PARA LOS CATÓLICOS QUE CREEN QUE TIENEN EL MONOPOLIO DE LA MORAL EN LOS PRECIOS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/4/21 en: http://gzanotti.blogspot.com/2021/04/para-los-catolicos-que-cren-que-tienen.html

CAPÍTULO IX:

LA ÉTICA DE LOS PRECIOS[1]

Del libro

Con el espíritu de aceptar aquello que, aunque originado en escuelas de pensamiento no cristianas, sea compatible con una antropología cristiana, no podemos dejar de nombrar un aspecto de la Escuela de Frankfurt, esto es, fundamentalmente, Adorno, Horkheimer y Habermas (Op.cit. y Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativa, Barcelona, Taurus, 1987). Como es sabido, en estos autores, la dialéctica de la Ilustración tiene una fase donde el capitalismo y la industrialización consecuentes, dada la explotación según Marx, presenta relaciones necesariamente de dominio de los unos sobre los otros, al estilo dialéctica amo-esclavo en Hegel. Nosotros no estamos de acuerdo, aparte de que nos parece no cristiana, con esa visión dialéctica-marxista de la historia, pero el elemento a rescatar es la sensibilidad que tienen estos autores por el tema de la alienación, que, descontextualizado de la “izquierda hegeliana”, presenta algo perfectamente coherente con una antropología y una  ética cristiana. Y es el tema de la relación dialógica yo-tú, presente en autores veterotestamentarios como Martin Buber (Buber, Martin, Yo y tú, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1994), pero también en las condiciones de diálogo de Habermas (Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativaop.cit, vol. I, interludio I), que, nuevamente, pueden ser enfocadas desde una antropología cristiana (Hemos trabajado en esto en Zanotti, Gabriel, “Intersubjetividad y comunicación”, en Studium, Tucumán, UNSTA, 2000, t. IV, vol. 6). Considerando la dignidad humana que se desprende por estar creado a imagen y semejanza de Dios, la relación adecuada con nuestros semejantes implica el respeto a su condición de persona, esto es, tratarlo como otro en tanto otro y no en tanto mero instrumento. Esto es, una relación yo-tu, en cambio de una relación yo-eso. Una relación yo-eso es la que se tiene con una cosa-no-persona, que puede ser por ende un instrumento a nuestro servicio, al cual legítimamente se lo domina, se lo usa, se lo “manipula”, y si es necesario se deja de lado una vez que ya no funciona. En cambio, nunca una persona puede ser reducida solo a instrumento, quedando reducida a una mera X dentro de mi esfera personal: ello es precisamente alienarla, esto es, no respetar su propio yo y “convertirla en otro”, precisamente, aquel que la manipula. Ello es contrario a la dignidad de persona, es precisamente la situación a la cual quedan sometidas las personas en los totalitarismos y autoritarismos diversos, y por ello es coherente que un autor como Karol Wojtyla haya considerado cristiano en sí mismo al segundo imperativo categórico de Kant: “nunca tratarás a otra persona como medio, sino como fin” (Wojtyla, K., Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona: Plaza y Janés, 1994).

En lo que Habermas ha colaborado enormemente es en resaltar las condiciones lingüísticas del tratamiento instrumental del otro o, en cambio, tratarlo dialógicamente (Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativaop.cit.). En principio –decimos así porque en estas cosas no hay normas absolutas– si yo trato de captar lingüísticamente al otro, en una estrategia de manipulación, ello no es diálogo sino razón instrumental, en términos de Habermas; en términos de una antropología cristiana, ello no es tratar al otro confirme a su dignidad de persona creada. Por supuesto, en una antropología no determinista, esta posibilidad de manipulación al otro es eso: una posibilidad moral, no una necesidad de una etapa dialéctica de la historia. Y esa posibilidad necesita lingüísticamente de un acto del habla, esto es, de una acción que hacemos con el lenguaje (véase Wittgenstein, Ludwig, Investigaciones filosóficas, Barcelona: Crítica, 1988 y Austin, John L., Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona, Paidós, 1990), perlocutivo, esto es, que intenta modificar la conducta o el pensamiento del otro. No hay nada de malo en ello, al contrario, en las relaciones intersubjetivas siempre nuestro lenguaje tiene efectos en el otro, y muchas veces tratamos de convencer al otro de un cambio de pensamiento y/o conducta. La clave ética, para que ello no se convierta en manipulación y, de ese modo, el otro no se vea alienado, es que el acto perlocutivo sea abierto y que el pacto de lectura sea relativamente claro, y la importancia de esto crece cuanto más delicada sea la cuestión y más sensible sea el otro ante el mensaje. Por ejemplo, si vamos a tratar de convencer a alguien de la verdad del Evangelio, es importante que el destinatario del mensaje en cuestión esté relativamente advertido de nuestra intención, no sea que nos escuche por otro motivo y luego se sienta relativamente engañado. Son normas generales que, por supuesto, hay que aplicar con prudencia a los casos concretos. Pero yendo a temas que todos conocemos, el manejo de estos actos del habla ocultos, por parte de personas psicóticas, hacia personas con un yo debilitado y susceptibles de ser alienadas y caer en el engaño, es lo que explica en gran medida que la mayor parte de los autoritarismos comienzan con discursos que luego generan fenómenos de masificación, con diversas hipótesis psicológicas explicativas sobre las causas por las cuales la psiquis es pasible de este tipo de manipulaciones (Sobre este tema, véanse Frankl, Viktor (1986), Ante el vacío existencial, Barcelona, Herder, 1986 y Freud, Sigmund, “Psicología de las masas y análisis del yo”, en Obras Completas, Buenos Aires, El Ateneo, 2008, T. III).

Llega entonces el momento de preguntar: ¿qué tiene todo esto que ver con el mercado? Que, precisamente, para muchos, cristianos o no, el mercado sería uno de los mejores ejemplos de manipulación y alienación, porque, en un acto de compra/venta, el vendedor –es habitual pensarlo de ese modo pero podría ser al revés– estaría aplicando una estrategia de venta y por ende tratando de lograr que el comprador compre y, en ese sentido, estaría tratando de manipularlo. Comprador y vendedor se verían como medios, uno con respecto al otro, de sus respectivos fines, y no se trataría al otro conforme a su dignidad.

Es una objeción grave, porque va mucho más allá de cualquier defensa que se pueda hacer del mercado por la vía de su mayor eficiencia o productividad. Es una objeción que toca el núcleo moral de la acción humana en el mercado.

Debemos decir al respecto lo siguiente:

En primer lugar, la posibilidad de manipulación del otro, como posibilidad moral, es innegable, o de lo contrario no habría libre albedrío. Es una posibilidad, por otra parte, no reducida solo al ámbito del mercado, sino, después del pecado original, a toda relación humana en sí misma buena. Puede suceder en el matrimonio, en las relaciones legítimas de poder, etc. Pero por ese mismo motivo, porque es una posibilidad moral, no es un proceso necesario de una determinada etapa de la historia, como en el materialismo dialéctico, y eso es lo que distingue a la alienación dentro de una posibilidad luego del pecado original y la alienación como proceso necesario del capitalismo como etapa de la lucha de clases (Ver al respecto, Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1984), “Instrucción sobre algunos aspectos de la ‘teología de la liberación’, en L’Osservatore Romano, 1984, caps. 7-9.).

En segundo lugar, en ese sentido, cabe reiterar que “el mercado” del que hablamos es un proceso espontáneo, connatural a la naturaleza humana que trata de minimizar la escasez (ya hemos tratado este tema), que tiene sus diversas fases de evolución y que no se identifica solo con el capitalismo concomitante y posterior a la revolución industrial, que, por lo demás, tampoco es moralmente indebido en sí mismo (Nos referimos al punto 101 de la encíclica Quadragesimo anno; ver al respecto Doctrina Pontificia, Madrid, BAC, 1964, p. 672; sin olvidar, por supuesto, el famoso punto nº 42 de la Centesimus annus, citado anteriormente.).

