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La faena del economista

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 24/5/18 en : https://www.lanacion.com.ar/2137366-la-faena-del-economista

 

 

Una concepción integral del liberalismo no es susceptible de cortarse en tajos: se trata del respeto irrestricto a los proyectos de vida de cada cual que está consustanciado con todas las facetas posibles en las relaciones interindividuales, lo cual no quita las arraigadas concepciones que el liberal pueda tener respecto a sus conductas y valores personales que no hacen a la vida con su prójimo. La tolerancia o, mejor aún, el respeto para nada significa adherir a los proyectos de vida de otros. Es en este sentido que la profesión de economista requiere conocimientos de historia, derecho y filosofía (especialmente de epistemología), precisamente para ser un buen economista.

 

En mi caso, a pesar de haber completado dos doctorados, uno en economía y otro en el terreno de los negocios, debido al reiterado y muy fértil consejo de mi padre he hurgado con la mejor sistematización que me fue (y es) posible en aquella terna tan medular para la mejor comprensión de la economía. Una rama científica esta que puede aparecer como imperialista, pero que en realidad penetra en otros campos no para “extender el dominio” e invadir en el sentido agresivo de la expresión, sino para armonizar, completar y consolidar otras ramas del conocimiento.

En el sentido descripto es que, en 1956, el premio Nobel en Economía Friedrich A. von Hayek dijo en su conferencia en la Universidad de Chicago titulada “The Dilemma of Specialization” que “nadie puede ser un buen economista si es solo un economista, y estoy tentado a decir que el economista que solo es un economista se transformará en un estorbo, cuando no en un peligro manifiesto”.

En los necesarios debates entre posturas liberales y posturas intervencionistas de muy variada estirpe se hace imperioso abrir las puertas de par en par para que todas las ideas se expongan. Hay aquí una curiosa y a nuestro juicio equivocada y peligrosa sugerencia. Por un lado, en La tolerancia represiva, Herbert Marcuse propone no aceptar las propuestas contrarias a su visión autoritaria y, por otro lado, Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos sostiene que no debe ser tolerada la intolerancia que denominó “la paradoja de la tolerancia”. Por mi parte y por parte de muchos otros, insisto en que todas las ideas y propuestas deben ser toleradas, de lo contrario el efecto búmeran se hace presente con todas las consecuencias nefastas del caso.

Con el fin de ilustrar la discusión, habitualmente acudo al ejemplo de Platón y me pregunto: ¿debe tolerarse su comunismo expuesto en la República? ¿Debe censurarse que se enseñe en el aula? ¿En la plaza pública? ¿En la incorporación a la plataforma de un partido político? ¿Dónde se traza la raya? Mi conclusión y la de muchos otros es que no hay otro remedio que confiar en la argumentación y exposición de todo el abanico de ideas, y pensar que finalmente prevalecerá lo mejor y, si no es así, no parece que hubiera otra salida que la resignación, aunque por contradictorio que parezca, cuando el gobierno da un golpe de Estado y destruye todas las instituciones republicanas, hay el derecho a la resistencia a la opresión y a dar un contragolpe de Estado al efecto de restablecer el respeto recíproco.

Más adelante, si se logran afirmar concepciones que discuten figuras como el dilema del prisionero, los free riders en el contexto de los bienes públicos y la asimetría de la información, y si además resultaran claras las ventajas analíticas del óptimo Pareto y se demuestran las falacias del modelo Kaldor-Hicks y las interpretaciones erradas del interés personal smithiano y de la incomprensión de los aciertos de la “Tragedia de los comunes”, de Garret Hardin, en el contexto de lo que se denomina el equilibrio de Nash, recién entonces, si todo esto ocurriera, decimos que podrá zafarse del dilema y el eventual círculo vicioso referido.

Ahora viene un asunto delicado y espinoso. En última instancia, ¿el economista puede patrocinar el bloqueo de la economía, es decir, ir contra la competencia y la libertad de mercados? ¿Es posible técnicamente concebir un economista que no admita la competencia en todas sus manifestaciones y que pretenda intervenir por la fuerza los procesos de mercado por medio de los aparatos estatales?

La respuesta es definitivamente por la negativa, puesto que se ha demostrado una y otra vez que la intromisión estatal desfigura -cuando no destruye- el sistema de precios, con lo que no es posible economizar si no se dispone de indicadores que muestren dónde es más eficiente asignar los siempre escasos recursos y dónde se traducen en despilfarro. El estatismo es, en rigor, un imposible técnico. No hay economía donde no resulta posible economizar. Como hemos ejemplificado, no se sabe si conviene fabricar caminos con oro o con asfalto si no hay precios de mercado (una redundancia puesto que lo otro son simples números impuestos por la autoridad política que nada significan en el terreno económico). Y sin necesidad de eliminar precios, en la media en que se afecta el derecho de propiedad (el precio es el resultado de intercambios de derechos de propiedad), en esa medida quedan desfiguradas las señales de marras con el consiguiente e inexorable daño a la evaluación de proyectos y a la contabilidad.

Se sigue de lo dicho que no son en verdad economistas los partidarios del estatismo en sus diversas formas, son impostores de facto aunque estén imbuidos de las mejores intenciones. Todo esto no debe confundirse con la incorporación de contrabando, en los análisis técnicos, de valores personales ajenos al estudio en cuestión, lo cual no significa la desaparición de los valores, por lo pronto la honestidad intelectual, la selección del campo de investigación y estrictas cadenas de razonamiento tal como apunta, entre otros, Murray Rothbard en su The Ethics of Liberty. Se mantiene incólume el precepto de Robert Nozick, expresado en casi todas sus obras, en cuanto a que nadie debe ser usado para los fines de otros ya que todo ser humano es un fin en sí mismo. En esta línea argumental, Nozick resume su posición intelectual al consignar en su libro Invariances. The Structure of the Objective World que “todo lo que cualquier sociedad debe (coercitivamente) demandar es la adhesión a la ética del respeto. Todos los demás niveles debieran ser materia de decisión y desarrollo de cada persona”.

No necesitamos decir que se requieren diversas versiones y formas de encarar muchos aspectos de las relaciones sociales, lo cual incluye las formas de liberación o anulación de mercados que estarán representados en muy diversos partidos políticos, pero no la contradicción, en términos de profesionales de la economía, como antieconomía puesto que “economía libre” constituye una logomaquia (como físicos anti la ley de gravedad, médicos contrarios a la salud, arquitectos pro demolición total, nutricionistas a favor de alimentarse con piedras o matemáticos que porfían en que dos más dos son cinco).

Los positivistas intercalados en nuestra profesión sostienen que solo lo que se verifica empíricamente tiene sentido científico, pero como ha detallado Morris Cohen en su Introducción a la lógica, esa misma proposición no es verificable y, por otro lado, tal como enfatiza Popper en Conjeturas y refutaciones en la ciencia nada es verificable, ya que el conocimiento es sujeto a corroboración provisoria y abierto a refutaciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

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¿Qué es la posmodernidad?

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 4/5/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/05/04/que-es-la-posmodernidad/

 

Nuevamente reiteramos de modo parcial lo que hemos consignado sobre la denominada posmodernidad que, al igual que la posverdad, se traducen en construcciones contrarias a la realidad de las cosas. La modernidad es heredera de una larga tradición cuyo comienzo puede situarse en la Grecia clásica, en donde comienza el azaroso proceso del logos, esto es, el inquirir el porqué de las cosas y proponerse la modificación de lo modificable en lugar de resignarse a aceptarlas sin cuestionamiento. Louis Rougier afirma que en esto precisamente consiste el mito de Prometeo, que expresa el intento de una ruptura con la superstición y que la “contribución de Grecia a la civilización occidental consistió en darle sentido a la palabra ‘razón’. En contraste al Oriente, que se sometía en silencio a los mandatos de los dioses y los dictados de los reyes, los griegos trataron de entender el mundo en el que vivían”. Pero el modernismo propiamente dicho es renacentista, aunque pueden rastrearse rasgos más o menos marcados en algunos escolásticos y especialmente en la escolástica tardía de la escuela de Salamanca. En todo caso, el llamado modernismo hace eclosión en la Revolución francesa, antes de sumergirse en la contrarrevolución de los jacobinos, el terror y el racionalismo iluminista.

El posmodernismo, por su parte, irrumpe aparentemente a partir de la sublevación estudiantil de mayo de 1968 en París y encuentra sus raíces en autores como Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Los posmodernistas acusan a sus oponentes de “logocentristas”, rechazan la razón, son relativistas epistemológicos (lo cual incluye las variantes de relativismo cultural y ético) y adoptan una hermenéutica de características singulares, también relativista, que, por tanto, no hace lugar para interpretaciones más o menos ajustadas al texto. George B. Madison explica: “Una de las cosas que el posmodernismo subraya es que, de hecho, no hay tal cosa como el sentido propio de nada”. El posmodernismo mantiene que todo significado es dialéctico. Esto, como queda dicho, en última instancia se aplica también al significado del propio posmodernismo. Por eso es que Denis Donoghue señala que a prácticamente todo estudiante de nuestra cultura se le requiere que, entre otras cosas, exponga su posición frente al posmodernismo, aunque en realidad signifique cualquier cosa que queramos que signifique.

Isaiah Berlin se refiere a algunos aspectos que resultan consustanciales con los del posmodernismo, aunque esta terminología no existía en esa época. Berlin se refiere a un punto de inflexión en la historia que se produce “hacia finales del siglo XVIII, principalmente en Alemania; y aunque es generalmente conocido bajo el nombre de ‘romanticismo’, su significado e importancia no han sido completamente apreciados incluso hoy día”. Afirma que se trata de “una inversión de la idea de verdad como correspondencia”. Dice Berlin que para el romanticismo solo el grupo existe y no el individuo, lo cual “lleva en su forma socializada la idea de autarquía —la sociedad cerrada, planificada centralmente de Fichte y de Friedrich List y de muchos socialistas— que los aísla de la interferencia exterior para poder ser independientes y expresar su propia personalidad interna sin interferencia de otros hombres”. Insiste Berlin que este modo de ver las cosas significa una “inversión de valores […] Es en este tiempo cuando la propia palabra ‘realismo’ se vuelve peyorativo”.

Asimismo, Berlin sostiene: “Una actitud de este tipo es la que ha revivido en épocas modernas en forma de existencialismo […] Pues las cosas no tienen, en este sentido, naturaleza alguna; sus propiedades no tienen relación lógica o espiritual con los objetos o la acción humana”. Y concluye: “Ningún movimiento en la opinión humana ha tenido una envergadura y efecto similares. Todavía aguarda a sus historiadores […] Esto, por sí solo, me parece razón suficiente para prestar atención a ese extraordinario, y a veces siniestro, fenómeno”, todo lo cual es aplicable a lo que hoy se denomina posmodernismo.

Cuando se alude a la razón, debe, en primer lugar, precisarse qué se quiere decir con la expresión racionalismo. Hay dos vertientes muy distintas y opuestas en esta materia. Por un lado, el racionalismo crítico, para recurrir a una expresión acuñada por Karl Popper, y, por otro, el racionalismo constructivista, término que adopta Friedrich Hayek. En el primer caso, se hace referencia al papel razonable de la razón como herramienta para hilar proposiciones en la argumentación según las reglas de la lógica, en el afán de buscar el mayor rigor posible para incorporar dosis crecientes de verdades ontológicas. En el mar de ignorancia en que nos debatimos, de lo que se trata es de que, a través de debates abiertos entre teorías rivales, resulte posible incorporar fragmentos de tierra fértil en que sostenernos, con base en corroboraciones provisorias pero siempre sujetas a posibles refutaciones. La conciencia de las limitaciones de la razón y el escribir esta expresión con minúscula, desde luego que no significa tirar por la borda el instrumento fundamental de que disponemos para entendernos a nosotros mismos e intentar el entendimiento del mundo que nos rodea. De la falibilidad no se sigue el escepticismo, que, por otra parte, en contradicción con sus propios postulados, pretende afirmar como verdad que le está vedado a la mente la posibilidad de captar verdades.

