ATROPELLOS DE UNA CASTA POLÍTICA DE INTOCABLES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En otras ocasiones me he detenido a subrayar lo que a juicio de muchos intelectuales es el uso desaprensivo de la expresión “clase social” puesto deriva de la idea que hay personas de una clase o naturaleza distinta. Esta noción deriva del marxismo en cuyo contexto se sostiene que el burgués y el proletario son de una clase o naturaleza distinta ya que poseen una estructura lógica diferente. En este sentido son consistentes con su premisa, aunque ésta esté errada ya que ningún marxista explicó en que estriba concretamente la diferencia, en que reside el manejo distinto de los silogismos y, por otra parte, que le ocurre al hijo de un proletario y una burguesa o que le sucede específicamente a la estructura lógica del proletario que se gana la lotería y así sucesivamente.

Como también hemos apuntado en su oportunidad, los sicarios nazis luego de galimatías varios en sus absurdas clasificaciones de lo que denominan arios y semitas llegaron a la conclusión que el tema era mental adoptando la concepción marxista al comprobar que solo diferenciaban a las víctimas de los victimarios rapando y tatuando a los primeros pues no había posibilidad alguna de clasificar en base a rasgos físicos.

Como queda dicho, si bien los marxistas son consistentes con sus premisas erradas, los que recurren inocentemente a la expresión “clase social” son del todo incoherentes con sus premisas porque no quieren decir que las personas de distinta clase sean de naturaleza distinta, lo que quieren decir es que obtienen ingresos distintos. En ese caso es mejor decir eso mismo: ingresos medios, ingresos altos e ingresos bajos. Por otro lado, el concluir que los de ingresos altos en general pueden acceder a una educación formal de mejor calidad que los de ingresos bajos es una grosera perogrullada pero en una sociedad abierta en donde la movilidad social es máxima no significa que la gente muta su naturaleza o cambia de clase de persona al elevar o reducir sus ingresos.

Más aún, aludir a la clase baja constituye una torpeza repugnante, referirse a la clase alta es de una frivolidad digna de la mayor tilinguería y hacerlo respecto a la clase media es llamativamente anodino.

Una vez aclarado lo anterior, vamos a lo que Milovan Djilas bautizó como “la nueva clase” en un best-seller que lleva ese título y que se tradujo a once idiomas. Un ex cómplice y partícipe directo del totalitarismo que conoció desde adentro todas las artimañas del poder como fueron los también resonantes casos de Eudocio Ravines y Whittaker Chambers sobre los que he escrito en otras ocasiones. Los tres consideraron en una primera instancia que los desbarranques se debían a malas gestiones del sistema, tardaron en percatarse que el asunto no radica en las personas que administran un sistema autoritario sino en el sistema mismo: en el manejo arbitrario de las vidas ajenas, en el abuso del poder político, en la soberbia de los mandamases, en otros términos, en la falta de libertad y el consiguiente atropello a los derechos de las personas y la aniquilación de las autonomías individuales.

Se trata en este caso efectivamente de una casta por el momento de intocables, una clase que agrupa a personas que apuntan a la extender el poder a todos los vericuetos de lo que hasta el momento era vida privada y a mantener y ampliar los privilegios de ese conglomerado de políticos irresponsables. Es una agrupación de sujetos que tienen como denominador común un deseo irrefrenable de dominación y una marcada inclinación a la acumulación de privilegios y dádivas de procederes turbios. Una clase por cierto aborrecible cuyo eje central apunta al daño sistemático e institucionalizado a seres inocentes. Una mezcla diabólica entre lo estipulado por Orwell y Huxley respectivamente.

La elaboración de Djilas es extrapolable no solo a todos los regímenes dictatoriales sino a estructuras políticas a veces consideradas democráticas pero que en verdad son cleptocracias en las que los sueños de vida, las libertades y las propiedades están en manos de desvaríos monumentales de los gobernantes de turno.

