Ricardo II: El líder narcisista

Por Luis del Prado:

 

Este es el primero de una serie de seis artículos, basados en algunas obras históricas de William Shakespeare, en las que utiliza la historia como un telón de fondo que le sirve para crear tensión dramática y ahondar en la psicología de los protagonistas. Los reyes de Shakespeare no son figuras idealizadas o inalcanzables, sino personas que se hacen preguntas sobre el lugar que ocupan, reflexionan sobre el modo de mantener el poder o de conseguirlo, nos muestran sus debilidades, sus errores y también sus aciertos, pues, al igual que sus súbditos, están sujetos a los mismos problemas de la naturaleza humana.  A lo largo de los seis artículos aparecerán cuestiones que siguen teniendo plena vigencia en la actualidad: ¿cómo se accede al poder? ¿cómo es la relación entre el líder y sus hombres de confianza? ¿por qué algunas personas se siguen confundiendo con la ilusión del poder eterno? ¿las circunstancias pueden convertir a alguien bueno en un ser despreciable? ¿cómo interviene la conciencia cuando nos aprovechamos de alguna situación para obtener beneficios? ¿cuáles son las consecuencias de usar “relatos” para acomodar  la realidad a nuestras necesidades?

 

Muchos lectores y espectadores de la obra de Shakespeare sufren una desilusión al observar como fracasan de manera estruendosa algunos de sus personajes. Ricardo II es la primera de las ocho obras que Shakespeare escribió sobre la historia británica en la época de la Guerra de las Rosas. El Ricardo II de Shakespeare es un gobernante con profundos defectos, irresponsable, cruel, inepto para sus altas funciones que, no obstante, alcanza al final la dignidad de una víctima trágica con su aceptación filosófica de la derrota y el sufrimiento. Ricardo nació en Burdeos el 6 de enero de 1367; era el segundo hijo de Eduardo, el Príncipe Negro y Juana de Kent. La Inglaterra que hereda era la potencia más fuerte de Europa occidental. Un país próspero, gobernado en forma eficiente. A los 10 años de edad, sucedió en el trono a su abuelo. Su coronación fue un espectáculo magnífico al que acudieron sus súbditos desde todos los rincones del reino. Sin embargo, para Ricardo, su reinado terminó en derrota, humillación y el terror de una muerte solitaria (posiblemente, de hambre) en la mazmorra de un castillo. Su tragedia fue haber sido el único culpable de todo aquello. Se dice que era una persona muy bella y un amante del arte y la arquitectura, mecenas de ambos, fuerte, vigoroso y valiente. Quería que reinara la paz en Inglaterra, pero sus políticas internas sembraron resentimiento y discordia. Los ingleses siempre se han sentido agraviados por los monarcas o gobiernos que les imponen más contribuciones de las que estiman justificadas. Ricardo era tanto más detestado por cuanto destinaba esos fondos a costear sus placeres extravagantes y a recompensar a sus favoritos. Isabel I, último miembro (y el más destacado) de la dinastía Tudor, escribiói: “Aunque Dios me haya elevado muy alto, estimo que la gloria de mi corona es haber reinado con vuestro amor”. Ricardo, absorto en el amor a sí mismo, nunca fue capaz de comprender esta concepción de la monarquía. Ricardo es el clásico líder narcisista que se ve a sí mismo como una estrella y cuya única realidad era su propia imagen, que alimentaba con rituales y ceremonias públicas y con la adulación de sus seguidores; cuando esa imagen era atacada, reaccionaba de un modo extremadamente agresivo. Acabó por perder el contacto con toda otra realidad que no fuera la propia. En la mitología griega, Narciso era un joven de inigualable belleza, que rechazaba a todas las mujeres que se enamoraban de él. Finalmente, fue sentenciado por los dioses a enamorarse de su propia imagen reflejada en la superficie de una fuente y, al no poder dejar de observar su reflejo, se arrojó al agua y murió convirtiéndose en la flor que lleva su nombre: el narciso.
Alguien narcisista es una persona desmesuradamente preocupada por su ego, pero, al mismo tiempo, es un ser frágil, que suele tener la sensación de no estar a la altura de las expectativas. Dice Rafael Castellanoii:

El narcisista posee una personalidad frágil, que lo espera todo de la mirada de los demás. Lo que les importa es crear la ilusión de cómo son. No se tienen confianza y, por lo tanto, tienen que estar permanentemente a la defensiva, ya que piensan que los demás los juzgan y están dispuestos a criticarlos. Como temen ser agredidos, se anticipan y atacan primero.

Entre los rasgos de personalidad de un narcisista, se destacan los siguientes:  Tiene tendencia a aprovecharse de los otros para sus propios intereses o metas.  Exagera sus logros y capacidades. Espera ser reconocido como superior, aunque no pueda mostrar logros proporcionados a sus pretensiones  Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza y amor imaginarios.  Exige una atención o admiración excesiva.  Es pretencioso (por ejemplo, tiene expectativas irracionales de que se cumplan automáticamente sus deseos).  Carece de empatía  Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbias y reacciona a las críticas con rabia, vergüenza o humillación. Los sujetos con este trastorno, como tan bien describe Shakespeare a Ricardo II, asumen con alegría el hecho que los demás otorguen un valor exagerado a sus actos y se sorprenden cuando no reciben las alabanzas que esperan. La vulnerabilidad de la autoestima hace al sujeto muy sensible al “ultraje” de la crítica o la frustración. Las críticas pueden obsesionar a estos sujetos y hacer que se sientan humillados, degradados, hundidos y vacíos. Estas experiencias pueden conducir al retraimiento. Es habitual que no consigan darse cuenta de que los demás tienen sentimientos y necesidades. En todo caso, cuando los reconocen, es probable que los vean con menosprecio, como signos de debilidad. Los líderes con trastorno narcisista construyen un muro de frialdad emocional con sus seguidores que termina generando una falta de interés recíproco. En el caso de Ricardo II, Shakespeare hace una profunda disección de la relación entre la persona y su puesto. Durante buena parte de la obra, Ricardo está acosado por su primo Bolingbroke (el futuro Enrique IV), un personaje con una visión más moderna acerca de cómo ejercer la autoridad en el reino.
En la mitad de la trama, Ricardo es atacado por el poderoso ejército de Enrique y en ese momento, explica claramente su percepción acerca de dónde proviene su poder iii:

No basta el mar para lavar el bálsamo con el que ungieron a un Rey, ni alcanza el soplo de los mortales para deponer al elegido del Señor.