La ingeniería social y la planificación de vidas y recursos ajenos provienen de la arrogancia del racionalismo constructivista o del iluminismo, que no considera que la razón tenga límites y que todo lo puede abarcar. Hayek atribuye la inspiración al espíritu totalitario y el inicio de esta vertiente a autores como Francis Bacon y Thomas Hobbes, incluso en René Descartes, con su referencia al “legislador sabio”, para no decir nada de Platón con su “filósofo rey”. A su vez, José Ortega y Gasset, también en su crítica al racionalismo de este tipo (que distingue de lo que denomina la “razón vital”). Sin duda que resulta natural que a Hayek le parezca inaceptable el racionalismo constructivista, especialmente si se declara heredero de Bernard Mandeville, David Hume, Carl Menger y de Adam Ferguson, de quien ha tomado la diferencia central entre acción humana y designio humano.

Es conveniente, sin embargo, aclarar que las limitaciones de la razón no significan que en el ser humano, el animal racional, puedan tener lugar acciones irracionales. Ludwig von Mises explica este punto cuando sostiene que frecuentemente se utiliza el término “irracionalidad” para aplicarlo a acciones equivocadas en lo que se refiere a la utilización de ciertos medios y métodos con la intención de lograr específicos fines. Afirma: “Las prácticas de la magia hoy se califican de irracionales. No eran adecuadas para lograr las metas apetecidas. Sin embargo, las personas que recurrían a ellas creían que eran las técnicas correctas, del mismo modo que, hasta mediados del siglo pasado [XIX], los médicos creían que la afluencia de sangre curaba varias enfermedades. […]. Resulta confusa la calificación de las acciones de otros como irracionales para aludir a personas cuyos conocimientos están menos perfeccionados respecto de quien hace la descripción”. Esta confusa terminología nos convertiría a todos en irracionales, dado que el conocimiento siempre será incompleto e imperfecto.

Distinta es la afirmación que indica que se está usando mal la razón en el sentido de que no se siguen las reglas de la lógica, para lo cual es mejor recurrir a la expresión “ilógico” o, en su caso, que no se la está utilizando con propiedad para apuntar a la verdad ontológica al efecto de señalar la falsedad de una proposición, o cuando las conductas se estiman reprobables, pero, cualquiera sea la situación, el término “irracional” no ayuda a clarificar el problema.

Aunque no resulte novedoso, conviene recordar lo que se conoce desde el siglo VII a.C. como “la trampa de Epiménides”, a saber, que dado que el relativista sostiene que todo es relativo, esa aseveración también se transforma en relativa y, por ende, se convierte en una postura autodestructiva. Si el relativista afirmara que todo es relativo menos esta aseveración, habría que señalar que, para fundamentar la razón de esta excepción, debe contarse con un criterio de verdad, lo cual, a su turno, pone de relieve la necesidad de sustentarse en juicios que mantengan correspondencia con el objeto juzgado. Por otra parte, deberían explicar también por qué no recurren a criterios de verdad para todo lo demás que quedaría excluido del conocimiento. A su vez, cualquier afirmación que se haga en dirección a explicar por qué el criterio de verdad puede ser solamente utilizado para revelar las razones por las que “todo es relativo” y excluir este criterio todo lo demás, se daría como otro criterio de verdad.

Para incorporar conocimientos se debe recurrir al rigor lógico (a la lógica formal) para que tenga validez el razonamiento, esto es, la verificación de los silogismos, lo cual implica que la concatenación de las proposiciones sea consistente y, al mismo tiempo, recurrir a los procedimientos de la lógica material para que las proposiciones resulten verdaderas (los argumentos son válidos o inválidos, solo las proposiciones resultan verdaderas o falsas). El relativista posmoderno puede sustituir la expresión “verdad” por “conveniencia o inconveniencia circunstancial”, pero solo recurriendo a las ideas de verdad o falsedad es que se puede explicar el porqué de la referida “conveniencia”.

Malcolm W. Browne da cuenta de una reunión en la New York Academy of Sciences que congregó a más de doscientos científicos de las ciencias sociales y de las ciencias naturales de diferentes partes del mundo, que, alarmados, contraargumentaron la “crítica ‘posmoderna’ a la ciencia que sostiene que la verdad depende del punto de vista de cada uno”. Para recurrir a un ejemplo un tanto pedestre, a un tigre hambriento se lo podrá interpretar como una rosa, pero quien ensaye el acercarse a oler la rosa (en verdad al tigre) difícilmente podrá escapar de las fauces del felino. Semejante experimento pondrá en evidencia que, sencillamente, un tigre es un tigre y una rosa es una rosa. Claro que, como dice Mariano Artigas: “La verdad de un enunciado no implica una semejanza material entre el enunciado y la realidad, puesto que los enunciados se componen de signos, y la realidad está compuesta por entidades, propiedades y procesos. La verdad existe cuando lo que afirmamos corresponde a la realidad, pero esa correspondencia debe valorarse teniendo en cuenta el significado de los signos lingüísticos que utilizamos”.

El lenguaje, un instrumento esencial para pensar y trasmitir pensamientos, es el resultado de un orden espontáneo, no es el resultado de ningún diseño, se trata de un proceso evolutivo. Los diccionarios son libros de historia, son un ex post facto. Cuando se ha diseñado una lengua como el esperanto, no ha servido a sus propósitos. La lengua integra un proceso ininterrumpido de convenciones, pero de allí no se sigue que se pueda interpretar de cualquier modo una palabra, lo cual imposibilitaría la comunicación y significaría la destrucción del lenguaje. No se trata entonces de interpretaciones frívolas según la moda del momento. De la antes mencionada convención no se sigue que pueda impunemente desarticularse o disociarse la definición de una palabra con su correspondencia con la realidad sin caer en el sinsentido. He aquí el meollo del posmodernismo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Más sobre el cisne negro

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 18/4/18 en: http://economiaparatodos.net/mas-sobre-el-cisne-negro/

 

En realidad el problema central de las sociedades consiste básicamente en el deseo irrefrenable de gobernantes por manejar vidas y haciendas ajenas.

Por introspección sabemos lo que queremos y, sobre todo, somos también concientes de los cambios que operan en nuestro interior y en el medio que nos rodea. No somos la misma persona hoy que la  que fuimos ayer ni seremos la misma mañana debido a que incorporamos otros conocimientos, otras perspectivas y otras preferencias. Seguimos manteniendo la misma identidad pero nuestros horizontes no son los mismos si hemos aprovechado el proceso de prueba y error en nuestras vidas. Las circunstancias y situaciones son permanentemente cambiantes, lo cual nos hace modificar decisiones previas. Esto es lo que precisamente no toman en cuanta lo burócratas que pretenden administrar lo que concierne a otros.

La interacción libre y voluntaria entre las partes permite un proceso de win-win en el contexto del óptimo Pareto, esto es que cada uno de los participantes en una sociedad abierta mejora su posición respecto a la que tenía antes de la transacción. Esto es lo que no entienden llamados líderes del mundo libre como hoy Donald Trump que ha iniciado una “guerra comercial” en verdad un oxímoron puesto que, como queda dicho, por definición, el comercio apunta a la obtención de ganancias para todas las partes involucradas. Nadie interviene en una actividad comercial si no es con la idea de ganar. La terminología de las así denominadas “guerras comerciales” no figura en los diccionarios fuera de los aparatos estatales que ponen palos en las ruedas.

Y como también se ha apuntado, en el  contexto del mercado el sistema de precios basado en la propiedad privada trasmite información sobre que hacer y que no hacer. En esta situación los empresarios están incentivados para satisfacer al prójimo al efecto de incrementar su patrimonio, de lo  contrario incurre en quebrantos.

Si los aparatos estatales se inmiscuyen en el mercado se distorsionan los precios y, por lo tanto, la contabilidad y la evaluación de proyectos también quedan desdibujados con lo que la asignación de los siempre escasos recursos se dirigen a áreas distintas de las que se hubieran aplicado si no hubiera habido la antedicha intromisión, cosa que se traduce en derroche de capital que, a su vez, implica una contracción en los salarios  e ingresos en términos reales.

En otros términos, la intervención gubernamental en los negocios privados no solo bloquea la referida información sino que concentra ignorancia en los así llamados planificadores estatales, en lugar de abrir cauce al aprovechamiento del conocimiento siempre disperso y fraccionado. Como ha apuntado Michael Polanyi, cada uno en el spot tiene sus habilidades, a veces “conocimiento tácito” cuando no lo puede explicitar pero en todo caso ninguno de los operadores en el mercado tiene la visión de conjunto. Como también se ha subrayado desde la Escuela Escocesa en adelante, este proceso produce un resultado que no ha sido previsto por ninguno de los participantes. Solo en las mentes afiebradas de los megalómanos cabe la posibilidad de improvisar perspectivas omnicomprensivas que intentan manejar con los resultados catastróficos por todos conocidos.

Antes he escrito sobre lo que a continuación expongo, pero estimo que es del caso reiterar aspectos de lo dicho. De tanto en tanto aparecen libros cuyos autores revelan gran creatividad que significan verdaderos desafíos para el pensamiento. Son obras que se apartan de los moldes convencionales, se deslizan por avenidas poco exploradas y, por ende, nada tienen que ver con estereotipos y lugares comunes tanto en el fondo como en la forma en que son presentadas las respuestas a los mas variados enigmas intelectuales.

Este es el caso del libro de Nassim Nicholas Taleb titulado El cisne negro, publicado por Paidós en Barcelona (el cual me fue recomendado en su momento por mi amigo y ex alumno Enrique Pochat). El eje central del trabajo de marras gira en trono al problema de la inducción tratado por autores como Hume y Popper, es decir, la manía de extrapolar los casos conocidos del pasado al futuro como si la vida fuera algo inexorablemente lineal. Lo que se estima como poco probable -ilustrado en este libro con la figura del cisne negro- al fin y al cabo ocurre con frecuencia.

Ilustra la idea con un ejemplo adaptado de Bertrand Russell: los pavos que son generosamente alimentados día tras día. Se acostumbran a esa rutina la que dan por sentada, entran en confianza con la mano que les da de comer hasta que llega el Día de Acción de Gracias en el que los pavos son engullidos y cambia abruptamente la tendencia.

Taleb nos muestra como en cada esquina de las calles del futuro nos deparan las más diversas sorpresas. Nos muestra como en realidad todos los grandes acontecimientos de la historia no fueron previstos por los “expertos” y los “futurólogos” (salvo algunos escritores de ciencia ficción). Nos invita a que nos detengamos a mirar “lo que se ve y lo que no se ve” siguiendo la clásica fórmula del decimonónico Frédéric Bastiat. Por ejemplo, nos aconseja liberarnos de la mala costumbre de encandilarnos con algunas de las cosas que realizan los gobiernos sin considerar lo que se hubiera realizado si no hubiera sido por la intromisión gubernamental que succiona recursos que los titulares les hubieran dado otro destino.

Uno de los apartados del libro se titula “Suguimos ingnorando a Hayek” para aludir a las contribuciones de aquel premio Nobel en Economía y destacar que la coordinación social no surge del decreto del aparato estatal sino, como queda dicho, a través de millones de arreglos contractuales libres y voluntarios que conforman la organización social espontánea y que las ciencias de la acción humana no pueden recurrir a la misma metodología de las ciencias naturales donde no hay propósito deliberado sino que hay reacción mecánica a determinados estímulos.

La obra constituye un canto a la humildad y una embestida contra quienes asumen que saben más de lo que conocen (y de lo que es posible conocer), un alegato contra la soberbia gubernamental que pretende manejar administrar el fruto del trabajo ajeno en lugar de dejar en paz a la gente y abstenerse de proceder como si fueran los dueños de los países que gobiernan. En un campo más amplio, la obra está dirigida a todos los que posan de sabios poseedores de conocimientos preclaros del futuro. Y no se trata de memoria insuficiente para almacenar datos, como ha puntualizado Thomas Sowell el problema medular radica en que la información no está disponible antes de haberse llevado a cabo la acción correspondiente.

Por su parte Teleb pone en evidencia los problemas graves que se suscitan al subestimar la ignorancia y pontificar sobre aquello que no está al alcance de los mortales. Es que como escribe “la historia no gatea: da saltos” y lo improbable -fruto de contrafácticos y escenarios alternativos- no suele tomarse en cuenta, lo cual produce reiterados y extendidos “cementerios” ocultos tras ostentosos y aparatosos modelitos matemáticos y campanas de Gauss que resultan ser fraudes conscientes o inconscientes de diversa magnitud, al tiempo que no permite el desembarazarse del cemento mental que oprime e inflexibiliza la estructura cortical. Precisamente, el autor marca que Henri Poincaré ha dedicado mucho tiempo a refutar predicciones basadas en la lineaidad construidas sobre la base de lo habitual a pesar de que “los sucesos casi siempre son estrafalarios”.

