Un asunto complejo: la caridad y las ganancias

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 16/6/2020 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/06/20/un-asunto-complejo-la-caridad-y-las-ganancias/

 

Milton Friedman

Milton Friedman

Antes que nada es pertinente definir que se quiere decir cuando se reflexiona sobre la caridad y a que concretamente se alude cuando se elabora sobre las ganancias. Lo primero se refiere a lo entregado voluntariamente con lo propio. Se hace necesaria esta aclaración puesto que muy equivocadamente se suele asimilar la caridad y la consiguiente solidaridad cuando intervienen los aparatos estatales que arrancan el fruto del trabajo de unos para entregarlos graciosamente a otros con lo que no solo se vulnera la justicia de “dar a cada uno lo suyo” ya que, como queda dicho, se succionan recursos ajenos -lo suyo- por la fuerza. Esto no es un acto caritativo ni refleja solidaridad sino que se trata de un atraco, robo legal como entre otros ha explicado Fréderic Bastiat.

En este contexto, es del caso precisar que no hay tal cosa como altruismo puesto que según el diccionario significa “hacer el bien a costa del propio bien”. Toda acción humana se lleva a cabo en el interés personal del sujeto actuante. Es en realidad una tautología, ya que se realiza precisamente porque quien la concreta lo quiere de esa manera, de lo contrario hubiera actuado en otra dirección. En otros términos, actúa por su bien es decir por su satisfacción, por el bien de quien ejecuta la acción, en este caso al constatar el bien del prójimo

El que entrega todo su patrimonio a los pobres es porque prefiere hacerlo de esa manera pues, por ejemplo, le produce placer la sonrisa del pobre o eventualmente quiere verse reflejado en la foto cuando entrega el cheque o cualquier otro motivo que lo impulsa para esa preferencia. Cuando la Madre Teresa cuidaba a sus leprosos ponía en evidencia su escala de valores, su preferencia, su interés personal radicaba en el cuidado y la salud de esos enfermos. No es entonces una acción “a costa del propio bien” sino precisamente es por el propio bien ya que satisface al sujeto actuante. Por supuesto que el que asalta un banco también lo hace en su interés personal. Calificamos de buena o mala persona según en qué radique su interés personal.

Ahora también es del caso apuntar que la caridad no se circunscribe para nada en la entrega de bienes materiales. Más aun, es muchas veces más apropiado y fecunda la entrega de conocimientos al efecto de que el receptor pueda mejorar y no ser dependiente de la ayuda material de otros. En ese sentido, resulta muy aleccionador aquél dictum chino en cuanto a que “es mucho mejor enseñar a pescar que regalar un pescado”.

En esta línea argumental, como bien explica Michael Novak en El espíritu del capitalismo democrático, la generalización de la caridad entendida como la entrega de bienes materiales no se sostiene, conduce al derrumbe de la sociedad. Si cada uno entrega lo que tiene al vecino y nadie produce el destino inexorable es la muerte por inanición. El acto caritativo en este sentido refleja compasión y misericordia y hace de apoyo logístico invalorable en situaciones extremas pero no es para nada la solución de fondo y en algunos casos puede conducir a dependencias muy malsanas e incluso ser incentivos para la inmovilidad y el rechazo al esfuerzo personal, la inactividad y el abandono del hábito del trabajo.

La solución de fondo estriba en producir, es decir, en gran medida la actividad emprendedora y empresaria y de todos sus colaboradores, un proceso que apunta a obtener beneficios. En una sociedad libre las ganancias son reflejo de la satisfacción de las necesidades del prójimo, sea vendiendo vestido, comida, vivienda, fármacos, equipos electrónicos, libros, entretenimiento o lo que fuera. Los comerciantes que no aciertan en los gustos de los demás, incurren en quebrantos. Este es el modo en que los siempre escasos recursos están en las manos más eficientes a criterio de la gente en una sociedad libre. Subrayamos la relevancia de la sociedad libre pues la irrupción de empresarios prebendarios que se alían con el poder para obtener privilegios constituyen la antítesis de mercados competitivos y en toda circunstancia operan a contramano de los intereses de la gente puesto que son genuinos explotadores.

Y aquí viene una cuestión de la mayor importancia que se refiere a la denominada “responsabilidad social empresaria” que en verdad constituye un complejo de culpa de empresarios que no han entendido su misión y su rol y pretenden una inaudita “devolución de algo de lo que le han sacado a la sociedad”. Como bien ha explicado el premio Nobel en economía Milton Friedman, “la verdadera responsabilidad social del empresario es ganar dinero”, en su célebre ensayo publicado en The New Yorker Magazine (“The Social Responsability of Buisiness is to Increase Profits”, septiembre 13, 1970). Como hemos consignado, las ganancias en una sociedad libre ponen de manifiesto el grado de satisfacción de los congéneres, de más está decir que el empresario debe internalizar sus costos de lo contario estaría lesionando derechos de terceros. El tamaño de la empresa y las consiguientes inversiones están directamente vinculadas a los apoyos que pueda concitar en el mercado abierto sin privilegios de ninguna naturaleza.

Es por eso que autores como Herbert Spencer y Juan Bautista Alberdi sostenían que en las plazas públicas, en lugar de construir monumentos a políticos y militares que habitualmente son los que ponen palos en la rueda para el progreso, deberían emplazarse monumentos a empresarios puesto que gracias a ellos han surgido medios novedosos de transporte, diques y represas, sistemas de riego, medicamentos, procedimientos eficaces para obtener alimentos, construcciones de viviendas, procedimientos ingeniosos para las comunicaciones, ropa, producciones musicales y todo de cuanto disponemos.