Ricardo, como hijo mayor de su padre, es el “elegido de Dios” para ser Rey. Eso le brinda un inmenso poder en una sociedad religiosa, ya que cuestionarlo a él implica cuestionar directamente a Dios. Seguramente en la actualidad muy pocas personas creen que los reyes obtienen su autoridad directamente de Dios, pero, sin embargo, mucha gente cree que su derecho a actuar proviene del que está arriba suyo en la jerarquía. Algo así como afirmar que un gerente no puede ser cuestionado porque lo nombró la cúpula de la organización. Ricardo cree que no puede ser depuesto por “ningún hombre de este mundo”, pero en la realidad que Shakespeare construyó alrededor suyo está a punto de enfrentarse con un ejército que supera largamente al suyo. Ricardo dice al respecto iv:

Por cada hombre a quien dio Bolingbroke un acero contra esta corona, tiene Dios reservado para su Ricardo un ángel de gloria; y si lucha el cielo, ¿crees que los hombres lograrán vencerlo?

Ricardo necesita un mejor ejército, pero cree que, como es el elegido, Dios va a enviar a sus ángeles para que combatan a sus enemigos. Esto es parte de su noción del poder: en una batalla entre hombres y ángeles, seguro ganarán estos últimos. Este argumento le da fuerzas a Ricardo. A medida que la batalla se desarrolla, Ricardo tiene que enfrentar el hecho que los ángeles finalmente no han acudido en su ayuda y que su ejército está siendo derrotado, pero así todo vuelve a invocar la magia de su autoridad v:

Lo olvidé. ¿No soy acaso el Rey? ¡Despierta, Majestad! ¿O duermes? ¿No es acaso el nombre del Rey equivalente a veinte mil hombres? ¡Armate! Un ruin vasallo tu nombre ataca. No bajes la frente. En el favor de un Rey, ¿no se sienten altos? Altos estén sus pensamientos

Si no hay ángeles ni más soldados que los del enemigo, solo queda el “nombre del Rey” que vale por veinte mil hombres.
Este es un punto crucial teniendo en cuenta que Ricardo asume que los habitantes de su reino lo seguirán solo porque es su Rey. El nombre del Rey, el título del que proviene su poder, hará que la gente se sienta elevada. Esta perspectiva de Ricardo no es consecuencia de ninguna locura, sino simplemente de la creencia profunda que la gente lo seguirá solamente porque Dios le otorgó el título de Rey. La batalla avanza y la realidad empecinada le muestra brutalmente a Ricardo que los ángeles faltaron a la cita y que poco puede hacer su nombre. En pocos minutos, la ficción de extrema fortaleza que Ricardo creó, se hace añicos vi.

Ya no importa, nadie hable de consuelo: sí de tumbas, gusanos y epitafios; Nuestras tierras, nuestras vidas, todo es de Bolingbroke. Y solo puedo llamar mía a mi muerte. Y este menguado molde, estéril fango, que sirve de cubierta a nuestros huesos. Por Dios, sentados en tierra contemos tristes historias de muertes de reyes.

La realidad destruyó su visión idealizada del poder. Shakespeare muestra a Ricardo como alguien que repentinamente se da cuenta de las limitaciones de sus creencias. Es un ejemplo clásico de alguien que perdió contacto con el mundo real. La falta de relación con sus seguidores lo apartó de la realidad. Su autoridad colapsó totalmente y solo le queda sentarse a contar cuentos de reyes muertos. Dejó de ser diferente de cualquier otra persona. Ricardo pasó de ser un rey imbatible a alguien patético que solo posee un pedazo de tierra en el que cavar su tumba. De ser una Majestad ungida por Dios a estar sentado en el suelo. No se trata de una batalla entre ejércitos sino del choque entre dos visiones distintas del mundo. Shakespeare nos muestra los límites de la visión idealizada de Ricardo cuando la confronta cara a cara con el poder material de su enemigo. Ricardo ejemplifica una visión mecanicista del poder, que surge de una fuente exclusiva: el título o la posición. Esa visión le genera expectativas acerca de la manera con que el resto de la organización se va a relacionar con él, ya que una concepción semejante de la autoridad demanda obediencia total. Sin embargo, ese poder que aparenta ser tan fuerte, es en realidad muy frágil, ya que se pierde la posición y no queda nada. A través de esta fragilidad, el Ricardo II de Shakespeare demuestra que, en el mundo moderno (incluso en el siglo XVI), este tipo de autoridad no funciona. Por otra parte, en el mundo real, aparecen otras formas de poder que van más allá de la naturaleza de los títulos que posean las personas. Ricardo no pierde la batalla por falta de
autoridad, sino porque no tiene el suficiente capital fáctico, expresado en este caso en número de soldados. Al final de la obra, Ricardo es depuesto y asesinado. En definitiva, la historia de Ricardo II es un profundo ensayo acerca de la interacción entre la persona y la posición. Esta es una lección vital para los líderes, porque muestra claramente que, si uno pierde contacto con el mundo en el cual actúan los seguidores, en definitiva, está perdiendo contacto con la realidad. Y perder contacto con la realidad conduce inevitablemente al fracaso. La realidad siempre gana.

i Higgins, Shaun & Gilberd, Pamela. (2000). Leadership secrets of Elizabeth I. Perseus Publishing. Cambridge, Massachussets. USA

ii Rafael Castellano (2014). “Liderazgos nocivos”. Publicado en http://www.sociotecweb.com.ar

iii Shakespeare, William. “Ricardo II” Traducción de José María Coco Ferraris. Editorial Nueva Visión. Buenos AIres

iv Shakespeare, William. Op.cit.

v Shakespeare, William. Op.cit.

vi Shakespeare, William. Op.cit. 

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

Impacto visual, infantilismo, medios y educación

Por Gabriel Boragina Publicado  el 17/9/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/09/impacto-visual-infantilismo-medios-y.html

 

La necesidad popular de un líder carismático se proyecta en muchos ámbitos que exceden -por supuesto- el político.

