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La teoría del derrame no existe

Por Iván Carrino. Publicado el 17/5/17 en:  http://www.ivancarrino.com/la-teoria-del-derrame-no-existe/

 

El domingo por la noche, el Ministro de Hacienda de la Nación,  Nicolás Dujovne, fue invitado al programa de Luis Novaresio, “Debo Decir”. Uno pensaría que, dada la importancia de la figura del ministro, éste fue quien se llevó toda la atención.

Algo de eso hubo. Sin embargo, otro de los invitados, el famoso actor Hugo Arana, terminó apropiándose de las cámaras.

En momentos en que el ministro explicaba en qué consiste el modelo económico del gobierno, Arana interrumpió y se explayó con su pensamiento acerca de lo que se ha dado en llamar “la teoría del derrame”.

A continuación, sus palabras:

La Teoría del Derrame me parece uno de los más graves insultos. Yo en mi casa le digo al nenito de la esquina que está en la calle que venga y que, cuando estoy comiendo, si se me cae alguna miga, la puede comer. Eso del derrame me parece una humillación.

Los dichos de Arana apuntan directamente a la economía de mercado, a la que suele equipararse con esta teoría del derrame que, en realidad, jamás ningún académico serio defendió ni planteó de manera ordenada.

Si duda de esto, puede hacer la prueba de ir a una librería o ingresar en MercadoLibre.com y pedir el libro “Introducción a la Teoría del Derrame”.

Le anticipo: volverá con las manos vacías.

UN ARGUMENTO BIEN EXTENDIDO

Ahora bien, podría decirse que lo que diga un actor no es representativo de lo que piensan los principales referentes de la sociedad o la academia especializada.

Este argumento, sin embargo, no es cierto. Recientemente, el mismísimo Papa Francisco se expresó en la misma línea que Hugo Arana.

En un documento divulgado en 2013, sostuvo:

Algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico.

Por último, el economista y profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires, Mario Rappoport, también critica al liberalismo utilizando el hombre de paja del derrame económico:

… plantean que así la economía tendría un crecimiento virtuoso que a la larga podría beneficiar a todos a través de la teoría del derrame. Pero en las economías periféricas (y ahora también en las centrales) el vaso nunca llega a estar lleno para que esto se produzca.

Como queda claro, la analogía que se hace entre la teoría liberal del crecimiento económico y la teoría del derrame no es solo una ocurrencia de un actor no experto en estos temas, sino algo extendido a los más conspicuos círculos de la sociedad.

MALA COMPARACIÓN

El problema con lo anterior es que la analogía es pésima.

Es que cuando se sostiene que la economía de mercado genera crecimiento económico que beneficia a todos, nadie está planteando que ese beneficio llegue en la forma de dar migajas a nadie o derramar ninguna copa. En concreto, en el mercado, la mejora económica individual no llega de la mano de la beneficencia de “los ricos”, sino de las ganancias que genera el intercambio.

Una persona demanda el “bien A” y tiene para ofrecer el “bien B”, mientras que otra que demanda el “bien B” tiene para ofrecer el “bien A”. Una vez que ambos individuos se encuentren, intercambiarán sus bienes y ambos habrán ganado utilidad. En el intercambio voluntario, todos mejoran su situación.

Este proceso, además, genera incentivos para producir. En la medida que cada individuo sabe que lo suyo es suyo, tendrá incentivos para producir bienes y servicios que luego pueda intercambiar en el mercado por otros que le sean de mayor utilidad. La existencia de dinero no cambia esta ecuación. Ofrecemos bienes o servicios, recibimos dinero a cambio, y ese dinero lo volvemos a intercambiar por otros bienes y servicios.

Todos los que participan en la economía de mercado, ofreciendo valor para llevarse valor, ganan en este proceso. No hay ningún derrame ni ganadores accidentales. Y tampoco hay explotadores. El cliente se beneficia con su compra, el empresario con su venta, el trabajador cuando recibe su sueldo, el capitalista cuando recibe los servicios laborales del empleado.

Nadie gana por derrame, sino por el intercambio.

NO HAY PODER CENTRAL

Todo este fantástico proceso de crecimiento y enriquecimiento mutuo no está digitado desde un poder central que todo lo controla, sino que es parte del orden espontáneo del mercado. Como decía Adam Smith, no es la benevolencia del carnicero lo que trae la carne a nuestra mesa, sino su propio interés. Paradójicamente, es el interés egoísta de los individuos lo que nos enriquece y nos empuja a mejorar.

Esto, claro, es inconcebible para los adoradores de la mano visible del estado. Para ellos, la única salida de la pobreza es con planes de subsidios estatales. El propio Rappoport, en el mismo artículo anteriormente citado, sostiene que durante los últimos años de intervencionismo económico en Argentina, “se intentó a través del Estado crear las condiciones para que el vaso pudiera llenarse y la distribución del agua no dependiera del derrame sino de políticas públicas”.

Lo que les cuesta aceptar los teóricos anti-derrame es que la salida de la pobreza pueda darse en ausencia de un plan deliberado del gobierno. Seguido de esto, tampoco podrán aceptar que cada vez que se intenta ir por el camino del redistribucionismo extremo, se llega a la miseria total, como demuestran los casos de Cuba, la Unión Soviética o, más recientemente, la Venezuela de Chávez y Maduro.

La teoría del derrame no existe. El crecimiento económico no descansa en que los ricos se enriquezcan y luego donen parte de lo que tienen. Por el contrario, se basa en permitir que haya libertad para intercambiar, y que en ese proceso voluntario, todos alcancen sus objetivos personales contribuyendo al bienestar social.

La mano visible del gobierno tiene un rol muy limitado que cumplir en ese proceso. Como decía Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra.”

