Ricardo II: El líder narcisista

Por Luis del Prado:

 

Este es el primero de una serie de seis artículos, basados en algunas obras históricas de William Shakespeare, en las que utiliza la historia como un telón de fondo que le sirve para crear tensión dramática y ahondar en la psicología de los protagonistas. Los reyes de Shakespeare no son figuras idealizadas o inalcanzables, sino personas que se hacen preguntas sobre el lugar que ocupan, reflexionan sobre el modo de mantener el poder o de conseguirlo, nos muestran sus debilidades, sus errores y también sus aciertos, pues, al igual que sus súbditos, están sujetos a los mismos problemas de la naturaleza humana.  A lo largo de los seis artículos aparecerán cuestiones que siguen teniendo plena vigencia en la actualidad: ¿cómo se accede al poder? ¿cómo es la relación entre el líder y sus hombres de confianza? ¿por qué algunas personas se siguen confundiendo con la ilusión del poder eterno? ¿las circunstancias pueden convertir a alguien bueno en un ser despreciable? ¿cómo interviene la conciencia cuando nos aprovechamos de alguna situación para obtener beneficios? ¿cuáles son las consecuencias de usar “relatos” para acomodar  la realidad a nuestras necesidades?

 

Muchos lectores y espectadores de la obra de Shakespeare sufren una desilusión al observar como fracasan de manera estruendosa algunos de sus personajes. Ricardo II es la primera de las ocho obras que Shakespeare escribió sobre la historia británica en la época de la Guerra de las Rosas. El Ricardo II de Shakespeare es un gobernante con profundos defectos, irresponsable, cruel, inepto para sus altas funciones que, no obstante, alcanza al final la dignidad de una víctima trágica con su aceptación filosófica de la derrota y el sufrimiento. Ricardo nació en Burdeos el 6 de enero de 1367; era el segundo hijo de Eduardo, el Príncipe Negro y Juana de Kent. La Inglaterra que hereda era la potencia más fuerte de Europa occidental. Un país próspero, gobernado en forma eficiente. A los 10 años de edad, sucedió en el trono a su abuelo. Su coronación fue un espectáculo magnífico al que acudieron sus súbditos desde todos los rincones del reino. Sin embargo, para Ricardo, su reinado terminó en derrota, humillación y el terror de una muerte solitaria (posiblemente, de hambre) en la mazmorra de un castillo. Su tragedia fue haber sido el único culpable de todo aquello. Se dice que era una persona muy bella y un amante del arte y la arquitectura, mecenas de ambos, fuerte, vigoroso y valiente. Quería que reinara la paz en Inglaterra, pero sus políticas internas sembraron resentimiento y discordia. Los ingleses siempre se han sentido agraviados por los monarcas o gobiernos que les imponen más contribuciones de las que estiman justificadas. Ricardo era tanto más detestado por cuanto destinaba esos fondos a costear sus placeres extravagantes y a recompensar a sus favoritos. Isabel I, último miembro (y el más destacado) de la dinastía Tudor, escribiói: “Aunque Dios me haya elevado muy alto, estimo que la gloria de mi corona es haber reinado con vuestro amor”. Ricardo, absorto en el amor a sí mismo, nunca fue capaz de comprender esta concepción de la monarquía. Ricardo es el clásico líder narcisista que se ve a sí mismo como una estrella y cuya única realidad era su propia imagen, que alimentaba con rituales y ceremonias públicas y con la adulación de sus seguidores; cuando esa imagen era atacada, reaccionaba de un modo extremadamente agresivo. Acabó por perder el contacto con toda otra realidad que no fuera la propia. En la mitología griega, Narciso era un joven de inigualable belleza, que rechazaba a todas las mujeres que se enamoraban de él. Finalmente, fue sentenciado por los dioses a enamorarse de su propia imagen reflejada en la superficie de una fuente y, al no poder dejar de observar su reflejo, se arrojó al agua y murió convirtiéndose en la flor que lleva su nombre: el narciso.
Alguien narcisista es una persona desmesuradamente preocupada por su ego, pero, al mismo tiempo, es un ser frágil, que suele tener la sensación de no estar a la altura de las expectativas. Dice Rafael Castellanoii:

El narcisista posee una personalidad frágil, que lo espera todo de la mirada de los demás. Lo que les importa es crear la ilusión de cómo son. No se tienen confianza y, por lo tanto, tienen que estar permanentemente a la defensiva, ya que piensan que los demás los juzgan y están dispuestos a criticarlos. Como temen ser agredidos, se anticipan y atacan primero.

