Si hay avalancha importadora, no habrá recesión

Por Iván Carrino. Publicado el 30/6/16 en: http://www.ivancarrino.com/si-hay-avalancha-importadora-no-habra-recesion/

 

En el afán de criticarlo todo, o defender sus intereses particulares, muchos referentes y analistas dejan de lado principios básicos de razonamiento económico.

Hace dos días fui invitado a participar de un debate en la pantalla de C5N. El tema principal era la economía en el segundo semestre, algo que nuevamente divide a analistas, políticos y economistas. Durante el debate, donde también estuvieron Agustín D’Attellis y Leo Bilanski, escuché algo que me llamó poderosamente la atención. En concreto, la afirmación de que el nuevo modelo económico hará caer la demanda y, al mismo tiempo, amenazará la supervivencia de las empresas porque permitirá una “avalancha importadora”.

Al escuchar el argumento en vivo, mi respuesta rápida fue la siguiente: si hay caída de la demanda, no hay avalancha importadora. O lo que es lo mismo, si hubiera una avalancha importadora, eso es reflejo de que hay más, y no menos, demanda.

Esta mañana abrí El Cronista y me encontré con lo mismo. La Unión Industrial Argentina divulgó un informe donde muestra la mala performance del sector en los primeros meses del año y acusa principalmente a la competencia de las importaciones, que (en cantidades) crecieron 10,5% anual de enero a mayo.

En uno de los párrafos citados por el matutino económico, se afirma:

Se presentó un informe que expuso el incremento de las importaciones en un contexto de caída de actividad y consumo

La Unión Industrial Argentina, por defender sus intereses económicos, cayó en el mismo error que comentábamos al inicio. Sostener, al mismo tiempo, que hay un incremento de las importaciones y una caída del consumo.

La afirmación es una contradicción. Llevemos el tema a una simple economía familiar. En una casa de familia, las importaciones representan todo lo que la familia compra porque no puede producir puertas adentro. Así, cuando uno de sus miembros va al supermercado a adquirir un paquete de arroz, está “importando” ese paquete de arroz. Ahora dicha importación refleja automáticamente un aumento del consumo. En definitiva, ¿para qué vamos a comprar arroz si no es para hacer uso de él? Así, es evidente que no podemos hablar de un aumento de las importaciones y una caída del consumo al mismo tiempo.

Del ejemplo anterior se extrae otra cosa: que tampoco puede hablarse de recesión (caída de la producción) si al mismo tiempo hay una “avalancha de importaciones”. Es que lo que nuestra familia compra en el supermercado tiene que pagarlo con dinero y, para conseguir ese dinero, tendrá que producir algo y venderlo en el mercado. Mayores compras externas, entonces, reflejan que o bien estamos produciendo más, o bien que estamos vendiendo (exportando) más. Si este no fuera el caso, no tendríamos con qué pagar el aumento en las compras.

Ahora bien, algo que sí podría pasar es que los argentinos decidan consumir menos productos de fabricación nacional a cambio de productos importados. Así, “el consumo” no cae, sino que migra desde proveedores nacionales a proveedores extranjeros. Si éste fuera el caso, a priori no habría nada que objetar. Si los consumidores eligen productos importados, será porque éstos satisfacen mejor sus deseos, tanto en calidad como en precio.

Ahora bien, si se quisiera que nuestra industria fuera más competitiva, es claro que la respuesta no pasa por cerrar la importación o dar subsidios, sino por reformar estructuralmente la economía del país. Es decir: reducir el gasto público, bajar los impuestos y desregular mercados.

Otro latiguillo de los corporativistas de la UIA es el desempleo. Según el artículo citado, si “no baja el ritmo de productos ingresados del exterior, comenzará a resentirse el empleo”. Esta afirmación es una mera amenaza carente de sustento.

En mi libro Estrangulados analizo el desempleo en el amplio grupo de países que ocupan los 10 primeros puestos en Apertura Comercial del mundo. La tasa promedio de desocupación en todos ellos es de 9,4%, un número no bajo, pero lejos de representar niveles críticos. Ahora lo interesante es que dentro del grupo hay países con tasas realmente bajas como Hong Kong, Suiza o Singapur, con desempleos del 3,2%; 3,3% y 1,9%.

Evidentemente, nada tiene que ver la apertura comercial con la desocupación.

Ahora lo que sí tiene que ver con la apertura es la riqueza de las naciones.

Los países más abiertos al comercio del mundo tienen un PBI per cápita promedio de USD 41.000, mientras que los menos abiertos promedian los USD 7.700, una diferencia de 5,3 veces a favor de los que abrazan la globalización.

En los primeros cinco meses del año las importaciones en cantidades crecieron 10,5%. Cierto. Pero el aumento fue contrarrestado con una suba de 12,9% en cantidades exportadas, algo que los intervencionistas de siempre se olvidan de mencionar.

