EL SISTEMA EDUCATIVO FORMAL POSITIVISTA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 27/1/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/01/el-sistema-educativo-formal-positivista.html

 

(Punto 4 del cap. 5 de “La hermenéutica como el humano conocimiento”, de próxima aparición).

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Pocas veces como en esta caso el positivismo ha echado tantas raíces que los intentos de cambiarlas son aplastadas por los enormes troncos que ellas alimentan.

Todo lo que hemos explicado en este libro, todo lo que tiene que ver con conocer, entender, interpretar, empatía, conciencia histórica, interpretación, etc., refuta por sí mismo al paradigma positivista de conocimiento donde este es confundido con grabar información de memoria y luego expelerla, como un excremento que, obtenida la sacrosanta nota alta, es abandonada como una costra artificial que nunca, por supuesto, formó parte de nuestro mundo vital.

Hay que distinguir. La cuestión no es la educación formal, que como tal no es sino un mayor método[1] aplicado a un contenido cultural del mundo de la vida. La cuestión es la educación formal positivista, donde la misma estructura del aula implica una voz regente y manos que anotan y repiten. Puede infiltrarse de vez en cuando alguien que quiera dialogar y hacer comprender (eso es enseñar) pero tiene que luchar con sus colegas, con el sistema, con los alumnos, que se asombran de que alguien no los coacciones, con los padres, con decanos, con rectores y hasta con el sistema de acreditación. Las transformaciones no consisten en héroes anónimos, sino en un sistema que funcione con los incentivos normales para la naturaleza humana.

Hay estudios históricos profundos que ven con comprensión a este período positivista, emergente de una razón instrumental típica del Iluminismo del s. XVIII[2]. Ya es historia la historia de la “escuela nueva”[3] que trató de solucionar el tema sin salir sin embargo del esquema anterior de aula y escuela anterior. Y hay, por supuesto, gente que se da cuenta de que las nuevas tecnologías de la comunicación no pueden ser compatibles con ese esquema antiguo de aula, pero no saben cómo decirlo ni qué hacer. Hay voces que critican al sistema educativo proponiendo la creatividad[4], pero no proponiendo un cambio radical del sistema. Y hay voces aisladas que lo hacen[5] pero quedan más ignoradas que las propuestas de teletransportación, viajes en el tiempo o a través de los agujeros negros.

Pero “la” propuesta de reforma no es una propuesta impuesta coactivamente, de modo contradictorio, por los poderes del estado. Consiste justamente en acabar con el monopolio estatal coactivo en materia educativa, que convierte en casi imposible cualquier transformación y realimenta el totalitarismo inamovible de los sindicatos educativos aferrados de manera absoluta a un sistema positivista que luego “creen” que critican citando a autoritarios de izquierda como Freire[6]. Que a las diversas universidades libremente creadas pueda entrar cualquiera que cumpla con los requisitos de ingreso, que a las empresas y diversos trabajos pueda entrar cualquiera que cumpla con los requisitos de ingreso, que para todo ello no sean más necesarios títulos “oficiales” es precisamente lo que incentivará propuestas pedagógicas diversas que tendrán que competir entre sí por un público NO cautivo, cuya creatividad posterior preparará mejor para fundar el propio emprendimiento y no depender de una empresa a la cual entran sólo egresados con el “título oficial”.

La escuela formal positivista sigue siendo en casi todo el mundo un ícono, una especie de tótem al cual se ofrecen sacrificios humanos, esto es, todos nosotros pasando allí entre 18 y 20 años de nuestra existencia. Es tal vez el símbolo más importante del súper yo racionalista, y por ello, tal vez, es tan difícil matar al padre.

Hasta entonces, seguiremos siendo las pilas de la Matrix, mientras los Morpheous y los Neos forman parte de un submundo de contrabando.

 

[1] Zanotti, Luis J.: La misión de la pedagogía, Columbia, Buenos Aires, 1967.

[2] Zanotti, Luis J.: Etapas históricas de la política educativa, op.cit.

[3] Op.cit.