Explica también el rol de la suerte, incluso en los grandes descubrimientos de la medicina como el de Alexander Fleming en el caso de la penicilina, aunque, como ha apuntado Pasteur, la suerte favorece a los que trabajan con ahínco y están alertas. Después de todo, como también nos recuerda el autor, “lo empírico” proviene de Sextus Empiricus que inauguró, en Roma, doscientos años antes de Cristo, una escuela en medicina que no aceptaba teorías y para el tratamiento se basaba únicamente en la experiencia, lo cual, claro está, no abría cauces para lo nuevo.

El positivismo ha hecho mucho daño a la ciencia al sostener que no hay verdad si no es verificable a lo que, por una parte, Morris Cohen responde que esa proposición no es verificable y, por otra, Karl Popper ha demostrado que nada en la ciencia es verificable es solo corroborable provisoriamente que debe estar abierta a posibles refutaciones.

Los intereses creados de los pronosticadores dificultan posiciones modestas y razonables y son a veces como aquel agente fúnebre que decía: “yo no le deseo mal a nadie pero tampoco me quiero quedar sin trabajo”. Este tipo de conclusiones aplicadas a los planificadores de sociedades terminan haciendo que la gente se alimente igual que lo hacen los caballos de ajedrez (salteado). Estos resultados se repiten machaconamente y, sin embargo, debido a la demagogia, aceptar las advertencias se torna tan difícil como venderle hielo a un esquimal.

En definitiva, nos explica Taleb que el aprendizaje y los consiguientes andamiajes teóricos se lleva a cabo a través de la prueba y el error y que deben establecerse sistemas que abran las máximas posibilidades para que este proceso tenga lugar. Podemos coincidir o no con todo lo que nos propone el autor, como que después de un tiempo no es infrecuente que también discrepamos con ciertos párrafos que nosotros mismos hemos escrito, pero, en todo caso, el prestar atención al “impacto de lo altamente improbable” resulta de gran fertilidad…al fin y al cabo, tal como concluye Taleb, cada uno de nosotros somos “cisnes negros” debido a la muy baja probabilidad de que hayamos nacido.

Por último y en tren de no desperdiciar el tiempo, para actualizar nuestras potencialidades en busca del bien y en lo posible evitar sorpresas de nuevos cisnes negros debemos bucear en nuestros propios interiores. En este sentido consignamos al margen que también resulta de interés prestar atención a tantos autores que conjeturan sobre lo que ocurre mientras dormimos en cuanto al significado de los sueños puesto que no es menor el hecho de que durante una tercera parte de nuestra vida no estamos despiertos, por lo que una persona de 75 años ha dormido 25 años. Un tiempo tan prolongado que no justifica desentenderse de lo que allí sucede.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Correa, la manía de la reelección indefinida

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 8/2/18 en https://www.cronista.com/columnistas/Correa-la-mania-de-la-reeleccion-indefinida-20180208-0002.html

 

Correa, la manía de la reelección indefinida

Afortunadamente el referendo del domingo 4 de febrero ha mostrado en Ecuador la firme decisión de sus ciudadanos por una mayoría abrumadora de los votantes de deshacerse de la manía reeleccionista de megalómanos que aspiran a no soltar el poder como es el caso de Rafael Correa.

En general, hoy en día el concepto de la democracia se ha degradado y apartado de la idea de los Giovanni Sartori contemporáneos, que sostienen que esa forma de gobierno consta de dos partes Una de fondo, cual es el respeto a los derechos de las minorías, y otra de forma, que consiste en el proceso electoral. A juzgar por el avance de los nacionalismos en Europa y nada menos que en Estados Unidos, la forma prima sobre el fondo, lo cual sigue empecinadamente en no pocos países latinoamericanos.

Como bien ha dicho Einstein, no se puede pretender resultados distintos aplicando las mismas recetas. Juan González Calderón consigna que los demócratas de los números ni de números entienden ya que parten de dos ecuaciones falsas: 50% más 1% igual a 100% y 50% menos 1% igual a 0%.

Es necesario repasar conceptos clave de Karl Popper quien ha destacado el error de la noción del “filósofo-rey” sugerida por Platón, para concluir que lo relevante es la fortaleza de las instituciones y no las personas que ocupan cargos que siempre con vocación mesiánica les parece que sus períodos instalados en el poder no son nunca suficientes para cumplir con sus planes. Recordemos la sentencia de Lord Acton en cuanto a que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

En gran medida la democracia hoy ha mutado por cleptocracia, es decir, el gobierno de ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida. El premio Nobel en Economía Friedrich Hayek ha propuesto en el tercer tomo de su Derecho, legislación y libertad nuevos límites al Poder Legislativo y el jurista Bruno Leoni lo ha hecho para el Poder Judicial en La libertad y la ley. Por su parte, es de interés transcribir un pensamiento poco explorado de Montesquieu en El espíritu de las leyes aplicable al Poder Ejecutivo: “El sufragio por sorteo está en la índole de la democracia” con lo que se subraya la trascendencia de las instituciones y la poca importancia de lo hombres que ocupan cargos. A esto habría que agregar el jugoso debate en la Asamblea Constituyente estadounidense que a sugerencia de Benjamin Franklin se debatió extensamente la posibilidad de contar con un triunvirato en el Ejecutivo al efecto de minimizar el poder presidencialista.

Desde luego que no necesariamente deben adoptarse esas sugerencias. Lo que sí resulta indispensable es pensar en límites adicionales para contener el poder político desbordado si no queremos que en nombre de la democracia se entierre el respeto recíproco. El caso de Suiza es interesante, donde la presidencia se rota anualmente en la Confederación sin que nadie recuerde los nombres de esos mandatarios.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

UTOPÍA E IDEOLOGÍA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 14/2/10 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2010/02/utopia-e-ideologia.html

 

Voy a transcribir una parte de un artículo publicado hace unos años (“El analogante de las ciencias”, en Derecho y Opinión (6), 1998, pp. 683-697. Espero que esto responsa a alguna de las inquietudes planteadas por la entrada del domingo anterior.

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Nos detendremos un poco más en el tema de la ideología.

Otra vez, aclaremos qué no estamos criticando. No nos estamos refiriendo a ideas sobre sistemas políticos que, con su carga de esencial opinabilidad, se consideran mejores para la convivencia humana, ni tampoco a valores ético-sociales básicos de la filosofía política, como el respeto al bien común, la limitación del poder, etc. Nos estamos refiriendo a lo siguiente.

En primer lugar, la ideología, más que contenidos concretos, es una actitud, la cual parte de una premisa fundante: existe el sistema social perfecto. No importa que sea posible o imposible, que de hecho exista o haya existido tal o cual sistema social “X”; lo importante -por eso decimos que es una actitud mental- es que se lo conciba como “perfecto”. El ideólogo añade a esto una premisa gnoseológica, que ha sido calificada como “racionalismo constructivista”(1): es posible conocer perfectamente los medios que racionalmente conducen a ese ideal. Dadas estas dos premisas, hay otras dos características que emanan cual necesarias conclusiones: este sistema es la única opción moral posible, pues, si es perfecta, si con ella se elimina absolutamente todo margen de pobreza, de guerras, de ignorancia, cómo va a ser moralmente legítimo optar por otro sistema que deje margen para sufrimientos, que, aunque mínimos, pueden evitarse? Y la otra conclusión es: ese sistema es la última etapa de la historia. No en el sentido de que no pueda abandonarse el sistema, sino en el sentido de que un abandono tal sería un retroceso. Esto es, dado ese sistema, la humanidad no puede avanzar socialmente más. Por qué? Muy simple: porque ese sistema es el perfecto.(2)

A esto se agrega una quinta característica, pero no necesaria, sino basada en una conjetura dada la comprensión empática de la naturaleza humana: la tentación de violencia(3). Esto es, puede ser posible un ideólogo tranquilo, sentado en su silla, contemplando este mundo espantoso al lado de la pureza del ideal que él considera posible, escribiendo, hablando y esperando pacíficamente que la humanidad “se convenza” de sus enseñanzas. Pero es difícil. Si todo sufrimiento puede eliminarse así, de un día para el otro, con la implantación del orden social perfecto… Por qué esperar? No es acaso una violencia injustificada la ignorancia de los dirigentes que tanto sufrimiento ocasionan a nuestros semejantes? No claman a la justicia los gritos de los pueblos sometidos a las torturas de la imperfección? Cuanto más inteligente y bueno sea nuestro ideólogo, peor. Pues si ha estudiado las condiciones para la guerra justa que vienen ya desde la escolástica, entonces, la revolución armada contra la violencia de la imperfección puede ser entendida como una legítima defensa cuyo momento está por llegar de un momento a otro…

Por supuesto que hay ideologías que colocan a la violencia como una etapa necesaria de su visión del mundo. Así fueron el marxismo-leninismo y el nazi-fascismo. Pero colocamos a esta quinta característica como no necesaria porque todo puede ser ideologizado. Si alguien supone que la democracia constitucional es el sistema social perfecto (lo cual es un error: es bueno, mas no perfecto), entonces…
Analicemos por un momento los posibles orígenes de la primera y segunda premisas. Habitualmente es una metafísica racionalista muy bien hecha, como el materialismo dialéctico que inspiró al marxismo leninismo. Esas metafísicas tienen filosofías de la historia que pretenden conocer las etapas necesarias de la historia humana; de allí la negación del libre albedrío, la justificación de todo aquello que lleva la etapa final y la pretensión de imposibilidad de juzgar desde fuera alguna de esas etapas -nadie puede estar fuera del proceso necesario; quien pretende estarlo, criticando a la ideología en cuestión, es un antirrevolucionario (y, consiguientemente, un enemigo de la humanidad).

Por supuesto, esta última característica es acompañada por otra que puede estar después de la cuarta y antes de esta. Se desprende necesariamente de las primeras cuatro. Es la cerrazón absoluta a la crítica. El ideólogo no dia-loga; monologa. La crítica metódica de la cual hemos hablado está coherentemente excluida, pues, si existe el sistema social perfecto y se conocen perfectamente los medios que conducen a él, ninguna crítica puede agregar algo al sistema. A lo sumo, un ideólogo pacífico, tipo ideal(4)difícil pero posible, puede someterse a la crítica metódica para ver si puede mejorar sus medios argumentativos y retóricos de difusión de su ideología, pero no como algo que verdaderamente agregue algún aspecto de la realidad que él desconocía. Por supuesto, volvemos a conjeturar que, psicológicamente, del monólogo permanente a la violencia física (pues el monólogo es una violencia lingüística) hay un paso muy tenue, muy sutil, muy próximo.

La hermenéutica del mundo, para el ideólogo, es muy singular. Para él no hay negro, gris y blanco. Hay negro y blanco. Esto es: el no ideologizado es capaz de ver al mundo como un gris, y ese gris es ya un éxito frente al negro de las guerras y las miserias absolutas. Sabe que el blanco es imposible y que los intentos de lograrlo conducen al negro. Por eso sus propuestas son más bien medidas concretas para mejorar tal o cual aspecto(5) , y no propuestas globales de perfección.

El ideólogo, en cambio, ve al mundo, que en realidad es gris, como un negro permanente al lado del posible y alcanzable blanco que propone. Esto es: lo que para el no ideologizado es soportable porque es el bien social posible, al lado de lo imposible, para el ideologizado ese bien es insoportable, un negro total, al lado de lo perfecto, lo blanco, perfectamente realizable.

Otra fuente importantísima de las ideologías es el clericalismo, actitud que puede darse en cualquier religión. Esto es, la creencia de que Dios ha revelado cuál es ese sistema social perfecto, y que es nuestro deber, por ende, seguir esa revelación. Esta fuente es particularmente peligrosa por cuando el ideólogo se siente aún más tentado a utilizar la violencia y a justificarla, si es necesario, como un profeta -armado hasta los dientes- de las iras de Dios ante este mundo pecador.

