El plan quinquenal: la decadencia

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 17/12/18 en: https://www.ambito.com/el-plan-quinquenal-la-decadencia-n5005427

 

Desde el inicio de su mandato como jefe de Gobierno porteño quedó claro que Mauricio Macri provocaría la decadencia del país. Al llegar a la Nación siguió con el mismo “modelo”.

Mauricio Macri

Es imposible mejorar y ser eficiente, en cualquier actividad, sin competencia: no se puede ser buen tenista sin un contrincante, solo peloteando en un frontón, ni se puede ser un buen equipo de fútbol -como Riber, con la B de Bernabeu- solo tirando pelotas al arco. Por lo que solo la actividad privada en competencia -desregulada- es eficiente. En contraposición con la actividad estatal, que jamás es competitiva, o porque el Estado le garantiza “reservas de mercado” o porque, como Aerolíneas Argentinas, no compite realmente desde que el Estado le asegura “los goles”, es decir, que el Tesoro le gira todos los fondos necesarios para cubrir su déficit y, así, no tiene aliciente para ganar.

Por esto es que, un país es eficiente y crece en la medida del tamaño de su sector privado competitivo e, inversamente, decrece cuanto más se agranda su sector estatal. Así las cosas, desde el principio de su mandato en la CABA, quedó claro que Macri provocaría la decadencia del país: con la excusa de que, por ser opositor, la Nación no le giraba fondos, aumentó impuestos, regulaciones, empleados públicos y empresas estatales, es decir, aumentó la ineficiencia a costa del sector privado.

Y, al llegar a la Nación, como era de esperarse, continuó con el mismo “modelo” que dice que “es el correcto” y los burócratas internacionales lo apoyan -obvio, son burócratas estatales- con lo cual, como seguramente será reelecto según veremos, Argentina tiene por delante otro quinquenio de decadencia.

De los tres años de gobierno de Macri en la Nación, sólo en uno, 2017, el PBI creció, pero no verdaderamente, sino inflado gracias a créditos que supusieron un brutal aumento de la deuda -y de las tasas de interés, quitando recursos al sector privado-, siendo que en el acumulado registra una caída de algo más del 18%. Por su parte, el dólar aumentó casi 300% y, según Eco Go, la inflación acumulada se rondará el 158% a pesar de haber sido contenida por la recesión que dificulta inhibe que los empresarios aumenten precios, mientras que la suba de tarifas acumulada hasta este diciembre rondará el 280%.

Por cierto, quitar subsidios es de justicia si y solo si se les devuelve a los consumidores el correspondiente porcentaje de los impuestos con los que se solventaba ese subsidio, pero Macri “se quedó con el vuelto”: subió tarifas y no bajó impuestos, por el contrario, los subió provocando una fuerte -y muy injusta- caída en el poder adquisitivo de la gente. Mientras que en 2018 los salarios aumentaron sólo 31%, la suba interanual de precios terminaría en alrededor del 47,5%.

Dicen quienes justifican a Macri que, si bien los números no son buenos “se hicieron cambios estructurales” y que la culpa de la caída del PBI en 2018 habría sido de la sequía y la crisis cambiaria. Pues no hubo tal crisis, salvo en la imaginación de quienes no saben cómo justificar sus erradas predicciones, sino solo una previsible y justa apreciación del dólar.

Y no recuerdo que ninguna economía seria, ni Japón, ni EEUU, ni Alemania, que tuvieran caídas en el PBI por culpa de una sequía, o de un tsunami, o de un huracán como Katrina que destrozó, literalmente, a Nueva Orleans y el PBI de EE.UU. ni se inmutó. Si recuerdo, en cambio, que desde que China comenzó a realizar verdaderos cambios estructurales, “promercado”, su PBI entro rápidamente en una espiral de crecimiento de hasta el 13,5% anual llegando a ser hoy la segunda economía global.

Y la crisis argentina se profundiza. La construcción cayó 6,4% anual en octubre de este año, la industria 6,8%, el comercio minorista (CAME), la venta de autos 0 km y los despachos de cemento mostraron fuertes caídas mientras que la recaudación de la AFIP subió solo 34% anual, muy por debajo de una inflación que rondaría el 47%, proyección que pone en jaque al Presupuesto 2019. La Bolsa porteña cae más del 50% en dólares en lo que va de 2018 y empeora.

El 52% de los productores del campo cree que la situación de su empresa está peor que el año pasado, según SEA-CREA, a pesar de ser el sector más optimista, y un 70% de los consultados aseguró que no cree que estén dadas las condiciones para realizar inversiones. En el agro, las necesidades de financiamiento de las compañías serán mayores en la campaña 2018/19 respecto de la anterior, lo que se va a complicar notoriamente con estas altísimas tasas a partir de las de referencia que, del 70%, por ahora bajaron al 59%.

Por cierto, los REM del BCRA parecen un ranking de quién yerra más, habría que premiarlos con el récord Guinness. Todos los gurús empezaron diciendo que en 2018 se crecería alrededor de 3% y 3,5% en 2019 y lo peor del caso es que lo dijeron sin fundamento serio, pero aun así siguen pronosticando con la misma “certidumbre” y ahora dicen que, si bien habrá una caída del PBI de un -2,4% en 2018 y alrededor de -1% en 2019, en el famosísimo “segundo semestre” de 2019 empezaría la recuperación, dicen.

Entretanto, el FMI en octubre de 2017 estimó que el PBI en 2019 crecería 3,2% y ahora dice que caerá -1,7%. Si seguimos la curva de las proyecciones que venía haciendo (para 2019, +3,2%, luego +1,5% y ahora -1,7%) en marzo del año que viene dirá que el PBI caerá más del -3% en 2019 y aún más en 2020 y esto sí se acercará más a la realidad.