Esto no quiere decir que el empresario comprenda los fundamentos de su propio actuar, como ha puesto de manifiesto Adam Smith en 1776, generalmente ocurre lo contrario. Por el hecho de que el comerciante cuente con un olfato refinado para detectar arbitrajes, es decir, la conjetura que los costos están subvaluados en términos de los precios finales al efecto de sacar partida de la diferencia, no por ello decimos el empresario es un conocedor de filosofía política, ni siquiera de la propia economía. Por eso es que los integrantes de la Escuela Escocesa desconfiaban del empresario como asesor de políticos y más bien había que circunscribir su acción al mercado y abstenerse de consultarlo en asuntos de política. Incluso en un extremo Adam Smith en su obra cumbre consigna que ni siquiera son convenientes las cámaras empresariales puesto que “suelen conspirar contra el público”.

Entonces, en el mundo en que vivimos lo que venimos comentando está generalmente dado vuelta y entreverado del modo más completo: se aplauden los zarpazos del Leviatán para entregar recursos sacados compulsivamente del bolsillo de terceros y se condena a los empresarios exitosos, o en todo caso a veces se ponderan los comercios chicos como si no fuera la ambición de ellos el ser grandes pero cuando logran tener éxito en su cometido, a saber, convertirse en grandes son denostados y censurados. El fundamento moral de las ganancias estriba en que son el producto de lo propio, adquirido de manera lícita para mejorar lo cual exige como condición indispensable la mejora del prójimo. En este contexto y en esta etapa del proceso de evolución cultural, la función del monopolio de la fuerza que llamamos gobierno es la protección a los derechos de las personas que naturalmente incluye el castigo a fraudes y engaños.

Tras estas condenas se esconde la envidia y una incomprensión fenomenal del significado de las desigualdades de rentas y patrimonios que tienen lugar en una sociedad libre. Como todos somos diferentes desde el punto de vista anatómico, bioquímico, fisiológico y sobre todo psicológico, las consecuencias de los diversos talentos y fuerzas físicas naturalmente se traducen en resultados también diversos. Y son una verdadera bendición las diferencias puesto que es lo que hace posible la cooperación social. Si todos tuviéramos las mismas inclinaciones y vocaciones, la división del trabajo se derrumbaría junto con la misma sociedad. El delta de los ingresos no resulta relevante, es la manifestación de las compras y abstenciones de comprar que cotidianamente se suceden en supermercados y afines. Lo trascendente es que todos mejoran, lo cual ocurre donde se maximizan las energías creadoras que se reflejan en las ganancias y en este contexto la caridad como entrega de bienes materiales -aunque noble- desempeña un rol secundario y, por su parte, la caridad como entrega de conocimientos constituye un pivote esencial para el progreso.

Por supuesto que los que usan a los pobres para sus diatribas a los mercados libres y sostienen que la pobreza es una virtud están descalificando la caridad material, puesto que con ella el receptor amortigua su pobreza que si es acompañada por esmerado trabajo puede constituir el primer paso para salir de esa situación siempre que opere en un clima de marcos institucionales liberales que siempre implican la firme protección de derechos.

A modo de nota al pie, consigno que no caben comparaciones como si estuvieran en un mismo plano las ayudas caritativas con la actividad comercial en cuanto a grados de nobleza. Son dos andariveles de naturaleza completamente distinta: en este contexto carece de sentido comparar la bondad de la madre que trasmite valores a su hijo o el beso que le da a una vecina por una parte, con el trabajo del mecánico o del panadero por otra. En el primer caso el interés radica solamente en el bien que se le hace a otro y en el segundo el interés radica en el dinero obtenido para lo cual debe satisfacerse al otro, pero para arreglar el motor de un automóvil o para comer no se requiere una lección sobre economía ni demostraciones de amor sino capacidad en mecánica o en panadería. Por tanto, la pobreza se resuelve con incentivos fuertes para la producción y el amor se demuestra con cariño y trasmisión de valores. Además, el ser humano es multidimensional: el buen mecánico o panadero también tienen sus afectos y la buena madre también puede ser una eficaz costurera profesional o gerenciar una institución bancaria.

Estos conceptos y otros entrelazados al ideario de la tradición de pensamiento liberal deben ser mantenidos, que no sea algo esporádico y pasajero al efecto de obtener buenos resultados. En este sentido, cierro esta nota con algo que dije cuando me invitaron a pronunciar un discurso dirigido a graduados en un acto de colación de grados de mi colegio -el St. George´s College en Quilmes- donde estuve pupilo. Aprendí el siguiente relato cuando estudiaba allí, se trata de un correlato fértil entre las personalidades de cada cual con los fósforos: unos se frotan y desaparecen sin éxito en el encendido, otros hacen una llamarada momentánea y se extinguen de inmediato, y los del tercer tipo mantienen la llama, son las personalidades constantes en sus nobles objetivos que deben imitarse.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Sospechosa caridad

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 21/6/17 en: https://www.actuall.com/criterio/solidaridad/sospechosa-caridad/

 

La izquierda quiere el dinero de Amancio Ortega, pero se lo quiere quitar a la fuerza, no acepta que el empresario Amancio Ortega lo entregue libremente. Es decir, lo que ataca es el fundamento de la caridad: que es libre.

 

Sabido es que San Pablo ponderó la caridad por encima de las otras virtudes teologales: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1 Cor 13, 13).

Dicha virtud, la del amor a Dios y al prójimo, es la que el propio Jesús nos ordenó: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 35). Una de las pruebas más contundentes de la desmoralización que promueve el intervencionismo es que esta virtud se ha convertido en sospechosa.