La gente con débil personalidad, aunque tenga buena formación y lo -que para los parámetros habituales- se denomina un “buen nivel cultural”, demuestra cotidianamente su necesidad de tener un referente o un líder.

Algunos los buscan en la universidad o centro de estudios donde cursan. Otros, en sus empleos o trabajos, y finalmente, estás demandas terminan proyectándose en el ámbito político.

La necesidad y rastreo de un líder viene determinado -a mi juicio- por la falta de autoestima que convive o desemboca en una personalidad dependiente.

A pesar de tener ambos una fonética muy similar, dependencia e interdependencia marcan dos conceptos emparentados, pero en esencia disimiles.

Las personas de alta autoestima, amor propio, etc. son interdependientes. Las que carecen de esos atributos o son portadores de sus contrarios, conforman el grupo de los dependientes. Estos, por regla general, necesitan de un soporte externo o patrón que les indique en todo tiempo (o muy a menudo) cómo, dónde y de qué manera han de actuar, conducirse, pensar, hablar, etc. Sin este punto de referencia son incapaces de valerse por si mismos para todos esos menesteres. Esto no significa que el líder que ellos elijan para dichos fines haya de ser siempre el mismo. Porque si el líder de turno perdiera la capacidad de dirigir a otros, inmediatamente sus seguidores lo abandonarían e irían detrás de otro que demuestre si tener la condición de mando adecuada.

Encuentran esos sus tentáculos externos (fuera de los lideres domésticos que los gobiernan en sus áreas específicas) en el ámbito político, periodístico, y del mundo del espectáculo[1].

Otra de las características de estos temperamentos dependientes de débil personalidad es la grandísima influencia que tienen sobre ellos los medios audiovisuales, que es donde acuden ávidamente para encontrar esos apoyos idolátricos que necesitan para saber cómo deben pensar, decir y actuar. De allí, la alta demanda por parte de este tipo de personas de productos televisivos y audiovisuales en general.

Este es el perfil que doy en llamar infantil o infantilista[2]

Siempre me pareció muy revelador el contenido de los medios masivos audiovisuales que, como todo producto comercial, ofrecen al público lo que ese público demanda. Por ejemplo, lo que siempre consideré como un espacio deprimente y vulgar como es la televisión argentina, donde cada vez es más raro encontrar excepciones a esta regla (aunque hay 1 de cada 100) que juzgué y sigo entendiendo muy demostrativo en el sentido que vengo exponiendo.

No me refiero a los programas documentales, o aquellos canales como “National Geografic”, “Animal Planet”, “Discovery Channel”, o por el estilo. De hecho, el contenido de estos canales es consumido por gente con un contorno más independiente y -por consiguiente- muy minoritario.

Aludo, más bien, a los canales de noticias, policiales, espectáculos, etc. que son los de mayor audiencia o televidencia, y cuya característica encuadra, en su mayoría, en el prototipo infantilista[3], con las salvedades del caso.

El personaje infantilista necesita ver o escuchar programas periodísticos para darse cuenta de lo que está ocurriendo en el país y, por, sobre todo, está atento a lo que el periodista que se lo muestra le indica que debe pensar al respecto. Su antítesis, el independiente -en cambio- armado de un buen bagaje intelectual, simplemente está atento a lo que ve y escucha en su entorno, en su diaria actividad laboral y social (valga la redundancia) y analiza todo ello a la luz de lo que sus estudios profundos sobre tales cuestiones le sugieren. Su fuente primaria de formación son los libros y no los periódicos o los noticieros.

Las personas que tuvieron la suerte de tener una buena educación que les dio las herramientas para darse cuenta de cuando un país mejora o empeora son tan escasas como particularmente afortunadas, y son las más capacitadas para dirigir. Lo que -por supuesto- no dice nada de las condiciones morales de tales sujetos, quienes podrán emplear sus habilidades adquiridas para bien o para mal, dependiendo de su vocación de servicio hacia otros o, exclusivamente, hacia si mismo.

Es importante aclarar que una buena educación no significa cualquier educación[4].

Los individuos que apliquen dichos conocimientos a la realidad política y económica podrán entender que nada bueno podía suceder en ambos campos si, por ejemplo (en el caso argentino) el peronismo volvía al poder como lamentablemente sucedió después de la caída del ex-presidente De la Rúa. Poco importa si era el peronismo K o alguna otra variante de ese partido. Las herramientas para poder prever los acontecimientos sociales son -en mi opinión- poseer buenos estudios de economía, política, filosofía e historia (diría que, en ese mismo orden, aunque no es determinante). Pero insisto, no basta tener tales sapiencias, lo crucial pasa por el uso que se haga de los mismos. Lo cual -a su turno- requiere de otro tipo de erudiciones.

Muchas personas saben la diferencia entre lo malo y lo bueno, pero, a la hora de actuar, deciden aplicar lo malo en lugar de lo bueno si, en el caso, aprecian que tal proceder les acarreará a ellos (o a los suyos) beneficios concretos en el corto plazo. Por eso -antes dijimos- salimos del plano gnoseológico y entramos en el campo de lo moral.

Lo malo y lo bueno lo son siempre en el largo plazo, aunque en el corto plazo uno y otro pueden beneficiar o perjudicar a ciertos individuos o grupos. Por citar un ejemplo clásico: que un político se corrompa es bueno para él y malo para la sociedad en el corto plazo, pero en el largo plazo será malo para todos incluyendo al corrupto en cuestión, porque el día que ya no esté más en el poder también el sufrirá (como miembro de la misma sociedad a la cual estafó) las consecuencias económicas que los actos de corrupción acarrean (siendo bastante probable que las secuelas -en dicho plazo- sean aún más malas para el corrupto del ejemplo, en caso de que esa sociedad cuente con un poder judicial eficiente y justo, que envíe a la cárcel al corrupto en cuestión.