Además, tiene sentido lo que dicen muchos analistas -como el Estudio Broda– de que la curva de rendimientos de los bonos argentinos está indicando que el mercado tiene “serias dudas” sobre el financiamiento público a partir de 2020, cuando el programa financiero oficial asume que se recupera el acceso a los mercados de deuda en condiciones razonables. La asistencia del FMI se reduce y cubre 14,7% de las necesidades brutas. Y podría ocurrir una “reestructuración de deuda post 2019” salvo que el riesgo-país baje de los 500 puntos cuando hoy ronda los 750 y tiene ganas de seguir subiendo.

En el Gobierno insisten en que el rendimiento de los bonos que vencen luego de las elecciones “reflejan el riesgo político post electoral”. No es muy serio que en el mercado todavía se dude de la reelección de Macri y que esto traiga cierta incertidumbre.

Los mejores científicos políticos de EEUU tienen esto de las campañas muy estudiado. Las personas no votan racionalmente -de todos modos, los políticos dicen una cosa y luego hacen otra, de modo que no se los puede votar por sus programas- sino con “el corazón”. En particular, en el caso de las mujeres el proceso psicológico es muy parecido al de “elegir un marido”. Así, termina ganando básicamente quién tiene más y mejor publicidad y el oficialismo, al tener el aparato de gobierno, gana lejos en esto.

Además, más allá del discurso, la gente es conservadora, o sea, prefiere “malo conocido que bueno por conocer”. Total, que gana las elecciones quién va por la reelección en un porcentaje muy alto de veces: de los 24 presidentes -regulares, no como Gerald Ford que asumió por renuncia de Nixon- que fueron por la reelección en EEUU, 17 fueron reelectos, es decir el 70%, porcentaje que se eleva mucho en países con tendencias populistas como el nuestro. Así ganaron Menem, Cristina, Evo, Dilma Rouseff, Bachelet, Ortega, Santos, Correa, etc. Y pasa lo mismo a nivel diputados y senadores que van por la reelección, los “incumbents” que, según estadísticas recogidas por OpenSecrets.org, en más del 90% de los casos ganan la reelección.

O sea que Macri será reelecto, salvo una “catástrofe nuclear” que muy difícilmente ocurra. Ni siquiera el hecho de que el juez federal Claudio Bonadio haya citado a Franco y a Gianfranco Macri, padre y hermano del Presidente respectivamente, y aun recordando al “arrepentido” primo Calcaterra, podría cambiar esto.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Pobreza, caridad, estatismo y monopolios

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2018/11/pobreza-caridad-estatismo-y-monopolios.html

 

Muchas son las diferencias que encuentro en las actitudes personales hacia los pobres entre las personas que adhieren a ideas socialistas (o de izquierda como se las llama frecuentemente) y las que rechazan estas ideologías. Y, como expliqué en otra parte, las distintas maneras de entender la caridad es una de las tantas. Los liberales sostienen que la caridad es tal -si y sólo si– se hace anónimamente y de modo voluntario. De lo contrario no hay caridad posible.
En cualquier caso, esta no es la diferencia más importante, sino que lo realmente trascendente es que este último grupo de personas (por cierto muy reducido) hace sus labores de caridad y de beneficencia con recursos propios, en tanto el primer conjunto (el mayoritario) “clama a los cuatro vientos” que los “pobres” deben ser subsidiados, subvencionados, apoyados, etc. expoliando el fruto del trabajo ajeno (no el de los mismos proponentes) y que el encargado de tal despojo “por el bien de los que menos tienen” debe ser no otro que el gobierno por medio de la fuerza bruta “legal”. Esta sería pues la idea dominante en nuestra sociedad actual.
Creo que un rasgo característico de una sociedad culturalmente primitiva, sea el hecho de que las personas que declaman la igualdad de rentas y de patrimonios sean más admirados y hasta más respetados que las que -sin prescribir nada de eso- tratan de mejorar la suerte de sus semejantes más desfavorecidos dándoles de su propio peculio, pero sin tanta alharaca. Por supuesto, en este tipo de sociedad (un ejemplo puede ser la argentina, donde muy a menudo se observa este síndrome) existe un altísimo grado de hipocresía por parte de esos verdaderos apologistas de la “igualdad” y de sus admiradores (los que, como sus admirados, menos aún están dispuestos a dar de lo suyo a los que menos tienen). Los medios audiovisuales, por ejemplo, nos muestran a diario a grandes personajes de la farándula, el deporte y hasta de la política que no se cansan de clamar por los pobres y carenciados pero que no se distinguen por donar parte siquiera de sus fortunas por ninguno de los que tanto se lamentan ante las cámaras y los micrófonos.
Claro que, detrás de toda esta cuestión hay -como dijimos- un componente cultural muy fuerte cuyo nombre es el de estatismo. Tal como su designación lo indica, el estatismo es un sistema totalitario en el que el estado-nación todo lo estatiza (valga la redundancia. De allí lo de estatismo). Por supuesto que, hay rincones y recovecos sociales que son difíciles de estatizar, pero lo importante del estatismo no es lo que queda sin estatizar, sino que el estatismo tiende -en última instancia- a estatizarlo todo, y puede lograr ese objetivo, aunque no sea al cien por ciento en cotas cercanas a ese porcentaje. Esta es la tendencia que se observa en algunos lugares más, en otros menos. Pero lo cierto es que es la tendencia.
Y en el fenómeno estatista, tienen que ver primordialmente las ideas que mantiene el conjunto de la sociedad donde la manifestación estatista se manifiesta. El estatismo surge como aparición a partir de la idea de que la sociedad está compuesta por monopolios. A esta idea se sigue otra, por la cual dichos “monopolios sociales” tenderían (según la creencia popular) a perjudicar a la gente, ergo (como en un tercer paso) se sugiere que el único remedio que existiría para dicha “desgraciada conclusión” sería el de otorgarle un monopolio mucho mayor (lo mayor posible) al estado-nación que le permita “neutralizar” todo otro monopolio no estatal. La “lógica” de esta forma de “razonar” se pierde cuando quienes esto sostienen no pueden explicar satisfactoriamente los siguientes interrogantes:
1.       ¿Cuál sería la prueba de que la sociedad civil sería proclive a la formación de monopolios?
2.       Y si tal prueba existiera (lo que no es el caso) ¿cuál sería la razón por la cual un monopolio estatal sería mejor que otro monopolio no estatal, o -en términos más simples- no se explica por qué los monopolios privados serian “malos” y un único monopolio estatal seria “bueno” o “más bueno” que uno o más privados.
En otras palabras, si se pudiera probar que la sociedad libre conduciría al monopolio (prueba que –reiteramos- jamás nadie ha presentado) aun así no se explica porque se cree que únicamente el gobierno tendría el monopolio de la bondad.
La tesis del “monopolio social” (si así podemos llamarla) ha sido refutada una y otra vez. Quienes la sostienen no son consecuentes o, directamente, ignoran el proceso por el cual se conforma un monopolio y -sobre todo- las condiciones necesarias para ello. Son estas condiciones las que escasamente se dan en el mundo real. De allí que, los monopolios económicos que no cuentan con protección del gobierno sean pocos, raros y -a la larga- efímeros, excepto, como dejamos dicho, que los gobiernos acudan a su rescate, o los abordan directamente dentro de la estructura gubernamental (lo que sucede –por ejemplo- cuando se nacionaliza o estatiza una empresa o actividad).
Puede quizás ser posible que muchos individuos tiendan a ser (o deseen ser) monopolistas, pero en la medida que existan otros individuos que también traten de serlo, la competencia que se desataría entre ellos impediría que cualquiera de los involucrados en la misma llegara a configurar un monopolio. Y ninguno de ellos podría -sin más- eliminar la competencia, sino por medio de la fuerza, prerrogativa que en nuestra sociedad sólo posee el estado-nación, y de la que hace uso muy a menudo. El gobierno tiene dos formas básicas de eliminar o restringir la competencia: prohibiendo “legalmente” cierta actividad a todos menos a uno o algunos, o bien buscando el mismo efecto a través de restricciones monetarias, fiscales, presupuestarias, etc. para las cuales el instrumento de fondo también es el mal uso de la ley (como decía el celebrado F. Bastiat).
Esta idea errada y absurda de que el libre mercado conduce al monopolio, es una de las que da origen al mal llamado “estado benefactor” o de “bienestar” y que llevada a su extremo justificaría cualquier dictadura como -lamentablemente- la historia da testimonio a través del curso de los siglos, hasta desembocar en el nazismo, el fascismo y el comunismo, los tres derivados del socialismo.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La cultura del saqueo como fuente de nuestra decadencia económica

