Paréntesis al trajinar diario: testimonio de un liberal sobre Dios

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 22/5/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/05/22/parentesis-al-trajinar-diario-testimonio-de-un-liberal-sobre-dios/

La religiosidad constituye no solamente un recorrido reconfortante en línea con la naturaleza humana en su condición espiritual sino que resulta compatible con la modestia intelectual y el progreso que esa conducta hace posible

Lord Acton

Lord Acton

En la actualidad la religiosidad está en baja debido a razones atendibles, especialmente las referidas a la Iglesia Católica como consecuencia de ciertas resoluciones inaceptables y, sobre todo, a comportamientos y declaraciones absolutamente contrarias y reñidas con la naturaleza humana y a la moral más elemental, en el contexto del desconocimiento más palmario de lo que significa la dignidad del ser humano y el consecuente respeto recíproco. En este contexto, además de su extraordinario y redentor ecumenismo, Juan Pablo II ha pedido perdón por muchas de las aberraciones provocadas y sustentadas por cabezas de la Iglesia y hay sacerdotes, monjas y laicos que trabajan denodadamente en rectificar rumbos desviados.

Albert Einstein ha escrito: “Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los más mínimos detalles que podemos percibir con nuestras mentes frágiles y endebles. Mi idea de Dios se forma de la profunda emoción que proviene de la convicción respecto de la presencia del poder de una razón superior que se revela en el universo incomprensible.” También el premio Nobel en física Max Planck sostiene que “Donde quiera que miremos, tan lejos como miremos, no encontraremos en ningún sitio la menor contradicción entre religión y ciencia natural; antes al contrario, encontraremos perfecto acuerdo en los puntos decisivos. Religión y ciencia natural no se excluyen […] precisamente los máximos investigadores de todos los tiempos, Kepler, Newton, Leibniz, eran hombres penetrados de profunda religiosidad.”

A su vez, el premio Nobel en neurofisiología John Eccles apunta que se ha “esforzado en mostrar que la filosofía dualista-interaccionista conduce a la primacía de la naturaleza espiritual del hombre, lo que a su vez conduce hacia Dios”. Y en adición al enfático catolicismo del historiador liberal Lord Acton, es pertinente destacar lo estipulado respectivamente por Adam Smith, Alexis de Tocqueville, Edmund Burke y George Steiner: “El Ser Divino cuya benevolencia y sabiduría ha conducido la inmensa máquina del universo desde la eternidad”, “Yo dudo que el hombre pueda alguna vez soportar una completa independencia religiosa y una entera libertad política”, “La religión es la base de la sociedad civil y la fuente de todo el bien y de toda la prosperidad” y “Lo que afirmo es la intuición que donde la presencia de Dios no es una suposición defendible y donde su ausencia no se siente como un peso abrumador, ciertas dimensiones del pensamiento y la creatividad no resultan posibles.”

Es que como se ha señalado, la primera causa es inexorable puesto que si las causas que nos generaron pudieran retrotraerse ad infinitum no podríamos haber existido ya que nunca se hubiera iniciado la causa que permitió nuestra vida. A esta causa original le llamamos Dios, Yahvéh, Alá o lo que fuera. Este es el sentido de la respuesta cuando le preguntaron a Carl Jung si creía en Dios: “No, no creo en Dios, sé que Dios existe.”

Es de una soberbia digna de mejor causa el mirarse el ombligo y considerar que todo lo que nos rodea es fruto del diseño humano o de “la casualidad”. La condición humana exige modestia intelectual y no una absurda petulancia. Nuestro planeta gira en torno a su eje a una velocidad de mil setecientos kilómetros por hora y en torno al sol a treinta kilómetros por segundo (es decir, cien mil kilómetros por hora) y sin piloto a la vista. Si esto fuera el resultado de manipulaciones de la burocracia estatal, la consecuencia sería un esperpento colosal equivalente a cuando los megalómanos pretenden manejar vidas y haciendas ajenas.

Tal como lo han puesto de relieve científicos y filósofos desde tiempo inmemorial, el sentido de trascendencia está presente cuando nos percatamos que no somos solo kilos de protoplasma sino que tenemos psique, mente o estados de conciencia que hacen posible el revisar nuestras propias conclusiones, argumentar, la presencia de proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, la moralidad de los actos, la responsabilidad individual y la misma libertad. Si estuviéramos condicionados por los nexos causales inherentes a la materia no tendríamos libre albedrío, por ende estaríamos determinados y seríamos más bien loros con apariencias humanas.

En esta línea argumental, resulta de gran interés la lectura de tres obras recientes. En primer lugar, la del neurocirujano, profesor en Harvard y doctor en medicina Eben Alexander que lleva el título de La prueba del cielo: el viaje de un neurocirujano a la vida después de la muerte, en segundo término los dos tomos del también doctor en medicina Raymond Moody titulados Vida después de la vida y luego el trabajo de la médica psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross La muerte: un amanecer. Los tres son textos muy bien documentados que exponen situaciones en los que los pacientes revelaron disminuciones extremas en los signos vitales en estados de coma profundos y que luego se lograron reanimar a través de muy diferentes procedimientos médicos. En todos los casos relatan experiencias similares en cuanto a lo percibido en sus estados previos a su mejoría física, instancias de gran alegría y satisfacción en medio de apreciaciones operadas en otra dimensión que les ha proporcionado impactos de gran calado lo que los ha conducido a reflexiones profundas que en algunos casos no habían siquiera considerado y más bien negado posibilidades de trascendencia de esa magnitud que no es pertinente esbozar en esta nota periodística sino más bien invitar a los lectores interesados a que recurran a las fuentes.

Como es sabido, el sacerdote belga George Lamaitre en 1927 desarrolló por vez primera la hipótesis muy plausible de lo que se denomina el Big-Bang que produce todo lo contingente que nos rodea, lo cual no es óbice para entender y aceptar lo necesario y por tanto inexorablemente anterior que es la antes referida Primera Causa.

Como he escrito en alguna otra oportunidad, en mi caso soy católico por tradición familiar pero podría haber comulgado con otra religión oficial o haber sido Deísta. Asisto a misa como un canal importante para renovar pensamientos y formas al efecto de rendir culto no solo a Dios sino a todas las personas cercanas de gran bondad que ya no están entre nosotros, aunque en no pocas ocasiones debo salir del templo cuando el sacerdote sermonea sobre aspectos que estimo son abiertamente contradictorios con los postulados de esa religión.

Lo dicho es la razón por la cual todos los totalitarismos detestan la religión aunque de un tiempo a esta parte -como hemos dicho al abrir esta nota- los hay quienes pretenden pasar de contrabando el espíritu totalitario con el disfraz de la religión. En ese sentido, siempre recuerdo a mi querido amigo Eudocio Ravines luego converso pero antes Premio Lenin y Premio Mao con la misión del Kremlin de infiltrar con marxismo las iglesias en España y en Chile, en base a la idea que luego advierte con inmensa preocupación el sacerdote polaco con tres doctorados: en teología, en derecho y en sociología, Miguel Poradowski en su obra El marxismo en la teología. Ravines finalmente se dio cuenta de su error mayúsculo que primero creyó que era responsabilidad del mal manejo del comunismo por parte de dirigentes inescrupulosos hasta que cayó en cuenta que el problema grave es el sistema y no quien lo administra y publicó su célebre libro La gran estafa que dio por tierra con sus conclusiones anteriores, a partir de lo cual publicó regularmente en distintos diarios y pronunció conferencias en muy diferentes tribunas sobre las inmensas ventajas de la sociedad abierta hasta que fue asesinado en México por sicarios del régimen al que perteneció y decidió abandonar y contradecir “por tratarse de un camino no solo a todas luces inmoral sino que conduce a la miseria más escandalosa siempre que se lo aplica.”

El orden natural afortunadamente no es consecuencia de lo estipulado por la mente humana y los consecuentes derechos son el resultado de considerar las características inherentes a la persona como anteriores y superiores a todo artificio pergeñado por el hombre. La sociedad libre no hace más que respetar el orden preexistente. El conocimiento constituye un peregrinaje para descubrir verdades para lo cual se requieren debates abiertos al efecto de poder captar algo de tierra fértil en el inmenso mar de ignorancia en que nos desenvolvemos. En este esfuerzo se logran corroboraciones provisorias siempre atentas a posibles refutaciones en el contexto de un proceso evolutivo que no tiene término.

De más está decir, el liberalismo no implica adherir a ninguna religión, son dos planos sustancialmente distintos. En este texto aludo a mi posición personal y a la de autores de envergadura que comparten la religiosidad y la visión liberal y la de otros científicos también religiosos. En cualquier caso, desde esta perspectiva la religiosidad -la religatio- constituye no solamente un recorrido reconfortante en línea con la naturaleza humana en su condición espiritual sino que resulta compatible con la modestia intelectual y el progreso que esa conducta hace posible.

Cierro esta nota con pensamientos muy fértiles de Lecomte du Noüy -doctor en ciencias, doctor en filosofía y fue Director de la Escuela de Estudios Superiores de la Facultad de Ciencias de la Sorbona- al enseñar en El porvenir del espíritu que “Toda doctrina que tienda a restringir el libre desarrollo del individuo espiritual, toda doctrina que pretenda influir sobre el libre albedrío en el interés de un grupo, cualquiera que sea su importancia, se opone al curso de la evolución y es antinatural […] los males generales producidos por el desprecio del derecho de propiedad […] el grado superior de libertad que caracteriza al hombre y lo hace dueño de su destino espiritual […] El espíritu religioso está en nosotros y ha precedido a las religiones oficiales […] El ritual no es sino un pretexto para permitir al hombre que desarrolle en sí esa facultad universal”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Bernard Mandeville, un personaje para el momento actual

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 5/7/22 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/bernard-mandeville-un-personaje-para-el-momento-actual-nid05072022/

Cuando en el llamado mundo libre la arremetida de los planificadores y alquimistas sociales hace peligrar la existencia de la libertad, resulta de interés repasar y releer el mensaje central del notable pensador

Nada menos que Samuel Johnson –sin duda una de las figuras más destacadas de la literatura inglesa del siglo XVIII– ha dicho que Mandeville le “abrió la mirada frente a la realidad de la vida” y, por su parte, James Boswell en Life of Samuel Johnson apunta que Mandeville ha influido decisivamente en buena parte de la concepción filosófica del tan ponderado doctor Johnson.

Pensadores de la talla de Adam Smith, David Hume, James Mill, Emanuel Kant, Jeremy Bentham, Voltaire, Montesquieu y estudiosos como Benjamin Franklin han citado frecuentemente a Mandeville para discutir o para coincidir con sus razonamientos y conclusiones. Condillac y Herder se basaron en Mandeville para la realización de buena parte de sus trabajos sobre el origen y el proceso evolutivo por el que se forma el lenguaje, que como es sabido no procede de la ingeniería social ni el diseño, sino del orden espontáneo. En esta línea argumental, Borges sostenía que el inglés cuenta con un mayor número de palabras porque no lo pretende regir una academia de la lengua.

Alexander Pope reconoce en los escritos de Mandeville un gran valor literario. Resulta muy curioso que con estos reconocimientos sobre la influencia mandevilliana en el pensamiento de la época contemporáneamente aquel autor pase prácticamente desapercibido. Salvo el formidable trabajo de tesis doctoral presentado por Forrest B. Kates en 1917 en la Universidad de Yale, que más tarde inspirara a Friedrich Hayek para su notable presentación ante la Academia Británica en marzo de 1966 y con anterioridad la disertación doctoral de Chiaki Nishiyama en la Universidad de Chicago en 1960, salvo estos estudios, como queda dicho, Mandeville pasa sin que se destaquen sus contribuciones, aun en los círculos intelectuales considerados de mayor prestigio.

