El mensaje liberal y su efectividad

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/12/el-mensaje-liberal-y-su-efectividad.html

 

Asistiendo a las controversias entre liberales sobre comunicación del liberalismo a los no-liberales y estilos para ello (controversias en las que nunca me ha agradado intervenir porque creo que no es demasiado conducente) diré ahora algunas pocas palabras.
En Argentina -y después de aproximadamente 1920 en adelante- el mensaje liberal nunca fue demasiado efectivo. Menos aún de aceptación masiva. Solo existió un muy breve periodo durante la década del 80 y comienzos de la del 90 en que el mensaje liberal tuvo una importantísima aceptación en el país.
Ello fue de la mano de la conjunción del trabajo de un numero de pensadores liberales que coordinaron las ideas, por un lado, con la acción política por el otro. Casi una coordinación espontánea entre académicos liberales y políticos liberales dio un amplio fruto.
Por primera vez en el país aparecieron cátedras o profesores liberales en la Universidad de Buenos Aires. Y, paralelamente, surgió un partido denominado “Unión del Centro Democrático” más conocido por sus siglas UCEDE.
En aquellos años, la UCEDE organizó un acto político en el estadio Monumental de River Plate logrando asistencia masiva, al punto tal que lo colmó. nada igual se había visto antes. Y en 1989 el mismo partido llegó a ser la tercera fuerza política del país.
Por primera vez en la historia, en el Congreso Nacional hubo numerosos legisladores liberales.
Todo esto comenzó a esfumarse a comienzos de la década del 90 con el acceso de Menem al poder, ya que la UCEDE apoyó incondicionalmente al programa menemista. Es cierto que un importante porcentaje de la UCEDE era conservador. Y entre ese porcentaje conservador y el apoyo de algunos dirigentes de relieve (tampoco todos) a Menem, destruyeron el partido. Literalmente lo pulverizaron.
Pero no solo lo desintegraron, sino que desde entonces el liberalismo cayó en un tremendo desprestigio, del cual, al día de hoy, no ha podido recuperarse.
No obstante, es bueno recordar que en Argentina existió una alternativa política liberal o parecida a ello. Hoy esa alternativa directamente ni siquiera existe.
Si nos atenemos a la historia reciente del liberalismo (brevemente resumida en los párrafos precedentes) juzgo que -hoy en día- en materia de difusión y aceptación de sus ideas está en una posición mucho peor que la que tuvo en las décadas del 80/90.
Resulta muy claro: hoy no hay ningún partido liberal de peso en la Argentina. Menos aún legisladores liberales, como si los hubo en aquella época.
La conclusión es clara. Si nos atenemos a los resultados en números, el liberalismo de hoy comunica peor que el de entonces. Y es por ello que nunca después de aquella época volvió a surgir ni un partido liberal ni legisladores liberales. Incluso en el ámbito académico se advierte un retroceso después de aquel entonces.
Y esto no se debe a que los liberales discuerdan ahora entre sí. Siempre hubo desacuerdos y rencillas entre los liberales. Quienes pertenecieron al partido testimonian que la ex UCEDE tenía muchas líneas internas dentro del partido, con visiones del liberalismo totalmente opuestas. Pero -a diferencia de ahora, coinciden- existía algo que no se ve hoy: todas esas líneas y todas esas personas que las integraban se respetaban entre ellas. Disentían en detalles, o en los medios para alcanzar el fin, pero acordaban en el mutuo respeto de las personas y las ideas ajenas. Ningún liberal insultaba a otro liberal. Se discrepaba en los procedimientos, matices, pormenores. Pero no en los fines. Y aquellos liberales comunicaban mucho mejor que los de ahora y con menos medios.
Esto último, desgraciadamente, parece que se ha perdido entre muchos liberales de hoy. No todos. Pero si muchos. Y es a esto a lo que atribuyo que las ideas liberales no tengan hoy día el peso y la penetración que tuvieron entonces.
El éxito de cualquier cosa se mide por sus logros. El liberalismo recién estará avanzando cuando vuelva a tener legisladores liberales, partidos liberales, candidatos liberales. Y vuelva a haber cátedras en muchas universidades que lo divulguen. Pero nada de eso existió después de los hechos narrados antes. Ni hoy tampoco. Y no parece que los liberales de hoy se encaminen en esa dirección.
A ello hay que sumarle las dificultades propias intrínsecas al mensaje liberal. Para entender al liberalismo hay que entender de economía y, como enseña Friedrich A. von Hayek, la economía es una ciencia contraintuitiva, lo que pone a los economistas liberales -aun aquellos que mejor difunden el mensaje- en inferioridad de condiciones respecto de los economistas marxistas, dirigistas, estatistas, etc.
Tal instruye Alberto Benegas Lynch (h) el liberalismo no es un producto que “esté a la venta” y que pueda ofrecerse como si fuera un dentífrico. Si a esto se le suma la permanente descalificación entre quienes quieren arrogarse el monopolio de la comunicación de la filosofía liberal, el panorama no puede ser más desolador. Hoy por hoy, asistimos a una verdadera y triste batalla campal entre pseudo-comunicadores del liberalismo, que no solamente se agreden verbalmente entre ellos, sino que, además, denostan con gruesos epítetos al que piensa diferente, ofreciendo un patético espectáculo ante quienes nunca comulgaron con nuestras ideas, y que menos aun lo harán si un “producto” invendible (como es el liberalismo) se “ofrece” insultando o denigrando a quien se abstiene de comprarlo.
A diferencia del socialismo, no es frente a las cámaras de TV o los micrófonos radiales las vías por donde la gente aprenda y acepte el ideario liberal. No porque el liberalismo sea de inferior calidad al socialismo, ni porque sus verdades sean menores a las de este (de hecho, en el socialismo no hay ninguna verdad identificable) sino porque no todos los medios son aptos para todos los mensajes, dado que lo relevante no es sólo el medio por el cual se transmite el mensaje, sino el contenido del mismo, y al respecto cuentan tanto las formas como los objetivos. Continuando con la analogía del dentífrico, este puede venderse perfectamente a través de un spot publicitario, pero el liberalismo jamás, porque es necesario conocer todo el proceso de producción (desde la materia prima hasta el producto final) cosa que -como afirma el profesor ya mencionado antes- no es necesario en el caso del dentífrico.
El mismísimo premio Nobel de Economía Milton Friedman intentó divulgar el liberalismo a través de una serie de televisión que llevó por título “Free To Choose”, una sucesión de varios capítulos basada en su libro homónimo. Como el propio Friedman relata en el libro, la serie fue un fracaso completo y el libro demostró ser más exitoso que la serie misma. Con todo, el liberalismo está en franco retroceso en el mismo país de Friedman, los Estados Unidos.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El socialismo igualitario