En este contexto la nueva clase paradójicamente se instala argumentando que deben eliminarse las clase mientras filtran el abuso de poder envuelto en un dogmatismo y una intolerancia inaceptables para todo lo que se le opone, lo cual indefectiblemente gangrena al cuerpo social. Esta casta de políticos y funcionarios no son todos los burócratas ni todos los políticos, son los que tienen una sed ilimitada de chupar la sangre del prójimo. Son los arrogantes que consideran que son los iluminados del momento y que deben contar con un cheque en blanco para imponer sus veleidades sobre las vidas y haciendas ajenas. En esta instancia del proceso de evolución cultural hay y ha habido políticos -los menos- que estrictamente limitan sus funciones a la preservación de derechos que son anteriores y superiores a la existencia de todo gobierno.

En cambio, la nueva clase está formada por ideólogos en el sentido más difundido del término, a saber, los que pretenden imponer sistemas cerrados, terminados e inexpugnables, es decir, a contracorriente del espíritu liberal por naturaleza abierto a procesos evolutivos que toman el conocimiento con la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones en el contexto del respeto recíproco a proyectos de vida distintos a los que caprichosamente se esmeran por encajar los megalómanos

Todo comienza con los primeros pasos. En nuestro caso, se trata de avances del aparato estatal en faenas que los principios republicanos no permiten pero que un poco de estatismo posibilita ganar elecciones. La célebre demagogia. En el caso de progreso material hay quienes sienten envidia por los que obtienen ingresos más suculentos que los suyos y pretenden el manotazo. Como no queda bien robar a mano armada, les piden a los gobernantes que hagan la tarea por ellos a través de muy distintos procedimientos fiscales vociferando que la riqueza es el resultado de la suma cero en lugar de atender la realidad en cuanto a que es un proceso dinámico y cambiante en una sociedad abierta según la capacidad de cada cual para atender las necesidades de los demás.

Pero al instalar una venda sobre los ojos para que no pueda espiarse la realidad, se consolidan en el poder los políticos inescrupulosos y quedan atrás los que no se atreven a adoptar medidas groseramente intervencionistas y estatistas. De este modo entonces se convierte el asunto en una carrera por promesas cada cual más “progresista”, este aditamento absurdo que en verdad alude a su antónimo puesto que permite enganchar a los incautos para arrastrarlos con la furia del fanático al retroceso moral y crematístico.

Más abajo veremos algunas sugerencias para revertir esta tendencia que promete acabar con la democracia tal como fue concebida para vivir en libertad en oposición al autoritarismo, pero ahora mencionamos algunas de las recetas iniciales que causan el problema de marras.

Veamos muy telegráficamente siete pilares sobre los que se basa la nueva clase de donde derivan otras medidas autoritarias que en escalada tarde o temprano terminan en una fatídica tendencia a amordazar la prensa independiente y a enclaustrar mentes a través de sistemas educativos vigilados y reglamentados por estructuras políticas a contracorriente de sistemas abiertos en competencia.

En primer lugar, la manía del igualitarismo de resultados que en contraposición a la igualdad ante la ley la pretenden prostituir sustituyendo de contrabando el ante por el mediante la ley y así en mayor o menor medida se aplica la guillotina horizontal que inexorablemente difiere de lo estipulado por la gente con sus compras y abstenciones de comprar en los supermercados y afines. Esta mal asignación de los siempre escasos recursos necesariamente se traduce en derroche, lo cual, a su vez, hace que bajen los salarios e ingresos en términos reales.

En segundo término, la idea desformada del derecho confundiéndola con pseudoderechos. Derecho es la facultad de usar y disponer de lo adquirido legítimamente pero de ningún modo el echar mano por la fuerza al fruto del trabajo ajeno. En un medio oral acaba de declarar un conocido político argentino que “frente a cada necesidad nace un derecho”, en realidad una barrabasada superlativa que pone al descubierto el desconocimiento más palmario no solo del “dar a cada uno lo suyo” según la definición clásica de la Justicia sino que  bajo tierra apunta  a arrancar recursos de los bolsillos de otros recurriendo a la violencia.