[4] Ya son famosas al respecto las conferencias de Ken Robinson, por ejemplohttps://www.youtube.com/watch?v=0xnd8YIjt80 . Pero todo queda en la nada, porque las legislaciones estatales de todo el mundo impiden la creatividad del alumno.

[5] Landolfi, H.: Educación para la fragilidad, Buenos Aires, Dunken, 2015, y, del mismo autor, Psicología, Filosofía y Educación, Dunken, Buenos Aires, 2017.

[6] Al respecto ver Zanotti, Luis J.: “El cuestionamiento de las instituciones escolares”, en IIE, Revista del Instituto de Investigaciones Educativas, (I), 1975: “…El gran adalid de esa educación dialógica es hoy la figura del brasileño Paulo Freire. El diálogo como esencia de la labor educativa. ¿Quién puede negarlo? Supongamos que esta exposición fuera un modelo de educación bancaria, según lo que dice Paulo Freire. Yo habría traído acá una posición para que los lectores la reciban pasivamente. Habría hecho el depósito bancario en los lectores que me habrían leído pasivamente. Supongamos que esto haya ocurrido así. Aquí entonces no hubo ni educación ni nada que se le parezca. Simplemente no hubo nada. Si entre los lectores y el autor de este texto de alguna manera no se ha establecido un esquema de participación mental, aunque no lo hayamos explicitado mediante preguntas y respuestas y diálogos y grupos operativos de trabajo, aquí no ha pasado nada. Pero si han quedado dudas, reflexiones, si los lectores han seguido el hilo del pensamiento aquí escrito, si quedan reflexionando sobre el tema con ansias de buscar bibliografía, de realizar consultas, entonces aquí ha habido educación dialógica, es decir, ha habido educación, porque hay una sola educación que es la educación y que es dialógica: existe cuando hay diálogo, cuando hay participación: entre unos y otros y el resto no existe. No hay una metodología de “clase magistral” de la cual debemos abjurar y una clase con diálogo y participación: hay clase o no hay clase. Hay clase cuando el profesor, aunque hable una hora entera, entra en participación con los alumnos y estos lo siguen, razonan con él, lo escuchan, meditan en lo que dice. Así como hay también clase cuando se va dialogando en voz alta. Cuando no ocurre nada de esto, entonces no hay educación dialógica, simplemente porque no hay educación. Pero hoy se toma la bandera del diálogo, se la levanta y luego se la escarnece inclusive, porque se oyen exámenes donde los alumnos, tartamudeantes, anhelantes, nerviosos y asustados repiten la posición de Paulo Freire para tratar de que el profesor le ponga la nota con la cual van a aprobar y obtener el certificado formal de un saber en el más puro esquema de la “educación bancaria” de Paulo Freire. Pero eso es simplemente la burla a la cual llegamos y la prueba de que muchas de estas cosas se están manejando con intenciones a veces simplemente exhibicionistas y en otras ocasiones con intenciones de destruir algo para llegar a otro tipo de esclavitudes mucho peores”. (El subrayado es nuestro).

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Periodismo carancho

Por Sergio Sinay: Publicado el 21/7/17 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2017/07/periodismo-carancho-por-sergio-sinay.html

 

Cuando la sangre, el dolor, el sufrimiento, las intimidades invadidas, el oportunismo alimentan a un periodismo narcisista, que necesita, además, de un público afín.

Mientras se discute cuántos años tiene el “Polaquito”, ese chico desquiciado que fue presentado en televisión como el enemigo público número uno, se siguen desnudando las miserias de una sociedad enferma. Y del periodismo que ella produce y fomenta. Los “Polaquitos” no nacen de repollos y, además de ser hijos de sus padres y madres, son paridos por una sociedad de la cual hace tiempo se ausentaron la empatía, la compasión, la noción y voluntad de sentido. Una sociedad que ya ni siquiera responde al tribalismo primitivo del “nosotros” vs. “ellos”. Es la sociedad del yo contra los demás, sin los demás. La sociedad del egoísmo y el narcisismo. Del consumismo devorador, donde preocupa más la economía que la moral. Un perfecto caldo de cultivo para “Polaquitos”. Después viene la hipocresía, la sorpresa y la indignación fingidas ante la evidencia de lo que la misma sociedad procreó.