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/4/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/el-socialismo-igualitario/

 

Hace tiempo nos ocupamos aquí de Looking Backward, la novela que el socialista estadounidense Edward Bellamy publicó en 1888 para describir el mundo paradisíaco que podía lograr el socialismo, eliminando la propiedad privada (cf. https://bit.ly/2Jb3SZU y https://bit.ly/2F09CmY). Ahora veremos su secuela, Equality, publicada en 1897.

Bellamy fantasea con que el fin del capitalismo “eleva a todos hacia arriba a un gran nivel de vida y de felicidad, de bienestar material y de dignidad moral”. El mismo bulo de Marx, que en la Crítica del Programa de Gotha auguró que con el socialismo correrían “a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva”, cuando en verdad el comunismo produjo miseria y hambre, siempre.

El autor no emplea las palabras socialismo o comunismo sino “Revolución” e “igualdad”, que imagina iba a ser su resultado con el estallido que, según anticipó correctamente, tendría lugar a comienzos del siglo XX.

Como iban a decir los socialistas siempre, y mintiendo siempre, Bellamy fantasea con que la revolución se debería a la miseria y la desigualdad, nada menos que en EE UU, que vivía entonces una gran prosperidad, atrayendo a trabajadores de todo el mundo. Los camelos progresistas se suceden uno tras otro, como que los ricos monopolizan el poder, e impiden a los demás progresar, es decir, justo lo contrario de lo que podría ver él mismo con sus propios ojos. No había libertad, que según él es una conquista sólo posible cuando se liquida la propiedad privada y todo está en manos del Estado.

Mientras que en el socialismo se alcanza el bienestar porque se suprime el dinero, en el capitalismo reina la desigualdad y la miseria. Llega a decir que el trabajo asalariado era “más abyecto que la esclavitud”, porque al menos el esclavo mantenía la mente libre. Esta basura refleja otra característica del socialismo: su desprecio hacia los trabajadores que pretende representar y defender.

La falacia de la suma cero está presente en todo el libro: los ricos causan la pobreza. Como siempre en todo el socialismo, hay un profundo odio a la herencia, a que los trabajadores puedan esforzarse para legar algo a sus hijos; nadie debe legar nada, el Estado ya se ocupa de nuestro bienestar. Algunas fantasías de su imaginado socialismo son muy reveladoras: las joyas han sido suprimidas…salvo en los edificios públicos.

Y hay un insistente mensaje según el cual el socialismo libera a la mujer oprimida por el macho capitalista, precisamente lo contrario de lo que hizo el socialismo real. Se verán más más falacias, pero dejemos constancia aquí que repite la fábula de lo malo que es el mercado, e insiste en que el socialismo que imagina se impuso por el empobrecimiento de los estadounidenses entre 1860 y 1890, precisamente cuando el salario real de los norteamericanos ¡se duplicó!

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Sociedad e igualdad de derechos

Por Gabriel Boragina: Publicado el 15/1/17 en: http://gboragina.blogspot.com.ar/

 

“2. La igualdad en las doctrinas del derecho social. Las doctrinas que partieron de la sociedad para estudiar al hombre, las doctrinas del derecho social, corno las denomina Duguit, o doctrinas socialistas, se oponen a las doctrinas individualistas (corno es lógico) y sostienen que el hombre es naturalmente social y sometido, por lo tanto, a las reglas que esa sociedad le impone con respecto a los demás hombres y sus derechos no son nada más que derivaciones de sus obligaciones. De allí hace derivar Duguit los conceptos de solidaridad o de interdependencia social, afirmando que todo hombre forma parte de un grupo humano, pero al mismo tiempo tiene conciencia de su propia individualidad”.[1]

Evidentemente, el hombre no es una creación colectiva, y estas doctrinas socialistas parten de una clara ficción. El hombre no es “naturalmente” social, si por “natural” se quiere significar biológico, porque ninguna sociedad puede dar por fruto biológico a ningún hombre. En realidad, no puede crear biológicamente cosa alguna. Se olvida que el concepto de “sociedad” es una concepción mental. Una palabra que representa una abstracción intelectual, que no cuenta con existencia física. Si el hombre fuera “naturalmente” social la educación -sobre todo la de los primeros años de la vida- no tendría ninguna razón de ser y no sería en absoluto necesaria. El niño se comportaría socialmente por obra, gracia y efecto de tal supuesta “naturaleza social”, reconocería espontáneamente a sus semejantes y sus derechos, y se autoimpondría límites a su propia conducta, y –todo ello- sin que nadie tuviera que explicárselo ni -mucho menos- recordárselo a cada instante. Tendría –en tal caso- también una conciencia “natural” de sus derechos y sus obligaciones, sin necesidad de que nadie se los enseñara previamente.