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 26/9/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/09/26/la-cultura-del-saqueo-como-fuente-de-nuestra-decadencia-economica-2/

 

Con este esquema el país no puede crecer a largo plazo, en base a inversiones, porque nadie invierte para ser saqueado.

La corrupción y el clientelismo generaron un sistema de destrucción de la riqueza en la Argentina.
La corrupción y el clientelismo generaron un sistema de destrucción de la riqueza en la Argentina.

Si se confirman los pronósticos que dan ganador al oficialismo, tanto en la provincia de Buenos Aires como en los distritos electorales con mayor peso electoral, el presidente Mauricio Macri no tendrá la mayoría en ambas cámaras pero habrá acumulado un capital político nada despreciable, que le otorgará un margen de maniobra más amplio, para llevar adelante reformas estructurales que nos permitan entrar en una senda de crecimiento de largo plazo.

Que hoy varios indicadores económicos estén dando bien no quiere decir que sean sostenibles en el tiempo. A modo de ejemplo, y salvando las distancias, Cristina Fernández logró mostrar durante un tiempo un fuerte aumento del consumo, pero basado en artificios económicos que hacían que ese aumento no fuera sustentable en el tiempo. Es la famosa herencia recibida.

Esperemos, entonces, que con ese mayor capital político, Macri comience a cambiar el discurso y, sobre todo, el rumbo económico. Lo que sirve para ganar las elecciones no necesariamente sirve para crecer en el largo plazo.

Mi visión es que la economía argentina tiene por delante dos grandes problemas. Uno, el de solucionar la cuestión estrictamente económica. Déficit fiscal, inflación, distorsión de precios relativos, tipo de cambio real, etcétera. El otro es la política económica de largo plazo. Cambiar por completo la política económica apuntando a crear las condiciones necesarias para atraer inversiones, incrementar la productividad de la economía, generar más demanda de trabajo y así comenzar un ciclo de crecimiento de largo plazo.

Pero claro, esas condiciones necesarias para atraer inversiones requieren de algo que vengo repitiendo hasta el hartazgo: calidad institucional. Me refiero a las reglas de juego, códigos, leyes, normas, costumbres que regulan las relaciones entre los particulares y de estos con el Estado.

Lo que hoy tenemos es un sistema de saqueo generalizado. El Estado es el gran saqueador que luego decide a quien le da parte del botín. Es el que a su antojo reparte el botín del saqueo. Pero ojo, esto no es nuevo en Argentina. Nuestra larga decadencia tiene como germen esta “cultura”por la cual todos pretenden vivir a costa del trabajo ajeno y usan el  monopolio de la fuerza del Estado para que saquee a otros y luego les transfiera a ellos parte del botín. El kirchnerismo ha llevado hasta niveles insospechados esta cultura del saqueo y, a mi entender, el gran desafío de Macri consiste en empezar a desandar ese nefasto camino que se ha traducido en un gigantesco gasto público con la correspondiente presión impositiva, que ya nadie puede negar que está destruyendo la economía argentina.