En el cristianismo, esto constituye en error terrible(6). Jesucristo ha redimido a cada corazón; esa redención tiene efectos temporales, pero abiertos a una pluralidad de opciones todas legítimas en tanto no contradigan lo esencial del mensaje revelado(7). Jesucristo no ha revelado cuál es el mejor régimen político, por más que los diversos integrismos cristianos, de izquierda o de derecha, pretendan lo contrario. Ha dejado a ese tema a la libre opinión de los hombres(8). Sobre todo, hay un concepto aquí que el ideólogo-religioso no logra aceptar: la tolerancia, en función de un bien mayor(9), y la tolerancia cuando ese bien mayor es el respeto a la conciencia(10). Este último punto es especialmente relevante. No sería mejor un mundo sin el pecado que la libertad religiosa produce? No, sería peor. Porque la libertad religiosa no produce el pecado: lo hace más visible y sincero. Y un mundo donde los hombres pecan en su corazón y ocultan la manifestación externa del pecado por el temor servil a la imposición de una fe por la fuerza es un mundo falso, hipócrita y explosivo(11). La verdad nos hará libres, sí, y la libertad nos hará verdaderos.

El no-ideologizado no carece de ideales políticos; simplemente, los considera buenos, perfectibles, opinables en cierta medida, no perfectos. Esa es la esencial distinción. No es cuestión de contraponer el idealismo ético de las utopías contra cierto “pragamatismo”, “realismo” (en el mal sentido del término) de quienes se oponen intelectual y vitalmente a ciertas utopías. Ese es un recurso dialéctico muy útil especialmente caro a ciertas utopías violentas que han perdido gran parte del dominio del planeta. Es asunto es esencialmente al revés. La crítica a las utopías desarrollada por Karl Popper, por ejemplo, su defensa de la no-violencia y la responsabilidad social del intelectual(12) están basadas en una ética muy profunda. La ética del diálogo, de la tolerancia, del respeto al disidente(13) , donde aflora la perfección de la debida tolerancia a lo imperfecto.

Ahora bien: todo lo dicho hasta ahora sería absolutamente insuficiente si olvidáramos un tema central: por qué las dos primeras premisas de la actitud ideológica son erróneas? Por qué no puede existir un sistema social perfecto y no pueden conocerse perfectamente los medios que a él conducen? Porque la naturaleza humana es imperfecta, y el conocimiento humano, limitado.

La naturaleza humana es imperfecta, no en el sentido de su esencia, que en cuanto tal, ontológicamente, tiene todo lo que la esencia humana requiere, ni tampoco en el sentido del libre albedrío, que es una perfección(14). Es imperfecta por cierta tendencia al mal moral, reconocida de modo natural sobre todo por los miembros de la escuela escocesa de pensamiento político(15) y de modo sobrenatural por la revelación cristiana sobre el pecado original. A la razonable objeción sistémica de que la naturaleza de cada individuo puede ser imperfecta pero el sistema social, en cuanto sistema, no, se contesta con la segunda parte de nuestra respuesta: el conocimiento humano es limitado. Pretender elaborar y conocer un sistema que haya incorporado todas las imperfecciones humanas y carezca, en cuanto sistema, de todo margen de contingencia y posibilidad de falla, es una pretensión del racionalismo constructivista que en cuando tal no es compatible con el conocimiento limitado de la esencia de las cosas; sistemas inclusive. Por supuesto, es obvio que los sistemas están para absorber y evitar imperfecciones que de otro modo saldrían a la luz. El sistema político de la primera república norteamericana, en nuestra opinión, fue un ejemplo de una absorción sistémica de una imperfección humana. En efecto, el sistema partía de que la naturaleza humana tiende al abuso del poder, y por ende lo limitaba con un sistema constitucional. El asunto es, nuevamente, si esa absorción sistémica puede ser perfecta. Y, otra vez, la respuesta es no. No hay sistema humano que logre ponerse por encima de lo humano.

Lo único que, precisamente por ser sobre-humano, pero no antihumano, y por ende puede reclamar perfección, es el amor a Dios movido por su Gracia. Y eso, llevado a su plenitud, es la santidad. Y por eso, no es casual que sean santificadas personas y no sistemas. “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”: no fue un mandato destinado a un determinado sistema social, sino la exigencia más íntima que duerme en cada corazón humano, y que, una vez despertada, rechaza, como parte de su santidad, toda forma de violencia, física, lingüística, actitudinal, presentando al amor, y sólo a éste, como lenguaje de la verdad.
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1. Hayek, F.: “Los errores del constructivismo” [1970], en el libro Nuevos estudios en filosofía, política, economía e historia de las ideas; Eudeba, Buenos Aires, 1981

2. Estas cuatro características, más la quinta que vamos a explicar ahora, no han sido expuestas en ese orden por ningún autor que nosotros conozcamos; sin embargo, nada de eso hubiéramos podido haber sistematizado sin las fuentes inspiradoras de Popper, K.: “Utopía y violencia” [1947], en el libro Conjeturas y refutaciones, Paidós, Barcelona, 1983, y Spaemann, R.: Crítica de las utopías políticas; Eunsa, Pamplona, 1980.

3. Ver Popper, op. cit.

4. En sentido weberiano.

5. Popper, K., op. Cit.

6. Ver Spaemann, R., op. Cit., cap. IV.

7. Ver Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, cap. III, punto 43.

8. Ver León XIII, “Cum multa’’ [1882], en Doctrina Pontificia, t. II, Bac, Madrid, 1958, p. 132; “Inmortale Dei”, op. Cit., p. 218; “Sapientiae christianae”, op. Cit., p. 282; Pío XII, “Grazie”, op. Cit., p. 821.

9. Sto. Tomás, I-II, Q. 96, a. 2, c.; I-II, Q. 95, a. 2, ad 3; Pío XII, “Comunidad internacional y tolerancia” [1953], en Doctrina Pontificia, op. Cit., p. 1008. Sobre el tema de la opinabilidad esencial de los sistemas políticos, nos hemos explayado con detalle en “La temporalización de la Fe”, en Cristianismo, sociedad libre y opción por los pobres, VVAA, Centro de Estudios Públicos, Santiago de Chile, 1988. Obsérvese que estamos citando para estos temas a quienes algunos integristas citan para sus fines: Sto. Tomás, León XIII y Pío XII.

10. Ver declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, del Concilio Vaticano II. Sobre la supuesta contradicción del magisterio del Vaticano II en este tema y el magisterio anterior, ver nuestro artículo “Reflexiones sobre la encíclica ‘Libertas’”, en El Derecho, (7090), 1988.

11. Qué ocurre habitualmente en las sociedades que tienen una transición de regímenes autoritario-religiosos a regímenes democráticos con distinción entre Iglesia y estado? No hay una especie de “explosión” de “malas costumbres”? Los integristas, habitualmente, la atribuyen al régimen recién instalado. Cometen un error: el régimen recién instalado no hace más que dejar ver los terribles efectos del pecado original, que habían tratado de ser inútilmente ocultados por la tapa de la olla de un ingenuo autoritarismo. Es más: ese corazón humano no se oculta, sino que se enardece más ante el poder del autoritarismo. La redención de Cristo nada tiene que ver con la policía y las cárceles, ingenuos, inútiles y irrisorios intentos de sustitución del poder Salvífico de la mirada de Cristo en la cruz. (Esta reflexión no se contrapone en absoluto con la “función educativa de la ley humana positiva”).

12. Popper, K.: Tolerancia y responsabilidad intelectual, op. Cit.

13. Ver Artigas, M.: Lógica y ética en Karl Popper, op. Cit.

14. Sto. Tomás, Suma Contra Gentiles; Bac, Madrid, 1967, t. II, libro III, cap. 73.

15. Ver Gallo, E.: “La tradición del orden social espontáneo: Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith”, en Libertas (6), 1987; y, del mismo autor, “La Ilustración Escocesa”, en Estudios Públicos (30), 1988.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

EL VALOR DE LAS INSTITUCIONES: GIOVANNI SARTORI

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Ha muerto quien hasta ahora y en el contexto de esta etapa de la evolución puede considerarse uno de los representantes más destacados de la ciencia política desde Aristóteles. No es una exageración decir que ese pensador es Giovanni Sartori. No lo conocí personalmente pero conservo nuestra correspondencia a raíz de la presentación de mi ensayo “Toward a Theory of Autogovernment” en un seminario en Seúl, en agosto de 1995, patrocinado por la International Cultural Foundation, trabajo que tuvo la amabilidad de comentar (lo cual agradecí en mi libro El juicio crítico como progreso de 1996).

Por marcos institucionales Sartori entendía las normas que protegen los derechos individuales a la vida, a la libertad y a la propiedad de lo cual depende la civilización. Su recorrido intelectual lo dedicó a estudiar y enseñar acerca de los límites al poder político para que no se salga de sus funciones específicas a la protección a aquellos derechos y, asimismo, el señalar los graves peligros de que los aparatos estatales se conviertan de protectores en agresores con lo que los gobiernos a través del abuso de mayorías destrocen los valores y principios de una sociedad abierta.

Sin duda su obra de mayor calado es el multivolumen Teoría de la democracia . Subraya Sartori que la democracia ilimitada o degradada contradice su esencia y su etimología ya que no se trata de demos sino de antidemos. En palabras del autor “por tanto, el argumento es de que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte en un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría. Debido precisamente a que el gobierno está limitado, todo el pueblo (todos los que tienen derecho al voto) está siempre incluido en el demos“.

Esta preocupación y ocupación de Sartori se debe a lo que de un tiempo a esta parte viene sucediendo que la democracia se ha ido mutando en cleptocracia, es decir, el abandono de todo sentido de los valores y principios de la democracia convirtiéndose en una caricatura para de contrabando transformase en el gobierno de ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida. No es cuestión que la libertad sucumba y se torne en un inmenso Gulag en nombre de la democracia. Por eso es de tanta relevancia prestar debida atención a propuestas que apuntan a introducir nuevos y más efectivos límites para frenar los abusos y atropellos del Leviatán cada vez más adiposo y agresivo.

Este enfoque enfatiza el serio inconveniente que suscribió Platón con su estropicio del “filósofo rey” que en lugar de resaltar los aspectos institucionales centra su atención en las personas que ocupan cargos públicos, exactamente lo contrario de lo que apuntaba Popper para que “los gobiernos hagan el menor daño posible”.

Es en verdad sumamente curioso que hay quienes se declaran “liberales en la política” y niegan el liberalismo en la economía como si tuviera algún sentido suscribir el continente y negar el contenido cuando justamente el continente (la libertad política) es para que cada uno pueda usar y disponer libremente de lo propio.

Sartori enseño en su natal Florencia y en Yale, Standford, Harvard y Columbia y publicó numerosos ensayos y libros entre los cuales, a nuestro juicio, son criticables algunas de sus consideraciones sobre las “sociedades multiéticas” y sus percepciones del homo videns aunque sus reflexiones sobre el poder de las imágenes son de gran provecho puesto que éstas dan todo servido y anulan el pensamiento que, por ejemplo, brinda la lectura donde el ritmo y la imaginación están a cargo del lector.

En las épocas que corren es evidente que el mayor peligro para la supervivencia de la genuina democracia consiste en el nacionalismo como sello del populismo, es decir en las culturas alambradas habitualmente atadas al racismo, los caudillos (“encantadores de serpientes” según Sartori) que usan la supuesta democracia en provecho propio y en los estatismos siempre empobrecedores.

Ya el magistral J. F. Revel demuestra en su libro La gran mascarada el estrecho parentesco entre el nacionalsocialismo y el comunismo (en este caso, resabios de la Nomenklatura). En esta oportunidad nos concentramos en uno de los aspectos xenófobos del nacionalismo lo cual para nada excluye los graves problemas económicos que producen los aranceles y demás controles y reglamentaciones que conducen a la miseria con el pretexto de “la economía nacional y popular”-

Como ha señalado Thomas Sowell, los sicarios nazis debían rapar y tatuar a sus víctimas para distinguirlas de sus victimarios. Hitler, después de mucho galimatías clasificatorio, finalmente sostuvo que “la raza es una cuestión mental”, con lo que adhirió al polilogismo racista, bajo la absurda pretensión de que el ario y el semita tienen una estructura lógica distinta. Esto fue calcado del polilogismo marxista, por el que se arguye que el proletario y el burgués tienen distintas lógicas, aunque, como ha señalado Mises, nunca se explicó en qué se diferencian concretamente esas estructuras del pensamiento. Tampoco se explicó qué le ocurre en la cabeza a la hija de una burguesa y un proletario ni qué le ocurre a este último cuando se gana la lotería o comienza a tener éxito en los negocios.

