“SEREÍS COMO DIOSES”

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Esta sentencia bíblica contiene gran sabiduría puesto que prácticamente todos nuestros problemas derivan de una colosal presunción del conocimiento que se traduce en una formidable arrogancia y petulancia superlativa.

 

Hay demasiado economistas anti-economía cuya misión consiste en manipular las vidas y haciendas ajenas sea directamente a través de esa absurda repartición denominada “ministerio de economía” o indirectamente a través de consejos a los dictadores de turno (electos o de facto). Son incapaces de comprender la propia ignorancia respecto de las preferencias del prójimo recién reveladas con la acción, lo cual se extiende a sus mismas preferencias imposibles de pronosticar a ciencia cierta puesto que las agendas se modifican a medida que se modifican las circunstancias. Apenas pueden con ellos mismos (igual que el resto de los mortales) pero pretenden manejar los deseos y prioridades de millones de personas con lo que naturalmente producen todo tipo de desbarajustes.

 

El mercado es un proceso en el que actúan infinidad de personas, cada uno persiguiendo su interés personal contribuyen a las coordinaciones más complejas e intrincadas imposibles de ser administradas por mentes planificadoras puesto que no solo no existe el conocimiento concentrado sino que está siempre fraccionado y disperso en las personas en el spot, sino que, como queda dicho, los datos no se encuentran disponibles antes de que se lleve a cabo la acción correspondiente.

 

Antes he ilustrado, el proceso de coordinación con lo dicho por John Stossel quien nos invita a pensar en regresión la cadena productiva de un trozo de carne envuelto en celofán en el supermercado. Los agrimensores que miden campos, los alambrados, los postes con las forestaciones y talas, las cosechadoras, los pesticidas y fertilizantes, los caballos y las monturas y riendas todo imaginado con las múltiples empresas en sentido vertical y horizontal (cartas de crédito, transportes, asuntos laborales, administrativos y financieros), la construcción de mangas y aguadas, el ganado, los fardos, los galpones y tantas otras tareas y labores sin que nadie hasta el final de proceso esté pensando en el trozo de carne ni en la consiguiente fabricación y distribución del celofán y el propio manejo del supermercado. Sin embargo, vía los precios como señales de mercado la coordinación se lleva a cabo sin que haya un burócrata que intervenga y cuando lo hace todo el proceso se desmorona.

 

Tal como ha señalado Warren Nutter, por eso es tan atractiva la palabra “progreso” en oposición a “desarrollo” tan cara a los funcionarios estatales puesto que no puede planificarse el progreso, es decir, lo desconocido, sin embargo el desarrollo es más de lo mismo (como un tumor que se desarrolla). No hay más que leer los trabajos de los Raúl Prebisch de este planeta para comprobar el aserto.

 

Es típico de las mentes liliputenses el pretender jugar a Dios y muchas veces incluso ser más que Dios puesto que en este caso está presente el libre albedrío para hacer el bien o el mal, sin embargo muchos burócratas obligan a seguir ciertos caminos “para bien de la humanidad” y castigan a los que se apartan de sus decisiones inapelables.

 

Más aún, hay quienes pretenden establecer nuevos paradigmas forzosos al efecto de rediseñar la naturaleza del hombre (introducir un así denominado “hombre nuevo”) y anular las nociones tradicionales del bien y el mal. Por ejemplo, el caso del seguidor freudiano y destacado psiquiatra canadiense George Brock Chisholm (convertido en médico-general del ejército durante la Segunda Guerra Mundial), luego Secretario General de la Organización Mundial de la Salud, muerto en 1971, en su trabajo titulado “The Re-Establishment of a Space-Time Society” (publicado en la revista académica Psychiatry) aconseja “la erradicación del concepto de bien y de mal” al efecto de “liberarse de estas cadenas morales”. Es el fenómeno tan difundido bajo muy diversos ropajes que Jorge Bosch ha descripto tan ajustadamente en su libro Cultura y contracultura.

 

Es paradójico pero buena parte de los predicadores religiosos, en lugar de comprender el valor de la libertad y de que cada uno debe asumir su responsabilidad por el camino que elije y que la fuerza no debe emplearse a menos que se lesiones derechos de terceros,  insisten en que los aparatos estatales deben imponer políticas como la guillotina horizontal del igualitarismo. Es en este contexto que también puede situarse lo escrito en Violencia y libertad por Víctor Massuh, quien fuera mi muy apreciado amigo: “Los inflexibles creyentes en paraísos terrenales son los que, por lo general, han dejado mayor cantidad de cadáveres en el camino […] El hombre apocalíptico se siente el brazo armado de la moral y está sacudido por estertores punitivos” ya que como antes había apuntado, estos sujetos destrozan al hombre concreto con la pretensión de salvar a la humanidad.