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Teoría del Derrame y Pobreza

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 4/3/17 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2017/04/04/teoria-del-derrame-y-pobreza/

 

Para reducir la pobreza en Argentina (que ronda un 30-35%) es necesario, sostiene Ivan Petrella en una columna en el diario La Nación, adoptar posturas más complejas y completas que la “teoría del derrame” y el asistencialismo. Entiendo que por “teoría del derrame” Petrella se refiere al supuesto “neoliberalismo” de los 90 y por asistencialismo a las políticas de transferencia de ingresos del kirchnerismo.

Hacia el final de la nota Petrella comparte algunas ideas de qué sería esta tercera vía. No me queda del todo claro qué es lo que se propone en concreto para eliminar la pobreza. Salvo principios muy generales como transparencia, se habla de expandir planes sociales de diverso tipo. Esto no es una política de pobreza cero, es un conjunto de parches. Una política de pobreza cero lleva a que estos planes sean eventualmente innecesarios, no a que deban incrementar su alcance. Si la pobreza fuese cero, no habría necesidad de planes sociales.

Sin embargo, el punto que me llamó al atención fue la referencia a la “teoría del derrame” por la sencilla razón de que dicha teoría no existe. La “teoría del derrame” es un término, diría peyorativo, de sectores de izquierda y críticos de políticas ortodoxas o de economía de mercado [si tienen dudas de lo peyorativo y político del término, hagan una búsqueda de imágenes de “trickle down economics” en Google o Bing.] Lo que se hace es transmitir la idea de que el mercado libre (la mano invisible de Adam Smith) es un sistema amoral o salvaje que no tiene preocupación por los sectores más necesitados de una sociedad. A los pobres les llegarán las migajas o lo que se derrame de los ricos en la cima de la pirámide económico-social. Que los liberales clásicos defiendan una economía libre por ser, a su juicio, un eficiente sistema económico para reducir la pobreza parece ser un detalle sin importancia para el léxico de la “teoría del derrame.” Ciertamente es más sencillo criticar a un Milton Friedman o un Friedrich Hayek diciendo que defienden el “derrame económico” en lugar de lidiar con sus teorías. Hablar de la “teoría del derrame” no cuestiona la teoría económica, cuestiona la moralidad de quienes defienden una economía libre.

El problema es que no existe una teoría sobre la dinámica del “derrame.” Ciertamente existen menciones a este efecto, pero no teorías. Quizás salvo alguna excepción que desconozco, no hay economistas que se autodenominen defensores de al teoría del derrame. ¿A quien se critica entonces? Es decir, hay críticos que dicen que otros defienden la teoría del derrame, pero resulta ser que esos otros no dicen sostener dicha teoría. El motivo es que los economistas no ven el flujo y distribución de la riqueza como “derrames”, sino como el resultado de transacciones que se dan en un marco institucional y con ciertas políticas económicas presentes (o ausentes.) Hablar de la teoría del derrame es, justamente, pasar por alto el punto central y transformarlo en una postura inexistente.

El “efecto derrame” suele asociarse a la economía neoliberal. Sin embargo, tampoco existe tal cosa como una teoría neoliberal. Estos son, en definitiva, términos políticos que simplifican y desvirtúan posiciones más complejas que las que los críticos suelen estar dispuestos a admitir.

Supongamos, no obstante, que por “teoría del derrame” nos referimos a una economía libre al estilo clásico: laissez-faire. Si ese es el caso, los datos son claros. Las economías más libres poseen niveles de pobreza significativamente menores y la distribución del ingreso (medido como porcentaje del ingreso del bottom-10) no depende de la libertad económica. Si nos guiásemos por teorías reales y datos, en lugar de teorías inexistentes y sesgos muestrales, veríamos que el camino para reducir la pobreza no es difícil de descubrir, la dificultad se encuentra más en la voluntad de ir hacia una economía libre. Lo que me llamó la atención de esta nota es el meta-mensaje en oposición a una economía de mercado vía asociación implícita de la “teoría del derrame” con la idea de un mercado libre. Este post me hizo acordar a la hipotética pregunta que hace unos días hacía al Pro/Cambiemos.

Desconozco qué es la “teoría del derrame”, pero debajo hay datos que surgen de observar la totalidad de los países, en lugar de una pequeña muestra que puede sesgar los resultados y confirmar nuestros sesgos teóricos/ideológicos.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

¿Hay que preocuparse por el déficit comercial?

Por Iván Carrino. Publicado el 26/2/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1987744-hay-que-preocuparse-por-el-deficit-comercial

 

-Donald Trump está preocupado por el déficit comercialcon México. ¿Tiene razón?

-El déficit de Estados Unidos con México en 2016 fue de casi US$ 60.000 millones y para el presidente norteamericano esto demuestra que el acuerdo de libre comercio entre los dos países “benefició a un solo lado”. Sin embargo, Trump se equivoca y, en este tema, su pensamiento atrasa 241 años. Es que en 1776, Adam Smith publicó La riqueza de las Naciones, donde rechazó los argumentos de los mercantilistas, que buscaban tener una balanza comercial positiva. Para Smith, este argumento era “sofista”, porque suponía que “aumentar la cantidad de metales preciosos requería más la atención del gobierno que preservar o aumentar la cantidad de cualquier otra mercancía útil que la libertad de comercio, sin tal atención, nunca no suministra en la cantidad adecuada”. Según el pensador escocés, el dólar es un bien más de la economía y es la oferta y la demanda del mercado la que determina su cantidad.

-¿No hay que preocuparse por el saldo de la balanza comercial?

-No realmente. Cuando un país tiene déficit comercial y “pierde dólares”, eso muestra que los ciudadanos en ese país tienen más dólares de los que demandan y que, por ello, deciden canjearlos por bienes y servicios en el mercado internacional. Concentrarse en el dinero que queda en México o en Estados Unidos es mirar un solo lado de la transacción. Del otro lado hay bienes y servicios y el comercio genera beneficios para ambas partes. En nuestros hogares, todos los años tenemos un déficit comercial con el supermercado. Le damos más dinero del que él nos da a nosotros. Sin embargo, a cambio de nuestro dinero recibimos los bienes que deseamos para vivir.