Tercero, la nueva clase usa un lenguaje hipócrita al alardear de una defensa de los pobres cuando los expolia a través de medidas antieconómicas, al tiempo que suele acumular riquezas malhabidas y siempre engrosa sus propias filas con privilegios de muy diverso calibre.

Cuarto, se basa como apoyo logístico en legislaciones sindicales que operan con recursos descontados coactivamente de los trabajadores y con representaciones compulsivas.

Quinto, la nueva clase descansa en alianzas con empresarios prebendarios que como un intercambio de favores les entregan mercados cautivos en el contexto de una economía cerrada a la competencia nacional e internacional.

Sexto, estatizan actividades comerciales al efecto de incrementar su poder aunque arrojen déficits crónicos y los servicios disminuyan de calidad a ojos vista.

Y séptimo, recurren a subterfugios monetarios y bancarios alegando un tragicómico fine tuning para que la nueva clase pueda hacerse indebidamente del fruto del trabajo de los gobernados a quienes esquilman sin piedad aparentando luchas contra la inflación.

Si nos damos cuenta de estas exacciones por las que aumenta el gasto público, los impuestos y la deuda estatal, es menester producir cambios para deshacernos de la nueva clase. No tiene sentido limitarse a la queja y pretender cambios aceptando un sistema que incentiva y entroniza la nueva clase.

Antes me he referido a posibles modificaciones al efecto de introducir vallas a la extralimitación del poder, pero es del caso repasarlos brevemente, no necesariamente para que se adopten tal cual sino como una invitación a usar las neuronas para pensar en otros procedimientos que dejen sin efecto los atropellos de la nueva clase o casta consubstanciada con un Leviatán desbocado.

Para estos propósitos antes hemos propuesto meditar acerca de posibles cambios de carácter sustancial en los tres poderes para reafirmar la democracia al estilo de los Giovanni Sartori de nuestra época alejándola de los peligros de los Hugo Chávez de nuestro tiempo.

En esta línea argumental, sugerimos que los integrantes del Poder Legislativo sean ad honorem como algunos de los cargos en las repúblicas de Venecia y Florencia de antaño, dejando de lado legislaciones incompatibles con el Estado de Derecho que abren las puertas a conflictos de intereses inaceptables e incompatibles con el sentido jurídico de la Ley.

Proponemos también aplicar al Ejecutivo la recomendación de Montesquieu que se encuentra “en la índole de la democracia” en el sentido de proceder a elecciones por sorteo al efecto se subrayar lo dicho por Karl Popper en cuanto a la imperiosa necesidad de trabajar en el fortalecimiento de las instituciones y no sobre los hombres para que “el gobierno haga en menor daño posible”, a lo cual puede agregarse la idea del Triunvirato tal como fue argumentado originalmente en la Asamblea Constituyente estadounidense según relata en sus memorias James Madison.

Por último, introducir y generalizar el sistema de arbitrajes privados en el Poder Judicial sin ninguna limitación, incluso sin la necesidad que quienes actúen sean abogados, en el contexto de una carrera judicial rigurosa y estricta bien alejada del positivismo legal que ha hecho estragos al derecho.

La inercia y las telarañas mentales no permiten salir del pantano del statu quo y del espíritu conservador en el peor sentido de la expresión. No puede resolverse un problema insistiendo en adoptar las causas que lo provocan. La nueva clase se está riendo a carcajadas homéricas de todos nosotros. Observan con deleite obsceno los preparativos de los procesos electorales y el acto comicial mismo con las fauces abiertas de par en par para engullirse el próximo botín.