En tercer lugar, los actos de compra/venta en un mercado, y también en las características culturales del mercado en Occidente, son habitualmente una estrategia abierta, anunciada, conocida por conocimiento común del mundo de la vida y del horizonte de pre- comprensión cultural, y en ese sentido no son estrategias maliciosamente ocultas. El mercado implica, precisamente, personas comunicándose, hablando, expresando sus preferencias y valoraciones, con pactos de lectura que dependen de usos y costumbres culturales abiertas. Las normas de regateo cuando se compra o se vende un departamento, o las normas de regateo en un mercado indígena de Centroamérica, o las normas de compra/venta en un supermercado occidental, se suponen conocidas para quienes participan en esos “juegos de lenguaje”. Yo no puedo denunciar engaño porque vaya a la India o a Nueva York y no conozca las normas implícitas que manejan sus respectivos mercados. En este sentido, los órdenes espontáneos, en tanto procesos de comunicación de conocimiento disperso, se manejan con actos del habla perlocutivos abiertos y no caen, por ende, en el carácter casi necesariamente manipulador de un acto del habla ocultamente estratégico. O sea: en los mercados (igual que en la política o en las relaciones entre los sexos) se manejan estrategias, pero son abiertas y, en ese sentido, parte de pactos de lectura conocidos implícitamente. Para pasar a otro ámbito, ningún caballero puede sentirse engañado porque una dama rechace su primera invitación salir dando cualquier excusa, cuando en un determinado “juego” ello es entendido como una prueba para ver si el caballero le invita de vuelta. Si el caballero decodifica “no quiere salir conmigo, punto”, es que no está entendiendo el juego de lenguaje. De igual modo, si un comprador interpreta “el precio es 100, yo compro solo por 80, punto”, se produce una situación similar. El mercado es por ende un juego de lenguaje abierto. Presuponiendo el conocimiento común de un determinado mundo de la vida y un normal libre albedrío, es un proceso natural de comunicación y no de alienación.

En cuarto lugar, desde el punto de vista jurídico, un acto de compra/venta puede ser perfectamente legítimo aunque la intención última de alguno de sus participantes sea “dominar indebidamente” al otro. Ello es así porque, en los actos de compra/venta donde rige la justicia conmutativa, se cumple también que en la virtud de la justicia, un acto puede ser justo aunque la intención última del ser humano sea otra. Y ello es así porque el objeto de la justicia es lo justo. Si yo devuelvo a otro una suma debida, mi acto es justo aunque mi intención última sea indebida, por ejemplo, solo quedar bien con él. Por ende, la justicia humana –esa ley humana que no puede abarcar, precisamente, todo lo exigido por la ley natural– (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 96, a. 2c) no puede pedir el control de las intenciones últimas de las personas intervinientes, donde entra precisamente el fin último de la acción. O sea, la justicia humana, para seguir la clásica característica tripartita de un acto moral, cae sobre el objeto, nunca sobre el fin y a veces sobre la circunstancia de la acción. O sea, si yo ejecuto un acto de compra/venta sin atentar contra la justicia pero sin mirar al otro en tanto otro, ello es moralmente malo por ese “sin mirar al otro en tanto otro”, pero justo desde un punto de vista moral y legalPor ello es importante, al realizar un acto de compra/venta, mirar al otro no solo como aquél que está comprando o vendiendo, sino además como lo que es en sí mismo, persona, más allá de que “me sirva”. Pero ello está más allá de lo que la ley humana pueda contemplar.

Por último, alguien podría decir que en el mercado hay engaño si se vende o se compra a un precio mayor o menor de lo que la cosa vale en sí misma pero para contestar esa objeción debemos pasar el punto siguiente, la ética de los precios en el mercado.

***

Recordemos que según Santo Tomás el deber ser es un analogado del ser. Ello se desprende de la ética de Santo Tomás y de la filosofía cristiana en general, donde la ley natural no es más que el despliegue de las capacidades de la naturaleza del ser humano. Por eso, desde esa perspectiva, la famosa separación de Hume entre ser y deber ser no tiene sentido.

Por ende, para analizar el deber ser en los precios hay que analizar el ser en los precios, esto es, la naturaleza de esa relación intersubjetiva que llamamos precios (norma que se cumple, mutatis mutandis, para todas las cuestiones de ética económica).

Hasta ahora hemos dicho algo que creemos importante, esto es, que los precios son síntesis de conocimiento disperso, pero hay que extender el análisis de dicha caracterización para el tema que nos compete.

Repasemos dos cuestiones: propiedad y teoría del valor.

Analicemos para ello un caso simple: Juan decide vender su automóvil por 10.000 dólares y Roberto no lo quiere comprar por más de 8.000 dólares. Por supuesto, una consecuencia muy importante, a efectos de teoría económica, es que en ese caso no habrá intercambio, pero a efectos de lo que estamos analizando, hay dos cuestiones previas.

En primer lugar, que Juan decida vender su automóvil presupone la propiedad de su automóvil. Por ende la oferta, la demanda y los precios presuponen la propiedad de los bienes y servicios que se intercambian. La propiedad de la que hablamos aquí está justificada como precepto secundario de la ley natural, según lo afirmado por Santo Tomás en Suma Teológica, I-II, q. 94 a. 5 ad 3, por su utilidad, como un “adinvenio” del intelecto humano, que, como hemos visto en todo lo que venimos diciendo, en la economía actual pasa por minimizar el problema de la escasez. La propiedad es sencillamente una institución evolutiva para minimizar el problema de la escasez y por ello es precepto secundario de la ley natural (he desarrollado en detalle ese aspecto en Zanotti, Gabriel J., Crisis de la razón y crisis de la democracia, Episteme, Buenos Aires, 2015, e id, “La ley natural, la cooperación social y el orden espontáneo”, en Revista de la Facultad de Derecho Nº 19, Guatemala, Universidad Francisco Marroquín, 2001).

En segundo lugar,cuando dijimos que los precios son síntesis de conocimiento disperso, dijimos que ello permite leer en el mercado la escasez relativa de los bienes, esto es, cuán escaso es un bien. Pero esa escasez no es objetiva, sino, como todos los fenómenos sociales, intersubjetiva y subjetiva. ¿Qué quiere decir ello? Que el valor de los bienes en el mercado, que se traduce en los precios, no es una propiedad de la cosa en sí misma independientemente de su intercambio humano, sino de la cosa en tanto intercambiada y valorada por las personas (“subjetivo”) que intercambian. Esto es muy conocido por los economistas como teoría subjetiva del valor, como ya se ha analizado, pero habitualmente choca con la noción escolástica de bien cuyo valor, en tanto “bonum”, es “objetivo” (“la cosa es apetecida por ser buena y no buena por ser apetecida”, hemos mostrado su complementariedad en el capítulo sobre los bienes económicos); y por ello ahora la estamos presentando de modo tal que no se produzca ese conflicto, pero no por nuestro modo de presentación sino porque verdaderamente no consideramos que lo haya (hemos desarrollado esto en detalle en nuestra tesis de doctorado de 1990, Zanotti, Gabriel, Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, Tucumán, UNSTA, 2004).

Por supuesto que el valor moral es “objetivo”, en tanto que el bien moral de una acción humana depende de un objeto, fin y circunstancias que no son decididos arbitrariamente por la persona actuante. Por supuesto que además puede haber otro tipo de valores involucrados en una mercancía (artístico, afectivo, etc.,) independientes del acto de intercambio. Por supuesto que el “bonum” es un trascendental del ente y como tal el grado de bondad de una cosa depende de su “gradación entitativa”, dependiente de su esencia. Pero nada de ello obsta a que, como hemos visto, la escasez de la que hablamos es intersubjetiva, en relación a lo humano, y por ello si un bien o servicio no es demandado en el mercado no tiene valor –a ello llamamos subjetividad del valor en el mercado–. Puede ser que algo “deba” ser demandado por los consumidores, pero lo que determina su precio en el mercado es que efectivamente sea demandado y ofrecido. Por ello los economistas saben que la teoría subjetiva del valor soluciona la famosa “paradoja del valor” de los economistas clásicos: algo tan importante como el agua puede tener menos valor en el mercado que una pepita de oro en la medida de que el agua en determinadas situaciones (no en un desierto) sea más ofrecida en el mercado y el valor de cada unidad de agua (que los economistas llaman “utilidad marginal”) sea menor.

Por ende algo vale en el mercado (repetimos: en el mercado) en la medida que una persona valore lo que ofrece y lo que demanda. Pero el precio implica el encuentro entre las valoraciones de oferente y demandante. Si yo valoro mi teléfono móvil en 5000 dólares y nadie me compra por esa valoración, tendré que ir bajando mis pretensiones hasta encontrar un comprador. Pero si mi celular comienza a ser altamente demandado por mucha gente, puede ser que lo venda por esa valuación o más. Esto es, recién en el momento del intercambio se establece el “precio”, que depende, como vemos, del encuentro de las valuaciones subjetivas de oferentes y demandantes, y por eso los precios indican la “escasez relativa”: porque la escasez en el mercado no depende de la cantidad objetivamente contable del bien, sino de cuánto sea demandado y ofrecido por personas. Y esto es importante porque, a su vez, como ya explicamos, permite que las expectativas se ajusten: si yo soy oferente (tal vez empresario) de teléfonos celulares/móviles y “leo” que los precios de los celulares suben, tal vez me decida a hacer inversiones adicionales en ese sector, lo cual aumentará luego la oferta de teléfonos celulares/móviles y su precio comenzará a bajar. Todas estas explicaciones, que para algunos economistas (no todos) son muy conocidas, las estamos resumiendo a fines de comprender la naturaleza de esas relaciones intersubjetivas llamadas precios y por ende poder analizar bien su “deber ser”.