 

No hay mayor ignorancia (y más nociva) que el desconocimiento de la propia ignorancia. En la noción del derecho se observa el mismo fenómeno: en la respectiva Facultad egresan estudiantes de las normas positivas que pueden recitar leyes y sus respectivos incisos y párrafos pero no son abogados propiamente dichos puesto que no conocen el fundamento extramuros de la norma. No comprenden que el derecho es un proceso de descubrimiento y no de diseño, no aceptan que las normas de convivencia no son inventadas por una mente sino que se descubren en un proceso de prueba y error en fallos en competencia, tal como se concibe en el common law. No se entiende que el origen del llamado Poder Legislativo era para administrar las finanzas del emperador o del rey y solicitar los impuestos correspondientes, a contracorriente de lo que se piensa hoy en cuanto a que pueden fabricar cualquier ley en cualquier sentido por más que sea incompatible con el derecho. Por eso es que tal vez resulte más apropiada referirse al Poder Administrador y no al “Legislativo”.

 

Bruno Leoni en La libertad y la ley señala que “De hecho la importancia creciente de la legislación en la mayor parte de los sistemas legales en el mundo contemporáneo es, posiblemente, el acontecimiento más chocante de nuestra era […] La legislación aparece hoy como un expediente rápido para remediar todo mal y todo inconveniente, en contraste con las resoluciones judiciales, la resolución de disputas a través de árbitros privados, convenciones, costumbres y modos similares de acuerdos espontáneos por parte de los individuos […] Si uno valora la libertad individual para decidir y actuar, uno no puede eludir la conclusión de que debe haber algo malo en todo el sistema”.

 

Los integrantes de la Escuela Escocesa en el siglo XVIII, Adam Smith, Ferguson y Hume primero, y el premio Nobel en economía Friedrich Hayek después mostraron los graves errores de los ingenieros sociales y el reiterado intento fallido de organizar sociedades en lugar de permitir el funcionamiento de la energía creativa en procesos espontáneos y abiertos. Los referidos pensadores escoceses primero y la tradición hayekiana después, no apuntan a cambiar la naturaleza del ser humano sino que la describen y así concluyen que cada uno, al seguir su interés personal, sin lesionar derechos de terceros, contribuye a formar un orden que ninguna mente individual puede abarcar y mucho menos dirigir y que, como una consecuencia no buscada, beneficia a los demás en el contexto de la división del trabajo que ese orden permite establecer.

 

Los que aluden a la “anarquía del mercado” en un sentido peyorativo no son capaces de interpretar el significado y la trascendencia de los procesos espontáneos que no surgen por arte de magia sino debidos a las millones y millones de contribuciones de personas que no se conocen entre si ni tampoco buscan el bienestar ajeno pero lo logran como consecuencia del referido orden. Los que pretenden ser irónicos con el mercado o “la mano invisible” smithiana no pueden concebir que algo tenga lugar sin la participación deliberada de lo que en definitiva son megalómanos que en verdad arruinan y descompaginan todo a su paso.

 

En algunas ocasiones se ha trazado un paralelo entre la evolución biológica y la cultural por lo que se llega a la atrabiliaria noción de “darwinismo social”. La evolución biológica selecciona especies y las de mayor aptitud eliminan a las de menor capacidad, mientras que en la evolución cultural se seleccionan normas y los más fuertes transmiten su fortaleza a los más débiles debido a las tasas de capitalización que permiten incrementar salarios. Darwin, vía su abuelo, tomó la idea evolutiva de Bernard Mandeville quien desarrolló los primeros pasos de la evolución cultural pero una extrapolación lisa y llana de un campo a otro es inadmisible por los gruesos errores que significa.

 

Conviene a esta altura señalar que la evolución en libertad es condición necesaria para el progreso moral y material más no es condición suficiente, a pesar de los optimistas como Joseph Priestley y Richard Pierce que en el siglo XVIII sostuvieron que dadas aquellas condiciones el resto se daría por añadidura. Sin embargo, es perfectamente concebible que pueda ocurrir una degradación en gran escala si no se cuida la estructura axiológica. Por ejemplo, si la gente decidiera drogarse hasta perder el conocimiento, la involución es segura por más que los marcos institucionales aseguren climas de libertad.