¿Qué quiero decir con cultura del saqueo? No me refiero solamente a la legión de gente que recibe los llamados planes sociales y se sienten con derecho a ser mantenidos por el resto de la sociedad o a la legión de ñoquis que permanecen en el estado, sino también a que buena parte de la dirigencia empresarial local (de capitales argentinos y extranjeros) pretenden parte del botín pidiendo proteccionismo, créditos subsidiados y otros privilegios que les evite competir. Quieren un mercado cautivo para vender productos de mala calidad y a precios que no podrían cobrar en condiciones de una economía abierta para obtener utilidades extraordinarias.

Además hay sectores profesionales que actúan como corporacionesdirigentes políticos, sindicales, etcétera, que pretenden también vivir de ese saqueo generalizado.

La política económica que impera en nuestro país se basa en esta regla por la cual diferentes sectores recurren al Estado para que este, utilizando el monopolio de la fuerza, le quite a otro para darles a ellos.

Es todos contra todos. Una sociedad que vive en permanente conflicto social porque el que es saqueado por el Estado pide algo a cambio y, entonces, el Estado saquea a un tercero para conformarlo y ese tercero protesta y el Estado saquea a un cuarto sector para conformar al tercero y así sucesivamente. Obviamente que los que menos poder de lobby tienen son los perdedores de este modelo de saqueo generalizado.

Con este esquema el país no puede crecer en base a inversiones porque nadie invierte para ser saqueado. En todo caso hace un simulacro de inversión para luego saquear a otro. Pero inversiones en serio, aquellas que tratan de conseguir el favor del consumidor son mínimas con estas reglas. Es más, casi tienden a cero.

En consecuencia, no tenemos un sistema de cooperación voluntaria y pacífica por el cual un sector solo puede progresar si hace progresar a sus semejantes produciendo algún bien que la gente necesite y vendiéndolo en el mercado a precio y calidad competitivos. Por el contrario, tenemos un sistema de destrucción de riqueza. De destrozo del sistema productivo. Y eso se traduce en menos bienes para ser saqueados y repartidos. Cuanto más saquee el Estado, menos se produce, menor es el botín a repartir y mayor la conflictividad social.

Las recurrentes crisis económicas argentinas son el fruto de esta cultura del saqueo. Cuando se acaba el botín viene la crisis y empezamos de nuevo, pero no cambiamos la cultura de fondo.

El mayor problema que tenemos que enfrentar es cambiar esta cultura del saqueo por la cultura del trabajo, de la competencia, de la innovación. No es cierto que el país no esté en condiciones de cambiar esta cultura decadente. Que sea imposible llevar a cabo un cambio de estas nefastas reglas de juego sin evitar una crisis social. Eso es lo que venden los políticos que prefieren seguir teniendo el poder de saquear porque saqueando pueden retener poder político. Saqueo a unos pocos y reparto entre muchos y así gano votos, es decir, kirchnerismo en estado químicamente puro.

Podremos discutir hasta el hartazgo si gradualismo fiscal o baja del gasto público. Si hacemos una reforma impositiva que atraiga inversiones o continuamos con la cantinela de que primero hay que recaudar más para luego bajar los impuestos y delirios de ese tipo.

Ahora, lo que seriamente tenemos que plantearnos es si vamos a seguir usando al Estado para robarnos unos a otros (el robo legalizado, como lo llamaba Bastiat) o le ponemos un límite en que el monopolio de la fuerza que le delegamos es para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas y no para que lo use para saquear en nombre de la solidaridad social. Verso también inventado por los políticos para decir que tienen el monopolio de la benevolencia y así seguir saqueando a los sectores productivos para repartir el fruto del saqueo y ganar votos.

En síntesis, terminar con esta competencia populista en que se ha transformado la democracia en Argentina y volver a una democracia republicana.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

En Venezuela hay que empezar desde los principios más básicos, como respetar la división de poderes

Por Martín Krause. Publicada el 15/11/16 en: http://bazar.ufm.edu/en-venezuela-hay-que-empezar-desde-los-principios-mas-basicos-como-respetar-la-division-de-poderes/

 

Lamentablemente, nuestra querida Venezuela tiene que lograr cumplir ciertos elementos básicos del funcionamiento de una democracia. En este video, CEDICE explica las atribuciones y el funcionamiento del poder legislativo: https://www.youtube.com/watch?v=-rvjuT73Kjk

 

Y en el libro, esto se dice al respecto. Comencemos con un par de citas:

. Comenta Madison: “Se escuchan quejas por doquier de nuestros ciudadanos más virtuosos y considerados, que nuestros gobiernos son muy poco estables; que el bien público no es considerado en los conflictos entre partidos rivales; y que se toman a menudo medidas, no según las reglas de justicia y los derechos del partido minoritario, sino por la fuerza superior de una abrumadora e interesada mayoría”. (2001).

 

. La visión clásica en la materia es desarrollada inicialmente por John Locke (1988) que, refiriéndose a la monarquía absoluta, señalaba: “… que la Monarquía siendo simple, y muy obvia a los Hombres…., no es en absoluto extraño que no se ocuparan mucho en pensar métodos para limitar cualquier exorbitancia de aquellos a quienes le había delegado autoridad sobre sí mismos, y de balancear en Poder del Gobierno, colocando diversas partes en diferentes manos” (p. 338).

 

Hemos visto que los mercados son imperfectos, lo mismo que la política, en cuanto instrumento que puede no solamente no solucionar los problemas que el mercado vaya presentando, sino empeorarlos incluso. Hay una forma de controlar cualquier abuso de poder en el mercado: la competencia. Si algún producto o servicio no resulta como se promete, o simplemente si pensamos que hay otro mejor, podemos cambiar de proveedor. Ninguno nos tiene atrapados, a menos que tuviera el monopolio y no contáramos con otros productos o servicios sustitutos.