En ese caldo se cuece también el periodismo carancho, el periodismo en donde la noticia no importa, en donde no se informa sino que se opera, en donde los periodistas son más importantes que la noticia. Si se diera un Oscar al periodismo carancho, el programa que presentó al “Polaquito” lo ganaría. Fue la expresión más consumada de algo que se ve todos los días en todos los noticieros, en programas farandulescos, en emisiones pseudoperiodísticas. Los caranchos sobrevuelan incansablemente el aire olfateando sangre, intimidades, sufrimientos, secretos. Se disfrazan de investigadores pero son acosadores, ladrones de privacidades, invasores de vidas y sentimientos ajenos. Con sus picos voraces escarban en las entrañas del sufrimiento. “¿Qué sintió al ver a su hijo muerto?”, le preguntan sin escrúpulos a la madre que llora sobre el cadáver de su vástago acribillado. “¿Por dónde te metió la mano, qué sentiste?”, interrogan sin vergüenza a la chica violada. No duermen, caranchean las veinticuatro horas. Siempre hay un crimen más para mostrar, otro tiroteo, otro chico abusado, otra esposa llorosa, otro casquete de bala, otro balazo en la puerta. Ese periodismo entra a la celda del peor criminal para entrevistarlo como a un amigo, como a un ídolo, lo escucha, le da tiempo, se compadece con él. Nunca una reflexión, jamás una idea, ni soñar con una frase bien dicha, con un vocabulario que respete las palabras.

 

Y si al gran megalómano le dicen que lo es y le ponen un espejo frente a la cara para que se vea reflejado, se ofende. Humilla. Saca a relucir galones, se ufana de haber inventado la profesión (que existe desde mucho antes y supo tener venerables cultores), se quiere fiscal de la patria, contamina el aire con insultos al que osó cuestionarlo, degrada el lenguaje (herramienta que debería honrar para ejercer la profesión). El rating sube. La ofensa vende. La intimidad invadida vende. La sangre vende. El periodismo carancho necesita de una sociedad que le ofrezca día a día material en descomposición. Y necesita todavía más de un público ansioso de ese material. Ni uno ni los otros se preguntan alguna vez: “¿Y si me tocará a mí?”.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

LA EMPATÍA COMO VIRTUD POLÍTICA

Por Sergio Sinay: Publicado el 3/8/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/08/la-empatia-como-virtud-politica-por.html

 

Un gobernante que no camina con los zapatos del prójimo es apenas un mal actor

 

La capacidad de reconocer las emociones de los demás está comprendida dentro de una  de las inteligencias múltiples (la interpersonal) que, de acuerdo con Howard Gardner (neuropsicólogo, investigador de Harvard) podemos desarrollar los seres humanos. Desde este enfoque enriquecedor (bajo cuya luz la inteligencia ya no es un bloque rígido y unitario) Daniel Goleman desarrolló luego el concepto de inteligencia emocional. En todos los casos la inteligencia es la aptitud que demostramos para aplicar en respuesta a las situaciones que la vida nos plantea las  herramientas cognitivas y emocionales de las que venimos dotados. Más las que adquirimos. Y se desarrolla con entrenamiento, con estímulo, con referencias y guías, en interacciones personales donde el otro es visto como un semejante y no como un objeto. No hay inteligencia emocional donde no hay registro del otro y donde no se capta la necesidad de él para nuestra propia existencia.

Empatía se llama, justamente, la capacidad de reconocer las emociones ajenas, de comprenderlas, de compartirlas y de acompañarlas. Esta no es una capacidad innata o genética. Requiere una previa experiencia en el conocimiento del propio mundo emocional, cosa que no siempre es fácil y agradable, y en la exploración, aceptación y transformación de ese mundo. Este no es un ejercicio intelectual. Se trata de una inmersión profunda, con un importante componente intuitivo, es un viaje que a menudo no tiene mapas previos, estos se dibujan mientras se avanza.