Empero, la experiencia más elemental nos demuestra que esto en modo alguno es como se derivaría de tales doctrinas socialistas llevadas a sus últimas consecuencias. La educación cumple su fin precisamente porque el ser humanos no es “naturalmente” social. Debe aprender a serlo, y debe enseñárselo a serlo. En cuanto a supuestas reglas “de la sociedad”, el razonamiento ha de ser el mismo. La fantasmagórica “sociedad” no instituye reglas, ya que ella no tiene vida física, ni cuerpo, ni mente, ni voluntad, ni acción. Toda regla ha sido originariamente pensada por alguien una primera vez, y dicha regla (norma, ley, etc.,) –en un segundo momento- se ha hecho extensiva a otros, ya sea por imposición o bien por convención. Pero ni en su origen ni implementación esa fantasmal “sociedad” ha desempeñado -ni hubiera podido hacerlo- papel alguno.

“3. El principio de la igualdad en la sociedad antigua. La historia de las instituciones, desde la antigüedad hasta las civilizaciones contemporáneas, va mostrando en cada sociedad los matices de su estructura orgánica y especialmente, las distintas clases en que se divide esa sociedad, .separadas unas de otras en forma tan absoluta, como si se tratara de mundos distintos, con sus privilegios y sus cargas, con sus derechos y sus obligaciones, con todo y con nada, para unos y otros”.[2]

Esta teoría organicista de la sociedad está sujeta a las mismas objeciones que hemos venido haciendo anteriormente. Se habla de la sociedad como de un ente vivo. Más aun, como si fuera una verdadera persona humana, o -mejor dicho- sobrehumana, muy por encima de cada individuo considerado física y mentalmente. Es precisamente el concepto de “sociedad” el que nos lleva al de igualitarismo, y de allí al de “clase social”, que nace del conflicto entre el reconocimiento de la ausencia de igualdad de las personas y la necesidad de articular la idea de su existencia, con el sólo objeto de distinguir a los que mandan (clase dominante) de los que obedecen (clase subordinada o esclava). La igualdad ha sido una idea que siempre ha servido a tiranos o a potenciales déspotas.

“El principio de la igualdad de los hombres, en su condición humana no existe en realidad, pues las instituciones de la esclavitud muestran la diferencia abismal entre el noble y el esclavo, degradado éste hasta la situación de cosa o de bestia, aunque aparezca una igualdad que podría llamarse jurídica, pues el que nada tiene nada es; ha nacido en la situación de indigencia, nada lo ampara, vive sólo para las cargas y sin esperanzas”.[3]

Aquí se confunde la desigualdad jurídica con la económica. Un error harto común en muchos pensadores reputados. Tanto las clases sociales como la institución de la esclavitud no son otra cosa que una consecuencia lógica de la desigualdad ante la ley de las personas, circunstancia no sólo común en la antigüedad, sino en los más “modernos” sistemas totalitarios como el socialismo, nazismo y fascismo, y sus sucedáneos menos violentos y algo más edulcorados. No existe ninguna clase de igualdad jurídica que pueda paliar, disminuir ni menos aun suprimir la desigualdad económica de las personas, porque esta es una ineludible consecuencia de los diferentes talentos, aptitudes, destrezas, o ausencia de ellas en cada una de las personas existentes. La igualdad ante la ley -una ley que garantice el uso y disposición de lo suyo y adquirido mediante su propio esfuerzo y dedicación-, es el único instrumento que hará que los hombres no dejen de ser biológica, psíquica y físicamente desiguales, sino que permitirá a cada uno -en la medida de sus capacidades- salir airosamente de la indigencia. Obviamente, ello no es posible en sistemas de castas o regímenes legales que otorgan privilegios y dadivas a grupos o individuos (como la mayoría de los actuales).

Hay que hacer notar que, en el curso de la historia, el principio de igualdad ante la ley ha sido declamado en un sinfín de oportunidades e –incluso- los déspotas más despiadados se han llenado la boca y sus discursos recitando supuestos “derechos” de todos “por igual” ante la ley. No obstante aquellos clamorosos monólogos, escasamente dicho principio se vio plasmado en los hechos, aun en aquellos países que dictaron constituciones que consagraban en forma expresa el mismo en su propio cuerpo normativo.

 

[1] Dr. Antonio Castagno. Enciclopedia Jurídica OMEBA Tomo 14 letra I Grupo 02. Voz “igualdad”.

[2] Castagno, A. Enciclopedia….Ob. cit. Voz “igualdad”

[3] Castagno, A. Enciclopedia….Ob. cit. Voz “igualdad”

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El liberal uruguayo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 14/1/17 en  en El País de Montevideo. Edición impresa.

 

Cada tanto tiempo aparecen en muy diversos lugares personas que dejan una huella profunda en las mentes de sus congéneres. Es como dice en la Biblia -Isaías (1:9)- cuando alude a “un reducto minúsculo” que será la esperanza para mantener valores y principios que las mayorías circunstanciales suelen rechazar. El coraje moral de pocas personas permite mantener viva la llama.

En el caso que ahora nos ocupa, el de una extraordinaria personalidad: Ramón Díaz, se destaca nítidamente en la historia uruguaya reciente quien acaba de morir, ha dedicado parte importante de su vida a mostrar las ventajas de la sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana). Un gran liberal que trascendió en mucho las fronteras de su país.