 

[1] Ver mi nota La política “farandular”

[2] Ver mi nota Discurso político y paternalismo

[3] Ver mi nota Paternalismo e infantilismo

[4]Véase mi libro La educación (una primera mirada)

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

LA TRASCENDENCIA DE LA NIÑEZ: EL CASO ARGENTINO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hay una obra de Neil Postman titulada The Disappearance of Childhood que alarma a cualquier lector atento pero que desafortunadamente consigna verdades de a puño. Si creemos en el valor de lo que puede hacer el hombre en esta Tierra para que todos mejoremos, no podemos dejar de lado lo que ocurre en la niñez puesto que de allí parten todos los adultos del futuro.

 

Con gran acierto Postman apunta distintos aspectos de cómo hoy se trata a la niñez a través de los siguientes aspectos que deben tomarse con mucha seriedad. Primero, la falta de atención de los padres en los temas relevantes, especialmente en lo que se refiere a la educación o des-educación que reciben primero en sus hogares y luego en los colegios, situaciones en las que se han rebajado a límites inconcebibles los mojones de referencia respecto a los niveles de excelencia. Segundo, en esta misma línea argumental, se recurre a vocabulario soez tanto en el hogar como en los colegios por parte de padres y profesores.

 

Tercero, los padres permisivos que abren las puertas para que adolescentes lleguen a horas inauditas a sus hogares luego de salidas. Cuarto, hacen posible que ingieran altas dosis de alcohol. Quinto, les permiten desempeñarse como modelos en espectáculos muchas veces pornográficos.

 

Sexto, los incentivan a jugar a juegos en los que matar y destruir son los principales objetivos. Séptimo, en la vestimenta se tiende a borrar la frontera en entre el niño, el adolescente y el adulto. Octavo,  hasta en los crímenes resulta difícil distinguir a menores de adultos por la saña con que son realizados los mismos. Y noveno, la idea del pudor y el sentido de vergüenza son borrados de la trasmisión de valores a la niñez.

 

Nada hay más importante que prestar atención a los requerimientos de los niños y realizar todos los esfuerzos para brindarles seguridad y contención en el contexto de la familia. Nada más importante que incentivar su autoestima y responder con prudencia y dedicación a sus reiteradas preguntas y averiguaciones. Nada más importante que inculcarles el respeto recíproco, la honestidad, la responsabilidad y el sentido del humor.

 

Digo con cuidado y prudencia porque debe ponerse todo en la debida dimensión y no adelantarse a lo que el niño quiere saber. Una vez, al regreso del colegio una estudiante le preguntó a su madre que quería decir “pene”. La madre contestó con cierta angustia que se reunirían a conversar esa noche,  al efecto de contar con más tiempo para prepararse y responder adecuadamente. El tiempo antes del encuentro lo aprovechó la madre para consultar con el marido sobre la mejor estrategia, recurrir a Internet y preparar ilustraciones que fueran didácticas, siempre con el mayor cuidado posible. Llegada la hora de la reunión se encerraron  en el cuarto de la progenitora y tras su largo discurso, la niña dijo “que raro todo lo que me decís, no veo relación con lo que sucedió hoy en el colegio porque la profesora nos dijo que rezáramos por el alma de la abuela de una alumna para que su alma no pene”.

 

La buena educación es la clave de todo, en primer término la informal en la familia y luego la formal en el colegio y la universidad. Cada uno tiene sus métodos y no hay para esto recetas universales, pero con mi mujer desde que nuestros hijos eran muy chicos establecimos el sistema de que en las comidas a la noche, todos los días, cada uno, incluyéndonos a nosotros, debíamos poner un tema. Cuando fueron más grandes especificamos que los temas en cuestión no se refirieran a noticias del momento y que todo el mundo conoce, ni se refiriera a nada que tuviera que ver con la política ni el dinero. Es decir circunscribirlos a lo que a cada uno le pasa en su interior o las ocurrencias que aparecen a raíz de lecturas. Esto lo aplicamos hasta que los tres se casaron y con buenos resultados en el sentido que pudimos formarlos con valores y principios sólidos.

 

Todas las tareas educativas para trasmitir valores y principios de una sociedad abierta resultan clave para lo cual se necesita estar muy atento, porque como reza el título de un libro de Macedonio Fernández “no todo es vigilia la de los ojos abiertos”.

 

El caso argentino es muy anterior a los textos obligatorios de “Evita me ama” y los engendros de La Cámpora, es necesario bucear en las raíces del problema. Para ello nada mejor que reiterar brevemente alguna información del notable ensayo de Carlos Escudé con el apoyo de una nutrida bibliografía, titulado El fracaso del proyecto argentino. Educación e ideología editado en 1990 conjuntamente por el Instituto Torcuato Di Tella y la Editorial Tesis, en el que todo el eje central apunta a mostrar que las faenas educativas estaban dirigidas a “subordinar el individuo al Estado” donde “el Estado no es la defensa del individuo y sus derechos” situación en la que “el individuo vive para servir a su Patria [generalmente con mayúscula]; así y no al revés, se define la relación esencial entre el individuo y estado-nación”.

 

Todo el desbarajuste educacional -a contramano de las ideas, principios y valores alberdianos-  comenzó a manifestarse con crudeza durante la tiranía rosista. Luego, la revista “El Monitor de la Educación Común” fundada en 1881 y distribuida gratuitamente a todos los maestros, fue paulatinamente aumentando su nacionalismo e intervensionismo estatal en la educación, aun con las mejores intenciones que rodearon al Primer Congreso Pedagógico de 1882. Incluso la ley de Educación Común (la 1420) de 1884 subraya la importancia de la educación obligatoria y gratuita.

 

En los sucesivos artículos de la mencionada revista se advierte sobre la “desnacionalización que sufría la Argentina” diagnóstico que logró imponer una ley en 1908  “de ingeniería social” al efecto de “deseuropeizar” el país, “pero el objetivo primordial del proyecto educativo argentino, más que impulsar el progreso, fue el de adoctrinar a la población en un argentinismo retórico y esencialmente dogmático y autoritario, cuando no militarista” anticipada por la Ley de Residencia de 1902 por la que podía expulsarse a inmigrantes si juicio previo y las arbitrariedades del creado Consejo Nacional de Educación que incluso tenía las facultades de reglamentar los programas de las escuelas privadas por medio de la Ley Lainez de 1905.

