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Periodismo carancho

Por Sergio Sinay: Publicado el 21/7/17 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2017/07/periodismo-carancho-por-sergio-sinay.html

 

Cuando la sangre, el dolor, el sufrimiento, las intimidades invadidas, el oportunismo alimentan a un periodismo narcisista, que necesita, además, de un público afín.

Mientras se discute cuántos años tiene el “Polaquito”, ese chico desquiciado que fue presentado en televisión como el enemigo público número uno, se siguen desnudando las miserias de una sociedad enferma. Y del periodismo que ella produce y fomenta. Los “Polaquitos” no nacen de repollos y, además de ser hijos de sus padres y madres, son paridos por una sociedad de la cual hace tiempo se ausentaron la empatía, la compasión, la noción y voluntad de sentido. Una sociedad que ya ni siquiera responde al tribalismo primitivo del “nosotros” vs. “ellos”. Es la sociedad del yo contra los demás, sin los demás. La sociedad del egoísmo y el narcisismo. Del consumismo devorador, donde preocupa más la economía que la moral. Un perfecto caldo de cultivo para “Polaquitos”. Después viene la hipocresía, la sorpresa y la indignación fingidas ante la evidencia de lo que la misma sociedad procreó.

En ese caldo se cuece también el periodismo carancho, el periodismo en donde la noticia no importa, en donde no se informa sino que se opera, en donde los periodistas son más importantes que la noticia. Si se diera un Oscar al periodismo carancho, el programa que presentó al “Polaquito” lo ganaría. Fue la expresión más consumada de algo que se ve todos los días en todos los noticieros, en programas farandulescos, en emisiones pseudoperiodísticas. Los caranchos sobrevuelan incansablemente el aire olfateando sangre, intimidades, sufrimientos, secretos. Se disfrazan de investigadores pero son acosadores, ladrones de privacidades, invasores de vidas y sentimientos ajenos. Con sus picos voraces escarban en las entrañas del sufrimiento. “¿Qué sintió al ver a su hijo muerto?”, le preguntan sin escrúpulos a la madre que llora sobre el cadáver de su vástago acribillado. “¿Por dónde te metió la mano, qué sentiste?”, interrogan sin vergüenza a la chica violada. No duermen, caranchean las veinticuatro horas. Siempre hay un crimen más para mostrar, otro tiroteo, otro chico abusado, otra esposa llorosa, otro casquete de bala, otro balazo en la puerta. Ese periodismo entra a la celda del peor criminal para entrevistarlo como a un amigo, como a un ídolo, lo escucha, le da tiempo, se compadece con él. Nunca una reflexión, jamás una idea, ni soñar con una frase bien dicha, con un vocabulario que respete las palabras.

 

Y si al gran megalómano le dicen que lo es y le ponen un espejo frente a la cara para que se vea reflejado, se ofende. Humilla. Saca a relucir galones, se ufana de haber inventado la profesión (que existe desde mucho antes y supo tener venerables cultores), se quiere fiscal de la patria, contamina el aire con insultos al que osó cuestionarlo, degrada el lenguaje (herramienta que debería honrar para ejercer la profesión). El rating sube. La ofensa vende. La intimidad invadida vende. La sangre vende. El periodismo carancho necesita de una sociedad que le ofrezca día a día material en descomposición. Y necesita todavía más de un público ansioso de ese material. Ni uno ni los otros se preguntan alguna vez: “¿Y si me tocará a mí?”.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

LA EMPATÍA COMO VIRTUD POLÍTICA

Por Sergio Sinay: Publicado el 3/8/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/08/la-empatia-como-virtud-politica-por.html

 

Un gobernante que no camina con los zapatos del prójimo es apenas un mal actor

 

La capacidad de reconocer las emociones de los demás está comprendida dentro de una  de las inteligencias múltiples (la interpersonal) que, de acuerdo con Howard Gardner (neuropsicólogo, investigador de Harvard) podemos desarrollar los seres humanos. Desde este enfoque enriquecedor (bajo cuya luz la inteligencia ya no es un bloque rígido y unitario) Daniel Goleman desarrolló luego el concepto de inteligencia emocional. En todos los casos la inteligencia es la aptitud que demostramos para aplicar en respuesta a las situaciones que la vida nos plantea las  herramientas cognitivas y emocionales de las que venimos dotados. Más las que adquirimos. Y se desarrolla con entrenamiento, con estímulo, con referencias y guías, en interacciones personales donde el otro es visto como un semejante y no como un objeto. No hay inteligencia emocional donde no hay registro del otro y donde no se capta la necesidad de él para nuestra propia existencia.