Si las propuestas que recogemos para liberarnos de la nueva clase no satisfacen por algún motivo, piénsese en otras salidas pero no podemos quedar con los brazos cruzados frente a este espectáculo dantesco y al mismo tiempo bochornoso por el que quedan francos los tenebrosos pasillos hacia nuevos socialismos, al tiempo que se derrumba la democracia y el constitucionalismo que desde la Carta Magna de 1215 fueron ideados para limitar el poder y no para introducir una canilla libre de dislates que perjudican a todos pero muy especialmente a los más necesitados.

Se encienden las alarmas cuando representantes de la nueva clase declaran que quieren resolver los problemas de la gente, en lugar de dejarla en paz. Hay que combatir los residuos atávicos de la tribu, de ese modo los intocables de hoy no lo serán en el futuro.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

DIOS, LA PSIQUE Y EL LIBRE ALBEDRÍO

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Nos parece que la religión no es un asunto de los domingos, es mostrar interés de donde venimos y hacia donde nos dirigimos. No es un asunto menor. Los hijos adoptados en algún momento muestran curiosidad por saber quienes son sus padres biológicos, ¿como no vamos a estar interesados el resto de los mortales (y ellos también) en saber acerca de un origen mas profundo y primero?

 

Es inexorable el principio, de lo contrario,  si las causas que nos dieron origen irían en regresión ad infinitum, literalmente nunca hubieran comenzado las causas que nos permiten estar donde estamos hoy. Llamar a la primera causa, Dios, Yahveh, Alá o lo que fuere no resulta relevante, lo importante es la idea necesaria de la primera causa, no como la contradictoria noción panteísta sino agente fuera de la naturaleza. Tampoco es cuestión de pensar que se debe ser religioso, ya bastantes trifulcas, torturas, inquisiciones y matanzas han  habido en nombre de Dios, la misericordia y la bondad como para insinuar obligaciones que no son tales, solamente pensamos que se la pierden los que deciden cerrar los ojos sobre la pesquisa de marras.

 

No solo eso sino que la noción arrogante y absurda que nos fabricamos a nosotros mismos (lo cual sabemos que no es así) o que  todo ocurrió por casualidad no se condice con la realidad en cuanto a que la casualidad no existe, es siempre causalidad. Incluso los llamadas juegos de azar, por ejemplo, los dados responden a causas referidas a la velocidad con que se arrojan, el roce con el paño, el peso de los dados mismos etc. Cuando decimos que “por casualidad” nos encontramos con fulano o mengano es porque nos sorprendió el encuentro pero fue el resultado de nexos causales. Además, aceptando lo inaceptable, hay que preguntarse de donde surgió la posibilidad de la llamada casualidad. Por otra parte, sostener la hipótesis de que todo siempre estaba, es otro modo de pronunciarse sobre la antes referida concatenación de causas en regresión infinita con las consecuencias anteriormente señaladas (en ese supuesto no podría estar escribiendo lo que escribo en este instante). El Big-Bang es una posibilidad cierta pero se trata de lo contingente (puede estar o no estar), a lo que nos referimos es al ser necesario.

 

La humildad de pronunciarse en el sentido  que no somos el ombligo del universo sino que hay instancias que nos superan es una actitud compatible con el espíritu liberal de modestia en contraposición a la presunción del conocimiento y la correspondiente soberbia. La religatio, es decir la  relación con Dios, se traduce en lo que se conoce como el rezo (que no necesitan ser los sugeridos por otros) que es la forma que tenemos los humanos de darnos fuerza para encarar los problemas por los que atravesamos. Y no es que Dios hace o deshace cuando se le pide ya que esto estaría en contradicción con el ser perfecto ya que filosóficamente el movimiento,  es decir, el paso de potencia al acto es incompatible con el Acto Puro, lo contrario revelaría que le faltaría algo. Las fortalezas cuando las hay se han llevado a cabo en el momento uno (el comienzo del tiempo) ya que Dios conoce de antemano los problemas.

