SIGNIFICADO DE LA DISCRIMINACIÓN SUDAFRICANA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Como es sabido y está en todos lados registrado, la historia en territorio sudafricano comienza hace más de cien mil años y se divide en el período pre-colonial, colonial,  post-colonial, la era del apartheid y, finalmente, el post-apartheid.

Los primeros visitantes extranjeros a la zona fueron los portugueses Bartolomé Dias en 1488 y en 1497 Blasco de Gama. Luego lo hizo el holandés Jan van Riebcek en 1652 y un grupo numeroso de ingleses en 1795.

A partir del descubrimiento de oro y diamantes durante el período decimonónico esa región comenzó a mudar de las faenas agrarias a las industriales en el contexto de luchas encarnizadas entre la dominación holandesa y la inglesa que culminaron en las guerras Boer entre 1899 y 1902  y que en gran medida sustituyeron las feroces batallas y las consiguientes matanzas entre tribus nativas. En aquellas guerras triunfó el imperio inglés de donde surge la unión sudafricana en 1909. Mucho más adelante, por un referendo de 1961 se decidió la independencia y el establecimiento de la república. Ya en 1934 se había proclamado un así llamado “self-government” en cuyo contexto dominó la situación el nacionalismo local de 1948 a 1994 y el más crudo apartheid (llamado “separateness”, un espantosamente violento sistema opresivo a favor de la casta gobernante y sus amigos que acentuaron muchos de los aspectos repulsivos de la era colonial y pre-colonial). En este último año se concretó el sufragio universal y asume Nelson Mandela con un gobierno de coalición y unidad nacional al efecto de eliminar el apartheid, ya terminada la ingerencia de la Unión Soviética debido a su colapso sellado con el derrumbe del Muro de la Vergüenza.

Si bien la expresión apartheid se comenzó a utilizar a partir de la década del cuarenta del siglo xix , la discriminación por el color de la piel comenzó de facto mucho antes. El apartheid fue la segregación de jure. En todo caso esta espantosa situación significaba el apartamiento legal de los negros del derecho a trabajar en ciertos lugares, la obligación de vivir en barrios asignados, la imposibilidad de casamiento con blancos y de no mantener relaciones sexuales entre colores diversos de piel “que significan inmoralidades e indecencias” (!), colegios separados, medios de transporte segregados y en general la conculcación de los derechos individuales y restricciones de la mayoría nativa, incluyendo el debido proceso. En otras palabras, lo opuesto a los valores de una sociedad abierta.

Hay dos obras que a mi juicio resultan las más esclarecedoras respecto a Sudáfrica que son South Africa´s War against Capitalism de Walter E. Williams y The Economics of The Colour Bar de W. H. Hutt. En el primer libro, el autor subraya que la referida discriminación se basa en puro racismo que siempre descansa en la atrabiliaria idea de la superioridad en la naturaleza de unas personas sobre otras, sustentada en la completamente falsa noción de diferencias de naturaleza biológica (más abajo volveremos sobre la noción equivocada de “raza”). Esto no es patrimonio de los sudafricanos, por ejemplo, el profesor de educación de la Universidad de Yale, Charles Duram, y el historiador estadounidense Edgar Brookes le escribían los discursos apoyando el segregacionismo al primer ministro sudafricano James Hertzog.

Por otra parte, también escribe Williams que los profesores de la Universidad de Cape Town, Bronislaw Malinowski y A. R. Radcliffe-Brown, argumentaban lo que estimaban un peligro de permitir que los nativos tomen contacto con la sociedad Occidental por lo que concluían la necesidad de mantenerlos separados, tal como insistió el Rev. Charles Bourquín en cuanto a que “la segregación disminuye la tensión racial” lo cual, claro está ha sido demostrado una y mil veces que lo contrario es la verdad (además de la lesión a los derechos de las partes interesadas).

También el primer ministro sudafricano Jan C. Smuts decía que permitir la unión de blancos y gente de color “en lugar de hacer que se eleven los negros, degradarán a los blancos”. Y hasta el “educador” sudafricano John Cecil Rhodes sostenía que “el propósito de Dios fue hacer de los anglo-sajones la raza predominante”.

Por otro lado, Alfred Milner , comisionado de Sudáfrica comenzó en 1904 a justificar la proscripción de los procesos electorales de “los incivilizados, sean estos del color de piel que fueran”, fundamentación que luego condujo a acalorados debates en ese país. Este tipo de propuesta ha calado en distintas partes del mundo en diversas épocas debido a la preocupación del futuro de la democracia que a veces aludía a cierto nivel patrimonial para poder acceder al antedicho escrutinio. Sin embargo, está visto que completar doctorados no asegura la adhesión a los principios de la sociedad libre, lo cual también ocurre con personas de gran patrimonio (aun suponiendo que lo haya adquirido legítimamente).