Empatía se llama, justamente, la capacidad de reconocer las emociones ajenas, de comprenderlas, de compartirlas y de acompañarlas. Esta no es una capacidad innata o genética. Requiere una previa experiencia en el conocimiento del propio mundo emocional, cosa que no siempre es fácil y agradable, y en la exploración, aceptación y transformación de ese mundo. Este no es un ejercicio intelectual. Se trata de una inmersión profunda, con un importante componente intuitivo, es un viaje que a menudo no tiene mapas previos, estos se dibujan mientras se avanza.

Quien desarrolla la empatía deja de ver a los otros como siluetas, como instrumentos para sus fines, como obstáculos a apartar o como objetos descartables. Cuando una tragedia golpea a una sociedad o cuando esta atraviesa momentos difíciles como cuerpo colectivo, la empatía de sus dirigentes es un atributo esencial, cuyo ejercicio fortalece, aún medio del dolor, los lazos comunes, la noción de pertenencia, la identidad compartida. No se trata de saltar de inmediato al ruedo a prometer soluciones o vendettas casi bíblicas (que acaso cueste cumplir). Eso tiene más de oportunismo que de otra cosa. Lo primero es conectar con el dolor ajeno desde el propio y tejer así una red de sostén ante el tremendo impacto inicial. Y no es este un ejercicio en el que políticos y gobernantes se comprometan con la persistencia, el compromiso y la sinceridad que resultan esenciales. La empatía no se declara, se siente y se actúa. Por eso, cuando queda solo en palabras su falsedad se evidencia rápidamente.

Quien se dedica a la política sin este atributo no la honrará, estará cada vez más lejos de la humanidad de sus representados, más propenso a desentenderse de sus dolores y necesidades verdaderas y a hacer de esos gobernados meros factores funcionales a sus intereses personales y/o privados.

Cada país carga con sus propios logros y sus propios dramas y tragedias. En los Estados Unidos los crímenes seriales son un síntoma ineludible, que mientras más se tarde en atender (en tanto los grupos armamentistas sean intocables, se facilitará la repetición del síntoma) más tragedias causarán. La Argentina tiene su propio talón de Aquiles. Una vez se llama Cromagnon, otra vez es el tren de Once, cada día son tragedias en rutas intransitables, que ni se mantienen, ni se mejoran ni se amplían, al punto que al final de cada año se cuentan tantas bajas como en una larga e interminable guerra. También hay trágicos derrumbes, perfectamente evitables, que la corrupción ha hecho posibles. Y hospitales carenciados que no ofrecen respuesta al dolor. Y si bien no hay asesinatos colectivos, la inseguridad sin freno provoca un goteo cotidiano de crímenes que deja su propio reguero de dolor, de familias destruidas, de vidas que no cumplirán sus proyectos y sus ciclos.

Frente a esto, y a tantas fuentes de sufrimiento, no hay empatía, salvo, claro está, la de familiares, vecinos, seres queridos y cercanos. A veces, de manera tardía y patética, aparece una puesta en escena mediante la cual un gobernante intenta convencer de que sufre dolores ajenos. Pero son malos actores. Y esto es independiente de quien gobierne. La verdadera política versa sobre la literal y real preocupación por los temas de la polis, de la comunidad. Sus dolores, sus necesidades verdaderas, sus esperanzas. Por supuesto, la empatía no cambia realidades, pero ayuda mucho a transitarlas, porque lo más valioso que tenemos las personas son las otras personas. Siempre y cuando las reconozcamos como tales.

 

La empatía no se compra, no se adquiere de la noche a la mañana y no existe sola. Sin ella la generosidad, al altruismo, la solidaridad son apenas declaraciones de ocasión. Quienes creen que la tragedia de otros es merecida y la justifican con rústicos argumentos ideológicos harían bien en preguntarse por su propia empatía, en pensarse como hijos, como hermanos, como padres, como amigos. Como humanos. La empatía requiere caminar al menos cien metros con los zapatos del otro. Un requisito que ninguna Constitución fija, pero que todo gobernante debería cumplir.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

 

EL EGOÍSMO RODANTE

Por Sergio Sinay: Publicado el 19/5/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/05/normal-0-21-false-false-false-es-mx-x.html

 

Cuando la publicidad transmite modelos de vida y pensamiento que empeoran que empeoran el mundo 