Fue presidente de la internacional asociación liberal Mont Pelerin Society fundada en la segunda posguerra por el premio Nobel en economía Fredrich Hayek, secundado por eminentes economistas y cientistas sociales como Milton Friedman, Ludwig von Mises, Leonard Read, Wilhelm Röpke y Frank Knight.

Personalmente lo conocí en una de las reuniones de esa asociación de la que fui miembro del Consejo Directivo. Me invitó varias veces a dictar clases en la Universidad Católica de Uruguay donde mantenía una cátedra regular de economía, período en el cual escribió su obra cumbre sobre la historia económica uruguaya que ha servido como uno de los textos más valiosos del recorrido económico del país hermano. Me honró al sugerir mi nombre para integrar la Academia Nacional de Economía del Uruguay que presidió y de la que soy miembro correspondiente.

Cuando murió mi padre se publicó un libro en su homenaje al que Ramón fue invitado a contribuir. Su emotivo trabajo se tituló “Un pionero de la libertad” en referencia al homenajeado donde lo abre afirmando que Adam Smith inició el debate sistematizado sobre la trascendencia del mercado libre a contracorriente del denominado “mercantilismo” que hoy podemos denominar populismo o simplemente estatismo que contienen todas las falacias que seguimos desafortunadamente discutiendo hoy.

Nuestro mundo sigue empecinado en gastos públicos astronómicos en el contexto de reclamos por “Estados presentes” como si no se percatara de que el Estado es el vecino que financia todo ya que ningún gobernante pone de su peculio (más bien se suele llevar recursos a sus arcas personales que pertenecen al erario público). A esto se agrega un colosal endeudamiento estatal que compromete futuras generaciones que no han participado en el proceso electoral para seleccionar al gobierno que contrajo la deuda. Como si esto fuera poco, la presión tributaria se torna insoportable en vista de la manía gubernamental de entrometerse en los más mínimos recovecos de la vida privada en lugar de concentrarse en la Justicia y la seguridad que son las áreas que generalmente no atiende. Y solo para mencionar algunos desvíos, los aparatos estatales imponen restricciones al comercio exterior como si fuera una gracia obligar a los locales a comprar más caro y de peor calidad bajo presión de pseudoempresarios que pretenden mercados cautivos a expensas de su prójimo. En otros términos, después de más de trescientos años desde Adam Smith y con argumentos muy reforzados desde entonces, resulta que retornamos al mercantilismo del siglo XVII que hoy opera bajo el rótulo del nacionalismo, el socialismo o el Estado Benefactor (esto último una contradicción en los términos puesto que la fuerza no puede hacer beneficencia).

Vivimos la era de los megalómanos que con una arrogancia superlativa imponen lo que debe hacer cada cual con su vida y el fruto de su trabajo. Miran con desconfianza la coordinación del mercado abierto y se entrometen con lo que generan escasez y desperdicio de capital lo cual se traduce en una inexorable reducción de salarios puesto que estos dependen de las tasas de capitalización. Se encaprichan por la llamada “redistribución de ingresos” situación que necesariamente significa que se contradicen las indicaciones que los consumidores llevan a cabo en el supermercado y afines. Como se ha dicho “la primera regla de la economía es que los bienes no son sobreabundantes y la primera regla de la política es desconocer la primera regla de la economía”.

Cuando fui rector de la institución de posgrado Eseade (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas) el primer profesor invitado fue Ramón Díaz, quien pronunció su conferencia inaugural sobre los daños que produjo la Cepal en América Latina al insistir en políticas estatistas especialmente en cuanto al sector externo, pero no solo respecto a la manipulación cambiaria y arancelaria sino también en cuanto a la multiplicación de empresas estatales que están siempre fuera del mercado.

Recuerdo la emoción que todos sentimos con esa presentación inicial en una casa de estudios que recién comenzaba sus maestrías. A raíz de una de las preguntas de uno de los alumnos que se interesó por conocer la diferencia entra el liberalismo político y el económico, Ramón explicó con claridad meridiana el tema. Señaló que el liberalismo es inescindible y que el así llamado “liberalismo político” alude al continente, es decir, a la libertad de expresión del pensamiento, al Estado de Derecho, a la división e independencia de los poderes y equivalentes, mientras que el “liberalismo económico” se dirige a la libertad de los mercados, a saber, que cada uno pueda usar y disponer de lo propio sin que se lesionen derechos de terceros. A continuación Ramón preguntó a la audiencia para que sirve el continente (la libertad política) si no es para proteger el contenido (las acciones diarias de la gente para disponer de su propiedad).

Despedimos al amigo que, fuera de sus dotes profesionales, fue una excelente persona. Ha sido un privilegio conocerlo y aprender de su notable versación.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Fuerzas creativas y destructivas en el campo de las ideas

Por Gabriel Boragina: Publicado el 27/11/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/11/fuerzas-creativas-y-destructivas-en-el.html

 

