darnos cuenta que hay que respetar la persona del otro. Es esa no invasión, ese dialogo del que hablábamos antes, pero en este sentido hay un fruto conjunto entre la razón y la fe que es esta civilización occidental de la cual emerge un valor universal, por lo tanto no estamos hablando de una razón griega o de una razón reductivamente cristiana, estamos diciendo de que del encuentro entre la razón y la fe se da un valor de la razón universal para todos los tiempos, para todas las culturas, para todos los seres humanos, y que a pesar de todos nuestros errores, de las violencias, de las guerras, de las locuras, que también ha habido y que sigue habiendo en la civilización occidental, sin embargo ese valor se mantiene y no podría haber surgido sin el encuentro entre la razón y la fe.

Por lo tanto, se produce en el corazón del cristiano de manera indirecta, valga la redundancia, una conversión del corazón que lo que busca es, justamente, la justicia, y por lo tanto un no radical a la crueldad y a la injusticia. Por lo tanto, el corazón del cristiano, de igual manera que la razón del liberal, tiene que rechazar los sistemas autoritarios, totalitarios, estas dictaduras crueles e inhumanas que son una mancha gravísima en la historia de la ética de occidente.  De ningún modo el cristiano y el liberal  aceptan esto, y tienen que huir de las tentaciones del poder, un no radical al poder absoluto.  ¿Por qué, a su vez? ¿Por qué no al poder absoluto?  No al poder absoluto porque solo Dios es el dueño, nosotros no somos dueños de la vida de nadie, nosotros no podemos cometer la grave falta de pensar que somos Dios, y que por lo tanto podemos invadir la vida del otro, cuando paradójicamente Dios es el primero que no invade la vida del otro: Dios es el primero que, siendo Cristo, dialoga. Recuerden el diálogo con la samaritana, el diálogo con la mujer adúltera; Dios en tanto Cristo sólo se enojaba frente a la hipocresía, pero él jamás invadía. Recuerden cómo le pregunta, cómo dialoga cariñosamente con María para preguntarle, para decirle que va a ser la madre de Dios, o sea Dios no invade, Dios no coacciona. ¡Y los seres humanos, que somos creaturas finitas, que somos casi nada al lado de Dios, nos damos el lujo de invadir, de pretender ser dueños de los demás! Es una incoherencia absoluta, cuando tenemos clara conciencia de que sólo Dios es el dueño.  Claro, alguien me va a decir: yo también soy dueño de mis bienes.  Eres dueño de tus bienes precisamente porque el otro no es dueño de los tuyos, por eso eres dueño; justamente porque solo Dios es dueño es que tú no puedes invadir al otro, y el otro jurídicamente tiene derecho a la posesión de su vida y de sus bienes, y este es un punto fundamental de confluencia entre la civilización cristiana, la concepción cristiana del mundo y el respeto al individuo.

Por lo tanto, acá llegamos a una conclusión interesante: nosotros no somos dueños, nosotros somos más humildes de lo que en general pensamos.  Ven, cuando nosotros creemos que somos Superman, en realidad terminamos en una situación relativamente ridícula, nosotros no somos Superman, es comprensible que a veces pensemos que queramos ser Superman y por lo tanto dominar el mundo, pero no; somos seres más humildes de lo que aparentemente suponemos, y sobre todo cuando estamos en situación de gobierno, sobre todo cuando tenemos la difícil misión de, de algún modo, tener un rol de sana autoridad moral frente a los demás. Pero si nos olvidamos de que solo Dios es dueño y si nos olvidamos de nuestra humildad existencial, terminaremos así, en una situación cuasi ridícula; en realidad nosotros somos más débiles: tenemos nuestras dudas, nuestras perplejidades, nuestros conflictos, nuestros temores. Podemos ser valientes frente a todo eso, podemos tener fortaleza frente a nuestras dudas, frente a nuestros conflictos, pero en última instancia somos más así, no somos Superman, somos más bien el antihéroe de las películas de Woody Allen, somos ese personaje aunque muchas veces no lo queramos reconocer, y por lo tanto, estamos lejos de pretender ser el dios del mundo y el gobernante absoluto del mundo, cuando, vuelvo a decir, Dios mismo, en tanto Cristo, jamás se erigió en gobernante absoluto, rechazó totalmente la tentación temporalista, su reino no es de este mundo e incluso a los reinos de este mundo les dijo: “El poder es servicio, no es dominación ni crueldad”, así que vuelvo a decir, ¿cómo puede ser que si Dios en tanto Cristo no se erigió en gobernante absoluto, nosotros sí lo pretendamos?  Pero también hay que tener en cuenta que las dictaduras más terribles surgen de una comprensible tentación, ¿qué nos dice la imagen tan enternecedora de una madre abrazando al niño? Lo que nos dice es que es una madre abrazando al niño, y ustedes van a decir: sí, ya lo dijiste, ¿y? Lo que nos dice esta imagen es que hay algún momento en nuestra existencia en la cual verdaderamente somos niños, y que hay una madre que nos tiene que tomar amorosamente en sus brazos, pero muchas de las más crueles dictaduras no surgieron con tanques invadiendo a Polonia, no fue ese el comienzo de las más crueles dictaduras, el comienzo fue una simple persona que empezó a decirle a las demás: yo las voy a proteger, el comienzo de las más crueles dictaduras fueron y siguen siendo personas que les dicen al resto: ustedes son niños, ustedes no son realmente adultos, ustedes necesitan mi protección, y nosotros cuando nuestro yo no está del todo firme, cuando no hemos tenido esa meditación, esa relación entre nuestra razón y la fe, cuando no hemos pensado desde nosotros mismos los valores más profundos de nuestra existencia, cuando en última instancia tenemos veinticinco, treinta, cuarenta años, pero seguimos siendo niños, entonces somos víctimas de los cantos de sirena del inicio de las dictaduras, que se inician así, suponiendo que el Estado es la madre, suponiendo que el Estado es la fuente nutricia de todas nuestras necesidades, como efectivamente lo es la madre con respecto al niño.  O sea podemos confundir al gobernante con un padre o con una madre, hay que tener cuidado, sobre todo aquellos países donde los presidentes son mujeres, de no confundirlas con madres, y aquellos países donde los presidentes son varones, igual: no es el padre, es un igual; no solamente es un igual, es un servidor, tiene un poder delegado. ¿Cómo se le ocurre sobrepasarse e invadir nuestras casas existenciales?  Entonces, esto es muy importante, siempre tenemos que decir desde un corazón cristiano y desde una razón liberal: no a la crueldad de las dictaduras, pero las dictaduras más crueles han comenzado por este engaño, por decir: yo, gobierno, te voy a proteger a ti, niño, y allí es donde tenemos que reaccionar firmemente y decir: no soy niño frente a ti, soy una persona que tiene derechos, y tú eres como mucho mi igual, no mi padre ni mi madre, así que esto es algo muy importante para decir no frente a las dictaduras.