Entre los rasgos de personalidad de un narcisista, se destacan los siguientes:  Tiene tendencia a aprovecharse de los otros para sus propios intereses o metas.  Exagera sus logros y capacidades. Espera ser reconocido como superior, aunque no pueda mostrar logros proporcionados a sus pretensiones  Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza y amor imaginarios.  Exige una atención o admiración excesiva.  Es pretencioso (por ejemplo, tiene expectativas irracionales de que se cumplan automáticamente sus deseos).  Carece de empatía  Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbias y reacciona a las críticas con rabia, vergüenza o humillación. Los sujetos con este trastorno, como tan bien describe Shakespeare a Ricardo II, asumen con alegría el hecho que los demás otorguen un valor exagerado a sus actos y se sorprenden cuando no reciben las alabanzas que esperan. La vulnerabilidad de la autoestima hace al sujeto muy sensible al “ultraje” de la crítica o la frustración. Las críticas pueden obsesionar a estos sujetos y hacer que se sientan humillados, degradados, hundidos y vacíos. Estas experiencias pueden conducir al retraimiento. Es habitual que no consigan darse cuenta de que los demás tienen sentimientos y necesidades. En todo caso, cuando los reconocen, es probable que los vean con menosprecio, como signos de debilidad. Los líderes con trastorno narcisista construyen un muro de frialdad emocional con sus seguidores que termina generando una falta de interés recíproco. En el caso de Ricardo II, Shakespeare hace una profunda disección de la relación entre la persona y su puesto. Durante buena parte de la obra, Ricardo está acosado por su primo Bolingbroke (el futuro Enrique IV), un personaje con una visión más moderna acerca de cómo ejercer la autoridad en el reino.
En la mitad de la trama, Ricardo es atacado por el poderoso ejército de Enrique y en ese momento, explica claramente su percepción acerca de dónde proviene su poder iii:

No basta el mar para lavar el bálsamo con el que ungieron a un Rey, ni alcanza el soplo de los mortales para deponer al elegido del Señor.

Ricardo, como hijo mayor de su padre, es el “elegido de Dios” para ser Rey. Eso le brinda un inmenso poder en una sociedad religiosa, ya que cuestionarlo a él implica cuestionar directamente a Dios. Seguramente en la actualidad muy pocas personas creen que los reyes obtienen su autoridad directamente de Dios, pero, sin embargo, mucha gente cree que su derecho a actuar proviene del que está arriba suyo en la jerarquía. Algo así como afirmar que un gerente no puede ser cuestionado porque lo nombró la cúpula de la organización. Ricardo cree que no puede ser depuesto por “ningún hombre de este mundo”, pero en la realidad que Shakespeare construyó alrededor suyo está a punto de enfrentarse con un ejército que supera largamente al suyo. Ricardo dice al respecto iv:

Por cada hombre a quien dio Bolingbroke un acero contra esta corona, tiene Dios reservado para su Ricardo un ángel de gloria; y si lucha el cielo, ¿crees que los hombres lograrán vencerlo?

Ricardo necesita un mejor ejército, pero cree que, como es el elegido, Dios va a enviar a sus ángeles para que combatan a sus enemigos. Esto es parte de su noción del poder: en una batalla entre hombres y ángeles, seguro ganarán estos últimos. Este argumento le da fuerzas a Ricardo. A medida que la batalla se desarrolla, Ricardo tiene que enfrentar el hecho que los ángeles finalmente no han acudido en su ayuda y que su ejército está siendo derrotado, pero así todo vuelve a invocar la magia de su autoridad v:

