La Escuela Austríaca de Economía

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/03/la-escuela-austriaca-de-economia.html

 

“La Escuela Austriaca de economía fue fundada en el año 1871 con la publicación de los Principios de economía de Carl Menger. Menger, junto con William Stanley Jevons y León Walras, desarrolló la revolución marginalista en el análisis económico. Menger dedicó sus Principios de economía a su colega alemán William Roscher, la figura principal en la Escuela Histórica Alemana de economía. La Escuela Histórica dominaba el pensamiento económico en los países de habla alemana. En su libro, Menger postuló que el análisis económico era susceptible de aplicación universal y que la unidad de análisis apropiada la constituía el ser humano y sus elecciones. Estas elecciones, sostenía Menger, están determinadas por las preferencias subjetivas individuales y por el marco en el cual estas decisiones son llevadas a cabo. La lógica de la elección, creía Menger, es el elemento esencial para el desarrollo de una teoría económica de validez universal.”[1]

A pesar de la gran importancia del descubrimiento de Menger su idea no tuvo general aceptación, ni en el campo académico ni -menos aun- en el del pensamiento económico vulgar y general, ni en su tiempo ni hasta la actualidad. La Escuela Austríaca de Economía comenzó siendo (y continúa siéndolo hasta el día de hoy) una posición minoritaria en el espacio del saber económico y -por desgracia- poco conocida y menos difundida todavía.

Es cierto que su divulgación es mayor hoy día que lo fue desde su aparición hasta no hace poco, pero, con todo, sus principios y postulados no ha logrado imponerse en dichos sectores y su enseñanza sigue acotada -comparativamente en relación a las escuelas económicas restantes- a muy pocos centros académicos, prestigiosos por cierto entre los cultores de la escuela, pero ignotos para los dominantes, que continúan siendo los sucesores de aquella famosa Escuela Histórica Alemana de economía, muchos de ellos hoy devenidos en entusiastas keynesianos e intervencionistas de toda laya, que han logrado no sólo imponer su paradigma, sino mantenerlo y “renovarlo” con “nuevos” sofismas para presentar como algo “innovador” lo que tiene muy antigua raigambre. Aunque los teoremas de nuestra escuela son de una lógica irrefutable, lo contraintuitivo de la ciencia económica -como enseñó Friedrich A. von Hayek- hace que no sean evidentes por sí mismos.

“La Escuela Histórica, por el contrario, sostenía que la ciencia económica es incapaz de generar principios de validez universal y que, por tanto, la investigación científica debía estar enfocada hacia análisis minuciosos de las circunstancias históricas. La Escuela Histórica pensaba que los economistas clásicos ingleses estaban equivocados al creer que existían leyes económicas que trascendían el tiempo y las fronteras nacionales (national boundaries). La obra de Menger venía a restablecer el punto de vista clásico de la economía política, que afirmaba la existencia de leyes universales; y para su demostración apeló al análisis marginal. Los estudiantes de Roscher, especialmente Gustav Schmoller, se opusieron totalmente a la defensa que Menger hizo de la “teoría” y etiquetaron la obra de Menger –y por extensión a sus seguidores Eugen Böhm-Bawerk y Friedrich Wieser–, con el término peyorativo de “Escuela Austriaca”, debido a que la mayoría de los profesorados implicados ejercían la docencia en la Universidad de Viena. Con el paso del tiempo, el término se impuso.”[2]

También es conocida con otros nombres, tales como “Escuela Marginalista” o “Escuela de Viena”. No obstante, es cierto que la denominación más utilizada es la de Escuela Austríaca de Economía. El carácter peyorativo de la designación (que bien se reseña en la cita) continuó durante muchos años hasta que se perdió memoria del debate entre los seguidores de Menger y los de Roscher. Hoy en día sólo para los pocos que conocen la escuela, sus orígenes y su historia, pero son adversos a la misma, el rótulo siegue conservando su carácter peyorativo. Naturalmente, para los partidarios de la Escuela, tal estigma no existe. Cabe puntualizar que la Escuela Histórica aplica a la economía los postulados historicistas que, en el ámbito de la filosofía, alcanza su máxima expresión con el pensamiento de Hegel, del cual los historicistas alemanes han extendido al área de la economía. Resultaba, pues, ser una tendencia propia de un pensamiento que estaba en boga entre los autores alemanes.