-¿Cómo está la Argentina con este tema?

-La Argentina tuvo un superávit comercial en 2016, pero con datos mixtos. Por el lado negativo, nuestras importaciones cayeron cerca de 7% anual, reflejando la recesión. Por el lado positivo, nuestras exportaciones avanzaron por primera vez en 5 años gracias al fin del cepo y las retenciones. Lo que verdaderamente importa para analizar una economía, en realidad, es el valor total del comercio. Es decir, la suma de las importaciones y exportaciones. En ese rubro, EE.UU. es el campeón mundial, ya que exporta e importa bienes y servicios por un valor total de US$ 5 billones. Le siguen China, Alemania, Inglaterra, Japón, Francia, Holanda, Hong Kong e Italia. O sea -salvo China- nada menos que las economías más desarrolladas y prósperas del mundo. Es una muestra más de que el comercio genera riqueza y que nosotros tenemos mucho camino por recorrer en este sentido.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Argentina: ¿la envidia de Donald Trump?

Por Iván Carrino. Publicado el 14/2/17 en: https://es.panampost.com/ivan-carrino/2017/02/14/argentina-envidia-donald-trump/

 

(La Nación) Argentina
El oro, la plata, o el dólar, no son más que bienes cuya cantidad estará siempre definida por la oferta y la demanda. (La Nación)

 

A menos de un mes de asumir como presidente de Estados Unidos, Donald Trump apunta a ser el más polémico de la historia.

Una de sus mayores preocupaciones es el déficit comercial que su país tiene con el mundo y en particular con México y China.

El déficit con México fue de casi USD $60.000 millones en 2016 y para el presidente norteamericano esto demuestra que el acuerdo de libre comercio entre los dos países “benefició a un solo lado”.

Si lo que dice Trump fuera cierto, Argentina debería estar festejando: según el INDEC, la balanza comercial en 2016 arrojó un superávit de USD $2.128 millones.

Sin embargo, el presidente de los Estados Unidos se equivoca y, en este tema, su pensamiento tiene 241 años de retraso.

¿Por qué? Porque está 100 % en línea con lo que planteaban los tempranos mercantilistas antes de que Adam Smith publicara La Riqueza de las Naciones, en 1776, y sepultara su teoría.

Previo a dicha fecha, se creía que la riqueza de los países radicaba en la acumulación de oro y plata. Para lograr este objetivo, los gobiernos manipulaban el comercio internacional, restringiendo las importaciones para que la balanza comercial fuera positiva.

Fue Adam Smith quien primero expuso las falacias de este argumento:

“[Los argumentos mercantilistas] eran sofistas al suponer que preservar o aumentar la cantidad de metales preciosos requería más la atención del gobierno que preservar o aumentar la cantidad de cualquier otra mercancía útil que la libertad de comercio, sin tal atención, nunca no suministra en la cantidad adecuada”

 

Pasando en limpio, Smith sostenía que no es sensato que el gobierno busque aumentar la cantidad de metales preciosos y no la de, por ejemplo, el vino, o cualquier otro bien de la economía. El oro, la plata, o el dólar, no son más que bienes cuya cantidad estará siempre definida por la oferta y la demanda.

Entonces, ¿qué quiere decir que un país tenga un déficit comercial y que “pierda dólares”?. En términos sencillos, que la gente en ese país tiene más dólares de los que demanda y que decide, por ello, canjearlos por bienes y servicios en el mercado internacional.

En mi casa y en la tuya, todos los años tenemos un déficit comercial con el supermercado. Le damos más dinero del que él nos da a nosotros. Sin embargo, a cambio de nuestro dinero recibimos los bienes que deseamos para vivir. Ellos ganan dinero, nosotros bienes, y el intercambio genera riqueza para ambos.

Claro que si tenemos déficit comercial con todo el mundo, o sea que gastamos (en total) más de lo que ingresamos, alguien tiene que estar prestándonos la diferencia. Pero esto refleja que nuestros acreedores nos tienen confianza, lo que está lejos de ser algo negativo.

El déficit comercial, de nuevo, no es un problema, de la misma forma que el superávit no es una virtud. Lo que verdaderamente importa, en realidad, es el valor total del comercio. Y, con cerca de USD $5 billones comerciados, Estados Unidos es el verdadero campeón mundial en este rubro.

Volviendo al caso argentino, la balanza comercial dio positiva en 2016, pero las importaciones cayeron 6,9 %, reflejando la recesión que atravesó la economía. A su vez, nuestro comercio total se redujo en 2,7 %. ¿Cuál es la buena noticia?

Para analizar bien el estado de la economía, mejor olvidarnos del resultado comercial y preocuparnos por aumentar el volumen del comercio. Más comercio es más riqueza… en Estados Unidos, en la China, y también en Argentina.

 

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

El liberal uruguayo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 14/1/17 en  en El País de Montevideo. Edición impresa.

 

Cada tanto tiempo aparecen en muy diversos lugares personas que dejan una huella profunda en las mentes de sus congéneres. Es como dice en la Biblia -Isaías (1:9)- cuando alude a “un reducto minúsculo” que será la esperanza para mantener valores y principios que las mayorías circunstanciales suelen rechazar. El coraje moral de pocas personas permite mantener viva la llama.

En el caso que ahora nos ocupa, el de una extraordinaria personalidad: Ramón Díaz, se destaca nítidamente en la historia uruguaya reciente quien acaba de morir, ha dedicado parte importante de su vida a mostrar las ventajas de la sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana). Un gran liberal que trascendió en mucho las fronteras de su país.

Fue presidente de la internacional asociación liberal Mont Pelerin Society fundada en la segunda posguerra por el premio Nobel en economía Fredrich Hayek, secundado por eminentes economistas y cientistas sociales como Milton Friedman, Ludwig von Mises, Leonard Read, Wilhelm Röpke y Frank Knight.

