La cuarentena es un auténtico genocidio

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 16/6/20 en:  https://alejandrotagliavini.com/2020/06/16/la-cuarentena-es-un-autentico-genocidio/

 

Es increíble que en parte del mundo se haya instalado una solución de “medicina medieval”, como describen los mejores especialistas a la cuarentena, o de “medicina” maoísta para ponerlo en términos modernos, que rompe con la lógica, con la naturaleza humana desde que encerar no es normal, es violenta, y viola derechos humanos como la libertad. Pero más increíble es que, ante la evidencia, no solo no recapacitan, sino que dan vuelta los datos y la lógica para justificarse.

En otra columna, ya escribí que ésta “pandemia” es otra gripe, según especialistas serios como Michael Levitt o Pablo Goldsmith. De hecho, al Covid 19 se le atribuyen unas 450.000 muertes -concediendo que esta cantidad no esté muy “inflada”- mientras que la burocracia maoísta de la OMS estima que anualmente por influenza mueren hasta 650.000 (en Argentina, por caso, son unas 32.000).

Ahora, quienes apoyan la medicina medieval, contra argumentan que de no ser por las cuarentenas morirían muchísimos más, lo que no es más que ciencia ficción, de hecho, es al revés mueren más porque encerrados se debilitan y de todos modos se contagian en los ascensores, al salir a los balcones y demás.

Pero supongamos que las cuarentenas evitaron cinco millones de muertos en el mundo, según los más alarmistas. Multipliquemos por diez el alarmismo, y creamos el disparate de que morirían 50 millones. Hasta la oficialista ONU asegura que por “la pandemia”, es decir, los efectos económicos de las cuarentenas y otras represiones estatales, en 2020 se sumarán 130 millones de personas que podrían estar cerca de morir de hambre a las 135 millones del 2019. ¡130 millones! Un genocidio, verdadero.

Además, hay que sumar la violencia que se desprende del monopolio de la violencia con la que el Estado impone cuarentenas, como femicidios, violencia intrafamiliar, suicidios y demás. El destacado economista argentino Miguel Boggiano señala que están cerrando cientos de empresas por la cuarentena, (el Estado) está avanzando sobre la propiedad privada… mientras tiene hacinados a los pacientes con Covid-19. Por cierto, las empresas que cierran son millones en todo el mundo.

Pero lo más irónico es que la salud global está empeorando, la tasa general de fallecimientos se dispara. Porque, con la excusa del coronavirus, se han suspendido millones de tratamientos como, por caso, el de Adela en Perú que se sometió a sesiones de quimioterapia en el Hospital Rebagliati de EsSalud y, cuando la enfermedad estaba cediendo, su tratamiento fue cancelado.

Cuentan J. Hoffman y R. Maclean que “la lucha por detener al coronavirus” -léase las cuarentenas y otras restricciones- acelera otras enfermedades. Entre otras cosas porque los vuelos con medicinas y ayuda fueron prohibidos o desviados. La difteria está apareciendo en Pakistán, Bangladesh y Nepal, el cólera en Sudán del Sur, Camerún, Mozambique, Yemen y Bangladesh. Una cepa mutada de poliovirus en más de 30 países. Y el sarampión -que es más contagioso que el coronavirus- se propaga por el mundo, incluidos Bangladesh, Brasil, Camboya, República Centroafricana, Irak, Kazajstán, Nepal, Nigeria y Uzbekistán.

El riesgo es “una epidemia que matará a más niños que el COVID-19”, dijo Chibuzo Okonta, de Médicos Sin Fronteras. Un auténtico genocidio. Solo espero que esto le sirva a la humanidad para comprender que no se puede manejar por miedo, ni con violencia.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Asesor Senior de The Cedar Portfolio, Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

Capitalismo mafioso

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 7/6/20 en:  https://www.libremercado.com/2020-06-07/carlos-rodriguez-braun-capitalismo-mafioso-90966/?_ga=2.40905314.158871564.1592342247-2041735642.1589903715

 

Las intervenciones del Estado propician el desarrollo de las actividades mafiosas.

Fernando Méndez Ibisate, amigo y compañero de muchos años en la Universidad Complutense, llamó mi atención tiempo atrás sobre un interesante artículo de Íñigo Domínguez en El País Semanal acerca de la mafia en EEUU.

La tesis del señor Domínguez es que la mafia sigue tan campante porque en realidad es el capitalismo:

La Mafia es una copia de papel carbón del sistema, una epopeya del capitalismo en su versión más salvaje, con el lema de ganar dinero donde sea y como sea (…) No solo es que los capos quisieran ser cada vez más empresarios, es que el propio capitalismo se ha vuelto cada vez más mafioso.

Esto es realmente asombroso, porque el capitalismo es lo contrario de lo que don Íñigo sugiere: los negocios y el mercado no consisten en “ganar dinero como sea”, sino dentro de un marco institucional donde operen reglas externas y previsibles sobre la propiedad privada y los contratos. La mafia opera justo al revés: con reglas no externas sino internas, y con personas dispuestas a violar todas las propiedades, todos los contratos y todos los derechos, empezando por el derecho a la vida. ¿Cómo pudo el señor Domínguez no ver esta realidad?

Y al mismo tiempo, ¿cómo no pudo ver el ámbito donde los negocios y las empresas efectivamente se corrompen, pudiendo incluso llegar hasta extremos mafiosos?

De haber prestado atención a esta corrupción, denunciada por los liberales desde Adam Smith, habría observado que hay un agente vinculado de diversas maneras a la mafia, que es el Estado. Sabido es que sus intervenciones propician el desarrollo de las actividades mafiosas. Dos ejemplos célebres fueron el suministro de alcohol durante la Ley Seca en Estados Unidos y el narcotráfico en nuestros días en todo el mundo. Son actividades fomentadas por la prohibición impuesta por las autoridades, no por la interacción voluntaria característica de los mercados. Decir que el Chapo Guzmán es un empresario típico, e identificarlo con el capitalismo, es claramente una distorsión de la realidad.