 

Poco después del triunfo bolchevique en Rusia, en octubre de 1917, Alisa Zinóvievna Rosenbaum, nacida en 1905, se exiliaba en los Estados Unidos con su familia. Con los años, nacionalizada estadounidense, sería autora de obras como El manantial y La rebelión de Atlas. También cambiaría su nombre por el de Ayn Rand. Así se convirtió en la mentora y deidad de lo que se conoce como egoísmo ético. Sin disimulo y sin pudor esta corriente aboga por un individualismo fundamentalista e implacable, rechaza toda idea de bien común o de limitación de los propios horizontes en bien de propósitos comunitarios. Los ve como una mutilación de la libertad y propone rebelarse ante eso sin miramientos. Sólo los zánganos y los mediocres, sostiene, pueden hablar de altruismo, cooperación, compasión, empatía y otras debilidades, gracias a las cuales se aprovechan para vivir del esfuerzo y la inteligencia de una minoría de individuos brillantes, tenaces, inteligentes, corajudos y bellos. Meritorios, en fin.

 

En el dogma de Rand pensar en los otros equivale a sacrificar la propia vida. No vale la pena. Quien ayuda a otro o se preocupa por él lo daña, sostenía esta filósofa, le dice que es incapaz de velar por sí mismo y, además, se entromete en una vida ajena. Lo mismo, según su argumento, hace el Estado cuando dicta leyes, las hace cumplir, cobra impuestos o arbitra la vida de una comunidad para resguardo del bien común. Rand exponía sus argumentos de una manera sencilla, elemental, furibunda y desvergonzada. Les decía a los egoístas recalcitrantes que está muy bien ser así y que no está mal pensar en uno mismo y en el propio bien. Por supuesto que no lo está, siempre y cuando ello ocurra en un marco donde se recuerde que todos somos apenas parte de un todo que nos significa y confirma. Pero el egoísta ético no se caracteriza solo por pensar en sí (cosa que todo ser humano debe hacer como principio elemental de supervivencia), sino por su incapacidad terminal de pensar en el otro, de registrarlo y reconocerlo, de percibir que le es necesario para su propia existencia (incluso para su propia existencia egoísta). En el egoísmo ético muchos valores sobran, estorban, perjudican al “más apto”, al “más fuerte”, al “mejor”.

 

Si donde Rand, fiel a sus ideas, escribe capitalismo, se leyera “nacionalsocialismo”, y donde dice “los más aptos, creativos e individualistas”, se leyera “arios”, “raza superior” y cosas parecidas, asomarse a sus libros provocaría cierto escalofrío. Ayn Rand (muerta en 1982) contó en su momento, y cuenta todavía, con legiones de seguidores, buena parte de los cuales están entre quienes tienen poder económico y político (el presidente Macri, sin ir más lejos, mencionó alguna vez a La rebelión de Atlas como su lectura favorita) o entre quienes aspiran a tenerlo. También entre quienes creen que el mundo sería extraordinario si no fuera porque existen los demás y sus necesidades.

 

En estos días un corto publicitario de General Motors activó las ideas de Raynd (mostrándolas como novedad propia, con un lenguaje ampuloso y pueril, como el de su autora original) para presentar el modelo Cruze de Chevrolet. Un coche, parece, solo para “meritócratas”. Es decir, para seres especiales, ajenos a la chusma de esforzados ciudadanos arrasados por minucias como la inflación desbocada, los aumentos salvajes, la angustia por el futuro y la negritud del horizonte de sus hijos. No es para gente que trabaja doce horas ni que ve morir sus sueños y proyectos porque todo, desde la suerte a las regulaciones, se les pone en contra, mientras se consume el tiempo de sus vidas y mientras tecnócratas teóricos, divorciados de la realidad, le explican por qué el dolor de hoy será el goce de mañana.

 

En el corto de Chevrolet las personas no parecen tales sino muñecos de siliconas, prototipos de una raza superior, y los escenarios semejan salidos de Un mundo feliz (la distopía imaginada por Aldous Huxley en 1931, mundo carente de dolor, frustración, deseo y vida). En su Introducción a la filosofía moral, James Rachels (1941-2003) recuerda que el egoísmo ético no responde a preguntas como ¿quién decide el mérito? y ¿qué me hace tan especial? Y apunta: “Al no contestar estas preguntas, resulta que es una doctrina arbitraria, como lo es el racismo”. En este caso es también egoísmo rodante.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Psicópatas al natural

Por Sergio Sinay: Publicado el 11/4/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/04/psicopatasal-natural-por-sergio-sinay.html

 

Cuando latrocinio y psicopatía se funden en el poder, los costos para la sociedad y la convivencia son devastadores. Lo estamos comprobando una vez más.

