Cristo y las riquezas (3° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2019/03/cristo-y-las-riquezas-3-parte.html

 

Nótese como la actitud de Zaqueo contrasta con la del joven rico, que invitado por Jesús a desprenderse de sus bienes y darlo a los pobres se puso “muy triste”:

Mat 19:22 Pero al oír el joven estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes.

Mar 10:22 Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes.

Luc 18:23 Pero al oír esto, se puso muy triste, pues era sumamente rico.

No obstante, ni se negó ni se comprometió a hacerlo. Fue su actitud lo que lo que el Señor evaluó. Cristo no rechazó a ninguno de ellos, sino que ambos adoptaron posturas diferentes ante sus riquezas. Zaqueo las puso por debajo de su fe cristiana, en tanto que el joven rico por encima. Y es bastante probable (aunque no se dice en la Biblia) que el joven rico también hubiera sido un publicano, ya que estos eran muy, pero muy ricos.

“El sentido de crisis estaba ahondándose; entró en una fase aguda después de que Judea fue anexionada directamente por el Estado romano y quedó sometida a los procedimientos fiscales romanos.

Éstos en definitiva fueron mucho menos populares que lo que había previsto el partido favorable a los romanos; se ha calculado que en la Palestina del siglo I, la suma de los impuestos romanos y judíos pudo haber alcanzado hasta el 25 por ciento (no progresivo) de los ingresos, en una economía que en algunos aspectos y en ciertas áreas no estaba muy lejos del nivel de la subsistencia.”[1]

En realidad, toda la economía “no estaba muy lejos del nivel de la subsistencia”. Para comerciar se necesitaba ser dueño, o de tierras cultivables (que escasean en Palestina) o de ganado, cuya adquisición y crianza era muy costosa, salvo que se dispusiera de esclavos, que había que comprarlos, vestirlos y alimentarlos. Pocos eran los que podían darse esos lujos. Y luego de todos estos costos, debían pagar altos impuestos, ya que, sobre una producción escasa, un 25% representaba grandes sumas. Si el precio de venta del producto era inferior a los costos de producción el productor ya estaba incurriendo en pérdidas, y si sobre ese precio de venta debía tributar un 25%, sus pérdidas no hacían más que verse agravadas. Lo mismo sucedía si la producción total no era vendida o solo lo era en parte. Aun suponiendo una venta exitosa el productor perdía después de la aplicación del impuesto. Supongamos esta situación de un agricultor cualquiera:

PRODUCCIÓN 10 kilos
COSTO POR KILO 10 denarios
COSTO TOTAL 100 denarios
PRECIO DE VENTA 12 denarios
CANTIDAD VENDIDA 10 kilos
GANANCIA ANTES DE IMPUESTOS 120 denarios
IMPUESTOS 25%
IMPUESTOS EN DINERO 30 denarios
GANANCIA NETA FINAL 90 denarios

En el ejemplo hipotético, el agricultor logró vender toda su producción, y antes de impuestos consiguió obtener una ganancia que, después de la aplicación del impuesto y en el balance final, se transformó en una pérdida. Y ello suponiendo que efectivamente -como dice el autor citado- el impuesto solo fuera del 25%. Existen muchas razones para inferir que el impuesto real era mucho mayor si tenemos en cuenta las numerosas referencias bíblicas a las estafas que los recaudadores de impuestos (los odiados publicanos) cometían contra el pueblo.

Súmese a ello que las cosechas están expuestas a los vaivenes del clima (inundaciones y sequias según fuere el caso) y la del ganado dependía enteramente de las anteriores y las condiciones del suelo. El cuadro de miseria era el dominante.

En estas desesperantes circunstancias económicas, y dado el sistema de producción primitivo propio de la época, a Cristo no le quedaba más remedio que apelar continuamente al llamado a la caridad para con los pobres, ya que, en vista del sistema económico imperante, no había otra manera de paliar su miserable situación.