Escuchamos muchas veces aquello de que “Lo que lleva mucho tiempo construir, lleva poco destruir”.
Si esto fuera cierto, tanto para lo bueno como para lo malo, nadie podría dudar que sea prudente concentrarnos en la destrucción de lo malo, evitar la de lo bueno, y no cejar en nuestro empeño en seguir construyendo lo último.
Sin embargo, el principio por el cual la celeridad de destrucción es mayor que la constructiva, no se trata de un principio absoluto, sino que se encuentra condicionado a ciertos factores, de los cuales la idoneidad del medio utilizado es el más importante de todos.
La idoneidad del medio no guarda relación directa con su tamaño físico sino con su poder intrínseco. Pongamos un ejemplo: un edificio, normalmente, lleva bastante tiempo de construcción, aun empleando los medios modernos de edificación. La demolición de ese mismo edificio puede llevar más tiempo que el requerido para construirlo, igual cantidad de tiempo o menor, dependiendo -en los tres casos- del medio con el que intentamos la tarea.
Si me empeño en destruir un edificio de departamentos con un martillo, seguramente me llevará muchísimo más tiempo que el utilizado en la construcción del edificio, y es probable que a martillazos nunca termine de demoler el edificio, sobre todo si este último es grande. Si en cambio, empleo el concurso de otras personas que manejen grúas, picos o enormes mazos mecánicos, la destrucción del edificio me llevarán igual o menor cantidad de tiempo que su construcción, y en el último supuesto, si me dedico a utilizar una pequeña carga de dinamita, puedo conseguir una destrucción casi instantánea del inmueble. Es decir, tanto en lo constructivo como en lo destructivo, la velocidad de hacer o deshacer, dependerá del medio que se emplee. Y esto es válido -creo- en todos los órdenes de la vida, y no solamente en el rubro de la construcción que he utilizado de ejemplo.
En el campo de las ideas ocurre otro tanto. Las ideas son herramientas que, como cualquier otra herramienta, pueden ser utilizadas, sea para construir como para destruir lo construido. Su potencial -tanto constructivo como destructivo- depende de su fuerza intrínseca, es decir, de su poder de penetración, y más que este, de su poder de fijación o permanencia en la mente de quien la cobija o acepta. Las ideas, negativas o positivas, en la medida que se expanden a un mayor número de personas, conforman un entramado que se solidifica, tal y como sucede con los ladrillos con las cuales los albañiles construyen un edificio. Si lo que se edifica son prisiones, la gente que este destinada a vivir allí la pasará mal, muy mal, si -en cambio- lo que se edifican son viviendas, la gente que allí resida la pasará muy bien.
Llevado al plano social, las ideas pueden construir tanto sistemas cerrados como abiertos y ambos pueden ser sólidos, en la medida que los medios empleados para su construcción lo sean, es decir la fijeza de las ideas sobre las cuales se edifican. Claro que, “sólido” no es aquí de ningún modo sinónimo de positivo -o sea- bueno. Una prisión debe ser -por definición- una construcción mucho más sólida que cualquier otra, para evitar -precisamente- que la gente que allí se encarcele pueda escapar de ella. Pero, a partir de allí, no puede alegarse el argumento de la “solidez” de la misma como pretexto para que todo el mundo sea recluido en prisiones.
Muchas teorías parecen tener una consistencia firme, pero, estudiadas a fondo y finalmente implementadas conducen a consecuencias nefastas. Eso es ni más ni menos lo que sucede con doctrinas económicas como el socialismo, el keynesianismo, o sus parientes políticas del “estado de bienestar” o “benefactor” y demás variantes “progresistas”.
En física la fuerza, se define normalmente como: “Interacción entre dos o más cuerpos. Causa el cambio de movimiento, la deformación o la ruptura de un cuerpo”.
La primera acepción (la de interacción) tiene un sentido neutro, y la segunda acepción un sentido claramente negativo. Pero hay un sentido positivo que contrasta con la segunda acepción porque dicha interacción también da lugar a la formación o a la unión, arreglo, concordia entre dos o más cuerpos.
Es curioso -por cierto- que en física se considere que la unión de dos cuerpos importa una deformación física de ambos. Sin embargo, este parece ser el concepto aceptado, advertimos al lector que nosotros no vamos a aceptarlo, y hablaremos aquí de fuerza en el sentido definido, esto es de positivo y negativo. La fuerza, a nuestro juicio, opera en uno u otro sentido.
Respecto a la cuestión acerca de si la fuerza que destruye es la misma que construye, es preciso determinar si una misma fuerza puede actuar en sentido contrario.
Algunos sostienen que toda fuerza (es decir una misma fuerza) puede ser empleada en sentido positivo o negativo. Creo que en un estricto sentido físico es posible afirmar una cosa así. Por ejemplo, la fuerza que empleo en accionar un martillo para clavar un clavo en la pared es la misma fuerza que pudiera aplicar al martillo si en lugar de un clavo el objeto destinatario sería una persona. En el caso del clavo en la pared la fuerza sobre el martillo es aplicada para un fin constructivo (como podría ser colgar un hermoso cuadro) pero no se puede decir lo mismo si quisiera utilizar esa fuerza sobre el martillo para golpearlo sobre la cabeza de alguien. En otras palabras, la fuerza física empleada para accionar el martillo es -claramente- la misma, lo que es diferente es la motivación o móvil del sujeto que hace uso de esa fuerza.
En el ámbito de las ciencias sociales suele decirse que el empleo de la fuerza es malo o negativo, lo cual es cierto si se aclara que lo es si la motivación a la que obedece dicha fuerza es dañar a otras personas. Pero si en cambio lo que busca quien hace uso de la fuerza es repeler el ataque de otro u otros, dicha fuerza no puede decirse que se negativa, sino -a mi me resulta claro- que es positiva.
Las ideas -ya sean estas positivas o negativas- tienen y contienen la fuerza o el empuje para producir y llevar adelante los acontecimientos, los que adoptarán el mismo signo, según sea la orientación de aquellas (positiva o negativa). El progreso o retroceso social dependerá enteramente de ellas.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Liberalismo y dirigismo

Por Gabriel Boragina: Publicado el 5/11/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/11/liberalismo-y-dirigismo.html

 