Hablando de Gobiernos y políticos, el artículo del señor Domínguez no abunda en su análisis, pero los viejos del lugar tenemos la memoria suficiente como para sonreír ante esto que afirma sobre los mafiosos: “Seguían quedando en gasolineras de autopistas”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

El “fundamento” económico del impuesto

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/05/el-fundamento-economico-del-impuesto.html

 

El impuesto es siempre una confiscación mal que les pese a los juristas y -en particular- a los tributaristas, porque viola la propiedad privada, pero no sólo esta, sino que -además y por, sobre todo- la libre voluntad del obligado al pago.

No existe tampoco ningún “mandato de la colectividad ejercitado por medio de sus representantes legales y que importa la decisión colectiva de hacer entrega al Estado de la parte alícuota del patrimonio particular” salvo en un sentido romántico e idealista de la democracia. Pero, en su significado realista ese mandato es el de una mayoría sobre una minoría que es, en esencia, lo que constituye la base del sistema democrático (el gobierno de una mayoría sobre una minoría) excepto en el raro caso de un resultado por unanimidad.

Pero aun en caso de unanimidad hay derechos que no son votables. El derecho a la vida no puede ser objeto de votación y nadie -ni en democracia o fuera de ella- puede desconocerlo. Si una unanimidad parlamentaria decidiera que los blancos pueden -de aquí en más- esclavizar a los negros (o viceversa) tal ley seria nula por violar el derecho natural. De la misma manera, ninguna unanimidad democrática puede arrogarse derechos sobre lo que es propiedad de otros. Estas cosas no son fruto de elección colectiva, ni de decisión siquiera. La propiedad privada es un hecho que el derecho simplemente se limita a reconocer protegiéndolo. Si democráticamente se decidiera suprimirlo sería imposible, porque implicaría que lo que es de todos no es de nadie, apareciendo “la tragedia de los comunes” explicada por Garret Hardin. Involucraría volver a “la ley de la selva” del “todos contra todos”, disputándose todos, la propiedad exclusiva de las cosas. La civilización es posible gracias al reconocimiento del derecho de propiedad. La barbarie es el resultado de su desconocimiento. Estos derechos -entonces- están mucho más allá de las elecciones y votaciones parlamentarias.

Si el gobierno fuera una necesidad real de la gente no sería necesaria compulsión alguna contra ella para crearlo y sostenerlo económicamente. Lo seria voluntariamente.

“En punto al fundamento económico del impuesto, no existe razón más valedera que la necesidad de mantener al Estado, y la consiguiente exigencia de que todo el mundo brinde su aporte al respecto. De otro modo, probablemente ocurriría el dramático vaticinio de Stuart Mill: “En ausencia de todo gobierno, los fuertes, los ricos, veríanse obligados a protegerse recíprocamente; pero los débiles, los pobres, no podrían escapar a la esclavitud”.”[1]

Sucede que el vaticinio de Stuart Mill se cumplió con los gobiernos incluidos, con los cuales todos, ricos y pobres se han visto reducidos a la esclavitud gubernamental. No era algo difícil de vaticinar: ya estaba ocurriendo en su época, y había sucedido antes de la suya. La fortaleza de los ricos pasó a los gobiernos, volviéndose ricos estos y reduciendo a los antes ricos a la debilidad de la pobreza, excepto en aquellos casos en la que los ricos entraron en alianzas espurias con los gobiernos para obtener ventajas de parte de este. Hoy en día, ricos y pobres se encuentran obligados a protegerse del gobierno cuando tendría que ser al revés. La cita anterior no tuvo en cuenta que basta una ley del gobierno que decrete que los ricos deben entregar su fortuna al poder de turno para que su antigua riqueza pase a ser solo un melancólico recuerdo y su despojo una triste realidad presente. La fuerza la tiene el que hace la ley y la ejecuta. Y eso solo lo pueden hacer los gobiernos, no los ricos.

Véase la contradicción del autor analizado cuando cita a Mill (con quien acuerda) comparado con sus primeras reflexiones sobre los gobiernos de la antigüedad (Egipto, Grecia, Roma, etc..) de los que decía que reducían a la miseria a sus pueblos sin distinción de fortunas. Egipcios, griegos, romanos, etc. no eran pueblos sin gobiernos. Lo que dice Mill era lo que ocurría con los gobiernos antiguos y modernos. Los gobiernos no evitan la esclavitud, sino que esclavizan a sus súbditos apenas tienen la oportunidad de hacerlo. La esclavitud no aparece por la ausencia de gobierno sino por su exceso. En realidad, la esclavitud sólo ha aparecido en aquellos lugares donde primero brotaron los gobiernos.

En consecuencia, el “fundamento económico del impuesto” que da el autor no es tal.

“Es verdad que, a través de los tiempos, varió el carácter de la gravitación del impuesto sobre los diversos factores que incluyen a la sociedad: los magnates, los poderosos, los ricos, los pobres, los totalmente desheredados de fortuna. Es obvio que en los casos de pobres y desamparados, no se debían construir doctrinas jurídico-filosóficas para justificar su exoneración de impuestos. Los hechos de su propia impotencia para hacer frente a cualquier carga fiscal, los colocaban al margen. Pero existían modos muy violentos para hacer que tampoco los absolutamente despojados de bienes materiales se excluyeran de la obligación de contribuir al sostén del Estado y entre ellos, el más conocido, fue la reducción a la esclavitud, al trabajo forzoso, para que, de esta manera, solventara sus deberes.”[2]

En realidad, raro es encontrar alguna época en el curso de la historia en que los gobiernos de cualquier signo que fueran excluyesen a alguien de la obligación de tributar en función de su escasa o amplia fortuna. Mas allá de las elucubraciones jurídicas que hace la cita, en el mundo real todos los gobernantes sometían a todos sus súbditos a la obligación de tributar. Recordemos que el mismo autor que estamos comentando comenzó su artículo exponiendo varios casos de lo dicho. Es más, los pobres eran el resultado directo del impuesto, que reduce la capitalización y -por lo tanto- la riqueza existente. No eran pobres por algún infortunio natural, sino que la causa de su pobreza era el impuesto, aspecto que los juristas -en general- desconocen por su falta de formación económica, lo que es palmario en el autor que analizamos ahora.