Por otra parte, en estos embrollados ejercicios, se suele confundir el concepto de lengua con el de etnia. En este último sentido, la filología demuestra que el entronque del sánscrito con las llamadas lenguas europeas -como el griego, el latín, el celta, el alemán, el inglés y las lenguas eslavas- dio como resultado las lenguas denominadas indoeuropeas o indogermánicas, expresiones que más adelante se sustituyeron por la de ario, debido a que el pueblo que primitivamente hablaba el sánscrito en la India se denominaba arya. Max Müller (Biography of Words and the Home of the Aryans) dice: “En mi opinión un etnólogo que hable de la raza aria comete un error tan importante como el que cometería un lingüista que hablara de un diccionario dolicocéfalo o de una gramática braquicéfala.”

También, en este mismo contexto, es frecuente que se asimile la idea estereotipada de raza con religión, por ejemplo, en el caso de los judíos. Antiguamente, este pueblo provino de dos grupos muy disímiles: unos eran del Asia menor y otros de origen sudoriental de procedencia árabe. A esto deben agregarse los múltiples contactos con otras civilizaciones y poblaciones de distintas partes del planeta, lo cual ha producido las más variadas características (en última instancia, todos somos de todas partes, ya que nuestros ancestros son de orígenes muy mezclados).

Como ha dicho Darwin, hay tantas supuestas razas como clasificadores. En verdad produce congoja cuando -ingenuamente a veces, y otras no tan ingenuamente- se hace referencia a las “diversas sangres” que tendrían diferentes grupos étnicos. Vale la pena aclarar este dislate. Hay solamente cuatro grupos sanguíneos que están distribuidos entre todas las personas. La sangre está formada por glóbulos que están en un líquido llamado plasma. Los glóbulos son blancos (leucocitos) y rojos (hematíes), y el plasma es un suero compuesto de agua salada y sustancias albuminoides disueltas. La combinación de una sustancia que contiene los glóbulos rojos, denominada aglutinógeno, y otra conocida como aglutinina, que contiene el suero, da como resultado los antes mencionados cuatro grupos sanguíneos. Eso no tiene nada que ver con las respectivas evoluciones que van estableciendo diversas características exteriores. Y esos grupos sanguíneos no pueden modificarse ni siquiera con transfusiones.

Los rasgos físicos que hace que hablemos de etnias responden a procesos evolutivos. En el planeta tierra todos provenimos de Africa (y, eventualmente, del mono). Spencer Wells- biólogo molecular, egresado de las universidades de Oxford y Stanford- explica magníficamente bien nuestro origen africano (The Journey of Man) y las distintas migraciones que, según las diversas condiciones climáticas, hicieron que la piel y otros rasgos físicos exteriores vayan adquiriendo diferentes aspectos.

En este último sentido, siempre me ha llamado poderosamente la atención que muchas personas llamen en Estados Unidos a los negros “afroamericanos” como una manifestación un tanto atrabiliaria de lo que se ha dado en llamar political correctness. Curioso es en verdad que muchos negros se dejen llamar afroamericanos como si fuera algo distintivo. Esto no los diferencia del resto puesto que, por las razones apuntadas, por ejemplo, el que esto escribe es afroargentino.

Sin duda, el ejemplo más repugnante estriba en la criminal judeofobia alimentada por tanto mequetrefe que anda suelto por el mundo. Obras tales como Veintitrés siglos de antisemitismo, del sacerdote Edward Flannery, y la Historia de los judíos de Paul Johnson son suficiente testimonio de la barbarie racista.

Karl Popper muestra la fertilidad que se produce a través de los estrechos vínculos interculturales y ofrece, como ejemplo, la Viena del siglo de oro antes de que la hediondas botas nacionalsocialistas produjeran otra de las tantas diásporas características de los regímenes totalitarios. Ese caso se ilustra con las notables manifestaciones en el campo de la música, la literatura, la ciencia económica, el derecho y el psicoanálisis.

El oxígeno resulta indispensable y esto se logra abriendo puertas y ventanas de par en par. La guillotina horizontal que pretende nivelar y enclaustrar necesariamente empobrece. La cultura no es de esta o aquella latitud, del mismo modo que las matemáticas no son holandesas ni la física es asiática. Nada más absurdo que la troglodita noción del “ser nacional” y nada más truculento y tenebroso que las banderas de la “cultura nacional y popular”.

En una sociedad abierta, las jurisdicciones territoriales tienen por única función evitar los peligros de la concentración de poder que significaría un gobierno universal. Pero de allí a tomarse seriamente las fronteras hay un salto lógico inaceptable. Obstaculizar cualquiera de las muchísimas maneras de intercambios culturales libres y voluntarios constituye una seria amenaza y una forma grotesca de contracultura.

El nacionalismo es una de las formas de ofender a la democracia que tanto desvelaron a Sartori que sostuvo que avanza merced al lenguaje de “lo políticamente correcto que resulta un procedimiento solapado para anular el pensamiento”. La revalorización del derecho ha sido una labor muy fértil de Sartori en circunstancias que el positivismo legal ha hecho estragos en no pocas facultades de derecho.

Por último en esta nota periodística, transcribo una cita de Arnold Toynbee que se conecta con los temas de Sartori en cuanto a la razón de los esclavos modernos que piden ser esclavizados: “La gran ley de desarrollo social consiste en que el paso de la esclavitud a la libertad significa el paso de la seguridad a la inseguridad de ser mantenidos”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

Los pioneros españoles del mercado libre

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 9/1/17 en: http://www.redfloridablanca.es/los-pioneros-espanoles-del-mercado-libre-alejandro-chafuen/

 

Marjorie Grice-Hutchinson (1908-2003) desempeñó un importante papel poniendo de relieve las contribuciones que a la ciencia económica hicieron los escolásticos españoles del bajo medievo, en particular los pertenecientes a la “Escuela de Salamanca”. En su obra Early Economic Thought in Spain, 1177-1740, que se publicó por primera vez en 1978 y que acaba de ser elegantemente reeditada por el Liberty Fund, Grice-Hutchinson ahonda además en las ideas y los escritores que precedieron y sucedieron a los escolásticos salmantinos. Esta nueva edición de Early Economic Thought ofrecería una buena oportunidad para considerar una reedición de la obra en español, que data de 1982.

grice

Grice-Hutchinson estudió en el King’s College, concretamente en Birkbeck College, y después en la London School of Economics, donde investigó bajo la dirección de F.A. Hayek, uno de los profesores que más influencia tuvieron sobre ella. Se trasladó a Málaga en 1951 después de haberse casado con el Barón alemán Ulrich von Schlippenbach, en lo que fue un retorno a la España en la que había vivido durante su juventud con sus padres.

Por su empeño en resaltar el papel de los economistas españoles en la historia, recibió una serie de importante reconocimientos en España, como los doctorados honoris causa por las universidades de Málaga y Complutense de Madrid. La Sociedad Mont Pèlerin, que Hayek fundó en 1947, rindió tributo a su labor en dos ocasiones: en 1979, durante una reunión en Madrid que también incluyó una sesión en Salamanca, y en 1997, durante la reunión en Barcelona.

Su primer libro sobre economistas españoles, The School of Salamanca: Readings in Spanish Monetary Theory 1544-1605, que fue publicado en 1952, cubría las teorías monetarias de algunos de los autores de la Escuela de Salamanca. El renombrado Joseph Schumpeter había publicado tan solo dos años antes su History of Economic Analysis, obra en la que, a lo largo de casi 70 páginas dedicadas a analizar a los “Doctores escolásticos y filósofos del Derecho Natural”, había puesto de manifiesto el valor que otorgaba a las aportaciones de los “economistas” españoles. Los escolásticos españoles tardíos merecían los halagos que Schumpeter les dedicó, pero las investigaciones de Grice-Hutchinson bebieron de otras fuentes.

Algunos otorgan a Grice-Hutchinson el mérito de haber popularizado el término “Escuela de Salamanca” en el campo económico (especialmente gracias al título de su primer libro). Francisco de Vitoria (c. 1483-1546), que es considerado el fundador de la Escuela, ya era famoso por sus contribuciones al Derecho internacional.

Grice-Hutchinson, en una nota a León Gómez Rivas -profesor español de historia del pensamiento y uno de los máximos conocedores de cómo los teólogos salmantinos influyeron en Hayek- escribió que Hayek “no conocía a los autores salmantinos hasta que yo le hablé de ellos alrededor de 1949 o 1950. Así que no fue por sugerencia suya que empecé a estudiarlos, sino por haber leído a Larráz. Estaba, no obstante, estudiando a Campomanes por aquella época, bajo la dirección de Hayek. ¡Cambiamos la dirección de nuestra investigación a medio camino!” José Larráz había escrito en 1943 un influyente libro sobre el mercantilismo titulado La época del mercantilismo en Castilla, que despertó la curiosidad de Grice-Hutchinson.

Hayek mencionó a algunos de los autores de la Escuela de Salamanca en sus obras, incluidos Luís de Molina (1535-1601), Juan de Lugo (1583-1660), Juan de Salas (1553-1612), y Leonardus Lessius (1554-1623). Este último era belga, no español pero también jesuita, como los anteriores, lo que quizás llevó a considerar que esta orden había sido el motor intelectual de los economistas salmantinos. Vitoria, el fundador de la Escuela, era dominico, una orden igualmente excelente y quizás aún más famosa que los Jesuitas, como también lo eran Domingo de Soto (1495-1560), Tomás de Mercado (c. 1530-c. 1575) y Domingo de Báñez (1527-1604). Martín de Azpilcueta (1493-1586), el famoso Doctor navarrus, pertenecía al canon regular de la Orden de San Agustín.

De acuerdo a la propia Grice-Hutchinson, su principal logro al estudiar a todos estos autores fue el haber dado a conocer en el mundo anglófono sus contribuciones económicas. En otra nota a Gómez Rivas escribió:

“Mi libro de 1952 incluye ocho páginas en materia de teoría cuantitativa [del dinero] y teoría p.p.a. [paridad de poder adquisitivo] de los tipos de cambio. A pesar de ello, mi gran amigo el padre Gómez Camacho, en su reciente libro Economía y Filosofía Moral (Ed. Síntesis, pp. 311-312), dice que sigo a P. Vilar (1969) y W. Weber (1959) al atribuir la “paternidad” de la teoría p.p.a. a la Escuela de Salamanca. Yerra, por lo tanto, en 17 y 7 años, respectivamente.”

“De hecho,” añade, “el origen de estas investigaciones se remonta más allá de Larráz. Solo me atribuyo el mérito de haber dado a conocer la Escuela de Salamanca a los historiadores anglófonos del pensamiento económico.”

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El que Grice-Hutchinson pusiera en conocimiento de Hayek estos escritos no es una menudencia, especialmente si consideramos el papel central que Hayek jugó en el desarrollo del “free-market movement”. Murray N. Rothbard, otro popular autor de dicho movimiento, publicó un ensayo titulado “New Light in the Prehistory of the Austrian School,” en el que analizaba el libro de Grice-Hutchinson sobre la Escuela de Salamanca.