Lo hemos vuelto a ver a propósito de la reacción indignada de la extrema izquierda ante la noticia de que Amancio Ortega iba a donar una cuantiosa cantidad de dinero a la sanidad pública para adquirir equipos de última tecnología para el tratamiento del cáncer.

La Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Aragón declaró: “Nuestra comunidad no tiene que recurrir, aceptar, ni agradecer la generosidad, altruismo o caridad de ninguna persona o entidad. Aspiramos a una adecuada financiación de las necesidades mediante una fiscalidad progresiva que redistribuya recursos priorizando a la sanidad pública”.

Los representantes de la misma asociación en Canarias, por su parte, ante el hecho de que el gobierno autónomo estaba dispuesto a aceptar la donación del creador de Inditex, proclamaron: “no podemos sino sonrojarnos de vergüenza ajena”.

Y añadieron: “quien siendo el mayor accionista de una de las mayores empresas y fortunas personales del Estado tendría que demostrar no su filantropía sino su obligación de contribuir al erario público de forma proporcional a sus beneficios y en la misma proporción que el resto de los contribuyentes. Como la Fundación Amancio Ortega, si tan preocupada está por la salud, teniendo en cuenta que su ropa se elabora en gran parte deslocalizada en países como Marruecos o Bangladesh, que mejore las condiciones de trabajo de las personas que directamente o mediante subcontratas trabajan en condiciones de explotación y grave riesgo para su salud y su vida, y que trabaje para corregir las violaciones de los derechos humanos que se producen en la cadena de producción textil”.

Podemos, típicamente, despreció la donación de Ortega. Es “una limosna de millonario”, sostuvo el líder de la formación en Baleares, Alberto Jarabo. Y la portavoz de Podemos en el Parlamento de Navarra, Laura Pérez, aseguró, que querían “menos filantropía barata”.

En otras palabras, la izquierda quiere el dinero de Amancio Ortega, pero se lo quiere quitar a la fuerza, no acepta que el empresario lo entregue libremente. Es decir, lo que ataca es el fundamento de la caridad: que es libre. Nótese que, si es forzada, la virtud desaparece. Por eso el intervencionismo es inmoral, porque propicia la coacción, disfrazándola de buenos sentimientos. No quieren los progresistas a la Madre Teresa de Calcuta, sino a la Agencia Tributaria.

De ahí el odio al empresario, sobre todo si ha creado su riqueza trabajando duro y empezando como tendero a los catorce años, que fue lo que hizo Amancio Ortega. Por eso lo tachan de explotador y le lanzan otras consignas antiliberales, como las señaladas antes, que son falsas: Amancio Ortega es un creador de empleo, riqueza y bienestar en muchos países.

Quienes lo critican no han creado un átomo de bienestar jamás. Y a quienes se ponen estupendos con los “derechos” contra la “caridad” hay que recordarles que esos derechos, al revés de la caridad, se satisfacen siempre con impuestos, es decir, mediante la fuerza de la ley.

A quienes aseguran que el capitalismo explota hay que recordarles que nada en el mundo explota más que el no capitalismo

Por fin, a quienes aseguran que el capitalismo explota hay que recordarles que nada en el mundo explota más que el no capitalismo. Y nunca se violan más los derechos humanos que cuando el capitalismo es suprimido.

Confiemos en Dios y en el prójimo, que, por cierto, dio varias bellas lecciones a la izquierda reaccionaria. Fue el caso de la enferma de cáncer que, tras su sesión de quimioterapia se compró un bolso en Zara, con el que se fotografió y colgó la imagen en Facebook (por cierto, el fundador de Facebook es un gran filántropo).

La enferma dijo lo que hay que decir: gracias. Porque la caridad no solo es virtuosa en quien da, sino también en quien recibe, como leemos en el famoso discurso de Porcia en el tribunal en El Mercader de Venecia. Y como recoge sabiamente el viejo refrán español: de bien nacido es ser agradecido.

Quienes aborrecen la caridad no aman el derecho ni la justicia, sino que odian la libertad.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

EL EGOÍSMO RODANTE

Por Sergio Sinay: Publicado el 19/5/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/05/normal-0-21-false-false-false-es-mx-x.html

 

Cuando la publicidad transmite modelos de vida y pensamiento que empeoran que empeoran el mundo 

 

Poco después del triunfo bolchevique en Rusia, en octubre de 1917, Alisa Zinóvievna Rosenbaum, nacida en 1905, se exiliaba en los Estados Unidos con su familia. Con los años, nacionalizada estadounidense, sería autora de obras como El manantial y La rebelión de Atlas. También cambiaría su nombre por el de Ayn Rand. Así se convirtió en la mentora y deidad de lo que se conoce como egoísmo ético. Sin disimulo y sin pudor esta corriente aboga por un individualismo fundamentalista e implacable, rechaza toda idea de bien común o de limitación de los propios horizontes en bien de propósitos comunitarios. Los ve como una mutilación de la libertad y propone rebelarse ante eso sin miramientos. Sólo los zánganos y los mediocres, sostiene, pueden hablar de altruismo, cooperación, compasión, empatía y otras debilidades, gracias a las cuales se aprovechan para vivir del esfuerzo y la inteligencia de una minoría de individuos brillantes, tenaces, inteligentes, corajudos y bellos. Meritorios, en fin.