Pero el Estado es, por definición, un monopolio. ¿Cómo controlamos el poder que le hemos otorgado? . La respuesta clásica y, en parte, vigente en muchas repúblicas modernas, es la que desarrollaran Locke , Montesquieu y otros: limitación y división del poder. La división del poder tiene en objeto que ningún individuo o grupo en particular lo concentre. Esta división se produce por medio de la división “horizontal” de los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), como también una división “vertical” del poder, sobre todo a través del federalismo y la descentralización, tema que veremos en el capítulo 14.

La limitación se busca por vía de la existencia de normas constitucionales de protección de los derechos individuales que los excluyen de eventuales decisiones mayoritarias (Bill of Rights), la revisión judicial de los actos gubernamentales, la renovación de mandatos y otros.

La separación de poderes ha sido un tema desarrollado especialmente por la ciencia política. ¿Cuál es la visión de la economía al respecto? Pues se asocia al concepto de competencia, por un lado, y al de costos de transacción por otro. En relación con el primero, la división del poder sujeta a los distintos actores a un cierto grado de competencia entre unos y otros, tanto por recursos —este es típicamente el caso de la competencia entre gobiernos nacionales con provincias o estados subnacionales— como por áreas y poder de decisión. Esta competencia puede actuar como un freno, aunque también si termina en un “cartel” como un motor del crecimiento del gasto público y el endeudamiento. Por otro lado, la democracia, como un mecanismo para la selección y renovación pacífica de los gobernantes con base en la preferencia de cierta mayoría, contiene también elementos de competencia, aunque se trata de la competencia para obtener cierto grado de monopolio.

En cuanto a los costos de transacción, cuando se trata de transacciones voluntarias, se ven favorecidas si esos costos son bajos. Pero si se trata de transacciones que tienen como objetivo obtener algún tipo de privilegio, entonces es mejor que los costos de esa transacción sean altos. La separación y división de poderes aumenta los costos de hacer lobby. En una sociedad donde todo el poder está concentrado en una persona, sea un rey, un dictador o un gobernante electo con poder absoluto, tan solo hace falta “convencer” o “sobornar” a esa persona, teniendo en cuenta que puede haber dos clases de acciones para buscar influencias: legales e ilegales. Pero en una sociedad donde el poder se encuentra dividido y disperso, el costo del lobby es mucho mayor: puede ser necesario convencer a funcionarios o agentes del Ejecutivo, a legisladores, y eventualmente enfrentar el cuestionamiento judicial de la norma.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

La salida inmediata está en la exportación

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 4/9/16 en: http://economiaparatodos.net/la-salida-inmediata-esta-en-la-exportacion/

 

Como principio básico, es imposible consumir sin antes invertir y producir

La semana pasada el ex ministro de economía, Roberto Lavagna, afirmó que “las inversiones no van a llover, se van a mover cuando se mueva el consumo”. Llama la atención esta afirmación de un economista de reconocida trayectoria dado que como principio básico, es imposible consumir sin antes invertir y producir.

Imaginemos que un náufrago llega a una isla. Al tiempo de estar en la isla tiene hambre y ve unos cocos en el cocotero. ¿Puede el náufrago comerse el coco antes de invertir tiempo y trabajo en producirlo? No. Para poder consumir primero tiene que invertir tiempo y trabajo en treparse al cocotero y conseguir el coco. Con el tiempo, si no se come todo el coco y ahorra algo, puede destinar parte del tiempo a construir una escalera (stock de capital) para subir más rápido al cocotero hasta donde están los cocos y aumentar su productividad. Eso le permitirá disponer de muchos más cocos, no treparse al cocotero durante unos días para conseguir cocos y destinar ese tiempo a pescar, con lo cual incrementará su consumo en cocos y peces.

Con cocos y peces ahorrados puede destinar el tiempo a hacerse una choza que lo proteja de la lluvia y, por lo tanto, podrá seguir incrementando su consumo, ahora en bienes de consumo durables. Es más, al tener más cocos gracias a la escalera (stock de capital) puede destinar tiempo a fabricar un medio mundo (más stock de capital) y conseguir más peces. Al tener más peces puede consumirlos o intercambiarlos con los isleños vecinos que tienen buenos abrigos.

Como se ve, nuestro náufrago puede ir incrementando su consumo pero primero tiene que invertir para incrementar su productividad. De lo anterior se desprende que antes de consumir, el náufrago tuvo que invertir. Si hubiese querido consumir sin invertir (subirse al cocotero) ya estaría muerto de hambre. El primer paso está en invertir.

En el caso de la economía argentina, no veo como posible que el consumo sea el motor que ponga en funcionamiento la economía. Si bien es cierto que el fin último de la actividad económica es consumir, hay un paso previo que es producir y para producir hay que invertir. En los estadios más elementales de situación económica la inversión es tiempo y trabajo. No es casualidad que los países con mayor nivel de vida de la población sean los que tengan la mayor cantidad de stock de capital por persona. A medida que se va acumulando cada vez más stock de capital, se incrementa la productividad de la economía (se producen más bienes por unidad de tiempo) y hay más riqueza para consumir.

Salvo que Lavagna esté pensando en algún esquema de cerrar más la economía para que la gente tenga que consumir solo bienes domésticos y que esa mayor demanda de bienes domésticos se traduzca en más inversión, no veo razón para pensar que es posible que primero aumente el consumo y luego la inversión. Incluso en el hipotético caso que Lavagna esté pensando en que con una economía cerrada las empresas invertirán más para abastecer la mayor porción de demanda para consumo derivada de la restricción de la oferta por el cierre de la economía, tampoco veo que vaya a haber inversiones. Si el empresario tiene un mercado cautivo, no invierte porque no tiene competencia que lo obligue a ser más eficiente. Con un mercado cautivo el empresario ajusta por precio, no por cantidad producida. Es decir, no invierte, aprovecha la protección que le da el gobierno para subir los precios y obtener una renta que no tendría en condiciones de libre competencia.