Ahora el punto en discusión es más amplio: ¿Queremos seguir viviendo en una economía cerrada al mundo, hiperintervenida y con 30% de pobreza como el promedio de los últimos 30 años? ¿O queremos un país abierto, con crecimiento sostenible y reducción de la pobreza como sucede en el resto del mundo que abraza la globalización?

Este es el punto más importante, más allá de las graves incoherencias lógicas que contienen los argumentos estatistas de siempre.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

“Acabemos con el paro” de Daniel Lacalle

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/3/16 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/Acabemos-con-el-paro/37806

 

Desde que, gracias al capitalismo, el empleo empezó a extenderse y los salarios a aumentar como nunca antes, los intelectuales y los políticos se empeñaron en acusar al capitalismo de lo contrario. Así, desde Marx hasta Keynes floreció la patraña conforme a la cual si hay desempleo y pobreza tiene que ser por culpa del mercado, al que conviene aniquilar, según pregonan los socialistas más carnívoros, o limitar, como aconsejan los más vegetarianos. El paro, sin embargo, no es producto del mercado libre sino de las interferencias con las que lo bloquea el poder político y legislativo, con el aplauso del pensamiento antiliberal hegemónico. El economista Daniel Lacalle (Madrid, 1967) refuta este embuste: “Si la rigidez del mercado laboral fuera una garantía de derechos, los países con mayor nivel de intervención tendrían mayores cotas de bienestar y menor desempleo. Sin embargo, ocurre lo contrario”.

Este libro resulta iluminador porque hace frente a grandes mentiras económicas, por ejemplo, la engañifa conforme a la cual el Estado ha sido reducido a su mínima expresión por el malvado “neoliberalismo”. La realidad, como sabemos, es muy distinta. El gasto público apenas se contuvo un 5% desde 2009, dice Lacalle, mientras que el irresponsable gobierno socialista de Zapatero lo aumentó entre 2004 y 2009 nada menos que en un 48%. Y nos hablan de una supuesta “austeridad”. Si hay alguien que no es austero, normalmente gasta dinero ajeno. Así sucede con los políticos. Hay a propósito de este tema unas páginas verdaderamente desopilantes sobre los socialistas en Andalucía, donde llevan desgobernando tres décadas, habiendo conseguido cotas inéditas de desempleo, corrupción y despilfarro. La Junta tiene nada menos que 36 “observatorios”, destino apetecido de políticos, sindicalistas, y enchufados varios. La lista incluye joyas como el Observatorio Andaluz de la Publicidad No Sexista, el Observatorio Andaluz de Participación Ciudadana, el Observatorio del Flamenco…

Acierta Lacalle en sus denuncias contra el intervencionismo, desde los dislates soviéticos de Podemos o Izquierda Unida, hasta los onerosos e ineficientes “buenismos” de los demás partidos. Desmonta asimismo el bulo que sostiene que nuestros problemas se arreglan aumentando la demanda y la inflación: “En España con una inflación creciente no se creaba empleo, y cuando los economistas neokeynesianos nos alertaban sobre el riesgo de deflación, se ha creado empleo al 3%”. También se opone al recelo frente a Alemania o los prestamistas: “Cuando no nos prestan, la culpa es de los mercados que nos atacan; y cuando nos prestan, la culpa es de los malvados prestamistas que nos dan dinero a pesar de ser insolventes”.

Una vieja bazofia es también objeto de crítica en este volumen: las ideas económicas presentes en los libros de texto, que son insólitas muestras de propaganda anticapitalista con la que se procura intoxicar a nuestros niños y jóvenes. Discrepo con el autor en su visión mejorada de Keynes, como si nunca hubiera aconsejado inversiones absurdas para resolver el paro. Sí que las aconseja, y nada menos que en su obra más importante, la Teoría General. Tampoco lo secundo en su alabanza del contrato único, esa arrogante muestra de ingeniería social típica de tantos economistas. Y yerra al decir que la trampa de la liquidez es un concepto creado recientemente por Richard Koo, cuando es tan viejo como Keynes, o Hicks.