Personalmente lo conocí en una de las reuniones de esa asociación de la que fui miembro del Consejo Directivo. Me invitó varias veces a dictar clases en la Universidad Católica de Uruguay donde mantenía una cátedra regular de economía, período en el cual escribió su obra cumbre sobre la historia económica uruguaya que ha servido como uno de los textos más valiosos del recorrido económico del país hermano. Me honró al sugerir mi nombre para integrar la Academia Nacional de Economía del Uruguay que presidió y de la que soy miembro correspondiente.

Cuando murió mi padre se publicó un libro en su homenaje al que Ramón fue invitado a contribuir. Su emotivo trabajo se tituló “Un pionero de la libertad” en referencia al homenajeado donde lo abre afirmando que Adam Smith inició el debate sistematizado sobre la trascendencia del mercado libre a contracorriente del denominado “mercantilismo” que hoy podemos denominar populismo o simplemente estatismo que contienen todas las falacias que seguimos desafortunadamente discutiendo hoy.

Nuestro mundo sigue empecinado en gastos públicos astronómicos en el contexto de reclamos por “Estados presentes” como si no se percatara de que el Estado es el vecino que financia todo ya que ningún gobernante pone de su peculio (más bien se suele llevar recursos a sus arcas personales que pertenecen al erario público). A esto se agrega un colosal endeudamiento estatal que compromete futuras generaciones que no han participado en el proceso electoral para seleccionar al gobierno que contrajo la deuda. Como si esto fuera poco, la presión tributaria se torna insoportable en vista de la manía gubernamental de entrometerse en los más mínimos recovecos de la vida privada en lugar de concentrarse en la Justicia y la seguridad que son las áreas que generalmente no atiende. Y solo para mencionar algunos desvíos, los aparatos estatales imponen restricciones al comercio exterior como si fuera una gracia obligar a los locales a comprar más caro y de peor calidad bajo presión de pseudoempresarios que pretenden mercados cautivos a expensas de su prójimo. En otros términos, después de más de trescientos años desde Adam Smith y con argumentos muy reforzados desde entonces, resulta que retornamos al mercantilismo del siglo XVII que hoy opera bajo el rótulo del nacionalismo, el socialismo o el Estado Benefactor (esto último una contradicción en los términos puesto que la fuerza no puede hacer beneficencia).

Vivimos la era de los megalómanos que con una arrogancia superlativa imponen lo que debe hacer cada cual con su vida y el fruto de su trabajo. Miran con desconfianza la coordinación del mercado abierto y se entrometen con lo que generan escasez y desperdicio de capital lo cual se traduce en una inexorable reducción de salarios puesto que estos dependen de las tasas de capitalización. Se encaprichan por la llamada “redistribución de ingresos” situación que necesariamente significa que se contradicen las indicaciones que los consumidores llevan a cabo en el supermercado y afines. Como se ha dicho “la primera regla de la economía es que los bienes no son sobreabundantes y la primera regla de la política es desconocer la primera regla de la economía”.

Cuando fui rector de la institución de posgrado Eseade (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas) el primer profesor invitado fue Ramón Díaz, quien pronunció su conferencia inaugural sobre los daños que produjo la Cepal en América Latina al insistir en políticas estatistas especialmente en cuanto al sector externo, pero no solo respecto a la manipulación cambiaria y arancelaria sino también en cuanto a la multiplicación de empresas estatales que están siempre fuera del mercado.

Recuerdo la emoción que todos sentimos con esa presentación inicial en una casa de estudios que recién comenzaba sus maestrías. A raíz de una de las preguntas de uno de los alumnos que se interesó por conocer la diferencia entra el liberalismo político y el económico, Ramón explicó con claridad meridiana el tema. Señaló que el liberalismo es inescindible y que el así llamado “liberalismo político” alude al continente, es decir, a la libertad de expresión del pensamiento, al Estado de Derecho, a la división e independencia de los poderes y equivalentes, mientras que el “liberalismo económico” se dirige a la libertad de los mercados, a saber, que cada uno pueda usar y disponer de lo propio sin que se lesionen derechos de terceros. A continuación Ramón preguntó a la audiencia para que sirve el continente (la libertad política) si no es para proteger el contenido (las acciones diarias de la gente para disponer de su propiedad).

Despedimos al amigo que, fuera de sus dotes profesionales, fue una excelente persona. Ha sido un privilegio conocerlo y aprender de su notable versación.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Defensa nacional y bienes públicos: una interesante y útil revisión de la literatura más importante en el tema

Por Martín Krause. Publicada el 4/1/17 en: http://bazar.ufm.edu/defensa-nacional-bienes-publicos-una-interesante-util-revision-la-literatura-mas-importante-tema/

 

Jeffrey Hummel, del Independent Institute en San Francisco, publicó un artículo que fue luego traducido por la revista española Proceso Económico con el título “BIENES NACIONALES CONTRA BIENES PÚBLICOS: DEFENSA, DESARME Y FREE RIDERS”. El artículo está muy bueno, pero tal vez sea más útil para los lectores, alguna de las extensas citas que tiene, ya que brindan una excelente y breve revisión de la literatura principal sobre el tema. Aquí va:

“Los dos artículos clásicos de Paul Samuelson, «The Pure Theory of Public Expenditure», Review of Economics and Statistics, 36 (noviembre de 1954): 387-89, y «Diagrammatic Exposition of a Theory of Public Expenditure», ibid. 37 (noviembre de 1955): 50-56, son acreditados generalmente como las primeras afirmaciones formales de la moderna teoría de los bienes públicos. Ellos, al igual que todos los artículos de Samuelson que debo citar, fueron reimpresos en The Collected Scientific Papers of Paul A. Samuelson, vol. 2, Joseph E. Stiglitz, ed. (Cambridge, Massachusetts: MIT Press, 1966) o el vol. 3, Robert C. Merton, ed. (Cambridge, Massachusetts: MIT Press, 1972).