Quien desarrolla la empatía deja de ver a los otros como siluetas, como instrumentos para sus fines, como obstáculos a apartar o como objetos descartables. Cuando una tragedia golpea a una sociedad o cuando esta atraviesa momentos difíciles como cuerpo colectivo, la empatía de sus dirigentes es un atributo esencial, cuyo ejercicio fortalece, aún medio del dolor, los lazos comunes, la noción de pertenencia, la identidad compartida. No se trata de saltar de inmediato al ruedo a prometer soluciones o vendettas casi bíblicas (que acaso cueste cumplir). Eso tiene más de oportunismo que de otra cosa. Lo primero es conectar con el dolor ajeno desde el propio y tejer así una red de sostén ante el tremendo impacto inicial. Y no es este un ejercicio en el que políticos y gobernantes se comprometan con la persistencia, el compromiso y la sinceridad que resultan esenciales. La empatía no se declara, se siente y se actúa. Por eso, cuando queda solo en palabras su falsedad se evidencia rápidamente.

Quien se dedica a la política sin este atributo no la honrará, estará cada vez más lejos de la humanidad de sus representados, más propenso a desentenderse de sus dolores y necesidades verdaderas y a hacer de esos gobernados meros factores funcionales a sus intereses personales y/o privados.

Cada país carga con sus propios logros y sus propios dramas y tragedias. En los Estados Unidos los crímenes seriales son un síntoma ineludible, que mientras más se tarde en atender (en tanto los grupos armamentistas sean intocables, se facilitará la repetición del síntoma) más tragedias causarán. La Argentina tiene su propio talón de Aquiles. Una vez se llama Cromagnon, otra vez es el tren de Once, cada día son tragedias en rutas intransitables, que ni se mantienen, ni se mejoran ni se amplían, al punto que al final de cada año se cuentan tantas bajas como en una larga e interminable guerra. También hay trágicos derrumbes, perfectamente evitables, que la corrupción ha hecho posibles. Y hospitales carenciados que no ofrecen respuesta al dolor. Y si bien no hay asesinatos colectivos, la inseguridad sin freno provoca un goteo cotidiano de crímenes que deja su propio reguero de dolor, de familias destruidas, de vidas que no cumplirán sus proyectos y sus ciclos.

Frente a esto, y a tantas fuentes de sufrimiento, no hay empatía, salvo, claro está, la de familiares, vecinos, seres queridos y cercanos. A veces, de manera tardía y patética, aparece una puesta en escena mediante la cual un gobernante intenta convencer de que sufre dolores ajenos. Pero son malos actores. Y esto es independiente de quien gobierne. La verdadera política versa sobre la literal y real preocupación por los temas de la polis, de la comunidad. Sus dolores, sus necesidades verdaderas, sus esperanzas. Por supuesto, la empatía no cambia realidades, pero ayuda mucho a transitarlas, porque lo más valioso que tenemos las personas son las otras personas. Siempre y cuando las reconozcamos como tales.

 

La empatía no se compra, no se adquiere de la noche a la mañana y no existe sola. Sin ella la generosidad, al altruismo, la solidaridad son apenas declaraciones de ocasión. Quienes creen que la tragedia de otros es merecida y la justifican con rústicos argumentos ideológicos harían bien en preguntarse por su propia empatía, en pensarse como hijos, como hermanos, como padres, como amigos. Como humanos. La empatía requiere caminar al menos cien metros con los zapatos del otro. Un requisito que ninguna Constitución fija, pero que todo gobernante debería cumplir.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

 

EL EGOÍSMO RODANTE

Por Sergio Sinay: Publicado el 19/5/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/05/normal-0-21-false-false-false-es-mx-x.html

 

Cuando la publicidad transmite modelos de vida y pensamiento que empeoran que empeoran el mundo 

 