Extrapolar aquella critica economía social de tiempos tan remotos y rudimentarios hasta nuestros días para sacar de ella conclusiones morales aplicables a la era actual es un grosero error, de momento que, en el siglo XVIII aparece el capitalismo que -desde entonces hasta hoy- ha venido reduciendo la pobreza mundial de manera espectacular. De donde, creo que el capitalismo ha sido una de las más maravillosas revelaciones divinas que se haya hecho al hombre, ya que hizo de lo que comenzó siendo algo posible solo a través de la caridad, un sistema de producción y distribución de riquezas de dimensiones mayúsculas y masivo, que ha reducido la caridad a algo muy puntual y poco frecuente. Vienen a cuento las siguientes reflexiones:

“Luego de la parábola de los talentos, que es sobre buenas y malas inversiones, viene la parte sobre solidaridad e insolidaridad, donde los versos 35 y 36 dicen: “tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” Las implicaciones son claras: la solidaridad ha de seguir a la productividad. Sin producción no hay riqueza, ¿de dónde va a salir el dinero para solidaridad?

´Por otra parte, la caridad no es la única forma de ser solidarios. Un capitalista que invierte produce muchos bienes y servicios para el mercado, y crea muchos empleos. ¿No es solidario? Después de todo, los fabricantes de ropa y calzado, ¿no visten y calzan a los desnudos? Y los productores y vendedores de alimentos ¿no dan de comer a los hambrientos? Las cadenas hoteleras, ¿no dan alojamiento a los viajeros?”[2]

Es decir: lo que permite la solidaridad es precisamente el capitalismo. De donde se deriva que sin capitalismo la solidaridad (ya sea particular o masiva) sería imposible.

Pero en tiempos de Cristo el capitalismo no existía, la explotación económica de los pobres por parte de los poderosos era moneda corriente. Ante ese cuadro de situación el Señor debió apelar insistentemente a exhortar a la caridad para los menesterosos, que eran mayorías enormes.

Los elementos de la economía en tiempo bíblicos y neotestamentarios pueden resumirse en estos puntos:

  1. El sistema económico mundial era de suma cero.
  2. Como derivación de la primera premisa toda economía era de subsistencia.
  3. La pobreza entonces era la regla y la riqueza la excepción.
  4. Los impuestos agravaban el cuadro anterior. Maxime se dice en muchas partes que era altamente excesivos.
  5. Las deudas se pagaban con la cárcel o a la esclavitud lo que naturalmente aumentaba la pobreza en lugar de reducirla.

[1] Paul Johnson, La historia de los judíos. Ediciones B, S. A., 2010 para el sello Zeta Bolsillo. Pág. 35

[2] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. Pág. 121

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Cristo y las riquezas (2da. Parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/02/cristo-y-las-riquezas-2da-parte.html

 

Comenta el historiador en otra parte de su obra[1] refiriéndose a la labor de los profetas que, para ellos:

“La meta ha de ser la justicia social. Los hombres de­ben cesar de buscar la riqueza como el propósito principal de la vida: «¡Ay de los que añaden una casa a otra, y agregan un campo a otro campo, hasta que no queda más lugar! Han de ser obligados a vivir solos en medio de la tierra.» Dios no tolerará la opresión de los débiles, «”porque aplastasteis a mi pueblo y machacasteis el rostro de los pobres”, dice el Se­ñor, el Eterno de los ejércitos». [2]

Como vimos en una cita anterior, esas casas y campos eran fruto de la expropiación a campesinos endeudados. Este párrafo indica a las claras que la riqueza en tiempos bíblicos y neotestamentarios se debía a la explotación de los pobres, cosa que continuó sucediendo hasta la aparición del capitalismo en el siglo XVIII. Resulta manifiesto que las condenas de Nuestro Señor Jesucristo se dirigen a esa forma o manera de hacerse ricos, y no contra la riqueza en sí misma. Dado que en aquel tiempo no se conocía otra forma de enriquecerse que, a través de una economía de suma cero, es que se refiere exclusivamente a ella como la “riqueza” lisa y llana. Hay una crítica (en cierto sentido) a un sistema económico imperante. Cristo no acepta que la riqueza surja en base a ningún tipo de explotación a los pobres. Existe mucha evidencia histórica que la pobreza del pasado era causada por los altos impuestos que todos estaban obligados a pagar, sea en dinero o en especie, lo que incluía la entrega de esclavos (que superaban en número a sus amos) al fisco. La cantidad de esclavos que se poseían era un índice de riqueza y seguramente también estarían sujetos a impuestos.