Por lo tanto, de alguna manera el cristianismo ha significado este NO radical a la esclavitud, porque ¿cuál era el fundamento de la esclavitud?, ¿Acaso la crueldad sobre los esclavos?  No.  La mayor parte de los esclavistas decían: yo protejo a mis esclavos, mis esclavos están bien conmigo, están tranquilos, en paz, tienen comida, tienen ropa, tienen todo lo que necesitan.  Muchas veces ese fue el fundamento de la esclavitud, pero ese fundamento está radicalmente equivocado, porque tener una persona en una cárcel de oro es contradictorio con la naturaleza de la persona; no importa que el esclavo esté bien protegido, lo que le falta es su esencial libertad, esto es, su capacidad de decirle al otro: tú no eres mi dueño, solo Dios es el dueño; por lo tanto si vamos a trabajar juntos será en una relación de libre contrato, será una relación de diálogo, no en una relación de imposición, por lo tanto este NO a la esclavitud es uno de los frutos más importantes de la civilización cristiana y una de las más importantes confluencias con el fundamento de los derechos individuales frente al poder.

Por lo tanto, de alguna manera, también el corazón del cristiano y la razón del liberal van a decir NO a la pobreza de los pueblos, y por lo tanto, SÍ al mercado cuando nuestros razonamientos descubren que la economía de mercado es aquello que más puede hacer elevar el nivel de vida y cuando nuestra razón descubre que la economía de mercado es aquello a partir de lo cual hay mayores oportunidades para todos desde el punto de vista material, cosa no precisamente poco importante.  Muchos cristianos a veces se enojan enormemente y tienen razón, frente a la desnutrición, frente a las hambrunas, frente a la miseria generalizada, frente al subdesarrollo de los pueblos, pero entonces, lo que los liberales decimos, y lo que muchos cristianos pensamos por razón, no porque haya sido revelado, es que el mercado es la solución para esas situaciones tan terribles. La no confluencia entre estas dos cuestiones, la suposición de que más gobierno es lo que va a solucionar la pobreza es lo que sigue causando la pobreza más indigna de los pueblos. Este es un punto importantísimo.

Cuarto punto: ¿es posible, entonces, un mundo sin dictaduras ni pobreza?  A veces parece utópico, y efectivamente podríamos decir NO a la utopía, algo muy importante. Si suponemos que es posible un mundo sin dictaduras ni pobreza porque estamos yendo a una utopía, esto es, si suponemos que es posible un mundo absolutamente perfecto, donde la condición herida del corazón humano no afecte a la vida social, eso es totalmente imposible y muchas veces buscar las utopías, buscar el cielo en la tierra, conduce, la mayor parte de las veces, al infierno en la tierra, por eso Jesucristo dijo: “mi reino no es de este mundo”; presuponer lo contrario es presuponer una utopía que habitualmente ha generado mucha violencia y un infierno total y completo. Entonces, NO a las utopías, no puede haber sistemas sociales perfectos porque los seres humanos somos radicalmente imperfectos, pero sí puede haber un mundo mejor, no perfecto pero sí mejor, puede haber un mundo sin pobreza generalizada, sin dictaduras y un mundo mejor es un mundo en el cual, al respetarse las libertades individuales, nuestras ideas de alguna manera van generando ese mundo mejor, la confluencia entre el corazón cristiano y la razón liberal es una confluencia de creatividad, un mundo libre es un big bang de todas nuestras ideas llevadas a ser proyectadas. Todos los aparatos electrónicos que nos rodean han surgido de ideas, las ideas más fundamentales de la civilización occidental, como la división de poderes, la democracia constitucional, han surgido de la historia de las tradiciones acompañadas por ideas, de libros, de pensadores, ideas que luego promueven de alguna manera un mundo mejor. Todos los proyectos educativos, como por ejemplo este, han surgido de ideas y para llevar adelante esas ideas, lo que menos necesitamos es una cárcel de oro, lo que más necesitamos es una situación que respete nuestras libertades individuales, y en ese sentido es necesario pensar en una especie de liderazgo futuro, ¿qué quiere decir ello? No necesariamente las personas, en cuanto masas, van a aceptar estas ideas.  No, porque ya hemos dicho que lamentablemente a veces las masas son susceptibles a los engaños de las dictaduras y de las demagogias, lamentablemente no nos tenemos que asombrar de que haya millones y millones de personas aplaudiendo a quienes los están miserablemente pisoteando. Lamentablemente, no nos tenemos que asombrar de ello, pero si pensamos en todo esto que acabamos de decir, van a surgir líderes, que puedan de alguna manera mover educativamente la opinión de las personas; líderes, religiosos, educativos, económicos, muchos de ustedes tienen que tener la sana esperanza de ser esos líderes; no para ser Superman y para ser el rey del mundo sino para, de alguna manera, asesorar, enseñar, explicar estas ideas, estas confluencias de valores entre el corazón cristiano y la razón liberal.