Poco después del triunfo bolchevique en Rusia, en octubre de 1917, Alisa Zinóvievna Rosenbaum, nacida en 1905, se exiliaba en los Estados Unidos con su familia. Con los años, nacionalizada estadounidense, sería autora de obras como El manantial y La rebelión de Atlas. También cambiaría su nombre por el de Ayn Rand. Así se convirtió en la mentora y deidad de lo que se conoce como egoísmo ético. Sin disimulo y sin pudor esta corriente aboga por un individualismo fundamentalista e implacable, rechaza toda idea de bien común o de limitación de los propios horizontes en bien de propósitos comunitarios. Los ve como una mutilación de la libertad y propone rebelarse ante eso sin miramientos. Sólo los zánganos y los mediocres, sostiene, pueden hablar de altruismo, cooperación, compasión, empatía y otras debilidades, gracias a las cuales se aprovechan para vivir del esfuerzo y la inteligencia de una minoría de individuos brillantes, tenaces, inteligentes, corajudos y bellos. Meritorios, en fin.

 

En el dogma de Rand pensar en los otros equivale a sacrificar la propia vida. No vale la pena. Quien ayuda a otro o se preocupa por él lo daña, sostenía esta filósofa, le dice que es incapaz de velar por sí mismo y, además, se entromete en una vida ajena. Lo mismo, según su argumento, hace el Estado cuando dicta leyes, las hace cumplir, cobra impuestos o arbitra la vida de una comunidad para resguardo del bien común. Rand exponía sus argumentos de una manera sencilla, elemental, furibunda y desvergonzada. Les decía a los egoístas recalcitrantes que está muy bien ser así y que no está mal pensar en uno mismo y en el propio bien. Por supuesto que no lo está, siempre y cuando ello ocurra en un marco donde se recuerde que todos somos apenas parte de un todo que nos significa y confirma. Pero el egoísta ético no se caracteriza solo por pensar en sí (cosa que todo ser humano debe hacer como principio elemental de supervivencia), sino por su incapacidad terminal de pensar en el otro, de registrarlo y reconocerlo, de percibir que le es necesario para su propia existencia (incluso para su propia existencia egoísta). En el egoísmo ético muchos valores sobran, estorban, perjudican al “más apto”, al “más fuerte”, al “mejor”.

 

Si donde Rand, fiel a sus ideas, escribe capitalismo, se leyera “nacionalsocialismo”, y donde dice “los más aptos, creativos e individualistas”, se leyera “arios”, “raza superior” y cosas parecidas, asomarse a sus libros provocaría cierto escalofrío. Ayn Rand (muerta en 1982) contó en su momento, y cuenta todavía, con legiones de seguidores, buena parte de los cuales están entre quienes tienen poder económico y político (el presidente Macri, sin ir más lejos, mencionó alguna vez a La rebelión de Atlas como su lectura favorita) o entre quienes aspiran a tenerlo. También entre quienes creen que el mundo sería extraordinario si no fuera porque existen los demás y sus necesidades.

 

En estos días un corto publicitario de General Motors activó las ideas de Raynd (mostrándolas como novedad propia, con un lenguaje ampuloso y pueril, como el de su autora original) para presentar el modelo Cruze de Chevrolet. Un coche, parece, solo para “meritócratas”. Es decir, para seres especiales, ajenos a la chusma de esforzados ciudadanos arrasados por minucias como la inflación desbocada, los aumentos salvajes, la angustia por el futuro y la negritud del horizonte de sus hijos. No es para gente que trabaja doce horas ni que ve morir sus sueños y proyectos porque todo, desde la suerte a las regulaciones, se les pone en contra, mientras se consume el tiempo de sus vidas y mientras tecnócratas teóricos, divorciados de la realidad, le explican por qué el dolor de hoy será el goce de mañana.

 

En el corto de Chevrolet las personas no parecen tales sino muñecos de siliconas, prototipos de una raza superior, y los escenarios semejan salidos de Un mundo feliz (la distopía imaginada por Aldous Huxley en 1931, mundo carente de dolor, frustración, deseo y vida). En su Introducción a la filosofía moral, James Rachels (1941-2003) recuerda que el egoísmo ético no responde a preguntas como ¿quién decide el mérito? y ¿qué me hace tan especial? Y apunta: “Al no contestar estas preguntas, resulta que es una doctrina arbitraria, como lo es el racismo”. En este caso es también egoísmo rodante.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Psicópatas al natural

Por Sergio Sinay: Publicado el 11/4/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/04/psicopatasal-natural-por-sergio-sinay.html

 

Cuando latrocinio y psicopatía se funden en el poder, los costos para la sociedad y la convivencia son devastadores. Lo estamos comprobando una vez más.