Bernard Mandeville nació en Holanda en 1670 y murió en Inglaterra en 1733, lugar este último donde transcurrió prácticamente toda su existencia. Se graduó en medicina –provenía de una familia de médicos célebres–, pero su interés lo volcó por entero a la filosofía, sobre lo que publicó una docena de trabajos de envergadura, pero su tono incisivo, mordaz y por momentos peyorativo condujo a algunos malentendidos. Aunque fueron muchos los intelectuales de peso que reconocieron su originalidad y maestría, otros lo rechazaron por considerar que su lenguaje resultaba insolente y no adecuado para la época. En su afán de ridiculizar al oponente en no pocas ocasiones dificultaba la comprensión del argumento, que incluso a veces resultaba desfigurado.

Veamos a título de ejemplo una de sus obras titulada La fábula de las abejas o cómo los vicios privados hacen a la prosperidad pública. Es que Mandeville usa la expresión “vicio” en su equivocada acepción vulgar para aludir a los seres humanos persiguiendo su interés personal. Con este razonamiento el autor de marras pretendía señalar con acierto que todos actuamos en nuestro interés personal. Es en realidad una verdad de Perogrullo, puesto que el acto se lleva a cabo precisamente porque está en interés del sujeto actuante, sea la acción ruin o abnegada. Tanto el asaltante de bancos que apunta a que le salga bien el atraco como la Madre Teresa, en cuyo interés personal está el cuidado de sus leprosos, en ambos casos proceden por el referido móvil.

El eje central de la cooperación social en un sistema abierto se sustenta en que todos para progresar deben atender las necesidades de su prójimo. Se trata de demandas cruzadas en los intercambios, por eso es que suelen agradecerse recíprocamente en un comercio luego de la transacción. Lo que le preocupaba a Mandeville y mucho más nos preocupa a esta generación es la incomprensión manifiesta de lo dicho, e irrumpe el “ogro filantrópico” al decir de Octavio Paz, un esperpento que en nombre del aparato estatal aplasta derechos y libertades de los gobernados a través de controles absurdos, pesadas cargas fiscales, inflaciones galopantes, sindicatos que abdican de sus funciones y en su lugar perjudican a sus supuestos representados, sistemas de inseguridad antisocial, cerrazón al comercio con el mundo. Todo conducido por megalómanos disfrazados de hadas madrinas que todo lo destruyen a su paso degradando el concepto de solidaridad, ya que se inspiran en la expropiación del fruto del trabajo ajeno.

Esta lección de Mandeville luego fue retomada también por uno de los más destacados exponentes de la Escuela Escocesa, a saber Adam Ferguson, que en 1767 subrayaba que los beneficios del interés personal cruzado en una sociedad libre son “el resultado de las acciones humanas mas no producto del diseño humano” al efecto de alejar de los burócratas “la arrogancia fatal”, tal como denominaba Hayek al ímpetu de los estatistas de siempre. En momentos en que en el llamado mundo libre la arremetida de los planificadores y alquimistas sociales hace peligrar la existencia de la misma libertad, resulta de interés repasar y releer el mensaje central de Mandeville, especialmente cuando se observa una malsana tendencia a abandonar los preceptos de la democracia para convertirla en cleptocracia, lo cual en lugar de preservar intacto el respeto a los derechos de las personas, tal como recomiendan los Giovanni Sartori de nuestro tiempo, en muchos lugares se opta por gobiernos de ladrones de sueños de vida, propiedades y libertades. Se deja de lado la columna vertebral de la democracia para sustituirla por el mero recuento de votos, con lo que se podría concluir que Hitler era demócrata porque asumió con la primera minoría en un proceso electoral, o el sistema implantado por el dictador venezolano que habla con los pajaritos.

Tal como se ha consignado respecto de Mandeville, el estilo burlón y satírico aplicado a ciertos temas no siempre es conducente, procedimiento a que recurre este pensador en su desesperación para que se comprendan puntos centrales de la convivencia civilizada. Mandeville es el principal responsable de haber refutado lo que se conoce como “darwinismo social”. Darwin mostró que en el reino de la biología las especies más aptas eliminan a las menos competentes, mientras que Mandeville explicó con lujo de detalles que en materia social la libertad hace que los más eficientes, los más fuertes, como una consecuencia no necesariamente buscada, inexorablemente transmitan su fortaleza a los más débiles por las inversiones que son la única causa de salarios e ingresos en términos reales.

Otro punto sobresaliente en los trabajos del autor que estamos comentando es el referido a lo que en términos modernos de la teoría de los juegos se denomina la suma cero. Esto es el pensar que en las relaciones interindividuales no hay ganancias de las dos partes en una transacción, como si se beneficiara solo la que recibe dinero, sin percatarse de que en las contrataciones libres las partes involucradas ganan. La riqueza no trata de un pastel estático que se divide en partes, sino de un proceso dinámico de crecimiento que no se refiere a cantidad material, sino a valores incrementados. Recordemos aquello de “todo se transforma, nada se consume” en el universo. Los teléfonos antiguos tenían mucha más materia que los modernos, sin embargo estos últimos prestan infinitamente mayor cantidad de servicios, por ende proporcionan mayor valor. En resumen, Mandeville es para nuestra época.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

VALORES, CATOLICISMO Y DESARROLLO ECONÓMICO (Completo).

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/5/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/05/valores-catolicismo-y-desarrollo_38.html

UNO

Entre los libros más importantes de Mariano Grondona, se encuentra Las condiciones culturales del desarrollo económico[1]. En ese libro, el autor centra su atención en una pregunta a veces desatendida por planteos demasiado institucionalistas o casi constructivistas[2]: ¿cuáles son los valores morales que favorecen el desarrollo? De ninguna manera se ignora en esa pregunta el valor de instituciones como la Democracia Constitucional y la economía de mercado. La cuestión es hasta qué punto puede sostenerse una reforma liberal a largo plazo sin una profunda transformación cultural. El lamentable caso de Chile parece ser una dura lección en ese sentido.

Sin embargo, el libro parece sugerir, muy indirectamente, la famosa dicotomía de Weber sobre las sociedades protestantes, cuyo sentido del trabajo es favorable al desarrollo, versus las culturas católicas, que serían el caso contrario[3].

Para la relación entre Catolicismo y economía de mercado, el tema es fundamental. Mucho se puede hacer para sostener la no contradicción entre filosofía cristiana y Escuela Austríaca de Economía, o la no contradicción entre la Economía de Mercado y la Doctrina Social de la Iglesia. Pero esa “no contradicción” se queda corta en tanto al tema de los valores culturales. Sí, se puede demostrar, por ejemplo, que el mercado, in abstracto, favorece al bien común, o que la propiedad privada es compatible con la propiedad como precepto secundario se la ley natural, etc. Pero si el Catolicismo como tal favoreciera horizontes culturales hostiles al comercio (“comercio, mercado, si, PERO….”) entonces el problema sería grave.

En estas entregas (esta es la primera) intentaremos conciliar los valores compatibles con el desarrollo con la visión del mundo católica.

Ante todo, ¿cuáles son esos valores que enumera Mariano Grondona?

El primero es la confianza en el individuo. No la ilusión de que la persona ilustrada, como quería Kant[4], es la base del desarrollo, pero sí la confianza en que los hábitos de trabajo de cada persona en particular con básicos para el mercado. Esa confianza es la que implica confiar en sociedades intermedias, fruto de la libre asociación, que puedan dar realidad al principio de subsidiariedad.

El segundo es la moral media. El mercado libre responde a incentivos, entre ellos, la seguridad contractual y la previsibilidad a largo plazo. Para ello, la moral promedio de las personas no tiene por qué ser heroica. Es la moral media de quienes no son ángeles ni demonios, ese individuo empático del cual hablaba Adam Smith[5] pero, a la vez, era también el supuesto de Santo Tomás cuando afirmaba que “la ley humana se promulga para una multitud de hombres, la mayor parte de los cuales no son perfectos en la virtud”[6]. Ello no implica, claro está, negar el llamado universal a la santidad, sino simplemente recordar que la santidad no es condición necesaria para el funcionamiento del libre mercado.

El tercer valor es la conciencia de que la riqueza debe crearse. Sí, el destino universal de los bienes supone que Dios ha creado a la naturaleza física para todos, pero ello no implica que los bienes están dados directamente por la mano de Dios. No, son escasos, y por ende deben ser producidos. El mercado es precisamente el mejor sistema para cumplir con el destino universal de los bienes, porque brinda incentivos suficientes para su producción.

El cuarto es que la competencia es un proceso de cooperación. Mercado y cooperación social son casi lo mismo[7]. Lo contrario de la cooperación entre los seres humanos no es el mercado, sino la guerra. “Guerra comercial”, por ende, es una contradicción en términos. Competir los unos con los otros en cuando a nuestras habilidades es un deber moral. Para cada tarea debe seleccionarse al más idóneo. Ello es necesario para el bien común.

El quinto es el valor de la justicia para la producción. La justicia no es sólo distributiva. Hay también una ética de la producción y una justicia básica en el acto de producir. Por eso la propiedad, el contrato, la libre competencia, son justas. Y muy justas. La distribución implica repartir un presupuesto fijo. Para ello tiene que haber justicia distributiva, sea el presupuesto de una familia, de un club, de una universidad o el que fije el congreso para el gasto público. Pero nada de ello existiría sin la justicia de la producción.

El sexto es el valor moral de la utilidad. La dicotomía entre el deontologismo y el consecuencialismo no favorece al desarrollo, porque se pierde el valor moral de lo que es útil al proceso productivo. En Santo Tomás la propiedad era un precepto secundario precisamente porque era útil. Temas como la libertad de precios o salarios tienen que ver con su utilidad. Si negamos de ello el valor moral, la moral sería monopolio de todo lo que NO es el mercado.

Séptimo, hay usos y costumbres que son esenciales para el desarrollo. La, prolijidad, el amor al trabajo bien hecho, la puntualidad, la cortesía, el respeto a los contratos y a las promesas, el orden, la limpieza, son todos valores que favorecen las relaciones rectas y de confianza mutua entre oferentes y demandantes, donde entre mercado y valores hay por ende un círculo virtuoso.

Octavo, el valor del tiempo futuro. El ahorro, la previsibilidad, como contrarios al derroche y a la ostentación del gasto, son, contrariamente a lo que se piensa habitualmente, valores de mercado. El consumismo no favorece al libre mercado. La frugalidad, el ahorro, en cambio, son valores capitalistas.

Noveno, la felicidad es compatible con la racionalidad. Esta es una herencia de Aristóteles. La felicidad no consiste en el placer irracional ni en el cumplimiento sacrificado y triste del deber. Es cumplir con lo debido porque lo debido surge de nuestro proyecto personal, de la empresa de ser nosotros mismos. Las empresas salen adelante cuando llevan adelante la marca personal, la vocación. Racionalidad y virtud van en ese sentido de la mano.

Décimo, la autoridad no radica en una persona. La autoridad no es le gran líder, ni Pedro, ni Pablo, ni Juan. La autoridad es la ley, en tanto Estado de Derecho. El que está habituado al mercado no obedece a una persona, obedece a la ley, que es lo que garantiza el funcionamiento del mercado.