 

Es pertinente cerrar esta nota con una cita del antes mencionado Hayek en su muy recomendable y sustancial ensayo titulado “El uso del conocimiento en la sociedad”, en el sentido de que si el mercado “fuera el resultado de la invención humana deliberada, y si la gente guiada por los cambios de precios comprendiera que sus decisiones tienen trascendencia mucho más allá de su objetivo inmediato, este mecanismo hubiera sido aclamado como uno de los mayores triunfos del intelecto humano […] Pero aquellos que claman por una ´dirección consciente´ no pueden creer que algo ha evolucionado sin ser diseñado” del mismo modo que ha ocurrido con procesos clave como el del lenguaje que no es fruto de planificación alguna y por eso es que los diccionarios son libros de historia, en verdad un ex post facto.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

OTRO ASPECTO SOBRE LA VENTA DE IDEAS

Por Alberto Benegas Lynch (h).

Ya he escrito sobre la imprecisión de sostener que el problema de los liberales es que no sabemos vender la idea. Inspirado en Leonard Read, he consignado que la comercialización de cualquier bien en el mercado requiere que el comprador se percate de las ventajas del producto pero para nada necesita conocer el correspondiente proceso productivo. Sin embargo, cuando se trasmiten ideas, si el receptor no es un fanático o un fundamentalista, debe interiorizarse de toda la secuencia desde el inicio al efecto de comprenderla (lo cual no se requiere cuando se vende, por ejemplo, un dentífrico). En este sentido es que las ideas no se venden, se trasmiten lo cual es de una naturaleza completamente distinta.

 Por supuesto que esto no quita la justicia de las críticas que se nos puedan formular a los liberales por no trasmitir adecuadamente la idea. Más aún, soy un convencido de que resulta mucho más productiva la autocrítica que la queja por la incomprensión de los demás. Como generalmente somos más benévolos con nosotros mismos que con los demás, si nos convencemos que debemos pulir el mensaje en lugar de despotricar contra otros, esto calma los nervios y nos ayuda a hacer mejor los deberes.

 Habiendo dicho esto, en esta nota periodística quiero centrar la atención en otra razón por la cual las ideas no se venden (en el sentido señalado y, desde luego, no en el plano de que los valores y principios no deben estar subordinados a lo crematístico y, por ende, no sujetos a una transacción comercial para cambiar de ideas). Esta otra razón también está inspirada en Leonard Read, esta vez de su libro The Coming Aristocracy, aunque no le doy el mismo enfoque y pretendo una elaboración más acabada que la formulada por mi querido Leonardo (como le gustaba que lo llamen los amigos hispanoparlantes).

 Un motivo adicional por el que las ideas no están sujetas a la venta es que, en el caso específico del liberalismo, nos pronunciamos sobre un producto sobre el que no sabemos en que consiste el resultado. Nadie en su sano juicio vende un bien que expresamente declara que no sabe en que consiste. Pues bien, en el caso de propugnar la conveniencia de los mercados abiertos, no sabemos  que tipo de bienes y servicios traerá aparejada la libertad.

 La aventura del pensamiento queda abierta en libertad, tal como ha expresado Karl Popper en The Poverty of Hisoricism “no podemos tener conocimiento futuro en el presente”. Esto es lo que jamás entenderán los megalómanos que pretenden controlarlo todo y pontifican como si pudieran adivinar el futuro de sus propios actos y de sus propias personas, para no decir nada de la de millones de seres y las infinitas combinaciones entre sí y las múltiples consecuencias no buscadas de sus respectivas acciones. Solo una desmedida arrogancia y una mayúscula presunción del conocimiento características de la ignorancia superlativa dan lugar a las planificaciones gubernamentales de vidas y haciendas ajenas.

 Este entuerto revela la diferencia entre el desarrollo y el progreso. Como anotaba Warren Nutter en uno de sus ensayos en la colección titulada Political Economy and Freedom, el primer concepto es inadecuado para expresar los resultados de la sociedad libre ya que al igual que un tumor es más de lo mismo, sin embargo, el progreso se enfrenta a lo desconocido. Por eso se puede planificar el desarrollo pero no se puede planificar lo que no se sabe que es, lo cual se traduce en el progreso. No es una casualidad que los estatistas hablen de la planificación del desarrollo, pero nunca mencionan al progreso ya que entrarían en una flagrante contradicción.

Pero ¿es serio insistir en un sistema que no se sabe que producirá? Ningún liberal (ni nadie) puede detallar como serán las comunicaciones, la vivienda, la alimentación, la medicina, la agricultura, las lecturas, la construcción y la vestimenta del futuro, solo para mencionar unos poquísimos aspectos de la vida civilizada. Se  puede hacer futurología pero es sabido que los acontecimientos y las revoluciones tecnológicas superan a la imaginación más dotada. Solo la petulancia del estatista se atribuye la posesión de la bola de cristal que incluye el supuesto conocimiento de billones y billones de elementos cambiantes.