Pero en líneas generales es un libro excelente que da buenos consejos a trabajadores y empresarios para evitar errores y maximizar el empleo, y también a los políticos, a quienes fundamentalmente les dice que procuren no fastidiar demasiado a los encargados de crear empleo, es decir, que hagan lo contrario de lo que llevan años haciendo.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¿Son los costos los que determinan los precios? Böhm-Bawerk explica que es, precisamente, al revés

Por Martín Krause. Publicado el 8/11/15 en: http://bazar.ufm.edu/son-los-costos-los-que-determinan-los-precios-bohm-bawerk-explica-que-es-precisamente-al-reves/

 

Lo esencial, no es visible a los ojos, decía el Principito, de Saint Exúpery. Algo así sucedió por mucho tiempo en relación a los precios y a los costos (que también son precios). Durante

Por siglos, filósofos y luego economistas, discutieron la relación entre precios y costos, confundidos porque a simple vista parece que cualquier comerciante, por ejemplo, simplemente toma en cuenta su costo de compra y le suma un cierto porcentaje para establecer sus propios precios. Es cierto, ése es un método sencillo que utilizan muchos, pero no nos explica la real relación entre costos y precios. Sí lo hace Böhm-Bawerk:

Bohm Bawerk - Positive Theory of Capital

“En lo que sigue trataré, tan breve y claro como sea posible, de describir la concatenación entre Valor, Precio y Costos; y creo que no exagero al decir que, entender claramente esta conexión, es entender claramente la mejor parte de la Economía Política.”

“La formación del valor y el precio comienza con las valoraciones subjetivas de los consumidores sobre los productos terminados. Estas valoraciones determinan de la demanda de esos productos. Como oferta, contra esta demanda, se encuentra, en primer lugar, el stock de productos terminados que mantienen los productores. El punto de intersección de estas valoraciones bilaterales, la valoración de los pares marginales, determina, como sabemos, el precio y, por supuesto, determina el precio de cada clase de producto separadamente. Así, por ejemplo, el precio de rieles de hierro es determinado por la relación entre la oferta y la demanda de rieles, y, similarmente, el predio de todo otro producto hecho con el bien de producción hierro –tales como espadas, arados, martillos, láminas, calderas, máquinas, etc- es determinado por la relación entre la oferta y la demanda de cada uno de esos productos específicos.

Para que quede esto bien claro, asumamos que la relación entre los requerimientos y los stocks de distintos productos de hierro –y, por ende, sus precios- son diferentes; que el precio de una cantidad de un producto que puede fabricarse de una misma unidad de material- por ejemplo una tonelada de hierro- varía de 2 para el más barato a 20 para el más caro de los productos. Estos precios son el resultado de la posición del mercado en el momento, y hemos ya asumido que el stock de productos (la oferta) son una cierta cantidad. Pero lo son solamente por un momento. A medida que pasa el tiempo, están siendo siempre suplementados por la producción, y esto los convierte en una cantidad variable. Sigamos las circunstancias de esta producción.

Para la manufactura de productos de hierro los fabricantes, por supuesto, necesitan hierro. Bajo el sistema de la división del trabajo deben comprarlo en el mercado del hierro. Los fabricantes representan esta demanda de hierro. En cuanto a la magnitud de la demanda, está claro que cada productor comprará tanto hierro como le requiera producir la cantidad de bienes que espera vender entre sus clientes. Obviamente ningún fabricante pagará más por la tonelada de hierro de lo que pueda obtener de sus propios clientes en la forma del precio; pero hasta este punto, aun en el peor caso, podrá competir y competirá antes que dejar que su proceso se pare por falta de materia prima. El fabricante, entonces, que puede emplear rentablemente la tonelada de hierro si obtiene 20 de sus clientes será un comprador en el mercado; aquél que puede emplear rentablemente una tonelada de hierro a 16 naturalmente, no comprará a un precio superior a 16, y así sucesivamente.

De esta forma, el precio de mercado que cada productor de productos de hierro obtiene por sus productos específicos (o la proporción del precio de mercado que cae sobre el hierro según la ley de los bienes complementarios) lo provee de la valoración concreta que tienen en mente cuando se suma a la demanda de hierro.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Individualismo vs. Solidaridad:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 8/3/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/03/individualismo-vs-solidaridad.html

 

Existe un reclamo generalizado en cuanto a que los problemas sociales se deben a un “excesivo” egoísmo de la gente y a una escasez de solidaridad, insistiéndose sobre la necesidad de incrementar esta última sobre el primero.

Pero ¿qué tenemos que entender realmente por solidaridad?

Según el diccionario nos da la siguiente definición:

solidaridad.[1]

(De solidario).

  1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.
  2. f. Der. Modo de derecho u obligación in sólidum.

Si analizamos el significado de la palabra advertiremos que la acepción que nos interesa es la primera, y -en esta inteligencia- no puede en modo alguno decirse que vivimos en una sociedad poco o nulamente solidaria, sino todo lo contrario, atento que prácticamente por todas partes y en todos los sentidos vemos esa “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Esto se refuerza mas si tenemos en cuenta que esa adhesión que caracteriza la solidaridad es circunstancial, es decir, es meramente temporal, no permanente. Y esa adhesión temporal o provisoria no es hacia una persona (como ordinariamente se cree) sino que es “a la causa o a la empresa de otros”.