Williams le atribuye gran relevancia el destacar que el inicio del desmoronamiento del inaceptable apartheid comenzó con trabajos intelectuales al iniciarse los años ochenta y ejecutada en forma más acabada el 31 de enero de 1986 con el discurso ante el Parlamento del presidente Pier W. Botha al decir que “creemos que la dignidad humana, la vida, la libertad y la propiedad de todos debe ser protegida, independientemente del color, la raza o la religión”.

Pero hay dos puntos que son los centrales en el libro que comentamos. En primer término, el gravísimo dislate de asimilar durante décadas el apartheid con el capitalismo cuando en realidad es su antónimo. Así, por ejemplo, el Obispo Desmond Tutu, el premio Nobel de Sudáfrica de enorme predicamento, escribió en Frontline en el número de septiembre de 1980 que “De entrada debo decir que soy anticapitalista […] lo aborrezco debido a que estimo es un orden económico esencialmente de explotación […] Lo que he visto en mis 48 años en todo el mundo me ha convencido que ninguna dosis de cirugía plástica puede alterar su básicamente cara fea”.

En esta misma línea argumental, Raymund Sutter, el conocido activista anti-apartheid, consignó en Business Day el 22 de agosto de 1985 que “cualquier programa que pretenda terminar con la opresión racial en Sudáfrica debe ser anti-capitalista”. Y Winnie Mandela dijo a Pravda el 14 de febrero de 1986 que “la Unión Soviética es la antorcha de todos nuestros anhelos y aspiraciones. En la Unión Soviética el poder genuino del pueblo ha transformado los sueños en realidad”.

Concluye Williams con acopio de documentaciones que todas las medidas fiscales, del sector externo y laborales del anti-apartheid apuntaban a profundizar en grado sumo el intervencionismo y el estatismo de los gobiernos segregacionistas. Enfatiza que en el terreno laboral las legislaciones sobre salarios mínimos naturalmente barrían del mercado a los menos eficientes al efecto de proteger el trabajo de los blancos respecto a los que se hubieran ofrecido por salarios más bajos para realizar las faenas marginales.

Este último punto lo desarrolla extensamente Hutt en su obra mencionada más arriba para concluir que el mercado no distingue color de piel ni religión, “es ciego ante las diferencias personales” lo que pretenden los consumidores es la mejor calidad al menor precio, “la ética del mercado libre es que le niega al estado el poder de discriminar”. En este contexto la sociedad abierta es consubstancial a la igualdad ante la ley.

Lo dicho sobre el apartheid va para Nelson Mandela quien en su autobiografía apunta que “adquirí las obras completas de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse-tung […] me sentí muy estimulado por el Manifiesto Comunista, El Capital me dejó exhausto. No obstante, me sentí fuertemente atraído por la idea de una sociedad sin clases, que a mi  parecer era un concepto similar al de la cultura tradicional africana, en que la vida es comunal y compartida. Suscribía el dictado básico de Marx, que tiene la simplicidad y la generosidad de una regla de oro: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades” […] Descubrí que los nacionalistas y los comunistas africanos tenían, en términos generales, muchas cosas en común”.

Los veintisiete años en prisión de Mandela no modificaron sus ideas básicas (lo cual surge en su autobiografía, ya liberado con motivo de su visita a París a Mitterand y su extremista mujer Danielle), aunque su obsesión seguía siendo finiquitar los vestigios de segregación aun vigentes, lo cual logró en pasos muy significativos durante su mandato en los que mitigó su estatismo con algo de keynesianismo a raíz de sus conciliaciones para gobernar. Así escribe que su plataforma electoral ponía en primer plano  “el Programa para la Reconstrucción y Desarrollo, en que se exponía nuestro plan de creación de puestos de trabajo a través de las obras públicas”. Como es sabido la obra pública “para la creación de puestos de trabajo” solo reasigna factores de producción desde las áreas que reclama el mercado a las impuestas por burócratas con lo que se consume capital y se reducen salarios.

Esa obsesión por integrar blancos y negros es indudablemente el mérito de Mandela más allá de sus ideas en otros campos por lo que fue muy merecido su premio Nobel de la Paz nada menos que junto a de Friederik de Klerk con quien venía en negaciones desde hacía algún tiempo.

Por último, para cerrar esta nota reitero el tema de la raza que, en gran medida, estaba presente en ambos bandos enfrentados por el apartheid. Hitler y sus sicarios, después de sus descabelladas, embrolladas y reiteradas clasificaciones con la intención de distinguir “la raza” aria de la judía (sin perjuicio de su confusión con lo que es una religión), adoptó la visión marxista y concluyó que se trata de “una cuestión mental”, mientras tatuaba y rapaba a sus víctimas para diferenciarlas de sus victimarios. A lo dicho cabe enfatizar que en todos los seres humanos hay solo cuatro posibilidades de grupos sanguíneos y que las características físicas son el resultado de la ubicación geográfica.