Once, el mundo es el propio mundo. La virtud no es salvar al mundo mientras no sé ni cómo limpiar mi habitación. La virtud es no creerse Dios y ocuparse, cada uno, de su empresa, de su trabajo, de su profesión, de cada parte del bien común. El mundo sería mejor si cada uno se dedicara a cuidar su jardín, decía Adam Smith, con profunda sabiduría. Los salvadores del mundo son los que lo arruinan.

Pero todo eso, ¿es compatible con las culturas católicas? ¿Es compatible con el valor del trabajo existente en culturas anglosajonas? ¿Cómo entra en todo esto el problema de Max Weber?

Seguiremos con todo ello en la segunda entrega.


[1] Ariel-Planeta, Buenos Aires, 1999.

[2] El constructivismo criticado por Hayek es la suposición de que se pueden construir las sociedades como si fueran máquinas, más allá de las tradiciones existentes.

[3] Nos referimos a la famosa tesis de Weber en El espíritu protestante y el origen del capitalismo (1904), FCE, 2003.

[4] Nos referimos a su famoso opúsculo Qué es la Ilustración.

[5] En su famosa obra La teoría de los sentimientos morales.

[6] I-II, Q. 96, a. 2.

[7] Es la tesis central de la filosofía social de Mises, desarrollada especialmente en Liberalismo y en el cap. VII de La Acción Humana

DOS

Todas las virtudes referidas anteriormente se resumen en una: laboriosidad.

Mariano Grondona ejemplifica esto diciendo que las sociedades anglosajonas son matutinas: lo importante es lo que hagas de 9 a 17. Lo demás….

Las culturas latinas, en cambio, serían vespertinas. Para ellas lo importante comienza después del trabajo: la familia, los amigos, el asado. El trabajo, en cambio…. Tiene una connotación trágica: el “laburo” es una pesada carga enviada como castigo de los dioses.

Por supuesto, hay más detalles. Pero como símbolo de un horizonte, me parece apropiado. Es un símbolo, no es una descripción, y menos aún una estadística.

¿Tiene entonces razón Max Weber? ¿Heredan las culturas anglosajonas un mandato calvinista del trabajo, donde el beneficio más la austeridad son signos de la salvación?

Eso es harto discutible, pero creo que es verdad en este sentido: para la cultura judeo-cristiana (sean judíos, protestantes o católicos) el trabajo es un cuasi-sacramental[1]. O sea, tiene algo de sagrado. No es un sacramento, pero, dependiendo de las disposiciones subjetivas de quien lo ejerza, santifica. El Génesis es claro: Dios nos pone en este mundo “para trabajar”.

Que ello haya sido olvidado durante mucho tiempo por una inapropiada separación entre trabajo manual e intelectual, o que se haya infiltrado en algunos católicos ciertas costumbres donde los llamados nobles no trabajan, pero los comerciantes sí; que se haya infiltrado en ciertos cristianos un injusto desprecio por el comercio y la sociedad contractual, no es objeción a que en todo el Antiguo y Nuevo Testamento, el trabajo sea un sacramental. Tal vez haya sido tarde, pero el Vaticano II dijo claramente que todos los laicos están llamados a la santificación por medio de su trabajo y a consagrar al mundo por medio de su trabajo, y Juan Pablo II, en la primera parte de la Sollicitudo rei socialis[2], explica nuevamente el sentido del Génesis como cooperación del hombre con la obra creadora de Dios, como co-creador, de lo cual mucho se podría desarrollar para la economía como conocimiento esencialmente creador de riqueza.

Por lo tanto, no es cuestión de contraponer un protestantismo obsesivo por el trabajo versus un catolicismo fiestero: el llamado a santificarse por el propio trabajo es un llamado esencial para el cristiano, que tiene detrás el llamado a desarrollar la vocación, el ser uno mismo: el trabajo de ser uno mismo, el estar llamado a emprender los talentos de la propia vocación.

Para el cristiano, por ende, sea judío, católico o protestante, la vocación por el trabajo bien hecho es tan esencial que incluso está trabajando siempre, porque está creando siempre, desarrollando su vocación. Las consecuencias económicas de ello son, obviamente, enormes.

Un protestante que trabaja porque es calvinista o un católico que trabaja como algo en sí mismo trágico tienen mal enfocado su cristianismo. El primero, si no es calvinista, ¿dejará de trabajar? Y el segundo, cuando descubra que no hay ninguna tragedia, aunque sí escasez y fortaleza, en trabajar, ¿se sentirá no católico?

La clave de la cuestión es que la santificación por el trabajo y la consagración del mundo en el trabajo se desprenden esencialmente de la fe cristiana.

A partir de aquí, el cristiano es en sí mismo una encarnación de los valores para el desarrollo económico.

Trabaja porque para eso, para ser co-creador, lo ha creado Dios. Después del pecado original, es con el sudor de la frente, pero la cuasi-sacralidad del trabajo se mantiene igual.

Por eso confía en sus fuerzas, en la de su familia y en la de las asociaciones libres.

Por eso se santifica por el trabajo e intercambia y contrata con todas las personas, sean santas o no.

Por eso no espera recibir todo del cielo: lo que recibe del cielo es la Gracia de Dios. Pero la riqueza de este mundo hay que producirla, co-crearla.

Por eso coopera con todos por medio del contrato, no sólo por medio de la caridad.

Por eso es justo en la producción de riqueza: no roba, no hace fraude, no miente, es confiable, llega a tiempo, no hace perder tiempo, es diligente, es bueno en su oficio.

Por eso, también, ahorra, es previsor, hace planes a futuro, porque la co-creación se expande en el tiempo.

Y es feliz así. Su felicidad no es está en no hacer nada ni tampoco en no buscar ni contemplar la vedad. Es Marta y María al mismo tiempo.

Por todo ello no depende ni de premios ni de castigos, ni de ninguna persona en particular. Cumple con la ley y la supera.

Y por ello no es el salvador del mundo, es el custodio de su jardín, no se cree Dios.

Me van a decir: no es eso lo que piensan en general los católicos y menos aún los sacerdotes, obispos y pontífices.

Eso lo dejamos para nuestra tercera entrega.


[1] Desarrollamos más in extenso este punto en el art. “La laboriosidad como virtud esencialmente Judeo-Cristiana”, (2018) Fe y Libertad, Vol. 1 Nro. 1.

[2] 1987; ver https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html

TRES

Pero todo esto que venimos explicando son, al menos en Latinoamérica, ideas, no creencias, al decir de Ortega. Esto es, son cuestiones académicas, o propuestas novedosas y extrañas, como esta misma entrada, pero no son carne cultural, no son creencias generalizadas que conformen el sentir de una gran cantidad de personas, no son un horizonte, al decir de Gadamer.

Y cómo pasar de las ideas a las creencias es la gran pregunta.

Algunas naciones cambiaron largas tradiciones de autoritarismo luego de una gran guerra. Alemania, Italia, Japón, son ejemplos trágicos del paso del autoritarismo a la democracia y la economía de mercado casi por la fuerza, por una terremoto bélico e institucional que obligó a muchos a aceptar algo que no estaba en su corazón ni en sus expectativas. Cuánta duración puede tener ello es también otra pregunta inquietante.

El Judeo-Cristianismo, en cambio, se hizo cultura, y no por una guerra. Cómo cambió el corazón de millones de habitantes del oriente medio, de Grecia, de Roma, por seguir a Cristo, no por hacer un curso, fue realmente un milagro. Pero sucedió. Occidente nace de Grecia, Roma y el Judeo-Cristianismo porque este último se hace carne, se hace cultura, se convierte en creencias (Ortega), horizonte (Gadamer), tradiciones (Hayek), mundo de la vida (Husserl).

¿Pero cómo puede suceder ello en Latinoamérica?

Desde fines de los 50 y firmemente desde los 60, las diversas expresiones de la teología de la liberación, de origen marxista, capturan la mente del Episcopado Latinoamericano. Sus sucesivas declaraciones (Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida) absorben totalmente la condena en nombre de Cristo al mercado; manejan categorías marxistas de pueblo, explotación, exclusión, etc., y desde allí miran e interpretan Latinoamérica, todo en diversos grados, claro. Esa perspectiva ha ido cambiando a lo largo de los años, pero su núcleo marxista se ha mantenido. Por un lado, condenan al mercado, y por el otro hacen silencio sobre el marco institucional llamado democracia constitucional, marco sobre el cual, paradójicamente desde la misma época, comienzan a hablar y a acompañar Pío XII, Juan XIII y el Vaticano II. Contra ese silencio se levantó, en 1984, la voz premonitoria del P. Rafael Braun[1].

La mayor parte de los obispos latinoamericanos veían como extraña, como “anglosajona”, y muy ligada al capitalismo explotador, a la institucionalidad democrática. La veían como formas extranjeras extrañas al espíritu de un pueblo latinoamericano “católico”, del cual debían surgir, de abajo hacia arriba, las condiciones de una civilización del amor, cristiana, ligada con la vida comunitaria, con las costumbres locales, con el reparto solidario de los bienes; en última instancia, un “pueblo católico” latino versus una democracia constitucional de origen protestante y anglosajón.

Es como si hubieran escrito todo ello para darle la razón a Max Weber.

Sí, es verdad que algunos hablaban y hablan de la “cultura del trabajo”, pero es el trabajo del obrero, no del empresario capitalista, culpable de explotación excepto se demuestre lo contrario, como algún empresario en proceso de canonización, que “a pesar de” ser empresario, “fue bueno, fue cristiano”.

No se concibe la laboriosidad como la del empresario creador, no se concibe a la empresarialidad como un espíritu a ser expandido culturalmente a toda persona, porque la empresarialidad son ideas, no recursos; no se concibe que la riqueza nace de una idea, no se entiende que los recursos NO están dados, y se cree que la escasez se debe a unos pocos infames que han acaparado los recursos y no los han “compartido”.

Esas creencias, repetidas hasta el hartazgo desde púlpitos y declaraciones, no hacen más que sumergir más aún al pueblo latinoamericano en su pobreza; esas creencias, proclamadas como los más altos dogmas, no hacen más que confirmar la miseria y las condiciones indignas de vida de la mayor parte de los latinoamericanos. Justamente lo que creen evitar los abanderados del supuesto pueblo católico versus la explotación capitalista.

Porque no sólo es falso que el libre mercado sea explotador, sino que es contrario a la libertad religiosa hacer de un “pueblo católico” la base de una nación: la base está en la convivencia bajo la diversidad que está garantizada por la libertad religiosa que, se supone, es un emergente del Catolicismo. Impresionante cómo teólogos del pueblo de izquierda y tradicionalistas de derecha coinciden en su odio contra la libertad religiosa y la democracia “liberal” (el pecado), esa democracia liberal que los pecadores Pío XIII, Juan XXIII y Juan Pablo II supieron rescatar y acompañar, con notas a pie de León XIII, y con la corroboración conceptual, hasta ahora insuperable, de Benedicto XVI.

Por lo tanto, el único cambio en paz que Latinoamérica tiene hacia el desarrollo, es que los obispos latinoamericanos vayan asumiendo cada vez más en sus enseñanzas un acompañamiento de la democracia constitucional y la economía de mercado, como comenzó a hacer Pío XIII desde 1939. No porque ambas sean inferencias deductivas del Catolicismo, sino porque a veces el Magisterio puede “acompañar” cierta evolución institucional en tanto señalarla como no contradictoria con la Fe, como hizo León XIII cuando distinguió entre tesis e hipótesis, como hizo Pío XII cuando habló de las condiciones de una sana democracia, como hizo Juan Pablo II cuando comenzó a hablar del mercado en sentido positivo en la Sollicitudo rei socialis y en la Centesimus annus.

