Los dos demonios

Por José Benegas: Publicado el 15/5/18 en https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/los-dos-demonios

 

En su libro Sapiens, de animales a dioses, Yuval Noah Harari cuenta que los primeros ganaderos mantenían a sus cerdos cerca de sus asentamientos mutilándoles el hocico, donde tienen una gran sensibilidad. De esa manera, cuando intentaban horadar la tierra como método para conseguir alimento, sentían el dolor y dejaban de hacerlo. Así dependían de los ganaderos y no se alejaban. Todavía se usa colocar anillos en el hocico de los animales para que no hagan daño en el terreno al seguir su instinto.

Del mismo modo, el dolor psicológico ha sido utilizado como método de dominio y para mantener cerca de sus amos a una hacienda humana. Así como en el cerdo la sensibilidad de su hocico tiene que ver con su forma de supervivencia, las ideologías antiliberales se obsesionan con dos principios vitales humanos que, ligados de manera fundamental con las emociones, intentan mutilar porque si se siguen libremente causan cierta aflicción: la libido y el afán de lucro. Mediante la culpabilización y la mitología, naturalista o teísta, gran parte de la política como dominación se sustenta en la autoflagelación de los individuos respecto de estas dos tendencias, después de que se les haya plantado la culpa en el proceso de aprendizaje. Eso no es, por supuesto, nada natural. Pero ese no es el problema, sino la falsedad de esa culpa y la forma en que condena al hombre a quedarse cerca de distintos granjeros.

A grandes rasgos hay una derecha teísta cuyas preocupaciones giran alrededor de la perdición de la sociedad por el sexo. Ahora se ha puesto de moda ser antihomosexual, dentro de la corriente que me gusta denominar “malismo heroico”, como oposición irracional al “buenismo” de la izquierda. Pero la represión y culpabilización principal de los instintos sexuales ha operado más que nada sobre la sexualidad más normal, esto es, la heterosexualidad, en particular en las religiones monoteístas. Esto ocurre tanto en relación al sexo antes o fuera del matrimonio, hasta al considerar el mero disfrute no reproductivo como pecado a los ojos de un dios que nos ha creado con esos impulsos, pero cuya máxima atención está en frenarlos. Un dios rarísimo, pero que tiene mucho éxito. No por los clientes, sino por la eficacia de los proveedores, que logran sembrar desde la temprana infancia los tabúes necesarios para que los animales de granja -les llaman “ovejas”, de hecho- se mantengan siempre a mano, penitentes y en deuda. Eso llevado a la política implica el Estado vigilante, consecuencias en la legislación civil y penal, o una política basada en predicadores que tienen el poder de identificar a sus súbditos como libres de los pecados de la carne, dado que pertenecen al club de los que los crean. La culpa es esparcida erga omnes y la forma de evitarla es pertenecer al club. La hipocresía incluso permite a sus miembros vivir en el completo desenfreno entre cuatro paredes, pero esa es la esclavitud en grado supremo.

Del otro lado, típicamente la izquierda, tenga o no un dios, entiende que lucrarse es un despojo, bajo el dogma de que lo que tiene uno le ha sido quitado al grupo. Tener es malo, ser pobre es ser bueno. Toda desgracia humana es culpa del que tiene algo. El afán de lucro, en este caso, es lo que para ellos corrompe todo. No es posible disfrutar de lo obtenido, sin importar el modo en que se lo obtuvo, todo es insuflar colectivamente la culpa, de modo que esconder un bien al fisco sea vivido por los animales de granja, con cierto dolor. De otro modo el sistema fallaría. No podría contar con la colaboración de las víctimas de la que habla Rothbard en Anatomía del Estadoo y Ayn Rand en La Rebelión de Atlas. Eso, como señala el primero, haría imposible el dominio efectivo por su costo. Sería como el hombre primitivo persiguiendo a sus cerdos por el monte.

Esto de cualquier manera se cruza o se suma en la derecha teísta o en la izquierda y lo cierto es que muchas veces es difícil distinguirlas. Ambas son admonitorias y soberbias, tienen varas en la mano para condenar y conceder indulgencias.

Estas dos tendencias vitales son el objetivo predilecto de la manipulación política por su fuerza y por ser en gran medida irrenunciables. La indiferencia hacia ellas es imposible, así que se estará todo el tiempo en estado de culpa o bajo sospecha de estar en estado de culpa. Allí estarán los “pastores” para conceder los perdones.