 

En el dogma de Rand pensar en los otros equivale a sacrificar la propia vida. No vale la pena. Quien ayuda a otro o se preocupa por él lo daña, sostenía esta filósofa, le dice que es incapaz de velar por sí mismo y, además, se entromete en una vida ajena. Lo mismo, según su argumento, hace el Estado cuando dicta leyes, las hace cumplir, cobra impuestos o arbitra la vida de una comunidad para resguardo del bien común. Rand exponía sus argumentos de una manera sencilla, elemental, furibunda y desvergonzada. Les decía a los egoístas recalcitrantes que está muy bien ser así y que no está mal pensar en uno mismo y en el propio bien. Por supuesto que no lo está, siempre y cuando ello ocurra en un marco donde se recuerde que todos somos apenas parte de un todo que nos significa y confirma. Pero el egoísta ético no se caracteriza solo por pensar en sí (cosa que todo ser humano debe hacer como principio elemental de supervivencia), sino por su incapacidad terminal de pensar en el otro, de registrarlo y reconocerlo, de percibir que le es necesario para su propia existencia (incluso para su propia existencia egoísta). En el egoísmo ético muchos valores sobran, estorban, perjudican al “más apto”, al “más fuerte”, al “mejor”.

 

Si donde Rand, fiel a sus ideas, escribe capitalismo, se leyera “nacionalsocialismo”, y donde dice “los más aptos, creativos e individualistas”, se leyera “arios”, “raza superior” y cosas parecidas, asomarse a sus libros provocaría cierto escalofrío. Ayn Rand (muerta en 1982) contó en su momento, y cuenta todavía, con legiones de seguidores, buena parte de los cuales están entre quienes tienen poder económico y político (el presidente Macri, sin ir más lejos, mencionó alguna vez a La rebelión de Atlas como su lectura favorita) o entre quienes aspiran a tenerlo. También entre quienes creen que el mundo sería extraordinario si no fuera porque existen los demás y sus necesidades.

 

En estos días un corto publicitario de General Motors activó las ideas de Raynd (mostrándolas como novedad propia, con un lenguaje ampuloso y pueril, como el de su autora original) para presentar el modelo Cruze de Chevrolet. Un coche, parece, solo para “meritócratas”. Es decir, para seres especiales, ajenos a la chusma de esforzados ciudadanos arrasados por minucias como la inflación desbocada, los aumentos salvajes, la angustia por el futuro y la negritud del horizonte de sus hijos. No es para gente que trabaja doce horas ni que ve morir sus sueños y proyectos porque todo, desde la suerte a las regulaciones, se les pone en contra, mientras se consume el tiempo de sus vidas y mientras tecnócratas teóricos, divorciados de la realidad, le explican por qué el dolor de hoy será el goce de mañana.

 

En el corto de Chevrolet las personas no parecen tales sino muñecos de siliconas, prototipos de una raza superior, y los escenarios semejan salidos de Un mundo feliz (la distopía imaginada por Aldous Huxley en 1931, mundo carente de dolor, frustración, deseo y vida). En su Introducción a la filosofía moral, James Rachels (1941-2003) recuerda que el egoísmo ético no responde a preguntas como ¿quién decide el mérito? y ¿qué me hace tan especial? Y apunta: “Al no contestar estas preguntas, resulta que es una doctrina arbitraria, como lo es el racismo”. En este caso es también egoísmo rodante.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

AMAR AL PRÓJIMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Antes de entrar al fondo del asunto que ahora nos convoca, es de interés precisar que el aspecto medular del amor implica trasmitir alimento para el alma que es lo más preciado del ser humano, sin duda que además de ello hay ayudas físicas y otras consideraciones que rodean el bienestar de las personas. Alimento del alma porque es lo que caracteriza la condición humana, esto es estados de conciencia o la mente que permiten el libre albedrío y distinguen a la persona de aspectos puramente materiales y configuran lo de mayor jerarquía. Los kilos de protoplasma no deciden ni hacen posible las ideas autogeneradas, la racionalidad, la argumentación, la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, la moralidad de los actos y la misma libertad. Los seres humanos no somos loros. El alma, la traducción de psique en griego, es lo más preciado del hombre y lo que lo separa de todas las otras especies conocidas.

 

La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se define en el contexto de un acto voluntario realizado con recursos propios sean estos crematísticos o de trasmisión de conocimientos para la aludida alimentación espiritual (depende de las circunstancias, se debate si en verdad es mejor “regalar un pescado en lugar de ensañar a pescar”).

 

Ahora viene un asunto de la mayor importancia y es el concepto de interés personal. Todos los actos se llevan a cabo por interés personal. En el lenguaje coloquial se suele hablar de acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés monetario, pero el interés personal queda en pie. En verdad se trata de una perogrullada: si el acto en cuestión no está en interés de quien lo lleva a cabo ¿en interés de quien estará?

 

Estaba en interés de la Madre Teresa el cuidado de los leprosos, está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres el realizar esa transferencia puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es prioritaria, también está en interés del asaltante de un banco que el atraco le salga bien y  también para el masoquista que la goza con el sufrimiento y así sucesivamente. Todas las acciones contienen ese ingrediente ya sean actos sublimes o ruines. Una buena o mala persona se define por sus intereses.

 

En esta línea argumental,  Erich Fromm escribe en Man for Himslef. An Inquiry into the Psychology of Ethics que “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo, no en la idea de que la virtud moral equivale al interés personal, sino en el deterioro del significado del interés personal; no en el hecho de que la gente está demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma.

 

Es curioso pero en la interpretación convencional parecería que uno tiene que abdicar de uno mismo, lo cual constituye una traición grotesca a la maravilla de haber nacido. La primera obligación es con uno mismo y, además, si no hay amor propio no puede haber ningún tipo de amor hacia el prójimo. La persona que se odia a si misma es incapaz de amar a otro,  puesto que el amar al prójimo necesariamente debe proporcionar satisfacción al sujeto que ama.