La tarea, muy difícil por cierto, es educar en todo esto a una nueva generación de sacerdotes que sean los futuros obispos latinoamericanos que pueden luego hacer lo mismo que Pío XII, Juan XXIII y Juan Pablo II hicieron a nivel de magisterio universal prudencial.

Ese será el único modo en el cual ellos puedan en el futuro convertirse en los educadores informales de los valores para el desarrollo, de tal modo que la mayor parte de los católicos latinoamericanos pueden ir incorporando esas enseñanzas a modo de creencias.

Para terminar, una mala noticia y una buena.

La mala noticia es que puede ser que todo esto sea humanamente imposible.

La buena es que es el único camino que queda, y por ende no queda más que recorrerlo y poner todo en manos de Dios.


[1] https://institutoacton.org/2017/10/18/iglesia-y-democracia-padre-rafael-braun/

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

Dostoievski hoy

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 3/4/22 en: https://independent.typepad.com/elindependent/2022/04/dostoievski-hoy.html#more

En momentos en que se la emprende contra el interés personal y la especulación a veces en el contexto de fanatismos religiosos, es de interés repasar algunos pasajes de este célebre escritor ruso, especialmente en  momentos en que el criminal Putin invade Ucrania.

Todos actuamos en interés personal, en verdad constituye una perogrullada puesto que siempre el acto está en interés del sujeto actuante por ello es que procede de esa manera. Esto va para quien entrega todo su patrimonio a los pobres y también para el asaltante de bancos. En la misma línea argumental, todos los humanos somos especuladores: conjeturamos que estaremos más satisfechos luego de haber realizado el acto respecto a la situación anterior, ya sea el camino honorable o ruin. No hay acción sin intención especulativa.

Tal vez lo más notable de Dostoievski son algunos pasajes de Crimen y castigo, por ejemplo respecto a las cuidadas elaboraciones de uno se sus personajes respecto al interés personal puesto que “Todo el mundo está fundado en el interés personal. Añade la economía política que cuantas más fortunas privadas surjan en una sociedad […] más sólida y felizmente está organizada la sociedad. Así pues, al trabajar únicamente para mi, trabajo para todo el mundo y resulta que en última instancia mi prójimo recibe más.” Estas y otras consideraciones surgen de la  influencia que tuvieron  sobre el autor dos personas que fueron becadas a Glasgow a la cátedra de Adam Smith por Catalina la Grande (que dicho sea de paso a su regreso a su tierra natal los becados fueron expulsados de la Universidad de Moscú por considerarlos reaccionarios).

Por su parte en el capítulo “El Gran Inquisidor” de Los hermanos Karamasov se relata que en Sevilla sucede uno de aquellos actos criminales que aún hoy dejan estupefacto y boquiabierto a cualquiera que tenga algo de humano, “el cardenal Gran Inquisidor había hecho quemar poco menos de un centenar de herejes ad majorem gloriam Dei” después de lo cual se enfrentó con el mismísimo Cristo a quien le dijo que lo sometería a un proceso inquisitorial y, como resultado del cual, le espetó: “te condenaré y te haré quemar en la hoguera como al más vil de los herejes”. El inquisidor sostuvo enfáticamente que la misión de la Iglesia es “enseñar a los hombres que lo importante no es la libre elección de los corazones y el amor, sino el misterio, al que deben someterse ciegamente, incluso a pesar de su conciencia. Los hombres se han puesto muy contentos al verse conducidos como un rebaño y al darse cuenta de que por fin se les ha retirado de los corazones aquel espantoso don que tantos sufrimientos les había acarreado” ya que los hombres buscan “un ser ante que inclinarse, un ser al que confiar la conciencia y también la manera de que todos se unan, al fin, en un hormiguero indiscutible, común y ordenado”. Y termina afirmando que los “persuadimos de que únicamente serán felices cuando renuncien a su libertad en favor nuestro y se sometan a nosotros”.

Esto que parece tan inaudito y chocante a los oídos de una persona normal es la inclinación de una concepción desviada, truculenta y bochornosa de ideas religiosas trasnochadas pero no por ello poco difundidas. Por un lado, algunos de los representantes de la Iglesia que llevan en el pecho una fuerte inclinación totalitaria, si se les diera suficiente poder volverían a las tropelías con el apoyo entusiasta de aparatos estatales desviados.

En este sentido es pertinente repasar la importancia que Dostoievski le atribuye a la institución de la propiedad privada en la primera de sus obras mencionadas, lo cual es del todo compatible con los Mandamientos de no robar y no codiciar los bienes ajenos. En esa misma dirección deben tenerse en cuenta pasajes bíblicos como en Deuteronomio (viii-18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (v-8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (v-3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia(con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento”  y que “ la clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente” (tomo vi, págs. 240/241).

El 30 de junio de 1998 pronuncié la conferencia inaugural en el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) en Tegucigalpa, invitado por Monseñor Cristian Precht Bañados a instancias de Horst Schönbohm, entonces presidente de la Fundación Adenauer de Argentina (uno de los financiadores del evento). Entre otras cosas, en esa ocasión señalé que resulta especialmente dañino el interpretar la pobreza de espíritu evangélica como una alabanza indiscriminada a la pobreza material. Sostuve que esa consideración errada convertiría la caridad en un procedimiento perjudicial para el destinatario pues lo haría menos pobre y, por otro lado, si esa alabanza al pobrismo se mantiene los miembros de la Iglesia solo deberían ocuparse de los ricos pues los pobres estarían salvados. Este galimatías se acentúa cuando nos percatamos que todos somos pobres o ricos según con quien nos comparemos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Economía versus Derecho

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2022/01/economia-versus-derecho.html

Uno de los más grandes problemas que enfrenta nuestra sociedad y que -a su vez- es generador de mayores problemas sociales es el divorcio entre ciertas áreas de estudio que se aíslan y tratan de crear sus propios ‘’mundos’’ divergiendo sus enfoques y evitando encontrar puntos de contactos entre ellas:

‘’Los abogados y los economistas vivimos de espaldas. Tendemos a desconfiar recíprocamente los unos de los otros. Los economistas, tal vez con razón, piensan que los abogados tenemos algo que esconder y que de hecho lo escondemos. Los abogados, tal vez con igual razón, piensan que los economistas nunca se comprometen. Al final de una abstrusa explicación siempre dicen que puede ser o que no puede ser y que todo depende de las condiciones que se asumen en el modelo. El resultado es que estamos acostumbrados a vivir de espaldas en ambas disciplinas. En este mundo de reciproca desconfianza los abogados hemos creado, o pensamos que tenemos, un sistema autónomo o aparentemente autónomo de conocimiento; mientras los economistas han hecho lo mismo. Han desarrollado un sistema aparentemente autónomo de una ciencia propia. No fue así siempre en la historia de ambas disciplinas’’[1]

Las contrariedades sociales exigen un enfoque y una actitud multidisciplinaria que integre de la mejor manera posible los conocimientos logrados por las ciencias a lo largo de las épocas.

Uno de los graves defectos de la especialización es que reduce el campo de visibilidad y lo acota en los propios términos del área en que el sujeto se especializa. Así los abogados tienen una fuerte tendencia a pensar que todos los problemas sociales se suscitan casi con exclusividad por la ausencia de una normativa legal adecuada, y que la solución a los mismos es precisamente proveerlos a todos del marco legal que -como por arte de magia- será ‘’con toda seguridad’’ autosuficiente para encontrar la mejor salida.

Se puede resumir en el adagio ‘’A cada problema una ley que lo resuelva’’.  Esto tiene mucho que ver con el sesgo con el cual se imparten las carreras de derecho, por el cual se lo instruye al futuro abogado en la idea que los asuntos sociales son básicamente problemas legales, y que -por lo tanto- los remedios a los mismos debe encontrar (y sólo puede encontrar) genuina respuesta en el examen legal y su previsión, que siempre será, ineludiblemente, una nueva ley que ‘’supere’’ en ‘’bondad’’ la anterior que no ha podido responder eficazmente al problema que procuraba solventar.

‘’Si examinamos cómo se enseñaba la economía en una época tan reciente como el siglo XIX veremos que la economía se dictaba en las facultades de Derecho. Era en las lecciones de jurisprudencia donde se enseñaba economía. De hecho los grandes economistas clásicos han sido profesores de derecho, empezando por Adam Smith, no tenemos que ir muy lejos. Smith era profesor de filosofía moral y profesor de Derecho Civil en Glasgow. Dictaba clases de derecho porque Escocia, a diferencia de Inglaterra, es un país de derecho civil y no de derecho común. Inglaterra es un país de derecho común, de common law, de derecho consuetudinario, Escocia por la fuerte influencia francesa en su tradición jurídica, es un país de tradición civil. De manera que leen las lecciones de jurisprudencia de Smith lo que verán es Derecho Romano. Cojan el capítulo que quieran de las lecciones de Jurisprudencia de Adam Smith, por ejemplo las del derecho de propiedad y les parecerá las clases que se reciben en cualquier facultad de Derecho: les enseña derecho civil, clásico romano, prototípico’’.[2]

No existían los compartimientos estancos que observamos hoy y a los cuales –lamentablemente- estamos tan acostumbrados, y que tomamos como si siempre hubieran existido.

Los tiempos antiguos tenían una visión más universal y unificada del conocimiento o mejor sería decir más integrada que la que devino con posterioridad. Había más conciencia de la profunda interrelación existente entre los diferentes estudios y las divisiones eran de tipo académico más que orgánicas.  Esto permitía a los primeros economistas comprender que todos los temas sociales tienen un origen común, y que es en la visualización de este punto por donde debe comenzarse la investigación.

La disección que se practica en la actualidad entre ramas del saber que comenzaron siendo afines no consiste en un verdadero progreso sino en un severo retroceso en el campo del conocimiento universal. Y el hecho de que economistas por un lado y abogados por el otro pretendan para sus propias asignaturas tener todas las respuestas y poder contenerlas dentro exclusivamente de sus propias áreas de especialización es una de las desgracias de nuestra humanidad actual.

Esto no alcanza sólo a economistas y abogados, hay que incluir a profesionales de otras carreras. La híper especialización entraña los riesgos de acotar la visión del profesional que sólo puede dar respuestas muy delimitadas que dejan muchas cosas sin explicar, porque se niega reconocer validez a propuestas o respuestas que escapen a sus campos, ya sea que estemos hablando de ingenieros, contadores, médicos, sociólogos, o científicos de cualquier materia.

‘’De manera que no era así esta desconfianza. Esta separación entre abogados y economistas es una separación relativamente reciente, se origina de una pretensión del conocimiento. En un determinado momento los economistas quieren hacer una ciencia autónoma y los abogados quieren construir una ciencia autónoma. Kelsen trata de construirlo, trata de hacerlo a través de su teoría pura del derecho’’[3]

A nuestro juicio se trata del síndrome de híper especialización, que es un fenómeno que, lejos de ser positivo (como se lo acostumbra a ver en nuestros días) resulta muy negativo, porque es un abandono al sano enfoque interdisciplinario que, como bien explica el autor analizado, era el que prevalecía en tiempos no tan remotos como el mismo expone. La pretensión del conocimiento no es más que el tema del último libro de F. A. v. Hayek precisamente titulado La fatal arrogancia, donde se explaya de manera magistral sobre ese contenido.