Para la izquierda el signo de malicia es haber hecho mucho dinero. Si alguien hace algo mal, enseguida le preguntan cuánto han ganado por ello, pues es lo único que les importa. Para la derecha teísta el sexo no oficial es algo a ser escondido y siempre se cae en referencias al tema. Incluso a la hora de evaluar el feminismo irracional de la actualidad, se lo hace desde una supuesta corrección de los roles sexuales.

Pero veamos a la libido o al lucro con realismo. La primera sirve para establecer vínculos afectivos y alianzas firmes para afrontar los rigores de la vida. Claro que en un clima de prohibiciones son lógicas las dobles vidas, pero sin eso la utilidad de los vínculos eróticos va mucho más allá del placer, que es válido por sí mismo. Eso no quiere decir que no se cometan errores o hasta crímenes como consecuencia de ello. La mayor parte de los homicidios, de hecho, están relacionados con esas pasiones. Pero condenar al sexo o considerarlo por sí mismo sospechoso no es muy distinto de hacerlo con las manos, que sirven para escribir y para ahorcar.

El afán de lucro también puede llevar a engañar y a robar, pero la mayor parte de las veces conduce a producir y comerciar. Sobre todo cuando el comercio es libre y se respeta la propiedad (principios que producen el mismo efecto en relación a la libido), se hace indispensable como modo de supervivencia y colaboración social.

Bajo condiciones de libertad y respeto, libido y lucro son los más potentes motores sociales, y si escandaliza esto dicho así es porque se nos ha plantado la semilla de la autoflagelación.

El manipulador se encarga, en cambio, de poner en primer plano la mala intención y hacer sentir el dolor en el hocico por seguir lo que nos nace seguir. Ponernos en conflicto permanente con lo que somos con escalas de valores artificiosas y meramente disciplinarias.

Lucro y libido son los dos demonios esgrimidos por nuestros salvadores, que son nuestros pastores y nuestros comandantes. Son también nuestra energía vital más común. Someterse es entregar la vida. Las próximas generaciones deberían ser libradas del dolor inútil y la sumisión.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

Un académico best-seller

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Es poco frecuente que un académico se convierta en un best-seller. Hay además casos extraordinarios como muchas de las obras de Paul Johnson de más de mil páginas sin subtítulos y que han logrado ventas masivas. Claro que no en todos los casos son leídas sino que queda bien exhibirlas en las bibliotecas.

Un caso notable de muy reciente data es el de Yuval Noah Harari, doctorado en historia en Jesus College de la Universidad de Oxford y que enseña en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Tiene 33 años y ha publicado dos libros traducidos en varios idiomas, entre ellos al castellano, titulados respectivamente De animales a dioses y Homo Deus, cuyas ventas en varios países están ubicadas en la lista de best-sellers y en varios medios se ha dicho sobre el autor expresiones equivalentes a “nace una estrella”.

Los libros contienen datos y reflexiones de mucho interés pero en esta nota periodística queremos puntualizar lo que estimamos son errores de cierta envergadura. De entrada decimos que los títulos de los libros conducen a conjeturar que los seres humanos se han transformado en dioses, supuesto que, precisamente, constituye una presunción fatal digna de los caudillos contemporáneos (La fatal arrogancia titularía su último libro el premio Nobel en economía F. A. Hayek). Desafortunadamente esta conjetura se confirma parcialmente en los trabajos que mencionamos de Harari, aunque finalmente los escritos de marras se traducen en prácticamente la extinción de los humanos debido a la tecnología tal como veremos más abajo en este apretado resumen (y no en el sentido esbozado por Huxley).

Conseguí el correo electrónico del profesor Harari merced a los buenos oficios de Gustavo Perednik, quien enseña en la misma universidad de Harari y con quien escribimos en coautoría un libro (Autopsia del socialismo). Le escribiré en inglés en una cápsula las críticas que siguen ni bien se publique esta columna, que adjuntaré por si también lee nuestro idioma.

Divido estos comentarios en cinco puntos que pienso que son centrales. Veamos unos pocos aspectos del primer libro mencionado. Harari reconoce algunos de los méritos del capitalismo, pero advierte y destaca (junto a otros economistas clásicos) que estos tienen lugar “siempre que no las malgasten [las riquezas] en actividades no productivas”.