Por ejemplo, cuando una persona apoya a un partido político dicho acto es un típico acto de solidaridad, ya que cumple con todas las condiciones de la definición usual del término (circunstancialidad y causa, en el ejemplo).

Nótese que esto no supone ninguna clase de “entrega” o “dación” a la causa o empresa a la que se adhiere, y menos aun a las demás personas que también adhieran a la misma causa o empresa. Para lo cual, será útil examinar ahora el significado de “adherir”, del cual el diccionario nos informa:

adherir.[2]

(Del lat. adhaerēre).

  1. tr. Pegar algo a otra cosa. Adhiero el sello al sobre. Adhirió el cartel a la pared.
  2. intr. Dicho de una cosa: Pegarse con otra. U. m. c. prnl.
  3. intr. Convenir en un dictamen o partido y abrazarlo. U. m. c. prnl.
  4. prnl. Der. Dicho de quien no lo había interpuesto: Sumarse al recurso formulado por otra parte.

Por supuesto que, en lo que en este tema nos interesa no es a la adhesión física o literalmente pegamento (que es al que aluden las acepciones 1 y 2 del diccionario) tampoco -en el caso- nos interesa el significado legal (que viene dado por la cuarta significación), sino que el sentido relevante para nuestro estudio es el del la tercera designación, de donde se deduce que la solidaridad consiste -en definitiva- en estar de acuerdo con un dictamen o partido (lo que resulta de las palabras “convenir” y “abrazarlo”).

Nuevamente observamos que esto no implica ningún tipo de dación, entrega, pago, etc. por parte del sujeto queadhiere a la causa o empresa objeto de la misma. Por supuesto, esto no quita que el que adhiere también pudiera hacerlo –eventualmente- aportando bienes, servicios, o ambos a la causa o empresa. Pero este no es el rasgo característico de la solidaridad, porque dicha adhesión puede ser meramente verbal, retórica o mental. Quien simplemente simpatiza con una causa o empresa pero no realiza ningún acto de desembolso a estas también es solidario, tan solidario como el que contribuye con dinero o en especie a aquellas. La solidaridad puede, de tal suerte, ser tácita o expresa, sin que implique necesariamente ninguna entrega a la causa o empresa con la cual el sujeto se solidariza.

Quien sencillamente no hace algo que podría haber hecho para cambiar un determinado estado de cosas, se está solidarizando con dicho estado de cosas o situación. O, en otros términos, el que pudiendo rebelarse a una determinada realidad creada por una causa o empresa que es perjudicial a uno o muchos, simplemente se queda de brazos cruzados mirando o esperando que los acontecimientos sigan su curso, es perfectamente solidario con los causantes de dicho contexto perjudicial. Es decir, se puede ser solidario tanto por acción como por omisión.

En esta orientación, insistimos, resulta absurdo afirmar que no vivimos en una sociedad solidaria, ya que podemos observar, por todas partes y en diversos lugares del planeta, situaciones de solidaridad, tanto individual como colectiva, en el sentido apuntado antes.

Pero hay una forma más general y más particular de entender la “solidaridad”, y es cuando se espera que otro u otros hagan algo por nosotros sin necesidad de que nosotros demos nada a cambio de ello. Digamos que esta es la noción más extendida, difundida y aceptada del vocablo solidaridad. A nivel político, es la situación más frecuente, dado que ese “otro” u “otros” de los que se espera que resuelvan todos nuestros problemas (es decir, que sean solidarios con nosotros) son el gobernante o los gobiernos en general (cualquiera sea el partido que este en el poder).

Pero no sólo se manifiesta en el plano político, sino -y principalmente- en el social en general. Es mayoría la gente que vive esperando que sea “el otro” (el vecino, el amigo, el esposo, la esposa, el jefe, el empleado, etc.) quien de o haga algo para cada uno de los que forman parte de esa mayoría. Es decir, la solidaridad -que de ordinario se declama- es la demanda para que los demás sean solidarios, en el sentido de que sean los demás los que nos solucionen todas nuestras dificultades (grandes o pequeñas).

Esto contrasta violentamente con todos aquellos que quieren convencernos que la sociedad es “individualista”. Nada más lejos de la realidad. Un individualista no espera que nadie le remedie sus contrariedades. Las resuelve por sí mismo o -llegado el caso- contratando a otras personas a cambio de una retribución para que lo ayuden a resolverlas. Pero un individualista no vive esperando -y menos aun exigiendo- que los demás sean “solidarios” con él, sino que se las arregla por las suyas del modo indicado. Lo que en manera alguna implica que el individualista sea un “antisocial” (otro mito falso, harto difundido). Por el contrario, resulta ser -que como venimos explicando- el que deviene ser un auténtico antisocial es aquel que posa de solidario, en tanto que el comportamiento verdaderamente social cae en cabeza del tildado como individualista.

[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados.

[2] Ídem. Nota anterior.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.