Si bien la pobreza es la condición natural del hombre, la riqueza en el pasado reconoce una historia de desfalcos y apropiaciones, cuyos autores eran los fuertes que eran -coincidentemente- los que ejercían el gobierno. Y es por esto que eran ricos, no porque compitieran en un mercado libre de regulaciones estatales, cosa que en no existió hasta bien entrado el siglo XVIII, y en forma germinal. Los ricos del pasado -como hoy- eran los gobernantes, sólo que actualmente se enriquecen de manera algo más sofisticada y menos brutal.

[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Queman iglesias, otra vez

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 11/2/20 en: https://www.actuall.com/persecucion/queman-iglesias-otra-vez-por-carlos-rodriguez-braun/

 

El incendio de iglesias, por tanto, no es un acto más o menos lógico de “protesta” de unos “manifestantes”. Cuando unos terroristas urbanos queman y saquean los templos cristianos en nombre del progreso anticapitalista, eso constituye un anticipo de su objetivo final: la libertad de todos.



Quema de iglesias en Chile por parte de grupos revolucionarios contrarios a la libertad.

Se entusiasmó Pablo Iglesias ante los disturbios producidos en Santiago y otras ciudades de Chile, y declaró: “Saludo al pueblo chileno”. He criticado su asombrosa asimetría, porque saluda a los pueblos según y cómo: no saludó antes al pueblo chileno cuando votó a Sebastián Piñera y tampoco saludó al pueblo venezolano ni al boliviano en su lucha por la libertad y la democracia. Pero hoy me voy a centrar en una dimensión de los desórdenes: el ataque a las iglesias.

Las imágenes son reveladoras, porque el ataque a las religiones judeocristianas es una señal que unifica los dos regímenes totalitarios más siniestros de nuestro tiempo: el nacional-socialismo y el comunismo. La persecución religiosa, por tanto, indica que no son solo los sentimientos religiosos los que están amenazados.

Nunca faltan excusas rimbombantes para la violencia política. Los nazis mintieron asegurando que los judíos eran un peligro para Alemania, y los comunistas mintieron y siguen mintiendo al proclamar que el socialismo nos va a proteger de los males de la propiedad privada y el mercado. En el propio Chile hubo antes violencia contra iglesias católicas con otra excusa que emplea la izquierda para legitimar sus tropelías: el indigenismo. En 2019 iglesias católicas y protestantes fueron quemadas alegando, como siempre, que el capitalismo causa los padecimientos de los chilenos. Los incendios y saqueos llegaron a afectar monumentos históricos, como la Iglesia de los Sacramentinos, y hasta la catedral de Valparaíso.

El pensamiento antiliberal hegemónico se apresuró a relacionar la violencia con situaciones económicas y sociales concretas, de pobreza y desigualdad. Es una antigua ingenuidad atesorada por los revolucionarios cuyo único objetivo es justificar los desmanes. La verdad es que jamás ha prevalecido el socialismo por condiciones económicas sino que ha utilizado circunstancias económicas y sociales para prevalecer políticamente, que es lo que le interesa. Una vez que prevalece, como es bien sabido, el comunismo agrava todos los males del capitalismo hasta extremos genocidas. Y, por supuesto, arrasa con las religiones judeocristianas de modo implacable.

Nada de esto es casual. No puede implantarse el socialismo en ninguna de sus variantes si no desactiva el papel de las instituciones que protegen a las personas. Por eso ataca siempre la propiedad privada, la familia, las tradiciones, la moral y las religiones que no se pliegan al poder político.

Es, además, posible, e incluso probable, que los acontecimientos de Chile hayan sido organizados. Nicolás Maduro incluso se pavoneó de ello. Ignoro en qué medida es cierto, pero no me extrañaría, porque Chile es un riesgo para la izquierda, que se potencia ahora con la victoria de la derecha en Brasil. Bolsonaro es el nuevo demonio para los supuestos progresistas, con razón, pero él es un recién llegado. En cambio, tantas décadas de prosperidad en el caso de Chile y de una prosperidad tan visible y relacionada con una sociedad liberal, lo convierten en el objetivo ideal para destruir una imagen, y de paso desviar la atención de Venezuela y otros ejemplos de “éxitos” antiliberales.

El incendio de iglesias, por tanto, no es un acto más o menos lógico de “protesta” de unos “manifestantes”, como dijeron bastantes medios. Resulta evidente, como escribió Vanessa Vallejo en PanAm Post, que los creyentes no tienen ninguna responsabilidad de los problemas que aquejan al pueblo chileno.

Cuando unos terroristas urbanos queman y saquean los templos cristianos en nombre del progreso anticapitalista, eso constituye un anticipo de su objetivo final, de lo que en realidad querrían quemar, y de hecho quemaron muchas veces durante el último siglo: la libertad de todos.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

 

Dalmacio Negro y la tradición liberal perdida

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 4/2/20 en:  https://www.elclubdelosviernes.org/dalmacio-negro-y-la-tradicion-liberal-perdida/

 

El neoliberalismo es un falso liberalismo, porque respalda y promueve el recorte de las libertades. Así, los estados neoliberales en realidad son socialdemócratas.

El distinguido catedrático y académico Dalmacio Negro es autor de La tradición de la libertad, en la Colección Cristianismo y Economía de Mercado, publicada por Unión Editorial y el Centro Diego de Covarrubias. El libro ganó el II Premio a la Libertad que otorga este Centro.