En enero de 2009 la revista venezolana Zeta publicó una entrevista de la periodista Laura Di Marco al psiquiatra Hugo Marietan (ambos argentinos). Marietan es una reconocida autoridad en el estudio de la psicopatía. En esa entrevista decía: “Los políticos de fuste generalmente son psicópatas, por una sencilla razón: el psicópata ama el poder. Usa a las personas para obtener más y más poder, y las transforma en cosas para su propio beneficio. Esto no quiere decir, desde luego, que todos los políticos o todos los líderes sean psicópatas, ni mucho menos, pero sí que el poder es un ámbito donde ellos se mueven como pez en el agua”.  El psiquiatra agregaba que “el psicópata siempre trabaja para sí mismo, aunque en su discurso diga todo lo contrario”. Desconoce la empatía, es incapaz de ponerse en el lugar del otro. Todo tiene que estar a su servicio, y eso incluye “personas, dinero, la famosa caja, para comprar voluntades”.

Este diagnóstico de Marietan armoniza con la visión del psiquiatra canadiense Robert Hare, célebre especialista en el tema y creador del test PCLR, usado internacionalmente en la clínica, la justicia e incluso la policía para detectar la personalidad psicopática. En una conversación con José Manuel Nieves, del diario madrileño ABC, publicada el 19 de marzo de 2007, Hare señalaba que los psicópatas alcanzan al 1% de la población mundial y que están mayoritariamente enquistados en la política, en los negocios y, desde ya, en el crimen organizado. “Docenas de políticos de alto nivel deberían claramente estar en la cárcel”, afirmaba Hare. Según su descripción, los psicópatas saben controlar a los demás, tienen carisma y suelen convertirse en líderes. Agregaba un aspecto significativo: “Te van a engañar y a chupar la esencia, pero resultan atractivos, aún a costa de ese precio tan alto. Al final, cuando ya no les sirves, te dejan. Los psicópatas son esponjas emocionales y absorben todo lo que tengamos”.

Acaso esta última sea la razón por la que suelen captar voluntades, incluso de personas que se suponen lúcidas e informadas. “Una característica del psicópata, advertía al respecto Marietán, es la manipulación que hace de la gente. Alrededor del dirigente psicópata se mueven obsecuentes, gente que, bajo su efecto persuasivo, es capaz de hacer cosas que de otro modo no haría. Es gente subyugada, e incluso puede ser de alto nivel intelectual”.

A la luz de los últimos episodios judiciales y policiales, la mirada de Marietán y la de Hare permitirían confirmar que la última década no fue “ganada”. Fue, quizás como nunca, la década de los psicópatas en el gobierno. Ahora desfilan por los tribunales y empiezan a alojarse en celdas. Habían constituido una vasta asociación ilícita dedicada a saquear el erario público y los bienes comunes de la sociedad argentina mientras declamaban consignas vacías sobre derechos, soberanía y otros temas que desvirtuaron y degradaron. La psicopatía se extendió como una mancha desde el nivel más alto hasta el zócalo. La creencia de que eran impunes los hizo torpes. Sabemos quiénes son. No lo sabe quien no quiere o quien (aun a pesar de su supuesto nivel intelectual) fue subyugado, como dice Marietan. “Sus banderas pueden ser la apelación al hombre nuevo, el proyecto nacional, la liberación, la raza superior, la Nación, la patria. El psicópata siempre necesita buscar un enemigo, para aglutinar”, señala este especialista. Y la realidad lo confirma.

También es importante saber que nunca estaremos a salvo de los psicópatas, y menos en el poder. Según Hare, lleva tiempo identificarlos, no hay patrones fijos, como, por ejemplo, con la esquizofrenia. Tampoco tienen cura. Jamás reconocen que son psicópatas. Necesitan que haya crisis o situaciones extremas en las cuales aparecer como salvadores. En la calma no tienen lugar.

Los antídotos posibles frente a estos individuos son la información, la atención, el pensamiento crítico, la autonomía intelectual. Una sociedad puede defenderse de ellos a través de la normalidad, no de la excepción. Pensando y mirando antes de elegir. Reflexionando, aprendiendo de sus experiencias. “Están en todas partes, viven entre nosotros y tienen formas mucho más sutiles de hacer daño que las meramente físicas”, apunta Hare. “La sociedad no los ve, o no quiere verlos, y consiente”.