Tal cual están dadas las condiciones actuales y con un gobierno que tiene fuertes restricciones política, me parece que la salida más rápida de la recesión es por vía de la exportación. Esto significa que el BCRA se retire del mercado de LEBACs, deje de toquetear la tasa de interés, permita que el tipo de cambio flote libremente y mientras la economía se mueve por más exportaciones tiene que ir implementando las reformas estructurales en el sector público, en el sistema tributario y en la legislación laboral para atraer inversiones, crear más puestos de trabajo y generar más ingreso que lleve a niveles más altos de consumo.

Creo que el populismo político caló tan hondo en las mentes de los argentinos que hasta influye perversamente en el razonamiento económico de hombres de la economía como Lavagna.

En forma irresponsable el populismo siempre va a proponer incrementar el consumo para tener contenta a la gente. No importa que ese incremento del consumo sea insostenible en el tiempo. Los políticos populistas son así de irresponsables. Con tal de conseguir votos prometen e impulsan lo que no puede cumplirse. Ahora, que lo prometa e impulse un hombre como Lavagna, que tiene su trayectoria, es lamentable porque él sabe que el kirchnerismo llevó la economía a niveles de consumo insostenibles en el tiempo y que la herencia recibida de los k es que la gente va a descubrir que ya no puede consumir como antes. Que los niveles de consumo que tuvieron durante la era k fueron una ficción y que la realidad es que ahora todos tendremos que aceptar niveles de consumo menores.

Por otro lado, siendo que la inversión depende, entre otros factores, de la confianza en las instituciones y que esa confianza llevará tiempo recuperarla luego del destrozo que hizo el kirchnerismo, francamente no veo en lo inmediato otra salida de esta recesión que el camino de las exportaciones. Y, para eso, hay que dejar de toquetear las tasas de interés e ir a una libre flotación.

La reconstrucción de la economía argentina llevará muchos años. De todas maneras puede disminuirse el sufrimiento de la población por las heridas que dejó el kirchnerismo en la economía, buscando por el lado exportador. Es, tal vez, el primer paso, en el largo camino de la reconstrucción de la Argentina luego del tsunami kirchnerista.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

TENSIÓN ENTRE LO QUE ES Y EL DEBER SER

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Cualquier situación que ocurra (cualquier es) inexorablemente tiene como meta el respeto recíproco como el debe ser, con exclusión de quienes se dirigen a la falta de respeto al prójimo en provecho propio, en otras palabras, los espíritus totalitarios. Pero en lo que podemos denominar una sociedad civilizada, es decir, en el único modo de contar con armonía de intereses, como queda expresado, el deber ser consiste en el respeto recíproco a los proyectos de vida de todos cualesquiera sean éstos.

 

Todos los seres humanos tienen como meta pasar de un situación menos favorable (es) a una que le proporcione mayor satisfacción (debe ser). En este contexto el es constituye el medio para el logro del objetivo cual es el deber ser, es por ello que la ética no constituye mera decoración sino algo eminentemente práctico y de gran utilidad para la realización de las potencialidades de cada cual en busca del bien. Todos cometemos faltas, nadie puede “tirar la primera piedra”, de lo que se trata es de distinguir entre el pantano y la huella para no idealizar el pantano y realizar esfuerzos al efecto de retomar la huella.

 

Viene ahora un interrogante de la mayor importancia: ¿cómo proceder en la vida diaria frente a las más variadas circunstancias? Muchas veces hemos escuchado que si bien se está de acuerdo en que las cosas deberían ser de tal o cual manera, dado que son de otra, para seguir viviendo no hay más remedio que actuar de forma distinta y amoldarse.

 

Por ejemplo, imaginemos a uno de los asesinos seriales de la SS en la Alemania hitleriana irrumpe en el domicilio de alguien en busca del hijo del dueño de casa  y para contrarrestar semejante barrabasada el padre soborna al oficial de marras para salvar a su hijo. El padre sabe que está enriqueciendo a un criminal,  sin embargo estima que se ve obligado a proceder de aquella manera. Este ejemplo extremo ocurre de modo muy atenuado de forma cotidiana con gobiernos autoritarios de muy diversas corrientes. Esto alegan empresarios que dicen estar embretados por el poder de turno a riesgo de perder sus empresas y muchas otras situaciones de quienes se ven envueltos en trámites burocráticos muy variados.

 

Sin duda que hay un límite al desvarío pero la encrucijada existe y sin duda que hay conductas ejemplares que no admiten ninguna acción contraria a valores esenciales y, por ende, renuncian a lo más preciado con tal de mantener principios, pero el común de los mortales se ve compelido a entrar por la variante para seguir viviendo. Empresarios que declaran que se ven compelidos a acceder a los caprichos del mandamás del momento, aunque vean claramente la distancia entre lo que aceptan ser y el deber ser y así con tantos casos equivalentes.

 

Si  los límites se sobrepasan, aceptando algo que es absolutamente incompatible con el deber ser “para seguir viviendo y estar en sintonía con la tendencia dominante de la actualidad” no es justo involucrar a otras personas, como cuando se acepta la incorporación a socios impresentables a un club que disgustan a otros miembros. Ilustra otras situaciones similares que comprometen a terceros el caso de quienes apoyan el razonamiento anacrónico de sindicalistas que pretenden bloquear la competencia al oponerse a Uber que, en diversas ciudades, presta servicios de transporte atractivos en calidad y precio, es como si hubiera que eliminar las refrigeradoras para volver al hombre de la barra de hielo.

 

No es del caso juzgar ahora las diversas conductas pero lo que si debe remarcarse es que todos los seres humanos deben contribuir de un modo u otro para que prevalezca el respeto recíproco, de lo contrario, cualquiera sea la actividad de cada cual, indefectiblemente todo perecerá. Los que proceden en base a la componenda por lo menos deben contribuir con un reaseguro destinando tiempo, dinero o las dos cosas al efecto de cubrir la retirada puesto que si solo se las pasan justificando la necesidad de ceder en principios deben saber que consolidan la barranca abajo y que si pretenden vivir a costa del esfuerzo de terceros para mantener vestigios de la sociedad abierta (freeriders) su final ni siquiera será mudarse de país sino el mar con los tiburones.