Las conclusiones respecto a la ética de los precios, dado en el análisis anterior, son las siguientes:

1. La decisión de vender o no vender, comprar o no comprar (A), que es lo que implica que aumente o no la oferta y la demanda, depende de la propiedad como precepto secundario de la ley natural (B). Por ende, si B es éticamente correcto, A lo será también. Luego, si, por ejemplo, yo decidiera NO vender mi auto, y este, a su vez, fuera altamente demandado, su precio potencial tendería a infinito, o sea, “no se vende”. Pero si la propiedad de mi auto es éticamente correcta, entonces que el precio sea “alto” en el sentido de tender al infinito, también lo es. Por ende un “precio alto” no es fruto de una acción inmoral, sino de una propiedad éticamente justificada, frente, a su vez, de una demanda del bien en cuestión.

2. La pregunta de si es lícito vender o comprar en el mercado por más o menos de lo que la cosa vale está mal planteada en cuanto que el valor en el mercado es subjetivo en el sentido que lo hemos explicado. La cosa en el mercado vale lo que vale en el mercado. Es casi tautológico. Si tiene algún otro tipo de valor, no es el valor que conforma los precios.

3. Cuando aumenta la demanda de un bien, alguien con buena voluntad puede decidir mantener el precio como está o bajarlo, pero la cantidad ofrecida del bien se acabará rápidamente. Un convento de benedictinos puede estar vendiendo miel por 10 dólares el frasco. Supongamos que la demanda de miel aumenta repentinamente porque las personas están convencidas de sus propiedades curativas o lo que fuere. Los benedictinos pueden decidir bajar el precio o más aún, repartir todo su stock, y ello parecerá muy meritorio. Pero ese stock se acabará rápidamente. Tienen que producir más cantidad, lo cual requiere más inversión por parte de ellos, lo cual no es nada sencillo y, mientras tanto, si no quieren agotar el stock, deberán (con “necesidad de medio”, no “ontológica”) ver si pueden obtener un precio más alto, si la demanda les responde, para que no haya largas filas de demandantes alrededor del convento que luego se queden sin miel, y para, a su vez, obtener un margen adicional de rentabilidad que les permita obtener nuevos créditos para re-invertir en la producción de miel. Nada de ello se produce por la maldad moral de los benedictinos. A su vez, ese nuevo precio de la miel, más alto, atraerá a otro oferentes (excepto que los benedictinos tengan una licencia exclusiva para producir miel concedida por el gobierno) que lentamente harán que el precio de la miel tienda nuevamente a la baja.

Dado el corazón humano después del pecado original, puede ser perfectamente que alguien saque provecho de un precio alto, de un bien que es su propiedad, sin importarle en absoluto el prójimo, sobre todo en situaciones tales como ser vendedor de agua en un desierto, etc. Ello, obviamente, no sería correcto moralmente. Pero entonces, ¿qué hacer? La tentación es que los gobiernos (esto es, otras personas con poder de coacción) intervengan ese mercado y expropien la producción o fijen precios máximos, etc. Pero ello produciría los siguientes resultados: a) como explicamos antes, al intervenir en un precio se borra la fuente de interpretación de la escasez relativa en el mercado y la situación es peor; b) la expropiación de la producción en cuestión desalienta los incentivos para la producción y la situación es peor, atentando contra el principio de subsidiariedad.

Desde el punto de vista de la ley humana, hemos visto ya que Santo Tomás deja bien en claro que dicha ley no abarca todo lo prohibido por la ley natural. Por ende, vender al precio de mercado puede ser perfectamente bueno desde el punto de vista del objeto, fin y circunstancias de la acción, o no, pero en este último caso, por los motivos a y b, no es conveniente que la ley humana interfiera en el proceso de mercado. Lo inteligente es, desde el punto de vista de la ley humana, en un caso de emergencia, que una agencia gubernamental compre el bien en cuestión y lo venda más barato o lo regale y con ello no interfiere con el delicado proceso de precios. Por supuesto, esta propuesta es alto opinable, y depende de condiciones que los economistas han estudiado para los casos de “decisión pública”; en este caso se requerirían condiciones harto difíciles como que el gobierno sea preferentemente municipal, tenga sus cuentas en orden, no se financie con emisión monetaria o impuestos a la renta (Hayek, Friedrich A. von, Nuevos estudiosop.cit., cap. 8), etc.

4. Los precios en el mercado se manejan en una franja de máximo y mínimo: el límite máximo de venta es aquel más allá del cual no se encuentran compradores, y límite mínimo de compra es aquel por debajo del cual no se encuentran vendedores. Yo puedo querer que mi computadora se venda a 10.000 dólares pero es muy factible que más allá de 500 dólares no se encuentren compradores; de igual modo, yo puedo querer comprar un ordenador (usado) por 1 dólar pero es muy factible que por debajo de 400 dólares no se encuentren vendedores. Esos límites están determinados precisamente por la oferta y la demanda del bien en cuestión y no se pueden pasar so pena de que no haya intercambio. Por ende la voluntad del vendedor o comprador en el mercado no “fija” los precios sino que depende de la interacción con la otra valoración. Esa franja es lo que implica el “precio de mercado”. Ahora bien, un cristiano debe tener en cuenta el bien de su prójimo y por ende puede ser perfectamente bueno que, al vender algo, en determinada circunstancia, no busque el límite máximo de venta sino el mínimo, pero más allá del mínimo no va a poder bajar. Yo puedo ser farmacéutico y propietario de mi farmacia y ante determinada circunstancia, bajar mi valuación de un medicamento de 100 a 80, pero si lo sigo bajando, por un lado aumentará enormemente la demanda y no voy a poder satisfacerla y, por el otro, los vendedores del medicamento en cuestión dejarán de proveerme. En ese caso, es perfectamente cristiano seguir vendiendo a 80 y, por otro lado, en una acción fuera de mercado, distribuir gratuitamente medicamentos que yo haya podido adquirir con mis recursos, ayuda de una fundación, etc. Hacemos todas estas aclaraciones precisamente para que se vea que la ética de los precios no tiene autonomía absoluta en la determinación de los precios. El nivel de los precios no depende de la buena o mala voluntad de las personas; esta última puede incidir pero hemos visto que el factor básico es la demanda subjetiva de los bienes y todas las consecuencias de la interacción de las valoraciones cuyos ejemplos hemos explicado.

Conclusión: la cosa “en sí misma”, esto es, independientemente de su intercambio en el mercado, puede tener tal o cual valor, pero ese valor no tiene que ver con los precios. Estos últimos surgen de las valoraciones intersubjetivas de las personas en el mercado, y hay que tener en cuenta esto último para analizar la ética de oferentes y demandantes en el mercado.

Pero este mercado, como hemos visto, no es un mecanismo, que se mueva por acción y reacción, sino un proceso, una interacción entre personas. Y el factor que lo mueve hacia una mayor coordinación de expectativas es la referida tendencia al aprendizaje, que se traduce en el factor empresarial. Pero ese papel –el empresario, la empresarialidad– ha quedado muy desdibujado ante una ética cristiana. Será objetivo de estos artículos encaminar nuevamente esa cuestión.


[1] Lo que sigue es una versión ligeramente modificada, de este mismo tema, incluida en nuestro reciente libro Antropología cristiana y economía de mercado, Unión Editorial, Madrid, 2011.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

ESTADOS, NACIONES, FRONTERAS E INMIGRACIÓN.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 11/10/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/10/estados-naciones-fronteras-e-inmigracion.html

Cuando L. von Mises vio disolverse su amado Imperio Austro-Húngaro (sí, lo amaba, detalle interesante para los anarco-capitalistas) escribió una de sus más monumentales y menos leídas obras: Nation, State, and Economy. Allí sistematizó una de sus grandes ideas: la diferencia entre estado y nación, tema que aparecería de vuelta en Liberalismo y en Teoría e Historia. La nación es una unidad cultural unida por el lenguaje (adelantándose a Wittgenstein, describió perfectamente el papel performativo del lenguaje respecto a las formas de vida culturales). Un estado, en cambio, es una unidad administrativa, cuya función es ser el aparato social de coerción que para Mises estaba destinado a la protección de los derechos individuales que, a su vez, debían ser universales a las diversas culturas.

 Por lo tanto, él soñó no con una separación, sino con una unión, bajo un mismo estado federal, de las diversas naciones. Estas últimas no debían estar unidas ni por la educación, ni por el lenguaje, sino sólo por el respeto a las libertades individuales de todos, y a la libre entrada y salida, de capitales y de personas, entre las diversas naciones. Por eso para Mises la libertad educativa y de lenguaje eran tan importantes. En realidad Mises soñó con un mundo cuyas diversidades culturales no fueran impedimento para una unidad que pasara –nada más ni nada menos- por las libertades individuales y la libre entrada y salida de capitales y de personas.