Entonces, ojalá llegara un momento, y esto es muy importante, y es una idea que les doy, ojalá llegara un momento en que los líderes religiosos cristianos y los líderes liberales pudieran trabajar juntos por este mundo mejor; que no estén trabajando juntos es uno de los mayores dramas de Occidente en este momento: que se escupan los unos a los otros,  cuando tienen esa confluencia de valores, es una de las confusiones más terribles y lo que más está amenazando a la libertad política y lo que más está produciendo el subdesarrollo de los pueblos es que los líderes religiosos y los líderes que conocen acerca de la libertad política y la economía de mercado trabajen separados. Y esto lo dijo, de alguna manera, alguien que tal vez, van a ver porque lo digo, no fue cristiano, que fue Ludwig von Mises, al final de su libro El socialismo. Pero no voy hablar ahora de las teorías de Ludwig von Mises, voy hablar un poquito de su vida; la vida de Ludwig von Mises fue una vida de entrega, de fidelidad, total y completa, a sus ideas y a su vocación de enseñanza. Puso en peligro su propia vida en Europa cuando el nazismo amenazó a todos los que estaban en contra de él. Mises era judío de nacimiento, y liberal clásico; tenía sus días contados, tuvo que huir de Ginebra en 1940 por tierra hasta llegar a Portugal. Cuando sale el barco, no precisamente un crucero, que lo está llevando a Nueva York, dos días después llegan los nazis buscándolo con nombre y apellido.  Cuando a sus 60 años, entonces, llega a los Estados Unidos, casi nadie lo está esperando, ninguna Universidad le abre las puertas, no tiene ningún reconocimiento, está casi en la pobreza total, y unos pocos amigos le tienen que ayudar a financiar un humilde departamento de Nueva York en el cual siguió viviendo hasta el final de sus días. Y aun así Ludwig von Mises se pone a reescribir su obra fundamental, La Acción Humana; muchos de ustedes tal vez la van a tener que estudiar, pero cuando la estudien sepan que están estudiando el fruto de  una convicción, de un sacrificio, de una tenacidad que yo me pregunto en tanto cristiano si las semillas del Verbo, como decimos muchas veces, si de algún modo la gracia de Dios no inundó esa vida y si por lo tanto tal vez sin saberlo él y sin saberlo nosotros era mucho más cristiano de lo que nos decimos a nosotros mismos cristianos.  Es una figura heroica, pero fíjense que interesante el regalo de la providencia.  ¿Dónde están ustedes?  Están en la Universidad Francisco Marroquín.  La Universidad Francisco Marroquín fue fundada por Manuel Ayau cuando Ayau tuvo consciencia de estas ideas – Mises y Hayek – y decidió fundar una institución educativa para promover estas ideas, pero acá tenemos una especial acción de la providencia.  Ludwig von Mises, en Nueva York, finalmente logró tener un seminario cada quince días, donde tuvo muchos discípulos, uno de ellos, que lamentablemente muchos de ustedes ya no van a conocer, pero que los más grandecitos hemos conocido, uno de ellos, discípulo de von Mises, fue alguien muy especial, no sé si decir importante, no sé si le cabe esa palabra, muy especial.  Miren, yo nunca tuve en mi vida la experiencia  de conocer un santo directamente; admiro mucho a Santo Tomás de Aquino, a San Agustín, a San Francisco, a Fray Martín de Porres, y estoy seguro que estoy rodeado de santos, pero todavía no lo sé, pero cuando conocí a esta  persona en 1988, dije: acá hay algo que huele a Dios, de manera directa, así que cuando nos hemos preguntado si se puede ser un buen cristiano y un buen liberal, en esta universidad hemos tenido alguien que fue discípulo directo de Ludwig von Mises, que obtuvo su doctorado con Ludwig von Mises, que era salesiano con votos religiosos y que fue uno de los cristianos más santos que todos nosotros hemos conocido y que murió el año pasado; estoy hablando, por supuesto, de Joe Keckeissen.   Así que si necesitamos saber teóricamente si se puede ser un buen cristiano y un buen liberal, acá tenemos un testimonio viviente.   Los que lo han conocido a Joe, díganme, ¿acaso coaccionaba, juzgaba, molestaba?  ¿No era sencillamente un cristiano que daba su vida a los demás, era afable, dialogaba, no juzgaba, como hemos dicho antes? ¿No fue un ejemplo de vida cristiana, y al mismo tiempo, qué materia enseñaba? Filosofía de Mises. ¿Qué líder religioso es capaz de decirme que Joe Keckeissen fue un hereje, quién se atreve a decirme eso?  El que se atreva a decirlo, que lo conozca, que sea capaz de ver lo que fue esta vida cristiana y al mismo tiempo comprometida con las ideas de la economía de mercado y el liberalismo clásico y una vida cristiana, entre comillas, en serio, pero que no se vanagloriaba de sí mismo, no caminaba por allí como muchos cristianos diciendo: acá estoy yo, el perfecto y tú allí abajo.  ¿Acaso Joe Keckeissen era así?  Muchos de los que están aquí me pueden decir: radicalmente no.   Era el humilde entre los humildes, era el caritativo entre los caritativos, era el dialogante entre todos los dialogantes, era un buen cristiano.  Así que la pregunta sobre si se puede ser un buen cristiano y un buen liberal, no solamente es teoréticamente afirmativa, sino que hemos tenido por regalo de la providencia un ejemplo viviente en nuestra casa de que verdaderamente se puede, pero además fíjense el enclave de la providencia divina.   La Universidad fue fundada por Manuel Ayau inspirado en Mises, Hayek, etcétera, y Manuel Ayau llamó a Joe Keckeissen para que diera clases, que era discípulo de von Mises, así que de alguna manera en este enclave de vida y de circunstancias vemos a la providencia de Dios.  Así que dado todo lo que acabamos de decir, esta pregunta  la tenemos de alguna manera contestada.  Sí, se puede. Se puede pero no porque haya una confusión entre religión y política, no porque sean lo mismo, sino porque hay valores compartidos, desde la razón y desde la fe, valores que constituyen lo esencial de esta civilización occidental, que tiene un valor para ser compartido por todos los seres humanos, el respeto a la persona en tanto persona, la no invasión de otro, el respeto absoluto a su condición de persona, como hizo Cristo, que está en la cruz, no para juzgar, no para condenar, sino para salvar en libertad.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Profetas en su tierra:

Por Sergio Sinay: Publicado en http://www.sergiosinay.com/Reflexion.aspx?id=2507

 

Se dice que nadie es profeta en su tierra. Y se trata de algo más que una frase. Es una dolorosa comprobación. Para comprenderlo hay que comenzar por poner en claro qué es un profeta. Erróneamente se lo suele definir como un visionario, alguien que vislumbra el porvenir y no solo eso, sino que trae notas de esperanza y buenaventura. Se cree, además, que los profetas arriban desde algún misterioso y lejano lugar, con pasaporte divino, y que sólo hay que esperar que lleguen (o que vuelvan, según el caso o la religión) para que, mágicamente, todo cambie y se ilumine.

Estas erróneas creencias terminan por expulsar a los profetas. Porque los profetas no vienen de ningún lugar, nacen y viven allí en donde profetizan. Es decir, están entre nosotros desde siempre. Y profetizar es advertir sobre las zonas oscuras de las personas y las sociedades, es señalar sin pudor, sin mentiras piadosas, sin falsas promesas, las dolorosas secuelas de la avaricia, de la soberbia, del egoísmo, de la prepotencia, de la impiedad, de la ausencia de empatía y compasión. Los profetas son (han sido siempre) seres de carne y hueso, que hablan con el lenguaje de sus tierras y de sus tiempos para despertar las conciencias dormidas e indiferentes en esas tierras y en esos tiempos. La mayoría de las personas no quiere a los verdaderos profetas, detesta escucharlos, odia que vengan a denunciar lo que denuncian y a interrumpir el sueño de bulimia consumista, de aberrantes adoraciones, de corrupción y corruptela, de obsceno hedonismo, de narcisismo suicida.

Cada vez que los profetas han cumplido con su deber moral, fueron desoídos, descalificados, mancillados, expulsados de su tierra. Ha ocurrido a lo largo de la historia y ocurre hoy, cuando los oídos son más sordos que nunca a la voz de los profetas. Los profetas no usan túnicas blancas, ni largas barbas, no son necesariamente ancianos, no cabalgan en caballos alados, no sacan agua de las piedras ni convierten el barro en oro. Son algunos pocos intelectuales que aún no se prostituyeron, algún perdido político incorrupto, son empecinados sacerdotes, son madres del dolor, son artistas (¡tan pocos!) que no vendieron su arte (el que sea) al mejor postor, son aquellos maestros (ni todos ni tantos) que persisten empecinados en su misión, son médicos (pocos pero ciertos) que siguen fieles a su juramento hipocrático y no a la prebenda de los laboratorios, son algunos escritores, esos que no han mancillado ni pervertido la palabra. Nunca han sido muchos los profetas y a lo largo de los tiempos se han empecinado en regresar, aunque una y mil veces los expulsaran de su tierra través de la indiferencia, la persecución, la burla, la difamación o el escarnio.

Seguirán volviendo, sin duda. Seguirán estando. Seguirán profetizando. Los profetas perduran en el tiempo. Quienes los expulsan y los ignoran pasan sin dejar huellas, consumidos por el vacío de sus vidas sin sentido.

Ojalá 2015 traiga más profetas y ojalá que empiecen a serlo en su tierra.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE. 