 

Por supuesto que en esta instancia del proceso de evolución cultural no nos estamos refiriendo a los políticos que, como tales, necesariamente abandonan lo que debe ser para amoldarse a lo que es, en otros términos, a lo que la opinión pública puede al momento digerir, si es que desean continuar en la tribuna política. Cuando despotrican en sus discursos ponen énfasis desmedido, generalmente en voz muy alta, de los supuestos principios que defenderán a capa y espada pero la verdad es que su profesión consiste en ceder, componer y conciliar. Y el que se cree el discurso, cuando reclama airadamente y con gran desilusión de su candidato, le replican con toda naturalidad “y que quiere, se trata de un político”.

 

En este contexto, siempre debe haber personas que actúen desde afuera para señalar con rigor el camino que conduce al irrestricto respeto recíproco sin componendas de ninguna naturaleza. Solo así -y no con los aplaudidores y serviles de siempre- es posible abrigar alguna esperanza de vivir en una sociedad civilizada.

 

Hay todavía otro canal que pretende debilitar las obligaciones morales, no para actuar en dirección a lo que otros demandan sino en puro beneficio propio ya que el bien hace bien. Ese canal es el que pretende confrontar las emociones con la razón por medio de lo cual se justifican acciones u omisiones que van a contracorriente de principios éticos.

 

En este sentido, Nathaniel Branden explica en The Psychology of Self-Esteem que las emociones provienen de evaluaciones conscientes y subconscientes sobre la conveniencia o inconveniencia de ciertos procederes. Más aun, sostiene que las subconscientes son producto de lo que alguna vez fue consciente respecto a los valores o desvalores de cada uno. En otros términos, no hay incompatibilidad entre emociones y razón, no se trata de conceptos mutuamente excluyentes sino de fenómenos complementarios: uno quiere o desea tal o cual cosa porque primero estimó más o menos detenidamente que el objeto deseado o querido le conviene, le agrada, lo satisface (de lo cual no se desprende que el sujeto actuante necesariamente acierte en sus conjeturas).

 

En esta línea argumental, tengo muy presente un pensamiento de Viktor E. Frankl enmarcado en mi biblioteca y bordado por mi hija Marieta: “Never let the is cach up with the oughts”, lo cual considero es el secreto de la vida puesto que empuja a tener siempre proyectos que una vez alcanzados deben inmediatamente renovarse y sustituirse por otros, ya que si uno queda satisfecho con el logro de un proyecto sin contar con otros nuevos se termina la vida propiamente dicha.

 

La moral alude a lo prescriptivo mientras otras ramas del conocimiento se refieren a lo descriptivo. El primer campo apunta a lo normativo mientras que los segundos centran su atención a lo positivo. Dicho sea al pasar, esto último para nada significa adherir al positivismo, la tradición de pensamiento que sostiene que solo lo verificable empíricamente puede considerarse verdadero o falso. Pero, por un lado, como ha señalado Morris Cohen en Introducción a la lógica, la antedicha proposición no es verificable y, por otro, como ha destacado Karl Popper en Conjeturas y refutaciones, nada en la ciencia es verificable solo es posible la corroboración provisoria sujeta a refutación.

 

Hay autores que mantienen que ninguna acumulación de experiencias (sumatoria de es) puede conducir lógicamente a lo que debe ser (el caso de David Hume que aunque atenuado su alcance por Alasdair McIntyre es bien refutado por John Searle), lo cual constituye un error de apreciación puesto que en todos los casos se infiere una cosa de la otra. Si deseo (lo que considero debiera ser) convertirme en un abogado tengo que estudiar derecho (es), lo primero es la meta lo segundo es el medio para el logro de aquél objetivo. Si prometí pagar cierta suma, de allí se desprende el deber ser (cumplir con la palabra empeñada). En definitiva todos nuestros actos presentes (los es) están dirigidos a lo que debe ser.

 

Este razonamiento desde luego incluye latus sensus acciones que lesionan derechos de terceros y/o hacen daño al mismo sujeto actuante, pero en un sentido ético más preciso y restringido, tal como apuntamos antes, el deber ser se refiere a conductas de respeto al prójimo.

 

Finalmente dos pensamientos de Ortega, uno referido a lo que decíamos sobre la pretensión de los free-riders (“garroneros” según un argentinismo) y el otro sobre la trascendencia de hacer valer el individualismo que es a lo que aspira la sociedad abierta. En el primer caso, escribe en El espectador que “Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostener la civilización, se ha fastidado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. Un descuido y cuando mira usted a su derredor todo se ha volatilizado”. Por ello es de tanta importancia preocuparse y ocuparse de trabajar por la libertad que es el oxígeno vital de la vida civilizada, pero apartarse de los timoratos y estrechar filas con los honestos intelectuales (es muy gráfica la condena de la Biblia a los tibios).

 

El segundo pensamiento pertenece a La rebelión de las masas: “Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aun de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso, en muchos pueblos […] andan buscando un pastor y un mastín. El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo, antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

“Derechos sociales” vs individuales

Por Gabriel Boragina. Publicado el 12/3/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/03/derechos-sociales-vs-individuales.html

 

Es casi un lugar común, algo implícitamente aceptado por aproximadamente todos, que existe un divorcio y un antagonismo irreconciliable entre los llamados “derechos sociales” y los individuales. Pero, como tantas veces dijéramos, esa distinción es artificiosa porque no se compadece con la realidad de los hechos, ya que parte de una defectuosa concepción del vocablo “derecho” y -por otro lado- no hace una lectura correcta de la realidad social, llegando a una utilización artificiosa de los términos. El problema de fondo, radica en que resulta imposible identificar ningún “derecho social” que no se trate de adjudicar arbitrariamente a algún grupo de personas, con lo cual, lo que se quiere significar bajo esta denominación resulta -en lo cotidiano- la asignación de seudoderechos, que una autoridad deberá conceder a específicos círculos en detrimento, por supuesto, de otras personas.