 ¿Demasiado para la naturaleza humana? Puede ser. Hubo, sin embargo, acercamientos. Tal vez los “Estados unidos” fueron, al inicio, eso. Tal vez la Argentina de fines del s. XIX, donde todo el mundo, literalmente, entró, fue eso. Pero esas ocasiones históricas tienen mucho de casual. Coinciden con momentos donde hay cierto consenso cultural sobre “la llegada del otro”, donde el otro no es tan otro. Para cierto norteamericano promedio había otros, esto es, negros y latinos, y para ciertos argentinos promedios, a fines del s. XIX, los otros eran realmente los negros –que no había- y los indígenas –casi totalmente eliminados-. El europeo no era otro. Se parecía al criollo. Los españoles “volvieron” y los “tanos” eran simpáticos. Y listo. Y otras comunidades eran caucásicas. 

El problema, para la convivencia de las naciones, es el otro, el verdaderamente otro. El otro, el que tiene rasgos y color verdaderamente distintos, el que tiene costumbres e idioma verdaderamente distintos, es un problema para la naturaleza humana. O sea, luego del pecado original, el hombre es un problema para el hombre, porque todos somos otros en relación a otros. Todos somos extranjeros cuando nos toca serlo. 

¿Tuvo razón Hobbes, entonces? No sé. Tal vez hubo un momento “lockiano” en la historia. Tal vez EEUU fue eso: la única nación cuya unidad no pasaba por una raza, religión, sino por la adhesión a la Constitución Federal. Tal vez no fue así. Pero, ¿debe ser así?

 Sí, en cuanto ideal regulativo de la historia. La única unidad deseable es un sistema constitucional donde la igualdad sea la igualdad de derechos individuales por los cuales nuestra diversidad se manifiesta. A partir de allí, las diversidades se integran. El comercio, el libre contrato, implica que marcianos, italianos, venusinos, japoneses, puedan intercambiar sus bienes y servicios, y por ende, sus lenguas, culturas, usos y costumbres que se unen, no heroicamente, sino bajo el único incentivo que ha probado ser, para millones y millones de gentes con conocimiento disperso y prejuicios diversos, más fuerte que las guerras. La emergencia del liberalismo político y económico en la historia no fue el surgimiento del reino de los cielos, sino del único reino posible luego del pecado original. Lo demás tiene otros nombres: esclavitud, servidumbre, guerra, sumisión, crueldad. 

Claro que los economistas clásicos y los austríacos tienen razón cuando prueban que la libre movilidad de capitales y de personas aumenta la productividad conjunta y el nivel de vida para todos. Es la solución de la pobreza y del subdesarrollo. Pero lo difícil es el corazón humano que no quiere ver al otro, aunque el otro sea el famoso plomero en Domingo de Woody Allen. Si es el hijo del tano de la vuelta, todo bien. Si es negro y habla francés, mm…. 

¿Y qué pasa si hay guerras potenciales? ¿Qué pasa si sospechamos que “el otro” es terrorista? Para eso las visas, que son sistemas de fiscalización, pueden ser admisibles. Pero deben ser la excepción, no la regla. Pero no, parecen ser la regla. Entonces la guerra es la regla y la paz es la excepción. Entonces Hobbes es la regla y Locke la excepción. Entonces, ¿el liberalismo fue verdaderamente excepcional?

 Claro que Trump está equivocado en sus políticas proteccionistas. Pero repentinamente parece ser el único equivocado. Los fascistas, los comunistas, los intervencionistas, los socialdemócratas, o sea todos excepto nosotros, los pérfidos liberales, están todos de acuerdo con naciones cerradas, con aranceles, visas, pasaportes y todo tipo de control “al extranjero”. Ah si, pero ellos no son Trump. Trump es el nacionalista malo. Ellos son los nacionalistas buenos. Es así de fácil. 

Las naciones son en sí mismas buenas. Asi somos los humanos. Nos sentimos bien con unidades culturales lingüísticas (yo no). El problema está en las naciones cerradas, pero parece que no podemos desprendernos de ello. Sí, el EE.UU. originario, la Argentina del s. XIX, con todos sus desastres e imperfecciones, abrieron las fronteras, pero fue algo verdaderamente excepcional. La guerra parece ser lo normal. 

Pero si la guerra es lo normal, pongámonos del lado de la excepción. El liberalismo es un mandato moral. Es el contrapeso de la historia de la guerra. Es contraintuitivo. Es vivir con el otro. Ya no hay extranjero o de aquí, ya no hay documentado o indocumentado, ya no hay nacional o inmigrante, porque todos son uno en la igualdad ante la ley.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

RESPUESTA A FERNANDO ROMERO MORENO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 15/6/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/06/respuesta-fernando-romero-moreno.html

 

Mi buen amigo Fernando acaba de escribir un artículo sobre el Liberalismo clásico y el tradicionalismo (http://debatime.com.ar/acerca-del-liberalismo-clasico-y-el-tradicionalismo-un-debate-aun-confuso-entre-catolicos/?fbclid=IwAR2lmsKalZ71mRDcKhCGSeQky-Ke2Mmggm7Og4KxntdPq2IoZUELO-n8hJo). En un momento me cita y dice:

“…Por caso, nuestro buen amigo Gabriel Zanotti destaca los (supuestos) antecedentes del liberalismo en la Escuela de Salamanca por sus enseñanzas acerca de la limitación del poder político y del mercado, frente a un catolicismo tradicionalista que se habría refugiado en el absolutismo monárquico, en el fascismo o en el falangismo para defenderse de la “modernidad iluminista” [4]. Ante lo cual es legítimo preguntarse: ¿sabe algo Gabriel Zanotti sobre la limitación del poder en la Monarquía tradicional española, con sus Cortes, Fueros, procuradores, mandato imperativo y libertades concretas reconocidas antes incluso que en Inglaterra?; ¿conoce el pensamiento de autores tradicionalistas anti-estatistas como Aparisi y Guijarro, Gil y Robles, Vázquez de Mella, Victor Pradera, Elías de Tejada, Rafael Gambra, Francisco Puy o Vallet de Goytisolo? Así, el primero de los nombrados, en la segunda mitad del siglo XIX, enseñaba que según las antiguas leyes de España y sus fueros y costumbres “un hombre no puede ser privado de su libertad, ni allanada su casa, sino en los casos y formalidades fijadas en la ley; ni procesado y sentenciado sino por tribunal que corresponda en virtud de leyes anteriores al delito, y en la forma prescripta; ni desposeído de su propiedad, sino por causa de necesidad pública, y previa indemnización. Debe serle además administrada gratuitamente justicia si es pobre, ‘por amor de Dios’, según reza una ley de partida; y según de varias se desprende, no se le debe impedir que se reúna o se asocie con otros hombres para fines que la moral cristiana y el bien público no reprueben” [5]. ¿Este es el tradicionalismo católico que poco o nada sabía acerca de las limitaciones al poder político? Por otra parte, Zanotti no deja de poner como máximo ejemplo a las instituciones anglosajonas, considerando su evolución desde el medioevo católico y señalando la importancia del common law en lo que se refiere al reconocimiento de los derechos naturales de la persona humana (siguiendo en esto a Hayek) [6]. ¿Y por qué no dice nada de dicho reconocimiento en el derecho foral hispánico, que fue precisamente una de las fuentes “institucionales” a partir de la cual los teólogos y juristas de la Escolástica española pudieron reflexionar sobre la limitación del poder?. Gabriel Zanotti podría decir: bueno, pero ustedes, los tradicionalistas y nacionalistas católicos nunca dijeron nada sobre esta cuestión en España, Hispanoamérica o la Argentina. ¿En serio? Nada menos que el Padre Castellani en su libro Esencia del liberalismo se hacía eco de la famosa carta de la Princesa de Beira de 1861, documento fundamental en la historia del tradicionalismo carlista. Allí se afirmaba con claridad lo siguiente: “En la monarquía española, según sus venerandas e imprescriptibles tradiciones, el rey no puede lo que quiere, debiéndose atener a lo que de él exijan, antes de entrar en la posesión del trono, las leyes fundamentales de la monarquía. La fiel observancia de las veneradas costumbres, fueros, usos y privilegios de los diferentes pueblos de la monarquía fueron siempre objeto de altos compromisos reales y nacionales, jurados recíprocamente por los reyes y por las altas representaciones del pueblo, ya en Cortes por estamentos, ya en Juntas representativas, o explícitamente contenidos en los nuevos códigos, incluidos todos, implícita o explícitamente, en el código universal vigente de la Novísima Recopilación (…) La observancia fiel de todo aquello fue siempre una condición sine qua non para tomar posesión de la corona. Porque el monarca, en España, no tiene derecho a mandar sino según Religión, Ley y Fuero. En consecuencia, cuando el que es llamado a la corona no puede, o no quiere, sujetarse a estas condiciones, no puede ser puesto en posesión del trono, debiendo pasar la corona al más inmediato sucesor que pueda y quiera regir el reino, según las leyes y según las cláusulas del juramento” [7]. ¿Qué tiene que ver esta concepción del poder político con el absolutismo o el fascismo? Pues bien: así pensaban, dentro del Nacionalismo argentino, nada menos que Julio y Rodolfo Irazusta, Tomás Casares, Alberto Ezcurra Medrano, Vicente Sierra, Guillermo Furlong, Carlos A. Sacheri, entre otros. Y no sólo pensadores tradicionalistas reconocieron esta naturaleza limitada de la Monarquía Tradicional (aplicable también a un republicanismo clásico y católico), sino también historiadores del derecho más cercanos al liberalismo conservador argentino como Zorraquín Becú o libertarios norteamericanos como Rothbard, que Zanotti bien conoce. El primero, importante para conocer la limitación del poder en la América anterior a las independencias, enseñaba: “En la legislación vigente (existían) garantías directamente vinculadas con los derechos particulares. Así por ejemplo no debían cumplirse las cartas reales para desapoderar a alguno de sus bienes sin haber sido antes oído y vencido. Lo mismo ocurría si se trataba de encomiendas de indios. La legislación reconocía la garantía del juicio previo, y la real cédula de febrero del 19 de febrero de 1775 insistió en que los tribunales ‘se arreglen a las Leyes en la formación de Procesos criminales y no se cometan atentados de prender y Sentenciar a ningún Basallo (sic) sin formar autos ni oírle’. Cuando ésta fue presentada al Cabildo de Buenos Aires, su alcalde de primer voto dijo que era muy ‘útil a los Básalos (sic) por ponerlos a cubierto de Tropelías y opresiones (sic)’”[8]. En igual sentido sostenía que “el dominio legítimo quedaba amparado (…) y la misma ley exigía que en caso de expropiación por causa de utilidad pública, se diera al dueño otra cosa en cambio o se le comprara por lo que valiera” [9].”