 

EL FUNDAMENTO ÚLTIMO DE LA ESPERANZA HUMANA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/9/13 en http://www.gzanotti.blogspot.com.ar/

Vamos a comenzar nuestro camino hacia la esperanza con la ayuda de un autor muy especial.
Aunque no seas creyente, tal vez recuerdes una muy conocida escena del Evangelio, una de las más bellas y sublimes, donde mucha gente está dispuesta a lapidar a una mujer adúltera. Sabes, más o menos, cómo es. Muchos quieren poner a Jesús en un lindo problema. La lapidamos o no? Si su respuesta hubiera sido afirmativa, El, el maestro de la misericordia, se hubiera visto apoyando ese terrible castigo. Si su respuesta hubiera sido negativa, El, hijo de David, hubiera negado la ley mosaica.
Es ahí cuando cuando surge la ya famosa respuesta: “Quien no tiene pecados, que arroje la primera piedra”. Conoces el final. Todos se van, nadie tira nada. Jesús no desconoce la realidad del pecado. No le dice a Magdalena: “ve y sigue tu camino”, sino “ve y no peques más”.
Aunque no seas creyente, hay en esto algo en lo cual nos podemos reconocer todas las personas que, al menos, intentan ser honestas consigo mismas. Tú, hubieras arrojado la primera piedra?
Ya sé la respuesta. Ni tú ni yo estamos libres del mal; nadie puede decir “yo jamás hice algo malo”.
Es más, se supone que a nuestros defectos ya los habíamos visto en nuestra primera bajada a lo más profundo de nuestro castillo interior.
Ahora, entonces, ha llegado el momento de reflexionar sobre un punto importante.
Si la razón nos ha demostrado que Dios existe, y ahora nos enfrentamos con nuestro pecado, entonces estamos en un brete. Estamos, sencillamente, en la terrible justicia. Me explico.
El pecado nos desvía del camino hacia Dios. Hemos encontrado que nuestra vida tiene un sentido. La libertad hace que ese sentido tenga sentido, en cierto modo. Porque así como un matrimonio sólo tiene sentido si los esponsales se casan libremente, nuestra unión con Dios requiere nuestra libertad.
El pecado implica un profundo misterio, que sólo tiene una pequena luz a la luz de nuestra libertad. Recordemos el ejemplo del avión. Ahora descubrimos que el sentido del viaje es Dios. Libremente nos dirigimos hacia él. Pero el pecado significa que libremente damos vuelta el avión y nos desviamos de Dios.
Ese desvío implica que no lleguemos a destino, no porque Dios arbitrariamente lo dispone, sino por la naturaleza misma de nuestra acción. Es totalmente coherente con la naturaleza del desvío que lo desviado se pierda y no llegue. Por ejemplo, supongamos que estoy dando clase pero, de repente, me tiro por la ventana. Hay tres pisos para abajo. No, los alumnos nunca se portan tan mal, no te preocupes… Pero vamos a suponer que libremente lo hago (ahí está el misterio; Pieper)[1]. La naturaleza misma de la acción implica que me haga picadillo contra el piso. Ese resultado no es una arbitrariedad. Es coherente; se sigue de la acción. El castigo es que me hago picadillo contra el piso. Pero no porque Dios lo ha dispuesto así arbitrariamente. La naturaleza misma de las cosas –creadas por Dios- así lo implica.
(Después analizaremos un poco más este detalle: cuando estoy dando clase, por qué no me tiro por la ventana? Por temor al piso o por amor a mis alumnos? Hago las cosas por temor al castigo o por amor?).
Por ende es totalmente “justo” que, si me tiro por la ventana, no quede muy bien “parado”, porque es de la esencia de la justicia basarse en la esencia misma de las cosas.
Pero entonces, me vas a decir: si Dios existe, y todos tenemos pecado, y el pecado es desviarse libremente de Dios, y la consiguiente pérdida de Dios no es injusta, sino todo lo contrario, entonces… Nadie llega a Dios y, para colmo, eso es totalmente justo?
Si.
Sí. Así de simple y preocupante. La esperanza última del ser humano no consiste en el conocimiento racional de un Dios justo. Al contrario: esa justicia, esa absolutamente justa justicia, implica que no tenemos esperanza.
Por favor, te pido que tengas paciencia y sigas dialogando conmigo. Estamos en un punto crítico. Si te enojas ahora, te perderás la más grande esperanza.
Esperanza? De qué esperanza me hablas, me dirás, si me acabas de arrojar a la desesperación?
Te hablo de algo que puede superar a la justicia sin contradecirla. Por eso dije que no teníamos esperanza, vía la justicia. No dije que no teníamosninguna esperanza.
Qué es lo que puede superar la justicia sin contradecirla? Algo que nos cuesta mucho: el perdón.
Vamos a comenzar a rodear al misterio del perdón por una de sus características fundamentales.
Vamos a suponer que traicionamos a un amigo en la más íntima confianza que nos tiene. La naturaleza misma de esa acción es la destrucción de la esencia de la amistad. Porque la confianza mutua es de la esencia de la amistad.