No es un volumen tranquilizador, porque el profesor Negro denuncia que la tradición liberal prácticamente ha desaparecido en Europa.

Despeja de entrada el equívoco del llamado “neoliberalismo”, que en realidad propicia más intrusiones políticas y legislativas, más impuestos, más gasto y más deuda, y a veces todo esto a la vez, en una plena antítesis del liberalismo.

En efecto, en el intervencionismo hegemónico, a menudo llamado neoliberalismo, la libertad resulta socavada: “En el estatismo no son contradictorios el individualismo y el colectivismo. Al estatismo le conviene aislar lo más posible a los individuos”. Llegamos a un neoliberalismo donde aparentemente no hay límites a la conducta individual, pero la servidumbre de las personas es lo que se impone al no haber instituciones, familias, mercados, propiedad privada, moral…incluso la nación está cuestionada.

No vivimos en infiernos comunistas o nazis, porque el poder ya no asesina en masa, pero usurpa derechos y libertades poco a poco, mediante controles, multas, regulaciones e impuestos; mediante políticas redistributivas supuestamente abnegadas, acometidas en nombre de la libertad. El neoliberalismo es un falso liberalismo, porque respalda y promueve el recorte de las libertades. Así, los estados neoliberales en realidad son socialdemócratas.

Este desenlace proviene de un proceso antiguo, de la mal llamada Ilustración, que convierte a la ley legislada en la fuente del Derecho: “El Derecho que se estudia en las Facultades de este nombre, es prácticamente Legislación, de forma que los legisladores actuales son en realidad burócratas legalistas”. Dalmacio Negro observa con acierto que esto equivale a una genuina perversión antiliberal. Digamos, es fundamento del Derecho que la ignorancia de la ley no excusa su cumplimiento, pero la legislación moderna tiene miles de normas que son “instrumentos de la voluntad de poder y de intereses más o menos ocultos”, lo que desemboca en la inseguridad jurídica. Lo previó Tácito: “la abundancia de leyes es propia de una república muy corrupta”.

El poder tiene cada vez más tareas y cada vez menos límites. La libertad ha de ser constreñida porque, como dijo Gunnar Myrdal, es necesario “proteger a las personas de sí mismas”, y al final terminamos creyendo que la libertad política equivale a que el poder generosamente permita, y hasta instigue, cualquier actividad, pero siempre que sea sexual.

Este proceso diviniza al Estado y ataca sin cesar a la fe: “La crisis de la religión conlleva la de la moral, la política y el Derecho. …a consecuencia de la crisis religiosa y la pasividad de las iglesias, no resulta ya fácil distinguir en la Europa decadente entre lo legítimo y lo ilegítimo, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo recto y lo incorrecto, en definitiva, los límites que debe tener el poder”. El ser humano ve recortada su libertad, y no percibe que en parte se debe a que la Iglesia ha sido derrotada por el Estado.

Concluye el profesor Dalmacio Negro: “el problema es que la Iglesia no comprende, se niega a reconocer o teme reconocerlo, que su gran enemigo en este mundo es el Estado. Ahora bien, cuando no se reconoce o no se sabe reconocer al enemigo, la batalla está perdida de antemano. Y la Iglesia ha perdido muchas batallas desde que se asentó el Estado… Seducida por el Estado con el mito de la justicia social y otros mitos, temerosa de ser acusada de retrógrada y reaccionaria en nombre del Zeitgeist, la Iglesia ha renunciado a utilizar su auctoritas contra el secuestro de las libertades. Con todo, Religio est libertas”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

 

El fiasco del acuerdo de precios y salarios

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 16/9/19 en: https://www.eleconomista.com.ar/2019-09-el-fiasco-del-acuerdo-de-precios-y-salarios/

 

Con algunos colegas comentábamos que resulta un tanto tedioso reiterar las críticas de algunas políticas. Aun en desacuerdo, medidas novedosas estimularían las neuronas pero la repetición cansa y desgasta sobre todo cuando los fracasos se han sucedido sin solución de continuidad. Ahora observamos con estupor que un candidato a la presidencia proclama “acuerdos de precios y salarios” como si fuera una panacea sin prestar atención a la historia que muestra fracasos estrepitosos que perjudican muy especialmente a los más necesitados debido a los desajustes colosales que inexorablemente se producen.

El caso que nos ocupa ha sido especialmente difundido a través del manifiesto de Verona por el fascismo italiano. Esta corriente de opinión estimaba que los precios pueden administrarse por capitostes de distintas corporaciones en lugar de atender valorizaciones cruzadas entre millones de arreglos contractuales.

Veamos el asunto por partes. El precio no es un número que pueda decidirse caprichosamente sino que es la expresión de lo que ocurre en el mercado. No solo limpia la oferta y la demanda sino que es la única señal que refleja las escaseces relativas y donde conviene invertir y donde desinvetir según los márgenes operativos.

A su vez el precio está íntimamente ligado a la propiedad privada puesto que pone de manifiesto el uso y la disposición de lo propio. Si se afecta la propiedad se deteriora la función del precio como guía de la producción y, en el extremo, si se decidiera abolir la propiedad no hay forma, por ejemplo, de saber si es mejor construir caminos con oro o con asfalto. Si alguien en esta situación opina que con oro es un derroche, es porque recordó los precios relativos antes de la abolición de marras. En otros términos donde no hay propiedad es imposible la economización y sin necesidad de esta política extrema, en la medida en que las intervenciones estatales o los denominados “acuerdos de precios y salarios” estará presente el desperdicio de los siempre escasos factores de producción con la consecuencia del empobrecimiento.

Si los precios se establecen fuera del proceso de mercado en un nivel inferior a los que hubieran sucedido libremente, habrá faltante artificial y si se establecieran a un nivel superior habrán sobrantes. En cualquier caso hay desperdicio de los referidos factores de producción, lo cual se traduce en menores salarios en términos reales puesto que éstos dependen exclusivamente de las tasas de capitalización que naturalmente se contraen debido al antes mencionado derroche.