 

Es sumamente interesante detenerse a meditar sobre la reflexión de Sto. Tomás de Aquino en la materia, así en la Suma Teológica afirma que “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a si mismo que al prójimo” (2da, 2da, q. xxvi, art. iv).

 

En el amarás a tu prójimo como a ti mismo, la clave radica en el adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: que el amor sea igual, mayor o menor. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual no habría acción alguna puesto que para que exista acción debe haber preferencia, la indiferencia,  en este caso la igualdad, no permite ningún acto. Si en un desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente,  se muere de sed. Para no sucumbir debe preferir, esto es inclinarse más por una de las alternativas. Cuando alguien entra a un bar y manifiesta que quiere una bebida y el mozo le informa que tiene Coca y Pepsi y le pregunta que prefiere, si la respuesta es que le da lo mismo, de hecho estará frente a tres variantes: elegir Coca,  elegir Pepsi o delegar la decisión en el mozo pero si se mantiene indiferente e indeciso frente a uno de los tres caminos, no beberá nada.

 

En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es mayor que el amor propio se estaría incurriendo en un sinsentido puesto que, como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y el punto de referencia es el interés personal lo cual define la acción que, por ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese cometido. En consecuencia es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo. Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: ese arrojo y esa decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo es un acto por él más valorado que cualquier otra acción altrernativa.

 

A veces se confunden conceptos porque aparecen problemas semánticos de peso. El interés personal no debe ser confundido con el egoísmo ya que esta última expresión significa que el medio que le satisface al sujeto actuante no está nunca fuera de su propio ser. De este modo, no es concebible para el egoísta la satisfacción y el bienestar de otros. El interés personal, sin embargo, abarca acciones cuyos medios para la satisfacción de quien actúa son también otros o incluso principalmente otros. En este sentido es pertinente recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la Escuela Escocesa del siglo xviii, Adam Ferguson, quien en su History of Civil Society afirma que “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tiene deseos propios; apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a provocar el bienestar de otros”. Y esto se aplica también a “dar en caridad hasta que duela” puesto que para quien la lleva a cabo significa que el dolor del caso está en interés de quien entrega, nuevamente sea lo crematístico o el apostolado.

 

Otra expresión un tanto confusa y que además se traduce en una contradicción es la de “altruismo” si se la define con el ingrediente que señala el Diccionario de la Real Academia Española en cuanto a que consiste en la “complacencia en el bien ajeno aun a costa del propio”, materia que han explorado filósofos de fuste en distintas ocasiones. Hacer el bien a costa del propio bien hemos visto que resulta en un imposible puesto que quien hace el bien es porque prefiere esa conducta, es porque le hace bien, es porque le interesa proceder en esa dirección.

 

También es de gran importancia no confundir la autoestima con el narcisismo. Lo primero es esencial para actualizar las potencialidades de cada uno, es fundamental para construir la personalidad y para saber enfrentar a lo que puedan hacer o decir los demás, es vital para tener el valor de escuchar la propia conciencia y, consecuentemente, para la honestidad intelectual. En otros términos para evitar lo que escribió Alexis de Tocqueville en La democracia en América: “El poder moral de la mayoría hace que internamente individuos se avergüencen de contradecirla que, en efecto, los silencian y ese silencio culmina con la paralización del pensamiento”.

 

Por su parte, el narcisismo bloquea por completo la posibilidad de prestar atención a reflexiones y consideraciones que no sean las propias, lo cual no toma en cuenta que el conocimiento conlleva la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones. Desafortunadamente a veces se confunde el narcisismo con el individualismo ya que este último término significa ni más ni menos el respeto a las autonomías de cada uno y para nada el aislacionismo, por el contrario, suscribe con entusiasmo la cooperación libre y voluntaria entre las personas. En cambio, son los socialismos o los llamados comunitarismos colectivistas los que son aislacionistas al trabar cada vínculo entre las personas, desde las tarifas aduaneras mal llamadas “proteccionistas” y las infinitas intervenciones de los aparatos estatales entre partes que actúan de modo legítimo.

 

El interés personal y la autoestima apuntan a la felicidad de cada uno que es el objeto último de todos. Nathaniel Branden en su notable libro titulado Honoring the Self  mantiene que “La barrera más grande a la felicidad es el sinsentido de sostener que la felicidad no constituye nuestro destino”. Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, explica que “Un hombre que se preocupara de que comieran los demás olvidándose de comer el mismo, moriría […Por otro lado] es imposible adquirir la libertad espiritual, en que la verdadera felicidad consiste, porque es esencial para la felicidad que nuestra manera de vivir surja de nuestros impulsos más profundos y no de los gustos y deseos accidentales de los que son, por casualidad, nuestros vecinos o nuestros amigos”.

 

El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir aunque más no sea milimétricamente a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en el afán del propio mejoramiento sin darle descanso a renovados proyectos para el logro del noble propósito de que prime el respeto recíproco. Edward de Bono en La felicidad como objetivo nos dice que “El marxismo sugirió que el hombre debería mirar la felicidad del Estado antes que la suya personal; y si el Estado parecía requerir su sufrimiento, éste era entonces necesario para la felicidad del Estado […en otras palabras] la entrega del yo a algún poder externo”.