¿Y qué es lo que motiva este hecho?. No hay explicaciones sencillas, pero muchas veces la preferencia o gusto por una rama del saber puede llegar a fanatizar a sus adeptos. De todos modos, debe prestarse atención a la enseñanza, que es de donde provienen la mayoría de los males de nuestros tiempos. 


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-…

[2] Enrique Ghersi. ibídem.

[3] Enrique Ghersi. ibídem..

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Contra la Ley de Etiquetado Frontal

Por Iván Carrino. Publicado el 8/10/21 en : https://www.ivancarrino.com/contra-la-ley-de-etiquetado-frontal/

En el congreso acaba de caerse la sesión para debatir la ley de ETIQUETADO FRONTAL Y PUBLICIDAD DE LOS ALIMENTOS Y BEBIDAS DESTINADAS AL CONSUMO HUMANO.

La ley tiene artículos totalmente delirantes como, por ejemplo, el 10.a, que directamente prohíbe:

La promoción de los alimentos o bebidas etiquetados como “exceso de azúcares”, “exceso de sodio”, “exceso de grasas”, u otras enumeraciones que la Autoridad de Aplicación determine para los productos de bajo aporte nutricional. Esta prohibición incluye la utilización de productos licenciados o artilugios comerciales tales como juguetes, accesorios, figuritas, adhesivos, tazos, objetos coleccionables, sorteos, figuras o imágenes de deportistas, artistas, personajes animados o famosos, o cualquier otro incentivo similar

Y el 14, que también prohíbe que los alimentos considerados altos en grasas o azúcares…:

… no podrán ser expendidos, comercializados, promocionados y/o publicitados dentro de las Instituciones Educativas comprendidas en la Ley 26.206 de Educación Nacional o la norma que en un futuro la reemplace.

Esto lleva al absurdo de prohibir vender una Coca-Cola dentro de una universidad, llena de adultos mayores de 18 años de edad.

Ahora bien, nadie está muy de acuerdo con estos extremos de la Ley de Etiquetado, pero sin embargo sí parece haber consenso respecto de la deseabilidad de su propuesta central. Es decir, con la necesidad de que a ciertos productos del supermercado se le ponga un sello negro que los discrimine frente a todos los demás por contener niveles de grasa, sodio o azúcares, que un grupo de expertos consideran que es elevado.

En este sentido, me llama la atención la aceptación que se ha generado entre economistas, y la confusión que existe en torno a que esta ley, al buscar “ampliar la información”, sería totalmente compatible con el ideal del capitalismo liberal.

Analicemos la ley, entonces, a la luz de estos temas de la economía y con una perspectiva liberal:

La medida es paternalista

En primer lugar vamos a decir que implementar esta ley sería implementar una medida a todas luces paternalista. La etiqueta que dice “exceso de azúcar” o “exceso de sodio” y que se obliga a agregar a los paquetes es el estado intentando modificar las conductas de la gente con el objetivo de que tenga un modo de vida más acordé a lo que el estado, asesorado supuestamente por un grupo de expertos, considera que es más adecuado. De hecho, cuando algunos hablan de los beneficios de la ley muestran precisamente dos cosas: por un lado, un cambio en el comportamiento del consumidor hacia un menor consumo de los productos etiquetados. Por el otro, un cambio de las empresas hace una producción distinta, ya que buscarán la forma de evitar tener que poner el sello.

O sea, (salvo en los casos ya mencionados) el estado no va a prohibirle al consumidor adquirir el producto, pero sí intenta guiar su comportamiento con una campaña que consiste en imponer unas etiquetas que muy probablemente lo hagan desistir de consumir algunas cosas.

El paternalismo, obviamente no es una actitud compatible con el liberalismo. La libertad implica responsabilidad, y requiere entonces que el gobierno nos trate como personas adultas, libres de elegir de acuerdo a nuestros criterios que siempre van a ser imperfectos (porque lo perfecto no es del dominio humano) y con la información considerada, desde el punto de vista de cada consumidor, relevante, pero no con toda la información disponible.

Pongamos un ejemplo: la última vez que te compraste un pantalón, claro que podés haber hecho una buena investigación, pero seguramente no sabes el precio de TODOS LOS PANTALONES en el mercado, ni todas las calidades, ni todas las formas en que cada pantalón se produce. Conocer todo eso te consumiría tanto tiempo que libremente elegís disponer de menos información.

Sin embargo, eso te basta y sobra para seguir adelante con tu vida y ser feliz con tu pantalón nuevo.

El ideal de la competencia perfecta

Esto nos lleva al segundo punto que entra en la rama de la economía. Los economistas tienen un modelo llamado de competencia perfecta que supuestamente es el ideal de una situación competitiva y que, como muchos liberales desde Adam Smith a Friedrich Hayek defendieron la competencia, algunos se confunden y creen que dicho modelo es válido para compararlo contra situaciones reales.

A partir de esa comparación, los economistas juzgan si el mercado funciona, como decía Adam Smith, o bien el mercado “falla”.

Entre los requisitos o los supuestos del modelo de la competencia perfecta están:

Que haya muchos compradores y vendedores en un mercado

Que los bienes ofrecidos sean homogéneos.

Que la empresa no tenga ni el más mínimo margen para definir el precio al que vende.

Que los consumidores tengan información completa y perfecta acerca de los productos y de todas las alternativas de precios.

Hagamos un paréntesis aquí: cuando los clásicos hablaban de competencia se referían a la situación de competencia en comparación con la de monopolio u oligopolio resultado de la intervención del estado. Adam Smith, por ejemplo, critica los monopolios derivados de las barreras proteccionistas, por ejemplo. Y lo mismo dice Mises en su tratado La Acción Humana. Sin embargo, en algún momento de la historia, el modelo de la competencia interpretarse como que, cuando no se cumplen estos requisitos, el estado tiene el deber de intervenir y llevar al mercado a esta situación idealizada.

O sea, pasamos de considerar que el estado era el principal obstáculo para la competencia, a considerar que su intervención es necesaria para generarla. Patas arriba.

Pero aquí entra lo que algunos economistas defienden de la ley de etiquetado: al ver el tema de la información, creen que el estado tiene el rol de regular para que haya información “completa o perfecta”. Y ahí empiezan los problemas.

La información es un bien como cualquier otro

Es que la información, como cualquier bien de la economía, es un producto escaso que exige un costo de producción. En ese sentido, siempre es mejor tener más que menos, pero el punto es quien carga con el costo de producir eso que supuestamente necesitamos.

Para el caso, también sería deseable contar con más autos y celulares en el mercado de los que contamos actualmente. Eso sería mejor desde un punto de vista económico ya que habría más necesidades satisfechas. No obstante, no se sigue de ahí que el estado deba obligar a los productores a aumentar la producción de autos y celulares.

Con la información ocurre lo mismo, incluso aceptando que más siempre es mejor a menos, subsiste el problema del costo para producirla y en ningún caso es compatible con el liberalismo obligar a las empresas a cargar con él.

¿Información u opinión?

Otro tema es que también es discutible que el etiquetado se trate simplemente de “más información”. Información son datos que cada uno debe leer y en base a ellos tomar sus propias decisiones acerca de si conviene o no realizar una actividad.

Ahora la etiqueta negra es una sentencia, es un dictamen, un juicio de valor, que puede estar muy fundamentado desde un punto de vista médico, pero que no aporta simplemente más información, sino que da una advertencia al consumidor para que decida de una forma y no de otra. No le acerca datos para decidir de forma más informada, sino que le sugiere decidir de una forma distinta a la que decidiría sin esa advertencia. La diferencia puede parecer sutil pero no hay que confundir la información con un mensaje que llama a la acción de acuerdo a ciertos parámetros de salubridad.

La información de la etiqueta no es tan relevante como se cree

Otro tema relacionado con esto es que se asume, y los economistas que están en este tema así lo creen, que está información de la que se habla es verdaderamente relevante para el usuario que toma decisiones. Y ahí es donde yo digo que, si ese es el caso, no hay ninguna necesidad de obligar a las empresas a ensuciar sus paquetes con etiquetas diseñadas por el Honorable Congreso de la Nación, sino que los defensores del etiquetado son libres de difundir esa información por cualquier medio que crean conveniente, como una página web o una app, y si la información es tan importante, desbordaran de visitas.

Pero no, mejor no tomarse el trabajo y adoptar la actitud vaga y resentida de “que lo hagan las empresas”.

La responsabilidad personal

Lo anterior me lleva al último punto, que es inquientante y que es que la ley desliga al individuo actuante de la responsabilidad frente a cualquier alimentación considerada no óptimamente saludable y se la traslada a la empresa que produce alimentos.

Volviendo a un tema inicial, el rol del estado es preservar los derechos individuales de las personas, no velar por su buena alimentación y su salud.

Cuando el estado ofrece salud pública no es porque tenga un rol en cuidar la salud sino por una decisión de asistir a quienes no tienen recursos para pagar ciertos bienes, como una asistencia sanitaria básica.

Además, la responsabilidad sobre nuestra alimentación es, en una sociedad de adultos responsables, totalmente nuestra. Por lo tanto, si alguien está comiendo con todo aquello que no recomendaría un médico, debe ser responsabilidad propia hacer su vida más compatible con la prescrita o bien decidir enfrentar las posibles consecuencias. De eso se trata ser adulto, no de andar llorando porque tal o cual empresa me vendió un producto con mucha azúcar.

Pendiente resbaladiza

Dos cosas más antes de cerrar: veo otro peligro en el trasfondo de la ley que es que parte de dos pilares fundamentales: el primero es que “el estado te cuida”. El segundos, que esto viene recomendado por “los médicos”. Al respecto, solo me queda recordar que durante toda la pandemia se dijo lo mismo. Que el estado nos cuida y que esto era lo que recomendaban los expertos en salud. El resultado fue que el virus igual se cargó cientos de miles de víctimas, y la catástrofe económica y social derivada de las cuarentenas no tuvo comparación.

Por último, muchos dicen que esto funcionó en Chile y que si lo hizo Chile cómo lo vamos a hacer nosotros. Ok, si ese es el punto estoy dispuesto a aceptar la ley pero si también adoptamos el gasto del 25% del PBI, el banco central independiente que tiene prohibido monetizar el déficit fiscal, la apertura unilateral al comercio global que Chile tiene y su mucho más flexible mercado laboral. Si es así, yo firmo el etiquetado.

Con esto me despido. Espero haber dejado claros esto puntos y nos vemos en la próxima.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

En torno a un análisis del fenómeno Milei

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 18/9/21 en: https://www.infobae.com/opinion/2021/09/18/en-torno-a-un-analisis-del-fenomeno-milei/

Javier Milei, candidato a diputado nacional

El aspecto clave de este asunto, mucho más allá de los resultados electorales del presente, es el haber trasladado al nivel político las ideas liberales que estaban ausentes en ese plano desde hace ocho décadas con esa profundidad. Este proceso tan fértil ha abierto avenidas en el público en general, principios que hasta la irrupción de Milei se encontraban en el tan necesario plano académico y en alguna manifestación parcial en el terreno periodístico.

Sin duda que la faena intelectual es decisiva para que pueda presentarse en el discurso político. Debe haber alguna base de sustentación en la educación entre el público para que pueda expresarse desde la tribuna política.