“¿Se compagina la libertad con los «derechos sociales»? De ningún modo. Una persona tiene verdadero merecimiento (derecho) a tener comida, vestido, casa, muebles, carro, empleo, atención médica, (no «salud»), educación, diversiones, etc., sólo si se los gana en intercambios libres. Por otra parte, esta es la única forma de madurar, y de ganar autoestima personal: en base a los propios méritos y capacidades, que se descubren en la medida en que uno sale al mercado a ofrecer algo que pueda ser de valor al prójimo, y este puede brindarle un reconocimiento libre mediante el pago de un precio voluntario. Lo que el Estado debe es no impedir que una persona pueda ganar aquello que desea, si lo merece.”[1]

Un “derecho social” es una imposibilidad fáctica, porque apenas se lo quiere distinguir de un derecho individual lleva a un callejón sin salida en el cual encontramos a personas individuales que tratan de obtener pseudoderechos por sobre otras personas, por la sencilla razón que les atribuyen a estas ultimas la pertenencia a un conjunto diferente al suyo (esa asociación puede ser un partido político, un sindicato obrero o patronal, o una entidad de algún otro tipo). De la falacia de los “derechos sociales” deriva otra no menos imposible: la de los “movimientos sociales”, que consisten -en última instancia- en bandas de personas que se aglutinan para lograr del mando político prebendas, dadivas, privilegios y ventajas por sobre otras personas, a las que arbitrariamente imputan la pertenencia a comunidades opuestas o antagónicas.

“Se advierte en los discursos oficiales, la continua referencia a los derechos sociales, o derechos de segunda generación, para justificar la pretensión del régimen de velar por los derechos humanos. Los mal llamados derechos sociales, se vinculan con la satisfacción de ciertos requerimientos propios de la vida humana, tales como salud, vivienda, educación, etc. Pretender que la satisfacción de dichos derechos sociales se logra a través del monopolio gubernamental, supone un contrasentido y un gran peligro por tres motivos fundamentales:

1) Porque, al igual que todo monopolio, elimina la competencia, es decir el principal incentivo para hacer un buen trabajo. Es contradictorio pretender una mayor y mejor educación o salud, poniendo dicha actividad exclusivamente en manos de los burócratas del régimen.

2) Cuando el Estado monopoliza una actividad y pretende prestar un servicio en forma directa, sólo puede intentar lograrlo por medios compulsivos. Serán los impuestos u otros medios de extraer dinero a los ciudadanos, los que se utilicen para satisfacer necesidades ajenas. Dicha redistribución obligatoria sólo puede hacerse posible sacrificando derechos de primera generación: la propiedad, la libertad personal, la libertad de ejercer industria o comercio, el derecho de asociarse con fines útiles, etc.

3) Finalmente, la constante invocación de derechos sociales para justificar el establecimiento de monopolios estatales, es una de las formas que las dictaduras encuentran para extender su control sobre la comunidad y justificar sus atropellos.”[2]

Pero, aunque el estado no monopolice la prestación de los falsos “derechos sociales” puede instituir su existencia a través de diferentes sistemas legales que obliguen a terceros ajenos e inocentes a efectuar o conceder tales imaginarios “derechos sociales”, los que necesariamente -como hemos visto- serán siempre altamente discriminatorios. Es cierto que la opción por la monopolización estatal suele ser la preferida por los gobiernos de poco más o menos todo el mundo, pero hay otras muchas vías económicas (algunas de ellas muy sutiles) de las cuales los mandos políticos se valen para hacer cumplir ese mal denominado “rol social”. Los actuales países socialdemócratas emplean generalmente instrumentos fiscales para redistribuir ingresos con pretendidos “fines sociales”, que en casos de regímenes populistas llegan al paroxismo. En los hechos, esos pretensos “fines sociales” se dirigen a la autodenominada “militancia” o camarillas afines al partido populista de turno en el poder. Dichas experiencias se han producido con consecuencias muy luctuosas en Argentina con los Kirchner, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia y con muy particular gravedad en el régimen comunista castrochavista venezolano. En grado menor, en Brasil y Chile. Pero la inexistente “filosofía” que inspira todas estas transferencias de ingresos desde los que producen hacia los que sólo consumen sin producir absolutamente nada, se verifica -en mayor o menor grado- en cerca de todas partes el mundo, dado que se considera lo “políticamente correcto”.

Hay que poner de relieve que también es ilusorio que todas las sinecuras y prerrogativas otorgadas por el imperio estatal a determinados grupos en nombre de esos pretendidos “derechos sociales” alcancen en forma individual a todos los miembros de cada uno de ellos. Los beneficios y el botín se reparten de manera desigual, siendo que la mayor proporción va a parar directo a las alforjas de los gobernantes o del área específica del régimen de donde procede la provisión de recursos en cuestión. En segundo lugar, hacia los lideres o capitostes del conglomerado en cuestión. Finalmente, en tercer y último lugar, los seguidores sólo suelen recibir las migajas, aunque a veces estas sean significativas cuantitativamente.

[1] Alberto Mansueti – Jose Luis Tapia Rocha. LA SALIDA. o la solución a los problemas económicos y políticos del Perú, Venezuela y América Latina– Edición ILE. Perú. Pág. 371

[2] Eneas Andrés Biglione “El embargo norteamericano al régimen castrista: Una perspectiva de Law & Economics”. Corporate Training. George Mason University. Diciembre 2009. Pág. 15-16

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.