Bien, he citado ampliamente. Para mayor contexto, el lector tiene el artículo.

La respuesta más sencilla es: el liberalismo clásico tiene un ideal regulativo, las libertades individuales. Lo demás es una cuestión histórica y prudencial. Hayek aclaró muy bien que la cuestión no es el régimen político, sino el limite al poder. Por ende, si Fernando cree que Aparisi y Guijarro, Gil y Robles, Vázquez de Mella, Victor Pradera, Elías de Tejada, Rafael Gambra, Francisco Puy o Vallet de Goytisolo son mejores autores para limitar el poder y defender las libertades individuales, avanti. Es un buen programa de investigación. Como el mismo sugiere, yo de esos autores no sé nada. No se puede saber todo. Y listo. Esa es mi principal respuesta.

No obstante, quisiera comentar algunas cuestiones adicionales.

Primero, no soy un fan de la Segunda Escolástica. Simplemente fueron un avance en su momento para la defensa de las libertades. Pero el régimen político me es indiferente. Vano es debatir sobre la teoría de la designación o traslación del poder. La cuestión es que sea quien fuere el que tenga el poder, el poder debe ser limitado, y listo.

Segundo, sí, algo supe en su momento de las instituciones políticas del gobierno colonial. Que el Rey, que el Consejo de Indias, los Virreyes, las Capitanías, los Gobernadores, los Cabildos, etc etc etc, las Leyes de Indias, etc. Pero me pareció siempre un caos de atribuciones, legislaciones y poderes. Si Fernando me demuestra que no fue así, avanti. Pero la claridad y distinción de la Declaración de Independencia, el Bill of Rights y la Constitución norteamericana, no tiene parangón. Fernando me va a decir que eso tampoco funcionó, y que los anti-federalistas así lo piensan. Puede ser, pero el debate entre Hayek y Buchanan por un lado, y Rothbard por el otro, sobre la Constitución Norteamericana, no creo que se solucione claramente a favor de Rothbard. Habrá muchas cosas que corregir, y para eso Hayek escribió el libro III de Derecho, Legislación y Libertad, pero el punto analítico de Nozick, sobre un gobierno central para minimizar los costos del free rider, no creo que haya sido bien refutado por Rothbard.  

Por lo demás, ¿estaban bien garantizadas las libertades religiosas, de expresión, de enseñanza, por las Leyes de Indias? Por la Primera y Segunda Enmienda del Bill of Rights, sí. ¿Pero por las leyes de Indias? Bueno, un punto a demostrar. Sospecho que a los autores que cita Fernando esas libertades no preocupaban mucho. Fernando me dirá: tampoco a la Generación del 80, tampoco a los conservadores, tampoco a los civiles y militares de la Revolución Libertadora, y menos aún a los liberales que apoyaron a Videla. Tiene razón. Pero a Alberdi sí le interesaba. Y a los redactores del Bill of Rights, también. Fernando me dirá: ¿pero entonces dónde te ubicas en le Historia Argentina? Más bien en los ideales de los demócratas cristianos como Romero Carranza, García Venturini, Manuel Río. Sí, algunos de ellos pudieron haber defendido a gobiernos autoritarios (como el de la Revolución Libertadora) pero recurriendo a una distinción que Fernando maneja muy bien: en hipótesis, no en tesis. Hay que diferenciar las doctrinas de las reacciones. El barro de la Historia es complejo. Fernando sabe bien que yo creo que fue un error cuasi diabólico no haber seguido los consejos de Patton y avanzar hacia Moscú. Pero Fernando va a tener que hacer más distinciones para probarme que muchos de sus autores -como Menvielle- NO apoyaron a Mussolini y Franco EN TESIS, no en hipótesis. ¿Qué se puede esperar de católicos que consideraban que Maritain era un hereje? ¿Ellos son ahora los “defensores de la limitación del poder y de las libertades individuales? ¿Ellos? ¿Los adoradores de la Quanta cura y los odiadores seriales de la Dignitatis humanae?

Pero volvamos al principio. Que sabe Zanotti de…. Nada ni lo sabré. Tengo 60 años y una foja de servicios, de la cual no me arrepiento, donde Mises, Hayek y los Constitucionalistas norteamericanos han sido el norte de mi existencia. Ya está. Si Fernando quiere ahora descubrir al liberalismo clásico en la tradición histórica y filosófica de las colonias españolas, ok, pero no creo que sea eso lo que quiere descubrir. A lo sumo, las fuentes de una república conservadora -un ideal práctico en el que podemos coincidir- de la mano de un Alberdi tolerado a regañadientes.

Entonces, perdón por no leer a…. ¿Quiénes? ¿Aparisi y Guijarro, Gil y Robles, Vázquez de Mella, Victor Pradera, Elías de Tejada, Rafael Gambra, Francisco Puy o Vallet de Goytisolo? No, gracias, me deben quedar unos 20 años de lucidez y quiero seguir e profundizando el pensamiento de Leocata, Artigas, Freud, Husserl, Gadamer, Wittgenstein y además quiero estudiar Japonés y terminar mis días si Dios quiere en Kyoto, (aunque por mi esposa creo que terminaré en Táranto) lo más alejado posible de los argentinos, de todos, liberales, nacionalistas y de toda la flora y fauna de este desaprovechado lugar de La Tierra, que debería ser donado en bloque a japoneses y malvinenses. Como mucho extrañaré a buenos amigos, entre ellos Fernando, que puede ser que para esa época me haya convencido de que Menvielle era igual que Fr. Martín de Porres.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

JORDAN PETERSON Y SU INCREÍBLE LUCHA POR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 6/5/18 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2018/05/jordan-peterson-y-si-increible-lucha.html

 

Es sencillamente increíble, y a la vez sintomática del horror que estamos viviendo, la lucha de Jordan Peterson para que se respete el derecho de cada uno a hablar como le parezca.

Mi única diferencia con él es que la cuestión no es tanto que la libertad de expresión implica que el otro pueda sentirse ofendido, sino más bien por qué el otro tiene que sentirse ofendido ante mi propio uso del lenguaje.

Las diferentes concepciones del mundo, que en una sociedad libre deben ser libremente debatidas, no deberían herir los sentimientos de nadie, excepto neurosis muy profundas. Si yo soy católico y tú eres protestante, ¿te vas a sentir ofendido? Si te digo que no estoy de acuerdo con tal o cual tesis de Lutero, ¿por qué tienes que sentirte ofendido? Ahora, si insulto a Lutero, es otra cosa. Moralmente no debo, aunque difícilmente sea un caso judiciable.