Muchos economistas, sin embargo, se habían anticipado a Samuelson. De hecho, Adam Smith, en An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (1976, reimpreso en Nueva Yori: Random House, 1937) [Traducción al castellano: La riqueza de las naciones, Alianza Editorial, Madrid, 2011], bloque 5, passim., particularmente en las páginas 653-56, 681, presenta una breve y cruda afirmación sobre la teoría de los bienes públicos, poniendo la defensa nacional como ejemplo. La más notable contribución a una ampliamente descuidada teoría de los bienes públicos entre los economistas continentales fue finalmente recogida, traducida y reimpresa por Richard A. Musgrave y Alan T. Peacock, editores, Classics in the Theory of Public Finance (Londres, MacMillan, 1958). Véase particularmente Knut Wicksell, «A New Principle of Just Taxation» (1896), pp. 72-118 y Erik Lindahl, «Just Taxation — A Positive Solution» (1919), pp. 168-76. Una presentación inglesa que predice a Samuelson era de Howard R. Bowen, en «The Interpretation of Voting in the Allocation Resources», Quaterly Journal of Economics, 58 (noviembre de 1943): 27-48, y Toward Social Economy (Nueva York: Rinehart, 1948).

Importantes desarrollos posteriores en la teoría de los bienes públicos incluyen Paul A. Samuelson «Aspects of Public Expediture Theories», Review of Economics and Statistics 4 (noviembre, 1958): 332-38; Ricard A. Musgrave, The Theory of Public Finance: A Study in Public Economy (Nueva York: McGraw-Hill, 1959); y William J. Baumol, Welfare Economics and the Theory of the State, 2ª ed. (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1965).

La presentación inicial de Samuelson se centra sólo sobre un consumo no rival. La distinción entre las dos características de los bienes públicos no fue completamente aclarada hasta John F. Head, «Public Goods and Economic Policy», Public Finance 17 (1962): 197-212, reimpreso con otros ensayos del autor sobre el mismo tema en Head, Public Goods and Public Welfare (Durham, N.C.: Duke University Press, 1974), pp. 164-83. El primer texto completo dedicado a los bienes públicos fue James M. Buchanan, The Demand and Supply of Public Goods (Chicago: Rand McNally, 1968), el cual contiene extensas referencias bibliográficas a la literatura previa. Para un resumen más reciente de los aún confusos conceptos que subyacen a los bienes públicos, véase Ducan Snidal, «Publis Goods, Property Rights, and Political Organizations», International Studies Quaterly 23, (diciembre de 1979): 532-66.

La literatura sobre bienes públicos se encuentra sobredotada. Los «bienes públicos» son también llamados «bienes colectivos» (Samuelson) y «bienes sociales» (Musgrave). «Consumo no rival» es también llamado «consumo conjunto» (Head), «indivisibilidad» (Buchanan), y «no-exhaustivos» (Brubaker). Excepto por el bastante raro «no comercializable», las variaciones para la «no exclusividad» al menos mantienen la misma raíz, y aunque como señalo a continuación, «las economías externas» o «externalidades positivas» están relacionadas, aún existen suficientes distinciones para justificar un término separado.

Harold Demsetz, «The Private Production of Public Goods», Journal of Law and Economics 13 (octubre de 1970): 293-306, hace una distinción entre los términos «bien público» (un bien o servicio que presenta un consumo no rival) y «bien colectivo» (un bien o servicio que presenta tanto un consumo no rival como la no exclusión). Quizás el punto principal en la oscura terminología de los bienes públicos es investigada en Carl S. Shoup, Public Finance (Chicago: Aldine 1969), pp. 66-74, la cual etiqueta bienes con consumo no rival como «bienes de consumo colectivo» y aquellos con no exclusión como «bienes de consumo grupal». Se puede imaginar cómo el lector novel debe pagar el precio con la única diferencia apretada entre «colectivo» y «grupal» para navegar a través de ellas. Pese a ello, el tratamiento de Shoup es ejemplar porque recuerda al único economista, que yo sepa, que no clasifica la defensa nacional como un bien público. Anticipándose en parte a mi argumento, lo pone todo junto en una categoría separada: «preservación del Estado-nación».”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Liberalismo norteamericano

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 30/12/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/liberalismo-norteamericano/

 

Los elementos antiliberales han estado siempre presentes en Estados Unidos, pero sobre todo en tiempos recientes, como apunta el economista Robert Higgs en The Independent Review.

Los datos son tan diáfanos como asombrosos. Por ejemplo, hoy los empleados públicos en EE UU superan al conjunto de los trabajadores de su sector industrial. Y la cantidad de regulaciones, controles, prohibiciones, impuestos, subsidios, etc., es la mayor de su historia.

Ante la pregunta de por qué nadie ha protestado de un modo lo suficientemente extenso como para tener relevancia política, dice Higgs: “La respuesta parece ser que el crecimiento del Estado en los últimos 50 o 100 años ha sido lo suficientemente gradual como para que la mayoría de los americanos probablemente piense que así es cómo el Estado de EE UU debiera ser y como ha sido siempre”.

La realidad es justo la contraria. Entre 1800 y 1992 el gasto público en EE UU se multiplicó por 10.000, pero el grueso del incremento se registró en los últimos 40 años.

El gasto público en dólares de 1990 era de 100 millones en 1800, de 600 millones en 1850 y de 8.300 millones en 1900. La explosión llegó en el siglo XX. En 1950 el gasto público total era de 235.100 millones de dólares, y en 1992 de 1,45 billones de dólares.

Esto no tiene que ver con el incremento de la población, porque el crecimiento del Estado superó con mucho el demográfico. Así, el gasto público per cápita pasó en esos mismos años de 15 dólares en 1800 a 4.760 en 1990. Todo esto sin incluir el gasto derivado de la pléyade de regulaciones que dificultan y encarecen la producción de bienes y servicios.

Se dirá que se trata de un gasto público que no es gasto “social”. Falso. El gasto en sanidad era de 100 millones de dólares en 1900 y subió hasta 156.000 millones en 1990. También se disparó notablemente en términos per cápita.