En enero de 2009 la revista venezolana Zeta publicó una entrevista de la periodista Laura Di Marco al psiquiatra Hugo Marietan (ambos argentinos). Marietan es una reconocida autoridad en el estudio de la psicopatía. En esa entrevista decía: “Los políticos de fuste generalmente son psicópatas, por una sencilla razón: el psicópata ama el poder. Usa a las personas para obtener más y más poder, y las transforma en cosas para su propio beneficio. Esto no quiere decir, desde luego, que todos los políticos o todos los líderes sean psicópatas, ni mucho menos, pero sí que el poder es un ámbito donde ellos se mueven como pez en el agua”.  El psiquiatra agregaba que “el psicópata siempre trabaja para sí mismo, aunque en su discurso diga todo lo contrario”. Desconoce la empatía, es incapaz de ponerse en el lugar del otro. Todo tiene que estar a su servicio, y eso incluye “personas, dinero, la famosa caja, para comprar voluntades”.

Este diagnóstico de Marietan armoniza con la visión del psiquiatra canadiense Robert Hare, célebre especialista en el tema y creador del test PCLR, usado internacionalmente en la clínica, la justicia e incluso la policía para detectar la personalidad psicopática. En una conversación con José Manuel Nieves, del diario madrileño ABC, publicada el 19 de marzo de 2007, Hare señalaba que los psicópatas alcanzan al 1% de la población mundial y que están mayoritariamente enquistados en la política, en los negocios y, desde ya, en el crimen organizado. “Docenas de políticos de alto nivel deberían claramente estar en la cárcel”, afirmaba Hare. Según su descripción, los psicópatas saben controlar a los demás, tienen carisma y suelen convertirse en líderes. Agregaba un aspecto significativo: “Te van a engañar y a chupar la esencia, pero resultan atractivos, aún a costa de ese precio tan alto. Al final, cuando ya no les sirves, te dejan. Los psicópatas son esponjas emocionales y absorben todo lo que tengamos”.

Acaso esta última sea la razón por la que suelen captar voluntades, incluso de personas que se suponen lúcidas e informadas. “Una característica del psicópata, advertía al respecto Marietán, es la manipulación que hace de la gente. Alrededor del dirigente psicópata se mueven obsecuentes, gente que, bajo su efecto persuasivo, es capaz de hacer cosas que de otro modo no haría. Es gente subyugada, e incluso puede ser de alto nivel intelectual”.

A la luz de los últimos episodios judiciales y policiales, la mirada de Marietán y la de Hare permitirían confirmar que la última década no fue “ganada”. Fue, quizás como nunca, la década de los psicópatas en el gobierno. Ahora desfilan por los tribunales y empiezan a alojarse en celdas. Habían constituido una vasta asociación ilícita dedicada a saquear el erario público y los bienes comunes de la sociedad argentina mientras declamaban consignas vacías sobre derechos, soberanía y otros temas que desvirtuaron y degradaron. La psicopatía se extendió como una mancha desde el nivel más alto hasta el zócalo. La creencia de que eran impunes los hizo torpes. Sabemos quiénes son. No lo sabe quien no quiere o quien (aun a pesar de su supuesto nivel intelectual) fue subyugado, como dice Marietan. “Sus banderas pueden ser la apelación al hombre nuevo, el proyecto nacional, la liberación, la raza superior, la Nación, la patria. El psicópata siempre necesita buscar un enemigo, para aglutinar”, señala este especialista. Y la realidad lo confirma.

También es importante saber que nunca estaremos a salvo de los psicópatas, y menos en el poder. Según Hare, lleva tiempo identificarlos, no hay patrones fijos, como, por ejemplo, con la esquizofrenia. Tampoco tienen cura. Jamás reconocen que son psicópatas. Necesitan que haya crisis o situaciones extremas en las cuales aparecer como salvadores. En la calma no tienen lugar.