Me dirán: lo que se discute no es eso. ¿No? Como dije en la entrada anterior, la libertad religiosa en serio conlleva el derecho a vivir y expresarse según metafísicas, mitos y filosofías realmente diferentes de otras. La libertad religiosa, de expresión, de enseñanza, no son para tonterías. Valen precisamente para lo importante, para aquellas cosas que realmente nos importan, y en esas cosas importantes está la tentación del Caín totalitario de casi todos: para esas cosas, llamamos al estado.

Porque lo que Jordan Peterson dice NO es que las personas no puedan usar los pronombres que quieran. Lo que él está criticando (y advirtiendo) es que los gobiernos dicten leyes que impongan por la fuerza el uso de dichos pronombres. Increíble. En una época donde cualquiera reclama su derecho a cambiar de sexo, esa misma persona llama al estado para que te prohíba a ti llamarlo con el pronombre anterior. Podrá estar mal, puede ser que sea “nice” o “proper manners” llamarlo con el pronombre que él quiera, pero tú no puedes prohibirle a él que cambie de sexo y él no puede prohibirte a ti que uses los pronombres habitualesESO es una sociedad libre.

La pretensión de que el estado controle los juegos de lenguaje devela la raíz totalitaria de los que así piensan. Porque cuando el estado puede controlar el lenguaje, puede controlar la cultura y el pensamiento. El mundo hace lenguaje y el lenguaje hace mundo, esa es una de las enseñanzas más profundas de Wittgenstein pasada por la fenomenología. Justamente, las libertades individuales tienen entre muchas funciones la de impedir la racionalización de los mundos de la vida, esto es, que haya mundos de vida espontáneos más allá de la razón instrumental impuesta por el estado iluminista. Sí, en todo lo que digo está la Escuela de Frankfurt (denostada por muchos liberales que no la entienden) pasada por Hayek y Feyerabend.

Los leninistas, los estalinistas, los maoístas, etc., no tenían problema en asesinar generaciones enteras para imponer su visión del mundo. Ahora es más sutil. Lo que quieren los del lobby LGBT es que el estado imponga su juego de lenguaje, para cambiar el pensamiento de todos sin tener que asesinarlos. No sé si decirles gracias o que prefiero a Stalin. Porque, además, si ellos pudieran asesinar a Jordan Peterson, o a Benedicto XVI, lo harían, no tengo ninguna duda. No lo hacen porque no es favorable a la difusión de su totalitarismo.

Jordan Peterson, yo, y muchos más vamos a seguir hablando como se nos canta. Si otros se sienten ofendidos, problema de ellos. Y problema nuestro cuando logren ponernos presos. No están lejos. Como dije, la libertad individual, hoy, no existe. Sólo resiste.

 

Hasta la próxima resistencia.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

EL FEMINISMO RADICAL Y SU (IN) COMPRENSIÓN DE LA NATURALEZA DEL LENGUAJE

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 21/1/18 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2018/01/el-feminismo-radical-y-su-in.html

 

La nueva: ahora tenemos que decir “todxs” o de lo contrario vamos presos. No es broma, así amenazó, muy convencida, bajo “delito de discriminación” una fervorosa feminista mientras “dialogaba” (amenazaba) con Vanesa Vallejo.

Primero, un aspecto del nivel sintáctico del lenguaje. El Español no tiene género neutro explícito para todos los sustantivos y adjetivos (como el Latín: us-a-um, donde el “um” es el género neutro) pero lo tiene implícito: cuando un informe dice “Nro. de alumnos de la Universidad Zanotti” (ja ja, no se preocupen, NUNCA va a existir), el “alumnos” no se está refiriendo a masculino o femenino, sino al neutro. Las feministas deberían estar contentas, pues ese es el sentido de la letra “o” en la mayoría de los casos y NO el señalamiento del género masculino. Pero parece que no lo saben.

Ahora bien, a nivel pragmático, el género depende del contexto. Tampoco habría motivos de enojo, porque si en un aula mixta digo “chicos”, nadie puede suponer que estoy “ocultando” a las chicas, sino que estoy usando el neutro aludido anteriormente. Por supuesto, el contexto, como decía Wittgenstein, determina el uso, y la prudencia o gentileza del uso. Por ende si en mi clase hay un grupo de chicas a la izquierda y otros pocos chicos a la derecha, yo, al dirigirme a las alumnas, elijo decirles “chicas”.

En otros idiomas, por supuesto, la cosa es más fácil, porque el género (como en casi todo el Inglés y en todo el Japonés) el género se sabe sólo por el contexto.

Ahora bien, supongamos que miro a mis alumnas y les dicho “chicos”….

Qué, voy preso?

Las feministas radicales así lo quieren. Y, de vuelta, allí está su problema: en su coacción, en su autoritarismo.

Porque es verdad que tienen allí un punto: sería ignorar a mis alumnas si mi idioma me da el género y yo les digo “chicos”. Es verdad que el lenguaje hace mundo (de vida) y el mundo hace lenguaje. Los juegos de lenguaje, el uso del lenguaje, conforma la realidad, somos hablados por el lenguaje, así como el mundo de la vida se expresa en los juegos de lenguaje. Así que sí, el lenguaje puede llegar a implicar una discriminación moralmente negativa. Pero, de vuelta, es una pretensión cuasi-totalitaria pretender que el estado controle al lenguaje. Eso es meterse en lo más íntimo del mundo de la vida, es la racionalización del mundo de la vida (en su máximo esplendor) denunciado por la Escuela de Frankfurt;  es la mentalidad racionalista-constructivista, denunciada por Hayek, en su apogeo. Es como si yo, que tengo mis diferencias con muchos términos que denotan filosofías que no comparto, lo intentara hacer por la fuerza del estado. Al contrario, lo que hago es usar o NO usar libremente,  en mi vida cotidiana, palabras que sean coherentes con mi forma de ver el mundo. Por eso casi nunca uso las palabras “objetivo”, “subjetivo”, “hechos”, etc., y en mi vida cotidiana NO uso las formas porteñas habituales de expresar enojo. Pero, me imaginan como policía del lenguaje?

Ello es contradictorio con la naturaleza misma del lenguaje, que es un orden espontáneo, uno de los más importantes de los mundos humanos de la vida. Intentar controlar las palabras es como intentar controlar precios.

Dejando de lado, por supuesto, la libertad individual de usar el juego de lenguaje que queramos.

Las feministas querrían ahora imponer por la fuerza, bajo pena de delito de discriminación, las formas del lenguaje que “visualizan” a las mujeres. En algunos casos, dependiendo de la situación y del contexto, como dije, es verdad que en algunos lenguajes, usar el género femenino puede ser un acto moralmente adecuado. Pero, de vuelta, las transformaciones culturales no se imponen por la fuerza. Las feministas radicales son muy rápidas a la hora de asesinar bebés con la excusa de que “es mi cuerpo”, pero no vaya a ser que alguien les diga “es mi lenguaje”.

Por ende: tienen todo el derecho a hablar y escribir como quieran, pero…

Los demás también (1).

 

Se ve que ESE “pro choice” no les entra.

———————————————————————

(1) Uy qué horror!!!!!!!!!!!!!!!! Dije “los” !!! Estoy lost.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

FILOSOFÍA PARA MI: INTRODUCCIÓN

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 20/8/17 en:  http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/08/filosofia-para-mi-introduccion.html

 

Introducción de “Filosofía para mí” (Ediciones Cooperativas, Buenos Aires, 2006).

Este es mi cuarto libro de filosofía en tanto filosofía. Los tres anteriores, aunque muy diferentes entre sí, tienen una característica en común: están escritos para todos. Están escritos con la intención de presentar a la filosofía como un camino abierto a todos, despertando al filósofo que habita en cada ser humano.

Al primero lo llamé “filosofía para no filósofos”, y su intención didáctica era obvia. Allí intenté que la filosofía fuera “fácil”. Hoy no lo intento más: la filosofía no es fácil ni difícil, es un hábito, y, como todo hábito, difícil al principio, fácil después.

El segundo fue “para los amantes del cine”. Era casi lo mismo que el primero pero usaba a las películas como fuentes de ejemplos. Hoy considero que el cine es una privilegiada forma de relato de mundos de vida, y, por ende, un privilegiado lugar donde ejercer la actitud teorética esencial a la filosofía. Dios me de fuerzas para escribir una segunda parte.

El tercero fue “para filósofos”: allí me dirigía a todo ser humano, porque todo ser humano es filósofo (aunque tiene que des-cubrirlo) y a los “filósofos”, diciéndoles algunas cositas, y tratando de hacer una hermenéutica global de la historia de la filosofía occidental.