 

No verlos o consentir tiene costos muy altos. Los hemos pagado. Los seguimos pagando. Razón suficiente para no dejar de estar atentos. El poder los atrae, de manera que, ante cualquier gobierno, la vigilia debe ser permanente.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Profetas en su tierra:

Por Sergio Sinay: Publicado en http://www.sergiosinay.com/Reflexion.aspx?id=2507

 

Se dice que nadie es profeta en su tierra. Y se trata de algo más que una frase. Es una dolorosa comprobación. Para comprenderlo hay que comenzar por poner en claro qué es un profeta. Erróneamente se lo suele definir como un visionario, alguien que vislumbra el porvenir y no solo eso, sino que trae notas de esperanza y buenaventura. Se cree, además, que los profetas arriban desde algún misterioso y lejano lugar, con pasaporte divino, y que sólo hay que esperar que lleguen (o que vuelvan, según el caso o la religión) para que, mágicamente, todo cambie y se ilumine.

Estas erróneas creencias terminan por expulsar a los profetas. Porque los profetas no vienen de ningún lugar, nacen y viven allí en donde profetizan. Es decir, están entre nosotros desde siempre. Y profetizar es advertir sobre las zonas oscuras de las personas y las sociedades, es señalar sin pudor, sin mentiras piadosas, sin falsas promesas, las dolorosas secuelas de la avaricia, de la soberbia, del egoísmo, de la prepotencia, de la impiedad, de la ausencia de empatía y compasión. Los profetas son (han sido siempre) seres de carne y hueso, que hablan con el lenguaje de sus tierras y de sus tiempos para despertar las conciencias dormidas e indiferentes en esas tierras y en esos tiempos. La mayoría de las personas no quiere a los verdaderos profetas, detesta escucharlos, odia que vengan a denunciar lo que denuncian y a interrumpir el sueño de bulimia consumista, de aberrantes adoraciones, de corrupción y corruptela, de obsceno hedonismo, de narcisismo suicida.

Cada vez que los profetas han cumplido con su deber moral, fueron desoídos, descalificados, mancillados, expulsados de su tierra. Ha ocurrido a lo largo de la historia y ocurre hoy, cuando los oídos son más sordos que nunca a la voz de los profetas. Los profetas no usan túnicas blancas, ni largas barbas, no son necesariamente ancianos, no cabalgan en caballos alados, no sacan agua de las piedras ni convierten el barro en oro. Son algunos pocos intelectuales que aún no se prostituyeron, algún perdido político incorrupto, son empecinados sacerdotes, son madres del dolor, son artistas (¡tan pocos!) que no vendieron su arte (el que sea) al mejor postor, son aquellos maestros (ni todos ni tantos) que persisten empecinados en su misión, son médicos (pocos pero ciertos) que siguen fieles a su juramento hipocrático y no a la prebenda de los laboratorios, son algunos escritores, esos que no han mancillado ni pervertido la palabra. Nunca han sido muchos los profetas y a lo largo de los tiempos se han empecinado en regresar, aunque una y mil veces los expulsaran de su tierra través de la indiferencia, la persecución, la burla, la difamación o el escarnio.

Seguirán volviendo, sin duda. Seguirán estando. Seguirán profetizando. Los profetas perduran en el tiempo. Quienes los expulsan y los ignoran pasan sin dejar huellas, consumidos por el vacío de sus vidas sin sentido.

Ojalá 2015 traiga más profetas y ojalá que empiecen a serlo en su tierra.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE. 

 

SOBRE LOS AUTOS DE LUJO, EL PAPA FRANCISCO Y OTRAS YERBAS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 14/7/13 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/

Hace muchos, muchos años, observé una situación muy interesante (¿era interesante porque la observé o la observé porque era interesante? J). Bien, dejando eso de lado, vuelvo. Era en un tren hacia una localidad de la provincia de Buenos Aires, con los típicos asientos uno frente al otro. De un lado una familia, en el otro lado, otra. Uno de los innumerables vendedores ambulantes ofrece paquetes de caramelos. Una de las familias es muy, muy pobre, y los ojos del niño acarician con nostalgia esos caramelos que nunca verá. La otra familia parecía mejor económicamente, y compra el paquete de caramelos. Sin embargo el niño de la familia más pudiente mantenía los ojos hacia el suelo, mientras el otro niño mantenía sus ojos fijos en el famoso paquete de caramelos, su por ahora objeto de deseo.  La situación se mantuvo así hasta que me tuve que bajar.
 