 

Esto último, el destino conocido por el ser perfecto, no es obstáculo para que tenga lugar el libre albedrío que es el eje central de la condición humana (Sto. Tomás de Aquino explica el punto con el  ejemplo de una persona que ve desde lo alto de una montaña a varios alpinistas que sin saberlo se encaminan al despeñadero sin que por ello se afecte su libertad). Si no fuéramos seres libres, no habría tal cosa como argumentación, racionalidad, ideas autogeneradas, responsabilidad individual, moral ni, desde luego, libertad. Seríamos loros, loros complejos, pero loros al fin por lo que ni siquiera podría “demostrarse” ni “saberse” sobre el determinismo físico (o materialismo filosófico) ya que lo racional, en este supuesto, está ausente.

 

El libre albedrío implica estados de conciencia, psique o mente independiente de los nexos causales inherentes a la materia ya que los kilos de protoplasma no deciden, eligen o prefieren  sino que están determinados. A su vez, aquellos estados de conciencia al no ser materiales no se extinguen lo cual significa la inmortalidad de la psique (alma en griego) y ese es nuestro destino que conjeturamos será mejor o peor según nuestra conducta sea mejor o peor.

 

Reflexionar sobre estos asuntos resulta de provecho para una detenida introspección. Sócrates mantenía que una vida no examinada no es una vida y Kant sostuvo que hay tres asuntos filosóficos centrales: “la libertad de la voluntad, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios”, lo mismo ha dicho Copleston y han subrayado otros pensadores.

 

Seguramente son muchos los motivos de la irreligiosidad pero estimamos que uno muy generalizado que provoca el alejamiento de la religión y un serio obstáculo para el acercamiento a esta esfera consiste en  gran medida en las escandalosas barrabasadas económicas y sociales con implicancias de grave inmoralidad y por tanto devastadoras consecuencias para el futuro de la civilización que lamentablemente han dicho y dicen ciertos representantes de iglesias oficiales (personalmente me he pronunciado públicamente siete veces sobre las ideas del actual Papa de la Iglesia católica), junto a disposiciones absurdas que han proclamado en diversos planos y conductas inaceptables que ahuyentan a fieles y bloquean a otros que por eso tienen una visión sumamente desfigurada de la religatio. Situación ésta que no sucede en el ámbito del deísmo, a saber la religión fuera de las iglesias oficiales. Sin duda que además de lo apuntado, los fanáticos que todo lo justifican son otro motivo preponderante del apartamiento de la religión.

 

Hay una cuestión de gran relevancia para lo que estamos discutiendo y se trata de quienes ignoran la religión basados en el positivismo que sostiene que una proposición no verificable empíricamente no tiene ningún significado cognitivo, pero como se ha dicho, esa misma proposición no es verificable. Además, como también se ha puesto de manifiesto, nada en la ciencia es verificable solo está sujeta a corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones. Por otra parte, si bien el decimonónico Círculo de Viena sistematizó el positivismo, contemporáneamente el principal difusor de esa tradición de pensamiento fue Alfred Ayer quien luego escribió en el trabajo compilado por R. A. Varghese titulado Great Thinkers on Great Questions que “El positivismo lógico murió hace mucho tiempo. No creo que sea verdad mucho de lo que dije en Lenguaje, verdad y lógica [probablemente el libro que fuera el más citado y ponderado por los positivistas modernos]. Creo que es una obra llena de errores”. Igual que en ciencias sociales, el tema de la religión no está sujeto al método hipotético-deductivo y al laboratorio propio de las ciencias naturales sino a razonamientos complejos que también derivan de la condición propiamente humana donde hay acción y no mera reacción.