La asociación común entre mercado y dirigismo es tan extendida que no han sido pocas las ocasiones en las que la gente poco informada (y menos formada) ha confundido programas político-económicos con medidas de libre mercado o –como usualmente aun se les llama- “liberales”. En Argentina, esta falsa vinculación es harto frecuente. Son comunes las referencias al gobierno militar habido entre 1976 y 1983 como “liberal” o “neoliberal”. Hasta el día de hoy, una gran pléyade de ignorantes lo sigue rotulando de dicho modo. Pero lo cierto es que, la realidad de aquel periodo fue muy diferente a la de cómo nos la enseñaron después. Para demostrarlo, basta examinar cual fue la política económica seguida por el ministro de economía de aquella época, el Dr. José Alfredo Martínez de Hoz:

“El Dr. Martínez de Hoz, que se definió a sí mismo como “pragmático”, “gradualista” y no comprometido con las ideologías “manchesterianas o del laissez-faire”, y sí solamente con sus propias convicciones, desarrolló bajo apariencias de “economía libre”, una acentuada política “dirigista”, aunque de nuevo cuño. Recurrió más a controles indirectos utilizando mecanismos del mercado, que a controles directos orientados a interferir el funcionamiento de éste. Aplicó, a partir de fines de 1978, métodos derivados del “enfoque monetario del balance de pagos”, practicando un “dirigismo” sui-géneris, con controles directos sobre las inversiones, el mercado de cambios y el laboral. Permitió el sobredimensionamiento del Estado y de las empresas estatales, financiándolo con endeudamiento externo. La deuda argentina pasó de 9.000 millones de dólares en marzo de 1976 a 29.000 millones de dólares al término de la gestión Martínez de Hoz, quedando pendientes en el momento de su retiro situaciones que, por efecto de arrastre, habrían de elevarla considerablemente durante el período posterior.”[1]

Pretender que lo anterior fue una política de “libre mercado” o “liberal” resulta, entonces, en un despropósito total, fruto de mala fe o de ignorancia (en el mejor de los supuestos), aunque -a veces- estos dos últimos factores se combinan, lo que es el caso del ignorante de mala fe, aquel que sabe que ignora pero no quiere confesarlo, ni quiere tampoco salir de su ignorancia. Esta última categoría de sujetos, suele “dar cátedra” acerca de lo que ignora, no con ánimo de convencer al contendiente, sino –la mayor parte de las veces- con la intención de vencerlo, cansarlo, desalentarlo o -simplemente- tratar de hacerle perder la paciencia. El ignorante de mala fe suele ser el típico fanático, el intransigente, el que se niega a ver la realidad o, al menos, conocer puntos de vista disimiles al suyo propio, rehúsa evaluar otras opiniones, es intolerante, obcecado y -con frecuencia- ofuscado cuando se le exhibe la menor objeción a sus palabras.

Sin duda, muchas veces, son los mismos dirigentes políticos lo que explotan la ignorancia económica de la gente, y tildan a sus programas económicos con etiquetas que no los representan. Este no sólo es el caso mencionado en la cita anterior, sino que se ha dado y se sigue dando en muchas épocas y en tantas otras partes del mundo.

El genuino liberalismo se configura de otra manera, muy disímil a la que sus críticos suponen. Sus bases reposan en quién o en quiénes depositan su confianza los ciudadanos:

“Si se confía más en el juicio de varios que en el juicio de uno solo, como se dijo, necesariamente se concluye que existe confianza en los ciudadanos. Se piensa que los ciudadanos tienen las habilidades y la razón suficiente como para actuar y decidir. Esto significa la negación absoluta de escuelas políticas como el nazismo, el comunismo y el dirigismo estatal, que colocan todo el poder de la sociedad en una élite que niega las habilidades del resto de los ciudadanos. La única posible justificación del intervencionismo es suponer que los juicios y las capacidades racionales de los ciudadanos son inferiores a los de los gobernantes.”[2]

Esta es precisamente la clave de la cuestión, y lo que diferencia al mercado liberal del mercado dirigido. El libre mercado se basa en la mutua confianza de las personas, es la sociedad interactuando consigo misma en absoluta libertad, sin directores ni dirigentes que le digan a la gente que es “lo mejor” o lo “más conveniente” para ella misma. El mercado dirigido o intervenido es su perfecta antítesis. Por otra parte, una sociedad libre, siente una natural –a veces sutil, y, en otras ocasiones, profunda- desconfianza hacia sus dirigentes políticos. Hoy en día, es bastante extraño encontrar este último tipo de sociedades. Algunos más, otros menos, el mundo ha llegado a un punto donde -al igual que en la antigüedad preindustrial- los pueblos parecen volcarse decididamente a confiar sus destinos a élites gobernantes.

Uno de los efectos más dañinos del dirigismo -como contrario al liberalismo- han sido y siguen siendo los préstamos intergubernamentales, tan populares y aceptados hoy en día. Pero:

“En resumen, la ayuda exterior de gobierno a gobierno fomenta el estatismo, el dirigismo, el socialismo, la dependencia, la pauperización, la ineficacia y el despilfarro. Prolonga la pobreza que pretende remediar. En cambio, la inversión voluntaria de los particulares en la empresa privada promueve el capitalismo, la producción, la independencia y la confianza en sí mismo. Las grandes naciones industriales de todo el mundo recibieron en otro tiempo ayuda mediante la atracción de la inversión privada extranjera. La propia Norteamérica fue ayudada por el capital británico, en la segunda mitad del siglo XIX, para construir sus ferrocarriles y explotar sus grandes recursos naturales. Así es como las zonas del mundo todavía “subdesarrolladas” pueden hoy recibir ayuda en la forma más eficaz para desarrollar sus grandes potencialidades y elevar el nivel de vida de sus masas.”[3]