La tarea del político es muy diferente a la del académico. En el primer caso, inexorablemente para dirigirse a la opinión pública tiene que haber un mínimo de comprensión de lo que se dice. Si un hablante en idioma sueco pretende entendimiento y aceptación de lo que dice es requisito esencial que la audiencia entienda sueco de lo contrario no solo nadie entenderá nada sino que el orador no contará con público puesto que ese idioma para ellos estrafalario provocará una desbandada segura. En cambio, el profesor que asume la cátedra inquiriendo qué desean escuchar sus alumnos estará perdido como profesor, es indispensable que abra nuevos surcos en el aula. Ese es el comienzo de toda idea: el cenáculo que poco a poco va abriéndose paso tal como ocurre con una piedra arrojada en un estanque que en círculos concéntricos va tocando superficies mayores.

En nuestro país Juan Bautista Alberdi y sus colegas de la generación del 37 (así denominada por el año en el que se inauguró el célebre Salón Literario) en sus estudios, seminarios y tertulias absorbieron ideas de liberales ilustres como Algernon Sidney, John Locke, Condillac, Adam Smith, Montesquieu, Benjamin Constant, J.B. Say, Tocqueville, Pellegrino Rossi, Bastiat y Guizot. Todos autores enseñados principalmente en la cátedra de filosofía por el notable Diego Alcorta en el entonces Departamento de Jurisprudencia (hoy Facultad de Derecho) de la universidad establecida por Rivadavia en 1821.

Como es sabido, Alberdi se negó a jurar por Rosas y se graduó exiliado en Uruguay y luego revalidó el título en Chile donde se instaló en Valparaíso, lugar en el que además de ejercer su profesión fundó el Club de la Constitución para continuar debates sobre la tradición liberal. También Alberdi fue el responsable de contratar el primer profesor liberal en la Universidad de Chile ya que le aconsejó a su amigo Félix Frías – en aquellas épocas corresponsal de El Mercurio en París- para que con la anuencia de profesores locales lo invitara a instalarse en Santiago a Jean Gustave Courcelle-Seneuil al efecto de ocupar la cátedra de Economía Política en la mencionada universidad donde dictó clase desde 1855 hasta 1863 (por mi parte detallo sus enseñanzas y las actividades de sus valiosos discípulos en mi libro Jean Gustave Courcelle-Seneuil. Un adelantado en Chile publicado en Santiago por la Universidad del Desarrollo en 2010).

Tal vez el pensamiento alberdiano pueda resumirse en un pasaje donde consigna la función gubernamental como la protección a los derechos a la vida, propiedad y libertad en su obra más conocida de 1854: “Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por sí mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida, persona, propiedad, libre acción, el gobierno del Estado sería inútil, su institución no tendría razón de existir”.

Esta idea capital que fue plasmada en la Constitución de 1853/60 permitió que nuestro país se colocara a la vanguardia de las naciones civilizadas con salarios superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España, motivo por el cual la población de inmigrantes se duplicaba cada diez años con indicadores todos que competían con Estados Unidos. Luego vino la revolución fascista del 30 y peor aún el derrumbe con el golpe militar del 43 por el que nos asedió el estatismo en el que aún nos debatimos con indicadores de pobreza moral y material cada vez peores.

Ya con los valores liberales eclipsados, mi padre en 1942 en plena aceleración del desbarranque institucional que se preanunciaba y que como queda dicho ocurrió al año siguiente, descubrió en un seminario en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires un libro de Gottfried Haberler traducido ese año por el Fondo de Cultura Económica con el título de Prosperidad y depresión. Haberler era uno de los asistentes regulares al seminario de Ludwig von Mises en Viena por lo que transmitía en esa obra algunas de las enseñanzas de la Escuela Austríaca, especial aunque no exclusivamente la teoría del ciclo que encandiló a los muy pocos asistentes a ese seminario en la UBA. En la década siguiente, mi padre fundó el Centro de Estudios sobre la Libertad e invitó a muchos profesores a disertar en esa tribuna, el primero de los cuales fue precisamente Mises. También becó a jóvenes para estudiar a Estados Unidos, publicó regularmente la revista Ideas sobre la Libertad , tradujo y editó libros y organizó cursos en distintos lugares del país con lo que reflotó nuevamente las ideas liberales hasta ese momento desconocidas pues fueron tapadas por socialistas, keynesianos, cepalinos y marxistas que habían copado las aulas debido a la dejadez de tantas personas que consideraron muy equivocadamente que el progreso estaba garantizado.

A partir de ese resurgimiento piloteado por mi padre y los colegas que lo acompañaron en los trabajos educativos, afortunadamente pudieron aparecer otras manifestaciones liberales a partir de los 70. Por mi parte, en 1978 establecí con un grupo de empresarios la primera institución de posgrado privada (ESEADE) de la que fui 23 años Rector, donde se presentaba la tradición de la Escuela Austríaca que se contrastaba con otras corrientes de pensamiento en las distintas maestrías. Antes, en 1972, publiqué el libro que introdujo en el mundo hispanoparlantes por vez primera en forma de texto universitario aquella concepción austríaca, que fue prologada por el premio Nobel en economía Friedrich Hayek, también discípulo de Mises en el referido seminario vienés y que usé en mis cátedras como profesor titular en cinco carreras de la UBA y en mis clases en los doctorados en economía en la UCA y en la Universidad Nacional de La Plata.

Como queda dicho, a partir de entonces hubieron otras muy meritorias publicaciones académicas y asumieron la cátedra también profesores muy solventes que asimilaron la tradición decimonónica iniciada por Carl Menger y continuada por Eugen Bhöm- Bawerk, Franz Bretano, Friedrich von Wiser y más contemporáneamente los mencionados Mises y Hayek a los que debe agregarse Israel Kirzner y Murray Rothbard. Autores estudiados en otras entidades académicas y también en muy activas fundaciones argentinas ubicadas en Tucumán, Santa Fe, Mendoza, Córdoba, Corrientes y Buenos Aires que reúnen estudiantes de gran valor con tesis doctorales de peso y trabajos de difusión sumamente productivos y esclarecedores.

En este contexto es que aparece Javier Milei quien venía desarrollando muy fecundas tareas docentes desde hacía décadas. Lo conocí a raíz de un almuerzo al que me invitó en La Biela de Buenos Aires, oportunidad en la que los dos prolongamos nuestras conversaciones hasta avanzada la tarde, ocasión en la que quedé impresionado tanto de sus lecturas de la doceava edición de mi texto antes aludido como de diversos aportes académicos de la referida escuela de pensamiento y, sobre todo, me llamó la atención su capacidad de síntesis y entrenamiento didáctico.

Luego me fui anoticiando de sus contribuciones muy relevantes en materia monetaria, laboral, fiscal y de comercio exterior junto con sus elaboraciones referidas a los marcos institucionales y propuestas de reformas e incluso sus investigaciones sobre textos que discuten el monopolio de la fuerza, un debate inconcluso pero muy provechoso que dicho sea al pasar la primera vez que publiqué un libro sobre el tema fue en 1993 (Hacia el autogobiernoUna crítica al poder político con prólogo de otro premio Nobel en economía, James M. Buchanan). Estos asuntos terminaron girando en torno a bienes públicos, externalidades, asimetría de la información, el dilema del prisionero, el teorema Kaldor-Hicks y el denominado equilibrio Nash.

En otro orden de cosas de gran trascendencia, en momentos en que se parlotea sobre “derechos humanos” sin entender su significado (una redundancia puesto que los derechos solo pueden ser humanos), surge con claridad meridiana que Milei considera el llamado aborto como homicidio en el seno materno, entre muchos otros, en consonancia con genetistas de renombre y las declaraciones oficiales de la Academia Nacional de Medicina local que enfatizan el fundamento científico del aserto.

En una fiesta de liberales en La City en Buenos Aires, uno de los amigos que venía realizando interesantes contribuciones en el mundo intelectual me consultó sobre su inclinación de participar en política y como respuesta le formulé la siguiente pregunta retórica: “¿Qué hubiera sido del mundo si Einstein en lugar de dedicarse a la física hubiera sido intendente de Chivilcoy?”. En esa instancia Milei pensaba seguir en el mundo académico publicando libros y dictando clases, pero más adelante estimó que era el momento para incrustar el mensaje liberal en el campo político por lo que, como es sabido, se postuló como pre-candidato a diputado por la ciudad de Buenos Aires con los alentadores resultados por todos conocidos…y en noviembre, para sobrevivir, hago votos fervientes para que todos los antichavistas autóctonos cierren filas frente a un enemigo común, a pesar de las diferencias de cada cual. La derrota del chavismo en el nivel nacional en las PASO abre esperanzas.

En lo personal, me emocionó muchísimo que se transmitiera el canto a la libertad de Va Pensiero de Nabucco en oportunidad del discurso de Milei la noche de las elecciones ya que era la cortina musical del programa televisivo que tenía con Carlota Jackisch en Buenos Aires y también de mi programa radial en Colonia.

Pero como decimos, más allá del recuento de votos, lo relevante es no solo el haber pasado el mensaje vigoroso y sin concesiones en el terreno político, sumamente debilitado en el plano político desde hacía décadas y décadas -un campo absorbido por el estatismo de diversos colores con el interregno liderado por los meritorios esfuerzos de Álvaro Alsogaray- sino por ser el responsable de haber corrido el eje del debate en el mundillo de la política y modificado agendas de otros competidores que aunque no creyeran en el mensaje se vieron obligados a sustituir su discurso incorporando aquí y allá cápsulas liberales. Es por esto que todos los argentinos partidarios de una sociedad libre le debemos inmenso agradecimiento a Javier Milei por esta faena descomunal y con la característica de enorme generosidad. Esto quedará en los anales de nuestro país como un paso decisivo en una batalla ganada que es de esperar sea aprovechada y continuada por otros.

En una oportunidad, en un intercambio público que mantuve con Milei en la Universidad de Belgrano pude constatar el entusiasmo de los participantes que colmaron el aula magna a la que se acoplaron aulas contiguas con pantallas. Pero lo más importante no era el grosor de la audiencia sino la calidad de las preguntas que no eran de circunstancia sino que pusieron de manifiesto que había mucha biblioteca atrás de los muy jugosos interrogantes.

Habiendo dicho todo esto vuelvo a reiterar lo que le he comentado a Javier en privado y en público: no estoy para nada de acuerdo con algunos de sus modos. Creo que nunca se justifican, pueden denunciarse con énfasis maniobras y zancadillas y refutarse con vigor argumentos estatistas pero no recurrir a lenguaje soez puesto que estamos hablando de batalla cultural y una manifestación de la cultura son los modales. Y como he manifestado, la última vez en el antedicho encuentro académico en la Universidad de Belgrano, personalmente no uso improperios en público no porque carezca de imaginación puesto que se me ocurren intervenciones bastante creativas en esa línea, me abstengo porque de lo contrario contribuiría a acentuar la cloaca que ya de por sí está bastante esparcida en nuestro medio.

No se me escapa que hay quienes centran su atención en algunos de los modos de Milei como pretexto para ocultar la fenomenal envidia que los carcome y desvela debido al muy abultado arrastre que tiene especialmente entre los jóvenes. Hay otros tilingos que no hacen nada para contribuir a despejar ideas y desde sus poltronas critican algún exabrupto o su peinado sin percatarse que hay otros bien peinados -claro, los que conservan algún vestigio en el cuero cabelludo- y no dicen malas palabras pero nos agreden diariamente con sus inauditos atropellos.