 

Sin duda que muchas son las maneras por las que se inicia el abordaje de la religión. Whittaker Chambers -el célebre arrepentido de ser espía soviético y que luego contribuyó tanto a defender los valores de la sociedad libre- comenzó su religiosidad de manera peculiar. Escribe cuando le preguntan como abandonó las filas comunistas que “lentamente, con desgano, en agonía […] Poco después de mudarme a Washington al departamento de Alger Hiss [secretario de estado de F. D. Roosevelt, condenado por espía soviético], mi hija estaba ubicada en una silla y la estaba observando comer. Era lo más milagroso que ocurría en mi vida […] mis ojos se posaron en sus delicadas orejas, esas intrincadas y perfectas orejas. Mi pensamiento se dirigió a considerar que esas orejas no pueden haber aparecido por azar de una mezcla de átomos, que es la visión comunista[…] La libertad es una necesidad del alma y ninguna otra cosa […] Sin libertad el alma muere. Sin el alma no hay justificación para la libertad” y luego explica el significado del intento humano de acercarse a la perfección, a Dios, y los derechos naturales como mojones o puntos de referencia extramuros de la ley positiva mas allá de la pretendida ingeniería social legislativa diseñada por el hombre.

 

Otra forma de acercarse a la religión queda consignada en un libro escrito por quien ha sido amigo del que esto escribe: Antony Flew, quien me obsequió un par de sus obras y quien participó con otras personas y conmigo en un seminario sobre la sociedad abierta muy a propósito de lo que aquí presentamos, que tuvo lugar en Seúl en agosto de 1995 patrocinado por la International Cultural Foundation, ponencias que fueron editadas en forma de libro bajo el título de Values and the Social Order. Voluntary versus Coercive Orders.

 

Flew fue un conocido ateo durante mucho tiempo, período en el que publicó varios libros sobre el tema, además de sus tratados sobre muy diversos aspectos de la filosofía política. En su última etapa de producción intelectual publicó un libro que refuta su posición anterior titulado en la traducción al castellano Dios existe, en el que incluye reflexiones de otros autores de peso en la misma dirección de su nueva postura, especialmente físicos de la talla de Einstein, Heisenberg y Planck.

 

Para sacarle todo el jugo que tiene este libro de Flew hay que leerlo con atención, pero en esta nota periodística menciono telegráficamente dos puntos. El primero es el abordaje que el autor hace del tema religioso que consiste en concentrarse en el análisis del ADN debido a la enorme complejidad del número y combinaciones de elementos para producir vida. El segundo punto estriba en su refutación a los escritos de Richard Dawkins quien extrapola las características exclusivas de los seres humanos a unos genes peculiares que asimilan al hombre a una máquina.

 

En todo caso, la religatio nos parece un terreno hospitalario y gratificante si se lo despoja de afirmaciones y actitudes que contradicen los valores y principios morales inherentes a la idea de Dios (y expresiones equivalentes). Lo dicho en este campo responde a observaciones que no significan para nada faltarle el respeto a los ateos y agnósticos que, igual que nosotros, asumen sus responsabilidades. De más está decir que el punto de vista aquí expresado no es para implantar en otras personas que tienen otras miradas, lo contrario resultaría incompatible con el valor de la libertad y las consiguientes autonomías individuales. Son reflexiones que nos parecen cruciales que incluyen el libre albedrío y la psique como temas conexos e inseparables.

 

Finalmente, hay quienes rechazan la religión por el llamado “problema del mal”, esto es, niegan el teísmo debido a que hay tantas desgracias, unas atribuidas a acciones de los hombres y otras a episodios de la naturaleza. Pues bien, la eliminación del mal significaría en última instancia la eliminación de las imperfecciones lo cual a su vez eliminaría la posibilidad del universo y la creación ya que constituye una contradicción en los términos la existencia de más de un Dios (una perfección) puesto que uno tendría lo que no tiene el otro. Lo dicho naturalmente para nada significa que el ser imperfecto y limitado -nosotros- pueda abarcar y contestar todo lo relativo al ser perfecto. De todos modos, tal vez sea el momento de reiterar lo consignado en Eclesiástico (27:7), “No elogiéis a nadie antes de oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.