[1] Robert L. Schuettinger – Eamonn F. Butler. 4000 AÑOS DE CONTROL DE PRECIOS Y SALARIOS Cómo no combatir la inflación Prólogo por David L. Meiselman. Primera Edición The Heritage Foundation. Editorial Atlántida – Buenos Aires Pág. 251

[2] Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura. Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007. pág. 45

[3] Henry Hazlitt. La conquista de la pobreza. Unión Editorial, S. A. Pág. 196

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

OTRA VEZ SOBRE LA INDIA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

A esta altura me parece oportuno reiterar parte de lo que he escrito hace muchos años sobre una cultura milenaria que puede contribuir a mostrar caminos poco explorados en la interpretación de algunas visiones que contienen aspectos sobre los cuales es de interés tomar debida nota. Esto es así especialmente como consecuencia de no comprender lo dicho por Krishnamurti en cuanto a que “la educación debe basarse en cómo pensar y no en qué pensar”, lo cual no quiere decir que la enseñanza se limite a la lógica sino que, en ese contexto, se contraponen valores para que cada uno saque sus propias conclusiones, excluyendo siempre el adoctrinamiento.

 

Hay que ser sumamente cuidadoso con los estereotipos puesto que existe la manía de agrupar a todos los que viven dentro de ciertas fronteras geográficas y tratarlos como si no hubieran diferencias. En el caso que nos ocupa el equívoco se agrava aun más debido a que en la India conviven catorce lenguas principales y doscientas secundarias, tres religiones básicas -el budismo, los musulmanes y el hinduismo el cual, a su vez, se subdivide en monoteístas, politeístas y panteístas- al tiempo que son muy distintas las características físicas entre grupos de sus mil cien millones de habitantes.

 

En el  subcontinente que denominamos India desde tiempo inmemorial muchos son los que cultivan el espíritu, otorgan prelación a la paz interior, la búsqueda de significado y el contacto con lo trascendente, pero desafortunadamente, en buena medida, han sido indiferentes a los sistemas sociales que permiten el respeto recíproco y, en última instancia, no pocos de los que dan cabida a la vida interior desatienden el contexto en el que viven con los resultados del consiguiente empobrecimiento material. El correlato entre la vida espiritual y el progreso material es lo que caracterizó a Occidente, la escisión de ambos aspectos obstaculiza el libre desenvolvimiento de las personas. Lo importante es comprender y tener siempre presente que todo depende de  valores y principios.

 

De todas maneras, la primera característica referida respecto a la preocupación y ocupación por el alimento del alma ha llamado y llama poderosamente la atención a diversos observadores  y también los que llaman a la necesidad del renunciamiento a todo lo material como una cáscara para despotricar contra el modo de vida occidental sobre el que  no se comprenden sus fundamentos filosóficos y así patrocinan diversos modos de colectivismo y socialismo.

 

En la India, tienen lugar sistemas pesadamente autoritarios y burocráticos  y se basaron en su estrecha conexión con la Unión Soviética desde su independencia como colonia inglesa (hasta el colapso del Muro de la Vergüenza) y a la influencia de la Sociedad Fabiana, especialmente de Harold Laski y de los polacos Oskar Lange y Michael Kalecki con el apoyo logístico de sumas millonarias provistas por Estados Unidos y por organismos internacionales financiados principalmente por los contribuyentes de ese país, sistema que ha contribuido a que esa tierra se poblara de mendigos, miseria extrema, analfabetismo inaudito y espantosas pestes.

 

Desde siempre, el sistema de castas imposibilitaba el tan necesario asenso y descenso en la pirámide social. Precisamente, esto es lo que le llamó la atención a Alexis de Tocqueville quien dejó un centenar de páginas con anotaciones críticas para su proyectado tercer libro que, debido a su muerte prematura de tuberculosis, desafortunadamente nunca pudo ejecutar respecto de aquel milenario país.

 

En la última década se han producido algunas tímidas aperturas que dan espacios en medio de la asfixiante estructura impuesta por el siempre sediento Leviatán instalado en Nueva Dehli que maneja a su antojo los veintiocho estados con la apariencia de un sistema parlamentario bicameral en el que influyeron los ingleses en su larga estadía forzada, lo cual es alimentado por la economía subterránea que, especialmente en el área de los servicios, permite abrigar esperanzas para el futuro y ha permitido algunos marcados logros en el presente. La antedicha apertura se debe principalmente a los trabajos de siete economistas de reconocida trayectoria: Bellikoth Shenoy y su hija Sudha Shenoy, Peter Bauer, Milton Friedman, Mahesh Bhatt, Deepak Lal y Sauvik Chakraverti. Este último autor, en su prefacio a la edición india de la obra de Samuel Smiles (Self-Help) escribe en 2001: “Este libro fue escrito en 1840 por un hombre que sostenía que la mayor de las filantropías reside en educar a las personas de como hacer ellos mismos esfuerzos para mejorar su condición […], nos damos cuenta que el libre comercio y no los controles estatales son el camino a la prosperidad, especialmente para los pobres”.

 

Confirma lo dicho más arriba que hay filósofos de fuste que no se han molestado en estudiar aspectos relativos a la convivencia en sociedad, con lo que terminan condenando precisamente los sistemas que establecen el indispensable respeto recíproco y abren las puertas para el progreso material para aquellos que lo quieran disfrutar. De este modo, también la propia riqueza espiritual queda amputada puesto que el desconocimiento de temas vitales se traduce en miseria para los congéneres ya que, de hecho, permiten que los planificadores de vidas ajenas detenten el poder omnímodo. Ese es el caso de notables pensadores como Radhakrishnan, Tagore y Krishnamurti quienes junto a otros escriben en dirección a la sociedad abierta pero, muy paradójicamente, en la antesala misma de esa apertura, como una especie de coitus interruptus, muchos rechazan el sistema social que se deriva de sus razonamientos, con lo que, como una consecuencia no querida, condenan a sus semejantes a situaciones lamentables por más de que muchos lo tomen resignadamente.