Es de gran trascendencia percatarse de que en una sociedad abierta, en todos los casos, los exitosos desde el punto de vista crematístico son el resultado de atender las necesidades del prójimo. Los que aciertan en las demandas de los demás obtienen ganancias, los que yerran incurren en quebrantos. El cuadro de resultados es el termómetro de la eficiencia, por lo que los siempre escasos recursos se ubican en las manos que mejor los administran.

Independientemente de que el concepto de productividad es enteramente subjetivo, incluso cuando alguien invierte en dinero, porque, igual que en toda inversión, conjetura que el valor futuro será mayor que en el presente y, para seguir con el ejemplo que recoge Harari, el sujeto en cuestión coloca su dinero bajo el colchón, el resultado será que transfiere poder adquisitivo a terceros, ya que la cantidad de moneda en circulación será menor en relación con los bienes y los servicios disponibles y, por tanto, los precios bajarán.

En cualquier caso, si los consumidores consideran que no se está invirtiendo bien a sus criterios, provocan pérdidas en el patrimonio de quienes proceden de esa manera. Desde luego que este razonamiento no se aplica a los pseudoempresarios que se alían con el poder político de turno al efecto de saquear a la población, pero este cuadro de situación no es compatible con una sociedad abierta.

En segundo lugar, el autor adhiere al lugar común de emprenderla contra la revolución industrial al escribir: “La revolución industrial que se extendió por toda Europa enriqueció a banqueros y a propietarios de capital, pero condenó a millones de trabajadores a una vida de pobreza abyecta”. Los autores que esto dicen parece que se refirieren a una situación pre revolución industrial donde los campesinos estuvieran danzando en torno a ollas llenas de deliciosos y humeantes alimentos, con salud rebosante y salarios jugosos. Muy por el contrario, las pestes y las hambrunas eran lo común entre los siervos de señores feudales. La mortandad era por cierto muy temprana y la miseria, extendida a todos, salvo los pocos privilegiados por compartir las explotaciones que llevaban a cabo los nobles y sus bandas.

La revolución industrial fue consecuencia del inicio de un cambio de sistema hacia la propiedad privada y el consecuente respeto por al fruto del trabajo ajeno. Sin duda que las condiciones fueron duras al principio, incluyendo el trabajo de mujeres y niños, pero preferían eso a morir por las espantosas penurias a que estaban condenados por el régimen anterior. A partir de entonces, poco a poco, se pudo considerar como algo cierto los estudios de los jóvenes y las tareas de ama de casa de las mujeres como resultado de trabajos arduos pero que permitieron el incipiente ahorro y las mejoras en las condiciones de vida. Préstese atención que recién en esa época comenzó a escribirse sobre la cuestión social, ya que antes se daba por sentado que el destino de la gente era la muerte prematura en las calles. En verdad, si prestamos atención a nuestros ancestros (todos provenimos de las cuevas y la miseria, cuando no del mono) es esta la historia de todos nosotros. En la medida en que el sistema garantizaba derechos, el progreso era seguro, en la medida de la rapiña, el retroceso era el resultado imposible de evitar.

En tercer lugar en este apretado resumen y ahora en el segundo libro referido, Harari es más explícito al concluir: “Es peligroso confiar nuestro futuro a las fuerzas del mercado, porque estas fuerzas hacen lo que es bueno para el mercado y no lo que es bueno para la humanidad o para el mundo”. El autor trata al mercado como si fuera algo ajeno a la humanidad, cuando en realidad se refiere a un proceso administrado cotidianamente por la gente con sus votos y sus abstenciones de votar en el supermercado y afines. El propio Harari es parte del mercado al vender sus libros, al alimentarse, al tener su vivienda, su computadora, su refrigerador, su transporte, su vestimenta, etcétera. En otras palabras, lo bueno para el mercado es lo bueno para la población con sus millones de arreglos contractuales. Todo lo que nos rodea es consecuencia del proceso de mercado y cuando este se interfiere por el uso de la fuerza de los aparatos estatales, los resultados son los faltantes artificiales, los desajustes y, por ende, la pobreza, ya que el derroche de capital afecta directa y negativamente sobre los ingresos y los salarios en términos reales.