Conjeturemos. ¿Era el niño “pudiente” un marxista creyente? ¿Creía realmente que su riqueza era la causa de la pobreza de la otra familia, y su mirada en el suelo implicaba que estaba planeando la revolución? La verdad, no creo. Era un niño de unos 7 u 8 años, no más.
 
¿A qué se debía, entonces, su actitud? Obviamente no sé. Pero siempre me quedé pensando si no había hecho, sin darse cuenta, un acto natural de empatía hacia la pobreza del otro niño, ante su tristeza, y por lo tanto no quiso ostentar su riqueza delante de él. ¿Why not? Estoy hablando de la empatía, no digo que el niño era Fray Martín de Porres. Cualquier que haya leído a Adam Smith lo entiende (entre paréntesis, pobre Smith. Para los marxistas, el infradotado de la mano invisible, para Rothbard, un marxista. Evidentemente los autores sutiles no son lectura para los absolutos ideológicos).
 
Digo todo esto a cuento del escándalo que he visto en Facebook (una fuente muy respetable para el Conicet J) en algunos liberales y libertarios sobre la prohibición de Francisco de usar autos de lujo en el Vaticano. Todos han pensado que Francisco es un marxista que piensa que los autos de lujo son la causa la pobreza. ¿Saben que me parece que no? Porque Francisco es católico. ¡Oh, me dirán, lindo descubrimiento, por un lado, y peor aún, por el otro!!! Si, lindo descubrimiento, porque me parece que es muy desconocido qué es ser católico. Si cualquier persona puede tener empatía hacia el pobre, el católico, por la parábola del buen Samaritano, la tiene más, y ante diversos tipos de pobreza. Y en ese sentido, la riqueza material puede tenerse, desde luego, y obvio que su adquisición no se debe a la plus valía, y obvio que luego se debe usar conforme a la conciencia cristiana y con desprendimiento espiritual, pero nada de ello obsta a que no deba ostentarse ante el otro. La austeridad, la humildad, ante todo tipo de riqueza, es una actitud que nada tiene que ver con Marx. Y me refiero a todo tipo de riqueza. Mi doctorado, mis libros publicados, etc., (que sin caridad son sólo un charco maloliente de soberbia), ¿acaso me paso todo el día ostentándolo ante los demás? Y, como ya dije una vez, no me voy a poner a aclarar todo como si el lenguaje humano fuera la mathesis universalis que pretendía Leibniz. Si alguien no sabe qué quiere decir “ostentar”, búsquelo en su interior (en su interior, no en un diccionario). Y que todo esto depende de la prudencia de la situación (que incluye lo histórico), ¿tengo que aclararlo?
 
Por ende, no creo que a Francisco le preocupe que el presidente de los EEUU llegue a la casa blanca en un auto de lujo pero, sobre todo, blindado hasta el espejito retrovisor, para lo cual no le sirve un Fiat 600. Pero Francisco se está dando cuenta de que el Vaticano no es un Estado como los demás (para mí habría que abolir el estado del Vaticano y dejar de identificarlo culturalmente con la Iglesia, pero ya me estoy acostumbrando al tiempo en el que vivo). Y que sus “funcionarios” (qué horror, esa palabra) deben hacer acciones simbólicas de empatía, de caridad, de desprendimiento, de austeridad. Yo personalmente me mato de la risa ante el solo pensamiento de que algo de ello tenga que ver con Marx, y espero que Francisco también.
 
Por lo demás, si alguno cree que me he sumado al conjunto masificado de aduladores, obsecuentes e hipócritas que nunca pisaron una Iglesia y que desde que asumió Francisco creen que son el catolicismo caminando, no me conoce.
 
Por lo demás, yo voy más allá de Francisco. Elimine, por favor, el Estado del Vaticano, un lastre histórico espantoso, y que toda la jerarquía de la Iglesia, comenzando por el Papa y siguiendo por cardenales, obispos y etc., viva en conventos y parroquias. Elimine el IOR y que todos pongan su platita, como cualquiera, en cualquier banco, y que económicamente todos se sostengan como puedan, como cualquiera. Verá entonces que no tendrá que hacer campaña contra los autos de lujo. Porque todos habrán sido vendidos para pagar las cuentas de la casa. And the story.
 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.