Si se quiere contribuir a resolver los problemas que nos aquejan es indispensable eliminar funciones gubernamentales incompatibles con un sistema republicano puesto que el gasto público está a niveles elefantiásicos,  lo cual hace que los impuestos resulten insoportables, la deuda estatal sea astronómica, el déficit total esté descontrolado y la inflación mensual sea equivalente a la anual en de un país civilizado. Y no decimos “podar” el gasto público puesto que, igual que con la jardinería, la poda hace que el crecimiento sea con mayor vigor. Tampoco analizamos el gasto del aparato estatal en relación al producto interno puesto que este guarismo no justifica crecimientos en el  Leviatán.

En resumen, es de esperar que la próxima administración se percate que desde hace siete décadas los argentinos venimos soportando un estatismo galopante que multiplica la pobreza, a diferencia cuando estábamos a la vanguardia del mundo en salarios e ingresos en términos reales debido a la aplicación de las recetas liberales desde la Constitución alberdiana de 1853 hasta el golpe fascista del 30, notablemente agudizado a partir del golpe militar del 43 hasta la fecha.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

“Robaron, pero hicieron”

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  https://netnews.com.ar/nota/2384-Robaron-pero-hicieron

 

“Robaron, pero hicieron” es el slogan con el cual políticos y quienes los votan justifican sus latrocinios una vez alcanzado el poder. En el fondo, está el dogma marxista detrás de este slogan. Por el cual, se da por sentado que la única manera de hacer cosas es mediante el robo, con lo que el robo queda “admitido” socialmente, aunque este penado jurídicamente (menos cuando el que roba es el propio gobierno a través de los impuestos y otros “pretextos” legales).

Si el robo está aceptado para todos como “único remedio” para solucionar problemas económicos de la gente, la sociedad civil se convertirá -más temprano que tarde- en otra de ladrones que se robarán continuamente unos a otros. No cuenta -quien pronuncia esa frase- que, en dicho marco, lo que es objeto de robo será dejado de producir por el antes dueño (hoy robado) porque para robar algo de alguien otro debió haberlo producido primero, y es esta la parte que no refieren. Porque, si lo razonara, advertiría lo absurdo del slogan.

Y es marxista porque, justamente fue Marx el que decía que la producción capitalista no era más que un dato, o sea algo “dado”, presupuesto. Y que obedecía a ciegas “fuerzas materiales” de producción. Para Marx, la producción y la riqueza eran algo presupuesto, y -conforme a su determinismo- siempre sería así. Ergo, quien aprueba el robo es porque da por sentado que la propiedad privada no existe o no debería existir, entonces contribuye a su abolición de la manera que puede, que es precisamente robándola.

Quien pronuncia el eslogan cree que el gobernante al que se refiere robó a otros para darle cosas a él, a su familia, o a otros “en necesidad”. Nunca se cuenta entre los robados. Sin embargo, está en un error, porque cuando el gobernante se decide a robar no discrimina a sus víctimas (salvo en el discurso cuando declama “a los cuatro vientos” -y a quien quiera escucharlo y a quien no también- que el despojará a los ricos para darles a los pobres y -de esa manera- consumar la “justicia social”).

No obstante, esto nunca es así, lo sepa el tirano o no. Podrá quizás -si habla sinceramente- ser esa su intención, pero en los hechos, si se decide a robarle a los ricos lo estará haciendo también a los pobres, porque la riqueza de los ricos es la misma que comparten con los pobres obligados los primeros por el mercado a proveerles de trabajo, bienes y servicios, para beneficio de los pobres y para que mediante el ejemplo de los ricos, aquellos pobres vayan dejando de serlo, siempre y cuando decidan aprovechar ese modelo y el gobierno no se entrometa en el asunto para echarlo todo a perder como habitualmente sucede en casi todas partes. En el mercado libre los ricos están forzados a compartir su riqueza con los menos ricos (o pobres) porque de lo contrario la irán perdiendo en favor de estos últimos.

Supongamos que un empresario -rico y avaro- decidiera repentinamente no pagarle más salarios a toda su actual planta de obreros para no perder ni un céntimo de su enorme fortuna. ¿quién en ese caso trabajaría para él? Nadie. Y esos obreros que se rehusaran a trabajar sin paga serian contratados por otros empresarios menos avaros y menos estúpidos que el primero. Quien habría perdido, en este caso, sería el empresario avaro y no sus obreros. Estos y sus nuevos empleadores saldrían ganando.

Pero no hace falta llegar a estos extremos, porque la gente -consciente o inconscientemente- defiende la propiedad privada de sus bienes, y se resistirá a ser robada, por muchos que sean los “argumentos” con los cuales los ladrones quieran excusar el robo. De la misma manera que quien no recibe su pago se negará a trabajar sin cobrar, porque su propiedad es su trabajo, precisamente.

Quienes defienden el slogan, generalmente, son personas incapaces de producir nada, o que habiendo intentado producir y comerciar fracasaron al primer ensayo, y en lugar de superarse y probar de nuevo en el mismo o en otro renglón, permitieron que la envidia invada sus corazones y desean con todas sus fuerzas castigar al “otro” (aunque no lo conozcan y ni siquiera exista) de quien “suponen” ha sido el autor de sus fracasos en lugar de culpar a sus propias inhabilidades o incapacidades elaborativas. Es el síndrome de la génesis del socialismo, que se nutre de la semilla de la envidia al exitoso.

Ahora bien, para reconocer que el éxito de uno o de muchos es fruto de las personales habilidades laborales y/o productivas es necesario que el marco en donde el éxito aparece sea el de un mercado abierto, competitivo e inadulterado. Si estas condiciones no se dan, cualquier riqueza será digna de sospecha. Pero raramente ese entorno de libertad económica se presenta en los países actuales.