Cuarto, el autor que venimos comentando se pronuncia sobre asuntos laborales al sostener que la tecnología amenaza a los trabajadores con quedarse sin empleo, con lo que “los humanos corren el peligro de perder su valor”. En verdad los progresos tecnológicos liberan recursos humanos y materiales para encarar otros bienes y servicios que no podían atenderse debido, precisamente, a que estaban esterilizados en la producción de los bienes que ahora quedan liberados merced a la mayor productividad que hace posible el avance tecnológico.

Las necesidades son ilimitadas y los factores de producción son escasos. Mientras no estemos en Jauja, habrá necesidades insatisfechas (y si estuviéramos en Jauja, no habría que preocuparse por el trabajo de nadie). El empresario siempre atento para sacar partida del arbitraje que presenta la subestimación de costos en relación con los precios finales requiere capacitar para trabajos manuales e intelectuales al efecto de lograr su cometido. En este sentido, la vida es una transición de una posición a otra. Cada día todos los que trabajan pretenden proponer nuevas medidas, lo cual siempre implica reasignar recursos humanos y materiales. Como he dicho antes, el hombre de la barra de hielo fue desplazado y reubicado debido al refrigerador, igual ocurrió con el fogonero antes de las locomotoras Diesel y así sucesivamente con todo lo demás. El progreso implica cambio, no es posible progresar sin cambio. Si se destruyera toda la tecnología del planeta, no habría mayor empleo sino bajas abruptas en los salarios debido a la caída en los rendimientos.

Y quinto, Harari resulta ambiguo, falso y por momentos contradictorio respecto al libre albedrío: “Cuando aceptamos que no hay alma y que los humanos no tienen una esencia interna llamada ‘el yo’, ya no tiene sentido preguntar ¿cómo elige el yo sus deseos?”, “La ciencia no sólo socava la creencia liberal en el libre albedrío, sino también la creencia en el individualismo”.

El materialismo filosófico (o determinismo físico, según la terminología popperiana) da por tierra con la libertad, la responsabilidad individual, la posibilidad de ideas autogeneradas, las proposiciones verdaderas y falsas y la moral. Todo el andamiaje analítico de la tradición liberal cae si no hay libre albedrío, psique (alma) o mente (distinta del cerebro), si en última instancia los humanos somos como loros, más complejos pero loros al fin.

El premio Nobel en neurofisiología John Eccles declara: “Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuán complejo y sutil su condicionamiento […] digo enfáticamente que negar el libre albedrío no es un acto racional ni lógico […] el pensamiento modifica los patrones operativos de la actividad neuronal del cerebro […] Cuanto más descubrimos científicamente sobre el cerebro, más claramente distinguimos entre los eventos del cerebro y el fenómeno mental, y más admirable nos resultan los fenómenos mentales” (en Mind & Brain).

En este contexto, Harari repite la visión convencional de la “inteligencia artificial” de una máquina cuando, como entre muchos otros, explica Raymond Tallis, la inteligencia remite a inter-legum, esto es, leer adentro, captar esencias, naturalezas, conceptualización, abstracción y aspectos emotivos propios del ser humano y no de una máquina programada por humanos. Del mismo modo, nos dice el mismo autor que es impropio hablar de “la memoria de la máquina”, lo cual sería lo mismo que cuando nuestros antepasados le hacían un nudo al pañuelo para recordar tal o cual acontecimiento, en este caso tampoco es propio aludir a la memoria del pañuelo. Incluso no es riguroso siquiera referirse a que “computa la máquina” ni que “calculan las máquinas”, puesto que se trata de impulsos eléctricos sin conciencia de computar o calcular, lo mismo que es de uso metafórico sostener que el reloj “nos dice la hora” (en Why the Mind is Not a Computer).

Como hemos apuntado al abrir esta nota periodística, los dos libros de Harari con sus casi quinientas páginas cada uno contienen datos de suma importancia y observaciones muy atinadas pero a nuestro juicio los cinco puntos que dejamos consignados debilitan, cuando no demuelen, su presentación. Como el conocimiento es provisional y abierto a posibles refutaciones, naturalmente y como en todos los casos (es de Perogrullo) está presente la posibilidad de debatir y contradecir nuestras reflexiones.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.