“Esdras había es­tablecido una altiva distinción entre el «pueblo del Exilio», los bnei ba-golá, temerosos de Dios y virtuosos, y los am ba-arets, que apenas eran judíos, pues a su juicio en muchos ca­sos habían nacido de matrimonios impropios. Esdras no tuvo escrúpulos en castigarlos severamente 53 y después, como la mayoría eran analfabetos y desconocían la Ley, habían sido tratados como ciudadanos de segunda clase o los habían ex­pulsado directamente. Habrían sido los primeros en benefi­ciarse si los rigoristas hubiesen perdido y se hubiese raciona­lizado la Ley. Pero ¿cómo podían los reformadores, que eran esencialmente un partido de los acomodados y los funciona­rios, apelar al pueblo común pasando por encima de los rigo­ristas? Y sobre todo, ¿cómo podían abrigar la esperanza de hacerlo con éxito cuando se los identificaba con los altos im­puestos, que infligían mayores sufrimientos precisamente a los pobres? Estos interrogantes carecían de respuesta, y por lo tanto se perdió la oportunidad de instalar el universalismo sobre una base popular.”[3]

El párrafo describe la rivalidad entre dos grupos judíos (rigoristas y reformadores), pero para nuestro tema lo que interesa es que los impuestos eran altos y por eso el pueblo común era pobre, lo que es lo mismo a decir que en esos tiempos la mayoría era muy pobre frente a una minoría muy rica que incluía a “un partido de los acomodados y los funciona­rios”. Se refiere a la nobleza y la clase sacerdotal que era el estrato alto de entonces. En tanto los pobres eran los campesinos y artesanos, que equivaldrían a lo que hoy se llamaría la clase productiva. Estos eran los que sostenían a la nobleza y el clero mediante fuertes tributos. Nuestro Señor Jesucristo atacó pues este tipo de riqueza en poder de la clase sacerdotal (acomodados y funcionarios), única manera de hacerse rico en aquellos tiempos.

Un dato significativo que demuestra -a mi modo de ver- que El Señor Jesucristo no condena la riqueza ni a los ricos por ser tales, es que en su tiempo los publicanos eran hombres tan ricos como despreciados. No obstante, Cristo fue su amigo, al punto tal que, uno de ellos (Mateo) fue llamado por El para ser su discípulo. Mateo, como publicano, seguramente fue un hombre rico como sus pares, pero su riqueza no fue obstáculo para que Dios lo eligiera como discípulo suyo, llegando a ser más que eso como apóstol.

Otro caso de un publicano cuya riqueza si se menciona en el texto sagrado es el de Zaqueo, quien también fue elegido por el Señor para ser huésped de su casa. Zaqueo deja entender que antes de conocer a Cristo no procedió de forma honesta, al declarar públicamente frente al Salvador que daría la mitad de todos sus bienes a los pobres, y que si hubiera defraudado a alguno se lo devolvería cuadruplicado. Esto da una idea bastante exacta de la fortuna habida por Zaqueo, lo que no impidió al Señor decirle que se había salvado él y toda su casa. Zaqueo estaba -de algún modo- admitiendo que su fortuna era mal habida. Y reconoció que este era el tipo de riqueza que el Señor condenaba, por ello en su conversión quiso liberarse de ella.

Se podría decir que Mateo fue admitido como discípulo porque dejó todo y siguió a Cristo. Pero esta aparente objeción cede cuando se advierte que a Zaqueo, Cristo no le pidió que deje nada y -no obstante- declaró que se había salvado sin necesidad de entregar todos sus bienes a los pobres. Bastó simplemente que Zaqueo (por su propia iniciativa) declarara al Señor que devolvería lo defraudado y la mitad de sus bienes a los pobres:

Luc 19:8 Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado.

Fue su actitud lo que salvó a Zaqueo, y no el dinero que estaba dispuesto a ceder, porque el Señor declaró que ya estaba salvo aun cuando a ese momento Zaqueo todavía no había procedido a devolver ni un céntimo.

[1] http://www.accionhumana.com/2019/01/cristo-y-las-riquezas.html

[2] Paul Johnson, La historia de los judíos. Ediciones B, S. A., 2010 para el sello Zeta Bolsillo. Pág. 117

[3] Johnson, P. La historia…ibidem. Pág. 155

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.