Lo peyorativo era obvio, por cuanto la Escuela Histórica era la de mayor prestigio de la época, y no querían verse confundidos con los austriacos que, por lo visto (a su criterio) merecían un tratamiento aparte. Lo más correcto -como se pudo apreciar por el devenir de la Escuela Austríaca de Economía- era y es haberla denominado Escuela Marginalista a pesar de que Jevons y Walras fueron marginalistas, pero no adherían a la Escuela Austríaca de Economía.

“Sin embargo, desde la década del ‘30, ningún economista de la Universidad de Viena ni de ninguna otra universidad austriaca ha sido una figura relevante de la Escuela Austriaca de economía[2] Durante los años treinta y cuarenta, la Escuela Austriaca se trasladó a Inglaterra y a los Estados Unidos, y los académicos asociados con esta línea de pensamiento económico se encontraban principalmente en la London School of Economics (1931-1950), en la New York University (1944-), en Auburn University (1983-) y en la George Mason University (1981-).”[3]

Resulta de importancia aclarar los motivos fundamentales de esta emigración, y que no son del todo explícitos en la cita (como hubiera sido de desear) y consisten en que la naturaleza de las ideas de la Escuela Austríaca de Economía tenía implicancias políticas que iban en contra de las tendencias del pensamiento dominante del momento, que no eran otras que las del comunismo, el fascismo y el nazismo que se extendían de manera vertiginosa a través de todo el mapa europeo. Los autores de la Escuela no contaban, pues, con ambientes que garantizaran el clima apropiado para continuar con sus estudios e investigaciones e, incluso, podían ver amenazadas su libertad personal y sus vidas mismas en alto grado. Tal era el clima del periodo que el autor que estamos comentando omite y que hubiera sido sumamente importante poner de relieve.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.

[2] Boettke, ibidem.

[3] Boettke, ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Advertencia para Macri del Padre Fundador de la economía

Por Iván Carrino. Publicado el 1/10/17 en: http://www.ivancarrino.com/advertencia-para-macri-del-padre-fundador-de-la-economia/

 

Richard Cantillon fue un banquero y economista irlandés que vivió gran parte de su vida en París y Londres, donde murió víctima de un ataque de su cocinero. Para William Stanley Jevons, el texto de Cantillon, Ensayo Sobre la Naturaleza del Comercio en General, escrito en 1730 y publicado 25 años más tarde, podría considerarse “la cuna de la economía política”. Para Murray Rothbard, Cantillon debería ser considerado el “padre fundador de la economía moderna”.

En su breve pero completísimo tratado, Cantillon toca varios temas, como el origen de la riqueza, la naturaleza del comercio, el surgimiento de los precios y los problemas del endeudamiento público. En este último aspecto, su pensamiento sigue notablemente vigente.

De hecho, 287 años antes de que el gobierno de Cambiemos haya decidido financiar su “gradualismo” con deuda externa, ya advertía:

Todavía tengo que referirme a otros dos medios de aumentar la cantidad de dinero efectivo en la circulación de un Estado. El primero se pone en juego cuando los empresarios y particulares toman dinero a préstamo de sus corresponsales extranjeros a cambio de un interés; el segundo cuando los particulares extranjeros envían su dinero al Estado para comprar en él acciones o fondos públicos. A veces estas colocaciones ascienden a sumas muy considerables, y sobre ellas el Estado debe pagar anualmente un interés a dichos extranjeros.

Estos procedimientos de aumentar el dinero en el Estado hacen que el dinero en él sea más abundante, y disminuyen el tipo de interés. Mediante este dinero los empresarios del Estado pueden más fácilmente tomar dinero a préstamo, dar trabajo y establecer manufacturas con afán de lucro; los artesanos y todos aquellos por cuyas manos pasa este dinero consumen más que si de él no hubieran dispuesto, circunstancia que eleva en consecuencia el precio de todas las cosas, como si pertenecieran al Estado, y al incrementarse el gasto o el consumo aumentan las rentas que los poderes públicos perciben sobre esa base.

Las sumas de este modo prestadas al Estado procuran muchas ventajas presentes, pero a la larga siempre resultan onerosas y perjudiciales. Es preciso que el Estado pague por ellas un interés anual a los extranjeros, y, además de esta pérdida, el Estado se encuentra a merced de los prestamistas del exterior que siempre pueden sumirlo en la pobreza cuando les dé el capricho de retirar sus fondos.