 Thomas Sowell en Kowledge and Decisions explica que el tema no es contar con computadoras con suficiente capacidad para almacenar las múltiples y complicadas variables, sino que sencillamente los datos no están disponibles antes que los individuos actúen. Por esto y por la formidable contribución de Ludwig von Mises en cuanto a que la planificación estatal afecta la propiedad y, por ende, los precios, lo cual, a su turno, imposibilita la contabilidad, el evaluación de proyectos y el cálculo económico en general. En lugar de aprovechar la dispersión y fragmentación del conocimiento a través de la información que proporcionan los precios, los estatistas, con la pretensión de controlarlo todo, desvirtúan las antedichas señales de mercado con lo que se concentra ignorancia.

 Pero volvamos al planteamiento original. La confianza del liberal en la libertad es porque permite a cada uno seguir su camino en lugar de ser domesticados por el poder que pretenda administrar las vidas y las haciendas ajenas. El seguir cada cual su camino hace posible mejorar desde la perspectiva de cada uno, asumiendo la responsabilidad por lo que se hace en un proceso de constante aprendizaje y retroalimentación. Quien reclama libertad es como si en medio de la combustión de una colosal caldera interior estuviera gritando ¡déjenme ser humano, quiero manejar mi propia vida!

Como han enseñado autores como Adam Smith y Ferguson, cada uno persiguiendo su interés personal contribuye a producir un sistema que ninguna mente individual puede concebir. Este es el significado de las célebres frases de Smith de las cuales citamos tres. Uno “No debemos esperar nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino que se debe a sus propios intereses”, dos “El hombre del sistema […] se imagina que puede arreglar las diferentes partes de la gran sociedad del mismo modo que se arreglan las diversas piezas en un tablero de ajedrez. No considera para nada que las piezas de ajedrez puedan tener otro principio motor que la mano que las mueve, pero en el gran tablero de ajedrez de la sociedad humana cada pieza tiene su principio motor totalmente diferente de lo que el legislativo ha elegido imponer” y tres “Por muy egoísta que se supone sea un hombre, hay evidentemente ciertos principios en su naturaleza que lo hacen interesarse en la mejora de otros que lo hace feliz aunque no obtenga nada de esto, excepto el placer de contemplarla” (dicho sea al pasar estás últimas líneas son las primeras de su libro Teoría de los sentimientos morales).

 La confianza en la energía creadora que se libera en una sociedad abierta no solo se basa en las abrumadoras evidencias que proporciona la experiencia, sino en el hecho de que tenemos confianza en nosotros mismos para manejar nuestro destino. Ahora bien, es posible concebir que en libertad, es decir, en un sistema en el que se respeta al prójimo, las personas no se respeten a sí mismas, en otras palabras, que degraden sus estructuras axiológicas en lo espiritual y en lo físico se droguen o decidan constiparse hasta perder el conocimiento. La contracara de la libertad es la responsabilidad. Es posible lo apuntado pero nada se gana (y mucho se pierde) que los que conservan el sentido de autoestima sean manejados como muñecos por el poder de turno. En todo caso, aquellos que sienten que sus vidas y haciendas deben ser administradas por otros, en lugar de apoyar al comunismo y equivalentes pueden designar tutores o curadores sin afectar a quienes conservan su dignidad.

 En resumen, las ideas no son susceptibles de venderse, se trasmiten lo cual resulta en un proceso bien distinto. Y esto no solamente por lo manifestado en cuanto a las características propias de la comercialización sino, como decimos, debido a que, en el caso de las ideas liberales, se desconoce por completo el resultado o producto final que se propone adoptar. En este desconocimiento radica lo atractivo, lo desafiante y lo gratificante del progreso propiamente dicho.

 Tampoco es apropiado sostener que a las ideas liberales le hace falta marketing puesto que, en rigor, un aspecto clave de esa disciplina consiste en detectar lo que demanda la gente al efecto de ofrecer lo requerido. Por el contrario, en el caso considerado, por más paradójico que resulte, la idea liberal debe operar en dirección opuesta al mercado (gran cantidad de gente demanda socialismo) para preservar el sentido mismo del mercado que desaparecería si prevalecen las ideas socialistas.

 Por último, volviendo al otro sentido de la venta de ideas que mencionamos marginalmente al comienzo de esta nota en cuanto a que para una persona de integridad, autoestima y digna los valores no son negociables…porque como ha dicho Al Pacino en Perfume de mujer “no hay prótesis para el alma”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.