Early Economic Thought in Spain va, no obstante, más allá de la Escuela de Salamanca y de otros textos que promueven una sociedad libre. Hayek tiene el mérito de haber despertado el interés de Grice-Hutchinson en ciertos autores que le recomendó estudiar como Jerónimo de Uztáriz (1670-c.1732) y Bernardo de Ulloa (1682-1740). Hayek también la animó a ponerse en contacto con Earl J. Hamilton (1899-1989), que por aquel entonces estaba en la Universidad de Chicago. Los escritos de Hamilton sobre la economía de precios en España, como por ejemplo su obra American Treasure and the Price Revolution in Spain, 1501-1650, también orientaron su trabajo [1]. En dichos escritos, Hamilton mencionó alguno de los economistas españoles que luego estudiaría Grice-Hutchinson, incluyendo a Luís Saravia de la Calle y Tomás de Mercado, aunque no les dio excesiva importancia. A través de Hamilton, Grice-Hutchinson también supo de Pedro Rodríguez, Conde de Campomanes, quien, en su Discurso sobre la educación popular (1775), cita una lista aún más larga de autores de los siglos XVI y XVII que habían escrito sobre economía. El profesor Gómez Rivas señala que “aquí radicaría, con seguridad, el origen de una primera aproximación a los Arbitristas Españoles, que [Grice-Hutchinson] luego reorientaría hacia los escolásticos tardíos de Salamanca”. Sobre Campomanes, Schumpeter concluyó, “no carece de interés el comprobar cuan poco, o nada, estuvo dispuesto a aprender de la Riqueza de las Naciones”. [2]

El editor Julius Kirshner, en su introducción [3] al libro Business, Banking, and Economic Thought in Late Medieval and Early Modern Europe de Raymond De Roover (1904-1972), otro autor que estudió a los escolásticos tardíos, observó que “los lazos entre las doctrinas escolásticas y la teoría económica moderna fueron clara y brillantemente expuestos por Joseph Schumpeter en su monumental History of Economic Analysis, en la que intentó rescatar a los escolásticos de su exilio intelectual”. De acuerdo a Kirshner, “el trabajo de Schumpeter sobre los escolásticos es superior a cualquier otro”. Reconoció “la habilidad única [de De Roover] para ofrecer un contexto histórico concreto a este fascinante capítulo de la historia intelectual”. Yo, por mi parte, otorgo a la obra Early Economic Thought in Spain, de Grice-Hutchinson, un mérito similar al de De Roover pero en el campo de la historia del pensamiento económico.

Este libro está dividido en cuatro largos capítulos. El primero comienza con un completo análisis de los asuntos económicos sobre los que debatían los escolásticos y que luego fueron también asunto de interés –particularmente el tema de la usura- para los escolásticos españoles tardíos. Grice-Hutchinson acertadamente señala que la usura era definida como “cualquier interés, no importa cuán pequeño, que se cobra sobre un préstamo”. Describe cómo los seguidores de las tres mayores religiones veían la usura y algunas de las excepciones que se permitían. También es destacable su análisis sobre los orígenes del Estado de Derecho en España, especialmente a través del Fuero Juzgo, el código de leyes desarrollado en tiempos visigóticos a partir del liber iudiciorum y que perduró hasta el siglo XIII.

El segundo capítulo está dedicado a las ideas de Aristóteles y Platón, y termina con Averroes. Los asuntos que trata este capítulo son importantes para entender los textos de los economistas españoles. Pero el análisis histórico, aunque correcto, no tiene mucha originalidad.

El tercer capítulo, dedicado a la Escuela de Salamanca, comienza con un análisis de los textos económicos de ciertos precursores como San Alberto (c. 1200-1280), Santo Tomás de Aquino (1225-1274), Duns Scotus (c. 1266-1308), San Antonino de Florencia (1389-1459), San Bernardino de Siena (1380-1444), así como Silvestre de Priero (c. 1456-1523) y el Cardenal Tomás de Vio (1469-1523), más conocido como Cayetano.

A pesar de que la escuela de pensamiento que nació de la Universidad de Salamanca cuatro siglos después de su fundación, en 1130, trató muchos temas, incluyendo la propiedad privada, el comercio internacional, los impuestos y los salarios, Grice-Hutchinson se centra en el valor, los precios, el dinero y los intercambios. Describe la teoría del valor de los escolásticos españoles y sus elementos subjetivos. Así muestra cómo, a pesar de que estos pensadores reconocían el derecho de las autoridades a establecer un justo precio, para la mayoría de las transacciones consideraban que este debía ser el precio de mercado, determinado por la oferta y la demanda, de acuerdo a común estimación y sin fraude, monopolio o violencia.

Un precio podía ser justo si se llegaba a él a través de una estimación común o si así lo determinaban las autoridades. En el primer caso, en mercados dinámicos y en lo que hace a bienes que la mayor parte de las personas necesitan, el mercado, dentro de ciertos límites, era el que debía establecer los precios. En mercados no dinámicos, o cuando las autoridades fijasen el precio, el trabajo y los costes podían influenciar el proceso que determinaba la justicia de los precios. El precio de los bienes de lujo, no obstante, podía ser cualquiera que acordaran las partes.

Grice-Hutchinson escribe: “Cuanto más profundamente se sumerge el estudiante en los debates de los escolásticos sobre el “justo precio”, no solo es más fuerte la impresión de que los Doctores creían en el libre juego de las fuerzas del mercado como principal determinante del precio, sino que también se da cuenta de que ansiaban proteger, desde un punto de vista moral, esta doctrina del peligro que pudiera representar cualquier ataque”. Y concluye que, “en su doctrina del justo precio consolidaron y popularizaron los avances de sus predecesores, pusieron a prueba teorías aceptadas frente a eventos contemporáneos, y transmitieron a los economistas que les sucedieron una más completa y mejor elaborada teoría del valor”.

El tercer capítulo también incluye un certero análisis de la opinión de los escolásticos de Salamanca sobre el incremento en los niveles de precios y el hecho de que fueran principalmente un fenómeno monetario. Grice-Hutchinson menciona algunos autores que contribuyeron al desarrollo de la teoría cuantitativa del dinero, reconociendo especialmente el trabajo de Azpilcueta. Después del análisis de los textos económicos fundamentales de los teólogos y juristas españoles, concluye con una descripción de cómo las opiniones de estos autores influyeron en el pensamiento económico de Bélgica, Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, Escocia y otros países. De especial relevancia son las dos páginas dedicadas a la influencia que Salamanca tuvo en el filósofo irlandés-escocés Frances Hutcheson (1694-1746).

El capítulo final dedicado a los “economistas políticos” describe libros de autores conectados con Salamanca, como el de Domingo de Soto sobre cómo ayudar a los pobres, y el de Juan de Mariana contra la devaluación monetaria. Este último, publicado en 1609, describe los múltiples y perjudiciales efectos de reducir el valor del dinero añadiendo cobre a las monedas. Mariana veía estas acciones como violaciones de los derechos de propiedad y descubrió que era el copioso gasto de los gobiernos lo que llevaba a estas contraproducentes prácticas.

Algunos españoles analizados hacia el final del libro encajan en la categoría “mercantilista” –es decir, que eran autores que tenían por objetivo la autarquía y veían las importaciones como un lastre para la economía-. Grice-Hutchinson también da múltiples ejemplos de propuestas políticas que, con el fin de promover ciertos objetivos económicos, ofrecen diversos esquemas intervencionistas, incluyendo subsidios y medidas redistributivas.

Dedica las cinco últimas páginas a Miguel Álvarez Osorio, el cual compilaba datos comerciales que después extrapolaba para llegar a ciertas conclusiones. Osorio no dedicó mucho tiempo a desarrollar teorías. Al centrarse en los datos, sus conclusiones pueden ser refutadas. Es por ello que Grice-Hutchinson, siguiendo a Karl Popper (1902-1994), concluye: “en este sentido el trabajo de Osorio es completamente científico”. Para Popper, una afirmación que no es falsable (refutable) no es científica. De todos los autores que describe Grice-Hutchinson, Osorio es el que aboga por una mayor planificación central.

Otro autor que recibe una atención parecida es Jerónimo de Ustáriz (1670-1732), el principal autor “mercantilista” de su tiempo. Siguiendo a Ustáriz, el mercado interno y la producción deberían estar sometidos a una carga impositiva baja y disfrutar de libertad para comerciar; pero en relación al mercado externo, Ustáriz abogaba por restringir las importaciones. Grice-Hutchinson señala que ciertos argumentos usados por Ustáriz y los mercantilistas para analizar el mercado interno, como por ejemplo los perjudiciales efectos de las regulaciones restrictivas y las barreras internas al comercio, facilitarían el camino a los argumentos y políticas posteriores a favor de la liberalización económica.

Ustáriz, como Osorio, se centraba más en los datos que en especulaciones teóricas. Al haber viajado a los grandes centros de negocios y comerciales de su tiempo, había adquirido un conocimiento considerable de las prácticas comerciales y se convirtió en uno de los más reputados españoles en la historia del pensamiento económico. Miguel de Zavala, otro de los autores mencionados en el libro, describe de manera acertada el impacto negativo de la fijación de precios, pero como tantos otros autores de su tiempo, miraba con recelo las importaciones.

La nueva edición de Early Economic Thought in Spain está dedicada a la memoria de uno de los miembros del consejo directivo del Liberty Fund, Leonard P. Liggio (1933-2014). Liggio estudió y admiró el legado hispánico. Creía que, a pesar de que la tradición hispánica liberal fue una realidad, en muchos lugares, como en Latinoamérica, fue abandonada. Esta tradición liberal es más coherente con las tesis de la Escuela de Salamanca que con la tradición posterior, más mercantilista. A juzgar por lo que hoy entendemos sobre los procesos del libre mercado, la mayoría de autores, incluso los de Salamanca, cometieron errores teóricos. Pero también los cometieron Adam Smith y posteriores autores. Aquellos que han despreciado el estudio del pensamiento económico anterior a Smith, tienen la oportunidad de redimirse leyendo esta breve pero excepcional (y, como es habitual, bellamente editada) obra que el Liberty Fund ha publicado.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

NUEVOS LÍMITES AL PODER POLÍTICO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Estamos observando una marcada decadencia en el mundo. No se trata de sostener que “todo tiempo anterior fue mejor”, para un análisis de esa naturaleza siempre deben estudiarse períodos y temas específicos en los que efectivamente encontraremos momentos mejores pero también mucho peores. En todo caso, lo que hoy vemos es que en la enorme mayoría de los países europeos el nacionalismo ha escalado a posiciones electorales sumamente amenazantes. En Estados Unidos, independientemente de los resultados en las urnas, se comprueba un avance notable de populismo y un apartamiento manifiesto de los valores de los Padres Fundadores . Y en Latinoamérica las situaciones de Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador son patéticas (para no decir nada de Cuba, la reversión parcial en Chile y los zigzagueantes y por momentos pastosos acontecimientos argentinos después de los extremos estatistas del gobierno anterior al actual), además, salvando las distancias, de las compadradas y barrabasadas del tirano de Corea del Norte.

 

En el centro de casi todas estas situaciones se encuentra una manifiesta degradación de la noción de la democracia que, en la práctica, se ha desviado por completo de los ideales de los Giovanni Sartori de nuestra época para mutar en cleptocracia. Es curioso pero la mayoría de las personas opera como si la insistencia en una receta fallida producirá en el futuro resultados distintos de los que ocurren una y otra vez. Es imperioso dar la voz de alarma porque, como decía Einstein, una política que da malos resultados no será distinta por el hecho de que se insista en sus recetas.

 

Las alianzas y coaliciones, a la larga o a la corta se dirigen al despeñadero en cuanto al abandono de la protección gubernamental de los derechos individuales. Si continúa este espectáculo, tarde o temprano se habrá aniquilado la sociedad abierta y lo peor es que será “en nombre de la democracia”.

 

En otras oportunidades me he referido a las propuestas de Friedrich Hayek en cuanto a reformas en el Poder Legislativo y a las propuestas de Bruno Leoni para el Judicial. También he citado un pasaje poco conocido de Montesquieu de su obra más difundida, aplicable al Ejecutivo donde consigna que “El sufragio por sorteo está en la índole de la democracia”. Esto sorprende a muchos y se preguntan si realmente cualquiera pueden ser elegidos (de los mayores de edad y dispuestos al cargo). Esta sorpresa incentiva a que la población se preocupe y se ocupe de resguardar sus vidas y propiedades, lo cual es precisamente lo que se requiere: incorporar en los marcos institucionales serias protecciones a los derechos y no entretenerse con nombres de candidatos. Como ha apuntado bien Karl Popper la criticar las ideas del “filósofo rey” de Platón: “lo relevante son las instituciones y no las personas al efecto de que los gobiernos hagan el menor daño posible”.