Los antídotos posibles frente a estos individuos son la información, la atención, el pensamiento crítico, la autonomía intelectual. Una sociedad puede defenderse de ellos a través de la normalidad, no de la excepción. Pensando y mirando antes de elegir. Reflexionando, aprendiendo de sus experiencias. “Están en todas partes, viven entre nosotros y tienen formas mucho más sutiles de hacer daño que las meramente físicas”, apunta Hare. “La sociedad no los ve, o no quiere verlos, y consiente”.

 

No verlos o consentir tiene costos muy altos. Los hemos pagado. Los seguimos pagando. Razón suficiente para no dejar de estar atentos. El poder los atrae, de manera que, ante cualquier gobierno, la vigilia debe ser permanente.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Profetas en su tierra:

Por Sergio Sinay: Publicado en http://www.sergiosinay.com/Reflexion.aspx?id=2507

 

Se dice que nadie es profeta en su tierra. Y se trata de algo más que una frase. Es una dolorosa comprobación. Para comprenderlo hay que comenzar por poner en claro qué es un profeta. Erróneamente se lo suele definir como un visionario, alguien que vislumbra el porvenir y no solo eso, sino que trae notas de esperanza y buenaventura. Se cree, además, que los profetas arriban desde algún misterioso y lejano lugar, con pasaporte divino, y que sólo hay que esperar que lleguen (o que vuelvan, según el caso o la religión) para que, mágicamente, todo cambie y se ilumine.

Estas erróneas creencias terminan por expulsar a los profetas. Porque los profetas no vienen de ningún lugar, nacen y viven allí en donde profetizan. Es decir, están entre nosotros desde siempre. Y profetizar es advertir sobre las zonas oscuras de las personas y las sociedades, es señalar sin pudor, sin mentiras piadosas, sin falsas promesas, las dolorosas secuelas de la avaricia, de la soberbia, del egoísmo, de la prepotencia, de la impiedad, de la ausencia de empatía y compasión. Los profetas son (han sido siempre) seres de carne y hueso, que hablan con el lenguaje de sus tierras y de sus tiempos para despertar las conciencias dormidas e indiferentes en esas tierras y en esos tiempos. La mayoría de las personas no quiere a los verdaderos profetas, detesta escucharlos, odia que vengan a denunciar lo que denuncian y a interrumpir el sueño de bulimia consumista, de aberrantes adoraciones, de corrupción y corruptela, de obsceno hedonismo, de narcisismo suicida.

Cada vez que los profetas han cumplido con su deber moral, fueron desoídos, descalificados, mancillados, expulsados de su tierra. Ha ocurrido a lo largo de la historia y ocurre hoy, cuando los oídos son más sordos que nunca a la voz de los profetas. Los profetas no usan túnicas blancas, ni largas barbas, no son necesariamente ancianos, no cabalgan en caballos alados, no sacan agua de las piedras ni convierten el barro en oro. Son algunos pocos intelectuales que aún no se prostituyeron, algún perdido político incorrupto, son empecinados sacerdotes, son madres del dolor, son artistas (¡tan pocos!) que no vendieron su arte (el que sea) al mejor postor, son aquellos maestros (ni todos ni tantos) que persisten empecinados en su misión, son médicos (pocos pero ciertos) que siguen fieles a su juramento hipocrático y no a la prebenda de los laboratorios, son algunos escritores, esos que no han mancillado ni pervertido la palabra. Nunca han sido muchos los profetas y a lo largo de los tiempos se han empecinado en regresar, aunque una y mil veces los expulsaran de su tierra través de la indiferencia, la persecución, la burla, la difamación o el escarnio.

Seguirán volviendo, sin duda. Seguirán estando. Seguirán profetizando. Los profetas perduran en el tiempo. Quienes los expulsan y los ignoran pasan sin dejar huellas, consumidos por el vacío de sus vidas sin sentido.

Ojalá 2015 traiga más profetas y ojalá que empiecen a serlo en su tierra.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.