 

El primero de los autores mencionados apunta con elocuencia en “The Spirit of Man”, que aparece publicado junto a otros trece autores variopintos en la suculenta obra Contemporary Indian Philosophy (The Macmillan Company, 1936), : “El  caos presente en el mundo se encuentra directamente vinculado al desorden en nuestras mentes […] La ciencia moderna tiene gran fe en los hechos verificables y los resultados tangibles. Todo aquello que no puede medirse y calcularse es irreal. Los susurros que vienen de lo más profundo del alma se descartan como fantasías anticientíficas”.

 

El segundo -Tagore- que tantos valiosos ensayos ha producido, escribe una novela que constituye un canto a las catástrofes del nacionalismo (El alma y el mundo). En esa obra, después de enfatizar la abstracción que significa toda nacionalidad, uno de los personajes señala que “Estoy dispuesto a servir a mi país; pero reservo mi veneración por el derecho que es más sagrado que mi país. Adorar al país de uno como un dios es entregarlo a su desventura […] No pueden amar a los hombres como a hombres, sino que tienen necesidad de lanzar gritos y endiosar a su patria”.

 

Por su parte Krishnamurti, en La libertad primera y última con prefacio del gran Aldous Huxley (en el que consigna que “la nueva religión es el culto al Estado”), sostiene que “El problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros es saber si el individuo es un mero instrumento de la sociedad o si es el fin de la sociedad. ¿Vosotros y yo, como individuos, hemos de ser utilizados, dirigidos, educados, controlados, plasmados conforme a cierto molde, por la sociedad, por el gobierno, o es que la sociedad, el Estado, existen para el individuo? ¿Es el individuo el fin de la sociedad, o es tan solo un títere al que hay que enseñar,  explotar y enviar al matadero como instrumento de guerra?”.

 

Hacemos votos para que futuros filósofos de la India retomen las valiosas contribuciones de notables predecesores como los mencionados en esta nota periodística, pero que sean capaces de llegar a sus consecuencias lógicas y concluyan en la indispensable aplicación de los postulados éticos de la sociedad abierta y así unan sus esfuerzos intelectuales con lo mejor de la tradición del pensamiento liberal y que nunca pierdan las insustituibles riendas espirituales de la conducta humana.

 

Al hacer referencia a la India no pueda soslayarse a Mahatma Gandhi para lo cual nada mejor que recurrir al revelador y muy documentado ensayo de Arthur Koesler publicado en el Sunday Times (octubre 5 de 1969) con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento de Gandhi. Koestler apunta que Gandhi hizo retroceder a la India debido a su nacionalismo xenófobo que ilustraba con la insistencia en quemar géneros extranjeros (“considero que es pecado usar tela extranjera” escribió) y combatir la industrialización (apuntó que “la rueca es aliento de vida”). Koestler concluye que Gandhi “denunció apasionadamente la cultura de Occidente” quien con una arrogancia superlativa dejó consignado que “India, como lo han demostrado tantos escritores, no tiene nada que aprender de nadie” y tenía la costumbre de insistir que “los principales males de Occidente son los ferrocarriles” pero Koestler consigna que “tuvo que pasar una parte considerable de su vida en coches de ferrocarril […] siempre insistió en viajar en tercera pero tenía un vagón especial para él” ya que como decían con sarcasmo sus allegados “hace falta mucho dinero para mantener a Bapu [padre] en la pobreza”. Asimismo, Arthur Koestler remarca que Gandhi la emprendía contra la educación por lo que no envió a sus propios hijos a estudiar, lo cual no impidió que designara como su sucesor político al totalitario Jawaharlal Nehru que era graduado de Cambridge.

 

A pesar de todas estas contradicciones es menester destacar la enorme contribución de Mahatma Gandhi en cuanto a la resistencia civil pacífica la que ha sido imitada por tantos defensores de derechos pisoteados por los aparatos estatales.

 

Finalmente, es de interés resaltar que hay varios economistas modernos en la India (“Nueva India”) que suscriben las críticas que Nash le formula a la tesis central de Adam Smith en cuanto a la coordinación en libertad. Tal vez resulte sobresimplificado el denominado “teorema Nash” si resumimos un aspecto medular en dos puntos (para no entrar a la teoría de los juegos o “el dilema del prisionero”). Surge de las elaboraciones de John Nash que, por ejemplo, si se comparte un terreno en el que pastan las ovejas de diversas personas, cada una intentará sacar la mejor partida para sus animales lo cual redundará en perjuicio para los demás. Así vistas las cosas el interés personal de cada uno conspiraría contra la situación de su prójimo. Este análisis amputa por completo el postulado crucial del liberalismo en cuanto a los marcos institucionales que asignen derechos de propiedad , de lo contrario, naturalmente, se produce “la tragedia de los comunes”, es decir, lo que es de todos no es de nadie.

 

La otra dimensión de este esquema, se puede ilustrar con lo que sucede en la vida matrimonial. Supongamos que el marido desea ir al football y la mujer prefiere ir al cine. Si cada uno sigue sus inclinaciones optimizarán sus resultados, a menos que ambos otorguen prelación a compartir un programa. En este último caso cualquiera sea la decisión – sea de ir los dos al baseball o al cine – estarán optimizando los resultados puesto que la preferencia incluye el no hacer programas separados . Tampoco aquí hay un fracaso del interés personal expuesto por el fundador de la economía, no se trata de un “desequilibrio” sino de armonizar intereses.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.