 

En resumen, no hay nada más sublime que el amor que tiene distintos grados de acercamiento y profundidad según sea el tipo de relación desde la establecida con los progenitores, la conyugal, la prole, alumnos, amigos y el vínculo con quienes necesitan ayuda en diversos planos, pero debe estarse muy en guardia de quienes alardean de “amor al prójimo” mientras proponen sistemas autoritarios que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio. También, como consigna Tibor Machan en su obra titulada Generosity, “Un acto de generosidad requiere como primer requisito la propiedad privada”, puesto que la beneficencia y la solidaridad requiere la entrega de lo que pertenece al donante, entregar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno es un asalto aunque pueda ser legal. En no pocos casos hay que estar en guardia con los que declaman a los cuatro vientos el amor porque habitualmente son narcisistas que en definitiva no lo practican con nadie, cuando no proponen políticas que conducen a graves confrontaciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Opinión: Votar no brinda autonomía

Por Ezequiel Gastón Spector: Publicado el 23/11/13 en http://www.hacer.org/latam/?p=32924

La democracia (que incluye el método de elección popular sobre ciertos asuntos) ha demostrado ser un sistema con innumerables virtudes: garantiza un control del pueblo al Estado, dificulta los abusos de poder y somete a los funcionarios públicos a renovaciones periódicas, entre muchos otros aspectos positivos. No obstante, hay quienes defienden los métodos de control popular argumentando que, al participar todos de una elección, todos somos más libres, o tenemos mayor autonomía. A modo de ejemplo, la idea es que, si todos podemos votar sobre si se aplica o no la medida X, y finalmente la gran mayoría vota que se aplique, todos habremos tenido poder de decisión y habremos ganado en autonomía.

Una crítica a este razonamiento es que, por más que alguien haya participado en esa elección, si formó parte de la minoría, realmente no decidió nada, y no tuvo autonomía. Esta crítica es obvia, y no es la que me interesa desarrollar. Por ello, modificaré el ejemplo, e imaginaré que, en la votación sobre si la medida X se aplica, no hay minoría: todos votan que la medida X se aplique. La pregunta que debe formularse, entonces, es la siguiente: ¿Es verdad que todos decidieron y, por lo tanto, que todos ganaron en libertad de elección? Mi tesis es la siguiente: en esta votación, el grupo decidió, pero de ello no se sigue que cada uno de los miembros de este grupo (los votantes) haya decidido. Afirmar lo contrario es incurrir en lo que se conoce como una “falacia de división”.

La falacia de división consiste en afirmar que, porque un grupo tiene una característica, cada parte del grupo tiene la misma característica; por ejemplo: “El auto es pesado. Por lo tanto, cada parte del auto es pesada”; o “El edificio es alto. Por lo tanto, cada uno de sus pisos es alto”.

Si todos votaron que la medida X se aplique, puede decirse que el grupo decidió, pero cada uno de los votantes (incluyendo usted) no decidió nada, de modo que no tuvo libertad de elección. Usted pudo haber votado, como el resto de los votantes, que la medida X se aplique. Es más, el resultado final pudo haber coincidido con lo que usted deseaba (deseo que usted plasmó en el voto), pero usted no decidió nada (y cada uno del resto de los votantes tampoco). ¿Cómo sabemos que usted no decidió nada? Preguntémonos si la decisión habría cambiado si usted hubiera votado algo diferente. La respuesta es “no”. A diferencia de lo que muchos piensan, realmente las votaciones no otorgan libertad. La razón es simple: el voto de cada uno no es decisivo.

La libertad de elección se da cuando el voto de cada persona sí es decisivo. Esta idea suena rara, pero es bastante familiar: cuando cada persona puede decidir qué hacer con su vida y con sus bienes adquiridos pacíficamente; cuando nadie le dice qué leer, escuchar, consumir, vender, comprar ni a qué precio, el voto de cada persona es efectivamente decisivo, y lo es con respecto a lo más valioso que tiene un ser humano: su propia vida. Quien realmente confía en las personas, entonces, debería dejarlas perseguir sus propios proyectos y planes de vida, advertir que éste es un derecho constitucional, y que ninguna votación circunstancial puede violarlo. Cuando usted inicia un emprendimiento privado sin que el Estado lo ahogue con regulaciones innecesarias e impuestos altísimos, tiene autonomía. Cuando usted decide qué estudiar y leer, sin temor a represalias del aparato estatal, usted tiene autonomía. Cuando a usted se le dice: “Venga, vamos a votar y decidir si la gente tiene todos esos derechos”, la autonomía la perdió.

Una objeción usual a mi línea de razonamiento es que es demasiado individualista. Y esta crítica en general confunde dos sentidos diferentes de la palabra “individualista”. Si por “individualista” se entiende “egoísta”, la idea que defiendo no es individualista: la libertad de elección sobre la propia vida sin dañar a terceros es neutral respecto del egoísmo y el altruismo. Haciendo uso de la libertad, la gente puede ayudar a los demás, iniciar emprendimientos conjuntos y hasta reunirse con quienes uno desea para llevar a cabo un estilo de vida colectivista. Sin embargo, la idea que defiendo es individualista, si se entiende ello como lo contrario a la idea colectivista de que el grupo es más importante que cada uno de los individuos.

Ezequiel Spector es Doctorando en Filosofía del Derecho por la Universidad de Buenos Aires y Profesor de Derecho y Filosofía en la Universidad Di Tella. Fue Becario Doctoral en The University of Arizona y en la Universidad Carlos III de Madrid. Es profesor de Filosofía I en ESEADE.

K. MINGUE Y LA TOLERANCIA CON LOS INTOLERANTES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Después de la reunión regional de la Mont Pelerin Society, el 28 de junio del corriente año en vuelo desde las islas Galápagos a Guayaquil murió Kenneth Mingue con quien conservo correspondencia que aunque no frecuente, por cierto muy fértil. Puede discreparse con ese autor aquí y allá pero siempre deja una enseñanza en el contexto de su notable erudición y contagioso buen humor.