Lo olvidé. ¿No soy acaso el Rey? ¡Despierta, Majestad! ¿O duermes? ¿No es acaso el nombre del Rey equivalente a veinte mil hombres? ¡Armate! Un ruin vasallo tu nombre ataca. No bajes la frente. En el favor de un Rey, ¿no se sienten altos? Altos estén sus pensamientos

Si no hay ángeles ni más soldados que los del enemigo, solo queda el “nombre del Rey” que vale por veinte mil hombres.
Este es un punto crucial teniendo en cuenta que Ricardo asume que los habitantes de su reino lo seguirán solo porque es su Rey. El nombre del Rey, el título del que proviene su poder, hará que la gente se sienta elevada. Esta perspectiva de Ricardo no es consecuencia de ninguna locura, sino simplemente de la creencia profunda que la gente lo seguirá solamente porque Dios le otorgó el título de Rey. La batalla avanza y la realidad empecinada le muestra brutalmente a Ricardo que los ángeles faltaron a la cita y que poco puede hacer su nombre. En pocos minutos, la ficción de extrema fortaleza que Ricardo creó, se hace añicos vi.

Ya no importa, nadie hable de consuelo: sí de tumbas, gusanos y epitafios; Nuestras tierras, nuestras vidas, todo es de Bolingbroke. Y solo puedo llamar mía a mi muerte. Y este menguado molde, estéril fango, que sirve de cubierta a nuestros huesos. Por Dios, sentados en tierra contemos tristes historias de muertes de reyes.

La realidad destruyó su visión idealizada del poder. Shakespeare muestra a Ricardo como alguien que repentinamente se da cuenta de las limitaciones de sus creencias. Es un ejemplo clásico de alguien que perdió contacto con el mundo real. La falta de relación con sus seguidores lo apartó de la realidad. Su autoridad colapsó totalmente y solo le queda sentarse a contar cuentos de reyes muertos. Dejó de ser diferente de cualquier otra persona. Ricardo pasó de ser un rey imbatible a alguien patético que solo posee un pedazo de tierra en el que cavar su tumba. De ser una Majestad ungida por Dios a estar sentado en el suelo. No se trata de una batalla entre ejércitos sino del choque entre dos visiones distintas del mundo. Shakespeare nos muestra los límites de la visión idealizada de Ricardo cuando la confronta cara a cara con el poder material de su enemigo. Ricardo ejemplifica una visión mecanicista del poder, que surge de una fuente exclusiva: el título o la posición. Esa visión le genera expectativas acerca de la manera con que el resto de la organización se va a relacionar con él, ya que una concepción semejante de la autoridad demanda obediencia total. Sin embargo, ese poder que aparenta ser tan fuerte, es en realidad muy frágil, ya que se pierde la posición y no queda nada. A través de esta fragilidad, el Ricardo II de Shakespeare demuestra que, en el mundo moderno (incluso en el siglo XVI), este tipo de autoridad no funciona. Por otra parte, en el mundo real, aparecen otras formas de poder que van más allá de la naturaleza de los títulos que posean las personas. Ricardo no pierde la batalla por falta de
autoridad, sino porque no tiene el suficiente capital fáctico, expresado en este caso en número de soldados. Al final de la obra, Ricardo es depuesto y asesinado. En definitiva, la historia de Ricardo II es un profundo ensayo acerca de la interacción entre la persona y la posición. Esta es una lección vital para los líderes, porque muestra claramente que, si uno pierde contacto con el mundo en el cual actúan los seguidores, en definitiva, está perdiendo contacto con la realidad. Y perder contacto con la realidad conduce inevitablemente al fracaso. La realidad siempre gana.

i Higgins, Shaun & Gilberd, Pamela. (2000). Leadership secrets of Elizabeth I. Perseus Publishing. Cambridge, Massachussets. USA

ii Rafael Castellano (2014). “Liderazgos nocivos”. Publicado en http://www.sociotecweb.com.ar

iii Shakespeare, William. “Ricardo II” Traducción de José María Coco Ferraris. Editorial Nueva Visión. Buenos AIres

iv Shakespeare, William. Op.cit.

v Shakespeare, William. Op.cit.

vi Shakespeare, William. Op.cit. 

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

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