 

Como es bien sabido, hay otras propuestas en cuanto al establecimiento de límites al gasto público y a la presión tributaria y la prohibición del déficit fiscal y -en paralelo con la contradicción en términos denominada “inversión pública”-  la  prohibición de endeudamiento público al rechazar supuestas ventajas intergeneracionales, con el argumento de que es contrario a los preceptos de la  democracia ya que compromete patrimonios de futuras generaciones que no han participado en el proceso electoral que eligió al gobernante que contrajo la deuda. Otros han enfatizado la necesidad de eliminar la banca central y más allá señalan la importancia de contar con un genuino federalismo fiscal y la eliminación de impuestos directos al efecto de retomar la tradición alberdiana en la Argentina o la de los Padres Fundadores en EEUU para acelerar la recuperación de los más pobres (o todas estas medidas combinadas).

 

Estas propuestas pueden o no ser aceptadas y es necesario que sean debatidas pero lo que no es admisible es que no se haga nada a la espera de un milagro.

 

En esta nota periodística agrego otra propuesta a la que ya me he referido antes. Se trata del Triunvirato en el Poder Ejecutivo. Hay muy pocas personas que no se quejan (algunos están indignados) con los sucesos del momento en diferentes países tradicionalmente considerados del mundo libre. Las demoliciones de las monarquías absolutas ha sido sin duda una conquista colosal pero la caricatura de democracia como método de alternancia en el poder sobre la base del respeto a las minorías está haciendo agua por los cuatro costados, es imperioso el pensar sobre posibles diques adicionales al efecto de limitar el poder político por aquello de que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

 

Tres personas votando por mayoría logran aplacar los ímpetus de caudillos y permiten tamizar las decisiones ya que el republicanismo exige que la función de esta rama del gobierno es ejecutar lo resuelto por el Poder Legislativo básicamente respecto a la administración de los fondos públicos, y el Judicial en lo referente al descubrimiento del derecho en un proceso fallos en competencia.

 

Se podrá decir que las decisiones serán más lentas y meditadas en un gobierno tripartito, lo cual se confunde con la ponderación y la mesura que requiere un sistema republicano. De todos modos, para el caso de un conflicto bélico, sería de interés que las tres personas se roten en la responsabilidad de comandantes en jefe.

 

Uno de los antecedentes más fértiles del Triunvirato se encuentra en los debates oficiales y no oficiales conectados a la Asamblea Constituyente de los Estados Unidos. Según la recopilación de los respectivos debates por James Madison que constan en la publicación de sus minuciosos manuscritos, el viernes primero de junio de 1787 Benjamin Franklin sugirió debatir el tema del ejecutivo unipersonal o tripartito. A esto último se opuso el constituyente James Wilson quien fue rebatido por Elbridge Gerry (luego vicepresidente del propio Madison) al explicar las ventajas del triunvirato para “otorgar más peso e inspirar confianza”. Edmund Randolph (gobernador de Virginia, procurador general del estado designado  por Washington y el segundo secretario de estado de la nación) “se opuso vehementemente al ejecutivo unipersonal. Lo consideró el embrión de la monarquía. No tenemos, dijo, motivo para ser gobernados por el gobierno británico como nuestro prototipo […] El genio del pueblo de América [Norteamérica] requiere una forma diferente de gobierno. Estimo que no hay razón para que los requisitos del departamento ejecutivo -vigor, despacho y responsabilidad- no puedan llevarse a cabo con tres hombres del mismo modo que con uno. El ejecutivo debe ser independiente. Por tanto, para sostener su independencia debe consistir en más de una persona”. Luego de la continuación del debate Madison propuso posponer la discusión en cuanto a que el ejecutivo debiera estar formando por un triunvirato (“a three men council”) o debiera ser unipersonal hasta tanto no se hayan definido con precisión las funciones del ejecutivo.

 

Este debate suspendido continuó informalmente fuera del recinto según los antes mencionado constituyentes Wilson y Gerry pero con argumentaciones de tenor equivalente a los manifestados en la Asamblea con el agregado por parte de los partidarios de la tesis de Randolph-Gerry de la conveniencia del triunvirato “al efecto de moderar los peligros de los caudillos”. El historiador Forrest Mc Donald escribe (en E Pluribus Unum. The Formation of the American Republic, 1776-1790) que “Algunos de los delegados más republicanos […] desconfiaban tanto del poder ejecutivo que insistieron en que solamente podía ser establecido con seguridad en una cabeza plural, preferentemente con tres hombres”.

 

Sin duda alguna que la perfección no está al alcance de los mortales, de lo que se trata es de minimizar costos para lo cual debe tenerse presente que, en esta materia y en ninguna otra, se puede llegar a un punto final en un proceso continuo de prueba y error. En este contexto debe saberse que, como diría Benedetto Croce, la historia es “la hazaña de la libertad” y como apuntó George Mason “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”. Herbert Spencer en las últimas líneas de El hombre contra el estado celebra el derrocamiento de las antes aludidas monarquías absolutas pero advierte de los peligros de las mayorías parlamentarias. Es hora de reconocer que los esfuerzos por limitar el poder hasta el presente han resultado en un fracaso, tal como lo consigna el antes mencionado Hayek en las primeras doce líneas de edición original de Law, Legislation and Liberty.

 

En otros lugares se establecieron triunviratos pero sin la suficiente perseverancia. Tal es el caso, por ejemplo, en lo que después fue la Argentina, en cuyo caso las respectiva disposición plasmada en el decreto del 23 de septiembre de 1811, establecía en la parte pertinente que “Teniendo consideración a la celeridad y energía con que deben girar los negocios de la patria […] la Junta ha acordado constituir un Poder Ejecutivo compuesto de tres vocales”. En medio de tensiones varias, el 23 de noviembre Bernardino Rivadavia redacta una disposición del nuevo gobierno denominada Decreto sobre Seguridad Personal en cuyo Preámbulo se lee que “Todo ciudadano tiene un derecho sagrado a la protección de su vida, de su honor, de su libertad y de sus propiedades” seguido de nueve artículos sobre las libertades civiles que más adelante sirvieron de base para la Constitución liberal de 1853 sugerida principalmente por Juan Bautista Alberdi. El 23 de enero de 1812 se promulgó el Reglamento de Justicia sustituyendo la Real Audiencia por una Cámara de Apelaciones local, y por decreto del 19 de abril del mismo año se extendieron las libertades al comercio exterior abriendo las aduanas y el 8 de octubre se sustituye este Primer Triunvirato por un Segundo Triunvirato mientras se suscitaban debates sobre esta forma de gobierno apoyada decididamente por José de San Martín. Sin embargo, finalmente prosperó la idea opuesta, principalmente esgrimida por Carlos María de Alvear y, posteriormente, en el seno de lo que se conoció como la Asamblea del año xiii, se dispuso que el ejecutivo sería a partir de entonces unipersonal.

 

En otras palabras, estas líneas pretenden sacudir la modorra e intentan despejar telarañas y cerrojos mentales y abrir un debate sobre el tema de los límites al poder. Aunque se rechacen las propuestas aquí mencionadas, es indispensable hacer trabajar las neuronas al efecto de imaginar nuevas vallas para detener el precipitado avance de un Leviatán cada vez más adiposo y destructivo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Contra la ideología

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

He apuntado en otros escritos que el uso generalizado de la expresión “ideología” no calza con la definición del diccionario de conjunto de ideas (también en el sentido utilizado primeramente por Destutt de Tracy en 1786), ni con la marxista de “falsa conciencia de clase” sino de algo terminado, cerrado e inexpugnable, en otros términos, una pseudocultura alambrada. Como también he escrito, esta última acepción, la más común, es la antítesis del espíritu liberal puesto que esta tradición de pensamiento requiere de puertas y ventanas abiertas de par en par al efecto de incorporar nuevo conocimiento ya que éste demanda debates entre teorías rivales puesto que el conocimiento es siempre provisorio abierto refutaciones.

 

Una vez precisado lo anterior, conviene enfatizar que, al contrario de lo que sostienen algunos profesionales de la economía en cuanto a que hay que “manejarse con los hechos”, en ciencias sociales, a diferencia de las físico-naturales, no hay hechos con el mismo significado de éste último campo de estudio fuera del andamiaje conceptual que interpreta los diversos sucesos. Sin duda que las físico-naturales también requieren de interpretación pero en un sentido distinto debido a que, como decimos, los llamados “hechos” son de naturaleza destinta.

 

No es que se patrocine el relativismo epistemológico en ciencias sociales debido a la interpretación de fenómenos complejos. Muy por el contrario, quienes mejor interpreten esos fenómenos estarán más cerca de la verdad, lo cual se va puliendo en un azaroso camino que, como señalamos, es de corroboraciones provisorias y refutaciones. En un proceso abierto de competencia, los estudiosos que mejor interpreten y mejor explican esos fenómenos serán los de mayor rigor. Esto no solo sucede con los economistas y cientistas sociales, sino también con los historiadores.

 

Esta cuestión de confundir planos científicos en las ciencias sociales empujan a que se aluda a los “hechos” como si se tratara de constatar la mezcla de líquidos en un tubo de ensayo del laboratorio puesto que, a diferencia del campo de las ciencias físicas, se trata de acción humana (las piedras y las rosas no tienen propósito deliberado).

 

El premio Nobel en economía Friedrich Hayek en su ensayo titulado “The Facts of the Social Sciences” (Ethics, octubre, 1943 y expandido en tres números sucesivos de Economica) explica que los llamados hechos en ciencias sociales “no se refieren a ciertas propiedades objetivas como las que poseen las cosas o las que el observador puede encontrar en ellas, sino a las visiones que otros tienen sobre las cosas […] Se deben abstraer de todas las propiedades físicas de las cosas. Son instancias de lo que se suelen llamarse conceptos teleológicos, esto es, se pueden definir solamente indicando la relación entre tres términos: un propósito, alguien que mantiene ese propósito y el objeto que la persona considera apropiado como medio para ese propósito”. Por eso cuando el historiador “explica porque se hace esto o aquello se refiere a algo que se encuentra más allá de lo observable” nos explica Hayek en el mismo ensayo en el que concluye que “la teoría social […] es lógicamente previa a la historia”. Es decir, prestamos atención a los fenómenos basados en un esqueleto teórico previo ya que no se trata de cosas que se miran en el mundo físico sino de nexos causales subyacentes e inseparablemente unidos a la interpretación de los sujetos actuantes.

 

Lo dicho en modo alguno permite suponer que el buen historiador interponga sus juicios de valor en la descripción de lo que interpreta. Ludwig von Mises destaca (en Theory and History, Yale University Press, 1957) que resulta impropio que en la descripción histórica se pasen de contrabando los valores del que describe. Entonces, una cosa es la subjetividad presente en la selección de los fenómenos y su respectiva interpretación y otra bien distinta es el incrustar juicios de valor, sin desconocer, claro está, que la declaración de esforzarse con seriedad y honestidad intelectual por realizar una interpretación adecuada constituye en si mismo un juicio de valor.

 

Como se ha dicho, cuando se trasmite la noticia circunscripta a que fulano murió esto corresponde al campo de las ciencias naturales (un fenómeno biológico), pero si se notifica que fulano dejó una carta antes de morir estamos ubicados en el territorio de las ciencias sociales donde necesariamente cabe la interpretación de la referida misiva y todas las implicancias que rodean al caso. En realidad, no cabe la refutación empírica para quien sostenga que la Revolución Francesa se originó en los estornudos de Luis XVI, solo se puede contradecir en el nivel del razonamiento sobre interpretaciones respecto a las conjeturas sobre los propósitos de los actores presentes en ese acontecimiento. En ciencias sociales, no tiene sentido referirse a “los hechos” extrapolando la idea de las ciencias físico-naturales.

 

Todo esto nada tiene que ver con la objetividad del mundo que nos rodea, es decir, que posee una naturaleza, propiedades y atributos independientemente de lo que los sujetos consideren que son. Es otro plano de debate. Lo que estamos ahora considerando son las apreciaciones y las evaluaciones respecto a las preferencias, gustos y propósitos de seres humanos.

 

Es por cierto también paradójico que resulte muy frecuente que los partidarios de sistemas autoritarios tilden de “ideólogos” a los que se inclinan por la sociedad abierta que son, por definición, los que promueven procesos pluralistas en el contexto de debates en los que se exploran y contrastan todas las tradiciones en libertad, cuando en realidad aquellos, los autoritarios, son por su naturaleza ideólogos impermeables a otras ideas en libertad debido a su cerrazón mental. Hay que distinguir con claridad los que reclaman que entre aire fresco a una habitación con un pesado tufo a encierro, de los que pretenden mantener y acrecentar esa situación hasta la asfixia total.