El slogan (bien visto) luce más socialdemócrata que marxista puro. Hay en el mismo un cierto tinte de reconocimiento de que robar está mal generalmente, pero está particularmente permitido cuando con el botín se hacen “obras” para los pobres. Parece decir que robar está mal, pero -a veces- está bien dependiendo para qué o para quién se robe. Si se roba para repartir a los pobres estaría “bien”, y estaría “mal” si se roba para quedárselo uno mismo. El fin (la solidaridad) excusaría el medio (el robo). Esto último está más aceptado social y jurídicamente que lo que podemos imaginar a simple examen. En realidad, todo nuestro sistema fiscal está basado en dicha premisa. Si robamos “un poco”, pero es para repartir, estamos “exceptuados de condena” parece decir el lema. En última instancia, y correctamente explorado, este es el sustrato “filosófico” del mal llamado “estado benefactor” o de “bienestar”, tan extendido hoy en día en el orbe.

Nuevamente, no se tiene en cuenta el meta-mensaje que se le da al resto de la sociedad con esta falaz pseudo-argumentación. Ya que, muchos serán los que se enrolen en “la causa de los pobres” simplemente para disimular sus ataques a la propiedad ajena y con fines de personal beneficio mediante el robo, quizás no por particulares manos, pero si apoyando leyes como las fiscales y la gran mayoría de las nuestras, que son expoliadoras de la propiedad privada.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Hacer los deberes

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 1/6/19 en: https://www.elpais.com.uy/opinion/columnistas/alberto-benegas-lynch/deberes.html

 

La conclusión de esta nota periodística es que nosotros los liberales tenemos que hacer mejor nuestros deberes. En lugar de despotricar porque otros no aceptan el liberalismo, tenemos que esforzarnos por pulir el mensaje. Y como tendemos a ser más benévolos con nosotros mismos que con los demás, esta reflexión calma los nervios y nos obliga a un trabajo más intenso. Permutamos la crítica por la autocrítica.

Veamos este asunto por partes. Hay varios grupos de personas que no aceptan el ideario liberal y que están consubstanciados con las propuestas estatistas donde el Leviatán se entromete en las vidas y haciendas ajenas. Esos grupos son básicamente tres. En primer lugar hay quienes toman el asunto como una religión, como un dogma de fe, son los que están obcecados con su ideología. Como es sabido, la ideología en su acepción más generalizada es algo cerrado, terminado, inexpugnable. Es la antítesis del espíritu liberal, por definición una postura abierta, siempre en la punta de la silla en consonancia con que el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad atento a posibles refutaciones.

Un segundo conglomerado está conformado por los oportunistas que lo único a que apuntan es a hacerse del poder sin mucho trámite. Se ubican en el lado estatista porque es lo conducente para sus fines. No están interesados en el derecho, más bien patrocinan pseudoderechos, es decir, la capacidad de apoderarse del fruto del trabajo ajeno a través del uso de la fuerza.

Una tercera clasificación está integrada por los honestos intelectualmente que creen que la mejor solución estriba en las intromisiones de los aparatos estatales. Tengo buenos amigos liberales que provienen de las filas socialistas que lo han hecho todo con la mejor buena fe, personas inteligentes que se han percatado de su error. Han sido y son intelectuales de fuste que en general han simpatizado con el pensamiento del marxista Antonio Gramsci en cuanto a que la faena principal consiste en el debate de ideas puesto que como consignaba aquél autor “tomen la educación y la cultura, el resto se da por añadidura”. Para nuestros propósitos, son clave los procesos educativos abiertos y en competencia.

Casi todos ellos han sido persuadidos por tres autores clave: Ludwig von Mises al explicar que el socialismo es un imposible técnico puesto que al debilitar la propiedad privada se distorsionan los precios y, por ende, se bloquea la contabilidad, la evaluación de proyectos y en general el cálculo económico. También han sido persuadidos por Friedrich Hayek respecto a la necesaria dispersión y fraccionamiento del conocimiento en lugar de concentrar ignorancia en supuestos planificadores y, ante todo, las aseveraciones de Wilhelm Röpke en cuanto a la preeminencia de valores éticos de respeto recíproco.

Ahora bien, estimo que los esfuerzos de los liberales deben dirigirse a este tercer grupo que si no se logra convencer es solo y exclusivamente por nuestra incapacidad manifiesta en trasmitir un mensaje atractivo, bien argumentado y consistente.

Pienso que una buena receta para corregir las deficiencias es el perseverar en mejorar cada clase que dictamos, cada charla en la que participamos, cada libro que publicamos, cada ensayo y artículo que parimos. Entonces, el modo efectivo de difundir los valores y principios de la sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana) es el hacer mejor nuestros deberes y revisar y volver a revisar nuestro mensaje puesto que si la idea no avanza es nuestra culpa y responsabilidad ya que estamos frente a personas honestas intelectualmente que quieren lo mismo que nosotros, a saber, el progreso moral y material de nuestros semejantes, muy especialmente el de los más débiles y desamparados.

Hay que prestar la debida atención a los experimentos recientes que ha vivido la humanidad, por ejemplo lo ocurrido en la Alemania oriental frente a la occidental, para no decir nada de situaciones tremebundas como la cubana y las dictaduras de nuestra región enmascaradas o no en el voto. No se trata de certezas sino de razonamientos abiertos al debate.

A los estudiantes hay que trasmitirles un  equilibrio imprescindible en la extraordinaria aventura del pensamiento. Reza el adagio latino: ubi dubium ibi libertas, es decir, donde hay duda hay libertad. Si todas fueran certezas no habría necesidad de elegir, de decidir entre opciones, de preferencias entre medios diferentes y para el logro de fines alternativos. El camino ya estaría garantizado, no se presentarían encrucijadas. No habría acción propiamente dicha. Por ello resulta tan sabio el lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, esto es, no hay palabras finales, estamos en un proceso de prueba y error en un contexto evolutivo.