Todos sabemos esto. En estos casos, sabemos que nosotros mismos hemos convertido a nuestro amigo en un ex-amigo. Porque él, muy razonablemente, no necesariamente nos va a “devolver” la mala jugada ni nos va hacer ningún dano, pero puede con todo derecho perder su confianza en nosotros. Y, obviamente, no está obligado, en estricta justicia, a ser nuestro amigo de vuelta. Ponte en su lugar. Necesitabas su auto. No sólo no tuviste la delicadeza de pedírselo, sino que entraste en él y arrancaste. Estabas en la calle hablando con él, y su auto ahí estaba, con las llaves puestas. Y, con absoluta displiscencia, no reparaste que su hijita, de tres anos, estaba en el asiento de atrás. Cuando ella comenzó a llorar, vos te distrajiste, y chocaste. Ella murió. Vos no.
Está tu amigo “obligado”, por justicia, a ser tu amigo de vuelta? A confiar en tu serenidad, tu prudencia, tu calma?
No, no digo que tu amigo (tu ex-amigo) se quedó con rencor y odio hacia tí (lo cual sería humanamente entendible). Digo que no está obligado en justicia a confiar en tí nuevamente.
Excepto que… Que haga algo que ni te atreverías a pedirlo. Excepto que te perdone. O sea, que se “done” nuevamente, per-donando. Claro, tal vez no te preste el auto de vuelta… Pero sí te puede abrir de vuelta su corazón. Ese perdón supera lo que la justicia exige, pero no es injusto. Porque está en la naturaleza de tu amigo poder donarse nuevamente.
Para ir a un ejemplo menos dramático –lo hice así para que veamos cómo nos cuesta el tema del perdón- supongamos que yo, siendo profesor, doy tres libros como lectura obligatoria, totalmente coherentes con la naturaleza de mi materia y, en ese sentido, no arbitrarios. Está totalmente dentro de la justicia que yo exija el estudio de esos libros en el examen final y no apruebe a ningún alumno que no haya leído uno de esos tres libros. No soy injusto si hago eso. Soy sencillamente justo.
Pero a la vez está en mi poder, aunque no en mi obligación, “dispensar” de la lectura de uno o los tres libros, y, en ese sentido “perdonar” su lectura.
Podemos seguir dando ejemplos: el cónyuge que per-dona al otro cónyuge por una infidelidad… Y así.
Pero los ejemplos humanos son muy complicados. Se mezcan nuestras deseos de venganza con la tolerancia indebida, que no nos dejan ver ni la justicia ni el perdón; y se confunde a este último con debilidad. Por eso los ejemplos humanos son muy complicados.
Pero, precisamente, esto fue una simple introducción a lo que nos interesa: Dios. Porque de Dios se trata. Dios es justo. Y su justicia, además de ser él mismo, es infalible y absoluta.
El pecado implica desviarse de nuestro amigo Dios, pero resulta que nuestro amigo es infinito. En ese caso, quedamos como un deudor que debe una suma infinita. Quién de nosotros puede saldarla?
Pero es entonces cuando sólo la fe en que Dios nos per-dona es el fundamento de nuestra esperanza.
Esto es: la razón no puede decirnos necesariamente, deducir necesariamente, que Dios pedona nuestras faltas. De igual modo que no puede deducir que el amigo traicionado nos va a perdonar. Pero la razón hace mucho: nos demuestra que Dios existe, que es nuestro fin último, y hace “razonable” al perdón: explica cómo supera la justicia sin contradecirla. Luego, el perdón de Dios es razonable. No es no “exigible”. Pero no es contradictorio con la justicia que Dios perdone. Por eso, como ya dije otra vez, la filosofía es la esperanza de la Esperanza. La Esperanza está implicada en la Fe.
Pero hasta que no comprendamos y sintamos el absoluto asombro que el perdón de Dios implica, no terminaremos de verlo con nuestro corazón.
Al perdonarnos, Dios se dona nuevamente y por eso per-dona. Se dona “otra vez”, aunque no en el tiempo, porque ya, sin ninguna obligación tampoco, nos sostiene en el ser, regalándonos nuestra existencia, llamándonos, y no arrojándonos, a ella.
Que Dios perdone nuestro pecado es regalarnos nuevamente nuestra amistad con El.
Lo cual supera totalmente nuestras fuerzas, sólo El puede hacerlo.
Pero, hemos reparado en el infinito regalo que Dios nos hace perdonándonos?
Hasta que no hagamos carne ese “regalo” no terminaremos de comprender.
Vivimos como si fuéramos buenos. Los “demás” son los malos. Es entonces cuando no vivimos el perdón de Dios, porque no nos sentimos perdonados.
La imagen de Dios clavado en la Cruz, Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, explica esto.
Allí está, con dos ladrones.
Uno de ellos se da cuenta –es llamado- de su pecado y de su “necesidad” (que no da derechos) de ser perdonado. Y es a ese buen ladrón al que Jesús perdona y salva: “hoy” mismo estarás conmigo en el paraíso.
Pues bien: todos nosotros somos ladrones. El asunto es: de qué lado de la cruz estamos?
Todos somos ladrones porque somos pecadores, y el pecado es robarle a Dios el amor que le debemos. Lo cual es infinitamente peor que el terrible ejemplo de la hijita de nuestro amigo…
Y ser un “buen ladrón” es ser un ex-presidiario, sacado por Dios de la cárcel de nuestro pecado, dada su misericordia.
Qué diferente manera de ver el mundo!
Caminamos por el mundo como si fuéramos buenos. Los ladrones son los demás.
Pero no. Si vives el perdón de Dios, caminas por el mundo como un ex-presidiario. Estabas en la cárcel de tu pecado, y Dios te ha sacado, sin ninguna obligación de su parte, de allí.