Mi querido amigo Armando Ribas insistía en que Alberdi fue un milagro argentino, en mi caso digo que Javier Milei constituye otro milagro, un milagro distinto pero milagro al fin. En resumen, muchas gracias Milei por lo realizado hasta el momento y con los deseos que siga haciendo mucho más en los distintos territorios en los que ha incursionado, pues necesitamos con urgencia tiempo para seguir con la batalla cultural cuyo aspecto medular es el incalculable valor moral del respeto recíproco.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Antecedentes pre-marxistas del impuesto progresivo

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/05/antecedentes-pre-marxistas-del-impuesto.html

«El mismo Seligman hace una historia de las diversas iniciativas que en los tiempos primitivos señalaron, aunque sea en forma de esbozo, un intento de materializar el impuesto progresivo. Y en este sentido recuerda el antecedente de Guicciardini, que, en el año 1549, en su obra La décima scala in Firénze, se ocupó ya del tema. Las tentativas se registraron también en los tiempos de la Revolución francesa, bajo cuyo imperio se sancionó una ley de limitación de las rentas. En Francia, precisamente, habían de señalarse los más serios intentos para llegar al impuesto progresivo, mereciendo recordarse a M. Dufay, verdadero paladín, quien en su obra L’impot progressiff sur le capital est sur le renta, dice: «La tributación debe mantener en un justo límite la apropiación particular de la riqueza producida, al menos indirectamente, por el trabajo de todos. Debe mantener entre los hombres cierta igualdad real, corrigiendo y atenuando los efectos del egoísmo individual y la extrema desigualdad natural. En otras palabras, concluye, la misión del impuesto es liberar el trabajo en lugar de estorbarlo y coartarlo, como ocurre en el presente. En consecuencia, debe él restar su excesivo poder al capital y dar al trabajo su poder social, que tiene hoy en grado insuficiente».»[1]

Los franceses han sido histórica y tradicionalmente en su mayoría socialistas, o han tendido hacia esa ideología, a veces más, otras menos. Raras han sido las excepciones, entre las cuales es obligado citar al notable decimonónico Frederic Bastiat y, más modernamente, al notable Jacques Rueff, por supuesto entre otros. Ya hemos visto antes que, Marx y Engels ubicaron en el segundo lugar de importancia de su plan para imponer el comunismo a nivel mundial la creación de impuestos progresivos fuertes a las personas. Y ciertamente no creemos causal que la mayoría de los países del planeta hayan adoptado los mismos sin tener ninguna vinculación con el influjo marxista ejercido y expandido por todo el orbe, inclusive hasta nuestros días. Pero, desde luego, ni Marx ni Engels fueron precursores de este impuesto, ya los hubo antes que ellos.

En Francia siempre ha predominado -desde los tiempos de la Revolución Francesa en adelante- un socialismo de tipo gramsciano (por Antonio Gramsci, el célebre pensador marxista italiano) que propone la lenta pero persistente infiltración marxista por vías «no» violentas a través de la educación y diversos medios de comunicación social. Su paralelo en Inglaterra ha sido la sociedad Fabiana. Pero las ideas gramscianas y fabianas han tenido mayor repercusión y aprobación en Francia más que en otras partes.  Hoy están extendidas por todo el mundo.

Aceptan el marxismo en sus planteos básicos y fundamentales, y sólo discrepan en la metodología de implementación. De allí que, condenen la propiedad privada de rentas, capitales y patrimonios, y vean en los impuestos la manera más sutil y mejor implementada de expoliación. Mediante la doctrina de la «justicia social» cambiaron la palabra expoliación por expropiación, pero el artilugio es vano para quien lo medite superficialmente: se trata de lisa y llana expoliación. La ley impositiva pende como Espada de Damocles sobre la cabeza del «contribuyente» que vive en una constante amenaza entre pagar o ser severamente castigado.

Desconocen cómo funciona el mercado, y que este es el que mantiene «en un justo límite la apropiación particular de la riqueza producida» mediante el mecanismo de distribución de la misma que, conforme a los mandatos de los consumidores, el propio mercado cumple. Son los consumidores y no los productores los que determinan cuanta riqueza poseerá cada miembro de la comunidad. El impuesto no puede cumplir con esta función porque es contrario a su naturaleza, por eso lo más que puede hacer es destruirla. Esta ruina se consuma mediante la redistribución de rentas y patrimonios llevada a cabo por medio de instrumentos fiscales y otras vías de ataques a la propiedad privada.

Cuando alude al «trabajo de todos» quiere referirse a lo que Marx llamaba el «trabajo socialmente necesario» para producir cualquier cosa fincando el valor de las cosas en esa fórmula. Pero el valor de las cosas no surge del trabajo sino de su utilidad marginal, como hemos explicado en todas nuestras obras.

Paradójicamente para muchos, la «igualdad real» que busca el autor se obtiene a través del «egoísmo individual» como ya lo advirtiera en 1776 Adam Smith en su obra magna investigación sobre la causa y naturaleza de la riqueza de las naciones. No hay otra manera de acercarse a ella. Este egoísmo -para sorpresa de muchos ignorantes- es también la solución (como la historia lo ha demostrado donde se lo ha dejado actuar) a «la extrema desigualdad natural» y en cuanto a que «la misión del impuesto es liberar el trabajo en lugar de estorbarlo y coartarlo, como ocurre en el presente» es precisamente al revés, y plantea una misión imposible, porque el impuesto jamás ha podido, ni puede, ni podrá nunca liberar el trabajo. Esto es un absurdo. Y lo de «estorbarlo y coartarlo, como ocurre en el presente» es lo que ha sucedido en el pasado y sucederá en el futuro, por cuanto se quiere hacer del impuesto algo que es contrario a su naturaleza. El impuesto es un robo, y por más que se lo adorne con hermosas palabras, frases maravillosas, y los mejores deseos seguirá siendo lo que fue en el pasado y es en el presente: un despojo violento, una expoliación.

Respecto de que el impuesto «debe él restar su excesivo poder al capital y dar al trabajo su poder social, que tiene hoy en grado insuficiente» es una expresión poco feliz, porque al restar el poder del capital resta el del trabajo, habida cuenta que sin capital no hay trabajo, pero la ignorancia económica hace decir sandeces a muchos según se aprecia, como que el capital se «opone» al trabajo y viceversa lo que es algo a luces vista ridículo y pueril. «Combatir al capital» como dice la letra de la marcha peronista -tan celebrada por las masas hoy en día- es destruir el trabajo y multiplicar la pobreza, creando riqueza para los burócratas, sus familias y amigos.


[1] Mateo Goldstein. Voz «IMPUESTOS» en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Chicago boys vs Columbia boys: la ingeniería social vs la «mano invisible»

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 30/04/21 en: https://www.perfil.com/noticias/economia/dos-formas-de-ver-la-economia-la-ingenieria-social-vs-la-mano-invisible.phtml

En ocasión de un encuentro por el Mercosur, esta semana se produjo un cruce de ideas entre el ministro de Economía Martín Guzmán y su par brasileño, Paulo Guedes. Aquí, un economista analiza ambas formas de ver la economía.

Mercosur 20210429Cruces con Brasil por los aranceles, en la reunión del Mercosur. | CEDOC PERFIL

Existen dos maneras diferentes de ver la economía. Por un lado, la economía es un proceso espontáneo, con vida propia que se autorregula. A esta visión se la suele asociar a la famosa “mano invisible” de Adam Smith. Para este punto de vista la mano invisible no es perfecta, pero sí es mejor que una economía fuertemente regulada.

Por el otro lado, la economía es vista como un problema de ingeniería social. Con raíces en Marx (explotación) y Keynes (irracionalidad), el estado debe controlar, regular, e incluso salvar a la economía de sus propias crisis.

Los Ministros de Economía Martín Guzmán (Argentina) y Paulo Guedes (Brasil) fueron protagonistas de este contrapunto. Ante la afirmación de Guzmán, de que “la mano invisible de Adam Smith es invisible porque no existe”, su par brasileño le recordó que la mitad de los Nobel de Economía fueron para economistas de la tradición de la Escuela de Chicago.

Más allá de las sorprendentes palabras de Guzmán, su expresión es un acto fallido que muestra que en el gobierno prevalece una visión de la economía como un problema de ingeniería social en lugar de una visión de la economía como un proceso espontáneo y natural.

En primer lugar, la respuesta de Guedes se queda corta. La visión de la economía como un proceso de mano invisible trasciende a la Escuela de Chicago ampliamente.

Tres ejemplos no asociados a la Escuela de Chicago dentro del listado de Nobel al que hace referencia el ministro brasileño son Elinor OstromVernon L. Smith, y Friedrich A. Hayek. Este último no sólo podría considerarse un Adam Smith del Siglo XX, sino que es uno de los Nobel más citado por otros galardonados con el Nobel.

Además, así como la mano invisible trasciende a la Escuela de Chicago, también trasciende a la economía. En filosofía, por ejemplo, autores de la talla de Robert Nozick y Karl Popper han tratado el tema. Mal que le pese a Guzmán, la mano invisible es parte del ADN del desarrollo de la teoría económica desde Adam Smith hasta la fecha.

La visión ingenieril de la economía por parte del gobierno está por todos lados. Está tan presente que la tomamos como natural y no tomamos nota de ella. Podemos pensar, por ejemplo, en la obsesión regulatoria del estado. O en la intención de controlar la inflación con gigantescas planillas Excel. Pero para no perdernos en anécdotas, podemos mirar los mismos indicadores que se usan en investigaciones científicas a nivel mundial.

Según el Índice de Libertad Económica del Fraser Institute (Canadá), con el kirchnerismo argentina descendió en el ranking de libertad económica al punto tal de ubicarse entre las 10 economías menos libres del mundo. El problema es que la economía no es una compleja pieza de relojería. La economía es más bien un ecosistema.

El economista de la mano invisible es más biólogo que ingeniero. Estudia un complejo ecosistema que él mismo es incapaz de reproducir, realizando intervenciones menores para garantizar su supervivencia, pero sin buscar regular su naturaleza. El ingeniero, en cambio, no aceptaría ningún cambio espontáneo del ecosistema que no esté apropiadamente regulado por alguna oficina gubernamental. Las trabas al progreso y desarrollo son obvias.

Así como la mano invisible trasciende a la Escuela de Chicago, la visión ingenieril de la economía trasciende al kirchnerismo. Recordemos que el lema de Cambiemos era el de estado presente, no el de un estado limitado. Importantes figuras de este movimiento han sostenido que Cambiemos era socialista o un movimiento de izquierda (recuerdo a Ivan Petrella, Federico Pinedo, Marcos Peña, y Durán Barba).

Con actitudes que hacen acordar a adolescentes, desde el gobierno se mofaban de los economistas de la mano invisible usando motes como el de “liberalote”. Podemos recordar también la persecución de Rodriguez Larreta en CABA a Uber y ciudadanos de bien intentando hacer algún ingreso extra (quizás para pagar los aumentos de impuesto de Larreta) mientras hacía la vista gorda a los violentos actos del sindicato de taxis. Todo este drama justificado en la falta de una regulación apropiada. La visión ingenieril es poco creativa. En lugar de adatar la regulación a los nuevos desarrollos del mercado prohíbe aquello que no es adaptable a una regulación anacrónica.

No hace falta especular, podemos ver los datos. A nivel mundial, al menos desde el 2000 a la fecha, la libertad económica viene en ascensoArgentina, una vez más, a contramano del mundo. El ingreso per cápita (ajustado por costo de vida) de las economías más libres del mundo es casi diez veces superior al de las economías menos libres del mundo.

La mano invisible es la mejor arma para eliminar la pobreza. Los datos también nos muestran que la distribución del ingreso es similar en economías libres y reprimidas. La diferencia es que la pobreza es mayor en las economías reprimidas. Un último dato, en las economías libres hay mayor igualdad de género que en las economías reprimidas.