Y este cuarto libro, ¿qué es? No es una introducción, en la filosofía uno no se introduce, uno se sumerge. Es para “no filósofos” en tanto noes un ensayo para ser publicado en una revista especializada, pero es para filósofos porque también les hablo a ellos. Me parece que este libro es un retrato de mis inquietudes filosóficas, hoy, más profundas: la unión entre filosofía y vida, la filosofía de las ciencias naturales y sociales, la hermenéutica, el lenguaje, el sentido de la existencia humana, y todo ello en diálogo con los temas clásicos de siempre: la libertad, el alma, Dios. El estilo del libro revela una vuelta hacia cierta forma analítica de exposición, mezclada abruptamente con analogías y simbolismos más hermenéuticos. O sea, el libro refleja mi estado filosófico actual: parece haber sido escrito para decirme a mí mismo dónde estoy hoy, filosóficamente hablando (dejando de lado mi vida de astronauta existencial, donde estoy todo el día en la luna). Por eso es “para mí”. Pero, como siempre, es un yo que se dirige a un tú, con la esperanza, permanente esperanza, de despertar en el otro su conciencia teorética, con la esperanza de dialogar con el otro en un intercambio de bien y verdad. Una esperanza permanente en mi existencia. De allí el subtítulo.

Por eso, como intento, a pesar de todo, ser altruista, quiero advertir a mi lector de ciertas cosas. En el segundo capítulo pongo en duda a la diosa ciencia y me niego, por ende, a dar culto al emperador. Por favor, no es con intención de daño.

En el tercer capítulo digo algo, sistemáticamente, que hasta ahora no he dicho, aunque estaba pre-anunciado en otros escritos “más técnicos”. Si, lo relaciono con mi visión del mundo social, pero la intención no es política, sino epistemológica.

En los capítulos cuarto y quinto manifiesto mi “in-sistencia”, o, mejor dicho, “re-sistencia” en que la filosofía tiene aún algo que decir sobre el libre albedrío y la relación alma-cuerpo. El estilo se vuelve más analítico y pongo en diálogo a Santo Tomás, a Popper, a Putnam. Que todos ellos me perdonen, y el lector también.

Los capítulos que siguen son una expresión de uno de mis entusiasmos actuales más importantes: conocer es entender, entender es interpretar, interpretar es habitar un mundo, un mundo de vida “hablado” (lenguaje). Sí, allí estarán Husserl, Gadamer, Heidegger, Wittgenstein, en armonía con lo anterior. Perdón la audacia. Pero ese soy yo. Es un libro egoísta a pesar de todo .

Pero, como si esto fuera poco, los dos capítulos finales son desconcertantes. Que Dios me los perdone, y que los lectores me perdonen (no extiendo este pedido de misericordia a mis colegas porque ellos, habitualmente, no perdonan). Cuando terminen de leer el capítulo sobre Dios me dirán, ¿y? Nunca mejor dicho, Dios sabrá. No me queda, ahora,  más que citar a mi querido Woody Allen: “…le pregunté al rabino el sentido de la existencia………… El rabino me dijo el sentido de la existencia….. Pero me lo dijo en hebreo………. Yo no sé hebreo” (Zelig). Por eso digo: sigo estando de acuerdo con Santo Tomás en su pregunta (utrum Deus sit) y en su respuesta, pregunta que era posterior a otra (utrum Deum esse sit demostrabile), que no era ninguna conversación con ningún agnóstico. Pero, ¿de qué estoy hablando? ¡Pues no sé! ¿Cómo voy a saberlo, si estoy hablando de Dios?

Perdón. Si, perdón en serio. Aquí hay que pensar. Y a fondo. Está comprometida la raíz de nuestra existenca, el sentido de la vida. No queda más que la fortaleza del humor, no queda más que cierto (aliquo modo) silencio.

Pero este silencio es para tí, estimado lector. Por eso, espero haber escrito… Algo altruista, a pesar de mí.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

THE JOHN KEATING´S PROBLEM, O EL PROBLEMA DEL PROFE REVOLUCIONARIO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 19/2/17 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/02/the-john-keatings-problem-o-el-problema.html

 

Cada tanto se reedita la entrañable figura del profesor revolucionario de “La sociedad de los poetas muertos”, que sólo pudo ser protagonizada por el inmortal Robin Williams. Un caso muy especial de estas reediciones fue Erin Gruwell, un caso real que dio origen a la película Freedom Writers. Y ahora anda dando vueltas un catalán audaz, travieso e iconoclasta llamado Merlí.

Ustedes me dirán: ¿vos tenés problema con eso? ¿No es ese tu ideal?

Mm, ya no sé. Lloré como todos con el John Keating, o Robert Williams (es lo mismo…), y conozco de memoria la peli sobre Erin Gruwell, protagonizada impecablemente por Hilary Swank. Es más, la utilizo todos los años en mis clases, aunque NO para el tema educativo. Pero con Death Poets Society, mi padre no lloró. Se enojó. Seria advertencia.

Luché, sí, toda mi vida contra los pequeños hitleres que cual ocultos carceleros disfrutan de la posibilidad de crueldad que les da el sistema educativo formal. E hice algunas otras cosas quijotescas de las cuales no crean que estoy particularmente orgulloso. Pero no importa. No se trata de mí esta entrada.

El problema, como ya he dicho, es el aula (http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/09/el-problema-es-el-aula.html). Cuando se toma conciencia de ello, todo cambia. El aula del sistema educativo formal positivista fue comprensible en su momento, y hasta buena y digna, como lo fueron en su momento las carabelas de Colón.

Ahora supongamos que soy un astronauta que tiene que llegar a la Luna y se instala en el puente de mando de una de esas carabelas. La Niña, digamos. La Niña hace lo que puede. Pero no le responde. No puede elevarse hacia la atmósfera. No hay vuelta que darle. El astronauta se pone nervioso y frustrado. Finalmente se enoja con La Niña y la coacciona para que llegue a la Luna, con todo tipo de amenazas. La Niña no llega ni a la esquina. El astronauta se pone peor. Parece que Wittgenstein golpeó una vez a una niña que no podía ser creativa como él quería. Fue digno de película. Tuvo que salir corriendo del pequeño pueblito austríaco en cuestión.

En 1972 apareció Etapas históricas de la política educativa (http://www.luiszanotti.com.ar/poled.htm) de mi padre. Hablaba de tres etapas. La primera correspondía al sistema positivista de enseñanza. La segunda, la Escuela Nueva, donde se trata de hacer en la escuela lo que la escuela, el aula, no puede hacer. La tercera etapa fue la de los medios modernos de comunicación. Era 1972. Mi padre hablaba de la telemática, previendo toda la situación actual. Pero ni bola. Los actuales expertos en educación siguen hablando de la renovación de la escuela. Como el astronauta que sigue pensando qué reforma hay que hacer en su carabela para llegar a la Luna. Claro, no hay que reformar nada. Hay que usar un Saturno 5 y una Apolo. ¿Ah sí? Sí. Por eso sólo algunos ingenieros entendieron a mi padre.

Cuando se llega a la conciencia de que el aula es un sistema irredimible, inservible, entonces o renuncias, o te vuelves loco, o entras al aula con total tranquilidad, teniendo conciencia de los límites de la situación. Eso sí: no usarás los instrumentos de tortura del sistema.

Keating estaba definitivamente loco. Les propuso volar a los chicos en un sistema donde el que se elevaba sólo un metro era bajado con un terrible fusilamiento. No es broma. Uno de ellos se suicida. A Keating lo echan. Todos pensamos que él era el bueno y las autoridades las malas. Si, puede ser que estas últimas no tuvieran conciencia del problema educativo. Pero eran lamentablemente coherentes. Keating no era malo, pero estaba, sí, terriblemente confundido. De todos modos, el dramático homenaje que le hicieron los chicos fue justo. Se pararon sobre los bancos. El les había propuesto volar. Era lo más alto que allí podían llegar.

Erin Gruwell merece todo mi respeto y admiración. Pero ella no fue una reforma del sistema. Ella fue ella. Puso una fundación, todo bien, pero el High School norteamericano sigue siendo un desastre. Ella hizo lo mejor que pudo. Pero el sistema no cambió. Vuelvo a decir: todo mi respeto y admiración. Pero estamos buscando reemplazar la carabela. Ella hizo un milagro en la carabela, todo bien, lo mismo que Cristo con los panes y los peces, pero no fue esa la transformación del sistema económico (ni lo debía ser, en el caso de Cristo).

De Merlí casi no tengo nada que decir. Vi unos dos o tres capítulos y, con casi 33 años de docencia –estoy en el momento ideal para que me crucifiquen- me cansé.