Cómo cambia todo entonces! Cómo miras distinto al pecador! Como un igual a tí, que todavía no ha sido “prendido” por Dios.
Recuerdas el cuento de la lámpara? Te acuerdas de ese “otro” que la prende? Pues bien: el final de la historia es que ese “otro” es Jesús. Es él quien enciende tu arrepentimiento y, entonces, la dimensión más profunda de tu yo: el ser perdonado por Dios.
Porque ayudas al otro desde lo más profundo de tu yo, y en lo más profundo de tu yo está el perdón que Dios te ofrece, Dios que se muetra muchas veces como el otro que te pide ayuda.
Ese “cable misterioso” por medio del cual Dios te enciende, es la Gracia.
Qué paradoja más impresionante, descubrir nuestro yo más íntimo, y nuestra esperanza final, en nuestro pecado original y en el perdón de Cristo! En la vivencia profunda de estos misterios –ser concebido en pecado, ser perdonado por Dios- está nuestra dimensión existencial más profunda. Pascal[2] lo vio claramente: “Cosa soprendente, sin embargo, que el misterio más alejado de nuestro conocimiento, que es el de la transmisión del pasado, sea una cosa sin la cual no podemos tener ningún conocimiento de nosotros mismos. Porque no hay, sin duda, cosa que choque más a nuestra razón como decir que el pasado del primer hombre ha hecho culpables a los que siendo tan alejados de ese origen parecen incapaces de participar en él. Esta transfusión no sólo nos parece imposible, sino aún injusta; porque: qué hay más contrario a las reglas de nuestra miserable justicia como condenar eternamente a un nino incapaz de voluntad por un pecado en que parece tener tan poca parte, cometido seis mil anos antes de haber nacido? Ciertamente, nada nos choca más rudamente que esta doctrina; y, no obstante, sin este misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición toma sus vueltas y revueltas en este abismo; de suerte que el hombre es más inconcebible sin este misterio, que este misterio sea inconcebible al hombre”.
Sé que no te gustó mucho lo que leíste. Y a quién, naturalmente, sí? Mira, hay tres dimensiones existenciales ante el misterio: la rebeldía al misterio, la resignación al misterio, y el descanso en el misterio, el encuentro más profundo de sí mismo en el misterio de nuestro “ser perdonados”. Se tarda. Todos tardamos.
Y las mismas fases tenemos ante la cruz: rebeldía, resignación, descanso. Más difícil, aún, porque a veces la inteligencia –movida por Dios- puede descansar en el misterio antes que la voluntad.
Pero la cruz de Cristo es un misterio arrollador. Edith Stein[3], recogiendo una larga tradición, llama a la Fe “rayo de tinieblas”. Es ver (“rayo”) lo escondido (el rostro de Dios).
Pero ese rayo te tiene que sacudir, como una tormenta en la noche. Se tiene que escuchar el trueno.
Somos pecadores y Dios nos perdona! Clavado en la cruz, nos perdona! Ese es el trueno. Qué miedo podemos sentir ante Cristo crucificado que así nos perdona? No te enamoras más bien de él? Como una novia que busca a su esposo… Porque aún no estamos definitivamente con Dios. La Esperanza nos hace vivir que estamos en camino hacia un rostro amado y aún invisible.
Y allí está la dimensión final de nuestro yo! Qué rostro verá finalmente al rostro infinito? Son dos misterios. Cuál es el rostro del infinito amado? Y: cuál será nuestro rostro cuando lo miremos? Cuando el buen ladrón dirigió su mirada hacia Jesús, tenía la misma mirada, y en ese sentido, el mismo rostro, que antes? Qué rostro tuvo en toda su vida de pecado? Pero, no debe haber sido un renovado rostro el que dijo “acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”?
Cuál será, Dios mío, el rostro finito que, por tu Gracia, te mire? Cuál será, Dios mío, ese rostro tuyo, que por tu Gracia, me mira?
Si no hacemos carne todo esto… No tenemos Fe. Y si no tenemos Fe, no terminamos de ver la dimensión última de nuestro yo, de nuestros hermamos –los otros- y de nuestra esperanza.
Dimensión última de nuestro yo: soy un ladrón perdonado. Soy un ladrón perdonado. No es que yo sea el bueno y los demás los malos. Incluso la Virgen María, el sólo ser humano más perfecto, es preservada del pecado original por la cruz de Cristo.
Dimensión última del otro: los seres humanos no se dividen en buenos y malos, sino en quienes se arrepienten y quienes –misteriosamente- no. Pecar es tirarse por la ventana; no arrepentirse es el pecado más grave: pues es misteriosamente rechazar la mano de Dios que, ya en la caída, nos levanta nuevamente. No arrepentirse es rechazar al arrepentimiento movido por Dios. Cuando el buen ladrón le habla a Jesús, Jesús ya le había “hablado”. El que busca a Dios ya lo encontró (Pascal)[4].
Pero entonces, el mundo se divide entre quienes, sin que nosotros sepamos por qué, y sin que nosotros podamos juzgar su conciencia, no se arrepienten. Y, por el otro lado, los pecadores arrependidos. Que tratan de llevar a los no arrepentidos la buena noticia de que pueden hacerlo. Y no juzgan al pecador ni lo condenan. Eso no compete a un ex-presidiario (y que en cualquier momento puede meterse en la cárcel de vuelta). Sólo gritar, gemir o llorar, de algún modo, a los presidiarios, que sólo tienen que “no decir que no” a la mirada de Jesús que los haga mirar a Jesús. Para lo cual el arrepentido puede y dede juzgar e identificar al pecado. No al pecador.