Si uno mira la economía argentina, especialmente de Perón a la fecha, no vemos una alternancia entre la mano invisible y la ingeniería económica. Lo que vemos es una alternancia de ingenieros. Todos estos experimentos terminan de manera similar. Crisis económica con un retroceso relativo en la economía mundial.

Quizás para Guzmán y el kirchnerismo los beneficios de una economía libre sean invisibles. No hace falta que también lo sean para la oposición.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver. Es profesor de UCEMA. Publica en @n_cachanosky

¿Un portentoso milagro argentino?

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 13/3/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/03/13/un-portentoso-milagro-argentino/

El cumplimiento de la Carta Magna de 1853 hizo que nuestro país compitiera en el primer puesto del mundo libre con Estados Unidos

Justo José de Urquiza

Justo José de Urquiza

En la parla convencional se alude al “milagro alemán” que no fue ningún milagro sino la aplicación de políticas liberadoras que permitieron el resurgimiento de Alemania luego de la tragedia nazi. En el caso argentino es muy pertinente recurrir a esa alegoría o metáfora puesto que los sucesos irrumpieron con una firmeza notable los cuales generaron un progreso extraordinario en las condiciones de vida de la gente que fue la admiración del mundo.

Como ha escrito Juan Bautista Alberdi, a partir de 1810 “nos independizamos de España pero fuimos colonos de nuestros gobiernos” en un contexto de caudillajes y desórdenes mayúsculos solo interrumpidos muy de vez en cuando con intentos fallidos de establecer una sociedad civilizada.

En medio del batifondo y de la tiranía rosista comenzaron los esfuerzos por encaminarse, primero en reuniones para estudiar y debatir obras que apuntaban a los fundamentos de una sociedad libre en la denominada Jabonería de Vieytes, luego en la Librería de Marcos Sastre, finalmente en lo que se bautizó como Salón Literario (esto en 1837, de allí que a sus integrantes se los denominó como “la generación del 37”), más adelante todavía en la Asociación de Mayo.

Los personajes de marras eran en primer término Alberdi y también, entre otros, Esteban Echeverría, José María Gutiérrez, José Mármol, Gervasio Posadas, Jacinto Rodríguez Peña, José Antonio Wilde y Florencio Varela, muchos de los cuales habían sido introducidos a los principios liberales principalmente por el profesor Diego Alcorta en el Departamento de Jurisprudencia de la Universidad de Buenos Aires (que luego fue expulsado por Rosas) a través de autores como Benjamin Constant, John Locke, Adam Smith y Montaigne.

Como es sabido Alberdi no se recibió de abogado en nuestro país porque se negó a llevar a cabo el juramento impuesto por Rosas a favor de su gobierno y lo hizo en Uruguay para luego revalidar en Chile donde mantuvo un más largo autoexilio, nación en la que fundó el Club Constitucional para seguir con la difusión de ideas. También desde Valparaíso, en combinación con académicos locales lo convenció a su amigo Félix Frías -en ese momento corresponsal del El Mercurio en París- que lo contratara a Gustave Courcelle-Seneuil para la Universidad de Chile quien fue el primer profesor liberal en esas tierras trasandinas.

En todo caso, en esta nota periodística subrayó la extraordinaria sucesión de hechos -milagrosos dirían algunos- que arrancaron nuestro país del salvajismo y lo catapultaron a una de los más prósperos de orbe. El primero de mayo de 1851 se produce la proclama de Justo José de Urquiza con la idea de establecer un genuino federalismo en reemplazo del férreo unitarismo disfrazado de federal. El 3 de febrero de 1852 tiene lugar la batalla de Caseros donde se pone punto final a la tiranía, en mayo de 1852 Alberdi publica Bases y puntos de partida de la organización política de la República Argentina y el primero de mayo de 1853 se jura la flamante Constitución liberal.

El “milagro” no sólo tuvo lugar por la coincidencia del trabajo extraordinario de Alberdi y su estrecha relación epistolar con Urquiza en el contexto de los acuerdos de ambos (en este sentido véase especialmente Urquiza y Alberdi. Intimidades de una política donde Ramón J. Cárcano reproduce la correspondencia entre estas dos personalidades), sino también la decisión de los constituyentes de rechazar otras dos propuestas que se filtraron y pretendieron competir con el proyecto alberdiano en la Asamblea Constituyente: una de Pedro de Angelis (1784-1859) y otra de Mariano Fragueiro (1795-1872), ambas escritos de corte autoritario sin siquiera contemplar una sección de derechos y garantías. En lugar de eso predominó con mucho vigor la influencia de Alberdi que su vez se basó en los autores mencionados más arriba, en la Constitución estadounidense, en la de las Cortes de Cádiz de 1812 (dicho sea de paso en relación a este último documento se utilizó por vez primera la expresión “liberal” como sustantivo en oposición a los “serviles” que adherían a la tradición estatista de España) y a los trabajos del italiano Pellegrino Rossi que había sido profesor en la universidades de Bologna y París, un continuador de las exposiciones tan fértiles de Jean-Baptiste Say.

En la referida correspondencia que reproduce Cárcano, Alberdi le envía su libro a Urquiza con el siguiente mensaje: “Nuestra perpetua gratitud, por la heroicidad sin ejemplo con que ha sabido restablecer la libertad de la patria, anonadada por tantos años” y agrega que “he consagrado muchas noches a la redacción del libro, sobre las bases de la organización política para nuestro país, que tengo el honor de someter al excelente buen sentido de V.E.” (fechada en Valparaíso el 30 de mayo de 1852). A lo que Urquiza responde: “Su bien pensado libro es a mi juicio un medio de cooperación importantísimo. No ha podido ser escrito ni publicado en mejor oportunidad” (fechada en Palermo de San Benito, julio 22 de 1852).

Existe una muy nutrida bibliografía sobre Urquiza (especialmente por Juan González Calderón, Beatriz Bosch, Facundo Zuviría, Amancio Alcorta, José María Sarobe y el antes mencionado Cárcano) pero tal vez el mejor resumen de sus ideas, valores y principios se encuentra en la siguiente célebre declaración que recoge entre la mucha documentación exhibida por Isidoro J. Ruiz Moreno en Vida de Urquiza“Si alguna gloria he apetecido es la de ofrecer a mi patria un monumento sublime de instituciones liberales, levantado sobre los escombros de la tiranía”.

Como queda dicho, el cumplimiento de la Carta Magna de 1853 hizo que Argentina compitiera en el primer puesto del mundo libre con Estados Unidos. Los ingresos y salarios del peón rural y del obrero de la industria incipiente eran mayores que los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España por lo que las oleadas migratorias hicieron que la población se duplicara cada diez años, las exportaciones estaban a la par con las canadienses y las ofertas culturales, periodísticas, de seguridad y Justicia eran ponderadas en todas las latitudes. En el Centenario una comisión de la Academia Francesa comparó debates del Parlamento argentino con los que se llevaban a cabo en esa corporación académica debido a la versación y la independencia de criterio de los parlamentarios de nuestro país.

Luego vino el golpe fascista del 30 y peor aún el golpe militar del 43 cuyas consecuencias aún padecemos en grado sumo, lo cual ocurrió por lo que tan acertadamente vaticinó Alexis de Tocqueville: es frecuente que en las naciones que cuentan con gran progreso moral y material se de eso por sentado, lo cual constituye el momento fatal pues los espacios son ocupados por otras corrientes de pensamiento. Así fue en nuestro caso con el marxismo, el keynesianismo, distintas variantes de socialismo, los cepalinos y estatismos en general. De un tiempo a esta parte afortunadamente se nota un cambio lento pero muy vigoroso en la tendencia intelectual que es el primer anuncio de una posible mejora, a pesar del clima enrarecido que se vive: el poco respeto a instituciones fundamentales y una embestida feroz del chavismo local.

En aquella instancia había que primero terminar con al caudillaje representado en su máxima expresión por Juan Manuel de Rosas. Como hemos señalado antes, Bartolomé Mitre destaca que Rosas fundó “una de las más bárbaras y poderosas tiranías de todos los tiempos” (en Historia de Belgrano), Domingo Faustino Sarmiento: “Hoy todos esos caudillejos del interior, degradados, envilecidos, tiemblan de desagradarlo y no respiran sin su consentimiento” (en Facundo), Alberdi: “los decretos de Rosas contienen el catecismo del arte de someter despóticamente y enseñar a obedecer con sangre” (en La República Argentina 37 años después de su Revolución de Mayo). Y el propio José de San Martín lejos de su país al principio engañado por las promesas de Rosas de unificar y pacificar relata en una misiva que “Tú conoces mis sentimientos y por consiguiente yo no puedo aprobar la conducta del general Rosas cuando veo una persecución contra los hombres más honrados de nuestro país” (en Carta a Gregorio Gómez, septiembre 21 de 1839).

Tal como hemos apuntado al comienzo de esta nota, desde la irrupción del peronismo y sus imitadores con sus estragos estatistas nos obliga a navegar en la oscuridad en medio de una pobreza creciente y una exponencial degradación moral e institucional con lo que hemos caído de los primeros puestos en cuanto al progreso a ser uno de los últimos escalones en el concierto de las naciones. Jorge Luis Borges y Américo Ghioldi resumen el problema. El primero en 1986: “Pienso en Perón con horror, como pienso en Rosas con horror” y el segundo en 1952: “Como Encarnación Ezcurra de Rosas, Eva Duarte ocupará un lugar en la historia de la fuerza y la tiranía americana”. Abundantes son las referencias bibliográficas respecto a las tropelías del peronismo, por ejemplo, en las obras de Robert Potash, Félix Luna, Bernardo Gonzáles Arrili, Carlos García Martínez, Uki Goñi, Roberto Aizcorbe, Hugo Gambini, Ignacio Montes de Oca, Silvia Mercado, Rómulo Zemborain, Juan José Sebrelli, María Zaldívar, Nicolás Márquez y Silvano Santander.

Como también queda dicho, las fundaciones e instituciones liberales establecidas hoy en suelo argentino y los tantos referentes de esa tradición en distintos planos realizan una tarea educativa de gran calado que se traduce en una inmensa esperanza para revertir nuestros graves problemas y retomar la senda alberdiana que nunca debimos abandonar para de esta forma repetir “el milagro argentino”.

El caso de Urquiza fue un contragolpe en vista de los golpes sistemáticos propinados por Rosas como una ofensa a las elementales libertades ciudadanas, igual que el caso de Fidel Castro respecto a los latrocinios de Fulgencio Batista, solo que en el primer caso fue un éxito retundo en cuanto al establecimiento del respeto recíproco, mientras que en el segundo empeoraron astronómicamente los atropellos a la dignidad para convertir la isla en una cárcel infranqueable y pestilente.

Cierro este texto con cinco pensamientos clave de Juan Bautista Alberdi que resumen su posición respecto a la sociedad libre, tomados de Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853:

-”El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado, en nombre de la utilidad pública.”

-”Después de ser máquinas del fisco español, hemos pasado a serlo del fisco nacional: he aquí todo la diferencia.”

-”¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra.”

-”Mientras el gobierno tenga el poder de fabricar moneda con simples tiras de papel que nada prometen, ni obligan a reembolso alguno, el ´poder omnímodo´ vivirá inalterable como un gusano roedor en el corazón de la Constitución.”

-”Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por sí mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida, persona, propiedad, libre acción, el gobierno del Estado sería inútil, su institución no tendría razón de existir”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h