Otra ficción es que en los años considerados “liberales”, básicamente la década de 1980, el crecimiento del Estado se dio la vuelta y se redujo. También es falso: siguió creciendo a escala federal, estatal y local.

La deuda pública explotó: los intereses eran 1.000 millones anuales en 1900, 31.000 en 1960, y 200.000 millones de dólares en 1992.

Se dirá que el gasto benefició a los más pobres. Esto no es así en ninguna parte, y tampoco en EE UU: “más de la mitad de los reciben subsidios públicos tenían rentas por encima de la línea de la pobreza antes de recibirlos”.

Suelo decir que la última vez que el gasto público fue gratis fue con el maná. Desde entonces hay que pagarlo, y lo han pagado los ciudadanos en EE UU. Y cada vez más. En 1930, los trabajadores norteamericanos pagaban un dólar en impuestos por cada ocho que ingresaban. En 1950 pagan un dólar de cada cuatro. Y en 1992 pagaban un dólar de cada tres que ganaban. Si esto es liberalismo, que venga Adam Smith y lo vea.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Todo lo que he aprendido con la psicología económica: de Richard H. Thaler

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/12/16 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/Todo-lo-que-he-aprendido-con-la-psicologia-economica/38954

 

El Premio Nobel de Economía consagró la economía conductual en 2002, premiando a Daniel Kahneman y Vernon Smith. Colaborador del primero, Richard Thaler (East Orange, Nueva Jersey, 1945) cuenta en este libro cómo se fue abriendo camino la behavioral economics. Conviene ponderar el debate planteado por estos economistas, porque ha sido malinterpretado como si fuera un rechazo tajante a la economía convencional y a su supuesto liberalismo.

El origen de la economía conductual es la insatisfacción con el homo economicus neoclásico, porque el comportamiento de las personas reales no se ajustaba al que predecían los modelos de racionalidad y optimización. Siguiendo a pioneros como Herbert Simon, con su “racionalidad limitada”, y otros, los economistas conductuales empiezan a estudiar las reacciones aparentemente irracionales de mucha gente, que los economistas no pueden explicar. Thaler establece un irónico contraste entre los “Econs” y los “Humanos”, repasando situaciones de todo tipo, desde las finanzas, donde estos científicos se hicieron fuertes académicamente, hasta la contratación de jugadores en el mercado de fútbol americano.

Mientras desfilan interesantes y a veces chocantes análisis y experimentos sobre el efecto dotación, la contabilidad mental, la aversión a las pérdidas, y otros, Thaler consolida su argumento de fondo: entendemos mejor la conducta económica efectiva de las personas si incorporamos enfoques psicológicos, sociales y emocionales. Como dijo Amartya Sen: “El economista puro está muy cerca de ser un imbécil social, y la teoría económica ha prestado siempre demasiada atención a este zopenco racional”.

Dicho esto, Thaler y sus colegas no están en contra de los modelos, sino sólo de sus supuestos poco realistas. Por eso critica a Eugene Fama y sus “mercados eficientes”, pero admite que “la hipótesis de los mercados eficientes es lo mejor que tenemos en el campo de la economía del comportamiento” (p. 355).

Los defectos de los mercados entroncan con la cuestión del liberalismo, que este volumen aborda de manera insuficiente y confusa. Ante todo, identifica la economía neoclásica con la defensa del mercado libre, lo que está muy lejos de ser cierto, porque está claro que no son lo mismo Samuelson, Tobin o Solow que Stigler, Becker o Friedman, por mencionar sólo a algunos premios Nobel.

Este error se combina con otro igualmente grave, que es ignorar a los economistas que no son neoclásicos. Por ejemplo, asocia el value investing solo con la teoría neoclásica, con Fama y los mercados eficientes, cuando destacados inversores que siguen ese criterio, como el español Francisco García Paramés, se declaran abiertos partidarios de la Escuela Austriaca, opuesta al neoclasicismo, y que no cree en los mercados perfectos. Comete así la misma equivocación que Kahneman, cuando asegura que la fe en la racionalidad humana es fundamental para la crítica liberal al intervencionismo (cf. Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012, pág. 535).

Dice Thaler que sus críticos los acusaron de “comunistas encubiertos” (p. 426). No lo parecen. Más bien su visión es ingenua, aunque secundada en la profesión, pero no abiertamente antiliberal. Cita elogiosamente a Adam Smith; el efecto dotación gira en torno al coste de oportunidad, y pocas escuelas lo han empleado más que la Austriaca, que no cita. Elogia a Keynes por su visión de las expectativas, y hace bien, pero no respalda su defensa del gasto público en las recesiones. Tampoco respalda a Samuelson y su elegante teoría de los bienes públicos de 1954. A propósito de los juegos como el dilema del prisionero, afirma que las soluciones cooperativas son más predominantes de lo que habitualmente se piensa.

En realidad, este libro analiza poco el Estado, y no lo hace bien. No menciona a Buchanan, e incurre en la incoherencia de pedir a la vez una política inflacionista (p. 200) y reclamar que las autoridades tomen medidas “preventivas” ante las burbujas (páginas 357-8). Reconoce que los burócratas pueden padecer “sesgos y prejuicios” (p. 377), pero el libro termina aludiendo a los impuestos, y parece que el único problema que plantean es cómo consiguen las autoridades modificar la conducta de quienes aún no pagan.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Igualdad: ¿derecho individual o social?