Y, a su vez: el arrepentimiento no es una necesaria dimensión permanente. Puede ser un ir y volver. Por eso es necesario el hábito del arrepentimiento
Dimensión última de nuestra esperanza: la cruz. Dios clavado en la cruz para la redención de nuestros pecados. La razón hace razonable al misterio. Pero no lo deduce. Por eso, desde el hombre, la Fe en la Cruz es el fundamento último de nuestra esperanza. Desde Dios, El mismo.
Ahora bien: vivir como un ladrón perdonado significa vivir enamorado del Dios que te perdonó. Veamos las implicaciones de esto.
Primero: vemos a lo infinito clavado en la cruz? Lo podemos, aunque sea, vislumbrar? Sí, con una tradicional hipótesis sobre su razonabilidad. Te acuerdas que teníamos que saldar una deuda infinita? No es razonable que Dios, que es infinito, se ponga en el lugar del deudor –cada uno de nosotros- y pague? Bien, ese es Cristo clavado en la Cruz. Por amor, sólo por amor hacia tí. Para conquistar –dice Santo Tomás[5]– a nuestro duro corazón. Es el esposo que nos enamora.
Segundo: no tienen todos nuestros deberes cotidianos otros color? El color de lo infinito? El color del amor? La cruz no es símbolo viviente del miedo. Al contrario, del amor. El amor a Dios se convierte en motivación de nuestros actos, y de nuestros deberes hacia nosotros mismos y a los demás. Vivir enamorado de Dios implica que ya no tenemos miedo al castigo. No queremos perder a Dios porque lo queremos. Eso es todo. Nada más. Nada menos.
Pero hay algo… Hay algo que sí nos da miedo en la cruz. Un miedo muchas veces inconfesado: la cruz misma, los compromisos que ella exige.
Y el central, donde están de algún modo incluídos los demás, es el des-aferramiento total a nuestros tesoros (cosas buenas), como antes decíamos, pero ahora, desde la cruz sobrenatural. Dificilísimo. Largo camino. Pero es el mensaje secreto y, sin embargo, sonoro, pero no ruidoso, de la cruz. El cumplimiento total de la voluntad del Padre Dios. Que, en la medida de nuestros aferramientos, no puede ser total.
Insisto: para la gran mayoría de nosotros, largo camino.
Pero es este uno de los mayores dones que Dios nos da. Porque la cruz implica dar sentido a nuestros sufrimientos.
Para pagar la deuda y redimirnos, Dios asume el peso de cada uno de nuestros pecados y sufre y muere en la cruz. Y, por su absoluta bondad, nos hace “tomar parte” en su redención.
Este misterio se hace más carne si nos imaginamos que, mediante un túnel del tiempo, vamos a “ver” a Jesús en el momento mismo de su camino en el Calvario, llevando la cruz.
Al principio estaríamos muy emocionados y, a la vez, casi como contemplando una obra de teatro que no nos compete. Pero… Dios nos hace cada broma…
Repentinamente, Jesús nos llama. Nos llama para que lo ayudemos con la cruz. Imaginemos el diálogo.
– Yo? (Miro para todos los costados). Para qué? Vos sos Dios! Vos podés solo!
– Si, soy Dios, soy el Hijo encarnado, solamente yo salvo, pero por mi bondad, te hago tomar parte. No porque te necesite.
– Y si no me necesitás, por qué yo? Mirá a mi alrededor! Está lleno de tipos forzudos!
– Sí, pero a vos te quiero. Y a los demás también…
Esto es: la cruz de Cristo nos da la oportunidad de ofrecer nuestros sufrimientos cotidianos como participación en su cruz (Juan Pablo II)[6]. Cuanto más aferrados estemos, la cruz será humanamente más difícil. Cuanto menos aferrados, menos difícil. Tendremos esto o aquello, como si no lo tuviéramos (San Pablo,    ). Viviremos libres como las aves del cielo y los lirios del campo y al mismo tiempo trabajaremos con tesón. Se nos caerá el techo encima y no perderemos la paz…
Si todo esto te parece no sólo misterioso, sino imposible, tienes razón. Es imposible para nuestras propias fuerzas. Todo esto viene de Dios.
Dios. El autor con el que comenzamos. Con el que terminamos. Dios. El rostro escondido que mira tu rostro final escondido. Dios. El que podría no crearte y te crea. El que podría no salvarte y te salva (y te re-crea). El que te ama infinitamente. El que te perdona. El que te está esperando. Y porque Dios te está esperando, tienes esperanza.
Y yo, quién soy para decirte todo esto?
Precisamente. Quién soy?
Quién eres?
“No preguntemos, pues, a nuestro prójimo: quién eres? La respuesta no es de este mundo” (Luis J. Zanotti)[7].
[1] Pieper, J.: El concepto de pecado. Herder, Barcelona, 1979 [1977]. Trad. R. Gabás Pollás.
[2] Op. Cit.
[3] Op. Cit.
[4] Op. Cit.
[5] Santo Tomás de Aquino: Suma Contra Gentiles; Club de Lectores, Bs. As., 1951 [1259-1264 aprox.]; trad. María Mercedes Bergada; Libro IV, cap. LIV.
[6] Juan Pablo II: Carta Apostólica Salvifici Doloris, 1984. En L’Osservatore Romano, del 19/2/84.
[7] Op. Cit.

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.