 

Las ideas vertidas en esa revista (“una paranoia”, dice Carlos Escudé) eran las de “el espíritu de raza” (Ernesto Quesada), “la pureza del lenguaje” (Mario Velazco y Arias), los inconvenientes de las escuelas de comunidades extranjeras “como la galesa” (Raúl B. Díaz), “homogenizar los estudios” (José María Ramos Mejía), “forjar una intensa conciencia nacionalista” y “el individualismo anárquico es un peligro peligro en todas las sociedades modernas, reagravóse como tal en la República Argentina por la afluencia del extranjero inmigrante” (Carlos Octavio Bunge), ”en la conversación, en todos los grados, incluir con frecuencia asuntos de carácter patriótico” y “el extranjero que incesantemente nos invade” (Pablo Pizzurno), el “catecismo patriótico” en el que se leía el siguiente diálogo: “maestro-¿cuáles son los deberes de un buen ciudadano, alumno- el primero el amor a la patria, maestro- ¿antes que a los padres?, alumno- ¡antes que todo!” (Ernesto A. Bavio), el “Canto a la Patria” de Julio Picarel sobre el que Escudé aclara que “cito estos pésimos versos a riesgo de alinear al lector” y agrega el poeta de esta xenofobia que “los sonidos ejecutados por una banda militar llegan al oído del niño como un lenguaje fantástico y fascinador”, “el Honorable Consejo Nacional de Educación, al inaugurar la bien meditada serie de medidas tendientes a fortificar el alma de los niños argentinos, el sentimiento augusto de la Patria y a convertir la escuela en el más firme e indiscutible sostén del ideal nacionalista” (Leopoldo Correijer), “la escuela argentina tiene un carácter completamente definido, ella es el agente de nuestra formación nacional” (Juan G. Beltrán), “formemos con cada niño un idólatra frenético por la República Argentina” (Enrique de Vedia), “la escuela oficial, única que mantiene puro el espíritu de la nacionalidad en pugna con la particular cuyo florecimiento es de profusión sospechosa” (Bernardo L. Peyret), “quienes no están conformes con la orientación nacionalista que el Consejo ha dado a la enseñanza, deben tener la lealtad de renunciar al puesto que desempeñan en el magisterio” (Ángel Gallardo), nacionalismo solo realizado eficazmente “en la escuela porque es allí donde hemos de realizar la unidad moral de la raza argentina” (Ponciano Vivanco), “el amor a la patria para ser fecundo debe tener carácter de una religión nacional y ese culto a la Patria no se concibe sin la fuerza nacional” (Francisco P. Moreno).

 

Por supuesto que a la abundante lista referida por Escudé -casi todos antisemitas- no faltan los nombres de los nacionalistas Ricardo Rojas (“las escuelas privadas son uno de los factores activos de la disolución nacional”), Manuel Carlés, ambos con escritos absolutamente contrarios al cosmopolitismo y al respeto recíproco adornados como es el caso de este último autor con cánticos inauditos como el del “Himno a la Nueva Energía” a lo que deben añadirse los numerosos escritos del nacionalsocialista y judeofóbico Manuel Gálvez.

 

El general Agustín Justo designó al nazi Gustavo Martínez Zuviría como Presidente de la Comisión Nacional de Cultura, personaje que fue designado Ministro de Justicia e Instrucción Cívica en la revolución militar de 1943 que desembocó en el peronismo, desafortunadamente fue imitado, con diversos estilos, por todos los gobiernos que siguieron.

 

A los nombres mencionados cabe agregar todavía muchos otros como los de Carlos Ibarguren, el sacerdote ultra nazi Julio Meinvielle, Leopoldo Lugones y tantos otros que sentaron las bases para que luego penetrara el cepalismo, el keynesianismo, el marxismo y todas las variantes totalitarias y planificadores de las vidas y haciendas ajenas donde “lo nuestro” es siempre un valor y lo foráneo siempre un desvalor por lo que se incita a la pesadilla de un sistema de cultura alambrada. Una vez que se idolatra la patria escindida del respeto recíproco y las libertades individuales, está preparado el camino para el mesías del momento indefectiblemente encarne la patria.

 

Estas y otras reflexiones deben ser expuestas a los niños y adolescentes para formar elementos de juicio al efecto de estar en guardia de quienes se presentan como “educadores” y en realidad no son mas que adoctrinadores militantes que contribuyen a colocar férreos candados mentales.

 

Por último, es del caso citar a Amy Chua, la autora de la célebre obra titulada Battle Hymmn of the Tiger Mother donde enfatiza la necesidad de la búsqueda permanente de la excelencia y, al mismo tiempo, ser humilde, en cuyo contexto finalmente aconseja: “Asegúrese de ser el primero para así tener algo en que ser humilde”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EL ABC DE LA EDUCACIÓN SON LOS MODALES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Recuerdo una de las tantas conversaciones que mantuve con el gran Leonard Read en su oficina de la Foundation for Economic Education, cuando trabajaba en la tesis para mi primer doctorado, becado por esa benemérita institución, en 1968. Siempre me beneficié enormemente con sus consejos y reflexiones.

 

En la oportunidad a que me refiero destacó la importancia y la necesidad de reiterar conceptos sobre los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de la sociedad abierta hasta que se comprendieran y adoptaran. Al fin y al cabo -con humor traía a colación el conocido aforismo- “para novedades, los clásicos”, lo cual desde luego no desmerece las nuevas contribuciones que se acoplan a la línea argumental a favor de la libertad y el respeto recíproco. En esta misma dirección tengo presente que en ESEADE Pascal Salin entonces en la Universidad de París IV, comenzó una conferencia con una pregunta retórica “¿prefieren que sea original o que diga lo que creo es la verdad?”. En este sentido, ahora en gran medida vuelvo sobre lo que escribí hace años sobre la importancia de los buenos modales.

 

“El hábito no hace al monje” reza un conocido proverbio a lo que  Jacques Perriaux agregaba “pero lo ayuda mucho”. Las formas no necesariamente definen a la persona pero ayudan al buen comportamiento y hace la vida más agradable a los demás.