Por Gabriel Boragina: Publicado el 20/11/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/11/igualdad-derecho-individual-o-social.html

 

“1. La igualdad en la doctrina del derecho individual. El vocablo “igualdad” puede tener diversos significados y, relacionado con el hombre variados sentidos, ya sea si se atiende a las condiciones naturales, como criatura humana, o a sus características o cualidades como integrante de una sociedad organizada. “Así -dice R. H. Tawney— puede o implicar la formulación de un hecho o comportar la expresión de un juicio ético. En el primer caso puede afirmar que los hombres son, en conjunto, muy parecidos en sus dotes naturales de carácter e inteligencia. En el otro, puede aseverar que, aunque como individuos difieren profundamente en capacidad y en carácter, en cuanto seres humanos tienen los mismos títulos para la consideración y el respeto, y que es probable que aumente el bienestar de una sociedad si ésta planea su organización de tal manera que, lo mismo si son grandes o pequeñas sus pretensiones, todos sus miembros pueden estar igualmente capacitados para sacar el mejor provecho de los que aquélla posea”.[1]

Por nuestra parte, pensamos que es indudable -a nuestro juicio- que los seres humanos no son iguales, excepto en su condición de seres humanos, lo cual no es más que una mera abstracción conceptual y no una realidad fáctica. Por otro lado, también es evidente que las personas no “tienen los mismos títulos para la consideración y el respeto” que se mencionan arriba, porque -de hecho- los hombres no se otorgan mutuamente tal identidad. Si se admite la diferencia entre los individuos, también habrá que hacerlo respecto a “la consideración y el respeto” que se atribuyan unos a otros. Quien haya recibido una mala educación -va de suyo- que no dispensará un trato mejor al que se le ha instruido durante su etapa de formación y aprendizaje, ya sea familiar, escoliar, o social en general. Por ende, no reconocerá ningún título diferente al que ha aceptado conceder en su relación con los demás. Más allá de que estamos convencidos que es precisamente la educación el vehículo indicado para inculcar el respeto al prójimo, no se nos escapa que -de hecho- no siempre, o frecuentemente más bien, se lo logra. Por lo demás, lo que puede ser estimado respetuoso por una persona puede -al mismo tiempo- implicar una falta de respeto para otra. Existen diferencias educativas, culturales y religiosas (a nivel histórico y mundial) que pueden servir de ejemplo de esto último. La Biblia y los libros de historia están repletos de casos tales. Pero –y sin ir tan lejos- hoy en día podemos observar el común trato disvalioso que, en determinadas culturas como las medio y extremo orientales, se le confieren a mujeres y niños.

“Es evidente que desde el primer punto de vista no puede afirmarse la existencia de la igualdad humana, comprobada por las experiencias realizadas en el campo de la biología y aun de la psicología, y sería ocioso entrar aquí a analizar los estudios realizados en este aspecto, o desde el punto de vista doctrinario, analizando, por ejemplo, las teorías de Helvecio y Adam Smith o de Mill y Proudhon, que no apreciaron el sentido de las cualidades heredadas, dándole mayor importancia a la variabilidad de la naturaleza del hombre (2).[2]

Afortunadamente, el autor en examen admite –y concordamos con él- la desigualdad biológica y psicológica entre los seres humanos. Pero vamos más allá, y derivamos de esta desigualdad -que podríamos llamar primaria- un segundo nivel de desigualdad, que es la que comúnmente se suele rotular con el nombre de “social”. Y así, concluimos con un razonamiento que nos parece de pura lógica: y es que, ante el reconocimiento de la desigualdad biológica y psicológica no cabe más que admitir -como una consecuencia necesaria- cualquier ulterior desigualdad social, ya que esta dependerá enteramente de las primeras, habida cuenta que la aplicación del adjetivo “social” no puede modificar la estructura morfológica de las personas, ni -obviamente tampoco- su naturaleza humana.

“La consideración de la igualdad en la naturaleza humana llevaría a estudiar al hombre natural y se caería en el interrogante formulado por Rousseau, salvando los siglos transcurridos: “Qué experiencias serían necesarias para llegar al conocimiento del hombre natural, y cuáles son los medios de hacer estas experiencias en el seno de la sociedad” (3). Y, si bien es aceptado que el individuo posee características propias y diferenciadas: sexo, edad, constitución física, cualidades intelectuales, psíquicas, etc., y nadie osó imponer-un principio igualitario en la naturaleza humana con respecto, claro está, a sus cualidades individuales— se hizo difícil imponer la otra especie de igualdad, al considerar al hombre en la sociedad, organizada, es decir, la igualdad política o la igualdad social.”[3]

Es que no se quiso admitir al respecto que la naturaleza no ha hecho nada igual, por eso tales estudios irremediablemente fallaron, y seguirán fracasando en cuanto a la indagación o búsqueda de cualquier “patrón” igualitario humano. No es el caso de la igualdad ante la ley, que no es más que una ficción convencional, absolutamente útil y necesaria, precisamente para paliar y tratar de corregir -en la medida de las posibilidades terrenales- la inherente desigualdad natural entre los hombres. Rousseau, ignorante de la esencia humana que él pretendía “descubrir”, procuraba hacerlo mediante mecanismos empíricos, como si se pudieran ensayar en un imaginario laboratorio social, y por eso se preguntaba con total desparpajo y casi inocencia “cuáles son los medios de hacer estas experiencias en el seno de la sociedad”.

Sin ninguna duda, Rousseau fue uno de los precursores de lo que se ha dado en llamar ingeniería social, y de la que se ocuparon críticamente autores de renombre, como el Premio Nobel en economía Friedrich A. von Hayek, con sus medulosos estudios sobre el constructivismo social y el orden espontáneo.

Como hemos expresado antes, resulta carente de todo sentido común tratar de imponer cualquier clase de igualdad, llámesela “política” o “social”, ya que tal pretensión desconoce la inexistencia de igualdad de ninguna especie ni índole, dado que la igualdad -como ha felizmente expresado con frecuencia el Dr. Alberto Benegas Lynch (h)- no es más que una abstracción de las matemáticas.

[1] Dr. Antonio Caetagno. Enciclopedia Jurídica OMEBA Tomo 14 letra I Grupo 02. Voz “igualdad”.

[2] Caetagno, A. Enciclopedia….Ob. cit. Voz “igualdad”.

[3] Caetagno A. Enciclopedia…ob. cit. Voz “igualdad”.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

No, Estados Unidos no se convirtió en potencia gracias al proteccionismo

Por Iván Carrino. Publicado el 1/11/16 en: http://www.ivancarrino.com/no-estados-unidos-no-se-convirtio-en-potencia-gracias-al-proteccionismo/

 

En muchos debates suele afirmarse que, gracias a frenar las importaciones, Estados Unidos desarrolló su economía. Esta teoría no tiene sustento.