De mí mismo, ya dije, no voy a hablar. No es pertinente. Lo único que puedo decir a mis colegas es: tengan conciencia de que el problema es el aula. Lean a mi padre. Tomen conciencia del problema. Despierten, como Neo, de la Matrix. Entonces decidirán mejor qué hacer. Mientras tanto, Merlín el Mago quedaba mejor en el siglo VI, educando al futuro rey.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

LA HERMENÉUTICA ES INVISIBLE A LOS OJOS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/1/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/01/la-hermeneutica-es-invisible-los-ojos.html

 

Como bien dice Gadamer, el giro hermenéutico consiste en pasar del tema de la hermenéutica como la sola teoría de la interpretación de textos, o del solo método de las ciencias sociales y la historia, a la hermenéutica como el horizonte fundamental de pre-comprensión que está pre-supuesto en todo vivir, saber y decir. Tal vez, el ser mismo.

Los no filósofos ignoran o niegan la hermenéutica, pero los filósofos también.

No ven la hermenéutica mis colegas filósofos que creen que pueden explicar “objetivamente” a un autor porque citan sus textos, como si los textos fueran los nuevos datos de los testeos empíricos que, claro, no pueden tener. Porque obvimente la pregunta es: ¿por qué ese texto y no otro? ¿Por qué ese texto es el más importante y no otro?

No ven la hermenéutica los científicos que no advierten que todo lo que suponen derivado de los hechos deriva en realidad de un paradigma bajo el cual interpretan el mundo físico.

Tampoco ven la hermenéutica los comunicadores sociales que creen describir los hechos cuando en realidad su horizonte pre-juzga aquello que van a seleccionar como importante y cómo lo van a decir, por qué, para qué y para quién.

Tampoco ve la hermenéutica el historiador que cree que él no intepreta y que relata un hecho, cuando en realidad también tiene su criterio de comprensión de la secuencia causal de los sucesos históricos según sus propios horizontes.

Tampoco ven la hermenéutica los hablantes (o sea, todos los seres humanos) que al hablar usan un juego de lenguaje que presupone formas de vida que presuponen horizontes culturales y formas de comprensión del mundo. No ven la hermenéutica, por ende, los que presuponen que una traducción literal es posible, que presuponen que han entendido una peli de Woody porque la escucharon traducida a un Español.

Tampoco ven la hermenéutica aquellos que te tiran números y estadísticas por la cabeza ignorando que hay un criterio para hacer la muestra y seleccionar lo importante.

Tampoco ven la hermenéutica los que sólo numeran y miden las cosas ignorando que hay toda una serie de filosofias del número y de las matemáticas.

Pero lo peor de lo peor de la negación de la hermenéutica es el colega filósofo que, cuando se enoja contigo, y habiendo estudiado Husserl, Heidegger, Gadamer y Wittgenstein, te dice sin embargo que “cómo no ves los hechos” y que sos “ciego ante la realidad”.

Pero entonces, ¿no hay verdad? ¿Todo es relativo?

Relativo a tu horizonte, si. Falso, no.

Muchas veces digo a mis alumnos: miren por la ventana. ¿Qué ven? Pasto, un árbol. ¿Es el árbol Dios? Por supuesto que no, me contestan hasta los ateos. ¿Y cómo sabes que no? Si fueras shintoísta no me dirías que no. Ah, es que yo no soy shintoísta, me dicen. Si, pero eres judeo-cristiano cultural, y por ende presupones que el árbol no es Dios. Incluso, si eres agnóstico o ateo occidental, es la noción judeo-cristiana de Dios y de creación la que presupones al negar o dudar de la existencia de Dios.

¿Y entonces, dónde está la verdad?

La capacidad de verdad está en la capacidad de defender la verdad de nuestros horizontes de pre-comprensión. Allí es donde la filosofía, la vida y la verdad se juegan. La cuestión no es negar al horizonte que tengas, sino en poder defender su verdad. Pero no puedes no tener horizonte. Eres humano. Por ende eres histórico. Por ende tienes horizonte.

La filosofía es lo que te permite defender la verdad de tus horizontes. ¿Y cómo se defiende la verdad de la filosofía? Ah, la has descubierto. La filosofía te hace remontar a lo último. A lo primero. A los límites. A los inicios. Pero no a un punto de partida tipo “dadme una palanca y entenderé el mundo”. No, a un horizonte vital inter-subjetivo donde la verdad sea la verdad del encuentro con el otro. Pero para ver al otro en tanto otro tienes que salir de tu existencia inauténcica y ver. Si no, eres ciego. Podrás ser políglota, Nobel de Física, explicar a Borges o a Heisenberg, pero si tu existencia es inauténtica, no ves nada.

Puedes estar en desacuerdo, pero si lo estás, busca el horizonte desde el cual estás en desacuerdo y defiéndelo. Pero no es que tengas los hechos de tu lado. Ellos no existen. Existe, sí, la realidad y la verdad, pero me tienes que explicar qué es la verdad y qué es la realidad. ¿Mucha filosofía? Sí, la filosofía es el piso. Su negación es volar sin sustento.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación

Reflexiones sobre mi NO originalidad (dedicado a todos los que odian a Mises – Hayek – Husserl – Gadamer – Feyerabend – Popper – Kuhn – etc etc etc……………..)

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/6/13 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/

Uno de los aspectos más curiosos de mi vida académica es cierto tipo de elogios que recibo: son muy interesantes. En general recibo críticas, si, a veces muy duras, otras veces elogios muy cálidos, y hay que tener cuidado: ambos casos despiertan sentimientos de los cuales hay que estar cubierto y no siempre lo estoy.
 
Pero, como decía, hay cierto tipo de elogios que siempre me han llamado la atención. Yo en general trabajo con autores. Les veo su eje central, su núcleo central, y luego les doy una interpretación adicional donde muestro su no contradicción con Santo Tomás de Aquino, o muestro que sus inconsistencias son aparentes, etc. Entonces viene una respuesta típica, sea cual fuere el autor: no, Zanotti, ese NO es… (el que fuere: Mises, Husserl, Alien el 8vo. pasajero, etc.). No, ese NO es fulanito: ese sos vos (hasta me ha pasado con heideggerianos cuando les explico Santo Tomás). Sos VOS el que piensa así, ¿por qué no lo decís directamente y no se lo hacés decir a otro que te trae innumerables problemas? ¿Por qué no defendés tu propia originalidad, por qué te “atás” a ese, en el fondo, reverendo tarado?
 
O sea: los que me elogian de ese modo tan curioso, tentando, obviamente, a mi vanidad, en realidad ODIAN a mis “protegidos”. Están convencidos for ever and ever de que (ejemplos) Mises es un irremediable escéptico neokantiano, que su praxeología es mero materialismo; que el orden espontáneo de Hayek es una total contradicción e imposibilidad, que Husserl es un idealista irredimible, que Gadamer es un heideggeriano relativista, que Feyerabend fue un mal bicho irrespetuoso, que Popper es un relativista total, que Kuhn es un escéptico post-moderno, etc., etc., o –finalmente- que Santo Tomás no fue más que un inteligente aristotélico que ya no puede decir nada al mundo actual.
 
Cuando les demuestro, con todas las distinciones necesarias, con todo el trabajo hermenéutico necesario, que NO es así, cuando les muestro que, en el fondo, están leyendo mal, me dicen: no, esa es TU lectura. Eso es “tuyo” (¡gracias!!!), NO del autor.
 
Pero, ¿acaso soy yo tan original? ¿Soy YO el inventor de la praxeología de Mises, del orden espontáneo de Hayek, del mundo de la vida de Husserl, de los horizontes de Gadamer, de los paradigmas de Kuhn, de las conjeturas de Popper, del proceder contra-inductivo de Feyerabend, de los juegos del lenguaje de Wittgenstein? Porque ESOS son los EJES CENTRALES que YO defiendo, y NO son una proyección de categorías zanottianas sobre unos pobres imbéciles: son mi humilde identificación del núcleo central de GRANDES GENIOS y mi consiguiente demostración de que eos núcleos centrales son en última instancia VERDADEROS, aunque con los límites epocales y filosóficos del autor.
 
Por ende, enemigos for ever and ever de esos autores, gracias por defender mi originalidad, pero lamento desilusionarlos. Soy nada más que un comentarista, que identifica, en todos esos autores, perlas preciosas que ustedes no ven. Mi trabajo hermenéutico es descender a las profundidades del océano, identificar a los titanics hundidos en un océano profundo de incomprensiones y volverlos a la luz del sol, sin deformarlos, pero mostrando lo que realmente eran y son. No soy más que un buceador que nada (y cuando yo nado, no nadeo J) en infinitos océanos buscando luces olvidadas. Yo simplemente he construido un mundo donde cada una puede volver a brillar, de vuelta, en su lugar.

 Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.