 

Robin Collingwood (en The Idea of History. Oxford Univesity Press, 1956) escribe que “en la investigación histórica, el objeto a descubrir no es el mero evento sino el pensamiento expresado en el” y en su autobiografía (Fondo de Cultura Económica, 1939/1974) subraya que a diferencia de la historia “las ciencias naturales, tal como existen hoy y han existido por casi un siglo, no incluyen la idea de propósito entre las categorías con que trabajan […] el historiador debe ser capaz de pensar de nuevo, por si mismo, el pensamiento cuya expresión está tratando de interpretar” y, en ese contexto rechaza “la historia de tijeras y engrudo donde la historia repite simplemente lo que dicen las ´autoridades´ [… ] El ser humano que en su capacidad de agente moral, político y económico, no vive en un mundo de ´estrictos hechos´a los cuales no afectan los pensamientos, sino que vive en un mundo de pensamientos que cambian las teorías morales, políticas y económicas aceptadas generalmente por la sociedad en que él vive, cambia el carácter de su mundo”.

 

Por todo esto es que Umberto Eco (en su disertación “Sobre la prensa” en el Senado romano y dirigido a directores de periódicos italianos, en 1995) consigna que “con excepción del parte de las precipitaciones atmosféricas [que son del área de las ciencias naturales], no puede existir la noticia verdaderamente objetiva” en el sentido a que nos hemos referido en las ciencias sociales, a lo que agregamos que dado que en las ciencias sociales tiene un gran peso la hermenéutica, debe destacarse que la comunicación no opera como un scaner en el sentido de que el receptor recibe sin más el mensaje tal como fue emitido.

 

En resumen -y esto no es un juego de palabras- podrá decirse que la objetividad precisamente consiste en la adecuada interpretación subjetiva de los fenómenos bajo la lupa…pero, insistimos, hay que tener bien en cuenta que no es objetiva en la acepción habitual del término, en cuyo contexto las deliberaciones en las que hemos incursionado aquí tal vez sirvan para poner en perspectiva las consecuencias y la importancia de separar metodológicamente las ciencias naturales y las sociales, al efecto de no confundir planos y no llegar a conclusiones apresuradas.

 

Entonces, es del todo inconducente mantener que el economista, el historiador o el cientista social “no hacen ideología” (en un sentido irónico y peyorativo) para referirse impropiamente al antedicho andamiaje conceptual, sino que se basan en “los hechos” como si esto tuviera algún sentido en ciencias sociales, tal como subraya Hayek y tantos otros filósofos de la ciencia.

 

El ideólogo es por naturaleza un dogmático clausurado a las contribuciones de nuevas ideas y teorías que explican de una mejor manera el fenómeno estudiado. Al ideólogo no le entran balas ni es capaz de contra-argumentar, se encapricha en circunscribir lo que recita sin someter a revisación ninguna parte de su verso que machaca hasta el hartazgo.

 

Solo a través del estudio crítico y el debate abierto es que resulta posible el progreso en el conocimiento, tal como lo han puesto de manifiesto autores de la talla de Karl Popper. Por su parte, cientistas sociales empecinados en “guiarse solo por los hechos” demuestran su ignorancia supina en la materia que pretenden conocer, con lo que contribuyen a difundir un ejercicio metodológico incompatible con su propio campo y así, en definitiva, introducen una férrea ideología.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

ACERCA DE LA CREATIVIDAD

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

El proceso creativo es a mi juicio uno de los temas de mayor interés. Hace unos años escribí en torno a este asunto, pero  es pertinente volverlo a hacer con el análisis de otros ángulos. De entrada digamos que hay que tener muy presente que cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles por una sola vez en la historia de la humanidad. Esto nos da una enorme responsabilidad para estar atentos a que hacemos con nuestras vidas. Si estamos al acecho de cual es nuestra razón de ser en el corto lapso en esta tierra o si consideramos que podemos consumir el tiempo que nos es dado para divertirnos, alimentarnos, copular y hacer nuestras necesidades fisiológicas. El llamado interior es nuestra vocación, se trata de actualizar nuestras muy diversas potencialidades, como ha escrito Octavio Paz, “al descubrir nuestra vocación nos descubrimos a nosotros mismos”.

 

La creatividad supone el poner al descubierto algo que estaba oculto siempre teniendo en cuenta que la originalidad resulta sumamente difícil (“para novedades, los clásicos” reza el conocido adagio), pero por lo menos el poner sobre la mesa algo no recordado, algo no evidente o dificultoso para el momento.

 

La creatividad opera en muy diferentes planos y campos, en  algunos se destaca más algún viso de originalidad (por ejemplo en el arte) y en otra se trata más bien de descubrir nexos causales en lugar de creación propiamente dicha (por ejemplo, en la ciencia).

 

De todos modos, ¿como ocurre el proceso creativo?. Con la concentración y el interés en el estudio de determinada materia se va archivando información en el subconsciente y en ese contexto de trabajo en cierta instancia el nivel conciente traba relación con el antedicho archivo y se produce el “momento eureka”. Es el resultado de la perseverancia, la constancia y la atención en la materia que interesa. Muchas veces en este proceso, la creatividad o el descubrimiento sorprende puesto que alumbra una idea colateral. Casi como en la ciencia médica en la que muchas de las líneas de investigación en un área dan por resultado un descubrimiento en otra.

 

Cuanto mayor el valor de la creatividad, mayor es el grado de soledad que requiere el investigador y muchas veces a contracorriente de lo que opinan los demás. Contar con el temple para continuar en el camino es requisito para la creatividad sin dejarse influir por otros. En el extremo está el  conocido experimento tan citado del acuerdo con el organizador de un grupo de personas -menos una- que se les solicitó sostener que en una serie de cuadros que se les exhibía decir que un  bastón es más grande que otro cuando en realidad no era así. La única persona que no estaba informada del truco, al principio se sorprendió de las respuestas de los colegas pero a medida en que se sucedieron los cuadros y las respuestas erróneas que se daban por verdaderas, el sujeto en  cuestión optó por contestar equivocadamente tal como lo hicieron los demás. Es la presión del grupo, es la masificación, es la abdicación de la individualidad, es la renuncia a la honestidad intelectual, es la entrega del yo en pos de los demás, es la desaparición de la condición humana.

 

Sin duda que la creatividad no es ex nihilo para los mortales puesto que se basa en la incorporación de conocimiento provisto por otros y por sucesos externos a quien crea. Por supuesto que hay muy diferentes grados de creatividad en base a talentos muy distintos. En otra oportunidad he señalado que Stefan Sweig nos recuerda que Mozart componía sin borradores como si alguien le estuviera dictando para escribir con rapidez en el pentagrama. Beethoven en cambio necesitaba muchos borradores antes de la obra final y Balzac para escribir a la velocidad que lo hacía inventó una especie de taquigrafía para estar a la par de sus pensamientos,  al contrario de Gothe que tardó sesenta y cuatro años de intenso trabajo para escribir Fausto. Durero requería de varios croquis y mucho ejercicio en el lienzo para pintar, mientras que van Gogh pintaba hasta tres cuadros por día.

 

Como hemos consignado la creatividad humana no procede de la nada, se sustenta en información previa, procesada, digerida y reformada con el correspondiente  valor  agregado. Giovanni Papini sostenía metafóricamente que si a uno le abren el cerebro se encontrarán miles y miles de carteles con los nombres de quienes influyeron en la persona para elaborar tal o cual cosa. No solo se trata de la influencia del prójimo sino de situaciones y circunstancias varias.

 

A diferencia del reino animal, vegetal y mineral, el ser humano no está determinado por otras causas anteriores sino que opta y decide debido al libre albedrío. Tal como explica el premio Nobel en física Max Planck en su ¿Hacia donde va la ciencia? : “Se trata de una degradación inconcebible que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética, fueran considerados como autómatas inanimados en las manos de una férrea ley de causalidad […] El papel que la fuerza desempeña en la naturaleza como causa de movimiento, tiene su contrapartida, en la esfera mental, en el motivo como causa de la conducta […] ¿Qué conclusión podemos deducir respecto del libre albedrío? En medio de un  mundo donde el principio de causalidad prevalece universalmente ¿qué espacio queda para la autonomía de la volición humana?  Esta es una cuestión muy importante, especialmente en la actualidad, debido a la difundida e injustificada tendencia a extender los dogmas del determinismo científico [determinismo físico en la terminología de Karl Popper] a la conducta humana, y así descargar la responsabilidad de los hombros del individuo”.

 

 

Tengamos en cuenta que la creatividad no está reservada “a los del más alto coeficiente intelectual (IQ)”, ya que como han puesto de manifiesto autores como Howard Gardner (Inteligencias múltiples) e Isaac Asimov (Thinking About Thinking), no hay posibilidad alguna de establecer un ranking universal de inteligencias (inter legum) puesto que todos somos inteligentes solo que para asuntos muy distintos. El profesor brillante en su especialidad puede ser incapaz de colocar un foco de luz o de recitar una declinación en latín, el agricultor puede desconocer la matemática, el mozo en un restaurante puede recordar cada uno de los múltiples platos que solicitan muchos comensales y relacionarlos entre sí pero es incapaz de entender el significado de la física cuántica y así sucesivamente. Como bien ha dicho Einstein “todos somos ignorantes, solo que en temas distintos”, lo cual está vinculado con las muy diversas capacidades sea en cuanto a la memoria o la inteligencia.

 

El producto de la creatividad se traduce en una inmensa satisfacción difícil de trasmitir en palabras que alimenta el intelecto de todos cuando está dirigida a lo ético, estético y, en general, a contribuciones que permiten mejorar la condición de vida de los semejantes. Es una bendición que debe ser cultivada y aprovechada.

 

Por esto es que resulta en interés de quien contrata gente supuestamente debe pensar en distintos puestos de trabajo el considerar con cuidado el clima laboral al efecto de lograr los mejores resultados. Si quien es contratado se desempeña en  ámbitos conflictivos y poco amigables naturalmente su rendimiento será deficiente.

 

Por otra parte, para desarrollar la mayor energía creativa posible es indispensable un clima de libertad lo cual significa respeto recíproco y no las imposiciones de reglamentaciones asfixiantes que pretenden el tratamiento  de  personas como si fueran autómatas del poder político de turno. Se pierde una dosis inmensa de energía si las personas deben atender con el fruto de su trabajo los desmanes del Leviatán. Hay lugares en que el contribuyente debe trabajar más de la mitad del año para satisfacer la voracidad fiscal del gobierno y eso sin contar con la enmarañada papelería y trámites engorrosos que exige el aparato estatal, además de tener que responder a preguntas insolentes impresas en formularios absurdos. En este contexto hostil naturalmente decae rápidamente la creatividad.

 

Entre lo mucho escrito sobre la creatividad, hay una obra de especial interés titulada The Courage to Create de Rollo May, en la que enfatiza la traición a uno mismo si no se expresa lo que se piensa sin subterfugio alguno. Por supuesto que esto no es incompatible con la educación: no significa que a una mujer fea se le haga notar su fealdad, May se refiere a la competencia por valores y principios. Tampoco excluye sino más bien requiere que permanentemente se revisen las propias conclusiones ya que el conocimiento es provisorio sujeto a refutaciones. May destaca el ejemplo de Alexander Solzhenitsyn “que enfrentó solo el poder de la burocracia soviética” (en este sentido es menester recordar la obra de Leonard Read titulada The Courage to Stand Alone). Rollo May no alude al coraje físico ni a la temeridad sino al coraje moral, estrechamente vinculado a la honestidad intelectual. Explica la importancia de dejar testimonio con total independencia de lo que piensa la mayoría. Rechaza lo que hoy se conoce como lo políticamente correcto donde se propone que la gente “se ajuste a la tendencia del momento” y subraya que esto es más necesario que nunca en la actualidad donde “el fascismo, el socialismo, el conformismo y el poder militar hacen que el individuo no solo se siente perdido sino que está perdido”.

 

Como ha sentenciado Cervantes “cada quien es hijo de sus obras” pero la creatividad se ahoga y queda aplastada por el espíritu autoritario; Mafalda ha dicho bien que “la vida es como un río, lástima que hayan tantos ingenieros hidráulicos”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.