El debate sobre el libre comercio lleva casi dos siglos. En 1776, Adam Smith criticó los argumentos del mercantilismo reinante y el mundo comenzó a volcarse al libre intercambio de bienes y servicios.

Pero tras 240 años de crecimiento económico y de mejora en las condiciones de vida, el libre comercio no deja de ser un tema polémico. Donald Trump es tal vez quien más ha instalado el debate a nivel mundial. El excéntrico millonario argumenta que los tratados de libre comercio que firmaron los Estados Unidos están quitándoles el empleo a los norteamericanos.

Afirmaciones como las de Trump encuentran eco en un sinnúmero de políticos a través del globo.

En Argentina, el ex candidato presidencial Sergio Massa propuso recientemente que las importaciones se suspendieran por 120 días. Más acá en el tiempo, Ricardo Alfonsín, hijo del expresidente del mismo nombre, sugirió en su cuenta de Twitter que “ningún país en el mundo se ha desarrollado industrialmente, optando por el libre comercio” y que los países desarrollados se industrializaron gracias a las restricciones a la importación.

El argumento de Alfonsín no es nuevo. De hecho, es muy común escuchar que, antes de ser la primera potencia mundial, durante la segunda mitad del siglo XIX, Estados Unidos tenía una política marcadamente proteccionista. A renglón seguido, se sostiene que gracias ello el país se desarrolló.

¿Qué hay de cierto en esta teoría? ¿Es verdad que Estados Unidos, referente de las fronteras comerciales abiertas, fue proteccionista y que creció gracias a esa política?

La respuesta es negativa.

En un trabajo titulado “El Crecimiento y las Tarifas aduaneras en la Segunda Mitad del Siglo XIX”, Douglas Irwin, profesor de la Universidad de Dartmouth, investiga qué efectos tuvieron, sobre el desarrollo de la economía norteamericana, los altos aranceles proteccionistas existentes.

El profesor afirma:

“En la segunda mitad del Siglo XIX, los Estados Unidos experimentaron un rápido crecimiento económico y emergieron como un poder industrial a nivel global. Durante este período, también mantuvieron elevadas tarifas aduaneras que dejaron fuera de las fronteras a los productos manufacturados en el exterior.”

A pesar de reconocer la correlación, Irwin advierte que eso no quiere decir que el proteccionismo haya generado crecimiento. Correlación no es lo mismo que causalidad.

Para el autor, el crecimiento económico de la segunda mitad del Siglo XIX en Estados Unidos fue originado por el aumento en la cantidad de población y la mayor acumulación de capital. No por los aranceles.

Entre 1870 y 1913, el PBI per cápita de EEUU avanzó 1,8% por año, mucho más que el 1,0% de crecimiento de la más liberal Inglaterra. Sin embargo, en Estados Unidos la población creció 2,1% por año (contra 1,2% en Inglaterra), y el stock de capital no residencial avanzó 5,5% anual, mientras que en Inglaterra sólo lo hizo al 1,7%.

La mayor abundancia de capital y de recursos humanos lucen como elementos mucho más explicativos del mayor crecimiento económico que las trabas al comercio. Estas últimas, a lo sumo, pueden beneficiar a los sectores protegidos, pero no a toda la economía.

Un segundo punto que destaca Irwin es que la acumulación de capital no fue consecuencia del proteccionismo, sino que se dio a pesar de él. Las trabas a las importaciones encarecen los productos extranjeros y, al hacer más onerosos los bienes necesarios para la producción, “pueden haber resultado muy dañinas para la acumulación de capital y el crecimiento”.

Uno podría pensar que la “sustitución de importaciones” impuesta por las trabas pudo haber generado mayor acumulación de capital por la demanda de los sectores protegidos. Sin embargo, a la luz de los datos, esta tesis también se cae. De acuerdo a un estudio citado por investigador de Dartmouth, el mayor crecimiento de la ratio capital/producto se dio en el sector no transable de la economía. Es decir, en aquellos sectores que no compiten con las importaciones, como la vivienda o el desarrollo de caminos. Además, en estos sectores fue donde más rápido creció la productividad, muy por encima de la protegida industria manufacturera.

Otra comparación importante que trae el autor es la diferencia entre los Estados Unidos “proteccionistas” de mediados del siglo XIX y los Estados Unidos más “liberales” del período 1950-1922.

Fuente: Tariffs and Growth in Late Nineteenth Century America -  Douglas Irwin

Fuente: Tariffs and Growth in Late Nineteenth Century America – Douglas Irwin

En 1950 el arancel promedio había bajado al 10% y continuó haciéndolo hasta el 5% en 1992. Durante este segundo período, el PBI per cápita creció más rápidamente que durante la era proteccionista, pero gracias fundamentalmente a la mejora en la eficiencia productiva, y no tanto al influjo de grandes cantidades de nueva población. El acceso a bienes importados más baratos del exterior puede haber sido determinante en esta mayor eficiencia.

Los defensores del proteccionismo suelen mencionar a los Estados Unidos como un ejemplo paradigmático de cómo las trabas a las importaciones pueden dar lugar a un proceso de sostenido crecimiento económico. Sin embargo, como demuestra Douglas Irwin, correlación no implica causalidad.

El crecimiento económico de Estados Unidos cuando fue proteccionista no fue mayor que el de su etapa de bajos aranceles. Además, no fue producto del proteccionismo, sino del cada vez mayor número de habitantes, de la mayor acumulación de capital y del desarrollo de sectores no vinculados a la protección arancelaria.

Los motivos por los cuales es bueno abrirse al mundo exceden la experiencia puntual de un país determinado en un momento del tiempo. Pero es bueno recordar que, ni siquiera en este caso, la tesis proteccionista tiene asidero.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.