Considero que una buena definición de liberalismo es la que surge de un pensamiento de Cantinflas: “Una cosa es ganarse el pan con el sudor de la frente y otra es ganarse el pan con el sudor de el de enfrente”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La Escuela Austríaca de Economía (5° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/04/la-escuela-austriaca-de-economia-5-parte.html

 

“Proposición 5: El sistema de precios es un medio de economizar la información que la gente necesita procesar para la toma de decisiones. Los precios sintetizan los términos de intercambio en el mercado. El sistema de precios transmite a los participantes en el mercado la información relevante, ayudándoles a obtener ganancias mutuas mediante el intercambio.”[1]

El sistema de precios es una especie de filtro que depura todo tipo de información, descartando lo que podríamos llamar la “información basura”, es decir, la que no es relevante para la toma de elecciones, de los datos que si resultan de verdadera importancia y claves para que los operadores del mercado tomen sus arbitrajes finales. Si este sistema se adultera enviando señales distorsionadas, por factores ya sean endógenos o exógenos, es como un tablero de señales (como lo denominara Friedrich A. von Hayek) empieza a fallar y emitirá indicaciones falsas o -al menos- deformadas que impedirá que los agentes económicos adopten las mejores y más oportunas determinaciones.

“De acuerdo con el famoso ejemplo de Hayek, cuando la gente se da cuenta que el precio de la hojalata ha subido, no necesita saber si la causa está en el aumento de la demanda de hojalata o en la disminución de la oferta. En cualquier caso, el aumento en el precio de la hojalata hace que la gente tienda a economizar su uso.”[2]

Esta economización del uso de la hojalata operará como en sentido contrario, es decir, bajará la demanda por hojalata, lo que hará que el precio de la misma también tienda a bajar. Es la señal que el precio trasmite al público enviando el mensaje de que el precio está demasiado alto a lo que estaba en algún momento anterior, lo que combinado por la comunicación contraria que el mismo precio envía a los productores y comerciantes del producto, los incentiva a estos últimos a invertir en el sector, con lo que la oferta aumentará y el precio se reducirá hasta el punto en que confluyan oferta y demanda y -al precio del mercado- toda la producción efectiva será vendida.

“Los precios en el mercado cambian rápidamente cuando varían las condiciones subyacentes, lo que conduce a que las personas se ajusten rápidamente a las nuevas circunstancias.”[3]

De no haber precios la gente debería invertir una cantidad de tiempo y esfuerzo muy considerable para averiguar cuál sería, y el costo de lo que necesita, y donde encontrarlo, tal y como sucedía en la lejana época del trueque, y en los países comunistas y socialistas en donde los precios no existían o estaban fuertemente desfigurados. Para que el sistema funcione es necesario que preexista propiedad privada de los bienes de producción y de consumo, y la presencia de un mercado libre de regulaciones estatales. Sin estas dos condiciones los precios no aparecen o se falsean, al extremo tal que ya no cumplen su función orientadora.

“Proposición 6: La propiedad privada en los medios de producción es una condición necesaria para la racionalidad del cálculo económico. Los economistas y los científicos sociales han reconocido desde hace largo tiempo que la propiedad privada provee de poderosos incentivos para la asignación eficiente de los recursos escasos. Pero los simpatizantes del socialismo pensaron que el sistema socialista podía superar los problemas de incentivos mediante la transformación de la naturaleza humana. Ludwig von Mises demostró que incluso si se asumiera que la transformación de la naturaleza humana fuera posible, el socialismo fracasaría debido a la incapacidad de los planificadores económicos de calcular racionalmente el uso alternativo que se les otorgue a los recursos [5]”[4]

Como hemos explicado tantas veces, la propiedad privada es un hecho de la naturaleza, surge de la evidencia que los recursos son escasos frente a las necesidades humanas que son ilimitadas. Esta circunstancia insoslayable, que brota de la más pura realidad de la observación del mundo natural en el que vivimos, impone a los seres vivos la necesidad de economizar los recursos habidos, al punto de evitar su consumo irracional. A diferencia de los animales (exceptuando algunas variedades que tienen la extraña propensión a economizar recursos como el hombre) el género humano no sólo debe economizar, sino también debe reponer lo que consume y provisionar para el consumo futuro, lo que -en un mundo de escasez- sólo es posible mediante la apropiación de ciertos recursos, que pueden más tarde ser intercambiados por otros más elaborados y que -a su vez- sean útiles, tanto para el consumo inminente como para el futuro a través del adecuado aprovisionamiento. Sólo mediante la propiedad privada ello puede ser posible, y pese a que se han ensayado (unas mil veces) sistemas alternativos de propiedad común, estos han demostrado recurrentemente su más completo fracaso.

“Sin propiedad privada en los medios de producción, sostuvo Mises, no habría mercado para los medios de producción y, por lo tanto, no habría precios monetarios para los medios de producción. Sin precios monetarios que reflejaran la escasez relativa de los medios de producción, los planificadores económicos serían incapaces de calcular racionalmente el uso alternativo de los medios de producción.”[5]

En un célebre ejemplo -que da el profesor Alberto Benegas Lynch (h)- los directores comunistas y socialistas no sabrían si es más económico pavimentar los caminos con oro o con cemento, ya que no les sería posible conocer sus escaseces relativas por obra de la falta de precios. Pero los precios son una consecuencia no una causa, dado que dependen de la efectividad de los mercados que, a su turno y en escala ascendente, son accesorios de la precedencia de propiedad privada de los medios de producción.