Su ensayo expuesto en esa reunión versó sobre el ingrediente del interés personal como elemento crucial en una sociedad abierta en cuyo contexto citó autores tales como Hayek, Naill Fergueson, Hume y Adam Smith en reflexiones jugosas, ilustrativas y confrontativas en las que puede revisarse y discutirse el uso de algunos términos como “egoismo” y “altruismo”. Cuando fui miembro del Consejo Directivo de la Mont Pelerin Society, se consideraron trabajos de aquel distinguido miembro y profesor emérito de la London School of Economics que ahora murió y que nos ilustraba sobre puntos que se pensaba incluir en programas académicos de esa entidad, específicamente sobre nacionalismo.

 

Hay una célebre entrevista que le hizo William Buckley en “Fire Line” a Mingue donde se recorren varios de los puntos característicos de la obra del pensador neocelandés que estudió en tierras australianas, pero el eje central de sus ideas liberales puede resumirse en una cita de su antedicha participación en la reciente y también mencionada reunión ecuatoriana. Allí concluyó: “Me parece que nuestra preocupación con los defectos de nuestra civilización se traslada en una tentación permanente pero  sumamente peligrosa de encargarle la rectificación a la autoridad civil de aquello que entendemos son imperfecciones sociales”.

 

En esta nota me quiero detener en un aspecto muy distinto, tratado por el profesor Mingue en el Libertarian Oxford Club en 2009. En esa oportunidad señaló que los sistemas en los que se impone un orden jerárquico para “establecer lo que es verdadero” se ubica frente a la cultura occidental en la que el eje central estriba en “los desacuerdos de prácticamente todo” pero en base al respeto recíproco.

 

No hay en esto último la arrogancia de los totalitarios de fabricar “el hombre nuevo” ni la perfección, que como ha dicho Friedrich Hölderin “de tanto intentar que la tierra se convierta en al paraíso la torna en un infierno” y como reza el proverbio latino a que tanto he recurrido: ubi dubiam ibi libertas (naturalmente, donde no hay dudas no hay libertad puesto que de antemano se sabe donde apuntar sin afrontar elaboración alguna para elegir). Pero aquí viene el tema que pienso abordar en esta nota vinculado al respeto recíproco en lo cual subyacen normas básicas que deben cumplirse  sobre las que hemos considerado de modo fugaz -y a mi juicio insatisfactorio- en la antedicha correspondencia con el profesor Mingue. El asunto es que debe hacerse con aquellos que apuntan no solo a no cumplir esas normas de convivencia sino a destruirlas. Esto es lo que Karl Popper denominó “la paradoja de la libertad”.

 

Veamos este asunto de cerca sobre lo que escribí antes y que surgió también en la mencionada conferencia de Mingue en Oxford como algo marginal sin que hubiera demasiada precisión, por lo que quisiera analizar el asunto desde cero y reformular este delicado asunto. Popper mantiene que “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a aquellos que son intolerantes, si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra la embestida del intolerante, entonces el tolerante será destrozado junto con la tolerancia […], puesto que puede fácilmente resultar que no están preparados a confrontarnos en el nivel del argumento racional y denunciar todo argumento; pueden prohibir a sus seguidores a que escuchen argumentos racionales por engañosos y enseñarles a responder a los argumentos con los puños o las pistolas” (The Open Society and its Enemies, Princeton, NJ., Princeton University Press, 1945/1950:546).

 

En la misma línea argumental, Sidney Hook apunta que “Las causas de la caída del régimen de Weimar fueron muchas: una de ellas, indudablemente, fue la existencia del liberalismo ritualista, que creía que la democracia genuina exigía la tolerancia con el intolerante” (Poder político y libertad personal, México, Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, Uthea, 1959/1968: xv).

 

El problema indudablemente no es de fácil resolución. Giovanni Sartori ha precisado que “el argumento es de que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría” (Teoría de la democracia, Madrid, Alianza Editorial, 1987: vol.i, 57).

 

El tema de proscribir a los enemigos de la sociedad abierta tiene sus serios bemoles puesto que resulta imposible trazar una raya para delimitar una frontera. Supongamos que un grupo de personas se reúne a estudiar los Libros v al vii de La República de Platón donde aconseja el establecimiento de un sistema enfáticamente comunista bajo la absurda figura del “filósofo-rey”. Seguramente no se propondrá censurar dicha reunión. Supongamos ahora que esas ideas se exponen en la plaza pública, supongamos, más aún, que se trasladan a la plataforma de un partido político y, por último, supongamos que esos principios se diseminan en los programas de varios partidos y con denominaciones diversas sin recurrir a la filiación abiertamente comunista ni, diríamos hoy, nazi-fascista. No parece que pueda prohibirse ninguna de estas manifestaciones sin correr el grave riesgo de bloquear el indispensable debate de ideas, dañar severamente la necesaria libertad de expresión y, por lo tanto, sin que signifique un peligroso y sumamente contraproducente efecto boomerang para incorporar nuevas dosis de conocimiento.

 

La confrontación de teorías rivales resulta indispensable para mejorar las marcas y progresar. En una simple reunión con colegas de diversas profesiones y puntos de vista para someter a discusión un ensayo o un libro en proceso se saca muy buena partida de las opiniones de todos. Es raro que no se aprenda de otros, de unos más y de otros menos, pero de todos se incorporan nuevos ángulos de análisis y visos de provecho, sea para que uno rectifique algunas de sus posiciones o para otorgarle argumentación de mayor peso a las que se tenían. Se lleva el trabajo a la reunión pensando que está pulido y siempre aparecen valiosas sugerencias. Por otra parte, en estas lides, el consenso se traduce en parálisis. Nicholas Rescher pone mucho énfasis en el valor del pluralismo en su obra que lleva un sugestivo subtítulo: Pluralism. Against the Demand for Consensus (Oxford, Oxford University Press, 1993). Incluso la unanimidad tiene cierto tufillo autoritario; el disenso, no el consenso, es la nota sobresaliente de la sociedad abierta (lo cual desde luego incluye, por ejemplo, que un grupo de personas decida seguir el antedicho consejo platónico y mantener las mujeres y todos sus bienes en común pero sin afectar a terceros).