 

Hoy en día, en gran medida se ha perdido el sentido del buen hablar. En primer lugar, debido al uso reiterado de expresiones soeces. Las denominadas “malas palabras” remiten a lo grotesco, a lo íntimo, a lo repugnante y a lo escandaloso. Los que no recurren a esas expresiones no es porque carezcan de imaginación, es debido a la comprensión del hecho de que si se extiende esa terminología todo se convierte en un basural lo cual naturalmente se aleja de la excelencia y las conversaciones bajan al nivel del subsuelo. Por su parte, los términos obscenos empobrecen el lenguaje y como éste sirve para pensar y para la comunicación, ambos propósitos se ven encogidos y limitados a un radio estrecho.

 

Entonces, aquello de que “el hábito no hace al monje, pero lo ayuda mucho” pone en evidencia una gran verdad y es que las apariencias, los buenos modales y, en general, la estética, tienen una conexión subliminal con la ética. Cuanto más refinados y excelentes sean los comportamientos y más cuidados los ámbitos en los que la gente se desenvuelve, más proclive se estará a lograr buenos resultados en la cooperación social y el indispensable respeto recíproco como su condición central.

 

Esto  no significa que un asesino serial pueda estar encubierto y amurallado tras aparentes buenos modales, significa más bien que se tiende a reforzar y a abrir cauce al antes mencionado respeto recíproco. Se ha dicho en diversas oportunidades que en la era victoriana había mucho de hipocresía, lo cual es cierto de todas las épocas pero no cambia el hecho de que en esa etapa de la historia el ocultamiento de lo malo traducía un sentido de vergüenza que luego se perdió bajo el rótulo de la sinceridad que pusieron al descubierto las inmoralidades más superlativas con la pretensión de hacerlas pasar por acciones nobles.

 

Las normas morales aluden al autorrespeto y al respeto al prójimo en las respectivas preservaciones de las autonomías individuales basadas en la dignidad y autoestima. De más está decir que lo dicho nada tiene que ver con el dinero sino con la conducta, lo que ocurre es que en las sociedades abiertas los que mejor sirven los intereses de los demás son los que prosperan desde el punto de vista crematístico y, por ende, se espera de ellos el ejemplo, lo cual en los contextos contemporáneos ha mutado radicalmente puesto que en gran medida los patrimonios no son fruto del servicio al prójimo sino de la rapiña lograda con el concurso de gobernantes que se han extralimitado en sus funciones específicas de proteger derechos para, en su lugar, conculcarlos. Mal puede esperarse ejemplos de una banda de asaltantes.

 

La literatura, la escultura, la pintura y la música son evidentemente manifestaciones de cultura por antonomasia. Sin embargo, en la actualidad, tal como he consignado antes, por ejemplo, Carlos Grané apunta en El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales que el futurismo, el dadaísmo, el cubismo y similares son manifestaciones de banalidad, nihilismo, vulgaridad, escatología, violencia, ruido, insulto, pornografía y sadismo (en el epígrafe de su libro aparece una frase del fundador del futurismo Filippo Tomaso Marinetti que reza así: “El arte, efectivamente, no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia”).

 

¿Qué ocurre en ámbitos cada vez más extendidos en aquello que se pasa de contrabando como arte? Es sencillamente otra manifestación adicional de la degradación de las estructuras axiológicas. Es una expresión más de la decadencia de valores. En este sentido, otra vez, se conecta la estética con la ética. No se necesitan descripciones acabadas de lo que se observa en muestras varias que a diario se exhiben sin pudor alguno: alarde de fealdad, personas desfiguradas, alteraciones procaces de la naturaleza, embustes de las formas, alaridos ensordecedores, luces que enceguecen, batifondos superlativos, incoherencias múltiples y mensajes disolventes. En el dictamen del jurado del libro mencionado de Grané -que obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco (presidido por Fernando Savater), en Guadalajara- se deja constancia de “los verdaderos escándalos que ha vivido el arte moderno”.

 

¿Qué puede hacerse para revertir semejante espectáculo? Solo trabajar con paciencia y perseverancia en la educación, es decir, en la trasmisión de principios y valores que dan sustento a todo aquello que puede en rigor denominarse un producto de la humanidad, alejándose de lo subhumano y lo puramente animal, en un proceso competitivo de corroboraciones y refutaciones que apunten a la excelencia y no burlarse de la gente con apologías de la fealdad y explotar el zócalo del hombre con elogios a la indecencia, la ordinariez y a la tropelía.

 

Incluso la forma en que nos vestimos trasmite nuestra interioridad. La elegancia y la distinción se dan de bruces con los piercing, los tatuajes, los pelos teñidos de colores chillones, estrambóticas pintarrajeadas del rostro y las uñas, la ropa zaparrastrosa y estudiados andrajos en el contexto de modales nauseabundos, ruidos guturales patéticos que sustituyen la fonética elemental. La bondad, lo sublime, lo noble y reconfortante al espíritu naturalmente hacen bien y fortalecen las sanas inclinaciones. El morbo, el sadismo, lo horripilante y tenebroso dañan la sensibilidad y afectan lo mejor de las potencialidades del ser humano.

 

Hace años con mi mujer observamos en un subterráneo londinense un enorme cartel con la figura de Michel Jackson con los labios pintados, cambios en la pigmentación y operaciones y estiramientos varios en el que se leía “If this is the outside, what goes on in the inside?”. También ingleses que trasmitían radio en el medio de la nada en África durante la Segunda Guerra Mundial lo hacían vestidos de smoking “to keep standards up”.

 

El deterioro en los modales que subestima la calidad de vida al endiosar la grosería y lo chabacano, también tiende a anular el sentido de las expresiones ilustrativas que se consideran pasadas de moda tal como cuando se aludía a una dama que se utilizaba para indicar conductas excelsas y cuando se afirmaba de un hombre que “es antes que nada un caballero” quería decir mucho de sus procederes y de su rectitud. Ya Confucio, quinientos años antes de Cristo, escribió que “Son los buenos modales los que hacen a la excelencia de un buen vecindario. Ninguna persona prudente se instalará donde aquellos no existan” y, en 1797, Edmund Burke sostenía que para la supervivencia de la sociedad civilizada “los modales son más importantes que las leyes”.