La teoría de la imputación -por su lado- demuestra que de nada vale sostener que, conservando la propiedad privada de los bienes de consumo puede eliminarse la de los medios de producción, porque los precios están determinados en cada eslabón de la cadena productiva y de comercialización, desde el producto final y en forma empinada, hasta el bien de producción originario.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

[4] Boettke, P. ibidem

[5] Boettke, P. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

De la imposibilidad del cálculo económico a la imposibilidad de la educación formal positivista

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 23/02/05 en: https://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/22/de-la-imposibilidad-del-calculo-economico-a-la-imposibilidad-de-la-educacion-formal-positivista/?fbclid=IwAR1Qj2k3vDPJgTM4d1y_yVsuEYAyW7OJL59Qz8zTCyIpL0CHIoP8BNf69Zw

 

Muchos recuerdan con énfasis el famoso artículo de Mises, luego devenido en uno de sus más importantes libros (“El Socialismo”, de 1922), donde el gran economista austriaco demostraba la imposibilidad de cálculo económico en el socialismo. La argumentación de Mises se concentraba en que, al carecer de precios libres, por carecer de propiedad privada, el socialismo no podía realizar el cálculo de costos y precios indispensable para la economización de recursos. La conclusión general de Mises, desafiante, era esta esencial paradoja: el socialismo pretende planificar y, al hacerlo, desordena. La paradoja de la planificación es que no planifica. El mensaje de Mises, dicho 83 años atrás, aún no se ha entendido, pues ese extraño fenómeno llamado capitalismo global no es más que el intervencionismo parcial, que es un socialismo parcial que distorsiona permanentemente los precios de mercado.

Hace más de 83 años, sin embargo, que en otro ámbito, el educativo, pretendemos planificar, con análogos resultados. No me refiero a la educación estatal. Me refiero al sistema de educación planificada con sistema de notas, siendo estas últimas los incentivos básicos del sistema y el eje central del sub-sistema de premios y castigos. Este sistema no es intrínseco a la escolaridad como tal, pero es la costumbre imperante en la educación formal occidental, especialmente después que el positivismo pedagógico tiene su auge a fines del s. XIX. A veces se ha intentado salir de ese sistema; a veces sus riendas son más flojas o no, a veces la humanidad de maestros y profesores le hace de contrapeso pero………. El sistema permanece implacable, ya sea en el sector privado o en el estatal, en todo lugar del mundo donde se pretenda tener un sistema escolar “evolucionado”.

Por supuesto, niños, adolescentes y adultos siguen sin aprender nada pero…. No creo que se vea cuál es el problema. Se levantan voces de conservadorismo pedagógico, llamando al rigor, a la disciplina, a la exigencia, como solución, sin ver, tal vez, que esas voces son análogas a la del planificador socialista que quiere planificar aún más cuando saltan por doquier los desastres de la planificación.

La analogía no es tan difícil. Las notas son análogas a los precios fijados por el planificador socialista o intervencionista. El ser humano, que responde a estímulos e incentivos normales, memoriza lo necesario para obtener el 9 o el 10 necesario, y los que creen en el sistema dicen “aprendió” y colocan el 10, mandan hacer el cuadrito de honor, conceden la beca, y el sistema se retroalimenta. Por supuesto, el aprendizaje implica la memoria, pero no al revés, pero no importa, el sistema está mal estructurado desde la base. De igual modo que el precio fijado por el estado da señales que dispersan aún más el conocimiento limitado (Hayek) las notas dan una ilusión de aprendizaje. Y no hay propiedad porque, si la hubiera, el alumno podría decir “no” a una “propuesta” educativa. Pero no, es un esclavo. Claro que a veces son niños, pero se los educa como esclavos porque se los educa para seguir siendo niños. De vez en cuando algunos alumnos se mueren de stress por la famosa nota o los profesores se angustian por la falta de interés del alumnado, pero no importa, así son las cosas y hay que seguir. De vez en cuando algún alumno quiere salirse del sistema pero el eficaz modo de castigos le pondrá coto o impedirá su creatividad o su genio. De vez en cuando algún profesor querrá salirse del sistema planificado pero algún superior, y no necesariamente el estado, le llamará la atención. El sistema, obviamente, es intrínsecamente corruptor. Todo tipo de engaños y simulaciones sin ideadas para obtener la sacrosanta nota, y profesores y autoridades deben convertirse en policías. Eso los corrompe a ellos pero, fundamentalmente, a todos los seres humanos que desde los 6 hasta los 17 han sido “educados” en cómo burlar un sistema autoritario…. Que ellos perciben como “autoridad”. A esas personas, a las 18, se les dice que deben ser buenos, que no deben ser corruptos, que no deben engañar, que deben hacer una buena opción con su carrera, que deben ser buenos padres….

Hay grupos de personas que no son afectadas por el sistema. Están los que quieren aprender, libremente, y lo hacen y entonces obtienen el 9 o el 10 pero no porque sea eso lo que les interese. Están los genios que estudian lo que quieren y se aburren y sin problema repiten lo que el sistema quiere escuchar. Ninguno de los dos casos refuta al fracaso de la educación formal positivista. Hay también ciertos paradigmas técnicos cuyo manejo requiere memorizar primero y aprender después, o sea, “entrenamiento”. Y están los millones y millones que se han pervertido de por vida, y están los millones y millones de genios creativos a los cuales el sistema aplastó desde el principio. Claro, esa millonaria pérdida no puede ser registrada por el sistema de notas.

Ante esto, ¿qué hacer? Por lo pronto, no desanimarse, porque en ese sistema estamos. Pero aquellos que, y no por el sistema escolar, saben algo de la crítica en Popper, de las condiciones de diálogo en Habermas, del conocimiento disperso en Hayek, del conocimiento tácito en Polanyi, de los horizontes en Gadamer, del pensar no calculante en Heidegger, del diálogo en Buber y Lévinas, del amor a Dios en Sta. Teresa y San Juan de la Cruz, todos ellos deben saber que el sistema escolar nada tiene que ver con todo ello. Si tenemos la “mente abierta”, pensemos en esto, que es un drama que hace siglos está matando nichos desconocidos de creatividad. Y si me he equivocado, aquí estoy, abierto a la crítica. Cosa que el sistema formal de enseñanza no alienta ni permite…

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.