Spencer Wells, el biólogo molecular de Stanford y Oxford, ha escrito que “el término raza no tiene ningún significado”. En verdad constituye un estereotipo. Tal como explica Wells en su obra mas reciente (The Journey of Man. A Genetic Odyssey), todos provenimos de África y los rasgos físicos, como queda dicho, se fueron formando a través de las generaciones según las características climatológicas en las que las personas han estado ubicadas, lo cual también ha sido expresado por Darwin y Dobzhansky.

                                              

 Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Repasando a Keynes

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 12/12/13 en:

http://independent.typepad.com/elindependent/2013/12/repasando-a-keynes.html

Todas las acciones políticas, cualquiera sea su color, son consecuencia de previas elucubraciones intelectuales que influyen sobre la opinión pública que, a su turno, le abren caminos a los buscadores de votos. John Maynard Keynes escribió con razón que “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando no lo están, son más poderosas de lo que se supone corrientemente. Verdaderamente, el mundo se gobierna con poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

El párrafo no puede ser más ajustado a la realidad. Keynes ha tenido y sigue teniendo la influencia más nefasta de cuantos intelectuales han existido hasta el momento. Mucho más que Marx, quien debido a sus inclinaciones violentas y a su radicalismo frontal ha ahuyentado a más de uno. Keynes, en cambio, patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto debido a su lenguaje alambicado y tortuoso.

Hemos consignado antes que los ejes centrales de su obra mas difundida (Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, Fondo de Cultura Económica, 1936/1963)) consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.

Tal vez los trabajos mas lúcidos sobre Keynes estén consignados en el noveno volumen de las obras completas del premio Nobel en Economía F.A. Hayek (The University of Chicago Press, 1995), en el meduloso estudio de H. Hazlitt traducido al castellano como Los errores de la nueva ciencia económica(Madrid, Aguilar, 1961) y  en la extraordinaria obra de W. H. HuttKeynesianism: Prospect and Retrospect (Chicago, Henry Regenery, 1963). Numerosas universidades incluyen en sus programas las propuestas keynesianas y no como conocimiento histórico de otras corrientes de pensamiento, sino como recomendaciones de la cátedra. Personalmente, en mis dos carreras universitarias y en mis dos doctorados tuve que estudiar una y otra vez las reflexiones keynesianas en el mencionado contexto. Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

Las terminologías y los neologismos mas atrabiliarios son de su factura. No quiero cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso, el que bautizó como “el multiplicador”. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”.

En definitiva, Keynes apunta a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Resulta sumamente claro y específico lo que escribió como prólogo a la edición alemana de la obra mencionada, también en 1936, en plena época nazi: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissezfaire”.

Como es sabido, hay ríos de tinta explicando los errores de Keynes, pero, fuera de los libros señalados, hay dos ensayos que resultan de gran interés. Se tratan de “The Critical Flow on Keynes´s System” de Robert P. Murphy y “Dissent on Keynes: A Critical Appraisal of Keyneisn Economics” de Mark Skousen.

En el primero, el autor se detiene especialmente en el plano laboral donde muestra las consecuencias perniciosas de intentar derretir salarios en términos reales a través de la inflación monetaria en momentos en que hay consumo de capital manteniéndo los salarios nominales inalterados, un engaño que se sugiere en lugar de permitir que los niveles se adaptan a la situación imperante sin introducir las alteraciones en los precios relativos que indefectiblemente provoca la inflación. Por otra parte, destaca la incomprensión del fenómeno del desempleo de Keynes y, consecuentemente, su propuesta de encarar obras públicas que en definitiva significan detraer recursos del sector privado para faenas no productivas, lo cual se traducen en un empeoramiento en el nivel de vida de todos.

En el segundo ensayo, Skousen describe las falacias de sostener que Keynes fue “el salvador del capitalismo” en lugar de su victimario, en el mismo contexto cuando actualmente se apunta a “la crisis del capitalismo” en lugar de percatarse que el sistema imperante consiste en el estatismo. En ese trabajo, el autor detalla los consejos del keynesianismo de controlar precios y salarios, al tiempo que propugna el deterioro del signo monetario, el deficit fiscal, el incremento del gasto público y, unas veces de facto y otras de jure, la nacionalización de empresas.

Es raro no encontrar algunos aciertos, incluso en autores cuyos textos están plagados de falacias. Tal es el caso de Keynes, como el párrafo que apuntamos al abrir esta nota. Para cerrar, agrego otra verdad que señala este autor en la misma obra que venimos comentando: “Un parte demasiado grande de la economía matemática reciente es una simple mixtura, tan imprecisa como los supuestos originales que la sustentan, que permiten al autor perder de vista las complejidades e interdependencias del mundo real en un laberinto de símbolos pretenciosos e inútiles”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.