 

Sidney Hook sostiene que “una cosa es mostrarse tolerante con las distintas ideas, tolerante con las diversas maneras de jugar el juego, no importa cuan extremas sean, siempre que se respeten las reglas de juego, y otra, muy diferente, ser tolerante con los que hacen trampas o con los que están convencidos de que es permisible hacer trampas” (op. cit.: xiv). Pero es que, precisamente, de lo que se trata desde la perspectiva de quienes no comparten los postulados básicos del liberalismo es dar por tierra con las reglas de juego, comenzando con la institución de la propiedad privada. En este sentido recordemos que Marx y Engels sostuvieron que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada” (“Manifiesto del Partido Comunista”, en Los fundamentos del marxismo, México, Editorial Impresora, 1848/1951:61) y los fascistas mantienen la propiedad de jure pero la subordinan de facto al aparato estatal, en este sentido se pronuncia Mussolini: “Hemos sepultado al viejo Estado democrático liberal […] A ese viejo Estado que enterramos con funerales de tercera, lo hemos substituido por el Estado corporativo y fascista, el Estado de la sociedad nacional, el Estado que une y disciplina” (“Discurso al pueblo de Roma” en El espíritu de la revolución fascista, Buenos Aires, Ediciones Informes, 1926/1973:218, compilación de Eugenio D`Ors “autorizada por el Duce”: 13).

 

No se trata entonces del respeto a las reglas de juego sino de modificarlas y adaptarlas a las ideas de quienes pretenden el establecimiento de un estado totalitario o autoritario. Esto es lo que estamos presenciando en estos momentos en el llamado mundo libre. Tolstoi escribió que “Cuando de cien personas, una regentea sobre noventa y nueve, es injusto, se trata de despotismo; cuando diez regentean sobre noventa, es igualmente injusto, es la oligarquía; pero cuando cincuenta y uno regentean a cuarenta y nueve […] se dice que es enteramente justo ¡es la libertad! ¿Puede haber algo más gracioso por lo absurdo del razonamiento?” (“The Law of Love and the Law of Violence”, en A Confession and other Writings, New York, Penguin Books, J.Kentish, ed., 1902/1987:165). Y tengamos en cuenta que regentear es dirigir y mandar, por ende, en nuestro caso, la concepción original de democracia desde Aristóteles en adelante -con todas las contradicciones de las distintas épocas- se refería a la libertad como su columna vertebral lo cual, como queda dicho, ha sido abandonada y sustituida por expoliaciones reiteradas a manos de grupos de intereses creados en alianza con el aparato estatal.

 

Vilfredo Pareto ha puntualizado que “El privilegio, incluso si debe costar 100 a la masa y no producir más que 50 para los privilegiados, perdiéndose el resto en falsos costes, será bien acogido, puesto que la masa no comprende que está siendo despojada, mientras que los privilegiados se dan perfecta cuenta de las ventajas de las que gozan” (“Principios generales de la organización social”, en Estudios sociológicos, Madrid, Alianza Editorial, 1901/1987:128). Este tipo de reflexiones eventualmente hace pensar si en última instancia los procedimientos en vigencia no serán una utopía liberal imposible de llevarse a la práctica puesto que con solo levantar la mano en la Asamblea Legislativa pueden derrumbarse todas las vallas pensadas para mantener el poder en brete. Esta preocupación se acrecienta debido al fortalecimiento de los incentivos de ambas partes en este intercambio incestuoso de favores. Y no se trata en modo alguno de adoptar otros procedimientos sin más, sino de invitar calmadamente a todos los debates abiertos que resulten necesarios y a la eventual aceptación de otras perspectivas consideradas más fértiles.

 

La sabiduría de los Padres Fundadores en Estados Unidos previeron ese problema por eso hablaban del sistema republicano y no de democracia y, sobre todo, a través del federalismo que maximiza la descentralización y el fraccionamiento del poder pero, aparentemente, con el tiempo, la fuerza centrípeta del gobierno central absorbe funciones de modo creciente. Esto ocurre a pesar de la competencia fiscal entre las distintas jurisdicciones y de que el financiamiento del gobierno central estaba originalmente en manos de esas jurisdicciones. Por eso es que el liberal debe siempre tener presente que el conocimiento es una ruta azarosa que no tiene termino, abierta a refutaciones y corroboraciones que son siempre provisorias.

 

Por esta razón, por la higiénica política de siempre dejar despejados caminos posibles aún inexplorados, resulta clave el prestar la debida atención nuevos aportes y sugerencias para maniatar al Leviatán, temas que estaban siempre latentes en los trabajos de Kenneth Mingue aunque no siempre se coincida con sus perspectivas. En todo caso, se ha ido un intelectual propiamente dicho, es decir, alguien que ejercía la crítica e invitaba a pensar.

 

El problema central aquí planteado es de gran relevancia y refuerza la imperiosa necesidad de estudiar y difundir los principios de una sociedad abierta al efecto de comprender la urgencia de apuntalar marcos institucionales que imposibiliten el uso de la fuerza agresiva y mantenerla exclusivamente para propósitos defensivos. Y desde luego esto no es una operación que se hace de una vez y para siempre sino que requiere la permanente renovación de aquellos estudios y difusión para así contar con una vigilancia sin interrupciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.