Profetas en su tierra:

Por Sergio Sinay: Publicado en http://www.sergiosinay.com/Reflexion.aspx?id=2507

 

Se dice que nadie es profeta en su tierra. Y se trata de algo más que una frase. Es una dolorosa comprobación. Para comprenderlo hay que comenzar por poner en claro qué es un profeta. Erróneamente se lo suele definir como un visionario, alguien que vislumbra el porvenir y no solo eso, sino que trae notas de esperanza y buenaventura. Se cree, además, que los profetas arriban desde algún misterioso y lejano lugar, con pasaporte divino, y que sólo hay que esperar que lleguen (o que vuelvan, según el caso o la religión) para que, mágicamente, todo cambie y se ilumine.

Estas erróneas creencias terminan por expulsar a los profetas. Porque los profetas no vienen de ningún lugar, nacen y viven allí en donde profetizan. Es decir, están entre nosotros desde siempre. Y profetizar es advertir sobre las zonas oscuras de las personas y las sociedades, es señalar sin pudor, sin mentiras piadosas, sin falsas promesas, las dolorosas secuelas de la avaricia, de la soberbia, del egoísmo, de la prepotencia, de la impiedad, de la ausencia de empatía y compasión. Los profetas son (han sido siempre) seres de carne y hueso, que hablan con el lenguaje de sus tierras y de sus tiempos para despertar las conciencias dormidas e indiferentes en esas tierras y en esos tiempos. La mayoría de las personas no quiere a los verdaderos profetas, detesta escucharlos, odia que vengan a denunciar lo que denuncian y a interrumpir el sueño de bulimia consumista, de aberrantes adoraciones, de corrupción y corruptela, de obsceno hedonismo, de narcisismo suicida.

Cada vez que los profetas han cumplido con su deber moral, fueron desoídos, descalificados, mancillados, expulsados de su tierra. Ha ocurrido a lo largo de la historia y ocurre hoy, cuando los oídos son más sordos que nunca a la voz de los profetas. Los profetas no usan túnicas blancas, ni largas barbas, no son necesariamente ancianos, no cabalgan en caballos alados, no sacan agua de las piedras ni convierten el barro en oro. Son algunos pocos intelectuales que aún no se prostituyeron, algún perdido político incorrupto, son empecinados sacerdotes, son madres del dolor, son artistas (¡tan pocos!) que no vendieron su arte (el que sea) al mejor postor, son aquellos maestros (ni todos ni tantos) que persisten empecinados en su misión, son médicos (pocos pero ciertos) que siguen fieles a su juramento hipocrático y no a la prebenda de los laboratorios, son algunos escritores, esos que no han mancillado ni pervertido la palabra. Nunca han sido muchos los profetas y a lo largo de los tiempos se han empecinado en regresar, aunque una y mil veces los expulsaran de su tierra través de la indiferencia, la persecución, la burla, la difamación o el escarnio.

Seguirán volviendo, sin duda. Seguirán estando. Seguirán profetizando. Los profetas perduran en el tiempo. Quienes los expulsan y los ignoran pasan sin dejar huellas, consumidos por el vacío de sus vidas sin sentido.

Ojalá 2015 traiga más profetas y ojalá que empiecen a serlo en su tierra.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.