Esa decisión se adoptará sin duda en el instante en que el Estado se vea en mayores dificultades, como cuando se prepara para una guerra o existe el temor de algún acontecimiento desfavorable. El interés que se paga al extranjero es siempre más considerable que el aumento del ingreso público debido a ese dinero. Con frecuencia se advierte cómo estos préstamos de dinero pasan de un país a otro, según la confianza de los prestamistas en los Estados donde los envían. Pero, a decir verdad, lo más frecuente es que los Estados gravados por tales empréstitos, sobre los cuales pagaron durante largos años elevados intereses, lleguen a verse en la imposibilidad de pagar los capitales, y se declaren en quiebra.

El mensaje es sencillo. Ojo con la ilusión de la deuda, porque como dice Cantillon -y como prueba nuestra historia, así como la de Grecia más recientemente- los beneficios son de corto plazo, pero a la larga hay que pagar los platos rotos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Enorme aporte de Menger a la teoría del valor: la subjetividad determina precios y costos

Por Martín Krause. Publicado el 5/9/15 en: http://bazar.ufm.edu/enorme-aporte-de-menger-a-la-teoria-del-valor-la-subjetividad-determina-precios-y-costos/

 

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca), vemos a su fundador, Carl Menger, presentando su aporte más extraordinario: la teoría del valor. Esta teoría, de la utilidad marginal decreciente, es atribuida tanto a Menger, como a William Stanley Jevons y Leon Walras, ya que la presentaron cada uno de ellos en forma independiente, cada uno escribiendo en un idioma diferente. La teoría de la utilidad marginal dio por tierra con las teorías del valor basadas en el trabajo. Pero estos autores tenían sus diferencias.

En particular es interesante señalar el énfasis de Menger sobre el carácter “subjetivo” del valor. Esta característica tiene profundas consecuencias, que muchas veces los economistas no toman en cuenta, ya que pretenden resolver cuestiones realizando análisis de ‘costo-beneficio’ cuando éstos, tanto los costos como los beneficios, son subjetivos, y a menos que se revelen por medio de intercambios es imposible poderlos comparar. Y aun en ese caso, solamente podemos decir que quienes intercambiaron lo hicieron porque sus valoraciones subjetivas eran diferentes, pero no podemos decir cuánto.

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Aquí presenta el tema Menger en el Capítulo III de su libro Principios de Economía Política:

“El valor de los bienes se fundamenta en la relación de los bienes con nuestras necesidades, no en los bienes mismos. Según varíen las circunstancias, puede modificarse también, aparecer o desaparecer el valor. Para los habitantes de un oasis, que disponen de un manantial que cubre completamente sus necesidades de agua, una cantidad de la misma no tiene ningún valor a pie de manantial.

Pero si, a consecuencia de un terremoto, el manantial disminuye de pronto su caudal, hasta el punto de que ya no pueden satisfacerse plenamente las necesidades de los habitantes del oasis y la satisfacción de una necesidad concreta depende de la disposición sobre una determinada cantidad, esta última adquiriría inmediatamente valor para cada uno de los habitantes. Ahora bien, este valor desaparecería apenas se restableciera la antigua situación y la fuente volviera a manar la misma cantidad que antes. Lo mismo ocurriría en el caso de que el número de habitantes del oasis se multiplican de tal forma que ya la cantidad de agua no bastara para satisfacer la necesidad de todos ellos. Este cambio, debido a la multiplicación del número de consumidores, podría incluso producirse con una cierta regularidad, por ejemplo, cuando numerosas caravanas hacen su acampada en este lugar.

Así pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrínseca de los mismos, ni menos aún una cosa autónoma, independiente, asentada en sí misma. Es un juicio que se hacen los agentes económicos sobre la significación que tienen los bienes de que disponen para la conservación de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del ámbito de su conciencia. Y así, es completamente erróneo llamar “valor” a un bien que tiene valor para los sujetos económicos, o hablar, como hacen los economistas políticos, de “valores”, como si se tratara de cosas reales e independientes, objetivando así el concepto. Lo único objetivo son las cosas o, respectivamente, las cantidades de cosas, y su valor es algo esencialmente distinto de ellas, es un juicio que se forman los hombres sobre la significación que tiene la posesión de las mismas para la conservación de su vida o, respectivamente, de su bienestar.

La objetivación del valor de los bienes, que es por su propia naturaleza totalmente subjetivo, ha contribuido en gran manera a crear mucha confusión en torno a los fundamentos de nuestra ciencia.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).