 

Estimo que antes de las respectivas especializaciones profesionales, debiera explorarse el sentido y la dimensión de la vida para lo cual hay una terna de libros extraordinarios que merecen incorporarse a la biblioteca: The Philosophy of Civilization de Albert Schweitzer, Adventures of Ideas de Alfred N. Whitehead y Human Destiny de Lecomte du Noüy. Después de esa lectura tan robusta y de gran calado, entre otras muchas cosas, se comprenderá mejor el apoyo logístico que brinda la cobertura de los modales al efecto de preservar las autonomías individuales.

 

Hasta donde mis elementos de juicio alcanzan, en medios argentinos radiales y televisivos (aparte de reuniones sociales) es donde se concentra la mayor dosis de lenguaje soez.  Hay quienes incluso se creen graciosos con estos bochornos haciendo gala de un sentido del humor por cierto bastante descompuesto. Afortunadamente este decir maleducado no se ha globalizado por el momento, por lo menos al nivel de la degradación argentina. Es de esperar que personas inteligentes y que también hacen aportes en diversos campos abandonen la grosería de sus expresiones al efecto de contribuir a la construcción una sociedad decente y se percaten que la cloaca verbal se encamina a la cloaca.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

Relaciones humanas y personalidad

Por Alberto Benegas Lynch (h). Punlicado el 22/11/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7564

 Voltaire decía que “no hay mejor manera de quedar mal con todos que el pretender quedar bien con todos”. En realidad, el examen supremo de cada uno es el espejo: uno debe verse con la tranquilidad de consciencia de pensar y actuar según los parámetros del bien sin dejarse arrastrar por la opinión mayoritaria, ni de lo que está de moda, ni “lo políticamente correcto”. Al mismo tiempo, para llegar a las propias conclusiones es indispensable contar con una mente abierta que preste debida atención a contribuciones fértiles, incluso las que refutan lo que estimábamos conveniente.

Parece entonces que hubiera una tensión entre el pensamiento y la conducta que se considera correcta por un lado, y por otro la opinión y los procedimientos de muchos de los congéneres. Efectivamente, esto es así pero con buenos modales y adecuada educación uno no debe torcer el rumbo con la intención de quedar bien puesto que así no solo se queda mal con la propia consciencia amputando la propia personalidad, sino que, en definitiva, como enseña Voltaire, se queda mal con otros ya que, en última instancia, no es respetada la conducta errática según vayan los vientos del momento. Esta es la gente “fácil” que se amolda a cualquier cosa aunque signifique la traición a valores y principios que el sujeto en cuestión sabe son los que corresponden.

Una vez consignado lo dicho, debe señalarse que para establecer relaciones con otras personas que no vulneran los referidos valores y principios sino que hacen a la convivencia, debemos interesarnos por lo que estima la persona o las personas con las que intentamos la relación. Dale Carnegie en el clásico Como ganar amigos e influir sobre las personas ejemplifica con la pesca: al pescador pueden gustarle las frutillas con crema pero el pez rechazaría esa carnada de modo que, si se quier lograr el objetivo, lo relevante es lo que le atrae al pez. En el mismo sentido, Adam Smith en La riqueza de las naciones escribe un conocido y muy citado párrafo donde alude al carnicero que no obtiene sus ingresos como consecuencia de hablar de sus gustos personales sino que se dirige a los intereses de su consumidor potencial.

Ya hemos escrito antes sobre el significado del individualismo que se traduce en el respeto a las autonomías de cada cual, en cuyo contexto se hace indispensable la cooperación social libre y voluntaria entre las partes al efecto de obtener beneficios recíprocos. Esto último incluye la necesidad de trabajar en equipo, lo cual requiere destreza y buena voluntad. Tom Morris en su obra titulada If Aristotle Ran General Motors que se refiere a la capacitación de la fundamentalísima área de recursos humanos en la empresa, muestra la compatibilización del individuo y el equipo basado en objetivos y metas compartidas. En este sentido escribe que “El trabajo en equipo no es la mentalidad del rebaño que conduce a caminos que se siguen servilmente en direcciones equivocadas, subrayando la conformidad y la obediencia ciega a ordenes autoritarias. Es precisamente lo opuesto, consiste en un estado mental y procederes en los que los individuos se asocian con sus colegas para llevar a cabo tareas que no pueden realizar en soledad […] una apertura mental y un deseo de mutua corrección y aprendizaje […] que fuerzan a pensar distinto a lo rutinario”. Esta “diversidad en unidad” que postula Morris la efectúa en el contexto de un concepto de competencia muy productivo dentro de la empresa, cual es el competir con uno mismo: todos los días tratar de ser mejor que el día anterior, y en esta línea argumental tener en cuenta que no significa mucho simplemente ser mejor que el vecino.

Para ser mejor persona y estar en condiciones de colaborar en equipo es necesario domar y cultivar la propia personalidad. Laura Schlessinger nos dice en How Could You do That? The Abdication of Character, Courage and Consciense que “preguntar que sentido tiene la vida revela que no se le otorga sentido puesto que no es la vida que da sentido al hombre sino éste a la vida” y cita un autor anónimo quien concluye de este modo sus observaciones: “Vigile sus pensamientos porque se convierten en palabras. Vigile sus palabras porque se convierten en actos. Vigile sus actos porque se convierten en hábitos. Vigile sus hábitos porque se convierten en su carácter. Vigile su carácter porque se convierte en su destino”. El mensaje bíblíco reza que somos nuestros pensamientos, de modo que para resumir los consejos del autor anónimo y saltearnos las etapas intermedias, los pensamientos de cada cual se convierten en su particular destino.

Al mismo tiempo, para el trabajo en equipo o para cualquier intercambio con el prójimo se hace necesario dedicar el suficiente empeño a la buena comunicación. Como las mentes no trabajan como un scaner en el sentido de recibir mensajes tal cual fueron enviados, hay un proceso de interpretación según sea el esqueleto conceptual del receptor y del emisor. Por eso es que especialistas en hermenéutica y profesores de oratoria ponen tanto énfasis y esmero en la importancia de la buena comunicación al efecto de evitar malos entendidos y, consecuentemente, sortear problemas en las relaciones interpersonales.

John Powell, al aludir a la comunicación en Will the Real Me Please Stand Up? parte del texto inserto en el primer acto de la tercera escena de Hamlet donde Polonio asevera que “Esto antes que nada: sed honesto contigo mismo” y a continuación Powell escribe que “es obvio que si no me digo a mi mismo la verdad, no puedo decirle la verdad a otro. No puedo decirle a otro lo que no me digo a mi mismo […] Si me estoy traicionando, naturalmente traicionaré a otros”.

Del mismo modo que una persona que se odia a si misma es incapaz de amar a otra (puesto que amar produce deleite al sujeto que ama como meta final del amor, y el medio es hacer el bien al amado), de la misma manera, para lograr buen contenido en la  comunicación sincera y abierta, se requiere que quien comunica, como condición para estimar al destinatario debe estimarse a si mismo. Nathaniel Branden en Honoring the Self sostiene que “la barrera más potente para la felicidad es suponer que la propia felicidad no es un objetivo loable” en cuyo análisis distingue claramente el individualismo que separa del narcisismo que considera bloquea la posibilidad de cooperación y, por tanto, de mejora del propio narcisista. Decimos nosotros que en este tema puede establecerse un correlato con el llamado “autoabastecimiento” forzoso de cierto bien en cierto país, lo cual niega las bases del comercio ya que encarece la producción y, consecuentemente, reduce el nivel de vida de los “autoabastecidos”. El intercambio interindividual descansa en la complementariedad y las ventajas y conocimientos cruzados y no en el narcisismo pretendidamente autoabastecedor. Esta es la razón de ser de la vida en sociedad. La cooperación social mejora las condiciones espirituales y materiales de vida.

Lo dicho no significa condenar a quien desea mantenerse aislado. Todas las conductas que no afecten derechos de tercero deben ser respetadas, San Pedro de Alcántara, por ejemplo, era un asceta que decidió recluirse en soledad a rezar sin establecer contacto con sus congéneres. Carl Rogers en su libro On Becoming a Person subraya la complejidad del proceso vital por lo que aconseja “simplemente ser uno mismo y dejar que otros sean ellos mismos” sin forzar la mano a nadie. Edward de Bono dice en La felicidad como objetivo que el respeto recíproco es la clave ya que “el acento puesto en el yo protege su yo pero también protege los otros”. También, como parte de la felicidad, la autoeducación y la higiene personal es necesario cultivar la capacidad de reírse de uno mismo, tal como reza el proverbio chino: “Benditos sean aquellos que se ríen de si mismos puesto que nunca dejarán de divertirse”.

Las relaciones humanas tienen indudablemente sus bemoles y, por eso, hay que administrarlas con cuidado sin abdicar de la propia personalidad. Uno de los problemas mayores es la falta de integridad y coraje por mantener las propias convicciones frente a las avalanchas de opiniones en contrario. La importancia del “courage to stand alone” que repetía Leonard Read. También es cierto que cuanto menos cultivada una mente más fácil le resultará llevarse bien con el común denominador y viceversa, lo cual naturalmente no debe conducir a que se renuncie o mutile la propia personalidad en aras de una mejor convivencia puesto que con ello se remata el objeto mismo de la vida que es juzgada por el bien que ha realizado en el mundo que le tocó vivir a cada uno y no por los aplausos recibidos.

Otro de los problemas que se suscitan en las relaciones interpersonales es el simple malentendido antes aludido y que muchas veces distancia a las personas. En este contexto, se me ocurre citar un caso al efecto de ilustrar este punto. En una oportunidad un niño, al regreso de la escuela, le preguntó a su madre que quiere decir pene. La madre ofuscada le responde que esa noche se reunirían a conversar sobre el tema. Entretanto, la progenitora se encierra en su cuarto para consultar enciclopedias y llamar a su médico de confianza y a su marido al efecto de recabar modos de explicar a su hijo lo solicitado del mejor modo posible. Llegado el momento de la reunión, la madre despliega todo tipo de gráficos y explora diversos caminos para ilustrar los usos del órgano sexual de marras. Una vez finalizado el encuentro, el niño se mostró extrañado y manifestó que no veía relación alguna con lo escuchado en la escuela donde una profesora al enterarse de la muerte del abuelo de un amigo recomendó a la clase que “recen por él para que su alma no pene”.

Otro malentendido de mucho mayor calado es el expuesto por Erich Fromm en Man for Himself. An Inquiry into the Psychology of Ethics en donde escribe que “La falla de la cultura moderna no reside en el principio del individualismo, no en la idea de que la virtud moral descansa en la búsqueda del interés personal, sino en el deterioro del significado del interés personal; no en el hecho de que las personas están demasiado preocupadas por sus intereses personales, sino en que no están suficientemente preocupadas en sus respectivos yo; no en el hecho de que están demasiado concentradas en si mismas sino que no se aman lo suficiente a si mismas”. En otros términos, los problemas sociales a los que asistimos no son como frecuentemente se entiende porque las personas se ocupan demasiado de si mismas sino en el hecho de que no cuidan lo suficiente sus almas, lo contrario, la saludable personalidad, facilita las relaciones humanas basadas en la integridad moral y el consecuente respeto recíproco. Y siempre debe estarse en guardia de los que la alardean de afables pero en verdad no quieren establecer una genuina relación y como ésta siempre se cultiva en el contexto de la doble vía, el vínculo se congela en la inexistencia y se confunde sociabilidad con pastosa sobreactuación (nunca mejor aplicado aquello de “dime de que alardeas y te diré de que careces”).

Por último, como una apostilla y para cerrar lo dicho, cito un pensamiento de Bertrand Russell de La conquista de la felicidad, respecto de la presión que ejercen los demás sobre las conductas de quienes se apartan del promedio (algo del que ya habían advertido autores como J. S. Mill en On Liberty): “Muy pocos pueden ser felices sin que aprueben su manera de vivir y su concepto del mundo las personas con quienes tienen relación social […] Pero para una minoría, en la que figuran todos los que tienen algún mérito intelectual o artístico, esta actitud de aquiescencia es imposible […] Un perro ladra más ruidosamente y muerde más pronto a los que le tienen miedo que a los que le tratan con desprecio, y al rebaño humano le ocurre algo parecido. Si le demostramos miedo, ve la posibilidad de una buena caza, mientras que si somos indiferentes, dudan de su poder y tienden a dejarnos solos”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.